La señora Dalloway (parte V)
Por Virginia Woolf (*)



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Rezia le trajo los papeles, las cosas que Septimus había escrito, las cosas que Rezia había escrito, dictándoselas él. Rezia los arrojó sobre el sofá. Los miraron juntos. Diagramas, dibujos, mujeres y hombres pequeñitos blandiendo palos en vez de brazos, con alas-¿eran alas?-en la espalda; círculos trazados resiguiendo monedas de chelín y seis peniques, soles y estrellas; precipicios en zig-zag con montañeros atados con cuerdas, ascendiendo, exactamente igual que cuchillos y tenedores; porciones de mar con menudas caras riendo desde lo que bien pudieran ser olas: el mapa del mundo. ¡Quémalos!, gritó Septimus. Y ahora sus escritos; cómo cantan los muertos tras los rododendros; odas al Tiempo; conversaciones con Shakespeare; Evans, Evans, Evans, sus mensajes de los muertos; no cortéis los árboles; dilo al Primer Ministro, Amor universal; el significado del mundo. ¡Quémalos!, gritó Septimus.

Pero Rezia cogió los papeles. Pensaba que, en algunos, había cosas muy hermosas. Los ataría (no tenía ni un sobre) con una cinta de seda.

Incluso en el caso de que se lo llevaran, dijo Rezia, ella iría con él. No podían separarlos en contra de su voluntad, dijo Rezia.

Golpeando los bordes hasta que quedaron alineados, Rezia amontonó los papeles, y ató el montón casi sin mirarlo, sentada cerca de Septimus, a su lado, como si, pensó Septimus, los pétalos rodearan su cuerpo. Rezia era un árbol florido; y a través de sus ramas asomaba la cara de un legislador, y había llegado a un refugio en el que ella no temía a nadie; ni a Holmes; ni a Bradshaw; era un milagro, un triunfo, el último y el más grande. Vacilante, la vio ascender la aterradora escalera, cargada con Holmes y Bradshaw, hombres que pesaban más de ochenta kilos, que mandaban a sus esposas a la Corte, hombres que ganaban diez mil al año y que hablaban de proporción, que emitían veredictos discrepantes (Holmes decía una cosa, y Bradshaw decía otra), a pesar de lo cual eran jueces, y mezclaban las visiones con el aparador, y no veían nada con claridad, y, sin embargo, mandaban, infligían.

-¡Ya está!- dijo Rezia.

Los papeles estaban atados. Nadie los cogería. Rezia iba a esconderlos.

Y Rezia dijo que nada podría separarlos. Estaba sentada a su lado y le llamó por el nombre de aquel halcón o cuervo que, siendo maligno y gran destructor de cosechas, se parecía a él precisamente. Nadie podría separarlos, dijo Rezia.

Después se levantó y entró en el dormitorio para hacer las maletas, pero, al oír voces en el piso inferior y pensar que quizá había llegado el doctor Holmes salió corriendo para evitar que subiera.

Septimus la oyó hablando con Holmes en la escalera.

-Mi querida señora, he venido en calidad de amigo- decía Holmes.

-No. No permitiré que vea a mi marido -dijo Rezia.

Septimus la imaginaba, como una pequeña gallina, abierta las alas, impidiendo el paso a Holmes. Pero él insistió.

-Mi querida señora, permítame... -dijo Holmes, apartando a Rezia (Holmes era un hombre fornido).

Holmes subía la escalera. Holmes abría violentamente la puerta. Holmes diría: "¿Conque aterrorizado, eh?" Y le atraparía. Pero no; no sería Holmes; ni sería Bradshaw. Levantándose un tanto vacilante, en realidad saltando de un pie a otro, Septimus se fijó en en el hermoso y limpio cuchillo de cortar el pan de la señora Filmer, con la palabra "Pan" grabada en el mango. Ah, no, no debía ensuciarlo. ¿El gas? Era ya demasiado tarde. Holmes se acercaba. Navajas barberas sí las tenía, pero Rezia, que siempre hacía cosas así, ya las había metido en la maleta. Sólo quedaba la ventana, la amplia ventana de la casa de huéspedes de Bloomsbury;  y el cansado, molesto y un tanto melodramático asunto de abrir la ventana y tirarse abajo. Esta era la idea que ellos tenían de lo que es una tragedia, no él o Rezia (Rezia estaba a su lado). A Holmes y a Bradshaw les gustaba esa clase de asuntos. (Septimus se sentó en el alféizar.) Pero esperaría hasta el último instante. No quería morir. Vivir era bueno. El sol, cálido. ¿Sólo eres humano? Mientras bajaba la escalera, enfrente, un viejo se detuvo y le miró. Holmes estaba ante la puerta.

-¡Debo entrar! -gritó, y violentamente, vigorosamente, avanzó hacia la sala de la señora Filmer.

Al abrir con brusquedad la puerta, el doctor Holmes gritó:

-¡El cobarde!

Rezia corrió a la ventana, vio; comprendió. El doctor Holmes y la señora Filmer chocaron. La señora Filmer se quitó el delantal y tapó los ojos de Rezia en el dormitorio. Hubo muchas corridas, escalera arriba, escalera abajo. El doctor Holmes entró, blanco como una sábana, todo él tembloroso, con un vaso en la mano. Rezia tenía que ser valiente y beber algo, dijo (¿qué era?, ¿sería dulce?), porque su marido estaba horriblemente herido, no recobraría el conocimiento. Rezia no debía verle, debía ahorrarse cuantos sufrimientos pudiera, tendría que soportar la investigación judicial, pobre mujer. ¿Quién hubiera podido preverlo? Un impulso repentino no cabía culpar a nadie (dijo el doctor Holmes a la señora Filmer). Y por qué diablos lo hizo; el doctor Holmes no podía entenderlo.

A Rezia le parecía, mientras bebía el dulce líquido, que estaba abriendo alargadas ventanas, y por ellas salía a cierto jardín. Pero, ¿dónde? El reloj daba la hora, una, dos, tres, cuán sensato era el sonido; comparado con esos sordos golpes y murmullos; como el propio Septimus. Rezia se estaba durmiendo. Pero el reloj siguió sonando, cuatro, cinco, seis, y la señora Filmer, agitando su delantal (¿no trasladarían el cuerpo aquí, verdad?), parecía formar parte de aquel jardín; o una bandera. Rezia había visto una bandera ondeando lentamente en un mástil, cuando estuvo en casa de su tía, en Venecia. A los hombres muertos en la guerra se les saludaba así, y Septimus había estado en la guerra. Los recuerdos de Rezia eran casi todos felices.

Se puso el sombrero y cruzó corriendo campos de trigo-¿dónde podía ser?-hasta llegar a una colina, en algún lugar cerca del mar, puesto que había barcos, gaviotas y mariposas; se sentaron en un acantilado. También en Londres se sentabas allí, y medio entre sueños, a través de la puerta del dormitorio, le llegó el caer de la lluvia, murmullos, movimientos entre trigo seco, la caricia del mar que, le parecía a Rezia, los alojaba en su arqueada concha y, murmurando en su oído, la dejaba en la playa, donde se sentía como derramada, como flores volando sobre una tumba.

Sonriendo a la pobre vieja que la protegía con sus honrados ojos azul claro fijos en la puerta (¿no lo trasladarían aquí, verdad?), Rezia dijo:

-Ha muerto.

Pero la señora Filmer le quitó importancia al asunto. ¡Oh, no, oh, no! Ahora se lo llevaban. Esto era algo que Rezia debía saber. Los casados tienen que estar juntos, pensaba la señora Filmer. Sin embargo había que hacer lo que los médicos mandaban.

-Dejémosla dormir -dijo el doctor Holmes, tomándole el pulso.

Rezia vio la maciza silueta del doctor Holmes recortada en negro contra la ventana. Sí, aquel hombre era el doctor Holmes.

 

 

Uno de los triunfos de la civilización, pensó Peter Walsh. Esto es uno de los triunfos de la civilización, mientras oía el alto y ligero sonido de la campana de la ambulancia. Rápida, limpia, la ambulancia se dirigía veloz al hospital, después de haber recogido instantánea y humanamente a algún pobre diablo; a algún tipo golpeado en la cabeza, abatido por la enfermedad, atropellado quizás hacía un minuto en alguna de aquellas encrucijadas, cosa que puede ocurrirle a uno mismo. Esto era la civilización. Le sorprendió, al llegar de Oriente, la eficiencia, la organización, el espíritu comunitario de Londres. Todos los coches y carruajes, por propia y libre voluntad, se echaban a un lado para dar paso a la ambulancia. Quizá fuese morboso, o quizá fuera un tanto conmovedor, el respeto que mostraban hacia aquella ambulancia, con la víctima dentro, los ajetreados hombres que regresaban presurosos al hogar, pero que instantáneamente, al pasar la ambulancia, pensaban en alguna esposa; y cabía presumir que muy fácilmente hubieran podido ser ellos quienes se encontraran tumbados en una mesa, con un médico y una enfermera . Sí, pero pensar devenía morboso, sentimental, y uno comenzaba a evocar médicos y cadáveres; cierto calorcillo de placer, cierto gusto, también, producidos por las impresiones visuales, le aconsejaban a uno no prolongar aquella actitud, fatal para el arte, fatal para la amistad. Cierto. Y sin embargo, pensó Peter Walsh, mientras la ambulancia doblaba la esquina, aun cuando el alto y ligero sonido de la campana podía oírse en la calle siguiente, e incluso mas lejos, al cruzar Tottenham Court Road, sonando sin cesar, es el privilegio de la soledad; en la intimidad, uno puede hacer lo que le dé la gana. Si nadie le veía a uno, uno podía llorar. Había sido la causa de sus males esta susceptibilidad- en la sociedad angloindia; no llorar en el momento oportuno, y tampoco reír. Es algo que llevo dentro de mí, pensó, en pie junto al buzón, algo que ahora puede resolverse en lágrimas. Sólo Dios sabe por qué. Probablemente se debe a cierta especie de belleza, y al peso del día que, comenzando con aquella visita a Clarissa, le había agotado con su calor, su intensidad, y el goteo, goteo de una impresión tras otra, descendiendo a aquel sótano en que se encontraban, profundo y oscuro, sin que nadie jamás pudiera saberlo. En parte por esta razón, por su carácter secreto, completo e inviolable, la vida le había parecido un desconocido jardín, lleno de vueltas y esquinas, sorprendente, sí; realmente le dejaban a uno sin resuello, aquellos momentos; y acercándose a él, allí, junto al buzón frente al Museo Británico, había uno, un momento, en el que las cosas se juntaban; esta ambulancia; y la vida y la muerte. Era como si fuese aspirado hacia arriba, hasta un tejado muy alto, por una oleada de emoción, y el resto de su persona, como una playa moteada de blancas conchas quedara desierto. Había sido la causa de sus males en la sociedad angloindia, esta susceptibilidad.

Clarissa, viajando en el piso superior de un autobús yendo con él a algún sitio, Clarissa, por lo menos en la superficie, tan fácilmente impresionable, ora desesperada, ora con sumo optimismo, siempre vibrante en aquellos días, y tan buena compañía, descubriendo pequeñas escenas, nombres, gente, desde el piso superior de un autobús, sí, ya que solían explorar juntos Londres, y regresar con bolsas repletas de tesoros comprados en el mercado escocés, Clarissa tenía, en aquellos días, una teoría, tenían los dos montones de teorías, siempre teorías, cual tienen los jóvenes. Explicaba la insatisfacción que sentían; de no conocer a la gente; de no ser conocidos. Sí, ya que ¿cómo iban a conocerse entre sí? Se veían todos los días; luego no se veían en seis meses o en años. Era insatisfactorio, acordaron, lo poco que se conocía a la gente. Pero, dijo Clarissa, sentada en el autobús que ascendía por Shaftesbury Avenue, ella se sentía en todas partes; no "aquí, aquí, aquí"; y golpeó el respaldo del asiento; sino en todas partes. Clarissa agitó la mano, mientras ascendían por Shaftesbury Avenue. Ella era todo aquello. De manera que, para conocer a Clarissa, o para conocer a cualquiera, uno debía buscar a la gente que lo completaba; incluso los lugares. Clarissa tenía raras afinidades con personas con las que nunca había hablado, con una mujer en la calle, un hombre tras un mostrador, incluso árboles o graneros. Y aquello terminaba con una teoría trascendental que, con el horror de Clarissa a la muerte, le permitía creer, o decir que creía (a pesar de todo su escepticismo) que, como sea que nuestras apariencias, la parte de nosotros que aparece, son tan momentáneas en comparación con otras partes, partes no vistas, de nosotros, que ocupan amplio espacio, lo no visto puede muy bien sobrevivir, ser en cierta manera recobrado, unido a esta o aquella persona, e incluso merodeando en ciertos lugares, después de la muerte. Quizá, quizá.

Recordando su larga amistad de casi treinta años con Clarissa, su teoría resultaba válida. A pesar de que sus encuentros fueron breves, fragmentados y a menudo penosos, y debían tenerse también en cuenta las ausencias de Peter y las interrupciones (por ejemplo, esta mañana entró Elizabeth, como una piernilarga potranca, guapa y tonta, precisamente cuando él comenzaba a hablar a Clarissa), el efecto de los mismos en su vida era inconmensurable. Había cierto misterio en ello. Uno recibía una semilla, aguda, cortante, incómoda, que era el encuentro en sí; casi siempre horriblemente penoso; pero en la ausencia, en los más improbables lugares, la semilla florecía, se abría, derramaba su aroma, le permitía a uno tocar, gustar, mirar alrededor, tener la sensación total del encuentro, su comprensión, después de haber permanecido años perdido. De esta manera regresaba Clarissa a él; a bordo de un barco; en el Himalaya; evocada por los más raros objetos (del mismo modo, Sally Seton, ¡ave generosa y entusiasta!, pensaba en él cuando veía hortensias azules). Clarissa había ejercido en él más influencia que cualquier otra persona, entre todas las que había conocido. Y siempre de esta manera, yendo a él sin que él lo deseara, fría, señorial, crítica; o arrebatadora, romántica, evocando un campo inglés o una cosecha. La veía casi siempre en el campo, no en Londres. Una escena tras otra en Bourton. . .

Había llegado a su hotel. Cruzó el salón con los montículos de los sillones y sofás rojizos, con sus plantas de hojas en forma de punta de lanza y de marchito aspecto. Descolgó del clavo la llave. La señorita le dio unas cuantas cartas. Subió. La veía casi siempre en Bourton, a fines de verano, cuando él pasaba allí una semana, e incluso dos como hacía la gente en aquellos tiempos. Primero, en la cumbre de una colina, en pie, con las manos en el cabello agitado el manto por el viento, señalando, gritándoles. Abajo, veía el Severn. O bien en el bosque, poniendo el cazo a hervir, con dedos muy torpes; el humo se inclinaba en una reverencia, y les daba en la cara; y tras el humo aparecía la carita rosada de Clarissa; o pidiendo agua en una casita de campo a una vieja, que salía a la puerta para verles partir. Ellos iban siempre a pie; los otros, en carruaje. Le aburría ir en carruaje, todos los animales le desagradaban, salvo aquel perro. Millas de carretera recorrían. Ella se detenía para orientarse, le guiaba a través de los campos; y siempre discutían, hablaban de poesía, hablaban de gente, hablaban de política (en aquel entonces Clarissa era radical); no se daba cuenta de nada salvo cuando ella se detenía, lanzaba una exclamación ante una vista o un árbol, y le invitaba a mirarlo con ella; y seguían adelante, a través de campos con maleza, ella delante, con una flor para su tía, sin cansarse jamás de caminar pese a lo delicada que era; para ir a parar a Bourton, al ocaso. Luego, después de la cena, el viejo Breitkopf abría el piano y cantaba sin rastro de voz, y ellos, hundidos en sendos sillones, se esforzaban en no reír, pero siempre cedían y se echaban a reír, a reír de nada. Suponían que Breitkopf no se daba cuenta. Y luego, por la mañana, paseaban arriba y abajo, ante la casa, como nevatillas...

¡Carta de ella! El sobre azul; y aquella era su letra. Y tendría que leerla. He aquí otro encuentro que sería penoso. Leer aquella carta requería efectuar un tremendo esfuerzo. "Cuán delicioso había sido verle. Tenía que decírselo." Esto era todo.

Pero le alteró. Le enojó. Hubiera preferido que no le hubiese escrito. Aquella carta, después de sus pensamientos, era como un codazo en las costillas. ¿Por qué no le dejaba a solas y en paz? A fin de cuentas, se había casado con Dalloway, y había vivido con él en perfecta felicidad todos aquellos años.

Estos hoteles, no son lugares reconfortantes. Ni mucho menos. Innúmeras personas habían colgado el sombrero en aquellos colgadores. Incluso las moscas, a poco que uno pensara en ello, se habían posado en otras narices. Y, en cuanto a aquella limpieza que le hería la vista, no era limpieza sino, antes bien, desnudez, frigidez; algo obligado. Seguramente una árida matrona recorría el lugar al alba, olisqueando, mirando, obligando a muchachas con la nariz azul a fregar, fregar y fregar, como si el próximo visitante fuera una tajada de carne que se debía servir en bandeja perfectamente limpia. Para dormir, una cama; para sentarse, un sillón; para limpiarse los dientes y afeitarse el mentón, un vaso, un espejo. Los libros, las cartas, la bata, descansaban aquí y allá, en la impersonalidad del lugar, como incongruentes impertinencias. Y era la carta de Clarissa la causa de que viera todo lo dicho. "Cuán delicioso ha sido verte. Tenía que decirlo." Dobló el papel, lo apartó de sí, ¡nada le induciría a volverlo a leer!

Para que la carta le llegara a las seis, forzosamente tuvo que haberse sentado a escribirla inmediatamente después de que él se fuera, ponerle el sello, y ordenar a alguien que la echara al buzón. Era, como la gente suele decir, muy propio de ella. Su visita la había impresionado. Habían sido fuertes los sentimientos; por un momento, cuando Clarissa le besó la mano, Clarissa lamentó, incluso le envidió, posiblemente recordó (lo vio en su mirada) algo que él había dicho, quizá que entre los dos cambiarían el mundo si accedía a casarse con él; en tanto que ahora era esto; era la media edad; era la mediocridad; luego Clarissa se obligó a sí misma, con su indomable vitalidad, a echar a un lado todo lo anterior, por cuanto había en ella una fibra vital que en cuanto a dureza, resistencia, capacidad de salvar obstáculos y de llevarla triunfalmente adelante, superaba en mucho todo lo que Peter había visto en su vida. Sí, pero se había producido una reacción en cuanto él salió del cuarto. Había sentido sin duda una terrible lástima de él; había pensado qué podría hacer para complacerle (cualquier cosa menos la única eficaz), y Peter Walsh la veía con las lágrimas resbalándole por las mejillas, yendo a la mesa escritorio y escribiendo veloz aquella línea que le había dado la bienvenida al llegar. .. "¡Delicioso verte!" Y era sincera.

Ahora Peter Walsh se desató los cordones de las botas.

Pero no hubiese sido un éxito, su matrimonio. Lo otro, a fin de cuentas, se producía de una forma mucho más natural.

Era raro, era verdad; muchas personas lo sentían. Peter Walsh, que había vivido respetablemente, que había desempeñado los usuales cargos con competencia, que despertaba simpatías, aunque se le consideraba un tanto excéntrico y petulante, era raro, sí, que él hubiera tenido, especialmente ahora que su cabellera gris, cierto aspecto de satisfacción, aspecto de contar con reservas. Y esto era lo que le daba atractivo ante las mujeres, a quienes les gustaba la sensación de que Peter Walsh no era totalmente viril. Había algo insólito en él, había algo detrás de él. Quizá fuera su afición a los libros; cuando iba de visita, siempre cogía el libro que había sobre la mesa (ahora leía, con los cordones de las botas arrastrando por el suelo); quizá se debiera a que era un caballero, lo cual se veía en la manera en que sacudía la cazoleta de la pipa para vaciar la ceniza, y, desde luego, en sus modales al tratar con mujeres. Y era encantador, y absolutamente ridículo, ver cómo cualquier chica sin un gramo de sentido común le manejaba a su antojo con la más pasmosa facilidad. Aunque la chica tenía que aceptar los riesgos inherentes. Es decir, pese a lo fácil que era el trato con él, y a que con su alegría y buena crianza su compañía resultaba fascinante, también en esto tenía sus límites. Ella decía algo; pues no, no; Peter Walsh veía la falacia. Aquello no lo toleraba; no, no. Y, luego, era capaz de gritar y de estremecerse de la risa por un chiste entre hombres. Era el mejor juez de gastronomía, en la India. Era un hombre. Pero no la clase de hombre al que es preciso respetar; lo cual era un alivio; no era como el mayor Simmons, por ejemplo; no, ni mucho menos, pensaba Daisy cuando, a pesar de sus dos hijos pequeños, solía compararlos.

Se quitó lás botas. Se vació los bolsillos. Con su cortaplumas salió la foto de Daisy en la terraza; Daisy, toda ella de blanco, con un fox-terrier en las rodillas; muy atractiva, muy morena; la mejor que de ella había visto.

A fin de cuentas, había ocurrido de una forma muy natural; mucho más natural que con Clarissa. Sin problemas. Sin enojos. Sin fintas ni escarceos. Todo viento en popa. Y la morena, adorablemente linda muchacha en la terraza exclamó (le parecía oírla) desde luego, desde luego, a él se lo daría todo, gritó (carecía del sentido de la discreción), todo lo que él quisiera, gritó, corriendo a su encuentro, fuera quien fuese el que les viera. Y sólo tenía veinticuatro años. Y tenía dos hijos. ¡Bien, bien!

Bueno, la verdad era que Peter Walsh se había metido en un buen lío, a su edad. Y se percataba de ello con gran claridad, cuando despertaba por la noche. ¿Y si se casaban? Para él sería magnífico, pero ¿para ella? La señora Burgess, buena persona y nada dada a la murmuración, con la que se había confesado, consideraba que su ausencia en Inglaterra, con el motivo de consultar con los abogados, podía dar lugar a que Daisy meditara más detenidamente su decisión, pensara en lo que significaba. Se trataba de la posición de Daisy, dijo la señora Burgess; de las barreras sociales; de renunciar a sus hijos. En menos que canta un gallo quedaría viuda, y arrastrándose por los suburbios, o, más probablemente aún, promiscua (ya sabe, dijo la señora Burgess, cómo acaban estas mujeres, tan pintadas). Pero Peter Walsh quitó importancia a todo lo anterior. Todavía no tenía el proyecto de morirse. De todos modos, Daisy debía decidir por sí misma; juzgar por sí misma, pensaba Peter Walsh, paseando en calcetines por el cuarto, alisando la camisa de etiqueta, ya que quizá fuera a la fiesta de Clarissa, o quizá fuera a un concierto, o quizá se quedara y leyera un libro absorbente escrito por un hombre al que había conocido en Oxford. Y si se retiraba, esto era lo que haría, escribir libros. Iría a Oxford y trabajaría en la biblioteca Bodleian. En vano la morena y adorablemente linda muchacha corrió hasta el extremo de la terraza; en vano agitó la mano; en vano gritó que le importaba un pimiento lo que dijera la gente. Y allí estaba él a quien Daisy consideraba el hombre más importante dei mundo, el perfecto caballero, el hombre fascinante, distinguido (y su edad carecía en absoluto de importancia para Daisy), paseando por una habitación de hotel de Bloomsbury, afeitándose, lavándose, pensando en continuar, mientras cogía frascos y dejaba navajas, sus búsquedas en la Bodleian, para averiguar la verdad con respecto a uno o dos asuntos que le interesaban. Y sostendría charlas con quien fuera, de manera que perdería más y más el respeto a la exactitud de la hora de almorzar, y faltaría a las citas; y cuando Daisy le pidiera, como le pediría sin duda, un beso, se produciría una escena, por no estar él a la altura debida (pese a que verdaderamente la quería), y, en resumen, sería mucho mejor, tal como dijo la señora Burgess, que Daisy se olvidara de él, o sencillamente que le recordara tal como era en el mes de agosto de 1922, como una figura en pie en el cruce de carreteras, al ocaso, que se hace más y más lejana a medida que el coche se aleja, con Daisy bien asentada en él, segura, pese a que va con los brazos extendidos; y Daisy ve cómo la figura se hace imprecisa y desaparece, aun cuando sigue gritando que es capaz de hacer cualquier cosa, cualquier cosa, cualquier cosa...

Peter Walsh nunca sabía lo que la gente pensaba. Y le era más y más difícil concentrarse. Se transformaba en un hombre absorto; se transformaba en un hombre entregado a sus propios problemas; ya ceñudo, ya alegre; pendiente de las mujeres, distraído, de humor variable, menos y menos capaz de entender (esto pensaba mientras se afeitaba) por qué razón Clarissa no podía, sencillamente, encontrarles una vivienda y tratar a Daisy con amabilidad; presentarla a gente. Y, entonces, él podría. . . ¿qué? Podría vagar y perder el tiempo (como estaba haciendo en aquellos momentos, ocupado en buscar varias llaves, papeles), elegir y gustar, estar solo, en resumen, ser autosuficiente; y sin embargo nadie desde luego dependía tanto de los demás (se abrochó el chaleco); esto había sido la causa de todos sus males. Era incapaz de no frecuentar los lugares de reunión de hombres, le gustaban los coroneles, le gustaba el golf, le gustaba el bridge, y sobre todo le gustaba el trato con las mujeres, la belleza de su compañía, y la fidelidad, audacia y grandeza de su manera de amar que, a pesar de tener sus inconvenientes, le parecía (y la morena y adorablemente linda cara estaba encima de los sobres) admirable, una flor espléndida que crecía en lo mejor de la vida humana, y sin embargo él no podía estar a la altura de las circunstancias, ya que tenía tendencia a ver más allá de las apariencias (Clarissa había socavado con carácter permanente cierto aspecto suyo), y a cansarse muy fácilmente de la muda devoción, y a desear variedad en el amor, pese a que se enfurecería si Daisy amara a otro, ¡sí, se enfurecería, ya que era celoso, desbordadamente celoso por temperamento. ¡Sufría horrores! Pero, ¿dónde estaban su cortaplumas, su reloj, sus sellos, su cartera, y la carta de Clarissa que no volvería a leer pero en la que le gustaba pensar, y la foto de Daisy? Y ahora a cenar.

Estaban comiendo.

Sentados alrededor de mesas con un florero, vestidos de etiqueta o no, con sus chales y bolsos al lado, con su falso aire de compostura, porque no estaban acostumbrados a comer tantos platos en la cena; y de confianza, porque podían pagar; y de tensión, porque se habían pasado el día haciendo compras y visitando monumentos en Londres; y de natural curiosidad, porque alzaron la vista y miraron alrededor cuando entró el agradable caballero con las gafas de armazón de concha; y de buena voluntad, porque con gusto prestarían pequeños servicios, cual entregar un horario de trenes, o dar cualquier información útil; y del deseo, que latía en ellos, que les empujaba subterráneamente, de establecer de un modo u otro vínculos, aunque sólo fuera el de un lugar de nacimiento (Liverpool, por ejemplo) en común, o el de amigos con un mismo apellido; con sus furtivas miradas, extraños silencios, y súbitas retiradas al terreno de la jocosidad familiar y el aislamiento; allí estaban cenando cuando el señor Walsh entró y se sentó a una mesa junto a la cortina.

No se debió a que el señor Walsh dijera algo, ya que, por estar solo, únicamente al camarero podía dirigirse; se debió a su manera de mirar la carta, de señalar con el índice un determinado vino, de erguirse ante la mesa, de disponerse con seriedad, no con glotonería, a cenar, el que le mirasen con respeto; respeto que tuvo que permanecer inexpresado durante la mayor parte de la cena, pero que surgió como una llama a la superficie, en la mesa en que los Morris se sentaban, cuando se oyó que el señor Walsh decía, al término de la cena, "Peras Bertlett". La razón por la que habló con tanta moderación y, sin embargo con firmeza, con el aire de un hombre disciplinario que ejerce sus legítimos derechos, fundados en la Justicia, era algo que ni el joven Charles Morris, ni el viejo Morris, ni la señorita Elaine, ni la señora Morris, sabían. Pero, cuando el señor Walsh dijo "Peras Bertlett, sentado solo en su mesa, comprendieron que contaba con su apoyo, en alguna legítima exigencia; que era el defensor de una causa que inmediatamente devino también suya, por lo que sus ojos se encontraron comprensivos con los del señor Walsh, y, cuando todos llegaron al salón de fumar simultáneamente, era inevitable que se produjera una breve charla entre ellos.

No fue muy profunda, sólo se refirieron a que Londres estaba atestado, a que había cambiado en el curso de treinta anos, a que el Señor Morris prefería Liverpool, a que la señora Morris había visitado la exposición floral de Westminster, y a que todos habían visto al Príncipe de Gales. Sin embargo, Peter Walsh pensó que no había en el mundo familia que pudiera compararse con la familia Morris; no, ni una; y sus relaciones entre sí son perfectas, y las clases altas les importan un pimiento, y les gusta lo que les gusta, y Elaine se está preparando para entrar en el negocio de la familia, y el chico ha conseguido una beca para Leedt, y la vieja señora (que cuenta aproximadamente los mismos años que Peter Walsh) tiene tres hijos más en casa; y tienen dos automóviles, pero el señor Morris todavía remienda zapatos los domingos. Soberbio, absolutamente soberbio, pensó Peter Walsh, balanceándose hacia adelante y hacia atrás, con la copa de licor en la mano, entre peludos sillones rojos y ceniceros, sintiéndose muy satisfecho de sí mismo porque los Morris le tenían simpatía; sí, tenían simpatía al hombre que había dicho "Peras Bertlett", Peter Walsh se dio cuenta de que le tenían simpatía.

Iría a la fiesta de Clarissa. (Los Morris se fueron pero se volverían a ver.) Iría a la fiesta de Clarissa, porque quería preguntarle a Richard qué hacían en la India los inútiles conservadores. ¿Y qué obras teatrales se estaban representando? Y la música... Oh, sí, y simple charla sin importancia.

Porque esta es la verdad acerca de nuestra alma, pensó, de nuestro yo, que cual un pez habita en profundos mares, y nada entre oscuridades, trazando su camino entre matas de gigantescos hierbajos, por espacios moteados por el sol, y sigue adelante y adelante, penetrando en las tinieblas, en la frialdad, en lo profundo, en lo inescrutable, y de repente sale veloz a la superficie, y se exhibe y nada en las olas rizadas por el viento, y tiene una positiva necesidad de trato, de roce, de calor, con charlas ligeras. ¿Qué piensa el gobierno hacer-Richard Dalloway lo sabría-con la India?

Como sea que aquella era una noche muy calurosa, y los muchachos vendedores de periódicos pasaban con carteles que, con grandes letras rojas, proclamaban que se había producido una ola de calor, se habían dispuesto sillas de mimbre en la entrada del hotel, y en ella se sentaban indiferentes caballeros que bebían y fumaban. Allí se sentó Peter Walsh. Uno podía muy bien imaginar que aquel día, el día londinense, acababa de comenzar. Igual que una mujer que se ha quitado el vestido estampado y el delantal para ataviarse de azul y adornarse con perlas, el día había cambiado, se había despojado de telas gruesas, se había puesto gasas, se había transformado en atardecida, y, con el mismo suspiro de satisfacción que exhala una mujer al dejar caer las enaguas al suelo, se iba aliviando de polvo, calor, color. El tránsito disminuía, los automóviles, relucientes y veloces, substituían a los grandes camiones de carga; y aquí y allá, entre el denso follaje de las plazas, brillaba una luz intensa. Me voy, la atardecida parecía decir, mientras palidecía y se marchitaba sobre los tejados y las prominencias, las cúpulas y las agujas, de hotel, vivienda, bloque de tiendas, me marchito, y comenzaba a hacerlo, me voy, pero Londres no quería, y alzaba hacia el cielo sus bayonetas, inmovilizaba a la atardecida, la obligaba a participar en su ensueño.

Porque la gran revolución del horario de verano del señor Willett había tenido lugar después de la última visita de Peter Walsh a Londres. El prolongado atardecer era nuevo para él. Y era estimulante. Sí, porque, al pasar los jóvenes, con sus carteras de negocios, terriblemente contentos de haber quedado en libertad, y también orgullosos, aunque en silencio, de pisar aquel famoso pavimento, cierta clase de alegría, barata, un poco de oropel, si se quiere, pero de todos modos intensa, iluminaba sus rostros. Y vestían bien; ellas, medias rosadas, lindos zapatos. Ahora pasarían un par de horas en el cine. Les perfilaba, les refinaba, la amarilloazulenca luz del atardecer; y en las hojas de la plaza la luz lucía cárdena y lívida, las hojas parecían hundidas en aguamarina, el follaje de una ciudad sumergida. Estaba pasmado ante aquella belleza, y también le daba optimismo, ya que mientras los angloindios que habían regresado se sentaban por propio derecho (conocía a montones) en el Oriental Club, pasando biliosamente revista a los males del mundo, allí estaba él, más joven que nunca, envidiando a los jóvenes su tiempo de verano y el descanso a él anejo, y más que sospechando, gracias a las palabras de una muchacha, a la risa de una criada-cosas intangibles sobre las que no cabe poner las manos-, la realidad de aquel cambio en la total acumulación piramidal que en su juventud parecía inconmovible. Había ejercido presión en todos ellos; les había aplastado, especialmente a las mujeres, como aquellas flores que Helena, la tía de Clarissa, prensaba entre grises hojas de papel secante, con el diccionario Littré encima, sentada bajo la lámpara después de cenar. Ahora había muerto. Por Clarissa, supo que la tía Helena había perdido la visión de un ojo. Parecía muy adecuado-un golpe maestro de la naturaleza-que la vieja señorita Parry se hubiera vidriado en parte. Moriría como un pájaro en una helada, agarrada a la rama. Pertenecía a una época diferente, pero, por ser tan entera, tan completa, siempre destacaría en el horizonte, con blanco color de piedra, eminente, como un faro indicando una etapa pasada de este aventurado largo, largo viaje, de esta interminable (buscó una moneda en el bolsillo para comprar el periódico, y leyó acerca de Surrey y de Yorkshire; había entregado millones de veces aquella moneda; el Surrey iba lanzado, una vez más), esta interminable vida. Pero el cricket no era una tontería. El Cricket. Leyó primero los resultados de los partidos, luego leyó lo referente al calor de aquel día, y después la noticia de un asesinato. El haber hecho cosas millones de veces enriquecía, aun cuando bien cabía decir que desgastaba la superficie. El pasado enriquecía, y la experiencia, y el haber querido a una o dos personas, al igual que el haber adquirido la capacidad, de la que carecen los jóvenes, de seguir atajos, de hacer lo que a uno le gusta, sin importarle a uno un comino lo que la gente diga, e ir y venir sin grandes esperanzas (dejó el periódico en la mesa y se alejó), lo cual, sin embargo (fue a buscar el sombrero y el abrigo), no era totalmente verdad en cuanto a él hacía referencia, al menos esta noche, por cuanto se disponía a ir a una fiesta, a su edad, en la creencia de que viviría una experiencia. Pero ¿cuál?

Belleza, de todos modos. No la burda belleza de la visión. No era belleza pura y simple, Bedford Place conduciendo a Russel Square. Era rectitud y vaciedad, desde luego; la simetría de un corredor; pero también era ventanas iluminadas, el sonido de un piano, de un gramófono; una sensación de fuente de placer escondida pero que una y otra vez aparecía, cuando, a través de una ventana sin cortina, de una ventana abierta, uno veía a gente sentada alrededor de una mesa, a jóvenes trazando círculos lentamente, conversaciones entre hombres y mujeres, criadas mirando ociosas la calle (extraños comentarios los suyos, cuando el trabajo ha terminado), medias secándose en alféizares, un loro, unas cuantas plantas. Absorbente, misteriosa, de infinita riqueza, esta vida. Y en la amplia plaza por la que tan aprisa avanzaban y giraban los taxis, había parejas en descanso, retozando, abrazándose, encogidas bajo la lluvia de un árbol; esto era conmovedor; tan silencioso, tan absorto, que una pasaba discreta, tímidamente, como si estuviera en presencia de una sagrada ceremonia que sería impiedad interrumpir. Era interesante. Y siguió adelante, penetrando en el resplandor y la luz.

El ligero abrigo se había abierto como por efecto de un soplo, y Peter Walsh caminaba con indescriptible aire personal, un poco inclinado hacia adelante, con las manos a la espalda y con los ojos todavía un poco como los del halcón; avanzaba por Londres, hacia Westminster, observando.

¿Acaso todo el mundo cenaba fuera? Aquí, un criado abrió las puertas para que saliera una vieja dama de decidido andar, con zapatos de hebilla y tres purpúreas plumas de avestruz en el pelo. Se abrían puertas para que salieran señoras envueltas, como momias, en chales con coloridas flores, señoras con la cabeza descubierta. Y de respetables casas, con columnas estucadas, a través de pequeños jardines fronteros, salían mujeres, ceñidas en ropas ligeras, con peinetas en el pelo (corriendo habían ido a ver a sus hijos), y había hombres que las esperaban, con las chaquetas abiertas y el motor en marcha. Todos salían de casa. Con estas puertas abriéndose, con el descenso y con la partida, parecía que todo Londres se embarcara en barquichuelas amarradas a la orilla, balanceándose en el agua, como si el lugar, íntegramente, se alejara flotando en un carnaval. Y Whitehall parecía cubierto de hielo, de plata martilleada, cubierto de una finísima capa de hielo, y alrededor de los faroles se tenía la impresión de que volaran moscas de agua; hacía tanto calor que la gente hablaba parada en la calle. Y aquí, en Westminster, un juez jubilado, seguramente, estaba solemnemente sentado a la puerta de su casa, todo él vestido de blanco. Un angloindio, con toda probabilidad.

Y aquí, el escándalo de unas mujeres peleándose, mujeres borrachas. Aquí, sólo un policía, y casas que se cernían, altas casas, casas con cúpulas, iglesias, parlamentos, y la sirena de un buque en el río, un grito hueco y neblinoso. Pero era su caile ésta, la de Clarissa; los taxis doblaban veloces la esquina, como el agua contornea los pilares de un puente, coincidiendo, le pareció, debido a que transportaban a gente que iba a su fiesta la fiesta de Clarissa.

El frío caudal de las impresiones visuales ahora ya no le afectaba, como si cada ojo fuera una taza llena a rebosar que dejara resbalar por su superficie de porcelana el líquido sobrante. Ahora el cerebro debe despertar. Ahora el cuerpo debe contraerse al entrar en la casa, la casa iluminada, cuyas puertas estaban abiertas, con automóviles delante y esplendentes mujeres descendiendo de ellos. El alma debe templarse para soportar. Abrió la hoja grande del cortaplumas.

 

 

Lucy bajó la escalera corriendo a toda velocidad, después de haberse asomado un instante al salón para alisar un tapete, rectificar la posición de una silla, y detenerse un momento para sentir la sensación que seguramente experimentarían los que allí entrasen al ver la hermosa plata, los atizadores de bronce, las nuevas fundas de los sillones, y las cortinas de quimón amarillo; juzgó cada uno de estos elementos; oyó un rugido de voces; ya venían de cenar; ¡tenía que irse volando!

Vendría el Primer Ministro, dijo Agnes; esto había oído decir en el comedor, dijo, entrando con una bandeja de vasos. ¿Acaso tenía importancia, la más leve importancia, un Primer Ministro más o menos? Era algo que, a esta hora de la noche, dejaba totalmente indiferente a la señora Walker, allí, entre las bandejas, ensaladeras, coladores, sartenes, ensalada de pollo, heladoras de sorbetes, pan rallado, limones, soperas y cuencos de pastel, que, después de haber sido concienzudamente lavados, parecían ahora asediar a la señora Walker, sobre la mesa de la cocina, sobre las sillas, mientras el fuego llameaba y rugía, las luces eléctricas resplandecían, y la cena aún no había sido servida. Lo único que pensaba era que un Primer Ministro más o menos carecía en absoluto de importancia para la señora Walker.

Las señoras ya subían la escalera, dijo Lucy; las señoras subían la escalera una a una, la señora Dalloway la última, enviando casi en todo momento un mensaje a la cocina, "Felicite a la señora Walker", que era el mensaje de la noche. Al día siguiente analizarían los platos, la sopa, el salmón; el salmón estaría, como muy bien le constaba a la señora Walker, poco hecho como de costumbre, ya que siempre se ponía nerviosa con el pastel, y dejaba el salmón a los cuidados de Jenny; por esto ocurría que el salmón estaba siempre poco hecho. Pero una señora de rubio cabello y adornos de plata preguntó, afirmó Lucy, refiriéndose a la entrada, si realmente el plato estaba guisado en casa. Pero era el salmón lo que preocupaba a la señora Walker, mientras daba vueltas y vueltas a las bandejas y abría y cerraba llaves de tiro de la cocina; y del comedor llegó un estallido de risas; una voz hablando, y luego otro estallido de risas; los caballeros divirtiéndose, después de haberse ido las señoras. El tokay , dijo Lucy, que acababa de entrar corriendo. El señor Dailoway había pedido el tokay , procedente de las bodegas del Emperador, el Imperial Tokay .

Fue transportado a través de la cocina. Por encima del hombro, Lucy comunicó que la señorita Elizabeth estaba preciosa; Lucy no podía apartar la vista de ella; con su vestido de color de rosa, y luciendo el collar que el señor Dalloway le había regalado. Jenny debía acordarse del perro, del fox-terrier de la señorita Elizabeth pues como sea que mordía, tuvieron que encerrarlo, y quizá, pensaba Elizabeth, necesitara algo. Jenny debía acordarse del perro. Pero Jenny no iba a subir al piso superior, con toda aquella gente. ¡A la puerta había llegado ya un automóvil! Sonó el timbre... ¡Y los caballeros todavía en el comedor, bebiendo tokay !

Ahora subían la escalera; había sido el primero en llegar, y ahora irían llegando más y más de prisa, de manera que la señora Parkinson (contratada para las fiestas) debía dejar entornada la puerta del vestíbulo, y el vestíbulo estaría rebosando de caballeros esperando (esperaban en pie, alisándose el cabello), mientras las señoras se despojaban de sus capas en la estancia que se abría en el pasillo; donde la señora Barnet las ayudaba, la vieja Ellen Barnet, que había servido durante cuarenta años a la familia, y que acudía todos los veranos para ayudar a las señoras, y recordaba a las madres cuando eran muchachas, y aunque, con gran sencillez les estrechaba la mano, decía " milady " muy respetuosamente, pese a que había en ella cierto sentido del humor, contemplando a las jóvenes señoras, y ayudando como siempre con gran tacto a Lady Lovejoy, que tenía cierto problema con sus enaguas. Y no podían evitar el pensar Lady Lovejoy y la señorita Alice, que ciertos pequeños privilegios, en materia de tocador, les eran conferidos después de haber conocido a la señora Barnet durante: "treinta años, milady ", les informó la señora Barnet. Las señoritas no usaban lápiz de labios, dijo Lady Lovejoy cuando acudían a Bourton, en los viejos tiempos. Y la señorita Alice no necesitaba lápiz de labios, dijo la señora Barnet, mirando cariñosamente a ésta. Y allí quedó sentada la señora Barnet, en el cuarto guardarropa, acariciando pieles, alisando mantones españoles, ordenando la mesa tocador, y sabiendo a la perfección, a pesar de las pieles y de los bordados, cuáles eran las señoras amables, y cuáles no lo eran. La simpática viejecita, dijo Lady Lovejoy, subiendo la escalera, la vieja niñera de Clarissa.

Y entonces Lady Lovejoy se envaró. "Lady Lovejoy y la señorita Lovejoy", dijo al señor Wilkins (alquilado para las fiestas). Tenía un aire admirable, el señor Wilkins, cuando se inclinaba y se enderezaba, se inclinaba y se enderezaba, y anunciaba con perfecta imparcialidad "Lady Lovejoy y la señorita Lovejoy... Sir John y Lady Needham... La señorita Weld... El señor Walsh..." Su aire era admirable; forzosamente tenía que ser irreprochable su vida familiar, con la salvedad de que parecía imposible que, teniendo labios verdosos y mejillas afeitadas hubiera podido cometer el error de aceptar las molestias de los hijos.

"¡Qué delicioso verte!", decía Clarissa. Lo decía a todos. ¡Qué delicioso verte! Estaba insoportable, efusiva e insincera. Había cometido un gran error al acudir. Hubiera debido quedarse en casa y leer el libro, pensó Peter Walsh; hubiera debido ir a un concierto; hubiera debido quedarse en casa, porque no conocía a nadie.

Oh, Dios santo, iba a ser un fracaso, un total fracaso, y Clarissa lo sentía en los tuétanos, mientras el anciano y simpático Lord Lexham excusaba a su esposa, que había pillado un resfriado en una recepción en los jardines del Palacio de Buckingham. Con el rabillo del ojo, Clarissa podía ver a Peter, criticándola, allí, en aquel rincón. ¿Por qué, a fin de cuentas, hacía ella aquellas cosas? ¿Por qué buscaba eminencias y se quedaba en ellas subida, empapada en fuego? ¡Podía quedar consumida! ¡Reducida a cenizas! ¡Cualquier cosa era mejor que esto, más valía blandir la antorcha y arrojarla al suelo, que irse consumiendo poco a poco, como una Ellie Henderson cualquiera! Era extraordinaria la capacidad que Peter Walsh tenía para ponerla en este estado, por el solo medio de acudir y quedarse en un rincón. La inducía a verse a sí misma, a exagerar. Era idiota. Pero entonces, ¿por qué acudía, simplemente a criticar? ¿Por qué siempre tomaba, sin dar nada? ¿Por qué no arriesgarse a exponer el propio punto de vista? Ahora Peter Walsh se alejaba, y Clarissa tenía que hablarle. Pero no, no tendría oportunidad. La vida era esto, humillación renuncia. Lo que Lord Lexham decía era que su esposa no quiso llevar pieles en la fiesta en el járdín, debido a que "querida, las señoras sois todas iguales", ¡Lady Lexham tenía setenta y cinco años por lo menos! Era delicioso el modo en que aquellos viejos cónyuges se mimaban el uno al otro. Sentía simpatía hacia el viejo Lord Lexham. Clarissa consideraba que su fiesta tenía importancia, y la ponía realmente enferma el darse cuenta de que se desarrollaba mal, de que todo se iba al garete. Cualquier cosa, cualquier explosión, cualquier horror, era mejor que la gente vagando sin rumbo, formando grupo en un rincón, como Ellie Henderson, sin siquiera tomarse la molestia de mantenerse erguidos.

Suavemente, la cortina amarilla con todas las aves del paraíso fue levantada por el viento, y pareció que un revoloteo de alas penetrase en la estancia, con fuerte impulso, y luego fue reabsorbida. (Ya que las ventanas estaban abiertas.) ¿Había corrientes de aire?, se preguntó Ellie Henderson. Era propensa a los resfriados. Pero poco importaba que mañana amaneciera estornudando; en las muchachas con los hombros desnudos pensaba Ellie Henderson, educada en el hábito de pensar en los demás por su padre anciano, inválido, vicario que fue de Bourton, pero que ahora estaba muerto; y los resfriados de la señora Henderson nunca le afectaban el pecho, nunca. Era en las muchachas en quien pensaba, las jóvenes muchachas con los hombros al aire, ya que ella había sido siempre enteca, con su escaso cabello y su flaco perfil; aun cuando ahora, que ya había rebasado los cincuenta, comenzaba a resplandecer, gracias a un suave rayo de luz, algo purificado hasta alcanzar la distinción por años de abnegado vivir, aunque oscurecido a su vez, perpetuamente; por su lamentable amabilidad, por su miedo pánico, nacido de unos ingresos de trescientas libras, y de su indefensión (no era capaz de ganar ni un penique), lo cual la hacía tímida, y la incapacitaba más y más, año tras año, para tratar a gentes bien vestidas que acudían a lugares como éste todas las noches de la temporada social, limitándose a decir a las doncellas "Me pondré esto o aquello", en tanto que Ellie Henderson se apresuraba a salir de casa nerviosamente, se compraba rosáceas flores baratas, media docena, y se echaba un chal sobre su viejo vestido negro. Y esto hizo porque la invitación de Clarissa Dalloway a su fiesta le había llegado en el último instante. No estaba satisfecha, ni mucho menos. Tenía la impresión de que Clarissa no había tenido la intención de invitarla aquel año.

¿Y por qué tenía que invitarla? Verdaderamente, no había razón alguna para ello, salvo que se conocían de toda la vida. La verdad es que eran primas. Pero, como es natural, se habían alejado la una de la otra, debido a que Clarissa era muy solicitada. Constituía un acontecimiento, para Ellie Henderson, el ir a una fiesta. Sólo ver los hermosos vestidos era para ella una diversión. ¿Sería aquella muchacha Elizabeth, crecida, con el cabello peinado a la moda y el vestido de color de rosa? Sin embargo, no podía tener más de diecisiete años. Era muy, muy hermosa. Pero al parecer las muchachas, en sus primeras salidas, no vestían de blanco, como antes solían. (Debía recordarlo todo, para contárselo a Edith.) Las muchachas vestían túnicas rectas, ceñidas, con falda muy por encima de los tobillos. Favorecían la figura, pensó.

Y de esta manera, con su vista debilitada, Ellie Henderson iba avanzando tímidamente, y no le importaba demasiado el no tener a nadie con quien hablar (a casi nadie conocía allí), porque pensaba que todos los presentes eran personas a las que resultaba muy interesante contemplar; políticos, seguramente; amigos de Richard Dalloway; pero fue el propio Richard quien estimó que no podía permitir que aquel pobre ser se pasara toda la noche allí, solo.

-¿Qué tal, Ellie? ¿Qué es de tu vida? -dijo Richard, con su habitual cordialidad.

Y Ellie Henderson, poniéndose nerviosa ruborizándose, y pensando que Richard era extraordinariamente amable al dirigirse a ella, repuso que mucha gente se sentía, realmente, más afectada por el calor que por el frío.

-Así es-dijo Richard Dalloway-. Efectivamente.

Pero, ¿qué más podía uno decir? Alguien cogió por el codo a Richard Dalloway y le dijo:

-Hola, Richard.

Y, santo Dios, era el buen Peter Walsh, el mismísimo Peter Walsh. Richard estaba encantado de volverle a ver verdaderamente encantado. No había cambiado ni pizca. Y juntos se fueron los dos, cruzando la estancia, dándose recíprocamente palmaditas en la espalda, como si no se hubieran visto en largos años. Ellie Henderson pensó, viéndoles alejarse, que estaba segura de que conocía la cara de aquel hombre. Un hombre alto, de media edad, con ojos bastante hermosos, moreno, con gafas, y cierto aire de John Burrows. Con toda seguridad, Edith le conocería.

La cortina, con su bandada de pájaros del paraíso, volvió a ser alzada por el viento. Y Clarissa lo vio. Vio a Ralph Lyon devolverla a su sitio mediante un golpe, y seguir hablando. ¡A fin de cuentas, resultaba que no era un fracaso! Ahora su fiesta se desarrollaba a la perfección. Había comenzado. Pero la situación todavía era muy delicada. Por el momento, debía quedarse donde estaba. La gente parecía llegar en torrente.

El coronel Garrod y su esposa... El señor Hugh Whitbread... El señor Bowley... La señora Hilbery... Lady Mary Maddox... El señor Quin... entonaba Wilkins. Clarissa decía seis o siete palabras a cada uno, y ellos seguían adelante, entraban en las estancias; entraban en algo, no en nada, desde el momento en que Ralph Lyon había devuelto la cortina a su sitio mediante un golpe.

Y sin embargo, en cuanto a ella se refería, representaba un esfuerzo excesivo. No disfrutaba de la fiesta. Se parecía demasiado a ser... a ser cualquiera, allí en pie; cualquiera podía hacerlo; sin embargo, admiraba un poco a este cualquiera, no podía evitar el pensar que, de un modo u otro, había sido ella quien logró que esto ocurriera, que marcaba un estadio, aquel poste en que tenía la impresión de haberse convertido, ya que, cosa rara, había olvidado el aspecto que presentaba, pero se sentía como una estaca clavada en lo alto de la escalera. Siempre que daba una fiesta, tenía la sensación de ser algo, una cosa, y no ella, y que todos fueran irreales, en cierto aspecto; y mucho más reales, en otro aspecto. Se debía, pensaba, en parte a sus ropas, en parte a haber quedado apartados del habitual comportamiento, en parte al ambiente; cabía la posibilidad de decir cosas que no se podían decir de otro modo, cosas que necesitaban un esfuerzo; posiblemente, cabía profundizar más. Pero no era así, en cuanto a ella hacía referencia; al menos, por el momento.

-¡Qué delicioso verle!-dijo.

¡El viejo y simpático Sir Harry! Este los conocería a todos.

Y lo más raro era la sensación que una tenía al verles subir la escalera, uno tras otro, la señora Mount y Celia, Herbert Ainsty, la señora Dakers... ¡Oh, y Lady Bruton! Clarissa dijo:

-¡Cuánto te agradezco que hayas venido!

Y lo dijo sinceramente. Era rara la sensación que una tenía, allí, en pie, al verles pasar y pasar, algunos muy viejos, algunos...

 

¿ Quién ; ¿Lady Rosseter? ¿Quién podía ser aquella Lady Rosseter?

-¡Clarissa!

¡Esta voz! ¡Era Sally Seton! ¡Sally Seton! ¡Después de tantos años! Su imagen se concretaba a través de una niebla. Ya que no tenía este aspecto, Sally Seton, cuando Clarissa sostenía en las manos la botella de agua caliente. ¡Pensar que Sally Seton estaba bajo este techo! ¡ Increíble!

Atropelladamente, inhibidas, rientes, fueron brotando las palabras. . . Pasaba por Londres; me lo dijo Clara Haydon; ¡qué ocasión de verte! Y me he colado, sin invitación. . .

Una podía dejar la botella de agua caliente con toda compostura. Sally Seton había perdido el esplendor. Sin embargo, era extraordinario volverla a ver, mayor, más feliz, no tan atractiva. Se besaron, primero en una mejilla, luego en la otra, junto a la puerta del salón, y Clarissa se dio la vuelta, con la mano de Sally en la suya, y vio sus estancias llenas, oyó el rugido de las voces, vio los candelabros, las cortinas agitadas por el viento, y las rosas que Richard le había traído.

-Tengo cinco chicos enormes-dijo Sally.

Tenía, Sally Seton, el más sencillo egotismo, el más abierto deseo de ser siempre la primera, y Clarissa la amaba por ser todavía así. Una cálida oleada de placer la invadió al pensar en el pasado, y gritó:

-¡No puedo creerlo!

Pero, he aquí a Wilkins; Wilkins había venido en su busca; Wilkins emitía con voz de imponente autoridad, cual si amonestara a todos los presentes, y la dueña de la casa tuviera que abandonar las frivolidades, un nombre.

-El Primer Ministro-dijo Peter Walsh.

¿El Primer Ministro?, ¿de veras?, se preguntó maravillada Ellie Henderson. ¡Cómo gozaría al contárselo a Edith!

Uno no se podía reír de él. Tenía aspecto ordinario. Uno hubiera podido ponerlo detrás de un mostrador y comprarle pasteles... Pobre hombre, todo cubierto de bordados en oro. Y, a decir verdad, cuando fue saludando a la gente, primero con Clarissa, y escoltado después, por Richard, lo hizo muy bien. Intentaba parecer alguien. Era divertido contemplarlo. Nadie le prestaba atención. Todos siguieron hablando, pero se advertía a la perfección que todos se daban cuenta (lo sentían hasta los tuétanos) del paso de aquella majestad, del símbolo de aquello que todos representaban, la sociedad inglesa. La vieja Lady Bruton, y también ella presentaba bello aspecto, muy gallarda con sus encajes, salió a la superficie, y se retiraron a una pequeña estancia, que inmediatamente se convirtió en objeto de disimulado interés, de vigilancia, y cierto murmullo, cierto estremecimiento afectó abiertamente a todos: ¡El Primer Ministro!

¡Señor, Señor, el esnobismo de los ingleses!, pensó Peter Walsh, en pie en un rincón. ¡Cuánto les gustaba vestir prendas bordadas en oro, y rendir homenaje! ¡Ahí estaba! ¡Forzosamente tenía que ser-y vive Dios que lo era-Hugh Whitbread, husmeando por los lugares en donde se encuentra a los grandes, bastante más gordo, bastante más cano, el admirable Hugh!

Parecía que siempre estuviera de servicio, pensó Peter, un ser privilegiado pero reservado, que atesoraba secretos en cuya defensa estaba dispuesto a morir, aun cuando tan sólo se trataba de chismorreos distraídamente difundidos por un lacayo de la Corte, que publicarían mañana todos los periódicos. Estas eran las nimiedades jugando con las cuales había encanecido, había llegado a las cercanías de la vejez, gozando del respeto y del afecto de todos aquellos que disfrutaban del privilegio de conocer a semejante ejemplar del hombre fruto de las escuelas privadas inglesas. Inevitablemente, uno pensaba cosas así al ver a Hugh; este era su estilo; el estilo de aquellas admirables cartas que Peter había leído, con miles de millas de mar por medio, en el Times ; y había dado gracias a Dios de hallarse lejos de aquella peligrosa charlatanería, aunque sólo fuera para oír el parloteo de los mandriles y las palizas de los culis a sus esposas. Un joven de aceitunada piel, procedente de alguna universidad, permanecía obsequiosamente al lado de Hugh. Y Hugh le protegería, le iniciaría, le enseñaría a progresar. Sí, porque nada había que le gustara más que prodigar favores, hacer palpitar el corazón de viejas señoras con la alegría de saber que se pensaba en ellas, en su ancianidad, en su aflicción cuando creían que estaban totalmente olvidadas, pero allá iba Hugh en su automóvil, y se pasaba una hora hablándoles del pasado, recordando bagatelas, alabando el pastel hecho en casa, a pesar de que Hugh era hombre que podría comer pasteles con una duquesa siempre que le diera la gana y, a juzgar por su aspecto, probablemente dedicaba mucho tiempo a tan agradable ocupación. Los supremos juzgadores, los dotados de suprema piedad, podían disculparle. Pero Peter Walsh carecía de piedad. Los villanos existen realmente y bien sabía Dios que los canallas que mueren ahorcados por haber hecho papilla los sesos de una muchacha en un tren hacen menos daño, en total, que Hugh Whitbread y sus amabilidades. Había que verle ahora, de puntillas; avanzando como si bailara, inclinándose y sonriendo, en el instante en que el Primer Ministro y Lady Bruton salían de la pequeña habitación, con lo que daba a entender a todos que gozaba del privilegio de decir algo, algo privado, a Lady Bruton, al pasar. Lady Bruton se detuvo. Balanceó su hermosa y vieja cabeza. Seguramente le daba las gracias por algún acto de servilismo. Tenía, Lady Bruton, pelotilleros, funcionarios de secundaria importancia en oficinas ministeriales, que le prestaban diligentes servicios, a cambio de los cuales ella les invitaba a comer. Pero Lady Bruton era un fruto del siglo XVIII. Y nada se le podía reprochar.

Y ahora Clarissa acompañó al Primer Ministro a través de la sala, contoneándose, esplendorosa, con el señorío de su gris cabellera. Llevaba pendientes y un vestido de sirena, verde plata. Flotando sobre las olas y balanceando la melena parecía tener aún aquel don: ser, existir, reunirlo todo en el instante al pasar; giró, se enganchó el echarpe en el vestido de otra mujer, lo desenganchó, rió, lo hizo todo con la más perfecta soltura y con el aire de un ser flotando en su elemento. Pero el paso del tiempo la había rozado; incluso cual a una sirena que contemplara en su espejo el sol poniente en un atardecer muy claro sobre las olas. Había un aliento de ternura; su severidad, mojigatería, imperturbabilidad, estaban ahora penetradas de calidez, y había en ella, al despedir al fornido hombre con bordados de oro, que hacía cuanto podía, y que buena suerte le acompañara, para parecer importante, una inexpresable dignidad, una exquisita cordialidad, como si deseara lo mejor al mundo entero, y ahora, hallándose en el mismísimo límite de la realidad, tuviera que despedirse. Esto hizo pensar Clarissa a Peter Walsh. (Pero no estaba enamorado.)

Realmente, opinó Clarissa, el Primer Ministro fue muy amable al acudir. Y, al cruzar la estancia con él, estando allí Sally, y allí Peter, y Richard, muy complacido, con toda aquella gente, quizá propensa a la envidia, Clarissa sintió la embriaguez del momento, aquella dilatación de los nervios del mismísimo corazón, hasta que éste pareció estremecerse, alzarse, ponerse en pie; sí, pero, a fin de cuentas, era lo que los demás sentían, esto; sí, por cuanto, si bien era cierto que aquello le gustaba, y que experimentaba aquel cosquilleo y aquella punzada, estas aparienciás, estos triunfos (el buen Peter, por ejemplo, juzgándola tan brillante), tenían cierta vaciedad; estaban un tanto alejados, no en el corazón; quizá se debiera a que se estaba haciendo vieja, pero ya no la dejaban tan satisfecha como antes; y de repente, mientras contemplaba cómo el Primer Ministro descendía la escalera, el marco dorado del cuadro de Sir Joshua representando a la niña con el manguito le devolvió al instante la imagen de la Kilman; la Kilman, su enemiga. Esto era satisfactorio; esto era real. Ah, cómo la odiaba, ardiente, hipócrita, corrupta; con tanto poderío; la seductora de Elizabeth; la mujer que había llegado arrastrándose, para robar y profanar (Richard diría, ¡qué tontería!). La odiaba; la amaba. Enemigos eran los que una quería, no los amigos, no la señora Durrant y Clara, Sir William y Lady Bradshaw, la señorita Truelock y Eleanor Gibson (a la que vio subiendo la escalera, hacia ella). Que la buscaran, si querían verla. ¡Estaba consagrada a la fiesta!

Allí estaba su viejo amigo, Sir Harry.

-¡Mi querido Sir Harry!-dijo.

Y se acercó a aquel gallardo viejo que había pintado más cuadros malos que cualquiera de los otros dos académicos, en todo St. John's Wood (siempre eran cuadros de ganado vacuno, en pie junto a charcas al ocaso, absorbiendo humedad, o expresando, ya que Sir Harry tenía ciertas dotes para representar los movimientos significativos, por el medio de levantar una pata delantera o de enarbolar la cornamenta; "la proximidad del Desconocido"; y todas las actividades de Sir Harry, como cenar fuera de casa o ir a las carreras, estaban basadas en ganado vacuno, en pie, absorbiendo humedad, junto a charcas, al ocaso).

-¿De qué se ríen?-le preguntó Clarissa.

Ya que Willie Titcomb, Sir Harry y Herbert Ainsty se estaban riendo. Pero no. Sir Harry no podía contar a Clarissa Dalloway (pese a la mucha simpatía que le tenía; la consideraba un perfecto ejemplar de su tipo y amenazaba con pintarla) sus historias de teatro de variedades. Se burló de su fiesta. Echaba de menos su brandy. Estos círculos, dijo, eran demasiado altos para él. Pero sentía simpatía por Clarissa; la respetaba, a pesar de aquel maldito, difícil y condenable refinamiento de clase alta, que le impedía pedir a Clarissa Dalloway que se sentara en sus rodillas. Y por la escalera subió aquel fantasma vagabundo, aquella vaga fosforescencia, la vieja señora Hilbery, alargando las manos hacia el calor de la risa de Sir Harry (acerca del Duque y la Lady), que, al oírla desde el otro extremo de la estancia, tuvo la virtud de tranquilizarla con respecto a algo que a veces la preocupaba, cuando se despertaba a primeras horas de la madrugada y no osaba pedir a la criada que le hiciera una taza de té: que es cierto que debemos morir.

-No quieren contarnos sus historietas-dijo Clarissa.

-¡Querida Clarissa! exclamó la señora Hilbery.

Esta noche, dijo la señora Hilbery, Clarissa era exactamente igual que su madre el día en que la vio por primera vez, paseando por un jardín con un sombrero gris.

Y, realmente, a Clarissa se le llenaron de lágrimas los ojos. ¡Su madre, paseando por un jardín! Pero Clarissa tenía que dejarlos.

Porque allí estaba el profesor Brierly, quien daba conferencias sobre Milton, hablando con el pequeño Jim Huttori (que era incapaz, ni tan siquiera para acudir a una fiesta como la presente, de escoger un chaleco y una corbata que armonizaran, o de conseguir no llevar el cabello de punta), e incluso a aquella distancia Clarissa pudo percibir que discutían. Sí, ya que el profesor Brierly era un bicho raro. Con todos aquellos títulos, honores y ciclos de conferencias mediando entre él y los escritorzuelos, se daba instantáneamente cuenta de los ambientes que no eran propicios a su extraño conjunto de características, a su prodigiosa erudición y timidez, a su helado encanto sin cordialidad, su inocencia mezclada con esnobismo; y temblaba cuando, gracias al alborotado cabello de una señora o a las botas de un jovenzuelo, se daba cuenta de la existencia de un submundo, digno de todo respeto, sin duda alguna, de rebeldes, de jóvenes ardientes, de presuntos genios, y daba a entender, con una leve sacudida de la cabeza, con un respingo -¡uf!-el valor de la moderación, de cierto leve conocimiento de los clásicos, a fin de comprender a Milton. El profesor Brierly (vio Clarissa) no coincidía con el pequeño Jim Hutton (que lucía calcetines rojos, porque tenía los negros en la lavandería), en lo referente a Milton. Clarissa los interrumpió.

Clarissa dijo que le gustaba Bach. A Hutton también. Este era el vínculo entre los dos, y Hutton (poeta muy malo) siempre estimó que la señora Dalloway era, con mucho, la mejor entre las grandes damas que se interesaban por el arte. Era raramente exigente. En cuanto a música hacía referencia, era puramente impersonal. Resultaba un tanto pedante. Pero, ¡cuán encantador era su aspecto! ¡Cuán agradable el ambiente que había sabido dar a su casa, salvo el fallo de que hubiera profesores! Clarissa acariciaba la idea de tomar a Hutton por su cuenta, y sentarlo al piano en la estancia del fondo. Ya que era un pianista divino.

Pero el ruido-dijo Clarissa-. ¡El ruido!

-Indicio del éxito de una fiesta.

Y tras inclinar cortésmente la cabeza, el profesor se retiró con delicadeza.

-Sabe todo, absolutamente todo lo referente a Milton-dijo Clarissa.

Y Hutton, que sabía imitar al profesor en todo instante; al profesor hablando de Milton; al profesor hablando de moderación; al profesor retirándose con delicadeza; dijo:

-¿De veras?

Pero tenía que hablar con aquellos dos, dijo Clarissa, Lord Gayton y Nancy Blow.

Y no era que aquellos dos contribuyeran al ruido de la fiesta. No hablaban (perceptiblemente), mientras permanecían en pie, el uno al lado del otro, junto a la cortina amarilla. Pronto se irían a otra parte, juntos; y nunca tenían gran cosa que decir, fueran cuales fueren las circunstancias. Tenían apariencia, y esto era todo. Bastaba. Tenían una apariencia tan limpia tan sólida ella con esplendor de melocotón, gracias a los polvos y la pintura, pero él lavado y refrotado, con ojos de pájaro, de manera que no había pelota que le pasara desapercibida, ni golpe que le sorprendiera. Golpeaba, saltaba, con exactitud, sobre el propio terreno. Las bocas de las jacas temblaban al término de sus riendas. Tenía honores, ancestrales monumentos, banderas colgando en la iglesia de sus tierras. Tenía deberes, tenía arrendatarios, tenía madre y hermanas; se había pasado el día en Lord's y de esto hablaban los dos-de cricket, de primos y de películas-cuando la señora Dalloway llegó junto a ellos. Lord Gayton le tenía enorme simpatía. Y la señorita Blow, igual. Eran encantadores los modales de Clarissa Dalloway.

-¡Es angelical que hayan venido! ¡Es delicioso! -dijo Clarissa.

A Clarissa le gustaban los lores, le gustaba la juventud, y Nancy, vestida a precios enormes por los más grandes artistas de París, estaba allí ante ella, de tal modo que parecía que su cuerpo hubiera dado nacimiento, por propia voluntad, espontáneamente, a los verdes volantes.

-Quería que hubiera baile-dijo Clarissa.

Sí, porque los jóvenes no saben hablar. ¿Y por qué han de saber? Sí, gritar, abrazarse, divertirse, levantarse al alba; dar azúcar a las jacas, besar y acariciar el hocico de adorables perros chinos; y, luego, ágiles y fuertes, tirarse de cabeza y nadar. Pero los enormes recursos del idioma inglés, el poder que confiere, a fin de cuentas, de comunicar sentimientos (a la edad de aquel par, ella y Peter se hubieran pasado la velada discutiendo), no eran para ellos. Se solidificarían jóvenes. Tratarían con bondad sin límite a las gentes de la finca, pero, solos, quizá fueran aburridos.

-¡Qué lástima! -dijo ella-. Tenía esperanzas de que se bailara.

¡Habían sido extraordinariamente amables al acudir! Pero, ¿cómo hablar de baile? Las estancias estaban atestadas.

Y allí estaba la vieja tía Helena con su chal. Tenía que dejarles, a Lord Gayton y a Nancy Blow. Allí estaba la vieja señorita Parry, su tía.

Porque la señorita Helena Parry no había muerto; la señorita Parry estaba viva. Tenía más de ochenta años. Subió la escalera despacio, con un bastón. Fue sentada en una silla (Richard Dalloway se encargó de ello). Las personas que habían conocido Birmania en los setenta eran siempre conducidas junto a ella. ¿A dónde había ido Peter? Antes eran muy buenos amigos. Ante la mención de la India, e incluso de Ceilán, los ojos de la señorita Parry (sólo uno era de vidrio) adquirieron despacio profundidad, se hicieron azules, contemplaron, no seres humanos-no guardaba tiernos recuerdos, ni orgullosas ilusiones, con respecto a Virreyes, Generales, Motines-, sino que vieron orquídeas, collados de alta montaña, y se vieron a sí misma transportada a espaldas de culis, en los sesenta, por solitarios picachos; o descendiendo para arrancar orquídeas (sorprendentes flores jamás vistas anteriormente), que pintaba a la acuarela; indomable inglesa, inquieta cuando la guerra la molestaba dejando caer una bomba, por ejemplo, ante la puerta de su casa, arrancándola de su profunda meditación sobre las orquídeas y sobre su propia figura viajando en los sesenta por la India, pero allí estaba Peter Walsh.

-Ven y háblale de Birmania a tía Helena-dijo Clarissa.

¡Y todavía no había conversado ni media palabra con ella en toda la velada!

Conduciéndole hacia la tía Helena, con su blanco chal y su bastón, Clarissa dijo:

-Hablaremos más tarde.

Y Clarissa dijo:

-Peter Walsh.

Nada significó.

Clarissa la había invitado. Era fatigoso; había mucho ruido; pero Clarissa la había invitado. Y por esto había acudido. Era una lástima que Richard y Clarissa vivieran en Londres. Aunque sólo fuera por la salud de Clarissa, más les valdría vivir en el campo. Pero a Clarissa siempre le había gustado la vida de sociedad.

-Ha estado en Birmania-dijo Clarissa.

¡Ah! La anciana no pudo resistirse a recordar lo que Charles Darwin había dicho del librito que ella escribió sobre las orquídeas de Birmania.

(Clarissa tenía que hablar con Lady Bruton.)

No cabía duda de que ahora su libro sobre las orquídeas de Birmania estaba olvidado, pero de él se publicaron tres ediciones antes de 1870, dijo a Peter. Ahora lo recordó. Había estado en Bourton (y él la había abandonado, recordó Peter Walsh, sin decirle ni una palabra, en la sala de estar, aquella noche en que Clarissa le invitó a ir a remar).

-Richard Lo ha pasado deliciosamente en el almuerzo de este mediodía-dijo Clarissa a Lady Bruton.

-Richard me ha sido de la más grande utilidad -contestó Lady Bruton-. Me ha ayudado a escribir una carta. ¿Y cómo estamos de salud?

-¡Oh, perfectamente!

(Lady Bruton detestaba que las esposas de los políticos estuvieran enfermas.)

-¡Ahí está Peter Walsh!-dijo Lady Bruton.

(Porque jamás se le ocurría nada que decir a Clarissa; pese a que sentía simpatía por ella. Clarissa atesoraba gran cantidad de buenas cualidades, pero ella y Clarissa no tenían nada en común. Hubiese sido mejor que Richard se hubiera casado con una mujer con menos encanto y que le hubiera ayudado un poco más en su trabajo. Richard había perdido la ocasión de ser miembro del Gabinete.) "¡Ahí está Peter Walsh!", dijo, estrechando la mano de aquel agradable pecador, de aquel tipo tan competente que hubiera debido ganarse un prestigio, pero que no lo había hecho (siempre con problemas de mujeres), y, desde luego, allí estaba también la vieja señorita Parry. ¡Maravillosa anciana!

Lady Bruton estaba en pie junto a la silla de la señorita Parry, espectral granadero vestido de negro, e invitaba a Peter Walsh a almorzar, cordial, pero sin decir tonterías, sin recordar absolutamente nada acerca de la flora y la fauna de la India. Había estado allá, desde luego; había vivido allá, bajo tres virreyes; estimaba que algunos civiles indios eran individuos insólitamente decentes; pero qué tragedia, el estado en que se hallaba la India... El Primer Ministro acababa de contárselo (a la vieja señorita Parry, arrebujada en su chal, le importaba un pimiento lo que el Primer Ministro acababa de decirle a Lady Bruton), y a Lady Bruton le gustaría saber la opinión de Peter Walsh, acabado de llegar del mismo centro de los acontecimientos, y le presentaría a Sir Sampson, porque realmente le impedía dormir por la noche aquella locura, aquella perversidad cabía decir, ya que era hija de un soldado. Ahora era ya una vieja que de poco servía. Pero su casa, su servidumbre y su buena amiga Milly Brush-¿la recordaba?- estaban siempre dispuestos a prestar ayuda, en el caso de que pudieran ser de utilidad. Lady Bruton nunca hablaba de Inglaterra, pero esta isla de hombres, esta tan querida tierra, se hallaba en su sangre (sin necesidad de leer a Shakespeare), y si alguna vez hubo una mujer capaz de llevar el casco y disparar el arco, capaz de conducir tropas al ataque, de mandar con indómita justicia bárbaras hordas, y de yacer desnarigada bajo un escudo en una iglesia, o de merecer un montículo cubierto de césped en una primitiva ladera, esta mujer era Millicent Bruton. Privada por su sexo, o por cierta deficiencia, de la facultad lógica (le era imposible escribir una carta al Times ), tenía la idea del Imperio siempre al alcance de la mano, y su frecuente trato con esta acorazada deidad le había infundido su rigidez de baqueta, la robustez de su comportamiento, de manera que no cabía imaginarla, ni siquiera en la muerte, alejada de su tierra, o vagando por territorios en los que no flameara, aunque fuera espiritualmente, la bandera de la Union Jack. No ser inglesa, siquiera entre los muertos, ¡no, no! ¡Imposible!

Pero, ¿era aquella mujer Lady Bruton (a la que antes solía tratar)? ¿Era aquel hombre Peter Walsh encanecido?, se preguntaba Lady Rosseter (que antes fue Sally Seton). Ciertamente, aquélla era la anciana señorita Parry, la vieja tía siempre enojada, cuando ella pasaba temporadas en Bourton. Nunca olvidaría el día en que recorrió un pasillo desnuda, y la señorita Parry la mandó llamar. ¡Y Clarissa! ¡Oh, Clarissa! Sally la cogió del brazo.

Clarissa se detuvo a su lado.

-Pero no puedo quedarme-dijo-. Volveré luego. Esperadme.

Y miró a Peter y a Sally. Con estas palabras quiso decir que debían esperar hasta que todos los demás se hubieran ido. Mirando a sus viejos amigos, Sally y Peter, que se estrechaban la mano, mientras Sally, recordando sin duda el pasado, reía, Clarissa dijo:

-Volveré.

Pero la voz de Sally Seton había perdido aquella arrebatadora riqueza de antaño; sus ojos no brillaban ahora cual solían brillar cuando fumaba cigarros, cuando corría por un pasillo, para buscar una esponja, totalmente desnuda, y Ellen Atkins preguntó: ¿Y si los caballeros la hubieran visto? Pero todos la perdonaban. Robó un pollo de la despensa porque una noche tuvo hambre, fumaba cigarros en el dormitorio, dejó un libro de incalculable valor en la terraza. Pero todos la adoraban (salvo papá, quizá). Era su cordialidad; era su vitalidad; pintaba, escribía. Las viejas del pueblo, incluso hasta ahora, siempre preguntaban por "su amiga, la del manto rojo, que tan lista parecía". Acusó a Hugh Whitbread, nada menos que a Hugh Whitbread (y allí estaba su viejo amigo Hugh, hablando con el embajador de Portugal), de besarla en la sala de fumar, a fin de castigarla por haber dicho que las mujeres debieran tener derecho a votar. Sally había dicho que hombres vulgares lo tenían. Y Clarissa recordaba que tuvo que convencerla de que no debía denunciar a Hugh en la reunión familiar, de lo cual era muy capaz debido a su audacia, su temeridad, su melodramático amor a ser el centro de todo y a hacer escenas, lo cual, solía pensar Clarissa la llevaría a una horrible tragedia, a la muerte, al martirio, pero, por el contrario, se había casado, de modo totalmente imprevisible, con un hombre calvo, siempre con una gran flor en el ojal, que, según se decía, tenía fábricas de tejidos de algodón en Manchester. ¡Y Sally tenía cinco hijos!

Sally y Peter se habían sentado juntos. Hablaban, y parecía lo más lógico, el que hablaran. Seguramente recordarían el pasado. Con aquellos dos (más que con Richard incluso) compartía Clarissa el pasado: el jardín, los árboles, el viejo Joseph Breitkopf cantando música de Brahms sin pizca de voz, el papel de la pared de la sala de estar, el olor de las esteras. Sally sería siempre parte de aquello; Peter también lo sería. Pero tenía que dejarles. Allí estaba el matrimonio Bradshaw, al que no tenía simpatía.

Tenía que acercarse a Lady Bradshaw (de gris y plata, balanceándose como una foca en el borde de su piscina, pidiendo a ladridos invitaciones a duquesas, la típica esposa del hombre triunfador), tenía que acercarse a Lady Bradshaw y decirle...

Pero Lady Bradshaw se le adelantó:

-Hemos llegado escandalosamente tarde, querida señora Dalloway. Casi no nos atrevíamos a venir.

Y Sir William Bradshaw, que tenía un aspecto muy distinguido, con su cabello gris y sus ojos azules, dijo que sí; no habían podido resistir la tentación. Hablaba con Richard, seguramente acerca de una ley que deseaban fuera aprobada por la Cámara de los Comunes. ¿Por qué la visión de Sir William hablando con Richard la había espeluznado? Aquel hombre parecía lo que era un gran médico. Un hombre que, sin la menor duda se encontraba en el primer lugar entre los de su profesión, muy poderoso, algo cansado. Porque había que pensar en los casos con que se enfrentaba, gente en las más profundas simas de la desdicha, gente al borde de la locura, maridos y esposas. Tenía que decidir asuntos de aterradora dificultad. Sin embargo, lo que Clarissa sentía era que no le gustaría que aquel hombre la viera desdichada. No, aquel hombre no.

-¿Y cómo le va a su hijo en Eton?-le preguntó Clarissa a Lady Bradshaw.

Lady Bradshaw dijo que precisamente ahora, por culpa de las paperas, no había podido jugar en el equipo de fútbol. Pensaba que esto había disgustado a su padre más que al chico, ya que aquél era, dijo, "como un niño grande".

Clarissa miró a Sir William, que estaba hablando con Richard. No parecía un niño. No, ni mucho menos.

En cierta ocasión, Clarissa había ido, con otra persona, a pedirle consejo. Y Sir William acertó del todo; mostró un sentido común extraordinario. Pero, ¡santo cielo!, qué alivio al encontrarse de nuevo en la calle... Recordaba que había un pobre infeliz, sollozando, en la sala de espera. Pero Clarissa no sabía qué era exactamente lo que le desagradaba en Sir William. Richard estuvo de acuerdo con ella, "no le gustaba su gusto, su olor". Pero era extraordinariamente eficaz. Hablaban de aquella ley. Sir William, bajando la voz, hizo referencia a cierto caso. Y este caso guardaba estrecha relación con lo que antes había dicho respecto a los efectos tardíos del shock psíquico que padecían algunos combatientes. La nueva ley debía tenerlo en cuenta.

Bajando la voz, arrastrando a la señora Dalloway al interior del refugio de una comunidad femenina, de un común orgullo de las ilustres cualidades de sus respectivos maridos, y de su lamentable tendencia a trabajar en exceso, Lady Bradshaw (pobre gallina, no se le podía tener antipatía) dijo en un murmullo que "precisamente cuando nos disponíamos a salir de casa, han llamado por teléfono a mi marido; un caso muy triste. Un joven (esto era lo que Sir William contaba al señor Dalloway) se había matado. Había estado en el ejército". ¡Oh!, pensó Clarissa, en medio de mi fiesta, he aquí a la muerte, pensó.

Se fue a la pequeña estancia en la que el Primer Ministro había entrado en compañía de Lady Bruton. Quizás allí hubiera alguien. Pero no había nadie. Los sillones conservaban aún las huellas dejadas por el Primer Ministro y por Lady Bruton, ella vuelta con deferencia hacia él, y él solemnemente sentado, con autoridad. Habían hablado de la India. No había nadie. El esplendor de la fiesta cayó al suelo, tan raro fue entrar allí, sola, con sus galas.

¿Qué derecho tenían los Bradshaw a hablar de muerte en su fiesta? Un joven se había matado. Y de ello hablaron en su fiesta, los Bradshaw hablaron de muerte. Se había matado, sí, pero, ¿cómo? El cuerpo de Clarissa siempre lo revivía, en el primer instante, bruscamente cuando le contaban un accidente; se le inflamaba el vestido, le ardía el cuerpo. Se había arrojado por una ventana. Como un rayo subió el suelo; a través de él, penetrantes, hirientes, pasaron los enmohecidos clavos. Quedó allí yacente, con un plop, plop, plop, en el cerebro, y luego vino el ahogo de las tinieblas. Así lo vio. Pero, ¿por qué lo había hecho? ¡Y los Bradshaw hablaron de ello en su fiesta!

En cierta ocasión, Clarissa había arrojado un chelín a las aguas de la Serpentine, nada más. Pero aquel joven había arrojado cuanto era. Ellos seguían viviendo (tendría que regresar; las estancias estaban aún atestadas; la gente seguía llegando). Ellos (durante todo el día había estado pensando en Bourton, en Peter, en Sally) envejecerían. Había una cosa que importaba; una cosa envuelta en parloteo, borrosa, oscurecida en su propio vivir, cotidianamente dejada caer en la corrupción, las mentiras, el parloteo. Esto lo había conservado aquel joven. La muerte era desafío. La muerte era un intento de comunicar, y la gente sentía la imposibilidad de alcanzar el centro que místicamente se les hurtaba; la intimidad separaba; el entusiasmo se desvanecía; una estaba sola. Era como un abrazo, la muerte.

Pero aquel joven que se había suicidado, ¿se lanzó guardando en sí su tesoro? "Si ahora muriera, sería extremadamente feliz", se dijo Clarissa en cierta ocasión bajando la escalera, vestida de blanco.

Pero también estaban los poetas y los pensadores. Y cabía la posibilidad de que aquel joven tuviera esta pasión, y hubiera acudido a Sir William Bradshaw, gran médico, aun cuando oscuramente malvado, sin sexo o apetitos, muy cortés con las mujeres, pero capaz de indescriptibles ofensas-cual la de violar el alma, exactamente-, la posibilidad de que aquel joven hubiera acudido a Sir William Bradshaw, y éste le hubiera causado dicha impresión, con su poderío, y quizás el joven había dicho (ahora Clarissa lo sentía realmente): La vida es intolerable; hacen intolerable la vida, los hombres así.

Luego (Clarissa lo había sentido precisamente aquella mañana), estaba el terror; la abrumadora incapacidad de vivir hasta el fin esta vida puesta por los padres en nuestras manos, de andarla con serenidad; en las profundidades del corazón había un miedo terrible. Incluso ahora, muy a menudo, si Richard no hubiera estado allí, leyendo el Times , de manera que ella podía recogerse sobre sí misma, como un pájaro, y revivir poco a poco, lanzando rugiente a lo alto aquel inconmensurable deleite frotando palo con palo, una cosa con otra, Clarissa hubiera muerto sin remedio. Ella había escapado. Pero aquel joven se había matado.

En cierta manera, esto era su desastre, su desdicha. Era su castigo el ver hundirse y desparecer aquí a un hombre, allá a una mujer, en esa profunda oscuridad, mientras ella estaba obligada a permanecer aquí con su vestido de noche. Había intrigado; había hecho trampas. Nunca había sido totalmente admirable. Había deseado el éxito, Lady Bexborough y todo lo demás. Y, en cierta ocasión, había paseado por la terraza en Bourton.

Raro, increíble; jamás había sido tan feliz. Nada podía ser lo bastante lento; nada podía durar demasiado. No había placer que pudiera igualar, pensó mientras rectificaba la posición de los sillones, empujaba un libro adentrándolo en la estantería, este haber terminado con los placeres de la juventud, este haberse perdido en el proceso de vivir, haber hallado el proceso de vivir, con un estremecimiento delicioso, mientras el sol nacía, el día moría. Muchas veces había salido en Bourton, mientras todos hablaban, a contemplar el cielo; o se había fijado en él, visto por entre los hombros de la gente durante la cena; y lo había contemplado en Londres cuando no podía dormir. Se acercó a la ventana.

Por loca que la idea pareciera, algo de ella contenía aquel cielo de su tierra, aquel cielo sobre Westminster. Entreabrió las cortinas; miró. ¡Oh! ¡Qué sorpresa! ¡Desde la estancia del frente, la vieja dama la miraba rectamente! Se disponía a acostarse. Y el cielo. Será un cielo solemne, había pensado, será un cielo crepuscular, apartando bellamente la cara. Pero allí estaba, cenicientamente pálido, cruzado por rápidas nubes, vastas y deshilachadas. Era algo nuevo para ella. Seguramente se había levantado viento. Y se disponía a acostarse, en la estancia del frente. Era fascinante contemplarla, yendo de un lado para otro, contemplar a la anciana cruzando el cuarto, acercándose a la ventana. ¿Podía la anciana verla a ella? Era fascinante, con gente todavía riendo y gritando en el salón, contemplar cómo aquella vieja, tan serenamente, se disponía a acostarse sola. Ahora empujó la persiana. El reloj comenzó a sonar. El joven se había matado; pero Clarissa no le compadecía; con el reloj dando la hora, una, dos, tres, no se compadecía de él, con todo lo que estaba ocurriendo. ¡Ahora! ¡La vieja dama había apagado la luz! La casa entera estaba ahora a oscuras, con todo aquello ocurriendo, repitió, y a su mente acudieron las palabras: No temas más al ardor del sol. Debía regresar al lado de aquella gente. Pero ¡qué noche tan extraordinaria! En cierta manera, se sentía muy parecida a él, al joven que se había matado Se alegraba de que se hubiera matado; que lo hubiera arrojado lejos, mientras ellos seguían viviendo. El reloj daba las horas. Los círculos de plomo se disolvieron en el aire. Pero debía regresar. Debía reunirse con ellos. Debía ir al encuentro de Sally y Peter. Y entró, procedente de la pequeña estancia.

-Pero, ¿dónde está Clarissa?-dijo Peter.

Estaba sentado en el sofá, con Sally. (Después de tantos años, realmente no podía llamarla "Lady Rosseter".)

-¿Dónde se ha metido esa mujer? ¿Dónde está Clarissa?-preguntó.

Sally suponía, y a pesar de todo Peter también, que allí había gente importante, políticos, a quienes ni ella ni él conocían, como no fuera de haberlos visto en los periódicos, con quienes Clarissa tenía que ser amable, tenía que conversar. Estaba con ellos. Sin embargo, ahí estaba Richard Dalloway sin entrar en el Gabinete. No había triunfado, suponía Sally. Bueno, en realidad, ella rara vez leía los periódicos. A veces, mencionaban el nombre de Richard. Pero, en fin, ella llevaba una vida solitaria, en la selva, como diría Clarissa, entre grandes comerciantes, grandes fabricantes, entre hombres que, a fin de cuentas, hacían cosas. ¡Y también ella había hecho cosas!

-¡Tengo cinco hijos!-le dijo a Peter.

¡Señor, señor, cuánto había cambiado Sally!, la ternura maternal, y también el egotismo anejo. La última vez que se vieron, recordó Peter, fue entre las coliflores a la luz de la luna, con hojas como "bronce áspero", dijo Sally, con su instinto literario; y Sally cogió una rosa. Sally le hizo pasear con ella, arriba y abajo, aquella horrorosa noche, después de la escena junto a la fuente; él tenía que coger el tren de medianoche. ¡Santo cielo, y había llorado!

Esta era su vieja costumbre, abrir el cortaplumas, pensó Sally, sí, siempre abriendo y cerrando el cortaplumas, cuando se excitaba. Habían sido muy, muy amigos, ella y Peter Walsh, cuando él estaba enamorado de Clarissa, y entonces se produjo aquella horrible y ridícula escena, centrada en Richard Dalloway, durante el almuerzo. Ella llamó "Wickham" a Richard. ¿Y por qué no se podía llamar "Wickham" a Richard? ¡Pero Clarissa se sulfuró!, y realmente, desde entonces, no se habían vuelto a ver, Clarissa y ella, como no fuera cinco o seis veces, quizás, en los últimos diez años. Y Peter Walsh se fue a la India, y a oídos de Sally llegaron vagos rumores de que era desdichado en su matrimonio, e ignoraba si Peter tenía hijos o no, pero no podía preguntárselo porque Peter había cambiado. Tenía aspecto encogido, aunque más amable, consideraba Sally, y sentía verdadero afecto hacia él, porque había quedado unido a su juventud, y todavía conservaba ella un librito de Emily Brontë, que él le había regalado, y, si no se equivocaba, tenía intenciones de dedicarse a escribir. Sí, en aquellos tiempos, Peter quería escribir.

Abriendo la mano, su firme y bien formada mano, sobre la rodilla, de una manera que Peter recordaba, Sally le preguntó:

-¿Has escrito?

-¡Ni media palabra!

Y Sally rió.

Todavía tenía atractivo, todavía era un personaje, Sally Seton. Pero, ¿quién era aquel Rosseter? Lucía dos camelias, el día en que se casó, esto era todo lo que Peter sabía de él. Clarissa le escribió, diciéndole "Tienen millones de criados e invernaderos sin número", o algo parecido. Con una carcajada, Sally lo reconoció:

-Sí, tengo diez mil al año.

Aunque no recordaba si era antes o después de pagar los impuestos, ya que su marido "al que quiero que conozcas", dijo, "y que te será simpático", se encargaba de aquellos asuntos.

Y Sally, antes, estaba siempre en las últimas. Tuvo que empeñar el anillo de su bisabuelo, regalo de María Antonieta-¿no era así?-para poder ir a Bourton.

Oh, sí, Sally lo recordaba; todavía lo tenía, un anillo de rubíes que María Antonieta había regalado a su bisabuelo. En aquellos días jamás tenía ni un penique e ir a Bourton siempre representaba para ella un gasto tremendo. Pero ir a Bourton había tenido gran importancia para ella, ya que la había conservado en su sano juicio, creía, tan desgraciada era en su hogar. Pero aquello pertenecía al pasado, y ahora ya había terminado, dijo. Y el señor Parry había muerto; y la señorita Parry aún vivía. En su vida se había llevado una sorpresa mayor, dijo Peter. Creía, con toda certeza, que la señorita Parry había muerto. Y el matrimonio había sido un éxito, suponía Sally. Y aquella joven tan hermosa y tan segura de sí misma, allí, junto a la cortina, vestida de color de rosa, era Elizabeth.

(Era como un álamo, era como un río, era como un jacinto, pensaba Willie Titcomb. ¡Oh, cuánto mejor vivir en el campo y hacer lo que le gustaba! Ahora oía a su pobre perro aullando, Elizabeth estaba segura.) No se parecía ni pizca a Clarissa, dijo Peter Walsh.

-¡Oh, Clarissa!-dijo Sally.

Lo que Sally sentía era simplemente esto. Estaba tremendamente en deuda con Clarissa. Habían sido amigas, no conocidas, amigas, y todavía podía ver a Clarissa, toda de blanco, yendo de un lado para otro, en la casa, con las manos llenas de flores; hasta el presente, la planta del tabaco le traía el recuerdo de Bourton. Pero -¿lo comprendía Peter?- a Clarissa le faltaba algo. ¿Qué le faltaba? Tenía encanto; tenía un encanto extraordinario. Pero, con franqueza (y Sally consideraba que Peter era un viejo amigo, un verdadero amigo, ya que ¿acaso la ausencia importaba?, ¿acaso la distancia importaba? A menudo había querido, Sally, mandarle una carta, pero la rasgó, aunque estimaba que Peter comprendería, ya que la gente comprende sin que las cosas se digan, cual uno se da cuenta al hacerse mayor, y mayor era ella, ya que aquella tarde había visitado a sus hijos en Eton, que tenían paperas), con total franqueza, ¿cómo pudo Clarissa hacer aquello?, ¿casarse con Richard Dalloway?, un deportista a quien sólo le gustaban los perros. Literalmente, cuando entraba en un cuarto, olía a establo. Y, luego, ¿todo esto? Sally agitó la mano.

Allí iba Hugh Whitbread, pasando ante ellos con su chaleco blanco, oscuro, gordo, ciego, ajeno a cuanto aparentaba, salvo la propia estima y la comodidad.

-A nosotros no nos reconocerá-dijo Sally

Y, realmente, a Sally le faltó el valor necesario ¡De modo que aquél era Hugh! ¡El admirable Hugh!

-¿Y qué hace?-le preguntó a Peter.

Lustraba los zapatos del Rey o contaba las botellas de Windsor, repuso Peter. ¡Peter no había perdido aún su mordacidad! Pero Sally debía hablar con franqueza, dijo Peter. ¿Aquel beso, el beso de Hugh?

En los labios, le aseguró Sally, en la sala de fumar, una tarde. Furiosa fue a decírselo inmediatamente a Clarissa. Hugh no hace estas cosas, dijo Clarissa, ¡el admirable Hugh! Los calcetines de Hugh eran, sin excepción, los más hermosos que había visto en su vida... y su traje de etiqueta. ¡Perfecto! ¿Tenía hijos?

"Todos los que se encuentran aquí tienen seis hijos en Eton", le dijo Peter, salvo él. Él, a Dios gracias, no tenía hijos. No tenía hijos, ni hijas, ni esposa. Bueno, pues no parecía importarle, dijo Sally. Parecía más joven, pensó Sally, que todos los demás.

Pero en muchos aspectos, fue una cosa muy tonta, dijo Peter, el casarse como él se casó; "era una perfecta tontaina", dijo, pero "lo pasamos estupendamente", pero ¿cómo podía ser?, preguntó Sally, ¿qué quería decir con aquellas palabras?, y cuán raro era conocer a Peter y no saber nada de cuanto le había ocurrido. ¿Lo había dicho por orgullo? Muy probablemente, ya que a fin de cuentas tenía que ser irritante para él (pese a que era un ser raro, una especie de fantasma, no un hombre ordinario), tenía que producirle sensación de soledad, a su edad, no tener un hogar, un lugar al que ir. Pero Peter tenía que pasar semanas y semanas en casa de ella. Desde luego, así lo haría; le gustaría mucho ir invitado a su casa, y así fue como salió a colación. En todos aquellos años, ni una sola vez la habían visitado los Dalloway. Una y otra vez los habían invitado. Clarissa (porque fue Clarissa, desde luego) no quiso ir. Ya que, dijo Sally, Clarissa era en el fondo una snob ; y, realmente, había que admirar el esnobismo. Y esto era lo que se interponía entre ellas, pensaba Sally con toda seguridad. Clarissa pensaba que ella había hecho un mal matrimonio, debido a que su marido-y de ello estaba Sally orgullosa-era hijo de un minero. Hasta el último penique lo había ganado por sí mismo. De niño (la voz de Sally tembló) había transportado grandes sacos.

(Y así seguiría Sally, pensaba Peter, hora tras hora; el hijo del minero; la gente pensaba que había hecho un mal matrimonio; sus cinco hijos; ¿y qué era aquella otra cosa?, plantas, hortensias, lilas, rarísimas azucenas que nunca florecen al norte del Canal de Suez, pero que ella, con la ayuda de un jardinero, en un jardín cercano a Manchester, había logrado que florecieran, y tenía grandes cantidades de ellas, realmente grandes cantidades. Bueno, Clarissa había escapado a todo eso siendo poco maternal.)

¿Era Clarissa snob ? Sí, en muchos aspectos. ¿Y dónde se había metido Clarissa, todo este tiempo? Se hacía tarde.

-Sí, cuando me enteré de que Clarissa daba una fiesta-dijo Sally-, pensé que no podía dejar de ir, que tenía que volverla a ver (y me alojo en una casa de Victoria Street, prácticamente al lado). Y por esto he venido sin invitación. Pero dime-susurró-, ¿quién es ésta?

Era la señora Hilbery, en busca de la puerta. ¡Qué tarde se estaba haciendo! Y, murmuró la señora Hilbery, a medida que se hacía tarde, a medida que la gente se iba, una descubría viejos amigos, tranquilos lugares y rincones, y las más hermosas vistas. ¿Acaso sabían, se preguntó la señora Hilbery, que les rodeaba un jardín encantado? Luces y árboles, maravillosamente esplendentes lagos y el cielo. Sólo unas pocas linternas japonesas, había dicho Clarissa, en el jardín trasero. ¡Pero Clarissa era una maga! Se trataba de un parque... Y ella no conocía sus nombres, pero sabía que eran amigos, amigos sin nombre, canciones sin palabras, siempre los mejores. Pero había tantas puertas, tantos lugares imprevistos, que no encontraba el camino de salida.

-Es la señora Hilbery-dijo Peter Walsh.

Pero, ¿quién era aquélla?, ¿la señora que había estado toda la velada en pie junto a la cortina, sin hablar? Peter conocía aquella cara; la relacionaba con Bourton. ¿No era aquélla la señora que cortaba ropa interior en la gran mesa junto a la ventana? ¿No ase llamaba Davidson?

-¡Es Ellie Henderson! -dijo Sally.

Realmente, Clarissa la trataba con mucha dureza. Era una prima de Clarissa, muy pobre. Clarissa trataba con dureza a la gente.

Bastante, dijo Peter. Sin embargo, dijo Sally, con su manera emotiva, en un arrebato de aquel entusiasmo que a Peter le solía gustar, pero que ahora temía un poco, tan efusiva podía Sally llegar a ser, ¡cuán generosa era Clarissa con sus amigos!, lo cual muy rara vez se daba en la gente, y a veces, por la noche, o el día de Navidad cuando Sally pasaba revista a las bendiciones recibidas, ponía siempre aquella amistad en primer lugar. Eran jóvenes; esto era. Clarissa tenía el corazón puro; esto era. Peter la juzgaba sentimental. Y lo era. Porque había llegado a considerar que lo único que valía la pena decir era lo que una sentía. La inteligencia era una tontería. Una debe decir, sencillamente, lo que siente.

-Pero yo no sé lo que siento-dijo Peter Walsh.

Pobre Peter, pensó Sally. ¿Por qué no venía Clarissa y hablaba con ellos? Esto era lo que Peter deseaba. Y Sally lo sabía. Durante todo el rato, Peter no hizo más que pensar en Clarissa, mientras jugueteaba con el cortaplumas.

No había encontrado la vida sencilla, dijo Peter. Sus relaciones con Clarissa no habían sido sencillas. Le habían estropeado la vida, dijo. (Los dos habían sido tan íntimos amigos, él y Sally, que era absurdo no decirlo.) Uno no podía enamorarse dos veces, dijo Peter ¿Y qué podía Sally decir ante esto? De todos modos, más valía haber amado (pero Peter la juzgaría sentimental, ya que siempre había sido hombre de criterio exigente). Peter tenía que ir a su casa y pasar una temporada con ellos en Manchester. Todo esto es muy cierto, dijo Peter. Todo muy cierto. Le gustaría mucho ir allá y pasar una temporada con ellos, tan pronto hubiera hecho lo que tenía que hacer en Londres.

Y Clarissa le había querido más de lo que jamás había querido a Richard, Sally estaba convencida.

-¡No, no, no!-dijo Peter.

(Sally no hubiera debido decirlo; había ido demasiado lejos.) Allí estaba aquella excelente persona, al otro extremo de la estancia, conversando, el mismo de siempre, el simpático y querido Richard. ¿Con quién hablaba?, preguntó Sally, ¿quién era aquel caballero de tan distinguido aspecto? Por vivir en la selva, sentía una insaciable curiosidad de saber quién era cada cual. Pero Peter no lo sabía. No le gustaba su aspecto, dijo Peter, seguramente sería un ministro. De todos ellos, dijo Peter, Richard le parecía el mejor, el más desinteresado.

-Pero, ¿qué ha hecho?-preguntó Sally.

Labor pública, suponía Sally. ¿Y eran felices, juntos? preguntó Sally (ella, Sally, era extremadamente feliz; ya que, reconoció, nada sabía de ellos, y sólo llegaba a conclusiones gratuitas, como suele ocurrir, por cuanto ¿qué sabe una, siquiera de la gente con la que se convive a diario?, preguntó. ¿Acaso no somos todos prisioneros? Sally había leído una obra teatral maravillosa referente a un hombre que arañaba el muro de su celda, y Sally había pensado que así era la vida, que uno rascaba un muro. Decepcionada de las relaciones humanas (la gente era muy difícil), a menudo iba a su jardín, y las flores le daban una paz que los hombres y las mujeres jamás le habían proporcionado. Pero no; a Peter no le gustaban las coles; prefería los seres humanos, dijo Peter. Realmente, los jóvenes son hermosos, dijo Sally, observando a Elizabeth en trance de cruzar la estancia. ¡Qué diferente de Clarissa a su edad! ¿Podía Peter decir algo de ella? La muchacha no abría la boca. Poco, todavía, reconoció Peter. Era como un lirio, dijo Sally, como un lirio junto a un lago. Pero Peter no estaba de acuerdo en que nada sabemos. Lo sabemos todo, dijo; al menos. él.

Pero estos dos, murmuró Sally, estos dos que ahora se acercaban (y realmente tendría que irse, si Clarissa no llegaba pronto), este hombre de aspecto distinguido y su esposa, un tanto vulgar, que habían estado hablando con Richard, ¿qué podía una decir de gente así?

Mirándolos sin darles la menor importancia, Peter dijo:

-Pues que son lamentables charlatanes.

Y estas palabras hicieron reír a Sally.

Pero Sir William Bradshaw se detuvo junto a la puerta para mirar un cuadro. Miró el ángulo, en busca del nombre del autor. Su esposa también miró. El arte interesaba mucho a Sir William Bradshaw.

Cuando uno es joven, dijo Peter, a uno le excita mucho el conocer gente. Ahora que uno es viejo, cincuenta y dos años para ser exactos (Sally tenía cincuenta y cinco, corporalmente, dijo, pero su corazón era el de una muchacha de veinte); ahora que uno es maduro dijo Peter, uno puede observar, uno puede comprender y uno no pierde la capacidad de sentir, dijo. No, esto es verdad, dijo Sally. Sentía más profundamente, más apasionadamente, a cada año que pasaba. La capacidad de sentir aumenta, dijo Peter, y uno debe alegrarse de que sea así; a juzgar por su experiencia, seguía aumentando. Había cierta persona en la India. A Peter le gustaría hablar a Sally de aquella mujer. Le gustaría que Sally la conociera. Estaba casada, dijo. Tenía dos hijos de corta edad. Tenían que ir los dos a Manchester, dijo Sally; antes de irse, Peter tenía que prometerle que irían.

-Ahí está Elizabeth-dijo Peter-. No siente ni la mitad de lo que nosotros sentimos todavía.

Contemplando cómo Elizabeth se acercaba a su padre, Sally dijo:

-Pero se ve que se quieren.

Sally lo supo al ver la manera como Elizabeth se acercaba a su padre.

Sí, porque su padre la había estado mirando, mientras hablaba con los Bradshaw, y se había preguntado ¿quién es esta muchacha tan hermosa? Y de repente se dio cuenta de que era su Elizabeth, y de que no la había reconocido, ¡tan hermosa estaba con su vestido color de rosa! Elizabeth se había dado cuenta de que su padre la miraba, mientras ella hablaba con Willie Titcomb. Por esto se acercó a su padre, y se quedaron los dos juntos, en pie, ahora que la fiesta casi había terminado, viendo cómo la gente se iba, cómo las estancias se vaciaban, quedando en el suelo cosas esparcidas. Incluso Ellie Henderson se iba, casi la última, pese a que nadie le había dirigido la palabra, pero ella quiso verlo todo, para contárselo a Edith. Y Richard y Elizabeth se alegraban de que aquello terminara, aunque Richard estaba orgulloso de su hija. Y no había tenido intención de decírselo, pero no pudo dejar de hacerlo. La había mirado, dijo Richard, y se había preguntado "¿quién es esta chica ¿an hermosa?". ¡Y era su hija! Esto hizo feliz a Elizabeth. Pero su pobre perro estaba aullando.

-Richard ha mejorado-dijo Sally-. Voy a hablar con él. Me despediré.

Y levantándose, Lady Rosseter añadió:

-¿Qué importa el cerebro, comparado con el corazón?

-Iré contigo-dijo Peter.

Pero siguió un instante sentado. ¿Qué era aquel terror?, ¿qué era aquel éxtasis?, se preguntó Peter ¿Qué es esto que me llena de tan extraordinaria excitación?

Es Clarissa, dijo Peter.

Sí, porque allí estaba.


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(*) Virginia Woolf nació el 25 de enero de 1882 en Londres. En 1905, tras el fallecimiento de su padre, el biógrafo y filósofo Leslie Stephen, se mudó a Bloomsbury, ciudad donde se reunirían los librepensadores. Nunca fue a la escuela, sus estudios los realizó en su casa. En 1912 contrajo matrimonio con el escritor Leonard Woolf. Cinco años después crearían la editorial Hogarth. En sus primeras novelas, Fin de viaje (1915), Noche y día (1919) y El cuarto de Jacob (1922), aparece expuesta su intención de llevar las novelas a algo más que a una mera narración. En sus siguientes novelas, La señora Dalloway (1925) y Al faro (1927), consigue expresar los sentimientos interiores de los personajes, y grandes efectos psicológicos por medio de imágenes, metáforas y símbolos. Otras novelas destacadas son, Las olas (1931) y Orlando (1928). Además escribió biografías y ensayos tan famosos como Una habitación propia (1929), donde aparece una crítica por la poca valoración de los derechos de la mujer. Se suicidó rellenándose los bolsillos del vestido con piedras y zabulléndose en un río el 29 de marzo de 1941.




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