Las ciencias del espíritu encuentran su material y sus
problemas allí donde las configuraciones y las
modificaciones del mundo externo pueden ser aprehendidas como
expresión de la vida humana. La física y la
química exploran la piedra como estructura material. Pero el
hecho de que esta piedra hace tiempo haya sido convertida en martillo
gracias a un par de duros golpes o el hecho de que en ella se hayan
grabado varios signos complejos la convierte en documento de una
humanidad. Y así se refleja a través de su
materia un sentido anímico; percibido de tal manera se ha
convertido, de un golpe, de un objeto de la mineralogía en
un objeto de las ciencias del espíritu.
"Mediante una
transposición desde la riqueza de las propias experiencias
vitales" (Dilthey), nuestra comprensión penetra en las
manifestaciones extrañas de la vida. Allí
vivieron seres de la misma familia: leemos lo que escribieron, vemos lo
que pintaron, encontramos lo que construyeron. Un trozo de la tierra ha
sido conformado mediante la acción de su
espíritu. En la medida en la que el decurso del mundo nos ha
transmitido las cristalizaciones de esta acción en la forma
de restos, se encuentra ahora el espíritu, por encima de
distancias y épocas, frente al espíritu. Si en su
estructura básica no se asemejaran los dos, entonces no
habría lugar para una comprensión: la comunidad
de la naturaleza humana en su construcción esencial
aquí y allí es la condición de la
comprensión y aprehensión de las ciencias del
espíritu. Porque nosotros mismos nos movemos por
sentimientos, seguimos los instintos, obramos con finalidad, ligamos
representaciones, acuñamos conceptos y este contexto
estructural anímico como nuestra más propia
esencia pertenece a nuestra experiencia de la vida; por eso, pues,
podemos proyectarnos al interior de las realizaciones de una humanidad
extraña a nosotros y reconstruir creativamente los
contenidos anímicos que hay en ellas. Algunas cosas nos
serán más cercanas (nosotros mismos las
hubiéramos podido haber hecho), algunas otras más
extrañas. Pero también lo más
extraño: las crueles costumbres de una tribu negra, las
formas audaces del arte de una semicultura, encuentran en nosotros
fuerzas e impulsos de algún género (tal vez
latentes, que nunca se han manifestado en nuestra propia vida), a
partir de los cuales aquellas pueden ser comprendidas. Es posible que
entonces se despierten en nosotros atavismos o que partes calladas y
negadas de nuestro ser, que hemos rechazado y alejado del sistema
orgánico de nuestra personalidad, resuenen del mismo modo
que una cuerda oculta resuena por sí misma cuando en otro
lugar suena su tono. Aquí radica (el sentimiento del
infinito enriquecimiento que todo hombre con conciencia
histórica siente frente a la historia. En forma copiosa
viene a nosotros una cantidad de contenido humano que por propia fuerza
nunca hubiésemos realizado, ahora vivificado por el contacto
con nuestro sentido, y que parte siempre de las ruinas del mundo
histórico.
La actitud espiritual que
se caracteriza con la palabra "comprender", es una pieza fundamental en
el ethos de aquella época en la que se afirmaron nuestras
ciencias del espíritu; de aquella época que va
desde Herder, Winckelmann y Moser hasta Wolf, Humboldt, Niebuhr,
Eichhorn, Savigny, Hegel, Schleiermacher, Bopp y Jacob Grimm, y cuya
cosecha constituye uno de los grandes temas del pensamiento de Dilthey.
De las más hondas fuerzas del espíritu
alemán creció entonces esta dócil
entrega al objeto, esta universalidad de la simpatía
comprensiva, esta curiosidad amorosa por la vida peculiar de las cosas
históricas, esta comprensión experta de su forma
interior: una realización moral del más alto
rango. Pues la conciencia histórica que entonces se
logró firmemente no es en verdad una reproducción
pasiva de los hechos de un espíritu ajeno por falta de
hechos propios, ni la subyugación de la vida por la
historia. Sino más bien un comportamiento altamente activo
ante el mundo, comparable a las campañas de conquista que
emprende el artista creador por los campos desconocidos del alma. Se
abren puertas, se logran cumbres, se horadan profundidades. Con el
entusiasmo por la cosa, que parece disolver al yo, se une la claridad
de la conciencia metódica, con la profundización
creadora del propio yo la disciplina de la objetividad
crítica. Más aún: el hecho de que la
gran época de nuestra filosofía
sistemática, de nuestra poesía y nuestra
música coincidiera con aquella de las ciencias del
espíritu no es una casualidad cronológica, sino
que se trata de manifestaciones de la misma facultad creadora,
entrelazadas entre sí en forma de canon, ligadas, con
frecuencia, en los mismos hombres hasta producir la más alta
realización. Los dos movimientos dan por resultado, juntos,
la unidad de la cultura clásico-romántica.
A esta época
heroica de la comprensión se ve confrontado todo aquel que
en la reflexión gnoseológica emprende el estudio
de la estructura lógica de las ciencias del
espíritu, de los criterios de su evidencia y de la
peculiaridad de la formación de sus conceptos.
Allí tuvo lugar sin duda alguna la fundamentación
de las ciencias del espíritu en el sentido de una
realización creadora. Toda fundamentación de las
ciencias del espíritu en el sentido de una teoría
lógica debe considerar pues como su camino natural el
analizar fielmente los procedimientos practicados allí, y el
elaborar a partir de la realización presente del pensamiento
el esquema de su estructura trascendental. Es cierto que las nuevas
ciencias suelen anticipar un determinado sentimiento de su
misión y una conciencia programática de su
voluntad de pensamiento, pero no suelen elevar el propio a priori hasta
en sus últimos motivos a la altura de un saber conceptual.
Por honda que llegue a ser la conciencia de sí mismas en
cuanto realizaciones creadoras, estas ciencias se mantienen ligadas de
manera muy íntima a una creencia inconsciente en la propia
esencia. Tan sólo la visión retrospectiva, tan
sólo la mirada a la distancia da por resultado la plena
claridad sobre los secretos del proceso creador. En nuestro caso esta
claridad resultó tan sólo cuando el
espíritu peregrino del siglo XIX dejó desmoronar
la sólida unidad de la visión clásica
del mundo, que retuvo en sí todas las tensiones, en agudas
contraposiciones, cuando Darwin, Buckle, Comte y Mill comenzaron a
influir en Alemania y cuando hubo que defender contra los ataques
naturalistas el derecho propio amenazado de las ciencias del
espíritu. La lógica actual ha retomado
enérgicamente el problema de la fundamentación
teórica de las ciencias del espíritu y lo ha
llevado por diversos caminos hacia su solución.
Las mejores entre estas
soluciones se caracterizan por una unión
fructífera de tres direcciones del pensamiento: el
planteamiento propio de la historia de las ideas y de la
psicología del conocimiento se unen en ellas con el de
lógico-gnoseológico. La ya caracterizada
situación, esto es, el hecho de que una época
clásica de las ciencias del espíritu, unitaria,
pero movida por la disputa, aparezca como un paradigma ha producido
necesariamente esta ligazón de los planteamientos. Se vio
con claridad que aquellos pensadores e investigadores componen un
contexto unitario no sólo en el aspecto de los frutos de sus
realizaciones sino también en el aspecto de la
fundamentación de su visión del mundo y que la
realización común descansa en la
filosofía que les es común. Hay un
espíritu de la escuela histórica (tomando esta
palabra en el sentido amplio de Dilthey según el cual
ésta abarca, desde Winckelmann hasta Ranke, a todos los de
igual mentalidad). Y se vio también que este
espíritu vive, en sus rasgos fundamentales, aun
allí donde bajo el influjo de una situación
histórica diferente los dogmas positivistas, los
hábitos empíricos de pensamiento, las
configuraciones naturalistas de conceptos lo han sofocado
completamente. En el decurso del siglo se anuncian las contraposiciones
entre especulación y empirismo, entre activismo
político v entrega romántica, entre
panteísmo y ortodoxia, entre: fe en los héroes y
mística del espíritu del pueblo. Pero por debajo
de estas contraposiciones se mantiene a través de las
veneraciones de los científicos del espíritu
(frecuentemente en forma no manifiesta, a veces en
terminología que difiere, pero casi siempre en formulaciones
sorprendentemente iguales) el fuerte núcleo de una
común visión del pueblo, del individuo, del
espíritu, de lo inconsciente y de la producción.
Ahí está, en primer lugar (una herencia inmediata
de la visión romántica del mundo), aquella
categoría fundamental de la aprehensión,
según la cual en todas las realizaciones de un campo
espiritual, y aun de toda una cultura, se expresa creadoramente un
característico ser espiritual, una vida
orgánico-espiritual; a lo largo de todas las
transformaciones del concepto de espíritu del pueblo se
conserva esta categoría del pensamiento como un instrumento
indispensable de la interpretación
científico-espiritual. A ello se une una
característica intuición del crecimiento natural
de los hechos históricos, una meditativa entrega a la
callada y constante evolución del espíritu del
pueblo hasta llegar a su madurez y una timidez inconsciente ante las
intervenciones arbitrarias en la sacra marcha de este crecimiento.
Aunque el último punto encuentra la violenta resistencia de
las generaciones posteriores, la mejor parte de este "neptuniano"
pensamiento fundamental no obstante sigue actuando en su concepto
científico-espiritual de evolución. La cadena
ininterrumpida e ininterrumpible de los tiempos se percibirá
como algo viviente, se sentirá lo viejo en lo nuevo y lo
nuevo en lo antiguo: sin este sentimiento no es posible una
más profunda conciencia histórica. Si penetramos
un poco más en lo interior, entonces aparecerá
este hermoso conservatismo espiritual como la consecuencia de un
pensamiento que constituyó una pieza central de todos los
sistemas idealistas. y que se mantiene fuertemente en la subestructura
filosófica de las ciencias alemanas del espíritu
aun en sus transformaciones positivistas: el pensamiento de que en el
cosmos del espíritu todo ser espiritual lleva consigo y en
sí de manera inmediata su sentido y su valor; que lo real es
a la vez (en un sentido suprarracionalista) lo racional. En el
organismo de las configuraciones históricas están
íntimamente entretejidos para la lógica de este
idealismo el ser y el deber ser, la necesidad y la libertad; los
conceptos hegelianos de la esencia y la realización, la idea
romántica de lo "natural", toda la
filosofía del organismo, son fórmulas de esta
metafísica y ella sobrevive justamente, empalidecida,
naturalizada, teologizada o como quiera que se la haya torcido, en el
idealismo inmanente de las escuelas de las ciencias del
espíritu: en la teoría de las ideas de Humboldt y
Ranke, lo mismo que en el concepto de lo nacional de Scherer, en las
categorías características de todo el movimiento
histórico de lo peculiar, lo originario, lo
auténtico, lo vigoroso, de lo popular; y sobrevive como idea
central.
Con este pensamiento
fundamental se ligan forzosamente muchas otras intuiciones, que se
deducen de él (sobre la conexión de los campos
culturales singulares entre sí, sobre la relación
de los grandes hombres con su tiempo, sobre el individuo y la
comunidad). Todos estos elementos intelectuales reunidos dan por
resultado el esquema de una cerrada teoría de la esencia del
espíritu y de su evolución. Cada investigador
individual llena este esquema desde su propia mente y
corazón con vida original, pero en cuanto esquema es siempre
demostrable, garantiza la permanencia de las realizaciones
científicas y posibilita la colaboración como una
especie de lenguaje común, Y se puede demostrar
cómo este determinado concepto de estructura del
espíritu en cierto modo y como un ethos llena hasta en sus
últimos términos la conformación de
hipótesis, el manejo de los métodos, la
selección de los materiales, la elección de la
terminología; en una palabra, todo el trabajo de las
ciencias del espíritu. Con esta demostración se
salta evidentemente -desde el punto de vista de la reflexión
retrospectiva- del análisis de historia de las ideas al
análisis lógico. Mediante la
preparación de los elementos estructurales del pensamiento a
partir de un contexto existente de conocimiento han de encontrarse (y
esta es la finalidad) las categorías puras que posibilitan
en primer lugar la experiencia científico-espiritual.
Justamente cuando uno ha adquirido, gracias a la propia
colaboración, el necesario respeto ante la sólida
ciencia particular y la deseable visión de su
funcionamiento, le aparecerá este camino hacia una
fundamentación lógica de las ciencias del
espíritu cómo el adecuado y el que tiene mejores
perspectivas de éxito. Habrá de evitar con toda
meticulosidad el hacer teoría de la ciencia desde la mesa de
la lógica aislada de la vida. ¿No
habrá de parecerle absurdo el querer conocer la estructura
lógica de las ciencias del espíritu de otra
manera que elevando en la conciencia conceptual el procedimiento
fáctico de nuestros filósofos e historiadores
geniales y leyendo en sus obras de arte de la comprensión
los callados presupuestos, los conceptos efectivos originarios, los
métodos inconscientemente ejercidos? Mucho de todo ello lo
pusieron ellos de relieve, lo demás se encuentra entre las
líneas de sus obras; perseguir sus huellas allí,
en eso consiste el encanto. Si no todo se somete a las secas
diferenciaciones de la lógica tradicional, entonces que
aprenda la teoría lógica de lo pensado
creadoramente, como siempre lo ha hecho. Dilthey procedió de
tal forma al estudiar la estructura del mundo histórico en
las ciencias del espíritu. E. Rothacker siguió
con decisión el mismo camino en su Introducción a
las ciencias del espíritu. La finalidad sigue siendo una
lógica unitaria y una metodología
sistemática , pero el impulso para
ello recibe tan sólo tensión y fuerza cuando en
cierta forma se ha impuesto contra un máximo de material"
(Rothacker). La historia de las ideas de las ciencias del
espíritu sirve de verdadero órgano para su
lógica.
Como segundo camino para
llegara una fundamentación de las ciencias del
espíritu se ofrece, recomendado esencialmente por
iguales-motivos, el cruce de la problemática y del
planteamiento lógicos con el planteamiento de psicología
del conocimiento. Las ciencias del espíritu se
deslindan claramente de las ciencias de la naturaleza por el hecho de
que sus objetos se hallan abiertos a la comprensión. Se
trata de aclarar este peculiar proceso de percepción y
conocimiento del comprender. Se nos da a diario, por horas en todos
aquellos actos precientíficos en los que aprehendemos
inmediatamente los prójimos, los animales, las creaciones
espirituales con las que nos une una relación vital. Hay en
esta capacidad del comprender infinitas graduaciones por lo que se
refiere a su adecuación, a la seguridad y a la profundidad.
La línea va desde la sorprendida torpeza frente a las
manifestaciones de un alma extraña hasta el genial
conocimiento del hombre que mira en el otro el fondo su
corazón y que lee en la obra objetiva toda la
biografía del creador. Las inducciones de la experiencia
general de la vida que se forman en el contacto de hombre a hombre y
que se transmiten en tal intercambio fijan en forma de principios
generales los resultados del comprender y sirven en ciertos casos
típicos de ayuda. De esta actitud de conocimiento
ingenua-intuitiva, que es practicada permanentemente por todos los
seres vivientes, no se diferencia en modo alguno la
realización comprensiva de las ciencias del
espíritu en manera esencial y en modo alguno tampoco
mediante una preeminencia incondicional de profundidad e intensidad,
sino sólo mediante acceso de un cierto aparato
metódico que permite el equilibrio recíproco de
los resultados, la integración de nuevos campos de hechos y
una prueba objetiva. Así, el trabajo
científico-espiritual se mantiene siempre (y a ello ha hecho
permanente referencia Dilthey) ligado a la vida en una medida muy
diferente a la de las ciencias naturales; no sólo por lo que
toca a su función, sino también por lo que
respecta a su fuente de conocimiento, de la que vive en general. Cierto
es que el comprender experto, que ha pasado por la disciplina del
método científico-espiritual, penetra hasta
llegar a objetos ante los cuales ha fracasado un ingenuo arte de
interpretación, porque falta la unión con la
propia experiencia de la vida. El comprender amplía cada vez
más el círculo del saber histórico, y
en éste se aprenden de nuevo otras técnicas del
comprender. De todas formas, el uso de los métodos
comparativos y la corrección crítica de lo uno
por lo otro dan a los resultados de la ciencia comprensiva una validez
general mucho más alta de la que puede alcanzar el normal
conocimiento del hombre. Una vez más son las obras maestras
de los grandes historiadores las que muestran el proceso de
conocimiento en cuestión en su plenitud y que debemos
estudiar si queremos descubrir las leyes internas que las dominan.
Aquí se ha logrado la más alta cultura del
comprender, ejercida en objetos muy grandes.
Y a su vez el esfuerzo por
una lógica de las ciencias del espíritu puede
ahora colocar sobre el planteamiento de psicología del
conocimiento el planteamiento lógico, y de hecho lo hace. El
acto del comprender tiene lugar, no sólo en su forma
ingenua, sino también en su disciplina metódica,
en última instancia como intuición inmediata:
"como si se sumergiera el alma en el alma, creadoramente, como la
concepción en el apareamiento'" (Droysen). Hay que preguntar
qué mecanismo lógico subyace a este salto de la
chispa. El proceso de vida que ocurre entre experiencia de la vida,
expresión y comprensión, ha de analizarse en
busca de su estructura. El círculo necesario que yace en el
hecho de que sólo podemos interpretar toda
manifestación si ponemos por debajo de ella un determinado
acto de nuestra propia psique, y que por otra parte sólo
sabemos de esta psique a través de sus manifestaciones, debe
ser elevado a la conciencia y de esa manera neutralizado. Es preciso
preguntar en qué medida la firmeza y la
profundización del propio contexto de experiencia de la vida
aumenta la fuerza comprensiva mediante la experiencia y la madurez, y
al revés, qué aumento de validez general conlleva
el contexto estructural de la propia alma a partir del intercambio
comprensivo. Además es preciso preguntar con qué
derecho y de qué manera interpretamos manifestaciones que
nunca hemos hecho, cómo comprendemos movimientos del alma
que nunca hemos experimentado vitalmente. ¿Qué
acontece de auto análisis inconsciente, de acción
retrospectiva del recuerdo, de trabajo sintético de la
fantasía, de autotransformación secreta cuando
llevamos a cabo esta maniobra? Y se abre toda una plenitud de
problemas, cuando tenemos a la vista este entrecruzamiento de
procedimientos sistemáticos e históricos que es
característico del experto comprender
científico-espiritual. Aquí se dan a los actos
comprensivos, que están dirigidos a la
aprehensión de una configuración individual, la
más alta seguridad y fuerza cuando se los satura en
máximo grado mediante la formación de conceptos
generales. En efecto, los conceptos generales de la ciencia
jurídica y de la política, las leyes de la
psicología de los pueblos y de la teoría
económica se aplican metódicamente a fin de poder
agotar un fenómeno político singular en su
individualidad, y en principio el comprender logra su
perfección sólo mediante la relación
con la suma de todas las ciencias del espíritu.
Aquí se cierra un segundo círculo e impone una
reflexión lógica: todas las verdades generales de
las ciencias del espíritu descansan en la experiencia de la
vida y en el comprender, pero no tiene lugar ningún
comprender científico en el que ellas no cooperen.
Evidentemente, todos estos
planteamientos llevan más allá de la
explicación puramente psicológica de todos los
procesos de conocimiento que se cumplen en las ciencias del
espíritu. Se colocan frente al sistema de las ciencias del
espíritu como frente a una totalidad teleológica,
lo analizan en busca de su estructura, descubren los esquemas de
pensamiento que subyacen por doquier y examinan las evidencias
encontradas y los contextos de fundamentación en busca de su
derecho lógico: tienden pues, justamente, hacia una
lógica de las ciencias del espíritu. Pero
exactamente de la misma manera que en el análisis de la
historia de las ideas ello acontece en conexión estrecha con
el trabajo concreto de las ciencias particulares o en permanente
referencia a sus obras clásicas. No se deduce una
lógica esquemática de los conceptos
históricos, ni una teoría cultural
nomotética, ni una "elevación de la historia a
ciencia" del cielo, y cuando entre los investigadores han surgido tales
programas y autointerpretaciones, se examinarán en forma
altamente crítica según sus resultados y
realizaciones. A la vista están los hechos creadores del
conocimiento: no se pretende más que un análisis
fiel de su estructura interna. Esta hermosa objetividad es
común a las dos tendencias del pensamiento, a la de la
historia de las ideas y a la de psicología del conocimiento,
les da carne y sangre y sustenta su aspiración de que la
teoría de la ciencia, a la que ellas conducen,
podrá regular y juzgar la vida misma de la ciencia, a la que
ha prestado toda su atención, sin violentar su crecimiento
natural.
No es pues apenas necesario
romper lanzas para justificar estas dos formas del pensamiento.
Éstas han recogido una abundante cosecha en lo que a la
comprensión lógica se refiere y dan prueba
permanente de su valor; eso es lo decisivo. Sería del todo
insensato el poner en duda su legitimidad sólo porque entre
cruzan diversos planteamientos en una forma peculiar. Esta complicada
estructura es común a ellas con todos los métodos
desarrollados y además con los de las ciencias del
espíritu; allí se encuentran siempre
procedimientos inductivos y deductivos, formación
histórica y generalizadora de conceptos, genética
y sistemática, y aun se entretejen íntimamente el
pensamiento normativo y el fáctico, el pensamiento puro y el
empírico. Yo considero, pues, estos dos métodos
como segura posesión de la teoría de la ciencia y
pregunto exclusivamente si no es necesario que ambos sean
complementados, si el gran problema de una fundamentación
filosófica de las ciencias del espíritu no
contiene fuera de ellas otras tareas parciales. Y de hecho me parece
posible el inaugurar una tercera dirección fuera de aquellas
dos (o más bien el de volver a hacerse cargo conscientemente
de la tercera), que se debería designar como planteamiento
de filosofía de la
cultura, porque ésta constituye formalmente un
paralelo a lo que hace la filosofía de la naturaleza. Se
trata de lo siguiente:
Tanto una historia de las
ideas de la evolución de la ciencia como un
análisis del comprender metódico apuntan de modo
directo a los procesos de conocimiento en los cuales se realizan y
cumplen las ciencias del espíritu. El cuidadoso y certero
arte de la formulación de Dilthey ha designado felizmente su
problemática: tratan de la "estructura del mundo
histórico en las ciencias del espíritu". El
problema "estructura del mundo histórico" contiene en ellas
un giro funcional, genético, activo y, bien entendido,
subjetivo. Eso quiere decir: hay un sujeto que realiza la
estructuración del mundo histórico, esto es, las
ciencias del espíritu. Y se habrá de preguntar
ahora: ¿cómo han podido realizar las ciencias
esta construcción? ¿Y cómo siguen
trabajando ellas en aquélla? ¿Qué es
casual-histórico y qué es necesario en su
quehacer? Un funcionalismo trascendental aproximadamente a la manera
del giro copernicano de Kant: una crítica de la conciencia
histórica.
Toda "crítica"
en este sentido produce en cierto modo y como su antitarea el problema
de una "sistemática". Así como la estructura de
los actos de conocimiento debe pensarse críticamente,
así la estructura del mundo objetivo que se da en ellos debe
pensarse sistemáticamente: y penetrando desde un lado, se
trabaja hacia el otro como en un túnel de doble
vía. En nuestro caso especial, el problema correspondiente a
la crítica de la conciencia histórica es una
filosofía sistemática de la cultura. Es preciso
preguntar: ¿cómo ha sido realizada
intelectualmente esa estructuración del mundo
histórico y más bien qué naturaleza
objetiva tiene? ¿De qué elementos se compone ese
mundo, qué formas constitutivas hay en él,
qué leyes estructurales tienen validez allí? El
paralelismo lógico con las cuestiones que trata la
filosofía de la naturaleza en relación con la
estructura general del mundo material, con las preguntas por la
esencia: de la materia, las propiedades de las protocosas, las
protoformas de ]a fuerza, es completo. El que aquí como
allí surja y sea sostenido por actos cognoscitivos el mundo
objetivo, por cuya estructura se pregunta, no dice naturalmente nada en
contra de la posibilidad y autonómica
legitimación de una tal teoría objetiva de la
estructura: este "poner entre paréntesis", este giro
abstrayente hacia lo objetivo es algo que lleva a cabo toda ciencia y
por el cual se crea el contexto cerrado de sus objetos como el nivel
propio en el cual ella se mueve. El nivel en el que se mueve, nuestro
planteamiento no significa ya: contexto estructural del conocimiento de
las ciencias del espíritu, sino contexto estructural de la
cultura humana. Ya no tendemos a la teoría de las ciencias
de la cultura, sino tendemos más bien a la teoría
del mundo cultural.
Creo que no se puede
reprochar al planteamiento filosófico-cultural el que haya
sido extraído de la nada, se lo haya provocado
artificialmente o que haya sido construido sobre la base de un
paralelismo vago con la filosofía de la naturaleza. Su
definitiva justificación sólo puede encontrarse
naturalmente en sus frutos: tan sólo los descubrimientos
demuestran que el plan del viaje descubridor estaba trazado
correctamente. Pero dos clases de reflexión pueden dar
ánimo de antemano para llevar a cabo la empresa de la
filosofía de la cultura. En primer lugar tiene que llamar la
atención, naturalmente, el que nuestro planteamiento de
filosofía de la cultura acompaña siempre a todo
movimiento que, a partir de otros puntos de vista, enreda una
fundamentación de las ciencias del espíritu. Como
por así decir pide siempre la palabra. Cuando Dilthev, por
ejemplo, construye su teoría del comprender
científico-espiritual, se ve impulsado necesariamente a la
cuestión: qué es pues propiamente aquello
"interior" que vive en los Estados, Iglesias, costumbres, libros, obras
de arte y que nosotros aprehendemos en ellos al comprender. Respuesta:
eso "interior" no es algo anímico, y no hacemos
psicología cuando lo formulamos. Sino que es una
configuración espiritual de una estructura "peculiar" y con
peculiares leyes. Es el "espíritu" de un determinado
derecho, de una determinada religión o de un determinado
arte el que tiene su existencia en el aparato externo de las
objetivaciones. Seguirán ejemplos mediante los cuales se
deslindará este hecho del espíritu objetivo de la
esfera de lo actual-anímico, aun en forma provisional. El mundo
del espíritu objetivo, así se encuentra
más adelante, tiene su vertebración natural,
consiste en sistemas de cultura relativamente independientes, si bien
ligados en un contexto operativo. La estructura formal de los sistemas
de cultura y la variedad histórica de sus contenidos puede
aprehenderse con conceptos específicos ("conceptos
científico-espirituales de segundo orden"). Son respuestas
filosófico-culturales a preguntas
filosófico-culturales. No puede ser justamente de otro modo
sino que la teoría de las ciencias del espíritu,
de su vertebración y de su procedimiento conduzca a la
teoría del mundo objetivo, que constituye su objeto.
Una intelección
o visión de la estructura de este mundo más o
menos determinada opera precisamente como a priori en cada trabajo
particular científico-espiritual, y aún en cada
percepción de un hecho cultural. Sólo que opera
generalmente como una visión compleja, aproximada,
filosóficamente no aclarada y llena de contradicciones. Y
esta es, pues, la segunda reflexión que habla en favor del
planteamiento filosófico-cultural: esta imagen total
previamente dada de la estructura del mundo espiritual debe ser llevada
del estado de una visión indudable al estado de los
contextos conceptuales, y la filosofía no puede ni debe
esquivar esta tarea. Todo el trabajo singular de las ciencias del
espíritu está penetrado de elementos de
visión del mundo que por el contenido son de naturaleza
filosófico-cultural: este contenido de visión del
mundo constituye hondamente la unidad de la ciencia. Por eso se trata
de ponerlo de relieve formalmente como filosofía. No es un
negocio ocioso, posterior v formalista, sino una cuestión
urgente de las ciencias mismas tal como lo demuestra en todo sitio la
propia historia. Siempre será la historia del sistema
hegeliano un iluminador ejemplo de cómo una
filosofía puede intervenir poderosamente en la vida de las
ciencias y cómo puede configurarla unitariamente.
Aquí se integró sistemáticamente una
filosofía del espíritu objetivo en una
filosofía amplia del espíritu general; y los
conceptos de riqueza artística de este sistema penetraron
por doquier la concepción de los campos particulares de la
cultura y de los contextos históricos. Con maravillosa
vastedad operó el sistema como totalidad, con mayor amplitud
aún sus flexibles formas de pensamiento, y del modo
más amplio posible el contenido de su teoría
sobre la estructura del mundo espiritual. Por mucho tiempo se ha tenido
a Hegel como un ejemplo aterrador de la contaminación
metafísico-dialéctica de las ciencias de la
experiencia. Hoy puede decirse de nuevo que el período de su
influencia es un modelo formal por excelencia para cada
período que tienda hacia una cultura científica
de estilo y significación sobre base filosófica.
Se entiende que ha de ser
únicamente modelo formal. Toda re actualización
directa del "idealismo alemán" en bloque, sea sentimental o
entusiasta, es pura charlatanería. La tensión
inmensa, con la que en estos sistemas los motivos fueron forzadamente
reunidos, se ha disuelto irreversiblemente; la metafísica
central se ha quebrado definitivamente, la magia del método
dialéctico se ha desenmascarado sin salvación. Es
maravilloso ver cómo todo el siglo XIX y cómo
nosotros hasta entrado el presente actual seguimos
beneficiándonos con la riqueza de conocimientos provechosos
y válidos, de nuevo, de aquellos decenios. Pero
sería ceguera o mentira si quisiéramos pasar por
alto que este idealismo fue "puesto sobre el hielo" (como
diría Nietzsche) en los siguientes decenios positivistas,
empíricos, económicos,
científico-naturales y psicológicos. Justamente
la filosofía del espíritu objetivo de Hegel
ofrece un claro ejemplo de la situación objetiva. Es preciso
convencerse de cómo Hegel obtiene de forma totalmente
especulativa el hecho del espíritu objetivo, como grado en
el desarrollo dialéctico de la idea, o sea con medios que
pertenecen y coinciden con su metafísica, cómo su
concepto de lo objetivo-espiritual hace justicia con admirable
flexibilidad a la riqueza concreta de lo histórico, si bien
no niega las huellas de su origen metafísico: violencias en
su vertebración interna, relaciones no aclaradas con la
esfera subjetivo-espiritual, un deslinde inseguro del
espíritu absoluto, todo ello proviene de allí.
Todo eso ha pasado ciertamente y ya no soporta la prueba ante la
conciencia de nuestro pensar. Por variada que sea nuestra deuda moral
en lo que toca a nuestros conceptos del espíritu objetivo
con la teoría hegeliana (desde el nombre hasta bien hondo en
la cosa misma), es seguro que debemos comenzar, desde el fundamento
mismo, de nuevo. Negar toda la tarea y por temor de las intervenciones
de una metafísica aún no existente dejar la
elaboración de los conceptos fundamentales a las ciencias
particulares es cosa que no permite, aparte de las reflexiones citadas,
una mirada a la situación de las ciencias del
espíritu. Cuánta oscuridad sobre los propios
presupuestos, cuánta barbarie de los hábitos de
pensar, cuánta ingenuidad en la formación de
conceptos. De pronto alguien bautiza con nuevo nombre al viejo y
paciente espíritu del pueblo; con un nombre que en lo
posible ha de sonar a algo espiritual (pues esa es la moda) y cree
realizar milagrosamente algo para la filosofía de la
historia. Historiadores reales (Spengler) deben por sí
mismos disciplinar y definir su depósito de conceptos
fundamentales. Las ciencias de la naturaleza no se
atreverían a dar un paso adelante sobre un fundamento tan
inseguro. Y además de eso (como consecuencia de 'la
defectuosa conciencia unitaria) cuán profundo
extrañamiento entre el así llamado "trabajo
positivo particular" y las así llamadas
"síntesis" como si fueran dos ramas separadas o aun dos
opuestos irreconciliables.
Es seguro que los conceptos
de validez general del mundo espiritual son forjados primero en el
fuego de una nueva filosofía total. Un concepto de la
cultura no es una obra de especialistas, es la más alta
osadía y la última prueba de valor de un
movimiento filosófico creador. Las categorías
lógicas, los presupuestos éticos, los fundamentos
metafísicos ---todo eso debe ser preparado de nuevo en la
fragua y reacuñado si se quiere lograr conceptos contantes y
sonantes del espíritu objetivo.
Pero este fuego de una
nueva filosofía total, me parece habrá de
encenderse esencialmente (o dicho con más audacia: se ha
encendido y encuentra alimento permanente) en las poderosas tensiones
del mundo histórico. Ciento cincuenta
años de sentido histórico han extendido ante
nuestra mirada la riqueza del mundo histórico de tal modo
como nunca se había extendido. Nos han aproximado tan
estrechamente a la problemática de su estructura y de su
movimiento inmanente, a las antinomias entre historia y vida, entre
comprensión y acción de modo tan imperioso que no
podemos huir de ello. A todo se agrega una situación
espiritual presente que está cruzada por tensiones internas
y llena de tareas, que da a la teoría de la cultura una
excitante importancia y que convierte para nosotros la pregunta de
cómo está estructurado el mundo objetivo
espiritual justamente en una pregunta vital.
Así la
relación de filosofía de la cultura y de
filosofía en general es de una curiosa ambigüedad,
y quien piensa en términos de filosofía de la
cultura debe saber que su trabajo se inserta doblemente en el
movimiento filosófico del presente. Por una parte, la
filosofía de la cultura es, puesto que presupone el sistema
pleno y constituye su conclusión, una simple
anticipación: trabaja con una lógica que
aún no existe y tiene que construir sus fundamentos
metafísicos poco a poco, y en cierto modo provisionalmente.
Pero por otra parte puede esperar (justamente por ello) que sus
resultados habrán de ir más allá de
los límites del propio planteamiento y que su trabajo
será una de las fuerzas a partir de las cuales se puede
mover la totalidad de la filosofía. Toma a la
filosofía general de la vida por donde es más
difícil de tomar, pero al mismo tiempo por el punto que la
situación espiritual de la época le impone como
el más firme punto de apoyo. Y se sabe que las dos cosas son
de beneficio para el pensamiento. Tan sólo cuando tiene
necesidad vital y tan sólo cuando se trata de atacar las
tareas más fuertes desarrolla su más alta
energía, y crece tanto por encima de la teoría
ociosa como por sobre el trabajo artesanal de filigrana
convirtiéndose en una cuestión de real
importancia.
Texto perteneciente al libro Teoría del espíritu
objetivo, de Hans Freyer, publicado por Editorial Sur.