La señora Dalloway (parte IV)
Por Virginia Woolf (*)



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Era un ser totalmente diferente a ella, con gran dominio del idioma; capaz de expresarse cual gusta a los directores de periódicos; y tenía pasiones a las que no se puede calificar sencillamente de codicia. Lady Bruton se abstenía a menudo de juzgar a los hombres, en deferencia a la misteriosa armonía que los hombres, pero no las mujeres, conseguían con respecto a las leyes del universo; sabían expresar las cosas; sabían lo que se decía; de manera que si Richard la aconsejaba, y Hugh escribía la carta, tenía la seguridad de que no se equivocaba. Así pues, dejó que Hugh comiera el soufflé ; le preguntó por la pobre Evelyn; esperó a que los dos estuvieran fumando, y entonces dijo:

-Milly, ¿quiere ir a buscar los papeles?

Y la señorita Brush salió, regresó; dejó los papeles sobre la mesa; y Hugh sacó la estilográfica; su estilográfica de plata, que le había prestado servicios durante veinte años, dijo, mientras desenroscaba el capuchón. Se hallaba aún en perfecto estado; la había mostrado a los fabricantes; y no había razón alguna, dijeron, que indujera a creer que la pluma se estropearía algún día; todo lo cual, en cierto modo, honraba a Hugh y honraba los sentimientos que la pluma expresaba (éste era el sentir de Richard Dalloway), mientras Hugh comenzaba a escribir cuidadosamente letras mayúsculas, dentro de un círculo en el margen con lo cual estableció en forma maravillosa orden y sensatez en el desbarajuste de Lady Bruton, dándole una gramática tal que el director del Times , pensó Lady Bruton al ver la maravillosa transformación, forzosamente tenía que respetar. Hugh era lento. Hugh era pertinaz. Richard dijo que era preciso correr riesgos. Hugh propuso modificaciones en deferencia a los sentimientos de la gente que-dijo con intencionado retintín cuando Richard se rió-"debían tenerse en cuenta" y leyó en voz alta "en consecuencia, opinamos que ha llegado el momento oportuno. . . la superflua juventud de nuestra población en constante crecimiento... lo que debemos a los muertos...", lo cual Richard consideró no eran más que palabras vacías aunque, desde luego, inofensivas, y Hugh siguió garrapateando sentimientos, por orden alfabético, de la más alta nobleza, sacudiéndose la ceniza caída en el chaleco, y efectuando resúmenes, de vez en cuando, de los progresos hechos hasta el momento, y por fin leyó el borrador de una carta que Lady Bruton tuvo la certeza era una obra maestra ¿Cómo era posible que sus ideas sonaran así?

Hugh no podía garantizar que el director la publicara; sin embargo, almorzaría con cierta persona.

Ante lo cual, Lady Bruton, que rara vez decía zalamerías, se colocó los claveles de Hugh en el vestido; extendiendo los brazos hacia Hugh exclamó: "¡Mi Primer Ministro!" Realmente, Lady Bruton no sabía qué sería de ella sin aquellos dos hombres. Se levantaron. Y Richard Dalloway se apartó un poco, como de costumbre, para echar una ojeada al retrato del general, porque proyectaba, cuando tuviera tiempo libre, escribir una historia de la familia de Lady Bruton.

Y Millicent Bruton estaba muy orgullosa de su familia. Pero podían esperar, podían esperar, dijo, contemplando el cuadro; con lo que quería decir que su familia de militares, altos funcionarios y almirantes, había sido familia de hombres de acción que habían cumplido con su deber; y el primordial deber de Richard era para con la patria, aunque aquélla era una hermosa cara, dijo Lady Bruton; y todos los papeles estarían a disposición de Richard, en Aldmixton, cuando llegara el momento; quería decir el gobierno laborista.

-¡Ah, las noticias de la India!-,gritó.

Y entonces, mientras estaban en pie en el vestíbulo cogiendo amarillos guantes de un cuenco sobre la mesa de malaquita, y Hugh ofrecía a la señorita Brush con cortesía absolutamente innecesaria quizás una entrada para una función que no le interesaba ver o cualquier otro obsequio, y la señorita Brush, que odiaba esto desde lo más hondo de su corazón, se ruborizaba y quedaba con la cara más roja que un ladrillo, Richard, con el sombrero en la mano, se volvió hacia Lady Bruton y dijo:

-¿Te veremos esta noche, en nuestra fiesta?

Ante lo cual, Lady Bruton volvió a revestirse de aquella magnificencia que la redacción de la carta había hecho añicos. Quizá fuera; quizá no fuera. Clarissa estaba dotada de maravillosa energía. Las fiestas aterraban a Lady Bruton. Además, se estaba haciendo vieja. Esto confesó, en pie ante la puerta; hermosa; muy erguida; mientras su perro chino se desperezaba a su espalda, y la señorita Brush hacía mutis por el fondo, con las manos llenas de papeles.

Y Lady Bruton, imponente y mayestática, subió a su habitación y se tumbó, con un brazo extendido, en el sofá. Suspiró, roncó, pero esto no significaba que estuviera dormida, sino tan sólo soñolienta y pesada, soñolienta y pesada, como un campo de tréboles al sol de aquel cálido día de junio, con las abejas zumbando y las amarillas mariposas. Siempre regresaba a aquellos campos de Devonshire, donde había saltado riachuelos con Patty, su jaca, en compañía de Mortimer y Tom, sus hermanos. Y allí estaban los perros; allí estaban las ratas, allí estaban su padre y su madre en el césped, bajo los árboles, con el servicio de té, y los parterres de dalias, las malvas, las hortensias, las largas briznas de grama; ¡y ellos, los pequeños, siempre haciendo travesuras!; regresando, colándose por entre los arbustos, para que no les vieran con las ropas sucias o rotas, después de haber hecho alguna barbaridad ¡Y cómo se ponía la vieja niñera al ver cómo llevaba ella el vestido!

Y ahora se acordó de que era miércoles en Brook Street. Aquel par de excelentes amigos, Richard Dalloway y Hugh Whitbread, habían salido aquel cálido día a las calles cuyo gruñido llegaba hasta ella, yacente en el sofá. Tenía poder, posición, dinero. Había vivido en la vanguardia de su tiempo. Había tenido buenos amigos; había conocido a los hombres más capacitados de su tiempo. El rumoroso Londres ascendía hasta ella, y su mano, descansando en el respaldo del sofá, se cerró sobre un imaginario bastón de mando, cual los que hubieran podido sostener sus antepasados, y, con el bastón de mando en la mano, soñolienta y pesada, parecía mandar batallones camino del Canadá, y aquel par de buenos amigos caminaban por Londres, por territorio suyo, por aquella pequeña porción de alfombra, Mayfair.

Y se alejaron más y más de ella, unidos a ella por un delgado hilo (puesto que habían almorzado en su compañía) que se alargaba y alargaba, y se hacía más y más delgado a medida que caminaban por Londres; los amigos estaban unidos al cuerpo de una, después de almorzar con ellos, por un delgado hilo que (mientras se adormilaba) se hacía impreciso, en méritos del sonido de campanas, dando la hora o llamando a los fieles, tal como el hilo de la araña queda manchado por las gotas de agua y el peso le hace descender. Así se durmió.

Y Richard Dalloway y Hugh Whitbread dudaron al llegar a la esquina de Conduit Street, en el mismo instante en que Millicent Bruton, yacente en el sofá, permitió que el hilo se rompiera; roncaba. Vientos contrarios chocaban en la esquina. Miraron el escaparate de una tienda; no deseaban comprar ni hablar, sino separarse, pero con vientos contrarios estrellándose en la esquina, con una especie de detención de las mareas del cuerpo, dos fuerzas que, al encontrarse, forman un remolino, mañana y tarde, se detuvieron. Un cartel de periódico se elevó en el aire, valerosamente, como una cometa al principio luego se detuvo, giró, se estremeció; y un velo de señora quedó colgando. Los toldos amarillos temblaron. La velocidad del tránsito matutino había disminuido y carros aislados avanzaban traqueteando descuidadamente por calles medio vacías. En Norfolk, en que Richard Dalloway medio pensaba, una suave y cálida brisa impulsó hacia atrás los pétalos, impuso confusión en las aguas, onduló floridos céspedes. Los segadores, que se habían tumbado bajo los arbustos para reposar durmiendo del trabajo de la mañana, abrieron cortinas de hojas verdes; apartaron temblorosas hojas para ver el cielo; el azul, el fijo, el llameante cielo veraniego.

Dándose cuenta de que contemplaba una jarra de plata, con dos asas, del período del rey Jacobo, y de que Hugh Whitbread admiraba condescendiente, con aire de entendido, una gargantilla española, cuyo precio pensaba preguntar por si acaso le gustaba a Evelyn, Richard tenía aún una sensación de torpor; no podía pensar ni moverse. La vida había arrojado aquellos restos de naufragio; escaparates repletos de objetos multicolores, y uno estaba en pie paralizado por el letargo de los viejos, envarado por la rigidez de los viejos, mirando. A Evelyn Whitbread quizá le gustara comprar aquella gargantilla española, sí, quizá. Tenía que bostezar. Hugh se disponía a entrar en la tienda.

-¡Buena idea! -dijo Richard, y le siguió.

Bien sabía Dios que no le gustaba ir por el mundo comprando gargantillas con Hugh. Pero el cuerpo tiene sus mareas. La mañana se encuentra con la tarde. A bordo de una frágil chalupa en aguas profundas, muy profundas, el bisabuelo de Lady Bruton, sus memorias y sus campañas en América del Norte naufragaron y se hundieron. Y Millicent Bruton también. Se hundió. A Richard le importaba un pimiento la Emigración; le importaba un pimiento aquella carta, y que el director la publicara o no. La gargantilla colgaba entre los admirables dedos de Hugh. Que se la diera a una muchacha si debía comprar joyas, a cualquier muchacha, cualquier muchacha de la calle. Sí, porque la inutilidad de esta vida impresionaba ahora muy fuertemente a Richard. Comprar gargantillas para Evelyn. Si hubiera tenido un hijo, le hubiera dicho: Trabaja, trabaja. Pero tuvo a su Elizabeth; adoraba a su Elizabeth.

-Quisiera ver al señor Dubonnet-dijo Hugh con su acento seco y mundano.

Al parecer, este señor Dubonnet tenía la medida del cuello de Evelyn o, más raro aún, sabía sus gustos en materia de joyas españolas, y lo que poseía en este renglón (cosa que Hugh no recordaba). Todo lo cual le parecía horriblemente extraño a Richard Dalloway. Porque nunca ofrecía regalos a Clarissa, salvo una pulsera, hacía dos o tres años, que no había sido un éxito. Nunca la llevaba. Le dolía recordar que nunca la llevaba. Y tal como el hilo de una araña, después de andar vacilando de un sitio a otro, se une a la punta de una hoja, el pensamiento de Richard, saliendo de su letargo, se fijó en su esposa, Clarissa, a quien Peter Walsh tan apasionadamente había amado; y Richard había tenido una repentina visión de ella, allá, durante el almuerzo; de él y de Clarissa; de su vida en común; y se acercó la bandeja de joyas antiguas, y cogiendo ora este broche, ora ese anillo, preguntó:

-¿Cuánto vale esto?

Pero dudaba de su gusto. Deseaba abrir la puerta de la sala de estar y entrar con algo en la mano; un regalo para Clarissa. Pero, ¿qué? Hugh volvía a estar en pie. Se comportaba con indecible altanería. Realmente, después de ser cliente durante treinta y cinco años, no estaba dispuesto a ser despachado por un simple muchacho que no conocía el oficio. Porque al parecer Dubonnet estaba fuera, y Hugh no pensaba comprar nada hasta que el señor Dubonnet disidiera estar presente; ante lo cual, el joven dependiente se ruborizó, y se inclinó en breve y correcta reverencia. Todo fue perfectamente correcto. ¡Pero ni para salvar su vida hubiera dicho Richard algo parecido! No podía concebir cómo era posible que aquella gente tolerara semejantes insolencias. Hugh se estaba convirtiendo en un intolerable asno. Richard Dalloway no podía soportar su trato durante más de media hora. Y, levantando en el aire el sombrero hongo a modo de despedida, Richard dobló ansioso la esquina de Conduit Street, sí, muy ansioso de recorrer aquel hilo de araña que le unía a Clarissa; acudiría directamente al lado de Clarissa, en Westminster.

Pero quería llegar con algo. ¿Flores? Sí, flores, porque no confiaba en su gusto en materia de oro; cualquier cantidad de flores, rosas, orquídeas, para celebrar lo que, pensándolo bien, era un acontecimiento; aquello que sintió por Clarissa cuando hablaron de Peter Walsh durante el almuerzo; y nunca hablaban de aquel sentimiento; durante años no habían hablado de él; lo cual, pensó, sosteniendo en la mano las rosas rojas y blancas (gran ramo con papel de seda) es el mayor error del mundo Llega el momento en que no puede decirse; la timidez se lo impide a uno, pensó, embolsándose los seis o doce peniques de cambio, y poniéndose en marcha, con el gran ramo de flores sostenido contra el cuerpo, camino de Westminster, le impide a uno decir directamente, en las palabras justas (pensara ella lo que pensara de él), ofreciendo las flores, "Te quiero". ¿Por qué? Realmente era un milagro, si se tenía en cuenta la guerra y los miles de pobres muchachos, con toda la vida por delante, enterrados juntos, ya medio olvidados; era un milagro. Y ahí estaba él, caminando por Londres, para decir a Clarissa en las palabras justas que la amaba. Lo cual uno nunca dice, pensó. En parte, uno es perezoso; en parte, uno es tímido. Y Clarissa... Era difícil pensar en ella; salvo a ráfagas, como ocurrió durante el almuerzo, cuando la vio con total claridad; toda su vida juntos. Se detuvo en el cruce, y repitió, debido a que era sencillo por naturaleza y de buenas costumbres, ya que se había dedicado al excursionismo y a la caza; debido a ser pertinaz y tozudo, ya que había defendido a los humildes y había seguido el dictado de sus instintos en la Cámara de los Comunes; debido a haber conservado su sencillez, aunque al mismo tiempo se había transformado en un ser un tanto callado y rígido, repitió que era un milagro que se hubiera casado con Clarissa; un milagro, su vida había sido un milagro, pensó; mientras dudaba si cruzar o no. Le hacía hervir la sangre en las venas el ver a criaturitas de cinco o seis años cruzar Piccadilly solas. La policía hubiera debido detener el tránsito inmediatamente. Pero no se hacía la menor ilusión acerca de la policía de Londres. En realidad, estaba formando una lista de los errores policiales; y tampoco debía permitirse que aquellos vendedores ambulantes montaran su tenderete en las calles; y las prostitutas, Dios santo, que la culpa no era de ellas, ni tampoco de los muchachos, sino de nuestro detestable sistema social y todo lo demás; en todo lo cual pensaba, se veía que lo pensaba, mientras gris, firme, pulido, limpio, cruzaba el parque, camino de decir a su esposa que la amaba.

Sí, porque lo diría con estas mismas palabras, cuando entrara en la estancia. Porque es una lástima muy grande no decir nunca lo que uno siente, pensó, mientras cruzaba Green Park y observaba con placer a familias enteras, familias pobres, tumbadas a la sombra de los árboles; niños pataleando, chupando leche; bolsas de papel tiradas aquí y allá, que podían ser fácilmente recogidas (si alguien protestaba), por uno de aquellos obesos caballeros de uniforme; sí, ya que opinaba que todos los parques y todas las plazas, durante los meses de verano, debían quedar abiertos a los niños (el césped del parque se aclaraba y marchitaba, iluminando a las pobres madres de Westminster y a sus hijos que andaban a gatas, como si bajo él se moviera una lámpara amarilla). Pero no sabía lo que podía hacerse en beneficio de las vagabundas, como aquella pobre mujer recostada, apoyada con el codo en el suelo (corno si se hubiera arrojado al suelo, desembarazada de todos los vínculos, para observar con curiosidad, especular con osadía, considerar los porqué y por lo tanto, con descaro, lacia la boca, humorísticamente). Llevando el ramo de flores como un arma, Richard Dalloway se acercó a la vagabunda; observándola, pasó decidido junto a ella; pero hubo tiempo para que se produjera una chispa entre los dos. La vagabunda rió al verle, y él sonrió con buen humor, considerando el problema de las vagabundas; a pesar de que no se quejaban. Pero diría a Clarissa que la amaba, así, lisa y llanamente. Tiempo hubo en que tuvo celos de Peter Walsh; celos de él y de Clarissa. Pero a menudo le había dicho Clarissa que acertó al no casarse con Peter Walsh; lo cual, conociendo a Clarissa, era evidentemente verdad; necesitaba apoyo. No era débil, pero necesitaba apoyo.

En cuanto al Palacio de Buckingham (una vieja prima donna frente al público, toda de blanco vestida), no se le podía negar cierta dignidad, pensó, ni despreciar lo que, a fin de cuentas, representa para millones de individuos (una pequeña multitud esperaba en la puerta ver salir al Rey en automóvil), un símbolo, a pesar de que sea absurdo; un niño con un montón de ladrillos hubiera obtenido mejores resultados, pensó; mirando el monumento a la Reina Victoria (a la que recordaba haber visto, con sus gafas de concha, pasando en coche por Kensington), con su blanca base, su claro aire maternal; pero le gustaba vivir bajo el cetro de los descendientes de Horsa, le gustaba la continuidad, y este ir pasando a las generaciones las tradiciones del pasado. Era una gran época. Y, en realidad, su propia vida era un milagro; sí, debía reconocerlo sin sombra de duda; ahí estaba él, en el mejor momento de su vida, camino de su casa de Westminster, para decir a Clarissa que la amaba. La felicidad es esto, pensó.

Es esto, dijo, al entrar en Dean's Yard. El Big Ben comenzaba a sonar, primero el aviso, musical; luego la hora, irrevocable. Las invitaciones a almorzar destrozan la tarde entera, pensó, acercándose a la puerta de su casa.

El sonido del Big Ben inundó la sala de estar de Clarissa, en donde estaba sentada, enfadada, ante el escritorio; preocupada; enfadada. Era totalmente cierto que no había invitado a la fiesta a Ellie Henderson, pero lo había hecho adrede. Y ahora la señora Marsham le había escrito que había dicho a Ellie Henderson que le pediría a Clarissa que la invitara, porque Ellie Henderson tenía muchas ganas de ir a la fiesta.

Pero, ¿es que tenía que invitar a sus fiestas a todas las mujeres aburridas de Londres? ¿Y por qué tenía que mezclarse la señora Marsham en aquel asunto? Y ahí estaba Elizabeth, encerrada todo este tiempo con Doris Kilman. No podía imaginar nada más nauseabundo. Rezar a esta hora, con aquella mujer. Y el sonido del timbre invadió la estancia con su onda melancólica; retrocedió, y se recogió sobre sí mismo para volver a caer una vez más, y en este momento Clarissa oyó, con desagrado, como un rumor o un roce en la puerta. ¿Quién podía ser a aquella hora? ¡Dios santo, las tres! ¡Ya eran las tres! Sí, ya que con avasalladora franqueza y dignidad el reloj había dado las tres; y Clarissa no oyó nada más; pero la manecilla de la puerta giró, ¡y entró Richard! ¡Qué sorpresa! Entró Richard, con un ramo de flores en la mano. Una vez se había portado mal con Richard, en Constantinopla; y Lady Bruton, cuyos almuerzos se decía eran extraordinariamente divertidos no la había invitado. Él le ofrecía las flores, rosas, rojas y blancas rosas. (Pero Richard no consiguió decirle que la amaba; no con estas palabras.)

Pero qué hermosas, dijo Clarissa cogiendo las flores. Había comprendido; había comprendido sin necesidad de que él hablara; su Clarissa. Las puso en jarrones sobre la repisa del hogar. Qué hermosas son, dijo. ¿Y ha sido divertido?, preguntó. ¿Había preguntado Lady Bruton por ella? Peter Walsh había regresado. La señora Marsham le había escrito. ¿Debía invitar a Ellie Henderson? Aquella mujer, la Kilman, estaba arriba.

-Sentémonos durante cinco minutos-dijo Richard.

Todo parecía tan vacío. Todas las sillas estaban arrimadas a la pared. ¿Por qué lo habían hecho? Oh, era por la fiesta; no, no se había olvidado de la fiesta. Peter Walsh había regresado. Oh, sí; la había visitado. Y se iba a divorciar; y estaba enamorado de una mujer de allá. Y no había cambiado nada. Sí, ella estaba arreglándose el vestido...

-Y pensando en Bourton-dijo.

-Hugh ha almorzado con nosotros-dijo Richard.

¡También ella lo había visto! Lo cierto era que se estaba volviendo absolutamente inaguantable. Comprando gargantillas para Evelyn; más gordo que nunca; un asno inaguantable.

Pensando en Peter sentado allí, con su corbatita de lazo, abriendo y cerrando el cortaplumas, Clarissa dijo:

-Y he pensado: "Hubiera pedido casarme contigo." Está exactamente igual que antes, ¿sabes?

Habían hablado de él durante el almuerzo, dijo Richard. (Pero Richard no podía decirle a Clarissa que la amaba. Le cogió la mano. La felicidad es esto, pensó.) Habían escrito una carta al Times a petición de Millicent Bruton. Era para lo único que Hugh servía.

-¿Y nuestra querida señorita Kilman? -preguntó ahora Richard.

Clarissa opinaba que las rosas eran absolutamente preciosas; primero lo eran formando ramo; y ahora lo eran por sí mismas, separadas.

-Pues la Kilrman va y llega justamente después del almuerzo-dijo-. Elizabeth se pone colorada y se encierran arriba. Supongo que están rezando.

¡Dios! A Richard esto no le gustaba ni pizca; pero esas cosas desaparecen, si uno no se mete.

-Con paraguas e impermeable-dijo Clarissa.

Richard no había dicho "te amo", pero le tenía cogida la mano. La felicidad es esto, es esto, pensó.

-Pero, ¿por qué he de invitar a mis fiestas a todas las mujeres aburridas de Londres? -se lamentó Clarissa.

Y, cuando la señora Marshan daba una fiesta, ¿acaso era ella, Clarisssa, quien determinaba cuáles serían los invitados?

-Pobre Ellie Henderson-dijo Richard.

Era raro el que Clarissa diera tanta importancia a sus fiestas, pensó Richard.

Pero Richard no tenía la más leve noción acerca del aspecto que debe presentar una sala. Sin embargo, ¿qué iba a decir?

Si a Clarissa le preocupaban tanto aquellas fiestas, Richard no le permitiría darlas. ¿Se arrepentía de no haberse casado con Peter? Pero Richard tenía que irse.

Tenía que irse, dijo levantándose. Pero se quedó inmóvil, en pie, durante un instante, como si se dispusiera a decir algo; y Clarissa se preguntó qué. ¿Por qué? Allí estaban las rosas.

-¿Un comité?-le preguntó Clarissa, en el momento en que Richard abría la puerta.

-Los armenios.

¿O quizá dijo "los albaneses"?

Y en las personas hay una cierta dignidad; una soledad; incluso entre marido y mujer media un abismo; y esto debe respetarse, pensó Clarissa contemplando cómo Richard abría la puerta; se trataba de algo de lo que una no podía desprenderse, ni quitarlo al marido contra su voluntad, sin perder la propia independencia el respeto hacia una misma, algo, en resumen, inapreciable.

Richard regresó con una almohada y una manta.

-Una hora de reposo completo después del almuerzo-dijo.

Y se fue.

¡Cuán propio de él! Diría "Una hora de reposo completo después del almuerzo" hasta el fin de los tiempos debido a que el médico lo había prescrito una vez. Era muy propio de Richard interpretar tan al pie de la letra las prescripciones de los médicos; esto formaba parte de aquella adorable y divina sencillez que nadie poseía en tan alto grado; y lo que le permitió ir a sus asuntos, mientras ella y Peter perdían el tiempo peleándose. Y ahora ya habría recorrido la mitad del camino a la Cámara de los Comunes, para ocuparse de sus armenios, de sus albaneses, después de haberla dejado a ella acomodada en el sofá, mirando las rosas. Y la gente diría: "Clarissa Dalloway está muy mimada." Le importaban mucho más las rosas que los armenios. Perseguidos hasta la muerte, mutilados, helados, víctimas de la crueldad y de la injusticia (se lo había oído decir una y mil veces a Richard), no, ningún sentimiento suscitaban los albaneses en ella, ¿o eran los armenios?, pero amaba las rosas (¿ayudaría esto a los armenios?), las únicas flores que toleraba ver cortadas. Pero Richard ya estaba en la Cámara de los Comunes, en su comité, después de haber solventado todas las dificultades de Clarissa. Pero no, esto último no era verdad. Richard no había visto las razones en contra de invitar a Ellie Henderson. Desde luego, Clarissa se plegaría a los deseos de Richard. Como sea que Richard había traído la almohada, Clarissa se echaría... Pero, pero, ¿por qué de repente se sentía, sin razón que pudiera discernir, desesperadamente desdichada ? Como una persona a la que se le ha caído una perla o un diamante en el césped y separa con mucho cuidado las altas briznas, aquí y allá, en vano, y por fin espía entre las raíces, así fue Clarissa de un asunto a otro; no, no tenía nada que ver con el hecho de que Sally Seton dijera que Richard jamás llegaría a ser miembro del Gabinete debido a que Richard tenía un cerebro de segunda clase (ahora Clarissa lo recordó); no, esto no le importaba; y tampoco se debía a Elizabeth y Doris Kilman; estaba segura de ello. Era un sentimiento, un sentimiento desagradable, que quizá la había acometido a primera hora de la jornada; algo que Peter había dicho, combinado con cierta depresión, allí, en su dormitorio, al quitarse el sombrero; y lo que Richard había dicho, agravó la situación, pero ¿qué había dicho Richard? Allí estaban las rosas. ¡Sus fiestas! ¡Esto era! ¡Sus fiestas! Los dos la criticaban con muy poca base, se reían de ella muy injustamente, por sus fiestas. ¡Esto era! ¡Esto era!

Bueno, ¿cómo iba a defenderse? Ahora que sabía a qué era debido, se sentía perfectamente feliz. Pensaban, o por lo menos Peter pensaba, que a ella le gustaba lucirse, que le gustaba estar rodeada de gente famosa, grandes apellidos, que era, pura y simplemente, una snob. Seguramente era esto lo que creía Peter. Richard consideraba sencillamente que era una tontería por parte de Clarissa el que le gustara aquella excitación, cuando le constaba que era mala para su corazón. Lo consideraba infantil. Y los dos estaban equivocados. Lo que a Clarissa le gustaba era la vida sencilla.

-Por esto lo hago-dijo Clarissa, hablando en voz alta a la vida.

Como sea que yacía en el sofá, aislada, protegida, la presencia de aquella cosa que tan claramente sentía adquirió existencia física; arropada con los sonidos de la calle, soleada, con cálido aliento, murmurante, agitando las cortinas. Pero, ¿supongamos que Peter hubiera dicho: "Sí, sí, efectivamente, pero qué significado tienen tus fiestas"? Bien, en este caso lo único que Clarissa podría responder (y no cabía esperar que nadie lo comprendiera) era: son una ofrenda. Lo cual resultaba horriblemente vago. Pero, ¿quién era Peter para afirmar que la vida es, coser y cantar? ¿Peter, siempre enamorado, enamorado de la mujer de quien no debía enamorarse? ¿Qué significa tu amor?, hubiera podido preguntarle Clarissa. Y sabía la respuesta de Peter: el amor es lo más importante del mundo y ninguna mujer puede llegar a comprenderlo. Muy bien. Pero, ¿acaso había en el mundo un hombre capaz de comprenderla a ella? ¿De comprender sus intenciones? ¿Su vida? Clarissa no podía imaginar a Peter o a Richard tomándose la molestia de dar una fiesta sin razón alguna.

Pero profundizando más, por debajo de lo que la gente decía (y estos juicios ¡cuán superficiales, cuán fragmentarios eran!), yendo ahora a su propia mente, ¿qué significaba para ella esa cosa que llamaba vida? Oh, era muy raro. Allí estaba Fulano de Tal en South Kensington; Zutano, en Bayswater; y otro, digamos, en Mayfair. Y Clarissa sentía muy continuamente la noción de su existencia, y sentía el deseo de reunirlos, y lo hacía. Era una ofrenda; era combinar, crear; pero ¿una ofrenda a quién?

Quizá fuera una ofrenda por amor a la ofrenda. De todos modos, éste era su don. No tenía nada más que fuera importante; no sabía pensar, escribir, ni siquiera sabía tocar el piano. Confundía a los armenios con los turcos; amaba el éxito; odiaba la incomodidad; necesitaba gustar; decía océanos de tonterías; y si alguien le preguntaba qué era el Ecuador, no sabía contestar.

De todos modos, los días se sucedían uno tras otro: miércoles, jueves, viernes, sábado; una tenía que levantarse por la mañana, ver el cielo, pasear por el parque, encontrarse con Hugh Whitbread; y de repente llegó Peter; luego, aquellas rosas; con esto bastaba. Después de esto, ¡qué increíble resultaba la muerte! El que todo hubiera de terminar; y nadie en el mundo entero llegaría a saber lo mucho que le gustaba todo; llegaría a saber cómo en cada instante...

Se abrió la puerta. Elizabeth sabía que su madre estaba descansando. Entró muy silenciosamente. Se quedó absolutamente quieta. ¿No sería que algún mongol había naufragado ante la costa de Norfolk (como decía la señora Hilbery), y se había mezclado con las señoras Dalloway, quizá cien años atrás? Sí, porque las Dalloway, por lo general eran rubias, con ojos azules; y Elizabeth, por lo contrario, era morena; tenía ojos chinos en la cara pálida, misterio oriental; era dulce, considerada, quieta. De niña, tenía un estupendo sentido del humor; pero ahora, a los diecisiete años, sin que Clarissa pudiera comprenderlo ni siquiera remotamente, se había transformado en una muchacha muy seria, como un jacinto de brillante verde, con capullos de leve color, un jacinto sin sol.

Se estaba muy quieta y miraba a su madre; pero la puerta había quedado entornada, y Clarissa sabía que, más allá de la puerta, estaba la señorita Kilman; la señorita Kilmalz con impermeable, escuchando lo que ellas hablaban.

Sí, la señorita Kilman estaba en pie, fuera, e iba con impermeable, pero tenía sus razones. En primer lugar, era barato; en segundo lugar, la señorita Kilman tenía más de cuarenta años; y, al fin y al cabo, no se vestía para gustar. Además, era pobre, humillantemente pobre. De lo contrario, no hubiera aceptado empleos de gente como los Dalloway; empleos de gentes ricas a quienes gustaba ser amables. Y, dicho sea en justicia, el señor Dalloway había sido amable. Pero la señora Dalloway no. Había sido, simplemente, condescendiente. Procedía de una familia perteneciente a la clase más indigna, la clase de los ricos con un barniz de cultura. Tenían cosas caras en todas partes: cuadros, alfombras, gran número de criados. La señorita Kilman pensaba que tenía pleno derecho a cuanto los Dalloway hacían en su beneficio.

Pero la señorita Kilman había sido estafada. Sí, la palabra no constituía una exageración, porque ¿acaso una chica no tiene derecho a cierta clase de felicidad? Y la señorita Kilman nunca había sido feliz, por ser tan poco agraciada y tan pobre. Y luego, cuando se le presentó una buena oportunidad en la escuela de la señorita Dolby, vino la guerra; y la señorita Kilman siempre había sido incapaz de mentir. La señorita Dolby consideró que la señorita Kilman sería más feliz viviendo con personas que compartieran sus opiniones acerca de los alemanes. Tuvo que irse. En realidad, su familia era de origen alemán; su apellido se escribía Kiehlman, en el siglo XVIII, pero su hermano murió en la guerra. A ella la echaron porque no podía aceptar la ficción de que todos los alemanes eran malvados. ¡Tenía amigos alemanes, y los únicos días felices de su vida los había pasado en Alemania! A fin de cuentas, sabía enseñar historia. Tuvo que aceptar lo que le ofrecieran. El señor Dalloway la descubrió, mientras ella trabajaba en casa de los Friend. Y le permitió (lo cual fue verdaderamente generoso por su parte) enseñar historia a su hija. También le daba clases de cultura general y demás. Entonces, en su vida apareció Nuestro Señor (aquí la señorita Kilman inclinaba siempre la cabeza). Había visto la luz hacía dos años y tres meses. Ahora no envidiaba a las mujeres como Clarissa Dalloway; se apiadaba de ellas.

Se apiadaba de estas mujeres y las despreciaba desde lo más hondo de su corazón, mientras permanecía en pie sobre la muelle alfombra, contemplando un viejo grabado de una niña con manguito. Con tanto lujo, ¿qué esperanza cabía albergar de que las cosas, en general, mejorasen? En vez de yacer en el sofá-Elizabeth había dicho: "Mi madre está descansando"-, Clarissa Dalloway hubiera debido estar en una fábrica, detrás de un mostrador, ¡la señora Dalloway y todas las demás lindas señoras!

Amarga y ardiendo, la señorita Kilman había entrado en una iglesia hacía dos años y tres meses. En ella oyó predicar al reverendo Edward Whittaker, cantar a los niños del coro; había visto descender las solemnes luces, y fuera por la música o por las voces (cuando estaba sola, en el crepúsculo, encontraba consuelo en el violín; pero el sonido que la señorita Kilman producía era desgarrador; no tenía oído), lo cierto es que los ardientes y turbulentos sentimientos que hervían y se alzaban en ella quedaron apaciguados mientras estaba sentada allí, y lloró copiosamente, y visitó al señor Whittaker en su domicilio particular, en Kensington. Era la mano de Dios, dijo el señor Whittaker. El Señor le había mostrado el camino. De modo que ahora siempre que los ardientes y dolorosos sentimientos hervían en su seno, este odio hacia la señora Dalloway, este rencor contra el mundo, la señorita Kilman pensaba en Dios. Pensaba en el señor Whittaker. La calma sucedía a la rabia. Una dulce savia le corría por las venas, se le entreabrían los labios, y, en pie junto a la puerta, con su formidable aspecto, con el impermeable, miraba con firme y siniestra serenidad a la señora Dalloway, que salía de la estancia con su hija.

Elizabeth dijo que había olvidado los guantes. Esto se debía a que la señorita Kilman y su madre se odiaban. Elizabeth no podía tolerar el verlas juntas. Subió, corriendo la escalera en busca de los guantes.

Pero la señorita Kilman no odiaba a la señora Dalloway. Orientando la mirada de sus grandes ojos de color grosella hacia Clarissa, mientras observaba su rostro pequeño y rosado, su cuerpo delicado, su frescor y su elegancia, la señorita Kilman pensaba: ¡Insensata! ¡Atontada! ¡No sabes lo que es el dolor ni lo que es el placer! ¡Has empleado tu vida en bagatelas! Y se alzó en ella un poderoso deseo de avasallarla, de desenmascararla. Si hubiera podido derribarla, se hubiera sentido mejor. Pero no era el cuerpo; era el alma y su burla lo que deseaba someter; quería hacer sentir su superioridad. Si pudiera hacerla llorar, si pudiera arruinarla, humillarla, hacerla caer de rodillas, gritando ¡Tiene usted razón! Pero esto dependía de la voluntad de Dios,    no de la voluntad de la señorita Kilman. Tenía que ser una victoria religiosa. Se quedó con la mirada ardiente e irritada.

Clarissa estaba verdaderamente escandalizada. ¡Esta cristiana, esta mujer! ¡Esta mujer le había arrebatado su hija! ¡Está en contacto con presencias invisibles! ¡Pesada, fea, vulgar, sin dulzura ni gracia, conoce el significado de la vida!

-¿Lleva a Elizabeth a los Almacenes?-preguntó la señora Dalloway.

La señorita Kilman dijo que sí. Se quedaron las dos quietas allí. La señorita Kilman no estaba dispuesta a ser amable. Siempre se había ganado la vida. Sus conocimientos de historia moderna eran extremadamente concienzudos. De sus menguados ingresos siempre apartaba ciertas cantidades para donarlas a causas en las que creía, en tanto que aquella mujer no hacía nada, no creía en nada; educaba a su hija. . . ¡Pero ahí estaba Elizabeth, un poco jadeante, hermosa!

Iban a los Almacenes. Y era raro advertir la manera en que, mientras la señorita KiIman seguía en pie, inmóvil (con el poderío y aire taciturno de un monstruo prehistórico, armado para una guerra primitiva), segundo a segundo el concepto de la señorita Kilman iba disminuyendo, la manera en que el odio (que era odio hacia ideas, no hacia personas) se desmoronaba la manera en que la señorita Kilman perdía malignidad, perdía tamaño, iba transformándose, segundo a segundo, en sólo la señorita Kilman, con impermeable, a la que ciertamente Clarissa hubiera querido ayudar.

Ante este desvanecimiento del monstruo, Clarissa se echó a reír. Al decir adiós, se rió.

Y las dos juntas, la señorita Kilman y Elizabeth salieron y bajaron los peldaños.

En un súbito impulso, con violenta angustia, por cuanto aquella mujer le estaba arrebatando a su hija, Clarissa se inclinó sobre la barandilla y gritó:

-¡Acuérdate de la fiesta! ¡Acuérdate de la fiesta de esta noche!

Pero Elizabeth ya había abierto la puerta de la calle; pasaba un camión; no contestó.

¡Amor y religión!, pensó Clarissa, con el cuerpo estremecido, al regresar a la sala. ¡Cuán detestables, cuán detestables eran! Porque ahora que el cuerpo de la señorita Kilman no estaba ante ella, la idea la abrumó. Las realidades más crueles del mundo, pensó, al verlas torpes, ardientes, dominantes, hipócritas, subrepticiamente vigilantes, celosas, infinitamente crueles y carentes de escrúpulos, allí, con impermeable, en el vestíbulo; amor y religión. ¿Acaso había intentado ella alguna vez, convertir a alguien? ¿Acaso no deseaba que cada persona fuera, simplemente, ella misma? Y por la ventana contemplaba a la vieja señora de enfrente que subía la escalera. Que subiera la escalera, si quería; que se detuviera, si quería; y, luego, si quería, que llegara a su dormitorio, cual Clarissa le había visto hacer a menudo, que descorriera las cortinas y que desapareciera por el fondo. En cierta manera, una respetaba aquello a la vieja mirando por la ventana, totalmente ignorante de que era contemplada. Algo solemne había en ello, pero el amor y la religión destruirían aquello, fuera lo que fuese, la intimidad del alma quizá. La odiosa Kilman lo destruiría. Sin embargo, era una visión que a Clarissa le daba ganas de llorar.

El amor también destruía. Todo lo bello, todo lo verdadero desaparecía. Por ejemplo, ahí estaba Peter Walsh. Un hombre encantador, inteligente, con ideas acerca de todo. Si una quería hablar de Pope, por ejemplo, o de Addison, o sencillamente hablar de cosas intrascendentes o del modo de ser de la gente, o del significado de las cosas, Peter sabía más que nadie; Peter, que tantos libros le había prestado. Pero había que ver a las mujeres que amaba, vulgares, triviales, ordinarias. Había que ver a Peter enamorado. . . La visitaba, después de tantos años, ¿y de qué le hablaba? Él, nada menos que él. ¡Horrenda pasión!, pensó Clarissa. ¡Degradante pasión! se dijo, pensando en la Kilman y su Elizabeth camino de los Almacenes Army and Navy.

El Big Ben dio la media.

Qué extraordinario fue, raro, sí, conmovedor, ver a la vieja señora (eran vecinas desde hacía largos años) apartarse de la ventana, como si estuviera unida a aquel sonido, con un hilo. Pese a ser gigantesco, algo tenía que ver el sonido con la vieja señora. Abajo, abajo, en mitad de las cosas ordinarias, descendió el dedo, dando solemnidad al momento. La vieja señora quedó obligada, imaginó Clarissa, por aquel sonido, a moverse, a irse, pero, ¿a dónde? Clarissa intentó seguirla, cuando dio la vuelta y desapareció, y aún podía vislumbrar el blanco gorro moviéndose en el fondo del dormitorio. Todavía estaba allí, moviéndose en el extremo opuesto del cuarto. ¿A santo de qué los credos, las plegarias y los impermeables cuando, pensó Clarissa, esto es el milagro, esto es el misterio?; quería decir la vieja dama, a la que podía ver yendo de la cómoda a la mesilla tocador. Todavía podía verla. Y el supremo misterio, que la Kilman quizá dijera había resuelto, o que Peter quizá dijera había resuelto, aunque Clarissa creía que no tenían la más leve idea de la solución, era sencillamente éste: aquí había una habitación; allá, otra. ¿Acaso esto lo solucionaba la religión, el amor?

El amor... Pero he aquí que el otro reloj, el reloj que siempre daba la hora dos minutos después del Big Ben, hizo acto de presencia con el regazo lleno de mil cosas diferentes, que dejó caer, como si nada se pudiera objetar al Big Ben, dictando la ley con su majestad, tan solemne, tan justo, aunque también era cierto que Clarissa, además, tenía que recordar muchas cosas menudas -la señora Marsham, Ellie Henderson, los vasos para los sorbetes-, todo género de pequeñas cosas que acudían en tropel, saltando y bailando tras la estela de aquella solemne campanada que yacía plana, como una barra de oro sobre el mar. La señora Marsham, Ellie Henderson, los vasos para los sorbetes: Debía telefonear inmediatamente.

Voluble turbulento, el tardío reloj sonó, tras la estela del Big Ben, con el regazo lleno de bagatelas. Golpeados, quebrados por el ataque de los carruajes, por la brutalidad de los camiones, por el ávido avance de miríadas de hombres angulosos, de mujeres vistosas, por las cúpulas y agujas de edificios oficiales y hospitales, los últimos restos de los misceláneos objetos que llenaban el regazo parecieron chocar como la espuma de una ola fenecida contra el cuerpo de la señorita Kilman, quieta en la calle durante un instante para musitar: "Es la carne."

La carne era lo que debía dominar. Clarissa Dalloway la había injuriado. Era de esperar. Pero ella no había triunfado; ella no había dominado la carne. Era fea y torpe, y Clarissa Dalloway se había reído de ella por serlo; y había resucitado sus carnales deseos, ya que le molestaba tener tal aspecto al lado de Clarissa. Y tampoco podía hablar tal como lo había hecho. Pero, ¿por qué deseaba parecerse a ella? ¿Por qué? Despreciaba a la señora Dalloway desde lo más profundo de su corazón. No era seria. No era buena. Su vida era un entramado de vanidades y engaños. Sin embargo, Doris Kilman había sido avasallada. En realidad, muy poco le faltó para echarse a llorar cuando Clarissa Dalloway se rió de ella.

-Es la carne, es la carne-murmuró.

Porque tenía el hábito de hablar en voz alta, para sí. E intentaba dominar este turbulento y doloroso sentimiento, mientras avanzaba por Victoria Street. Rezaba a Dios. No podía evitar el ser fea; no podía permitirse el comprar lindos vestidos. Clarissa Dalloway se había reído. Pero ella concentraría su mente en cualquier otra cosa hasta llegar al buzón. De todos modos, le quedaba Elizabeth. Pensaría en otras cosas, pensaría en Rusia hasta llegar al buzón.

Qué bien se está seguramente en el campo, dijo, tal como le había dicho el señor Whittaker, luchando para dominar aquel violento resentimiento contra el mundo que se había burlado de ella, que había hecho mofa de ella, que la había exiliado, comenzando con aquella indignidad, la indignidad de infligirle un cuerpo desagradable cuya visión la gente no podía soportar. Peinárase como se peinara, su frente seguía pareciéndose a un huevo, blanca y desguarnecida. No había vestido que le sentara bien. Fuese cual fuere el vestido que se comprara. Y, naturalmente, para una mujer esto significaba no conocer jamás a un miembro del sexo opuesto. Para ninguno de ellos sería jamás importante. A veces últimamente tenía la impresión de que, con la salvedad de Elizabeth, sólo vivía para la comida; sus consuelos; su cena, su té; la botella de agua caliente por la noche. Pero era preciso luchar, vencer, tener fe en Dios. El señor Whittaker le había dicho que ella tenía una finalidad en el mundo. ¡Pero nadie sabía su dolor! Indicando el crucifijo, el señor Whittaker le dijo que Dios lo sabía. Pero, ¿por qué tenía ella que sufrir cuando otras mujeres, como Clarissa Dalloway, lo evitaban? A través del sufrimiento se alcanza el conocimiento, decía el señor Whittaker.

Había rebasado el buzón, y Elizabeth había entrado en el fresco y pardo departamento de tabacos de los Almacenes Army and Navy, mientras ella murmuraba para sí lo que el señor Whittaker había dicho acerca de la adquisición del conocimiento a través del sufrimiento y la carne.

-La carne-murmuró.

Elizabeth la interrumpió: ¿a qué departamento quería ir?

-Enaguas-dijo con brusquedad, y se metió sin vacilar en el ascensor.

Subieron. Elizabeth la guió por aquí y por allá; la guió en su estado de abstracción, como si fuera una niña grande, un buque de guerra de difícil gobierno. Allí estaban las enaguas, castañas, decorosas, a rayas, frívolas recias, sutiles; y escogió, abstraída, con aire importante, y la dependienta que la atendía la juzgó loca.

Elizabeth estaba un tanto intrigada, mientras hacían el paquete, preguntándose en qué pensaría la señorita Kilman. Tenían que tomar el té, dijo la señorita Kilman, volviendo a la realidad, dominándose. Tomaron el té.

Elizabeth estaba un tanto intrigada, preguntándose si era posible que la señorita Kilman estuviera hambrienta. Se debía a su manera de comer, de comer con intensidad, y de mirar después, una y otra vez, la bandeja de azucarados pastelillos en la mesa contigua, después, cuando una señora y un niño se sentaron a la mesa, y el niño cogió un pastelillo, ¿afectó esto a la señorita Kilman? Sí, la afectó. Había deseado aquel pastelillo, el de color rosado. El placer de comer era casi el único placer puro que le quedaba, ¡e incluso en esto era burlada!

Cuando las personas son felices tienen una reserva a la que acudir, había dicho a Elizabeth, en tanto que ella era como una rueda sin neumático (amaba las metáforas así) estremecida por todos los guijarros. Esto dijo, después de la lección, en pie junto al fuego del hogar, con su bolsa repleta de libros, su "cartera de colegial", como decía ella, un martes por la mañana, al término de la lección. Y también habló de la guerra. A fin de cuentas, había gentes que no creían que los ingleses tuvieran siempre la razón. Había libros. Había reuniones. Había otros puntos de vista. ¿Le gustaría a Elizabeth ir con ella a escuchar a Fulano de Tal? (un viejo de aspecto tremendamente extraordinario). Después la señorita Kilman la llevó a cierta iglesia de Kensington donde tomaron el té con un clérigo. La señorita Kilman prestaba libros a Elizabeth. El derecho, la medicina, la política, todas las profesiones están abiertas a las mujeres de tu generación, decía la señorita Kilman. Pero, en cuanto a sí misma hacía referencia, su carrera había quedado totalmente destruida; ¿y acaso la culpa había sido suya? Dios santo, dijo Elizabeth, no.

Y su madre entraba diciendo que había recibido una cesta procedente de Bourton, y que si la señorita Kilman quería flores. Su madre siempre trataba con mucha, mucha amabilidad a la señorita Kilman, pero la señorita Kilman formaba un apretujado haz de flores, y no sabía sostener una conversación ligera, y lo que interesaba a la señorita Kilman aburría a su madre, y ella y la señorita Kilman eran terriblemente amigas; y la señorita Kilman se hinchaba y parecía muy vulgar, pero la señorita Kilman era tremendamente inteligente. Elizabeth nunca había pensado en los pobres. Tenían cuanto deseaban: su madre se desayunaba en cama todos los días; Lucy le servía el desayuno; y le gustaban las viejas porque eran duquesas, descendientes de algún Lord. Pero la señorita Kilman dijo (uno de aquellos martes por la mañana, al término de la lección): "Mi abuelo tenía una tienda de pinturas en Kensington." La señorita Kilman era muy diferente a todas las mujeres que conocía; la hacía sentir a una muy insignificante.

La señorita Kilman se tomó otra taza de té. Elizabeth, con su aire oriental, su inescrutable misterio, estaba sentada perfectamente erguida: no, no quería nada más. Buscó los guantes, sus guantes blancos. Estaban debajo de la mesa. Pero, ¡ah!, tenía que irse. ¡La señorita Kilman no quería dejarla partir! ¡No quería dejar partir a aquel ser juvenil, a aquella hermosa muchacha a la que tan sinceramente amaba! La gran mano de la señorita Kilman se abrió y se cerró sobre la mesa.

Pero quizá todo comenzara a ser un poco aburrido pensó Elizabeth. Y realmente tenía ganas de irse.

Pero la señorita Kilman dijo:

-No he terminado todavía.

Naturalmente, Elizabeth decidió esperar. Pero, allí el ambiente estaba un tanto cargado.

-¿Irás a la fiesta de esta noche?-preguntó la señorita Kilman.

Elizabeth pensaba que seguramente sí; su madre quería que fuera. No debía permitir que las fiestas la absorbieran, dijo la señorita Kilman, cogiendo con los dedos la última porción de un pastel de chocolate.

Las fiestas no la entusiasmaban, dijo Elizabeth. La señorita Kilman abrió la boca, proyectó levemente el mentón al frente y tragó la última porción del pastel de chocolate, limpiándose después los dedos, y revolviendo el té.

Se dio cuenta de que Elizabeth iba a separarse de ella. La angustia fue terrible. Si pudiera cogerla, si pudiera abrazarla, si pudiera hacerla absolutamente suya para siempre y luego morir; sólo esto quería. Pero estar sentada allí, incapaz de pensar algo que decir; ver cómo Elizabeth se ponía en contra de ella; sentir que era repelente incluso para Elizabeth... Esto era demasiado; no pedía soportarlo. Los gruesos dedos se engañaron.

-Yo nunca voy a fiestas-dijo la señorita Kilman, sólo para evitar que Elizabeth se fuera-. No me invitan.

Y mientras lo decía, pensaba que este egotismo era la causa de todos sus males; el señor Whittaker se lo había advertido; pero no podía evitarlo. Había sufrido tan horriblemente.

-¿Y por qué van a invitarme?-dijo-. Soy fea, soy desdichada.

Le constaba que estas palabras eran una idiotez. Pero aquella gente que pasaba-gente con paquetes que la despreciaba-la obligaron a decirlas. De todos modos, ella era Doris Kilman. Tenía título académico. Era una mujer que había desarrollado su carrera en el mundo. Sus conocimientos de historia moderna eran más que respetables.

-No me compadezco de mí misma-dijo.

"Me compadezco", había querido decir, "de tu madre", pero no, no podía decir esto a Elizabeth.

-Compadezco mucho más a otra gente.

Como un ser atontado que ha sido puesto ante un portón con finalidades ignoradas y que está allí, deseando huir al galope, Elizabeth Dalloway siguió sentada en silencio. ¿Iba la señorita Kilman a decir algo más? Con voz temblorosa, la señorita Kilman dijo:

-No te olvides completamente de mí.

En el lejano límite del campo, el ser atontado galopaba aterrado.

La gran mano se abrió y se cerró.

Elizabeth volvió la cabeza. Se acercó la camarera. Había que pagar en el mostrador, dijo Elizabeth, y se fue, sacándole, sintió la señorita Kilman, las mismísimas entrañas de su cuerpo, y tirando de ellas al cruzar la habitación, y después, con un último tirón, inclinó muy cortés la cabeza y desapareció.

Se había ido. La señorita Kilman quedó sentada ante la mesa de mármol, entre los pasteles de chocolate, estremecida una, dos, tres veces por oleadas de sufrimiento. Se había ido. La señora Dalloway había triunfado. Elizabeth se había ido. La belleza se había ido, la juventud se había ido.

Y ella había quedado sentada allí. Se levantó, anduvo con torpe andar por entre las mesillas, balanceándose ligeramente, y alguien fue detrás de ella con el paquete con la enagua, y se perdió, y quedó perdida entre baúles especialmente preparados para ser transportados a la India; luego se encontró en la sección de canastillas y ropas de recién nacido; se encontró entre todas las mercaderías del mundo, perecederas y permanentes, jamones, medicamentos, flores, papelería, de diversos olores, ora dulces y ora amargos, y por entre ellas anduvo torpemente; se vio caminando así, con el sombrero torcido, muy roja la cara, de cuerpo entero en un espejo; y por fin salió a la calle.

La torre de la catedral de Westminster se alzó ante ella, habitáculo de Dios. En mitad del tránsito estaba el habitáculo de Dios. Pertinaz, emprendió con su paquete el camino hacia aquel otro santuario, la Abadía, en donde, unidas las manos en forma de tienda de campaña, alzadas ante su rostro, estuvo sentada entre aquellos otros asimismo allí cobijados; entre los fieles de diversa condición, despojados ahora de su rango social, casi de su sexo, alzadas las manos ante sus rostros; pero tan pronto las apartaban, instantáneamente reverentes hombres y mujeres de la clase media inglesa, algunos ansiosos de contemplar las imágenes de cera.

Sin embargo, la señorita Kilman mantuvo la tienda de campaña ante su cara. Ya quedaba abandonada, ya otros se le unían. Nuevos fieles llegaban de la calle y substituían a los desertores, y seguía, mientras la gente miraba alrededor, y arrastrando los pies pasaba ante la tumba del Soldado Desconocido, seguía tapándose los ojos con los dedos, intentando, en esta doble oscuridad, ya que la luz de la Abadía era incorporal, elevarse por encima de las vanidades, de los deseos, de los bienes materiales, liberándose tanto del odio como del amor. Sus manos se engarfiaron. Parecía luchar. Sin embargo, para otros, Dios era accesible, y suave el camino que a Él conducía. El señor Fletcher, jubilado funcionario de Hacienda, y la señora Gorham, viuda del famoso Consejero Real, se acercaron a Él sencillamente, y, después de haber orado, se reclinaron en el asiento y gozaron de la música (dulce sonaba el órgano), y vieron a la señorita Kilman en el extremo del banco, rezando y rezando, y, por hallarse todavía en el vestíbulo de su inframundo, comprensivamente la juzgaron un alma que vagaba por su mismo territorio; un alma hecha de substancia etérea; no una mujer, un alma.

Pero el señor Fletcher tenía que irse. Tenía que pasar ante la señorita Kilman y, siendo cual era un hombre repulido, no pudo evitar cierta lástima ante el desorden de aquella pobre señora; con el cabello desgreñado; el paquete en el suelo. No le dejó pasar de buenas a primeras. Pero el señor Fletcher se quedó allí, mirando alrededor, mirando los blancos mármoles, los grises ventanales, y los muchos tesoros acumulados allí (estaba extremadamente orgulloso de la Abadía, el señor Fletcher), y, entonces, la corpulencia de la señorita Kilman, su robustez y su fuerza, mientras estaba allí sentada moviendo de vez en cuando las rodillas (tan áspero era el camino que la acercaba a Dios, tan fuertes sus deseos) le impresionaron, tal como habían impresionado a la señora Dalloway (quien no pudo apartar a la señorita Kilman de su pensamiento en toda la tarde), al reverendo Edward Whittaker, y también a Elizabeth.

Y Elizabeth esperaba el autobús en Victoria Street. Era muy agradable hallarse al aire libre. Pensaba que quizá no tenía por qué ir ya directamente a casa. Era tan agradable hallarse al aire libre. Sí, tomaría un autobús. Sin embargo, mientras estaba allí con sus tan bien cortadas ropas, ya comenzaba... Ya comenzaba la gente a compararla con álamos, con la aurora, con jacintos, con gráciles aves, con agua viva, con lirios; y esto transformaba su vida en una carga, ya que prefería mucho más que la dejaran en paz, sola en el campo, para hacer lo que le viniera en gana, pero la comparaban con los lirios, y tenía que ir a fiestas, y Londres era sórdido, en comparación con estar sola en el campo con su padre y los perros.

Los autobuses descendían raudos, se detenían, volvían a ponerse en marcha, formando brillantes caravanas pintadas en destellantes colores rojo y amarillo. Pero, ¿cuál de ellos debía tomar? No tenía preferencias. Aunque, desde luego, no iba a precipitarse. Tenía tendencia a la pasividad. Lo que necesitaba era expresión, aunque sus ojos eran hermosos, chinos, orientales, y, tal como decía su madre, con unos hombros tan gráciles y gracias a ir siempre muy erguida, daba siempre gusto contemplarla; y últimamente, en especial al atardecer, cuando sentía interés, porque nunca causaba la impresión de estar excitada, parecía muy hermosa, muy señorial, muy serena. ¿Qué podía pensar? Todos los hombres se enamoraban de ella, y ella se sentía terriblemente fastidiada. Sí, porque comenzaba. Su madre se daba cuenta, la ronda de los cumplidos comenzaba. El hecho de que careciera de interés -por ejemplo, en los vestidos- preocupaba a veces a Clarissa, aunque quizá no hubiera motivo para ello, si se pensaba en aquellos animalillos suyos, y los conejos de indias enfermos, y, a fin de cuentas, esto le daba cierto encanto. Y ahora había surgido esta extraña amistad con la señorita Kilman. Bueno, pensó Clarissa hacia las tres de la madrugada, mientras leía al Barón Marbot porque no podía dormir, esto demuestra que tiene corazón.

De repente, Elizabeth avanzó y, con gran habilidad, subió al autobús antes que todos los demás. Se sentó en lo alto. El impetuoso ser-un pirata- se lanzó hacia delante, dio un salto al frente; Elizabeth tuvo que cogerse a la barandilla, ya que aquel pirata era temerario, sin escrúpulos, descendía sin piedad, giraba peligrosamente, arrebataba a un pasajero, o ignoraba a un pasajero, se deslizaba como una anguila, arrogante, y avanzaba luego insolente, desplegadas todas las velas, hacia Whitehall. ¿Y acaso Elizabeth pensó siquiera una vez en la pobre señorita Kilman que la amaba sin celos, y para quien había sido como un pájaro en el aire, como una luna en el prado? Era para ella una delicia el sentirse libre. El aire fresco era delicioso. Estaba tan cargado el ambiente en los Almacenes Army and Navy . Y ahora el ascender velozmente hacia Whitehall era como montar a caballo y ante cada movimiento del autobús el hermoso cuerpo con el vestido leonado reaccionaba libremente, como el de un jinete, como el mascarón de proa de un buque y la brisa la despeinaba un poco; el calor daba a sus mejillas la palidez de la madera pintada de blanco; y sus hermosos ojos, que no tenían otros ojos a los que mirar, miraban al frente, sin expresión, luminosos, con la contemplativa e increíble inocencia de una escultura.

Era siempre aquel hablar tanto de sus penas lo que hacía tan difícil el trato con la señorita Kilman. ¿Y llevaba acaso razón? Si se trataba de ser miembro de comités y de dedicar horas y horas todos los días (en Londres, casi nunca le veía) para ayudar a los pobres, su padre hacía esto, ciertamente, o sea, lo que la señorita Kilman quería decir cuando hablaba de ser cristiano; sin embargo, era muy difícil decir estas palabras. Le gustaría ir un poco más lejos. ¿Un penique más era lo que costaba ir hasta el Strand? Pues si así era, ahí estaba el otro penique. Iría hasta el Strand.

Le gustaba la gente enferma. Y todas las profesiones están abiertas a la mujeres de tu generación, decía la señorita Kilman. Podía ser médico. Podía ser granjero. Los animales a menudo enferman. Podía ser propietaria de mil acres y tener subordinados. Los visitaría en sus casas. Esto era Somerset House. Una podía ser un granjero muy bueno, y esto, cosa rara, aunque parte de la responsabilidad recaía en la señorita Kilman, se debía casi por entero a Somerset House. Tenía un aspecto espléndido, tan serio, aquel gran edificio gris. Y le gustaba la sensación de ver trabajar a la gente. Le gustaban aquellas iglesias, como formas de papel gris, frente al caudal del Strand. Aquel paraje era distinto de Westminster pensó bajando en Chancery Lane. Era una zona seria activa. En resumen, le gustaría tener una profesión. Seria médico, granjero, posiblemente ocuparía un escaño en el Parlamento si lo juzgaba necesario, y todo debido al Strand.

Los pies de aquella gente dedicada a desarrollar sus actividades, las manos poniendo piedra sobre piedra, las mentes eternamente ocupadas, no en triviales parloteos (comparar a las mujeres con álamos, lo cual era bastante agradable, desde luego, pero muy tonto), sino en pensamientos de barcos, de negocios, de leyes, de administración; todo era tan serio (estaba en el Temple), alegre (allí estaba el río), pío (allí estaba la iglesia) y que le infundió la firme decisión, dijera lo que dijese su madre de ser granjero o médico. Pero, desde luego, era perezosa.

Y más valía no hablar del asunto. Parecía una tontería tan grande. Era la clase de cosa que a una le ocurría cuando estaba sola, entre edificios sin nombre de arquitecto, entre muchedumbres que regresaban del centro de la ciudad y que tenían más poder que los clérigos solos en Kensington, más poder que cualquiera de los libros que la señorita Kilman le había prestado, para estimular lo que yacía dormido, torpe y tímido en el arenoso suelo de la mente, para abrir brecha en la superficie, tal como de repente un niño estira los brazos; era solamente esto, quizás, un suspiro, un estirar los brazos, un impulso, una revelación, que produce efectos para siempre, y luego descendía y se posaba en el suelo arenoso. Tenía que volver a casa. Tenía que vestirse para la cena. Pero, ¿qué hora era? ¿Dónde había un reloj?

Miró al frente, hacia Fleet Street. Anduvo un poco, sólo un poco, hacia St. Paul, tímidamente, como alguien  que penetra de puntillas, que explora una casa extraña por la noche a la luz de una vela, con el temor de que el dueño de la casa abra de repente de par en par las puertas de su dormitorio y le pregunte a una qué hace allí, y no se atrevió a derivar hacia extrañas callejuelas, tentadoras calles laterales, cual no se atrevería en una casa extraña a abrir puertas que bien podrían ser puertas de dormitorios, o puertas de salas de estar, o puertas directamente conducentes a la bodega. Porque los Dalloway no iban todos los días al Strand; era una pionera, una extraviada, que se había aventurado confiada.

En muchos aspectos, opinaba su madre, ella era extremadamente inmadura, todavía como una niña, encariñada con muñecas, con viejas zapatillas; una perfecta cría; y esto era encantador. Pero desde luego en la familia Dalloway imperaba la tradición del servicio a la nación. Abadesas, rectoras, directoras de escuela, dignatarias, en la república de las mujeres-sin que ninguna de ellas fuera brillante-, esto eran. Avanzó un poco más en dirección a St. Paul. Le gustaba la afabilidad, la hermandad, la maternidad, de aquella barahúnda. Le parecía buena. El ruido era tremendo; y de repente sonaron trompetas (los sin trabajo) agudas, elevándose por encima de la barahúnda; música militar; como en un desfile; sin embargo, habían estado muriendo; si una mujer hubiera exhalado su último aliento, y quienquiera que fuera el que lo contemplara abriera la ventana del cuarto en el que la mujer acababa de realizar aquel acto de suprema dignidad y mirara hacia abajo, hacia Fleet Street, aquella barahúnda, aquella música militar, llegaría triunfante hasta él, consoladora, indiferente.

No era algo consciente. No había en ello una revelación  del destino o del hado de uno, y precisamente en méritos de esta mismísima razón, incluso para aquellos deslumbrados por la contemplación de los últimos temblores de conciencia en el rostro de los moribundos, era consolador.

El olvido de la gente puede herir, su ingratitud puede corroer, pero esta voz, murmurando sin cesar, año tras año, lo absorbería todo; este voto; este camión; esta vida; esta procesión; todo lo envolvería y lo arrastraría, tal como en el duro caudal del glaciar el hielo apresa una esquirla de hueso, un pétalo azul, unos robles, y los arrastra consigo.

Pero era más tarde de lo que había creído. A su madre no le gustaría que ella se entregara a este vagabundeo sola. Volvió al Strand.

Un soplo de brisa (a pesar del calor hacía bastante viento) deslizó un negro velo sobre el sol y sobre el Strand. Las caras se difuminaron; los autobuses perdieron de repente su esplendor. Y, a pesar de que las nubes eran montañosamente blancas, de modo que daban ganas de cortar de ellas duras porciones con un hacha, con anchas laderas doradas, prados de celestiales jardines placenteros en los flancos, y tenían todas las apariencias de invariables habitáculos dispuestos para una conferencia de los dioses acerca del mundo, se daba un perpetuo movimiento entre ellas. Se intercambiaban señales cuando, como si se tratara de cumplir un plan trazado de antemano, ya vacilaba una cumbre, ya un bloque de piramidal volumen que inalterable había permanecido en su puesto avanzaba hacia el centro, o encabezaba gravemente la procesión hacia un nuevo punto de anclaje. A pesar de parecer fijas en sus lugares, descansando en perfecta unanimidad, nada podía ser más puro, más libre, más superficialmente sensible, que la superficie blanca como la nieve, o vívidamente dorada; cambiar, quitar, desmantelar el solemne ensamblaje era inmediatamente posible; y, a pesar de la grave fijeza de la acumulada robustez y solidez, ya proyectaban luz sobre la tierra, ya oscuridad.

Con calma y competencia, Elizabeth Dalloway subió al autobús de Westminster.

Yendo y viniendo, guiñando, haciendo señales, así veía Septimus Warren Smith, yacente en el sofá de la sala de estar, las luces y las sombras que ora ponían la pared gris, ora los plátanos de vivo amarillo, ora el Strand gris, ora los autobuses de vivo amarillo; veía el acuoso dorado resplandecer y apagarse, con la pasmosa sensibilidad de un ser vivo, sobre las rosas del papel de la pared. Fuera, los árboles arrastraban sus hojas cual redes por las profundidades del aire; había sonido de agua en la estancia, y a través de las olas llegaban las voces de pájaros cantores. Todas las potencias derramaban sus tesoros sobre la cabeza de Septimus, y su mano reposaba allí, en el respaldo del sofá, tal como la había visto reposar al bañarse, flotando, sobre las olas, mientras a lo lejos, en la playa, oía ladrar a los perros, ladrar a lo lejos. Deja de temer, dice el corazón en el cuerpo; deja de temer.

No tenía miedo. En todo instante, la naturaleza expresaba mediante una riente insinuación, cual aquel punto dorado que daba la vuelta a la pared -allí, allí, allí-, su decisión de revelar, agitando sus plumas, sacudiendo su cabellera, ondeando su manto hacia aquí y hacia allá, hermosamente, siempre hermosamente, y acercándose para musitar por entre las manos ahuecadas ante la boca palabras de Shakespeare, su significado.

Rezia, sentada ante la mesa y haciendo girar en las manos un sombrero, contemplaba a Septimus; le vio sonreír. Era, pues, feliz. Pero Rezia no podía tolerar verle sonreír. Aquello no era un matrimonio; no era ser el esposo de una el tener siempre aquel aspecto tan raro, siempre con sobresaltos, riendo, sentado hora tras hora en silencio, o agarrándola y diciéndole que escribiera. El cajón de la mesa estaba lleno de aquellos escritos; acerca de la guerra; acerca de Shakespeare; acerca de grandes descubrimientos; acerca de la inexistencia de la muerte. Últimamente Septimus se excitaba mucho de repente y sin razón (y tanto el doctor Holmes como Sir William Bradshaw decían que la excitación era lo peor que podía ocurrirle a Septimus), y agitaba las manos, y gritaba que sabía la verdad. ¡Lo sabía todo! Aquel hombre, aquel amigo suyo al que mataron, Evans, había venido, decía. Evans cantaba detrás del biombo. Rezia lo escribía, a medida que Septimus se lo decía. Algunas cosas eran muy hermosas; otras, pura tontería. Y Septimus siempre se paraba a mitad, cambiaba de opinión, quería añadir algo, oía algo nuevo, escuchaba con la mano levantada. Pero Rezia no oía nada.

Y una vez encontraron a la chica encargada de limpiar la habitación leyendo uno de estos papeles y riendo a carcajadas. Fue horroroso. Esto fue causa de que Septimus  gritara algo acerca de la humana crueldad, acerca de hacerse trizas mutuamente la gente. A los caídos dijo, los hacen trizas. "Holmes nos anda a la caza", decía, y se inventaba historias respecto a Holmes; Holmes comiendo porridge ; Holmes leyendo a Shakespeare, riéndose  a carcajadas o rugiendo de rabia, ya que el doctor Holmes representaba algo horrible para Septimus. "Naturaleza humana", le llamaba. Luego, estaban las visiones. Se había ahogado, decía, y yacía en su acantilado, con las gaviotas lanzando chillidos sobre su cuerpo. Miraba por encima del borde del sofá y veía el mar abajo. O bien oía música. En realidad, se trataba de un organillo o de un hombre gritando en la calle. "¡Qué hermoso!" solía gritar, y las lágrimas le resbalaban por las mejillas, lo cual era para Rezia lo más horrible, sí, era horrible ver a un hombre como Septimus, que había luchado y que era valeroso, llorar así. Y yacía, escuchando, hasta que de repente gritaba que se caía, ¡que se caía en las llamas! Y realmente Rezia miraba en busca de llamas, tan cierto parecía. Pero nada había. Estaban solos en el cuarto. Era un sueño, le decía Rezia, con lo que le tranquilizaba al fin, pero a veces también ella quedaba aterrada. Rezia suspiró, mientras cosía.

Su suspiro fue tierno y encantador, como la brisa en un bosque al atardecer. Ahora dejó las tijeras; ahora se volvió para coger algo que estaba en la mesa. Un leve movimiento, un leve tintineo, un leve golpe, creó algo allí, en la mesa en que Rezia cosía. Por entre las pestañas Septimus podía ver la borrosa silueta de Rezia; su cuerpo menudo y negro; su cara y sus manos; sus movimientos hacia la mesa, al coger un carrete o al buscar (solía perder las cosas) la seda. Estaba confeccionando un sombrero para la hija casada de la señora Filmer, que se llamaba... Había olvidado su nombre.

-¿Cómo se llama la hija casada de la señora Filmer?-preguntó.

-Señora Peters-dijo Rezia.

Y añadió que temía que el sombrero fuera demasiado pequeño, mientras lo sostenía ante sí. La señora Peters era una mujer corpulenta; pero Rezia no le tenía simpatía. Solamente debido a que la señora Filmer había sido muy buena para con ellos-"Me ha dado un racimo de uvas esta mañana"-, Rezia quería hacer algo a fin de demostrar que eran agradecidos. Hacía poco, Rezia había entrado en su cuarto al atardecer y había encontrado a la señora Peters, que creía que Rezia y su marido estaban fuera, escuchando el gramófono.

"¿De veras?", preguntó Septimus. ¿Escuchaba la señora Peters el gramófono? Sí, ya se lo dijo Rezia cuando ocurrió; había encontrado a la señora Peters escuchando el gramófono.

Muy cautelosamente, Septimus empezó a abrir los ojos, para ver si el gramófono estaba realmente allí. Pero las cosas reales, sí, las cosas reales eran excesivamente excitantes. Debía tener cautela. No quería enloquecer. Primero miró las revistas de modas en la estantería inferior, luego, gradualmente, miró el gramófono con su verde trompeta. Nada podía ser más exacto. Y así, cobrando valor, miró el aparador, la bandeja con plátanos, el grabado de la Reina Victoria y el Príncipe Consorte, la repisa del hogar con el jarrón de rosas. Ni una de estas cosas se movía. Se estaban todas quietas; eran todas reales.

-La señora Peters tiene mala lengua-dijo Rezia. -¿Y qué hace el señor Peters?-preguntó Septimus.

-Ah-dijo Rezia, esforzándose en recordar. Pensó que la señora Filmer le había dicho que el señor Peters era viajante de una empresa y añadió-: Ahora está en Hull. Sí, precisamente ahora está en Hull.

"¡Precisamente ahora!" Lo había dicho con su acento italiano. La propia Rezia lo había dicho. Con la mano Septimus formó pantalla ante los ojos para ver solamente un trozo de la cara de Rezia, e irlo viendo poco a poco, primero la barbilla, luego la nariz, después la frente, no fuera que estuviera deformado o que tuviera una horrenda marca. Pero no, allí estaba Rezia, perfectamente natural, cosiendo, con la boca cerrada tal como la cierran las mujeres, con aquella expresión fija, melancólica, que tienen cuando cosen. Pero no había nada terrible en ella se dijo Septimus, mirando por segunda vez, por tercera vez, la cara de Rezia, sus manos, puesto que ¿había algo terrible o repugnante en ella, sentada allí, a la clara luz del día, cosiendo? La señora Peters tenía mala lengua. El señor Peters estaba en Hull. Entonces, ¿por qué rabiar y profetizar? ¿Por qué huir azotado y perseguido? ¿Por qué las nubes le hacían sollozar y temblar? ¿Por qué buscar verdades y difundir mensajes, cuando Rezia estaba sentada, clavando agujas en la parte frontal de su vestido, y el señor Peters estaba en Hull? Milagros, revelaciones, angustias, soledad, el caer a través del mar, abajo y abajo, en las llamas, todo había desaparecido, porque tenía la sensación, mientras miraba cómo Rezia adornaba el sombrero de paja de la señora Peters, de estar cubierto de flores.

-Es demasiado pequeño para la señora Peters-dijo Septimus.

¡Por primera vez en largos días, había hablado como solía! desde luego, lo era; absurdamente pequeño, dijo Rezia. Pero la señora Peters lo había elegido.

Septimus se lo quitó de las manos a Rezia. Dijo que parecía el sombrero de un mono amaestrado a tocar el organillo.

¡Qué risa le dieron estas palabras a Rezia! Hacía semanas que no habían reído tanto juntos, bromeando en la intimidad, cual corresponde a los casados. Para Rezia, esto significaba que, si en aquel momento hubiera entrado la señora Filmer o la señora Peters o cualquiera, no hubieran comprendido la razón por la que ella y Septimus se reían.

-¡Ahí va!-dijo Rezia, mientras ponía una rosa en uno de los lados del sombrero.

¡Jamás se había sentido tan feliz! ¡Nunca en la vida!

Pero ahora era todavía más ridículo, dijo Septimus. Ahora la pobre mujer parecería un cerdo en una feria. (Nadie hacía reír a Rezia tanto como Septimus.)

¿Qué guardaba en el cesto de labores? Guardaba cintas, cuentas, borlas, flores artificiales. Rezia volcó la cesta en la mesa. Septimus comenzó a juntar colores dispares, porque, aun cuando era de dedos torpes-ni siquiera sabía hacer un paquete , tenía una vista maravillosa, y a menudo acertaba, a veces era absurdo, desde luego, pero otras veces tenía maravillosos aciertos.

Mientras cogía esto y aquello, con Rezia arrodillada a su lado y mirando por encima de un hombro, Septimus murmuró:

-¡La señora Peters tendrá un hermoso sombrero!

Ahora estaba terminado, es decir, el proyecto estaba terminado, por cuanto Rezia tendría que coserlo. Pero debía andar con mucho, pero que mucho cuidado, dijo Septimus, a fin de que quedara tal como él lo había proyectado.

Y Rezia cosió. Cuando Rezia cosía, pensó Septimus, producía un sonido como el de una olla en el fuego; burbujeante, murmurante, siempre ajetreada, con sus fuertes, pequeños y agudos dedos pellizcando, oprimiendo; y la aguja destellando, muy recta. El sol podía ir y venir, en las borlas, en el papel de la pared, pero él esperaría, pensó, estirando los pies, contemplando el calcetín con círculos, al término del sofá; esperaría en aquel cálido lugar, en aquella bolsa de aire quieto, a que uno llega en el linde del bosque a veces al atardecer, en donde, debido a una depresión del terreno o a cierta disposición de los árboles (hay que ser científico, sobre todo científico), el calor se asienta, y el aire golpea la mejilla como el ala de un pájaro.

Dando vueltas al sombrero de la señora Peters en la punta de los dedos, Rezia dijo:

-Ya está. Por el momento, ya está. Luego. . .

Su frase se deshizo en burbujas, y goteó, goteó, goteó, como un satisfecho grifo que no se ha cerrado debidamente.

Era maravilloso. Jamás había hecho Septimus algo que le dejara tan orgulloso de sí mismo. Era tan real, tan tangible, el sombrero de la señora Peters.

-Míralo -dijo.

Y sí, Rezia sería siempre feliz contemplando el sombrero. Septimus había vuelto a ser él mismo, y se había reído. Habían estado juntos y a solas, los dos. A Rezia siempre le gustaría aquel sombrero.

Septimus le dijo que se lo probara.

Corriendo hacia el espejo, y mirándose primero por un lado y luego por el otro, Rezia dijo:

-Debo de tener un aspecto rarísimo.

Y se arrancó el sombrero de la cabeza porque sonó un golpe en la puerta. ¿Sería Sir William Bradshaw? ¿Venía ya a buscar a Septimus?

¡No! Sólo era la niña con el diario de la tarde.

Lo que siempre ocurría ocurrió entonces, lo que ocurría todos los atardeceres de sus vidas. La niña flaca se chupaba el pulgar en la puerta; Rezia se puso de rodillas; Rezia le hizo carantoñas y la besó; Rezia sacó una bolsa de caramelos del cajón de la mesa. Así ocurría siempre. Primero una cosa, luego otra. Y así fue comportándose Rezia, primero una cosa, luego otra. Danzando, deslizándose, alrededor y alrededor de la estancia. Septimus cogió el periódico. El Surrey iba lanzado, leyó. Había una ola de calor. Rezia repitió que el Surrey iba lanzado, había una ola de calor, y esto formaba parte del juego con la nieta de la señora Filmer, riendo las dos, parloteando al mismo tiempo. Septimus estaba muy cansado. Era muy feliz. Cerró los ojos. Iba a dormir. Pero tan pronto dejó de ver, los sonidos del juego se debilitaron y parecieron extraños, y sonaron como gritos de gente que buscara sin hallar, y se alejara más y más. ¡Le habían perdido!

Aterrado, tuvo un sobresalto. ¿Y qué vio? La bandeja con los plátanos en el aparador. En la estancia no había nadie (Rezia había llevado a la niña al lado de su madre; era la hora de acostarla). Era esto: estar solo para siempre. Esta fue la condena pronunciada en Milán, cuando entró en aquella habitación y las vio cortando formas en tela de bocací, con las tijeras; estar solo para siempre.

Estaba solo, con el aparador y los plátanos. Estaba solo, a la intemperie en aquella altura, tumbado, aunque no en la cumbre de una colina, no en un acantilado, sino en el sofá de la sala de la señora Filmer. ¿Y las visiones, las caras, las voces de los muertos, dónde estaban? Ante él se alzaba una pantalla con negros juncos y azules golondrinas. Allí donde otrora viera montañas, viera rostros, viera belleza, había una pantalla.

-¡Evans! -grito.

No obtuvo respuesta. Una rata había chillado o una cortina se había agitado. Aquellas eran las voces de los muertos. La pantalla, la pala del carbón, el aparador, quedaban con él. Más valía, entonces, enfrentarse con la pantalla, con la pala del carbón, con el aparador... Pero Rezia entró bruscamente en la estancia parloteando.

Había llegado una carta. Todos los planes quedaban alterados. A fin de cuentas, la señora Filmer no podría ir a Brighton. No había tiempo para advertir a la señora Williams, y realmente Rezia pensó que era muy, muy molesto, cuando posó la vista en el sombrero y pensó... quizá... podría hacer un pequeño... Su voz murió en satisfecha melodía.

-¡Ah, maldición!-gritó Rezia.

(Los dos se reían con las maldiciones que a veces soltaba Rezia.) La aguja se había quebrado. Sombrero, niña, Brighton, aguja. Así lo fue pensando Rezia; primero una cosa, luego, otra, lo fue pensando, mientras cosía.

Rezia quería que Septimus le dijera si al cambiar el lugar de la rosa había mejorado el sombrero. Estaba sentada  en el extremo del sofá.

Ahora eran perfectamente felices, dijo de repente Rezia, dejando el sombrero. Porque ahora podía decir cualquier cosa. Podía decirle cuanto le viniera a la cabeza. Esto fue casi lo primero que Rezia sintió, con respecto a Septimus, aquella noche, en el café, cuando llegó con sus amigos ingleses. Septimus entró, un tanto tímido, mirando alrededor, y se le cayó el gorro cuando quiso colgarlo. Lo recordaba bien. Rezia sabía que era inglés, aunque no uno de aquellos ingleses corpulentos que su hermana admiraba, ya que siempre fue delgado; pero tenía el color lozano y hermoso; y con su gran nariz, su ojos brillantes, su manera de estar sentado, algo encorvado, le trajo a la mente la imagen, a menudo decía Rezia a Septimus, de un joven halcón, aquella primera tarde en que le vio, cuando estaban jugando al dominó y él entró, como un joven halcón; pero siempre fue amable para con ella. Nunca le vio enfurecido o borracho sólo sufriendo, a veces, a causa de aquella terrible guerra, pero incluso en este caso, cuando ella llegaba, Septimus se olvidaba de todo. Cualquier cosa, cualquier cosa del mundo, cualquier pequeño contratiempo en su trabajo, cualquier cosa que le daba la gana decir, la decía Rezia, y Septimus la comprendía inmediatamente. Ni siquiera con su familia le ocurría esto. Por ser mayor que ella y por ser tan inteligente-era muy serio, ¡y quería que Rezia leyera a Shakespeare, antes de que siquiera pudiese leer un cuento para niños en inglés!-, por ser mucho más experimentado, la podía ayudar. Y también ella podía ayudarle a él.

Pero, ahora, estaba el sombrero. Y después (se estaba haciendo tarde), Sir William Bradshaw.

Rezia se llevó las manos a la cabeza, en espera de que Septimus dijera si el sombrero le gustaba o no, y mientras Rezia estaba sentada allí, esperando, baja la vista, Septimus percibía su mente, como un pájaro dejándose caer de rama en rama, y posándose siempre perfectamente; podía seguir su mente, mientras Rezia estaba sentada allí, en una de aquellas lacias posturas que adoptaba naturalmente, y si Septimus decía algo, Rezia sonreía inmediatamente, como un pájaro posándose, firmes las garras, en una rama.

Pero Septimus recordó. Bradshaw había dicho: "Las personas a las que más amamos no son buenas para nosotros, cuando estamos enfermos." Bradshaw había dicho que debían enseñarle a descansar. Bradshaw había dicho que Rezia y él debían estar separados.

"Deber", "deber", "deber", ¿por qué "deber"? ¿Qué autoridad tenía Bradshaw sobre él?

-¿Qué derechos tiene Bradshaw a decirme lo que debo hacer?-preguntó.

-Es porque hablaste de matarte -repuso Rezia. (Afortunadamente, ahora, Rezia podía decirle cualquier cosa a Septimus.)

¡Estaba en poder de aquellos hombres! ¡Holmes y Bradshaw le iban a dar caza! ¡El bruto con los rojos orificios de la nariz husmeaba todos los lugares secretos! ¡Podía hablarle de "deber"! ¿Dónde estaban sus papeles? ¿Las cosas que había escrito?


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(*) Virginia Woolf nació el 25 de enero de 1882 en Londres. En 1905, tras el fallecimiento de su padre, el biógrafo y filósofo Leslie Stephen, se mudó a Bloomsbury, ciudad donde se reunirían los librepensadores. Nunca fue a la escuela, sus estudios los realizó en su casa. En 1912 contrajo matrimonio con el escritor Leonard Woolf. Cinco años después crearían la editorial Hogarth. En sus primeras novelas, Fin de viaje (1915), Noche y día (1919) y El cuarto de Jacob (1922), aparece expuesta su intención de llevar las novelas a algo más que a una mera narración. En sus siguientes novelas, La señora Dalloway (1925) y Al faro (1927), consigue expresar los sentimientos interiores de los personajes, y grandes efectos psicológicos por medio de imágenes, metáforas y símbolos. Otras novelas destacadas son, Las olas (1931) y Orlando (1928). Además escribió biografías y ensayos tan famosos como Una habitación propia (1929), donde aparece una crítica por la poca valoración de los derechos de la mujer. Se suicidó rellenándose los bolsillos del vestido con piedras y zabulléndose en un río el 29 de marzo de 1941.




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