La paz envolvió a Clarissa, la calma, la satisfacción,
mientras la aguja, juntando suavemente la seda de elegante
caída, unía los verdes pliegues y los cosía,
muy lentamente, a la cintura. De la misma manera en los
días de verano las olas se juntan, se abalanzan y
caen; se juntan y caen; y el mundo entero parece decir "esto
es todo" con más y más gravedad, hasta
que incluso el corazón en el cuerpo que yace al sol
en la playa también dice esto es todo. No temas más,
dice el corazón. No temas más, dice el corazón,
confiando su carga a algún mar que suspira colectivamente
por todas las penas, y renueva, comienza, junta, deja caer.
Y sólo el cuerpo presta atención a la abeja
que pasa; la ola rompiendo; el perro ladrando, ladrando
y ladrando a lo lejos.
-¡El timbre de la puerta principal!
exclamó Clarissa, deteniendo la aguja. Y, alertada,
escuchó.
-La señora Dalloway me recibirá-dijo
en el vestíbulo el hombre de mediana edad-. Sí,
sí, a mí me recibirá-repitió,
mientras con benevolencia echaba a Lucy a un lado, y muy
de prisa, corriendo, empezaba a subir la escalera-. Sí,
sí, sí-murmuraba mientras subía corriendo
la escalera-. Me recibirá. Después de haber
pasado cinco años en la India, Clarissa me recibirá.
-¿Quién puede. . .? ¿Quién
puede. . .? -preguntó Clarissa.
(Lo dijo pensando que era indignante que
la interrumpieran a las once de la mañana del día
en que daba una fiesta.) Había oído pasos
en la escalera. Oyó una mano en la puerta. Intentó
ocultar el vestido, como una virgen protegiendo la castidad,
resguardando su intimidad. Ahora la manecilla de bronce
giró. Ahora la puerta se abrió, y entró.
. . ¡durante un segundo no pudo recordar cómo
se llamaba!, tan sorprendida quedó al verle, tan
contenta, tan intimidada, ¡tan profundamente sorprendida
de que Peter Walsh la visitara inesperadamente aquella mañana!
(No había leído su carta.)
-¿Qué tal, cómo estás?
-dijo Peter Walsh, temblando de veras, cogiendo las dos
manos de Clarissa, besándole ambas manos.
Ha envejecido, pensó Peter Walsh
sentándose. No le diré nada, pensó,
porque ha envejecido. Me está mirando, pensó,
bruscamente dominado por la timidez, a pesar de que le había
besado las manos. Se metió la mano en el bolsillo,
sacó un cortaplumas grande y lo abrió a medias.
Exactamente igual, pensó Clarissa;
el mismo extraño aspecto; el mismo traje a cuadros;
su cara parece un poco alterada, un poco más delgada,
un poco más seca quizá, pero tiene un aspecto
magnífico, y es el mismo de entonces.
-¡Qué maravilloso volverte
a ver!-exclamó.
Peter abrió del todo el cortaplumas.
Muy propio de él, pensó Clarissa.
Anoche llegó a la ciudad, dijo él;
hubiera debido irse al campo inmediatamente; ¿y qué
novedades había?, ¿cómo estaban todos?,
¿Richard?, ¿Elizabeth?
-¿Qué significa esto?-dijo,
indicando con el cortaplumas el vestido verde.
Va muy bien vestido, pensó Clarissa;
sin embargo, siempre me critica.
Aquí está, remendando un
vestido; remendando un vestido, como de costumbre, pensó
Peter Walsh; aquí ha estado sentada todo el tiempo
que yo he estado en la India; remendando el vestido; entreteniéndose;
yendo a fiestas; corriendo a la Cámara y regresando
y todo lo demás, pensó, mientras iba irritándose
más y más, agitándose más y
más, porque nada hay en el mundo tan malo para algunas
mujeres como el matrimonio, pensó y la política;
y tener un marido conservador, como el admirable Richard.
Así es, así es, pensó, cerrando el
cuchillo con un seco sonido.
-Richard está muy bien-dijo Clarissa-.
Richard está en un comité.
Abrió las tijeras y le preguntó
si le molestaba que terminara de hacer lo que estaba haciendo
con el vestido, ya que aquella noche daba una fiesta.
-¡A la que no te invitaré,
mi querido Peter!
Pero fue delicioso oírle decir aquello:
¡mi querido Peter! En realidad, todo era delicioso:
la plata, las sillas... ¡todo era tan delicioso!
¿Y por qué no iba a invitarle
a la fiesta?, preguntó.
Desde luego, pensó Clarissa, ¡es
encantador! ¡Totalmente encantador! Ahora recuerdo
lo dificilísimo que fue tomar la decisión.
¿Y por qué tomé la decisión
de no casarme con él, aquel verano?, se preguntó.
-¡Es extraordinario que hayas venido
esta mañana! -gritó Clarissa, poniendo las
manos una encima de la otra sobre el vestido-. ¿Recuerdas
cómo batían las persianas, en Bourton?
-Efectivamente, batían.
Y recordó desayunar solo, muy intimidado,
con el padre de Clarissa; y el padre había muerto;
y Peter Walsh no había escrito a Clarissa. Pero la
verdad era que nunca se había llevado bien con el
viejo Parry, aquel viejo y flojo quejumbroso, el padre de
Clarissa, Justin Parry.
-A menudo deseo haberme llevado mejor con
tu padre-dijo.
-Papá nunca tuvo simpatía
hacia ninguno de mis. . . de nuestros amigos.
Y de buena gana se hubiera Clarissa mordido
la lengua por haber recordado con estas palabras a Peter
Walsh el que se hubiera querido casar con ella.
Desde luego, quise hacerlo, pensó
Peter Walsh; casi me destrozó el corazón,
pensó; y quedó dominado por su propia pena,
que se alzó como una luna que se contempla desde
una terraza, horriblemente hermosa en la luz del día
naufragante. Jamás he sido tan desdichado, pensó.
Y, como si de veras estuviera sentado en la terraza, se
inclinó un poco hacia Clarissa; adelantó la
mano; la levantó; la dejó caer. Allí
arriba, sobre ellos, colgaba aquella luna. También
Clarissa parecía estar sentada con él en la
terraza, a la luz de la luna.
-Ahora es de Herbert-dijo Clarissa-. Ahora
nunca voy allí.
Entonces, tal como ocurre en una terraza
a la luz de la luna, cuando una persona comienza a sentirse
avergonzada de estar ya aburrida, y sin embargo la otra
está sentada en silencio, muy tranquila, mirando
con tristeza la luna, y la primera prefiere no hablar, mueve
el pie, se aclara la garganta, advierte la existencia de
una voluta de hierro en la pata de una mesa, toca una hoja,
pero no dice nada, así se comportó Peter Walsh
ahora. Sí, porque, ¿a santo de qué
regresar al pasado?, pensó. ¿Por qué
inducirle a volver a pensar en el pasado? ¿Por qué
hacerle sufrir, después de haberle torturado de manera
tan infernal? ¿Por qué?
-¿Recuerdas el lago?-preguntó
Clarissa.
Lo dijo en voz brusca, bajo el peso de
una emoción que le atenazaba el corazón, que
daba rigidez a los músculos de la garganta, y que
contrajo sus labios en un espasmo al pronunciar la palabra
"lago". Sí, porque era una niña
que arrojaba pan a los patos, entre sus padres, y al mismo
tiempo una mujer mayor que acudía al lado de sus
padres, que estaban en pie junto al lago, y ella iba con
su vida en brazos, vida que, a medida que se acercaba a
sus padres, crecía más y más en sus
brazos, hasta llegar a ser una vida entera, una vida completa,
que puso ante ellos, diciendo: "¡Esto es lo que
he hecho con mi vida! ¡Esto!" ¿Y qué
había hecho con ella? ¿Realmente, qué?
Sentada allí, cosiendo, esta mañana, en compañía
de Peter Walsh.
Miró a Peter Walsh; su mirada, pasando
a través de aquel tiempo y de aquella emoción,
le alcanzó dubitativa se posó llorosa en él,
se alzó y se alejó en un revoloteo, cual un
pájaro que toca una rama y se alza y se aleja revoloteando.
Con gran sencillez, se secó los ojos.
-Sí-dijo Peter-. Sí, sí,
sí-dijo, como si Clarissa sacara a la superficie
algo que causaba verdadero dolor a medida que ascendía.
¡Basta, basta!, deseaba gritar Peter.
Porque no era viejo; su vida no había terminado;
no, ni mucho menos. Hacía poco que había cumplido
los cincuenta. ¿Se lo digo o no?, pensó. De
buena gana se desahogaría contándoselo todo.
Pero es demasiado fría, pensó; cosiendo, con
sus tijeras; Daisy parecía vulgar, al lado de Clarissa.
Y pensaría que soy un fracasado, y es cierto que
lo soy según ellos, pensó; según los
Dalloway. No tenía la menor duda al respecto; era
un fracasado, al lado de todo aquello-la mesa con incrustaciones,
el ornamental cortapapeles, el delfín y los candelabros,
la tapicería de las sillas y los viejos y valiosos
grabados ingleses a todo color-, ¡era un fracasado!
Detesto la presuntuosa complacencia de todo esto, pensó;
es cosa de Richard, no de Clarissa; pero Clarissa se casó
con él. (En este instante Lucy entró en la
estancia con plata, más plata, pero su aspecto era
encantador, esbelto y grácil, pensó Peter,
cuando se inclinó para dejar la plata.) ¡Y
así han vivido constantemente!, pensó, semana
tras semana; la vida de Clarissa; en tanto que yo, pensó;
e inmediatamente todo pareció irradiar de él:
viajes, cabalgadas, peleas, aventuras, partidas de bridge,
amores, ¡trabajo, trabajo, trabajo!, y sacó
el cortaplumas sin el menor disimulo, el viejo cortaplumas
con cachas de cuerno que Clarissa podía jurar había
tenido en el curso de aquellos treinta años, y crispó
sobre él la mano.
Qué costumbre tan extraordinaria,
pensó Clarissa; siempre jugando con un cuchillo.
Y siempre, también, haciéndola sentirse una
frívola, de mente vacía, una simple charlatana
atolondrada. Pero también yo tengo la culpa, pensó,
y, cogiendo la aguja, llamó, como una reina cuyos
guardianes se han dormido y la han dejado sin protección
(había quedado sorprendida por aquella visita, visita
que la había alterado), de manera que cualquiera
puede acercarse y mirarla, mientras yace con las zarzas
meciéndose sobre su cuerpo, llamó en su ayuda
a las cosas que hacía, las cosas que le gustaban,
su marido, Elizabeth, ella misma, cosas que ahora Peter
apenas conocía, para que acudieran todas a ella y
derrotaran al enemigo.
-Bien, ¿y qué has hecho en
estos años?-dijo.
De igual manera, antes de que la batalla
comience, los caballos patean el suelo, alzan la cabeza,
reluce la luz en sus ijares, curvan el cuello. De la misma
manera, Peter Walsh y Clarissa, sentados el uno al lado
del otro en el sofá azul, se desafiaban. En el interior
de Peter Walsh, piafaban y se alzaban sus poderes. Procedentes
de distintas zonas, reunió toda suerte de cosas:
alabanzas, su carrera en Oxford, su matrimonio del que Clarissa
nada sabía, lo que había amado, y el haber
llevado a cabo su tarea.
-¡Millones de cosas! exclamó.
Y, estimulado por aquel conjunto de poderes
que ahora embestían en todas direcciones y le daban
la sensación terrorífica, y al mismo tiempo
extremadamente excitante, de ser transportado en volandas
sobre los hombros de gente a la que él no podía
ver, se llevó las manos a la frente.
Clarissa, muy erguida, contuvo el aliento.
-Estoy enamorado-dijo Peter Walsh.
Pero no lo dijo a Clarissa, sino a aquella
mujer levantada en la oscuridad para que uno no pudiera
tocarla y se viera obligado a dejar la guirnalda en el césped,
en la oscuridad.
-Enamorado-repitió, dirigiéndose
ahora con cierta sequedad a Clarissa Dalloway-. Enamorado
de una muchacha en la India.
Había depositado su guirnalda. Clarissa
podía hacer lo que quisiera con ella.
-¡Enamorado!-dijo Clarissa.
¡A su edad, con su corbatita de lazo,
aplastado por aquel monstruo! Y tiene el cuello descarnado,
las manos rojas, ¡y es seis meses mayor que yo! Lo
pensó con los ojos destellantes, pero en su corazón
sintió, de todas maneras: está enamorado.
Tiene esto, sintió; está enamorado.
Pero el indomable egotismo que constantemente
derriba a las huestes que se le oponen, el río que
dice adelante, adelante, adelante-aunque reconoce que podemos
no tener una meta, no por ello deja de decir adelante-,
este indomable egotismo dio color a las mejillas de Clarissa,
la hizo parecer muy joven, muy sonrosada, con los ojos muy
brillantes, mientras estaba sentada con el vestido sobre
las rodillas, la aguja junto al borde de la seda verde,
temblando un poco. ¡Estaba enamorado! No de ella.
De alguna mujer más joven, naturalmente.
-¿Y quién es ella?-preguntó.
Ahora aquella estatua sería arrancada
de su pedestal, y quedaría en el suelo, entre los
dos.
-Una mujer casada, por desdicha. La esposa
de un mayor del Ejército de la India.
Y, con curiosamente irónica dulzura,
Peter Walsh sonrió al colocar en tan ridícula
postura a aquella mujer ante Clarissa.
(De todos modos, está enamorado,
pensó Clarissa.)
-Tiene dos hijos de corta edad-prosiguió
Peter Walsh muy razonable-, chico y chica. Y he venido para
ver a mis abogados, por lo del divorcio.
¡Aquí están!, pensó
Peter. ¡Haz con ellos lo que quieras, Clarissa! ¡Aquí
están! Y, segundo a segundo, le parecía que
la esposa del mayor del Ejército de la India (su
Daisy) y sus hijos de corta edad se transformaban en seres
más y más adorables a medida que Clarissa
los miraba; como si él hubiera puesto una bolita
gris en una bandeja, y se hubiera alzado un hermoso árbol
en el salado y puro aire de su intimidad (ya que, en cierta
manera, nadie le entendía tan bien, nadie sentía
tan al unísono con él, como Clarissa), su
exquisita intimidad.
Aquella mujer halagaba a Peter, le engañaba,
pensó Clarissa, dando forma a la mujer, la esposa
de un mayor del Ejército de la India, con tres golpes
de cuchillo. ¡Qué lástima! ¡Qué
locura! Durante toda su vida, Peter se había engañado
así; primero, al comportarse de tal manera que tuvo
que salir de Oxford; después, al casarse con aquella
chica a la que conoció en el barco yendo a la India;
ahora con la esposa del mayor... ¡gracias a Dios que
no se había casado con él! De todos modos,
estaba enamorado; su viejo amigo, su querido Peter, estaba
enamorado.
-¿Y qué vas a hacer?-le preguntó.
Bueno, los abogados y procuradores, los
señores Hooper y Grateley, de Lincoln's Inn, harían
lo que se debía hacer, dijo Peter. Y comenzó
a recortarse las uñas con el cortaplumas.
¡Por lo que más quieras, deja
ya el cortaplumas!, gritó para sí misma, incapaz
de contener su irritación; constituía un estúpido
desembarazo, esta debilidad de Peter; en Peter, esta falta
de hasta la sombra de la noción de los sentimientos
de los demás molestaba a Clarissa, siempre la había
molestado; y ahora, a la edad que Peter tenía, ¡cuán
estúpido resultaba!
Sé muy bien todo esto, pensó
Peter; conozco bien aquello con lo que me tendré
que enfrentar, pensó, mientras pasaba el dedo por
el filo del cortaplumas, Clarissa y Dalloway y todos los
demás; pero le daré una lección a Clarissa.
Y entonces, ante su gran sorpresa, súbitamente arrojado
por aquellas incontrolables fuerzas, arrojado al aire, se
echó a llorar; lloró sin asomo de vergüenza,
sentado en el sofá, y las lágrimas le resbalaban
por las mejillas.
Y Clarissa se había inclinado hacia
adelante, le había cogido la mano, lo había
atraído hacia ella, le había besado. Realmente,
Clarissa había sentido la cara de Peter en la suya
antes de que pudiera aquietar el batir de plumas con destellos
de plata, como hierba de la pampa en un vendaval del trópico,
en el interior de su pecho que, al cesar, la dejó
con la mano de Peter en la suya, dándole palmaditas
en la rodilla, y sintiéndose, en el momento de reclinarse,
extraordinariamente a sus anchas en compañía
de Peter y con el corazón alegre, en cuyo momento,
bruscamente, pensó: ¡si me hubiera casado con
él gozaría de esta alegría todos los
días!
Todo había terminado para ella.
La sábana estaba lisa, y estrecha era la cama. Se
había, subido sola a la torre, y los había
dejado, a los demás, jugando al sol. La puerta se
había cerrado, y allí, entre el polvo del
yeso caído y la broza de los nidos de pájaros,
cuán distante parecía el panorama, y los sonidos
llegaban débiles y fríos (se acordó
de cierta ocasión, en Leith Hill), y ¡Richard,
Richard!, gritó, como en el nocturno sobresalto del
que duerme y extiende la mano en las tinieblas en busca
de ayuda. Almorzando con Lady Bruton, recordó. Me
ha abandonado, estoy sola para siempre, pensó, cruzando
las manos sobre las rodillas.
Peter Walsh se había levantado y,
cruzando la estancia, quedó colocado junto a la ventana,
donde estaba ahora en pie, de espaldas a ella, agitando
en el aire, de un lado para otro, un pañuelo de hierbas.
Tenía un aspecto magistral y seco y desolado, con
sus delgadas paletillas levantándole un poco la chaqueta,
mientras se sonaba con violencia las narices. Llévame
contigo, pensó Clarissa impulsiva, como si en aquel
instante se dispusiera Peter a emprender un gran viaje;
y entonces, en el instante siguiente, fue como si los cinco
actos de una obra teatral muy excitante y conmovedora hubieran
terminado, y Clarissa hubiera vivido toda una vida en su
transcurso, y hubiera huido, y hubiera vivido con Peter,
y ahora todo hubiera terminado.
Había llegado el momento de ponerse
en movimiento, y, tal como una mujer recoge sus cosas, su
capa, sus guantes, sus prismáticos de ópera,
y se levanta para salir del teatro a la calle, Clarissa
se levantó del sofá y se acercó a Peter.
Y fue terriblemente extraño, pensó
Peter, advertir que Clarissa aún tenía el
poder, mientras se acercaba con un murmullo de ropas, con
un tintineo, aún tenía el poder, mientras
cruzaba la estancia, de hacer que la luna, que Peter detestaba,
ascendiera en Bourton sobre la terraza en el cielo de verano.
-Dime-preguntó, cogiéndola
por los hombros-, ¿eres feliz, Clarissa? ¿Acaso
Richard...?
Se abrió la puerta.
-Aquí está mi Elizabeth-dijo
Clarissa con vehemencia, quizás un poco teatralmente.
-Hola, ¿qué tal?-dijo Elizabeth
mientras se acercaba.
Las campanadas del Big Ben dando la media
hora sonaron entre ellos con extraordinario vigor, como
si un hombre joven, fuerte, indiferente, desconsiderado,
atizara porrazos a diestro y siniestro.
-¡Hola, Elizabeth!-gritó Peter.
Y se metió el pañuelo en el bolsillo, y se
acercó a la mujer, y dijo-: Adiós, Clarissa.
Lo dijo sin mirarla, salió de prisa
de la estancia, bajó corriendo la escalera y abrió
la puerta del vestíbulo. Siguiéndole hasta
el descansillo, Clarissa gritó:
-¡Peter! ¡Peter! ¡Mi
fiesta! ¡Acuérdate de mi fiesta de esta noche!
Y tuvo que alzar la voz para superar el
rugido del exterior, y, avasallada por el tránsito
y el sonido de todos los relojes dando la hora, su voz al
gritar "¡Acuérdate de mi fiesta de esta
noche!" sonó frágil y delgada y muy lejana,
mientras Peter cerraba la puerta.
Acuérdate de mi fiesta, acuérdate
de mi fiesta, dijo Peter Walsh al pisar la calle, hablando
rítmicamente para sí, al compás del
fluir del sonido, del directo y rotundo sonido del Big Ben
dando la media hora. (Los círculos de plomo se disolvieron
en el aire.) Oh, estas fiestas, pensó, las fiestas
de Clarissa. ¿Por qué da estas fiestas? Y
con ello no acusaba a Clarissa, ni tampoco a la imagen de
un hombre con chaqué y un clavel en el ojal que avanzaba
hacia él. Sólo una persona en el mundo podía
estar, cuál él estaba, enamorado. Y allí
estaba, aquel hombre afortunado, él mismo, reflejado
en la luna del escaparate de un fabricante de automóviles
en Victoria Street. La India entera estaba detrás
de él: llanuras, montañas, epidemias de cólera,
un distrito dos veces mayor que Irlanda, decisiones que
debía tomar solo-él, Peter Walsh, que ahora
estaba realmente enamorado por primera vez en su vida. Clarissa
se había endurecido, pensó; y, de paso, se
había tornado un tanto sentimental, sospechaba, mirando
los grandes automóviles capaces de hacer, ¿cuántas
millas con cuántos galones? Porque él sentía
cierta inclinación por la mecánica; había
inventado un arado en su distrito, había pedido carretillas
a Inglaterra, pero los culis se negaban a utilizarlas, de
todo lo cual Clarissa no sabía nada de nada.
La forma como Clarissa había dicho
"Aquí está mi Elizabeth" había
enojado a Peter Walsh. ¿Por qué no había
dicho sencillamente, "Aquí está Elizabeth"?
Era insincera la frase. Y a Elizabeth tampoco le había
gustado. (Los últimos temblores de la gran voz tonante
todavía estremecían el aire alrededor de Peter
Walsh; la media; temprano aún; sólo las once
y media.) Sí, porque Peter Walsh comprendía
a los jóvenes, le gustaban. Había cierta frialdad
en Clarissa, pensó. Siempre, incluso de niña,
había sufrido una especie de timidez, que en la media
edad se convierte en convencionalismo, y entonces todo termina,
todo termina, pensó, mirando un tanto atemorizado
las vidriosas profundidades, y preguntándose si acaso
al visitarla a aquella hora la había enojado. De
repente quedó dominado por la vergüenza de haberse
comportado como un insensato: había llorado, se había
dejado llevar por las emociones, se lo había contado
todo, como de costumbre, como de costumbre.
Tal como la nube cruza ante el sol, así
cae el silencio sobre Londres, y cae sobre la mente. Los
esfuerzos cesan. El tiempo ondea en el mástil. Aquí
nos detenemos; aquí quedamos quietos, en pie. Rígido,
sólo el esqueleto de la costumbre sostiene el caparazón
humano. Que no contiene nada, se dijo Peter Walsh, y se
sintió vacío, totalmente huero en su interior.
Clarissa me ha rechazado, pensó, Se quedó
quieto, pensando: Clarissa me ha rechazado.
Ah, dijo St. Margaret, como una dama de
sociedad que entra en su salón en el instante en
que suena la hora, y ve que sus invitados están ya
allí. No llego tarde. Son exactamente las once y
media, dice la dama. Sin embargo, pese a que lleva toda
la razón, su voz, por ser la voz de la dueña
de la casa, es remisa a infligir su individualidad. La retiene
cierto dolor por el pasado, cierta preocupación por
el presente. Son las once y media, dice, y el sonido de
St. Margaret se desliza en los entresijos del corazón
y se entierra en círculo tras círculo de sonido,
como algo vivo que ansía confiarse, dispersarse,
quedar, con un estremecimiento de delicia, en descanso;
cual la propia Clarissa, pensó Peter Walsh, descendiendo
la escalera al tocar la hora, vestida de blanco. Es la misma
Clarissa, pensó con profunda emoción, y con
un extraordinariamente claro, aunque intrigante, recuerdo
de ella, como si esta campana hubiera entrado en la habitación,
años atrás, en la que estaban sentados en
un momento de gran intimidad, y hubiera ido de uno a otro
y se hubiera marchado, como una abeja con miel, cargada
con el momento. Pero, ¿qué habitación?,
¿qué momento? Y, ¿por qué se
había sentido tan profundamente feliz mientras el
reloj sonaba? Entonces, mientras el sonido de St. Margaret
iba extinguiéndose, Peter Walsh pensó: ha
estado enferma; y el sonido expresaba languidez y sufrimiento.
Del corazón, recordó; y la súbita sonoridad
de la última campanada dobló a muerte que
sorprende en plena vida, cayendo Clarissa allí donde
se encontraba, en su salón. ¡No! ¡No!,
gritó Peter Walsh. ¡No está muerta!
No soy viejo, gritó, y avanzó hacia Whitehall,
como si allí se le ofreciera vigoroso e interminable
su futuro.
En modo alguno era viejo, o rígido
o seco. Y, en cuanto a lo que de él dijeran (los
Dalloway, los Whitbread y su grupito), le importaba un pimiento,
un pimiento (aun cuando, ciertamente, llegaría el
momento en que tendría que ver si Richard le podía
ayudar a conseguir un empleo). Caminando a largas zancadas,
atenta la vista, lanzó una llameante mirada a la
estatua del Duque de Cambridge. Le habían echado
de Oxford, ciertamente. Había sido socialista, en
cierto aspecto un fracasado, ciertamente. De todos modos,
el futuro de la civilización se encuentra en las
manos de los jóvenes así, de los jóvenes
que son como él era treinta años atrás,
con su amor por los principios abstractos, pidiendo que
les manden libros desde Londres a un picacho del Himalaya,
leyendo libros de ciencias, leyendo filosofía. El
futuro está en manos de jóvenes así,
pensó.
Un murmullo, como el murmullo de las hojas
en el bosque, le llegó desde atrás, y con
él le llegó un sonido de reiterado golpeteo
sordo que, al llegar a él, encaminó sus pensamientos,
marcando el paso, hacia Whitehall, sin que él quisiera.
Muchachos vestidos de uniforme, con fusiles, desfilaban
con la vista fija al frente, desfilaban, rígidos
los brazos, y en sus rostros había una expresión
como las letras de una leyenda escrita alrededor de la base
de una estatua enalteciendo el deber, la gratitud, la fidelidad,
el amor a Inglaterra.
Están, pensó Peter Walsh,
comenzando a marcar el paso con ellos, muy bien instruidos.
Pero no parecían robustos. Casi todos van desmadejados,
muchachos de dieciséis años que, probablemente,
mañana estarán detrás de cuencos de
arroz y porciones de jabón, en mostradores. Ahora
les envolvía, sin mezcla de placer sensual o de cotidianas
preocupaciones, la solemnidad de la corona de flores que
habían cogido en Finsbury Pavement para llevarla
a la tumba vacía. Habían prestado su juramento.
El tránsito los respetaba; los camiones se detenían.
No puedo aguantar su ritmo, pensó
Peter Walsh, mientras avanzaban hacia Whitehall, y efectivamente
siguieron hacia adelante, rebasándole a él,
rebasándolos a todos, con su aire resuelto, como
si una sola voluntad impulsara piernas y brazos; como si
la vida, con sus variaciones y reticencias, hubiera sido
enterrada bajo un pavimento cubierto de monumentos y coronas
de flores y hubiera sido drogada por la disciplina hasta
convertirse en un cadáver rígido pero vidente.
Uno tenía que respetar aquello; uno podía
reír, pero uno tenía que respetarlo, pensó.
Ahí van, pensó Peter Walsh, deteniéndose
en el bordillo; y todas las ensalzadas estatuas, Nelson,
Gordon, Havelock, las negras, las espectaculares imágenes
de grandes soldados, miraban al frente como si también
ellos hubieran hecho la misma renuncia (Peter Walsh estimaba
que también él había hecho la gran
renuncia), hubieran sido templados en las mismas tentaciones,
y al fin hubieran logrado mirada de mármol. Pero
por nada del mundo quería Peter Walsh tener aquella
mirada, aunque pudiera respetarla en otros. Podía
respetarla en los jóvenes. No conocen todavía
las flaquezas de la carne, pensó, mientras los muchachos
que desfilaban desaparecían hacia el Strand. Todo
esto lo he dejado atrás, pensó mientras cruzaba
la calle y quedaba en pie ante la estatua de Gordon, aquel
Gordon a quien de chico había idolatrado; Gordon
en pie, solitario, con una pierna levantada y los brazos
cruzados. Pobre Gordon, pensó.
Y debido solamente a que nadie sabía
aún que se encontraba en Londres, salvo Clarissa,
y a que la tierra, después del viaje, seguía
pareciéndole una isla, se sintió dominado
por la rareza de estar solo, vivo, desconocido, a las once
y media, en Trafalgar Square. ¿Qué es esto?
¿Dónde estoy? ¿Y por qué, a
fin de cuentas, hace uno las cosas?, pensó, y le
parecía ahora que el divorcio fuera algo extraterreno.
Y la mente se le quedó plana como un terreno pantanoso,
y tres grandes emociones se alzaron en él; comprensión,
una vasta filosofía, y por fin, como si fuese resultado
de las otras dos, un deleite irreprimible y exquisito; como
si, dentro de su cerebro, otra mano tirara de cordeles,
abriera postigos, y él, que nada tenía que
ver con lo dicho, se encontrara a la entrada de interminables
avenidas por las que podía vagar si quería.
Hacía años que no se sentía tan joven.
¡Había escapado! Era infinitamente
libre, como sucede al escapar de la costumbre, cuando la
mente, como una llama sin resguardo, se inclina y se tuerce,
y parece vaya a saltar de su lugar. ¡Hacía
años que no me sentía tan joven!, pensó
Peter, escapando (aunque sólo por una hora, más
o menos, desde luego) de ser precisamente lo que era, y
sintiéndose como un niño que sale corriendo
de casa y ve, mientras corre, a su vieja niñera que
agita la mano hacia la ventana en que él no se encuentra.
Pero es extraordinariamente atractiva, pensó, mientras
cruzaba Trafalgar Square, en dirección a Haymarket,
cuando hacia él vino una mujer joven que, al pasar
junto a la estatua de Gordon, pareció, pensó
Peter Walsh (siempre vulnerable), despojarse de velo tras
velo, hasta quedar convertida en la mismísima mujer
en que Peter Walsh había pensado siempre; joven,
pero digna; alegre, pero discreta; negra, pero encantadora.
Irguiéndose y tocando furtivamente
el cortaplumas con los dedos, comenzó a seguir a
esta mujer, a esta ilusión, que parecía, incluso
de espaldas, proyectar en él una luz que les unía,
que le individualizaba, como si el indiferente rugido del
tránsito hubiera susurrado, puestas las manos a modo
de bocina, su nombre, no Peter, sino aquel nombre íntimo
que a sí mismo se daba en sus pensamientos. "Tú",
decía la mujer, sólo "tú",
y lo decía con sus blancos guantes y con sus hombros.
Entonces la delgada y larga capa que el viento agitaba,
mientras la mujer pasaba ante la tienda de Dent, en Cockspur
Street, se alzó con envolvente dulzura, con doliente
ternura como unos brazos que se abrieran y acogieran al
cansado. . .
Pero no está casada; es joven, muy
joven, pensó Peter, mientras el rojo clavel que había
visto que la muchacha llevaba, cuando se le acercó
en Trafalgar Square, volvía a arder en los ojos de
Peter Walsh y a dar rojo color a los labios de la muchacha.
Pero la muchacha se detuvo y esperó en la acera.
Tenía dignidad. No era mundana como Clarissa, no
era rica como Clarissa. ¿Sería, se preguntó
Peter cuando la muchacha volvió a caminar, respetable?
Ingeniosa, con la veloz lengua del lagarto, pensó
(sí, porque uno debe inventar, uno debe permitirse
pequeñas diversiones), un ingenio tranquilo y frío,
un ingenio aguzado, poco ruidoso.
La muchacha avanzó y cruzó;
él la siguió. Intimidarla era lo último
que Peter Walsh deseaba. De todos modos, si la muchacha
se detenía, Peter le diría: "Venga conmigo
a tomar un helado", sí, eso diría, y
ella contestaría con perfecta sencillez: "Oh,
sí."
Pero otra gente se interpuso entre los
dos, en la calle, obstruyendo el paso a Peter, impidiéndole
verla. Peter perseveró; la muchacha cambió.
Había color en sus mejillas, burla en sus ojos; era
un aventurero, un temerario, pensó Peter, rápido,
osado (teniendo en cuenta que anoche llegó de la
India), un romántico filibustero, a quien le importaban
un comino aquellos malditos objetos, las batas amarillas,
las pipas, las cañas de pescar en los escaparates
de la tienda; y lo mismo cabía decir de la respetabilidad,
de las fiestas nocturnas y de los lozanos viejos con blanca
pechera bajo el chaleco. Era un filibustero. Adelante y
adelante siguió la muchacha, cruzó Piccadilly
y ascendió por Regent Street ante él, y su
capa, sus guantes sus hombros se combinaban con las puntillas
y los encajes y las plumas de avestruz de los escaparates,
dando vida al espíritu de delicadeza y refinamiento
que amortiguado brillaba en los escaparates, proyectándose
en la acera, como la luz de la lámpara que de noche
vacila sobre los arbustos en la oscuridad.
Riente y deliciosa, cruzó Oxford
Street y Great Portland Street, dobló una esquina,
penetró en una calleja, y ahora, ahora se acercaba
el gran momento, porque ahora se estaba deteniendo, abría
el bolso, y con una mirada en dirección a él,
aun cuando no a él mismo, una mirada de despedida,
resumió la situación y le dijo adiós
triunfalmente, para siempre, metió la llave en la
cerradura, abrió la puerta y ¡desapareció!
La voz de Clarissa diciendo acuérdate de mi fiesta,
acuérdate de mi fiesta, cantaba en sus oídos.
La casa era uno de estos sencillos edificios rojos, con
colgantes guardatiestos en forma de cesto vagamente incongruentes.
Había terminado.
Bueno, me he divertido; me he divertido,
pensó, mientras miraba los colgantes cestos con pálidos
geranios. Y quedó atomizada su diversión,
porque había sido medio ficticia, como sabía
muy bien Peter Walsh; inventada, esta escapada con la muchacha;
imaginada, como uno imagina la mejor parte de la vida, pensó,
como uno se imagina a sí mismo; he imaginado a la
muchacha, he creado una exquisita diversión, y algo
más. Era raro y al mismo tiempo verdad; nunca podría
compartir aquello, ya atomizado.
Dio media vuelta; recorrió la calle,
pensando en encontrar un lugar en el que sentarse, hasta
que llegara el momento de ir a Lincoln's Inn, al despacho
de los señores Hooper y Grateley. ¿A dónde
iría? Poco importaba. Calle arriba, y luego hacia
Regent's Park. Al chocar sus botas contra el pavimento decían
"poco importa", porque era temprano, todavía
muy temprano.
Era una espléndida mañana.
Como el pulso de un corazón perfecto la vida latía
directamente en las calles. No había vacilaciones,
no había dudas. Deslizándose, con una leve
inclinación de su trayectoria, con exactitud, puntualmente,
en silencio, allí, precisamente en el momento oportuno,
el automóvil se detuvo ante la puerta. La muchacha,
con medias de seda, con plumas, evanescente, pero no muy
atractiva para él (que ya había gozado su
buen momento), descendió. Admirables mayordomos,
leonados perros chinos, salones de losas trapezoidales blancas
y negras, blancas cortinas agitadas por el viento, vio Peter
por la puerta abierta, y lo que vio mereció su aprobación.
A fin de cuentas, Londres era un gran logro, a su manera;
la temporada social; la civilización. Por pertenecer
a una respetable familia angloindia que, por lo menos durante
tres generaciones, había administrado los asuntos
de un continente (es raro, pensó, que esto suscite
en mí tanta emoción, si tenemos en cuenta
que no me gusta la India, ni el imperio, ni el ejército),
había ciertos momentos en que la civilización,
incluso esa clase de civilización, le era tan querida
como si fuese una posesión personal, momentos en
los que estaba orgulloso de Inglaterra, de los mayordomos,
de los perros chinos, de las muchachas en la seguridad de
la riqueza. Es ridículo, pensó, pero así
es. Y los médicos y los hombres de negocios y las
competentes mujeres, yendo cada cual a sus asuntos, puntuales,
atentos, robustos, le parecían totalmente admirables,
buenas gentes a las que podía confiar la propia vida,
compañeros en el arte de vivir, dispuestos a ayudarle
a uno. Realmente, entre una cosa y otra, el espectáculo
era muy tolerable; se sentaría a la sombra y fumaría.
Ahí estaba Regent's Park. Sí.
De niño había paseado por Regent's Park. Es
raro, pensó, que el recuerdo de la infancia venga
tan a menudo a mi mente. Quizá sea consecuencia de
haber visto a Clarissa, ya que las mujeres viven más
que nosotros en el pasado. Se encariñan con los lugares;
y con su padre, una mujer siempre está orgullosa
de su padre. Bourton era un bonito lugar, un lugar muy bonito,
pero nunca conseguí llevarme bien con el viejo, el
padre de Clarissa. Una noche hubo una escena, una discusión
sobre algo, algo que no podía recordar. Política,
seguramente.
Sí, recordaba Regent's Park: el
largo y recto sendero, a la izquierda la caseta donde se
vendían globos, una absurda estatua con una inscripción
en algún lugar. Buscó dónde sentarse.
No quería que la gente le molestara (se sentía
algo soñoliento) preguntándole la hora. Una
niñera gris, entrada en años, con un niño
dormido en el cochecito. Sí, era lo mejor que podía
hacer, sentarse en el extremo del banco en que estaba la
niñera.
Es una chica de aspecto extraño,
pensó, recordando súbitamente a Elizabeth
en el momento en que entró en la estancia y quedó
en pie junto a su madre. Ha crecido, es una chica mayor,
y no es exactamente lo que se llama linda, más bien
hermosa, y no puede tener más de dieciocho. Lo más
seguro es que no se lleve bien con Clarissa. "Aquí
está mi Elizabeth", esa clase de cosa, ¿por
que no "aquí está Elizabeth" sencillamente?
Como la mayoría de las madres, intenta transformar
las cosas en lo que no son. Confía demasiado en su
encanto, pensó. Exagera.
Suavemente, el rico y benefactor humo del
cigarro se deslizó por su garganta; soltó
el humo otra vez, formando anillos que, por un momento,
lucharon bravamente con el aire; azules, circulares-intentaré
hablar a solas con Elizabeth esta noche, pensó-,
luego comenzaron a vacilar, adoptando la forma de relojes
de arena, y fueron desvaneciéndose; qué extrañas
formas adoptan, pensó. De repente cerró los
ojos, alzó la mano con esfuerzo y arrojó lejos
de sí la pesada colilla del cigarro. Un gran cepillo
pasó suavemente por su cerebro, barriéndolo
con inquietas ramas, voces de niños, rumor de pasos,
gente moviéndose, murmullo de tránsito, tránsito
alzándose y cayendo. Se hundió más
y más en las muelles plumas del sueño, se
hundió y quedó envuelto en silencio.
La niñera gris reanudó su
labor de punto, mientras Peter Walsh, sentado a su lado,
comenzaba a roncar. Con su vestido gris, moviendo las manos
infatigable pero serenamente, la niñera parecía
la defensora de los derechos de los durmientes, como una
de aquellas espectrales presencias que se alzan en la penumbra
de los bosques, hechas de cielo y ramas. El solitario viajero,
que frecuenta los senderos, alarma los helechos y devasta
las grandes plantas de cicuta, al alzar súbitamente
la vista, ve la gigantesca figura al final del camino.
Quizá convencido ateo, le sorprenden
momentos de extraordinaria exaltación. Nada existe
fuera de nosotros, salvo un estado mental, piensa; un deseo
de solaz, de alivio, de algo alejado de estos miserables
pigmeos, estos débiles, estos feos, estos pusilánimes
hombres y mujeres. Pero si él es capaz de concebirla,
la mujer existe, piensa, y, al avanzar él por el
sendero con los ojos fijos en el cielo y en las ramas, rápidamente
las dota de feminidad; con pasmo ve cuán graves llegan
a ser, cuán mayestáticamente, mientras el
viento las agita, otorgan, con una oscura agitación
de hojas, caridad, comprensión, absolución,
y luego, alzándose bruscamente, revisten de loca
embriaguez su piadoso aspecto.
Estas son las visiones que ofrecen grandes
cuernos de la abundancia, rebosantes de frutos, al solitario
viajero, o que murmuran junto a su oído cual sirenas
alejándose en las verdes olas del mar, o que son
arrojadas a su rostro como ramos de rosas, o que se alzan
hasta la superficie cual pálidas caras por las que
los pescadores se hunden en las mareas a fin de abrazarlas.
Estas son las visiones que incesantemente
surgen a la superficie, caminan al lado de la realidad,
ponen su rostro delante de ella; a menudo abruman al solitario
viajero y le quitan el sentido de la tierra, el deseo de
regresar, y en sustitución le dan una paz general,
cual si (esto piensa, mientras avanza por el sendero del
bosque) toda esa fiebre de vivir fuera la mismísima
simplicidad; y miríadas de cosas se funden en una
cosa; y esta figura, hecha de cielo y ramas, sin embargo,
había surgido del agitado mar (el hombre es mayor,
de más de cincuenta años), tal como se puede
extraer de las olas una forma para que sus magníficas
manos de mujer derramen comprensión, piedad, absolución.
Por esto, piensa el hombre, yo quisiera no volver jamás
a la luz de la lámpara, a la sala de estar, no terminar
jamás mi libro, no vaciar jamás la pipa, no
tocar jamás el timbre para que la señora Turner
levante la mesa; prefiero seguir avanzando rectamente hacia
esta gran figura de mujer que, con una sacudida de cabeza,
me subirá a sus gallardetes y me permitirá
volar hacia la nada con todos los demás.
Estas son las visiones. El solitario viajero
cruza pronto el bosque; y ahí, saliendo a la puerta
con los ojos entornados, posiblemente para esperar su regreso,
con las manos en alto, agitado por el viento el blanco delantal,
hay una mujer entrada en años que parece (tan poderosa
es esta dolencia) buscar, en un desierto, un hijo perdido,
buscar un jinete aniquilado, ser la figura de la madre cuyos
hijos han muerto en las batallas del mundo. Y así,
mientras el solitario viajero avanza por la calle del pueblo
en que las mujeres hacen labor de punto y los hombres cavan
en los huertos, la atardecida parece siniestro presagio;
las figuras se están quietas, como si una augusta
predestinación, por ellas conocida, esperada sin
temor, estuviera a punto de barrerlas y aniquilarlas totalmente.
Dentro de la casa, entre las cosas ordinarias,
el aparador, la mesa, el alféizar con sus geranios,
de repente la silueta de la dueña de la posada, inclinándose
para recoger el mantel, queda suavemente aureolada, como
un adorable emblema que sólo el recuerdo de los fríos
contactos humanos nos impide abrazar. Coge la mermelada,
la deja dentro del aparador.
"¿Nada más por esta
noche, señor?"
Pero, ¿a quién contesta el
solitario viajero?
La vieja niñera hacía labor
de punto ante la pequeña dormida, en Regent's Park.
Peter Walsh roncaba. Despertó muy de repente, diciéndose:
"La muerte del alma".
En voz alta, desperezándose y abriendo
los ojos, dijo:
-¡Señor, Señor! La
muerte del alma.
Estas palabras iban unidas a cierta escena,
a cierta estancia, a cierto pasado en que había soñado.
Se clarificaron; la escena, la estancia, el pasado en que
había soñado.
Era Bourton aquel verano, a principios
de siglo, en que tan apasionadamente enamorado estuvo de
Clarissa. Había gran número de personas allí,
riendo y hablando, sentadas alrededor de la mesa, después
del té, y la estancia estaba bañada en luz
amarilla, con el aire denso de humo de tabaco. Hablaban
de un hombre que se había casado con su criada, de
uno de los propietarios vecinos, cuyo nombre había
olvidado. Se había casado con su criada, y había
ido con ella a Bourton, para presentar sus respetos, y fue
una visita horrible. La mujer iba con ropas excesivamente
recargadas, "como una cacatúa", dijo Clarissa
imitándola, y no paraba de hablar. Hablaba, hablaba
y hablaba. Clarissa la imitó. Entonces alguien dijo-fue
Sally Seton-si acaso no influiría en los sentimientos
de los presentes el saber que aquella mujer había
tenido un hijo antes de casarse. (En aquellos tiempos, y
en una reunión de hombres y mujeres, era audaz decir
esto.) Ahora le pareció ver a Clarissa enrojeciendo
vivamente, contrayendo el rostro y diciendo: "¡Oh,
jamás podré volver a dirigir la palabra a
esta mujer!" Y en aquel momento el grupo de hombres
y mujeres sentados alrededor de la mesa de té pareció
vacilar. Fue muy embarazoso.
No la acusó de quedar impresionada
por este hecho ya que en aquellos días una muchacha
educada tal como ella lo había sido no sabía
nada de nada, sino que fue su aire lo que le enojó:
tímido, duro, arrogante, pudibundo. "La muerte
del alma." Lo había dicho instintivamente, fijándose
en el instante, cual solía hacer. La muerte del alma
de Clarissa.
Todos vacilaron, todos parecieron inclinarse
hacia delante cuando Clarissa habló, y luego, al
erguirse, eran diferentes. Podía ver ahora a Sally
Seton, como un niño que ha hecho una travesura, inclinada
hacia delante, un tanto sonrojada, deseosa de hablar pero
atemorizada, y Clarissa atemorizaba a la gente. (Sally era
la mejor amiga de Clarissa, siempre presente en la casa,
atractiva, bella, morena, con el prestigio en aquellos días
de una gran audacia, y él solía darle cigarros,
que ella se fumaba en su dormitorio, y había estado
a punto de casarse con alguien, o se había peleado
con su familia, y el viejo Parry le tenía a la chica
tanta antipatía como a él, lo que era un gran
vínculo entre los dos.) Entonces Clarissa, todavía
con aire de estar ofendida con todos, se levantó,
se excusó vagamente, y se fue, sola. Cuando Clarissa
abrió la puerta, entró aquel gran perro lanudo
que perseguía a los corderos. Clarissa se arrojó
sobre el perro y lo cubrió arrebatadamente de caricias.
Fue como si Clarissa dijera a Peter-pues le constaba que
la escena iba dirigida a él-: "Sé que
consideras que mi reacción ante lo de esa mujer es
absurda, ¡pero mira ahora cuán extraordinariamente
cariñosa puedo ser! ¡Mira cuánto amo
a mi Rob!"
Siempre tuvieron esa extraña capacidad
de entenderse entre sí sin palabras. Clarissa sabía
siempre, directamente, cuándo él la censuraba.
Entonces hacía algo muy evidente para defenderse,
cual lo del perro, pero Peter jamás caía en
la trampa, siempre comprendía las verdaderas intenciones
de Clarissa. No decía nada, desde luego; se limitaba
a callar, con expresión ceñuda. Muy a menudo,
sus peleas comenzaban así.
Clarissa cerró la puerta. De inmediato
Peter quedó extremadamente deprimido. Le pareció
todo inútil.... el seguir enamorado, el seguir peleándose,
el seguir haciendo las paces, y salió a pasear sin
rumbo, solo, entre cobertizos, establos, mirando los caballos.
(La finca era muy sencilla; los Parry nunca fueron opulentos;
pero siempre había mozos de cuadra-a Clarissa le
gustaba montar-y un viejo cochero-¿cómo se
llamaba?-y una vieja niñera, la vieja Moody o la
vieja Goody, algo así la llamaban, alguien que le
llevaban a uno a visitar en un cuartito con muchas fotografías
y muchas jaulas con pájaros.)
¡Fue una tarde horrorosa! Se fue
poniendo más y más pesimista, no sólo
por lo ocurrido, sino por todo. Y no podía ver a
Clarissa, no podía explicarse ante ella, no podía
desahogarse. Siempre había gente alrededor, y Clarissa
se portaba como si nada hubiera ocurrido. Esta era la faceta
diabólica de Clarissa, esta frialdad, esta imperturbabilidad,
algo muy profundo en ella, que Peter volvió a percibir
esta mañana al hablarle: cierta impenetrabilidad.
Sin embargo, bien sabía Dios que la amaba. Tenía
Clarissa cierto extraño poder de tensarle a uno los
nervios, de transformarlos en cuerda. de violín,
sí.
Había acudido a cenar tardíamente,
con el vago y estúpido propósito de hacerse
notar, y se había sentado al lado de la vieja señorita
Parry-la tía Helena-, hermana del señor Parry,
que al parecer presidía la mesa. Allí estaba
sentada con su blanco chal de cachemira, recortada la cabeza
contra la ventana, con su aspecto de anciana dama formidable,
pero que trataba amablemente a Peter, debido a que éste
le dio una extraña flor, y la tía Helena era
una gran aficionada a la botánica, que salía
al campo con gruesas botas y una negra caja colgada a la
espalda. Se sentó a su lado y no pudo hablar. Todo
parecía pasar de largo ante él; se limitó
a comer. Y entonces, a mitad de la cena, se obligó
a mirar a Clarissa por primera vez. Hablaba con un hombre
joven sentado a su derecha. Peter tuvo una brusca revelación.
"Se casará con este hombre", se dijo. Y
ni siquiera sabía su nombre.
Desde luego, aquella tarde, precisamente
aquella tarde, fue la tarde en que Dalloway acudió
por vez primera a Bourton; y Clarissa le llamó "Wickham";
así comenzó todo. Alguien le presentó,
y Clarissa confundió su apellido. Le presentó
a todos con el apellido Wickham. Por fin, el recién
llegado dijo: "¡Me llamo Dalloway!" La primera
imagen que Peter tuvo de Richard era la de un hombre joven
y rubio, un tanto desmañado, sentado en una tumbona
y exclamando "¡Me llamo Dalloway!" Esto
hizo gracia a Sally; a partir de entonces siempre le llamó
"¡Me llamo Dalloway!"
En aquel entonces, Peter padecía
revelaciones. Esta -que Clarissa se casaría con Dalloway-fue
cegadora, abrumadora en aquel momento. Clarissa le trató
con cierta-¿cómo expresarlo?-fácil
confianza, algo maternal; algo dulce. Hablaron de política.
Durante toda la cena se esforzó Peter en saber lo
que decían.
Recordaba que luego se quedó en
pie junto al sillón de la vieja señorita Parry,
en la sala de estar. Vino Clarissa, con sus perfectos modales,
como una verdadera dama de sociedad, y quiso presentarle
a alguien. Clarissa habló como si aquella fuera la
primera vez que se trataran, lo cual enfureció a
Peter. Sin embargo, incluso en aquellos momentos esto suscitó
su admiración. Admiró la valentía de
Clarissa, su instinto social, su capacidad de hacer lo que
se proponía. "La perfecta dama le sociedad",
dijo Peter a Clarissa, y ésta vaciló al oír
tales palabras. Pero Peter quiso realmente que Clarissa
acusara el golpe. Hubiera hecho cualquier cosa con tal de
ofenderla, después de haberla visto en compañía
de Dalloway. Por esto Clarissa se alejó de él.
Y Peter tuvo la impresión de que todos se hubieran
concertado en contra de él-riendo y hablando-a sus
espaldas. Y allí estaba, junto al sillón de
la vieja señorita Parry, como una estatua tallada
en madera, hablando de florecillas silvestres. ¡Nunca,
nunca había sufrido de tan infernal manera! Seguramente,
incluso de fingir atención se olvidó. Por
fin despertó; vio que la señorita Parry tenía
la expresión un tanto alterada, un tanto indignada,
fija la mirada de sus ojos saltones. ¡Y él
casi gritó que no podía prestar atención
porque estaba en el infierno! Comenzaron todos a salir de
la estancia. Oyó que hablaban de coger las capas,
que decían que en el agua hacía fresco, y
demás. Iban a pasear en barca por el lago a la luz
de la luna, una de las locas ideas de Sally. La oyó
describir la luna. Y todos se fueron. Quedó totalmente
solo.
"¿No quieres ir con ellos?",
dijo la tía Helena-¡pobre vieja señora!-que
había adivinado lo que le pasaba. Y él dio
media vuelta, y allí estaba Clarissa otra vez. Había
vuelto a buscarle. Quedó abrumado por su generosidad,
su bondad.
-Ven-dijo Clarissa-. Nos están esperando.
¡En su vida se había sentido
tan feliz! Sin decir palabra hicieron las paces. Descendieron
hacia el lago. Gozó de veinte minutos de perfecta
felicidad. La voz de Clarissa, su risa, su vestido (flotante,
blanco, carmesí), su ingenio, su espíritu
aventurero. Les hizo desembarcar a todos y explorar la isla,
asustó a una gallina, rió, cantó y,
en todo momento, Peter supo con total certeza que Dalloway
se estaba enamorando de Clarissa, que Clarissa se estaba
enamorando de Dalloway, pero parecía carecer de importancia.
Nada importaba. Se sentaron en el suelo y hablaron, él
y Clarissa. Entraron y salieron cada uno de la mente del
otro sin el menor esfuerzo. Y luego, en un segundo, terminó.
Se dijo a sí mismo cuando volvían a subir
a la barca: "Se casará con este hombre",
aburridamente, sin resentimiento; pero era evidente, Dalloway
se casaría con Clarissa.
Dalloway remó hasta dejar la barca
en la ribera. No dijo nada. Pero de todos modos, mientras
le contemplaban alejarse, montar en su bicicleta para recorrer
veinte millas a través del bosque, irse por el sendero,
agitar la mano hasta desaparecer, era evidente que sentía,
de una forma instintiva, tremenda, poderosa, todo aquello:
la noche, el amor, Clarissa. Se la merecía.
Y Peter, en cuanto a sí mismo hacía
referencia, era absurdo. Sus exigencias a Clarissa (ahora
lo veía) eran absurdas. Pedía cosas imposibles.
Hacía escenas terribles. Clarissa todavía
le hubiera aceptado, quizá, si hubiese sido menos
absurdo. Esto pensaba Sally. Durante todo aquel verano,
Sally le escribió largas cartas; lo que de él
decían, lo mucho que Clarissa le alababa, y el estallido
de llanto de Clarissa. Fue un verano extraordinario -todo
él cartas, escenas, telegramas-. Llegaba a Bourton
a primera hora de la mañana, y mataba el tiempo hasta
que los criados hacían acto de presencia; tenía
horrorosos tête-à-tête con el
viejo señor Parry, durante el desayuno; la tía
Helena, formidable pero amable; Sally, que se lo llevaba
para hablar con él en el huerto; Clarissa en cama,
con dolores de cabeza.
La escena final, la terrible escena que
a su juicio había tenido más importancia que
cualquier otra cosa en toda su vida (quizá fuera
una exageración, pero todavía parecía
así ahora), ocurrió a las tres de la tarde
de un día muy caluroso. Fue una trivialidad lo que
condujo a ella. Durante el almuerzo, Sally dijo algo referente
a Dalloway y lo llamó "¡Me llamo Dalloway!";
entonces Clarissa se envaró bruscamente, se sonrojó,
y de su peculiar manera, muy secamente, dijo: "Estamos
ya cansados de este chiste sin gracia." Esto fue todo.
Pero, para él, era como si Clarissa hubiera dicho:
"Contigo sólo paso el rato y me divierto; con
Richard Dalloway tengo un compromiso." Así lo
interpretó. Llevaba noches sin dormir. Se dijo: "Esto
ha de terminar, de una manera u otra." Por medio de
Sally, mandó una nota a Clarissa citándola
junto a la fuente, a las tres. Al final de la nota, garrapateó:
"Algo muy importante ha sucedido."
La fuente estaba en la espesura, lejos
de la casa, rodeada de matas y árboles. Y llegó
Clarissa, antes incluso de la hora concertada, y quedaron
los dos frente a frente, con la fuente en medio, y del caño
(que estaba quebrado) manaba agua sin cesar. ¡Cuán
grabadas en la mente llegan a quedar las imágenes!
Por ejemplo, el vívido y verde musgo.
Clarissa se estuvo quieta. Y Peter le dijo
una y otra vez: "Dime la verdad. Dime la verdad."
Tenía la impresión de que la frente le fuera
a estallar. Clarissa parecía contraída, petrificada.
Se estuvo quieta. Peter repitió "Dime la verdad",
cuando de repente aquel viejo, Breitkopf, con el Times
en la mano, asomó la cabeza, les miró,
abrió la boca y se fue. Ninguno de los dos se movió.
Peter repitió "Dime la verdad". Tenía
la impresión de luchar contra algo físicamente
duro; Clarissa no cedía. Parecía de hierro,
de pedernal, rígida y erguida. Y, cuando Clarissa
dijo: "Es inútil. Es inútil. Ha terminado...",
después de que él hubiera hablado durante
horas, parecía, con lágrimas resbalándole
por las mejillas, fue como si Clarissa le golpeara el rostro.
Clarissa dio media vuelta, le dejó, se fue.
Peter gritó: "¡Clarissa!
¡Clarissa!" Pero ella jamás volvió.
Había terminado. Peter se fue aquella misma noche.
Nunca más volvió a verla.
Fue terrible, gritó Peter, ¡terrible,
terrible!
Sin embargo, el sol seguía calentando.
Sin embargo, uno se adaptaba a la realidad. Sin embargo,
la vida daba los días uno tras otro. Sin embargo,
pensó mientras bostezaba y comenzaba a darse cuenta
de la realidad en torno- Regent's Park había cambiado
muy poco desde su infancia, salvo en lo tocante a las ardillas-,
sin embargo, cabía presumir que había compensaciones,
y, en este momento, la pequeña Elice Mitchell, que
había estado cogiendo guijarros para añadirlos
a la colección que su hermano y ella tenían
en la repisa del hogar del cuarto de jugar, dejó
un puñado de ellos en las rodillas de la niñera,
y se fue corriendo para chocar contra las piernas de una
señora. Peter Walsh se rió.
Pero Lucrezia Warren Smith se decía
"es injusto". ¿Por qué he de sufrir?,
se preguntaba, mientras avanzaba por el ancho sendero. No,
no puedo aguantarlo más, decía, después
de haber dejado a Septimus, que ya no era Septimus, decir
cosas crueles, duras y perversas, hablar para sí,
para un muerto, sentado allí; y en aquel momento
la niña chocó contra sus piernas, se cayó
y se echó a llorar.
Esto la consoló un tanto. Puso en
pie a la niña, le limpió el polvo del vestido,
le dio un beso.
Pero ella nada malo había hecho;
había amado a Septimus, había sido feliz,
había tenido un hermoso hogar y sus hermanas todavía
vivían en él, confeccionando sombreros. ¿Por
qué tenía ella que sufrir?
La niña volvió corriendo
al lado de la niñera, y Rezia vio cómo la
niñera reñía a la niña, la consolaba
y la tomaba en brazos, después de haber dejado la
labor de punto, y el hombre de amable aspecto dio su reloj
a la niña para que abriera la tapa con resorte y
se consolara, pero ¿por qué tenía ella
que padecer? ¿Por qué no la dejaron en
Milán? ¿Por qué aquella tortura? ¿Por
qué?
Levemente ondulados por las lágrimas,
el ancho camino, la niñera, el hombre vestido de
gris, el cochecito, se alzaban y descendían ante
sus ojos. Ser zarandeada por aquel malévolo verdugo
era su sino. Pero, ¿por qué? Ella era como
un pájaro cobijado en la concavidad formada por una
delgada hoja, que parpadea al sol cuando la hoja se mueve,
que se sobresalta cuando se quiebra la seca ramita. Estaba
desamparada, rodeada de enormes árboles, vastas nubes
de un mundo indiferente, desamparada, torturada, y ¿por
qué tenía que sufrir? ¿Por qué?
Frunció el cejo; atizó un
puntapié al suelo. Tenía que volver al lado
de Septimus, porque era ya casi la hora de ir a ver a Sir
William Bradshaw. Tenía que volver a su lado y decírselo,
volver al lugar en que estaba sentado en una silla verde,
bajo la copa de un árbol, hablando para sí,
o para aquel hombre muerto, Evans, a quien ella sólo
había visto una vez, por un instante en la tienda.
Le pareció un hombre agradable y tranquilo, gran
amigo de Septimus, y le mataron en la guerra. Pero esto
son cosas que nos ocurren a todos. Todos tenemos amigos
muertos en la guerra. Todos renunciamos a algo cuando nos
casamos. Ella había renunciado a su hogar. Había
venido a vivir aquí, en esa horrible ciudad. Pero
Septimus se permitía pensar en cosas horribles cosa
que también podía ella, si lo intentaba. Septimus
se había convertido en un ser más y más
extraño. Decía que había gente hablando
detrás de las paredes del dormitorio. Esto le parecía
raro a la señora Filmer. Septimus también
veía cosas, había visto la cabeza de una vieja
en medio de un arbusto. Sin embargo, Septimus podía
ser feliz cuando quería. Fueron a Hampton Court,
en lo alto de un autobús, y gozaron de perfecta felicidad.
Allí vieron las florecillas rojas y amarillas en
la hierba, como lámparas flotantes, dijo Septimus,
y hablaron y parlotearon y rieron, inventándose historias.
De repente, Septimus dijo: "Y ahora nos mataremos",
cuando estaban junto al río, y miró el río
con una expresión que Lucrezia había visto
en sus ojos cuando junto a él pasaba un tren o un
autobús, una expresión de estar fascinado
por algo; sintió que se apartaba de ella, y le cogió
del brazo. Pero en el camino de regreso a casa estuvo perfectamente
sereno, perfectamente razonable. Discutía con ella
la posibilidad de matarse los dos, le explicaba cuán
malvada era la gente, le decía que podía ver
cómo la gente inventaba mentiras en la calle cuando
ellos pasaban. Sabía todo lo que la gente pensaba,
decía. Sabía el significado del mundo, decía.
Luego, cuando llegaron, Septimus a duras
penas podía caminar. Se tumbó en el sofá
y pidió a Rezia que le cogiera la mano, para evitarle
caerse abajo, abajo, abajo, gritó, en las llamas,
y vio rostros que le miraban riéndose de él,
y dirigiéndole horribles y asquerosos insultos desde
las paredes, y vio manos señalándole, surgidas
del biombo. Sin embargo, estaban absolutamente solos. Pero
Septimus comenzó a hablar en voz muy alta, contestando
a aquella gente, discutiendo, riendo, gritando, excitándose
mucho, y ordenó a Rezia que escribiera lo que decía.
Todas eran grandes tonterías; acerca de la muerte;
acerca de la señorita Isabel Pole. Rezia no podía
aguantarlo más. Regresaría.
Rezia estaba ahora cerca de él,
y le veía mirar el cielo, murmurar, retorcerse las
manos. Sin embargo, el doctor Holmes decía que no
estaba enfermo. En este caso, qué había ocurrido,
¿por qué, cuando se sentó junto a él,
tuvo un sobresalto, le dirigió una ceñuda
mirada, se apartó, señaló su mano,
le cogió la mano, la miró aterrado?
¿Se debería a que se había
quitado la alianza?
-La mano se me ha adelgazado mucho-le dijo
Rezia-. La guardo en el bolso.
Le soltó la mano. Su matrimonio
había terminado, pensó Septimus con angustia,
con alivio. La cuerda había sido cortada; él
se elevaba, era libre, porque había sido decretado
que él, Septimus, el señor de los hombres,
debía ser libre; solo (ya que su esposa se había
despojado de la alianza, ya que le había abandonado),
él, Septimus, estaba solo, convocado antes que las
masas humanas para escuchar la verdad, para saber el significado,
después de todos los trabajos de la civilización-griegos,
romanos, Shakespeare, Darwin y ahora él-, que iba
a ser comunicado en su integridad a... En voz alta, preguntó:
"¿A quién?", y las voces que murmuraban
por encima de su cabeza contestaron: "Al Primer Ministro."
El secreto supremo debía ser comunicado al consejo
de ministros; primeramente, que los árboles están
vivos; después, que el delito no existe; después,
amor, amor universal, murmuró Septimus, jadeante,
tembloroso, sacando a la superficie dolorosamente estas
verdades profundas, tan profundas, tan difíciles,
que enunciarlas requería un inmenso esfuerzo, pero
que cambiaban el mundo del todo y para siempre.
No hay delito; amor; repitió Septimus,
buscando una tarjeta de visita y un lápiz, cuando
un perro terrier Skye le olisqueó los pantalones
y Septimus se sobresaltó con angustioso terror. ¡El
animal se estaba convirtiendo en un hombre! ¡No podía
contemplar aquello! ¡Era horrible, era terrible, ver
cómo un perro se convierte en hombre! Inmediatamente,
el perro se fue al trote.
Los cielos son divinamente piadosos, infinitamente
clementes. Le habían indultado, le habían
perdonado su debilidad. Pero, ¿cuál era la
explicación científica (ante todo, hay que
ser científico)? ¿Por qué podía
ver al través de los cuerpos, ver el futuro, cuando
los perros se transformarían en hombres? Cabía
presumir que se debía a la ola de calor operando
sobre una mente dotada de una sensibilidad resultante de
evos de evolución. Científicamente hablando,
la carne se había desprendido del mundo. Su cuerpo
había sido macerado hasta tal punto que ahora sólo
le quedaban los nervios. Su cuerpo estaba extendido como
un velo sobre una roca.
Se reclinó en la silla, exhausto
pero entero. Reposaba, esperando, antes de volver a sus
trabajos de interpretación, con esfuerzo, con angustia,
en beneficio de la humanidad. Yacía muy alto, sobre
la espalda del mundo.
Debajo de él la tierra palpitaba.
Flores rojas crecían a través de su carne;
sus rígidas hojas murmuraban alrededor de su cabeza.
Sonora comenzó a chocar la música contra las
rocas, allí en lo alto. Es la bocina de un automóvil
en la calle, murmuró; pero aquí, en lo alto,
el sonido ha resonado como un cañonazo de roca en
roca, se ha dividido, se ha unido con choques de sonido
que se han elevado como suaves columnas (que la música
debiera ser visible era un descubrimiento), se ha transformado
en un himno, un himno a cuyo alrededor trepa ahora el sonido
del caramillo de un niño pastor (es un viejo tocando
la flauta al lado de la taberna, murmuró), sonido
que, mientras el niño se estaba quieto, salía
burbujeante del caramillo, y luego, al elevarse, se convertía
en una exquisita queja, mientras el tránsito rodado
pasaba por debajo. La elegía de este niño
suena entre el tránsito, pensó Septimus. Ahora
el niño pastor se retira, asciende a los territorios
nevados, y a su alrededor penden rosas, las gruesas rosas
rojas que crecen en las paredes de mi dormitorio, recordó
Septimus. La música cesó. El viejo de la flauta
ya ha recogido su penique, pensó Septimus, y se ha
ido a la taberna más próxima.
Pero él seguía alto, sobre
la roca, como un marinero ahogado sobre una roca. Me incliné
sobre la borda de la barca y me caí, pensó.
Me fui al fondo del mar. He estado muerto, y sin embargo
ahora estoy vivo, pero dejadme descansar en paz, suplicó
(volvía a hablar para sí, ¡era horrible,
horrible!); y, tal como ocurre antes de despertar, las voces
de los pájaros y el sonido de las ruedas cantan y
suenan en una extraña armonía, y adquieren
más y más fuerza, y el durmiente siente que
es arrastrado hacia las playas de la vida, y de esta manera
sintió Septimus que era arrastrado hacia la vida,
que se hacía más cálida la luz del
sol, que sonaban con más fuerza los gritos, y algo
tremendo, algo horrible, estaba a punto de ocurrir.
Sólo tenía que abrir los
ojos, pero sentía un peso en ellos, un temor. Hizo
un esfuerzo; empujó hacia delante; miró; ante
sí vio Regent's Park. Largos haces de luz del sol
incidían en el suelo a sus pies. Los árboles
se inclinaban, se balanceaban. Doy la bienvenida, parecía
decir el mundo, acepto, creo. Belleza, parecía decir
el mundo. Y como si fuera una demostración (científica)
de ello, fuera lo que fuese lo que mirara, las casas, las
barandas, los antílopes que tendían el cuello
sobre la empalizada, allí surgía inmediatamente
la belleza. Contemplar el estremecimiento de una hoja al
paso del viento era una exquisita delicia. En lo alto, en
el cielo, las golondrinas trazaban curvas líneas,
efectuaban giros, se lanzaban de un lado para otro, giraban
y giraban, pero jamás perdían el perfecto
dominio de su vuelo, como si elásticos hilos las
sostuvieran; y las moscas subían y bajaban; y el
sol manchaba ora esta hoja, ora aquélla, burlón,
deslumbrando con su suave oro, en pura benevolencia; y,
una y otra vez, un penetrante sonido (bien podía
ser la bocina de un automóvil), resonando divinamente
en las briznas de hierba; y todo esto, pese a ser tranquilo
y razonable, pese a estar constituido por realidades ordinarias,
era ahora la verdad; la belleza, esto era la verdad ahora.
La belleza estaba en todas partes.
-No llegaremos a tiempo-dijo Rezia.
La palabra "tiempo" rompió
su propia cáscara; derramó sus riquezas sobre
Septimus; y de los labios de Septimus cayeron cual conchas,
cual virutas de madera surgidas del cepillo de carpintero,
sin que él las hiciera, duras, blancas, imperecederas,
palabras, y volaron para posarse en sus lugares debidos
en una oda al Tiempo; una oda inmortal al Tiempo. Septimus
cantó. Evans le contestó desde detrás
de un árbol. Los muertos estaban en Tesalia, cantaba
Evans, entre orquídeas. Allí esperaron hasta
que la guerra terminó, y ahora los muertos, ahora
el propio Evans...
-¡Por el amor de Dios, no vengas!-gritó
Septimus.
No, porque no podía mirar a los
muertos.
Pero las ramas se apartaron. Un hombre
vestido de gris caminaba realmente hacia ellos. ¡Era
Evans! Pero no había en su cuerpo barro, ni heridas;
no había cambiado. Debo decir al mundo entero, gritó
Septimus alzando la mano (mientras el hombre muerto vestido
de gris iba acercándose), alzando la mano como una
colosal figura que ha lamentado el sino del hombre durante
siglos solo en el desierto, oprimiéndose con las
manos la frente, surcos de desesperación en las mejillas,
y que ahora ve la luz en el horizonte del desierto, que
ilumina y amplía la figura negra cual el hierro (y
Septimus medio se levantó de la silla), y, con legiones
de hombres postrados ante sí, él, el gigantesco
enlutado, recibe por un momento en su rostro la totalidad.
. .
Mientras intentaba hacerle sentarse de
nuevo, Rezia dijo:
-Soy muy desdichada, Septimus.
Millones de hombres se lamentaron; durante
siglos habían llorado. Se dirigiría a ellos;
con sólo unos instantes más, sólo unos
instantes, les comunicaría este alivio, esta alegría,
esta pasmosa revelación...
-¿Qué hora es, Septimus?-dijo
Rezia-. ¿Qué hora es?
Aquel hombre hablaba, aquel hombre avanzaba,
aquel hombre forzosamente tenía que advertir su presencia.
Aquel hombre les estaba mirando.
Muy despacio, como adormilado, dirigiendo
una misteriosa sonrisa al hombre muerto vestido de gris,
Septimus dijo:
-Te diré la hora.
Y mientras Septimus seguía sentado,
sonriendo, sonaron las doce menos cuarto.
Y esto es lo que significa ser joven, pensó
Peter Walsh al pasar junto a ellos. Están teniendo
una escena horrorosa-la pobre muchacha estaba totalmente
desesperada-en plena mañana. Pero, ¿por qué
la tenían?, se preguntó. ¿Qué
habría dicho aquel joven con el abrigo a la muchacha,
para que ella tuviera aquel aspecto? ¿En qué
terrible situación se había metido aquella
pareja para tener tan desesperado aspecto en tan hermosa
mañana de verano? Lo divertido de regresar a Inglaterra,
después de cinco años de ausencia, era, por
lo menos durante los primeros días, que todas las
cosas parecían nuevas, como si uno nunca las hubiera
visto; una pareja de enamorados peleándose bajo la
copa de un árbol; la doméstica vida de las
familias en los parques públicos. Nunca le había
parecido Londres tan encantador: la suavidad de las distancias;
la riqueza; el verdor; la civilización, después
de la India, pensó, caminando sobre el césped.
Esta sensibilidad a las impresiones había
sido su desgracia, sin la menor duda. A su edad todavía
tenía, como un muchacho e incluso como una chica,
estos cambios de humor; días buenos, días
malos, sin razón que lo justificara, júbilo
al ver una cara bonita, terrible infelicidad al ver una
vieja monstruosa. Desde luego, después de la India
uno se enamoraba de todas las mujeres que veía. Tenían
una especial lozanía; incluso las más pobres
vestían mejor de lo que vestían cinco años
atrás, sin la menor duda; y, a su parecer, nunca
las modas habían favorecido tanto a las mujeres como
la moda actual: las largas capas negras la esbeltez, la
elegancia y el delicioso y al parecer universal hábito
del maquillaje. Todas las mujeres, incluso las más
respetables, tenían rosas florecidas bajo cristal,
labios como cortados a cuchillo, rizos de tinta china; había
línea, arte, en todas partes; indudablemente se había
producido un cambio. ¿En qué pensaban los
jóvenes?, se preguntó Peter Walsh.
Aquellos cinco años-desde 1918 hasta
1923-habían sido muy importantes, sospechaba. La
gente tenía aspecto diferente. Y los periódicos
también eran diferentes. Ahora, por ejemplo, había
un hombre que escribía sin el menor rebozo en uno
de los más respetables semanarios acerca de retretes.
Hacía diez años, no se podía hacer
esto, el escribir sin el menor rebozo acerca de retretes
en un respetable semanario. Y, luego, aquel sacar el lápiz
de labios o la polvera y maquillarse en público.
A bordo del barco que le devolvió a Inglaterra había
gran numero de chicos y chicas-en particular recordaba a
Betty y Bertie-que se arrullaban abiertamente; la madre
hacía media sentada y les miraba de vez en cuando,
más fresca que una flor. La chica se empolvaba la
nariz delante de todos. Y no eran novios; sólo querían
divertirse; y después tan amigos. Más dura
que el diamante era la chica-Betty Nosequé-, pero
buena persona a carta cabal. Sería una excelente
esposa a los treinta años. Se casaría cuando
lo creyera conveniente, se casaría con un hombre
rico, y viviría en una gran casa cerca de Manchester.
¿Quién había hecho
esto?, se preguntó Peter Walsh mientras entraba en
el Sendero Ancho, ¿quién se había casado
con un hombre rico y vivía en una gran casa cerca
de Manchester? Alguien que le había escrito una larga
y afectuosa carta, no hacía mucho, acerca de "hortensias
azules". La visión de hortensias azules fue
lo que indujo a aquella mujer a pensar en él y en
los viejos tiempos. ¡Sally Seton, naturalmente! Fue
Sally Seton, la última persona en el mundo que uno
hubiera creído capaz de casarse con un hombre rico
y vivir en una gran casa cerca de Manchester, ¡la
loca, la osada, la romántica Sally!
Pero, de entre todas las personas que formaban
aquel antiguo grupo, el grupo de amigos de Clarissa -los
Whitbread, Kindersley, Cunningham, Kinloch Jones-, Sally
probablemente era la mejor. A fin de cuentas, procuraba
comprender las cosas tal como se deben comprender. Comprendió
a la perfección a Hugh Whitbread -al admirable Hugh-,
cuando Clarissa y los demás se postraban a sus pies.
Le pareció oír a Sally diciendo:
"¿Los Whitbread? ¿Qué son los
Whitbread? Comerciantes de carbón. Respetables mercaderes."
Por una razón u otra, Sally detestaba
a Hugh. De él decía que no pensaba en nada,
como no fuera en su propia apariencia. Hubiera debido ser
un duque. Sin la menor duda, se casaría con una de
las princesas reales.
Desde luego, Hugh sentía el más
extraordinario, el más natural, el más sublime
respeto hacia la aristocracia británica que Peter
Walsh hubiera visto jamás. Incluso Clarissa tuvo
que reconocerlo. Sí, pero era tan simpático,
tan generoso, dejó de cazar para complacer a su anciana
madre... Y no olvidaba jamás los cumpleaños
de su tía... Etcétera.
Era preciso reconocer que Sally se había
dado cuenta de todo. Una de las cosas que mejor recordaba
Peter Walsh era una discusión, un domingo por la
mañana, en Bourton, acerca de los derechos de la
mujer (este tema antediluviano), en la que Sally perdió
la paciencia, estalló, y dijo a Hugh que él
representaba lo más detestable que hay en la vida
de la clase media británica. Le dijo que le consideraba
responsable de la situación en que se hallaban "esas
pobres muchachas de Piccadilly"-Hugh el perfecto gentleman...
¡Pobre Hugh!-. ¡Jamás se vio a un hombre
tan horrorizado! Sally lo hizo adrede, según ella
misma dijo después (porque solían reunirse
los dos en el huerto, para intercambiar sus impresiones).
"No ha leído nada, no ha pensado nada, no ha
sentido nada", creyó oír decir a Sally
con aquella voz tan enfática que impresionaba mucho
más de lo que ella creía. Los mozos de cuadra
tenían más vida que Hugh, dijo. Era un perfecto
producto de las escuelas privadas inglesas. Sólo
Inglaterra podía producir tipos así. Por alguna
razón, Sally estaba realmente resentida; algo tenía
contra Hugh. La había insultado. . . ¿la habría
besado? ¡Increíble! Desde luego, nadie podía
creer ni media palabra en contra de H