Travesuras de la soledad
Por Enrique G de la G (*)

 

 

Jonathan Safran Foer
Extremely Loud & Incredibly Close / Tan fuerte, tan cerca
Hamish Hamilton / Editorial Lumen
Londres, 2005 / Barcelona, 2005
326 pp. / 424 pp

 

Jonathan Safran Foer (Washington D.C., 1977) fue considerado ya desde el colegio niño genial. Admirado por compañeros y profesores, entretuvo su hiperactividad mental y su potencial creativo en inventos prodigiosos, ¡tan insensatos!, como los de Leonardo o Verne. Más tarde, Foer cursó Filosofía en Princeton. En esos lugares pergeñó su primera novela, Everything Is Illuminated, que salió de los tórculos el 2002.

El éxito económico acechó pronto al joven novelista. Mientras vendía miles de copias, Liev Schreiber adaptaba la historia para la pantalla (Una vida iluminada, en México). Le anticiparon entonces un millón de dólares para una segunda novela: Extremely Loud & Incredibly Close (Tan lejos, tan cerca, en castellano). Se casó con la escritora Nicole Krauss (The History Of Love) y compraron un edificio de piedra caliza en Brooklyn. El Foer cibernético comenzó a multiplicar sus atributos en los blogs.

Tras la publicación de Extremely Loud & Incredibly Close el último agosto, el escritor debutó como libretista de la ópera Seven Attempted Escapes From Silence. Desde entonces escribe ensayo, trabaja como editor, sostiene charlas y discusiones públicas en foros europeos y colecciona folios en blanco de sus autores admirados.

En una conversación con la periodista Deborah Solomon, Foer reconocía los dinamos de su pluma: “Siempre escribo más por la necesidad de leer algo, y menos por una necesidad de escribir algo”. Y más adelante: “¿Por qué escribo? No deseo que piensen que soy listo, ni siquiera que soy un buen escritor. Escribo porque deseo acabar con mi soledad. Los libros disminuyen la soledad de la gente” (“The Rescue Artist”, New York Times Magazine, Febrero 27, 2005).

Lo blanco, lo vacío e indeterminado, lo inicial, el punto de partida, lo meramente potencial, el silencio y la distancia incitan la creatividad de este autor judío. Su colección de folios blancos retrata su romance con el infinito enmarcado en una superficie de papel vegetal: allí cabría cualquier página posible de todo autor posible. O para decirlo de modo menos abstracto: allí cabría toda página futura de todo autor futuro. El horizonte inabarcable no provoca vértigos en Foer, al contrario del amedrentado Borges, sino que lo fustiga.

Foer enseña que el infinito es hermano del azar, y que los dos miden nuestra ignorancia acerca del funcionamiento del mundo. Uno de los nombres del infinito antropomórfico es “soledad”, pues se siente solo quien está frente a un abanico inabarcable de posibilidades. Los libros reducen nuestro analfabetismo cósmico y humano, diluyen la soledad: mantienen la conversación a través de las distancias.

Esta red de creencias entreteje el alma de Oskar Schell, el personaje principal de Extremely Loud & Incredibly Close. Oskar, de nueve años, es “inventor, entomólogo amateur, consultor computacional, francófilo, escritor de cartas, pacifista, astrónomo diletante, historiador natural, percusionista, romántico, gran explorador, joyero, origamista, detective, vegetariano estricto y coleccionista de mariposas”. Gugleador e internetero por excelencia, el pequeño Oskar posee una cultura nada deleznable, merced a sus astucias cibernéticas.

Despachados los niños lo antes posible de los colegios, el 11 de septiembre, Oskar vuelve temprano a casa. La encuentra vacía. La grabadora, sin embargo, muestra registros de su padre, quien ha telefoneado desde las Torres Gemelas. Se le percibe sereno y ecuánime. El teléfono, de pronto, timbra… timbra de nuevo… y de nuevo…

Días más tarde, Oskar husmea entre las cosas de su padre. Revisa con cuidado todos los rincones en busca de una nueva raison d’être –como gusta decir, francófilo al fin– que lo reconcilie con la memoria de su padre. El misterio etéreo que rodea el estupor de su desaparición se materializa en una simple llave, de sinuosos contorneos, que Oskar desconoce, y que se lleva con violencia toda su concentración. Decide no cejar hasta encontrar la cerradura de esa llave. Comienza entonces la lucha del niño contra el silencio y la distancia para escucharlo todo extremadamente alto y verlo todo increíblemente cerca.

El infinito se abre entonces frente a sí: cada neoyorquino posee, en promedio, 18 cerraduras (Google dixit). Es decir, existen alrededor de 162 millones de cerraduras en Nueva York. Si se considera que en promedio se necesitan 3 segundos para abrir una cerradura, serían necesarias varias vidas para intentar todos los herrajes.

Lo infinito inyecta en Oskar un sentimiento de soledad cósmica. Si estaba ya paternalmente desamparado desde el martes fatídico, ahora descubre que encarar el infinito y reducirlo a polvo es la manera –paradójica, como todo lo humano– de revertir su aislamiento. Como Foer, Oskar cree en la conversación. Pero a diferencia de Foer, Oskar no deshoja libros, sino que su carácter de investigador empírico le conduce a encontrarse con decenas de personas.

Cada uno de los neoyorquinos que conoce en su busca implicará un viaje por Manhattan, solo, a pie, en metro, como pueda. Pero cada desplazo significará también una encrucijada para desmembrar los artificios del miedo, el egoísmo y la desventura.

Ya no en los motivos sino en el modo, puede entenderse a Foer como un buen aprendiz de Lawrence Sterne. Una de sus genialidades más agradables es la disrupción de lo literario y lo visual. Foer ha incorporado a la literatura algo más que entra por los ojos, que completa sin desequilibrar la narración de la historia. Ha enfatizado también la calidad literaria mediante recursos visuales de diferentes índoles: juegos tipográficos, páginas en blanco, gráficos y fotografías, trasvase de elementos pictóricos y otras travesuras literarias que molestarían al lector más serio y reservado, pero alegrarían a otro más joven y audaz.

Foer, según el parecer de algunos, redefine la noción de best-seller. Los suyos se adjetivan: intellectual best-seller. Sus héroes no son magos, ni detectives, ni albos monjes, sino la conversación que batalla contra la soledad, y la reconciliación en liza contra la muerte y el olvido.

Polanco. Enero 2006.


 

(*) Enrique G de la G (San Pedro Garza García, México, 1979). Lector y escritor, estudió filosofía. Su tesis versa sobre el objeto de la metafísica aristotélica. Colabora en distintas revistas con ensayos, reseñas y entrevistas. Agradecido lector de Borges, Victor Hugo y Alfonso Reyes. Puedes visitar su blog AQUÍ




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TEATRO: Orígenes del Teatro en China IV


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