Zetland: Por un testigo del conocimiento (*)
Por Saul Bellow (**)
Traducción de J. Ferrer Aleu


 

Sí, CONOCÍ AL HOMBRE. De chicos, estuvimos en Chicago. Él era maravilloso. A los catorce años, cuando nos hicimos amigos, tenía ya las cosas aclaradas y contaba de buen grado cómo había sucedido todo. Había sido así: Primero, la Tierra era un conjunto de elementos fundidos que resplandecían en el espacio. Después cayeron lluvias calientes. Se formaron mares que emitían vapor. Durante la mitad de la Historia de la Tierra, los mares fueron azoicos, y entonces empezó la vida. En otras palabras: primero fue la astronomía, después la geología y, poco a poco, la biología, y ésta fue seguida por la evolución. Más tarde llegó la Prehistoria, y después, la Historia: épica con héroes épicos, grandes edades y grandes hombres; después, edades menos grandes, con hombres más pequeños; la antigüedad clásica, los hebreos, Roma, el feudalismo, el Papado, el Renacimiento, el racionalismo, la revolución industrial, la ciencia, la democracia, etcétera. Todo esto lo sacó Zetland de los libros a finales de los años veinte, en el Medio Oeste. Era un muchacho listo. Su erudición complacía a todo el mundo. Ante sus ojos, de un azul pálido, que a veces parecían tensos, llevaba unas gafas muy gruesas. Tenía los labios gordezuelos y unos grandes dientes infantiles, muy separados. Los cabellos color arena, peinados lisos hacia atrás, dejaban al descubierto una ancha frente. La piel de su redonda cara parecía a menudo tirante. Era bajo, grueso, de complexión vigorosa, pero delicado de salud. A los siete años había padecido al mismo tiempo peritonitis y pulmonía, seguidas de pleuresía, enfisema y tuberculosis. Su recuperación fue total, pero nunca pudo librarse de dolencias leves. Su piel era peculiar. No podía estar mucho rato al sol. La exposición a la luz solar le causaba lesiones subcutáneas de color pardusco, iridiscencias castañas. Por eso muchas veces, cuando brillaba el sol, bajaba las persianas y leía a la luz de una lámpara en su habitación. Pero no era en modo alguno un inválido. Aunque sólo jugaba en días nubosos, su tenis era bueno, y nadaba, esforzándose, en estilo braza, con movimientos de rana y sacando el labio inferior como un batracio. Tocaba el violín y, aparentemente, lo hacía bien.

El vecindario era, en su mayoría, polaco y ucraniano, sueco, católico, ortodoxo y luterano evangélico. Había pocos judíos, y las calles no eran muy de fiar. Las casas eran bungalows y edificios de ladrillos de tres plantas. Las escaleras traseras y los porches estaban llenos de tosca madera gris. Los árboles eran álamos y ailantos; las hierbas, de esas que se arrastran por el suelo; los arbustos, lilas; las flores, girasoles y orejas de elefante. El calor era corrosivo; el frío resultaba como una guillotina cuando se estaba esperando el tranvía. La familia, el terco padre de Zet y dos tías solteras que hacían de enfermeras a domicilio de pacientes, por lo general moribundos, leían novelas rusas, poesía yiddish, y estaban locos por la cultura. Animaban a Zet para hacer de él un pequeño intelectual. Así, cuando todavía llevaba pantalón corto, era un pequeño Immanuel Kant. Aficionado a la música (como Federico el Grande o los Esterhazy), ingenioso (como Voltaire), radical sentimental (como Rousseau), abandonado de los dioses (como Nietzsche), entregado al corazón y a la ley del amor (como Tólstoi). Era serio (primera sombra de la hosquedad de su padre), pero también travieso. No sólo estudió a Hume y a Kant, sino que descubrió el dadaísmo y el surrealismo cuando empezó a cambiarle la voz. Le encantó el malicioso proyecto de cubrir los grandes monumentos de París con tela de colchón. Hablaba de la importancia de lo ridículo, de la paradoja de lo jocosamente sublime. Dostoievski, me dijo, lo había comprendido bien. El intelectual (pequeño burgués-plebeyo) era un megalómano. Viviendo en una perrera, sus pensamientos abarcaban el Universo. De aquí las graciosas agonías. Y recuerda a Nietzsche, el gai savoir. Y a Heine y el «Aristófanes del Cielo». Zetland era un adolescente erudito.

En Chicago, los libros estaban al alcance de cualquiera. En los años veinte, la biblioteca pública tenía muchas dependencias a lo largo de las líneas del tranvía. En verano, bajo las aspas de gutapercha de los ventiladores, chicos y chicas leían sentados en los duros asientos. Los rojos tranvías se balanceaban, panzudos, sobre los raíles. El país se arruinó en 1929. En el estanque público remábamos y leíamos en voz alta a Keats, mientras las hierbas se enredaban en los remos. Chicago estaba en ninguna parte. No tenía un emplazamiento. Era algo soltado sobre el espacio norteamericano. Era donde llegaban los trenes; donde se despachaba la correspondencia. Pero en el estanque, con sus botes móviles, el agua, de un verde claro, y el cielo, de un puro azul, detenido el fastidioso poder del gran centro manufacturero (no había humo, las fábricas estaban paradas, el desastre industrial beneficiaba a la atmósfera), Zet recitaba En la melosa mitad de la noche... Niños polacos arrojaban piedras y manzanas silvestres desde la orilla.

Estudiaba francés, alemán, matemáticas y música. En su habitación, un busto de Beethoven, una litografía de Schubert (también con gafas redondas) sentada al piano, conmoviendo los corazones de sus amigos. Las persianas estaban echadas, y la lámpara ardía. En el callejón, los caballos de los vendedores ambulantes llevaban sombreros de paja para evitar la insolación. Zet evitaba los prados, la hacienda, el negocio y el trabajo de Chicago. Desmenuzaba su Kant. Con la misma asiduidad, leía a Breton y a Tristán Tzara. Citaba: La tierra es azul, como una naranja. Y formulaba preguntas de todo tipo. ¿Había esperado realmente Lenin que el centralismo democrático funcionase dentro del partido bolchevique? ¿Era irrebatible el argumento de Dewey en Naturaleza y conducta humanas? ¿Era la posición de «forma significativa» fructífera para la pintura? ¿Cuál era el futuro del primitivismo en arte?

Zetland escribía poesías surrealistas:

Labios de ciruela chupan el verde de las colinas dormidas.

O bien:

¡Conejos espumosos frotan peces eléctricos!

El apartamento de Zetland era espacioso, incómodo, al triste estilo de 1910. Aparadores empotrados y alacenas para la porcelana, un arrimadero en el comedor con platos holandeses, un fuego de gas en la chimenea y dos ventanitas de cristales de colores sobre la campana. Una Victrola de cuerda tocaba «Ely, Ely», la suite de Peer Gynt. Chaliapin cantaba «La Pulga» de Fausto; Galli-Curci, la «Canción de la Campana», de Lakmé, y había coros de soldados rusos. Aunque de mal humor, Max Zetland daba «todo» a su familia, según decía él. El viejo Zetland había sido un inmigrante. Sus comienzos en la vida habían sido lentos. Aprendió el negocio de los huevos en el mercado de gallinas de Fulton Street. Pero llegó a ser encargado auxiliar de compras de unos grandes almacenes del barrio comercial de la ciudad : quesos de importación, jamón, checo, bizcochos y jaleas británicos: artículos de fantasía. Tenía la complexión de un jugador de rugby, boca grande y un hoyuelo oscuro en el mentón. Uno se cansaba en vana si quería borrar de su boca la permanente expresión de censura. Censuraba porque conocía la vida. Su primera esposa, la madre de Elias, murió durante la epidemia de gripe de 1918. De su segunda esposa tuvo el viejo Zetland una hija deficiente mental. La segunda Mrs. Zetland murió de un tumor en el cerebro. La tercera esposa, prima de la segunda, era mucho más joven. Procedía de Nueva York. Había trabajado en la Séptima Avenida; tenía un pasado. Debido a este pasado, Max Zetland se dejó dominar por los celos y armó feas escenas, rompiendo platos y gritando como un loco. Des histoires, decía Zet, que entonces practicaba su francés. Max Zetland era un hombre musculoso de noventa kilos de peso, pero no era peligroso, pues se limitaba a montar escenas. A la mañana siguiente, como de costumbre, se plantaba ante el espejo del cuarto de baño y se afeitaba trabajosamente con su «Gillette», limpiaba su severo semblante y se alisaba el cabello como un ejecutivo norteamericano, con golpes de cepillo al estilo militar. Después, a la manera rusa, bebía su té cargado de azúcar, echando un vistazo al Tribune y marchaba a su trabajo en el Loop, más o menos in Ordnung. Un día normal. Bajando la negra escalera, un atajo para ir al tren elevado, miraba a través de la ventana del primer piso a sus padres, ortodoxos, que estaban en la cocina. El abuelo se rociaba la barbuda boca con un pulverizador; tenía asma. La abuela hacía caramelos con piel de naranja. Los caramelos se guardaban en cajas de zapatos y se servían con el té. Sentado en el tren elevado, Max Zetland se humedecía el dedo con la lengua para volver las páginas del grueso periódico. Las vías dominaban pequeñas casas de ladrillos. El elevado corría como el puente de los elegidos sobre la condenación de los barrios bajos. En aquellos pequeños bungalows, polacos, suecos, michs, spics, griegos y negros, vivían sus locos dramas de borracheras, juego, violaciones, bastardía, sífilis y muerte violenta. Max Zetland ni siquiera tenía que mirar; podía leerlo en el Trib. Los pequeños trenes tenían asientos de caña amarilla. Portezuelas de metal combado, que llegaban a la cintura y se abrían y cerraban a mano, permitían apearse del vagón. Techos en forma de pagoda cubrían los andenes del elevado. En cada tramo de la larga escalera se anunciaba el «Compuesto vegetal» de Lydia Pinkham. La pérdida de hierro hacía palidecer a las doncellas. El propio Max Zetland tenía blanco el semblante, blanca la mandíbula inferior; era un oso sarcástico, pero bastante agradable, cuando entraba en aquel palacio mercantil de Wabash Avenue, pulcro en su oficina, elegante al hablar por teléfono, fluido en el lenguaje, salvo por una ligera dificultad rusa en las haches iniciales, emitiendo un suave murmullo al hablar, práctica la mente, tabuladora, con los precios y los contratos grabados en su memoria. Retenía el humo de sus cigarrillos, plantado junto a su mesa. El humo salía poco a poco de su nariz. Bajando el rostro, miraba a su alrededor. Juzgaba con furiosa exageración judía la laxitud y la insensatez del jugador de golf gentil que podía darse el lujo de caminar con pantalones bombachos por el restringido camino del campo, que podía ser lo que parecía, que no tenía una ira enterrada, que no se había casado con una lasciva muchacha neoyorquina, que no tenía hijos idiotas ni muerte en su casa. Max Zetland, con la dura panza ceñida por el corte de la chaqueta, los tensos músculos de las pantorrillas revelándose en las perneras del pantalón, la nariz que conservaba humo y la furia de su carácter taciturno..., bueno, en el mundo de los negocios podía ser amable. Era un ejecutivo de una gran organización de ventas al por menor, y era un tipo simpático. Hombre de pocos alcances y de ideas nada profundas. Pero su cara era ancha, fuertemente masculina, centrada orgullosamente entre los hombros. Llevaba los cabellos con raya en medio y peinados lisos. Entre sus incisivos centrales existía un gran espacio que Zet heredó. Sólo el hoyuelo, imposible de afeitar, de la barbilla de su padre, era una señal de ternura, y este indicio del compasivo Max Zetland era desmentido por la rigidez militar rusa de su porte, por su breve manera de fumar, por la rapidez con que engullía un vaso de aguardiente. Hablando con sus amigos, su hijo le designaba con varios apodos. Le llamaba a menudo el General, el Comisario, Osipovich, Ozymandias. «Soy Ozymandias, rey de reyes. Mirad mis obras, vosotros, poderosos, ¡y desesperaos!»

Antes de su tercer matrimonio, el viudo Ozymandias volvía del Loop a casa con el Evening American impreso en papel color melocotón. Tomaba un vaso de whisky antes de la comida y observaba a su hija. Quizá no fuera deficiente mental, sino sólo temporalmente retrasada. Su brillante hijo trataba de decirle que Casanova fue hidrocéfalo y considerado imbécil hasta los ocho años, y que Einstein era un niño atrasado. Max esperaba que pudiesen enseñarla a coser. Empezó con la urbanidad en la mesa. Durante un tiempo, las comidas fueron horribles. No había manera de enseñarla. En ella, el rostro familiar estaba comprimido, reducido, condensado en una cara de gato. Tartamudeaba, se tambaleaba, sus piernas eran largas y estaban subdesarrolladas. Se levantaba la falda cuando estaba en compañía, orinaba en el retrete sin cerrar la puerta. La chiquilla revelaba todas las flaquezas de su casta. Los parientes se mostraban compasivos, pero Max tenía la impresión de que la compasión de las tías y los primos era para su propia satisfacción. La rechazaba fríamente, mirando hacia delante y dilatando su recta boca. Cuando la gente le hablaba compasivamente de su hija, parecía considerar la mejor manera de matarles.

Zetland, padre, leía poesía rusa y yiddish. Prefería la compañía de músicos y artistas, de ropavejeros bohemios, de tolstoianos, de seguidores de Emma Doldman y de Isadora Duncan, de revolucionarios con gafas, de rusos con blusa y barba al estilo de Lenin o de Trotski. Asistía a conferencias, debates, conciertos y lecturas; los utópicos le divertían; respetaba los cerebros y se moría por la alta cultura. En aquellos tiempos, ésta podía conseguirse fácilmente en Chicago.

Delante de Humboldt Park, en California Avenue, tenían su foro los anarquistas y los Wobblies de Chicago; los escandinavos tenían sus logias de hermandad, sus iglesias, un salón de baile; los judíos de Galitzia, una sinagoga; las Hijas de Sión, su guardería diurna de beneficencia. Después de 1929, quebraron pequeños Bancos en Division Street. Uno se convirtió en pescadería. Con los mármoles del Banco hicieron un estanque para carpas. El sótano fue transformado en cámara frigorífica. Un cine fue convertido en empresa de pompas fúnebres. Cerca de allí, un garaje rojo surgía de los escombros del barrio bajo. Los vegetarianos exhibían una gran fotografía del conde Tólstoi en la ventana del «Tolstoy Vegetarian Restaurant». ¡Qué barba, qué ojos y qué nariz! Los grandes hombres repudiaban la trivialidad de las cosas ordinarias y meramente humanas, incluidas las que le eran en sí mismas. ¿Qué era una nariz? Cartílago. ¿Y una barba? Celulosa. ¿Y un conde? Un personaje casto, un fenómeno producido por épocas de opresión. Sólo el Amor, la Naturaleza, Dios, son buenos y grandes.

En el Chicago contemporáneo, cien por cien industrial, sin sombra de amabilidad, círculo plano de tierra en conexión con un círculo plano de agua dulce, los muchachos inteligentes como Zet, aunque amantes del mundo, no eran ya detenidos por fenómenos superficiales. Nadie llevaba a Zet a pescar. No iba a los bosques, no le enseñaban a cazar o a limpiar un carburador, ni siquiera a jugar al billar o a bailar. Zet concentraba toda la atención en sus libros: su astronomía, su geología, etcétera. Primero, la masa flameante de materia; después, los mares sin vida; después, criaturas pulposas arrastrándose hacia la orilla, formas simples, formas más completas, y así sucesivamente; después, Grecia; después, Roma; después, el álgebra arábiga; después, la Historia, la poesía, la filosofía, la pintura. Cuando aún no llevaba pantalón largo, fue invitado por grupos de estudio de la vecindad para hablar sobre el impulso vital, sobre las diferencias entre Kant y Hegel. Era erudito, germánico, el Wünderkind, el arma secreta de Max Zetland. El viejo Zet sería el hombre de la familia, y el joven Zet, su genio.

—Quería que fuese un John Stuart Mill —decía Zet—. O un niño prodigio como Itzkovitz... Griego y cálculo a los ocho años, ¡maldito sea!

Zet creía que le habían estafado su infancia, robado sus derechos de nacimiento angélicos. Creía en todas aquellas viejas historias sobre los sufrimientos de la infancia, el paraíso perdido, la crucifixión de la inocencia. ¿Por qué era enfermizo, por qué era miope, por qué tenía aquel color verdusco? Bueno, el triste y viejo Zet quería que fuese todo tuétano, sin hueso. Le enjaulaba en un silencio represivo y punitivo, le exigía que deslumbrase al mundo. Y nunca, nunca aprobaba nada.

Ser intelectual era la siguiente etapa del desarrollo humano, el destina histórico de la Humanidad, si preferís llamarlo así. Ahora las masas leían, y Zet creía que avanzábamos en todas direcciones. Las primeras fases de esta expansión mental no podían dejar de producir excesos, crímenes, locura. ¿No era éste —decía Zet— el significado de libros tales como Los hermanos Karamazov, la decadencia producida por el racionalismo en la Rusia campesina y feudal? ¿Y no era el parricidio el primer resultado de la Revolución? ¿La resistencia a la condición moderna y al tema moderno? ¿La terrible lucha entre el Pecado y la Libertad? ¿La megalomanía de los pioneros? Ser intelectual era ser un parvenu. Lo que debían hacer estos advenedizos era purificarse de sus primeros impulsos salvajes y de su vileza, cambiar, hacerse desinteresados. Amar la verdad. Hacerse grandes.

Naturalmente, fue enviado a la Universidad. La Universidad le estaba esperando. Ganó premios en poesía, concursos de ensayos. Ingresó en una sociedad literaria y en un grupo de estudio marxista. Conviniendo con Trotski en que Stalin había traicionado la Revolución de Octubre, ingresó en la Liga Juvenil Espartaco, pero como revolucionario era bastante vago. Estudió Lógica con Carnap y, más tarde, con Bertrand Russell y Morris R. Cohen.

Lo mejor de todo ello fue que salió de su casa y vivió en pensiones, cuanto más sucias, mejor. La mejor habitación fue una antigua carbonera enjalbegada en Woodlawn Avenue. El carbón blando, todavía almacenado en el cobertizo contiguo, rezumaba entre las tablas encaladas. No había ninguna ventana. El suelo de cemento estaba cubierto por una estera hecha con retazos y que se estaba descosiendo. Le proporcionaron una vieja mesa de roble con quemaduras de cigarrillos y una lámpara de pie sin pantalla. Los contadores de toda la casa estaban sobre el catre de Zet. El alquiler era de 2,50 dólares a la semana. El lugar era alegre..., bohemio, europeo. Mejor aún, ¡era ruso! El casero, Perchik, decía que había sido batidor del gran duque Cirilo. Abandonado en Kamchatka cuando empezó la guerra ruso-japonesa, volvió a través de Siberia. Zet sostenía con él conversaciones en ruso. Perchik tenía los dientes largos y una barba mezquina, y los alambres de sus baratas gafas estaban retorcidos. En la parte trasera había construido una casita con el producto de botellas recogidas con un carretón en los callejones. Harapos y basura eran quemados en el horno, y el humo pasaba a través de las instalaciones de aire caliente. Con voz de falsete, el casero cantaba antiguas baladas e himnos. Realmente, el lugar no podía haber sido mejor. Desordenado, sucio, irregular, libre; allí se podía hablar toda la noche y ponerse a dormir muy tarde. Exactamente lo que se necesitaba para pensar, para sentir, para inventar. En este estado feliz, Zet entretenía a la casa Perchik con sus charadas, discursos, chistes y canciones. Era una máquina de planchar, un despertador, un tractor, un telescopio. Representaba Don Giovanni en todos sus papeles y voces: Non sperar, se non m'ucciri... Donna folie, indarno gridi. Reproducía la música de fondo de clavicordio en los recitados, o el oboe que lloraba cuando el alma del Commendatore abandonaba su cuerpo. A continuación podía imitar a Stalin dirigiéndose a un congreso del partido, o a un vendedor de cepillos alemán, o a un comandante de submarino hundiendo un carguero amerikanische. Zet era también útil en cosas prácticas. Ayudaba a vecinos en las mudanzas. Cuidaba de los hijos pequeños de estudiantes casados. Cocinaba para los enfermos. Vigilaba los perros y los gatos de personas que tenían que salir de la ciudad, y hacía la compra de las viejas de la casa cuando nevaba. Ahora era algo intermedio entre el muchacho fornido y el joven miope con extrañas ideas y motivos exóticos. Cariñoso, virtualmente franciscano, sencillo por el amor de Dios, fácil de engañar. Un ingenuo. A sus diecinueve años tenía un corazón digno de un personaje de Dickens. Cuando ganaba un poco de dinero fregando los suelos en el Billing's Hospital, lo compartía con los pacientes, les compraba tabaco y bocadillos, les pagaba el billete del tranvía, les acompañaba a través del Midway. Sensible al sufrimiento y a los símbolos del dolor y de la miseria, sus ojos se llenaban de lágrimas cuando entraba en una abacería víctima de la depresión. Le impresionaban las patatas arrugadas, las cebollas grilladas, la cara afligida del tendero. Su gata tuvo un aborto, y él lloró también por esto, porque la madre gata estaba muy triste. Yo arrojé los fetos gatunos al sucio retrete sin tablas del sótano. Me irritaba que se comportase de aquella manera. Derramando sus sentimientos sobre todo el mundo, decía yo. Él me advertía que no debía ser duro de corazón. Me acusaba de falta de sensibilidad. Era una extraña discusión para dos adolescentes. Supongo que la fuerza norteamericanizadora flaqueó durante la Depresión. Nos despegamos y aprovechamos la oportunidad para ser más extranjeros. Éramos una pareja risible de engreídos universitarios que no podíamos hablar sin citar a William James y a Karl Marx, o a Villiers de l'Isle-Adam, o a Whitehead. Decidimos que éramos, respectivamente, el hombre de mente tierna y el hombre de mente dura de William James. Pero James había dicho que saber todo lo que sucedía en una sola ciudad en un solo día destrozaría la mente más dura. Nadie podía ser tan duro como fuera necesario. «Estarás privado de toda simpatía si no miras hacia el exterior», decía Zet. Él hablaba así. Su lenguaje era siempre elegante. Sabe Dios de dónde le venía su estilo patricio: tal vez de Lord Bacon, más un poco de Hume y cierta cantidad de Santayana. Discutía con sus amigos en el enjalbegado sótano. Su lenguaje era muy puro y musical.

Pero él era musical. No bajaba por la calle sin practicar un cuarteto de Haydn, o algo de Borodin o Prokofiev. Con el abrigo abrochado hasta el cuello, levantaba su cartera e imitaba los sonidos del violín entre sus guantes forrados de piel, soplando la música con la garganta y las mejillas. Con buen ánimo, pero mal color, el color de las uvas amarillas, imitaba el violoncelo con el pecho, y los violines, con la nariz. Los árboles se erguían sobre la nieve barrida y mezclada con polvo, hundiendo las raíces en el subsuelo enriquecido por las filtraciones de las alcantarillas. Zetland y las ardillas gozaban de los privilegios de la movilidad.

El calor le abrumaba cuando entró en Cobb Hall. Su interior era de color castaño baptista, austero, barnizado, muy parecido al de las viejas iglesias. La calefacción del edificio era muy fuerte, y él sintió inmediatamente el calor en la cara. Como si le abofeteasen. Sus gafas se empañaron. Interrumpió el lento movimiento de su cuarteto de Borodin y suspiró. Después del suspiro adoptó una expresión intelectual, no musical. Ahora estaba listo para la semiótica, la lógica simbólica, como buen lector de Tarsky, Carnap, Feigl y Dewey. Joven robusto y de color pálido, y cuyos cabellos rubios, peinados lisos, tenían reflejos verdosos, se sentó en el duro banco del aula y sacó los cigarrillos. Representando su papel, aquí era un Cerebro. Con Skinny Jones, el de suéter deshilachado y con un hueco donde deberían estar los incisivos centrales; con Disevitch, de rizadas cejas; con Dark Devvie —muchacha adorable, agria, pálida— y Miss Krehayn, pelirroja y tartamuda, era un positivista lógico destacado.

Durante un tiempo. En el campo del trabajo mental podía hacer cualquier cosa, pero no estaba en condiciones de convertirse en lógico. Sin embargo, le atraía el análisis racional. Las luchas emocionales de la Humanidad no se resolvían nunca. Se hacían una y otra vez las mismas cosas, con pasión, con una estupidez apasionada a la manera de los insectos; las mismas luchas emocionales repetidas en la realidad cotidiana: estímulo, impulso, deseo, autoconservación, engrandecimiento, búsqueda de la felicidad, de una justificación, experiencia de llegar a ser y pasar de la nada a la nada. Muy fastidioso. Espantoso. Triste. Ahora bien, la lógica matemática podía desembrollarle a uno de toda esta existencia absurda.

—Mirad —indicó Zet, sentado en su manchada silla de lona, su corta nariz todavía más acortada por las caídas gafas—. Como las proposiciones son verdaderas o falsas, todo lo que es, es. Leibnitz no era ningún tonto. Siempre que sepáis realmente que una cosa es, ésta ciertamente es. Sin embargo, aún no he acabado de formarme una opinión definitiva sobre la cuestión religiosa, como debería hacer un verdadero positivista.

Precisamente entonces sonaron las sirenas de las fábricas en la rígida Chicago, azul con el invierno, parda con la tarde, cristalina con el hielo. Las cinco. La nieve gris y los bungalows como ratoneras. El rugido del horno, y la pala de Berchik chirriando en la carbonera. La radio tronaba a través de los suelos, llegando a los que estábamos abajo. Era el Anschluss, Schuschnigg y Hitler. Viena era entonces tan fría como ahora Chicago; y mucho más triste.

—Lottie me está esperando —indicó Zetland.

Lottie era bonita. También era, a su manera, teatral; la joven de sociedad, la belleza pagana con hibisco entre los dientes. Era una mujercita ingeniosa y le gustaban los hombres divertidos. Visitaba su carbonera. Y él permanecía en la habitación de ella. Encontraron juntos un sótano al estilo inglés, que amueblaron con una mesa de roble y varios trastos tapizados de terciopelo rosa. Tenían allí gatos y perros, una ardilla y un cuervo. Después de su primera disputa, Lottie se untó los pechos con miel, como símbolo de paz. Y antes de graduarse, ella tomó prestado un automóvil, se dirigieron a Michigan City y se casaron. Zet había conseguido una beca para estudiar filosofía en Columbia. Se celebró la boda y una fiesta de despedida en su honor, en un viejo piso de Kimbark Avenue. Después de estar cinco minutos separados, Zet y Lottie corrieron a lo largo del pasillo, abrazándose, temblando y besándose.

—Cariño, ¡de pronto vi que no estabas allí!

—Siempre estaré allí, mi amor. ¡Siempre estaré!

Dos jóvenes del campo que exageraban la situación, que manifestaban en público su amor. Pero era más que una exhibición. Se adoraban. Además, habían vivido ya como marido y mujer durante un año, con todos sus perros, gatos, pájaros, peces, plantas, violines y libros. Zet imitaba ingeniosamente a los animales. Se lavaba como un gato y se mordía las pulgas de las ancas como un perro, y ponía cara de pez, agitando las puntas de los dedos como aletas. Como fueron a la iglesia ortodoxa para el oficio de Pascua, él aprendió a hacer la genuflexión y la señal de la cruz al estilo oriental. Charlotte marcaba el compás con la cabeza cuando él tocaba el violín, sólo un poco apartada, como su metrónomo amoroso. Zet estaba siempre representando algo, y Lottie era también demostrativa. Probablemente, no hay manera de que los seres humanos dejen de hacer imitaciones, decía Zet. Mientras sepas dónde está el alma, no hay ningún mal en ponerte en el lugar de Sócrates. Sólo cuando el alma no puede ser localizada, resulta desesperada la comedia de hacerse pasar por alguien.

Así, pues, Zet y Lottie no estaban simplemente casados, sino felizmente casados. En vez de una pobre muchacha macedonia —cuya madre inmigrante y tartamuda lanzaba hechizos y maldiciones contra Zet y cuyo padre afilaba cuchillos y tijeras y recorría las callejas tocando una campana—, Zet tenía das Ewig-Weibliche, una fuerza natural, universal y espléndida. Por su parte, Lottie decía: «No hay nadie en el mundo como Zet.» Y añadía : «En todos los sentidos.» Entonces bajaba la voz, torciendo la boca con aquel absurdo encanto de la Dietrich, al rudo estilo de Chicago, y decía: «Quiero que sepas que no soy del todo inexperta.» Esto no era ningún secreto. Había vivido con un hombre llamado Huram, psicólogo educador, que tenía un labio leporino remendado, sobre el cual dejaba crecer el bigote. Antes de eso había habido alguien más. Pero ahora Lottie era una esposa rebosante de amor marital. Planchaba las camisas de su marido y le untaba las tostadas con mantequilla, le encendía el cigarrillo y le miraba como una pequeña virgen española, resplandeciente de dicha. A algunos les divertía este derretimiento y Schwärmerei. A otros les irritaba. Zetland padre se enfurecía.

La pareja partió de la estación de La Salle Street con destino a Nueva York, en un tren diurno. La estación parecía arcaica, mineral. El vapor ascendía hasta las hollinosas claraboyas. Los pilares del elevado vibraban sobre Van Buren Street, donde estaban las casas de empeños, las tiendas para soldados y marinos y las barberías baratas. El mozo de gorra roja tomó las maletas, Zet trató de decir algo a Ozymandias acerca del aire majestuoso de los mozos de estación negros. Las tías estaban también allí. No siguieron fácilmente a Zet cuando éste hizo una de sus extrañas declaraciones sobre la negrura de la estación y la de los mozos de gorra roja y ceremonioso estilo africano. La mirada que se cruzaron las viejas significaba que el pobre Elias decía cosas insensatas. Y echaban la culpa a Lottie. Excitado al emprender su camino en la vida, casado, becado para la Universidad de Columbia, Zet sentía que su padre proyectaba sobre él su propio mal humor, haciendo que sintiese un peso en el corazón. Zet se había dejado ahora un gran bigote castaño. Sus grandes dientes, infantiles y espaciados, contrastaban de un modo extraño con sus patillas de hombre maduro. Su figura baja, de pecho ancho y casi achaparrada, era una versión reducida de la de su padre. Pero Ozymandias tenía un porte militar ruso. Él no creía en la sonrisa, en las reverencias ni en las bufonadas. Permaneció erguido. Lottie dedicó palabras afectuosas a todos. Llevaba un vestido de color de flor de manzano, un turbante haciendo juego y unos zapatos de tacón alto y del mismo color. Los trenes chirriaban y bufaban, pero se podía oír el rápido repiqueteo de los exagerados tacones de Lottie. Sus ojos orientales, su graciosa nariz campesina, su agradable busto, su suave y sexual trasero, con el que la mano de Zet mantenía continuo contacto, llamaban la silenciosa y fija atención de Ozymandias. Ella le llamó «papá». Él expulsó el humo del cigarrillo entre los dientes, con una expresión que quería ser una sonrisa. Sí, consiguió parecer agradable durante todo aquello. Los parientes políticos macedonios no comparecieron. Estaban en un tranvía, atrapados en un atasco del tráfico.

En esta triste y alegre ocasión, Ozymandias se contuvo. Parecía muy europeo, a pesar del sombrero de paja que llevaba, con una cinta roja, azul y blanca. El comprador del barrio comercial, bien adiestrado y en el arte del disimulo, dominó los gruñidos de su corazón y, bajando el mentón con su negro hoyuelo, enfrió su enojo. Perdía temporalmente a su hijo. Lottie besó a su suegro. Besó a las tías, a las dos cuidadoras de enfermos que leían a Romain Rolland y a Warwick. Encogidas junto a la silla de ruedas y el lecho de muerte. En su opinión, Lottie debía ser más cuidadosa en su higiene femenina. La tía Masha creía que el olor a arenque podía ser debido a dismenorrea. Virginal, tía Masha no conocía el olor de una mujer que había estado haciendo el amor en un día cálido. Los jóvenes aprovechaban todas las oportunidades para fortalecerse mutuamente.

Imitando a su hermano, las tías dieron también falsos besos con labios inexpertos. Entonces, Lottie lloró de alegría. Se marchaban de Chicago, el lugar más fastidioso del mundo, y se libraban del hosco Ozymandias y de su madre, la hechicera, y del pobre papá afilador de cuchillos. Se había casado con Zet, que tenía un millón de veces más encanto y más calor e inteligencia que nadie en el mundo.

—¡Oh, papá! ¡Adiós! —exclamó Zet, abrazando, emocionado, a su padre de hierro.

—Pórtate bien. Estudia. Sé un hombre de provecho. Si te encuentras apurado, telegrafía y te enviaré dinero.

—Querido papá, te amo. Y también a vosotras, Masha, Dounia —dijo Lottie, ahora enrojecida y lacrimosa.

Besó a todos, sollozando. Después, los jóvenes, detrás de la ventanilla del vagón, agitaron las manos, se abrazaron, y el tren arrancó.
Al alejarse el tren, Zetland padre sacudió el puño contra el furgón de cola. Pataleó. Y gritó a Lottie, que arruinaba a su hijo:

—¡Espera! ¡Me las pagarás! ¡Dentro de cinco, de diez años, pero me las pagarás! ¡Perra! —vociferó—. ¡Coño asqueroso!

Llevado por su furia rusa, gritó ¡cono! Sus hermanas no lo comprendieron.

Zet y Lottie entraron flotando, desde el cielo, en Nueva York : ésta era la impresión que se sentía en aquel tren que corría a lo largo del Hudson al amanecer. Primero, muchas ramas azules extendiéndose sobre el agua; después, un color rosado, y más adelante, el denso resplandor del río bajo el sol de la mañana. Se hallaban en el coche-restaurante y les pesaban los párpados. Estaban agotados después de una noche de sueño interrumpido en el vagón de día, y la luz les deslumbraba. Tomaron café en unas tazas que, por su peso, parecían de esteatita, dejando el peltre de la Central de Nueva York. Estaban en el Este, donde todo era mejor, donde los objetos eran diferentes. Aquí, la atmósfera tenía una significación más profunda.

Después de transbordar en Tarmon a un tren con locomotora eléctrica, el viaje fue más rápido y tranquilo. Árboles, agua, cielo, y el cielo se alejó, flotando, y vinieron puentes, estructuras y, por fin, el túnel, donde los frenos neumáticos jadearon y el tren aerodinámico se detuvo. Había allí bombillas amarillas en un manojo de cables, y penetraba aire subterráneo por los respiraderos. Se abrieron las puertas, y los pasajeros, arreglándose la ropa, se apearon y recogieron sus equipajes, y Zet y Lottie, al llegar a la Calle 42, refugiados de la árida e inhibida Chicago, de la Tierra Vacía, se abrazaron en la acera y se besaron repetidamente en la boca. Habían llegado a la Capital del Mundo, donde todo comportamiento era más profundo y más resonante, donde podrían ser libremente ellos mismos, tan expresivos como quisieran. La inte ligencia, el arte, lo trascendente, no necesitaban aquí excusa alguna. Zet pensaba que cualquier conductor de taxi lo comprendía.

—¡Ay, querida, querida..., gracias a Dios! —exclamó Zet—. Un lugar donde es normal ser un ser humano.

—¡Oh, Zet, amén! —repuso Lottie, con lágrimas y temblores.

Al principió vivieron en la parte alta de la ciudad, en el West Side. Los pequeños y ruidosos tranvías circulaban aún por la oblicua Broadway. Lottie eligió una habitación a la que llamaban estudio, en la parte trasera de un edificio de ladrillos rojizos. Era un estudio-dormitorio, y el cuarto de baño servía también de cocina. Cubriéndola con una tabla rasa y lisa, la bañera se convertía en mesa. Se podía alcanzar el fogón de gas desde el baño. A Zet le gustaba esto. Freír huevos sin salir del agua. Se podía oír el lento gorgoteo del desagüe mientras tomaba el café, u observar las cucarachas que aparecían y desaparecían en los coperos. El muelle de la tostadora estaba muy tenso. Hacía saltar el pan. A veces saltaba también una cucaracha tostada. El techo era alto. Había poca luz de día. El hogar estaba hecho con baldosas muy pequeñas. Se podía llevar a casa una caja para manzanas desde Broadway y encender una breve fogata que dejaba poca ceniza y muchos clavos retorcidos. El estudio se convirtió en un hábitat Zet, en una morada Zet-y-Lottie: cortinas oscuras y sucias, alfombras de segunda mano, sillones tapizados y de brazos desnudos, que brillaban —decía Zetland— como cuero de gorila. La ventana daba a un patio interior, pero Zet había vivido, en Chicago, en una habitación de persianas cerradas o en una carbonera encalada. Lottie compró una lámpara con pantalla de porcelana color rosa, acanalada en los bordes como los antiguos platos para mantequilla. La habitación tenía la agradable penumbra de una capilla, la oscuridad de un santuario. Cuando visité las iglesias bizantinas de Yugoslavia, pensé que había encontrado el gran modelo, el hábitat arquetípico Zet.

Los Zetland fijaron allí su residencia. Mendrugos, colillas, posos de café, platos de la comida de los perros, libros, periódicos, partituras musicales, olores a cocina macedonia (cordero, yogur, limón, arroz) y vino blanco chileno en botellas bulbosas. Zetland exploró la Facultad de Filosofía, trajo a casa montones de libros de la biblioteca y puso manos a la obra. Su aplicación hubiese debido complacer a Ozymandias. Pero nada, decía él, podía complacer realmente al viejo. O quizá su máximo placer era no sentirse nunca complacido, no aprobar nunca nada. Con una licenciatura en Sociología, Lottie fue a trabajar en una oficina. Miradla, decía Zet, ¡qué joven tan impulsiva, tan eficaz, tan excelente como secretaria ejecutiva! Había que ver lo juiciosa que era, cómo no se quejaba nunca de tener que levantarse cuando aún no era de día, y la confianza a que se había hecho acreedora, como empleada, aquella gitana balcánica. Esto le producía una especie de tristeza, y se asombraba de ello. A él le habría matado el trabajo de oficina. Lo había probado. Ozymandias había encontrado empleos para él. Pero la rutina y el papeleo le paralizaban. Había trabajado en el almacén de la compañía, ayudando al zoólogo a descubrir qué era lo que dañaba las avellanas y los higos y las uvas, y a destruir los parásitos. Esto era interesante, pero no por mucho tiempo. Y una semana había trabajado en los talleres del Museo del Campo, aprendiendo a hacer hojas de plástico para los hábitats. Entonces se enteró de que los animales muertos se conservaban con muchos venenos, y esto, dijo, era lo que sentía siendo un empleado : una condición tóxica.

Lottie era, pues, quien trabajaba, y las tardes se hacían muy largas. Zet y el perro la esperaban a las cinco. Y al fin llegaba, trayendo comestibles, apresuradamente, hacia el Oeste desde Broadway. En la calle, Zet y Miss Katusha corrían a su encuentro. Zet gritaba «¡Lottie!» y la perra castaña escarbaba el pavimento y aullaba. Lottie venía del Metro pálida, sudorosa, y emitía sonidos guturales de contralto cuando él la besaba. Traía carne picada y yogur, huesos para Katusha y regalitos para Zetland. Permanecían aún en la luna de miel. Estaban extáticos en Nueva York. Sentían los éxtasis animales por el énfasis o la analogía. En la casa hicieron amistad con un escritor sensacionalista y su esposa: Giddings y Gertrude. Giddings escribía novelas del Oeste: el Balzac de las Malas Tierras, le llamaba Zet. Giddings le llamaba el Wittgenstein del West Side. Así, Zetland tenía un auditorio para sus alegres invenciones. Leía en voz alta frases curiosas de la Encyclopedia of Unified Sciences y ponía a H. Rider Haggard, el novelista predilecto de Giddings, en el lenguaje de la lógica simbólica. Por las noches, Lottie se convertía de nuevo en una gitana macedonia, en la hija de su madre. Su madre era una nigromante de Skopje —decía Zetland—, y hacía hechizos con orina de gato y ombligos de serpiente. Conocía los secretos eróticos de la antigüedad. Evidentemente, Lottie los conocía también. Se daba por sabido que las cualidades femeninas de Lottie eran magníficas, profundas y dulces. El romántico Zetland hacía comentarios fervientes y agradecidos sobre ellas.

Pero de tanta dulzura, de esta vida almibarada, donde los nervios desprendían demasiado calor, surgían espasmos de ansiedad. Mas, a su manera, esta ansiedad era también deliciosa, decía él. Explicaba que tenía dos clases de éxtasis: los sensuales y los enfermizos. Aquellos primeros meses en Nueva York fueron demasiado para él. Se reprodujo su antigua dolencia pulmonar y tuvo fiebre; padeció dolores, tenía escozor al orinar y tuvo que quedarse en cama, con el descolorido pijama granate apretándole en las ingles bajo los rollizos brazos. Su piel volvió a irritarse fácilmente.

Durante unas semanas fue como si volviese a la invalidez de su infancia. Una situación horrible para un hombre que acababa de casarse, pero también deliciosa. Recordaba muy bien el hospital, los zumbidos de su cabeza cuando le anestesiaron, y la terrible herida abierta en su abdomen. Se había infectado y no quería cicatrizar. Goteaba por un tubo de goma sujeto con un imperdible corriente. Se daba cuenta de que iba a morir, pero leía los periódicos humorísticos. Los chicos de la sala sólo tenían para leer revistas infantiles de humor y la Biblia; Slin Jim, Boob McNutt, El Arca de Noé, Ismael, Hagar, se sucedían como los muchos colores de sus ilustraciones. Era un crudo invierno en Chicago; por la mañana brillaban rayos dorados de icono en las ventanas escarchadas, y los tranvías zumbaban y chirriaban con estrépito. Pero había salido del hospital, y sus tías le habían cuidado en casa con caldo de tuétano, leche muy caliente, mantequilla derretida y bizcochos grandes como naipes. Su enfermedad en Nueva York le trajo de nuevo a la memoria la herida abierta, con su olor a podrido y el tubo de goma sujeto con un imperdible para que no se hundiese en la panza, y las llagas producidas por la larga permanencia en la cama, y la necesidad de aprender de nuevo a andar a la edad de ocho años. Un temprano y veraz sentido de la captación de la materia por las energías vitales, la dolorosa, difícil, intrincada transformación y organización químico-eléctrica, esplendorosa, llena de colores radiantes, y con todos los olores y hedores. Una combinación demasiado fuerte. Vertiginosa. Turbaba e intimidaba demasiado el alma. ¿Para qué estábamos aquí nosotras, los más extraños de todos los extraños seres y criaturas? Ojos gelatinosos y claros para ver durante un tiempo y para ver bien, y un universo palpitante para ser visto, y tantos mensajes humanos para transmitir y recibir. Y una caja ósea para pensar y para guardar los pensamientos, y un corazón nebuloso para sentir. Seres efímeros, que destruyen otras criaturas, sazonando y calentando su carne y devorándola. Una especie de seres embargados por el conocimiento de la muerte y llenos también de anhelos infinitos. Estas frases internas peculiares no eran intencionadas. Se le ocurrían a Zetland, natural e involuntariamente, cuando discutía consigo mismo aquella mañana de cualidades brillantes y terribles.

Así, Zet dejó a un lado sus libros de Lógica. Habían perdido su utilidad. Fueron a reunirse con los cómics que había apartado cuando tenía ocho años. Rudolf Carnap le resultaba tan inútil como Boob McNutt. Preguntó a Lottie:

—¿Qué otros libros tenemos?

Ella se dirigió a la estantería y leyó los títulos. Él la detuvo al llegar a Moby Dick, y ella le tendió el grueso volumen. Después de leer unas pocas páginas, Zet supo que nunca sería doctor en filosofía. El mar inundó su tierra, el alma del lago Michigan, me dijo. El frío oceánico era exactamente lo adecuado para su fiebre. Se sentía contaminado, pero leía sobre la pureza. Había alcanzado una fase grave de personalidad limitada, de descontento, de renuencia a ser; estaba enfermo; quería irse. Entonces leyó aquel libro deslumbrador. Se sumergió en él. Pensó que iba a ahogarse. Pero no se ahogó; flotó.

La criatura de carne y sangre, y enferma, fue al cuarto de baño. Debido al estado de sus intestinos, se sentó con dificultad en la tabla sobre la taza de porcelana, sobre el agujero y el agua conectados con el desagüe: algo repugnante, pero necesario. Y cuando las baldosas del turbio suelo oscilaron bajo sus ojos de enfermo como una alambrada de gallinero, la amatista del océano estaba también allí, en los biseles del espejo del armario de los medicamentos, y el poder blanco de la ballena, a la que la bañera daba una dimensión fugaz. La cloaca estaba allí, la náusea, y también la intimidad de olores intestinales que se remontaban a la infancia, a los viejos colores pardos. Y la congoja y la dulzura de una tos rasgada y la humedad tropical de la fiebre. Pero incluso allí surgían los mares. Detrás del respiradero, hacia el Oeste, girando a la izquierda en el Hudson. Allí estaba el Atlántico.

El verdadero sentido de su vida estaba en la visión comprensiva, se dijo. Había estado trabajando en filosofía con la teoría de semejanza de los universales. Tenía un concepto original del predicado «semejar». Pero esto había terminado. Cuando estaba enfermo, se mostraba resuelto. Tenía sudores de debilidad y expelía una flema azulada, tapándose la boca con el puño, y se le hinchaban los ojos. Carraspeó y dijo a Lottie, que estaba sentada en la cama sosteniendo su taza de té durante el acceso de tos:

—No creo que pueda continuar con la filosofía.

—Eso te preocupa mucho, ¿no? La otra noche, mientras dormías, no hacías más que hablar de filosofía.

—¿De veras?

—Hablabas, en sueños, de epistemología o algo parecido. Yo no entiendo nada de eso, ya lo sabes.

—Bueno, en realidad tampoco se hizo para mí.

—Pero, querido, no tienes por qué hacer algo que no te gusta. Cambia a otra cosa. Yo te apoyaré en lo que sea.

—¡Oh, eres un tesoro! Pero perdería la beca.

—¿Crees que vale la pena? Esos bastardos tacaños no te dan ni lo imprescindible para vivir. Zet, querido, manda al diablo el dinero. Veo que ese libro ha producido un cambio en tu ánimo.

—¡Oh, Lottie, ese libro es milagroso! Te saca del mundo humano.

—¿Qué quieres decir, Zet?

—Quiero decir que te saca del universo de las proyecciones mentales o de las facciones aislantes de la práctica social corriente o del hábito psicológico. Te da una libertad elemental. Lo que realmente te libera de estas ficciones psicológicas y sociales aislantes es la otra ficción, la del arte. En realidad, no hay vida humana sin poesía. ¡Ay, Lottie! Me estaba muriendo de hambre con la lógica simbólica.

Tengo que leer este libro —repuso ella.

Pero no llegó muy lejos. Los libros sobre la mar eran para los hombres, y, en todo caso, ella no era una gran lectora; era demasiado impulsiva para estar sentada mucho rato con un libro. Esto correspondía a Zet. É1 le contaría todo lo que necesitase saber sobre Moby Dick.

—Tengo que hablar con el profesor Edman.

—En cuanto estés lo bastante fuerte, ve allí y renuncia. Déjalo. Será mejor. ¿Por qué diablos quieres ser profesor? ¡Oh, esa perra!

—Katusha había entablado un duelo de ladridos con un animal del patio contiguo—. ¡Calla, perra! A veces odio de veras a ese sucio can. Tengo sus ladridos metidos en la cabeza.

—Regálasela al chino de la lavandería; la quiere mucho.

—¿La quiere? Se la comería. Y ahora, Zet, no te preocupes por nada. Manda al carajo la Lógica. ¿De acuerdo? Puedes hacer mil cosas. Sabes francés, ruso y alemán, y tienes un cerebro extraordinario. No precisamos mucho para vivir. No necesito cosas de fantasía. Compro en Union Square. ¿Y bien?

—Con ese hermoso cuerpo macedonio que tienes —dijo Zet—, «Klein's» es tan bueno como haute couture. Benditos sean tu busto, tu vientre y tu trasero.

—Si te ha bajado la fiebre este fin de semana, iremos al campo, a ver a Giddings y Gertrude.

—Papá se enfadará cuando se entere de que he abandonado Columbia.

—¿Y qué? Sé que le quieres, pero es un gruñón; hagas lo que hagas, nunca estará contento. Bueno, mándalo también al carajo.

En 1940 se trasladaron a la parte baja de la ciudad y vivieron doce años en Bleecker Street. Pronto destacaron en Greenwich Village. En Chicago habían sido bohemios sin saberla. En el Village, Zet fue identificada con la literatura de vanguardia y con la política radical. Cuando las rusas invadieron Finlandia, la política radical se hizo absurda. Los marxistas discutieron si el Estado de los trabajadores podía ser imperialista. Esto era demasiado insensato para Zetland. Después vino. el pacta nazisoviético, y después, la guerra. Constantine nació durante la guerra : Lottie deseó que llevase un nombre balcánico. Zetland quiso ingresar en el servicio militar. Cuando se comportaba animosamente, Lottie estaba siempre a su lado, y le apoyó contra su padre, que desde luego lo desaprobaba.

 

(*) Este relato pertenece al libro El hombre que hablaba demasiado y otros cuentos, Plaza & Janés Editores: www.plaza.es.

(**) Nació el 10 de Junio de 1915 en Lachine, Quebec (Canadá)en el seno de una familia judía que huyó de San Petersburgo. Cuando tenía 9 años se trasladaron a Chicago. Cursó estudios en la Universidad de Northwestern y trabajó como profesor en la de Chicago. Su primera novela fue Hombre en suspenso (1944), después publicó La víctima (1947). Logró una beca de la fundación Guggenheim y pasó algún tiempo en Europa, donde escribió la mayor parte de Las aventuras de Augie March (1953), relato sobre un héroe de la picaresca y humorístico retrato de la comunidad judía de Chicago. Se le ha considerado un representante de los escritores judío-americanos que se constituyeron en un referente central de la literatura americana después de la segunda guerra mundial. Otras de sus novelas son Carpe Diem (1956) y Henderson, el rey de la lluvia (1959), Herzog (1964) y El planeta de Mr. Sammler (1970), galardonadas con el National Book Award (Premio Nacional del Libro). En 1976 le otorgaron el Premio Pulitzer por El legado de Humboldt (1975) y tres meses más tarde fue laureado con el Premio Nobel de Literatura (1976). Se edita en ese año Ida y vuelta a Jerusalén y posteriormente El diciembre del Decano (1982) y la novela Son más los que mueren de desamor (1987). Por su novela, Ravelstein (2000) le convertió en presa de insultos y críticas por parte de la selecta esfera literaria neoyorquina, que tildó de "traición" una obra en la que se desvela la homosexualidad del filósofo Allan Bloom. Se casó cinco veces, tuvo tres hijos y, a los 84 años, una hija. Siguió escribiendo hasta pasados los 80 años. Sus obras últimas incluyen la novela breve sentimental 'The Actual' (1997) y 'Ravelstein' (2000), novela basada en la vida de su difunto amigo Allan Bloom. Falleció el 6 de abril de 2005 en su residencia de Massachussetts, a los 89 años de edad tras una larga enfermedad. El literato estuvo consciente hasta último momento, junto a su esposa y su hija.




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