Valer la pena (1)
Por Juan Gelman (*)

 


TORCAZAS

Se pasa de inocente a culpable
en un segundo. El tiempo
es así, torcazas
que cantan en un árbol cansado.
La carne piensa y no llora. Pensar
es ver la nada que flota
en una cucharada de sopa.
El dolor no se olvida
de uno. Sombras ahí,
distancias, superficies,
olor a sospechas podridas, congojas
que no mueven los pies.
El tiempo borra el sudor frío
del alma y si hace falta el alma. Pega con
el leve sonido a compañeros
colgados en la noche, son
urgentes, hacen
un país que nadie conoce
en el camino que empieza
donde acaba la lengua del empujado.
están tendidos en las jaulas
de la sensación. Hay miedo
en la memoria prohibida, el sabor
del día que se distrajo y abre
de repente los deseos de ayer. Una
luna enorme finge acompañamientos. Vuela
la pérdida ojos adentro como
la longuera de un pájaro azul. Los
compañeros, ¿están despiertos para
que pregunte quién soy? ¿No duermen
en lo que es no es? Las calles
sucias de amanecer son un error. La
emoción entre mi vida y
la conciencia de mi vida
es una continuidad que no
me pertenece. Agradezco
el saltito del pájaro en la rama
que abriga cuando
el cuarto que abandono navega
en sales, brumas, el espanto y
mi pecho metido en el polvo.
Y yo al revés.


VIAJES

Va a sus versos como quien va a su cueva.
Penélope nunca
le tejerá un pullóver y menos
se lo destejerá. Él
no tiene urgencias argivas.
Los amores de Príamo y Arisbe
lo tienen sin cuidado y aun así
escucha címbalos y otras
aventuras aéreas
como un destiempo, un deslugar.
La luz de las estrellas lo toca
por ajena casualidad del universo.
De él caen hojas secas
que contempla con estupor.
está desnuda y tiembla. No hay
justicia afuera y él
busca lo que no es.


BABAS

Los derrotados visten trajes de la nada. ¿Son
un signo absurdo ahora? ¿Se congeló la utopía en sus cabezas?
Se los ve en cafés afligidos,
molestan, hablan
con un fulgor maltrecho en la boca
que no se termina de apagar. ¿Siguen
en la pasión de violar al mundo
y no ser violados por el mundo? ¿Insisten
contra la estupidez? O callan y se limpian
la baba que el tiempo deja caer sobre ello. Escriben
papeles que nadie alcanza a ver.
Tienen nombres no dichos
sobre sus huesos quietos ya.


HUMOS

Está quieta la tarde en el café. Pasa
la niña que pide y
se llama Marí. Su tristeza
pisa la ciudad y rostros
que dieron su vida por la vida y
la niña repite. El sueño
es un libro enrollado, echa humo
como si fuera un horno grande. Su mano dice
que el mundo es cóncavo.


MEDIDAS

El abuelo me mira desde
la foto de siempre, me mira
desde el fondo de Rusia y otras desgracias.
Desde el ghetto me mira. Dicen que
escribió una carta a Dios para
que inundara las casas de trigo,
de vino y de pan ázimo en Pascua,
y ató la carta a la pan de un pájaro
que voló de país en país buscando el cielo.
Me mira con las ojeras lentas
de quien veló el espanto. Nunca
me levantó en sus brazos. Nunca
lo tuve, nunca
me tuvo, nunca
es la palabra entre los dos. Quiso
que la verdad paseara por la calle
y la cubrió con una máscara
para que la quisieran.
Esa máscara es su rostro en la foto.
Le habrá pedido a Dios que no
borre ni escriba nada porque
todo podía ser peor. La foto
está enferma, levanta
una humareda de brazos que no se encontrarán.
Empoza su linaje y
me sigue como un perro.


EL SALTO

Tu ausencia es lo que no será
y así es futuro.
Estás caliente en una punta del sol.
Me visitás en lo que no se sabe.
¿Qué hacés de tus huesitos que parlan? Este poema
trata de mi vecina atada al plumero
con que limpia una fijación.
Su vestido roza
el primer diente que espera
los ratones del sueño.
Le regalaron un número que
repite cuando hay viento en contra
y ella se cuelga de las ramas
espiando el salto
de su ternura a la piedra.


RUEDAS

Una nena sentada en el piso llora
con una mano sobre sus ojos,
Los cierra para ver
lo que estaba viendo. ¿Acaso
no miraba jardines? ¿No
los pájaros de su boca nueva que
alrededor de su habla mueven
las horas, las desdichas, los miedos?
Ella llora con una rueda en la garganta
que gira contra el deseo y con
restos de oscuras órdenes. Hay
que envolverte ahora
con la luz que seas.
Esa luz tiene horizontes que ninguno ve,
como fulgor en un borde casual del viaje.

(a Andreíta)


EL PROBLEMA

La niña llora en un rincón y piensa
que el ala del dolor pesa más que el dolor
y la lleva de aquí para allá,
del dedo lastimado al espacio
donde el sol rueda.
Ella es más que lo que ve
y la dura luna mira
en la piel de la niña un verano
donde todo crece.
Nadie abriga su cabellera de fugas.
Ella vive contra la mutilación,
tan pequeña ahí.
Cada lágrima es un problema
sin solución.

(a Andreíta)


EL TAJO

La poesía no hace
que algo suced, dijo W.H. Auden.
Apenas sobrevive, dijo.
No dijo por qué. Sobrevive como
sobrevive la imposibilidad.
Es decir, nuestro amor,
o el bisonte que hace cruces en la arena
olvidado de sus dientes de leche.
Es bello eso. Significa
que el frío de conocerse
puede tener otro destino.
Lo que nadie dijo
está bajo las máscaras
que la verdad necesita.
Mis ganas de dar besos y palabras
son un cuarto muy grande donde
se sienta absurdamente el corazón.
Es decir, sobrevive.
En el tajo de sus corrientes extrañas.


LO QUE CAVA

La sangre corcovea
en todos los rincones, en
el alma superior, en su orgullo,
en los perros con olor a furia.
El ser amado convierte
la humillación en asombre y vengo aquí
para decir que te amo. El domingo
del payaso prueba la desolación.
La emoción contra la pared
espera que la fusilen.
Nuestros cuerpos conocen esa pared.
Es una atadura del sol
que cava y cava.


EL PÁJARO

Diciendo pájaro lo destruí
y eso no tiene perdón.
El pájaro sigue volando.
Lo he destruido en mí, no más.
Ya no vuela, ya no
construye su nido en el árbol que no soy ni
agita su pensamiento en mí.
Se perdió entre la enramada y el humo del atrio.
¿Quién soy para el?
Ya nada.
Antes me visitaban lo que perdí
y el recuerdo de lo que perdí.
Ahora son silencio descifrado
y ciertas esperanzas de muerto.


VIDES

La niña que castigan levanta
un dedo en la mitad del arenal y hay
agua. Suspende
el dolor, planta vides, canta para
que empiece la cada única mañana.
¿Quién es ella para lo que no existió?
Pasa su exilio con
un pañuelo en la cabeza. Ella
se encamina a
los juegos y deseos
que no la abandonan. Sufre
una enfermedad que no tiene.

(a Andreíta)


DIFERENCIAS

Entre Hölderling y la locura de Hölderling
hay diferencias.
La poesía no es un destino.
Nadie sabe quién es la poesía para ella.
En el recinto del cielo hay jaulas
sin astros ni dolor. ¿La
niñita que dio vuelta la esquina
llorando es absurda? ¿Cómo
el sonido de mi hambre hoy? ¿La insania
camina por la calle? ¿Se queda
en cualquier casa?
¿La tuya?


SÓLO ESO

Media palabra basta
para cruzar la puerta de tabaco. Estás
sentadita sobre un deseo que
cierra los ojos para que no lo lastimen.
Como si al abrir la ventana
entrara lo que desanda el laberinto.
Tanta cosa perdida sin prestarle atención.
¿Será posible eso?
¿Seré yo para mí?
No sé donde escribieron
que te iba a ver sentadita
en mi imposibilidad. No puedo
poner la cabeza en sueños
que te abriguen.

(a Andreíta)


¿CÓMO?

¿Cómo sabe Andrea que la poesía no tiene cuerpo, no tiene corazón y
en su hálito de niña pasa o puede pasar
y habla de lo que siempre no habla?
En la boca cuaja el mundo y a la luz
de pasados que Andrea ignora para nunca
su memoria es una casa nueva donde
otros rostros vivirán,
otros amaneceres, otros llantos.
Mejor así.
Todo lo que se hunde ahora, este tiempo que se disuelve,
serán para ella páginas amarillentas olvidables.
Un día sabrá que existieron como ella misma,
entre lo imaginario y lo real.
¡Ah, vida, qué mañana
cuando termines de escribir!


SABER

El poema nada en un vientre y brilla.
No sabe quién es hasta
que lo arrastran aquí, donde
seguramente morirá
a la intemperie de las bestias.
Me gustaría entender a las bestias para
entender mi bestia. La
realidad hace gemir con jadeos de animal.
¿Qué gracia fue ganada en su respiración?
Ninguna que no fuera perdida.
Abajo de lo suave crepita la sospecha.
En estas manos.


VECINOS

Un poco lejos de la niña
para no interrumpir su fiesta.
Su novedad bate las rocas
y el oleaje ahoga lo pasado
bajo pájaros blancos. Ella
visita sus transformaciones. Viene
mojada ella por las
equivocaciones del dolor y un
fulgor visible en su manera
de pisar el día. Tras sus labios
esperan nombres que
tomarán ley en su saliva.
El tiempo de su gracia
que es al sol.

(a Andreíta)


PESOS

El gesto de la niña es
una maravilla incómoda
que inquieta sillas donde el alma
se sienta de puro cansancio.
El gesto cubre puntos vulnerables
con una rama que agita el cielo y
canto como un animal en vez
de arrodillarme. Una
marea desconocida me lleva
a deseos del pasado, vivos.
La maravilla pesa
absurdamente.

(a Andreíta)


EL ESPEJO

El sueño castigado se queda
en el sueño de sí mismo, no
pendula su espanto.
¿A dónde irá con su memoria?
Entre árboles busca
una sombra verdadera
en esta duración- El sueño
era otros y es otro hoy que otros
lo niegan o creen que no existió.
No quiere encuentros falsos
y contempla su cara en un espejo
que se detuvo y guardó
fulgores que no envejecen
mañana.

(a José Saramago)


M. A.

Estas visitas que nos hacemos,
vos desde la muerte, yo
cerca de ahí, es la infancia que
pone un dedo sobre
el tiempo. ¿Por qué
al doblar una esquina encuentro
tu candor sorprendido?
¿El horror es una música extrema? ¿Las
casas der humo donde vivía
el fulgor que soñaste?
¿Tu soledad obediente
a leyes de fierro? La memoria
te trae a lo que nunca fuiste.
La muerte no comercia.
Tu saliva está fría y pesás
menos que mi deseo.


LA LLAMA

La vieja llama no se apaga.
Las tormentas, las
impiedades, todo
lo que renuncia no
le impiden temblar como un cuerpo deseado.
Insiste en el fracaso del mal, aunque
sangres sin límites mancharon
el corazón primero, el que
cambiaba días cada furia.
La llama está escrita y no perdida.
Frecuenta tierras imprecisas
que va haciendo.

(a Eduardo Galeano)


DIOS

Gastado, errante, sortea
fracasos como charcos
hoy que llueve. No quiere
leer lo que escribió. Le dieron
un papel que nadie
puede interpretar.
Sólo un loco.
Mira la tarde que se extingue
y espera sin esperanzas
que la noche sea eterna.


EL BAILE

Tantea la noche en una esquina sin porvenir.
Desde la blanca agua lunar
hasta el viejo secretao,
ha perdido todo lo leído y escrito
en la reciprocidad con el error.
¿El error es él?
Cuando el sufrimiento sea nada
se cansará del amor que no hay y
en sus sienes se abrirá el tiempo
como una rosa ajada. Tendrá
el cuerpo cosido a su pasado
y eso le dirá que lo posible
pasa en lo que no pasó. Así
verá la raíz incompleta
de la belleza, su felicidad animal,
su verdad incierta como gente
bailando en la plaza donde el mundo
se amujera y él mismo aparta sombras
con manos que no tiene.


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¿Quién saca las manos de la noche
con el vacío que no tienen? ¿Es
posible dar vuelta la lengua, palpar
su agujero de nuncas? ¿Verla
como si antes no fue?
¿Y qué, y después qué, y después cómo?
¿Y cuánta sangre eso?
Agarrar todas las palabras, pisarlas
y que salgan a otra luz, a otra boca.
Que vuelen en la desposesión.
Que empiecen otra vez.


REGRESOS

La palabra que
cruzó el horror, ¿qué hace?
¿Pasa los campos del delirio
sin protección?
¿Se amansa? ¿Se pudre?
¿No quiere tener alma?
¿Amora todavía, torturada y violada,
tiene figuras remotas
donde un niño de espanto calla?
La palabra
que vuelve del horror, ¿lo nombra
en el infierno de su inocencia?


NOMBRES

Mi padre se llamaba José.
¿Por qué José?
¿Por qué se llamaba José? Tengo
que detenerlo en esta pregunta:
¿por qué te llamabas José? Ahí va
mi verte como si no quisiera
tener alma conmigo. La palabra
es una falta de palabra
en el rostro de tu mujer.
La he visto en los desfiles del error.
Y ahora me siento a veces
a esperar tu pérdida.
Cuando el día no es más
que ese enfermedad,
el sol no sola. El anuncio
incompleto de algo desconocido
baja con la tarde y veo
la cama donde muriste
y tu silencio que no se mueve.
¿Por qué José?
¿Por qué te llamabas José?


OLORES

¿A qué huele el mundo ahora
detrás de tu rosa blanca?
A pérdida.
¿A qué detrás de tu calor que no duerme?
A pérdida.
A pena mojada y niños fuidos.
Vasto es el mundo y más vasta la pérdida.
Lo único que no se pierde es la pérdida.
Escribe en tu cuerpo que pasa
lo que no se sabe.


EL SAPO

El que agranda el verano
entre sí mismo y él, pierde
lo que no tuvo. Un paisaje nuevo
le muestra otros exilio.
el día que pasa, la
sazón del monstruo mundial,
le ponen una soga al cuello.
Él insiste en su irrealidad
con un sapo en la mano.


DERECHOS DE AUTOR

El cheque cuantifica
el precio del libro de poesía,
no el de la poesía de ese libro;
el número de compradores del libro,
no el de lectores de esa poesía;
y en términos de la libertad de mercado
(suponiendo que algo así existe),
cuál es el mercado de la libertad
poética (suponiendo que algo así existe).
El infierno hablador finge
que los poetas se salvan
en la mañana ensimismada. Un hombre
sentado en la calle mendiga
con un sombrero en el suelo, la mano
ni la usa ya, rayo muerto.
El asombro come de estos desastres.
¿Quién paga los derechos del velero
que escribe adiós
en la tarde que no puede volver?


REGRESOS

Así que has vuelto.
Como si hubiera pasado nada.
Como si el campo de concentración, no.
Como si hace 23 años
que no escucho tu voz ni te veo.
Han vuelto el oso verde, tu
sobretodo largísimo y yo
padre de entonces.
Hemos vuelto a tu hijar incesante
en estos hierros que nunca terminan.
¿Ya nunca cesarán?
Ya nunca cesarás de cesar.
Vuelves y vuelves
y te tengo que explicar que estás muerto.


ESO

Llueve sobre vez, ésta. ¿Está sola la poesía? ¿Es dueña de sí misma? ¿La golpean para que diga lo que siempre dijo? ¿El pájaro sin pájaro? ¿Ella misma sin ella? ¿Su inmensidad callada? ¿El cuerpo idiota de su tacto o pasión?


EL PAGO

Escribe y se expulsa a sí mismo de sí mismo. Entonces son posibles sueños que no soñó y todo lo que habita su vacío: monstruos, ángeles, criaturas que no lo reconocen y él no podrá tocar con las manos cortadas.


EL ATADO

Escribir sin contar es como vivir sin vida. Las palabras serán inocentes, pero no su relación. El contador traza una columna del “debe” y otra del “haber” y en la última anota los silencios que supo conseguir. Con las caras de una palabra quisiera hacer piedras y mirarlas todas hasta el fin de mis días. Esas caras siempre tienen otras fugitivas de la boca. Morder la piedra, entonces, es la tarea del poeta, hasta que sangren las encías de la noche. En esa noche navegará sin rumbo fijo, desconfiado de todo, en especial de sí, mirando espejos que cantan como sirenas que no existen. El poeta se atará al palo mayor de su ignorancia para no caer en sí mismo, sino en otro país de aventura mayor, muerto de miedo y vivo de esperanza. Sólo el dolor lo unirá muertovivo al vacío lleno de rostros y verá que ninguno es el suyo. Y todos serán libres.


FIERROS

Una piel provoca el choque del universo
consigo mismo. Hasta donde da
el universo del deseo, más grande
que el universo. Pero yo,
viendo la piel que continúa
a mi hijo, todo lo que se diga, pienso,
es humo y no hay hoguera. Hay
lo que ardió en un instante, hay
agujeros con fierros que
tienen mirada de pájaro.


LA LLAVE DEL GAS

La mujer del poeta está
condenada a leer o a escuchar los
versos del poeta que humean
recién sacados del alma. Y más:
la mujer del poeta
está condenada al poeta, a ése
que nunca sabe dónde
está la llave del gas y fine
que pregunta para saber
cuando sólo le importa preguntar
lo que no tiene respuesta.


NOTA AL PIE DE “LA LLAVE DEL GAS”

La mujer del poeta se enojó
con el poema “La llave del gas”.
No ve por qué la metapalabra de la palabra,
o la ambigüedad de la palabra,
o las heridas que la palabra produce,
puede impedir a cualquiera
saber dónde está la llave del gas y
cómo se cierra y abre. Tiene razón.
El poeta está en error porque
la llave de la palabra, digamos, ni se cierra
ni se abre, y hasta pretende que ni existe,
y menos su metapalabra, ambigüedad heridora o vacío.
La realidad de la cocina tranquiliza,
hay llaves que se cierran, se abren, funcionan
cumpliendo la función de demostrar
que hay cosas que se cierran y se abren,
y suenan desde ayer en mi cabeza
que no puedo cerrar.


HECHOS

¡Qué hay detrás de la pared ahí afuera?
¿Llanuras, ríos, caballos?
¿Qué hay dentro mío detrás de mi pared?
¿Lo que y no quiero conocer?
¿Muertes tantas que perdieron
el cuerpo de la muerte? ¿El odio
que se pudre, noches
como agujeros con los labios sellados?
Quiero hablar del ciruelo en que la luz
se posa y canta un pájaro tardío.
Pero comienzan situaciones.
La coherencia del yo es de aire
y no goza en su contigüidad.
En eso se parece a sí mismo.
Bebe de vidas no cumplidas.


DEJA CAER

El poema, en estado
de fragilidad o de furia, deja
caer su sombra sobre el mundo y lo desplaza
a pájaros errantes, ojos
abiertos en la sangre, cóleras
del aire, espantos
del amor. Así la tarde
dora su vuelo hacia la nada. El poema
dejó de hablar cuando nació.
Balbucea en la calle
como un idiota ciego.

 

(1) Selección perteneciente al libro Valer la pena, editado por Seix Barral.

(*) Juan Gelman. Poeta nacido en Buenos Aires en 1930, es considerado uno de los más grandes poetas contemporáneos. Su obra delata una ambiciosa búsqueda de un lenguaje trascendente, ya sea a través del -realismo crítico- y el intimismo, primeramente, y luego con la apertura hacia otras modalidades, la singularidad de un estilo, de una manera de ver el mundo, la conjugación de una aventura verbal que no descarta el compromiso social y político, como una forma de templar la poesía con las grandes cuestiones de nuestro tiempo. Fue obligado a un exilio de doce años por la violencia política estatal, que además le arrancó un hijo y a su nuera, embarazada, quienes pasaron a formar parte de la dolorosa multitud de -desaparecidos- (Más información en www.juangelman.org). En 1997 recibió el Premio Nacional de Poesía. Su obra ha sido traducida a diez idiomas. Reside actualmente en México.




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