La señora Dalloway (parte III)
Por Virginia Woolf (*)



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Pero, ¿cómo podía Clarissa tragar aquellas tonterías acerca de poesía? ¿Cómo era posible que le permitiera disertar sobre Shakespeare? Seria y solemnemente, Richard Dalloway se alzaba sobre sus patas traseras, y afirmaba que ningún hombre decente debía leer los sonetos de Shakespeare porque era como escuchar por el ojo de la cerradura (además, la relación en que se basaban no merecía su aprobación). Ningún hombre decente debía permitir que su esposa visitara a la hermana de una esposa fallecida. ¡Increíble! Lo único que cabía hacer era apedrearle con almendras garrapiñadas; era durante la cena. Pero Clarissa se lo tragó todo; lo estimó como una muestra de la honradez de Dalloway, de su independencia de criterio; ¡sólo Dios sabía si Clarissa llegó a pensar que Dalloway era la inteligencia más original con que se había topado en su vida!

Este era uno de los vínculos que le unían a Sally. Había un jardín por el que Sally y él solían pasear; estaba rodeado por un muro, y allí crecían rosales y gigantescas coliflores. Recordaba que Sally arrancó una rosa, se detuvo para lanzar exclamaciones acerca de la belleza de las hojas de col a la luz de la luna (era extraordinario cuán vívidamente volvía todo a su mente, tratándose de hechos en los que no había pensado durante largos años), mientras Sally le imploraba, medio en broma, desde luego, que se llevara a Clarissa para salvarla de todos los Hughs y todos los Dalloways y todos los restantes "perfectos gentlemen" que "ahogarían su alma" (en aquellos días, Sally escribía montones de poesías), la transformarían en una simple dama de sociedad, estimularían sus mundanales aficiones. Pero era preciso hacer justicia a Clarissa. A fin de cuentas, no iba a casarse con Hugh. Tenía una idea perfectamente clara de lo que quería. Sus emociones estaban todas en la superficie. Por debajo de ellas, Clarissa era muy aguda, juzgaba mejor que Sally el modo de ser de la gente, por ejemplo, y además era hondamente femenina; estaba dotada de este extraordinario don, don de mujer, consistente en crear un mundo suyo doquiera estuviera. Entraba en una estancia; estaba en pie, cual a menudo Peter Walsh la había visto, bajo el dintel de una puerta, con mucha gente a su alrededor. Pero era a Clarissa a quien uno recordaba. Y no era llamativa; en modo alguno era hermosa; nada pintoresco había en ella; nunca decía nada destacadamente inteligente; sin embargo, allí estaba ella; allí estaba.

¡No, no, no! ¡Había dejado de estar enamorado de ella! Lo único que le ocurría era que, después de verla aquella mañana, entre las tijeras y las sedas, preparándose para la fiesta, no podía apartar el pensamiento de ella; volvía a su mente una y otra vez, como el viajero dormido que se apoya en uno, en un vagón de ferrocarril; lo cual no significaba estar enamorado, desde luego, era sólo pensar en ella, criticarla, intentar una vez más, treinta años después, explicársela. Lo más evidente que de ella cabía decir estribaba en afirmar que era mundana; daba demasiada importancia al rango y a la sociedad y a prosperar en el mundo, todo lo cual era verdad en cierto sentido; la propia Clarissa lo había reconocido ante él. (Si uno se tomaba la molestia, siempre conseguía que Clarissa reconociera sus defectos; era honrada.) Lo que Clarissa diría seguramente es que no le gustaban las mujeres con aspecto de bruja, los viejos carcamales, los fracasados como él; pensaba que nadie tenía derecho a andar por el mundo encorvado y con las manos en los bolsillos; que todos debían hacer algo, ser algo; y esas gentes de la gran sociedad esas duquesas, esas venerables y blancas condesas que uno encontraba en el salón de Clarissa, indescriptiblemente alejadas, a juicio de Peter, de cuanto importara algo, representaban algo real para Clarissa. En cierta ocasión, dijo que Lady Bexborough sabía mantenerse erguida (lo mismo cabía decir de la propia Clarissa; nunca se encorvaba, en ningún sentido de la palabra; iba siempre más derecha que una vela, un poco rígida, en realidad). Decía que aquella gente tenía cierta valentía que, a medida que ella se hacía mayor, respetaba más y más. En todo esto había mucho que se debía a Dalloway, desde luego; había mucho espíritu de servicio a la patria, de Imperio Británico, de reforma tributaria, de clase gobernante que había anidado y crecido en Clarissa, como suele ocurrir. Siendo dos veces más inteligente que Dalloway, Clarissa tenía que verlo todo a través de los ojos de Dalloway, lo cual es una de las tragedias de la vida matrimonial. Dotada de criterio propio, tenía que citar siempre las palabras de Richard, ¡como si uno no pudiera saber, al pie de la letra lo que Richard pensaba gracias a leer el Morning Post por la mañana! Estas fiestas, por ejemplo, estaban íntegramente dedicadas a él, a la idea que Clarissa tenía de él (para hacer justicia a Richard, sin embargo, era preciso reconocer que hubiera sido mucho más feliz dedicándose a cultivar la tierra en Norfolk). Clarissa había transformado su salón en una especie de punto de reunión; tenía especial talento para ello. Una y otra vez había visto Peter a Clarissa coger por su cuenta a un hombre joven sin el menor refinamiento; retorcerlo, darle la vuelta, despertarlo; ponerlo en marcha. Desde luego, un número infinito de individuos aburridos se congregaba a su alrededor. Pero también comparecían gentes extrañas, imprevistas; a veces un artista; a veces un escritor; bichos raros, en aquel ambiente. Y detrás de ello estaba la red de visitas, el dejar tarjetas, el ser amable con la gente; ir corriendo de un lado para otro con ramos de flores, pequeños regalos; Fulano o Zutano se va a Francia, habrá que proporcionarle una almohadilla; verdadera sangría en la fortaleza de Clarissa; ese interminable ir y venir de las mujeres como ella; pero lo hacía sinceramente, en méritos de un instinto natural.

Sin embargo, cosa rara, Clarissa era una de las personas más profundamente escépticas que Peter había conocido, y posiblemente (esta era una teoría que Peter utilizaba para explicarse a Clarissa, tan transparente en algunos aspectos, tan inescrutable en otros), posiblemente Clarissa se decía: Si somos una raza condenada, encadenada a un buque que se hunde (de muchacha, sus lecturas favoritas fueron obras de Huxley y Tyndall, a quienes gustaban las metáforas náuticas), como sea que todo no es más que una broma pesada, hagamos lo que podamos; mitiguemos los sufrimientos de nuestros compañeros de prisión (Huxley otra vez); decoremos el calabozo con flores y almohadones; seamos todo lo decentes que podamos. Estos villanos, los Dioses, no se saldrán íntegramente con la suya. Sí, porque Clarissa pensaba que los Dioses, que nunca perdían una oportunidad de dañar, frustrar y estropear el humano vivir, quedaban seriamente chasqueados si, a pesar de todo, una se comportaba como una señora. Esta fase comenzó inmediatamente después de la muerte de Sylvia, aquel horrible asunto. Presenciar como un árbol al caer mataba a la propia hermana (por culpa de Justin Parry, de su negligencia) ante sus propios ojos, a su hermana, una muchacha en la flor de la juventud, la mejor dotada de todas ellas según decía siempre Clarissa, bastaba para amargar el carácter a cualquiera. Más tarde, Clarissa quizá no fue tan tajante; creía que los Dioses no existían, que a nadie cabía culpar; y, por ello, formuló la atea doctrina de hacer el bien por el bien.

Desde luego gozaba intensamente de la vida. Estaba hecha para gozar (a pesar de que, evidentemente, tenía sus reservas; de todos modos, Peter pensaba que incluso él, después de tantos años, sólo podía trazar un esbozo de Clarissa). Y no había amargura en ella; carecía de aquel sentido de la virtud moral que tan repelente es en las buenas mujeres. Le gustaba prácticamente todo. Si uno paseaba con ella por Hyde Park, ahora era una parterre de tulipanes, ahora un niño en un cochecito, ahora un pequeño drama que Clarissa improvisaba en un instante. (Muy probablemente, hubiera hablado a aquella pareja de enamorados, si hubiese creído que eran desdichados.) Tenía un sentido del humor realmente exquisito, pero necesitaba gente, siempre gente, para que diera frutos, con el inevitable resultado de desperdiciar miserablemente el tiempo almorzando, cenando, dando sin cesar aquellas fiestas, diciendo tonterías, frases en la que no creía, con lo que se le embotaba la mente y perdía discernimiento. Sentada a la cabecera de la mesa, se tomaba infinitas molestias para halagar a cualquier viejo loco que pudiera ser útil a Dalloway-conocían a los más horribles latosos de Europa-, o bien llegaba Elizabeth, y todo quedaba subordinado a ésta. La última vez que Peter la vio, Elizabeth estudiaba secundaria, se encontraba en la etapa de la inexpresividad, y era una muchacha de ojos redondos y cara pálida, que en nada recordaba a su madre, una criatura estólida, silenciosa, que lo daba todo por supuesto, dejaba que su madre la mimara y luego decía: "¿Puedo irme, ahora?"; y Clarissa explicaba, con aquella mezcla de diversión y orgullo que también Dalloway parecía suscitar en ella: "Se va a jugar al hockey." Y ahora Elizabeth seguramente se sentía ajena; pensaba que él era un viejo loco, y se reía de los amigos de su madre. En fin, igual daba. La compensación de hacerse viejo, pensaba Peter Walsh al salir de Regent's Park, con el sombrero en la mano, estribaba sencillamente en lo siguiente: las pasiones siguen tan fuertes como siempre, pero uno ha adquirido-¡al fin!- la capacidad que da el supremo aroma a la existencia, la capacidad de dominar la experiencia, de darle la vuelta, lentamente, a la luz.

Se trataba de una terrible confesión (volvió a ponerse el sombrero), pero lo cierto era que ahora, a los cincuenta y tres años, uno había casi dejado de necesitar a la gente. La vida en sí misma, cada uno de sus momentos, cada gota, aquí, este instante ahora, al sol, en Regent's Park, era suficiente. Demasiado, en realidad. Toda un vida no bastaba, era demasiado corta para, ahora que uno había adquirido la capacidad de hacerlo, extraer todo el aroma; para sacar cada onza de placer, cada matiz de significado; y ambos eran mucho más sólidos de lo que solían, mucho menos personales. Ya era imposible que Peter volviera a sufrir tanto como Clarissa le había hecho sufrir. Pasaba horas seguidas (¡gracias a Dios, tales cosas se podían decir sin que nadie las oyera!), horas y días seguidos, sin pensar en Daisy.

Teniendo en cuenta los sufrimientos, la tortura y la extraordinaria pasión de aquellos tiempos, ¿cabía decir que estuviera ahora enamorado de Daisy? Era una cosa totalmente diferente-mucho más agradable-, y la verdad consistía desde luego, en que ahora ella estaba enamorada de él . Y esto quizá fuera la razón por la que, en el momento en que el barco zarpó, Peter sintió un extraordinario alivio, y deseó sobre todo quedarse solo; le irritó encontrar en la cabina los testimonios de las pequeñas atenciones de Daisy, los cigarros, las notas, la alfombra para el viaje. Si la gente fuera honrada, todos dirían lo mismo; después de los cincuenta, uno no necesita a los demás; uno no tiene ganas de seguir diciendo a las mujeres que son hermosas; esto es lo que dirían casi todos los hombres de cincuenta años, si fueran sinceros, pensó Peter Walsh.

Sin embargo, estos increíbles accesos de emoción, como el echarse a llorar esta mañana, ¿a qué se debían? ¿Qué habría pensado Clarissa de él? Seguramente pensó que era un insensato, y no lo hizo por vez primera. Lo que había, en el fondo de todo, eran celos, los celos que sobreviven a todas las pasiones de la humanidad pensó Peter Walsh, con el cortaplumas en la mano, extendido el brazo. Había estado viendo al Mayor Orde, le decía Daisy en su última carta; a Peter le constaba que lo había escrito adrede; se lo había dicho para darle celos; le pareció ver a Daisy con la frente fruncida, mientras escribía, pensando qué podía decir para herirle; sin embargo, aquellas palabras nada habían cambiado; ¡Peter estaba furioso! Todo ese lío de trasladarse a Inglaterra y visitar abogados no era para casarse con Daisy sino para evitar que Daisy se casara con otro. Esto era lo que torturaba a Peter, en esto pensó cuando vio a Clarissa tan calma, tan fría, tan cerrada en su vestido o en lo que fuera; darse cuenta de lo que Clarissa hubiera podido evitarle, darse cuenta de aquello a lo que Clarissa le había reducido, a un débil y achacoso asno. Pero las mujeres, pensó mientras cerraba el cortaplumas, no saben lo que es la pasión. No saben lo que la pasión significa para los hombres. Clarissa era fría como un carámbano. Allí estaba ella, sentada en el sofá, a su lado, dejando que le cogiera la mano, y dándole un beso en la mejilla. Había llegado al cruce de la calle.

Un sonido le interrumpió; un sonido frágil y tembloroso, una voz burbujeando sin dirección ni vigor, sin principio ni fin, qué débil y aguda y con total ausencia de humano significado articulaba

i am fa am so
fu sui tu im u...

Voz sin edad ni sexo, la voz de una vieja fuente brotando de la tierra; voz que salía, exactamente en frente de la estación del metro de Regent's Park, de una alta y temblorosa forma, como una chimenea, como una oxidada bomba de agua, como un árbol azotado por el viento y perennemente carente de hojas, que deja que el viento pase una y otra vez por sus ramas cantando

i am fa am so
fu sui tu im u

y se balancea, rechina y gime, en la eterna brisa.

A través de todas las edades-cuando el pavimento era hierba, cuando era tierra pantanosa, a través de la edad del colmillo y del mamut, a través de la edad del silente amanecer-la zaparrastrosa mujer-llevaba falda- con la mano derecha extendida, y la izquierda clavada en el costado, estaba en pie cantando una canción de amor, del amor que ha durado un millón de años, cantaba, del amor que prevalece, y hacía millones de años su enamorado, que llevaba siglos muerto, había caminado, canturreaba con ella en mayo; pero en el curso de las edades, largas y llameantes como días de verano, recordaba, desnudas salvo por los rojos ásteres, él se había ido; la enorme guadaña de la muerte había segado aquellas tremendas colinas, y cuando por fin descansó ella la blanca e inmensamente vieja cabeza en la tierra, transformada ahora en meras cenizas heladas, suplicó a los Dioses que dejaran a su lado un manojo de púrpura bermejuela, allí en su tumba que los últimos rayos del último sol acariciaban; porque entonces el espectáculo del universo habría terminado.

Mientras la vieja canción burbujeaba, frente a la estación del metro de Regent's Park, la tierra todavía parecía verde y florecida; la canción, a pesar de surgir de tan ruda boca, simple orificio en la tierra, también embarrada, con fibrosas raíces y hierba enmarañada, la vieja, trémula y burbujeante canción, empapando las entrelazadas raíces de infinitas edades, esqueletos y tesoros se alejaba formando riachuelos sobre el pavimento a lo largo de Marylebone Road, bajando hacia Euston, fertilizante, dejando una húmeda huella.

Recordando todavía que una vez en un mayo primigenio había paseado con su enamorado, esta oxidada bomba de agua, esta zaparrastrosa vieja, con una mano alargada para recibir una moneda, con la otra clavada en el costado, estará todavía allí dentro de diez millones de años, recordando que una vez paseó en mayo, allí donde ahora se persiguen las olas del mar, con no importa quién. .. Era un hombre, oh, sí, un hombre que la había amado. Pero el paso de las edades había empañado la claridad del antiguo día de mayo; las flores de coloridos pétalos estaban ahora canas y plateadas por la escarcha; y la mujer ya no veía, cuando imploraba a su enamorado (como muy claramente hizo ahora) "mira bien mis ojos con tus dulces ojos", ya no veía ojos castaños, negro bigote o cara tostada por el sol, sino una forma imprecisa, una forma de sombra, hacia la que, con la pajaril lozanía de los muy viejos, todavía piaba "dame tu mano y deja que te la oprima suavemente" (Peter Walsh no pudo evitar darle una moneda a aquel pobre ser, al subir en el taxi), "y si alguien nos ve, ¿qué importa?", se preguntaba; y tenía la mano clavada en el costado, y sonreía, metiéndose el chelín en el bolsillo y todos los ojos de inquisitivo mirar parecieron quedar borrados, y las generaciones que pasaban-ajetreados individuos de la clase media atestaban la acera-se desvanecieron, como hojas, para ser pisoteadas, para quedar empapadas, para amontonarse, para transformarse en mantillo junto a aquella eterna fuente. ..

i am fa am so
fu sui tu im u

-Pobre vieja-dijo Rezia Warren Smith.

¡Oh, pobre vieja bruja!, dijo Rezia, esperando el momento de cruzar.

¿Y si llueve por la noche? ¿Y si el padre de una, o alguien que la había conocido a una en mejores tiempos, pasaba por allí casualmente y la veía de pie en el arroyo? ¿Y dónde dormía, por la noche?

Juguetón, casi alegre, el invencible hilo de sonido se elevaba sinuoso en el aire como el humo de la chimenea de una casita de campo, ascendiendo por entre limpias hayas y surgiendo como un mechón por entre las más altas hojas. "Y si alguien nos ve, ¿qué importa?"

Debido a que era muy desdichada, desde hacía semanas y semanas, Rezia había dado significados a las cosas que ocurrían, y casi creía que debía detener a la gente en la calle, caso de que esta gente pareciera buena y amable, para decirles: "Soy desdichada"; y esta vieja cantando en la calle, "si alguien nos ve, ¿qué importa?", la hizo sentirse súbitamente segura de que todo se solucionaría. Iban a ver a Sir William Bradshaw; este nombre le parecía agradable a Rezia, y él curaría inmediatamente a Septimus. Y entonces pasó el carro de una destilería, y en la cola de los caballos grises sobresalían erectas briznas de paja; y había carteles de periódicos. Era una sueño tonto, muy tonto, el ser desdichada.

Y cruzaron, el señor Septimus Warren Smith y su señora, y, a fin de cuentas, ¿había algo en ellos que llamara la atención, algo que indujera al transeúnte a sospechar: He aquí a un joven que lleva el más importante mensaje del mundo y que es, además, el hombre más feliz del mundo, y el más desdichado? Quizá la pareja caminaba un poco más despacio que la otra gente, quizá había en el caminar del hombre cierto aire dubitativo como de ir arrastrándose, pero era natural que un empleado, que no había estado en el West End en día laborable a esta hora durante años, no hiciera más que mirar al cielo, mirar esto y lo otro, como si Portland Place fuera una estancia en la que hubiera entrado en ausencia de la familia, cubiertas con gasa las colgantes lámparas de lágrimas, y el ama de llaves, levantando una punta de las largas cortinas, deja que largos haces de luz polvorienta iluminen desolados sillones de extraño aspecto, explica a los visitantes cuán maravillosa es la casa; cuán maravillosa pero, al mismo tiempo, piensa él, cuán extraña.

Por su aspecto, podía ser un empleado, pero de los mejores; sí, porque calzaba botas de color castaño; sus manos eran educadas; y lo mismo cabía decir de su perfil, un perfil anguloso, de gran nariz, inteligente, sensible; pero no se podía afirmar lo mismo de sus labios, que eran flojos; y sus ojos (cual suele ocurrir con los ojos) eran meramente ojos; grandes y de color castaño; de manera que, en conjunto, el hombre era un caso de indeterminación, ni una cosa ni otra; podía muy bien terminar con una casa en Purley y un automóvil, o seguir toda su vida alquilando pisos en callejuelas laterales; era uno de estos medio-educados, auto-educados, que han conseguido toda su educación gracias a libros prestados por bibliotecas públicas, leídos al atardecer después de la jornada de trabajo, siguiendo el consejo de conocidos escritores consultados por correo.

En cuanto a las otras experiencias, las experiencias solitarias, que los individuos viven a solas, en sus dormitorios, en sus oficinas, caminando por los campos, caminando por las calles de Londres, aquel hombre las tenía; había dejado su hogar, siendo sólo un muchacho, por culpa de su madre; porque bajó a tomar el té por quincuagésima vez sin lavarse las manos; porque no veía porvenir alguno para un poeta en Stroud; y así, después de haber tomado por confidente a su hermanita menor, se fue a Londres, dejando tras sí una absurda nota, cual las escritas por los grandes hombres, y que el mundo ha leído más tarde, cuando la historia de sus luchas se ha hecho famosa.

Londres se ha tragado a muchos millones de jóvenes llamados Smith; no tenían importancia alguna los fantásticos nombres de pila cual Septimus, con que los padres de aquellos jóvenes habían pretendido distinguirlos. Vivir a pensión, en una calleja afluyente a Euston Road, comportaba experiencias y más experiencias, tal como la de cambiar un rostro en dos años, transformando un óvalo sonrosado e inocente en un rostro seco, contraído, hostil. Pero, de todo lo anterior, qué hubiera dicho el más observador de los amigos, salvo lo que dice el jardinero cuando, por la mañana, abre la puerta del invernadero y ve una nueva flor en su planta: Ha florecido; ha florecido por vanidad, ambición, idealismo, pasión, soledad, valentía, pereza, las semillas habituales, que, mezcladas todas ellas (en un dormitorio alquilado, junto a Euston Road), le transformaron en un hombre tímido, tartamudo, ansioso de mejorar, y le hicieron enamorarse de la señorita Isabel Pole, que daba lecciones acerca de Shakespeare en Waterloo Road.

¿Acaso aquel muchacho no se parecía a Keats?, preguntaba la señorita Isabel Pole; y pensaba cómo podría arreglárselas para que se aficionara a Antonio y Cleopatra y todo lo demás; le prestaba libros; le mandaba notas; y encendió en él un fuego que sólo arde una vez en la vida, sin calor, con una llama inquieta, rojo-dorada infinitamente etérea e inmaterial, que ardía por la señorita Pole, Antonio y Cleopatra , y Waterloo Road. Él la creía hermosa, la consideraba impecablemente sabia; soñaba en ella, le escribía poesías que, por desconocer el arte, ella corregía con tinta roja; la vio, un atardecer de verano, caminando con un vestido verde por una plaza "Ha florecido", hubiera dicho el jardinero, si hubiera abierto la puerta; si hubiera entrado, es decir, si lo hubiera hecho cualquier noche a esta hora, y le hubiera encontrado escribiendo, le hubiera encontrado rasgando lo escrito, le hubiera encontrado dando cima a una obra maestra a las tres de la madrugada y saliendo a toda prisa de casa para callejear, y visitar iglesias, y ayunar un día, y beber otro día, devorando a Shakespeare, Darwin, La historia de la civilización y Bernard Shaw.

Al señor Brewer le constaba que algo ocurría; al señor Brewer, jefe de personal de Sibleys and Arrowsmiths, subastadores, peritos valoradores y agentes de la propiedad inmobiliaria; algo ocurría, pensaba, y, por ser hombre de sentimientos paternales hacia sus jóvenes empleados, tenía en muy alto concepto la capacidad de Smith, y profetizaba que, en diez o quince años le sucedería en el sillón de cuero, en la estancia interior, bajo la luz cenital, con las cajas de títulos de propiedad alrededor, "si conserva la salud", decía el señor Brewer, y aquí estaba el peligro, porque Smith parecía débil; le aconsejaba que jugara al fútbol, le invitaba a cenar, y estaba en trance de pensar en la manera de recomendar que le aumentaran el sueldo, cuando ocurrió algo que desbarató muchos de los cálculos del señor Brewer, le privó de sus más competentes empleados jóvenes, e incluso-tan insidiosos y destructivos fueron los dedos de la Guerra Europea-le hizo pedazos una estatua de yeso de Ceres, produjo un hoyo en su prado de geranios, y destrozó los nervios de la cocinera, en la casa del señor Brewer, en Muswell Hill.

Septimus fue uno de los primeros en presentarse voluntario. Fue a Francia para salvar a una Inglaterra que estaba casi íntegramente formada por las obras de Shakespeare y por la señorita Isabel Pole, en vestido verde, pasando por una plaza. Allí, en las trincheras, el cambio que el señor Brewer deseaba al aconsejar fútbol, se produjo instantáneamente; Smith se hizo hombre, fue ascendido, llamó la atención, y en realidad suscitó el afecto de su oficial superior, apellidado Evans. Fue una amistad como la de dos perros que juegan ante el fuego del hogar; uno de ellos jugando con un papel, gruñendo, lanzando bocados mordisqueando de vez en cuando la oreja del perro más viejo; y el otro yaciendo soñoliento, parpadeando al fuego, alzando una pata, dándose la vuelta y gruñendo bondadoso. Tenían que estar juntos, tenían que compartir, tenían que reñir y pelear el uno con el otro. Pero, cuando a Evans (Rezia, que sólo le había visto una vez, decía que era un "hombre tranquilo", un robusto pelirrojo, poco demostrativo en presencia de mujeres), cuando a Evans le mataron, inmediatamente antes del Armisticio, en Italia, Septimus, lejos de dar muestras de emoción o de reconocer que aquello representaba el término de una amistad, se felicitó por la debilidad de sus emociones y por ser muy razonable. La guerra le había educado. Fue sublime. Había pasado por todo lo que tenía que pasar-la amistad, la Guerra Europea, la muerte-, había merecido el ascenso, aún no había cumplido los treinta años y estaba destinado a sobrevivir. En esto último no se equivocó. Las últimas bombas no le dieron. Las vio explotar con indiferencia. Cuando llegó la paz, se encontraba en Milán, alojado en una pensión con un patio, flores en tiestos, mesillas al aire libre, hijas que confeccionaban sombreros, y de Lucrezia, la menor de las hijas, se hizo novio un atardecer en que sentía terror. Terror de no poder sentir.

Ahora que todo había terminado que se había firmado la tregua, que los muertos habían sido enterrados, padecía, en especial al atardecer, estos bruscos truenos de miedo. No podía sentir. Cuando abría la puerta de la estancia en que las muchachas italianas confeccionaban sombreros, las podía ver, las podía oír; pasaban delgados alambres por las coloreadas cuentas que tenían en cuencos; daban esta y aquella forma a las telas de bocací: la mesa estaba sembrada de plumas, lentejuelas, sedas y cintas; las tijeras golpeaban la mesa; pero algo le faltaba; no podía sentir. Los golpes de las tijeras, las risas de las muchachas, la confección de los sombreros le protegían, le daban seguridad, le daban refugio. Pero no podía pasarse la noche sentado allí. Había momentos en que se despertaba a primeras horas de la madrugada. La cama caía; él caía. ¡Oh, las tijeras, la lámpara y las formas de los sombreros! Pidió a Lucrezia que se casara con él, a la más joven de las dos, a la alegre, la frívola, con aquellos menudos dedos artísticos que ella alzaba, diciendo: "Todo se debe a ellos." Daban vida a la seda, las plumas y todo lo demás.

"El sombrero es lo más importante,", decía Lucrezia, cuando paseaban juntos. Examinaba todos los sombreros que pasaban; y la capa y el vestido y el porte de la mujer. Mal vestida, va recargada, estigmatizaba Lucrezia, no con ferocidad, sino con impacientes movimientos de las manos, cual los de un pintor que aparta de sí una impostura patente y bien intencionada; y luego, generosamente, aunque siempre con sentido crítico, alababa a la dependienta de una tienda que llevaba con gracia su vestidito, o ensalzaba sin reservas, con comprensión entusiasta y profesional, a una señora francesa que descendía del coche, con chinchilla, túnica y perlas.

"¡Bonito!", murmuraba Rezia, dando un codazo a Septimus para que lo viera. Pero la belleza se encontraba detrás de un cristal. Ni siquiera el gusto (a Rezia le gustaban los helados, los bombones, las cosas dulces) le producía placer. Dejaba la copa en la mesilla de mármol. Miraba a la gente fuera; parecían felices, reunidos en medio de la calle, gritando, riendo, discutiendo por nada. Pero había perdido el gusto, no podía sentir. En el salón de té, entre las mesas y los camareros que parloteaban, volvió a sentir el terrible miedo: no podía sentir. Podía razonar; podía leer, al Dante, por ejemplo, muy fácilmente ("Septimus, deja ya el libro", le decía Rezia cerrando dulcemente el Inferno), podía sumar la cuenta; su cerebro se encontraba en perfecto estado; seguramente el mundo tenía la culpa de que no sintiera.

"Los ingleses son muy callados", decía Regia. Le gustaba, decía. Respetaba a los ingleses, quería ver Londres, y los caballos ingleses, y los vestidos hechos por sastres, y recordaba haber oído decir que las tiendas eran maravillosas, a una tía que se había casado y vivía en Soho.

Puede ser, pensó Septimus, contemplando Inglaterra desde la ventanilla del tren, cuando partían de Newhaven; puede ser que el mundo carezca de significado en sí mismo.

En la oficina le ascendieron a un cargo de bastante responsabilidad. Estaban orgullosos de él; había ganado cruces. "Ha cumplido usted con su deber, y ahora a nosotros corresponde...", comenzó a decir el señor Brewer; y no pudo terminar, tan placenteras eran sus emociones. Se alojaron en un punto admirable, junto a Tottenham Court Road.

Allí volvió a abrir a Shakespeare. Aquel juvenil asunto de intoxicarse con el lenguaje- Antonio y Cleopatra- había quedado extinguido. ¡Cuánto odiaba Shakespeare a la humanidad, el ponerse prendas, el engendrar hijos, la sordidez de la boca y del vientre! Ahora Septimus se dio cuenta de esto; el mensaje oculto tras la belleza de las palabras. La clave secreta que cada generación pasa, disimuladamente, a la siguiente significa aborrecimiento, odio, desesperación. Con Dante ocurría lo mismo. Con Esquilo (traducido), lo mismo. Y allí estaba Rezia sentada ante la mesa, arreglando sombreros. Arreglaba sombreros de las amigas de la señora Filmer; se pasaba las horas arreglando sombreros. Estaba pálida, misteriosa; como un lirio, ahogada, bajo el agua, pensaba Septimus.

"Los ingleses son muy serios", decía Rezia enlazando sus brazos alrededor de Septimus, apoyando su mejilla en la de éste.

El amor entre hombre y mujer repelía a Shakespeare. El asunto de copular le parecía una suciedad antes de llegar al final. Pero Rezia decía que debía tener hijos. Llevaban cinco años casados.

Juntos fueron a la Torre, al Victoria and Albert Museum ; se mezclaron con la multitud para ver al Rey inaugurar el Parlamento. Y había tiendas, tiendas de sombreros, tiendas de vestidos, tiendas con bolsos de cuero en el escaparate, que Rezia miraba. Pero debía tener un niño.

Decía que debía tener un hijo como Septimus. Pero nadie podía ser como Septimus; tan dulce, tan serio, tan inteligente. ¿Por qué no podía ella leer también a Shakespeare? ¿Era Shakespeare un autor difícil?, preguntaba Rezia.

Uno no puede traer hijos a un mundo como éste. Uno no puede perpetuar el sufrimiento, ni aumentar la raza de estos lujuriosos animales, que no tienen emociones duraderas, sino tan sólo caprichos y vanidades que ahora les llevan hacia un lado, y luego hacia otro.

Miraba cómo Rezia manejaba las tijeras, daba forma, como se contempla a un pájaro picotear y saltar en el césped, sin atreverse a mover ni un dedo. Porque la verdad es (dejemos que Rezia lo ignore) que los seres humanos carecen de bondad, de fe, de caridad, salvo en lo que sirve para aumentar el placer del momento. Cazan en jauría. Las jaurías recorren el desierto, y chillando desaparecen en la selva. Abandonan a los caídos. Llevan una máscara de muecas. Ahí estaba Brewer, en la oficina, con su mostacho engomado, su aguja de corbata de coral, sus agradables emociones-todo frío y humedad-, sus geranios destruidos por la guerra, destruidos los nervios de su cocinera; o Amelia Nosequé sirviendo tazas de té puntualmente a las cinco, pequeña arpía obscena, de burlona sonrisa y mirada; y los Toms y los Berties, con sus almidonadas pecheras de las que rezumaban gotas de vicio. Nunca le vieron dibujando sus retratos, desnudos, haciendo payasadas, en el bloc de notas. En la calle, los camiones pasaban rugiendo junto a él; la brutalidad aullaba en los carteles; había hombres que quedaban atrapados en el fondo de minas; mujeres que ardían vivas; y en cierta ocasión un grupo de mutilados lunáticos que hacían ejercicios o se exhibían para divertir al pueblo (que reía en voz alta) desfiló moviendo la cabeza y sonriendo junto a él, en Tottenham Court Road, cada uno de ellos medio pidiendo disculpas, pero triunfalmente, infligiéndole su sino sin esperanzas. Y ¿acaso iba él a enloquecer?

A la hora del té, Rezia le dijo que la hija de la señora Filmer esperaba un hijo. ¡ Ella no podía envejecer sin tener un hijo! ¡Estaba muy sola, era muy desdichada! Lloró por vez primera después de su matrimonio. Muy a lo lejos Septimus oyó el llanto; lo oyó claramente con precisión; lo comparó con el golpeteo del pistón dé una bomba. Pero no sintió nada.

Su esposa lloraba, y él no sentía nada; pero cada vez que su esposa lloraba de aquella manera profunda, silenciosa, desesperanzada, Septimus descendía otro peldaño en la escalera que le llevaba al fondo del pozo.

Por fin, en un gesto melodramático que realizó mecánicamente y con clara conciencia de su insinceridad, dejó caer la cabeza en las palmas de las manos. Ahora se había rendido; ahora los demás debían ayudarle. Era preciso llamar a la gente. Él había cedido.

Nada le reanimó. Rezia le metió en cama. Fue en busca de un médico, el doctor Holmes, médico de la señora Filmer. El doctor Holmes lo examinó. No le pasaba absolutamente nada, dijo el doctor Holmes. ¡Oh, qué alivio! ¡Qué hombre tan amable, qué hombre tan bueno!, pensó Rezia. Cuando él se sentía así, iba al music hall , dijo el doctor Holmes. Se tomaba un día de descanso con su esposa, y jugaba al golf. ¿Por qué no probar un par de pastillas de bromuro disueltas en agua al acostarse? Estas viejas casas de Bloomsbury, dijo el doctor Holmes golpeando la pared, tienen a menudo muy hermosos paneles de madera, que los dueños en un acto de locura han cubierto con papel. Precisamente hacía pocos días, en ocasión de visitar a un paciente, Sir Fulano de Tal, en Bedford Square...

En consecuencia no tenía excusa; no tenía nada, salvo el pecado por el que la humana naturaleza le había condenado a muerte, el pecado de no sentir. Poco le había importado que mataran a Evans; esto era peor; pero todos los restantes delitos alzaban la cabeza y agitaban los dedos y gritaban y soltaban risotadas desde los pies de la cama a primeras horas de la madrugada, dirigidas al cuerpo postrado que yacía consciente de su degradación; se había casado con su esposa sin amarla; le había mentido, la había seducido; había ultrajado a la señorita Isabel Pole, y estaba tan marcado por el vicio que las mujeres se estremecían cuando le veían en la calle. La sentencia que la humana naturaleza dictaba en el caso de semejante desecho era de muerte.

Y volvió el doctor Holmes. Grande, lozano, apuesto, relucientes las botas, mirando el espejo, e hizo caso omiso de todo-dolores de cabeza, insomnio, temores, sueños-, síntomas nerviosos y nada más, dijo. Si el doctor Holmes descubría que había perdido siquiera doscientos cincuenta gramos de los ochenta kilos que pesaba, decía a su mujer que le diera otro plato de porridge para desayunar. (Rezia tendría que aprender a prepararlo.) Pero, prosiguió el doctor Holmes, la salud es algo que en gran medida depende de nuestra voluntad. Tome interés en asuntos externos, adquiera una afición. Abrió el libro de Shakespeare, Antonio y Cleopatra ; lo desechó. Una afición, dijo el doctor Holmes, ya que, ¿acaso no debía él su excelente salud (y trabajaba como el que más, en Londres) al hecho de ser capaz de olvidarse en cualquier instante de sus pacientes para centrar la atención en los muebles antiguos? ¡Y qué bonita era la peineta que llevaba la señora Warren Smith!

Cuando el maldito idiota volvió, Septimus se negó a recibirle. ¿De veras?, dijo el doctor Holmes sonriendo agradablemente. Y, realmente, tuvo que propinar un empujón a aquella menuda y encantadora mujer, la señora Smith, para poder entrar en el dormitorio de su marido.

"¡Vaya hombre, de modo que está en un mal momento!", dijo con agradable acento, y se sentó al lado de su paciente. ¿Realmente había hablado a su mujer de la posibilidad de matarse? Encantadora la señora Smith, ¿extranjera, verdad? ¿Y después de haber dicho aquello a su esposa, no tendría ella muy triste idea de los maridos ingleses? ¿Acaso no tenían los maridos ciertos deberes para con la esposa? ¿Acaso no sería mejor hacer algo, en vez de quedarse en cama? Llevaba cuarenta años de experiencia a las espaldas; y más le valía a Septimus creer en las palabras del doctor Holmes. No le pasaba nada, estaba bien. Y en la próxima visita, el doctor Holmes esperaba ver a Septimus en pie, y no haciendo padecer a su encantadora mujercita.

En resumen, la humana naturaleza le perseguía, el repulsivo bruto con los orificios de la nariz rojo-sangre. Holmes le perseguía. El doctor Holmes le visitaba regularmente todos los días. Tan pronto uno tropieza, escribió Septimus al dorso de una postal, la naturaleza humana le persigue a uno. Holmes le persigue a uno. La única posibilidad de salvarse estribaba en huir, sin que Holmes se enterara; huir a Italia, a cualquier parte, a cualquier parte, lejos de Holmes.

Pero Rezia no podía comprenderle. El doctor Holmes era un hombre muy amable. Se tomaba mucho interés en Septimus. Lo único que quería era ayudarles, decía el doctor Holmes. El doctor Holmes tenía cuatro hijos de corta edad, y la había invitado a tomar el té, dijo Rezia a Septimus.

Le habían abandonado. El mundo entero danzaba: Mátate, mátate, mátate por nosotros Pero, ¿a santo de qué iba a matarse por ellos? La comida era agradable el sol cálido; y el asunto ese de matarse, ¿cómo lo llevaba uno a cabo? ¿Con un cuchillo de mesa, feamente con sangre y más sangre? ¿Chupando una tubería de gas? Estaba demasiado débil, apenas podía levantar la mano. Además, ahora estaba completamente solo, condenado, abandonado, como están solos aquellos que van a morir, y en ello había cierta belleza, era un aislamiento sublime; representaba una libertad que las personas vinculadas no pueden conocer. Holmes había ganado desde luego; el bruto de los rojos orificios de nariz había ganado. Pero ni siquiera Holmes podía tocar aquel último resto perdido en los límites del mundo, aquel forajido,  que, vuelta la vista atrás, miraba las regiones habitadas del mundo, que yacía, como un marinero ahogado en la playa del mundo.

En este momento (Rezia había salido de compras) tuvo lugar la gran revelación. Detrás del biombo habló una voz. Era Evans que hablaba. Los muertos estaban con Septimus.

-¡Evans, Evans! -gritó.

El señor Smith habla solo, gritó Agnes, la criada, a la señora Filmer en la cocina. "¡Evans, Evans!", había gritado el señor Smith cuando ella entró con la bandeja. Agnes dio un salto, de veras. Y bajó corriendo la escalera.

Y entró Rezia, con las flores, y cruzó la habitación, y puso las rosas en un jarrón en el que daba directamente el sol, y se rió y anduvo saltando de un lado para otro.

Tuvo que comprar las rosas, dijo Rezia, a un pobre en la calle. Pero estaban casi muertas, dijo, arreglando las rosas.

De modo que fuera había un hombre; seguramente Evans; y las rosas, que Rezia decía estaban medio muertas, habían sido cortadas por Evans en los campos de Grecia. La comunicación es' salud; la comunicación es felicidad. La comunicación, musitó Septimus.

-¿Qué dices, Septimus? -le preguntó Rezia aterrada, ya que Septimus hablaba para sí.

Y mandó a Agnes corriendo a avisar al doctor Holmes. Su marido, dijo Rezia, estaba loco. Apenas la conocía.

Al ver a la naturaleza humana, es decir, al doctor Holmes, entrar en la habitación, Septimus gritó:

-¡Bruto! ¡Bruto!

-¿Bueno, qué pasa ahora? ¿Diciendo tonterías para asustar a su esposa?-preguntó el doctor Holmes del modo más amable que quepa imaginar.

Le daría algo para que durmiera. Y si fueran ricos, dijo el doctor Holmes paseando irónicamente la mirada por el cuarto, les recomendaría que fueran a Harley Street; si no tenían confianza en él, dijo el doctor Holmes con menos amabilidad.

 

 

Eran exactamente las doce; las doce en el Big Ben; el sonido de cuyas campanadas fue transportado en el aire hacia la parte norte de Londres; mezcladas con las de otros relojes, débil y etéreamente mezcladas con las nubes y con bocanadas de humo, las campanadas murieron allí, entre las gaviotas. Las doce sonaron cuando Clarissa Dalloway dejaba su vestido verde sobre la cama, y el matrimonio Warren Smith avanzaba por Harley Street. Las doce era la hora de su visita al médico. Probablemente, pensó Rezia, aquella casa con el automóvil gris parado delante era la de Sir William Bradshaw. (Los círculos de plomo se disolvieron en el aire.)

Y realmente era el automóvil de Sir William, Bradshaw; bajo, poderoso, gris, con las sencillas iniciales enlazadas en la plancha, como si las pompas de la heráldica fueran impropias, al ser aquel hombre el socorro espiritual, el sacerdote de la ciencia; y, por ser gris el automóvil, para que armonizaran, con su sobria suavidad, en su interior se amontonaban grises pieles y alfombras gris perla, a fin de que la señora esposa de Sir William no pasara frío mientras esperaba. Y así era por cuanto a menudo Sir William recorría cien kilómetros o más tierra adentro para visitar a los ricos, a los afligidos, que podían pagar los subidos honorarios que Sir William, con toda justicia, cobraba por sus consejos. La señora esposa de Sir William esperaba con las pieles alrededor de las rodillas una hora o más, reclinada en el asiento, pensando a veces en el paciente y otras veces, lo cual es excusable, en la muralla de oro que crecía minuto a minuto, mientras ella esperaba; la muralla de oro que se estaba alzando entre ellos y todas las contingencias y angustias (la señora las había soportado con valentía; tuvieron que luchar), hasta que se sentía flotar en un calmo océano, en el que sólo olorosas brisas soplaban respetados, admirados, envidiados, sin tener apenas nada más que desear, aunque la señora de Sir William lamentaba estar tan gorda; grandes cenas todos los jueves dedicadas a los colegas; de vez en cuando la inauguración de una tómbola; saludar a la Familia Real, poco tiempo, por desdicha, con su marido, cuyo trabajo era más y más intenso; un chico, buen estudiante, en Eton; también le hubiera gustado tener una hija; sin embargo, no le faltaban las ocupaciones; amparo de la infancia desvalida; atenciones posterapéuticas a los epilépticos, y la fotografía, de manera que, cuando se construía una iglesia o una iglesia se estaba derrumbando, la señora de Sir William sobornaba al sacristán, conseguía la llave y tomaba fotografías que apenas se diferenciaban del trabajo de los profesionales.

Por su parte, Sir William ya no era joven. Había trabajado muy intensamente; había llegado al lugar en que ahora se encontraba debido únicamente a su competencia (era hijo de un tendero); amaba su profesión; su planta lucía en las ceremonias y hablaba bien. Todo lo anterior le había dado, cuando fue distinguido con el título de nobleza, un aspecto pesado, fatigado (el caudal de clientes que a él acudían era incesante, y las responsabilidades y privilegios de su profesión, onerosos), cansancio que, aunado a su cabello cano, aumentaba la extraordinaria distinción de su presencia y le daba fama (de suma importancia en los casos de enfermos de los nervios), no sólo de gozar de fulminante competencia y de casi infalible exactitud en el diagnóstico, sino también de simpatía, tacto, comprensión del alma humana. Lo vio tan pronto entraron en la estancia (los Warren Smith, se llamaban); lo supo con certeza tan pronto vio al hombre, era un caso de extrema gravedad. Era un caso de total hundimiento, total hundimiento físico y nervioso con todos los síntomas de gravedad, comprendió en menos de dos o tres minutos (mientras escribía las contestaciones a sus preguntas, formuladas discretamente en un murmullo, en una cartulina de color de rosa).

¿Durante cuánto tiempo le había atendido el doctor Holmes?

Seis semanas.

¿Le prescribió un poco de bromuro, quizá? ¿Dijo que al paciente no le pasaba nada? Ya. . . (¡Esos médicos de cabecera!, pensó Sir William. Se pasaba la mitad de la vida enmendando sus errores. Algunos irreparables.)

-¿Parece que se distinguió usted mucho en la guerra?

El paciente repitió la palabra "guerra" de manera interrogativa.

Atribuía a las palabras significados simbólicos. Grave síntoma que debía anotarse en la cartulina.

-¿La guerra?-preguntó el paciente.

¿La Guerra Europea, aquella pequeña bronca de colegiales con pólvora? ¿Se había distinguido en la guerra? Realmente lo había olvidado. En la guerra, propiamente dicha, había fracasado.

-Sí, se distinguió mucho en los combates-aseguró Rezia al médico-. Fue ascendido.

Echando una ojeada a la carta del señor Brewer, escrita en términos extremadamente generosos, Sir William dijo en un murmullo:

-¿Y tienen de usted la más alta opinión en su oficina? ¿De modo que no hay motivo de preocupación alguno, de angustias económicas, nada?

Había cometido un delito, horroroso, y la humana naturaleza le había condenado a muerte.

-He... He... cometido un delito... empezó a decir.

-No ha hecho nada malo -le aseguró Rezia al médico.

Si el señor Smith tenía la bondad de esperar un poco, dijo Sir William, él hablaría con la señora Smith en la habitación contigua. Su marido está muy gravemente enfermo, dijo Sir William ¿Amenazaba con matarse?

Oh, sí, sí, gritó Rezia. Pero no lo decía en serio, dijo Rezia. Claro que no. Se trataba tan sólo de una cuestión de descanso, dijo Sir William; de descanso, descanso, descanso; un largo descanso en cama. Había un delicioso sanatorio en el campo donde su marido sería perfectamente atendido. ¿Sin ella?, preguntó Rezia. Desgraciadamente, sí; las personas que más nos aman no nos convienen, cuando estamos enfermos. Pero no estaba loco, ¿verdad? Sir William dijo que jamás hablaba de "locura"; a esto lo llamaba "no tener sentido de la proporción". Pero a su marido no le gustaban los médicos. Se negaría a ir a aquel sitio. En breves y amables palabras Sir William le explicó las características del caso. Había amenazado con matarse. No quedaba otra alternativa. Era una cuestión legal. Yacería en cama, en un hermoso sanatorio, en el campo. Las enfermeras eran admirables. Sir William le visitaría una vez por semana. Y si la señora Warren Smith estaba segura de que no tenía más preguntas que formularle-Sir William nunca apremia a a sus pacientes-, volverían al lado de su esposo. Nada más tenía Rezia que preguntar. Por lo menos a Sir William.

Por lo tanto, volvieron al lado del más sublime individuo de la humanidad, del criminal ante sus jueces, de la víctima desamparada en las alturas, del fugitivo, del marinero ahogado, del poeta de la oda inmortal, del Señor que había ido de la vida a la muerte, de Septimus Warren Smith que, sentado en el sillón bajo la luz cenital, contemplaba una fotografía de Lady Bradshaw en atuendo de Corte, murmurando mensajes sobre la belleza.

-Bueno, ya hemos tenido nuestra pequeña charla -dijo Sir William.

-Dice que estás muy, muy enfermo-gritó Rezia.

-Y hemos acordado que debe usted ir a un sanatorio-dijo Sir William.

-¿Uno de los sanatorios de Holmes?-preguntó Septimus con sarcasmo.

Aquel individuo causaba una desagradable impresión. Sí, porque Sir William, cuyo padre había sido del comercio, tenía un natural respeto hacia los modales y el vestir, que el desaliño hería; y además Sir William, quien nunca tuvo tiempo para leer, sentía un rencor, profundamente arraigado, contra las gentes cultas que entraban en aquella habitación e insinuaban que los médicos, cuya profesión es un constante y esforzado ejercicio de las más altas facultades, no eran hombres educados.

-Uno de mis sanatorios, señor Warren Smith-dijo-, donde le enseñarán a descansar

Y sólo faltaba una cosa.

Sir William tenía la certeza de que el señor Warren Smith, cuando estaba bien, era el último hombre en el mundo capaz de asustar a su esposa. Sin embargo, había hablado de matarse.

-Todos tenemos nuestros momentos de depresión -dijo Sir William.

Tan pronto uno cae, se repitió Septimus, la naturaleza humana se le echa a uno encima. Holmes y Bradshaw se le echan a uno encima. Rastrillan el desierto. Gritando vuelan al interior de la selva. Aplican la tortura del potro. La naturaleza humana es implacable.

Con el lápiz sobre la cartulina de color de rosa Sir William Bradshaw preguntó si acaso alguna vez sentía impulsos.

Esto era asunto suyo, repuso Septimus.

-Nadie vive solo-dijo Sir William, echando una mirada a la fotografía de su esposa con atuendo de Corte.

-Tiene usted una brillante carrera ante sí-dijo Sir William. Sobre la mesa estaba la carta del señor Brewer-. Una carrera excepcionalmente brillante.

Pero, ¿y si lo confesara? ¿Si lo dijera? ¿Le dejarían entonces tranquilo, Holmes, Bradshaw?

-Yo... Yo...-tartamudeó.

Pero, ¿cuál era su delito? No se acordaba.

-¿Sí? -lo estimuló Sir William. (Aunque se estaba haciendo tarde.)

Amor, árboles, no hay delito, ¿era éste el mensaje?

No podía recordarlo.

-Yo... Yo... -tartamudeó Septimus.

-Procure pensar lo menos posible-le dijo amablemente Sir William.

Realmente, aquel tipo no podía andar suelto.

¿Deseaban preguntarle alguna cosa más? Sir William se encargaría de todas las gestiones (murmuró dirigiéndose a Rezia), y le diría lo que debían hacer, entre cinco y seis de la tarde.

-Déjenlo todo en mis manos-dijo.

Y les despidió.

¡Nunca, nunca había sufrido Rezia tanta angustia en su vida! ¡Había pedido ayuda y se la habían negado! ¡Aquel hombre les había defraudado! ¡Sir William Bradshaw no era un hombre simpático!

Sólo mantener este automóvil debe costarle un dineral, dijo Septimus, cuando salieron a la calle.

Rezia se colgó de su brazo. Les habían defraudado.

Pero, ¿qué más quería Rezia?

Sir William concedía a sus pacientes tres cuartos de hora; y si, en esta exigente ciencia, que trata de lo que, a fin de cuentas, nada sabemos -el sistema nervioso, el cerebro humano-, un médico pierde el sentido de las proporciones, este médico fracasa. Debemos gozar de salud y la salud es proporción; por lo tanto, cuando en la sala de consultas entra un hombre y dice que es Cristo (común engaño), y que tiene un mensaje, como casi todos lo tienen, y amenaza, como a menudo hacen, con matarse, uno invoca la proporción; prescribe descanso en cama; descanso en soledad; silencio y descanso; descanso sin amigos, sin libros, sin mensajes; seis meses de descanso; hasta que el hombre que llegó pesando ochenta kilos sale pesando cien.

La proporción, la divina proporción, la diosa de Sir William, la consiguió Sir William recorriendo hospitales, pescando el salmón, engendrando un hijo en Harley Street en la persona de Lady Bradshaw, que también pescaba el salmón, y hacía fotografías que apenas se distinguían del trabajo de los profesionales. Gracias a rendir culto a la proporción, Sir William no sólo prosperó personalmente, sino que hizo prosperar a Inglaterra, encerró a los locos, prohibió partos, castigó la desesperación, e hizo lo preciso para que los desequilibrados no propagaran sus opiniones hasta que, también ellos, participaran de su sentido de la proporción, sí, del suyo si eran hombres, y del de Lady Bradshaw si eran mujeres (Lady Bradshaw bordaba, hacía ganchillo, y de cada siete veladas cuatro las pasaba en casa con su hijo), por lo que, no sólo sus colegas le respetaban y sus subordinados le temían, sino que los amigos y parientes de sus clientes le estaban profundamente agradecidos por insistir en que aquellos proféticos Cristos y Cristas que anunciaban el fin del mundo, o el advenimiento de Dios, bebieran leche en cama, siguiendo sus órdenes; Sir William, con sus treinta años de experiencia en casos de esta clase, y con su infalible instinto, podía decir: esto es locura, esto es cordura; su sentido de la proporción.

Pero la Proporción tiene una hermana, no tan sonriente, más formidable, una diosa que incluso ahora está entregada-en el calor y la arena de la India, en el barro y las tierras pantanosas de Africa, en los alrededores de Londres, en cualquier lugar, en resumen, en que el clima o el diablo tienta a los hombres a apartarse del credo verdadero, que es el de esta diosa-, que incluso ahora está entregada a derribar tronos, destruir ídolos, y poner en su lugar su propia imagen severa. Se llama Conversión y se ceba en la voluntad de los débiles, porque ama impresionar, imponerse, adorar sus propios rasgos estampados en el rostro del pueblo. Predica en pie, sobre un barril, en Hyde Park Corner; se reviste de blanco y camina, penitentemente disfrazada de amor fraterno, por fábricas y parlamentos; ofrece ayuda, pero ansía el poder; expulsa brutalmente de su camino a los disidentes o a los insatisfechos; prodiga sus bendiciones a aquellos que, mirando a lo alto recogen sumisos en los ojos de la Diosa la luz de sus propios ojos. También esta señora (Rezia Warren Smith lo había adivinado) habitaba en el corazón de Sir William, aun cuando oculta, cual suele estarlo, por un disfraz plausible; bajo algún nombre venerable; amor deber, abnegación. ¡Cuánto trabajaba Sir William recabando fondos, proponiendo reformas, fundando instituciones! Pero la conversión, exigente diosa, prefiere la sangre a los ladrillos, y se regala más sutilmente con la humana voluntad. Por ejemplo, Lady Bradshaw. Quince años atrás se había sometido. No se trataba de algo que se pudiera señalar con el dedo no había habido una escena, ni una ruptura; sólo fue el lento hundimiento de la voluntad de Lady Bradshaw, como en tierras pantanosas, en la voluntad de su marido. Dulce era su sonrisa, rápida su sumisión; las cenas en Harley Street, de ocho o nueve platos, dando de comer a diez o quince invitados de las profesiones liberales, eran corteses y se desarrollaban suavemente. Sólo que, a medida que la velada avanzaba, un muy leve aburrimiento, una inquietud quizás, un estremecimiento nervioso, una indecisión un tropiezo o una confusión indicaban, lo cual resultaba penoso, que la pobre señora mentía. Tiempo hubo, muchos años atrás en que Lady Bradshaw pescaba libremente el salmón, pero ahora, presta a servir las ansias de dominio y de poder que aceitosas iluminaban los ojos de su marido, se encogía, se empequeñecía, se recortaba, retrocedía, miraba del través, de manera que, sin saber exactamente qué era lo que hacía la velada desagradable y causaba aquella presión en la parte alta de la cabeza (que bien podía atribuirse a la conversación profesional, o a la fatiga de un gran médico cuya vida, así lo decía Lady Bradshaw, no era "suya sino de sus pacientes"), la velada era desagradable, por lo que los invitados, cuando el reloj daba las diez, inhalaban el aire de la calle incluso con delicia; alivio que, sin embargo, denegaba a sus pacientes.

Allí, en la gris estancia, con los cuadros en la pared, y el valioso mobiliario, bajo la luz cenital de la claraboya de vidrio rayado, se enteraban de la amplitud de sus transgresiones: derrumbados en sillones, contemplaban cómo el médico efectuaba, en beneficio de sus pacientes, un curioso ejercicio con los brazos, proyectándolos hacia delante para retirarlos con brusquedad y quedar en jarras, a fin de demostrar (si el paciente era obstinado) que Sir William era dueño de sus propios actos, lo cual no cabía decir del paciente. Allí, algunos seres débiles se rindieron, sollozaron, se sometieron; otros inspirados por sabe Dios qué desaforada locura llamaron a Sir William, en su propia cara, condenado charlatán; con mayor impiedad aun, ponían en tela de juicio la propia vida. ¿Por qué vivir?, preguntaban. Sir William contestaba que la vida era buena. Ciertamente, Lady Bradshaw, con plumas de avestruz, colgaba sobre la repisa del hogar, y los ingresos de Sir William rebasaban las doce mil al año. Pero a nosotros, protestaban, la vida no nos ha dado tanta fortuna. Les daba la razón. Les faltaba el sentido de la proporción. Y quizás, a fin de cuentas, Dios no exista. Encogía los hombros. En resumen, vivir o no vivir ¿es asunto nuestro? Aquí estaban equivocados. Sir William tenía un amigo en Surrey, en donde enseñaban lo que Sir William reconocía era un difícil arte, el sentido de la proporción. Además, había el afecto familiar, el honor, la valentía, y una brillante carrera. Todo lo dicho tenía en Sir William un decidido defensor. Si esto fallaba, Sir William se amparaba en la policía y en el bien social; y, observaba con gran serenidad, allá en Surrey se encargarían de someter a la debida regulación los impulsos antisociales engendrados principalmente por la falta de buena sangre. Y entonces salía furtivamente de su escondrijo y ascendía a su trono aquella diosa cuya pasión estriba en superar la oposición, en estampar indeleblemente en los santuarios de los demás su propia imagen. Desnudos, indefensos, los exhaustos, los carentes de amigos, recibían la impronta de la voluntad de Sir William. Atacaba; devoraba. Encerraba a la gente. Esta mezcla de decisión y de humanidad era la causa de que los parientes de sus víctimas se encariñaran tanto con Sir William.

Pero Rezia Warren Smith gritaba, mientras iba por Harley Street, que aquel hombre no le gustaba.

Desmenuzando y cortando, dividiendo y subdividiendo, los relojes de Harley Street mordisqueaban el día de junio, aconsejaban sumisión, daban su apoyo a la autoridad, y ponían de manifiesto, a coro, las supremas ventajas del sentido de la proporción, hasta que el acervo de tiempo quedó tan mermado que un reloj comercial, suspendido sobre una tienda de Oxford Street, anunció, afable y fraternalmente, como si fuera un placer para los señores Rigby y Lowedes dar gratis la información, que era la una y media.

Mirando hacia arriba, se veía que cada una de las letras de los apellidos de estos señores sustituía cada una de las horas; subconscientemente, se agradecía a Rigby y a Lowndes que le dieran a uno la hora ratificada por Greenwich; y esta gratitud (así pensaba Hugh Whitbread, detenido ante el escaparate de la tienda) revestía después, naturalmente, la forma de comprar en Rigby y Lowndes calcetines y zapatos. Esto rumiaba Whitbread. Era un hábito. No profundizaba. Rozaba superficies; las lenguas muertas, las vivas, la vida en Constantinopla, París, Roma; montar a caballo, cazar, jugar al tenis, eso fue en otros tiempos. Los maliciosos afirmaban que ahora Hugh Whitbread estaba de guardia en el Palacio de Buckingham, con medias de seda y calzón corto, aunque nadie sabía qué guardaba. Pero lo hacía con gran eficiencia. Llevaba cincuenta y cinco años navegando por entre la nata y crema de la sociedad inglesa. Había conocido a primeros ministros. Se estimaba que sus afectos eran profundos. Y si bien era cierto que no había tomado parte en ninguno de los grandes movimientos del tiempo, ni había desempeñado cargos importantes, también era cierto que a él se debían una o dos humildes reformas; una de ellas era la mejora de los albergues benéficos; la protección de las lechuzas de Nolfolk era la otra; las domésticas tenían motivos para estarle agradecidas; y su nombre al término de las cartas al Times pidiendo fondos, haciendo llamamientos al público a fin de proteger, conservar, limpiar, eliminar humos, mantener la moral en los parques públicos, imponía  respeto.

Y magnífica era su estampa, detenido allí unos instantes (mientras el sonido de la media hora se extinguía) para mirar con aire crítico y magistral los calcetines a los zapatos; impecable, sólido, como si contemplara el mundo desde una cierta altura, y vestido en concordancia; pero se daba cuenta de las obligaciones que el tamaño, la riqueza, la salud imponen, y cumplía puntillosamente, incluso cuando no era absolutamente necesario, pequeños actos de cortesía, anticuadas ceremonias que daban cierto estilo a sus modales, algo que imitar algo por lo que recordarle, ya que, por ejemplo, jamás almorzaría con Lady Bruton, a quien había tratado durante los últimos veinte años, sin ofrecerle, alargado el brazo, un ramo de claveles, y sin dirigirse a la señorita Brush, la secretaria de Lady Bruton, para preguntarle que tal le iban las cosas a su hermano en Sudáfrica, lo cual, por ignoradas razones, irritaba tanto a la señorita Brush que ésta, carente de todo atributo de encanto femenino respondía "muchas gracias, a mi hermano le van las cosas muy bien en Sudáfrica", cuando, en realidad, le iban muy mal en Portsmouth, desde hacía seis o siete años.

Lady Bruton prefería a Richard Dalloway, quien llegó en el mismo instante. En realidad, los dos coincidieron ante la puerta.

Lady Bruton prefería a Richard Dalloway, por supuesto. Estaba hecho de mejor material. Pero no permitía que se hablara mal de su pobre y querido Hugh. Lady Bruton jamás olvidaba la amabilidad de Hugh -realmente había sido muy amable-en cierta ocasión que había olvidado. Pero lo había sido, sí, realmente muy amable. De todos modos, la diferencia entre aquellos dos hombres poco importaba. Lady Bruton nunca había visto utilidad alguna en despedazar a la gente, tal como hacía Clarissa Dalloway; despedazarla y volverla a pegar; no, por lo menos cuando una tenía sesenta y dos años. Tomó las flores de Hugh, con su triste y angulosa sonrisa. Dijo que no había más invitados. La invitación era sólo un pretexto para que la ayudaran en cierta dificultad.

-Pero primero comamos-dijo.

Y entonces comenzó un silencioso y exquisito ir y venir, por las puertas de muelles, de camareras con delantalito y blanca cofia, cuyos servicios no eran necesarios, pero que formaban parte integrante de un misterio o gran engaño a cargo de las damas de sociedad de Mayfair, llevado a cabo de una y media a dos, cuando, gracias a un leve ademán, el tránsito cesa, y en su lugar surge esta profunda ilusión, primeramente acerca de la comida, que no se paga; y, después, con la mesa que se extiende voluntariamente, con el cristal y la plata, las servilletas, los cuencos de roja fruta; la cremosa película castaña que cubre el rodaballo; en cazuelas nadan pollos despedazados; rojo y salvaje arde el fuego; y con el vino y el café (no pagados) se alzan jocundas visiones ante ojos contemplativos; ojos especulativos; ojos a los que la vida parece musical, misteriosa; ojos ahora animados para observar afablemente la belleza de los rojos claveles que Lady Bruton (cuyos movimientos siempre fueron angulosos) había dejado junto a su plato, de modo que Hugh Whitbread, sintiéndose en paz con el universo entero y, al mismo tiempo, completamente seguro de su posición, dijo, dejando el tenedor:

-Serían encantadores sobre el fondo de tu vestido de encaje.

A la señorita Brush la molestó intensamente esta familiaridad. Juzgó que Hugh Whitbread era un mal educado. La señorita Brush daba risa a Lady Bruton.

Lady Bruton levantó los claveles, sosteniéndolos con cierta rigidez, de modo muy parecido al que el general sostenía el rollo de pergamino en el cuadro tras la espalda de Lady Bruton; y quedó inmóvil, como en trance. ¿Era la tataranieta del general? ¿Era la tátara-tataranieta, quizá?, se preguntó Richard Dalloway. Sir Roderick, Sir Miles, Sir Talbot. . . Eso. Era curioso el modo en que, en aquella familia, el parecido se mantenía en las mujeres. Lady Bruton hubiera debido ser general de dragones. Y Richard hubiera servido a sus órdenes alegremente; sentía gran respeto hacia ella; amaba las románticas ideas acerca de viejas damas de buena planta, con raza, y le hubiera gustado, con su habitual buen humor traer a algunos de sus jóvenes conocidos extremistas a almorzar con ella... ¡Las mujeres como Lady Bruton no surgían entre gentes entusiastas de tomar el té entre amabilidades! Lady Bruton conocía bien su tierra. Conocía bien a su pueblo. Había una viña, que todavía daba fruto, bajo la cual Lovelace o Herrick-Lady Bruton jamás leía una palabra de poesía, pero la historia circulaba-se habían sentado. Más valía esperar un poco antes de plantearles el problema que la preocupaba (sobre si hacer o no una llamada al público; y caso de hacerla, en qué términos, etcétera), más valía esperar a que hubieran tomado el café, pensó Lady Bruton; y dejó los claveles al lado del plato.

-¿Cómo está Clarissa?-preguntó bruscamente.

Clarissa siempre decía que Lady Bruton no le tenía simpatía. Y, ciertamente, Lady Bruton tenía fama de interesarse más por la política que por la gente; de hablar como un hombre; de haber intervenido en cierta notoria intriga de los años ochenta, que ahora comenzaba a ser referida en memorias. Ciertamente, en su salón se abría una salita, y en esta salita había una mesa, y sobre la mesa una fotografía del general Sir Talbot Moore, ahora fallecido, que allí había escrito (un atardecer de los ochenta), en presencia de Lady Bruton, con su conocimiento, quizá por su consejo, un telegrama ordenando a las tropas británicas que avanzaran, en una histórica ocasión. (La historia decía que Lady Bruton conservaba la pluma.) Y, cuando decía con su acento negligente "¿Cómo está Clarissa?", los maridos tenían dificultades en convencer a sus esposas, e incluso, por fieles que fueran, lo ponían ellos mismos secretamente en duda, del interés que Lady Bruton sentía por unas mujeres que a menudo obstaculizaban la carrera del marido, le impedían aceptar cargos en el extranjero, y tenían que ser llevadas junto al mar, en plena temporada social, para que se recuperaran de la gripe. Sin embargo, las mujeres sabían con certeza que su pregunta "¿Cómo está Clarissa?" revelaba los mejores deseos, los buenos deseos de una compañera casi silenciosa, cuyas manifestaciones (media docena quizá en el curso de toda una vida) significaban el reconocimiento de cierta femenina camaradería que discurría por debajo de los almuerzos masculinos y unía a Lady Bruton y a la señora Dalloway, quienes rara vez se veían, y que, cuando se reunían, parecían indiferentes e incluso hostiles, mediante un singular vínculo.

-Esta mañana, he coincidido con Clarissa en el parque-dijo Hugh Whitbread.

Lo dijo metiendo el tenedor en el plato, ansioso de hacer este pequeño alarde, ya que le bastaba con ir a Londres para coincidir con todo el mundo inmediatamente; pero lo dijo con codicia, era uno de los hombres más codiciosos que había conocido en su vida, pensó Milly Brush, quien observaba a los hombres con implacable rectitud, y era capaz de eterna devoción, en particular a individuos de su propio sexo, siendo angulosa, seca, torcida, y totalmente carente de encanto femenino.

Acordándose bruscamente de ello, Lady Bruton dijo:

-¿Sabéis quién está en Londres? Nuestro viejo amigo Peter Walsh.

Todos sonrieron. ¡Peter Walsh! Y el señor Dalloway se ha alegrado sinceramente, pensó Milly Brush; y el señor Whitbread sólo piensa en el pollo.

¡Peter Walsh! Los tres, Lady Bruton, Hugh Whitbread y Richard Dalloway recordaron lo mismo, cuán apasionadamente enamorado había estado Peter; había sido rechazado; se fue a la India; se había armado un lío con su vida; y Richard Dalloway sentía una gran simpatía hacia su querido y viejo amigo. Esto fue lo que vio Milly Brush; vio una profundidad en los ojos castaños del señor Dalloway; le vio dudar, meditar; lo cual interesó a Milly Brush, ya que el señor Dalloway siempre le interesaba, y se preguntó qué estaría pensando de Peter Walsh.

Que Peter Walsh había estado enamorado de Clarissa; que después del almuerzo iría directamente a casa, para ver a Clarissa; que le diría, lisa y llanamente, que la amaba. Sí, esto le diría.

Una vez, a Milly Brush poco le faltó para enamorarse de estos silencios, y el señor Dalloway siempre fue hombre digno de la mayor confianza; todo un caballero, además. Ahora, a los cuarenta suyos, bastaba con que Lady Bruton efectuara un movimiento afirmativo con la cabeza o se volviera súbitamente un poco, para que Milly Brush viera el signo, por muy sumida que estuviera en estas reflexiones de su independiente espíritu, de su alma sin corromper a la que la vida no podía engañar, porque la vida no la había dotado de rasgo alguno que tuviera el más leve valor; ni un rizo, sonrisa, labio, mejilla, nariz; nada de nada; Lady Bruton sólo tenía que mover la cabeza, y Perkins recibía instrucciones de disponerse a traer e café.

-Sí, Peter Walsh ha regresado, dijo de nuevo Lady Bruton.

Era vagamente halagador para todos ellos. Había regresado apaleado, sin éxito, a sus seguras playas. Pero ayudarle, reflexionaron, era imposible; había cierto fallo en su carácter. Hugh Whitbread dijo que, desde luego, siempre cabía la posibilidad de mencionar el nombre de Peter Walsh a Fulano de Tal. Arrugó la frente lúgubremente, consecuente, al pensar en las cartas que escribiría a los jefes de oficinas gubernamentales, acerca de "mi viejo amigo Peter Walsh", y demás. Pero a nada conduciría, a nada permanente, debido al carácter de Peter Walsh.

-Tiene problemas a causa de una mujer-dijo Lady Bruton.

Todos habían intuido que esto era lo que había en el fondo del asunto.

Ansiando dejar el tema, Lady Bruton dijo:

-De todos modos, oiremos la historia entera de labios del propio Peter.

(El café tardaba en llegar.)

-¿Las señas?-murmuró Hugh Whitbread.

E inmediatamente se produjeron ondas en la gris marea de servicio que rodeaba a Lady Bruton, día tras día, recogiendo, interceptando, envolviendo a Lady Bruton en un fino tejido que evitaba colisiones, mitigaba interrupciones, se extendía por toda la casa de Brook Street, formando una fina red que atrapaba todas las cosas, que eran recogidas con exactitud, instantáneamente, por el cano Perkins, que llevaba treinta años al servicio de Lady Bruton, y que ahora escribió las señas; las entregó al señor Whitbread, que extrajo la cartera, alzó las cejas, y, poniéndolas entre documentos de la más alta importancia, dijo que encargaría a Evelyn que invitara a Peter Walsh a almorzar.

(Para traer el café esperaban que el señor Whitbread terminara.)

Hugh era muy lento, pensó Lady Bruton. Estaba engordando, advirtió. Richard siempre se mantenía en perfecto estado. Lady Bruton se estaba impacientando; todo su ser se rebelaba positiva, innegable y dominantemente contra esta innecesaria demora (Peter Walsh y sus cosas) del tema que atraía su atención, y no sólo su atención sino aquella fibra que era el eje de su alma, aquella parte esencial de su personalidad, sin la cual Millicent Bruton no hubiera sido Millicent Bruton: aquel proyecto de organizar la emigración de jóvenes de ambos sexos, hijos de familias respetables, y asentarlos, con buenas posibilidades de prosperar, en el Canadá. Exageraba. Quizá había perdido su sentido de la proporción. Para lo demás, la emigración no era el remedio evidente, el concepto sublime. No era para los demás (para Hugh, para Richard, y ni siquiera para la fiel señorita Brush) la liberación del fuerte egotismo que una mujer fuerte y marcial, bien alimentada, de buena familia, de impulsos directos, de rectos sentimientos, y poca capacidad de introspección (ancha y sencilla, ¿por qué no podían ser todos anchos y sencillos? se preguntaba) siente alzarse dentro de sí, cuando la juventud ha desaparecido, y debe proyectar hacia alguna finalidad, sea la Emigración, sea la Emancipación; pero sea lo que fuere, esta finalidad a cuyo alrededor la esencia de su alma se derrama a diario, deviene inevitablemente prismática, lustrosa, mitad espejo, mitad piedra preciosa; ahora cuidadosamente oculta, no sea que la gente se burle de ella; ahora orgullosamente expuesta. En resumen, la Emigración se había transformado, en gran parte, en Lady Bruton.

Pero Lady Bruton tenía que escribir. Y escribir una carta al Times , solía decir a la señorita Brush, le costaba más que organizar una expedición a Sudáfrica (lo cual hizo durante la guerra). Después de una mañana de lucha, de comenzar, de rasgar, de volver a comenzar, solía darse cuenta de la futilidad de su condición de mujer cual en ninguna otra ocasión la sentía, y agradecida pensaba en Hugh Whitbread que poseía-y nadie podía ponerlo en duda-el arte de escribir cartas al Times.


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(*) Virginia Woolf nació el 25 de enero de 1882 en Londres. En 1905, tras el fallecimiento de su padre, el biógrafo y filósofo Leslie Stephen, se mudó a Bloomsbury, ciudad donde se reunirían los librepensadores. Nunca fue a la escuela, sus estudios los realizó en su casa. En 1912 contrajo matrimonio con el escritor Leonard Woolf. Cinco años después crearían la editorial Hogarth. En sus primeras novelas, Fin de viaje (1915), Noche y día (1919) y El cuarto de Jacob (1922), aparece expuesta su intención de llevar las novelas a algo más que a una mera narración. En sus siguientes novelas, La señora Dalloway (1925) y Al faro (1927), consigue expresar los sentimientos interiores de los personajes, y grandes efectos psicológicos por medio de imágenes, metáforas y símbolos. Otras novelas destacadas son, Las olas (1931) y Orlando (1928). Además escribió biografías y ensayos tan famosos como Una habitación propia (1929), donde aparece una crítica por la poca valoración de los derechos de la mujer. Se suicidó rellenándose los bolsillos del vestido con piedras y zabulléndose en un río el 29 de marzo de 1941.




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