Capítulo 2
LA PROSA DEL MUNDO
I. Las cuatro similitudes
Hasta fines del siglo XVI, la semejanza ha desempeñado
un papel constructivo en el saber de la cultura occidental.
En gran parte, fue ella la que guió la exégesis
e interpretación de los textos; la que organizó
el juego de los símbolos, permitió el
conocimiento de las cosas visibles e invisibles, dirigió
el arte de representarlas. El mundo se enrollaba sobre
sí mismo: la tierra repetía el cielo,
los rostros se reflejaban en las estrellas y la hierba
ocultaba en sus tallos los secretos que servían
al hombre. La pintura imitaba el espacio, y la representación
-ya fuera fiesta o saber- se daba como repetición:
teatro de la vida o espejo del mundo, he ahí
el título de cualquier lenguaje, su manera de
anunciarse y de formular su derecho a hablar.
Es necesario que nos detengamos un
poco en este momento del tiempo en el que la semejanza
va a desligarse de su pertenencia al saber y desaparecerá,
cuando menos en parte, del horizonte del conocimiento.
¿Cómo se pensaba la similitud a fines
del siglo XVI o aun a principios del XVII? ¿Cómo
podía organizar las figuras del saber? Si es
verdad que las cosas que se asemejaban eran infinitas
¿Podemos, cuando menos, establecer las formas
según las cuales podían llegar a ser semejantes
unas a otras?
La trama semántica de la semejanza
en el siglo XVI es muy rica; Amicitía, Aequalitas
(contractus, consensus, matrimonium, societas, pax et
similia), Consonantía, Concertus, Continuum,
Paritas, Proportio, Similitudo, Conjuctio, Copula.
Existen, desde luego, muchas otras nociones que se entrecruzan
en la superficie del pensamiento, se superponen, se
refuerzan o se limitan. Por el momento, bastará
con indicar las figuras principales que prescriben sus
articulaciones al saber de la semejanza. Hay cuatro
que son, con toda certeza, esenciales.
Por lo pronto, la convenientia
. A decir verdad, la vecindad de los lugares se
encuentra designada con más fuerza por esta palabra
que la similitud. Son "convenientes" las cosas
que, acercándose una a otra, se unen, sus bordes
se tocan, sus franjas se mezclan, la extremidad de una
traza el principio de la otra. Así, se comunica
el movimiento, las influencias y las pasiones, lo mismo
que las propiedades. De manera que aparece una semejanza
en esta bisagra de las cosas. Doble desde que se trata
de aclararla: semejanza del lugar, del sitio en el que
la naturaleza ha puesto las dos cosas, por lo tanto,
similitud de propiedades; ya que en este continente
natural que es el mundo, la vecindad no es una relación
exterior entre las cosas, sino el signo de un parentesco
oscuro cuando menos. Además, de este contacto
nacen por cambio nuevas semejanzas; se impone un régimen
común; a la similitud, en cuanto razón
sorda de la vecindad, se superpone una semejanza que
es el efecto visible de la proximidad. Por ejemplo,
el alma y el cuerpo son dos veces convenientes: ha sido
necesario que el pecado hiciera del alma algo denso,
pesado y terrestre para que Dios la pusiera en lo más
hondo de la materia. Pero, por esta vecindad, el alma
recibe los movimientos del cuerpo y se asimila a él,
en tanto que "el cuerpo se altera y se corrompe
por las pasiones del alma". Dentro de la amplia
sintaxis del mundo, los diferentes seres se ajustan
unos a otros; la planta se comunica con la bestia, la
tierra con el mar, el hombre con todo lo que lo rodea.
La semejanza impone vecindades que, a su vez, aseguran
semejanzas. El lugar y la similitud se enmarañan:
se ve musgo sobre las conchas, plantas en la cornamenta
de los ciervos, especie de hierba sobre el rostro de
los hombres; y el extraño zoofito yuxtapone,
mezclándolas, las propiedades que lo hacen semejante
tanto a la planta como al animal. Otros tantos signos
de conveniencia.
La convenientia es una semejanza
ligada al espacio en la forma de "cerca y más
cerca". Pertenece al orden de la conjunción
y del ajuste. Por ello, pertenece menos a las cosas
mismas que al mundo en el que ellas se encuentran. El
mundo es la "conveniencia" universal de las
cosas; en el agua hay tantos peces como en la tierra
animales u objetos producidos por la naturaleza o por
los hombres (¿acaso no existen peces que se llaman
Episcopus, otros Catena. otros Priapus?); en el agua
y en la tierra tantos seres como en el cielo, a los
cuales responden; en fin, en todo lo creado hay tantos
como los que podríamos encontrar eminentemente
contenidos en Dios. "Sembrador de la Existencia
, del Poder, del Conocimiento y del Amor." Así,
por el encadenamiento de la semejanza y del espacio,
por la fuerza de esta conveniencia que avecina lo semejante
y asimila lo cercano, el mundo forma una cadena consigo
mismo. En cada punto de contacto comienza y termina
un anillo que se asemeja al anterior y se asemeja al
siguiente; y las similitudes se persiguen de círculo
en círculo, reteniendo los extremos en su distancia
(Dios y la Materia ) , acercándolos de manera
que la voluntad del Todopoderoso penetre hasta los rincones
más adormecidos. En un texto de su Magia
natural , Porta evoca esta cadena inmensa, tensa
y vibrante, esta cuerda de la conveniencia: "Por
la que se refiere a su vegetación, la planta
conviene con la bestia bruta y, por el sentimiento,
el animal brutal con el hombre que se conforma con el
resto de los astros por su inteligencia; este enlace
procede con tanta propiedad que parece una cuerda tendida
desde la primera causa hasta las cosas bajas e ínfimas,
por un enlace recíproco y continuo; de tal suerte
que la virtud superior al expandir sus rayos vendrá
al punto en que si se toca una extremidad de ella, temblará
y hará mover al resto".
La segunda forma de similitud es la
aemulatio : una especie de conveniencia que
estaría libre de la ley del lugar y jugaría,
inmóvil, en la distancia. Un poco como si la
connivencia espacial se hubiera roto y los eslabones
de la cadena, separados, reprodujeran sus círculos,
lejos unos de otros, según una semejanza sin
contacto. Hay en la emulación algo del reflejo
y del espejo; por medio de ella se responden las cosas
dispersas a través del mundo. De lejos, el rostro
es el émulo del cielo y así como la mente
del hombre refleja, imperfectamente, la sabiduría
de Dios, así los dos ojos, con su claridad limitada,
reflejan la gran iluminación que hacen resplandecer,
en el cielo, el sol y la luna; la boca es Venus, ya
que por ella pasan los besos y las palabras de amor;
la nariz nos entrega una imagen minúscula del
cetro de Júpiter y del caduceo de Mercurio. Por
medio de esta relación de emulación, las
cosas pueden imitarse de un cabo a otro del universo
sin encadenamiento ni proximidad: por su reduplicación
especular, el mundo abole la distancia que le es propia;
triunfa así sobre el lugar que le es dado a cada
cosa. ¿Cuáles son los primeros de estos
reflejos que recorren el espacio? ¿Dónde
está la realidad y dónde la imagen proyectada?
Con frecuencia resulta imposible decirlo, pues la emulación
es una especie de gemelidad natural de las cosas; nace
de un pliegue del ser cuyos dos lados, de inmediato,
se enfrentan. Paracelso compara este desdoblamiento
fundamental del mundo con la imagen de dos gemelos "que
se asemejan de modo perfecto, sin que sea posible a
persona alguna decir cuál ha dado al otro su
similitud".
Sin embargo, la emulación deja
inertes, una frente a otra, las dos figuras reflejadas
que opone. Sucede que una sea la más débil
y acoja la fuerte influencia de la que se refleja en
su espejo pasivo. ¿Acaso no imprimen las estrellas
sobre las hierbas de la tierra, cuyo modelo sin cambio
son, la forma inalterable, y sobre las cuales les ha
sido dado verter secretamente toda la dinastía
de sus influencias? La tierra sombría es el espejo
del cielo sembrado, pero en esta justa los dos rivales
no tienen un valor ni una dignidad iguales. Los claros
de la hierba reproducen, sin violencia, la forma pura
del cielo: "Las estrellas -dice Crollius- son la
matriz de todas las hierbas de la tierra y cada estrella
del cielo es sólo la prefiguración espiritual
de una hierba, tal como la representa, de tal manera
que cada hierba o planta es una estrella terrestre que
mira al cielo, del mismo modo que cada estrella es una
planta celeste en forma espiritual, que sólo
es diferente por su materia de las terrestres. las plantas
y las hierbas celestes se vuelven hacia el lado de la
tierra y miran a las hierbas que han procreado, insuflándoles
alguna virtud particular.
Pero sucede también que la
justa permanece abierta y que el tranquilo espejo no
refleja más que la imagen de "dos soldados
irritados". Ahora, la similitud se convierte en
el combate de una forma contra otra -o, mejor dicho,
de una misma forma separada de sí por el peso
de la materia o la distancia de los lugares. El hombre
de Paracelso está, como el firmamento, "constelado
de astros"; pero no le está ligado como
"el ladrón a las galeras, el asesino al
potro, el pez al pescador, el animal a quien le da caza".
Pertenece al firmamento del hombre el ser "libre
y poderoso", "no obedecer orden alguno",
"no estar regido por ninguna de las otras criaturas".
Su cielo interior puede ser autónomo y reposar
sólo en sí mismo, a condición de
que por su sabiduría, que es también saber,
llegue a ser semejante al orden del mundo, lo retorne
en sí y equilibre así en su firmamento
interno aquel en el que centellean las estrellas verdaderas.
Así, pues, esta sabiduría del espejo comprenderá
a su vez al mundo en el que estaba colocada; su gran
anillo girará hasta el fondo del cielo y más
allá; el hombre descubrirá que él
contiene "las estrellas en el interior de sí
mismo. ..y que lleva así al firmamento con todas
sus influencias".
Así, pues, la emulación
se da primero bajo la forma de un simple reflejo, furtivo
y lejano; recorre en silencio los espacios del mundo.
Pero la distancia que atraviesa no queda anulada por
su sutil metáfora; permanece abierta para la
visibilidad. En este duelo, las dos figuras que se enfrentan
se amparan una a otra. Lo semejante comprende a lo semejante
que, a su vez, lo rodea y que quizá será
de nuevo comprendido por una duplicación que
tiene el poder de proseguir al infinito. Los anillos
de emulación no forman una cadena como los elementos
de la conveniencia: son más bien círculos
concéntricos, reflejados y rivales.
La tercera forma de similitud es la
analogía . Viejo concepto familiar ya
a la ciencia griega y al pensamiento medieval, pero
cuyo uso ha llegado a ser probablemente diferente. En
esta analogía se superponen la convenientia
y la aemulatio . Al igual que ésta,
asegura el maravilloso enfrentamiento de las semejanzas
a través del espacio; pero habla, como aquélla,
de ajustes, de ligas y de juntura. Su poder es inmenso,
pues las similitudes de las que trata no son las visibles
y macizas de las cosas mismas; basta con que sean las
semejanzas más sutiles de las relaciones. Así
aligerada, puede ofrecer, a partir de un mismo punto,
un número infinito de parentescos. Por ejemplo,
la relación de los astros con el cielo en el
que centellean se encuentra de nuevo así: de
la hierba a la tierra, de los vivientes al globo que
habitan, de los minerales y los diamantes a las rocas
en las que están enterrados, de los órganos
de los sentidos al rostro que animan, de las manchas
de la piel al cuerpo que marcan en secreto. Una analogía
puede también volverse sobre sí misma
sin ser, por ello, impugnada. La vieja analogía
de la planta y el animal (el vegetal es un animal que
está de cabeza, con la boca -o sea las raíces-
hundida en la tierra) no es criticada ni borrada por
Cesalpino; por el contrario la refuerza, la multiplica
por sí misma, al descubrir que la planta es un
animal erguido, cuyos principios nutritivos suben del
fondo hacia la cima, a lo largo de un tallo que se extiende
como un cuerpo y termina en una cabeza -rama, flores,
hojas: relación inversa, pero no contradictoria,
con la primera analogía que pone "la raíz
en la parte inferior de la planta, el tallo en la parte
superior, porque entre los animales, la red venosa empieza
también en la parte inferior del vientre y la
vena principal sube hacia el corazón y la cabeza".
Tanto esta reversibilidad como esta
polivalencia dan a la analogía un campo universal
de aplicación. Por medio de ella, pueden relacionarse
todas las figuras del mundo. Sin embargo, existe en
este espacio surcado en todas direcciones, un punto
privilegiado: está saturado de analogías
( cada una puede encontrar allí su punto de apoyo)
y, pasando por él, las relaciones se invierten
sin alterarse. Este punto es el hombre; está
en proporción con el cielo, y también
con los animales y las plantas, lo mismo que con la
tierra, los metales, las estalactitas o las tormentas.
Erguido entre las faces del mundo, tienen relación
con el firmamento (su rostro es a su cuerpo lo que la
faz del cielo al éter; su pulso palpita en sus
venas como los astros circulan según sus vías
propias; las siete aberturas forman en su rostro lo
que son los siete planetas del cielo); pero equilibra
todas estas relaciones y se las reencuentra, similares,
en la analogía del animal humano con la tierra
en que habita: su carne es gleba; sus huesos, rocas;
sus venas, grandes ríos; su vejiga, el mar y
sus siete miembros principales, los siete metales que
se ocultan en el fondo de las minas. El cuerpo del hombre
es siempre la mitad posible de un atlas universal. Sabemos
que Pierre Belon trazó, hasta el más mínimo
detalle, la primera lámina comparativa del esqueleto
humano y el de las aves: se ve ahí "el alón
llamado apéndice que está en proporción
en el ala, en lugar del pulgar de la mano; la extremidad
del alón que es como los dedos en nosotros...;
los huesos dados por patas a las aves corresponden a
nuestro talón; así como nosotros tenemos
cuatro dedos menores en el pie, las aves tienen cuatro
dedos, de los cuales el de atrás se da en proporción,
como el dedo gordo en nosotros",12 Toda esta precisión
sólo puede ser anatomía comparada para
quien la ve armado con los conocimientos del siglo XIX.
Sucede que la reja a través de la cual dejamos
llegar hasta nuestro saber las figuras de la semejanza,
corta de nuevo en este punto (y casi sólo en
él) lo que había dispuesto sobre las cosas
el saber del siglo XVI.
Pero, a decir verdad, la descripción
de Belon no hace sino destacar la positividad que la
ha hecho posible en su época. No es ni más
científica ni más racional que la observación
de Aldrovandi cuando compara las partes bajas del hombre
con los lugares infectos del mundo, con el infierno,
con sus tinieblas, con los condenados que son como los
excrementos del Universo; pertenece a la misma cosmografía
analógica que la comparación, clásica
en la época de Crollius, entre la apoplejía
y la tempestad: ésta empieza cuando el aire se
hace pesado y se agita, la crisis en el momento en el
que los pensamientos se hacen pesados, inquietos; después
las nubes se hacinan, el vientre se hincha, la tormenta
estalla y la vejiga se rompe; los rayos fulminan en
tanto que los ojos brillan con un fulgor terrible, entre
sí sin ruptura ni distancia, como las cadenas
de metal, suspendidas por simpatía del atractivo
de un solo imán.
Por ello, la simpatía es compensada
por su figura gemela, la antipatía. Esta mantiene
a las cosas en su aislamiento e impide la asimilación;
encierra cada especie en su diferencia obstinada y su
propensión a perseverar en lo que es: "Es
cosa bien sabida que existe odio entre las plantas.
se dice que el olivo y la vid odian a la col; el pepino
huye del olivo. ..Si se sobreentiende que se cruzan
por el calor del sol y el humor de la tierra, es necesario
que todo árbol opaco y espeso sea pernicioso
para los otros, lo mismo que el que tiene mucha raíz".
Así, hasta el infinito, a través del tiempo,
los seres del mundo se odian y mantienen su feroz apetito
en contra de toda simpatía. "La rata de
la India es perniciosa para el cocodrilo, pues Naturaleza
se lo ha dado por enemigo; de tal modo que cuando el
feroz se goza al sol, le tiende una trampa con sagacidad
mortal; dándose cuenta de que el cocodrilo, adormecido
en su deleite, duerme con el hocico abierto, se mete
por allí y se cuela por el largo gaznate hasta
el vientre, cuyas entrañas roe y sale al fin
por el vientre de la bestia muerta." Pero, a su
vez, todos los enemigos de la rata la acechan: ya que
está en discordia con la araña y "combatiendo
muchas veces con el áspid, muere". Por medio
de este juego de la antipatía que las dispersa,
a la vez que las atrae al combate, las convierte en
asesinas y las expone a su vez a la muerte, sucede que
las cosas, las bestias y todas las figuras del mundo
siguen siendo lo que son.
La identidad de la cosa, el hecho
de que puedan asemejarse a las otras y aproximarse a
ellas, pero sin engullirlas y conservando su singularidad
-es el balance continuo de la simpatía y la antipatía
que le corresponde. Explica que las cosas se crucen,
se desarrollen, se mezclen, desaparezcan, mueran y se
recobren indefinidamente; en suma, que haya un espacio
(que, sin embargo, no carece de referencia ni de repetición,
de puerto de similitud) y un tiempo (que, sin embargo,
permite reaparecer indefinidamente las mismas figuras,
las mismas especies, los mismos elementos)."Por
mucho que de suyo los cuatro cuerpos (agua, aire, fuego
y tierra) sean simples y tengan sus cualidades distintas,
dado que el Creador ordenó que los cuerpos elementales
estén compuestos de elementos mezclados, tal
es la razón por la que sus conveniencias y discordancias
son notables, lo que se conoce por sus cualidades. El
elemento del fuego es cálido y seco; tiene por
lo tanto antipatía hacia los del agua que es
fría y húmeda.
II. Las signaturas
Sin embargo, el sistema no está
cerrado. Queda una abertura, por la que todo el juego
de semejanza corre el riesgo de escaparse a sí
mismo, o de permanecer en la noche, si no fuera porque
una nueva figura de la similitud viene a acabar el círculo
-a hacerlo, a la vez, perfecto y manifiesto.
Convenientía , aemulatio
, analogía y sympathía
nos dicen cómo ha de replegarse el mundo
sobre sí mismo, duplicarse, reflejarse o encadenarse,
para que las cosas puedan asemejarse. Nos dicen cuáles
son los caminos de la similitud y por dónde pasan;
no dónde está ni cómo se la ve,
ni por qué marca se la reconoce. Ahora bien,
podría suceder que atravesáramos toda
esta maravillosa abundancia de semejanzas, sin sospechar
que ha sido preparada desde hace largo tiempo por el
orden del mundo y para nuestro mayor bienestar. Para
saber que el acónito cura nuestras enfermedades
de los ojos o que la nuez triturada en espíritu
de vino sana nuestros dolores de cabeza, es necesario
una marca que nos lo advierta: sin ella este secreto
seguiría indefinidamente su sueño. ¿Se
hubiera sabido alguna vez que entre un hombre y su planeta
hay una relación de gemelidad o de combate, si
no hubiera en su cuerpo y entre las líneas de
su rostro la señal de que es rival de Marte o
está emparentado con Saturno? Es necesario que
las similitudes ocultas se señalen en la superficie
de las cosas; es necesaria una marca visible de las
analogías invisibles. ¿Acaso no es toda
semejanza, a la vez, lo más manifiesto y lo más
oculto? En efecto, no está compuesta de pedazos
yuxtapuestos -unos idénticos, otros diferentes:
es de un solo golpe, una similitud que se ve o que no
se ve. Carecería pues de criterio, si no hubiera
en ella -o por encima o a un lado- un elemento de decisión
que transforma su centelleo dudoso en clara certidumbre.
No hay semejanza sin signatura. El
mundo de lo similar sólo puede ser un mundo marcado.
"No es la voluntad de Dios -dice Paracelso- que
permanezca oculto lo que El ha creado para beneficio
del hombre y le ha dado... y aun si hubiera ocultado
ciertas cosas, nada ha dejado sin signos exteriores
y visibles por marcas especiales -del mismo modo que
un hombre que ha enterrado un tesoro señala el
lugar a fin de poder volver a encontrarlo." El
conocer las similitudes se basa en el registro cuidadoso
de estas signaturas y en su desciframiento. Es inútil
detenerse en la corteza de las plantas para conocer
su naturaleza; es necesario ir directamente a sus marcas
-"a la sombra e imagen de Dios que ellas portan
o a la virtud interna que les ha sido conferida por
el cielo como un don natural... virtud, afirmo, que
se reconoce mejor por la signatura". El sistema
de signaturas invierte la relación de lo visible
con lo invisible. La semejanza era la forma invisible
de lo que, en el fondo del mundo, hacía que las
cosas fueran visibles; sin embargo, para que esta forma
salga a su vez a la luz, es necesaria una figura visible
que la saque de su profunda invisibilidad. Por esto,
el rostro del mundo está cubierto de blasones,
de caracteres, de cifras, de palabras oscuras -de "jeroglíficos",
según decía Tumer, y el espacio de las
semejanzas inmediatas se convierte en un gran libro
abierto; está plagado de grafismos; todo a lo
largo de la página se ven figuras extrañas
que se entrecruzan y, a veces, se repiten. Lo único
que hay que hacer es descifrarlas: " ¿No
es verdad, acaso, que todas las hierbas, plantas, árboles
y demás que provienen de las entrañas
de la tierra son otros tantos libros y signos mágicos?"
El gran espejo tranquilo en cuyo fondo se miran las
cosas y se envían, una a otra, sus imágenes,
está en realidad rumoroso de palabras. Los reflejos
mudos son duplicados por las palabras que los indican,
y gracias a una última forma de semejanza que
implica todas las demás y las encierra en un
círculo único, el mundo puede compararse
a un hombre que habla: "así como los movimientos
secretos de su entendimiento se manifiestan por la voz,
así parece que las hierbas hablan al médico
curioso por medio de su signatura, descubriéndole...
sus virtudes interiores ocultas bajo el velo del silencio
de la naturaleza".
Pero es necesario detenernos un poco
sobre este lenguaje mismo. Sobre los signos de los que
está formado. Sobre la manera en que estos signos
remiten a aquello que indican. Hay una simpatía
entre el acónito y los ojos. Esta afinidad imprevista
permanecería en las sombras, si no hubiera sobre
la planta una signatura, una marca, algo así
como una palabra que dice que ella es buena para las
enfermedades de los ojos. Este signo es perfectamente
legible en sus granos: son pequeños globos oscuros
engarzados en películas blancas que figuran,
poco más o menos, lo que los párpados
son respecto a los ojos. Lo mismo puede decirse de la
afinidad entre la nuez y la cabeza; lo que cura "los
dolores del pericráneo" es la espesa corteza
verde que descansa sobre los huesos -sobre la cáscara-
de la fruta: pero los males interiores de la cabeza
son prevenidos por el núcleo mismo "que
muestra enteramente el cerebro". El signo de la
afinidad, lo que la hace visible, es sencillamente la
analogía; la cifra de la simpatía reside
en la proporción.
Pero la proporción misma, ¿qué
signatura llevará para que sea posible reconocerla?
¿Cómo podría saberse que las rayas
de la mano o las líneas de la frente esbozan
sobre el cuerpo humano las inclinaciones, los accidentes
o los obstáculos de la gran tela de la vida?
Sólo porque la simpatía hace que el cuerpo
y el cielo se comuniquen y trasmite los movimientos
de los planetas a las aventuras de los hombres. Sólo
también porque la brevedad de una línea
refleja la imagen simple de una vida corta, el cruce
de dos pliegues, el encuentro de un obstáculo,
el movimiento ascendente de una arruga, el ascenso de
un hombre hacia el éxito. La anchura es signo
de riqueza e importancia; la continuidad señala
la fortuna, la discontinuidad, el infortunio. La gran
analogía entre el cuerpo y el destino está
señalada por todo el sistema de espejos y de
atractivos. Son las simpatías y las emulaciones
las que señalan las analogías.
En cuanto a la emulación, puede
reconocérsela en la analogía: los ojos
son estrellas puesto que esparcen luz sobre los rostros
como los astros en la oscuridad y porque los ciegos
están en el mundo como los clarividentes en lo
más sombrío de la noche. También
puede reconocérsela en la conveniencia: se sabe,
a partir de los griegos, que los animales fuertes y
valientes tienen la extremidad de los miembros ancha
y bien desarrollada, Como si su vigor se comunicara
a las partes más lejanas de su cuerpo. De la
misma manera, el rostro y la mano del hombre tienen
semejanza con el alma a la que están unidos.
Así, pues, el reconocimiento de las similitudes
más visibles se hace sobre el fondo de un descubrimiento
que es el de la conveniencia de las cosas entre sí.
Y si se piensa ahora que la conveniencia no está
definida siempre por una localización actual,
sino que muchos seres que se convienen entre sí
están separados (como sucede entre la enfermedad
y su remedio, entre el hombre y sus astros, entre la
planta y la tierra de la que necesita ) , se requiere
de nuevo un Signo de la conveniencia. Ahora bien, ¿qué
otra señal hay de que dos Cosas están
encadenadas entre sí, de no ser que se atraigan
recíprocamente, como el sol a la flor del girasol
o como el agua al retoño del pepino, sino que
hay afinidad y como simpatía entre ellas?
De este modo se cierra el círculo.
Se advierte, sin embargo, por medio de qué sistema
de duplicaciones. Las semejanzas exigen una signatura,
ya que ninguna de ellas podría ser notada si
no estuviera marcada de manera legible. Pero ¿cuáles
son estos signos? ¿En qué se reconoce,
entre todos los aspectos del mundo y tantas figuras
que se entrecruzan, que hay un carácter en el
que conviene detenerse, porque indica una semejanza
secreta y esencial? ¿Qué forma constituye
el Signo en su singular valor de Signo? -La semejanza.
Significa algo en la medida en que tiene semejanza con
lo que indica (es decir, una similitud). No obstante,
no señala una homología; pues su ser claro
y distinto de signatura se borraría en el rostro
cuyo signo es; es otra semejanza, una similitud vecina
y de otro tipo que sirve para reconocer la primera,
pero que es revelada, a su vez, por una tercera. Toda
semejanza recibe una signatura; pero ésta no
es sino una forma median era de la misma semejanza.
Tanto que el conjunto de marcas hace deslizar, sobre
el círculo de las similitudes, un segundo círculo
que duplicaría exactamente y punto por punto
al primero, si no fuera porque este pequeño desplazamiento
hace que el signo de la simpatía resida en la
analogía, el de la analogía en la emulación,
el de la emulación en la conveniencia, que requiere
a su vez, para ser reconocida, la señal de la
simpatía. ..La signatura y lo que designa Son
exactamente de la misma naturaleza; sólo obedecen
a una ley de distribución diferente; el corte
es el mismo.
La forma designan te y la forma designada
son semejanzas, pero vecinas. Sin duda por ello la semejanza,
en el saber del siglo XVI, es lo más universal
que hay; a la vez que lo más visible, aunque,
sin embargo, hay que descubrirlo, por ser lo más
oculto; lo que determina la forma del conocimiento (
ya que sólo se conoce siguiendo los caminos de
la similitud) y lo que garantiza la riqueza de su contenido
(ya que, desde que se advierten los signos y se considera
lo que indican, se saca a luz y se permite que la Semejanza
misma centellee con su propia luz).
Llamamos hermenéutica al conjunto
de conocimientos y técnicas que permiten que
los signos hablen y nos descubran sus sentidos; llamamos
semiología al conjunto de conocimientos y técnicas
que permiten saber dónde están los signos,
definir lo que los hace ser signos, conocer sus ligas
y las leyes de su encadenamiento: el siglo XVI superpuso
la semiología y la hermenéutica en la
forma de la similitud. Buscar el sentido es sacar a
luz lo que se asemeja. Buscar la ley de los signos es
descubrir las cosas semejantes. La gramática
de los seres es su exégesis. Y el lenguaje que
hablan no dice nada más que la sintaxis que los
liga. La naturaleza de las cosas, su coexistencia, el
encadenamiento que las une y por el cual se comunican,
no es diferente a su semejanza. y ésta sólo
aparece en la red de los signos que, de un cabo a otro,
recorre todo el mundo. La "naturaleza" es
tomada en el mínimo espesor que conserva, una
debajo de la otra, a la semiología y la hermenéutica;
no es misteriosa ni está velada, sólo
se ofrece al conocimiento, que desvía algunas
veces, en la medida en que esta superposición
conlleva un ligero desplazamiento de las semejanzas.
De golpe, la reja no es clara; la transparencia está
enturbiada desde el primer carteo. Un espacio sombrío
aparece y es necesario aclararlo progresivamente. Allí
está la "naturaleza" y es eso lo que
es necesario emplear para conocerla. Todo sería
inmediato y evidente si la hermenéutica de la
semejanza y la semiología de las signaturas coincidieran
sin la menor oscilación. Pero, dado que hay una
ranura entre las similitudes que forman grafismos y
las que forman discursos, el saber y su labor infinita
reciben allí el espacio que les es propio: tienen
que surcar esta distancia yendo, por un zigzagueo indefinido,
de lo semejante a lo que le es semejante.
III. Los límites del mundo
Tal es, en un esbozo muy general, la
episteme del siglo XVI. Esta configuración implica
un cierto número de consecuencias.
Por de pronto, el carácter a la vez pletórico
y absolutamente pobre de este saber. Pletórico
que ya es ilimitado. La semejanza no permanece jamás
estable en sí misma; sólo se la fija cuando
se la
remite a otra similitud que, a su vez, llama otras nuevas;
de suerte que cada semejanza no vale sino por la acumulación
de todas las demás y debe recorrerse el mundo
entero para que la menor de
las analogías quede justificada y aparezca al
fin como cierta. Es pues un saber que podrá,
que deberá, proceder por acumulación infinita
de confirmaciones que se llaman unas a otras. y por
ello, desde sus fundamentos, este saber será
arenoso. La única forma posible de enlace entre
los elementos del saber es la suma. De aquí,
las inmensas columnas, de aquí su monotonía.
Al poner como enlace entre el signo y lo que indica
la semejanza ( a la vez tercera potencia y poder único,
ya que habita de la misma manera la marca y el con tenido),
el saber del siglo XVI se condenó a no conocer
nunca sino la misma cosa ya no conocerla sino al término,
jamás alcanzado, de un recorrido indefinido.
Y aquí funciona la categoría, tan ilustre,
del microcosmos. Esta vieja noción fue reanimada,
sin duda, a través de la Edad Media y desde el
principio del Renacimiento, por una cierta tradición
neoplatónica. Pero acabó por desempeñar
un papel fundamental en el saber durante el siglo XVI.
Poco importa que sea o no, como se decía, una
visión del mundo o Weltanschauung. De hecho tiene
una o más bien dos funciones muy precisas en
la configuración epistemológica de esta
época. Como categoría del pensamiento
aplica a todos los dominios de la naturaleza el juego
de las semejanzas duplicadas; garantiza a la investigación
que cada cosa encontrará, en una escala mayor,
su espejo y su certidumbre macrocósmica; afirma
en cambio que el orden visible de las esferas más
altas vendrá a reflejarse en la profundidad más
oscura de la tierra. Pero, entendida como configuración
general de la naturaleza, pone límites reales
y, por así decirlo, tangibles al avance incansable
de las similitudes que se relacionan.
Indica que existe un gran mundo y que su perímetro
traza el límite de todas las cosas creadas; que
en el otro extremo, existe una criatura privilegiada
que reproduce, dentro de sus restringidas dimensiones,
el orden inmenso del cielo, de los astros, de las montañas,
de los ríos y de las tormentas; y que, entre
los límites efectivos de esta analogía
constitutiva, se despliega el juego de las semejanzas.
Por este hecho mismo, la distancia del microcosmos al
macrocosmos, a pesar de ser
inmensa, no es infinita; los seres que allí moran
pueden ser nume rosísimos, pero al final podrá
contárselos; y, en consecuencia, las simi litudes
que, por el juego de los signos que exigen, se apoyan
siempre unas en otras, no corren el riesgo de escaparse
indefinidamente. Tienen, para apoyarse y reforzarse,
un dominio perfectamente cerrado. La naturaleza, en
tanto juego de signos y de semejanzas, se encierra en
sí misma según la figura duplicada del
cosmos.
Ahora bien, hay que cuidarse de invertir las relaciones.
Sin duda alguna, la idea del microcosmos es, según
se dice, "importante" en el siglo XVI; entre
todas las formulaciones que una encuesta podría
recoger, sería probablemente una de las más
frecuentes. Pero no se trata de hacer aquí un
estudio de las opiniones que sólo un análisis
estadístico del material escrito permitiría
llevar a cabo. Si, por el
contrario, se interroga al saber del siglo XVI en su
nivel arqueológico -es decir, en lo que lo ha
hecho posible-, aparecen las relaciones entre el macrocosmos
y el microcosmos como un simple efecto super ficial.
No se pusieron a investigar todas las analogías
del mundo por que creyeran en tales relaciones. Sino
que en el corazón mismo del saber había
una necesidad: ajustar la infinita riqueza de una seme
janza introducida como tercera entre los signos y su
sentido, y la monotonía impuesta por el corte
mismo de la semejanza a lo significante ya lo que éste
designaba. En una epísteme en la que signos y
similitudes se enroscan recíprocamente en una
voluta que carece de fin, era necesario que se pensara
en la relación entre microcosmos y macrocosmos
como garantía de este saber y término
de su efusión.
Debido a esta misma necesidad, este saber debía
acoger, a la vez, y en el mismo plan, la magia y la
erudición. Nos parece que los co nocimientos
del siglo XVI constaban de una mezcla inestable de saber
racional, de nociones derivadas de prácticas
mágicas y de toda una herencia cultural cuyo
redescubrimiento en los textos antiguos había
multiplicado los poderes de autoridad. Así concebida,
la ciencia de esta época parece dotada de una
débil estructura; no sería más
que el lugar liberal de una confrontación entre
la fidelidad a los Antiguos, el gusto por lo maravilloso
y una atención ya despertada sobre esta racionalidad
soberana en la que nos reconocemos. Y esta época
trilobada se reflejaría en el espejo de cada
obra y de cada espíritu compartido. .De hecho,
el saber del siglo XVI no sufre por una insuficiencia
de estructura. Por el contrario, hemos visto cuán
meticu losas son las configuraciones que definen su
espacio. Este rigor es el que impone la relación
entre la magia y la erudición -no como contenidos
aceptados, sino como formas requeridas. El mundo está
cubierto de signos que es necesario descifrar y estos
signos, que revelan semejanzas y afinidades, Sólo
son formas de la similitud. Así, pues, conocer
será interpretar: pasar de la marca visible a
lo que se dice
a través de ella y que, sin ella, permanecería
como palabra muda, adormecida entre las cosas. "Nosotros,
los hombres, descubrimos todo lo que está oculto
en las montañas por medio de signos y de correspondencias
exteriores; así, encontramos todas las propiedades
de las hierbas y todo lo que está en las piedras.
Nada hay en la pro fundidad de los mares, nada en las
alturas del firmamento que el hombre no sea capaz de
descubrir. No hay montaña tan vasta que esconda
a la mirada del hombre lo que contiene; esto le es revelado
por los signos correspondientes." La adivinación
no es una forma concurrente del conocimiento; forma
parte de este mismo. Ahora bien, estos signos que se
interpretan no designan lo oculto en la me dida en que
se le asemejan; y no se actuará sobre las marcas
sin operar, al mismo tiempo, sobre lo que ellas indican
en secreto. Por eso las plantas que representan la cabeza,
los ojos, el corazón o el hígado tienen
eficacia sobre un órgano; por eso las bestias
mismas son sensibles a las marcas que las designan.
"Dime, pues -pide Paracelso- ¿por qué
la serpiente en Helvecia, Algoria, Suecia, comprende
las palabras griegas osy, osya, osy? ...¿en
qué academia las han aprendido para que, apenas
oída la palabra, vuelvan de inmediato la cola
a fin de no oírla de nuevo? Tan pronto como han
oído la palabra, a pesar de su naturaleza y de
su espíritu, permanecen inmóviles y no
envenenan a nadie con su picadura ponzoñosa."
Y no hay que decir que esto se debe tan sólo
al efecto del ruido de las palabras pronunciadas: "Si
escribes, en tiempo favorable, estas solas palabras
sobre vitela, pergamino, papel y las impones a la serpiente,
ésta per
manecerá tan inmóvil como si las hubieras
articulado en voz alta." El propósito de
las "magias naturales" que ocupa una gran
parte del fin del siglo XVI y se encuentra hasta mediados
del siglo XVII, no es un efecto residual en la conciencia
europea; ha sido resucitado -como dice expresamente
Campanella- y por motivos contemporáneos: porque
la configuración fundamental del saber remite
las marcas y las similitudes unas a otras. La forma
mágica era inherente a la
manera de conocer.
E igualmente sucede con la erudición: ya que,
en el tesoro que nos ha trasmitido la Antigüedad,
el lenguaje vale como signo de las cosas. No existe
diferencia alguna entre estas marcas visibles que
Dios ha depositado sobre la superficie de la tierra,
a fin de hacemos conocer sus secretos interiores, y
las palabras legibles que la Escritura o los sabios
de la Antigüedad, iluminados por una luz divina,
han depositado en los libros salvados por la tradición.
La relación con los textos tiene la misma naturaleza
que la relación con las cosas; aquí como
allí, lo que importa son los signos. Pero Dios,
a fin de ejercitar nuestra sabiduría, ha sembrado
la naturaleza sólo de figuras que hay que descifrar
(en este sentido, el conocimiento debe ser divinatio),
en tanto que los antiguos dieron ya interpretaciones
que sólo tenemos que recoger. Que sólo
tendríamos que recoger, si no fuera necesario
aprender su idioma, leer sus textos, comprender lo que
han dicho. La herencia de la Antigüedad es, como
la naturaleza misma, un amplio espacio que hay que interpretar;
aquí como allí, es necesario destacar
los signos y hacerlos hablar poco a poco. En otras palabras,
Divinatio y Eruditio son una misma hermenéutica.
Que, sin embargo, se desarrolla, según figuras
semejantes, en dos niveles distintos: la una va de la
marca muda a la cosa misma (y hace hablar a la naturaleza);
la otra va del grafismo inmóvil a la palabra
clara ( devuelve la vida a los lenguajes dormidos) .Pero
así como los signos naturales están ligados
a la que indican por la profunda relación de
semejanza, así los discursos de los antiguos
son la imagen de la que enuncian; si tienen para nosotros
el valor de un signo es porque, en el fondo de su ser,
y por la luz que no deja de atravesarlos desde su nacimiento,
se ajustan a las cosas mismas, en forma de espejo y
de emulación; son con respecto a la verdad eterna
lo que estos signos a los secretos de la naturaleza
(son la marca por descifrar de esta palabra ) ; tienen,
con las cosas que develan, una afinidad interporal.
Así, pues, es inútil exigirles su título
de autoridad; son un tesoro de signos ligados por similitud
a lo que pueden designar. La única diferencia
es que se trata de un tesoro de segundo grado que nos
remite a las notas de la naturaleza que indican oscuramente
el oro fino de las cosas mismas. La verdad de todas
estas marcas -sea que traspasen la naturaleza o que
se alineen sobre los pergaminos o en las bibliotecas-
es siempre la misma: tan arcaica como la institución
de Dios.
Entre las marcas y las palabras no existe la diferencia
de la observación y la autoridad aceptada, o
de la verificable y la tradición. Por doquier
existe un mismo juego, el del signo y la similar y por
ello la naturaleza y el verbo pueden entrecruzarse infinitamente,
formando, para quien sabe leer, un gran texto único.
IV. La escritura de las cosas
En el siglo XVI, el lenguaje real no
es un conjunto de signos independientes, uniforme y
liso en el que las cosas vendrían a reflejarse
como en un espejo a fin de enunciar, una a una, su verdac1
singular. Es más bien una cosa opaca, misteriosa,
cerrada sobre sí misma, masa fragmentada y enigmática
punto por punto, que se mezcla aquí o allá
con las figuras del mundo y se enreda en ellas: tanto
y tan bien que, todas juntas, forman una red de marcas
en la que cada una puede desempeñar, y desempeña
en efecto, en relación con todas las demás,
el papel de contenido o de signo, de secreto o de indicio.
En su ser en bruto e histórico del siglo XVI,
el lenguaje no es un sistema arbitrario; está
depositado en el mundo y forma, a la vez, parte de él,
porque las cosas mismas ocultan y manifiestan su enigma
como un lenguaje y porque las palabras se proponen a
los hombres como cosas que hay que descifrar. La gran
metáfora del libro que se abre, que se deletrea
y que se lee para conocer la naturaleza, no es sino
el envés visible de otra transferencia, mucho
más profunda, que obliga al lenguaje a residir
al lado del mundo, entre las plantas, las hierbas, las
piedras y los animales.
El lenguaje forma parte de la gran
distribución de similitudes y signaturas. En
consecuencia, debe ser estudiado, él también,
como una cosa natural. Sus elementos tienen, como los
animales, las plantas o las estrellas, sus leyes de
afinidad y de conveniencia, sus analogías obligadas.
Ramus dividió su gramática en dos partes.
La primera estaba consagrada a la etimología,
lo que no quiere decir que se buscara el sentido original
de las palabras, sino más bien las "propiedades"
intrínsecas de las letras, de las sílabas,
en fin, de las palabras completas. La segunda parte
trataba la sintaxis: su propósito era enseñar
"la construcción de las palabras entre sí
por sus propiedades" y consistía "casi
exclusivamente de conveniencia y comunión mutua
de las propiedades, como del nombre con el nombre o
con el verbo, del adverbio con todas las palabras a
las que se adjunta, de la conjunción en el orden
de las cosas conjuntas." El lenguaje no es lo que
es porque tiene un sentido; su contenido representativo,
que tendrá tanta importancia para los gramáticos
de los siglos XVII y XVIII que servirá como hilo
conductor de los análisis, no desempeña
aquí papel alguno. Las palabras agrupan sílabas
y las sílabas letras porque hay depositadas en
éstas virtudes que las acercan o separan, justo
como en el mundo las marcas se oponen o se atraen unas
a otras. El estudio de la gramática descansa,
en el siglo XVI, sobre la misma disposición epistemológica
que la ciencia natural o las disciplinas esotéricas.
Las únicas diferencias son éstas: hay
una naturaleza y muchos lenguajes; y en el esoterismo
las propiedades de las palabras, de las sílabas
y de las letras se descubren por medio de otro discurso
que, a su vez, permanece secreto, en tanto que en la
gramática son las palabras y las frases cotidianas
las que enuncian de suyo sus propiedades. El lenguaje
está a medio camino entre las figuras visibles
de la naturaleza y las conveniencias secretas de los
discursos esotéricos. Es una naturaleza fragmentada,
dividida contra sí misma y alterada, que ha perdido
su primera transparencia; es un secreto que lleva en
sí, pero en la superficie, las marcas descifrables
de lo que quiere decir. Es, a la vez, una revelación
escondida y una revelación que poco a poco se
restituye una claridad ascendente.
En su forma primera, tal como fue dado
por Dios a los hombres, el lenguaje era un signo absolutamente
cierto y transparente de las cosas, porque se les parecía.
Los nombres estaban depositados sobre aquello que designaban,
tal como la fuerza está escrita sobre el cuerpo
del león, la realeza en la mirada del águila
y tal como la influencia de los planetas está
marcada sobre la frente de los hombres: por la forma
de la similitud. Esta transparencia quedó destruida
en Babel para castigo de los hombres. Los idiomas quedaron
separados unos de otros, y resultaron incompatibles
sólo en la medida en que se borró de inmediato
esta semejanza a las cosas que habían sido la
primera razón de ser del lenguaje. Todas las
lenguas que conocemos, las hablamos actualmente sobre
la base de esta similitud perdida y en el espacio que
ella dejó vacío. Sólo existe una
lengua que guarda memoria de ello, porque se deriva
directamente del primer vocabulario, ahora olvidado;
porque Dios no ha querido que el castigo de Babel escapase
a la memoria de los hombres; porque esta lengua -ha
servido para relatar la Antigua Alianza de Dios con
su pueblo; por último, porque en esta lengua
se dirigió Dios a quienes le escucharon. Así,
pues, el hebreo lleva en sí, como restos, las
marcas de la primera denominación. Y estas palabras,
pronunciadas por Adán al imponérselas
a los animales, siguen conservando en su espesor, cuando
menos en parte, como un fragmento de saber silencioso,
las propiedades inmóviles de los seres: "Así,
la cigüeña, tan alabada por su caridad hacia
sus padres y madres, se llama en hebreo chasída,
es decir, 'mansa', 'caritativa', 'piadosa'
El
caballo llamado sus, del verbo hasas, si no es que este
verbo se deriva de él, que significa elevarse,
ya que entre todos los cuadrúpedos éste
es el más orgulloso y valiente, según
lo describe Job en el capítulo 39". Pero
no hay allí sino ruinas fragmentarias; las otras
lenguas han perdido estas similitudes radicales, que
sólo el hebreo conserva a fin de mostrar que
fue en otro tiempo la lengua común de Dios, de
Adán y de los animales de la primera tierra.
Sin embargo, si el lenguaje no se asemeja
de inmediato a las cosas que nombra, no está
por ello separado del mundo; continúa siendo,
en una u otra forma, el lugar de la... revelaciones
y sigue siendo parte del espacio en el que la verdad
se manifiesta y se enuncia a la vez. Es verdad que no
es la naturaleza en su visibilidad original, pero tampoco
es un instrumento misterioso cuyos poderes sólo
sean conocidos por algunos privilegiados. Es más
bien la figura de un mundo en vías de rescatarse
y ponerse al fin a escuchar la verdadera palabra. Por
ello, Dios ha querido que el latín, lengua de
su iglesia, se extienda por todo el globo terrestre.
Por ello, todas las lenguas del mundo, tal como se las
ha podido conocer gracias a esta conquista, forman en
conjunto la imagen de la verdad. El espacio en el que
se despliegan y su confusión entregan el signo
del mundo salvado, del mismo modo que la disposición
de los primeros nombres se asemejaba a las cosas que
Dios había puesto al servicio de Adán.
Claude Duret señala que los hebreos, los cananeos,
los samaritanos, los caldeos, los sirios, los egipcios,
los fenicios, los cartagineses, los árabes, los
sarracenos, los turcos, los moros, los persas y los
tártaros escriben de derecha a izquierda, siguiendo
así "el curso y movimiento diario del primer
cielo, perfectísimo, en opinión del gran
Aristóteles, acercándose a la unidad";
los griegos, los georgianos, los maronitas, los jacobitas,
los coftitas, los serbios, los posnanos y, de cierto,
los latinos y todos los europeos escriben de izquierda
a derecha, siguiendo "el curso y movimiento del
segundo cielo, conjunto de los siete planetas";
los hindúes, los catenos, los chinos y los japoneses
escriben de arriba a abajo, según "el orden
de la naturaleza, que da a los hombres la cabeza alta
y los pies bajos"; "al revés de los
anteriores", los mexicanos escriben o bien de abajo
a arriba o bien "en espirales, como las que el
sol hace por su curso anual sobre el zodiaco".
Y así, "por estos cinco diversos modos de
escribir, los secretos y misterios del crucero del mundo
y de la forma de la cruz, conjunto de la rotundidad
del cielo y de la tierra, se denotan y expresan propiamente".
Las lenguas tienen con el mundo una relación
de analogía más que de significación;
o mejor dicho, su valor de signo y su función
de duplicación se superponen; hablan del cielo
y de la tierra de los que son imagen; reproducen en
su arquitectura más material la cruz cuyo advenimiento
anuncian -este advenimiento que, a su vez, se establece
por la Escritura y la Palabra. Hay una función
simbólica en el lenguaje: pero desde el desastre
de Babel no es necesario ya buscarla -salvo en raras
excepciones- en las palabras mismas, sino más
bien en la existencia misma del lenguaje, en su relación
total con la totalidad del mundo, en el entrecruzamiento
de su espacio con los lugares y las figuras del cosmos.
De ahí la forma del proyecto
enciclopédico, tal como aparece a fines del siglo
XVI y en los primeros años del siglo siguiente:
no reflexionar lo que se sabe en el elemento neutro
del lenguaje -el uso del alfabeto como orden enciclopédico
arbitrario, pero eficaz, sólo aparecerá
en la segunda mitad del siglo XVII, sino reconstituir
por el encadenamiento de las palabras y por su disposición
en el espacio del orden mismo del mundo. Este proyecto
se encuentra en Grégoire en su Syntaxeon mtis
mirabüis (1610), en Alstedius en su Encyclopaedúz
(1630) y aun en Christophe de Savigny (Tableau de tous
les arts libérttux) que llega a espacializar
los conocimientos tanto por la forma cósmica,
inmóvil y perfecta del círculo, como por
la forma sublunar, perecedera, múltiple y dividida
del árbol; se lo encuentra de nuevo así
en La Croix du Maine que imagina un espacio a la vez
de Enciclopedia y de Biblioteca que permitiría
disponer los textos escritos según las figuras
de vecindad, de parentesco, de analogía y de
subordinación que prescribe el mundo mismo. De
cualquier modo, tal entrelazamiento del lenguaje y las
cosas, en un espacio común, supone un privilegio
absoluto de la escritura.
Este privilegio ha dominado todo el
Renacimiento y, sin duda, ha sido uno de los grandes
acontecimientos de la cultura occidental. La imprenta,
la llegada a Europa de manuscritos orientales, la aparición
de una literatura que ya no se hacía para la
voz o para la representación ni estaba bajo su
dominio, el paso dado hacia la interpretación
de los textos religiosos según la tradición
y el magisterio de la Iglesia -todo esto da testimonio,
sin que pueda separarse la parte de los efectos de la
de las causas, del lugar fundamental que tomó,
en Occidente, la Escritura. El lenguaje tiene, de ahora
en adelante, la naturaleza de ser escrito. Los sonidos
de la voz sólo son su traducción transitoria
y precaria. Lo que Dios ha depositado en el mundo son
las palabras escritas; Adán, al imponer sus primeros
nombres a los animales, no hizo más que leer
estas marcas visibles y silenciosas; la Ley fue confiada
a las Tablas, no a la memoria de los hombres; y la verdadera
Palabra hay que encontrarla en un libro. Vigenere y
Duret dijeron -y en términos casi idénticos-
que lo escrito había precedido siempre a lo hablado,
con toda certeza en la naturaleza y quizá también
en el saber de los hombres. Pues era muy posible que
antes de Babel, antes del Diluvio, hubiera una escritura
compuesta por las marcas mismas de la naturaleza, de
modo que estos caracteres tendrían el poder de
actuar directamente sobre las cosas, de atraerlas o
rechazarlas, de figurar sus propiedades, sus virtudes
y sus secretos. Escritura primitivamente natural, de
la que ciertos saberes esotéricos y la cábala
del primer jefe, conservaron una memoria dispersa y
cuyos poderes, largo tiempo adormecidos, tratan de recoger.
El esoterismo del siglo XVI es un fenómeno de
escritura y no palabra. En todo caso, ésta, despojada
de sus poderes, no es, de acuerdo con Vigenere y Duret,
sino la parte femenina del lenguaje, algo así
como su intelecto pasivo; la Escritura, en cambio, es
el intelecto activo, el "principio masculino"
del lenguaje. Sólo ella detenta la verdad.
Esta primacía de lo escrito
explica la presencia gemela de dos formas indisociables
en el saber del siglo XVI, a pesar de su oposición
aparente. Se trata, desde luego, de la no distinción
entre lo que se ve y lo que se lee, entre lo observado
y lo relatado, en consecuencia, de la constitución
de una capa única y lisa en la que la mirada
y el lenguaje se entrecruzan al infinito; y se trata
también, a la inversa, de la disociación
inmediata de todo lenguaje que desdobla, sin tener jamás
un término asignable, la repetición del
comentario.
Un día, Buffon se asombrará
de que se pueda encontrar en un naturalista como Aldrovandi
una mezcla inextricable de descripciones exactas, de
citas, de fábulas sin crítica, de observaciones
que se refieren indiferentemente a la anatomía,
los blasones, el hábitat, los valores mitológicos
de un animal y los usos que puede dársele en
la medicina o en la magia. Y, en efecto, si nos remitimos
a la Historia serpentum et draconum, se ve que el capítulo
"De la serpiente en general" se despliega
según las rúbricas siguientes: equívoco
(es decir, los diferentes sentidos de la palabra serpiente),
sinónimos y etimologías, diferencias,
forma y descripción, anatomía, naturaleza
y costumbres, temperamento, coito y generación,
voz, movimientos, lugares, alimentos, fisonomía,
antipatía, simpatía, modos de captura,
muerte y heridas por serpientes, modos y señales
de envenenamiento, remedios, epítetos, denominaciones,
prodigios y presagios, monstruos, mitología,
dioses a los que está consagrada, apólogos,
alegorías y misterios, jeroglíficos, emblemas
y símbolos, adagios, monedas, milagros, enigmas,
divisas, signos heráldicos, hechos históricos,
sueños, simulacros y estatuas, usos en la alimentación,
usos en la medicina, usos diversos. Y dice Buffon: "júzguese
por esto qué parte de historia natural podrá
encontrarse en todo este fárrago. Todo esto no
es descripción, sino leyenda". En efecto,
para Aldrovandi y sus contemporáneos, todo esto
era legenda, cosas que leer. Pero la razón no
está en que se prefiera la autoridad de los hombres
a la exactitud de una mirada sin prevención,
sino en que la naturaleza misma es un tejido ininterrumpido
de palabras y de marcas, de relatos y de caracteres,
de discursos y de formas. Cuando se hace la historia
de un animal, es inútil e imposible tratar de
elegir entre el oficio del naturalista y el del compilador:
es necesario recoger en una única forma del saber
todo lo que ha sido visto y oído, todo lo que
ha sido relatado por la naturaleza o por los hombres,
por el lenguaje del mundo, de las tradiciones o de los
poetas. Conocer un animal, una planta o una cosa cualquiera
de la tierra equivale a recoger toda la espesa capa
de signos que han podido depositarse en ellos o sobre
ellos; es encontrar de nuevo todas las constelaciones
de formas en las que toman valor de blasón. Aldrovandi
no era un observador mejor ni peor que Buffon; no era
más crédulo que él, ni estaba menos
apegado a la fidelidad de la mirada o a la racionalidad
de las cosas. Simple y sencillamente, su mirada no estaba
ligada a las cosas por el mismo sistema, ni la misma
disposición de la episteme. Aldrovandi contempla
meticulosamente una naturaleza que estaba escrita de
arriba a abajo.
Así, pues, saber consiste en
referir el lenguaje al lenguaje; en restituir la gran
planicie uniforme de las palabras y de las cosas. Hacer
hablar a todo. Es decir, hacer nacer por encima de todas
las marcas el discurso segundo del comentario. Lo propio
del saber no es ni ver ni demostrar, sino interpretar.
Comentarios de la Escritura, comentarios de los antiguos,
comentarios de lo que relatan los viajeros, comentarios
de leyendas y de fábulas: a ninguno de estos
discursos se pide interpretar su derecho a enunciar
una verdad; lo único que se requiere de él
es la posibilidad de hablar sobre él. El lenguaje
lleva en sí mismo su principio interior de proliferación.
"Hay más que hacer interpretando las interpretaciones
que interpretando las cosas; y más libros sobre
libros que sobre cualquier otro tema; lo único
que hacemos es entreglosarnos." No es esto la comprobación
de la quiebra de una cultura sepultada bajo sus propios
monumentos, sino la definición de la relación
inevitable que el lenguaje del siglo XVI mantenía
consigo mismo. Por una parte, esta relación permite
un infinito cabrilleo del lenguaje que no cesa de desarrollarse,
de volver sobre sí, de montar sus formas sucesivas.
Quizá sea la primera vez que se descubra en la
cultura occidental esta dimensión absolutamente
abierta de un lenguaje que no puede detenerse, ya que,
al no estar encerrado jamás en una palabra definitiva,
enunciará su verdad sólo en un discurso
futuro, consagrado por entero a decir lo que ha dicho;
pero este discurso mismo no tiene el poder de detenerse
sobre sí y lo que dice lo encierra como una promesa,
ligada aun a otro discurso. .. Por definición,
la tarea del comentario no puede acabarse nunca. Y sin
embargo, el comentario se vuelve por completo hacia
la parte enigmática, murmurada, que se esconde
en el lenguaje comentado: hace nacer, bajo el discurso
existente, otro discurso más fundamental y, por
así decirlo, "más primero",
que se propone restituir. No existe comentario salvo
en el caso de que, bajo el lenguaje que se lee y se
descifra, pase la soberanía de un Texto primitivo.
Y es este texto el que, al fundamentar el comentario,
le promete como recompensa su descubrimiento final.
Tanto que se mide la proliferación necesaria
de la exégesis, se la limita idealmente y, sin
embargo, se la anima incesantemente por este reino silencioso.
El lenguaje del siglo XVI -entendido no como un episodio
en la historia del idioma, sino como una experiencia
cultural global- está sin duda preso en este
juego, en este intersticio entre el primer Texto y el
infinito de la Interpretación. Se habla a partir
de una escritura que forma parte del mundo; se habla
al infinito de ella y cada uno de sus signos se convierte
a su vez en escritura para nuevos discursos; pero cada
discurso se dirige a esta escritura primigenia cuyo
retorno promete y desplaza al mismo tiempo.
Vemos, pues, que la experiencia del
lenguaje pertenece a la misma red arqueológica
que el conocimiento de las cosas de la naturaleza. Conocer
las cosas es revelar el sistema de semejanzas que las
hace ser próximas y solidarias unas con otras;
pero no es posible destacar las similitudes sino en
la medida en que un conjunto de signos forma, en su
superficie, el texto de una indicación perentoria.
Ahora bien, estos signos mismos no son sino un juego
de semejanzas y remiten a la tarea infinita, necesariamente
inacabada, de conocer lo similar. De la misma manera,
aunque casi por inversión, el lenguaje se propone
la tarea de restituir un discurso absolutamente primero,
pero no puede enunciado sino por aproximación,
tratando de decir al respecto cosas semejantes a él
y haciendo nacer así al infinito las fidelidades
vecinas y similares de la interpretación. El
comentario se asemeja indefinidamente a lo que comenta
y que nunca puede enunciar; de la misma manera que el
saber de la naturaleza encuentra siempre nuevos signos
de semejanza porque ésta no puede ser conocida
por sí misma y los signos no pueden ser otra
cosa que similitudes. Y así como este juego infinito
de la naturaleza encuentra su vínculo, su forma
y su limitación en la relación entre microcosmos
y macrocosmos, así la tarea infinita del comentario
se reafirma por la promesa de un texto efectivamente
escrito que la interpretación revelará
un día por entero.
V. El ser del lenguaje
A partir del estoicismo, el sistema
de signos en el mundo occidental había sido temario,
ya que se reconocía en él el significan
te, el significado y la "coyuntura". A partir
del siglo XVII, en cambio, la disposición de
los signos se convertirá en binaria, ya que se
la definirá, de acuerdo con Port-Royal, por el
enlace de un significante y un significado. Durante
el Renacimiento, la organización es diferente
y mucho más compleja; es temaria, puesto que
se apoya en el dominio formal de las marcas, en el contenido
señalado por ellas y en las similitudes que ligan
las marcas a las cosas designadas; pero como la semejanza
es tanto la forma de los signos como su contenido, los
tres elementos definidos de esta distribución
se resuelven en una figura única.
Esta disposición, con el juego
que autoriza, se encuentra de nuevo, aunque invertida,
en la experiencia del lenguaje. En efecto, éste
existe desde un principio, en su ser en bruto y primitivo,
bajo la forma simple, material, de una escritura, de
un estigma sobre las cosas, de una marca extendida por
el mundo que forma parte de sus figuras más imborrables.
En un sentido, esta capa del lenguaje es única
y absoluta. Pero de inmediato hace nacer otras dos formas
de discurso que la encuadran: por encima de ella, el
comentario, que retorna los signos dados según
un propósito nuevo, y, por debajo, el texto cuya
prioridad oculta bajo las señales visibles para
todos, que supone el comentario. De allí, tres
niveles del lenguaje a partir del ser único de
la escritura. Este juego complejo desaparecerá
con el fin del Renacimiento. Y lo hará de dos
maneras: porque las figuras que oscilan indefinidamente
entre uno y tres términos van a quedar fijadas
en una forma binaria que las hará estables; y
porque el lenguaje, en vez de existir como escritura
material de las cosas, no encontrará ya su espacio
sino en el régimen general de los signos representativos.
Esta nueva disposición entraña
la aparición de un nuevo problema, hasta entonces
desconocido: en efecto, se había planteado la
pregunta de cómo reconocer que un signo designa
lo que significa; a partir del siglo XVII se preguntará
cómo un signo puede estar ligado a lo que significa.
Pregunta a la que la época clásica dará
respuesta por medio del análisis de la representación;
y a la que el pensamiento moderno responderá
por el análisis del sentido y de la significación.
Pero, de hecho, el lenguaje no será sino un caso
particular de la representación (para los clásicos)
o de la significación (para nosotros). Se ha
deshecho la profunda pertenencia del lenguaje y del
mundo. Se ha terminado el primado de la escritura. Desaparece,
pues, esta capa uniforme en la que se entrecruzaban
indefinidamente lo visto y lo leído, lo visible
y lo enunciable. Las cosas y las palabras van a separarse.
El ojo será destinado a ver y sólo a ver;
la oreja sólo a oír. El discurso tendrá
desde luego como tarea el decir lo que es, pero no será
más que lo que dice.
Es una inmensa reorganización
de la cultura cuya primera etapa, será la época
clásica, y quizá la más importante,
ya que es ella la responsable de la nueva disposición
en la cual nos encontramos presos aún -ya que
fue ella la que nos separó de una cultura en
la que no existía la significación de
los signos, pues estaba resorbida en la soberanía
de lo Semejante; pero en la cual su ser enigmático,
monótono, obstinado, primitivo, centelleaba en
una dispersión infinita.
Este ser no existe ya en nuestro saber
ni en nuestra reflexión para que podamos ahora
hacer volver su recuerdo. Es imposible salvo quizá
para la literatura -y aun en ella de una manera más
alusiva y diagonal que directa. En cierto sentido puede
decirse que la "literatura", tal como se constituyó
y designó en el umbral de la época moderna,
manifiesta la reaparición, allí donde
no se la esperaba, del ser vivo del lenguaje. En los
siglos XVII y XVIII la existencia propia del lenguaje,
su vieja solidez de cosa inscrita en el mundo, se había
disuelto en el funcionamiento de la representación;
todo lenguaje valía como discurso. El arte del
lenguaje era una manera de "hacer un signo"
-significar, a la vez, alguna cosa y disponer signos
en tomo a ella: así, pues, un arte de nombrar
y después. por una duplicación demostrativa
y decorativa a la vez, de captar este nombre, de encerrarlo
y de guardarlo, de designarlo a su vez con otros nombres
que eran su presencia diferida, el signo segundo, la
figura, el aparato retórico. Ahora bien, todo
a lo largo del siglo XIX hasta llegar a nosotros -de
Holderlin a Mallarmé, a Antonin Artaud- la literatura
no existe en su autonomía, no se ha separado
de cualquier otro lenguaje por un corte profundo que
formara una especie de "contra-discurso" y
remontara así la función representativa
o significante del lenguaje hasta ese ser en bruto olvidado
desde el siglo XVI.
Se creyó haber alcanzado la
esencia misma de la literatura y no se la interrogó
ya al nivel de lo que dice, sino en su forma significante:
al hacerlo así. Se permaneció en el estatuto
clásico del lenguaje. En la época moderna,
la literatura es lo que compensa (y no lo que confirma)
el funcionamiento significativo del lenguaje. A través
de ella, brilla de nuevo el ser del lenguaje en los
límites de la cultura occidental -y en su corazón-,
pues es, a partir del siglo XVI, lo que le es lo más
extraño; pero desde ese mismo siglo, está
en el centro de lo que ha recubierto. Por ello es por
lo que la literatura aparece, cada vez más, como
lo que debe ser pensado; pero también, y por
la misma razón, como lo que en ningún
caso podrá ser pensado a partir de la teoría
de la significación. Poco importa que se la analice
por el lado del significado (de lo que quiere decir,
de sus "ideas". de lo que promete o de aquello
con lo que se compromete) o por el del significan te
(con ayuda de esquemas todos de la lingüística
o del psicoanálisis): esto no es más que
un episodio. Tanto en un caso como en el otro, se la
busca fuera del lugar en el que no ha dejado de surgir
y de imprimirse, en nuestra cultura, desde hace siglo
y medio. Tales modos de desciframiento se destacan de
una situación clásica del lenguaje -la
que ha reinado durante el siglo XVII, cuando el régimen
de los signos se convirtió en binario y cuando
se reflexión sobre la significación en
la forma de la representación; entonces la literatura
estaba constituida por un significante y un significado
y merecía ser analizada como tal. A partir del
siglo XIX, la literatura vuelve a sacar a luz el ser
del lenguaje: pero no tal como aparecía a fines
del Renacimiento. Pues ahora ya no existe esta palabra
primera, absolutamente inicial, que fundamentaba y limitaba
el movimiento infinito del discurso; de aquí
en adelante, el lenguaje va a crecer sin punto de partida,
sin término y sin promesa. El texto de la literatura
traza día a día el recorrido de este espacio
vano y fundamental.
-
Leer Las palabras y las cosas (parte I) -
(*) Michel Foucault. Nació el
15 de octubre de 1926 en Poitiers en el seno de una
familia de médicos. Cursó estudios de
filosofía occidental y psicología en la
École Normale Supérieure de París.
Se graduó presentando una tesis sobre historia
de la locura en la época clásica que se
publicó en 1962. En los años 60, dirigió
los departamentos de filosofía de las Universidades
de Clermont-Ferrand y Vincennes. Participó junto
con los estudiantes en las protestas y manifestaciones
de mayo del 68 y, posteriormente, formó parte
de una comisión para la defensa de la vida y
de los derechos de los inmigrantes. En el año
1970 fue profesor de Historia de los Sistemas de Pensamiento.
Las principales influencias en su pensamiento fueron
los filósofos alemanes Friedrich Nietzsche y
Martin Heidegger. Como filósofo se adscribe al
estructuralismo. Sus estudios pusieron en tela de juicio
la influencia del filósofo político alemán
Karl Marx y del psicoanalista austriaco Sigmund Freud.
Su pensamiento se desarrolló en tres etapas,
la primera, en Locura y civilización
(1960), que escribió mientras era lector en la
Universidad de Uppsala, en Suecia, estudia, a través
de la modificación del concepto de “locura”
y de la oposición entre razón y locura
que se establece a partir del siglo XVII, la necesidad
que tienen todas las culturas de definir lo que las
limita, es decir, lo que queda fuera de ellas mismas.
En su segunda etapa escribió Las palabras
y las cosas (1966), que lleva como subtítulo
Arqueología de las ciencias humanas, y donde
dice que todas las ciencias que tienen como objeto el
ser humano son producto de mutaciones históricas
que reorganizan el saber anterior, recreando un conjunto
epistemológico que define en todos los dominios
los límites y las condiciones de su desarrollo.
Su última etapa empezó con la publicación
de Vigilar y castigar, en 1975, donde se preguntaba
si el encarcelamiento es un castigo más humano
que la tortura, pero se ocupa más de la forma
en que la sociedad ordena y controla a los individuos
adiestrando sus cuerpos. En sus libros, Historia
de la sexualidad, Volumen I: Introducción
(1976), El uso del placer (1984) y La preocupación
de sí mismo (1984), rastrea las etapas por
las que la gente ha llegado a comprenderse a sí
misma en las sociedades occidentales como seres sexuales,
y relaciona el concepto sexual que cada uno tiene de
sí mismo con la vida moral y ética del
individuo. Falleció el 25 de junio de 1984 en
París.