Los pasos de la mirada*
Por Noelia Sueiro


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Enfocarte.com agradece la colaboración del Museo Juan Barjola, Gijón, Principado de Asturias, por permitirnos realizar este Especial sobre el artista, y principalmente a Lydia Santamarina Pedregal, Directora del mencionado centro.

 

 

Huellas de una mirada trágica emergen desde la amplia panorámica retrospectiva de la obra de Juan Barjola permitiendo vislumbrar, de modo soterrado o explícito, una serie de recurrencias, un trayecto que articula su evolución creadora y un conjunto temático nacido de inquietudes y preocupaciones invariablemente presentes a lo largo de su vida. Desde los primeros estudios de figuras y paisajes –a modo de estilizadas sombras en la memoria- hasta la decantación por su propio peso en la elaboración de un singular ámbito personal poblado de presencias solitarias, las pinturas de Juan Barjola pueden concebirse como instantáneas de alta intensidad en la búsqueda de la expresividad pictórica: la infancia del suburbio, ecos del sexo y la ley del deseo, tristes perros abandonados, tauromaquias, imágenes oníricas,muchedumbres eclécticas, escenas de guerra, violencia y represion… Omnipresentes huellas de un dolor anónimo y reiterado, sus composiciones convocan a una humanidad doliente que nos habla desde el lado oscuro de la vida. Se ha acuñado el término expresionismo crítico para intentar definir su trabajo dentro de unas genéricas coordenadas estilísticas: campos de color amalgamados en un espacio poscubista que integran elementos del expresionismo de Bacon en una suerte de crónica pictórica del desgarro existencial.

Desde un punto de vista interpretativo es posible esbozar un acercamiento a la obra de Juan Barjola delineando cuatro amplios períodos, ciclos biográficos de intensa actividad creadora donde -al margen de su iniciales tanteos realistas- se configuran las épocas singularizadas de su labor. El presente artículo, no obstante, pretende ofrecer otra visión de su obra ceñida a una serie de huellas que la atraviesan transversalmente a lo largo del proceso sintético de creación.

Existe una nítida tensión metafísica en muchas obras de Juan Barjola que se despliega en inquietantes sugerencias de espacios deshabitados. Misterio en la desolación inerte, un cierto quietismo parece detener la escena dotándola de un aura de secreta irrealidad y sigilo atemporal. Espacios póstumos y silentes, tiempo demorado, la arquitectura resultante recrea un ámbito que imprime una metamorfosis en la mirada e impele al extrañamiento: una melancolía atemporal parece impregnarlo todo. Simples elementos del entorno cotidiano adquieren una dimensión simbólica transfigurados en la evocación de la pintura como memoria de una realidad estilizada y en la creación de un mundo detenido que permmite acceder a un impreciso sentimiento de duelo. El vacío activo en esos sutiles fondos va a proteger y dotar de intemporalidad a las figuras y presencias de sus obras.

Es interesante reparar en los espejos dentro del universo barjoliano, su permanencia a través de los años merece una atención particularizada. Su utilización resulta de gran eficacia como estrategia compositiva: la presencia de estos óvalos o láminas reflejantes a modo de misteriosos artilugios ópticos perturban y dotan de inestabilidad visual muchas de sus composiciones inaugurando nuevos espacios dentro del espacio. Es posible que en la lectura primera de Velázquez, Juan Barjola hubiera aprendido esa lección del indolente pintor de cámara, como si el aliento metafísico presente surgiera de la atenta contemplación, reinterpretación y profunda identificación con la magia velazqueña: la casi inaprehensible envoltura atmosférica y los demorados pliegues del espacio como refugio privilegiado de la sensibilidad metafísica, esa casi indefinible vivencia póstuma de los objetos y de lo real.

Tanto las características del programa estético como de la poética que opera en toda su .producción propician una lectura excluyente centrada en la gestualidad y en la expresividad nerviosa de sus formas agitadas en la inmediatez, no obstante es necesario detenerse en esa decisiva veta silente en la poética de Barjola que a veces pudiera quedar eclipsada totalmente por la vertiente hegemónica expresionista que aparece como central en su trabajo. El propio artista aude al "sentido compositivo y a los grandes planos" de Velázquez: "El inventó la 'atmósfera', las inmensas superficies en las que late la vida, el tiempo, la composición densísima". Desde esta perspectiva, el recurso del espejo permite generar una sugerente ambigüedad espacial próxima al recurso del "cuadro dentro del cuadro" propio de la representación barroca.

Se puede mencionar, legítimamente, que la obra de Barjola constituye una pintura de cumbres de intensidad que se expresa a través de los altibajos y dientes de sierra de un sismógrafo emocional. Abismos subjetivos y un profundo desasosiego que pugna por salir al exterior. La poética del expresionismo va a configurar un arte que emerge desde las entrañas escarbando en un subsuelo poblado de obsesiones simbólicas y estallando hacia el exterior las emociones: tejido emocional que el pintor va a activar como fuente de sensaciones desinhibidas y violentos grafismos de color. Las declaraciones reiteradas de Francis Bacon apelando a un 'arte que se dirija directamente al sistema nervioso' pueden servir de paradigma de esta manera de entender la pintura. Conjurar traza un mapa de pulsiones sublimadas en la aventura del color y el gesto.

Seguir la evolución iconográfica de las tauromaquias de Barjola supone hacer un recorrido por el itinerario de convulsión que representa la pintura moderna.

Jean Francois Lyotard ha hablado de una "energética" que aflora en la pintura de la era moderna. En sus "dispositivos pulsionales" va a aludir a esa suerte de ergografía o escritura del cuerpo que representa la pintura entendida como sismógrafo emocional: energía cromática volcada en la superficie de representación a modo de acontecimiento. Si en las primeras obras de esta serie podía distinguirse claramente una multitud informe y las siluetas oscuras y dominantes de la guardia civil, el vertiginoso inventario se transforma en una taquigrafía covulsa de huellas biográficas. La urgencia expresiva vierte el magma de colores como necesario rito de afirmación y destrucción del tiempo. La representación deviene en un arremolinado mapa alzado, flotante, en un espacio donde todo gira.

Son evidentes las implicaciones simbólicas que va a tener la lidia a modo de metáfora cultural sedimentada en el imaginaro colectivo: recorrido antropológico que nos habla de una celebración solar o de un antiguo pacto renovado en la lucha con el animal. Esa fusión magmática de los diferentes elementos que se dan cita en las tauromaquias provoca -a partir de la herencia cubista como fértil punto de inflexión para el espacio pictórico- la acelaración exponencial de las formas en enloquecida órbita giratoria semejando una especie de Guernica barjoliano: el estallido del orden representacional a modo de violento torbellino impele un vértigo en medio del caos y abigarramiento generalizado. Un agitado horror vacui para unas dramáticas tauromaquias en las que parecen enfrentarse todos contra todos; una visión nada confortable de la llamada "fiesta" nacional, posición descarnada y profundamente crítica del polémico festejo.



Los perros, en la pintura de Juan Barjola, gozan de un estatuto singularizado: "Si la memoria no me miente, los primeros dibujos de mi vida fueron dibujos de perros; aquellos mismos que veía disputándoles la tajada de algún burro muerto a los gavilanes que sobrevolaban las afueras de mi pueblo y que yo dibujaba como perros de sueño y no sé por qué, y que salían del vientre de otros animales, y pájaros de mal agüero que dibujaba posados en alguna nube o que salían de algún misterioso nido". Es imposible no sustraerse a estos perros callejeros abandonados a la triste intemperie de sus cuadros. Pocos artistas dotaron de tal expresividad a este animal superando la categoría anecdótica del ornamento. Hay, en esta elección y tratamiento deliberado del artista, una acción que puede enlazarse con cierta tradición de la pintura española: los perros fueron a menudo genuinos compañeros de viaje, de Velázquez a Goya, trascendiendo su lugar secundario o accesorio como acontece generalmente en la pintura clásica manierista. Existe en esta tradición una mirada que en cierta medida los humaniza como seres también mortales y compañeros de tránsito hacia lo inexorable. Para Barjola el perro es un protagonista central con quien, en el transcurso de los años, llega a identificarse plenamente.

Hay precedentes como el famoso perro de Goya, o los perros que merodean por los extraños espacios de la pintura de Francis Bacon. En ellos, como en Barjola, el perro aparece atado a la violencia: cuerpo descoyunturados, desmembrados con las patas extendidas como insecto aplastado, ojos y mandíbulas de gran tamaño, entrañas devoradas...

"De chico fui miedoso, introvertido y lleno de vértigos. (...) Siempre fui un solitario. Todo lo perpetuaba dibujándolo. (...) Siempre andaba solo por las afueras del pueblo (...) con necesidad de soledad". Y es posible vislumbrar en sus cuadros esa marca inequívoca de soledad e introversión creadora: atenta siempre al devenir comunitario, al temblor social y a la incertidumbre de una época su trazo descubre una herida moral sin precedentes. La angustia es el vértigo de la libertad.

Al recuerdo pertenecen los perros merodeando por las tapias, y los animales muertos -mulos, vacas, cabras...- que eran tirados sin enterrar en las afueras del pueblo y luego devorados y disputados en tremendas peleas por hambre entre las águilas y los perros. Recuerdos e imágenes expresadas en el tramo último de su pintura con agónica violencia certifican cuando todo conduce ya a lo terminal en una cerrada atmósfera de clausura. Enclaustrado en sus íntimas obsesiones una suerte de fatalidad sígnica convoca un abigarrado escenario de formas exasperadas. La temática recurrente gira en torno a los mataderos, demostrando aguzada predilección por tétricos escenarios, imágenes de pesadilla, presagios de una sensibilidad terminal. Más descarnadas que nunca esta últimas obras expresan una visión ácida y atormentada de existencia. Angustia y espanto. Ataúdes, tumbas, figuras humanas agonizantes, dramáticos velatorios, negras cruces... Conciencia del fin que amalgama seres humanos y animales en un mismo espacio de precariedad y turbulencia. Abismo de la mirada de Juan Barjola.

Erotismo de cuerpos estrujados en rígidos corsés. Arquetipos de clientes anónimos en genéricos prostíbulos.Instantáneas de sórdidas mancebías. Repertorio de rameras macilentas y la fragmentaria parafernalia del deseo entrevisto. Sexo y represión caminan juntos. Si bien Juan Barjola desde los comienzos ha pintado burdeles y prostíbulos, lo que acontece hacia los últimos años es una suerte de desintegración: "Choque de la curva con la recta", son las palabras -casi un aforismo oriental- con las que el artista alude a la personal taquigrafía rítmica en sus cuadros. Con el tiempo este aspecto gestual ocupa un lugar cada vez más importante, prestando mayor interés al movimiento y al sentido del ritmo.

En los últimos años se produce un desinterés gradual por las técnicas de claroscuro y desaparecen prácticamente los espacios silentes y deshabitados, paralelamente el color es más contenido y eclipsado subrayando la importancia concedida al gesto: renovadas tauromaquias, mujeres con espejo, perros, escenas de violencia, inválidos y niños de suburbio... el retorno de los trazos han adquirido un grado de saturación, todo se desarrolla en una atmósfera densa y asfixiante, las muchedumbres convulsas como complejos en tensión huyendo de la angustia de la nada.

 

*Escrito a partir de los ensayos de Antón Patiño y Guillermo Solana incluidos en Juan Barjola, catálogo de la exposición



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Sumario | PLASTICA: Sergio Payares - Tatiana Montoya - Irirni Karannayopulou - Enrique Marty - Jesús Zatón| ESPECIAL: Juan Barjola | FOTOGRAFIA: Pep Bonet - Kim Hunter - Jessica Bruah - Bonnie Portelance - Luca Curci y Fabiana Roscioli | LITERATURA: Cesare Pavese - Saul Bellow - Edogawa Rampo - Oleski Miranda - Karla Suárez - Enrique G de la G |
POESIA: Carmen Iriondo - Clara Janés - Marosa Di Giorgio - Rafael Farías Becerra - Marcos Arcaya Pizarro - Antonia Álvarez Álvarez | FILOSOFIA: Michel Foucault -Ernest Gellner
| PENSAMIENTO: Lawrence Lessing - Armand Mattelart | CINE: Lucia Bosé - Gustavo Fontan | TEATRO: Orígenes del Teatro en China IV


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