Relatos de Marié Rojas Tamayo

 





TONOS DE VERDE

Cierta vez, una amiga venida de Europa, mirando el paisaje que admiraba desde mi balcón, dijo: "Lo más sorprendente son los tonos de verde. Es increíble cuántas tonalidades se dan en este clima" . Yo nunca he viajado para poder comprobar las diferencias tonales entre el acá y el allá, pero no dejó de sorprenderme su observación, pues para mí era tan normal la visión de las copas de aquellos disímiles géneros vegetales, que estuve a punto de perderme la maravilla que encerraban. La vida es así, el deslumbramiento depende de los ojos del que mira.

Cuando Aida logró, tras meses visitando posibles viviendas, encontrar el refugio ideal para sus lienzos, no cabía en sí de gozo. Había sumado sus ahorros vendiendo cuadros de catedrales y Cristos de la Habana , al apartamento que le dejó su madre al morir, pequeño, pero muy bien situado en el centro de la ciudad, a la casita en las afueras de la tía Berenice, para obtener, finalmente, su soñada casona de impecable arquitectura colonial, gracias, entre otras cosas, a las prisas de un matrimonio que se acababa de separar y andaban desesperados por reinstalarse lo más lejos posible uno del otro.

La casa, un poco abandonada - bastante, si no la hubiera visto con sus ojos de artista - era una mansión de dos plantas, con patio de frutales y jardín delantero. Un enorme garaje, a falta de auto propio, le serviría para instalar su estudio, donde al fin disfrutaría de la tranquilidad para emprender su obra , no aquella que había estado obligada a hacer por requerimientos de un mercado poco amante del verdadero arte, en busca de un souvenir apurado que colgar en sus paredes como prueba de su visita a la isla.

Fue la tía Berenice, la que con el sentido práctico de siempre, dijo al segundo día: "El calentador de agua no funciona" , al tercero: "Las losas de la cocina están levantadas, en las rajaduras se meten los ratones" , al cuarto: "La columna de la sala tiene grietas" , al quinto: "El techo del comedor tiene filtraciones, parece que el baño que le queda encima tiene alguna tubería reventada" , y al sexto: "Creo que necesitamos reparaciones generales" ...

A la semana estaban buscando un albañil, un plomero y un maestro de obras.

Les apareció todo en uno. Un señor de piel oscura, delgado y alto como caña de bambú, que caminaba semi inclinado para no tropezar con los marcos de las puertas. Dijo ser especialista en la materia, resultó que no cobraba un presupuesto muy elevado y se encargaba de traer los materiales - cuyo origen y legalidad, por discreción, decidieron no averiguar -.

Quedaron en que empezaría cuando lo tuviera todo listo.

Pocos días después, se detenía un camión frente al bello portal de columnas barrocas llenas de enredaderas. Las escaleras de mármol vieron como sobre ellas se dibujaba un surquillo de restos de arena, recebo y cemento, materiales destinados a resanar los efectos del tiempo y el abandono.

Le siguieron cajas con azulejos, color rosa para el baño de la tía, púrpura para cumplir el sueño de Aida de tener un baño semejante al que vio en casa de los amigos diplomáticos que le compraron el último lote de óleos con vistas capitalinas, verdes con cenefa para la cocina... Tras ellas llegaron más cajas con tuberías, codos, llaves y otros artilugios que servirían para que el agua, detenida en el piso bajo desde hacía veinticuatro horas, subiera de nuevo a las duchas y sanitarios. Cuando terminaron de bajar la última caja y colocarla en el amplio recibidor, Aida aplaudió.

A la mañana siguiente, con un enorme maletín bajo el brazo, llegaba el maestro de obras. "¿Sus herramientas?", preguntó Berenice, tal vez deseosa de iniciar una conversación y sentirse más a tono con la intromisión de un desconocido en su vida, ya de por sí cambiada cuando decidió apoyar a la sobrina - ausente porque era el día que tenía asignado en la Asociación para comprar pinturas -, en su deseo de mejorar de vivienda. Hasta el momento no había pasado de ser una amable solterona, querida por todos en su rinconcito alejado del bullicio. Este salto al "mundo de afuera y la vida en común", la tenía un poco desajustada.

•  No, señora, es que no puedo trabajar si no me inspiro con la música.

Justo cuando la tía iba a decir que ella amaba la ópera y los clásicos, que tenía una buena colección y que tal vez se los podía mostrar cuando terminara su jornada, el señor Junco - así le llamaremos, pues no podía ser otro su apellido con tal apariencia - extrajo una reproductora de casetes del bolso, marchó a grandes trancos tambaleantes hacia la cocina, la enchufó a la corriente y apretó una tecla. El sonido emitido fue suficiente para acallar a la anciana, que se retiró a su cuarto con el pretexto de tomar una aspirina, frase solo escuchada por sus pobres oídos, pues ya el maestro cantaba a toda voz mientras preparaba su mezcla.

Cuando llegó Aida cargada de tintas y lienzos en blanco, la sorprendió una música ensordecedora y un albañil ceniciento de puro embarre que le espetó: "Por algún motivo la mezcla no cuaja". Corrió a ver a la tía y la encontró casi llorando, con una bolsa de hielo en la cabeza. De algún modo logró convencerla de que, si ese era el único modo de que el hombre se inspirara a trabajar, más valía dejarlo, pues ya se le había dado la mitad del dinero por adelantado, "además, tía, dónde conseguimos otro antes de que se eche a perder el cemento, al menos él es una persona honrada, porque en toda la mañana no se ha movido de la cocina, las huellas andarían delatándolo por la casa".

•  No te preocupes, mi hijita - le respondió Berenice entre sollozos - yo me acostumbro. Si Dios quiere esto acaba pronto.

Se equivocaba.

Primero fue la mezcla que no tomaba consistencia , luego las lozas no se fijaban al piso; más tarde las tuberías, cuidadosamente armadas en compleja maraña, comenzaban a caer en el momento preciso en que recomenzaba a correr por ellas el agua; el tomacorriente de la cocina explotaba y el concierto de Paulito FG, La Charanga Habanera , NG la Banda y Bamboleo no tenía para cuando acabar - en el momento de la explosión, la reproductora se encontraba trabajando con baterías -.

Cuando las puertas comenzaron a cerrarse y a abrirse solas, los objetos a caer de las mesas a pesar de las ventanas cerradas y la gravilla a derramarse de los sacos cerrados, la tía y la sobrina comenzaron a prestar atención a los comentarios del albañil-plomero acerca de que no era su falta de pericia, ni la calidad de la materia prima la causante de tanto desatino: La casa tenía un fantasma .

•  Yo tengo un padrino muy bueno - dijo el señor Junco sacándose del bolsillo un montón de collares de cuentas multicolores -. No piensen que escondo la religión, es para que no se me manchen, pero siempre van conmigo.

Berenice trató de balbucear algo ininteligible acerca de la iglesia única del señor, el paganismo, los falsos ídolos y la herejía, mientras Aida sonreía desde el escepticismo inculcado en las clases de comunismo científico. Un Buda de porcelana se derrumbó aparatosamente de su repisa sobre el cubo de mezcla, aunque no corría la más mínima brisa; la puerta de uno de los cuartos superiores se cerró y las tuberías vueltas a colocar en correcta armazón comenzaron a zafarse, casi al compás de las tumbadoras de los Papines, que atronaban desde el cuarto contiguo.

•  Decía - carraspeó el maestro de obras -, que si quieren lo llamo. Para asesoría...

Dos cabezas asintieron al unísono.

No más romper el sol, ya estaba llegando el señor Junco con su Padrino, que resultó ser un joven rubio, de ojos claros, con muy poca o ninguna sangre africana en sus venas - en estos lados del mundo nunca se sabe qué ocultan los genes -. El Padrino comenzó por preguntar si no habrían sido los ratones, luego sugirió registrar la casa por si había algún gatito, ratón o pájaro que hubiera quedado atrapado desde el día en que se cerraron las ventanas para evitar que el aire tumbaba los objetos. Un cenicero voló en perfecta trayectoria para estrellarse contra su sombrero, que acaba de colgar en un gancho de la puerta.

•  En fin, empecemos - masculló - solo quería estar seguro.

Pidió el teléfono y llamó a una amiga espiritista. Se necesitaba alguien que identificara la identidad del causante de tanto destrozo, él solamente administraba la cura.

La médium, una muchachita de apenas dieciocho años, con un vestidito hecho con medio metro de tela estampada, llegó al mediodía y fue recibida en el portal por una andanada de arena lavada, que se elevó de uno de los sacos en señal de protesta.

•  Es un muerto oscuro - fue la frase con que hizo entrada.

Para reponer fuerzas, pues les esperaba un trabajo duro, comieron arroz a la milanesa, cocinado por el Padrino, que resultó ser un experto en cocina internacional. La comida fue servida festivamente en el patio, a la sombra de unas palmas muy simpáticas y seguras - la mata de mangos y la de aguacates fueron desechadas por razones obvias -. Mientras comía a cuatro carrillos, la pitonisa contó que había descubierto sus poderes desde la primera infancia, cuando se dio cuenta que llevaba horas jugando con el espíritu de unos hermanitos gemelos, y no con dos niños vivitos y coleantes. Una vez terminado el almuerzo, que Aida elogió casi excesivamente, pusieron manos a la obra.

Se creó el ambiente propicio, en un cuarto que se despojó previamente de adornos y cuadros, para evitar lanzamientos. Fueron encendidas dos velas y colocado entre ellas un vaso de agua; la muchachita se retiró al baño y reapareció transfigurada, con un pañuelo de óvalos anudado en la cabeza y una mantilla sobre los hombros. "Así es como viene la gitanita" , les explicó mientras encendía un tabaco. Poco después, con los ojos en blanco, entremezclando español y caló, comenzó a describirles al agresor: Era un hombre de mediana edad, trigueño, alto, de bigote poblado y complexión robusta.

•  Es tu papá, Aidita - saltó Berenice, pero fue mandada a callar con una seña.

•  Lleva una camisa de flores y un pantalón color marrón, calza mocasines... - siguió la otra desde su trance.

•  ¡Tía, ni loco mi padre su hubiera vestido con una camisa de flores! - protestó Aida - Lo suyo eran trajes de color entero, camisas claras y zapatos de cordón.

•  Pero entonces, ¿quién es? - preguntó el Padrino, aprovechando que se había roto la norma de no interrumpir a la vidente.

•  Dice - dijo ésta tras una convulsión que obligó a persignarse a Berenice -, que es el arquitecto que construyó esta casa. No quiere que le sigan perturbando. ¡Que se vayan los intrusos! - y con una última contracción, que envidiaría cualquier bailarín de danza moderna, cayó al suelo.

Una vez recuperada, fue despedida entre frases de agradecimiento, tras abonársele un billete de veinte pesos, que tomó diciendo que ella no cobraba por su trabajo, pero necesitaba dinero para ponerle flores a la gitanita. De regreso a la sala, el Padrino se colocó la gorra de oficiante, el maestro de obras sus collares y, entre comentarios acerca de la urgencia de hacer la obra purificadora, pues ya el espíritu estaba sobre aviso y podía tomar medidas extremas, comenzaron a extraer una serie de ingredientes de una bolsa. Para cualquier iniciado serían elementos obvios, pero para la pobre Berenice fueron el motivo para ir a buscar su rosario.

•  Necesito una botella - dijo el Padrino.

•  ¿Una botella? - palideció la tía mientras pasaba las cuentas de una mano a otra.

•  No se preocupe, señora, una botella vacía, cualquiera con tal de que tenga tapa: es para atrapar al muerto, para embotellarlo, si le gusta más así.

•  ¿Usted dice, embotellar , como en los cuentos árabes del genio encerrado? - sonrió Aida.

•  Pues aunque no lo crea, esas historias tienen mucho de verdad - aseveró el señor Junco, con tal expresión que a Aida se le congeló la sonrisa.

•  Es que... - se hurgó nerviosamente la anciana una oreja con un hisopo, descubriendo que perdía audición cuando se lo introducía - con el lío de la mudanza botamos los trastos viejos, no tenemos botellas vacías de ningún tipo. No me atrevo a pedírsela a los vecinos, porque la fama de bruja no me la quita nadie, yo soy recién llegada, imagínese.

Por uno de esos enigmas del destino, todos los ojos se dirigieron a un botellón de cristal soplado, que misteriosamente había sobrevivido a los lanzamientos. Su hermosa tapa esférica brillaba a la luz, lanzando destellos verdosos.

•  ¡Ah, no! - protestó ella sin necesidad de que se hiciera algún comentario - ¿La botella que mi abuela trajo de Italia? ¡No! Si tiene que ser así, que se quede el muerto suelto por la casa, porque a mí no me botan el único recuerdo que me queda de ella.

Por toda respuesta, Aida la tomó suavemente del brazo y la llevó al comedor, desde allí comenzaron a llegar dos voces cada vez más altas, una defendiendo el derecho a conservar su amada reliquia, otra recordando los percances de los últimos días, los materiales echados a perder, la cuenta de gastos que se elevaba, los adornos rotos, la obstinación de tenerse que bañar con un cubo en el reducido baño de servicio, la tranquilidad perdida, " y recuerda que hasta que no se terminen los arreglos no se acaba la música a todo volumen" ...

Al parecer este último argumento fue más que convincente, porque regresaron a la sala, donde ya los esperaba el Padrino con la botella en la mano:

•  Para evitar que el difunto nos la rompa

•  Mi tía dice que presta la botella, con tal que después se la dejen donde estaba.

•  Allá usted, señora, si se quiere quedar con el genio embotellado, como dice su sobrina... - se encogió de hombros el señor Junco con una sonrisa siniestra.

Lo que sucedió a partir de ese momento, es un secreto vedado a los profanos, sólo diré que la ceremonia fue todo un éxito. Ya está la mezcla fraguando y las tuberías esperan el momento en que el agua corra por ellas. El Padrino le da recetas de comida coreana a Aida, al tiempo que ésta le invita a ver sus pinturas "una noche, con calma, mi obra no es fácil, soy una pintora conceptual" . La tía Berenice se abanica en su sillón, con dos taponcitos de algodón en los oídos, dando gracias al Señor por haberla ayudado a encontrar de formas misteriosas el modo de mitigar los sonidos...

Y yo, desde la botella - en mala hora la respeté; tengo debilidad por el vidrio soplado, máxime si es antiguo -, pienso que si no me hubiera dado por molestarlos, no estaría en esta ridícula situación. Cuando las vi llegar me cayeron tan bien, la pintora con sus meditaciones entre inciensos, la tía con sus conciertos de Bach, que pensé que íbamos a ser felices.

Fue la llegada del señor Junco con su polifonía ensordecedora la que me dio por echar a perder los materiales primero y romper las estructuras después - no sabré yo de esos menesteres -; al ver que no se iba, me fui enfureciendo, creo que hasta se me fue la mano con algunos adornos de la viejita, pero es que la música tan alta me exaspera...

Si hubiera tenido paciencia, ya estaríamos libres de él. Quién me iba a decir que el muy condenado era un iniciado en la Santería.

Entre tanto, es evidente que la pintora se ha enamorado del Padrino. Éste le está diciendo que le encanta el rock - a mí que las tumbadoras me daban migraña -. Ella, con tal de complacerlo, le dice que no puede vivir sin Pink Floyd, Queen, Black Sabath y sabe Dios cuántos grupos cuyos nombres no comprendo, pues su inglés no es muy bueno. Él le sonríe embobecido y la tía, gracias a sus algodoncitos, ignora la conspiración que se está fraguando a nuestras espaldas.

Por eso decía lo de los tonos de colores al principio, aunque aquello parecía no tener que ver con el resto de la historia...

Ahora el único tono con el que veo el mundo es el verde del cristal de la botella.

 







SUCESOS DE UN CALLEJÓN

A partir de las nueve de la mañana, podía vérsele sentado en una esquina de la Plaza de la Catedral , con Mariguana portando chaleco, sombrero y corbata de lacito, en la pose tan aprendida que ya pensábamos que dormiría así de ordenárselo su dueño. Llegaba con su andar de beodo, la cabeza medio metro por delante del cuerpo, candidato a ser atropellado por lo que le pasara por delante, protegido por las fuerzas del destino, que lo tenía vivo desde hacía más de cuarenta años a base de alcohol y una comida diaria que a veces cambiaba por un trago. Jamás faltaba a su cita, con la puntualidad de un trabajador estatal.

Su sencillo negocio era, al mismo tiempo, una prueba del ingenio criollo para sobrevivir a toda costa con el esfuerzo mínimo. Había comenzado de pura casualidad, cuando un turista lo vio, tan trompa como siempre, con el viejo sombrero calado hasta las cejas, sentado en la acerita del Callejón del Chorro, en la puerta del solar donde tenía su cuarto y le observó darle una calada del cigarro al perro.

•  Pero... ¡si el perro fuma! - exclamó sorprendido, con aire de descubridor.

•  Como que le dicen Mariguana, porque se pega a cualquier cosa - respondió Matica sin emoción, mirando a trasluz la botella y comprobando una vez más que estaba vacía.

•  ¿Me permite tirarle una foto? - preguntó mientras extendía su tarjeta - Señor...

•  José Miguel Matas Saldívar, para servirle.

Respondió Matica con resignación, guardándose la tarjeta en el bolsillo, al tiempo que se encogía de hombros y le colocaba su sombrero al perro, para que no lo asustara el sofisticado artefacto que extraía con cuidado el otro, de un bolso que ya los raterillos de la zona se iban sumando para hurtar al primer descuido.

El expedicionario encendió un cigarrillo y lo colocó en la boca del perro, se apoyó en una rodilla y disparó el obturador mientras Mariguana daba una inspirada chupada al pitillo que le miraba Matica con envidia, esperando a que se fuera el intruso para poder compartirlo, como venían haciendo con casi todo desde que se conocieron en una mona dormida en la Avenida del Puerto, enroscados bajo un banco que los resguardaba a tramos horizontales del sol de la tarde.

•  ¡Magnífico! - concluyó el turista mientras llevaba la cámara de regreso al bolso, que nunca dejó de mantener aferrado bajo el brazo, para decepción de los ladronzuelos.

La vida de un hombre puede estar dibujada hasta la monotonía en cada uno sus detalles y, de pronto, un suceso inesperado le obliga a dar un vuelco. Eso fue lo que sucedió cuando, antes de partir, el visitante dejó un billete de cinco dólares en la mano de Matica, vago habitual que vivía de lo que le ofrecían, cuyo lema para no trabajar era: " Si te aprieta el cinturón, te comes el cinturón ", dejándolo tan pasmado que no atinó ni a dar la bendición, como hacía con la hija cuando le traía el almuerzo.

De momento fue a celebrar con una botella de Chispa de Tren, ese ron clandestino, destilado en apestosos alambiques, hecho para matar las penas, el hígado y la conciencia a una velocidad pasmosa. Dado su poco exigente gusto en materia etílica y a que, de vez en vez, los vecinos le daban un vasito de lo que estuvieran bebiendo, tuvo para casi una semana... Pero cuando se vio de nuevo sin el preciado líquido, una genial idea iluminó la parte lúcida de su mente.

Al día siguiente se instaló en lo que sería su puesto fijo, con un sombrero para él y otro para Mariguana, caja de cigarros en mano y un cartel que decía:

" Retrate al perro fumador por sólo un dólar "

El éxito fue inmediato, nadie diría que un perro tan desaliñado diera para tanto. Poco a poco fue mejorando el tocado, agregando el chalequito, el lazo, entrenando al sato para que se mantuviera erguido... Sacaba para la bebida y de paso conocía a gente de todas partes; aves de paso que le regalaban cigarros, llaveros, bolígrafos que él entregaba al caer la tarde, cuando la falta de iluminación le indicaba la llegada del final de su jornada, a las putitas que comenzaban a pulular en la Avenida del Puerto, a cambio de que le dejaran ver sus senos desnudos, mientras Mariguana derramaba baba, jadeando con una cuarta de lengua afuera, no se sabe si por sed o por extraña lascivia.

Era tan poco molesto que los trabajadores del Museo de Arte Colonial lo fueron integrando a su vetusta arquitectura. Cierta vez, un policía recién asignado a la zona se lo fue a llevar "por bisnero" (sinónimo de jinetero : que tiene tratos ilícitos con ciudadanos extranjeros), pero le vino arriba la avalancha de revendedores de tabaco, de artistas del Taller de Gráfica situado al fondo del Callejón, de camareros del restaurante El Patio, de muchachas vestidas con batones de diosas africanas, poseedoras de permiso legal para dejarse retratar por los turistas, de peinadoras de trencitas, de integrantes del grupo musical "Los Mambisitos" - que pasan ya de los setenta años - y si no se va rápido, le sale hasta el obispo, que ese día oficiaba misa en la Catedral... A partir de ese momento, nadie perturbó su paz, hasta las cámaras de vigilancia colocadas en el Casco Histórico esquivaban la mirada y lo dejaban intocado, compartiendo cigarros, ganancias, almuerzo, visiones impúdicas y tragos con su fiel compañero.

La identidad del iniciador de tan magna empresa fue develada una mañana de domingo, cuando la hija vino a hacerle la limpieza mensual, consistente en sacar las botellas vacías y llevarlas a vender en la bodega. Entre el grupo de periódicos viejos guardados por el padre para colocar encima de las aguas menores del chucho, encontró un sobre certificado de buen tamaño, aún cerrado, con sellos de Inglaterra. Matica no supo explicar como había llegado a sus manos, probablemente lo habían metido por debajo de la puerta, o se lo entregaron en uno de esos momentos en que no reconocía ni su imagen en un espejo.

Contenía una revista de lujoso empaque. Al lado de un reportaje sobre el Dalai Lama, de imágenes de monjes haciendo un mandala, entre otras maravillas de la villa de San Cristóbal de La Habana , estaba la foto de Mariguana, con el primer sombrero, echando humo por los costados del hocico, con un Malboro entre los oscuros labios. Al fondo, con cara de sorna, sonreía Matica.

Ese día hubo fiesta en el Callejón del Chorro, Matica y su perro tomaron hasta perderse el final de la celebración, trajeron a un trovador que hablaba mal del gobierno en descaradas alegorías, uno de los pintores del Taller se ofreció a hacer una litografía de los dos personajes, "parte ya del entorno citadino" , un poeta, más conocido como vendedor de pizzas a domicilio ante la imposibilidad de publicar, le improvisó una oda llena de emociones encontradas... Para cerrar, sacaron los cajones y formaron una rumba que duró hasta que las estrellas comenzaron a palidecer, anunciando un nuevo día de alegrías y miserias humanas.

Los revendedores se fueron retirando a descansar unas horas antes de recomenzar su dura jornada, le siguieron los artistas plásticos, el trovador y el poeta, a quien tuvo que llevárselo uno de los pintores que vivía en un cuartico encima de El Patio, pues de puro bebido no recordaba su dirección. Se fueron también las diosas africanas, con los vestidos ajados de tanto baile con las piernas afuera, única manera de gozar el ritmo arrancado a la fuerza de cajas y latas vacías. Finalmente, la hija del homenajeado se encargó de arrastrarlo hasta el camastro, ayudada por el policía, con quien comenzaba a entenderse desde que el marido la dejó por una de las puticas del puerto... La entrada del solar se cerró de un sonoro portazo.

A las nueve de la mañana Matica no estaba en su puesto oficial. Todos comprendieron que la excitación lo había obligado a tomar la sabia decisión de dormir un rato más, pero ya a la altura del mediodía empezaron a sentir su ausencia. Cuando la hija pudo hacer su escapada diaria con la cajita de cartón en la mano y no lo vio sentado en la entrada del Museo, preguntó por él con alarma. No fue necesaria la respuesta, todos corrieron a tumbar a golpes el cuarto, aún cerrado, de Matica... Sus setenta y seis años mal cuidados, no habían podido soportar tanta emoción.

El cuarto estaba vacío. Ni el hombre, ni el perro, ni la revista.

Se organizó al momento una partida. Se repartieron las calles, callejones, avenidas y plazas de la vieja ciudad para encontrar al monumento nacional extraviado en el amanecer de su gloria.

La búsqueda fue infructuosa, a pesar de que el policía sumó a sus colegas de la zona. No se pudo hacer un reporte oficial, pues apenas habían transcurrido diez horas desde la última vez que lo vieron. Habían de esperar al menos cuarenta y ocho para que las preocupaciones de la hija fueran escuchadas. Todos callaban una turbia sospecha: al escuchar de su edad y hábitos, se le daría simplemente por ahogado en las aceitosas aguas de la bahía. Era lo que se estaba temiendo desde hacía cuarenta años, cuando la mujer lo dejó, llevándose la niña, los muebles y el dinero ahorrado trabajando como tornero para mudar la familia a un barrio más decente.

•  Yo sé lo que se traen en mente, por eso mejor no denuncio nada, total, si nadie lo va a extrañar - rompió en sollozos la única persona que lo amó.

La confortaron como pudieron, le rogaron esperar... Pero no dos, sino tres días transcurrieron sin noticias de su paradero. Al anochecer del tercero, Leonor, la dueña del restaurante clandestino donde trabajaba la hija del desaparecido, iniciada en los misterios de la Santería , propuso reunirse en el patio del solar y hacer una rueda espiritual. Tal vez con fe, manos unidas, una ofrenda de aguardiente, miel y tabaco, tendrían suerte de localizar a su espíritu, de seguro instalado en los prados del infinito.

•  Las búsquedas del otro lado funcionan mejor que las del lado de acá - sentenció mientras atraía a la doliente al ruedo para que sostuviera una póstuma entrevista con el padre.

Terminados los rezos propiciatorios, despojados con ramillos de hierba buena y albahaca los presentes, entre los que se incluyeron varios pintores y el poeta, que no se perdía la ocasión de degustar el aguardiente ni por el miedo que tenía a los encuentros con la otra orilla; se encendieron tres velas: una para el Ánima Sola que vaga por los caminos de ambos mundos; una para el ángel de la guarda del difunto y otra para Eleguá, dios del destino. Se colocó el aguardiente entre los siete vasos con agua, representativos de las Siete Potencias; se ofrendó miel a Oshún, diosa de la sensualidad, encarnada ahora en la más bella de las mulatas de la Habana Vieja , aquella que vendía flores en la Plaza portando abanico de encajes; ardió un tabaco de la mejor calidad, aporte de los revendedores, esparciendo su aroma por el Callejón.

De manos apretadas, los presentes comenzaron a invocar a José Miguel Matas Saldívar; reclamo que empezó en tono murmurador y fue elevándose hasta convertirse en un claro llamado, capaz de estremecer hasta los cimientos las paredes semiderruidas del viejo caserón colonial.

•  Ya, está bueno, ni que fuera sordo.

Un coro de alaridos acompañó la entrada de Matica, seguido por Mariguana, que fue directo para el Cohiba de lujo, tomándolo con el hocico por el lado correcto y dando una intensa aspirada, mientras su dueño estiraba la mano para agarrar el vaso de aguardiente, inconfundible entre los de agua por su típico aroma empalagoso y picante.

•  Señores, déjense de tanto grito - acalló a los presentes el policía, participante de la escena desde un rincón, pues aún no era bien visto en el solar -. Yo de espiritismo no sé nada, pero ningún muerto se le cuela así al alcohol.

Para terminar de convencerlos, Matica dejó al perro lamer el fondo del recipiente, mientras con una bocanada de deleite, compartía el habano.

•  Ah, de regreso... - expresó con un suspiro de satisfacción, extrañamente sobrio -. Los hombrecitos serían muy hospitalarios, pero de fuma y bebestibles no ofertaban nada.

Horas después, tras haber recibido el apretón de manos de los presentes, de casi fallecer ahogado entre los rollizos brazos de la hija, de beberse su cuarto trago y de alimentar a Mariguana, que insistía en colocarse en su postura vertical para que le dieran un cigarrillo, Matica se sintió con ánimos de contar su historia:

•  Estaba yo durmiendo la mona, cuando una luz me dio en plena cara, despertándome de un salto. Tenía delante de mí a dos hombrecitos azules, con cabezotas en forma de huevo y ojos saltones. Uno de ellos portaba una linterna. El otro tenía en la mano mi revista y me señalaba. Mariguana salió de debajo de la cama y comenzó a gruñirles, pero eso pareció convencerles de que éramos los que buscaban, porque el de la linterna apretó un control remoto y nos vino a recoger un tubo, por el cual ascendimos al interior de la nave.

Paró para solicitar con una seña que le llenaran de nuevo el vaso, parecía más seco que los mares de la luna. Normalmente se hubieran reído, lo hubieran tildado mentiroso, pero ni los tres días de misteriosa ausencia alcanzaban para explicar el único hecho que los tenía atados a los bancos, al suelo, a los escalones, a las sillas sacadas del restaurante para formar el ruedo espiritual: Por primera vez desde que la soledad se cernió sobre su destino, Matica no estaba ebrio...

•  Me tuvieron tres días haciéndome entrevistas; hablaban bastante bien el español, mejor que muchos de los turistas con quienes me topo en el trabajo. Fueron muy amables, hasta nos bañaron a mí y a Mariguana - un murmullo de aprobación se regó en el patio -. Me contaron que estaban haciendo una especie de zoológico con habitantes famosos de los planetas explorados. Habían visto la foto de nosotros en la revista y nos habían seleccionado. Se supone que fuera un honor pero, de verdad, me tenían loco con lo de la vida sana. Nada de aguardiente, ni ron, ni chispa de tren, ni siquiera un vinito dulce para después de las comidas, de cigarros ni hablar, al pobre perro me lo tenían con temblores por la falta de nicotina.

•  ¿Y qué haces aquí, Matica? ¿Por qué no te fuiste con ellos? - preguntó el jefe de los vendedores, ofreciendo un segundo tabaco.

•  Imagínense, la idea de vivir lo que me queda con verduras y agua no me gustaba nada, por eso cuando me dijeron que mi cuerpo estaba muy intoxicado por el alcohol y el tabaco, que el perro andaba por el estilo y por tanto temían que no duráramos mucho, les exageré la cosa: les puse mi hígado al borde de la explosión, los pulmones de Mariguana hechos un desastre biológico. Los convencí que no era el ejemplar ideal para su zoológico. La inversión no valía la pena, para decirlo de otro modo.

•  ¿Y se fueron así como así, no más? - interrogó la hija.

•  No, se fijaron en la página de al lado y se fueron a buscar a uno de los lamas, pero antes me dejaron en la Avenida del Puerto, lo más cerca que podían llegar a esa hora. No tienen idea de cómo se pone el tráfico estelar. Les dejé la revista de regalo, era lo menos que podía hacer.

Al otro día estaba Matica en el lugar de siempre, tan borracho como siempre, a la hora de siempre, con su perro engalanado con lacito nuevo, obsequio de uno de los payasos que andan en zancos detrás de los turistas por La Habana Vieja , a punto ahora de retirarse porque había conquistado el amor de una voluminosa danesa de carnes albinas, con quien partía a descubrir la nieve. A su lado, con retoques de pintura fresca, su cartel anunciador de la octava maravilla del mundo moderno.

Había retornado la calma al solar después de la rumba de bienvenida, de las masitas de puerco con mucho colesterol que frió Leonor, de la caja de cerveza aportada por los revendedores, de la botella de ron añejo que destapó el policía, del vino donado por los camareros de El Patio, del aguardiente que trajeron las diosas africanas, de las botellas de chispa de tren que sacó el destilador, pidiendo que le devolvieran el envase una vez apurado su contenido - el cual, si nos atenemos a lo escuchado, salvó a Matica de aparecer como especie de exhibición en un zoológico de otra galaxia - y de la pizza gigante traída por el poeta, a quien ya le estaban instalando un catre desarmable en el cuartico del pintor para que no tuviera que pernoctar en el suelo cuando había fiesta.

Pero si bien se celebró con alegría su regreso, nadie había vuelto a mencionar los tres días de su ausencia...

No se comentaba su extraña historia en ese microuniverso que constituye un solar viejohabanero dentro del macromundo cubano, donde todo suceso tiene repercusiones por pequeño que sea. Y es que tal vez, por imposible que pueda parecer, comenzaban a creerle.

Solo una nave espacial, más allá de la atmósfera terrestre, pilotada por hombrecitos azules amantes de la vida sana, podía mantener a Matica tres días lejos de la bebida.

 







MIENTRAS LLEGAN LOS CIGARROS

- Queda un solo cigarro y es para acompañar mi traguito - anunció Adria, volteando al revés la cajetilla.

- ¿Con qué derecho? - protestó Aldo - No nos vas a salir con "la casa es mía y mañana soy quien tengo que limpiarla", porque sabemos que tu mamá es la que lo hace todo.

- Pues porque lo cogí primero.

- Oigan, parecen niños - habló Rolando, circunspecto -, es más, para acabar el problema, hagan una colecta y voy a la cafetería del zoológico, la única abierta a esta hora.

- Cuidado no te coman los cocodrilos, mi amor - selló el pacto Lolu entregándole una moneda y dándole un pellizquito en el muslo.

Una a una fueron cayendo monedas de veinticinco centavos de dólar en la mano de Rolando, más conocido en el grupo como "el abuelo", porque ya se acercaba a los treinta. Veinticinco centavos aportó Adria, dueña de la casa y organizadora de la fiesta; veinticinco su marido, Miguel, vendedor de comida china a domicilio, sostén de la familia con su espíritu práctico y su facilidad para encontrar clientela entre los extranjeros que alquilaban cuartos en las casonas del barrio, otrora uno de los más lujosos de La Habana ; veinticinco Susana, que no se salvó del pago ni porque era su cumpleaños, veinticinco su novio Aldo, estudiante como ella de veterinaria; veinticinco salieron del bolsillo de Rolando para terminar en su mano.

- Totalizamos un dólar con cincuenta centavos, estamos amplios - sentenció - me alcanza para una de fuertes y una de mentolados.

- ¿No le pediste dinero a mami? - preguntó Adria.

- No jodas - se rió Susana -, tu madre ni fuma, ni bebe, ni protesta por tu reguero, nada más le falta el traje de monja.

Rieron mientras Viviana hacía irrupción con una bandeja cargada de tazas de café. La pobre señora, ignorante del motivo de las carcajadas, esbozó una sonrisa de compromiso que sólo sirvió para arreciar las risas.

- Qué bien la están pasando, ¿verdad? Yo se lo decía a mi hija, una fiesta sorpresa nunca pasa de moda.

- Viviana - la salvó Rolando -, mejor me acompaña hasta la puerta, voy a comprar cigarros... Me guardan mi café, aunque se enfríe.

Se alejaron hacia el recibidor, Viviana murmurando: "Cuídate hijito, que la calle se pone muy mala a estas horas, tú sabes el elemento que se suelta, el otro día me dijeron que asaltaron a un señor extranjero; le quitaron hasta el pasaporte y un cadenón de oro..." y Rolando asintiendo : "Claro, claro, claro".

- Este café nos pone peores las ganas de fumar - pensó en voz alta Lolu.

Adria prendió el cigarro que aún conservaba entre los dedos.

- Que no se diga, le doy la primera calada y nos lo fumamos entre todos.

Pasó el cigarro de mano en mano, entre buche y buche de néctar negro, hasta quedar reducido a una expresión infumable, que quemaba las puntas de los dedos. Adria lo soltó con pena y miró como se terminaba de consumir en el cenicero de plata, recuerdo de los abuelos que vivían en los E.U., recordando con nostalgia su lujosa casa, bella aún a pesar de sus paredes desconchadas, su jardín convertido en huerto de las hierbas necesarias para preparar comida china y su patio con glorieta transformado en criadero de pollos, imprescindibles para el chop suey, oferta principal de la cocina de Miguel.

- ¿Qué hacemos mientras llegan los cigarros? La espera me mata - se quejó Aldo, mirando desconsolado la botella de ron acabada de destapar.

- ¿Por qué no hacen una competencia de cuentos? - propuso Viviana, reapareciendo en escena - En mi época se hacía para amenizar las fiestecitas...

- ¡Ay, mami! - se sulfuró la hija - ¿De qué vamos a hacer cuentos? Como no sea de animales: tu perro sato que estampa su firma en las columnas, el dálmata loco que nos dejó papi como herencia, para no hablar de la más reciente adquisición de Miguel, "Es tremenda inversión, dejen que empecemos a vender los cachorros..." y resulta que come más de lo que preña, porque hay que esperar a encontrar una lebrel afgana en período de celo, que no esté comprometida y que se deje coger por el zonzo de Mefisto. Como si fuera poco, las palomas mensajeras que está entrenando mi tío en la azotea; por cierto, las trajo diciendo que era por un mes y ya vamos para un año. Súmale las gallinas, que con tres perros en casa y nos roban una a cada rato... ¡Aparte de eso no tengo otro tema de conversación! ¿Por qué creen que inventé una fiesta?

- Calma, mi vida, no está mala la idea - reflexionó Miguel -. Hacemos un cuento por pareja. Dado tu estado de ánimo, nos va bien con uno, que puedo hacer yo...

- Pongo una sola condición: la historia debe ser basada en hechos reales, un testimonio - apuntó Susana.

- Sí, pero que ronde alrededor de los animales, para estar a tono con las quejas de la anfitriona y con la carrera mía y de Susi - concluyó Aldo, pasando el dedo por el fondo de la taza y chupándoselo -. Al final elegimos el mejor por los aplausos alcanzados.

- Vale, empiezo yo - dijo Miguel, sentándose en el piso -. La cosa va por el robo de gallinas. Como dijo Adria, es rara la semana en que no se llevan una, incluso dos. Pues me dijo Víctor Manuel, el de la casa de al lado, que había visto al gato de Candita rondar por el patio, el desgraciado nos está llevando la materia prima de mi chop suey. Nos pusimos a vigilarlo y, efectivamente, lo vimos entrar al patio una noche, pero los perros estaban sueltos, formaron una algarabía tremenda y lo espantaron...

- No digo yo si tiene que robar gallinas - lo interrumpió Viviana - si la viejita apenas le da comida. Ella tampoco come mucho, como no se decide a alquilarle a los turistas, que es lo único bueno que se puede hacer en este barrio, o el negocito de Miqui...

- O meterse a prostituta, mamá suegra, pero ese no es el caso de Candita, que ya tiene más de ochenta años - retomó el hilo a duras penas el narrador -. Volviendo al gato, Víctor Manuel nos sugirió ponerle un anzuelo con pescado, recogiendo previamente a las gallinas y a los perros. Luego de tener lista una caja grande, debía ir halando el cordel con el anzuelo poco a poco y traer al ladrón hasta ella, cogerlo, montarme en la bicicleta y dejarlo lo más lejos posible... Ya estábamos cansados de esperar cuando, de pronto, aparece el gato. No más ve el pescado, se lanza...

Silencio. Miguel mira a los oyentes, disfrutando el suspense.

- ¡Dale, suéltalo! - le grita Lolu mordiéndose una uña.

- El infortunado tenía demasiada hambre, o yo soy pésimo pescando en tierra... No tuve tiempo de halar la pita. Se tragó el pedazo de pescado con anzuelo y todo, por más que tiramos no pudimos sacárselo. Finalmente, Viviana tuvo lástima y cortó el hilo lo más cerca que pudo del hocico del gato, que se fue corriendo.

- Desde entonces, el animalito anda por el barrio con el pedazo de pita colgándole de la boca y el anzuelo quién sabe dónde - concluyó Adria estirando los pies -. Lo mejor es que el muy cabrón se sigue robando las gallinas y no vamos a dejar de dormir otra vez por cogerlo, aparte de que esa noche con el lío de recoger a la materia prima nos cagaron toda la sala.

- ¡Bravo! - aplaudió Susana - Como ese cuento fue por el hombre de la pareja número uno, yo voy a representar a la pareja número dos. Aldo, ¿hago el cuento de las abejas?

Él se encogió de hombros, displicente, sin apartar la vista de la botella. Ella, tomando el gesto por consentimiento, comenzó a hablar:

- En el segundo año de la carrera teníamos que hacer un experimento con abejas, había que fabricar una colmena artificial, atraer hacia ella un enjambre y observar su comportamiento. El equipo lo formábamos Aldo, el negro Eduardo y yo. Luego de varias semanas hablando con todo el mundo para que nos avisaran de cualquier concentración anormal de abejas, nos llamó por teléfono mi tía Cuca, la que vive en la playa de Cojímar, para decirnos que tenía una colmena en la mata de naranjas del patio; recién la había descubierto y estaba aterrorizada. Le pedimos que nos diera un día para preparar las condiciones y nos gritó que si no íbamos en ese mismo instante le pegaba candela al árbol, aunque con eso quemara la casa... Se supone que para atrapar abejas hay que coger un cajón, una lata y un palo. Te paras detrás del cajón y le das golpes a la lata; por alguna razón misteriosa, las abejas buscan el sonido y se van metiendo en la caja, luego la cierras con una tela metálica y te las llevas para donde quieras, al menos eso nos dijeron... Fuimos a buscar a Eduardo y le dijimos que a él le tocaba pegarle a la lata, protestó un poco, pero terminó aceptando. No más llegar, nos abrió mi tía con una botella de kerosén y un fósforo, si nos demoramos un segundo más, arde aquello porque su casa es de madera. Pusimos la caja en el patio, colocamos detrás de ella a Eduardo y nos retiramos a la cocina. A nuestra orden, comenzó a golpear la lata.

- ¿Y las abejas fueron para la caja? - preguntó Viviana.

- Para mí que eran sordas; el pobre tuvo que estar una hora dando golpecitos. Cuando empezaron a volar hacia la caja, entiéndase que también hacia él, nos buscó con la mirada y sólo entonces descubrió que estábamos resguardados tras los cristales de la ventana . "¿Cuál es la función de ustedes? ", nos gritó. "Observadores" , le respondí atorada de la risa, "estamos tomando notas del comportamiento de los insectos". "¿Y por qué me escogieron a mí para golpear la lata?" preguntó rodeado completamente de obreras furiosas. "Porque dicen que los negros tienen más sentido del ritmo" , se le ocurrió decir a Aldo, lo cual bastó para que Eduardo dejara la lata y nos cayera atrás con el palo. Las abejas lo siguieron y así corrimos por la calle central. Yo iba delante, Aldo detrás gritando: "Disculpa, compadre, hay que tener sentido del humor" , Eduardo de tercero, mentándole la madre a Aldo, y el enjambre cerrando la procesión. Terminamos metidos en el mar hasta el cuello, hasta que las abejitas se olvidaron de nosotros.

- ¿Y tu tía? - preguntó Adria.

- No sé, no volvimos a visitarla después de aquello y no hemos podido llamarla, porque en la carrera a Eduardo se le enredó el pie con el cordón del radio y éste en su caída arrastró el teléfono. Me imagino que se acostumbró a convivir con la colmena, porque no hemos escuchado nada acerca de un incendio en Cojímar.

- ¡Genial! - aplaudió Viviana entusiasmada - Esa está mejor que la del gato.

- ¿Y usted, suegra, no nos va a contar una historia de animales, con tantos que tiene en la casa? - le preguntó Miguel, celoso.

- Tal vez... voy a contarles del día en que presenté a mi difunto esposo a mis padres.

- ¡No, mami, esa no! - se escondió Adria debajo de un cojín, para salir al instante, escupiendo pelos de lebrel afgano.

- ¡Que la haga! ¡Que la haga! - corearon los demás, batiendo palmas.

- Bueno - continuó ella, acomodándose el moño con gesto coqueto -. Él venía de una familia muy humilde, por lo que tenía que trabajar en una textilera, pero estudiaba derecho por las noches y prometía ser muy buen abogado. Terminó siendo chofer de taxi porque daba más dinero... Volviendo al día de la presentación, yo le había hablado a mis padres de él, mi mamá había preparado una comida suculenta para impresionarlo: arroz blanco, frijoles negros, puerco asado en púa, plátanos maduros fritos, ensalada mixta, frituritas, buñuelos en almíbar, dulce de guayaba con queso blanco...

- Ay, Viviana, me voy a desmayar de hambre - se quejó Aldo.

Ella se levantó del sofá, se dirigió a la cocina, regresó con una lata de galletas, un pomo de mayonesa, una cucharita y continuó su historia, mientras todos tragaban casi sin masticar, tratando de no sentir los olores del sofrito y el cerdo chisporroteando sobre las llamas.

- Pobre Juan Carlos, comió tanto que le entró un tremendo dolor de barriga y pidió permiso para ir al baño. Cuando llevaba encerrado media hora, se levanta mi mamá y dice : "Caramba, se me olvidó decirle al muchachito que la cadena del baño está medio zafada y hay que halarla fuerte para que descargue". En ese momento apareció en el comedor mi Juanqui, pálido y sudoroso, dando las gracias por la comida.

- Suegrita, ¿recuerda que el cuento tenía que ser sobre animales? Aparte de contarnos que su difunto esposo comió como un cuadrúpedo, que él allá arriba me perdone - dijo Miguel señalando el techo -, ¿dónde están los animalitos?

- Ya vienen, Miqui, ten paciencia... Se le ocurre a mi madre preguntarle cómo había adivinado que la cadena tenía que ser tirada con fuerza y él responde, inocente: "Como vi que no funcionaba, le eché el cubo de agua que estaba al lado, no se preocupe, que descargó perfecto" ... Mi padre era piscicultor, tenía su orgullo cifrado en una pareja de peleadores a los que había vigilado durante el celo, la cópula y el embarazo. Cuando nacieron las crías, casi microscópicas, estuvo horas con un colador sacándolas de la pecera y echándolas en un cubo. Terminada la labor, dejó el receptáculo en el baño, lejos de la vista de los curiosos, diciendo: "Para que no le vayan a echar mal de ojo a los futuros campeones" . ¿Tengo que explicarles el resto? Mi padre y mi esposo nunca volvieron a intercambiar una palabra, mi viejo no le perdonó el uso que dio a sus peleadores.

- Viviana - sonrió Lolu mientras los demás aplaudían -, quién diría que era tan buena contando cuentos, creo que va a la delantera.

- Oye, mulata - se colocó Miguel de un salto frente a ella -, no te hagas la disimulada, el hecho de que tu marido no llegue no significa que te vas a quedar sin contar algo, no me digas que no tienes un testimonio que aportar.

- Claro que tengo, pero lo hago sólo si prometen no comentarle nada a Rolando, sobre todo si entienden que si él llega me tengo que callar, vaya por donde vaya...

- Esto está más que bueno - dijo Adria levantando la mano -. Prometo.

Cuatro manos se sumaron a la suya.

Lolu comenzó a tomarse el café de Rolando, lentamente, mientras hablaba.

- Como saben, mi esposo tiene un trabajo que le exige hacer viajes al exterior, en ese tiempo me quedo muy sola, sobre todo espiritualmente y a veces, sólo a veces, tengo que buscar compañía.

Un murmullo recorrió la habitación, acompañado de miradas y sonrisas cómplices.

- Sabemos - concluyó Susana.

- En este último viaje conocí a un muchacho muy especial. Me invitó a una exposición de fotografías, al teatro, a un recital de poesía... Claro, no pasó nada hasta al menos una semana, saben que me tengo que dar mi lugar.

- Sí, hasta que le sacas un poco el jugo - la palmeó Miguel en la espalda -; vamos al grano, que llega Rolando y nos perdemos la acción, si es que la hubo.

- Como era tan educado, me daba a veces la impresión de que era medio amanerado, pero me miraba con una expresión que parecía que me quería comer. Al fin arribó el esperado momento: Llegamos a su casa después de un concierto, empiezan las primeras caricias - mira al expectante grupo, olvidado de las galletas con mayonesa - y vamos al cuarto... Pues ahí viene la sorpresa: me saca de una gaveta dos pares de guantes de boxeo y me dice que tengo que boxear con él, que sólo así consigue excitarse.

- ¡Oye! - gritó Aldo - ¿Y qué hiciste, mulatísima?

- Le pregunté que si tenía pollos en el congelador, esa es mi comida favorita y boxear me iba a dar hambre. Me respondió que sí, que dos enteros, le dije que los pusiera en el microondas y nos entramos a golpes. Cuando una se encuentra un amante tan creativo tiene que seguirle el ritmo.

- Bueno, hay algo que no entiendo - protestó Susana - habíamos quedado en que la historia fuera de animales y, aparte de que has puesto a tu marido como un venado, no veo al espécimen por ninguna parte, a no ser que nos digas que el muchacho que parecía maricón era una bestia... ¿Cómo nos dijiste que se llamaba?

- No lo dije - respondió Lolu, riendo con picardía -, y como amante no fue tan bestia, pero tampoco estuvo mal, se mantuvo a la altura de mis expectativas, aunque como siempre, regresé a los brazos de mi esposo. Si te interesa el nombre, es Víctor Manuel, el vecino de la casa de al lado.

- ¿Víctor? - se asombró Viviana - Yo que pensaba que era... eso mismo... tan fino.

- ¿Y los animales de la historia? - insistió Susana.

- Los pollos que nos comimos, eran los que les roba a Miguel una o dos veces por semana. Sólo tiene que saltar el murito, el tío de Adria le hace señas desde la azotea para avisarle cuando los de la casa se duermen y le cobra con un animalito de vez en cuando, por eso el entrenamiento de las palomas parece no acabarse nunca, porque le está mejorando la dieta al viejo. Víctor me dijo que como los perros lo conocen, casi le ayudan a llevarse las gallinas y, a modo de compensación, cuando él las limpia, les deja caer los menudos, sobre todo al lebrel, que tiene debilidad por las mollejas. Por cierto, a sus virtudes como amante le sumo las de cocinero... Después de tanto boxear, los pollos me supieron a gloria.

El timbre de la puerta anunció la llegada de los cigarros.

 

***

 

(*) Marié Rojas Tamayo (tgrafica@cubarte.cult.cu) Escritora e Investigadora nacida en Cuba en 1963. Licenciada en Economía del Comercio Exterior, Facultad de Economía de la Universidad de La Habana (1985).
Reconocimientos: Premio de la Sociedad de Escritores Latinoamericanos SIEL , Venezuela 2004 ; Primer Premio XI Concurso de Cuento Carmen Báez 2004, México; Primer Premio en Poesía, El arte en septiembre 2004 , Primer Premio en Narrativa El arte en septiembre 2003, Premio en poesía y cuento El arte en septiembre 2002, Argentina. Primer Premio en Cuento y Poesía, Azul, Costa Rica, 2004. Gran Premio en Novela y Tercer Premio en Cuento, Proyecto Expresiones , Venezuela, 2004. Mención Especial III Concurso de Poesía Yoescribo.com, España, 2004. Segundo Premio en Poesía y Mención de Honor en Relato, Los Tilos, Argentina 2004. Mención de Honor Cora Coralina , Brasil-Argentina. 1ra Mención de honor, Juana de América, Argentina, 2003. Mención de honor , Nicolás Guillén 2003, Argentina. Mención de honor , Instituto Cultural Latinoamericano , Argentina. Mención Especial II Concurso de Cuentos Yoescribo.com. Finalista de: XIX Concurso "Antonio Segado del Olmo" ; Ana María Matute 2001; Historias de Vida, Ayuntamiento de Constantí; Todos somos diferentes , Fundación de Derechos Civiles, La BSO de tu vida; Certamen de narrativa La lectora impaciente - España -; Carmen Báez, México; Nuevas Letras 2002, Ed. Nuevo Ser; Decirlo con letra de mujer y Dunant-Passy, Bellvigraf; III Certamen Nuevo Ser ; Mis escritos - Argentina -. Accésit II Certamen de Relatos Ron y Miel, España. Mención Concurso Hespérides, Argentina 2003; Mención Certamen Anual del Centro de Estudios Poéticos (en dos ocasiones). Distinción Especial del III en Poesía y Cuento Breve Mis Escritos , Argentina 2004, Mención de Honor en dicho certamen en cuento y poesía. Nominada en 2004 por el American Biographical Institute entre las mujeres destacadas por su relevante aporte a la sociedad.
Publicaciones: Adoptando a Mini, Noveleta para niños. Ed. Yoescribo, Mallorca, 2005; Tonos de Verde , Relatos, Ed. Yoescribo, Mallorca, 2004; Coautora del libro-arte Choco , Taller del Sol, 2003. Antologías internacionales: Ron y Miel, Publicaciones Comala (2003), Carmen Báez, Colectivo Artístico Morelia (2004), Proyecto expresiones, Venezuela (2004), Palavreiros, Brasil (2004); El arte en septiembre, Argentina (2002, 2003 y 2004); Magos del cuento, El salvaje refinado, EU.; Ellas también cuentan, Ed. Torremozas, España (2003). Travesía en el mar de los sueños, Círculo Literario Ateneo de Alicante (2002) - autora de la antología -. Textura poética - poesía - Relat. ando - narrativa breve -, Lalectoraimpaciente, España (2003). Escritores de Hispanoamérica en el mundo: Nicolás Guillén, Juana de América y Dunant-Passy, Bellvigraf, Argentina (2002 y 2003). Historias de vida , Ayuntamiento de Constantí (2002). Personas dis-capacitadas , FUNDI, España (2003). Solamente palabras (2002) , Calma Infinita (2003), Centro de Estudios Poéticos, España. 1ra Antología Poética, Academia Virtual Brasileña de las Letras (2004). Antología de Poesía Hispanoamericana , Fundación de Poetas (2004). Libro Arte Mujer, Soledad y Violencia, ed. Gente con Talento, Colombia. (2004). Libro sin tapas , Encuentro internacional virtual de poesía (2004). Criaturas mágicas (autora de la antología, participante en los tomos de poesía, cuento infantil y relato), Mundoculturalhispano (2004). Muestra de poesía actual en español, Asociación Prometeo de Poesía, Madrid (2005). Parnaso Latino , Sociedad de escritores latinoamericanos SIEL, Venezuela (2005). Antología Cuentagotas, de narrativa breve, colectivo editorial Abrace (2005)
Otras actividades: Dirige, con el poeta mallorquín Bartolomé Adrover, la revista cultural "Dos islas, dos mares", http://perso.wanadoo.es/tomeu_adrover/dosislas.html . Representante por Cuba de la Sociedad de Escritores Latinoamericanos - SIEL -. Miembro Honorario de la Academia Brasileña de las Letras. Responsable de la sección cultural de la revista "Visiones y conceptos" , de la Universidad de Guerrero. Corresponsal de las revistas: "Mala Vida", "Letras Abiertas", "Gente con Talento" , "América Índigo", "Proyecto Expresiones" y "Libertad". Colaboradora de páginas, boletines, listas de poesía y portales de Internet, entre ellos: Yoescribo.com , Mallorca; Blocosonline y Palavreiros.org, Brasil; Azul, Costa Rica; Mis escritos; Voces Amigas, Página de Graciela Kiriadre; Color Pastel, Editorial Los Tilos, Bellvigraf, Argentina; Editorial Parnaso; La página del escribidor; Notodo.com; Liciaweb; Grupo Metáfora; Poemas de amor; Ecognosco; Poetas por la paz; Poesía en Imagen; Cartalírica; C írculo Literario del Ateneo de Alicante; Mundo Cultural Hispano , donde administra la revista La bota de los sueños ; Proyecto Setra ; Puente de Amistad . Participante del proyecto "La vuelta al mundo en un poema". Coautora de la fotografía de El libro del Taller de Gráfica de la Habana.
Colabora con las revistas Suplemento Arena del periódico Excelsior, Voces de la Primera Imprenta , Suplemento Cultural del Periódico El Heraldo - México - , Vacila el bacilo Basilisco ; Heráclito, Filosofía y Arte, La Iguana , Grupo Oximoron, Ecos Latinoamericanos, La vanagloria, Isla Negra; El Interpretador, Literatura, Arte y Pensamiento, Malabia, Expresiones, Cajón de Letras, Mizares - Argentina - , Voces, Unión de Voces, La Casa de Asterión, Club de Libros, Escafandra, Fata Morgana, Hojas Sueltas - Colombia - , El mono adivino - Universidad de Toronto - , Ojo de Búho, Proyecto Expresiones - Venezuela - El Patio de las Cayenas , Latinoamérica en Vilo - internacionales - , Compartiendo Poemas - Israel - , La Chichabruja - Nicaragua -, Caribenet; Cuba, una identitá en movimiento, Archivocubano - Italia -, Bestiario, Nave da Palabra, Casa da cultura.org - Brasil - Alhucema, Eldígoras, El Critikon y LaPrinitiva - España -, Revista Periférica - Portugal-, Librínsula, boletín de la Biblioteca Nacional José Martí.
Ha sido jurado y organizadora de varios concursos infantiles-juveniles literarios y de artes plásticas.
Sus fotografías han sido publicadas en antologías, revistas, revistas electrónicas, libros-arte, catálogos, páginas Web y calendarios.
Durante años condujo el Taller Literario "El rincón de los niños cubanos". Colabora con el proyecto comunitario infantil "Haciendo almas".
Exposición "Alegantropía de un mundo al revés" , sede de la Fundación Cabana , Mallorca, de dibujos y grabados de Ray Respall con poemas de su autoría; septiembre de 2004.




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