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INTRODUCCION
El diecisiete de septiempre de 1903, en una playa de Carolina del Norte
azotada por el viento, durante casi cien segundos, los hermanos Wright
demostraron que un vehículo autopropulsado más pesado que el aire
podía volar. Fue un momento eléctrico y su importancia fue reconocida de
forma generalizada. Por aquellos años, las
leyes estadounidenses mantenían que el dueño de una propiedad poseía presuntamente
no sólo la superficie de sus tierras, sino todo lo que había por
debajo hasta el centro de la tierra y todo el espacio por encima, en «una extensión
indefinida hacia arriba» Durante mucho tiempo los estudiosos se habían
roto la cabeza intentando entender la idea de que los derechos sobre la tierra
llegaban a los cielos. Y entonces, entraron en escena los aviones. Por primera vez este principio de las
leyes estadounidenses —profundamente anclado en los cimientos de nuestra
tradición, y reconocido por los pensadores legales más importantes de
nuestro pasado— se volvió algo importante. Si mis tierras alcanzaban los
cielos, ¿qué pasa cuando United Airlines sobrevuela mis campos? ¿Tengo
derecho a expulsarla de mi propiedad? ¿Tengo derecho a negociar una licencia
exclusiva con Delta? ¿Podemos celebrar una subasta para decidir cuánto
valen estos derechos?
En 1945, estas preguntas se convirtieron en objeto de un caso federal.
Cuando Thomas Lee y Tinie Causby, granjeros de Carolina del Norte, empezaron
a perder pollos debido a las aeronaves militares que volaban bajo
(aparentemente los pollos aterrados echaban a volar contra las paredes de
los cobertizos y morían), los Causby presentaron un demanda alegando que
el gobierno estaba invadiendo sus tierras. Los aviones, por supuesto, nunca
tocaron la superficie de las tierras de los Causby. Pero si, como Blackstone,
Kent y Coke habían dicho, sus tierras se extendían «una longitud indefinida
hacia arriba», entonces el gobierno estaba cometiendo allanamiento y los
Causby querían que dejara de hacerlo.
El Tribunal Supremo estuvo de acuerdo en oír el caso de los Causby. El
Congreso había declarado que las vías aéreas eran públicas, pero si la propiedad
de alguien llegaba de verdad hasta los cielos, entonces la declaración
del Congreso podría ser vista como una «incautación» ilegal de propiedades
sin compensación a cambio. El Tribunal reconoció que «es una doctrina antigua
que según la jurisprudencia existente, la propiedad se extendía hasta la
periferia del universo». Pero el juez Douglas no tenía paciencia alguna con
respecto a la doctrina antigua. En un único párrafo, fueron borrados cientos
de años de leyes sobre la propiedad. Tal y como escribió para el Tribunal:
[La] doctrina no tiene lugar alguno en el mundo moderno. El aire es una autopista
pública, como ha declarado el Congreso. Si esto no fuera cierto, cualquier
vuelo transcontinental sometería a los encargados del mismo a innumerables
demandas por allanamiento. El sentido común se rebela ante esa idea. Reconocer
semejantes reclamaciones privadas al espacio aéreo bloquearía estas autopistas,
interferiría seriamente con su control y desarrollo en beneficio del público, y
transferiría a manos privadas aquello a lo que sólo el público tiene justo derecho.
«El sentido común se rebela ante esa idea».
Así es como la ley funciona habitualmente. No es tan corriente que lo
haga de un modo tan abrupto o impaciente, pero al fin y al cabo es así como
funciona.
Da igual que lleve páginas o unas pocas palabras, el genio especial de un sistema de derecho basado en la jurisprudencia es
que las leyes se ajustan a las tecnologías de su tiempo. Y conforme se ajustan,
cambian. Ideas que eran sólidas como rocas en una época se desmoronan
en la siguiente.
O al menos, ésta es la manera en la que las cosas ocurren cuando no hay
nadie poderoso del otro lado, opuesto al cambio. Los Causby no eran más
que granjeros. Y aunque sin duda habría muchos disgustados por el creciente
tráfico aéreo (aunque uno espera que no muchos pollos se arrojasen contra
las paredes), los Causby del mundo entero encontrarían muy difícil unirse
y detener la idea —y la tecnología— a la que los hermanos Wright habían
dado luz. Podrían estar de pie en
sus granjas, con pollos muertos en las manos, y agitar los puños ante esas
novedosas tecnologías todo lo que les diera la gana. Podían llamar a sus
representantes e incluso presentar una demanda. Pero al final acabaría por
prevalecer la fuerza de lo que parecía «obvio» a todos los demás —el poder
del «sentido común». No se iba a permitir que sus «intereses privados»derrotaran lo que era obviamente un beneficio público.
***
Edwin Howard Armstrong es uno de los genios inventores estadounidenses
olvidados. Llegó a la gran escena de los inventores estadounidenses
justo después de los titanes Thomas Edison y Alexander Graham Bell. Pero
su trabajo en el área de la tecnología radiofónica es quizá más importante
que el de cualquier inventor individual en los primeros cincuenta años de la
radio. Mejor preparado que Michael Faraday, que siendo aprendiz de un
encuadernador había descubierto la inducción eléctrica en 1831, pero con la
misma intuición acerca de como funcionaba el mundo de la radio, al menos
en tres ocasiones Armstrong inventó tecnologías profundamente importantes
que avanzaron nuestra comprensión de la radio.
El veintiséis de diciembre de 1933 a Armstrong se le otorgaron cuatro
patentes por su invención más significativa, la radio FM. Hasta entonces,
la radio comercial había sido de amplitud modulada (AM). Los teóricos
de esa época habían dicho que una radio de frecuencia modulada jamás
podría funcionar. Tenían razón en lo que respecta a una radio FM en una
banda estrecha del espectro, pero Armstrong descubrió que en una banda ancha del espectro podría proporcionar
una calidad de sonido sombrosamente fiel, con mucho menos consumo del
transmisor y con menos ruido estático.
Armstrong había descubierto
una tecnología radiofónica manifiestamente superior. Pero en la época de su
invento trabajaba para la RCA, el actor dominante
en el entonces dominante mercado de la radio AM.
El presidente de la RCA, David Sarnoff, amigo de Armstrong, estaba
deseando que descubriera un medio para eliminar la distorsión
estática de la radio AM, de modo que se mostró sumamente entusiasmado cuando
éste le dijo que tenía un dispositivo que eliminaba la estática de la «radio». Pero cuando Armstrong hizo una demostración de su invento,
Sarnoff no se mostró satisfecho: «Pensaba que Armstrong inventaría algún tipo de filtro que eliminara el ruido estático
de nuestra radio AM. No pensaba que empezaría una revolución —que empezaría
toda una maldita industria que competiría con la RCA».
El invento de Armstrong amenazaba el imperio AM de la RCA, así que la
compañía lanzó una campaña para ahogar la radio FM. Si la FM podía ser
una tecnología superior, Sarnoff era un estratega superior.« Las fuerzas a favor de la FM, en su mayoría del campo de la ingeniería, no pudieron
superar el peso de la estrategia diseñada por las oficinas legales, de ventas y
de patentes para derrotar a esta amenaza a la posición de la corporación. Porque
la FM, en caso de que se le permitiera desarrollarse sin trabas, presentaba [...] un
reordenamiento completo del poder en el campo de la radio [...] y la caída final
del sistema cuidadosamente restringido de la AM sobre la cual la RCA había cultivado
su poder».
La RCA, en un principio, dejó la tecnología en casa, insistiendo en que hacían
falta más pruebas. Cuando, después de dos años de pruebas, Armstrong
empezó a impacientarse, la RCA comenzó a usar su poder con el gobierno
para detener el despliegue generalizado de la FM. En 1936, la RCA contrató al anterior presidente de la FCC y le asignó la tarea de asegurarse de que la
FCC asignara espectros de manera que castrara la FM —principalmente
moviendo la radio FM a una banda del espectro diferente. En principio, estos
esfuerzos fracasaron pero durante
la Segunda Guerra Mundial, el trabajo de la RCA empezó a dar sus frutos. Para hacerle hueco en el espectro a la última gran apuesta de la RCA, la televisión,
los usuarios de la radio FM tuvieron que ser trasladados a una banda
del espectro totalmente nueva. También se disminuyó la potencia de las
emisoras de FM, lo que significó que la FM ya no podía usarse para transmitir
programas de un extremo a otro del país. (Este cambio fue fuertemente
apoyado por la AT&T, debido a que la pérdida de estaciones repetidoras
significaría que las estaciones de radio tendrían que comprarle cable a la
AT&T para poder conectarse). Así se ahogó la difusión de la radio FM, al
menos temporalmente. Armstrong ofreció resistencia a los esfuerzos de la RCA. En respuesta, la RCA ofreció resistencia a las patentes de Armstrong.
Después de incorporar la tecnología FM al estándar emergente para la televisión,
la RCA declaró las patentes sin valor —sin base alguna, y casi quince
años después de que se otorgaran. Se negó así a pagarle derechos a
Armstrong. Durante cinco años, Armstrong peleó en una cara guerra de litigios
para defender las patentes. Finalmente, justo cuando las patentes expiraban,
la RCA ofreció le un acuerdo con una compensación tan baja que ni
siquiera cubriría las tarifas de los abogados . Derrotado, roto,
y ahora en bancarrota, en 1954 Armstrong le escribió una breve nota a su
esposa y luego saltó desde la ventana de un decimotercer piso.
Así es como la ley funciona algunas veces. No es corriente que lo haga de
esta manera tan trágica, y es raro que lo haga con este dramático heroísmo,
pero, a veces, es así como funciona. Desde el principio, el gobierno y las agencias
gubernamentales han corrido el peligro de que sean secuestradas. Es más
probable que las secuestren cuando poderosos intereses sienten la amenaza
de un cambio, ya sea legal o tecnológico. Con demasiada frecuencia, estos
poderosos intereses emplean su influencia dentro del gobierno para que éste
los proteja. Por supuesto, la retórica de esta protección está siempre inspirada
en el beneficio público; la realidad, sin embargo, es algo distinta. Ideas que
eran tan sólidas como una roca en una época pero que, sin más apoyo que sí mismas, se desmoronarían en la siguiente, se sostienen por medio de esta sutil
corrupción de nuestro proceso político. La RCA tenía lo que no tenían los
Causby: el poder necesario para asfixiar el efecto del cambio tecnológico.
***
No hay un único inventor de Internet. Ni hay una buena fecha para marcar
su nacimiento. Sin embargo, en un tiempo muy corto, Internet se ha convertido
en parte de la vida diaria de EE.UU.
Conforme Internet se ha integrado en lo cotidiano, han cambiado las
cosas. Algunos de esos cambios son técnicos —Internet ha hecho que las
comunicaciones sean más rápidas, ha bajado los costes de recopilar datos.... Estos cambios técnicos no son el tema de este libro; son importantes y no se los comprende bien. Pero son el tipo de cosas que simplemente desaparecerían
si apagáramos Internet. No afectan a la gente que no usa Internet,
o al menos no la afectarían directamente. Son tema apropiado para un libro
sobre Internet, pero este libro no es sobre Internet.
Por el contrario, este libro trata sobre el efecto que Internet tiene más allá de la propia Internet: el efecto que tiene sobre la forma en la que la cultura
se produce. Mi tesis es que Internet ha inducido un importante y aún no
reconocido cambio en ese proceso. Ese cambio transformará radicalmente
una tradición que es tan vieja como nuestra república. La mayoría rechazaría
este cambio, si lo reconociera. Sin embargo, la mayoría ni siquiera ve lo
que ha introducido Internet.
Podemos vislumbrar algo si distinguimos entre cultura comercial y no
comercial, y dibujamos un mapa de la forma en la que las leyes regulan cada
una de ellas. Con «cultura comercial» me refiero a esa parte de nuestra cultura
que se produce y se vende, o que se produce para ser vendida. Con «cultura no comercial» me refiero a todo lo demás. Cuando los ancianos se
sentaban en los parques o en las esquinas de las calles y contaban historias
que los niños y otra gente consumían, eso era cultura no comercial. Cuando
Noah Webster publicaba su Antología de artículos, o Joel Barlow sus poemas,
eso es cultura comercial.
Al principio de nuestra historia, y durante casi toda la historia de nuestra
tradición, la cultura no comercial básicamente no estaba sometida a regulación.
Por supuesto, si tus historias eran obscenas o si tus canciones hacían demasiado
ruido, las leyes podían intervenir. Pero las leyes nunca se preocupaban
directamente de la creación o la difusión de esta forma de cultura y dejaban que
esta cultura fuera «libre». La ley deja en paz los modos corrientes en los que los
individuos normales compartían y transformaban su cultura —contando historias,
recreando escenas de obras de teatro o de la televisión, participando en
clubs de fans, compartiendo música, grabando cintas.
Las leyes se centraban en la creatividad comercial. Al principio de un
modo leve, y después de una manera bastante más extensa, las leyes protegían
los incentivos a los creadores concediéndoles derechos exclusivos sobre
sus obras de creación, de manera que pudieran vender esos derechos exclusivos
en el mercado. Esto es también, por supuesto, una parte importante de la creatividad y la cultura y se ha convertido cada vez más en una parte
importante de EE.UU. Pero de ningún modo era la parte dominante de
nuestra tradición. Era, por el contrario, tan sólo una parte, una parte controlada,
equilibrada por la parte libre.
Ahora se ha borrado esta división general entre lo libre y lo controlado.
Internet ha preparado dicha disipación de los límites y, bajo la presión de los
grandes medios de comunicación, ahora las leyes la hecho efectiva esta
disipación. Por primera vez en nuestra tradición, las formas habituales en
las cuales los individuos crean y comparten la cultura caen dentro del ámbito
de acción de las regulaciones impuestas por leyes, que se han expandido
para poner bajo su control una enorme cantidad de cultura y creatividad a
la que nunca antes habían llegado. La tecnología que preservaba el equilibrio
de nuestra historia —entre los usos de nuestra cultura que eran libres y
aquellos que tenían lugar solamente tras recibir permiso— ha sido destruida.
La consecuencia es que de forma creciente somos menos una cultura
libre y más una cultura del permiso.
Se justifica la necesidad de este cambio diciendo que es preciso para proteger
la creatividad comercial. Pero no se trata de un proteccionismo que tiene
como fin proteger a los artistas. Es, por el contrario, un proteccionismo que
tiene como propósito proteger ciertas formas de negocio. Corporaciones
amenazadas por el potencial de Internet para cambiar la forma en la que se
produce y comparte la cultura, tanto comercial como no comercial, se han
unido para inducir a los legisladores a que usen las leyes para protegerlos. Ésta es la historia de la RCA y Armstrong; es el sueño de los Causby.
Internet ha desencadenado una extraordinaria posibilidad
de participación en este proceso de construir y cultivar una
cultura que va mucho más allá de los límites locales. Ese poder ha cambiado
el mercado en relación a las formas en las que se construye y se cultiva la
cultura en general, y ese cambio, a su vez, amenaza a las industrias de contenidos
asentadas en su poder. Por lo tanto, Internet es para estas industrias
que construían y distribuían contenidos en el siglo XX lo que la radio FM fue
para la radio AM, o lo que el camión fue para la industria del ferrocarril en
el siglo XIX: el principio del fin, o al menos una transformación fundamental.
Las tecnologías digitales, ligadas a Internet, podrían producir un mercado para la construcción y el cultivo de la cultura, inmensamente más competitivo
y vibrante: ese mercado podría incluir una gama mucho más amplia y
diversa de creatividad; y, dependiendo de unos pocos factores importantes,
esos creadores podrían ganar de media más de lo que ganan con el sistema
de hoy en día —todo esto en tanto en cuanto las RCAs actuales no usen las
leyes para protegerse contra esta competencia.
Sin embargo, como defiendo en las páginas que siguen, esto es precisamente
lo que está ocurriendo en nuestra cultura. Los modernos equivalentes
de la radio de principios del s. XX o de los ferrocarriles del s. XIX están
usando su poder para conseguir que las leyes los protejan contra esta nueva
tecnología que es más vibrante y eficiente para construir cultura que la antigua.
Están triunfando en lo que respecta a su plan para reconfigurar Internet
antes de que Internet los reconfigure a ellos.
A muchos no les parece que esto sea así. A la mayoría, las batallas sobre
el copyright e Internet les parecen remotas. A los pocos que las siguen, les
parecen que tratan principalmente acerca de una serie mucho más sencilla
de cuestiones -sobre si se permitirá la «piratería» o no, sobre si se protegerá la «propiedad» o no. La «guerra» que se ha librado contra las tecnologías
de Internet —lo que el presidente de la Asociación Estadounidense de Cine
(MPAA en inglés), Jack Valenti, ha llamado su «propia guerra contra el
terrorismo»— ha sido presentada como una batalla en torno al imperio de
la ley y el respeto a la propiedad. Para saber de qué bando ponerse en esta
guerra, la mayoría piensa que basta solamente con decidir si estamos a favor
o en contra de la propiedad. Si éstas fueran de verdad las opciones, entonces yo estaría de acuerdo con
Jack Valenti y la industria de contenidos. Yo también creo en la propiedad, y
especialmente en la importancia de lo que Valenti llama «la propiedad creativa». Creo que la «piratería» está mal, y que las leyes, bien afinadas, deberían
castigar la «piratería», se produzca fuera o dentro de Internet.
Pero estas sencillas creencias enmascaran en realidad una cuestión
mucho más fundamental y un cambio mucho más drástico. Lo que yo temo
es que a menos que lleguemos a ver este cambio, la guerra para librar
Internet de «piratas» también librará a nuestra cultura de valores que han
sido claves en nuestra tradición desde el principio. Estos valores construyeron una tradición que -durante al menos los primeros
180 años de nuestra República- garantizaba a los creadores el derecho a
construir libremente a partir de su pasado, y protegía a los creadores y los
innovadores tanto del Estado como del control privado.
Sin embargo, la respuesta de las leyes a Internet, cuando van ligadas de
los cambios en la misma tecnología de Internet, han incrementado masivamente
la regulación efectiva de la creatividad en EE.UU. Para criticar o construir
a partir de la cultura que nos rodea, uno tiene antes que pedir permiso,
como si fuera Oliver Twist. Este permiso, por supuesto, se concede a
menudo —pero no tan a menudo a los que son críticos o independientes.
Hemos construido una especie de aristocracia cultural; aquellos que están
dentro de la clase nobiliaria viven una vida cómoda; los que están fuera, no.
Pero cualquier aristocracia es ajena a nuestra tradición.
La historia que sigue trata acerca de esta guerra. No trata de la «centralidad
de la tecnología» en la vida diaria. No creo en dios alguno, ya sea
digital o de cualquier otro tipo. La historia que sigue no supone tampoco
un esfuerzo para demonizar a ningún individuo o grupo, porque no creo
en el demonio, ya sea corporativo o de cualquier otro tipo. Esto no es un
auto de fe, ni una fábula con moraleja, ni llamo tampoco a la guerra santa
contra ninguna industria.
Por el contrario, supone un esfuerzo para comprender una guerra desesperadamente
destructiva inspirada en las tecnologías de Internet pero con
un alcance que va más allá de su código. Y al entender esta batalla, este libro
supone un esfuerzo para diseñar la paz. No hay ni una sola buena razón
para que continúe la lucha actual en torno a las tecnologías de Internet. Se
hará gran daño a nuestra tradición y a nuestra cultura si se permite que siga
sin control. Debemos llegar a comprender el origen de esta guerra. Debemos
resolverla pronto.
***
Igual que en la batalla de los Causby, esta guerra tiene que ver, en parte, con
la «propiedad». La propiedad, en esta guerra, no es tan tangible como la de
la guerra de los Causby y todavía no ha muerto ningún pollo inocente. Sin
embargo, las ideas que hay en torno a esta «propiedad» resultan tan obvias a
mucha gente como les parecía a los Causby las afirmaciones sobre la santidad
de su granja. Nosotros somos los Causby. La mayoría de nosotros damos por
sentado las reclamaciones extraordinariamente poderosas que ahora llevan a
cabo los dueños de la «propiedad intelectual». Y por lo tanto,
como los Causby, estamos en contra cuando una nueva tecnología interfiere
con esta propiedad. Nos resulta tan claro como lo era para ellos el que las nuevas
tecnologías de Internet están «invadiendo» los derechos legítimos de su«propiedad». Nos resulta tan claro, a nosotros como a ellos, que las leyes
deben intervenir para detener este allanamiento.
Y por tanto, cuando los geeks y los tecnólogos defienden a su Armstrong o
a sus hermanos Wright, la mayoría de nosotros simplemente no estamos de su
parte, ni tampoco los comprendemos. El sentido común no se rebela. A diferencia
que en el caso de los pobres Causby, en esta guerra el sentido común
está del lado de los propietarios. A diferencia de lo ocurrido con los afortunados
hermanos Wright, Internet no ha inspirado una revolución de su parte.
Mi esperanza es agilizar este sentido común. Cada vez me he ido
asombrando más ante el poder que tiene esta idea de la propiedad intelectual
y, de un modo más importante, del poder que tiene para desactivar
el pensamiento crítico por parte de los legisladores y los ciudadanos.
En toda nuestra historia nunca ha habido un momento como el actual, en
el que una parte tan grande de nuestra «cultura» fuera «posesión» de
alguien. Y sin embargo jamás ha habido un momento en el que la concentración
de poder para controlar los usos de la cultura se haya aceptado con
menos preguntas que como ocurre hoy en día.
La complicada pregunta es: ¿por qué?
¿Es porque hemos llegado a comprender la verdad sobre el valor y la
importancia de la propiedad absoluta sobre las ideas y la cultura? ¿Es porque
hemos descubierto que nuestra tradición de rechazo a tales reclamaciones
absolutas estaba equivocada? ¿O es porque la idea de propiedad absoluta sobre las ideas y la cultura
beneficia a las RCAs de nuestro tiempo y se ajusta a nuestras intuiciones
más espontáneas? ¿Es este cambio radical un
ejemplo más de un sistema político secuestrado por unos pocos y poderosos
intereses privados? ¿El sentido común apoya los extremos en relación a esta cuestión debido
a que el sentido común cree de verdad en estos extremos? ¿O está el
sentido común callado ante estos extremos porque, como con Armstrong
contra la RCA, el bando más poderoso se ha asegurado de tener la opinión
más convincente?
Creo que fue bueno que el sentido común se rebelara contra el extremismo de
los Causby. Creo que estaría bien que el sentido común volviera a rebelarse
contra las afirmaciones extremas hechas hoy en día a favor de la «propiedad
intelectual». Lo que actualmente exigen las leyes se acerca cada vez más a la
estupidez de un sheriff que arrestara a un avión por allanamiento. Pero las
consecuencias de esta estupidez serán mucho más profundas.
NOTAS
St. George Tucker, Blackstone’s Commentaries, 3, South Hackensack (N.J.), Rothman
Reprints, 1969, p. 18.
Los Estados Unidos contra Causby, U.S. 328 (1946): 256, 261. El tribunal halló que podía haber
una «expropiación» si el uso de sus tierras por parte del gobierno efectivamente destruía el
valor de la tierra de los Causby..
.Según el Pew Internet and American Life Project, un 58% de los estadounidenses tenía acceso a Internet
en 2002, subiendo así con respecto al 49% de dos años antes.
Éste no es el único propósito del copyright, aunque es abrumadoramente primordial en el
copyright establecido por la constitución federal. La ley estatal del copyright históricamente no
sólo protegía los intereses comerciales en lo que respecta a la publicación, sino también un interés
por permanecer anónimo. Al conceder a los autores el derecho exclusivo a la primera publicación,
la ley estatal del copyright les daba el poder de controlar la difusión de datos sobre
ellos. Véase Samuel D. Warren and Louis D. Brandeis, «The Right to Privacy», Harvard Law
Review 4 (1890): 193, pp. 198-200.
Amy Harmon, «Black Hawk Download: Moving Beyond Music, Pirates Use New Tools to
Turn the Net into an Illicit Video Club», New York Times, 17 de enero de 2002.
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