Rousseau y Coriche. La oración contra el discurso
Por Oliver Eduardo López(*)

 

 

Qué más dirás si supieras que a finales del siglo pasado el filósofo de Ginebra, el gran Juan Jacobo Rousseau, escribió un discurso probando en él que las ciencias se oponían a las prácticas de las virtudes, y engendraban en sus profesores una inclinación hacia los vicios, cuyo discurso premió la academia de Dijón en Francia? Entonces tú, como tan mal instruido, creerías haber parado al sol en su carrera; pero no, hijo mío: este gran talento abusó de él para probar una paradoja ridícula. Él quiso probar en este discurso que las ciencias eran perniciosas, después que había recomendado su provecho, después que les tomó el sabor y logró hacer su nombre inmortal por ellas mismas. A tanto llega la vanidad del hombre. Rousseau defendió con su elocuencia un delirio que él mismo condenaba dentro de su corazón; y esta elocuencia fue tan grande que alucinó a los sabios de la academia respetable, en términos de adjudicarle premio por lo que merecía desaires, pero esto mismo prueba hasta dónde puede llegar la utilidad de las ciencias, pues si el arte de decir hace recomendable lo necio¿qué será si se aplica a lo útil y provechoso?
J.J. Fernández de Lizardi

La Propuesta de Rousseau venía a perturbar, muy oportunamente un mundo intelectual en que tendía a prevalecer la satisfacción ante las conquistas de las ciencias y de las artes; aparecía como un desafío paradójico en el momento en que se desarrollaba una teoría optimista del progreso de la perfectibilidad.
Jean Starobinsky

 

Después de que el Discurso sobre las Ciencias y las Artes fuera premiado por la academia de Dijon en el año de 1750, Jean Jaques Rousseau escribe una carta a su editor Raynal diciéndole:

Sé de ante mano que me atacarán con grandes palabras. Luces, conocimientos, leyes, moral, razón, decoro, miramientos, dulzura amenidad, urbanidad, educación, etc. A todo esto responderé únicamente con dos palabras que suenan en mi oído con mucha más fuerza, ¡Virtud, Verdad!, exclamé sin cesar; ¡verdad, virtud! (1)

No cabe duda de que Rousseau estaba consciente de la polémica que iba a desatar su primer discurso, obra que le daría la llave para entrar en el mundo de las letras y del pensamiento ilustrado, pues él mismo lo dice: “En el instante de aquella lectura, vi otro universo y me convertí en otro hombre” (2). Sin embargo, no podemos estar seguros de que Rousseau leyera La oración vindicativa del honor de las letras y los literatos, que trece años después de la premiación de la academia de Dijon, escribiera en México el dominico Cristóbal Mariano Coriche, a quién seguramente el francés respondería como lo había advertido en la carta a Raynal: ¡Virtud, Verdad!

Pensemos que Rousseau estuvo bastante ocupado con los ataques que le hicieron sus amigos los enciclopedistas y otros más, que nunca leyó a Coriche; pensemos también que éste, no tuvo la mínima trascendencia —debido a su situación que más abajo mencionaré— para ser leído en el continente europeo.

No esta demás ocuparnos un poco en este discurso y esta oración: el primero en contra de que las ciencias y las artes hayan depurado las costumbres, el segundo a favor de esa depuración y en contra del discurso. No esta demás porque este caso particular, es un ejemplo de cómo se reaccionó —en algunos casos— a las ideas ilustradas del siglo XVIII tanto en Europa como en la Nueva España. El caso de Rousseau es una reacción contra la ilustración, el caso de Coriche es una reacción contra Rousseau. Antes de entrar al tema planteo las siguientes preguntas: ¿Tendrá caso analizar estas obras como partes de una misma discusión? ¿Qué es lo que tiene que ver una con la otra? Trataré entonces de responder estas preguntas.

El siglo XVIII es conocido como el siglo de la razón, precedido por el XVII cuando el filósofo Descartes abre una nueva visión del mundo racional, científica, metódica, y por tanto abre también una ruptura entre lo antiguo y lo moderno. Es en el XVIII cuando tendrá mayor repercusión esta visión racional del mundo, sobre todo cuando hablamos de la Nueva España, que a mediados de ese siglo, la orden de los jesuitas protagonizará esa ruptura de la modernidad. Pero en Europa la ruptura con lo antiguo y la búsqueda del método no paran y se habla ya de un siglo de las luces más que de una modernidad. La racionalización y la visión metódica no es solamente sobre las ciencias naturales y la teología, sino que se abre campo hacia las ciencias sociales, la política y finalmente a todoel universo del que está rodeado el ser humano. Se quiere iluminar incluso, la luz y por supuesto, abra quién no esté de acuerdo.

Es el año de 1749 cuando Rousseau va camino al castillo de Vincennes a visitar a Diderot (3), cuando se entera del premio de moral de 1750, ofrecido por la academia de Dijon con la pregunta si el restablecimiento de las ciencias y las artes ha contribuido a depurar las costumbres. Rousseau leyó esto y su vida cambió para siempre. “...una palpitación violenta me oprime, hincha mi pecho, ya no puedo respirar al andar me dejo caer bajo uno de los árboles de la avenida...” (4), menciona esto al recordar aquella ocasión. No sabemos con seguridad si fue Diderot quien le da la idea de no responder afirmativamente, sin embargo, la respuesta de Rousseau es el Discurso sobre las ciencias y las artes en el que denuncia el estado actual de la sociedad civilizada, afirmando que el progreso de las ciencias y las artes no ha extendido sino el vicio y la discordia, “...y se han corrompido nuestras almas a medida que nuestras ciencias y nuestras artes han avanzado hacia la perfección...” (5) Esta afirmación dará al ginebrino tanto celebridad como desgracias.

Las intenciones de la academia seguramente eran del todo ilustradas, exaltar las ciencias y las artes, exaltar la época, elogiar a Francisco I a Enrique IV o a Luis el Grande (6). Sin embargo, Rousseau cree en la sencillez de los primeros tiempos, recuerda el cristianismo primitivo, aunque en esta obra, Dios esta ausente; se trata de un discurso en el que se haga notar no la ausencia de Dios, sino de la virtud, entendida esta como la devoción del hombre a sus semejantes, del ciudadano a su patria; virtud resquebrajada y corrompida por el progreso, por la cultura, por la luz. Aún así Rousseau manda algunas plegarias:

“Dios todo poderoso, tu que tienes los espíritus en tus manos líbranos de las luces y de las artes funestas de nuestros padres y devuélvenos a la ignorancia, a la inocencia y a la pobreza, únicos bienes que pueden hacer nuestra felicidad y que tu consideras preciosos" (7)

Rousseau recuerda como Sócrates despreciaba a los poetas, a los sofistas y a los oradores que por su exceso de sabiduría aún no sabían nada. “He aquí por lo tanto al más sabio de los hombres según el parecer de los dioses y el más sabio de todos los Atenienses según la opinión de Grecia entera, Sócrates, elogiando la ignorancia” (8) El saber corrompe el espíritu porque se es vano, soberbio, corrupto, y Rousseau apoya su teoría en algunos ejemplos de la historia “hasta entonces los Romanos se habían contentado con practicar la virtud; todo se perdió cuando empezaron a estudiarla” (9). Además de los ejemplos históricos Rousseau se basa en la relatividad del conocimiento, no hay acuerdo al contestar qué es la filosofía, qué estudia esta ciencia o de qué trata esta arte, y si alguien encuentra la verdad, “¿quién de nosotros sabrá utilizarla bien? Si nuestras ciencias son vanas en cuanto al objeto que se proponen, son más peligrosas aún por el efecto que producen.” (10)

Es el discurso una obra que denuncia el malestar de la cultura, que reclama el genio perdido del ser humano por la “vil y engañosa uniformidad”, un grito que emerge “del rebaño llamado sociedad” (11). Un discurso que puede ponerse sobre la mesa y causar polémica en cualquier época, en cualquier lugar de las sociedades occidentales.

No sabemos con seguridad como fue que este discurso fue a parar en manos de un dominico nacido en la Nueva España, pero si sabemos que para el año de 1763, Mariano Coriche publica su Oración vindicativa del honor de las letras y los literatos.

Debemos considerar a Mariano Coriche como un autor menor: de su vida se conoce poco y de su obra sólo la oración. Para el año de 1763 a 1776 los jesuitas eran quienes se habían atrevido a leer a los modernos del viejo continente, y no sólo eso, sino que también fueron quienes se atrevieron a defender algunas tesis modernas, tal es el caso de Diego José Abad, Clavijero y Gamarra, lectores de Descartes y de Copernico, aún así la doctrina fundamental entre todos ellos era la escolástica. Aristóteles fue un fenómeno pasional para los estudiosos y no tanto únicamente los dedicados a la ciencia experimental, sino también para los teólogos. En combinación con la filosofía de Santo Tomás de Aquino estos autores fueron los protagonistas en las disputas de la llamada escolástica. Este método de estudio tuvo auge en la Edad Media, nombre derivado de sus fundadores que recibieron el titulo de doctores escholastic (12); luego el calificativo fue designado a quienes eran discípulos de un maestro o enseñaban. Después se adoptó como un método de enseñanza principalmente filosófico y teológico, además todavía se enseñaba y se aprendía las artes liberales, el Trivium y el Quadrivium, es decir, gramática, retórica, lógica y aritmética, geometría, astronomía, música.

Este modelo o método de enseñanza-aprendizaje fue importado a todo el mundo occidental. A pesar de la ya decadencia de la escuela aristotélica ésta era la única que se enseñaba desde España, “predominaba tanto en la península como en ultramar” (13). Bernabé Navarro menciona que "la escolática son las ideas de Aristóteles, según el tratamiento, desarrollo e interpretación de los filósofos medievales” (14). Diremos también que la escolástica es un método de enseñanza-aprendizaje, sobre todo impartida por los miembros de las ordenes religiosas que llegaron al Nuevo Mundo, estos son: Franciscanos, Dominicos, Agustinos y Jesuitas.

Sin duda, Coriche era partidario de esta doctrina, por ello es que no le va a caer nada bien el discurso premiado por la Academia de Dijon y decide entonces escribir su oración. Este opúsculo no llega muy lejos, pues las opiniones de autores Novohispanos tenían poca repercusión en esa época por varias razones. Había pocos lectores en la Nueva España, al menos lectores de obras escritas en el mismo continente, se tenía más afección por obras extranjeras; los pocos lectores eran los mismos discípulos y algunos colegas, por tanto el círculo de discusión era bastante reducido y provincial. “Desde antes de escribir sabían que sus ideas era poco o nada trascendentes” (15). Otra de las razones era la falta de imprentas, ya desde el siglo anterior Góngora se quejaba de ello: “Si hubiera quién costeara en la Nueva España las impresiones no hay duda sino que sacara yo a la luz diferentes obras...” (16) y el mismo Coriche dice: “Constantes son a todos los insoportables costos que en esta nuestra América demanda la impresión de cualquier obrilla... ” (17) A pesar de ello se decide a publicar sus apuntes en los que defiende la academia y las ciencias.

De entrada, Coriche hace mención del extraño veredicto de la academia de Dijon que a su parecer, el ideal de la academia, “poner patente la verdad a los ojos de todo mundo” (18) se vio frustrado en ese año de 1750. Procede entonces a calificar el discurso de sofistico raciocinio, vana retórica, de historias mal entendidas y autoridades desgraciadamente alegadas . Encuentra en este discurso una gran contradicción: que él mismo, Rousseau, haciendo una critica de las ciencias y las artes solamente se sirve de ellas para hacerlo y declara que seguramente fue este buen uso de la retórica lo que premiaron los jueces dela academia. La base fundamental de Coriche para destruir la tesis del Rousseau es, como buen escolástico, aristotélica:

"Es doctrina común, asentada y recibida que la práctica de la virtud es muy conforme a la naturaleza racional, cuanto lo es contrario al ejercicio del vicio. Ni es menos abrazada la máxima que con el grande Estagirita asientan los filósofos... ... que todo hombre naturalmente desea saber... ... Y ved aquí ya con estos dos verdaderos presupuestos, casi sin advertirlo, cómo con un solo golpe, arrojada por los suelos y desechada, destruida y aniquilada” (20)

Es en Aristóteles en quien apoya su tesis Coriche, y de igual forma en que lo hace Rousseau, va dando algunos ejemplos a través de la historia. Saca entonces el orador dos conclusiones con las que pretende destruir el discurso: la primera es que se trata de un sofisma, González Casanova dirá al respecto que se trata de “Un sofisma bien intencionado. Rousseau vive en una corte corrompida, donde los sabios tiene un cansancio turbio, un sensualismo intelectual, una corrupción mental. De ahí deduce que la cultura es contraria a la virtud.” (21) Para Coriche se trata del sofisma a non causa pro causa (22), tomando por causa lo que no es. La otra conclusión a la que llega el dominico es la siguiente:

“En tanto, pues, serán felices los hombres en cuanto porque tienen entendimiento y lo ejercitan en entender y contemplar se asemejan al felicísimo Dios; y, no pudiendo la felicidad avenirse con la práctica de lo malo: porque esta es la mayor infelicidad, síguese que, en cuanto está de parte del entendimiento, es forzoso que naturalmente incline al bien y aparte a la voluntad del apetito al mal. Según estas sólidas razones del mayor de los filósofos, queda evidentísimamente demostrado que no sólo el sabio es feliz en este mundo, sino que las ciencias antes inclinan que apartan al sabio a que obre virtuosamente”

Se trata de un argumento aristotélico, o mejor dicho escolástico. Lo que le preocupa a Coriche es el cristianismo, por ello considera el discurso herético, en el que se niega la evolución del saber y de la civilización, pero se trata de ese saber cristiano, de esa comunidad cristiana, no del saber ilustrado del que hablaba Rousseau ni de la civilización cansada y corrompida. Coriche estaba en un nuevo mundo, todavía con sabor a utopía, con esperanza, además bajo el manto tenue de la escolástica y no bajo la incandescente luz de la ilustración. A Rousseau también lo asalta la esperanza, pero se trata de una esperanza perdida, que se a quedado atrás. A Coriche le interesa el saber, las ciencias y las artes para llegar a Dios. Rousseau no tiene Dios, fue calvinista, cristiano y pietista, el Dios y la fe que conoce, que le atormenta y castiga es la fe en la razón; se trata de su pueblo, de su patria.

Estamos hablando de campos muy diferentes y no creo que sea una discusión entre Coriche y Rousseau, aunque el tema de fondo es el mismo —la virtud, y el saber— se trata de cosas distintas, de situaciones diferentes, el primero es una oración en honor de un Dios que se ausenta, el segundo reside en otro campo muy diferente, pues no es el problema de Dios, sino el del derecho y la sociedad. Es un discurso que reclama y denuncia la divinización por el saber.


Oliver Eduardo López Lic. en Filosofía por la Universidad Autónoma de Zacatecas, México

NOTAS
1 Carta a Raynal Junio de 1951, Cronología
2 Confesiones, Libro VIII, Cronología
3 Quien había sido encerrado ahí por haber publicado su revolucionaria obra Carta sobre los ciegos para uso de los que ven. Bianco José, Voltaire, Diderot.
4 Segunda Carta a Malesherbes, Cronología
5 Discurso, p. 53
6 Montemayor, Elena Diez, Rousseau. Cybernous
7 Discurso, p. 84
8 Discurso, p. 59
9 Discurso, p. 60
10 Discurso, p. 69
11 Discurso, p. 51
12 Runes Dagoberto, Diccionario de Filosofía escolástica, p. 19
13 González, Casanova Pablo. El Misoneísmo y la modernidad cristiana en el siglo XVII. COLMEX 1948
14 Navarro, Bernabé. Cultura Mexicana Moderna en el S. XVIII. UNAM 1983. p.14
15 González, Casanova Pablo. Op. Cit. p. 103
16 Sigüenza y Góngora, "Paraíso Occidental", México Juan de Ribera 1683, citado por Benítez, Laura, Carlos de Sigüenza y Góngora. Criollo, nacionalista y moderno hombre de ciencia, Saber Novohispano 2 CEN, UAZ, 1995
17 Coriche, Cristóbal Mariano, O. P. Oración vindicativa del honor de las letras y los literatos. Puebla, Imp. del Colegio Real de San Ignacio. Citado por, González, Casanova Pablo. Op. Cit. p. 104
18 "Oración vindicativa del honor de las letras y los literatos". p. 73 versión de Beuchot, Mauricio, Filósofos Mexicanos del Siglo XVIII, UNAM, 1995
19 Ibidem.
20 Ibidem
21 González, Casanova Pablo. Op. Cit. p. 108
22 Oración, p. 89
23 Discurso, p. 85

 

 



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