|
El legado paterno
Igual que el maquillador de La muerte
como efecto secundario, buena parte de la obra de Ana
María Shua “trabaja sobre la carne” (La
muerte como efecto secundario, 129). El cuerpo es un protagonista
importantísimo en su narrativa; la cuestión
es cuál es su función, qué preguntas
sostiene, qué efectos de sentido genera. Y para comenzar
partiremos de un cuento fundacional, Los días
de pesca, que da título al primer libro que
escribió la autora (y que sólo pudo publicar
luego de haber ganado el concurso Losada por la novela Soy
paciente, en 1980), porque los cuerpos que allí
están en juego articulan significaciones que reaparecen
en el resto de su obra.
"Cuando yo era chica, en verano, iba
siempre a pescar con mi papá” (163, 173). Así
comienza y termina un relato donde el amoroso vínculo
entre la niña y su padre tiene lugar en la pesca,
esa actividad compleja, artesanal, tradicional espacio de
secretos masculinos. "Yo me sentía muy orgullosa
de los conocimientos que iba adquiriendo” (164), recuerda
la mujer que narra Los días de pesca. Es
que el padre no sólo permite el ingreso de su hijita
a ese territorio sino que lo alienta, lo legitima, enseñando,
dando explicaciones y autorizando un saber no “femenino,”
en el cual la niña, sin embargo, podrá reconocerse
(1).
Ahora bien, la actividad supone un ejercicio
de poder inmenso del fuerte sobre los débiles: el
padre blande su fálica caña (“el único
que manejaba la caña [era mi papá] [. . .]
Yo tenía una cañita pero nunca la llevaba”
(163), diseñada para atrapar y dañar seres
más pequeños, y elige a cuál devuelve
al agua, a cuál mata, a cuál abre para observar
sus entrañas. Los cuerpitos pescados y su interioridad
también son los protagonistas de un relato donde
coexisten, como en buena parte de la obra de Shua, muerte,
sadismo, ternura, aprendizaje, horror y una cruda fascinación
por las vísceras del organismo. Los animalitos se
abren y se examinan, se despanzurran y se averiguan sus
secretos, ante la mirada de poder del padre y la hija. Se
inaugura así una línea que continuará
en Shua: los cuerpos, sus tripas, su dolor, constituyen
un espectáculo cuya atrocidad permite, sin embargo,
obtener conocimiento:
" Lo que más me gustaba era
la parte de operar a los pescados. Papá los abría
en canal con el cuchillo que guardaba en la caja verde
[. . .] Les sacaba las tripas. Les abríamos los
intestinos para ver qué habían comido. Mientras
lo estábamos haciendo yo me imaginaba que iban
a aparecer allí toda clase de maravillas, como
anillos mágicos o pedacitos de vidrio. Sin embargo,
nunca me decepcionaba porque papá, examinando
el picadillo, me daba una larga explicación
sobre lo que habían comido los pescados. Además
a veces encontrábamos caracoles o cangrejitos.
Una vez pescamos una corvina negra con las huevas hinchadas
de huevitos." (169, el énfasis es mío)
No hay, en lo más hondo
de la materialidad, un anillo mágico de donde sale
un efrit (como el que halla un pescador en Las mil y una
noches), pero lo que hay tampoco decepciona: palabras,
saber, la posibilidad de entender el misterio de la vida,
de simbolizar el abismo del cuerpo, de lo real. ¿Abismo
del cuerpo? ¿Qué sino el cuerpo femenino es,
culturalmente, el abismo por excelencia? La voz narradora
es la de una mujer que se recuerda niña, cuerpo cuya
interioridad genital no tiene significantes en una cultura
patriarcal incapaz de concebir la diferencia (2). Pero en
Los días de pesca, el abismo es explicado por
papá. Hasta el misterio de la maternidad puede ser
examinado desde las entrañas; el poder y el saber de
la mirada que el padre descubre para la niña son inmensos.
No obstante, esto no se inscribe en el relato (ni en el resto
de la obra de Shua), como interés científico,
como una mirada de bióloga, por ejemplo. No es el logos
“masculino” el que triunfa, la lógica y
la ciencia no son los instrumentos que se privilegian para
transitar el camino en el que el padre inicia a su niña.
Las descripciones corporales abundarán en los textos,
siempre con componentes profundamente estéticos: lo
fantástico, lo irracional, la justicia poética
donde la vida imita el arte, la libertad imaginativa del surrealismo
o del absurdo, la perversión y el erotismo signarán
los cuerpos que narra Shua. Sin embargo, tanta potencia, tanto
poder del padre sobre los cuerpecitos de otros encuentra su
límite: él pesca peces; algo más poderoso
lo pesca a él. El yo-mujer narra su estupor de yo-niña
en el doloroso choque con la impotencia de alguien tan fuerte
y admirado. “Y sin embargo, mi papá se murió.
¿No es increíble?” (164-165, 167), repite
el cuento una y otra vez, pugnando por convencerse, por explicarse
el sinsentido. Tal como sus víctimas, el padre también
sintió los dolorosos tirones del anzuelo que lo atrapaba:
“El primer tirón lo sintió en el espinazo,
a la altura de la cintura” (165); “Los tirones
los empezó a sentir después en la pierna derecha”
(167). Y así, alternando la historia de una niña
y su padre que atrapaban peces, se relata la historia de Otro
más poderoso que atrapa, dolorosa, definitivamente,
al padre. ¿Cuál es ese Otro? La fatalidad, el
destino, la Fuerza Mayor, aunque también la institución
médica, que con su autoridad indiscutible logra llevar
a quien padece una hernia de disco hasta la embolia pulmonar,
y se perfila así como el victimario concreto, una suerte
de agente material del dolor y la muerte que amenazan a los
humanos. Se inaugura acá también otra línea
importante en la narrativa de Shúa: la medicina y su
rol (tremendo) sobre los cuerpos.
“Cuando yo era chica, en verano, iba
siempre a pescar con mi papá. Y sin embargo, mi papá
se murió. ¿No es increíble? Lo pescaron”(173).
Esta terrible “justicia poética” del “pescador
pescado” puede perseguirse en otros relatos de la autora:
las víctimas del dolor, la decadencia física
o la muerte siempre hacen algo que permite leer su terrible
pena como un castigo; punición excesivamente cruel,
no justificable, pero producida también por acción
u omisión de la víctima. El pasivo silencio
del paciente que se deja mutilar en otro relato de Los
días de pesca, “Una profesión como
cualquier otra” responde, por un lado, a esa técnica
de relato humorístico donde la voz desopilante de la
bruta y sádica dentista es la única que habla,
pero también a la intención de subrayar el sometimiento
de quien se ofrece, mudo, al abuso del poder médico.
Este hombre mutilado es el antecedente del protagonista de
Soy paciente, novela donde el juego se lleva al paroxismo
y un personaje, la Pochi, dice: “a nadie le hacen lo
que no se deja hacer” (76). Pronunciada en un cierto
contexto, la frase es de una negra potencia humorística;
leída en un sentido más amplio y a la luz de
la narración de los cuerpos en la obra de Shua, se
transforma en una ley tremenda, una condena contra la pasiva
complicidad de las víctimas.
También el hijo atrapado en la fascinante
red de su padre, en La muerte como efecto secundario,
se “deja hacer” hasta ser reducido literalmente
a la esclavitud. En Viajando se conoce gente esta
ley funciona en muchos cuentos: la turista rica del relato
homónimo paga su superficialidad de snob turista sexual
con la muerte (y con la risa que su muerte provoca en el lector),
la esforzada mamá de “Como una buena madre”
paga con lesiones graves su sometimiento a los discursos patriarcales,
y otra madre abnegada, la anciana de “El sentido de
la vida”, sufrirá consecuencias sangrientas por
su entrega total. Esto para no hablar de los casos donde el
castigo físico está claramente construido como
un gozoso disfrute justiciero, por ejemplo en “Las mujeres
son un asco.”
Pero aunque feroz, la justicia poética
contra el padre de Los días de pesca tiene
una tragicidad que la diferencia. Podría llamarse una
tragicidad fundante, constitutiva, que va a impregnar todos
los cuerpos que se seguirán escribiendo: en ese amado
cuerpo de pescador pescado se cruzan la potencia y la impotencia,
el saber, el poder y el dolor de saber, sus consecuencias
atroces, el amor, el deseo, la ternura y la muerte. Ninguno
de estos elementos aparecerá ya completamente separado
de todos los demás, es como si ése fuera el
gran aprendizaje que el yo narrador realizó durante
sus días de pesca.
La foto médica
Una cita del comienzo de La muerte como
efecto secundario, cuarta novela de Ana María
Shua, condensa sentidos constantes en su obra. Se trata de
la descripción de una foto médica (radiografía,
resonancia magnética u otra técnica más
avanzada, dado que la novela transcurre en un futuro próximo)
donde confluyen el cuerpo, la imagen, el espectáculo,
el sexo femenino y la monstruosidad, en una malla compleja
y muy rica en connotaciones:
"Era una foto obscena, de intención
claramente pornográfica: ninguna insinuación,
ningún intento de expresión artística,
la máxima crudeza. Había sido tomada mediante
una pequeña cámara al extremo de un tubo
largo y flexible, en una rectoscopía. Mostraba
una mucosa rosada y húmeda que parecía el
interior deforme, impensable, de un sexo de mujer. El
tumor era negro, con los bordes deshilachados. No había
transición, no había un oscurecimiento progresivo
que llevara a ese abrupto cambio de color. Al contrario,
un reborde violentamente rojo, como el que podría
haber hecho un chico con un marcador para separar claramente
la figura del fondo, delineaba sus límites—se
hacía necesario recordar que esa enérgica
frontera no servía para detener su avance—
y era el único elemento en la fotografía
que hacía pensar en el dolor.
Prendí el televisor para sumergirme
en un mundo brillante que transformara la imagen fija
en mi retina en un baile de luces y sombras. Ésa
es la teoría: un clavo saca otro clavo, una imagen
se borra con otra imagen, una mujer se olvida con otra
mujer."
Esa es la teoría, y
resulta, porque esa imagen inicial que abre la novela se transforma
“en un baile de luces y sombras” que se proyectan
sobre la totalidad del libro. Como los peces abiertos en Los
días de pesca, los cuerpos violados, penetrados
por la tecnología, el espectáculo, el negocio
médico, la violencia y el dolor, los cuerpos que intentan
cubrir con maquillajes, disfraces y simulacros la obscenidad,
el pornográfico espectáculo de su decadencia,
protagonizan La muerte como efecto secundario. Su
exhibición espectacular retoma la de otros cuerpos
en otras obras de Shua.
Podemos leer dos niveles diferentes de exhibición
de los cuerpos: a) el nivel de la escritura y b) el nivel
de los hechos representados, donde el espectáculo se
produce desde ejes diferentes que sin embargo se entrecruzan
todo el tiempo. Arriesgamos, en principio, tres ejes: el del
deseo y el placer, el de la mercancía y el del sometimiento.
La ilusión de la pornografía
El nivel de la escritura es donde
se evidencia la obsesión por mostrar los cuerpos, describirlos
detalladamente, acompañarlos en su devenir, violando
tabúes mucho más fuertes que el de la genitalidad:
se describen vísceras enfermas, cadáveres, se
teoriza minuciosamente sobre el modo en que la vejez avanza
en un rostro (por ejemplo, en el capítulo final de
El libro de los recuerdos). Se trata, en suma, de
registrar para entender lo incomprensible. Esta pulsión
por comprender, por poner palabras donde la cultura sólo
tiene silencio, obliga a exponer la carne humana y el misterio
de sus comportamientos, con la imposible ilusión de
lograr una cruda pornografía privada de cualquier mediación:
cuerpos sin ropa ni apariencia, vueltos pura materia, desnudados,
abiertos a un lector-observador, por obra de una escritura
que descubre, que otorga plenas intenciones a ese “tejido
vivo, un material capaz de tomar sus propias decisiones”
(La muerte como efecto secundario 73).
Plenas intenciones: la materia que se observa
y se “fotografía” minuciosamente tendría,
en realidad, decisiones propias: la frontera del tumor es,
por ejemplo, “enérgica,” una voluntad la
dibujó (algo como un niño con marcador rojo).
Las entrañas se mueven por impulsos y propósitos,
incluso tienen conductas punitivas, moralizantes:
"miren dice el médico obstetra
obstétrico, cuchillero, tétrico, el tipo,
el doctor, vengan todos, miren todos, todos miran la cáscara
de la nuez vienen todos yo panza arriba, cortada sangre
tirada, todo podrido por dentro, cómo se nota que
abortadora madre, cogedora, todos miran, enfermeras ayudantes,
otros, de todo el sanatorio vienen a ver, aborto, ab orto."
(Los amores de Laurita, 179)
La exhibición espectacular
de lo corporal en el nivel de la escritura, planteada como
un intento siempre insuficiente de tratar de comprender, se
relaciona con dos lugares comunes de la subjetividad femenina:
con el extrañamiento de las mujeres frente a su propios
genitales (ese “impensable sexo de mujer” al que
ya aludimos y que han teorizado primero el psicoanálisis
y luego el feminismo de la diferencia), por un lado; y, por
el otro, con la prohibición milenaria que la sociedad
patriarcal les impone al negarles el derecho a utilizar autónomamente
sus cuerpos y decidir sobre ellos. Pero en la literatura de
Shua, donde observar y comprender los cuerpos ha sido legitimado
y autorizado por el padre, la exhibición adquiere sentidos
que trascienden (pero no eliminan) el género y apuntan
a la condición humana en su conjunto, al hiato feroz
que la humanidad ha erigido entre palabra y cosa, entre logos
y realia, entre signo y materialidad o, mejor dicho (porque
el signo tiene tanto peso y materialidad como las cosas),
entre materialidad semiótica y materialidad no semiótica.
La filosofía y la semiótica
feminista han explicado de un modo difícil de rebatir
cómo la cultura patriarcal sufre el horror de este
hiato entre “espíritu” y “materia,”
“razón” y “naturaleza,” “palabra”
y “cuerpo,” e intenta tranquilizarse trasladando
al cuerpo femenino el horror y también la fascinación
de la pura realia, salvaje, caótica, siniestra y sin
nombre posible, mientras otorga al varón la aliviante
y superior posibilidad del signo y el logos (3). Reservorios
imaginarios de negatividad y “naturaleza desatada”,
las mujeres quedan del lado del cuerpo, aunque inmersas en
una cultura que las construye pero, sin embargo, no es capaz
de nombrarlas. El trabajo literario de Shua no se hace cargo
de este rol, pero tampoco elude un lugar que su pertenencia
al género femenino le permite percibir con especial
sensibilidad: valiéndose del signo y del logos con
una legitimidad y precisión que no se espera de una
escritura “femenina,” Shua encara el abismo siniestro
que supone lo real y lo explora.
El resultado de esa exploración es
tal vez similar al que señala Lacan, reinterpretando
el sueño de Freud de “la inyección de
Irma”:
"... lo que Freud ve al fondo [al
inclinarse, en su sueño, sobre la boca abierta
de Irma y revisarle la garganta], esos cornetes recubiertos
por una membrana blancuzca, es un espectáculo horroroso.
Esta boca muestra todas las significaciones de equivalencia,
todas las condensaciones que ustedes puedan imaginar.
Todo se mezcla y asocia en esa imagen, desde la boca hasta
el órgano sexual femenino, pasando por la nariz
[. . .] Es un descubrimiento horrible: la carne que jamás
se ve, el fondo de las cosas, el revés de la cara,
del rostro, los secretos por excelencia, la carne de la
que todo sale, en lo más profundo del misterio,
la carne sufriente, informe, cuya forma por sí
misma provoca angustia. Visión de angustia, identificación
de angustia, última revelación del eres
esto: Eres esto, que es lo más lejano
de ti, lo más informe. A esta revelación
[. . .] llega Freud en la cumbre de su necesidad de ver,
de saber [. . .] normalmente, un sueño que desemboca
en algo así debe provocar el despertar. ¿Por
qué no despierta Freud? Porque tiene agallas".
(235-236) (4)
Estas “agallas”
que Lacan, citando a Erikson, utiliza para explicar por qué
Freud sigue soñando tienen que ver con el querer mirar,
querer saber, esa pulsión que lleva a preferir la angustia
a la ignorancia. Desde ella se observa en Shua el interior
del cuerpo humano; sin embargo, hay diferencias importantes,
si no con el sueño mismo (que en el relato de Freud
y en las asociaciones que él mismo hace para explicárselo,
no parece tan tremendo como Lacan necesita que parezca), sí
con el señalamiento lacaniano, en la medida en que
el psicoanalista francés (y la filosofía no
materialista, en general) encuentra en ese asomarse al abismo
de la carne el efecto de lo siniestro, porque atisbar aunque
sea lo que Lacan llama el registro de lo Real sólo
puede ser espeluznante. Leído por él, Freud
no despierta de su sueño, pero tampoco puebla de palabras
un abismo que sólo produce horror. En la obra de Shua,
en cambio, el cuerpo y su interioridad pueden poblarse de
lógicas; su materia (atroz, intolerable, dolorosa),
es posible de nombrarse, de simbolizarse, de constituir relato,
incluso desde el misterio de sus decisiones o de su creación.
Es una materia que no se renuncia a comprender, aunque todo
pugne por demostrarla incomprensible, porque esa condición
doble de la autora, al estar—como ser simbólico—exiliada
de ella, pero encarnar—como mujer—la experiencia
innombrable de “ser esto” (como dice Lacan), permite
a la escritura otros movimientos.
Vamos ahora al nivel de los hechos representados,
donde, como dijimos, identificamos, en principio, tres ejes:
el del deseo y el placer, el de la mercancía y el del
sometimiento.
Autónoma, absurda, inabarcable
El eje del deseo y el placer, por
ejemplo, rige los espectáculos montados en el prostíbulo
surrealista de Casa de geishas; o las fantasías
circenses de Laura embarazada, quien se imagina como una domadora
que abandona su látigo fálico para tenderse
relajada en la jaula de los leones, mientras ellos lamen dulcemente
el azúcar que desparramó en su vulva; o la puesta
en escena de una cópula caótica, extrema y total
entre los vlotis de tres sexos, a la que Marga y su compañero
extraterrestre asisten en el planeta de Mieres (“Viajando
se conoce gente”), o la preparación para “dormir
cómoda” de esa mujer que, en el Texto 223 de
La sueñera, desmembra todo su cuerpo por la
habitación hasta dejar entre las sábanas sólo
su sexo, “que nunca duerme” (90).
Se trata de un deseo excesivo, un placer
desbordante, múltiplemente determinado y de múltiples,
absurdas, innumerables consecuencias, encuentros donde la
vida y la muerte, la violencia y el amor, la ternura y la
guerra, la unidad y la disolución se ponen en juego
y entonces el sexo es, de acuerdo con la línea que
venimos desarrollando, un modo privilegiado de conocimiento.
Protagonista casi constante del eje del
placer es el cuerpo femenino, múltiple y contradictorio,
imprevisible en sus fantasías, que se alejan bastante
de las que los varones imaginan en las mujeres. Extremadamente
originales, por lo menos para la literatura de la cual en
general estuvieron ausentes, las fantasías sexuales
femeninas incluyen predominantemente el espectáculo
(continuando la línea de la mirada que aparece ya en
“Los días de pesca”) y se despliegan, a
lo largo de la obra de Shua, con notable libertad. El cuerpo
de mujer, incomprensible y extraño (pero no solamente
siniestro o terrorífico, como querría Lacan,
sino más bien divertido y juguetón), juega con
su propio extrañamiento, por ejemplo, en “Gimnasia”
(Casa de geishas 54); los insectos, esas formas de
vida repudiadas y perseguidas, se vuelven protagonistas sabios
del más refinado erotismo en “Caricia perfecta”,
(Casa de geishas 13) y la intensa excitación
de Laurita embarazada, concentrada en masajear sus pezones
por orden del médico, se describe así: “Una
miríada de animales pequeños, de muchas patas,
han iniciado ya su migración: trepan desde sus pechos
hacia abajo, caminan apresuradamente en busca de su sexo.”
(Los amores de Laurita 181-82).
Lo plural, lo no localizado y direccionado
al mismo tiempo, genera sus propias imágenes, busca
un lenguaje diferente. Por eso a la hora de escribir el placer,
lo zoológico, lo absurdo y lo irracional confluyen
y ayudan a liberar el deseo de la usual obsesión femenina:
parecer lo que a los hombres les gusta. Tal vez por eso las
escenas eróticas de Shua, cuando están narradas
desde la perspectiva de una mujer, tienen una autonomía
subversiva. Contradiciendo todas las definiciones culturales
del patriarcado sobre la sexualidad femenina, hablan de un
deseo en sí, capaz de la autosatisfacción, no
de un deseo alienado en el objeto que ocasionalmente lo satisface.
Remiten más a la descripción de las sensaciones
internas femeninas que a los atractivos carnales del partenaire.
No hay casi mirada de mujer sobre el cuerpo masculino, hay
sobretodo mirada de mujer sobre el suyo, voluntaria, gozosamente
abierto (a diferencia de los peces) a la serena observación
ajena o propia, a sus sensaciones con el cuerpo masculino
o con lo que le dé placer. Encuentro con el otro, sí,
pero desde la empecinada observación de la propia interioridad.
El relato sexual cambia bastante cuando está contado
desde el hombre, por ejemplo, en “Bichi Bicharraco”,
de Viajando se conoce gente, donde la otra, sus pechos,
su aspecto, sus piernas, su técnica, su carne -eso
que el varón ha obtenido y mide su potencia-, son el
objeto privilegiado del discurso.
Cuerpo fetiche
El eje de la mercancía:
las relaciones económicas de producción del
capitalismo inhumano y alienante atraviesan los cuerpos que
se vuelven mercancías, fetiches ofrecidos al consumo
para una sociedad feroz. En esta línea pueden leerse
los textos donde el cuerpo (ya gozante, ya sufriente y lacerado)
es ofrecido por comerciantes o medios de comunicación,
empresas o instituciones, como espectáculo de consumo
o de seducción para compradores.
En “Tomarle el gusto” (Casa
de geishas 162-63), una cámara televisiva registra
ávida las mutilaciones que el tren produce sobre la
gente que es arrojada a las vías; en la sociedad que
anticipa La muerte como efecto secundario hay un
canal de suicidas que transmite las 24 horas, los hospitales
tienen camarógrafos que surgen de cualquier escondite
para tomar “imágenes-verdad” de una agonía.
Pero si el espectáculo del cuerpo,
en tanto fascinante organismo entregado al misterio del placer
o del dolor, puede adquirir valor de cambio y transformarse
en mercancía, es porque -siguiendo la más rigurosa
teoría marxista- tiene un valor de uso sobre el cual
se edifica la demanda del mercado. Es que el cuerpo es un
espectáculo si cada ser humano lo siente, como Lacan,
“lo más lejano de él mismo, lo más
informe”; si la humanidad permanece sumergida en un
orden simbólico en el que la metáfora y la abstracción
son consideradas la única posibilidad de producir sentidos;
si la propia materialidad es relegada como territorio de locura
y horror (5). En este contexto, los cuerpos, sus entrañas,
sus enfermedades, sus conmociones, aterran y fascinan a la
vez. Esa misma pulsión que lleva a la escritura de
Shua, en un primer nivel, a describir y registrar para tratar
de entender y simbolizar, produce en el mundo capitalista
sociedades de consumidores desenfrenados y morbosos que no
se cansan nunca de mirar cuerpos en crisis y para los cuales
una maquinaria comercial fabrica incluso simulacros, engaños
diversos. Así, la viajera intergaláctica de
“Viajando se conoce gente” está harta de
que la estafen con espectáculos sexuales supuestamente
extraordinarios y el narrador de La muerte como efecto
secundario descubre que la introvideoscopía a
la cual someten a su padre ante ávidos espectadores,
en el hospital, no es más que un simulacro con fines
burdamente económicos, “una grabación
que se estaba repitiendo una y otra vez y que seguramente
volvía a empezar cada vez que se prendía el
aparato” (56).
En la misma novela, la tendencia llega a
una hiperbolización extrema: las Madres de Plaza de
Mayo ya han muerto, entonces un conjunto de extras realiza
el simulacro de su tradicional ronda de los jueves, para consumo
turístico. Ya no es el espectáculo de cuerpos
torturados y mutilados, ahora son aquellos cuerpos maternales
y ancianos que tuvieron el coraje de denunciar la tortura
y la mutilación de sus seres queridos, los que han
sido sometidos a la lógica de la mercancía.
Fetichizados ellos también, nombran lo que nunca hubieran
querido nombrar: la fatalidad de volverse un espectáculo
más del sistema, de poder ser consumidos como un souvenir.
Antes, era la dolorosa marca de la ausencia de cuerpos que
el poder aniquiló; ahora, esa misma capacidad deíctica
los transforma en mercancía para consumidores morbosos.
Tragarse el anzuelo
El eje del poder. Desde el relato
fundacional “Los días de pesca,” los cuerpos
en Shua ejercen o sufren el poder. Pero aunque los efectos
físicos de ese poder tienen un espacio importante en
las tramas (por ejemplo, en Soy paciente, donde la
institución médica usa el cuerpo como territorio
posible de la violencia, la humillación y hasta la
mutilación), los personajes más poderosos y
sádicos que ha construido (el abuelo Rimetka de
El libro de los recuerdos, el padre de La muerte
como efecto secundario) no se manejan especialmente con
la fuerza de sus músculos. Tienen, no obstante, corpachones
inmensos, potentes, pantagruélicos, rabelaisianos,
con inagotable capacidad para comer, copular, gozar, aguantar
el dolor; son gigantes que, a diferencia de los de Rabelais,
ponen todo su deseo en someter y torturar a los otros. Convencen
a los demás de ser inmortales o incluso lo son, como
el padre de La muerte como efecto secundario,
que se recupera contra cualquier pronóstico médico
y parece no ser capaz de morir hasta el último instante
de la novela, la cual no casualmente elige callar antes que
narrar su muerte.
Pero el poder que ejercen estos cuerpos
es infinitamente sutil y su terreno de acción es lo
afectivo: avezados psicópatas, manejan el deseo de
quienes los rodean con un anzuelo sutil, más que con
una caña amenazante. Por eso, para analizar a estos
personajes no alcanza la obviedad psicoanalítica de
que expresan la fantasía del cuerpo completo del padre
de la horda, el de la ley dictatorial. La posesión
del falo es más bien un atributo que sirve en su construcción,
como sirven el cetro o la corona en el vestuario de un rey:
nombran el poder, no definen su esencia. No es la caña
la clave, no es la necesidad de imaginar completo al Otro,
es la lucidez de saber que lo que atrapa y domina es el anzuelo
sanguinario y exacto, un anzuelo nada fálico, nada
completo sino en falta, hambriento y ansioso, pequeñito,
subrepticio y traidor, que sabe por qué lugar se engancha
a cada una de sus víctimas y tira con la justeza precisa
para convertir sus vidas en una larga agonía. Una vez
más, en las relaciones de poder de Shua no hay indefensos
en falta enfrentados a poderosos completos, hay víctimas
pasivas que tragan los anzuelos y una capacidad notable de
trabajar simultáneamente en dos territorios: el del
humillador y el del humillado, el del victimario y el de la
víctima, con la misma tensión que construyó
“Los días de pesca” y que late en este
breve, exacto texto de La sueñera:
“Con un placer que es también
horror que es también placer saco muchas veces
la lanza del cuerpo de mi enemigo, vivo, y muchas veces
la vuelvo a introducir, haciendo girar la hoja afilada
dentro de la carne, como un hombre yo, la dueña
de la lanza, ensangrentada yo, retorciéndome de
dolor sobre ese cuerpo que es también el mío,
yo” (Texto 159, 67).
En el punto donde aparece
la pasiva aceptación del sometido ante su sometedor,
aparece el humor negro, (verdadera especialidad de la autora),
cumpliendo con la antigua función punitiva que ya señalara
Bergson para la risa: castigo social, juicio compartido contra
los que no actúan como deben (6). Ya hemos señalado
una función justiciera para el dolor físico,
la extendemos ahora al humor. Es imposible leer Soy paciente,
“Como una buena madre” o incluso una obra tan
poco cómica como La muerte como efecto secundario,
sin reírse de lo ridículo, lo excesivo de la
posición que adopta la víctima frente al poder,
incluso si ella también inspira en la lectura temor
y compasión, como la más trágica y clásica
de las criaturas literarias.
Pero el poder no solamente somete por el
dolor. El placer también puede ser una forma de sometimiento:
trabajando con los aspectos más oscuros del deseo,
el capítulo de Los amores de Laurita titulado
“La despedida” reflexiona sobre el amor y el poder
en la lucha de los géneros: un hombre que deja y una
mujer que es dejada se despiden con una relación sexual
tan verdadera, intensa y amorosa como sadomasoquista y humillante
(151-161). Este texto—tierno y celebratorio, a su extraña
manera— integra el eje del placer que hemos
analizado más arriba, pero también el terrible
eje del poder del que nos estamos ocupando. Se borran
y erotizan las fronteras entre la celebración y la
denuncia de la violencia ancestral de los varones sobre los
cuerpos femeninos y, con su conmoción contradictoria,
el cuerpo de mujer desde el cual se narra accede a un saber
nuevo: el amor y el poder; ahora lo comprende, se entrelazan
con una ambigüedad demasiado compleja. ¿Quién
tiene el poder en “La despedida”? ¿El hombre
que se va y la deja? ¿O Laurita, que es todo el tiempo
la que sabe, la que lo maneja, lo cela para excitarlo,
lo enoja para tenerlo y se hace dar infinito placer, aunque
el este incluya un poco de sangre en la boca? ¿El hombre
que la hace arrodillar y exhibirse en cuatro patas o Laurita,
que puede narrar, inventar, improvisar como una juglaresa
textos eróticos ficcionales que sabe que van a excitarlo
y que el otro toma por confesiones arrancadas a golpes? ¿Él
o Laurita, que puede reservarse la información exacta
y, por fin, ganarle siempre al scrabel, triunfar sobre el
varón con el cerebro, en ese universo del logos y del
símbolo que la cultura pretende vedar a las que son
como ella? Subrayemos qué poco “políticamente
correctas” son estas preguntas y Los amores de Laurita
en general, y saludemos la libertad creativa de una escritora
más preocupada por plantear interrogantes sobre la
relación entre varones y mujeres que por dar respuestas
certeras, políticas o ideológicas.
Dentro del eje del poder, otra
línea, particularmente inquietante, puede rastrearse
en la obra de Shua: la que investiga las relaciones entre
el cuerpo materno y el cuerpito del hijo o la hija al que
la madre da vida. Desde aquel pescado con las huevas llenas
de huevitos que la niña examina con fascinación
en “Los días de pesca,” se recorre un camino
en el que ya se es madre, pero el extrañamiento permanece:
como señala Adriana Fernández, la ciencia ficción
y lo fantástico sirven a Shua para “moverse en
la otredad, sobre todo en la ciencia ficción, que le
permite imaginar a los más diferentes,” realizar
una “exploración híperextrañada
de los cuerpos de los otros” que suele darse en contactos
sexuales con seres extraplanetarios pero también, en
la misma línea de investigación erótica
y en el mismo verosímil de la ciencia ficción,
en la percepción femenina del hijo como alteridad amenazante,
y así nace “Octavio, el invasor” de Viajando
se conoce gente(7).
De todos modos, esta percepción no
siempre tiene la tierna, humorística expresión
de “Octavio, el invasor”. Es la obsesión
de muchos textos en los que los hijos son como un alien:
peligrosos, atroces, se aman terriblemente y fascinan, y son,
por eso, capaces de matar y devorar a las madres que los adoran.
En esta versión del poder de un cuerpo sobre otro no
hay fuerza rutilante como la del abuelo Rimetka. Al contrario,
es el más pequeño, el angelical querubín,
el más débil, el capaz del más atroz
sadismo. Poderosos e imparables, estos niños pueden
dañar o ejercer sus poderes malignos: las larvas que
trae en su interior Marga, la turista sexual de Viajando
se conoce gente, la devoran desde adentro; el
“bebé voraz” de Casa de geishas
no es más que un vampiro que reemplazó la arteria
yugular por el pezón; la niña de “Fiestita
con animación” en Viajando se conoce gente
realiza, ante la estúpida sonrisa de sus padres, su
mejor truco de magia, hace desaparecer definitivamente a la
hermanita. Como siempre que está en juego el cuerpo
en su sufrimiento, agotamiento o mutilación, el humor
negro aparece para castigar las miradas ingenuas, simplificadoras
y archiestereotipadas del amor maternal y para subrayar el
misterio de un cuerpo que crea y expulsa a otro cuerpecito,
desvalido en tanto depende durante mucho tiempo del Gran Otro,
para sobrevivir, todopoderoso en tanto se apropia de esa carne
para siempre, con el arma más efectiva e invencible:
el amor absoluto, apasionado, incondicional que despierta
en quien le ha dado vida.
El humor cuestiona la “verdad”
obligatoria, la idealización patriarcal: la maternidad
no tiene por qué hacer a la mujer dichosa, la maternidad
es una experiencia demasiado inabarcable, potente y definitiva
como para ser atrapada por los discursos idealizantes que
crearon y legitimaron los hombres.
Espacios del exceso: el circo
Para finalizar estas reflexiones, habría
que preguntarse por qué el circo es una fuente recurrente
de imágenes corporales en la obra de Shua. Aparece
como lugar para el absurdo y la fiesta, para las fantasías
en el goce (por ejemplo, en la inolvidable masturbación
en el bidet, al final de Los amores de Laurita 181-196).
En Casa de geishas se identifica muchas veces con
el burdel, es un lugar delirante donde las categorías
se deshacen, toda clasificación se vuelve absurda (por
ejemplo en “Los números artísticos”
, 26), se producen todos los “imposibles encuentros”
de los que habla el surrealismo. Allí están
los cuerpos que no pueden preverse: la cucaracha puede ser
sensual, la mujer tener el cerebro de una computadora.
Se diría que el circo, un arte que
tiene a los cuerpos como los grandes protagonistas, permite
jugar con un mundo donde la lógica se trastoca porque
esos cuerpos, precisamente, están allí en función
de su rareza, su carácter extraordinario o inclusive
su monstruosidad, y por eso se muestran. “El arte circense
de hoy es el arte de la destreza corporal exhibida para los
espectadores, el espectáculo más antiguo del
mundo, que puede rastrearse desde tiempos remotos en los rituales
de los cinco continentes”, define Beatriz Seibel en
su Historia del circo. Refiriéndose a su surgimiento
en Occidente, en la Grecia antigua, agrega: “Los cómicos
trashumantes también existen desde las más lejanas
épocas; son los artistas que no acceden al teatro oficial.
[. . .] Las mujeres, que no pueden actuar en el teatro clásico
griego, en cambio son volatineras, danzarinas, equilibristas,
malabaristas, flautistas, mimas, cómicas ambulantes”.
El circo nace entonces como un glorioso rejunte de excluidos.
Enanos, deformes, mujeres barbudas y forzudas, seres de apariencia
armónica pero de posibilidades nunca vistas en otros
humanos, dotados para caminar por donde ningún otro
camina, para no quemarse vivos en medio de la hoguera o no
caer allí donde cualquiera cae. Todo lo no-normal coexiste
en el circo, bello o monstruoso, y tal vez allí esté
la clave del miedo o incluso la tristeza que suele causar
en muchos niños. No es casual, entonces, que en la
Edad Media los adiestradores de animales feroces o los que
exhiben animales exóticos en las ferias de la plaza
pública se integren al circo. Lo zoológico tiene
espacio en él de un modo similar al que tiene en las
fantasías de Shua: como expresión de la conciencia
de ser diferente, de no pertenecer a esa especie humana que
se define como “el hombre” y se dibuja en cualquier
manual, diccionario o libro de anatomía como un cuerpo
de varón de piel blanca. Al compartir su vida trashumante
con los animales, al dormir dignamente en carromatos junto
a ellos, los artistas del circo parecen expresar su carácter
de integrantes “monstruosos”, especiales de nuestra
especie. Exiliados en el circo pero atravesados, sin embargo,
por la misma cultura que los exilia, estos diferentes pueden
muy bien oscilar entre el amor por el circo y el horror por
lo que, en definitiva, es una suerte de prisión elegida.
No es sólo un idílico espacio romántico
de resistencia, rebeldía y libertad, como aparece a
veces representado en tantas obras de arte, también
contiene la infinita crueldad de no ofrecer, fuera de él,
lugar adonde acudir. Por eso Shua puede jugar en Casa
de geishas con la etimología y corregir a Dante;
eran “circos”, no “círculos”
(8):“y si la tradición menciona círculos
es quizás por error de algún copista: en ocho
circos (un solo director con su tridente) seremos castigados”
(“Copista equivocado” 182).
¿Hay mejor lugar que el Infierno
para ambientar una fantasía sexual? El absurdo y el
juego circense tiñen la loca fantasía de Laurita,
con su excitación sexual de embarazada, tan explicable
en un sentido (avalado por saberes sobre el funcionamiento
hormonal, teorías psicoanalíticas, la fisiología
de los genitales turgentes) y sin embargo tan negado por una
cultura que hace todo lo posible por olvidar que el único
modo de ser madre es tener actividad sexual. El deseo de Laurita
tampoco tiene lugar “oficial” en el mundo en el
que vive, su culpa, su intento de resistirlo, su miedo a que
tanta excitación dañe al bebé, su constante
estupor al registrar que no puede manejarla, insisten en subrayar
que lo que le ocurre es por lo menos extraño, por qué
no monstruoso, y desde allí la fantasía se apropia
del espacio del circo, ese lugar donde las mujeres monstruosas
pueden vivir dignamente de ser monstruos, donde el control
del propio cuerpo, lo que más se prohibe afuera a una
mujer, es aplaudido y hasta admirado por los mismos que lo
condenan cuando sale del “círculo”. El
circo, como el sueño en La sueñera,
es el espacio del cuerpo absurdo y del cuerpo libre, con todo
lo lúdico, lo festivo y lo terrorífico que eso
implica (más volcado el circo hacia la fiesta, más
el sueño hacia lo siniestro).
Al observar el circo, los grandes asisten
serios, pero las niñas se excitan:
“nenitas con las piernas estiradas
duritas apretadas, no te toques hijita la colita de adelante
te podés enfermar, no me toco más mamita
acabo sin tocarme entre las piernas aprieto fuerte la
conchita, se pajean aplauden, en primera fila muy serios
papá mamá la abuelita” (Los amores
de Laurita, 194).
La que va a ser madre convoca,
en sus fantasías, a la niña que ella fue y promete
llevar al hijo o la hija que tenga al circo, como la llevaron
a ella pero probablemente de un modo diferente: cómplice,
no “serio.” No en vano Los amores de Laurita
elige un final utópico en el que se lega a la generación
que sigue la posibilidad de acceder a la infinita sabiduría
que enseña el cuerpo. Agotada luego de su orgasmo,
Laurita duerme profundamente la siesta y la novela finaliza:
“Pero en su vientre, enorme, dilatado,
alguien ha vuelto a despertar. Es un feto de sexo femenino,
bien formado, con un manojo de pelo oscuro en la cabeza,
que pesa ya más de tres kilos y se chupa furiosamente
su propio dedo pulgar, con ávido deleite”
(196).
Un nuevo cuerpo femenino llega
a este mundo; maternal, la escritura le otorga el don que
ella misma posee: la avidez por el placer, que para ella es
siempre avidez por el conocimiento. Los amores de Laurita
dibujan la utopía de un legado textual-filial, de madre
a hija. Si en Los días de pesca, un cuento
atravesado por la muerte, el padre permite que el logos penetre
y dé sentidos al cuerpo condenado a no tenerlo, en
Los amores de Laurita, una novela atravesada por la vida,
la madre entrega los juegos, los excesos. Como todo artista
de circo, transmite a su descendencia; como todo artista de
circo, entrega la tradición de su arte.
NOTAS
(*) Ana María Shua nació en
Buenos Aires en 1951. Su primer libro, El sol y yo,
fue publicado cuando tenía dieciséis años.
Por este libro de poemas obtuvo el primer premio del Fondo
Nacional de las Artes y la Faja de Honor de la SADE. Desde
entonces ha publicado treinta libros. Ha trabajado en publicidad,
periodismo y como guionista de películas y teatro.
Estudió en la Universidad de Buenos Aires, donde recibió
su Maestría en Artes y Literatura. En 1976, con el
advenimiento de la dictadura militar, su familia se vio dividida
por el exilio: su hermana y dos primos se vieron forzados
a dejar el país, y Ana María decidió
radicarse por algún tiempo en Francia con su esposo.
En París trabajó para una revista española
publicada por Cambio16. De vuelta en la Argentina,
su primera novela, Soy Paciente, recibió el
Primer premio del concurso internacional de narrativa de Editorial
Losada. Un año más tarde publica Los días
de pesca (historias cortas), y en 1984 la novela Los
Amores de Laurita. Sus dos primeras novelas fueron llevadas
al cine, en lo que marcó el comienzo de su trabajo
como guionista de cine. Las mismas novelas fueron además
traducidas al italiano y al alemán. La sueñera
(cuentos brevísimos), Minotauro, 1984. En 1988
escribió una nueva colección de historias cortas:
Viajando se conoce gente), y comenzó su carrera
en la literatura infantil con los libros La batalla entre
los elefantes y los cocodrilos y Expedición
al Amazonas, a los que seguirían otros como La
fábrica del Terror (1990) y La puerta para
salir del mundo (1992). Sus libros infantiles han sido
reconocidos y premiados en Argentina, Estados Unidos, Venezuela
y Alemania. En 1992 publicó un nuevo libro de historias
brevísimas: Casa de Geishas. Entre 1993 y
1995 publicó varios libros relacionados a la cultura
y a las tradiciones judías: Risas y emociones de
la cocina judía, Cuentos judíos con
fantasmas y demonios y El pueblo de los tontos.
En 1993 recibió la beca Guggenheim para trabajar en
su novela El libro de los recuerdos, Editorial
Sudamericana (1994). La muerte como efecto secundario,
publicado por Editorial Sudamericana (1997). El mismo año
recibe el Premio Nacional de Literatura de Argentina. En 1998
pubica Historia de un cuento (cuento juvenil) Buenos
Aires, Sudamericana; Como agua del manantial: Antología
de la copla popular, (antología de coplas populares),
La fábrica del terror II. (cuento infantil),
Sudamericana, Premio Cuadro de Honor Municipalidad de Tucumán;
Las cosas que odio y otras exageraciones (poesía
infantil), Alfaguara, y Cabras, mujeres y mulas: Antología
del odio/miedo a la mujer en la literatura popular. (antología
de literatura popular). Antología de amor apasionado,
lo edita junto con Alicia Steimberg (antología) Alfaguara,
1999, Cuentos con magia (cuento infantil; adaptación
de cuentos populares) Ameghino, 1999, El valiente y la
bella: Cuentos de amor y aventura (cuento infantil; adaptaciones
de cuentos populares), Alfaguara, 1999. Botánica
del caos, Sudamericana, 2000. Ha ganado el primer premio
de la editorial Emecé 2002 por su novela Amigas
Mías.(*) Ensayo extraído de El río
de los sueños: aproximaciones críticas a la
obra de Ana María Shua, Rhonda Dahl Buchanan (Ed.),
Washington, OEA, 2001
(1) En este sentido, “Los días
de pesca” permite leer una característica particular
de la obra de Shua que hemos señalado en otra parte:
su sólido manejo de las tradiciones y técnicas
de la literatura occidental es el de una mujer que se instala
con legitimidad y serenidad en la cultura masculina, alguien
que puede “disfrazarse” de varón y ser
eficiente en ese rol, sin olvidar que es mujer, tal como la
“Teóloga” de Casa de geishas (190). En
“Los días de pesca” esta capacidad diseñaría
su propia leyenda de origen: un padre otorga a su niña
el permiso para manejar con orgullosa precisión saberes
no femeninos. Ver: Elsa Drucaroff, “Pasos nuevos
en espacios diferentes,” La narración gana la
partida. Historia Crítica de la literatura argentina,
eds. Noé Jitrik y Elsa Drucaroff, vol. 11 (Buenos Aires:
Emecé, 2000) 461-491.
(2) Ver: Luce Irigaray, Speculum de la otra mujer,
trad. Baralides Alberdi Alonso (Madrid: Saltés, 1978).
(3)Ver: Luce Irigaray, Speculum de la otra mujer
y también: Luisa Muraro, Maglia o uncineto. Racconto
linguistico politico sulla inimicizia tra metafora e metonimia
(Roma: Manifesto Libri, 1998).
(4) Ver también “El método de la interpretación
onírica. Ejemplo del análisis de un sueño”,
el segundo capítulo de: Sigmund Freud, “La interpretación
de los sueños,” Obras completas, trad. Luis López-Ballesteros,
vol. 2 (Madrid: Biblioteca Nueva, 1970) 406-421.
(5) Ver: Maglia o uncineto, de Luisa Muraro. Retomando
a Roman Jakobson, y sometiendo el orden simbólico del
patriarcado y teorías filosóficas y psicoanalíticas
imperantes a una crítica radical, Muraro propone una
cultura donde el trabajo semiótico de la metonimia
rehaga los lazos entre los cuerpos o las cosas y los signos.
(6) Ver: Henri Bergson, La risa (Buenos Aires: Tor,
1942).
(7) Adriana Fernández, “Ana María
Shua: ciencia ficción y alteridad” (trabajo
en preparación).
(8) En 1770, el inglés Philip Astley diseñó
en Inglaterra la pista circular rodeada por tribunas de madera
que terminó de definir el circo tal como llegó
hasta nuestros días, justificando además el
nombre que lo hizo famoso: circus. Ver: Beatriz Seibel, Historia
del circo (Buenos Aires: Ediciones del Sol, 1993).
|