Tom Kristensen

 


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LA ATLANTIDA

Un símbolo

El universo vuelve a ser caótico.
De nuevo se entonan acordes violentos.
¡Fuera, sicofantes! ¡Y fuera, parásitos!
¡Y fuera vosotros, los que de rodillas aduláis a los muchos!
El tenor almibarado enmudece.-
¡Escuchad la canción del agitador!

Ronca es su voz. Se ve flamear el rojo estallante
de sus labios bajo las negras puntas del bigote.
Escuchadle cómo ruge hablando en favor de la Atlántida,
la juventud, la fuerza, y de no retroceder jamás,
diciendo que únicamente por medio de la Atlántida
llegaremos al reino de la belleza.

Hermosa como una estación devastada
es nuestra juventud, nuestra fuerza, nuestras rabiosas ideas,
bella como la estrella verde hielo del revólver,
que nace en el instante con contracciones que restallan
en los ventanales de los estridentes cafés
de la revolución y su cristalino tintineo.

Roja es la desgastada felpa de los compartimentos de tren,
que ondea en estandartes en impetuosas marchas.
Las rojas capas de los carteros hacen excelentes banderas.
Los sayos de los lacayos, pesados estandartes
que se despliegan, sangrientos, al viento.
¡Suerte a nuestras banderas bastardas!

La batalla hay que ganarla con fusiles oxidados,
barras de cortinas, machetes, barricadas de adoquines.
Celebraremos la victoria con fanfarrias estridentes
en fonógrafos de hojalata y con la campanilla del lechero,
y se oirán trompetas de latón
llamar tentadoramente.

La Atlántida, que tanto anhelamos,
tiene rutilantes pirámides de fusiles en sus calles.
Las hogueras flamean para los soldados de las callejas
que hambrientos se apoyan en las fachadas
y devoran glotonamente
la comida de las latas de conservas.

Las calles están vacías y el viento aúlla agriamente
y convierte en flautas los ojos de las cerraduras y silba,
cadavérico, el vals de los esqueletos,
que se baila las noches de fiesta en casas en ruinas
mientras los cristales rotos de las ventanas
se carcajean con la risa sarcástica de las calaveras.

Las hogueras proyectan su agitado resplandor
de incendio y de sangre hacia casas y chozas.
Las cajas de hojalata relucen con las tapas al revés.
El viento aplasta contra el muro trozos de periódico.
Un cuchillo se afila en el surco brillante como el acero
de los raíles del tranvía

Así es el país de nuestros anhelos, la Atlántida,
donde todo prejuicio de armonía falla.
Los colores estallan, y estallan también las formas,
y la belleza surge de violentas discordias.
En el Caos, levanto mi fusil
hacia la estrella de la belleza y apunto.

Friúytterdromme, 1920

 

MI PIPA

Yo no soy más que un pequeño poeta,
mitad pensador, mitad bufón,
adoro los abrigos imponentes,
los grandes sombreros, los grandes puros.

El destino me deparó grandes abrigos,
me largó también un puro;
pero en cuanto a amor ardiente
me tomó el pelo jodidamente.

Me encanta salir de noche
para ventilar el polvo viejo
que se acumula en el cerebro
durante la rumia cotidiana,

enciendo una pequeña pipa;
pero cuando el viento se pone impertinente
protejo la cálida llama de mi cerilla,
con la mano combada cariñosamente,

viéndola lamer la madera
le lanzo una ladina sonrisa
y entonces me aplico a chupar
devotamente la caña de la pipa.

El destino me deparó esta pipa
y un enorme paquete de tabaco
a manera de compensación
por mi falta de pasión.

Friúytterdromme, 1920

 

LA EJECUCIÓN

Mira, por tercera vez el verdugo
limpia de sangre y de humedad su espada,
y se encienden tres llamas rojas
en el trapo que ha usado;
pero yo no tengo cabeza y estoy muerto
cuando por sexta vez una llama
se alumbra, se alumbra
en el trapo del verdugo.

Nos arrodillamos, nosotros, veinte hombres,
con la cabeza estirada,
y tendré que ver la reluciente espada
cortar la cabeza a cinco;
pero la sexta, la sexta vez,
cuando el tiempo se va haciendo mortalmente largo,
el ojo se ha cerrado,
todo ha pasado.

Ahora por cuarta vez el verdugo
limpia su espada con el mismo trapo,
mientras el número cuatro se derrumba
y la sangre brota
y el verdugo se acerca más;
entreveo la empuñadura de su espada,
el ala de un dragón en
el anillo de la empuñadura.

Entonces vuelvo un poco la cabeza
y lo veo amenazador grande y gris
cabeza afeitada y coleta desnuda
contra el cielo azul.
Veo cada simple pelo que nace
en la nariz y cejas del verdugo.
Ahora veo y veo
cada vez más y más.

Ahora por quinta vez el verdugo
seca la sangre y humedad de su espada,
y la cabeza del número cinco
se ha detenido junto a su pie;

pero el tiempo se demora infinitamente
antes de la sexta vez, la sexta.
Ya no creo que
vaya a pasar nada más.

¿Se ha parado el mundo para siempre?
¿Está la espada llena de humedad?
¿Le estará sacando brillo el verdugo eternamente
para no tener que usada jamás?
La nuca me duele sin parar y el dolor
me lanza una vertiginosa corona
a la carne del cuello.
¿Estaré quizá muerto?

No, el verdugo todavía está mirando
el cortante y resistente filo de la espada.
Entonces da el paso siguiente
y se detiene -mide- retrocede un poco.
Veo un escarabajo caminando confiado
con el verde metálico de su abovedada espalda,
va caminando hacia
un pie del verdugo.


Paafuglefjeren, 1922



HIERBA

La hierba me resulta extrañamente alta,
tumbado con la nariz pegada a la tierra.
Si me doblo hacia abajo todo lo que puedo,
mi mundo se hace muy grande.

Bajo los verdes portales puntiagudos
me detengo. Aquí me quedaré.
¡No me atrevo a perderme en la brillante oscuridad!
No me atrevo a perderme entre las briznas.

Dentro de los vestíbulos alboreantes de las briznas
hay una voz que se despierta y llama
en un ascendente: ¿vienes, vienes ahora,
vienes, vienes, vienes ahora,
tú ahora?

Y como respuesta
suena dentro de mí,
maravillosa, una voz clara como la de un niño:
¡No, todavía no! ¡No, todavía no!
Pero cuando haya pasado mi locura,
cuando mis sueños de grandeza hayan pasado,
entonces iré, entonces iré,
entonces seré pequeño y bastante feliz.


Verdslige sange, 1927



ANGUSTIA

Asiática en su poderío es la angustia.
Ha madurado durante años de inmadurez.
Y siento a diario en mi corazón
como si cada día pereciesen continentes.

Pero mi angustia tiene que liberarse en anhelo
y en visiones de horror y aflicción.
He anhelado catástrofes de barcos
y vandalismo y muerte repentina.

He anhelado ciudades en llamas
y razas humanas en fuga,
también una marcha que afecte a todo el mundo y
un seísmo llamado castigo Divino.

Haervaerk, 1930



Tom Kristensen (1893 - 1974) Nació en Londres, Inglaterra, y vivió en Copenhaguen. Licenciado en letras, fue uno de los críticos literarios más importantes del siglo pasado en Escandinavia. Presentó en Dinamarca y tradujo a T. S. Eliot, Ezra Pound, James Joyce, E. Heminway, etc. Debutó en 1920. Su novela Haervaerk (1930) es considerada como una de las cimas de la literatura danesa. Fue miembro de la Academia Danesa desde 1960 hasta su muerte.




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Sumario | PLASTICA: Sergio Payares - Tatiana Montoya - Irirni Karannayopulou - Enrique Marty | ESPECIAL: Juan Barjola | FOTOGRAFIA: Pep Bonet - Kim Hunter - Jessica Bruah - Bonnie Portelance - Luca Curci y Fabiana Roscioli | LITERATURA: Cesare Pavese - Saul Bellow - Edogawa Rampo - Oleski Miranda - Karla Suárez - Enrique G de la G | POESIA: Carmen Iriondo - Clara Janés - Marosa Di Giorgio - Rafael Farías Becerra - Marcos Arcaya Pizarro - Antonia Álvarez Álvarez | FILOSOFIA: Michel Foucault -Ernest Gellner | PENSAMIENTO: Lawrence Lessing - Armand Mattelart | CINE: Lucia Bosé - Gustavo Fontan |
TEATRO: Orígenes del Teatro en China IV


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