Era un ser totalmente diferente a ella, con gran dominio del idioma; capaz de expresarse cual gusta a los directores de periódicos; y tenía pasiones a las que no se puede calificar sencillamente de codicia. Lady Bruton se abstenía a menudo de juzgar a los hombres, en deferencia a la misteriosa armonía que los hombres, pero no las mujeres, conseguían con respecto a las leyes del universo; sabían expresar las cosas; sabían lo que se decía; de manera que si Richard la aconsejaba, y Hugh escribía la carta, tenía la seguridad de que no se equivocaba. Así pues, dejó que Hugh comiera el soufflé ; le preguntó por la pobre Evelyn; esperó a que los dos estuvieran fumando, y entonces dijo:
-Milly, ¿quiere ir a buscar los
papeles?
Y la señorita Brush salió,
regresó; dejó los papeles sobre la mesa; y
Hugh sacó la estilográfica; su estilográfica
de plata, que le había prestado servicios durante
veinte años, dijo, mientras desenroscaba el capuchón.
Se hallaba aún en perfecto estado; la había
mostrado a los fabricantes; y no había razón
alguna, dijeron, que indujera a creer que la pluma se estropearía
algún día; todo lo cual, en cierto modo, honraba
a Hugh y honraba los sentimientos que la pluma expresaba
(éste era el sentir de Richard Dalloway), mientras
Hugh comenzaba a escribir cuidadosamente letras mayúsculas,
dentro de un círculo en el margen con lo cual estableció
en forma maravillosa orden y sensatez en el desbarajuste
de Lady Bruton, dándole una gramática tal
que el director del Times , pensó Lady Bruton
al ver la maravillosa transformación, forzosamente
tenía que respetar. Hugh era lento. Hugh era pertinaz.
Richard dijo que era preciso correr riesgos. Hugh propuso
modificaciones en deferencia a los sentimientos de la gente
que-dijo con intencionado retintín cuando Richard
se rió-"debían tenerse en cuenta"
y leyó en voz alta "en consecuencia, opinamos
que ha llegado el momento oportuno. . . la superflua juventud
de nuestra población en constante crecimiento...
lo que debemos a los muertos...", lo cual Richard consideró
no eran más que palabras vacías aunque, desde
luego, inofensivas, y Hugh siguió garrapateando sentimientos,
por orden alfabético, de la más alta nobleza,
sacudiéndose la ceniza caída en el chaleco,
y efectuando resúmenes, de vez en cuando, de los
progresos hechos hasta el momento, y por fin leyó
el borrador de una carta que Lady Bruton tuvo la certeza
era una obra maestra ¿Cómo era posible que
sus ideas sonaran así?
Hugh no podía garantizar que el
director la publicara; sin embargo, almorzaría con
cierta persona.
Ante lo cual, Lady Bruton, que rara vez
decía zalamerías, se colocó los claveles
de Hugh en el vestido; extendiendo los brazos hacia Hugh
exclamó: "¡Mi Primer Ministro!" Realmente,
Lady Bruton no sabía qué sería de ella
sin aquellos dos hombres. Se levantaron. Y Richard Dalloway
se apartó un poco, como de costumbre, para echar
una ojeada al retrato del general, porque proyectaba, cuando
tuviera tiempo libre, escribir una historia de la familia
de Lady Bruton.
Y Millicent Bruton estaba muy orgullosa
de su familia. Pero podían esperar, podían
esperar, dijo, contemplando el cuadro; con lo que quería
decir que su familia de militares, altos funcionarios y
almirantes, había sido familia de hombres de acción
que habían cumplido con su deber; y el primordial
deber de Richard era para con la patria, aunque aquélla
era una hermosa cara, dijo Lady Bruton; y todos los papeles
estarían a disposición de Richard, en Aldmixton,
cuando llegara el momento; quería decir el gobierno
laborista.
-¡Ah, las noticias de la India!-,gritó.
Y entonces, mientras estaban en pie en
el vestíbulo cogiendo amarillos guantes de un cuenco
sobre la mesa de malaquita, y Hugh ofrecía a la señorita
Brush con cortesía absolutamente innecesaria quizás
una entrada para una función que no le interesaba
ver o cualquier otro obsequio, y la señorita Brush,
que odiaba esto desde lo más hondo de su corazón,
se ruborizaba y quedaba con la cara más roja que
un ladrillo, Richard, con el sombrero en la mano, se volvió
hacia Lady Bruton y dijo:
-¿Te veremos esta noche, en nuestra
fiesta?
Ante lo cual, Lady Bruton volvió
a revestirse de aquella magnificencia que la redacción
de la carta había hecho añicos. Quizá
fuera; quizá no fuera. Clarissa estaba dotada de
maravillosa energía. Las fiestas aterraban a Lady
Bruton. Además, se estaba haciendo vieja. Esto confesó,
en pie ante la puerta; hermosa; muy erguida; mientras su
perro chino se desperezaba a su espalda, y la señorita
Brush hacía mutis por el fondo, con las manos llenas
de papeles.
Y Lady Bruton, imponente y mayestática,
subió a su habitación y se tumbó, con
un brazo extendido, en el sofá. Suspiró, roncó,
pero esto no significaba que estuviera dormida, sino tan
sólo soñolienta y pesada, soñolienta
y pesada, como un campo de tréboles al sol de aquel
cálido día de junio, con las abejas zumbando
y las amarillas mariposas. Siempre regresaba a aquellos
campos de Devonshire, donde había saltado riachuelos
con Patty, su jaca, en compañía de Mortimer
y Tom, sus hermanos. Y allí estaban los perros; allí
estaban las ratas, allí estaban su padre y su madre
en el césped, bajo los árboles, con el servicio
de té, y los parterres de dalias, las malvas, las
hortensias, las largas briznas de grama; ¡y ellos,
los pequeños, siempre haciendo travesuras!; regresando,
colándose por entre los arbustos, para que no les
vieran con las ropas sucias o rotas, después de haber
hecho alguna barbaridad ¡Y cómo se ponía
la vieja niñera al ver cómo llevaba ella el
vestido!
Y ahora se acordó de que era miércoles
en Brook Street. Aquel par de excelentes amigos, Richard
Dalloway y Hugh Whitbread, habían salido aquel cálido
día a las calles cuyo gruñido llegaba hasta
ella, yacente en el sofá. Tenía poder, posición,
dinero. Había vivido en la vanguardia de su tiempo.
Había tenido buenos amigos; había conocido
a los hombres más capacitados de su tiempo. El rumoroso
Londres ascendía hasta ella, y su mano, descansando
en el respaldo del sofá, se cerró sobre un
imaginario bastón de mando, cual los que hubieran
podido sostener sus antepasados, y, con el bastón
de mando en la mano, soñolienta y pesada, parecía
mandar batallones camino del Canadá, y aquel par
de buenos amigos caminaban por Londres, por territorio suyo,
por aquella pequeña porción de alfombra, Mayfair.
Y se alejaron más y más de
ella, unidos a ella por un delgado hilo (puesto que habían
almorzado en su compañía) que se alargaba
y alargaba, y se hacía más y más delgado
a medida que caminaban por Londres; los amigos estaban unidos
al cuerpo de una, después de almorzar con ellos,
por un delgado hilo que (mientras se adormilaba) se hacía
impreciso, en méritos del sonido de campanas, dando
la hora o llamando a los fieles, tal como el hilo de la
araña queda manchado por las gotas de agua y el peso
le hace descender. Así se durmió.
Y Richard Dalloway y Hugh Whitbread dudaron
al llegar a la esquina de Conduit Street, en el mismo instante
en que Millicent Bruton, yacente en el sofá, permitió
que el hilo se rompiera; roncaba. Vientos contrarios chocaban
en la esquina. Miraron el escaparate de una tienda; no deseaban
comprar ni hablar, sino separarse, pero con vientos contrarios
estrellándose en la esquina, con una especie de detención
de las mareas del cuerpo, dos fuerzas que, al encontrarse,
forman un remolino, mañana y tarde, se detuvieron.
Un cartel de periódico se elevó en el aire,
valerosamente, como una cometa al principio luego se detuvo,
giró, se estremeció; y un velo de señora
quedó colgando. Los toldos amarillos temblaron. La
velocidad del tránsito matutino había disminuido
y carros aislados avanzaban traqueteando descuidadamente
por calles medio vacías. En Norfolk, en que Richard
Dalloway medio pensaba, una suave y cálida brisa
impulsó hacia atrás los pétalos, impuso
confusión en las aguas, onduló floridos céspedes.
Los segadores, que se habían tumbado bajo los arbustos
para reposar durmiendo del trabajo de la mañana,
abrieron cortinas de hojas verdes; apartaron temblorosas
hojas para ver el cielo; el azul, el fijo, el llameante
cielo veraniego.
Dándose cuenta de que contemplaba
una jarra de plata, con dos asas, del período del
rey Jacobo, y de que Hugh Whitbread admiraba condescendiente,
con aire de entendido, una gargantilla española,
cuyo precio pensaba preguntar por si acaso le gustaba a
Evelyn, Richard tenía aún una sensación
de torpor; no podía pensar ni moverse. La vida había
arrojado aquellos restos de naufragio; escaparates repletos
de objetos multicolores, y uno estaba en pie paralizado
por el letargo de los viejos, envarado por la rigidez de
los viejos, mirando. A Evelyn Whitbread quizá le
gustara comprar aquella gargantilla española, sí,
quizá. Tenía que bostezar. Hugh se disponía
a entrar en la tienda.
-¡Buena idea! -dijo Richard, y le
siguió.
Bien sabía Dios que no le gustaba
ir por el mundo comprando gargantillas con Hugh. Pero el
cuerpo tiene sus mareas. La mañana se encuentra con
la tarde. A bordo de una frágil chalupa en aguas
profundas, muy profundas, el bisabuelo de Lady Bruton, sus
memorias y sus campañas en América del Norte
naufragaron y se hundieron. Y Millicent Bruton también.
Se hundió. A Richard le importaba un pimiento la
Emigración; le importaba un pimiento aquella carta,
y que el director la publicara o no. La gargantilla colgaba
entre los admirables dedos de Hugh. Que se la diera a una
muchacha si debía comprar joyas, a cualquier muchacha,
cualquier muchacha de la calle. Sí, porque la inutilidad
de esta vida impresionaba ahora muy fuertemente a Richard.
Comprar gargantillas para Evelyn. Si hubiera tenido un hijo,
le hubiera dicho: Trabaja, trabaja. Pero tuvo a su Elizabeth;
adoraba a su Elizabeth.
-Quisiera ver al señor Dubonnet-dijo
Hugh con su acento seco y mundano.
Al parecer, este señor Dubonnet
tenía la medida del cuello de Evelyn o, más
raro aún, sabía sus gustos en materia de joyas
españolas, y lo que poseía en este renglón
(cosa que Hugh no recordaba). Todo lo cual le parecía
horriblemente extraño a Richard Dalloway. Porque
nunca ofrecía regalos a Clarissa, salvo una pulsera,
hacía dos o tres años, que no había
sido un éxito. Nunca la llevaba. Le dolía
recordar que nunca la llevaba. Y tal como el hilo de una
araña, después de andar vacilando de un sitio
a otro, se une a la punta de una hoja, el pensamiento de
Richard, saliendo de su letargo, se fijó en su esposa,
Clarissa, a quien Peter Walsh tan apasionadamente había
amado; y Richard había tenido una repentina visión
de ella, allá, durante el almuerzo; de él
y de Clarissa; de su vida en común; y se acercó
la bandeja de joyas antiguas, y cogiendo ora este broche,
ora ese anillo, preguntó:
-¿Cuánto vale esto?
Pero dudaba de su gusto. Deseaba abrir
la puerta de la sala de estar y entrar con algo en la mano;
un regalo para Clarissa. Pero, ¿qué? Hugh
volvía a estar en pie. Se comportaba con indecible
altanería. Realmente, después de ser cliente
durante treinta y cinco años, no estaba dispuesto
a ser despachado por un simple muchacho que no conocía
el oficio. Porque al parecer Dubonnet estaba fuera, y Hugh
no pensaba comprar nada hasta que el señor Dubonnet
disidiera estar presente; ante lo cual, el joven dependiente
se ruborizó, y se inclinó en breve y correcta
reverencia. Todo fue perfectamente correcto. ¡Pero
ni para salvar su vida hubiera dicho Richard algo parecido!
No podía concebir cómo era posible que aquella
gente tolerara semejantes insolencias. Hugh se estaba convirtiendo
en un intolerable asno. Richard Dalloway no podía
soportar su trato durante más de media hora. Y, levantando
en el aire el sombrero hongo a modo de despedida, Richard
dobló ansioso la esquina de Conduit Street, sí,
muy ansioso de recorrer aquel hilo de araña que le
unía a Clarissa; acudiría directamente al
lado de Clarissa, en Westminster.
Pero quería llegar con algo. ¿Flores?
Sí, flores, porque no confiaba en su gusto en materia
de oro; cualquier cantidad de flores, rosas, orquídeas,
para celebrar lo que, pensándolo bien, era un acontecimiento;
aquello que sintió por Clarissa cuando hablaron de
Peter Walsh durante el almuerzo; y nunca hablaban de aquel
sentimiento; durante años no habían hablado
de él; lo cual, pensó, sosteniendo en la mano
las rosas rojas y blancas (gran ramo con papel de seda)
es el mayor error del mundo Llega el momento en que no puede
decirse; la timidez se lo impide a uno, pensó, embolsándose
los seis o doce peniques de cambio, y poniéndose
en marcha, con el gran ramo de flores sostenido contra el
cuerpo, camino de Westminster, le impide a uno decir directamente,
en las palabras justas (pensara ella lo que pensara de él),
ofreciendo las flores, "Te quiero". ¿Por
qué? Realmente era un milagro, si se tenía
en cuenta la guerra y los miles de pobres muchachos, con
toda la vida por delante, enterrados juntos, ya medio olvidados;
era un milagro. Y ahí estaba él, caminando
por Londres, para decir a Clarissa en las palabras justas
que la amaba. Lo cual uno nunca dice, pensó. En parte,
uno es perezoso; en parte, uno es tímido. Y Clarissa...
Era difícil pensar en ella; salvo a ráfagas,
como ocurrió durante el almuerzo, cuando la vio con
total claridad; toda su vida juntos. Se detuvo en el cruce,
y repitió, debido a que era sencillo por naturaleza
y de buenas costumbres, ya que se había dedicado
al excursionismo y a la caza; debido a ser pertinaz y tozudo,
ya que había defendido a los humildes y había
seguido el dictado de sus instintos en la Cámara
de los Comunes; debido a haber conservado su sencillez,
aunque al mismo tiempo se había transformado en un
ser un tanto callado y rígido, repitió que
era un milagro que se hubiera casado con Clarissa; un milagro,
su vida había sido un milagro, pensó; mientras
dudaba si cruzar o no. Le hacía hervir la sangre
en las venas el ver a criaturitas de cinco o seis años
cruzar Piccadilly solas. La policía hubiera debido
detener el tránsito inmediatamente. Pero no se hacía
la menor ilusión acerca de la policía de Londres.
En realidad, estaba formando una lista de los errores policiales;
y tampoco debía permitirse que aquellos vendedores
ambulantes montaran su tenderete en las calles; y las prostitutas,
Dios santo, que la culpa no era de ellas, ni tampoco de
los muchachos, sino de nuestro detestable sistema social
y todo lo demás; en todo lo cual pensaba, se veía
que lo pensaba, mientras gris, firme, pulido, limpio, cruzaba
el parque, camino de decir a su esposa que la amaba.
Sí, porque lo diría con estas
mismas palabras, cuando entrara en la estancia. Porque es
una lástima muy grande no decir nunca lo que uno
siente, pensó, mientras cruzaba Green Park y observaba
con placer a familias enteras, familias pobres, tumbadas
a la sombra de los árboles; niños pataleando,
chupando leche; bolsas de papel tiradas aquí y allá,
que podían ser fácilmente recogidas (si alguien
protestaba), por uno de aquellos obesos caballeros de uniforme;
sí, ya que opinaba que todos los parques y todas
las plazas, durante los meses de verano, debían quedar
abiertos a los niños (el césped del parque
se aclaraba y marchitaba, iluminando a las pobres madres
de Westminster y a sus hijos que andaban a gatas, como si
bajo él se moviera una lámpara amarilla).
Pero no sabía lo que podía hacerse en beneficio
de las vagabundas, como aquella pobre mujer recostada, apoyada
con el codo en el suelo (corno si se hubiera arrojado al
suelo, desembarazada de todos los vínculos, para
observar con curiosidad, especular con osadía, considerar
los porqué y por lo tanto, con descaro, lacia la
boca, humorísticamente). Llevando el ramo de flores
como un arma, Richard Dalloway se acercó a la vagabunda;
observándola, pasó decidido junto a ella;
pero hubo tiempo para que se produjera una chispa entre
los dos. La vagabunda rió al verle, y él sonrió
con buen humor, considerando el problema de las vagabundas;
a pesar de que no se quejaban. Pero diría a Clarissa
que la amaba, así, lisa y llanamente. Tiempo hubo
en que tuvo celos de Peter Walsh; celos de él y de
Clarissa. Pero a menudo le había dicho Clarissa que
acertó al no casarse con Peter Walsh; lo cual, conociendo
a Clarissa, era evidentemente verdad; necesitaba apoyo.
No era débil, pero necesitaba apoyo.
En cuanto al Palacio de Buckingham (una
vieja prima donna frente al público, toda
de blanco vestida), no se le podía negar cierta dignidad,
pensó, ni despreciar lo que, a fin de cuentas, representa
para millones de individuos (una pequeña multitud
esperaba en la puerta ver salir al Rey en automóvil),
un símbolo, a pesar de que sea absurdo; un niño
con un montón de ladrillos hubiera obtenido mejores
resultados, pensó; mirando el monumento a la Reina
Victoria (a la que recordaba haber visto, con sus gafas
de concha, pasando en coche por Kensington), con su blanca
base, su claro aire maternal; pero le gustaba vivir bajo
el cetro de los descendientes de Horsa, le gustaba la continuidad,
y este ir pasando a las generaciones las tradiciones del
pasado. Era una gran época. Y, en realidad, su propia
vida era un milagro; sí, debía reconocerlo
sin sombra de duda; ahí estaba él, en el mejor
momento de su vida, camino de su casa de Westminster, para
decir a Clarissa que la amaba. La felicidad es esto, pensó.
Es esto, dijo, al entrar en Dean's Yard.
El Big Ben comenzaba a sonar, primero el aviso, musical;
luego la hora, irrevocable. Las invitaciones a almorzar
destrozan la tarde entera, pensó, acercándose
a la puerta de su casa.
El sonido del Big Ben inundó la
sala de estar de Clarissa, en donde estaba sentada, enfadada,
ante el escritorio; preocupada; enfadada. Era totalmente
cierto que no había invitado a la fiesta a Ellie
Henderson, pero lo había hecho adrede. Y ahora la
señora Marsham le había escrito que había
dicho a Ellie Henderson que le pediría a Clarissa
que la invitara, porque Ellie Henderson tenía muchas
ganas de ir a la fiesta.
Pero, ¿es que tenía que invitar
a sus fiestas a todas las mujeres aburridas de Londres?
¿Y por qué tenía que mezclarse la señora
Marsham en aquel asunto? Y ahí estaba Elizabeth,
encerrada todo este tiempo con Doris Kilman. No podía
imaginar nada más nauseabundo. Rezar a esta hora,
con aquella mujer. Y el sonido del timbre invadió
la estancia con su onda melancólica; retrocedió,
y se recogió sobre sí mismo para volver a
caer una vez más, y en este momento Clarissa oyó,
con desagrado, como un rumor o un roce en la puerta. ¿Quién
podía ser a aquella hora? ¡Dios santo, las
tres! ¡Ya eran las tres! Sí, ya que con avasalladora
franqueza y dignidad el reloj había dado las tres;
y Clarissa no oyó nada más; pero la manecilla
de la puerta giró, ¡y entró Richard!
¡Qué sorpresa! Entró Richard, con un
ramo de flores en la mano. Una vez se había portado
mal con Richard, en Constantinopla; y Lady Bruton, cuyos
almuerzos se decía eran extraordinariamente divertidos
no la había invitado. Él le ofrecía
las flores, rosas, rojas y blancas rosas. (Pero Richard
no consiguió decirle que la amaba; no con estas palabras.)
Pero qué hermosas, dijo Clarissa
cogiendo las flores. Había comprendido; había
comprendido sin necesidad de que él hablara; su Clarissa.
Las puso en jarrones sobre la repisa del hogar. Qué
hermosas son, dijo. ¿Y ha sido divertido?, preguntó.
¿Había preguntado Lady Bruton por ella? Peter
Walsh había regresado. La señora Marsham le
había escrito. ¿Debía invitar a Ellie
Henderson? Aquella mujer, la Kilman, estaba arriba.
-Sentémonos durante cinco minutos-dijo
Richard.
Todo parecía tan vacío. Todas
las sillas estaban arrimadas a la pared. ¿Por qué
lo habían hecho? Oh, era por la fiesta; no, no se
había olvidado de la fiesta. Peter Walsh había
regresado. Oh, sí; la había visitado. Y se
iba a divorciar; y estaba enamorado de una mujer de allá.
Y no había cambiado nada. Sí, ella estaba
arreglándose el vestido...
-Y pensando en Bourton-dijo.
-Hugh ha almorzado con nosotros-dijo Richard.
¡También ella lo había
visto! Lo cierto era que se estaba volviendo absolutamente
inaguantable. Comprando gargantillas para Evelyn; más
gordo que nunca; un asno inaguantable.
Pensando en Peter sentado allí,
con su corbatita de lazo, abriendo y cerrando el cortaplumas,
Clarissa dijo:
-Y he pensado: "Hubiera pedido casarme
contigo." Está exactamente igual que antes,
¿sabes?
Habían hablado de él durante
el almuerzo, dijo Richard. (Pero Richard no podía
decirle a Clarissa que la amaba. Le cogió la mano.
La felicidad es esto, pensó.) Habían escrito
una carta al Times a petición de Millicent
Bruton. Era para lo único que Hugh servía.
-¿Y nuestra querida señorita
Kilman? -preguntó ahora Richard.
Clarissa opinaba que las rosas eran absolutamente
preciosas; primero lo eran formando ramo; y ahora lo eran
por sí mismas, separadas.
-Pues la Kilrman va y llega justamente
después del almuerzo-dijo-. Elizabeth se pone colorada
y se encierran arriba. Supongo que están rezando.
¡Dios! A Richard esto no le gustaba
ni pizca; pero esas cosas desaparecen, si uno no se mete.
-Con paraguas e impermeable-dijo Clarissa.
Richard no había dicho "te
amo", pero le tenía cogida la mano. La felicidad
es esto, es esto, pensó.
-Pero, ¿por qué he de invitar
a mis fiestas a todas las mujeres aburridas de Londres?
-se lamentó Clarissa.
Y, cuando la señora Marshan daba
una fiesta, ¿acaso era ella, Clarisssa, quien determinaba
cuáles serían los invitados?
-Pobre Ellie Henderson-dijo Richard.
Era raro el que Clarissa diera tanta importancia
a sus fiestas, pensó Richard.
Pero Richard no tenía la más
leve noción acerca del aspecto que debe presentar
una sala. Sin embargo, ¿qué iba a decir?
Si a Clarissa le preocupaban tanto aquellas
fiestas, Richard no le permitiría darlas. ¿Se
arrepentía de no haberse casado con Peter? Pero Richard
tenía que irse.
Tenía que irse, dijo levantándose.
Pero se quedó inmóvil, en pie, durante un
instante, como si se dispusiera a decir algo; y Clarissa
se preguntó qué. ¿Por qué? Allí
estaban las rosas.
-¿Un comité?-le preguntó
Clarissa, en el momento en que Richard abría la puerta.
-Los armenios.
¿O quizá dijo "los albaneses"?
Y en las personas hay una cierta dignidad;
una soledad; incluso entre marido y mujer media un abismo;
y esto debe respetarse, pensó Clarissa contemplando
cómo Richard abría la puerta; se trataba de
algo de lo que una no podía desprenderse, ni quitarlo
al marido contra su voluntad, sin perder la propia independencia
el respeto hacia una misma, algo, en resumen, inapreciable.
Richard regresó con una almohada
y una manta.
-Una hora de reposo completo después
del almuerzo-dijo.
Y se fue.
¡Cuán propio de él!
Diría "Una hora de reposo completo después
del almuerzo" hasta el fin de los tiempos debido a
que el médico lo había prescrito una vez.
Era muy propio de Richard interpretar tan al pie de la letra
las prescripciones de los médicos; esto formaba parte
de aquella adorable y divina sencillez que nadie poseía
en tan alto grado; y lo que le permitió ir a sus
asuntos, mientras ella y Peter perdían el tiempo
peleándose. Y ahora ya habría recorrido la
mitad del camino a la Cámara de los Comunes, para
ocuparse de sus armenios, de sus albaneses, después
de haberla dejado a ella acomodada en el sofá, mirando
las rosas. Y la gente diría: "Clarissa Dalloway
está muy mimada." Le importaban mucho más
las rosas que los armenios. Perseguidos hasta la muerte,
mutilados, helados, víctimas de la crueldad y de
la injusticia (se lo había oído decir una
y mil veces a Richard), no, ningún sentimiento suscitaban
los albaneses en ella, ¿o eran los armenios?, pero
amaba las rosas (¿ayudaría esto a los armenios?),
las únicas flores que toleraba ver cortadas. Pero
Richard ya estaba en la Cámara de los Comunes, en
su comité, después de haber solventado todas
las dificultades de Clarissa. Pero no, esto último
no era verdad. Richard no había visto las razones
en contra de invitar a Ellie Henderson. Desde luego, Clarissa
se plegaría a los deseos de Richard. Como sea que
Richard había traído la almohada, Clarissa
se echaría... Pero, pero, ¿por qué
de repente se sentía, sin razón que pudiera
discernir, desesperadamente desdichada ? Como una persona
a la que se le ha caído una perla o un diamante en
el césped y separa con mucho cuidado las altas briznas,
aquí y allá, en vano, y por fin espía
entre las raíces, así fue Clarissa de un asunto
a otro; no, no tenía nada que ver con el hecho de
que Sally Seton dijera que Richard jamás llegaría
a ser miembro del Gabinete debido a que Richard tenía
un cerebro de segunda clase (ahora Clarissa lo recordó);
no, esto no le importaba; y tampoco se debía a Elizabeth
y Doris Kilman; estaba segura de ello. Era un sentimiento,
un sentimiento desagradable, que quizá la había
acometido a primera hora de la jornada; algo que Peter había
dicho, combinado con cierta depresión, allí,
en su dormitorio, al quitarse el sombrero; y lo que Richard
había dicho, agravó la situación, pero
¿qué había dicho Richard? Allí
estaban las rosas. ¡Sus fiestas! ¡Esto era!
¡Sus fiestas! Los dos la criticaban con muy poca base,
se reían de ella muy injustamente, por sus fiestas.
¡Esto era! ¡Esto era!
Bueno, ¿cómo iba a defenderse?
Ahora que sabía a qué era debido, se sentía
perfectamente feliz. Pensaban, o por lo menos Peter pensaba,
que a ella le gustaba lucirse, que le gustaba estar rodeada
de gente famosa, grandes apellidos, que era, pura y simplemente,
una snob. Seguramente era esto lo que creía
Peter. Richard consideraba sencillamente que era una tontería
por parte de Clarissa el que le gustara aquella excitación,
cuando le constaba que era mala para su corazón.
Lo consideraba infantil. Y los dos estaban equivocados.
Lo que a Clarissa le gustaba era la vida sencilla.
-Por esto lo hago-dijo Clarissa, hablando
en voz alta a la vida.
Como sea que yacía en el sofá,
aislada, protegida, la presencia de aquella cosa que tan
claramente sentía adquirió existencia física;
arropada con los sonidos de la calle, soleada, con cálido
aliento, murmurante, agitando las cortinas. Pero, ¿supongamos
que Peter hubiera dicho: "Sí, sí, efectivamente,
pero qué significado tienen tus fiestas"? Bien,
en este caso lo único que Clarissa podría
responder (y no cabía esperar que nadie lo comprendiera)
era: son una ofrenda. Lo cual resultaba horriblemente vago.
Pero, ¿quién era Peter para afirmar que la
vida es, coser y cantar? ¿Peter, siempre enamorado,
enamorado de la mujer de quien no debía enamorarse?
¿Qué significa tu amor?, hubiera podido preguntarle
Clarissa. Y sabía la respuesta de Peter: el amor
es lo más importante del mundo y ninguna mujer puede
llegar a comprenderlo. Muy bien. Pero, ¿acaso había
en el mundo un hombre capaz de comprenderla a ella? ¿De
comprender sus intenciones? ¿Su vida? Clarissa no
podía imaginar a Peter o a Richard tomándose
la molestia de dar una fiesta sin razón alguna.
Pero profundizando más, por debajo
de lo que la gente decía (y estos juicios ¡cuán
superficiales, cuán fragmentarios eran!), yendo ahora
a su propia mente, ¿qué significaba para ella
esa cosa que llamaba vida? Oh, era muy raro. Allí
estaba Fulano de Tal en South Kensington; Zutano, en Bayswater;
y otro, digamos, en Mayfair. Y Clarissa sentía muy
continuamente la noción de su existencia, y sentía
el deseo de reunirlos, y lo hacía. Era una ofrenda;
era combinar, crear; pero ¿una ofrenda a quién?
Quizá fuera una ofrenda por amor
a la ofrenda. De todos modos, éste era su don. No
tenía nada más que fuera importante; no sabía
pensar, escribir, ni siquiera sabía tocar el piano.
Confundía a los armenios con los turcos; amaba el
éxito; odiaba la incomodidad; necesitaba gustar;
decía océanos de tonterías; y si alguien
le preguntaba qué era el Ecuador, no sabía
contestar.
De todos modos, los días se sucedían
uno tras otro: miércoles, jueves, viernes, sábado;
una tenía que levantarse por la mañana, ver
el cielo, pasear por el parque, encontrarse con Hugh Whitbread;
y de repente llegó Peter; luego, aquellas rosas;
con esto bastaba. Después de esto, ¡qué
increíble resultaba la muerte! El que todo hubiera
de terminar; y nadie en el mundo entero llegaría
a saber lo mucho que le gustaba todo; llegaría a
saber cómo en cada instante...
Se abrió la puerta. Elizabeth sabía
que su madre estaba descansando. Entró muy silenciosamente.
Se quedó absolutamente quieta. ¿No sería
que algún mongol había naufragado ante la
costa de Norfolk (como decía la señora Hilbery),
y se había mezclado con las señoras Dalloway,
quizá cien años atrás? Sí, porque
las Dalloway, por lo general eran rubias, con ojos azules;
y Elizabeth, por lo contrario, era morena; tenía
ojos chinos en la cara pálida, misterio oriental;
era dulce, considerada, quieta. De niña, tenía
un estupendo sentido del humor; pero ahora, a los diecisiete
años, sin que Clarissa pudiera comprenderlo ni siquiera
remotamente, se había transformado en una muchacha
muy seria, como un jacinto de brillante verde, con capullos
de leve color, un jacinto sin sol.
Se estaba muy quieta y miraba a su madre;
pero la puerta había quedado entornada, y Clarissa
sabía que, más allá de la puerta, estaba
la señorita Kilman; la señorita Kilmalz con
impermeable, escuchando lo que ellas hablaban.
Sí, la señorita Kilman estaba
en pie, fuera, e iba con impermeable, pero tenía
sus razones. En primer lugar, era barato; en segundo lugar,
la señorita Kilman tenía más de cuarenta
años; y, al fin y al cabo, no se vestía para
gustar. Además, era pobre, humillantemente pobre.
De lo contrario, no hubiera aceptado empleos de gente como
los Dalloway; empleos de gentes ricas a quienes gustaba
ser amables. Y, dicho sea en justicia, el señor Dalloway
había sido amable. Pero la señora Dalloway
no. Había sido, simplemente, condescendiente. Procedía
de una familia perteneciente a la clase más indigna,
la clase de los ricos con un barniz de cultura. Tenían
cosas caras en todas partes: cuadros, alfombras, gran número
de criados. La señorita Kilman pensaba que tenía
pleno derecho a cuanto los Dalloway hacían en su
beneficio.
Pero la señorita Kilman había
sido estafada. Sí, la palabra no constituía
una exageración, porque ¿acaso una chica no
tiene derecho a cierta clase de felicidad? Y la señorita
Kilman nunca había sido feliz, por ser tan poco agraciada
y tan pobre. Y luego, cuando se le presentó una buena
oportunidad en la escuela de la señorita Dolby, vino
la guerra; y la señorita Kilman siempre había
sido incapaz de mentir. La señorita Dolby consideró
que la señorita Kilman sería más feliz
viviendo con personas que compartieran sus opiniones acerca
de los alemanes. Tuvo que irse. En realidad, su familia
era de origen alemán; su apellido se escribía
Kiehlman, en el siglo XVIII, pero su hermano murió
en la guerra. A ella la echaron porque no podía aceptar
la ficción de que todos los alemanes eran malvados.
¡Tenía amigos alemanes, y los únicos
días felices de su vida los había pasado en
Alemania! A fin de cuentas, sabía enseñar
historia. Tuvo que aceptar lo que le ofrecieran. El señor
Dalloway la descubrió, mientras ella trabajaba en
casa de los Friend. Y le permitió (lo cual fue verdaderamente
generoso por su parte) enseñar historia a su hija.
También le daba clases de cultura general y demás.
Entonces, en su vida apareció Nuestro Señor
(aquí la señorita Kilman inclinaba siempre
la cabeza). Había visto la luz hacía dos años
y tres meses. Ahora no envidiaba a las mujeres como Clarissa
Dalloway; se apiadaba de ellas.
Se apiadaba de estas mujeres y las despreciaba
desde lo más hondo de su corazón, mientras
permanecía en pie sobre la muelle alfombra, contemplando
un viejo grabado de una niña con manguito. Con tanto
lujo, ¿qué esperanza cabía albergar
de que las cosas, en general, mejorasen? En vez de yacer
en el sofá-Elizabeth había dicho: "Mi
madre está descansando"-, Clarissa Dalloway
hubiera debido estar en una fábrica, detrás
de un mostrador, ¡la señora Dalloway y todas
las demás lindas señoras!
Amarga y ardiendo, la señorita Kilman
había entrado en una iglesia hacía dos años
y tres meses. En ella oyó predicar al reverendo Edward
Whittaker, cantar a los niños del coro; había
visto descender las solemnes luces, y fuera por la música
o por las voces (cuando estaba sola, en el crepúsculo,
encontraba consuelo en el violín; pero el sonido
que la señorita Kilman producía era desgarrador;
no tenía oído), lo cierto es que los ardientes
y turbulentos sentimientos que hervían y se alzaban
en ella quedaron apaciguados mientras estaba sentada allí,
y lloró copiosamente, y visitó al señor
Whittaker en su domicilio particular, en Kensington. Era
la mano de Dios, dijo el señor Whittaker. El Señor
le había mostrado el camino. De modo que ahora siempre
que los ardientes y dolorosos sentimientos hervían
en su seno, este odio hacia la señora Dalloway, este
rencor contra el mundo, la señorita Kilman pensaba
en Dios. Pensaba en el señor Whittaker. La calma
sucedía a la rabia. Una dulce savia le corría
por las venas, se le entreabrían los labios, y, en
pie junto a la puerta, con su formidable aspecto, con el
impermeable, miraba con firme y siniestra serenidad a la
señora Dalloway, que salía de la estancia
con su hija.
Elizabeth dijo que había olvidado
los guantes. Esto se debía a que la señorita
Kilman y su madre se odiaban. Elizabeth no podía
tolerar el verlas juntas. Subió, corriendo la escalera
en busca de los guantes.
Pero la señorita Kilman no odiaba
a la señora Dalloway. Orientando la mirada de sus
grandes ojos de color grosella hacia Clarissa, mientras
observaba su rostro pequeño y rosado, su cuerpo delicado,
su frescor y su elegancia, la señorita Kilman pensaba:
¡Insensata! ¡Atontada! ¡No sabes lo que
es el dolor ni lo que es el placer! ¡Has empleado
tu vida en bagatelas! Y se alzó en ella un poderoso
deseo de avasallarla, de desenmascararla. Si hubiera podido
derribarla, se hubiera sentido mejor. Pero no era el cuerpo;
era el alma y su burla lo que deseaba someter; quería
hacer sentir su superioridad. Si pudiera hacerla llorar,
si pudiera arruinarla, humillarla, hacerla caer de rodillas,
gritando ¡Tiene usted razón! Pero esto dependía
de la voluntad de Dios, no de la voluntad de
la señorita Kilman. Tenía que ser una victoria
religiosa. Se quedó con la mirada ardiente e irritada.
Clarissa estaba verdaderamente escandalizada.
¡Esta cristiana, esta mujer! ¡Esta mujer le
había arrebatado su hija! ¡Está en contacto
con presencias invisibles! ¡Pesada, fea, vulgar, sin
dulzura ni gracia, conoce el significado de la vida!
-¿Lleva a Elizabeth a los Almacenes?-preguntó
la señora Dalloway.
La señorita Kilman dijo que sí.
Se quedaron las dos quietas allí. La señorita
Kilman no estaba dispuesta a ser amable. Siempre se había
ganado la vida. Sus conocimientos de historia moderna eran
extremadamente concienzudos. De sus menguados ingresos siempre
apartaba ciertas cantidades para donarlas a causas en las
que creía, en tanto que aquella mujer no hacía
nada, no creía en nada; educaba a su hija. . . ¡Pero
ahí estaba Elizabeth, un poco jadeante, hermosa!
Iban a los Almacenes. Y era raro advertir
la manera en que, mientras la señorita KiIman seguía
en pie, inmóvil (con el poderío y aire taciturno
de un monstruo prehistórico, armado para una guerra
primitiva), segundo a segundo el concepto de la señorita
Kilman iba disminuyendo, la manera en que el odio (que era
odio hacia ideas, no hacia personas) se desmoronaba la manera
en que la señorita Kilman perdía malignidad,
perdía tamaño, iba transformándose,
segundo a segundo, en sólo la señorita Kilman,
con impermeable, a la que ciertamente Clarissa hubiera querido
ayudar.
Ante este desvanecimiento del monstruo,
Clarissa se echó a reír. Al decir adiós,
se rió.
Y las dos juntas, la señorita Kilman
y Elizabeth salieron y bajaron los peldaños.
En un súbito impulso, con violenta
angustia, por cuanto aquella mujer le estaba arrebatando
a su hija, Clarissa se inclinó sobre la barandilla
y gritó:
-¡Acuérdate de la fiesta!
¡Acuérdate de la fiesta de esta noche!
Pero Elizabeth ya había abierto
la puerta de la calle; pasaba un camión; no contestó.
¡Amor y religión!, pensó
Clarissa, con el cuerpo estremecido, al regresar a la sala.
¡Cuán detestables, cuán detestables
eran! Porque ahora que el cuerpo de la señorita Kilman
no estaba ante ella, la idea la abrumó. Las realidades
más crueles del mundo, pensó, al verlas torpes,
ardientes, dominantes, hipócritas, subrepticiamente
vigilantes, celosas, infinitamente crueles y carentes de
escrúpulos, allí, con impermeable, en el vestíbulo;
amor y religión. ¿Acaso había intentado
ella alguna vez, convertir a alguien? ¿Acaso no deseaba
que cada persona fuera, simplemente, ella misma? Y por la
ventana contemplaba a la vieja señora de enfrente
que subía la escalera. Que subiera la escalera, si
quería; que se detuviera, si quería; y, luego,
si quería, que llegara a su dormitorio, cual Clarissa
le había visto hacer a menudo, que descorriera las
cortinas y que desapareciera por el fondo. En cierta manera,
una respetaba aquello a la vieja mirando por la ventana,
totalmente ignorante de que era contemplada. Algo solemne
había en ello, pero el amor y la religión
destruirían aquello, fuera lo que fuese, la intimidad
del alma quizá. La odiosa Kilman lo destruiría.
Sin embargo, era una visión que a Clarissa le daba
ganas de llorar.
El amor también destruía.
Todo lo bello, todo lo verdadero desaparecía. Por
ejemplo, ahí estaba Peter Walsh. Un hombre encantador,
inteligente, con ideas acerca de todo. Si una quería
hablar de Pope, por ejemplo, o de Addison, o sencillamente
hablar de cosas intrascendentes o del modo de ser de la
gente, o del significado de las cosas, Peter sabía
más que nadie; Peter, que tantos libros le había
prestado. Pero había que ver a las mujeres que amaba,
vulgares, triviales, ordinarias. Había que ver a
Peter enamorado. . . La visitaba, después de tantos
años, ¿y de qué le hablaba? Él,
nada menos que él. ¡Horrenda pasión!,
pensó Clarissa. ¡Degradante pasión!
se dijo, pensando en la Kilman y su Elizabeth camino de
los Almacenes Army and Navy.
El Big Ben dio la media.
Qué extraordinario fue, raro, sí,
conmovedor, ver a la vieja señora (eran vecinas desde
hacía largos años) apartarse de la ventana,
como si estuviera unida a aquel sonido, con un hilo. Pese
a ser gigantesco, algo tenía que ver el sonido con
la vieja señora. Abajo, abajo, en mitad de las cosas
ordinarias, descendió el dedo, dando solemnidad al
momento. La vieja señora quedó obligada, imaginó
Clarissa, por aquel sonido, a moverse, a irse, pero, ¿a
dónde? Clarissa intentó seguirla, cuando dio
la vuelta y desapareció, y aún podía
vislumbrar el blanco gorro moviéndose en el fondo
del dormitorio. Todavía estaba allí, moviéndose
en el extremo opuesto del cuarto. ¿A santo de qué
los credos, las plegarias y los impermeables cuando, pensó
Clarissa, esto es el milagro, esto es el misterio?; quería
decir la vieja dama, a la que podía ver yendo de
la cómoda a la mesilla tocador. Todavía podía
verla. Y el supremo misterio, que la Kilman quizá
dijera había resuelto, o que Peter quizá dijera
había resuelto, aunque Clarissa creía que
no tenían la más leve idea de la solución,
era sencillamente éste: aquí había
una habitación; allá, otra. ¿Acaso
esto lo solucionaba la religión, el amor?
El amor... Pero he aquí que el otro
reloj, el reloj que siempre daba la hora dos minutos después
del Big Ben, hizo acto de presencia con el regazo lleno
de mil cosas diferentes, que dejó caer, como si nada
se pudiera objetar al Big Ben, dictando la ley con su majestad,
tan solemne, tan justo, aunque también era cierto
que Clarissa, además, tenía que recordar muchas
cosas menudas -la señora Marsham, Ellie Henderson,
los vasos para los sorbetes-, todo género de pequeñas
cosas que acudían en tropel, saltando y bailando
tras la estela de aquella solemne campanada que yacía
plana, como una barra de oro sobre el mar. La señora
Marsham, Ellie Henderson, los vasos para los sorbetes: Debía
telefonear inmediatamente.
Voluble turbulento, el tardío reloj
sonó, tras la estela del Big Ben, con el regazo lleno
de bagatelas. Golpeados, quebrados por el ataque de los
carruajes, por la brutalidad de los camiones, por el ávido
avance de miríadas de hombres angulosos, de mujeres
vistosas, por las cúpulas y agujas de edificios oficiales
y hospitales, los últimos restos de los misceláneos
objetos que llenaban el regazo parecieron chocar como la
espuma de una ola fenecida contra el cuerpo de la señorita
Kilman, quieta en la calle durante un instante para musitar:
"Es la carne."
La carne era lo que debía dominar.
Clarissa Dalloway la había injuriado. Era de esperar.
Pero ella no había triunfado; ella no había
dominado la carne. Era fea y torpe, y Clarissa Dalloway
se había reído de ella por serlo; y había
resucitado sus carnales deseos, ya que le molestaba tener
tal aspecto al lado de Clarissa. Y tampoco podía
hablar tal como lo había hecho. Pero, ¿por
qué deseaba parecerse a ella? ¿Por qué?
Despreciaba a la señora Dalloway desde lo más
profundo de su corazón. No era seria. No era buena.
Su vida era un entramado de vanidades y engaños.
Sin embargo, Doris Kilman había sido avasallada.
En realidad, muy poco le faltó para echarse a llorar
cuando Clarissa Dalloway se rió de ella.
-Es la carne, es la carne-murmuró.
Porque tenía el hábito de
hablar en voz alta, para sí. E intentaba dominar
este turbulento y doloroso sentimiento, mientras avanzaba
por Victoria Street. Rezaba a Dios. No podía evitar
el ser fea; no podía permitirse el comprar lindos
vestidos. Clarissa Dalloway se había reído.
Pero ella concentraría su mente en cualquier otra
cosa hasta llegar al buzón. De todos modos, le quedaba
Elizabeth. Pensaría en otras cosas, pensaría
en Rusia hasta llegar al buzón.
Qué bien se está seguramente
en el campo, dijo, tal como le había dicho el señor
Whittaker, luchando para dominar aquel violento resentimiento
contra el mundo que se había burlado de ella, que
había hecho mofa de ella, que la había exiliado,
comenzando con aquella indignidad, la indignidad de infligirle
un cuerpo desagradable cuya visión la gente no podía
soportar. Peinárase como se peinara, su frente seguía
pareciéndose a un huevo, blanca y desguarnecida.
No había vestido que le sentara bien. Fuese cual
fuere el vestido que se comprara. Y, naturalmente, para
una mujer esto significaba no conocer jamás a un
miembro del sexo opuesto. Para ninguno de ellos sería
jamás importante. A veces últimamente tenía
la impresión de que, con la salvedad de Elizabeth,
sólo vivía para la comida; sus consuelos;
su cena, su té; la botella de agua caliente por la
noche. Pero era preciso luchar, vencer, tener fe en Dios.
El señor Whittaker le había dicho que ella
tenía una finalidad en el mundo. ¡Pero nadie
sabía su dolor! Indicando el crucifijo, el señor
Whittaker le dijo que Dios lo sabía. Pero, ¿por
qué tenía ella que sufrir cuando otras mujeres,
como Clarissa Dalloway, lo evitaban? A través del
sufrimiento se alcanza el conocimiento, decía el
señor Whittaker.
Había rebasado el buzón,
y Elizabeth había entrado en el fresco y pardo departamento
de tabacos de los Almacenes Army and Navy, mientras
ella murmuraba para sí lo que el señor Whittaker
había dicho acerca de la adquisición del conocimiento
a través del sufrimiento y la carne.
-La carne-murmuró.
Elizabeth la interrumpió: ¿a
qué departamento quería ir?
-Enaguas-dijo con brusquedad, y se metió
sin vacilar en el ascensor.
Subieron. Elizabeth la guió por
aquí y por allá; la guió en su estado
de abstracción, como si fuera una niña grande,
un buque de guerra de difícil gobierno. Allí
estaban las enaguas, castañas, decorosas, a rayas,
frívolas recias, sutiles; y escogió, abstraída,
con aire importante, y la dependienta que la atendía
la juzgó loca.
Elizabeth estaba un tanto intrigada, mientras
hacían el paquete, preguntándose en qué
pensaría la señorita Kilman. Tenían
que tomar el té, dijo la señorita Kilman,
volviendo a la realidad, dominándose. Tomaron el
té.
Elizabeth estaba un tanto intrigada, preguntándose
si era posible que la señorita Kilman estuviera hambrienta.
Se debía a su manera de comer, de comer con intensidad,
y de mirar después, una y otra vez, la bandeja de
azucarados pastelillos en la mesa contigua, después,
cuando una señora y un niño se sentaron a
la mesa, y el niño cogió un pastelillo, ¿afectó
esto a la señorita Kilman? Sí, la afectó.
Había deseado aquel pastelillo, el de color rosado.
El placer de comer era casi el único placer puro
que le quedaba, ¡e incluso en esto era burlada!
Cuando las personas son felices tienen
una reserva a la que acudir, había dicho a Elizabeth,
en tanto que ella era como una rueda sin neumático
(amaba las metáforas así) estremecida por
todos los guijarros. Esto dijo, después de la lección,
en pie junto al fuego del hogar, con su bolsa repleta de
libros, su "cartera de colegial", como decía
ella, un martes por la mañana, al término
de la lección. Y también habló de la
guerra. A fin de cuentas, había gentes que no creían
que los ingleses tuvieran siempre la razón. Había
libros. Había reuniones. Había otros puntos
de vista. ¿Le gustaría a Elizabeth ir con
ella a escuchar a Fulano de Tal? (un viejo de aspecto tremendamente
extraordinario). Después la señorita Kilman
la llevó a cierta iglesia de Kensington donde tomaron
el té con un clérigo. La señorita Kilman
prestaba libros a Elizabeth. El derecho, la medicina, la
política, todas las profesiones están abiertas
a las mujeres de tu generación, decía la señorita
Kilman. Pero, en cuanto a sí misma hacía referencia,
su carrera había quedado totalmente destruida; ¿y
acaso la culpa había sido suya? Dios santo, dijo
Elizabeth, no.
Y su madre entraba diciendo que había
recibido una cesta procedente de Bourton, y que si la señorita
Kilman quería flores. Su madre siempre trataba con
mucha, mucha amabilidad a la señorita Kilman, pero
la señorita Kilman formaba un apretujado haz de flores,
y no sabía sostener una conversación ligera,
y lo que interesaba a la señorita Kilman aburría
a su madre, y ella y la señorita Kilman eran terriblemente
amigas; y la señorita Kilman se hinchaba y parecía
muy vulgar, pero la señorita Kilman era tremendamente
inteligente. Elizabeth nunca había pensado en los
pobres. Tenían cuanto deseaban: su madre se desayunaba
en cama todos los días; Lucy le servía el
desayuno; y le gustaban las viejas porque eran duquesas,
descendientes de algún Lord. Pero la señorita
Kilman dijo (uno de aquellos martes por la mañana,
al término de la lección): "Mi abuelo
tenía una tienda de pinturas en Kensington."
La señorita Kilman era muy diferente a todas las
mujeres que conocía; la hacía sentir a una
muy insignificante.
La señorita Kilman se tomó
otra taza de té. Elizabeth, con su aire oriental,
su inescrutable misterio, estaba sentada perfectamente erguida:
no, no quería nada más. Buscó los guantes,
sus guantes blancos. Estaban debajo de la mesa. Pero, ¡ah!,
tenía que irse. ¡La señorita Kilman
no quería dejarla partir! ¡No quería
dejar partir a aquel ser juvenil, a aquella hermosa muchacha
a la que tan sinceramente amaba! La gran mano de la señorita
Kilman se abrió y se cerró sobre la mesa.
Pero quizá todo comenzara a ser
un poco aburrido pensó Elizabeth. Y realmente tenía
ganas de irse.
Pero la señorita Kilman dijo:
-No he terminado todavía.
Naturalmente, Elizabeth decidió
esperar. Pero, allí el ambiente estaba un tanto cargado.
-¿Irás a la fiesta de esta
noche?-preguntó la señorita Kilman.
Elizabeth pensaba que seguramente sí;
su madre quería que fuera. No debía permitir
que las fiestas la absorbieran, dijo la señorita
Kilman, cogiendo con los dedos la última porción
de un pastel de chocolate.
Las fiestas no la entusiasmaban, dijo Elizabeth.
La señorita Kilman abrió la boca, proyectó
levemente el mentón al frente y tragó la última
porción del pastel de chocolate, limpiándose
después los dedos, y revolviendo el té.
Se dio cuenta de que Elizabeth iba a separarse
de ella. La angustia fue terrible. Si pudiera cogerla, si
pudiera abrazarla, si pudiera hacerla absolutamente suya
para siempre y luego morir; sólo esto quería.
Pero estar sentada allí, incapaz de pensar algo que
decir; ver cómo Elizabeth se ponía en contra
de ella; sentir que era repelente incluso para Elizabeth...
Esto era demasiado; no pedía soportarlo. Los gruesos
dedos se engañaron.
-Yo nunca voy a fiestas-dijo la señorita
Kilman, sólo para evitar que Elizabeth se fuera-.
No me invitan.
Y mientras lo decía, pensaba que
este egotismo era la causa de todos sus males; el señor
Whittaker se lo había advertido; pero no podía
evitarlo. Había sufrido tan horriblemente.
-¿Y por qué van a invitarme?-dijo-.
Soy fea, soy desdichada.
Le constaba que estas palabras eran una
idiotez. Pero aquella gente que pasaba-gente con paquetes
que la despreciaba-la obligaron a decirlas. De todos modos,
ella era Doris Kilman. Tenía título académico.
Era una mujer que había desarrollado su carrera en
el mundo. Sus conocimientos de historia moderna eran más
que respetables.
-No me compadezco de mí misma-dijo.
"Me compadezco", había
querido decir, "de tu madre", pero no, no podía
decir esto a Elizabeth.
-Compadezco mucho más a otra gente.
Como un ser atontado que ha sido puesto
ante un portón con finalidades ignoradas y que está
allí, deseando huir al galope, Elizabeth Dalloway
siguió sentada en silencio. ¿Iba la señorita
Kilman a decir algo más? Con voz temblorosa, la señorita
Kilman dijo:
-No te olvides completamente de mí.
En el lejano límite del campo, el
ser atontado galopaba aterrado.
La gran mano se abrió y se cerró.
Elizabeth volvió la cabeza. Se acercó
la camarera. Había que pagar en el mostrador, dijo
Elizabeth, y se fue, sacándole, sintió la
señorita Kilman, las mismísimas entrañas
de su cuerpo, y tirando de ellas al cruzar la habitación,
y después, con un último tirón, inclinó
muy cortés la cabeza y desapareció.
Se había ido. La señorita
Kilman quedó sentada ante la mesa de mármol,
entre los pasteles de chocolate, estremecida una, dos, tres
veces por oleadas de sufrimiento. Se había ido. La
señora Dalloway había triunfado. Elizabeth
se había ido. La belleza se había ido, la
juventud se había ido.
Y ella había quedado sentada allí.
Se levantó, anduvo con torpe andar por entre las
mesillas, balanceándose ligeramente, y alguien fue
detrás de ella con el paquete con la enagua, y se
perdió, y quedó perdida entre baúles
especialmente preparados para ser transportados a la India;
luego se encontró en la sección de canastillas
y ropas de recién nacido; se encontró entre
todas las mercaderías del mundo, perecederas y permanentes,
jamones, medicamentos, flores, papelería, de diversos
olores, ora dulces y ora amargos, y por entre ellas anduvo
torpemente; se vio caminando así, con el sombrero
torcido, muy roja la cara, de cuerpo entero en un espejo;
y por fin salió a la calle.
La torre de la catedral de Westminster
se alzó ante ella, habitáculo de Dios. En
mitad del tránsito estaba el habitáculo de
Dios. Pertinaz, emprendió con su paquete el camino
hacia aquel otro santuario, la Abadía, en donde,
unidas las manos en forma de tienda de campaña, alzadas
ante su rostro, estuvo sentada entre aquellos otros asimismo
allí cobijados; entre los fieles de diversa condición,
despojados ahora de su rango social, casi de su sexo, alzadas
las manos ante sus rostros; pero tan pronto las apartaban,
instantáneamente reverentes hombres y mujeres de
la clase media inglesa, algunos ansiosos de contemplar las
imágenes de cera.
Sin embargo, la señorita Kilman
mantuvo la tienda de campaña ante su cara. Ya quedaba
abandonada, ya otros se le unían. Nuevos fieles llegaban
de la calle y substituían a los desertores, y seguía,
mientras la gente miraba alrededor, y arrastrando los pies
pasaba ante la tumba del Soldado Desconocido, seguía
tapándose los ojos con los dedos, intentando, en
esta doble oscuridad, ya que la luz de la Abadía
era incorporal, elevarse por encima de las vanidades, de
los deseos, de los bienes materiales, liberándose
tanto del odio como del amor. Sus manos se engarfiaron.
Parecía luchar. Sin embargo, para otros, Dios era
accesible, y suave el camino que a Él conducía.
El señor Fletcher, jubilado funcionario de Hacienda,
y la señora Gorham, viuda del famoso Consejero Real,
se acercaron a Él sencillamente, y, después
de haber orado, se reclinaron en el asiento y gozaron de
la música (dulce sonaba el órgano), y vieron
a la señorita Kilman en el extremo del banco, rezando
y rezando, y, por hallarse todavía en el vestíbulo
de su inframundo, comprensivamente la juzgaron un alma que
vagaba por su mismo territorio; un alma hecha de substancia
etérea; no una mujer, un alma.
Pero el señor Fletcher tenía
que irse. Tenía que pasar ante la señorita
Kilman y, siendo cual era un hombre repulido, no pudo evitar
cierta lástima ante el desorden de aquella pobre
señora; con el cabello desgreñado; el paquete
en el suelo. No le dejó pasar de buenas a primeras.
Pero el señor Fletcher se quedó allí,
mirando alrededor, mirando los blancos mármoles,
los grises ventanales, y los muchos tesoros acumulados allí
(estaba extremadamente orgulloso de la Abadía, el
señor Fletcher), y, entonces, la corpulencia de la
señorita Kilman, su robustez y su fuerza, mientras
estaba allí sentada moviendo de vez en cuando las
rodillas (tan áspero era el camino que la acercaba
a Dios, tan fuertes sus deseos) le impresionaron, tal como
habían impresionado a la señora Dalloway (quien
no pudo apartar a la señorita Kilman de su pensamiento
en toda la tarde), al reverendo Edward Whittaker, y también
a Elizabeth.
Y Elizabeth esperaba el autobús
en Victoria Street. Era muy agradable hallarse al aire libre.
Pensaba que quizá no tenía por qué
ir ya directamente a casa. Era tan agradable hallarse al
aire libre. Sí, tomaría un autobús.
Sin embargo, mientras estaba allí con sus tan bien
cortadas ropas, ya comenzaba... Ya comenzaba la gente a
compararla con álamos, con la aurora, con jacintos,
con gráciles aves, con agua viva, con lirios; y esto
transformaba su vida en una carga, ya que prefería
mucho más que la dejaran en paz, sola en el campo,
para hacer lo que le viniera en gana, pero la comparaban
con los lirios, y tenía que ir a fiestas, y Londres
era sórdido, en comparación con estar sola
en el campo con su padre y los perros.
Los autobuses descendían raudos,
se detenían, volvían a ponerse en marcha,
formando brillantes caravanas pintadas en destellantes colores
rojo y amarillo. Pero, ¿cuál de ellos debía
tomar? No tenía preferencias. Aunque, desde luego,
no iba a precipitarse. Tenía tendencia a la pasividad.
Lo que necesitaba era expresión, aunque sus ojos
eran hermosos, chinos, orientales, y, tal como decía
su madre, con unos hombros tan gráciles y gracias
a ir siempre muy erguida, daba siempre gusto contemplarla;
y últimamente, en especial al atardecer, cuando sentía
interés, porque nunca causaba la impresión
de estar excitada, parecía muy hermosa, muy señorial,
muy serena. ¿Qué podía pensar? Todos
los hombres se enamoraban de ella, y ella se sentía
terriblemente fastidiada. Sí, porque comenzaba. Su
madre se daba cuenta, la ronda de los cumplidos comenzaba.
El hecho de que careciera de interés -por ejemplo,
en los vestidos- preocupaba a veces a Clarissa, aunque quizá
no hubiera motivo para ello, si se pensaba en aquellos animalillos
suyos, y los conejos de indias enfermos, y, a fin de cuentas,
esto le daba cierto encanto. Y ahora había surgido
esta extraña amistad con la señorita Kilman.
Bueno, pensó Clarissa hacia las tres de la madrugada,
mientras leía al Barón Marbot porque no podía
dormir, esto demuestra que tiene corazón.
De repente, Elizabeth avanzó y,
con gran habilidad, subió al autobús antes
que todos los demás. Se sentó en lo alto.
El impetuoso ser-un pirata- se lanzó hacia delante,
dio un salto al frente; Elizabeth tuvo que cogerse a la
barandilla, ya que aquel pirata era temerario, sin escrúpulos,
descendía sin piedad, giraba peligrosamente, arrebataba
a un pasajero, o ignoraba a un pasajero, se deslizaba como
una anguila, arrogante, y avanzaba luego insolente, desplegadas
todas las velas, hacia Whitehall. ¿Y acaso Elizabeth
pensó siquiera una vez en la pobre señorita
Kilman que la amaba sin celos, y para quien había
sido como un pájaro en el aire, como una luna en
el prado? Era para ella una delicia el sentirse libre. El
aire fresco era delicioso. Estaba tan cargado el ambiente
en los Almacenes Army and Navy . Y ahora el ascender
velozmente hacia Whitehall era como montar a caballo y ante
cada movimiento del autobús el hermoso cuerpo con
el vestido leonado reaccionaba libremente, como el de un
jinete, como el mascarón de proa de un buque y la
brisa la despeinaba un poco; el calor daba a sus mejillas
la palidez de la madera pintada de blanco; y sus hermosos
ojos, que no tenían otros ojos a los que mirar, miraban
al frente, sin expresión, luminosos, con la contemplativa
e increíble inocencia de una escultura.
Era siempre aquel hablar tanto de sus penas
lo que hacía tan difícil el trato con la señorita
Kilman. ¿Y llevaba acaso razón? Si se trataba
de ser miembro de comités y de dedicar horas y horas
todos los días (en Londres, casi nunca le veía)
para ayudar a los pobres, su padre hacía esto, ciertamente,
o sea, lo que la señorita Kilman quería decir
cuando hablaba de ser cristiano; sin embargo, era muy difícil
decir estas palabras. Le gustaría ir un poco más
lejos. ¿Un penique más era lo que costaba
ir hasta el Strand? Pues si así era, ahí estaba
el otro penique. Iría hasta el Strand.
Le gustaba la gente enferma. Y todas las
profesiones están abiertas a la mujeres de tu generación,
decía la señorita Kilman. Podía ser
médico. Podía ser granjero. Los animales a
menudo enferman. Podía ser propietaria de mil acres
y tener subordinados. Los visitaría en sus casas.
Esto era Somerset House. Una podía ser un granjero
muy bueno, y esto, cosa rara, aunque parte de la responsabilidad
recaía en la señorita Kilman, se debía
casi por entero a Somerset House. Tenía un aspecto
espléndido, tan serio, aquel gran edificio gris.
Y le gustaba la sensación de ver trabajar a la gente.
Le gustaban aquellas iglesias, como formas de papel gris,
frente al caudal del Strand. Aquel paraje era distinto de
Westminster pensó bajando en Chancery Lane. Era una
zona seria activa. En resumen, le gustaría tener
una profesión. Seria médico, granjero, posiblemente
ocuparía un escaño en el Parlamento si lo
juzgaba necesario, y todo debido al Strand.
Los pies de aquella gente dedicada a desarrollar
sus actividades, las manos poniendo piedra sobre piedra,
las mentes eternamente ocupadas, no en triviales parloteos
(comparar a las mujeres con álamos, lo cual era bastante
agradable, desde luego, pero muy tonto), sino en pensamientos
de barcos, de negocios, de leyes, de administración;
todo era tan serio (estaba en el Temple), alegre (allí
estaba el río), pío (allí estaba la
iglesia) y que le infundió la firme decisión,
dijera lo que dijese su madre de ser granjero o médico.
Pero, desde luego, era perezosa.
Y más valía no hablar del
asunto. Parecía una tontería tan grande. Era
la clase de cosa que a una le ocurría cuando estaba
sola, entre edificios sin nombre de arquitecto, entre muchedumbres
que regresaban del centro de la ciudad y que tenían
más poder que los clérigos solos en Kensington,
más poder que cualquiera de los libros que la señorita
Kilman le había prestado, para estimular lo que yacía
dormido, torpe y tímido en el arenoso suelo de la
mente, para abrir brecha en la superficie, tal como de repente
un niño estira los brazos; era solamente esto, quizás,
un suspiro, un estirar los brazos, un impulso, una revelación,
que produce efectos para siempre, y luego descendía
y se posaba en el suelo arenoso. Tenía que volver
a casa. Tenía que vestirse para la cena. Pero, ¿qué
hora era? ¿Dónde había un reloj?
Miró al frente, hacia Fleet Street.
Anduvo un poco, sólo un poco, hacia St. Paul, tímidamente,
como alguien que penetra de puntillas, que explora
una casa extraña por la noche a la luz de una vela,
con el temor de que el dueño de la casa abra de repente
de par en par las puertas de su dormitorio y le pregunte
a una qué hace allí, y no se atrevió
a derivar hacia extrañas callejuelas, tentadoras
calles laterales, cual no se atrevería en una casa
extraña a abrir puertas que bien podrían ser
puertas de dormitorios, o puertas de salas de estar, o puertas
directamente conducentes a la bodega. Porque los Dalloway
no iban todos los días al Strand; era una pionera,
una extraviada, que se había aventurado confiada.
En muchos aspectos, opinaba su madre, ella
era extremadamente inmadura, todavía como una niña,
encariñada con muñecas, con viejas zapatillas;
una perfecta cría; y esto era encantador. Pero desde
luego en la familia Dalloway imperaba la tradición
del servicio a la nación. Abadesas, rectoras, directoras
de escuela, dignatarias, en la república de las mujeres-sin
que ninguna de ellas fuera brillante-, esto eran. Avanzó
un poco más en dirección a St. Paul. Le gustaba
la afabilidad, la hermandad, la maternidad, de aquella barahúnda.
Le parecía buena. El ruido era tremendo; y de repente
sonaron trompetas (los sin trabajo) agudas, elevándose
por encima de la barahúnda; música militar;
como en un desfile; sin embargo, habían estado muriendo;
si una mujer hubiera exhalado su último aliento,
y quienquiera que fuera el que lo contemplara abriera la
ventana del cuarto en el que la mujer acababa de realizar
aquel acto de suprema dignidad y mirara hacia abajo, hacia
Fleet Street, aquella barahúnda, aquella música
militar, llegaría triunfante hasta él, consoladora,
indiferente.
No era algo consciente. No había
en ello una revelación del destino o del hado
de uno, y precisamente en méritos de esta mismísima
razón, incluso para aquellos deslumbrados por la
contemplación de los últimos temblores de
conciencia en el rostro de los moribundos, era consolador.
El olvido de la gente puede herir, su ingratitud
puede corroer, pero esta voz, murmurando sin cesar, año
tras año, lo absorbería todo; este voto; este
camión; esta vida; esta procesión; todo lo
envolvería y lo arrastraría, tal como en el
duro caudal del glaciar el hielo apresa una esquirla de
hueso, un pétalo azul, unos robles, y los arrastra
consigo.
Pero era más tarde de lo que había
creído. A su madre no le gustaría que ella
se entregara a este vagabundeo sola. Volvió al Strand.
Un soplo de brisa (a pesar del calor hacía
bastante viento) deslizó un negro velo sobre el sol
y sobre el Strand. Las caras se difuminaron; los autobuses
perdieron de repente su esplendor. Y, a pesar de que las
nubes eran montañosamente blancas, de modo que daban
ganas de cortar de ellas duras porciones con un hacha, con
anchas laderas doradas, prados de celestiales jardines placenteros
en los flancos, y tenían todas las apariencias de
invariables habitáculos dispuestos para una conferencia
de los dioses acerca del mundo, se daba un perpetuo movimiento
entre ellas. Se intercambiaban señales cuando, como
si se tratara de cumplir un plan trazado de antemano, ya
vacilaba una cumbre, ya un bloque de piramidal volumen que
inalterable había permanecido en su puesto avanzaba
hacia el centro, o encabezaba gravemente la procesión
hacia un nuevo punto de anclaje. A pesar de parecer fijas
en sus lugares, descansando en perfecta unanimidad, nada
podía ser más puro, más libre, más
superficialmente sensible, que la superficie blanca como
la nieve, o vívidamente dorada; cambiar, quitar,
desmantelar el solemne ensamblaje era inmediatamente posible;
y, a pesar de la grave fijeza de la acumulada robustez y
solidez, ya proyectaban luz sobre la tierra, ya oscuridad.
Con calma y competencia, Elizabeth Dalloway
subió al autobús de Westminster.
Yendo y viniendo, guiñando, haciendo
señales, así veía Septimus Warren Smith,
yacente en el sofá de la sala de estar, las luces
y las sombras que ora ponían la pared gris, ora los
plátanos de vivo amarillo, ora el Strand gris, ora
los autobuses de vivo amarillo; veía el acuoso dorado
resplandecer y apagarse, con la pasmosa sensibilidad de
un ser vivo, sobre las rosas del papel de la pared. Fuera,
los árboles arrastraban sus hojas cual redes por
las profundidades del aire; había sonido de agua
en la estancia, y a través de las olas llegaban las
voces de pájaros cantores. Todas las potencias derramaban
sus tesoros sobre la cabeza de Septimus, y su mano reposaba
allí, en el respaldo del sofá, tal como la
había visto reposar al bañarse, flotando,
sobre las olas, mientras a lo lejos, en la playa, oía
ladrar a los perros, ladrar a lo lejos. Deja de temer, dice
el corazón en el cuerpo; deja de temer.
No tenía miedo. En todo instante,
la naturaleza expresaba mediante una riente insinuación,
cual aquel punto dorado que daba la vuelta a la pared -allí,
allí, allí-, su decisión de revelar,
agitando sus plumas, sacudiendo su cabellera, ondeando su
manto hacia aquí y hacia allá, hermosamente,
siempre hermosamente, y acercándose para musitar
por entre las manos ahuecadas ante la boca palabras de Shakespeare,
su significado.
Rezia, sentada ante la mesa y haciendo
girar en las manos un sombrero, contemplaba a Septimus;
le vio sonreír. Era, pues, feliz. Pero Rezia no podía
tolerar verle sonreír. Aquello no era un matrimonio;
no era ser el esposo de una el tener siempre aquel aspecto
tan raro, siempre con sobresaltos, riendo, sentado hora
tras hora en silencio, o agarrándola y diciéndole
que escribiera. El cajón de la mesa estaba lleno
de aquellos escritos; acerca de la guerra; acerca de Shakespeare;
acerca de grandes descubrimientos; acerca de la inexistencia
de la muerte. Últimamente Septimus se excitaba mucho
de repente y sin razón (y tanto el doctor Holmes
como Sir William Bradshaw decían que la excitación
era lo peor que podía ocurrirle a Septimus), y agitaba
las manos, y gritaba que sabía la verdad. ¡Lo
sabía todo! Aquel hombre, aquel amigo suyo al que
mataron, Evans, había venido, decía. Evans
cantaba detrás del biombo. Rezia lo escribía,
a medida que Septimus se lo decía. Algunas cosas
eran muy hermosas; otras, pura tontería. Y Septimus
siempre se paraba a mitad, cambiaba de opinión, quería
añadir algo, oía algo nuevo, escuchaba con
la mano levantada. Pero Rezia no oía nada.
Y una vez encontraron a la chica encargada
de limpiar la habitación leyendo uno de estos papeles
y riendo a carcajadas. Fue horroroso. Esto fue causa de
que Septimus gritara algo acerca de la humana crueldad,
acerca de hacerse trizas mutuamente la gente. A los caídos
dijo, los hacen trizas. "Holmes nos anda a la caza",
decía, y se inventaba historias respecto a Holmes;
Holmes comiendo porridge ; Holmes leyendo a Shakespeare,
riéndose a carcajadas o rugiendo de rabia,
ya que el doctor Holmes representaba algo horrible para
Septimus. "Naturaleza humana", le llamaba. Luego,
estaban las visiones. Se había ahogado, decía,
y yacía en su acantilado, con las gaviotas lanzando
chillidos sobre su cuerpo. Miraba por encima del borde del
sofá y veía el mar abajo. O bien oía
música. En realidad, se trataba de un organillo o
de un hombre gritando en la calle. "¡Qué
hermoso!" solía gritar, y las lágrimas
le resbalaban por las mejillas, lo cual era para Rezia lo
más horrible, sí, era horrible ver a un hombre
como Septimus, que había luchado y que era valeroso,
llorar así. Y yacía, escuchando, hasta que
de repente gritaba que se caía, ¡que se caía
en las llamas! Y realmente Rezia miraba en busca de llamas,
tan cierto parecía. Pero nada había. Estaban
solos en el cuarto. Era un sueño, le decía
Rezia, con lo que le tranquilizaba al fin, pero a veces
también ella quedaba aterrada. Rezia suspiró,
mientras cosía.
Su suspiro fue tierno y encantador, como
la brisa en un bosque al atardecer. Ahora dejó las
tijeras; ahora se volvió para coger algo que estaba
en la mesa. Un leve movimiento, un leve tintineo, un leve
golpe, creó algo allí, en la mesa en que Rezia
cosía. Por entre las pestañas Septimus podía
ver la borrosa silueta de Rezia; su cuerpo menudo y negro;
su cara y sus manos; sus movimientos hacia la mesa, al coger
un carrete o al buscar (solía perder las cosas) la
seda. Estaba confeccionando un sombrero para la hija casada
de la señora Filmer, que se llamaba... Había
olvidado su nombre.
-¿Cómo se llama la hija casada
de la señora Filmer?-preguntó.
-Señora Peters-dijo Rezia.
Y añadió que temía
que el sombrero fuera demasiado pequeño, mientras
lo sostenía ante sí. La señora Peters
era una mujer corpulenta; pero Rezia no le tenía
simpatía. Solamente debido a que la señora
Filmer había sido muy buena para con ellos-"Me
ha dado un racimo de uvas esta mañana"-, Rezia
quería hacer algo a fin de demostrar que eran agradecidos.
Hacía poco, Rezia había entrado en su cuarto
al atardecer y había encontrado a la señora
Peters, que creía que Rezia y su marido estaban fuera,
escuchando el gramófono.
"¿De veras?", preguntó
Septimus. ¿Escuchaba la señora Peters el gramófono?
Sí, ya se lo dijo Rezia cuando ocurrió; había
encontrado a la señora Peters escuchando el gramófono.
Muy cautelosamente, Septimus empezó
a abrir los ojos, para ver si el gramófono estaba
realmente allí. Pero las cosas reales, sí,
las cosas reales eran excesivamente excitantes. Debía
tener cautela. No quería enloquecer. Primero miró
las revistas de modas en la estantería inferior,
luego, gradualmente, miró el gramófono con
su verde trompeta. Nada podía ser más exacto.
Y así, cobrando valor, miró el aparador, la
bandeja con plátanos, el grabado de la Reina Victoria
y el Príncipe Consorte, la repisa del hogar con el
jarrón de rosas. Ni una de estas cosas se movía.
Se estaban todas quietas; eran todas reales.
-La señora Peters tiene mala lengua-dijo
Rezia. -¿Y qué hace el señor Peters?-preguntó
Septimus.
-Ah-dijo Rezia, esforzándose en
recordar. Pensó que la señora Filmer le había
dicho que el señor Peters era viajante de una empresa
y añadió-: Ahora está en Hull. Sí,
precisamente ahora está en Hull.
"¡Precisamente ahora!"
Lo había dicho con su acento italiano. La propia
Rezia lo había dicho. Con la mano Septimus formó
pantalla ante los ojos para ver solamente un trozo de la
cara de Rezia, e irlo viendo poco a poco, primero la barbilla,
luego la nariz, después la frente, no fuera que estuviera
deformado o que tuviera una horrenda marca. Pero no, allí
estaba Rezia, perfectamente natural, cosiendo, con la boca
cerrada tal como la cierran las mujeres, con aquella expresión
fija, melancólica, que tienen cuando cosen. Pero
no había nada terrible en ella se dijo Septimus,
mirando por segunda vez, por tercera vez, la cara de Rezia,
sus manos, puesto que ¿había algo terrible
o repugnante en ella, sentada allí, a la clara luz
del día, cosiendo? La señora Peters tenía
mala lengua. El señor Peters estaba en Hull. Entonces,
¿por qué rabiar y profetizar? ¿Por
qué huir azotado y perseguido? ¿Por qué
las nubes le hacían sollozar y temblar? ¿Por
qué buscar verdades y difundir mensajes, cuando Rezia
estaba sentada, clavando agujas en la parte frontal de su
vestido, y el señor Peters estaba en Hull? Milagros,
revelaciones, angustias, soledad, el caer a través
del mar, abajo y abajo, en las llamas, todo había
desaparecido, porque tenía la sensación, mientras
miraba cómo Rezia adornaba el sombrero de paja de
la señora Peters, de estar cubierto de flores.
-Es demasiado pequeño para la señora
Peters-dijo Septimus.
¡Por primera vez en largos días,
había hablado como solía! desde luego, lo
era; absurdamente pequeño, dijo Rezia. Pero la señora
Peters lo había elegido.
Septimus se lo quitó de las manos
a Rezia. Dijo que parecía el sombrero de un mono
amaestrado a tocar el organillo.
¡Qué risa le dieron estas
palabras a Rezia! Hacía semanas que no habían
reído tanto juntos, bromeando en la intimidad, cual
corresponde a los casados. Para Rezia, esto significaba
que, si en aquel momento hubiera entrado la señora
Filmer o la señora Peters o cualquiera, no hubieran
comprendido la razón por la que ella y Septimus se
reían.
-¡Ahí va!-dijo Rezia, mientras
ponía una rosa en uno de los lados del sombrero.
¡Jamás se había sentido
tan feliz! ¡Nunca en la vida!
Pero ahora era todavía más
ridículo, dijo Septimus. Ahora la pobre mujer parecería
un cerdo en una feria. (Nadie hacía reír a
Rezia tanto como Septimus.)
¿Qué guardaba en el cesto
de labores? Guardaba cintas, cuentas, borlas, flores artificiales.
Rezia volcó la cesta en la mesa. Septimus comenzó
a juntar colores dispares, porque, aun cuando era de dedos
torpes-ni siquiera sabía hacer un paquete , ten&ia