Baldi se detuvo en la isla de cemento que sorteaban veloces los
vehículos, esperando la pitada final del agente, mancha
oscura sobre la alta garita blanca. Sonrió pensando en
sí mismo, barbudo, el sombrero hacia atrás, las
manos en los bolsillos del pantalón, una cerrando los dedos
contra los honorarios de «Antonio Vergara-Samuel
Freider». Decía tener un aire jovial y tranquilo,
balanceando el cuerpo sobre las piernas abiertas, mirando
plácido el cielo, los árboles del Congreso, los
colores de los colectivos. Seguro frente al problema de la noche, ya
resuelto por medio d~ la peluquería, la comida, la
función de cinematógrafo con Nené. Y
lleno de confianza en su poder -la mano apretando los billetes- porque
una mujer rubia y extraña, parada a su lado, lo rozaba de
vez en vez con sus claros ojos. Y si él quisiera...
Se detuvieron los coches y cruzó, llegando hasta la plaza.
Siguió andando, siempre calmoso. Una canasta con flores le
recordó la verja de Palermo, el beso entre jazmines de la
última noche. La cabeza despeinada de la mujer
caía en su brazo. Luego el beso rápido en la
esquina, la ternura en la boca, la interminable mirada brillante. Y
esta noche, también esta noche. Sintió de
improviso que era feliz; tan claramente, que casi se detuvo, como si su
felicidad estuviera pasándole al lado, y él
pudiera veda, ágil y fina, cruzando la plaza con veloces
pasos.
Sonrió al agua temblorosa de la fuente. Junto a la gran
chiquilla dormida en piedra, alcanzó una moneda al hombre
andrajoso que aún no se la había pedido. Ahora le
hubiera gustado una cabeza de niño para acariciar al paso.
Pero los chicos jugaban más allá, corriendo en el
rectángulo de pedregullo rojizo. Sólo pudo
volcarse hinchando los músculos del pecho, pisando fuerte en
la rejilla que colaba el viento cálido del
subterráneo.
Siguió, pensando en la caricia agradecida de los dedos de
Nené en su brazo cuando le contara aquel golpe de dicha
venido de ella, y en que se necesita un cierto adiestramiento para
poder envasar la felicidad. Iban a lanzarse en la fundación
de la Academia de la Dicha -un proyecto que adivinaba
magnífico, con un audaz edificio de cristal saltando de una
ciudad enjardinada, llena de bares, columnas de níquel,
orquestas junto a playas de oro, y miles de afiches color rosa, desde
donde sonreían mujeres de ojos borrachos- cuando
notó que la mujer extraña y rubia de un momento
antes caminaba a su lado, apenas unos metros a la derecha.
Dobló la cabeza, mirándola.
Pequeña, con un largo impermeable verde oliva atado en la
cintura como quebrándola, las manos en los bolsillos, un
cuello de camisa de tenis, la moña roja de la corbata
cubriéndole el pecho. Caminaba lenta, golpeando las rodillas
en la tela del abrigo con un débil ruido de toldo que sacude
el viento. Dos puñados de pelo rojizo salían del
sombrero sin alas. El perfil afinado y todas las luces
espejeándose en los ojos. Pero el secreto de la
pequeña figura estaba en los tacones demasiado altos, que la
obligaban a caminar con lenta majestad, hiriendo el suelo en un ritmo
invariable de relojería. Y rápido como si
sacudiera pensamientos tristes, la cabeza giraba hacia la izquierda
chorreando una mirada a Baldi y volvía a mirar hacia
adelante. Dos, cuatro, seis veces, la ojeaba fugaz.
De pronto, un hombre bajo y gordo, con largos bigotes retintos. Sujeto
por la torcida boca a la oreja semi oculta de la mujer,
siguiéndola tenaz y murmurante en las direcciones sesgadas
que ella tomaba para separado.
Baldi sonrió y alzó los ojos a lo alto del
edificio. Ya las ocho y cuarto. La brocha sedosa en el salón
de la peluquería, el traje azul sobre la cama, el
salón del restaurante. En todo caso, a las nueve y media
podría estar en Palermo. Se abrochó
rápidamente el saco y caminó hasta ponerse junto
a la pareja.
Tenía la cara ennegrecida de barba y el pecho lleno de aire,
un poco inclinado hacia adelante como si lo desequilibrara el peso de
los puños. El hombre de los largos bigotes hizo girar los
ojos en rápida inspección; luego los detuvo con
aire de profundo interés, en la esquina lejana de la plaza.
Se apartó en silencio, a pasos menudos y fue a sentarse en
un banco de piedra, con un suspiro de satisfecho descanso. Baldi lo
oyó silbar, alegre y distraído, una musiquita
infantil.
Pero ya estaba la mujer, adherida a su rostro con los grandes ojos
azules, la sonrisa nerviosa e inquieta, los.vagos gracias, gracias,
señor... Algo de subyugado y seducido que se delataba en
ella, lo impulsó a no descubrirse, a oprimir los labios,
mientras la mano rozaba el ala del sombrero.
-No hay por qué -y alzó los hombros, como
acostumbrado a poner en fuga a hombres molestos y bigotudos.
-¿Por qué lo hizo? Yo, desde que lo vi...
Se interrumpió turbada; pero ya estaban caminando juntos.
Hasta cruzar la plaza, se dijo Baldi.
-No me llame señor. ¿Qué
decía? Desde que me vio...
Notó que las manos que la mujer movía en el aire
en gesto de exprimir limones, eran blancas y finas. Manos de dama con
esa ropa, con ese impermeable en noche de luna.
-¡Oh! Usted va a reírse.
Pero era ella la que reía, entrecortada,
temblándole la cabeza. Comprendió, por las r
suaves y las s silbantes, que la mujer era extranjera. Alemana, tal
vez. Sin saber por qué, esto le pareció
fastidioso y quiso cortar.
-Me alegro mucho, señorita, de haber podido...
-Sí, no. importa que se ría. Yo, desde que lo vi
esperando para cruzar la calle, comprendí que usted no era
un hombre como todos. Hay algo raro en usted, tanta fuerza, algo
quemante... Y esa barba, que lo hace tan orgulloso...
Histérica y literata, suspiró Baldi. Debiera
haberme afeitado esta tarde. Pero sentía viva la
admiración de la mujer; la miró de costado, con
fríos ojos de examen.
-¿Por qué piensa eso? ¿Es que me
conoce, acaso?
-No sé, cosas que se sienten. Los hombres, la manera de
llevar el sombrero... no sé. Algo. Le pedí a Dios
que hiciera que usted me hablara.
Siguieron caminando en una pausa durante la cual Baldi pensó
en todas las etapas que aún debía vencer para
llegar a tiempo a Palermo. Se habían hecho escasos los
automóviles y los paseantes. Llegaban los ruidos de la
avenida, los gritos aislados, y ya sin convicción, de los
vendedores de diarios.
Se detuvieron en la esquina. Baldi buscaba la frase de
adíós en los letreros, los focos y el cielo con
luna nueva. Ella rompió la pausa con cortos ruidos de risa
filtrados por la nariz. Risa de ternura, casi de llanto, como si se
apretara contra un niño. Luego alzó una mirada
temerosa.
-Tan distinro a los otros... Empleados, señores, jefes de
las oficinas...-las manos exprimían rápidas
mientras agregaba-: Si usted fuera tan bueno de estarse unos minutos.
Si quisiera hablarme de su vida... ¡Yo sé que es
todo tan extraordinario!
Baldi volvió a acariciar los billetes de Antonio Vergara
contra Samuel Freider. Sin saber si era por vanidad o
lástima, se resolvió. Tomó el brazo de
la mujer y, hosco, sin mirada, sintiendo impasible los maravillados y
agradecidos ojos azules apoyados en su cara, la fue llevando hacia la
esquina de Victoria, donde la noche era más fuerte.
Unos faroles rojos clavados en el aire oscurecido. Estaban arreglando
la calle. Una verja de madera rodeando máquinas, ladrillos,
pilas de bolsas. Se acodó en la empalizada. La mujer se
detuvo indecisa, dio unos pasos cortos, las manos en los bolsillos del
perramus, mirando con atención la cara endurecida que Baldi
inclinaba sobre el empedrado roto. Luego se acercó,
recostada a él, mirando con forzado interés las
herramientas abandonadas bajo el toldo de lona.
Evidente que la empalizada rodeaba el Fuerte Coronel Rich, sobre el
Colorado, a equis millas de la frontera de Nevada. Pero él
¿era Wenonga, el de la pluma solitaria sobre el
cráneo aceitado, o Mano Sangrienta, o Caballo Blanco, jefe
de los sioux? Porque si estuviera del otro lado de los listones con
punta tlordelisada -¿qué cara pondría
la mujer si él saltara sobre las maderas?-, si estuviera
rodeado por la valla, sería un blanco defensor del fuerte,
Buffalo Bill de altas botas, guantes de mosquetero y mostachos
desafiantes. Claro que no servía, que no pensaba asustar a
la mujer con historias para niños. Pero estaba lanzado y
apretó la boca en seguridad y fuerza.
Se apartó bruscamente. Otra vez, sin mirada, fijos los ojos
en el final de la calle como en la otra punta del mundo:
-Vamos.
Y en seguida, en cuanto vio
que la mujer lo obedecía dócil y esperando:
-¿Conoce Sudáfrica?
-¡África!
-Sí. África del Sur. Colonia del Cabo. El
Transvaal.
-No. ¿Es... muy lejos, verdad?
-¡Lejos...! ¡Oh, sí, unos cuantos
días de aquí!
-¿Ingleses, allí?
-Sí, principalmente ingleses. Pero hay de todo.
-¿Y usted estuvo?
-¡Sí, estuve! -la cara se le balanceaba sopesando
los recuerdos-. En Transvaal... Sí, casi dos años.
-Then, do you know english?
- Very little and very bad. Se puede decir que lo olvidé por
completo.
-¿Y qué hacía allí?
-Un oficio extraño. Verdaderamehte, no necesitaba saber
idiomas para desempeñarme.
Ella caminaba moviendo la cabeza hacia Baldi y hacia adelante, corno
quien está por decir algo y vacila; pero no decía
nada, limitándose a mover nerviosamente los hombros
aceituna. Baldi la miró de costado, sonriendo a su oficio
sudafricano. Ya debían ser las ocho y 'media.
Sintió tan fuerte la urgencia del tiempo que era corno si ya
estuviera extendido en el sillón de la peluquería
oliendo el aire perfumado, cerrados los ojos, mientras la espuma tibia
se le va engrosando en la cara. Pero ya estaba la solución;
ahora la mujer tendría que irse. Abiertos los ojos
espantados, alejándose rápido, sin palabras.
Conque hombres extraordinarios, ¿eh...?
Se detuvo frente a ella y se arqueó para acercarle el rostro.
-No necesitaba saber inglés, porque las balas hablan una
lengua universal. En Transvaal, Africa del Sur, me dedicaba a cazar
negros.
Él sintió que la bota que avanzaba en Transvaal
se hundía en ridículo. Pero los dilatados ojos
azules seguían pidiendo con tan anhelante humildad, que
quiso seguir corno despeñándose.
-Sí, un puesto de responsabilidad. Guardián en
las minas de diamantes. En un lugar solitario. Mandan el relevo cada
seis meses. Pero es un puesto conveniente; pagan en libras. Y a pesar
de la soledad, no Siempre aburrido. A veces hay negros que quieren
escapar con diamantes, piedras sucias, bolsitas con polvo. Estaban los
alambres electrizados. Pero también estaba yo, con ganas de
distraerme volteando negros ladrones. Muy divertido, le aseguro. Pam,
pam, y el negro termina su carrera con una voltereta.
Ahora la mujer arrugaba el entrecejo, haciendo que sus ojos pasaran
frente al pecho de Baldi sin tocarlo.
-¿Y usted mataba negros? ¿Así, con un
fusil?
-¿Fusil? Oh, no. Los negros ladrones se cazan con
ametralladoras. Marca Schneider. Doscientos cincuenta tiros por minuto.
-¿Y usted...?
-¡Claro que yo! Y con mucho gusto.
Ahora sí. La mujer se había apartado y miraba
alrededor, entreabierta la boca, respirando agitada. Divertido si
llamara a un vigilante. Pero se volvió con timidez al
cazador de negros, pidiendo:
-Si quisiera... Podríamos sentamos un momento en la placita.
-Vamos.
Mientras cruzaban hizo un último intento:
-¿No siente un poco de repugnancia? ¿Por
mí, por lo que he contado? --con un tono burlón
que suponía irritante.
Ella sacudió la cabeza, enérgica:
-Oh, no. Yo pienso que tendrá usted que haber sufrido mucho.
-No me conoce. ¿Yo, sufrir por los negros?
-Antes, quiero decir. Para haber sido capaz de eso, de aceptar ese
puestO.
Todavía era capaz de extenderle una mano encima de la
cabeza, murmurando la absolución. Vamos a ver hasta
dónde aguanta la sensibilidad de una institutriz alemana.
-En la casita tenía aparato telegráfico para
avisar cuando un negro moría por imprudencia. Pero a veces
estaba tan aburrido, que no
avisaba. Descomponía el aparato para justificar la tardanza
si venía la inspección y tomaba el cuerpo del
negro como compañero. Dos o
tres días lo veía pudrirse, hacerse gris,
hincharse. Me llevaba hasta él un libro, la pipa, y
leía; en ocasiones, cuando encontraba un párrafo
interesante, leía en voz alta. Hasta que mi
compañero comenzaba a oler de una manera incorrecta.
Entonces arreglaba el aparato, comunicaba el accidente y me iba a
pasear al otro lado de la casita.
Ella no sufría suspirando por el pobre negro
descomponiéndose al sol. Sacudía la triste cabeza
inclinada para decir:
-Pobre amigo. ¡Qué vida! Siempre tan solo...
Hasta que él, ya sentado en un banco de la plazoleta,
renunció a la noche y le tomó gusto al juego.
Rápidamente, con un estilo nervioso e intenso,
siguió creando al Baldi de las mil caras feroces que la
admiración de la mujer hacía posible.
De la mansa atención de ella, estremecida contra su cuerpo,
extrajo el Baldi que gastaba en aguardiente, en una taberna de marinos
en tricota -Marsella o El Havre- el dinero de amantes flacas y
pintarrajeadas. Del oleaje que fingían las nubes en el cielo
gris, el Baldi que se embarcó un mediodía en el
Santa Cecilia, con diez dólares y un revólver.
Del breve viento que hacía bailar el polvo de una casa en
construcción, el gran aire arenoso del desierto, el Baldi
entolado en la Legión Extranjera que regresaba a las
poblaciones con una trágica cabeza de moro ensartada en la
bayoneta.
Así, hasta que el otro Baldi fue tan vivo que pudo pensar en
él como en un conocido. Y entonces, repentinamente, una idea
se le clavó tenaz. Un pensamiento lo aflojó en
desconsuelo, junto al perramus de la mujer ya olvidada.
Comparaba al mentido Baldi con él mismo, ton este hombre
tranquilo e inofensivo que contaba historias a las Bovary de plaza
Congreso. Con el Baldi que tenía una novia, un estudio de
abogado, la sonrisa respetuosa del portero, el rollo de billetes de
Antonio Vergara contra Samuel Freider, cobros de pesos. Una lenta vida
idiota, como todo el mundo. Fumaba rápidamente, lleno de
amargura, los ojos fijos en el cuadrilátero de un cantero.
Sordo a las vacilantes palabras de la mujer, que terminó
callando, doblando el cuerpo para empequeñecerse.
Porque el Dr. Baldi no fue capaz de saltar un día sobre la
cubierta de una barcaza, pesada de bolsas o maderas. Porque no se
había animado a aceptar que la vida es otra cosa, que la
vida es lo que no puede hacerse en compañía de
mujeres fieles, ni hombres sensatos. Porque había cerrado
los ojos y estaba entregado, como todos. Empleados, señores,
jefes de las oficinas.
Tiró el cigarrillo y se levantó. Sacó
el dinero y puso un billete sobre las rodillas de la mujer.
-Tomá. ¿Querés más?
Agregó un billete más grande, sintiendo que la
odiaba, que hubiera dado cualquier cosa por no haberla encontrado. Ella
sujetó los billetes con la mano para defenderlos del viento:
-Pero. Yo no lo he dicho... Yo no sé...
-inclinándo'se hacia él, más azules
que nunca los grandes ojos, desilusionada la boca-. ¿Se va?
-Sí, tengo que hacer. Chau.
Volvió a saludar con la mano, con el gesto seco que hubiera
usado el posible Baldi, y se fue. Pero volvió a los pocos
pasos y acercó el rostro barbudo a la mímica
esperanzada de la mujer, que sostenía en alto los dos
billetes, haciendo girar la muñeca. Habló con la
cara ensombrecida, haciendo sonar las palabras como insultos.
-Ese dinero que te di lo gano haciendo contrabando de
cocaína. En el Norte.
Consigue los libros de Juan Carlos Onetti en ALFAGUARA
*(Montevideo, 1908-Madrid, 1998) Escritor uruguayo, nacionalizado
español. Estudió en Buenos Aires, ciudad en la
que ejerció como periodista. En 1955 regresó a
Montevideo para hacerse cargo de la dirección de las
bibliotecas municipales. Encarcelado durante algún tiempo
por oponerse al régimen militar de su país, en
1974 se exilió en España. Tras la
publicación de las novelas El pozo
(1939) y Tierra de nadie (1942), que presentan
una visión sombría de las grandes urbes
contemporáneas, aparecieron La vida breve
(1950), El astillero (1961) y Juntacadáveres
(1964), sus mejores novelas, que retratan un mundo decadente repleto de
personajes aislados y fracasados. El virtuosismo de su estilo, denso,
moroso y esteticista, demuestra la influencia destacada de Faulkner.
Cultivó también el relato en El
infierno tan temido (1962) y Cuentos completos
(1974), entre otras obras como Dejemos hablar al viento
(1979; premio de la crítica española, 1980), Para
esta noche (1978), Los adioses (1980)
y La novia robada (1980). Sus personajes fracasan
en su aventura vital y se entregan a un monólogo
descreído y amargo. Sólo existen dos
posibilidades de liberación: el erotismo y los mecanismo de
la ilusión, pero también aquí se
impone el fracaso, porque el erotismo se deteriora y los mecanismos
ilusorios, que desdoblan la vida del personaje, desembocan en el
sarcasmo. Este espectáculo pesimista es al mismo tiempo
visto con ironía, y acaba resultando tragicómico.