El espíritu objetivo en cuanto al ser
de Hans Freyer
Traducción de Rafael Gutiérrez Girardot

 


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1. DEDUCCIÓN DE UN PRIMER ESQUEMA PARA LA ESTRUCTURA DEL ESPÍRITU OBJETIVO

 

El hecho de que el espíritu humano se ha realizado en ciertas configuraciones y órdenes del mundo sensible y que vive en esta morada material, es un hecho que no necesita ser demostrado expresamente ni requiere que se lo haga evidente por medios artificiales. No es tampoco necesario argüir en su favor la prueba de su existencia; este hecho nos rodea en todo momento y la estructura de nuestra vida sería impensable sin él. Una vez que hayamos tomado conciencia de ello, nuestro saber de él es entonces tan evidente, tan inmediato tan cercano a la vida y tan coloreado como la experiencia de lo que llamamos naturaleza y de lo que a posteriori y mediante la reflexión podemos separar de ella, porque en la realidad está íntimamente entrelazado Con ella. ¿Pues qué, si no, es lo que nos rodea, a nosotros hombres de cultura, como no sea nuestro mundo circundante? No es la "naturaleza", no es un contexto de leyes propias y extraño al espíritu compuesto de fuerzas crecidas salvajemente, sino un denso nudo compuesto de éstas y de las objetivaciones del espíritu. El escenario de la otra vida es esa tierra, sobre la que se ha posado el trabajo de varios miles de generaciones, aquella "aerugo nobilis", aquella noble pátina de la historia humana; construido y destruido de nuevo, cultivado y abandonado otra vez, plaza variada de todos los estilos y de retazos de éstos, retocado a grandes líneas, preparado, regulado y penetrado de vías y caminos de tal manera que sólo en los desiertos lejanos y en los bosques queda al descubierto la tierra madre de la naturaleza, que sólo en raras e infrecuentes erupciones lanza a través de la corteza su eterno impulso. Esta tierra es el palimpsesto más arrugado que hay y nosotros mismos estamos escritos en él y no seremos los últimos. Es la conducción de la línea de esta tierra humano-histórica a la que se han habituado nuestros sentidos percipientes; es su lógica, desde la cual pensamos; es su carácter regular el que constituye el clima de nuestra vida..

Así, pues, se trata de este gran hecho del espíritu objetivo. Debemos aprehenderlo en primer término como simple hecho y por cierto mediante conceptos. Como categoría general a partir de la cual puede llevarse a cabo tal empresa escojo el concepto de "sentido".

Signo y sentido. La relación sentido debe entenderse como dada allí donde existen o están presentes dos cosas; algo exterior y algo interior -un signo y lo mentado-, y allí donde existe entre ambos objetos la siguiente relación: a partir de la conexión estructural del alma humana en base a la percepción del primero puede comprenderse el segundo, independientemente de si tiene lugar en cada caso la comprensión o no, e independientemente de si el signo está dado intencionalmente con el propósito de que se comprenda su sentido, o de que esto acontezca involuntariamente. Las expresiones "externo", "interior", "signo", "mentado" son en parte de naturaleza figurativa y se hace referencia a ellas en forma puramente provisional; la relación entre ellas está descripta de antemano de manera suficientemente indeterminada: la tarea subsiguiente habrá de ser la de aclararla.

El rey hace una señal con el dedo: el signo significa que debe abrirse la jaula. La muchacha enrojece y cierra los ojos: eso significa que ella se avergüenza. El campesino pinta una cruz en la puerta de su establo: las brujas no deben encantar el ganado la noche de las danzas. Un pícaro guiña el ojo a otro: la ocasión es favorable. Una multitud se agita: ella quiere la República o el Emperador o cualquier otra cosa. Se levanta la señal de alarma: el tren no puede entrar en la estación. Hay allí una flecha blanca y azul: es el límite bávaro. La persona que está enfrente mueve la cabeza: no está de acuerdo con lo que yo digo.

Se ve a primera vista que aquí se han reunido algunos casos que se diferencian en más de un aspecto. El sentido del signo es a veces una orden, a veces un deseo, a veces un hecho; se refiere a veces a objetos reales y a veces a objetos imaginados. El que el signo significa justamente esto y no aquello es a veces una convención humana y a veces un contexto dado por la naturaleza; a veces un "acuerdo hecho fugazmente y a veces una tradición de siglos; a veces es consciente en el caso de un medio construido para la comprensión, y otras es hábito que se ha convertido en hueso y sangre. La significación de un signo se puede comprender y concebir sin más, la significación del otro debe ser aprendida. En un caso, el propósito expreso de ser comprendido está presente en el que hace el signo: el signo se da con este fin. En otro caso se expresa en ciertas manifestaciones un movimiento del alma involuntariamente y estas manifestaciones no están dirigidas a un destinatario, sino que sólo pueden ser correctamente interpretadas por los prójimos en simpatía inmediata. Parece estéril el querer recoger en un concepto tantas cosas heterogéneas; con seguridad habrá de ser necesario el introducir en el momento oportuno algunas diferencias. Pero provisionalmente algo es común a todos estos casos reunidos al azar: en todos existe un complejo de signos, en todos hay un sentido formulable y en todos existe una relación entre los dos según la cual aquello significa" esto, es decir, que sobre la base de la estructura del alma humana puede entenderse a partir del complejo de signos (y por cierto que a partir de él en forma exclusiva sin acudir a otras percepciones) el sentido. Cuando un signo en sí no es comprensible y puede o debe aclararse con ayuda dé complementos, entonces es justamente este signo el que forma junto con los complementos un complejo completo de signos, que es el correlato del sentido mentado; pero a este complejo le basta entonces la exigencia de ser comprensible a partir de sí mismo y sin otra ayuda..

El comprender no necesita, como ya se dijo, ser realizo en cada caso particular; algunos motivos pueden obstaculizarlo. Pero en caso de que se realice, debe ser posible que esté unívocamente determinado. El conductor de una locomotora pasa por alto quizá el sigue corriendo, el ciudadano ilustrado no conoce el sentido profundo del pentagrama. Pero en los dos casos es indiferente, pues el signo tiene esta significación. La tiene independientemente de ser comprendido en el mismo sentido en que la otra mitad de la luna que nadie ve es real y: en el mismo sentido en que una ley matemática que no ha sido aún descubierta tiene validez empero en el mundo de los números. De modo exactamente igual a como existen estas situaciones reales e ideales, aquellos contenidos de sentido no existen en modo alguno en los actos en que se los realiza anímicamente, sino que los transcienden y sólo se realizan en ellos. La relación de signo y sentido debe ser pensada como un estrecho y del todo objetivo estar juntos de dos correlatos en el sentido riguroso de la palabra: como ser recíprocamente dependiente, como un estar fundados recíprocamente en dos partes dependientes del objeto. El signo encierra en sí su sentido del mismo modo que una determinada línea. periférica encierra en sí su determinado contenido espacial (y ambos están puestos conjuntamente). El sentido está en el signo, del mismo modo que la vida en el cuerpo viviente. Así como la .superficie convexa vista desde dentro es necesariamente cóncava, así también el signo es visto desde dentro necesariamente sentido. Imágenes sobre imágenes, pero éstas son adecuadas para hacer evidente de modo directo y a partir de diversas perspectivas la esencia completamente peculiar de la relación de sentido..

Hemos designado (y esto puede llevarnos un trecho más adelante) en forma de imágenes al complejo de signos como algo "exterior" y al sentido como algo "interior". Intuitivamente en estas expresiones unimos la metáfora espacial con una determinada opinión sobre el valor ontológico estructural de las dos partes. Lo interior es el principio vivificador, la fuerza constructora, la facultad configuradora; nos representamos su operación y efecto según la analogía de las cualidades vitales, anímicas, espirituales. Pero lo exterior es su fenómeno, lo que aparece: naturalmente no en sentido de una reproducción irreal o de una apariencia engañosa, sino por el contrario, en el sentido de que es la realización de la potencia interna, la ejecución de sus intenciones y su expresa acuñación en el material del mundo real. El caso más evidente de esta relación lo ofrecen aquellos ejemplos en los que el signo es un movimiento corporal de expresión, el sentido un proceso anímico. No es sino metafísica ingenuo-materialista cuando se dice: el alma mueve al cuerpo; es como decir que el orgullo es la causa de la cabeza erguida y la iracunda la causa del puño cerrado. No es de ninguna manera así, del mismo modo que tampoco es la causa del movimiento material del brazo el proceso de voluntad que acontece cuando conscientemente lo levanto para lanzar el golpe. Aunque constantemente hablamos y pensamos en tales términos, sigue siendo pese a todo un abuso punible; anclado profundamente en el dualismo metafísico de la categoría de causalidad el querer descomponer con su ayuda la unidad psicofísica del cuerpo viviente y animado. La regresión causal lleva siempre de etapas psicofísicas de nuevo a etapas psicofísicas. Pero entre el afecto y la expresión, entre la voluntad y el movimiento no corre un hilo causal sino que existe una estrecha relación, según la cual ellos son contenido y fenómeno, signo y sentido de la misma configuración y sólo estando juntos forman enteramente este cuadro. Este es el esquema según él cual provisionalmente (y todavía en forma suficientemente indeterminada) hemos de concebir y comprender la relación de significación: el sentido - vivifica, anima, da espíritu al signo; éste es lo que de aquél aparece en el mundo material, es su fenómeno..

Si hemos de querer adentrarnos más en este curso ontológico del pensamiento (y a mí parece que es él único camino con perspectivas de éxito para lograr un esclarecimiento de los problemas del espíritu objetivo), entonces todo dependerá de que logremos adquirir una imagen de la variedad cualitativa de lo interior, de los complejos de sentido. Dicho en forma del todo general, será poco lo que hay que averiguar: se trata-de preguntar cuánta variedad de contenidos pueden vivir en un signo; después resultarán de ahí las formas de la significación. La ocupación de definir siempre se facilita mediante la división y -la vertebración en forma decisiva: eso lo sabe el arte de - hacer conceptos desde el Sócrates platónico. Dividiendo -primeramente los contenidos de sentido expresables en signos, en dos grandes grupos, llegaremos a una separación que yo considero como decisivo punto de partida para una teoría del espíritu objetivo.

Dos clases de contenidos de sentido. La primera objetivación. Uno cierra los puños y descompone el rostro: se encuentra en estado de ira. ¿Por qué? Eso queda sin decidir. Las circunstancias pueden posibilitar un juicio claro sobre aquello, pero en "el gesto mismo no está designado el objeto, sino el estado de ánimo. Quizá, en medio de la ira da golpes sobre la mesa, y sin embargo no está iracundo por causa de la mesa, sino por su mujer. Pero el movimiento anímico se expresa con todos los signos esenciales de su peculiaridad en forma corporal: el que comprende, cuando su conocimiento del hombre es suficiente, reconoce con plena seguridad no sólo que eso es ira, sino si la ira es momentánea o permanente, profunda o superficial, seria o no tan grave; y en un caso ideal puede penetrar el estado de alma del iracundo hasta el fondo.

Otro que alarga el dedo índice me indica el lugar del libro que estoy buscando. ¿Cuál es el simple sentido de este signo? Evidentemente esta frase: "ahí está el libro". Este signo no dice lo más mínimo sobre la situación anímica del que lo hace. No. dice sise alegra de haberme indicado la huella o el camino justos; si se alegra, entonces lo hace con signos diferentes, completamente nuevos, se expresa con una sonrisa bondadosa o de manera semejante. No dice siquiera: yo sé que el libro está ahí. Y también este matiz, cuando se da visiblemente, encuentra su expresión (por así decir) en una especial alegría de los ojos, en todo caso en signos que pueden estar unidos accidentalmente con el gesto originario de la indicación. Su sentido simple es, como se ha dicho, la frase "allí está el libro" y nada más. Naturalmente que no en la fórmula del lenguaje indicada, no como frase, y tomado en rigor ni siquiera como juicio. El sentido de aquel gesto es no tanto un juicio explícito sino la situación "que allí está el libro"; algo objetivo pues que constituye también el contenido del juicio. Juicio y gesto tienen esta situación como objeto común de su intención. Los dos nada expresan o manifiestan sobre la situación anímica del que los produce, se refieren a algo primordialmente no-psíquico: a la situación espacial del libro. No son experiencias de la vida, sino situaciones espaciales lo que se da a entender allí. Exactamente en el mismo sentido me dice la flecha del indicador: este es el camino a la cumbre nevada. Y justamente en el mismo sentido (para adelantarnos ya considerablemente) me dice la pintura Las cien guldas de Rembrandt: los miserables, los ofendidos, los desamparados que se arrastran en todas las puntas y límites del mundo no están en modo alguno arrojados y carecen de futuro, sino para el ojo que sabe se encuentra en su miseria una infinita riqueza de madurez y sentido; absolutamente sin valor y esperanza es solamente la canalla oficial de los asegurados y suficientes que no pueden amar; y como una mágica iluminación interior, no fuerza racional entre las fuerzas del mundo, sino testimonio del divino sentido de la tierra, irradia el amor en la oscuridad de los creyentes y opera milagros allí donde cae. Naturalmente que este "signo", cuya complejidad está más allá de toda medida, dice muchísimo más. ¿Puede formularse íntegramente con palabras el sentido que contiene? Yo lo dudo. Tampoco dice, cuanto dice, en una sucesión de frases, sino. en cierto modo mediante una única palabra mágica en la que están ligadas en plena unidad todas las significaciones parciales; no lo dice en la forma de juicios generales ni con la voluntad de emitir tales juicios, sino en una cierta forma intermedia que está por encima de la diferenciación lógica entre general y particular y en la que la descripción de algo individual y el esclarecimiento de algo regular se compenetran en una nueva configuración que lógicamente es una configuración del todo peculiar. Pero aun que aquí pueda encontrarse una multitud de problemas, algo se mantiene de todas formas en pie: el análisis del contenido de sentido de este signo no conduce a las experiencias psíquicas vitales de su creador; sino a situaciones puramente objetivas; no a algo subjetivamente anímico, sino a algo objetivamente espiritual. Pero vuelvo una vez más a los más sencillos ejemplos con cuya ayuda se obtuvo primeramente esta diferencia: a los gestos del puño cerrado y del dedo indicador.

El principio de la diferenciación (ya se ha insinuado mediante la terminología utilizada) yace en la estructura fenomenológica de la conciencia. En medio del incesante cambio de los procesos anímicos algo queda constantemente: la relación de correlato del Yo y el mundo objetual. El mundo objetual, el mundo de todos, que existía antes que yo y que existirá después de mí, se encuentra frente a mi Yo como delimitación, como punto de orientación, como contraparte. Mi percibir, mi representar, mi pensar se dirigen a él, mi tender y querer intervienen en él, mis sentimientos (por vagos que sean) están referidos a él. No es un objetivismo que pueda considerarse enemigo de la psicología o que pueda llamarse perjudicial a ella el querer mostrar fenomenológicamente esta estructura polar del mundo anímico. De esta manera empero no se cosifica los objetos en forma inadecuada ni se los ahuyenta de la realidad psíquica, sino sólo se formula su situación peculiar y experimentable vitalmente en esta realidad, se formula pues .su carácter periférico (en tanto que el yo que se encuentra frente a ellos constituye en cierto modo el centro del mundo anímico). Es evidente que sigue siendo tarea de la psicología el estudio de este aspecto objetivo de la conciencia según sus elementos, según sus formas constitutivas y sus leyes de desarrollo. Así, por ejemplo, se puede demostrar que en los primeros grados del desarrollo anímico el aspecto objetivo es relativamente difuso, informe y pobre en consistencia, que con el desarrollo progresivo crece su vertebración y afirmación objetivas. Todos estos resultados se mantienen indudablemente en el marco de la estructura de lo anímico en general, de su carácter polar; que no se puede suprimir.

Con Dilthey designamos el contexto de las funciones psíquicas, en las que se nos presenta este mundo objetual en forma objetiva, como aprehender objetual. Percepciones, recuerdos, representaciones, actos del comparar y relacionar, juicios, conclusiones y sus combinaciones: todo esto constituye el aprehender obietual. Lo característico en este aprehender es que en él sólo están presentes los objetos y las relaciones de objetos no las experiencias vitales de las funciones psíquicas de los actos de percepción, de las operaciones del pensamiento, etcétera. "Yivi1nos completamente en los objetos". No se necesita subrayar expresamente por .cierto que el carácter de objeto no sólo corresponde a las llamadas cosas "reales", sino a todo a lo que puede tender el aprehender objetual. También un sistema de objetos imaginados, también los números y sus relaciones, también aquellas leyes de los (conceptos y las conclusiones que aprehendemos cuando hacemos lógica tienen este carácter. Todos ellos son un mundo objetivo, son "objetos", es decir, "están frente a".

Este hecho fundamental fenomenológico constituye pues la base de nuestra diferenciación entre dos clases de signos, y el punto de partida de la teoría del espíritu objetivo. El sentido comprensible del puño cerrado es, por así decir, la ira. Esto es: una determinada forma total de la conciencia, una plena realidad psíquica, una vital capacidad del alma para ser afectada, operar y actuar en medio de su mundo circundante, eso es lo interior, del cual es exterior el puño cerrado (naturalmente no sólo él, sino junto con los demás síntomas expresivos de la ira). Pero el sentido comprensible del gesto indicador fue para nosotros una situación objetual entre ciertas partes del mundo objetual; esto no es en forma alguna una plena vida anímica, sino una relación puramente dentro de su periferia, es decir, dentro del aspecto objetivo del mundo anímico. Entre estas dos especies de gestos se da como su diferencia de principio un giro objetivo, un proceso de objetivación. Nos encontramos ante el hecho de que el mundo objetual que encontramos previamente en los actos del aprehender objetual como un contexto cerrado en sí mismo, puede convertirse en el escenario de relaciones inmanentes entre sentidos y signos. Las partes singulares y los contextos parciales de este mundo objetual pueden convertirse en contenidos de sentido de signos. Pero la posibilidad para ello yace en la estructura polar de la realidad anímica misma. En virtud de esta estructura polar se presenta enfrentado a nosotros el mundo objetual como estructura con pleno sustento y plena suficiencia en sí mismo. En cierto modo queda como abandonado en la corriente anímica de la vida, se suelta, se zafa de ella. Y ahora no van en zigzag las líneas del comportamiento emocional, del tender y del querer y sufrir entre el Yo y sus objetos o contra objetos, sino que además corren uniones puramente periféricas, sin tocar al Yo, de un objeto al otro. Formulado a partir del Yo: de ahí resulta la posibilidad de un comportamiento puramente teórico, de una pura visión de cosas contrapuestas y de combinaciones de cosas. Que entonces una cosa, se pueda convertir en signo de otra es un caso especial de las relaciones puramente objetivas en general. Este giro objetivo, pues, este acto del hallazgo y del puro reconocimiento del objeto, esta actitud intuitivo-teórica es, así podemos decir ahora, el presupuesto fenomenológico de todos aquellos signos que no expresan un movimiento plenamente anímico, sino que designan una situación de hecho objetiva. Esta actitud es propiamente el nacimiento del espíritu objetivo. Es, además, el acontecimiento más íntimo en el acto de convertirse psicológicamente en un hombre.

Puesto que los gestos indicadores son los más sencillos ejemplos del hecho que ha de investigarse, hemos hablado hasta ahora sólo de ellos. En lugar de este concepto estrecho ha de ponerse ahora uno más amplio. El gesto indicador es sólo un caso especial, y por cierto el más elemental, de aquellos gestos cuyo sentido es objetual. Desde la época de la fisiognómica de la Antigüedad se ha reconocido la diferencia esencial de estos gestos (de los "pantomímicos") frente al grupo de los movimientos de expresión (de los gestos "mímicos") y, sin remontarse jamás a la más profunda diferenciación fenomenológica de estructura, se ha aplicado como principio de división de la fisiognómica. De ahora en adelante distinguimos, pues, entre los movimientos de expresión, cuyo sentido es una excitación de toda el alma, y los gestos "expositivos" y afirmamos: entre estas dos clases se encuentra como el principio de su contraposición aquel "giro teórico", aquel hecho de la objetivación.

La peculiaridad de los movimientos de expresión consiste en que como partes dependientes de un proceso psicofísico de vida que son están plenamente integrados en su totalidad. El profundamente arraigado dualismo cuerpo-alma de nuestro pensamiento tiene la culpa de que podamos pensar sólo con gran dificultad y en forma adecuada esta integración. Una vez que el alma pura ha sido convertida en entidad metafísica, falsificamos en el fondo y en forma constante la auténtica relación entre alma y movimiento de expresión. Ahí está un sujeto, y se expresa. Pero naturalmente, tal es la opinión, este sujeto y sus experiencias vitales no se perjudicarían en su íntimo ser de ningún modo ni se modificarían si no tuviera lugar la expresión. Pero con ello lo que es una unidad viviente se destroza en forma dualista y cuesta trabajo pensar que las lágrimas son idénticas con el dolor, los ojos brillantes coinciden con la alegría vivida abiertamente: serán una cosa más, que se agrega. En todas las palabras con las que hablamos sobre los fenómenos de expresión, tanto en las del uso ingenuo de la lengua como en las de la ciencia vive este dualismo y se requiere un esfuerzo consciente para pensar anteriormente a ese dualismo. Pero es necesario hacerlo. La realidad psicofísica de la vida (también en el término "psicofísico" se esconde naturalmente ese dualismo) es psicofísica en cada una de sus piezas parciales. Si separamos de ella una parte corporal y una parte anímica, entonces esa separación corresponde al pensamiento abstracto que no conduce a seres concretos.

Contraponemos ahora los gestos expositivos a los movimientos de expresión. En su estructura se da ciertamente un divorcio dualista, y éste constituye justamente el presupuesto de su realización. N o es por cierto el dualismo ya citado de cuerpo y alma, sino una escisión anímica inmanente: la escisión del mundo de los objetos en el sentido de nuestro giro objetivo. No es el caso por ejemplo de que los movimientos de expresión se den inconscientemente, y que los gestos expositivos en cambio de alguna manera con conciencia: esto no es, pues, lo que provoca la diferencia (esto habrán de mostrarlo los ejemplos), sino que allí falta el comportamiento intuitivo frente al mundo objetivo de los objetos, en tanto que aquí es condición, es el punto central. En los movimientos de expresión actúa el organismo vivo de forma durable en el espacio de su mundo circundante. A esto no se agrega el hecho de que este espacio y sus objetos en cuanto contexto independiente adquieran firmeza en sí. Pero un gesto expositivo no es posible, no puede ni ser: ejecutado ni comprendido, si el espacio intuitivo, las formas encerradas en él y las relaciones entre ellas no se encuentran frente a frente con la dignidad de una objetualidad independiente, y no se reconoce esta dignidad por la actitud teórica. En este contexto intuitivo-objetual se integra el gesto expositivo mismo como una imagen. El gesto indicador del dedo índice extendido (para comenzar otra vez con este simplísimo caso) no recibe su sentido por el hecho de que allí se manifieste un proceso anímico en un movimiento. El género del movimiento, su rapidez, su forma, etc. me permiten Conocer, cuando las observo, algo sobre la tranquilidad y la excitación del que me hace la indicación, y en esa medida tiene el gesto además de su significación indicadora, en segunda línea, un valor de expresión. Pero en cuanto gesto expositivo recibe su sentido solamente por el hecho de qué en el espacio de visión se provoca la imagen de una dirección cuyo punto o finalidad es el objeto buscado. Si alguien, pues, quiere ejecutar o entender estos gestos, entonces debe estar en capacidad dé trazar la correspondiente línea de prolongación en el espacio (naturalmente en el viviente espacio intuitivo, no en un espacio puro o en un espacio pensado abstractamente), o sea en general, aprehender intuitivamente direcciones y dicho más generalmente aún: saber encontrar relaciones inmanentes dentro de la esfera objetual. En este sentido, el caso simplísimo de un gesto expositivo, la "indicación, presupone ya como cumplido el giro objetivo.

Agrego a estos un segundo ejemplo: un gesto simbólico (en la terminología de Wundt). Yo cuento a otro con entusiasmo una obra que ha de ejecutarse y quiero convencerlo de que ayude en la ejecución de la obra. Mientras hablo y según la entrega con que lo hago y el entusiasmo por el objeto y según mi talento de hacer signos hago surgir de manera más o menos vaga o clara en el aire la imagen de una construcción que ha de simbolizar

la obra. Alguna forma de cimiento abajo, luego configuraciones que se amontonan, luego una cúpula que se en curva y finalmente una cumbre que sobresale. Estos movimientos significativos pueden acontecer completamente sin clara conciencia, y en el calor de la conversación no me doy cuenta de lo que dibujo, ni siquiera de que dibujo. Pero no es eso lo que hace de estos gestos movimientos de expresión. Exactamente del mismo modo que el sonido, el ritmo y las demás cualidades de mis cuerdas vocales y de mi voz, así. también tienen por cierto los gestos un valor de expresión, pues dicen algo sobre mi situación anímica. Pero exactamente también como el sentido mentado de mi discurso hablado no son mis tensiones o mis excitaciones o cualesquiera otros decursos de sentimiento, sino ciertas situaciones objetuales (hablo de necesidades, de obstáculos, de fines, de medios y de otros contextos materiales), así también tienen mis gestos, haciendo caso omiso de su valor de expresión, el sentido objetivo de exponer una construcción en el espacio. Ya no pues como antes meramente una dirección, sino una imagen es lo que se produce con ellos. A esta construcción, sea sólo una construcción imaginada y no real, la integro en el contexto del mundo objetual. Yo me lo represento ante mí., lo desligo de mí. Se ve con, toda claridad que el giro objetivo es el presupuesto inmanente de este esfuerzo gráfico.

 Nota sobre el planteamiento genético: Los sencillos casos analizados hasta ahora constituyen, así lo creo, el verdadero punto inicial de arranque de una teoría del espíritu objetivo. Para designar su importancia de principio se utilizó anteriormente la expresión: es como "esta es la hora del devenir hombre psicológicamente, o aquí acontece el nacimiento del espíritu objetivo en el aprehender objetual". Tales expresiones suenan genéticas y obligan por eso por lo menos en forma de insinuación a desplegar, tras el análisis fenomenológico de estos casos, los problemas de su evolución. La peculiar dirección de planteamiento de nuestra investigación no es expresamente de psicología evolutiva, sino de filosofía de la cultura. En ella debe preguntarse cuáles son los elementos y las condiciones para el hecho del espíritu objetivo. Pero no puede preguntarse si sólo entre los hombres y no también quizá en el mundo animal, si en todos los grados de la evolución de la humanidad o a partir de qué grado se realizan estos elementos y estas condiciones, o si emergen súbitamente o se puede explicar teóricamente su génesis continua desde formas tempranas de la vida anímica, en las que aún no se han realizado aquéllos. La psicología evolutiva general, la psicología animal, la psicología infantil y la del hombre primitivo: todas ellas tienen que utilizar la pregunta genética, y además lo, hacen. Hay en el animal fuera de los movimientos de expresión gestos de la especie indicativa o expositiva, ¿entiende el animal tales gestos? No parece así. El animal tiene una cantidad dé movimientos de expresión, pero no ha desarrollado las formas fundamentales de los gestos expositivos ni siquiera en sus más simples inicios y tampoco parece en capacidad de entenderlos. El perro salta tras la mano indicadora, la lame, pero no se le ocurre buscar en la línea de prolongación del dedo índice si no ha sido entrenado para ello. Más aún es preciso preguntar: ¿hay contextos evoltitivos demostrables que conducen desde los movimientos de expresión hacia los gestos expositivos, existe entre los dos grupos de fenómenos una continuidad genética, es, como lo formula Wundt, "el lenguaje de los gestos un producto natural evolutivo de los movimientos de expresión"? ¿Y qué acontece con aquellos signos mediante los cuales se entienden entre sí socialmente los animales? ¿Son movimientos de expresión con efecto social, son signos con sentido objetivo o se cumple justamente en ellos el tránsito continuo de los unos a los otros? Ha de investigarse el papel decisivo de la imitación en este proceso de desarrollo y hay que preguntar de nuevo si bajo las condiciones del comercio social no puede desarrollarse del mero "movimiento conjunto", del instintivo "cohacer" sin ningún propósito de comunicación, mediante la paulatina disolución del contenido de representación del movimiento un gesto de respuesta de carácter expositivo. A este fin se dirigirá siempre la voluntad del conocimiento del planteamiento genético: a percibir continuidades, a deducir heterogeneidades de heterogeneidades, a perseguir los comienzos de la nueva forma lo más profundamente posible en el interior de la vieja. Frente a ello nuestro esfuerzo significa el intento de deslindar el hecho del espíritu objetivo en la forma más clara posible frente a todo lo que no es aún espíritu objetivo, pero no es naturalmente una solución contraria de la misma pregunta, sino la proposición de una nueva pregunta. Esta nota no tiene como finalidad el rechazo del planteamiento teórico evolutivo, ni tampoco el integrar a éste' en el nuestro, sino más bien señalar este planteamiento y separarlo de nuestra consideración por el momento.

La segunda objetivación. Continuamos ahora pues en la construcción teórica del espíritu objetivo. Hasta ahora, el así llamado gesto expositivo nos ha servido como el caso más sencillo de un signo, cuyo sentido es una situación objetual. El presupuesto fenomenológico de un signo tal es que el mundo objetual se ha separado de la totalidad de la experiencia de la vida y que se ha condensado hasta llegar a ser un contexto que está vertebrado en sí y en el cual hay relaciones puramente objetuales. Sobre la base de este primer proceso de objetivación acontece en el signo mismo un segundo proceso: este es el que hay que considerar a continuación. El movimiento de extensión del dedo índice lo mismo que el gesto que imita pueden darse de diversas maneras, y se da de hecho en diversas situaciones y entre diversos hombres de diversa manera. El modo como se da es lo que tiene valor de expresión. Por él puedo darme cuenta de cuál es el estado de ánimo del que> hace el signo y cuál es el tipo anímico al que él pertenece. Pero como ya se dijo: el sentido objetivo del gesto no se ve afectado por aquellas variaciones de la ejecución y tampoco se verá afectado por las posibilidades de ser evaluado caracterológica y fisiognómicamente. Cualquiera que sea el modo en que se ejecutó el gesto, siempre significa lo mismo, o sea, allí está el libro. Cuando se ve el gesto concluido, ahí, en cierta forma como si fuera una imagen de dirección puesta en el espacio, entonces, todas las preguntas por la forma en que se produjo ese gesto se encuentran ya respondidas, pues el gesto tiene su sentido independientemente de ellas, y si además lo interpreto psicológicamente, aparece entonces como una cuestión secundaria. Se impone aquí una analogía (que es más que una analogía). También una obra de arte tiene su sentido independientemente de su proceso de nacimiento y este sentido será entendido independientemente de todo el saber en torno a este proceso. Indiferentemente de si el pintor pintó primero este rojo y luego este azul o al revés, o si entre los dos actos del pintar yacen segundos o años. Sólo lo que está ahí tiene validez; pero lo que está ahí es suficiente en sí mismo. Exactamente en el mismo sentido, el signo se libera de su proceso de gestación en el gesto expositivo en virtud de una segunda objetivación, se cristaliza, se hace "objetivo": portador objetivo de un sentido objetivo. En el gesto indicativo se condensa el movimiento dirigido en una "dirección", en el gesto imitativo se condensa el movimiento del signo en una "forma" - análogamente a como en la obra de arte el proceso artístico de creación se condensa en una conformación. Y es del todo claro que tan sólo mediante este segundo paso de objetivación se cumple la inclusión de los gestos en el mundo de objetos que anteriormente hemos reconocido como presupuesto de los signos con sentido objetivo. Tan sólo ahora designa el gesto algo objetivo dentro del mundo de los objetos y en forma objetiva.

La tercera objetivación. En este punto se añade inmediatamente un tercer paso de objetivación que concluye nuestra construcción del espíritu objetivo (más bien la construcción de sus formas más elementales). El gesto expositivo puede dejar huellas permanentes en la estructura del mundo objetual, sean éstas de mayor o menor permanencia, y es una simple consecuencia de la constelación material si esto no llega a suceder. Si dibujo en el aire, no queda nada de ello, si dibujo en la arena, sólo Quedan figuras hasta que el viento las borre. Y en todo ello es posible que mi dibujo en la arena, exactamente lo mismo que mi dibujo en el aire, sean sólo una simple suma de gestos expositivos y un fenómeno puramente concomitante del habla excitada: si algo queda, entonces es sólo la consecuencia de la mayor consistencia y de la visibilidad del material. Ya él gesto mismo se había convertido en imagen en virtud del segundo paso, sólo que se había desligado y convertido en imagen momentánea. Pero ahora sus huellas materiales tienen duración y representación más allá del momento. Se ha afirmado el gesto fugaz, se ha materializado, en un tercer sentido se ha objetivizado. En vez de la imagen que actúa gesticularmente se encuentra ahora una imagen material adecuada. La independización de un signo, que ha llegado a ser lo que es, de su proceso de génesis es aquí completa. Es absolutamente innecesario el querer descifrar psicológicamente las acciones singulares que la produjeron, las experiencias vitales de las que emergieron las acciones, para comprender el sentido objetivo del signo. Las líneas llevan su sentido objetivo -ser algo cuadrado, algo redondo, algo simétrico, algo empinado- en sí mismas y este sentido es perfectamente comprensible. Y aun sería posible que una muy complicada combinación casual de vientos hubiera hecho surgir sin la intervención de un ser viviente exactamente las mismas figuras en la arena (tan completa es la independencia con respecto al proceso genético) - sólo que esta interpretación negativo psicológica es infinitamente improbable. Pero sería del todo posible que una situación anímica completamente diferente de la que se ha supuesto hasta ahora hubiera hecho surgir estos signos: el dibujante no quería hacer gestos arbitrarios de carácter imitativo, sino dibujar en la arena algo cuidado, algo redondo, algo empinado. Ese es solamente un proceso genético matizado diferentemente. El psicólogo sabe que los dos casos no están contrapuestos, sino que se puede pasar de uno a otro en una graduación continua.

El ejemplo utilizado ahora es un caso intermedio especialmente favorable, conduce en cierta forma imperceptiblemente desde el segundo hasta el tercer grado de la objetivación. Elgesto expositivo actúa en virtud de su peculiaridad como un movimiento del signo sobre el mundo exterior. Produce una pálida imagen de sí mismo en la arena. Se objetiviza por sí mismo. Se comprende que el tercer paso de la objetivación no se ha producido ya por el hecho de que los gestos o cualesquiera otras manifestaciones vitales hayan producido ya algunas modificaciones del mundo circundante como efectos mecánicos concomitantes. Cuando el hablante excitado arroja un vaso, entonces esta modificación material del mundo circundante permite concluir sobre su excitación, pero esta modificación no es espíritu objetivo. La tercera objetivación en cambio se cumple en el caso y sólo por el hecho de que el signo con sentido ya no se vive pantomímicamente, sino que se fabrica mediante la transformación del mundo circundante material. El guía que se adelanta puede manifestar a la multitud que lo sigue mediante gestos cuál es el camino que debe seguir. Si ha perdido de vista a los que le siguen y no quiere esperar, entonces pinta por ejemplo una flecha en el camino, marca los árboles o eleva o construye un indicador. Y con ello no hace más que fabricar el signo con la imagen de la dirección mediante la transformación del mundo exterior en vez de hacerlo con el cuerpo. El tercer paso de la objetivación consiste pues en la independización del signo del propio cuerpo. Dicho en forma más general y más justa: el paso tercero de la objetivación consiste en que el signo, el portador externo del sentido, es extraído del flujo de la acción que lo ejecuta para convertirlo en algo permanente. Puesto que este tercer paso está entre ellos, el gesto no es por lo tanto espíritu objetivo, en tanto que sí lo es el indicador. Agrego como ejemplos aun un par de significados para los cuales en un grado muy temprano de la evolución de la humanidad se han formado signos objetivados: "Aquí es el límite de la tribu", "Aquí yace un muerto", "Esto pertenece al cacique", "Los frutos de este campo son tabú". Los signos de estos significados son espíritu objetivo en los tres aspectos requeridos. En primer lugar, su significación es objetiva; como sentido propio no tienen una experiencia vital anímica, sino una situación objetual. En segundo término: tal como están ahí llevan en sí su sentido, se han separado de su proceso de génesis; yo comprendo su sentido sin tener que saber algo sobre su creador y su situación de alma, sin saber algo sobre los actos de fabricación o sin tener que interpretados psicológicamente. En tercer lugar: no son acciones significativas, sino configuraciones materiales, se han independizado corporalmente del ser viviente que los ha producido; perduran más allá de la duración del acto que los ha producido.

Con ello se ha obtenido a partir de los casos más sencillos posibles un primer esquema de los hechos del espíritu objetivo. Resumido una vez más reza de la siguiente forma: existe una vida psicofísica. Sobre la base del grado de evolución alcanzado su estructura anímica es de tal género, que es posible el aprehender objetual, esto es, se ha cumplido la objetivación del aspecto objetual de la conciencia (en el primer sentido), y existe la actitud teórica potencialmente. En el decurso del proceso de la vida se hacen manifestaciones ("signos", según nuestro concepto general) ; no aquéllos del grupo de los movimientos de expresión, sino aquellos que tienen como su sentido una situación a partir de la esfera objetual. Es peculiar de tales signos el que su significado objetual se objetiviza (en el segundo sentido), es decir, que sueltos e independientemente de su proceso de génesis e independientemente también de su interpretabilidad psicológica llevan en sí esta significación objetual. Los signos en cuestión no actúan, en tercer lugar, en forma de acciones parciales provisionales, integradas en el decurso actual de la vida, sino que se fijan mediante la modificación del mundo circundante; el complejo constitutivo del signo es una construcción material. Pero en esta construcción material vive ahora, puesto que es un miembro final de un proceso espiritual, un contenido con sentido. En su forma lleva una significación espiritual como feudo. Es un bastón con un nudo de caña pero opera sobre aquel que lo comprende, como un hombre con fuerzas mágicas peligrosas. Habla, amenaza, llama: tabú.



- Leer El concepto de filosofía de la cultura -


Texto perteneciente al libro Teoría del espíritu objetivo, de Hans Freyer, publicado por Editorial Sur.



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