El Poeta
por Danilo Kiš*
Traduccion de Luisa Fernanda Garrido Ramos yTihomir Pištelek

 

En las inmediaciones de la central eléctrica apareció un cartel en un poste de madera.

Era otoño, finalizaba un octubre lluvioso y sombrío.

Las ráfagas de viento desplumaban las hojas de los álamos, que volaban hacia arriba y hacia los lados como panfletos tirados desde un avión, para luego caer al suelo.

El cartel estaba fijado al poste con chinchetas oxidadas que alguien había arrancado con las uñas de la esquela de Slavoljub (Bato) Rapajić, un jubilado inválido (18721945). El que lo había hecho demostraba sentir respeto por los muertos: había sujetado el papel, no más grande que la notificación mortuoria, sólo con dos chinchetas. De este modo, la esquela permanecía en el poste, sujeta por dos extremos, resistiendo los embates del viento.

El papel era amarillo, papel de guerra, y a lo largo de la noche o de la mañana se fue oscureciendo hasta adquirir el color de una hoja marchita, como si en ese ambiente mustio y otoñal, rodeado y zarandeado por las hojas de los álamos, él mismo hubiera adoptado las leyes del mimetismo. Las diminutas letras cirílicas -muy azules y muy pálidas- estaban ya un poco descoloridas por la lluvia, aunque, a decir verdad, la cinta de la máquina en la que el texto había sido escrito había conocido días mejores.

Todavía, estaba por esclarecer quién fue el primero en advertir el cartel -"muy cerca de la central eléctrica, clavado al poste de madera con 2 (el dos en letra) chinchetas evidentemente arrancadas de la esquela en el mencionado poste"-, esa mañana otoñal del veinticinco de octubre del año 1945.

Este denigrante trozo de papel amarillo ("la mitad de un folio, de calidad n° 3, doblado y cortado con un utensilio afilado"), parecido por su tamaño a una esquela, en realidad, podría haber pasado desapercibido para los ciudadanos. "A esto hay que añadir el factor climático: había llovido durante toda la mañana, con breves interrupciones, y soplaba un viento frío del norte. La mayoría de los transeúntes llevaba paraguas por lo que andaban con la cabeza agachada, protegiéndose del viento y de la lluvia. Además, debe tenerse en cuenta qu~ este tramo del camino hacia la central eléctrica está un poco apartadoy no es muy frecuentado por los ciudadanos. Salvo unos habitantes de la Urbanización Nueva (dos casas) y unos empleados de la central, no pasa mucha gente por allí. Los ciudadanos utilizan el camino nuevo, el que transcurre por detrás de la central, lindando con el campo. (El camino viejo está lleno de baches a causa de las bombas y las cadenas de los carros de combate)." Etcétera.

Pero que nadie lo hubiera visto hasta las once de la noche, aunque lloviera a cántaros y cayeran chuzos de punta, ¡ah, no!, eso sí que no.

Así que Budišić, orientó la investigación en ese sentido. ¿Quién, cuándo y por qué había pasado por allí aquella mañana del veintiocho de octubre de 1945?

A ver, primero y ante todo, los de la Urbanización Nueva, (que de nueva no tiene nada; fue construida antes de la guerra y jamás se terminó.)

En la casa número dos (el número uno se ha derrumbado) vive una tal Donka, Donka Bojanić, de soltera Zunić, jubilada. Su hijo murió luchando en nuestro bando. Este día no salió "por razones de salud".

Su inquilina, Dordina Prokeš, estudiante de la Escuela Normal de Magisterio, veintidós años, de una familia partisana: salió de casa alrededor de las siete y media; llevaba un paraguas de hombre, no advirtió nada. ("Se puede confiar en ella, teniendo en cuenta su afiliación al...", etcétera).

La casa numero tres: los Ivanovic. El padre Stevo, los hijos, Dane y Blazo, las hijas, Darinka-Dara y Milena y la madre, Roksanda-Rosa. (Políticamente próximos a los chetniks. Durante cierto tiempo estuvieron de parte del enemigo. Están siendo investigados. Dane se pasea con una metralleta por la ciudad. Han sido interrogados. Los hallé completamente borrachos. Coartada comprobada: desde ayer por la noche hasta las diez de esta mañana estuvieron celebrando el cumpleaños de su madre, Rosa, a la que llaman "señora". Comportamiento arrogante. "Mal educados." No poseen máquina de escribir).

En la central estaban de servicio cuatro obreros, todos miembros del Partido, han apoyado la Lucha de Liberación Popular. Coartada comprobada. (No tienen máquina).

Pajkić se dirigía a su casa hacia las siete, después del turno de noche. Cerca de la central coincidió con Stevan Ličina. Ličina vive en el otro extremo de la ciudad (Urbanización Zekić).

¿Con quién más?

Los alumnos del colegio "Héroe Pinki".

Así se cerró el círculo. En este cerco, atrapado como en una ratonera, se encontraba el señor Ličina, el jubilado Steva Ličina.

Qué incitó al jubilado Steva Ličina a escribir versos contra el partido y el gobierno es dificil de decir. Tampoco se sabe su contenido exacto, porque Budišić los quemó en la estufa grande la misma mañana que arrestaron a Ličina.

Por lo tanto, esto es lo que se puede decir (o quizás un poco más), a saber, que se escribió en una máquina de escribir (con caracteres cirílicos) y contaba mentiras y calumnias sobre la Lucha de Liberación Popular, el Partido y Tito. Ličina era un hombre tranquilo, de pequeña estatura y aspecto insignificante; llevaba una boina, iba siempre correctamente vestido y afeitado, aunque vivía solo; era viudo. Antes de la guerra trabajaba en el gobierno de la Banovina, la región autónoma croata, como funcionario. Era subalterno ("Un chupatintas") de Brodnarov (que huyó a América), en el departamento de Educación y Cultura.

Dijimos que el poema del "señor" Ličina había tenido una vida corta, se desconocía (y creemos que jamás se llegará a conocer) el contenido exacto, y mucho menos los versos acusadores. Budišić, por cierto, lo había leído, pero no memorizó ni una sola frase. Nada de nada. Es decir, se quedó con lo más importante: el poema ofendía sus sentimientos (los de Budišić) y "hablaba insultantemente del Partido, de la Lucha de Liberación Popular y de Tito".

¿De cuántos versos se componía?

Budišić afirmaba: ¡más de treinta!

Sr. Ličina: Catorce. Soneto. A la manera del Renacimiento: Dos cuartetos y dos tercetos.

Budišić: Déjate de lecciones. Vamos, habla.

Sr. Ličina: Ya lo he dicho todo. Dos cuartetos y dos tercetos. Dos por cuatro, ocho, más dos por tres, seis. En total: catorce. Un soneto.

Budišić: ¡Nada de eso! Por lo menos treinta o más.

Sr. Ličina: Lo dicho. Un soneto. También Ducic y Rakic los escribían.

Budišić: Esos eran unos traidores.

Sr. Ličina: Ducic, puede ser. Lo acepto... Rakic era un patriota.

Budišić: ¿Por qué lo escribiste? ¿Quién te animó a hacerlo? ¿Con quién te pusiste de acuerdo?

Sr. Ličina: Me arrepiento de todo corazón.

Budišić: Tarde, tarde... Deberías haberlo pensado antes.

Así que metieron al señor Ličina en prisión preventiva. Era la época en que el nuevo poder aún no se había estabilizado por completo, y en las regiones remotas todavía se escondían chetniks, sediciosos y otros rebeldes. De vez en cuando, hacían una incursión en las ciudades y dejaban bajo las servilletas de los cafés mensajes como este: "Aquí almorzó Mile Kozurica, rebelde chetnik. ¡Viva el Rey Pedro!".

Budišić, naturalmente, estaba ocupado en asuntos más serios que el caso del señor Ličina. Entonces, un día lo llamaron a Kosovo, por donde deambulaban los sediciosos, y el señor Ličina permaneció en prisión preventiva dos o tres meses. Era un preso ejemplar. Se mezclaba poco con los otros presos y apenas hablaba. A veces recitaba, a media voz, unos versos. Sobre todo a Ducic y Rakié ("Por eso a nosotros, hijos de este siglo, nos dicen", etc. O: "Esta noche, señora, en el baile del príncipe...") En enero empezó el interrogatorio. Ahora le preguntaba un tal Projević.

-Veamos, Ličina, te dedicas a escribir poemas contra Tito y la Lucha de Liberación Popular. ¿Sabes lo que le hacíamos a los tipos como tú no hace ni seis meses? Claro que lo sabes, de sobra lo sabes. Yo no soy Budišić, no lo olvides. No me ando con chiquitas. ¡Rala, desembucha!. ¿Quién te convenció?, ¿con quién lo redactaste?, ¿por orden de quién?, ¿quién os paga? Vamos por partes.

Sr. Ličina: Ya he contestado sinceramente a todo eso. Lo juro por Dios.

Projević: Déjate ahora de Dios, infeliz. Aquí no hay Dios que valga.

Sr. Ličina: Créame, señor, no me acuerdo de nada más.

Projević: Lo que quieres es que yo te refresque la memoria, ¿no?

Sr. Ličina: Lo confieso, los versos eran inoportunos. Asumo toda la responsabilidad moral.

Projević: Con que no te acuerdas de nada, ¿eh? Entonces, ¿eso dices?

Sr. Ličina: No, le doy mi palabra. Los escribí de madrugada, alrededor de las cuatro. A máquina directamente.

Projević: Vamos, sigue así. Cosas más importantes tenemos que hacer.

Sr. Ličina: Luego me puse el abrigo y cogí el paraguas. Disculpe, ¿qué le ha pasado a mi perro?

Projević: Y dale que dale, otra vez él con el perro. Te lo he dicho: lo alimentamos todos los días, tres veces, con salchichas y jamón de Dalmacia. Y sólo leche le damos para beber como si fuese un cordero y no un chucho. Tú sigue con la historia.

Sr. Ličina: Le estoy muy agradecido... Ahora me siento mucho mejor.

Projević: Cogiste el abrigo y el paraguas y saliste a la calle. ¿Se lo enseñaste a alguien?

Sr. Ličina: A nadie.

Projević: ¿Con quién te cruzaste por el camino?

Sr. Ličina: No me acuerdo. Con nadie.

Projević: Muy bonito, de veras, muy bonito. No se acuerda del poema, no se acuerda de la gente. Escúchame, no te hagas el tonto. Desde luego chiflado no estás, si sabes componer versos contra la Lucha de Liberación Popular y contra el pueblo. Pero nosotros encontraremos un remedio para lo tuyo. Lo haremos, claro que lo haremos. No debes preocuparte por nada. Ten, aquí tienes un lápiz, coge este papel, y a componer, amiguito, hasta que te hartes.

Sr. Ličina: Gracias, señor.

Projević: Nada tienes que agradecerme, desdichado... Considéralo un regalo. Y ahora fuera de mi vista.

Sr. Ličina: Gracias, señor.

Projević: No quiero volver a verte, hasta que el poema esté acabado.

Sr. Ličina: Entendido, señor.

Projević: Te bastarán, digamos que... tres meses.

Sr. Ličina: Tres días es más que suficiente.

Projević: ¡Fuera! Tres días, ¡qué más quisieras! A escribir y borrar durante tres meses. ¡Que sea como una poesía de Zogovié! ¿Me has
entendido? Como un poema de Zogovié. O de Maiakovski... ¡Ahora lárgate!

El señor Ličina pasó tres meses en una celda de aislamiento, escribiendo sus composiciones. Escribía y borraba, como le había ordenado Projević. Primero compuso un soneto con rimas abrazadas: abba. Luego cambió el sistema de las rimas (las mismas) a abab, sin cambiar los tercetos. A continuación modificó los tercetos, y posteriormente desechó las dos últimas rimas ("Fronte-Piamonte"), porque le parecían un poco anticuadas. Y después... se quedó sin papel. Había probado todas las variantes. No le quedaba más que esperar. Al cabo de setenta y cuatro días exactamente lo llevaron ante Projević.

-A ver que me traes, poeta -dijo Projević.

El Sr. Ličina le tendió el papel por encima de la mesa.

Projević: Siéntate, siéntate. Pues... Ni que fueras una estatua. . . Aquí, aquí, en el sillón, infeliz. Asiií. A ver.

El Sr. Ličina se sentó en el borde del sillón, apretando la boina entre las manos. (Era la única prenda civil que llevaba encima). Aspiraba el aroma del café y cerró los ojos, como si dormitase. (Probablemente pensaba en su perro. Pero, vete tú a saber, con estos viejos decrépitos...) Projeviić interrumpió bruscamente su duermevela.

-¡Ahí es nada! Es magnífico... ¡Bravo, bravísimo!

Sr. Ličina: Hice un esfuerzo, señor.

Projević: ¡Se nota! Te felicito. Ea, ya ves que si quieres, puedes.

Sr. Ličina: En lo que a las rimas se refiere, el poema es irreprochable...

Projević: No exageres.

Sr. Ličina: He hecho todo lo que he podido.

Projević: Todo, dices. Todo, todo... Ay, Ličina mío, no sabes tú bien qué significa hacer todo lo que uno puede... ¿No dijiste, infeliz, que podría encontrarse una rima mejor?, ¿sí o no? Pues, hala, ¡ponte a buscarla! Nosotros tenemos tiempo, camarada Ličina, tenemos tiempo de sobra. ¡Ante nosotros está el futuro, todo el futuro! Vamos, muévete, y no quiero volver a verte hasta que el poema sea como los de Maiakovski. ¿Me has entendido? Que los niños lo puedan recitar en las funciones escolares y los soldados cantar en la formación... Aquí tienes más papel, te bastará... ¡Hala, largo! ¡Lleváoslo!... Suerte, poeta.

Projević tomó un sorbo del café frío de la taza y se concentró de nuevo en sus papeles. Luego levantó la cabeza.

Projević: ¿Todavía estás aquí?

Sr. Ličina: Quería preguntar, señor...

Projević (golpeándose con la mano en la frente):

Ahhh, se me olvidaba... Ahora lo alimentamos con latas americanas del economato de los ministros. Ya está dos veces más ancho que largo. Te lo juro.

Entonces volvió a sumirse en sus papeles.

En el curso de los tres meses siguientes (estamos en 1947) el Sr. Ličina gastó más papel que una rata. Así se lo hizo saber Projević, por medio de un guardia: "El director pregunta si te comes el papel, como las ratas." Entretanto, se celebró una función, en la que unos actores de la ciudad recitaron a Maiakovski y a otros poetas. El Sr. Ličina se consumía en la fiebre creativa. No le gustó Maiakovski.
Era muy inferior a Ducic o Rakié. Muy inferior. Y sin ritmo. Las rimas, chapuceras. Su soneto era mejor, mucho mejor. Objetivamente hablando. A pesar de la biografla y su origen. Si lo hubiera firmado un partisano de la Lucha Popular de Liberación o un poeta joven, esos versos lo habrían hecho famoso. Así...

Colocó delante de Projević una pila de papeles.

-¿Qué es esto, desgraciado? -preguntó Projević.

-Poemas, señor.

-Poemas, poemas. Pero, Ličina, ¿crees que estamos aquí para jugar a los maestros? ¿Crees que no tengo nada mejor que hacer que leer tus coplas? Y también querrás que yo elija ¿eh? ¡Fuera! No quiero verte por lo menos en tres meses. Digamos que... (consulta el calendario de mesa), hasta septiembre. ¿Nos hemos entendido?

El Sr. Ličina permanecía mudo como una piedra. Sin duda decepcionado.

-Te pregunto por las buenas: ¿Nos hemos entendido?

-De acuerdo, señor.

-Pues, ¡hala!, ya puedes largarte... Ah sí, casi se me olvida: Tu perra parió. Seis así (hace un gesto), como oseznos...

El Sr. Ličina guarda silencio, cabizbajo.

Projević: ¿Qué pasa? ¿No estás contento?

Sr. Ličina: ¡Es que era un perro!

Projević: Ah, perro, dices. Yo creía que era perra... Entonces será la perra de otro la que parió...

En septiembre, Projević mostró el poema a unos dirigentes. Unos dijeron: excelente. Otros, encogiéndose de hombros: no está mal.
Projević (se bebe de golpe su orujo): Salud, camaradas.

Todos: Salud.

Projević: Así que, camarada Cicko, a ti no te gusta.

Camarada Cicko: Yo no digo nada.

La conversación se celebraba en el despacho del director de la prisión. Era una especie de inspección. Entre camaradas.

Projević: Lo ha escrito un traidor, un enemigo del pueblo.

Cicko: ¿Ese que detuvo Budišić?

Projević: Ese mismo.

Guardaron silencio un momento. Luego empezaron a hablar de Budišić.

Projević: Puedo enseñarte todas las variantes. Siete u ocho. Cada una mejor que la otra. Sólo siento que Budišić no guardara el primero.

Cicko: Sí, es una pena.

Projević: ¿Quieres verlos?

Cicko: Siéntate y déjate de niñerías.

Projević se sentó.

Tomaron otro orujo. Y otro.

Projević: Anda, déjame traértelo. Para que veas cómo recita.

Cicko: Tráelo.

Lo trajeron.

El Sr. Ličina apretaba la boina entre las manos. Le ofrecieron aguardiente. Él se lo agradeció.

Projević: Vamos, recita la última variante. Para que el camarada Cicko lo oiga.

Cicko: Vamos, vamos, no nos vengas con remilgos... Si escribiste el otro... Mira, te doy mi palabra: si el poema es bueno, te soltamos. Pero tienes que recitarlo bien.. .

Projević: Como la última vez.

El Sr. Ličina empezó a declamar su soneto, igual que habían hecho los actores el día de la función para los presos. O eso era lo que a él le parecía. Levantaba los brazos hacia el cielo (techo), se llevaba las manos al corazón y al final se inclinó. Casi hizo una reverencia.
Projević le dirigió una mirada a Cicko. y luego dijo:

-¡Eres libre!

Y lo soltaron.

El Sr. Ličina firmó el auto de libertad y un recibo por sus efectos personales: traje, reloj, pluma estilográfica, sombrero, camisa, calzoncillos, chaleco, corbata, gabardina, pañuelo, tirantes, zapatos (bajos, amarillos, número 37), manojo de llaves. El guardia lo acompañó hasta la puerta de la prisión.

El Sr. Ličina se dirigió a la ciudad, a pie. Fuera llovía. Las ráfagas de viento desplumaban las hojas de los álamos, que volaban hacia arriba y hacia los -lados como panfletos tirados desde un avión Llegó a su casa unos minutos antes de las nueve. Llamó a su perro, por el nombre: ¡Lunjo! ¡Lunjo!

El can no contestaba.

El Sr. Ličina abrió la puerta y el hedor del aire rancio lo golpeó. Pasó el dedo por el polvo que cubría el escritorio.

La mesa estaba vacía, su máquina había sido confiscada.

A continuación, sin quitarse la gabardina, puso a calentar el gran barreño del baño. Mientras el agua se calentaba en la tina, se dedicó a limpiar el polvo de la habitación.

Comprobó la temperatura con un dedo, luego se desnudó y se metió en el agua caliente, casi ardiendo.

Se bañó durante un buen rato, haciendo gorgoritos; poco le faltó para ponerse a cantar. (Lo habrían oído. La señora Mara lo había visto entrar.) Luego se frotó con una toalla que había cogido de un montón de ropa planchada del armario.

Sujetaba el jabón de afeitar en la mano izquierda y con la derecha extendía la espuma por la cara, con movimientos lentos como un tango. Primero se frotó la cara con litros de colonia y luego el pecho con el vello encrespado, encanecido por la edad. Al final, infló las mejillas como una gárgola y comenzó a restregarse la cara con las manos que antes había untado con crema. La piel seca chupaba la grasa como la tierra sedienta el agua.

Después se vistió minuciosamente, ropa nueva y limpia. (Todo olía un poco a naftalina ya rancio.) Calzoncillos, camiseta, camisa. Pantalones limpios (sólo los tirantes eran los de siempre), y la chaqueta y el chaleco del traje nuevo. Calcetines limpios. Quitó el polvo de los zapatos con un pañuelo viejo. Por fin se miró una vez más en el espejo.

Arrojó la toalla mojada, que antes había colgado en la cuerda, al suelo del cuarto de baño, luego desató la cuerda por un extremo y por el otro la arrancó con el clavo. Puso sobre una silla un trozo de periódico (Politika) que se había quedado en el baño cuando lo detuvieron. Ató la cuerda al gancho del que colgaba la bombilla, y se pasó el nudo alrededor del cuello. Por último, tiró la silla de una patada.


*Nace en febrero de 1935 en Subotica, una pequeña ciudad localizada al norte de Serbia, junto a la frontera con Hungría. Más tarde su familia se traslada hasta Novi Sad, capital de la provincia de Voïvodina, donde se produjo la masacre de judíos y serbios a manos de fascistas húngaros, durante la Segunda Guerra Mundial. Fue la primera vez que Kiš vio el horror de la muerte y la guerra; entre muchos de aquellos cadáveres desperdigados en la nieve, había amigos suyos. Su familia será acogida por la familia paterna en Hungría.
En 1944 su padre es enviado a Auschwitz, donde será asesinado a manos de los alemanes. Gracias a la Cruz Roja, en 1947 Danilo Kiš es repatriado a Montenegro con el resto de su familia y será en Belgrado donde se convertirá en uno de los integrantes de la primera promoción de especialistas en Literatura Comparada de la Universidad de dicha ciudad y donde comienza a escribir artículos para revistas literarias. Posteriormente vendrán sus primeros viajes a París, su trabajo como lector para la universidad de Estrasburgo y la publicación en la editorial Kosmos en 1962, de su primer libro que incluye La Buhardilla y Salmo 44. En los años siguientes combinará la escritura con la traducción de autores franceses como Baudelaire o Verlaine, rusos como Ana Ajmatova o Alexander Blok y húngaros, a su lengua materna. En 1965 publica su segundo libro, Jardín, cenizas; en 1969 Penas precoces (El Aleph Editores, 2000) y en 1972 Reloj de Arena (El Aleph, 2002) y Poetika, inédita en castellano.
En 1979 Kiš se traslada a vivir a París, tras sufrir una vergonzosa campaña de acoso y derribo por parte de la Unión de Escritores en Yugoslavia después de la publicación de su obra Una tumba para Boris Davidovich (Seix Barral, 1983), por la que se le acusa de plagio al incluir testimonios de Steiner y Kravtchenko, entre otros, que se insertaban en el texto como hechos extraliterarios. Más tarde ejercerá la docencia en la Universidad de Lille.
En 1983 publica La enciclopedia de los muertos (El Aleph, 2002), y es nombrado Caballero de las Artes y las Letras de Francia. Durante esta última etapa de su vida en París, su obra comienza a tener una creciente repercusión internacional: se traduce al francés y posteriormente a otras lenguas. Su muerte en 1989 en París no va ser impedimento para que la dimensión de su obra siga creciendo, tanto con publicaciones inéditas como con reediciones y traducciones a más de 20 lenguas






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