Jaime Jaramillo Escobar, conocido durante la época
del Nadaísmo como X-504, es quizás el poeta
colombiano vivo mas notable de estos menguados tiempos para
la poesía. Nacido en Pueblorico, en 1932, pasó
su niñez y juventud en diversos pueblos de las montañas
de Antioquia, donde coincidió en la escuela con Gonzalo
Arango, el mítico fundador del Nadaísmo, movimiento
que debe hoy su existencia a la perdurable obra de este
hombre tímido y culto, que alejado de todos los ruidos
del mundo, vive en Medellín, pobremente, de ofrecer
talleres de poesía hace ya casi veinte años.
Jaramillo Escobar es autor de un solo y aumentado libro
que todavía se titula "Los poemas de la ofensa".
Esta entrevista fue concedida en Medellín en casa
del poeta a mediados de 2003.
-Hay una fotografía en la
que aparece usted con Gonzalo Arango en el Liceo Juan de
Dios Uribe, de Andes, donde estudiaron bachillerato. ¿Fue
una mera coincidencia que luego ustedes dos fueran fundadores
del Nadaísmo?
-Las coincidencias no las aceptan los psicoanalistas.
Por tanto, no hay coincidencias. Entonces digamos que son
cosas que pasan. Fue una época en que los colegios
de bachillerato, así fuera en un pueblo, tenían
un sentido intelectual, era el bachillerato clásico,
y los estudiantes leíamos en una pequeña biblioteca
y ahí nos encontrábamos para comentar los
libros con gran seriedad, porque en ese tiempo un muchacho
de catorce años se consideraba un hombre. Gonzalo
Arango y yo, aunque estábamos en grupos diferentes
(él me llevaba un año de ventaja en el bachillerato
y en la vida), nos encontrábamos en los libros. Había
en su casa, en el solar de su casa, que tenían y
aún tienen en los pueblos las familias, un kiosco
que él mismo construyó para aislarse a leer
con algunos compañeros. Esa amistad se hizo por los
libros, por las lecturas. Y después duró toda
la vida. Porque los libros siempre son nuestros mejores
amigos y son los que arman, organizan nuestras mejores amistades.
Fue entonces así como nos encontramos.
Yo tenía un periódico de
colegio, que circulaba además en el pueblo, hecho
en mimeógrafo, y para el cuarto centenario de Cervantes
le pedí a Gonzalo Arango que escribiera algo para
el periódico. Su primer artículo, su primera
página escrita fue sobre el Quijote, publicada en
ese periodiquito del que hoy no queda memoria. Después
él vino a Medellín a terminar su bachillerato
en la Universidad de Antioquia, porque eso le facilitaba
el ingreso a la carrera de abogado, que era la más
común en ese tiempo para un país de litigantes,
y entonces nos separamos hasta que yo volví a Medellín
y lo encontré trabajando en la biblioteca general
de la Universidad y para la revista, de la cual era secretario
de redacción. El director de la biblioteca era el
doctor Abel Naranjo Villegas. Gonzalo escribía reseñas
y hacia prácticamente todo. Yo colaboraba con él
porque tenía tiempo disponible, le ayudaba a corregir
pruebas de la revista y él me retribuía dándome
acceso a la parte de la biblioteca que estaba vedada para
los estudiantes, porque ahí se encontraban los escritores
del Índice en compañía de Satanás.
-Usted nació en Pueblorico.
-Sí, yo soy de Pueblorrico, en el
suroeste antioqueño. Estuve allí hasta los
tres años solamente. De ahí la familia se
trasladó a Urrao, porque mis padres eran de allá.
De esos primeros tres años tengo unos pocos recuerdos,
entre ellos la violencia. Porque en esa época también
había una guerra que era de tipo político-religioso
y por eso mis padres tuvieron que cambiar de residencia.
En Urrao vivieron poco tiempo y después pasaron a
Altamira, corregimiento de Betulia. Mis recuerdos más
lejanos son de la violencia política y religiosa.
Que ha existido en Colombia siempre.
En Altamira hice tres años de escuela
primaria y el último en Betulia. El maestro que me
enseñó a leer y escribir, don Gabriel Caro
Urrego, vive acá en Medellín. Algunas veces
me veo con él, o hablamos por teléfono, Tiene
85 años, monta a caballo, baila, canta, toca instrumentos
de cuerda; está más joven que yo.
-Es entonces allí donde
usted comenzó a comprar suplementos literarios por
kilos.
-Sí, eso fue en Altamira, durante
la escuela primaria. No había carretera, y se necesitaban
dos días para venir a Medellín, una parte
del trayecto a caballo y otra en un ferrocarril que ya no
existe. Para envolver velas y jabón y otros abarrotes,
algunos tenderos llevaban de Medellín bultos de periódicos
y revistas viejos. Los miércoles llegaban los arrieros
con sus cargas, entre ellas los bultos de periódicos,
y yo estaba muy atento para ir a una tienda en especial
donde compraban grandes cantidades de papel periódico
y el dueño me permitía extraer los suplementos
y me los vendía por kilos. Entonces yo tenía
todos esos suplementos, que en ese tiempo eran muy buenos.
Conocí en parte la literatura y la poesía
brasileña por suplementos literarios de Bogotá.
Tenía para leer toda la semana. Ese fue mi inicio
en la poesía y en la literatura. Recortaba de esos
periódicos poemas y los pegaba en unos álbumes
de los cuales todavía conservo algunos que le voy
a mostrar.
-¿Cuáles otros poetas
leyó en ese tiempo?
-Además de los poetas que se publicaban
en los periódicos y revistas, estaba la célebre
colección de Simón Latino que después
usted ha reeditado con La Gran Colombia de Bogotá.
Esos cuadernillos fueron muy importantes en América
porque llegaban a todas partes, así fuera el pueblito
más lejano, a donde viajaban a caballo después
de varios días de camino. Además había
otros cuadernillos baratos, que se conseguían con
los cacharreros que iban de vez en cuando al pueblo. Junto
con los periódicos era lo principal que yo tenía
a mi disposición para leer y esa fue mi escuela de
poesía.
En realidad creo que nadie me enseñó
nada sobre la poesía. Yo nací aprendido, porque
desde el primer momento en que empecé a leer y escribir
tuve una comprensión total que hoy, después
de diecinueve años en talleres de poesía,
encuentro muy escasa en los compañeros de grupo.
Tenía esa intuición desde muy pequeño,
desde que tengo memoria, desde que aprendí a escribir.
Por eso le he dicho a mi maestro de escuela que él
fue quien me enseñó a escribir poesías.
-¿Usted leyó la Biblia?
-Leí la Biblia porque le pedí
al cura del pueblo, el padre Morales, Aureliano Morales,
que si me la podía prestar. En ese tiempo se consideraba
que los niños no la sabrían leer. Pero este
padre, a pesar de ser época de rigor extremo en cosas
de religión, tuvo la intuición de prestarme
su Biblia, un ejemplar de lujo, empastado en cuero rojo,
para un niño de manos sucias. La tuve el tiempo que
la necesité, que no fue mucho, se la devolví
y nunca le pregunté nada, porque no necesité
preguntarle, excepto que me tradujese unas palabras del
Latín. Desde entonces ha sido un libro maravilloso
para mí.
-¿Cuáles serían
los autores que más leyó en su juventud?
El más importante en ese tiempo
fue Porfirio Barba-Jacob, mi primer maestro de poesía
porque era el que estaba en todas partes. Sabía de
memoria sus poemas. Los recitaba por esos caminos, que eran
trochas. No he dejado de leerlos. Además de eso estaban
los poemas de León de Greiff. Sí, admiraba
mucho a León de Greiff y me aprendí sus poemas
más conocidos entonces. Años después
tendría el gusto de hacer su último libro,
el "Libro de Relatos". Él hizo la selección;
se lo voy a mostrar. Esa edición la hice en Bogotá.
Fui amigo de León en sus últimos dos años
de vida. Antes no. Yo lo veía en Bogotá y
le tenía miedo. Se decía que era mejor no
arrimársele porque uno podía salir regañado.
Lo miraba de lejos con mucho respeto, con admiración
por su poesía, pero no me atreví a acercármele
hasta el día que decidí hacer ese libro. Fue
cariñoso conmigo, muy querible, tengo un bello recuerdo
de ese tiempo. Lo mismo me pasó con Ciro Mendía,
a quien también leí en esos años de
que estamos hablando, y tuve igualmente el gusto de hacer
su último libro, aproximadamente dos años
antes de su muerte. Fue también un amigo muy querido;
ya estaba ciego en ese tiempo. Me decía Jaimito,
con delicado cariño. Eso en él parecía
extraordinario, porque era un hombre fuerte, que no acostumbraba
demostrar su afecto con diminutivos. Esos dos maestros fueron
y siguen siendo muy importantes para mí, como son
siempre todos los maestros en la vida de cualquier escritor
que quiera estar despierto mientras vive.
-¿Y los poetas del Brasil?
-Desde luego, Manuel Bandeira, Carlos Drummond
de Andrade, Vinicius de Moraes, y todos sus contemporáneos.
Aparecían aquí en buenas traducciones. Después
llegaron las de Ángel Crespo, y luego en Bogotá,
más tarde, estudié portugués con doña
Norma Ramos y pude relacionarme mejor con la poesía
del Brasil y Portugal. También conocí a Walt
Whitman, traducido al portugués en versos cortos.
-¿Cómo era ese Gonzalo
Arango de su juventud?
-Gonzalo era un hombre de fuego, él
tenía su propia energía. Coincidíamos
en muchas cosas: el amor por la Naturaleza, la afición
por el río, y la breve selección de autores.
Acostumbrábamos ir al río, porque el colegio
de bachillerato de Andes queda en la orilla del río
San Juan. Allá hay unos charcos donde íbamos
a bañarnos desnudos. Los pantalones de baño
eran escasos, caros y feos, y en realidad no se necesitaban.
Nos pasábamos todo el día comiendo guayabas
y leyendo clásicos, y también improvisando
discursos. Discursos no políticos, sino literarios,
con nuestros pocos conocimientos, que hoy en día
me parecen muchos, pues hacíamos discursos sobre
literatura griega. Le hablábamos al río porque
allá nadie nos oía ni nos regañaba.
El río es ruidoso, tiene muchas piedras. En esa época
existía el culto por la elocuencia, y nosotros queríamos
ser elocuentes. Era muy lindo ser elocuente. Ahora los poetas
ni siquiera saben leer.
-¿Dónde está
usted, qué lugar ocupa en la fundación del
Nadaísmo?
-Gonzalo Arango funda el Nadaísmo
en Medellín, en agosto del año 58, con un
grupo de amigos. En ese tiempo yo vivo en Cali, y de pronto
aparece allí Gonzalo con su proyecto del Nadaísmo.
Me entero, voy a encontrarme con él, y él
convoca a unas reuniones de jóvenes para incitarlos
con su propuesta. Allí aparecen Jotamario Arbeláez,
Diego León Giraldo -ya fallecido- y otros más.
Nos hacemos todos muy amigos, un grupo que perduró
el resto de la vida. Leemos los manifiestos y nos identificamos
con el pensamiento de Gonzalo, con sus propósitos
en ese momento. Desde luego, me considero en el grupo inicial
del Nadaísmo.
Yo había ido en el año 53
a Bogotá, de Bogota fui a Cali aproximadamente en
el 56, y trabajaba en las computadoras de la época.
Parecían ballenas que tragaban tarjetas perforadas.
En Cali estuve hasta el 62 y regresé a Bogotá.
Pensaba que en Bogotá podría tener más
facilidades con respecto a las cosas que siempre me han
interesado. Allá edité con Gonzalo los ocho
números de la revista “Nadaísmo”.
-¿Cómo son los recuerdos
de ese Cali de entonces?
-Para mí son espléndidos,
nadando en las piscinas, en los ríos. Total, que
yo identifico a Cali con el agua. Todos los poemas que hasta
ahora he publicado fueron escritos en Cali. Nunca he escrito
un poema fuera de Cali, en donde he vivido varias veces.
La primera, en la época del Nadaísmo. La última,
antes de venirme para Medellín en el año 85.
Cali tuvo para mí una magia, un encanto, un misterio.
Se origina en que cuando yo estaba niño, en Antioquia,
oía hablar de que los antioqueños, aventureros,
se iban para el Valle del Cauca y allá vivían
una vida muy distinta a la de Antioquia, empezando por la
geografía. Desde ese momento el Valle empezó
a atraerme con algo que a la vez era un poco peligroso o
malévolo, en regiones de frontera. Aún los
antioqueños andaban por toda Colombia abriendo espacios,
y como a mí me habían dicho que el diablo
vivía en Cali, por eso me fui para allá.
-Ahora regresemos a Walt Whitman
-Como te dije, había leído
de niño la Biblia. No la lectura que hacen los Testigos
de Jehová, ni la lectura dirigida que se hace en
las casas. Ni la lectura religiosa, sino la lectura histórica
y literaria. Contaría catorce años en ese
tiempo. Entonces, cuando me encuentro con Walt Whitman,
que tiene su origen en el versículo, veo la gran
voz que siempre he creído que debe ser la poesía.
La gran voz de la humanidad.
-¿Cuando usted escribe "Los
poemas de la ofensa" lo hace de manera deliberada,
en el sentido de que desea crear una ruptura con la tradición
poética colombiana, o fueron actos aislados, fortuitos?
-Aunque me había criado con la métrica
y la manejaba muy bien, ya para entonces estaba claro el
predominio de otras formas en la poesía. Pero el
problema no es de forma, sino de concepto y contenido. Ya
te dije que mi psicoanalista no acepta las casualidades.
Una vez que nació una plantita inesperada en mi jardín,
él empezó a buscar razones lógicas
para que así hubiera sido.
-Hablemos ahora del seudónimo,
de ese seudónimo X-504, que usó usted durante
mucho tiempo.
-Ese seudónimo, para sorpresa mía,
se ha conocido en muchas partes. La traducción que
Pablo Hecker Filho hizo en Porto Alegre conserva el seudónimo,
y tengo recortes de periódicos del Brasil que también
prefieren utilizarlo. Hoy creo que, excepto por motivos
periodísticos, sólo se llega a ser escritor
cuando se es capaz de firmar con nombre propio. De todos
modos, corresponde con el número de mi cédula
de ciudadanía. Gallina lo pone.
-Hay varias versiones de cómo
ganó usted el premio de poesía nadaísta
Cassius Clay.
-Cuando se publicaron las bases yo vivía
en Barranquilla. El concurso se convocó en Bogotá,
y como tenía ese libro inédito hacía
años, pues lo mandé a ese concurso. Era una
época en que no había muchos concursos de
poesía, nunca ha habido muchos concursos de poesía
en Colombia. Me pareció que, siendo un concurso del
Nadaísmo, yo podía enviar mis poemas, los
envié y me olvidé de eso hasta el día
en que me llamó Gonzalo Arango para avisarme, o tal
vez lo vi en la prensa, no recuerdo bien. Fue una sorpresa.
Desde luego, me invitaron a Bogotá para la entrega
del premio, que eran cinco mil pesos, pero no me pareció
que el viaje se justificara. Hasta hoy, que usted me lo
dice, ignoraba que existieran “versiones”.
-¡Dicen que usted escribe
desnudo!
-Yo solamente puedo escribir desnudo; no
puedo escribir vestido. Cuando se publicó que yo
escribía desnudo, los periodistas púdicos
empezaron a decir que eso significaba que escribía
desnudo de prejuicios. Siempre he estado desnudo de prejuicios,
pero cuando digo que escribo desnudo quiero decir en pelotas.
La ropa es un disfraz, una cobertura que nos ponemos para
aislarnos. Siempre vivo desnudo, porque no tengo nada qué
ocultar.
- Leer Poesía de Jaime Jaramillo Escobar -
(*) Harold Alvarado Tenorio, poeta, ensayista, traductor
y periodista, nació en Colombia en 1945, hizo estudios
de letras en la Universidad Complutense de Madrid, donde
recibió Titulo de Doctor. Profesor Titular de la
Cátedra de Literaturas de América Latina y
Director del Departamento de Literatura de la Universidad
Nacional de Colombia, se ha desempeñado también
como asesor cultural del Centro Colombo Americano de Bogotá
donde dirigió las Series Escritores de las Américas
y como editor de los Cuadernos de Poesía de España
y América de la Editorial Tiempo Presente y
de la Página Ocho/Cultura de La Prensa.
Ha recibido, entre otros, el Premio Nacional de Periodismo
Simón Bolívar y el Internacional de Poesía
Arcipreste de Hita. Su obra ha sido publicada en inglés,
francés, griego, chino, alemán y portugués.
Ha sido invitado a ofrecer lecturas de sus poemas en Universidades
y Centros Culturales de Argentina, Brasil, China, Cuba,
Ecuador, España, Estados Unidos, Francia, México,
República Dominicana y Venezuela.
Entre sus libros figuran Summa del cuerpo, Ediciones
Deriva, Cali, 2002, Fragmentos y despojos, Ediciones
Universidad del Valle, Cali, 2002, Literaturas de América
Latina, Ediciones Universidad del Valle, Cali, 1995;
Ensayos, Ediciones Universidad del Valle, Cali,
1994; Poemas chinos de amor, Editorial China hoy,
Beijing, 1992; La poesía de T.S. Eliot,
Ediciones Centro Colombo Americano, Bogotá, 1988;
Espejo de máscaras, Ediciones Universidad
Nacional de Colombia, Bogotá, 1987; Una generación
desencantada: los poetas colombianos de los años
setentas, Ediciones Universidad Nacional de Colombia,
Bogotá, 1985; Kavafis, Ediciones Universidad
de Chiapas, Tuxtla Gutiérrez, 1984 y Cinco poetas
españoles de la Generación del Cincuenta,
Ediciones La Oveja Negra, Bogotá, 1980.
Harold Avarado Tenorio es director de Alquitrave Editores.
Visita su web www.arquitrave.com