Entre el futuro y lo próximo
Por Ruth Daigon*
Traducción de Oscar Aguilera F.

 


Qué más

En una pausa entre
un futuro y el próximo
entramos de puntillas

y nos movemos por el aire
como una veleta
que gira sobre su eje.

Como un pájaro en repentinas elevaciones
exploramos una constante
corriente de horizontes

un día de cielo que pasa
consintiendo la luz un sonido
con silencio propio.

Y si el viento es apropiado
levantamos los brazos

y volamos.


Momento

En la mente del invierno
ha estado frío un largo tiempo
y el viento norte sopla
en el mismo lugar yermo.

El sol se desliza sobre congeladas
superficies, y la niebla
ahoga todo sonido.

El ojo suprime
imágenes de renuevos, encuentra
la paz en frágiles paisajes
y alivio en las ramas desnudas.

Un copo de nieve que yace
en la palma de un niño
convierte su vida
en un simple momento.

Este momento,
vaciado de todo recuerdo
excepto uno.


La luna dentro

1

Las mujeres saben cómo esperar.
Huelen el polvo, escuchan cómo se van apagando las ampolletas,
y cuidan los niños
pálidos con el sueño.

Oyen el peligro
palpando las paredes, las aceras que se hunden,
y bordes de la ciudad

magullando el paisaje.
A través de largos corredores
murmuran entre sí
sobre las campanas de alarma

y cruces que se balancean,
sobre ojos amortajados y estrellas vacías
mientras que la luna dentro de ellas
da un lento, plateado respiro.

2.

Ella sigue sacándolo
del fondo del Río Rojo
en acción detenida o cámara lenta
y el replay repite la escena del agua que salpica
floreciendo alrededor de sus caderas.

Corrige su zambullida,
restablece la promesa
de su forma, cada movimiento
claro en el instante de la caída.

El momento revertido,
lo rebobina
hasta donde él está quieto
sentado en la orilla.

Ahora ella se cubre la cabeza
con el cabello vuelto hasta las raíces.
Los gritos puestos en su boca
se convierten en suaves sílabas de nuevo.
Sus rajadas vestiduras son rehiladas,
la mesa puesta para su regreso.

3.

Con el cuerpo extendido
permanece en atención
esperando la luz más brillante
y luego afila sus instrumentos.

Primero, los ojos sacados
para ver lo que fue visto,
las orejas probadas para oír lo que fue oído,
luego el corazón disecado
para encontrar lo que estaba perdido.

Toma tiempo cortar suavemente
el hueso y los nervios
del pasado,
cada golpe de cuchillo
una incisión de amor.

No hay entrada,
sólo penetración.
Cuando el cuerpo está
expuesto,
trepa dentro
cierra los bordes de la piel
y lentamente se cura a sí misma.

4.

En su cocina, ella conoce
cada hoja roma,
asa desgastada, punta rota...
el pasado comprimido en acero.

Junto con el ruido sacramental de
tazas que chocan, labios saboreándose,
escucha el afilar de los cuchillos y machetes
que fragmentan los días en proporciones comestibles.

Diestramente en la tabla de cortar,
entrega sus diezmos vegetales
a la olla de barro, la ensalada,
el wok, tajadas y tajadas
en el corazón de las cosas.

Los cuchillos familiares la trinchan
en trozos servidos en la cena familiar.
De las sobras y los huesos
hace un caldo y se alimenta.

5.

Yacía tendida sobre la mesa
entre un cántaro de leche
y una servilleta manchada. Una gigantesca
esponja barrió sus desmenuzadas partes
hasta el borde. Antes de des-
aparecer en la pala de basura,
recordó cuán simple
había sido la vida entre el tenedor
curvado y el cuchillo dentado.

6.

Mil novecientos treinta fue una larga
y fría infancia acuñada en una cicatriz
y comida que llenaba media
despensa. Lamió
el muñón del lápiz e
hizo sus listas. Cada
item considerado, escrito,
borrado, reescrito
de acuerdo a lo que resonaba
en la tetera rota.

A las seis siempre
escuchaba las noticias y se quejaba
su cuerpo un vasto campo para
las víctimas de plagas, revoluciones,
guerras, cada quejido otro cadáver.
De pie planchaba, cada pasada
una preparación para el entierro,
un estiramiento de piernas,
un suavizar de rasgos,
un acto final de amor.

7.

Una convención de mujeres mirando
el lente,
picnics
cumpleaños,
todo nadando en la superficie
del baño ácido...
una procesión de momentos de cartón
pobremente enfocados
con un espacio vacío
aquí y allí
como una predicción.


Visitante temporal

Mi mano tiene la forma exacta de mi mano.
Mis dedos se mueven como dedos
no como una araña blanca
o un cangrejo hermitaño.

Mi voz es exactamente como mi voz
no una invención musical
o un sonido envuelto en el silencio.

Mi cuerpo es sólo mi cuerpo
no un receptáculo para la luz
o una sombra que invade la oscuridad.

No soy un reloj de arena
con arena que se escurre.
Sólo soy un esqueleto acolchado,
un visitante temporal.


Umbral

Sostengo la más vieja palabra que conozco
en mi mano hecha copa
suave como piedra
calentada por el sol.
La froto suavemente, pero
no libera su secreto.

Anoche me besó
en los labios, me hizo
compañía un rato
cuando la alimenté, la sostuve
frente a la luz
antes de dejarla ir.

Hoy me muevo
de cuarto en cuarto
sin ir a ninguna parte.

Fragmento a fragmento
junto delgadas
membranas de sonido
y cualquier cosa que golpee
digo
Pase.


Viernes

El viernes sucede del todo
repentino. Despierta con suaves
movimientos y flota hacia
la corteza del día.

El viernes tiene sabor a manzanas
y trozos de almendras molidas
lentamente, las muescas de las semillas
contra la lengua a medida que el jugo
corre hacia abajo.

El viernes toca una serenata con
violines y frescos contrapuntos
de sonido, día de helado
asombro, respirar profundo,
y letanías de luz.

Los viernes los niños
salen de la escuela temprano, las madres
enceran pisos y hornean
galletas con semillas de amapolas.

El viernes es un río de
pequeñas formas, nieve derretida, rayos
de sol, vientos de palmeras suaves.

Después de trepar al árbol del
viernes, te puedes posar en
la rama más alta y
todos los asombros te
envolverán.


Cuando la luz era suave
y en todas partes

hacían fiestas
a cada uno que conocíamos
y a aquellos que nunca conocimos

bebimos vino
comimos fruta
fuera de estación

nos sentamos en el suelo
con el perfume de la humedad
elevándose ricamente entre nuestras rodillas

recordamos
todo lo que habíamos hecho
o imaginado

contamos historias de una mujer
que usaba su carne
como una armadura.


Cogiendo bayas en Manitoba

El tiempo de frambuesas es en agosto
cuando la diferencia entre
el sol y la sombra crece más urgente.

Plantamos cubos en la tierra húmeda,
extendemos los brazos hacia las ramas cargadas y las partimos
como madejas enmarañadas de cabellos.

Dejamos las bayas no maduras
que caigan y se pudran, cogemos
aquellas ricas a punto de reventar

todavía calientes con el sol,
las frotamos sobre los labios
para teñirlos de color, las deslizamos

en nuestras bocas,
fruto, dientes y lengua
en una jugosa unidad.

Al desnudar las ramas,
nada hay a la vista
salvo hojas y cielo.

Las zarzas brotan entrecruzando los brazos
y el mundo se contrae
en el fondo de un balde.

Camino a casa, nos detenemos y rememoramos
agosto, cosechado íntegro.


Esta ciudad

Esta ciudad es lo suficientemente pequeña
como para llenar una sola fotografía,
sólo un correo,
una bencinera, y dos
botillerías, ambas asaltadas
el jueves pasado por hombres

con escopetas de dos cañones
recortadas. En la primera
vaciaron la caja,
ochenta dólares.
En la siguiente, el empleado disparó
su pistola recién comprada.

Esta ciudad está fundida
por el el silencio. Aquí
los faisanes gubernamentales
se rinden a la bala,
el ganado a la máquina ordeñadora,
y la ventana abierta
al olor del estiércol.

El invierno es un lente congelado
del cielo donde sólo los ojos
son viajeros, la primavera
el vientre de bronce
del primer concejal
que pinta el mismo puente de hierro
año tras año.

El verano es una poza llena de
siluros y peces más grandes
que saben a lodo,
el otoño un cazador que apunta

un fusil a lo que
nunca hemos comprendido pero
hemos optado por amar.

En esta ciudad, los muros de piedra
son testigos de uno contra el otro.


Distancia prudente

Algo está semienterrado, esperando.
El silencio tiene su lugar de espera en las grietas,
hendeduras, erosiones. En los rincones cubiertos de follaje,
los cardos alzan sus lanzas, las rocas sus jorobas.
Las malezas aseguran sus raíces con un agarre estrangulante.
Las enredaderas se contorsionan entre la madera que se pudre hasta coronar
la casa antes del lento retorno, detrás de las líneas
de astillas, retornando a un sueño de animales de nuevo.

Oculta del mundo en un lecho de hierbas
y hojas, al abrigo de las tormentas que pasan,
dependo de antiguas migraciones, un lento medir
de límites, y donde conduce la ceguera, voy.
Por encima la hierba del matorral se eriza, y el perfume
del peligro está en todas partes, pero yo sé cuán segura
es una distancia prudente bajo la tierra y a qué distancia.


Invenciones

Reinventaría esa casa en Burrows
a una cuadra de la estación de policía,
el tranvía de madera y el viento norte
cortándonos como en rebanadas en la Avenida Portage y Principal.

Reinventaría las largas tardes domingueras,
la escarcha que afila sus garras en los alambres telefónicos,
la nieve que yace húmeda y pesada, mi aliento haciendo
círculos perfectos en el helado cristal de la ventana.

Reinventaría los húmedos días estivales
cuando la fruta de cera perdía su forma;
nos acostaríamos sobre la larga hierba de agosto,
con el sudor cubriéndonos como una segunda piel.

Más vieja ahora, estoy libre de todas las invenciones
pero en las caminatas tempranas de la mañana algo se mueve
junto a mí susurrándome mi otro nombre,
recordándome de los árboles brillando con
la escarcha, luces del norte, una luna
eléctrica, y la centelleante tundra del pasado.


Las Cosas

tienen su propia vida aquí.
La radio gira
a su programa favorito;
la escalera se detiene
en medio peldaño a la vez.

Un lustre gris cubre la casa
y en la silvestre anarquía de las cocinas
las ventanas racionan la luz
los relojes se detienen lo suficiente para dar campanadas
las parrillas pelan la piel de vidas vegetales.

A medida que el sonido se cuela por la quietud
vierto suaves desehechos del paño de fregar
a través de mis manos
y escucho la sangre correr
el mismo viejo circuito.

Luego en el violento
resplandor del mediodía, me
como mi papa asada
en mi mundo enmantequillado.


Herencia

Te reíste cuando pedí souvenirs,
las fundas de los muebles grasientas de aceite capilar,
un vaso de cristal gastado que mi padre usaba los viernes
lleno de whiskey beneficioso para su corazón.

Quería historias semioídas, semirecortadas,
los nombres de parientes mucho tiempo muertos,
las imprecaciones con que nos cubrías
cuando nos atrasábamos para ir a la escuela
y la sopa de centeno todavía creciendo en mi plato.

Me abrazaste como en las vacaciones de verano.
Nunca me advertiste que podría llegar una hora.
Sólo me contaste que la muerte no era asunto mío
y que era seguro que la partida implicaba retorno.

Madre, mentiste.


* Nació en Winnipeg, Manitoba (Canada). Fue fundadora y editora de Poets On por veinte años hasta que cesó la publicación. Sus poemas se han publicado extensamente en revistas electrónicas, revistas impresas, antologías y colecciones. Ha ganado varios premios entre los cuales se incluyen The Ann Stanford Poetry Prize (University of Southern California Anthology, 1997) y The Greensboro Poetry Award (Greensboro Arts Council, 2000). Actualmente reside en Mill Valley, California

 



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