Rezia le trajo los papeles, las cosas que Septimus había escrito, las cosas que Rezia había escrito, dictándoselas él. Rezia los arrojó sobre el sofá. Los miraron juntos. Diagramas, dibujos, mujeres y hombres pequeñitos blandiendo palos en vez de brazos, con alas-¿eran alas?-en la espalda; círculos trazados resiguiendo monedas de chelín y seis peniques, soles y estrellas; precipicios en zig-zag con montañeros atados con cuerdas, ascendiendo, exactamente igual que cuchillos y tenedores; porciones de mar con menudas caras riendo desde lo que bien pudieran ser olas: el mapa del mundo. ¡Quémalos!, gritó Septimus. Y ahora sus escritos; cómo cantan los muertos tras los rododendros; odas al Tiempo; conversaciones con Shakespeare; Evans, Evans, Evans, sus mensajes de los muertos; no cortéis los árboles; dilo al Primer Ministro, Amor universal; el significado del mundo. ¡Quémalos!, gritó Septimus.
Pero Rezia cogió los papeles. Pensaba
que, en algunos, había cosas muy hermosas. Los ataría
(no tenía ni un sobre) con una cinta de seda.
Incluso en el caso de que se lo llevaran,
dijo Rezia, ella iría con él. No podían
separarlos en contra de su voluntad, dijo Rezia.
Golpeando los bordes hasta que quedaron
alineados, Rezia amontonó los papeles, y ató
el montón casi sin mirarlo, sentada cerca de Septimus,
a su lado, como si, pensó Septimus, los pétalos
rodearan su cuerpo. Rezia era un árbol florido; y
a través de sus ramas asomaba la cara de un legislador,
y había llegado a un refugio en el que ella no temía
a nadie; ni a Holmes; ni a Bradshaw; era un milagro, un
triunfo, el último y el más grande. Vacilante,
la vio ascender la aterradora escalera, cargada con Holmes
y Bradshaw, hombres que pesaban más de ochenta kilos,
que mandaban a sus esposas a la Corte, hombres que ganaban
diez mil al año y que hablaban de proporción,
que emitían veredictos discrepantes (Holmes decía
una cosa, y Bradshaw decía otra), a pesar de lo cual
eran jueces, y mezclaban las visiones con el aparador, y
no veían nada con claridad, y, sin embargo, mandaban,
infligían.
-¡Ya está!- dijo Rezia.
Los papeles estaban atados. Nadie los cogería.
Rezia iba a esconderlos.
Y Rezia dijo que nada podría separarlos.
Estaba sentada a su lado y le llamó por el nombre
de aquel halcón o cuervo que, siendo maligno y gran
destructor de cosechas, se parecía a él precisamente.
Nadie podría separarlos, dijo Rezia.
Después se levantó y entró
en el dormitorio para hacer las maletas, pero, al oír
voces en el piso inferior y pensar que quizá había
llegado el doctor Holmes salió corriendo para evitar
que subiera.
Septimus la oyó hablando con Holmes
en la escalera.
-Mi querida señora, he venido en
calidad de amigo- decía Holmes.
-No. No permitiré que vea a mi marido
-dijo Rezia.
Septimus la imaginaba, como una pequeña
gallina, abierta las alas, impidiendo el paso a Holmes.
Pero él insistió.
-Mi querida señora, permítame...
-dijo Holmes, apartando a Rezia (Holmes era un hombre fornido).
Holmes subía la escalera. Holmes
abría violentamente la puerta. Holmes diría:
"¿Conque aterrorizado, eh?" Y le atraparía.
Pero no; no sería Holmes; ni sería Bradshaw.
Levantándose un tanto vacilante, en realidad saltando
de un pie a otro, Septimus se fijó en en el hermoso
y limpio cuchillo de cortar el pan de la señora Filmer,
con la palabra "Pan" grabada en el mango. Ah,
no, no debía ensuciarlo. ¿El gas? Era ya demasiado
tarde. Holmes se acercaba. Navajas barberas sí las
tenía, pero Rezia, que siempre hacía cosas
así, ya las había metido en la maleta. Sólo
quedaba la ventana, la amplia ventana de la casa de huéspedes
de Bloomsbury; y el cansado, molesto y un tanto melodramático
asunto de abrir la ventana y tirarse abajo. Esta era la
idea que ellos tenían de lo que es una tragedia,
no él o Rezia (Rezia estaba a su lado). A Holmes
y a Bradshaw les gustaba esa clase de asuntos. (Septimus
se sentó en el alféizar.) Pero esperaría
hasta el último instante. No quería morir.
Vivir era bueno. El sol, cálido. ¿Sólo
eres humano? Mientras bajaba la escalera, enfrente, un viejo
se detuvo y le miró. Holmes estaba ante la puerta.
-¡Debo entrar! -gritó, y violentamente,
vigorosamente, avanzó hacia la sala de la señora
Filmer.
Al abrir con brusquedad la puerta, el doctor
Holmes gritó:
-¡El cobarde!
Rezia corrió a la ventana, vio;
comprendió. El doctor Holmes y la señora Filmer
chocaron. La señora Filmer se quitó el delantal
y tapó los ojos de Rezia en el dormitorio. Hubo muchas
corridas, escalera arriba, escalera abajo. El doctor Holmes
entró, blanco como una sábana, todo él
tembloroso, con un vaso en la mano. Rezia tenía que
ser valiente y beber algo, dijo (¿qué era?,
¿sería dulce?), porque su marido estaba horriblemente
herido, no recobraría el conocimiento. Rezia no debía
verle, debía ahorrarse cuantos sufrimientos pudiera,
tendría que soportar la investigación judicial,
pobre mujer. ¿Quién hubiera podido preverlo?
Un impulso repentino no cabía culpar a nadie (dijo
el doctor Holmes a la señora Filmer). Y por qué
diablos lo hizo; el doctor Holmes no podía entenderlo.
A Rezia le parecía, mientras bebía
el dulce líquido, que estaba abriendo alargadas ventanas,
y por ellas salía a cierto jardín. Pero, ¿dónde?
El reloj daba la hora, una, dos, tres, cuán sensato
era el sonido; comparado con esos sordos golpes y murmullos;
como el propio Septimus. Rezia se estaba durmiendo. Pero
el reloj siguió sonando, cuatro, cinco, seis, y la
señora Filmer, agitando su delantal (¿no trasladarían
el cuerpo aquí, verdad?), parecía formar parte
de aquel jardín; o una bandera. Rezia había
visto una bandera ondeando lentamente en un mástil,
cuando estuvo en casa de su tía, en Venecia. A los
hombres muertos en la guerra se les saludaba así,
y Septimus había estado en la guerra. Los recuerdos
de Rezia eran casi todos felices.
Se puso el sombrero y cruzó corriendo
campos de trigo-¿dónde podía ser?-hasta
llegar a una colina, en algún lugar cerca del mar,
puesto que había barcos, gaviotas y mariposas; se
sentaron en un acantilado. También en Londres se
sentabas allí, y medio entre sueños, a través
de la puerta del dormitorio, le llegó el caer de
la lluvia, murmullos, movimientos entre trigo seco, la caricia
del mar que, le parecía a Rezia, los alojaba en su
arqueada concha y, murmurando en su oído, la dejaba
en la playa, donde se sentía como derramada, como
flores volando sobre una tumba.
Sonriendo a la pobre vieja que la protegía
con sus honrados ojos azul claro fijos en la puerta (¿no
lo trasladarían aquí, verdad?), Rezia dijo:
-Ha muerto.
Pero la señora Filmer le quitó
importancia al asunto. ¡Oh, no, oh, no! Ahora se lo
llevaban. Esto era algo que Rezia debía saber. Los
casados tienen que estar juntos, pensaba la señora
Filmer. Sin embargo había que hacer lo que los médicos
mandaban.
-Dejémosla dormir -dijo el doctor
Holmes, tomándole el pulso.
Rezia vio la maciza silueta del doctor
Holmes recortada en negro contra la ventana. Sí,
aquel hombre era el doctor Holmes.
Uno de los triunfos de la civilización,
pensó Peter Walsh. Esto es uno de los triunfos de
la civilización, mientras oía el alto y ligero
sonido de la campana de la ambulancia. Rápida, limpia,
la ambulancia se dirigía veloz al hospital, después
de haber recogido instantánea y humanamente a algún
pobre diablo; a algún tipo golpeado en la cabeza,
abatido por la enfermedad, atropellado quizás hacía
un minuto en alguna de aquellas encrucijadas, cosa que puede
ocurrirle a uno mismo. Esto era la civilización.
Le sorprendió, al llegar de Oriente, la eficiencia,
la organización, el espíritu comunitario de
Londres. Todos los coches y carruajes, por propia y libre
voluntad, se echaban a un lado para dar paso a la ambulancia.
Quizá fuese morboso, o quizá fuera un tanto
conmovedor, el respeto que mostraban hacia aquella ambulancia,
con la víctima dentro, los ajetreados hombres que
regresaban presurosos al hogar, pero que instantáneamente,
al pasar la ambulancia, pensaban en alguna esposa; y cabía
presumir que muy fácilmente hubieran podido ser ellos
quienes se encontraran tumbados en una mesa, con un médico
y una enfermera . Sí, pero pensar devenía
morboso, sentimental, y uno comenzaba a evocar médicos
y cadáveres; cierto calorcillo de placer, cierto
gusto, también, producidos por las impresiones visuales,
le aconsejaban a uno no prolongar aquella actitud, fatal
para el arte, fatal para la amistad. Cierto. Y sin embargo,
pensó Peter Walsh, mientras la ambulancia doblaba
la esquina, aun cuando el alto y ligero sonido de la campana
podía oírse en la calle siguiente, e incluso
mas lejos, al cruzar Tottenham Court Road, sonando sin cesar,
es el privilegio de la soledad; en la intimidad, uno puede
hacer lo que le dé la gana. Si nadie le veía
a uno, uno podía llorar. Había sido la causa
de sus males esta susceptibilidad- en la sociedad angloindia;
no llorar en el momento oportuno, y tampoco reír.
Es algo que llevo dentro de mí, pensó, en
pie junto al buzón, algo que ahora puede resolverse
en lágrimas. Sólo Dios sabe por qué.
Probablemente se debe a cierta especie de belleza, y al
peso del día que, comenzando con aquella visita a
Clarissa, le había agotado con su calor, su intensidad,
y el goteo, goteo de una impresión tras otra, descendiendo
a aquel sótano en que se encontraban, profundo y
oscuro, sin que nadie jamás pudiera saberlo. En parte
por esta razón, por su carácter secreto, completo
e inviolable, la vida le había parecido un desconocido
jardín, lleno de vueltas y esquinas, sorprendente,
sí; realmente le dejaban a uno sin resuello, aquellos
momentos; y acercándose a él, allí,
junto al buzón frente al Museo Británico,
había uno, un momento, en el que las cosas se juntaban;
esta ambulancia; y la vida y la muerte. Era como si fuese
aspirado hacia arriba, hasta un tejado muy alto, por una
oleada de emoción, y el resto de su persona, como
una playa moteada de blancas conchas quedara desierto. Había
sido la causa de sus males en la sociedad angloindia, esta
susceptibilidad.
Clarissa, viajando en el piso superior
de un autobús yendo con él a algún
sitio, Clarissa, por lo menos en la superficie, tan fácilmente
impresionable, ora desesperada, ora con sumo optimismo,
siempre vibrante en aquellos días, y tan buena
compañía, descubriendo pequeñas escenas,
nombres, gente, desde el piso superior de un autobús,
sí, ya que solían explorar juntos Londres,
y regresar con bolsas repletas de tesoros comprados en el
mercado escocés, Clarissa tenía, en aquellos
días, una teoría, tenían los dos montones
de teorías, siempre teorías, cual tienen los
jóvenes. Explicaba la insatisfacción que sentían;
de no conocer a la gente; de no ser conocidos. Sí,
ya que ¿cómo iban a conocerse entre sí?
Se veían todos los días; luego no se veían
en seis meses o en años. Era insatisfactorio, acordaron,
lo poco que se conocía a la gente. Pero, dijo Clarissa,
sentada en el autobús que ascendía por Shaftesbury
Avenue, ella se sentía en todas partes; no "aquí,
aquí, aquí"; y golpeó el respaldo
del asiento; sino en todas partes. Clarissa agitó
la mano, mientras ascendían por Shaftesbury Avenue.
Ella era todo aquello. De manera que, para conocer a Clarissa,
o para conocer a cualquiera, uno debía buscar a la
gente que lo completaba; incluso los lugares. Clarissa tenía
raras afinidades con personas con las que nunca había
hablado, con una mujer en la calle, un hombre tras un mostrador,
incluso árboles o graneros. Y aquello terminaba con
una teoría trascendental que, con el horror de Clarissa
a la muerte, le permitía creer, o decir que creía
(a pesar de todo su escepticismo) que, como sea que nuestras
apariencias, la parte de nosotros que aparece, son tan momentáneas
en comparación con otras partes, partes no vistas,
de nosotros, que ocupan amplio espacio, lo no visto puede
muy bien sobrevivir, ser en cierta manera recobrado, unido
a esta o aquella persona, e incluso merodeando en ciertos
lugares, después de la muerte. Quizá, quizá.
Recordando su larga amistad de casi treinta
años con Clarissa, su teoría resultaba válida.
A pesar de que sus encuentros fueron breves, fragmentados
y a menudo penosos, y debían tenerse también
en cuenta las ausencias de Peter y las interrupciones (por
ejemplo, esta mañana entró Elizabeth, como
una piernilarga potranca, guapa y tonta, precisamente cuando
él comenzaba a hablar a Clarissa), el efecto de los
mismos en su vida era inconmensurable. Había cierto
misterio en ello. Uno recibía una semilla, aguda,
cortante, incómoda, que era el encuentro en sí;
casi siempre horriblemente penoso; pero en la ausencia,
en los más improbables lugares, la semilla florecía,
se abría, derramaba su aroma, le permitía
a uno tocar, gustar, mirar alrededor, tener la sensación
total del encuentro, su comprensión, después
de haber permanecido años perdido. De esta manera
regresaba Clarissa a él; a bordo de un barco; en
el Himalaya; evocada por los más raros objetos (del
mismo modo, Sally Seton, ¡ave generosa y entusiasta!,
pensaba en él cuando veía hortensias
azules). Clarissa había ejercido en él más
influencia que cualquier otra persona, entre todas las que
había conocido. Y siempre de esta manera, yendo a
él sin que él lo deseara, fría, señorial,
crítica; o arrebatadora, romántica, evocando
un campo inglés o una cosecha. La veía casi
siempre en el campo, no en Londres. Una escena tras otra
en Bourton. . .
Había llegado a su hotel. Cruzó
el salón con los montículos de los sillones
y sofás rojizos, con sus plantas de hojas en forma
de punta de lanza y de marchito aspecto. Descolgó
del clavo la llave. La señorita le dio unas cuantas
cartas. Subió. La veía casi siempre en Bourton,
a fines de verano, cuando él pasaba allí una
semana, e incluso dos como hacía la gente en aquellos
tiempos. Primero, en la cumbre de una colina, en pie, con
las manos en el cabello agitado el manto por el viento,
señalando, gritándoles. Abajo, veía
el Severn. O bien en el bosque, poniendo el cazo a hervir,
con dedos muy torpes; el humo se inclinaba en una reverencia,
y les daba en la cara; y tras el humo aparecía la
carita rosada de Clarissa; o pidiendo agua en una casita
de campo a una vieja, que salía a la puerta para
verles partir. Ellos iban siempre a pie; los otros, en carruaje.
Le aburría ir en carruaje, todos los animales le
desagradaban, salvo aquel perro. Millas de carretera recorrían.
Ella se detenía para orientarse, le guiaba a través
de los campos; y siempre discutían, hablaban de poesía,
hablaban de gente, hablaban de política (en aquel
entonces Clarissa era radical); no se daba cuenta de nada
salvo cuando ella se detenía, lanzaba una exclamación
ante una vista o un árbol, y le invitaba a mirarlo
con ella; y seguían adelante, a través de
campos con maleza, ella delante, con una flor para su tía,
sin cansarse jamás de caminar pese a lo delicada
que era; para ir a parar a Bourton, al ocaso. Luego, después
de la cena, el viejo Breitkopf abría el piano y cantaba
sin rastro de voz, y ellos, hundidos en sendos sillones,
se esforzaban en no reír, pero siempre cedían
y se echaban a reír, a reír de nada. Suponían
que Breitkopf no se daba cuenta. Y luego, por la mañana,
paseaban arriba y abajo, ante la casa, como nevatillas...
¡Carta de ella! El sobre azul; y
aquella era su letra. Y tendría que leerla. He aquí
otro encuentro que sería penoso. Leer aquella carta
requería efectuar un tremendo esfuerzo. "Cuán
delicioso había sido verle. Tenía que decírselo."
Esto era todo.
Pero le alteró. Le enojó.
Hubiera preferido que no le hubiese escrito. Aquella carta,
después de sus pensamientos, era como un codazo en
las costillas. ¿Por qué no le dejaba a solas
y en paz? A fin de cuentas, se había casado con Dalloway,
y había vivido con él en perfecta felicidad
todos aquellos años.
Estos hoteles, no son lugares reconfortantes.
Ni mucho menos. Innúmeras personas habían
colgado el sombrero en aquellos colgadores. Incluso las
moscas, a poco que uno pensara en ello, se habían
posado en otras narices. Y, en cuanto a aquella limpieza
que le hería la vista, no era limpieza sino, antes
bien, desnudez, frigidez; algo obligado. Seguramente una
árida matrona recorría el lugar al alba, olisqueando,
mirando, obligando a muchachas con la nariz azul a fregar,
fregar y fregar, como si el próximo visitante fuera
una tajada de carne que se debía servir en bandeja
perfectamente limpia. Para dormir, una cama; para sentarse,
un sillón; para limpiarse los dientes y afeitarse
el mentón, un vaso, un espejo. Los libros, las cartas,
la bata, descansaban aquí y allá, en la impersonalidad
del lugar, como incongruentes impertinencias. Y era la carta
de Clarissa la causa de que viera todo lo dicho. "Cuán
delicioso ha sido verte. Tenía que decirlo."
Dobló el papel, lo apartó de sí, ¡nada
le induciría a volverlo a leer!
Para que la carta le llegara a las seis,
forzosamente tuvo que haberse sentado a escribirla inmediatamente
después de que él se fuera, ponerle el sello,
y ordenar a alguien que la echara al buzón. Era,
como la gente suele decir, muy propio de ella. Su visita
la había impresionado. Habían sido fuertes
los sentimientos; por un momento, cuando Clarissa le besó
la mano, Clarissa lamentó, incluso le envidió,
posiblemente recordó (lo vio en su mirada) algo que
él había dicho, quizá que entre los
dos cambiarían el mundo si accedía a casarse
con él; en tanto que ahora era esto; era la media
edad; era la mediocridad; luego Clarissa se obligó
a sí misma, con su indomable vitalidad, a echar a
un lado todo lo anterior, por cuanto había en ella
una fibra vital que en cuanto a dureza, resistencia, capacidad
de salvar obstáculos y de llevarla triunfalmente
adelante, superaba en mucho todo lo que Peter había
visto en su vida. Sí, pero se había producido
una reacción en cuanto él salió del
cuarto. Había sentido sin duda una terrible lástima
de él; había pensado qué podría
hacer para complacerle (cualquier cosa menos la única
eficaz), y Peter Walsh la veía con las lágrimas
resbalándole por las mejillas, yendo a la mesa escritorio
y escribiendo veloz aquella línea que le había
dado la bienvenida al llegar. .. "¡Delicioso
verte!" Y era sincera.
Ahora Peter Walsh se desató los
cordones de las botas.
Pero no hubiese sido un éxito, su
matrimonio. Lo otro, a fin de cuentas, se producía
de una forma mucho más natural.
Era raro, era verdad; muchas personas lo
sentían. Peter Walsh, que había vivido respetablemente,
que había desempeñado los usuales cargos con
competencia, que despertaba simpatías, aunque se
le consideraba un tanto excéntrico y petulante, era
raro, sí, que él hubiera tenido,
especialmente ahora que su cabellera gris, cierto aspecto
de satisfacción, aspecto de contar con reservas.
Y esto era lo que le daba atractivo ante las mujeres, a
quienes les gustaba la sensación de que Peter Walsh
no era totalmente viril. Había algo insólito
en él, había algo detrás de él.
Quizá fuera su afición a los libros; cuando
iba de visita, siempre cogía el libro que había
sobre la mesa (ahora leía, con los cordones de las
botas arrastrando por el suelo); quizá se debiera
a que era un caballero, lo cual se veía en la manera
en que sacudía la cazoleta de la pipa para vaciar
la ceniza, y, desde luego, en sus modales al tratar con
mujeres. Y era encantador, y absolutamente ridículo,
ver cómo cualquier chica sin un gramo de sentido
común le manejaba a su antojo con la más pasmosa
facilidad. Aunque la chica tenía que aceptar los
riesgos inherentes. Es decir, pese a lo fácil que
era el trato con él, y a que con su alegría
y buena crianza su compañía resultaba fascinante,
también en esto tenía sus límites.
Ella decía algo; pues no, no; Peter Walsh veía
la falacia. Aquello no lo toleraba; no, no. Y, luego, era
capaz de gritar y de estremecerse de la risa por un chiste
entre hombres. Era el mejor juez de gastronomía,
en la India. Era un hombre. Pero no la clase de hombre al
que es preciso respetar; lo cual era un alivio; no era como
el mayor Simmons, por ejemplo; no, ni mucho menos, pensaba
Daisy cuando, a pesar de sus dos hijos pequeños,
solía compararlos.
Se quitó lás botas. Se vació
los bolsillos. Con su cortaplumas salió la foto de
Daisy en la terraza; Daisy, toda ella de blanco, con un
fox-terrier en las rodillas; muy atractiva, muy morena;
la mejor que de ella había visto.
A fin de cuentas, había ocurrido
de una forma muy natural; mucho más natural que con
Clarissa. Sin problemas. Sin enojos. Sin fintas ni escarceos.
Todo viento en popa. Y la morena, adorablemente linda muchacha
en la terraza exclamó (le parecía oírla)
desde luego, desde luego, a él se lo daría
todo, gritó (carecía del sentido de la discreción),
todo lo que él quisiera, gritó, corriendo
a su encuentro, fuera quien fuese el que les viera. Y sólo
tenía veinticuatro años. Y tenía dos
hijos. ¡Bien, bien!
Bueno, la verdad era que Peter Walsh se
había metido en un buen lío, a su edad. Y
se percataba de ello con gran claridad, cuando despertaba
por la noche. ¿Y si se casaban? Para él sería
magnífico, pero ¿para ella? La señora
Burgess, buena persona y nada dada a la murmuración,
con la que se había confesado, consideraba que su
ausencia en Inglaterra, con el motivo de consultar con los
abogados, podía dar lugar a que Daisy meditara más
detenidamente su decisión, pensara en lo que significaba.
Se trataba de la posición de Daisy, dijo la señora
Burgess; de las barreras sociales; de renunciar a sus hijos.
En menos que canta un gallo quedaría viuda, y arrastrándose
por los suburbios, o, más probablemente aún,
promiscua (ya sabe, dijo la señora Burgess, cómo
acaban estas mujeres, tan pintadas). Pero Peter Walsh quitó
importancia a todo lo anterior. Todavía no tenía
el proyecto de morirse. De todos modos, Daisy debía
decidir por sí misma; juzgar por sí misma,
pensaba Peter Walsh, paseando en calcetines por el cuarto,
alisando la camisa de etiqueta, ya que quizá fuera
a la fiesta de Clarissa, o quizá fuera a un concierto,
o quizá se quedara y leyera un libro absorbente escrito
por un hombre al que había conocido en Oxford. Y
si se retiraba, esto era lo que haría, escribir libros.
Iría a Oxford y trabajaría en la biblioteca
Bodleian. En vano la morena y adorablemente linda muchacha
corrió hasta el extremo de la terraza; en vano agitó
la mano; en vano gritó que le importaba un pimiento
lo que dijera la gente. Y allí estaba él a
quien Daisy consideraba el hombre más importante
dei mundo, el perfecto caballero, el hombre fascinante,
distinguido (y su edad carecía en absoluto de importancia
para Daisy), paseando por una habitación de hotel
de Bloomsbury, afeitándose, lavándose, pensando
en continuar, mientras cogía frascos y dejaba navajas,
sus búsquedas en la Bodleian, para averiguar la verdad
con respecto a uno o dos asuntos que le interesaban. Y sostendría
charlas con quien fuera, de manera que perdería más
y más el respeto a la exactitud de la hora de almorzar,
y faltaría a las citas; y cuando Daisy le pidiera,
como le pediría sin duda, un beso, se produciría
una escena, por no estar él a la altura debida (pese
a que verdaderamente la quería), y, en resumen, sería
mucho mejor, tal como dijo la señora Burgess, que
Daisy se olvidara de él, o sencillamente que le recordara
tal como era en el mes de agosto de 1922, como una figura
en pie en el cruce de carreteras, al ocaso, que se hace
más y más lejana a medida que el coche se
aleja, con Daisy bien asentada en él, segura, pese
a que va con los brazos extendidos; y Daisy ve cómo
la figura se hace imprecisa y desaparece, aun cuando sigue
gritando que es capaz de hacer cualquier cosa, cualquier
cosa, cualquier cosa...
Peter Walsh nunca sabía lo que la
gente pensaba. Y le era más y más difícil
concentrarse. Se transformaba en un hombre absorto; se transformaba
en un hombre entregado a sus propios problemas; ya ceñudo,
ya alegre; pendiente de las mujeres, distraído, de
humor variable, menos y menos capaz de entender (esto pensaba
mientras se afeitaba) por qué razón Clarissa
no podía, sencillamente, encontrarles una vivienda
y tratar a Daisy con amabilidad; presentarla a gente. Y,
entonces, él podría. . . ¿qué?
Podría vagar y perder el tiempo (como estaba haciendo
en aquellos momentos, ocupado en buscar varias llaves, papeles),
elegir y gustar, estar solo, en resumen, ser autosuficiente;
y sin embargo nadie desde luego dependía tanto de
los demás (se abrochó el chaleco); esto había
sido la causa de todos sus males. Era incapaz de no frecuentar
los lugares de reunión de hombres, le gustaban los
coroneles, le gustaba el golf, le gustaba el bridge, y sobre
todo le gustaba el trato con las mujeres, la belleza de
su compañía, y la fidelidad, audacia y grandeza
de su manera de amar que, a pesar de tener sus inconvenientes,
le parecía (y la morena y adorablemente linda cara
estaba encima de los sobres) admirable, una flor espléndida
que crecía en lo mejor de la vida humana, y sin embargo
él no podía estar a la altura de las circunstancias,
ya que tenía tendencia a ver más allá
de las apariencias (Clarissa había socavado con carácter
permanente cierto aspecto suyo), y a cansarse muy fácilmente
de la muda devoción, y a desear variedad en el amor,
pese a que se enfurecería si Daisy amara a otro,
¡sí, se enfurecería, ya que era celoso,
desbordadamente celoso por temperamento. ¡Sufría
horrores! Pero, ¿dónde estaban su cortaplumas,
su reloj, sus sellos, su cartera, y la carta de Clarissa
que no volvería a leer pero en la que le gustaba
pensar, y la foto de Daisy? Y ahora a cenar.
Estaban comiendo.
Sentados alrededor de mesas con un florero,
vestidos de etiqueta o no, con sus chales y bolsos al lado,
con su falso aire de compostura, porque no estaban acostumbrados
a comer tantos platos en la cena; y de confianza, porque
podían pagar; y de tensión, porque se habían
pasado el día haciendo compras y visitando monumentos
en Londres; y de natural curiosidad, porque alzaron la vista
y miraron alrededor cuando entró el agradable caballero
con las gafas de armazón de concha; y de buena voluntad,
porque con gusto prestarían pequeños servicios,
cual entregar un horario de trenes, o dar cualquier información
útil; y del deseo, que latía en ellos, que
les empujaba subterráneamente, de establecer de un
modo u otro vínculos, aunque sólo fuera el
de un lugar de nacimiento (Liverpool, por ejemplo) en común,
o el de amigos con un mismo apellido; con sus furtivas miradas,
extraños silencios, y súbitas retiradas al
terreno de la jocosidad familiar y el aislamiento; allí
estaban cenando cuando el señor Walsh entró
y se sentó a una mesa junto a la cortina.
No se debió a que el señor
Walsh dijera algo, ya que, por estar solo, únicamente
al camarero podía dirigirse; se debió a su
manera de mirar la carta, de señalar con el índice
un determinado vino, de erguirse ante la mesa, de disponerse
con seriedad, no con glotonería, a cenar, el que
le mirasen con respeto; respeto que tuvo que permanecer
inexpresado durante la mayor parte de la cena, pero que
surgió como una llama a la superficie, en la mesa
en que los Morris se sentaban, cuando se oyó que
el señor Walsh decía, al término de
la cena, "Peras Bertlett". La razón por
la que habló con tanta moderación y, sin embargo
con firmeza, con el aire de un hombre disciplinario que
ejerce sus legítimos derechos, fundados en la Justicia,
era algo que ni el joven Charles Morris, ni el viejo Morris,
ni la señorita Elaine, ni la señora Morris,
sabían. Pero, cuando el señor Walsh dijo "Peras
Bertlett, sentado solo en su mesa, comprendieron que contaba
con su apoyo, en alguna legítima exigencia; que era
el defensor de una causa que inmediatamente devino también
suya, por lo que sus ojos se encontraron comprensivos con
los del señor Walsh, y, cuando todos llegaron al
salón de fumar simultáneamente, era inevitable
que se produjera una breve charla entre ellos.
No fue muy profunda, sólo se refirieron
a que Londres estaba atestado, a que había cambiado
en el curso de treinta anos, a que el Señor Morris
prefería Liverpool, a que la señora Morris
había visitado la exposición floral de Westminster,
y a que todos habían visto al Príncipe de
Gales. Sin embargo, Peter Walsh pensó que no había
en el mundo familia que pudiera compararse con la familia
Morris; no, ni una; y sus relaciones entre sí son
perfectas, y las clases altas les importan un pimiento,
y les gusta lo que les gusta, y Elaine se está preparando
para entrar en el negocio de la familia, y el chico ha conseguido
una beca para Leedt, y la vieja señora (que cuenta
aproximadamente los mismos años que Peter Walsh)
tiene tres hijos más en casa; y tienen dos automóviles,
pero el señor Morris todavía remienda zapatos
los domingos. Soberbio, absolutamente soberbio, pensó
Peter Walsh, balanceándose hacia adelante y hacia
atrás, con la copa de licor en la mano, entre peludos
sillones rojos y ceniceros, sintiéndose muy satisfecho
de sí mismo porque los Morris le tenían simpatía;
sí, tenían simpatía al hombre que había
dicho "Peras Bertlett", Peter Walsh se dio cuenta
de que le tenían simpatía.
Iría a la fiesta de Clarissa. (Los
Morris se fueron pero se volverían a ver.) Iría
a la fiesta de Clarissa, porque quería preguntarle
a Richard qué hacían en la India los inútiles
conservadores. ¿Y qué obras teatrales se estaban
representando? Y la música... Oh, sí, y simple
charla sin importancia.
Porque esta es la verdad acerca de nuestra
alma, pensó, de nuestro yo, que cual un pez habita
en profundos mares, y nada entre oscuridades, trazando su
camino entre matas de gigantescos hierbajos, por espacios
moteados por el sol, y sigue adelante y adelante, penetrando
en las tinieblas, en la frialdad, en lo profundo, en lo
inescrutable, y de repente sale veloz a la superficie, y
se exhibe y nada en las olas rizadas por el viento, y tiene
una positiva necesidad de trato, de roce, de calor, con
charlas ligeras. ¿Qué piensa el gobierno hacer-Richard
Dalloway lo sabría-con la India?
Como sea que aquella era una noche muy
calurosa, y los muchachos vendedores de periódicos
pasaban con carteles que, con grandes letras rojas, proclamaban
que se había producido una ola de calor, se habían
dispuesto sillas de mimbre en la entrada del hotel, y en
ella se sentaban indiferentes caballeros que bebían
y fumaban. Allí se sentó Peter Walsh. Uno
podía muy bien imaginar que aquel día, el
día londinense, acababa de comenzar. Igual que una
mujer que se ha quitado el vestido estampado y el delantal
para ataviarse de azul y adornarse con perlas, el día
había cambiado, se había despojado de telas
gruesas, se había puesto gasas, se había transformado
en atardecida, y, con el mismo suspiro de satisfacción
que exhala una mujer al dejar caer las enaguas al suelo,
se iba aliviando de polvo, calor, color. El tránsito
disminuía, los automóviles, relucientes y
veloces, substituían a los grandes camiones de carga;
y aquí y allá, entre el denso follaje de las
plazas, brillaba una luz intensa. Me voy, la atardecida
parecía decir, mientras palidecía y se marchitaba
sobre los tejados y las prominencias, las cúpulas
y las agujas, de hotel, vivienda, bloque de tiendas, me
marchito, y comenzaba a hacerlo, me voy, pero Londres no
quería, y alzaba hacia el cielo sus bayonetas, inmovilizaba
a la atardecida, la obligaba a participar en su ensueño.
Porque la gran revolución del horario
de verano del señor Willett había tenido lugar
después de la última visita de Peter Walsh
a Londres. El prolongado atardecer era nuevo para él.
Y era estimulante. Sí, porque, al pasar los jóvenes,
con sus carteras de negocios, terriblemente contentos de
haber quedado en libertad, y también orgullosos,
aunque en silencio, de pisar aquel famoso pavimento, cierta
clase de alegría, barata, un poco de oropel, si se
quiere, pero de todos modos intensa, iluminaba sus rostros.
Y vestían bien; ellas, medias rosadas, lindos zapatos.
Ahora pasarían un par de horas en el cine. Les perfilaba,
les refinaba, la amarilloazulenca luz del atardecer; y en
las hojas de la plaza la luz lucía cárdena
y lívida, las hojas parecían hundidas en aguamarina,
el follaje de una ciudad sumergida. Estaba pasmado ante
aquella belleza, y también le daba optimismo, ya
que mientras los angloindios que habían regresado
se sentaban por propio derecho (conocía a montones)
en el Oriental Club, pasando biliosamente revista a los
males del mundo, allí estaba él, más
joven que nunca, envidiando a los jóvenes su tiempo
de verano y el descanso a él anejo, y más
que sospechando, gracias a las palabras de una muchacha,
a la risa de una criada-cosas intangibles sobre las que
no cabe poner las manos-, la realidad de aquel cambio en
la total acumulación piramidal que en su juventud
parecía inconmovible. Había ejercido presión
en todos ellos; les había aplastado, especialmente
a las mujeres, como aquellas flores que Helena, la tía
de Clarissa, prensaba entre grises hojas de papel secante,
con el diccionario Littré encima, sentada bajo la
lámpara después de cenar. Ahora había
muerto. Por Clarissa, supo que la tía Helena había
perdido la visión de un ojo. Parecía muy adecuado-un
golpe maestro de la naturaleza-que la vieja señorita
Parry se hubiera vidriado en parte. Moriría como
un pájaro en una helada, agarrada a la rama. Pertenecía
a una época diferente, pero, por ser tan entera,
tan completa, siempre destacaría en el horizonte,
con blanco color de piedra, eminente, como un faro indicando
una etapa pasada de este aventurado largo, largo viaje,
de esta interminable (buscó una moneda en el bolsillo
para comprar el periódico, y leyó acerca de
Surrey y de Yorkshire; había entregado millones de
veces aquella moneda; el Surrey iba lanzado, una vez más),
esta interminable vida. Pero el cricket no era una tontería.
El Cricket. Leyó primero los resultados de los partidos,
luego leyó lo referente al calor de aquel día,
y después la noticia de un asesinato. El haber hecho
cosas millones de veces enriquecía, aun cuando bien
cabía decir que desgastaba la superficie. El pasado
enriquecía, y la experiencia, y el haber querido
a una o dos personas, al igual que el haber adquirido la
capacidad, de la que carecen los jóvenes, de seguir
atajos, de hacer lo que a uno le gusta, sin importarle a
uno un comino lo que la gente diga, e ir y venir sin grandes
esperanzas (dejó el periódico en la mesa y
se alejó), lo cual, sin embargo (fue a buscar el
sombrero y el abrigo), no era totalmente verdad en cuanto
a él hacía referencia, al menos esta noche,
por cuanto se disponía a ir a una fiesta, a su edad,
en la creencia de que viviría una experiencia. Pero
¿cuál?
Belleza, de todos modos. No la burda belleza
de la visión. No era belleza pura y simple, Bedford
Place conduciendo a Russel Square. Era rectitud y vaciedad,
desde luego; la simetría de un corredor; pero también
era ventanas iluminadas, el sonido de un piano, de un gramófono;
una sensación de fuente de placer escondida pero
que una y otra vez aparecía, cuando, a través
de una ventana sin cortina, de una ventana abierta, uno
veía a gente sentada alrededor de una mesa, a jóvenes
trazando círculos lentamente, conversaciones entre
hombres y mujeres, criadas mirando ociosas la calle (extraños
comentarios los suyos, cuando el trabajo ha terminado),
medias secándose en alféizares, un loro, unas
cuantas plantas. Absorbente, misteriosa, de infinita riqueza,
esta vida. Y en la amplia plaza por la que tan aprisa avanzaban
y giraban los taxis, había parejas en descanso, retozando,
abrazándose, encogidas bajo la lluvia de un árbol;
esto era conmovedor; tan silencioso, tan absorto, que una
pasaba discreta, tímidamente, como si estuviera en
presencia de una sagrada ceremonia que sería impiedad
interrumpir. Era interesante. Y siguió adelante,
penetrando en el resplandor y la luz.
El ligero abrigo se había abierto
como por efecto de un soplo, y Peter Walsh caminaba con
indescriptible aire personal, un poco inclinado hacia adelante,
con las manos a la espalda y con los ojos todavía
un poco como los del halcón; avanzaba por Londres,
hacia Westminster, observando.
¿Acaso todo el mundo cenaba fuera?
Aquí, un criado abrió las puertas para que
saliera una vieja dama de decidido andar, con zapatos de
hebilla y tres purpúreas plumas de avestruz en el
pelo. Se abrían puertas para que salieran señoras
envueltas, como momias, en chales con coloridas flores,
señoras con la cabeza descubierta. Y de respetables
casas, con columnas estucadas, a través de pequeños
jardines fronteros, salían mujeres, ceñidas
en ropas ligeras, con peinetas en el pelo (corriendo habían
ido a ver a sus hijos), y había hombres que las esperaban,
con las chaquetas abiertas y el motor en marcha. Todos salían
de casa. Con estas puertas abriéndose, con el descenso
y con la partida, parecía que todo Londres se embarcara
en barquichuelas amarradas a la orilla, balanceándose
en el agua, como si el lugar, íntegramente, se alejara
flotando en un carnaval. Y Whitehall parecía cubierto
de hielo, de plata martilleada, cubierto de una finísima
capa de hielo, y alrededor de los faroles se tenía
la impresión de que volaran moscas de agua; hacía
tanto calor que la gente hablaba parada en la calle. Y aquí,
en Westminster, un juez jubilado, seguramente, estaba solemnemente
sentado a la puerta de su casa, todo él vestido de
blanco. Un angloindio, con toda probabilidad.
Y aquí, el escándalo de unas
mujeres peleándose, mujeres borrachas. Aquí,
sólo un policía, y casas que se cernían,
altas casas, casas con cúpulas, iglesias, parlamentos,
y la sirena de un buque en el río, un grito hueco
y neblinoso. Pero era su caile ésta, la de Clarissa;
los taxis doblaban veloces la esquina, como el agua contornea
los pilares de un puente, coincidiendo, le pareció,
debido a que transportaban a gente que iba a su fiesta la
fiesta de Clarissa.
El frío caudal de las impresiones
visuales ahora ya no le afectaba, como si cada ojo fuera
una taza llena a rebosar que dejara resbalar por su superficie
de porcelana el líquido sobrante. Ahora el cerebro
debe despertar. Ahora el cuerpo debe contraerse al entrar
en la casa, la casa iluminada, cuyas puertas estaban abiertas,
con automóviles delante y esplendentes mujeres descendiendo
de ellos. El alma debe templarse para soportar. Abrió
la hoja grande del cortaplumas.
Lucy bajó la escalera corriendo
a toda velocidad, después de haberse asomado un instante
al salón para alisar un tapete, rectificar la posición
de una silla, y detenerse un momento para sentir la sensación
que seguramente experimentarían los que allí
entrasen al ver la hermosa plata, los atizadores de bronce,
las nuevas fundas de los sillones, y las cortinas de quimón
amarillo; juzgó cada uno de estos elementos; oyó
un rugido de voces; ya venían de cenar; ¡tenía
que irse volando!
Vendría el Primer Ministro, dijo
Agnes; esto había oído decir en el comedor,
dijo, entrando con una bandeja de vasos. ¿Acaso tenía
importancia, la más leve importancia, un Primer Ministro
más o menos? Era algo que, a esta hora de la noche,
dejaba totalmente indiferente a la señora Walker,
allí, entre las bandejas, ensaladeras, coladores,
sartenes, ensalada de pollo, heladoras de sorbetes, pan
rallado, limones, soperas y cuencos de pastel, que, después
de haber sido concienzudamente lavados, parecían
ahora asediar a la señora Walker, sobre la mesa de
la cocina, sobre las sillas, mientras el fuego llameaba
y rugía, las luces eléctricas resplandecían,
y la cena aún no había sido servida. Lo único
que pensaba era que un Primer Ministro más o menos
carecía en absoluto de importancia para la señora
Walker.
Las señoras ya subían la
escalera, dijo Lucy; las señoras subían la
escalera una a una, la señora Dalloway la última,
enviando casi en todo momento un mensaje a la cocina, "Felicite
a la señora Walker", que era el mensaje de la
noche. Al día siguiente analizarían los platos,
la sopa, el salmón; el salmón estaría,
como muy bien le constaba a la señora Walker, poco
hecho como de costumbre, ya que siempre se ponía
nerviosa con el pastel, y dejaba el salmón a los
cuidados de Jenny; por esto ocurría que el salmón
estaba siempre poco hecho. Pero una señora de rubio
cabello y adornos de plata preguntó, afirmó
Lucy, refiriéndose a la entrada, si realmente el
plato estaba guisado en casa. Pero era el salmón
lo que preocupaba a la señora Walker, mientras daba
vueltas y vueltas a las bandejas y abría y cerraba
llaves de tiro de la cocina; y del comedor llegó
un estallido de risas; una voz hablando, y luego otro estallido
de risas; los caballeros divirtiéndose, después
de haberse ido las señoras. El tokay , dijo
Lucy, que acababa de entrar corriendo. El señor Dailoway
había pedido el tokay , procedente
de las bodegas del Emperador, el Imperial Tokay .
Fue transportado a través de la
cocina. Por encima del hombro, Lucy comunicó que
la señorita Elizabeth estaba preciosa; Lucy no podía
apartar la vista de ella; con su vestido de color de rosa,
y luciendo el collar que el señor Dalloway le había
regalado. Jenny debía acordarse del perro, del fox-terrier
de la señorita Elizabeth pues como sea que mordía,
tuvieron que encerrarlo, y quizá, pensaba Elizabeth,
necesitara algo. Jenny debía acordarse del perro.
Pero Jenny no iba a subir al piso superior, con toda aquella
gente. ¡A la puerta había llegado ya un automóvil!
Sonó el timbre... ¡Y los caballeros todavía
en el comedor, bebiendo tokay !
Ahora subían la escalera; había
sido el primero en llegar, y ahora irían llegando
más y más de prisa, de manera que la señora
Parkinson (contratada para las fiestas) debía dejar
entornada la puerta del vestíbulo, y el vestíbulo
estaría rebosando de caballeros esperando (esperaban
en pie, alisándose el cabello), mientras las señoras
se despojaban de sus capas en la estancia que se abría
en el pasillo; donde la señora Barnet las ayudaba,
la vieja Ellen Barnet, que había servido durante
cuarenta años a la familia, y que acudía todos
los veranos para ayudar a las señoras, y recordaba
a las madres cuando eran muchachas, y aunque, con gran sencillez
les estrechaba la mano, decía " milady "
muy respetuosamente, pese a que había en ella cierto
sentido del humor, contemplando a las jóvenes señoras,
y ayudando como siempre con gran tacto a Lady Lovejoy, que
tenía cierto problema con sus enaguas. Y no podían
evitar el pensar Lady Lovejoy y la señorita Alice,
que ciertos pequeños privilegios, en materia de tocador,
les eran conferidos después de haber conocido a la
señora Barnet durante: "treinta años,
milady ", les informó la señora
Barnet. Las señoritas no usaban lápiz de labios,
dijo Lady Lovejoy cuando acudían a Bourton, en los
viejos tiempos. Y la señorita Alice no necesitaba
lápiz de labios, dijo la señora Barnet, mirando
cariñosamente a ésta. Y allí quedó
sentada la señora Barnet, en el cuarto guardarropa,
acariciando pieles, alisando mantones españoles,
ordenando la mesa tocador, y sabiendo a la perfección,
a pesar de las pieles y de los bordados, cuáles eran
las señoras amables, y cuáles no lo eran.
La simpática viejecita, dijo Lady Lovejoy, subiendo
la escalera, la vieja niñera de Clarissa.
Y entonces Lady Lovejoy se envaró.
"Lady Lovejoy y la señorita Lovejoy", dijo
al señor Wilkins (alquilado para las fiestas). Tenía
un aire admirable, el señor Wilkins, cuando se inclinaba
y se enderezaba, se inclinaba y se enderezaba, y anunciaba
con perfecta imparcialidad "Lady Lovejoy y la señorita
Lovejoy... Sir John y Lady Needham... La señorita
Weld... El señor Walsh..." Su aire era admirable;
forzosamente tenía que ser irreprochable su vida
familiar, con la salvedad de que parecía imposible
que, teniendo labios verdosos y mejillas afeitadas hubiera
podido cometer el error de aceptar las molestias de los
hijos.
"¡Qué delicioso verte!",
decía Clarissa. Lo decía a todos. ¡Qué
delicioso verte! Estaba insoportable, efusiva e insincera.
Había cometido un gran error al acudir. Hubiera debido
quedarse en casa y leer el libro, pensó Peter Walsh;
hubiera debido ir a un concierto; hubiera debido quedarse
en casa, porque no conocía a nadie.
Oh, Dios santo, iba a ser un fracaso, un
total fracaso, y Clarissa lo sentía en los tuétanos,
mientras el anciano y simpático Lord Lexham excusaba
a su esposa, que había pillado un resfriado en una
recepción en los jardines del Palacio de Buckingham.
Con el rabillo del ojo, Clarissa podía ver a Peter,
criticándola, allí, en aquel rincón.
¿Por qué, a fin de cuentas, hacía ella
aquellas cosas? ¿Por qué buscaba eminencias
y se quedaba en ellas subida, empapada en fuego? ¡Podía
quedar consumida! ¡Reducida a cenizas! ¡Cualquier
cosa era mejor que esto, más valía blandir
la antorcha y arrojarla al suelo, que irse consumiendo poco
a poco, como una Ellie Henderson cualquiera! Era extraordinaria
la capacidad que Peter Walsh tenía para ponerla en
este estado, por el solo medio de acudir y quedarse en un
rincón. La inducía a verse a sí misma,
a exagerar. Era idiota. Pero entonces, ¿por qué
acudía, simplemente a criticar? ¿Por qué
siempre tomaba, sin dar nada? ¿Por qué no
arriesgarse a exponer el propio punto de vista? Ahora Peter
Walsh se alejaba, y Clarissa tenía que hablarle.
Pero no, no tendría oportunidad. La vida era esto,
humillación renuncia. Lo que Lord Lexham decía
era que su esposa no quiso llevar pieles en la fiesta en
el járdín, debido a que "querida, las
señoras sois todas iguales", ¡Lady Lexham
tenía setenta y cinco años por lo menos! Era
delicioso el modo en que aquellos viejos cónyuges
se mimaban el uno al otro. Sentía simpatía
hacia el viejo Lord Lexham. Clarissa consideraba que su
fiesta tenía importancia, y la ponía realmente
enferma el darse cuenta de que se desarrollaba mal, de que
todo se iba al garete. Cualquier cosa, cualquier explosión,
cualquier horror, era mejor que la gente vagando sin rumbo,
formando grupo en un rincón, como Ellie Henderson,
sin siquiera tomarse la molestia de mantenerse erguidos.
Suavemente, la cortina amarilla con todas
las aves del paraíso fue levantada por el viento,
y pareció que un revoloteo de alas penetrase en la
estancia, con fuerte impulso, y luego fue reabsorbida. (Ya
que las ventanas estaban abiertas.) ¿Había
corrientes de aire?, se preguntó Ellie Henderson.
Era propensa a los resfriados. Pero poco importaba que mañana
amaneciera estornudando; en las muchachas con los hombros
desnudos pensaba Ellie Henderson, educada en el hábito
de pensar en los demás por su padre anciano, inválido,
vicario que fue de Bourton, pero que ahora estaba muerto;
y los resfriados de la señora Henderson nunca le
afectaban el pecho, nunca. Era en las muchachas en quien
pensaba, las jóvenes muchachas con los hombros al
aire, ya que ella había sido siempre enteca, con
su escaso cabello y su flaco perfil; aun cuando ahora, que
ya había rebasado los cincuenta, comenzaba a resplandecer,
gracias a un suave rayo de luz, algo purificado hasta alcanzar
la distinción por años de abnegado vivir,
aunque oscurecido a su vez, perpetuamente; por su lamentable
amabilidad, por su miedo pánico, nacido de unos ingresos
de trescientas libras, y de su indefensión (no era
capaz de ganar ni un penique), lo cual la hacía tímida,
y la incapacitaba más y más, año tras
año, para tratar a gentes bien vestidas que acudían
a lugares como éste todas las noches de la temporada
social, limitándose a decir a las doncellas "Me
pondré esto o aquello", en tanto que Ellie Henderson
se apresuraba a salir de casa nerviosamente, se compraba
rosáceas flores baratas, media docena, y se echaba
un chal sobre su viejo vestido negro. Y esto hizo porque
la invitación de Clarissa Dalloway a su fiesta le
había llegado en el último instante. No estaba
satisfecha, ni mucho menos. Tenía la impresión
de que Clarissa no había tenido la intención
de invitarla aquel año.
¿Y por qué tenía que
invitarla? Verdaderamente, no había razón
alguna para ello, salvo que se conocían de toda la
vida. La verdad es que eran primas. Pero, como es natural,
se habían alejado la una de la otra, debido a que
Clarissa era muy solicitada. Constituía un acontecimiento,
para Ellie Henderson, el ir a una fiesta. Sólo ver
los hermosos vestidos era para ella una diversión.
¿Sería aquella muchacha Elizabeth, crecida,
con el cabello peinado a la moda y el vestido de color de
rosa? Sin embargo, no podía tener más de diecisiete
años. Era muy, muy hermosa. Pero al parecer las muchachas,
en sus primeras salidas, no vestían de blanco, como
antes solían. (Debía recordarlo todo, para
contárselo a Edith.) Las muchachas vestían
túnicas rectas, ceñidas, con falda muy por
encima de los tobillos. Favorecían la figura, pensó.
Y de esta manera, con su vista debilitada,
Ellie Henderson iba avanzando tímidamente, y no le
importaba demasiado el no tener a nadie con quien hablar
(a casi nadie conocía allí), porque pensaba
que todos los presentes eran personas a las que resultaba
muy interesante contemplar; políticos, seguramente;
amigos de Richard Dalloway; pero fue el propio Richard quien
estimó que no podía permitir que aquel pobre
ser se pasara toda la noche allí, solo.
-¿Qué tal, Ellie? ¿Qué
es de tu vida? -dijo Richard, con su habitual cordialidad.
Y Ellie Henderson, poniéndose nerviosa
ruborizándose, y pensando que Richard era extraordinariamente
amable al dirigirse a ella, repuso que mucha gente se sentía,
realmente, más afectada por el calor que por el frío.
-Así es-dijo Richard Dalloway-.
Efectivamente.
Pero, ¿qué más podía
uno decir? Alguien cogió por el codo a Richard Dalloway
y le dijo:
-Hola, Richard.
Y, santo Dios, era el buen Peter Walsh,
el mismísimo Peter Walsh. Richard estaba encantado
de volverle a ver verdaderamente encantado. No había
cambiado ni pizca. Y juntos se fueron los dos, cruzando
la estancia, dándose recíprocamente palmaditas
en la espalda, como si no se hubieran visto en largos años.
Ellie Henderson pensó, viéndoles alejarse,
que estaba segura de que conocía la cara de aquel
hombre. Un hombre alto, de media edad, con ojos bastante
hermosos, moreno, con gafas, y cierto aire de John Burrows.
Con toda seguridad, Edith le conocería.
La cortina, con su bandada de pájaros
del paraíso, volvió a ser alzada por el viento.
Y Clarissa lo vio. Vio a Ralph Lyon devolverla a su sitio
mediante un golpe, y seguir hablando. ¡A fin de cuentas,
resultaba que no era un fracaso! Ahora su fiesta se desarrollaba
a la perfección. Había comenzado. Pero la
situación todavía era muy delicada. Por el
momento, debía quedarse donde estaba. La gente parecía
llegar en torrente.
El coronel Garrod y su esposa... El señor
Hugh Whitbread... El señor Bowley... La señora
Hilbery... Lady Mary Maddox... El señor Quin... entonaba
Wilkins. Clarissa decía seis o siete palabras a cada
uno, y ellos seguían adelante, entraban en las estancias;
entraban en algo, no en nada, desde el momento en que Ralph
Lyon había devuelto la cortina a su sitio mediante
un golpe.
Y sin embargo, en cuanto a ella se refería,
representaba un esfuerzo excesivo. No disfrutaba de la fiesta.
Se parecía demasiado a ser... a ser cualquiera, allí
en pie; cualquiera podía hacerlo; sin embargo, admiraba
un poco a este cualquiera, no podía evitar el pensar
que, de un modo u otro, había sido ella quien logró
que esto ocurriera, que marcaba un estadio, aquel poste
en que tenía la impresión de haberse convertido,
ya que, cosa rara, había olvidado el aspecto que
presentaba, pero se sentía como una estaca clavada
en lo alto de la escalera. Siempre que daba una fiesta,
tenía la sensación de ser algo, una cosa,
y no ella, y que todos fueran irreales, en cierto aspecto;
y mucho más reales, en otro aspecto. Se debía,
pensaba, en parte a sus ropas, en parte a haber quedado
apartados del habitual comportamiento, en parte al ambiente;
cabía la posibilidad de decir cosas que no se podían
decir de otro modo, cosas que necesitaban un esfuerzo; posiblemente,
cabía profundizar más. Pero no era así,
en cuanto a ella hacía referencia; al menos, por
el momento.
-¡Qué delicioso verle!-dijo.
¡El viejo y simpático Sir
Harry! Este los conocería a todos.
Y lo más raro era la sensación
que una tenía al verles subir la escalera, uno tras
otro, la señora Mount y Celia, Herbert Ainsty, la
señora Dakers... ¡Oh, y Lady Bruton! Clarissa
dijo:
-¡Cuánto te agradezco que
hayas venido!
Y lo dijo sinceramente. Era rara la sensación
que una tenía, allí, en pie, al verles pasar
y pasar, algunos muy viejos, algunos...
¿ Quién ; ¿Lady
Rosseter? ¿Quién podía ser aquella
Lady Rosseter?
-¡Clarissa!
¡Esta voz! ¡Era Sally Seton!
¡Sally Seton! ¡Después de tantos años!
Su imagen se concretaba a través de una niebla. Ya
que no tenía este aspecto, Sally Seton,
cuando Clarissa sostenía en las manos la botella
de agua caliente. ¡Pensar que Sally Seton estaba bajo
este techo! ¡ Increíble!
Atropelladamente, inhibidas, rientes, fueron
brotando las palabras. . . Pasaba por Londres; me lo dijo
Clara Haydon; ¡qué ocasión de verte!
Y me he colado, sin invitación. . .
Una podía dejar la botella de agua
caliente con toda compostura. Sally Seton había perdido
el esplendor. Sin embargo, era extraordinario volverla a
ver, mayor, más feliz, no tan atractiva. Se besaron,
primero en una mejilla, luego en la otra, junto a la puerta
del salón, y Clarissa se dio la vuelta, con la mano
de Sally en la suya, y vio sus estancias llenas, oyó
el rugido de las voces, vio los candelabros, las cortinas
agitadas por el viento, y las rosas que Richard le había
traído.
-Tengo cinco chicos enormes-dijo Sally.
Tenía, Sally Seton, el más
sencillo egotismo, el más abierto deseo de ser siempre
la primera, y Clarissa la amaba por ser todavía así.
Una cálida oleada de placer la invadió al
pensar en el pasado, y gritó:
-¡No puedo creerlo!
Pero, he aquí a Wilkins; Wilkins
había venido en su busca; Wilkins emitía con
voz de imponente autoridad, cual si amonestara a todos los
presentes, y la dueña de la casa tuviera que abandonar
las frivolidades, un nombre.
-El Primer Ministro-dijo Peter Walsh.
¿El Primer Ministro?, ¿de
veras?, se preguntó maravillada Ellie Henderson.
¡Cómo gozaría al contárselo a
Edith!
Uno no se podía reír de él.
Tenía aspecto ordinario. Uno hubiera podido ponerlo
detrás de un mostrador y comprarle pasteles... Pobre
hombre, todo cubierto de bordados en oro. Y, a decir verdad,
cuando fue saludando a la gente, primero con Clarissa, y
escoltado después, por Richard, lo hizo muy bien.
Intentaba parecer alguien. Era divertido contemplarlo. Nadie
le prestaba atención. Todos siguieron hablando, pero
se advertía a la perfección que todos se daban
cuenta (lo sentían hasta los tuétanos) del
paso de aquella majestad, del símbolo de aquello
que todos representaban, la sociedad inglesa. La vieja Lady
Bruton, y también ella presentaba bello aspecto,
muy gallarda con sus encajes, salió a la superficie,
y se retiraron a una pequeña estancia, que inmediatamente
se convirtió en objeto de disimulado interés,
de vigilancia, y cierto murmullo, cierto estremecimiento
afectó abiertamente a todos: ¡El Primer Ministro!
¡Señor, Señor, el esnobismo
de los ingleses!, pensó Peter Walsh, en pie en un
rincón. ¡Cuánto les gustaba vestir prendas
bordadas en oro, y rendir homenaje! ¡Ahí estaba!
¡Forzosamente tenía que ser-y vive Dios que
lo era-Hugh Whitbread, husmeando por los lugares en donde
se encuentra a los grandes, bastante más gordo, bastante
más cano, el admirable Hugh!
Parecía que siempre estuviera de
servicio, pensó Peter, un ser privilegiado pero reservado,
que atesoraba secretos en cuya defensa estaba dispuesto
a morir, aun cuando tan sólo se trataba de chismorreos
distraídamente difundidos por un lacayo de la Corte,
que publicarían mañana todos los periódicos.
Estas eran las nimiedades jugando con las cuales había
encanecido, había llegado a las cercanías
de la vejez, gozando del respeto y del afecto de todos aquellos
que disfrutaban del privilegio de conocer a semejante ejemplar
del hombre fruto de las escuelas privadas inglesas. Inevitablemente,
uno pensaba cosas así al ver a Hugh; este era su
estilo; el estilo de aquellas admirables cartas que Peter
había leído, con miles de millas de mar por
medio, en el Times ; y había dado gracias
a Dios de hallarse lejos de aquella peligrosa charlatanería,
aunque sólo fuera para oír el parloteo de
los mandriles y las palizas de los culis a sus esposas.
Un joven de aceitunada piel, procedente de alguna universidad,
permanecía obsequiosamente al lado de Hugh. Y Hugh
le protegería, le iniciaría, le enseñaría
a progresar. Sí, porque nada había que le
gustara más que prodigar favores, hacer palpitar
el corazón de viejas señoras con la alegría
de saber que se pensaba en ellas, en su ancianidad, en su
aflicción cuando creían que estaban totalmente
olvidadas, pero allá iba Hugh en su automóvil,
y se pasaba una hora hablándoles del pasado, recordando
bagatelas, alabando el pastel hecho en casa, a pesar de
que Hugh era hombre que podría comer pasteles con
una duquesa siempre que le diera la gana y, a juzgar por
su aspecto, probablemente dedicaba mucho tiempo a tan agradable
ocupación. Los supremos juzgadores, los dotados de
suprema piedad, podían disculparle. Pero Peter Walsh
carecía de piedad. Los villanos existen realmente
y bien sabía Dios que los canallas que mueren ahorcados
por haber hecho papilla los sesos de una muchacha en un
tren hacen menos daño, en total, que Hugh Whitbread
y sus amabilidades. Había que verle ahora, de puntillas;
avanzando como si bailara, inclinándose y sonriendo,
en el instante en que el Primer Ministro y Lady Bruton salían
de la pequeña habitación, con lo que daba
a entender a todos que gozaba del privilegio de decir algo,
algo privado, a Lady Bruton, al pasar. Lady Bruton se detuvo.
Balanceó su hermosa y vieja cabeza. Seguramente le
daba las gracias por algún acto de servilismo. Tenía,
Lady Bruton, pelotilleros, funcionarios de secundaria importancia
en oficinas ministeriales, que le prestaban diligentes servicios,
a cambio de los cuales ella les invitaba a comer. Pero Lady
Bruton era un fruto del siglo XVIII. Y nada se le podía
reprochar.
Y ahora Clarissa acompañó
al Primer Ministro a través de la sala, contoneándose,
esplendorosa, con el señorío de su gris cabellera.
Llevaba pendientes y un vestido de sirena, verde plata.
Flotando sobre las olas y balanceando la melena parecía
tener aún aquel don: ser, existir, reunirlo todo
en el instante al pasar; giró, se enganchó
el echarpe en el vestido de otra mujer, lo desenganchó,
rió, lo hizo todo con la más perfecta soltura
y con el aire de un ser flotando en su elemento. Pero el
paso del tiempo la había rozado; incluso cual a una
sirena que contemplara en su espejo el sol poniente en un
atardecer muy claro sobre las olas. Había un aliento
de ternura; su severidad, mojigatería, imperturbabilidad,
estaban ahora penetradas de calidez, y había en ella,
al despedir al fornido hombre con bordados de oro, que hacía
cuanto podía, y que buena suerte le acompañara,
para parecer importante, una inexpresable dignidad, una
exquisita cordialidad, como si deseara lo mejor al mundo
entero, y ahora, hallándose en el mismísimo
límite de la realidad, tuviera que despedirse. Esto
hizo pensar Clarissa a Peter Walsh. (Pero no estaba enamorado.)
Realmente, opinó Clarissa, el Primer
Ministro fue muy amable al acudir. Y, al cruzar la estancia
con él, estando allí Sally, y allí
Peter, y Richard, muy complacido, con toda aquella gente,
quizá propensa a la envidia, Clarissa sintió
la embriaguez del momento, aquella dilatación de
los nervios del mismísimo corazón, hasta que
éste pareció estremecerse, alzarse, ponerse
en pie; sí, pero, a fin de cuentas, era lo que los
demás sentían, esto; sí, por cuanto,
si bien era cierto que aquello le gustaba, y que experimentaba
aquel cosquilleo y aquella punzada, estas aparienciás,
estos triunfos (el buen Peter, por ejemplo, juzgándola
tan brillante), tenían cierta vaciedad; estaban un
tanto alejados, no en el corazón; quizá se
debiera a que se estaba haciendo vieja, pero ya no la dejaban
tan satisfecha como antes; y de repente, mientras contemplaba
cómo el Primer Ministro descendía la escalera,
el marco dorado del cuadro de Sir Joshua representando a
la niña con el manguito le devolvió al instante
la imagen de la Kilman; la Kilman, su enemiga. Esto era
satisfactorio; esto era real. Ah, cómo la odiaba,
ardiente, hipócrita, corrupta; con tanto poderío;
la seductora de Elizabeth; la mujer que había llegado
arrastrándose, para robar y profanar (Richard diría,
¡qué tontería!). La odiaba; la amaba.
Enemigos eran los que una quería, no los amigos,
no la señora Durrant y Clara, Sir William y Lady
Bradshaw, la señorita Truelock y Eleanor Gibson (a
la que vio subiendo la escalera, hacia ella). Que la buscaran,
si querían verla. ¡Estaba consagrada a la fiesta!
Allí estaba su viejo amigo, Sir
Harry.
-¡Mi querido Sir Harry!-dijo.
Y se acercó a aquel gallardo viejo
que había pintado más cuadros malos que cualquiera
de los otros dos académicos, en todo St. John's Wood
(siempre eran cuadros de ganado vacuno, en pie junto a charcas
al ocaso, absorbiendo humedad, o expresando, ya que Sir
Harry tenía ciertas dotes para representar los movimientos
significativos, por el medio de levantar una pata delantera
o de enarbolar la cornamenta; "la proximidad del Desconocido";
y todas las actividades de Sir Harry, como cenar fuera de
casa o ir a las carreras, estaban basadas en ganado vacuno,
en pie, absorbiendo humedad, junto a charcas, al ocaso).
-¿De qué se ríen?-le
preguntó Clarissa.
Ya que Willie Titcomb, Sir Harry y Herbert
Ainsty se estaban riendo. Pero no. Sir Harry no podía
contar a Clarissa Dalloway (pese a la mucha simpatía
que le tenía; la consideraba un perfecto ejemplar
de su tipo y amenazaba con pintarla) sus historias de teatro
de variedades. Se burló de su fiesta. Echaba de menos
su brandy. Estos círculos, dijo, eran demasiado
altos para él. Pero sentía simpatía
por Clarissa; la respetaba, a pesar de aquel maldito, difícil
y condenable refinamiento de clase alta, que le impedía
pedir a Clarissa Dalloway que se sentara en sus rodillas.
Y por la escalera subió aquel fantasma vagabundo,
aquella vaga fosforescencia, la vieja señora Hilbery,
alargando las manos hacia el calor de la risa de Sir Harry
(acerca del Duque y la Lady), que, al oírla desde
el otro extremo de la estancia, tuvo la virtud de tranquilizarla
con respecto a algo que a veces la preocupaba, cuando se
despertaba a primeras horas de la madrugada y no osaba pedir
a la criada que le hiciera una taza de té: que es
cierto que debemos morir.
-No quieren contarnos sus historietas-dijo
Clarissa.
-¡Querida Clarissa! exclamó
la señora Hilbery.
Esta noche, dijo la señora Hilbery,
Clarissa era exactamente igual que su madre el día
en que la vio por primera vez, paseando por un jardín
con un sombrero gris.
Y, realmente, a Clarissa se le llenaron
de lágrimas los ojos. ¡Su madre, paseando por
un jardín! Pero Clarissa tenía que dejarlos.
Porque allí estaba el profesor Brierly,
quien daba conferencias sobre Milton, hablando con el pequeño
Jim Huttori (que era incapaz, ni tan siquiera para acudir
a una fiesta como la presente, de escoger un chaleco y una
corbata que armonizaran, o de conseguir no llevar el cabello
de punta), e incluso a aquella distancia Clarissa pudo percibir
que discutían. Sí, ya que el profesor Brierly
era un bicho raro. Con todos aquellos títulos, honores
y ciclos de conferencias mediando entre él y los
escritorzuelos, se daba instantáneamente cuenta de
los ambientes que no eran propicios a su extraño
conjunto de características, a su prodigiosa erudición
y timidez, a su helado encanto sin cordialidad, su inocencia
mezclada con esnobismo; y temblaba cuando, gracias al alborotado
cabello de una señora o a las botas de un jovenzuelo,
se daba cuenta de la existencia de un submundo, digno de
todo respeto, sin duda alguna, de rebeldes, de jóvenes
ardientes, de presuntos genios, y daba a entender, con una
leve sacudida de la cabeza, con un respingo -¡uf!-el
valor de la moderación, de cierto leve conocimiento
de los clásicos, a fin de comprender a Milton. El
profesor Brierly (vio Clarissa) no coincidía con
el pequeño Jim Hutton (que lucía calcetines
rojos, porque tenía los negros en la lavandería),
en lo referente a Milton. Clarissa los interrumpió.
Clarissa dijo que le gustaba Bach. A Hutton
también. Este era el vínculo entre los dos,
y Hutton (poeta muy malo) siempre estimó que la señora
Dalloway era, con mucho, la mejor entre las grandes damas
que se interesaban por el arte. Era raramente exigente.
En cuanto a música hacía referencia, era puramente
impersonal. Resultaba un tanto pedante. Pero, ¡cuán
encantador era su aspecto! ¡Cuán agradable
el ambiente que había sabido dar a su casa, salvo
el fallo de que hubiera profesores! Clarissa acariciaba
la idea de tomar a Hutton por su cuenta, y sentarlo al piano
en la estancia del fondo. Ya que era un pianista divino.
Pero el ruido-dijo Clarissa-. ¡El
ruido!
-Indicio del éxito de una fiesta.
Y tras inclinar cortésmente la cabeza,
el profesor se retiró con delicadeza.
-Sabe todo, absolutamente todo lo referente
a Milton-dijo Clarissa.
Y Hutton, que sabía imitar al profesor
en todo instante; al profesor hablando de Milton; al profesor
hablando de moderación; al profesor retirándose
con delicadeza; dijo:
-¿De veras?
Pero tenía que hablar con aquellos
dos, dijo Clarissa, Lord Gayton y Nancy Blow.
Y no era que aquellos dos contribuyeran
al ruido de la fiesta. No hablaban (perceptiblemente), mientras
permanecían en pie, el uno al lado del otro, junto
a la cortina amarilla. Pronto se irían a otra parte,
juntos; y nunca tenían gran cosa que decir, fueran
cuales fueren las circunstancias. Tenían apariencia,
y esto era todo. Bastaba. Tenían una apariencia tan
limpia tan sólida ella con esplendor de melocotón,
gracias a los polvos y la pintura, pero él lavado
y refrotado, con ojos de pájaro, de manera que no
había pelota que le pasara desapercibida, ni golpe
que le sorprendiera. Golpeaba, saltaba, con exactitud, sobre
el propio terreno. Las bocas de las jacas temblaban al término
de sus riendas. Tenía honores, ancestrales monumentos,
banderas colgando en la iglesia de sus tierras. Tenía
deberes, tenía arrendatarios, tenía madre
y hermanas; se había pasado el día en Lord's
y de esto hablaban los dos-de cricket, de primos y
de películas-cuando la señora Dalloway llegó
junto a ellos. Lord Gayton le tenía enorme simpatía.
Y la señorita Blow, igual. Eran encantadores los
modales de Clarissa Dalloway.
-¡Es angelical que hayan venido!
¡Es delicioso! -dijo Clarissa.
A Clarissa le gustaban los lores, le gustaba
la juventud, y Nancy, vestida a precios enormes por los
más grandes artistas de París, estaba allí
ante ella, de tal modo que parecía que su cuerpo
hubiera dado nacimiento, por propia voluntad, espontáneamente,
a los verdes volantes.
-Quería que hubiera baile-dijo Clarissa.
Sí, porque los jóvenes no
saben hablar. ¿Y por qué han de saber? Sí,
gritar, abrazarse, divertirse, levantarse al alba; dar azúcar
a las jacas, besar y acariciar el hocico de adorables perros
chinos; y, luego, ágiles y fuertes, tirarse de cabeza
y nadar. Pero los enormes recursos del idioma inglés,
el poder que confiere, a fin de cuentas, de comunicar sentimientos
(a la edad de aquel par, ella y Peter se hubieran pasado
la velada discutiendo), no eran para ellos. Se solidificarían
jóvenes. Tratarían con bondad sin límite
a las gentes de la finca, pero, solos, quizá fueran
aburridos.
-¡Qué lástima! -dijo
ella-. Tenía esperanzas de que se bailara.
¡Habían sido extraordinariamente
amables al acudir! Pero, ¿cómo hablar de baile?
Las estancias estaban atestadas.
Y allí estaba la vieja tía
Helena con su chal. Tenía que dejarles, a Lord Gayton
y a Nancy Blow. Allí estaba la vieja señorita
Parry, su tía.
Porque la señorita Helena Parry
no había muerto; la señorita Parry estaba
viva. Tenía más de ochenta años. Subió
la escalera despacio, con un bastón. Fue sentada
en una silla (Richard Dalloway se encargó de ello).
Las personas que habían conocido Birmania en los
setenta eran siempre conducidas junto a ella. ¿A
dónde había ido Peter? Antes eran muy buenos
amigos. Ante la mención de la India, e incluso de
Ceilán, los ojos de la señorita Parry (sólo
uno era de vidrio) adquirieron despacio profundidad, se
hicieron azules, contemplaron, no seres humanos-no guardaba
tiernos recuerdos, ni orgullosas ilusiones, con respecto
a Virreyes, Generales, Motines-, sino que vieron orquídeas,
collados de alta montaña, y se vieron a sí
misma transportada a espaldas de culis, en los sesenta,
por solitarios picachos; o descendiendo para arrancar orquídeas
(sorprendentes flores jamás vistas anteriormente),
que pintaba a la acuarela; indomable inglesa, inquieta cuando
la guerra la molestaba dejando caer una bomba, por ejemplo,
ante la puerta de su casa, arrancándola de su profunda
meditación sobre las orquídeas y sobre su
propia figura viajando en los sesenta por la India, pero
allí estaba Peter Walsh.
-Ven y háblale de Birmania a tía
Helena-dijo Clarissa.
¡Y todavía no había
conversado ni media palabra con ella en toda la velada!
Conduciéndole hacia la tía
Helena, con su blanco chal y su bastón, Clarissa
dijo:
-Hablaremos más tarde.
Y Clarissa dijo:
-Peter Walsh.
Nada significó.
Clarissa la había invitado. Era
fatigoso; había mucho ruido; pero Clarissa la había
invitado. Y por esto había acudido. Era una lástima
que Richard y Clarissa vivieran en Londres. Aunque sólo
fuera por la salud de Clarissa, más les valdría
vivir en el campo. Pero a Clarissa siempre le había
gustado la vida de sociedad.
-Ha estado en Birmania-dijo Clarissa.
¡Ah! La anciana no pudo resistirse
a recordar lo que Charles Darwin había dicho del
librito que ella escribió sobre las orquídeas
de Birmania.
(Clarissa tenía que hablar con Lady
Bruton.)
No cabía duda de que ahora su libro
sobre las orquídeas de Birmania estaba olvidado,
pero de él se publicaron tres ediciones antes de
1870, dijo a Peter. Ahora lo recordó. Había
estado en Bourton (y él la había abandonado,
recordó Peter Walsh, sin decirle ni una palabra,
en la sala de estar, aquella noche en que Clarissa le invitó
a ir a remar).
-Richard Lo ha pasado deliciosamente en
el almuerzo de este mediodía-dijo Clarissa a Lady
Bruton.
-Richard me ha sido de la más grande
utilidad -contestó Lady Bruton-. Me ha ayudado a
escribir una carta. ¿Y cómo estamos de salud?
-¡Oh, perfectamente!
(Lady Bruton detestaba que las esposas
de los políticos estuvieran enfermas.)
-¡Ahí está Peter Walsh!-dijo
Lady Bruton.
(Porque jamás se le ocurría
nada que decir a Clarissa; pese a que sentía simpatía
por ella. Clarissa atesoraba gran cantidad de buenas cualidades,
pero ella y Clarissa no tenían nada en común.
Hubiese sido mejor que Richard se hubiera casado con una
mujer con menos encanto y que le hubiera ayudado un poco
más en su trabajo. Richard había perdido la
ocasión de ser miembro del Gabinete.) "¡Ahí
está Peter Walsh!", dijo, estrechando la mano
de aquel agradable pecador, de aquel tipo tan competente
que hubiera debido ganarse un prestigio, pero que no lo
había hecho (siempre con problemas de mujeres), y,
desde luego, allí estaba también la vieja
señorita Parry. ¡Maravillosa anciana!
Lady Bruton estaba en pie junto a la silla
de la señorita Parry, espectral granadero vestido
de negro, e invitaba a Peter Walsh a almorzar, cordial,
pero sin decir tonterías, sin recordar absolutamente
nada acerca de la flora y la fauna de la India. Había
estado allá, desde luego; había vivido allá,
bajo tres virreyes; estimaba que algunos civiles indios
eran individuos insólitamente decentes; pero qué
tragedia, el estado en que se hallaba la India... El Primer
Ministro acababa de contárselo (a la vieja señorita
Parry, arrebujada en su chal, le importaba un pimiento lo
que el Primer Ministro acababa de decirle a Lady Bruton),
y a Lady Bruton le gustaría saber la opinión
de Peter Walsh, acabado de llegar del mismo centro de los
acontecimientos, y le presentaría a Sir Sampson,
porque realmente le impedía dormir por la noche aquella
locura, aquella perversidad cabía decir, ya que era
hija de un soldado. Ahora era ya una vieja que de poco servía.
Pero su casa, su servidumbre y su buena amiga Milly Brush-¿la
recordaba?- estaban siempre dispuestos a prestar ayuda,
en el caso de que pudieran ser de utilidad. Lady Bruton
nunca hablaba de Inglaterra, pero esta isla de hombres,
esta tan querida tierra, se hallaba en su sangre (sin necesidad
de leer a Shakespeare), y si alguna vez hubo una mujer capaz
de llevar el casco y disparar el arco, capaz de conducir
tropas al ataque, de mandar con indómita justicia
bárbaras hordas, y de yacer desnarigada bajo un escudo
en una iglesia, o de merecer un montículo cubierto
de césped en una primitiva ladera, esta mujer era
Millicent Bruton. Privada por su sexo, o por cierta deficiencia,
de la facultad lógica (le era imposible escribir
una carta al Times ), tenía la idea del
Imperio siempre al alcance de la mano, y su frecuente trato
con esta acorazada deidad le había infundido su rigidez
de baqueta, la robustez de su comportamiento, de manera
que no cabía imaginarla, ni siquiera en la muerte,
alejada de su tierra, o vagando por territorios en los que
no flameara, aunque fuera espiritualmente, la bandera de
la Union Jack. No ser inglesa, siquiera entre los muertos,
¡no, no! ¡Imposible!
Pero, ¿era aquella mujer Lady Bruton
(a la que antes solía tratar)? ¿Era aquel
hombre Peter Walsh encanecido?, se preguntaba Lady Rosseter
(que antes fue Sally Seton). Ciertamente, aquélla
era la anciana señorita Parry, la vieja tía
siempre enojada, cuando ella pasaba temporadas en Bourton.
Nunca olvidaría el día en que recorrió
un pasillo desnuda, y la señorita Parry la mandó
llamar. ¡Y Clarissa! ¡Oh, Clarissa! Sally la
cogió del brazo.
Clarissa se detuvo a su lado.