Horacio Quiroga nació el 31 de diciembre de 1878
en Salto (Uruguay). Cuando contaba dos meses de edad (1879),
muere su padre al disparársele accidentalmente su
escopeta. En 1891 Ascenso Bargo, su padrastro, se suicida
con una escopeta. En 1897 hace sus primeras colaboraciones
en medios periodísticos. Funda la tertulia de "Los
tres mosqueteros" y se inicia en las letras bajo el
patrocinio de Leopoldo Lugones. En 1900 viaja a París.
En 1902 mata accidentalmente, con una pistola, a su amigo
Federico Ferrando. Se muda a Buenos Aires, Argentina. La
mayor parte de su carrera transcurre allí, donde
llega a ser muy leído por sus cuentos publicados
en revistas y recogidos en libro. En 1903 trabaja como profesor
de castellano y acompaña, como fotógrafo,
a Leopoldo Lugones en una expedición a la provincia
de Misiones. El viaje lo deslumbra y vivirá durante
largos años en Misiones, lugar donde encuentra el
escenario y los personajes de los cuentos que lo hicieron
famoso. En 1906 publica su relato Los perseguidos, adelanto
de lo que después se conocería como literatura
psicológica. En 1909 contrae matrimonio con Ana María
Cirés y se van a vivir a San Ignacio. Dos años
después es nombrado juez de Paz. En el año
1915 se suicida su mujer. Regresa a Buenos Aires en 1916.
En 1918 dio a conocer el libro Cuentos de la selva, considerado
un clásico de la literatura para niños en
América Latina. Le preocupó más el
valor expresivo de la palabra que lo puramente gramatical
y académico, por lo que se le ha tachado muchas veces
de "escribir mal". En 1927 se casa con María
Bravo. En 1932 se traslada a Misiones. En 1936 su mujer
lo deja y vuelve a Buenos Aires. Su carrera se abre en la
poesía, dentro del ámbito del modernismo,
con Los arrecifes de coral (1901), obra sin mayor consecuencia.
Una vida dramática, siempre cercana a la estrechez
económica, matrimonios conflictivos, experiencias
con el hachís y el constante cerco del suicidio,
alimentan su tarea cuentista. Fallece en en Buenos Aires
el 19 de febrero de 1937, muerto por ingestión de
cianuro poco después de enterarse que sufre de cáncer
gástrico. En octubre de 1938 se suicida Alfonsina
Storni por quien sostuvo una profunda pasión. En
1939 se suicida su hija Egle. Años después,
su hijo Darío también haría lo mismo.
Entre sus obras destacan: El crimen de
otro (1904), Historia de amor turbio (1908), Cuentos de
amor, de locura y de muerte (1917), Cuentos de la selva
(1918), El salvaje (1920), Las sacrificadas (1929), Anaconda
(1921), El desierto (1924),
Los desterrados (1926), Pasado amor (1929), Más allá
(1935)
La insolación
El cachorro Old salió por la puerta
y atravesó el patio con paso recto y perezoso. Se
detuvo en la linde del pasto, estiró al monte, entrecerrando
los ojos, la nariz vibrátil, y se sentó tranquilo.
Veía la monótona llanura del Chaco, con sus
alternativas de campo y monte, monte y campo, sin más
color que el crema del pasto y el negro del monte. Éste
cerraba el horizonte, a doscientos metros, por tres lados
de la chacra. Hacia el Oeste, el campo se ensanchaba y extendía
en abra, pero que la ineludible línea sombría
enmarcaba a lo lejos.
A esa hora temprana, el confín, ofuscante de luz
a mediodía, adquiría reposada nitidez. No
había una nube ni un soplo de viento. Bajo la calma
del cielo plateado el campo emanaba tónica frescura
que traía al alma pensativa, ante la certeza de otro
día de seca, melancolías de mejor compensado
trabajo.
Milk, el padre del cachorro, cruzó a la vez el patio
y se sentó al lado de aquél, con perezoso
quejido de bienestar. Ambos permanecían inmóviles,
pues aún no había moscas.
Old, que miraba, hacía rato a la vera del monte,
observó:
—La mañana es fresca.
Milk siguió la mirada del cachorro y quedó
con la vista fija, parpadeando distraído. Después
de un rato dijo:
—En aquel árbol hay dos halcones.
Volvieron la vista indiferente a un buey que pasaba y continuaron
mirando por costumbre las cosas.
Entretanto, el Oriente comenzaba a empurpurarse en abanico,
y el horizonte había perdido ya su matinal precisión.
Milk cruzó las patas delanteras y al hacerlo sintió
un leve dolor. Miró sus dedos sin moverse, decidiéndose
por fin a olfatearlos. El día anterior se había
sacado un pique, y en recuerdo de lo que había sufrido
lamió extensamente el dedo enfermo.
—No podía caminar —exclamó en
conclusión.
Old no comprendió a qué se refería,
Milk agregó:
—Hay muchos piques.
Esta vez el cachorro comprendió. Y repuso por su
cuenta, después de largo rato:
—Hay muchos piques.
Uno y otro callaron de nuevo, convencidos.
El sol salió, y en el primer baño de su luz,
las pavas del monte lanzaron al aire puro el tumultuoso
trompeteo de su charanga. Los perros, dorados al sol oblicuo,
entornaron los ojos, dulcificando su molicie en beato pestañeo.
Poco a poco la pareja aumentó con la llegada de los
otros compañeros: Dick, el taciturno preferido; Prince,
cuyo labio superior, partido por un coatí, dejaba
ver los dientes, e Isondú, de nombre indígena.
Los cinco foxterriers, tendidos y beatos de bienestar, durmieron.
Al cabo de una hora irguieron la cabeza; por el lado opuesto
del bizarro rancho de dos pisos —el inferior de barro
y el alto de madera, con corredores y baranda de chalet—,
habían sentido los pasos de su dueño, que
bajaba la escalera. Míster Jones, la toalla al hombro,
se detuvo un momento en la esquina del rancho y miró
el sol, alto ya. Tenía aún la mirada muerta
y el labio pendiente tras su solitaria velada de whisky,
más prolongada que las habituales.
Mientras se lavaba, los perros se acercaron y le olfatearon
las botas, meneando con pereza el rabo. Como las fieras
amaestradas, los perros conocen el menor indicio de borrachera
en su amo. Alejáronse con lentitud a echarse de nuevo
al sol. Pero el calor creciente les hizo presto abandonar
aquél, por la sombra de los corredores.
El día avanzaba igual a los precedentes de todo ese
mes: seco, límpido, con catorce horas de sol calcinante
que parecía mantener el cielo en fusión, y
que en un instante resquebrajaba la tierra mojada en costras
blanquecinas. Míster Jones fue a la chacra, miró
el trabajo del día anterior y retornó al rancho.
En toda esa mañana no hizo nada. Almorzó y
subió a dormir la siesta.
Los peones volvieron a las dos a la carpición, no
obstante la hora de fuego, pues los yuyos no dejaban el
algodonal. Tras ellos fueron los perros, muy amigos del
cultivo desde el invierno pasado, cuando aprendieron a disputar
a los halcones los gusanos blancos que levantaba el arado.
Cada perro se echó bajo un algodonero, acompañando
con su jadeo los golpes sordos de la azada.
Entretanto el calor crecía. En el paisaje silencioso
y encegueciente de sol, el aire vibraba a todos lados, dañando
la vista. La tierra removida exhalaba vaho de horno, que
los peones soportaban sobre la cabeza, envuelta hasta las
orejas en el flotante pañuelo, con el mutismo de
sus trabajos de chacra. Los perros cambiaban a cada rato
de planta, en procura de más fresca sombra. Tendíanse
a lo largo, pero la fatiga los obligaba a sentarse sobre
las patas traseras, para respirar mejor.
Reverberaba ahora adelante de ellos un pequeño páramo
de greda que ni siquiera se había intentado arar.
Allí, el cachorro vio de pronto a Míster Jones
sentado sobre un tronco, que lo miraba fijamente. Old se
puso en pie meneando el rabo. Los otros levantáronse
también, pero erizados.
—Es el patrón—dijo el cachorro, sorprendido
de la actitud de aquéllos.
—No, no es él—replicó Dick.
Los cuatro perros estaban apiñados gruñendo
sordamente, sin apartar los ojos de míster Jones,
que continuaba inmóvil, mirándolos. El cachorro,
incrédulo, fue a avanzar, pero Prince le mostró
los dientes:
—No es él, es la Muerte.
El cachorro se erizó de miedo y retrocedió
al grupo.
—¿Es el patrón muerto? —preguntó
ansiosamente. Los otros, sin responderle, rompieron a ladrar
con furia, siempre en actitud temerosa. Pero míster
Jones se desvanecía ya en el aire ondulante.
Al oír los ladridos, los peones habían levantado
la vista, sin distinguir nada. Giraron la cabeza para ver
si había entrado algún caballo en la chacra,
y se doblaron de nuevo.
Los foxterriers volvieron al paso al rancho. El cachorro,
erizado aún, se adelantaba y retrocedía con
cortos trotes nerviosos, y supo de la experiencia de sus
compañeros que cuando una cosa va a morir, aparece
antes.
—¿Y cómo saben que ése que vimos
no era el patrón vivo?—preguntó.
—Porque no era él —le respondieron displicentes.
¡Luego la Muerte, y con ella el cambio de dueño,
las miserias, las patadas, estaba sobre ellos! Pasaron el
resto de la tarde al lado de su patrón, sombríos
y alerta. A1 menor ruido gruñían, sin saber
hacia dónde.
Por fin el sol se hundió tras el negro palmar del
arroyo, y en la calma de la noche plateada, los perros se
estacionaron alrededor del rancho, en cuyo piso alto míster
Jones recomenzaba su velada de whisky. A media noche oyeron
sus pasos, luego la caída de las botas en el piso
de tablas, y la luz se apagó. Los perros, entonces,
sintieron más el próximo cambio de dueño,
y solos al pie de la casa dormida, comenzaron a llorar.
Lloraban en coro, volcando sus sollozos convulsivos y secos,
como masticados, en un aullido de desolación, que
la voz cazadora de Prince sostenía, mientras los
otros tomaban el sollozo de nuevo. El cachorro solo podía
ladrar. La noche avanzaba, y los cuatro perros de edad,
agrupados a la luz de la luna, el hocico extendido e hinchado
de lamentos—bien alimentados y acariciados por el
dueño que iban a perder—, continuaban llorando
a lo alto su doméstica miseria.
A la mañana siguiente míster Jones fue él
mismo a buscar las mulas y las unció a la carpidora,
trabajando hasta las nueve. No estaba satisfecho, sin embargo.
Fuera de que la tierra no había sido nunca bien rastreada,
las cuchillas no tenían filo, y con el paso rápido
de las mulas, la carpidora saltaba. Volvió con ésta
y afiló sus rejas; pero un tornillo en que ya al
comprar la máquina había notado una falla,
se rompió al armarla. Mandó un peón
al obraje próximo, recomendándole cuidara
del caballo, un buen animal, pero asoleado. Alzó
la cabeza al sol fundente de mediodía, e insistió
en que no galopara ni un momento. Almorzó en seguida
y subió. Los perros, que en la mañana no habían
dejado un segundo a su patrón, se quedaron en los
corredores.
La siesta pesaba, agobiada de luz y silencio. Todo el contorno
estaba brumoso por las quemazones. Alrededor del rancho
la tierra blanquizca del patio, deslumbraba por el sol a
plomo, parecía deformarse en trémulo hervor,
que adormecía los ojos parpadeantes de los foxterriers.
—No ha aparecido más—dijo Milk.
Old, al oír aparecido, levantó vivamente las
orejas. Incitado por la evocación el cachorro se
puso en pie y ladró, buscando a qué. A1 rato
calló, entregándose con sus compañeros
a su defensiva cacería de moscas.
—No vino más—agregó Isondú.
—Había una lagartija bajo el raigón—recordó
por primera vez Prince.
Una gallina, el pico abierto y las alas apartadas del cuerpo,
cruzó el patio incandescente con su pesado trote
de calor. Prince la siguió perezosamente con la vista
y saltó de golpe.
—¡Viene otra vez! —gritó.
Por el norte del patio avanzaba solo el caballo en que había
ido el peón. Los perros se arquearon sobre las patas,
ladrando con furia a la Muerte, que se acercaba. El caballo
caminaba con la cabeza baja, aparentemente indeciso sobre
el rumbo que debía seguir. Al pasar frente al rancho
dio unos cuantos pasos en dirección al pozo, y se
desvaneció progresivamente en la cruda luz.
Míster Jones bajó; no tenía sueño.
Disponíase a proseguir el montaje de la carpidora,
cuando vio llegar inesperadamente al peón a caballo.
A pesar de su orden, tenía que haber galopado para
volver a esa hora. Apenas libre y concluida su misión,
el pobre caballo, en cuyos ijares era imposible contar los
latidos, tembló agachando la cabeza, y cayó
de costado. Míster Jones mandó a la chacra,
todavía de sombrero y rebenque, al peón para
no echarlo si continuaba oyendo sus jesuísticas disculpas.
Pero los perros estaban contentos. La Muerte, que buscaba
a su patrón, se había conformado con el caballo.
Sentíanse alegres, libres de preocupación,
y en consecuencia disponíanse a ir a la chacra tras
el peón, cuando oyeron a míster Jones que
le gritaba pidiéndole el tornillo. No había
tornillo: el almacén estaba cerrado, el encargado
dormía, etc. Míster Jones, sin replicar, descolgó
su casco y salió él mismo en busca del utensilio.
Resistía el sol como un peón, y el paseo era
maravilloso contra su mal humor.
Los perros salieron con él, pero se detuvieron a
la sombra del primer algarrobo; hacía demasiado calor.
Desde allí, firmes en las patas, el ceño contraído
y atento, veían alejarse a su patrón. Al fin
el temor a la soledad pudo más, y con agobiado trote
siguieron tras él.
Míster Jones obtuvo su tornillo y volvió.
Para acortar distancia, desde luego, evitando la polvorienta
curva del camino, marchó en línea recta a
su chacra. Llegó al riacho y se internó en
el pajonal, el diluviano pajonal del Saladito, que ha crecido,
secado y retoñado desde que hay paja en el mundo,
sin conocer fuego. Las matas, arqueadas en bóveda
a la altura del pecho, se entrelazan en bloques macizos.
La tarea de cruzarlo, sería ya con día fresco,
era muy dura a esa ,hora. Míster Jones lo atravesó,
sin embargo, braceando entre la paja restallante y polvorienta
por el barro que dejaban las crecientes, ahogado de fatiga
y acres vahos de nitrato.
Salió por fin y se detuvo en la linde; pero era imposible
permanecer quieto bajo ese sol y ese cansancio. Marchó
de nuevo. Al calor quemante que crecía sin cesar
desde tres días atrás, agregábase ahora
el sofocamiento del tiempo descompuesto. El cielo estaba
blanco y no se sentía un soplo de viento. El aire
faltaba, con angustia cardíaca, que no permitía
concluir la respiración.
Míster Jones adquirió el convencimiento de
que había traspasado su límite de resistencia.
Desde hacía rato le golpeaba en los oídos
el latido de las carótidas. Sentíase en el
aire, como si de dentro de la cabeza le empujaran el cráneo
hacia arriba. Se mareaba mirando el pasto. Apresuró
la marcha para acabar con eso de una vez... Y de pronto
volvió en sí y se halló en distinto
paraje: había caminado media cuadra sin darse cuenta
de nada. Miró atrás, y la cabeza se le fue
en un nuevo vértigo.
Entretanto, los perros seguían tras él, trotando
con toda la lengua de fuera. A veces, asfixiados, deteníanse
en la sombra de un espartillo; se sentaban, precipitando
su jadeo, para volver en seguida al tormento del sol. A1
fin, como la casa estaba ya próxima, apuraron el
trote.
Fue en ese momento cuando Old, que iba adelante, vio tras
el alambrado de la chacra a míster Jones, vestido
de blanco, que caminaba hacia ellos. El cachorro, con súbito
recuerdo, volvió la cabeza a su patrón, y
confrontó.
—¡La Muerte, la Muerte!—aulló.
Los otros lo habían visto también, y ladraban
erizados, y por un instante creyeron que se iba a equivocar;
pero al llegar a cien metros se detuvo, miró el grupo
con sus ojos celestes, y marchó adelante.
—¡Que no camine ligero el patrón! exclamó
Prince.
—¡Va a tropezar con él!—aullaron
todos.
En efecto, el otro, tras breve hesitación, había
avanzado, pero no directamente sobre ellos como antes, sino
en línea oblicua y en apariencia errónea,
pero que debía llevarlo justo al encuentro de míster
Jones. Los perros comprendieron que esta vez todo concluía,
porque su patrón continuaba caminando a igual paso
como un autómata, sin darse cuenta de nada. El otro
llegaba ya. Los perros hundieron el rabo y corrieron de
costado, aullando. Pasó un segundo, y el encuentro
se produjo. Míster Jones se detuvo, giró sobre
sí mismo y se desplomó.
Los peones, que lo vieron caer, lo llevaron a prisa al rancho,
pero fue inútil toda el agua; murió sin volver
en sí. Míster Moore, su hermano materno, fue
allá desde Buenos Aires, estuvo una hora en la chacra,
y en cuatro días liquidó todo, volviéndose
en seguida al Sur. Los indios se repartieron los perros,
que vivieron en adelante flacos y sarnosos, e iban todas
las noches con hambriento sigilo a robar espigas de maíz
en las chacras ajenas.
El Vampiro
—Sí—dijo el abogado
Rhode—. Yo tuve esa causa. Es un caso, bastante raro
por aquí, de vampirismo. Rogelio Castelar, un hombre
hasta entonces normal fuera de algunas fantasías,
fue sorprendido una noche en el cementerio arrastrando el
cadáver recién enterrado de una mujer. El
individuo tenía las manos destrozadas porque había
removido un metro cúbico de tierra con las uñas.
En el borde de la fosa yacían los restos del ataúd,
recién quemado. Y como complemento macabro, un gato,
sin duda forastero, yacía por allí con los
riñones rotos. Como ven, nada faltaba al cuadro.
En la primera entrevista con el hombre vi que tenía
que habérmelas con un fúnebre loco. Al principio
se obstinó en no responderme, aunque sin dejar un
instante de asentir con la cabeza a mis razonamientos. Por
fin pareció hallar en mí al hombre digno de
oírle. La boca le temblaba por la ansiedad de comunicarse.
—¡Ah! ¡Usted me entiende!—exclamó,
fijando en mí sus ojos de fiebre. Y continuó
con un vértigo de que apenas puede dar idea lo que
recuerdo:
—¡A usted le diré todo! ¡Sí!
¿Qué cómo fue eso del ga... de la gata?
¡Yo! ¡Solamente yo!
—Óigame: Cuando yo llegué.. . allá,
mi mujer...
—¿Dónde allá?—le interrumpí.
—Allá... ¿La gata o no? ¿Entonces?...
Cuando yo llegué mi mujer corrió como una
loca a abrazarme. Y en seguida se desmayó. Todos
se precipitaron entonces sobre mí, mirándome
con ojos de locos.
¡Mi casa! ¡Se había quemado, derrumbado,
hundido con todo lo que tenía dentro! ¡Ésa,
ésa era mi casa! ¡Pero ella no, mi mujer mía!
Entonces un miserable devorado por la locura me sacudió
el hombro, gritándome:
—¿Qué hace? ¡Conteste!
Y yo le contesté:
—¡Es mi mujer! ¡Mi mujer mía que
se ha salvado!
Entonces se levantó un clamor:
—¡No es ella! ¡Ésa no es!
Sentí que mis ojos, al bajarse a mirar lo que yo
tenía entre mis brazos, querían saltarse de
las órbitas ¿No era ésa María,
la María de mí, y desmayada? Un golpe de sangre
me encendió los ojos y de mis brazos cayó
una mujer que no era María. Entonces salté
sobre una barrica y dominé a todos los trabajadores.
Y grité con la voz ronca:
—¡Por qué! ¡Por qué!
Ni uno solo estaba peinado porque el viento les echaba a
todos el pelo de costado. Y los ojos de fuera mirándome.
Entonces comencé a oír de todas partes:
—Murió.
—Murió aplastada.
—Murió.
—Gritó.
—Gritó una sola vez.
—Yo sentí que gritaba.
—Yo también.
—Murió.
—La mujer de él murió aplastada.
—¡Por todos los santos!—grité yo
entonces retorciéndome las manos—. ¡Salvémosla,
compañeros! ¡Es un deber nuestro salvarla!
Y corrimos todos. Todos corrimos con silenciosa furia a
los escombros. Los ladrillos volaban, los marcos caían
desescuadrados y la remoción avanzaba a saltos.
A las cuatro yo solo trabajaba. No me quedaba una uña
sana, ni en mis dedos había otra cosa que escarbar.
¡Pero en mi pecho! ¡Angustia y furor de tremebunda
desgracia que temblaste en mi pecho al buscar a mi María!
No quedaba sino el piano por remover. Había allí
un silencio de epidemia, una enagua caída y ratas
muertas. Bajo el piano tumbado, sobre el piso granate de
sangre y carbón, estaba aplastada la sirvienta.
Yo la saqué al patio, donde no quedaban sino cuatro
paredes silenciosas, viscosas de alquitrán y agua.
El suelo resbaladizo reflejaba el cielo oscuro. Entonces
cogí a la sirvienta y comencé a arrastrarla
alrededor del patio.
Eran míos esos pasos. ¡Y qué pasos!
¡Un paso, otro paso otro paso!
En el hueco de una puerta—carbón y agujero,
nada más—estaba acurrucada la gata de casa,
que había escapado al desastre, aunque estropeada.
La cuarta vez que la sirvienta y yo pasamos frente a ella,
la gata lanzó un aullido de cólera.
¡Ah! ¿No era yo, entonces?, grité desesperado.
¿No fui yo el que buscó entre los escombros,
la ruina y la mortaja de los marcos, un solo pedazo de mi
María!
La sexta vez que pasamos delante de la gata, el animal se
erizó. La séptima vez se levantó, llevando
a la rastra las patas de atrás. Y nos siguió
entonces así, esforzándose por mojar la lengua
en el pelo engrasado de la sirvienta —¡de ella,
de María, no maldito rebuscador de cadáveres!
—¡Rebuscador de cadáveres!—repetí
yo mirándolo—. ¡Pero entonces eso fue
en el cementerio!
El vampiro se aplastó entonces el pelo mientras me
miraba con sus inmensos ojos de loco.
—¡Conque sabías entonces! —articuló—.
¡Conque todos lo saben y me dejan hablar una hora!
¡Ah! —rugió en un sollozo echando la
cabeza atrás y deslizándose por la pared hasta
caer sentado—: ¡Pero quién me dice al
miserable yo, aquí, por qué en mi casa me
arranqué las uñas para no salvar del alquitrán
ni el pelo colgante de mi María!
No necesitaba más, como ustedes comprenden —concluyó
el abogado—, para orientarme totalmente respecto del
individuo. Fue internado en seguida. Hace ya dos años
de esto, y anoche ha salido, perfectamente curado. . .
—¿Anoche? —exclamó un hombre joven
de riguroso luto—. ¿Y de noche se da de alta
a los locos?
—¿Por qué no? El individuo está
curado, tan sano como usted y como yo. Por lo demás,
si reincide, lo que es de regla en estos vampiros, a estas
horas debe de estar ya en funciones. Pero estos no son asuntos
míos. Buenas noches, señores.
El espectro
Todas las noches, en el Grand Splendid
de Santa Fe, Enid y yo asistimos a los estrenos cinematográficos.
Ni borrascas ni noches de hielo nos han impedido introducirnos,
a las diez en punto, en la tibia penumbra del teatro. Allí,
desde uno u otro palco, seguimos las historias del film
con un mutismo y un interés tales, que podrían
llamar sobre nosotros la atención, de ser otras las
circunstancias en que actuamos.
Desde uno u otro palco, he dicho; pues su ubicación
nos es indiferente. Y aunque la misma localidad llegue a
faltarnos alguna noche, por estar el Splendid en pleno,
nos instalamos, mudos y atentos siempre a la representación,
en un palco cualquiera ya ocupado. No estorbamos, creo;
o, por lo menos, de un modo sensible. Desde el fondo del
palco, o entre la chica del antepecho y el novio adherido
a su nuca, Enid y yo, aparte del mundo que nos rodea, somos
todo ojos hacia la pantalla. Y si en verdad alguno, con
escalofríos de inquietud cuyo origen no alcanza a
comprender, vuelve a veces la cabeza para ver lo que no
puede, o siente un soplo helado que no se explica en la
cálida atmósfera, nuestra presencia de intrusos
no es nunca notada; pues preciso es advertir ahora que Enid
y yo estamos muertos.
De todas las mujeres que conocí en el mundo vivo,
ninguna produjo en mí el efecto que Enid. La impresión
fue tan fuerte que la imagen y el recuerdo mismo de todas
las mujeres se borró. En mi alma se hizo de noche,
donde se alzó un solo astro imperecedero: Enid. La
sola posibilidad de que sus ojos llegaran a mirarme sin
indiferencia, deteníame bruscamente el corazón.
Y ante la idea de que alguna vez podía ser mía,
la mandíbula me temblaba. ¡Enid!
Tenía ella entonces, cuando vivíamos en el
mundo, la más divina belleza que la epopeya del cine
ha lanzado a miles de leguas y expuesto a la mirada fija
de los hombres. Sus ojos, sobre todo, fueron únicos;
y jamás terciopelo de mirada tuvo un marco de pestañas
como los ojos de Enid; terciopelo azul, húmedo y
reposado, como la felicidad que sollozaba en ella.
La desdicha me puso ante ella cuando ya estaba casada.
No es ahora del caso ocultar nombres. Todos recuerdan a
Duncan Wyoming, el extraordinario actor que, comenzando
su carrera al mismo tiempo que William Hart, tuvo, como
éste y a la par de éste, las mismas hondas
virtudes de interpretación viril. Hart ha dado al
cine todo lo que podíamos esperar de él, y
es un astro que cae. De Wyoming, en cambio, no sabemos lo
que podíamos haber visto, cuando apenas en el comienzo
de su breve y fantástica carrera creó -como
contraste con el empalagoso héroe actual—el
tipo de varón rudo, áspero, feo, negligente
y cuanto se quiera, pero hombre de la cabeza a los pies,
por la sobriedad, el empuje y el carácter distintivos
del sexo.
Hart prosiguió actuando y ya lo hemos visto.
Wyoming nos fue arrebatado en la flor de la edad, en instantes
en que daba fin a dos cintas extraordinarias, según
informes de la empresa: El Páramo y Más allá
de lo que se ve. Pero el encanto—la absorción
de todos los sentimientos de un hombre—que ejerció
sobre mí Enid, no tuvo sino una amargura: Wyoming,
que era su marido, era también mi mejor amigo.
Habíamos pasado dos años sin vernos con Duncan;
él, ocupado en sus trabajos de cine, y yo en los
míos de literatura. Cuando volví a hallarlo
en Hollywood, ya estaba casado.
—Aquí tienes a mi mujer—me dijo echándomela
en los brazos.
Y a ella:
—Aprétalo bien, porque no tendrás un
amigo como Grant. Y bésalo, si quieres .
No me besó, pero al contacto con su melena en mi
cuello, sentí en el escalofrío de todos mis
nervios que jamás podría yo ser un hermano
para aquella mujer.
Vivimos dos meses juntos en el Canadá, y no es difícil
comprender mi estado de alma respecto de Enid. Pero ni en
una palabra, ni en un movimiento, ni en un gesto me vendí
ante Wyoming. Sólo ella leía en mi mirada,
por tranquila que fuera, cuán profundamente la deseaba.
Amor, deseo... Una y otra cosa eran en mí gemelas,
agudas y mezcladas; porque si la deseaba con todas las fuerzas
de mi alma incorpórea, la adoraba con todo el torrente
de mi sangre substancial.
Duncan no lo veía. ¿Cómo podía
verlo?
A la entrada del invierno regresamos a Hollywood, y Wyoming
cayó entonces con el ataque de gripe que debía
costarle la vida. Dejaba a su viuda con fortuna y sin hijos.
Pero no estaba tranquilo, por la soledad en que quedaba
su mujer.
—No es la situación económica—me
decía—, sino el desamparo moral. Y en este
infierno del cine...
En el momento de morir, bajándonos a su mujer y a
mí hasta la almohada, y con voz ya difícil:
—Confíate a Grant, Enid... Mientras lo tengas
a él, no temas nada. Y tú, viejo amigo, vela
por ella. Sé su hermano...No, no prometas. Ahora
puedo ya pasar al otro lado...
Nada de nuevo en el dolor de Enid y el mío. A los
siete días regresábamos al Canadá,
a la misma choza estival que un mes antes nos había
visto a los tres cenar ante la carpa. Como entonces, Enid
miraba ahora el fuego, achuchada por el sereno glacial,
mientras yo, de pie, la contemplaba. Y Duncan no estaba
más.
Debo decirlo: en la muerte de Wyoming yo no vi sino la liberación
de la terrible águila enjaulada en nuestro corazón,
que es el deseo de una mujer a nuestro lado que no se puede
tocar. Yo había sido el mejor amigo de Wyoming, y
mientras él vivió, el águila no deseó
su sangre; se alimentó—la alimenté—
con la mía propia. Pero entre él y yo se había
levantado algo más consistente que una sombra. Su
mujer fue, mientras él vivió—y lo hubiera
sido eternamente—, intangible para mí. Pero
él había muerto. No podía Wyoming exigirme
el sacrificio de la Vida en que él acaba de fracasar.
Y Enid era mi vida, mi porvenir, mi aliento y mi ansia de
vivir, que nadie, ni Duncan—mi amigo íntimo,
pero muerto—, podía negarme.
Vela por ella. . . ¡Sí, mas dándole
lo que él le había restado al perder su turno:
la adoración de una vida entera consagrada a ella!
Durante dos meses, a su lado de día y de noche, velé
por ella como un hermano. Pero al tercero caí a sus
pies.
Enid me miró inmóvil, y seguramente subieron
a su memoria los últimos instantes de Wyoming, porque
me rechazó violentamente. Pero yo no quité
la cabeza de su falda.
—Te amo, Enid—le dije—. Sin ti me muero.
—¡Tú, Guillermo!—murmuró
ella—¡Es horrible oírte decir esto!
—Todo lo que quieras—repliqué—.
Pero te amo inmensamente.
—¡Cállate, cállate!
—Y te he amado siempre... Ya lo sabes...
—¡No, no sé!
—Sí, lo sabes.
Enid me apartaba siempre, y yo resistía con la cabeza
entre sus rodillas.
—Dime que lo sabías...
—¡No, cállate! Estamos profanando...
—Dime que lo sabías...
—¡Guillermo!
—Dime solamente que sabías que siempre te he
querido...
Sus brazos se rindieron cansados, y yo levanté la
cabeza. Encontré sus ojos al instante, un solo instante,
antes que Enid se doblegara a llorar sobre sus propias rodillas.
La dejé sola; y cuando una hora después volví
a entrar, blanco de nieve, nadie hubiera sospechado, al
ver nuestro simulado y tranquilo afecto de todos los días,
que acabábamos de tender, hasta hacerlas sangrar,
las cuerdas de nuestros corazones.
Porque en la alianza de Enid y Wyoming no había habido
nunca amor. Faltóle siempre una llamarada de insensatez,
extravío, injusticia—la llama de pasión
que quema la moral entera de un hombre y abrasa a la mujer
en largos sollozos de fuego—. Enid había querido
a su esposo, nada más; y lo había querido,
nada más que querido ante mí, que era la cálida
sombra de su corazón, donde ardía lo que no
le llegaba de Wyoming, y donde ella sabía iba a refugiarse
todo lo que de ella no alcanzaba hasta él.
La muerte, luego, dejando hueco que yo debía llenar
con el afecto de un hermano... ¡De hermano, a ella,
Enid, que era mi sola sed de dicha en el inmenso mundo!
A los tres días de la escena que acabo de relatar
regresamos a Hollywood. Y un mes más tarde se repetía
exactamente la situación: yo de nuevo a los pies
de Enid con la cabeza en sus rodillas, y ella queriendo
evitarlo.
—Te amo cada día más, Enid...
—¡Guillermo!
—Dime que algún día me querrás.
—¡No!
—Dime solamente que estás convencida de cuánto
te amo.
—¡No!
—Dímelo.
—¡Déjame! ¿No ves que me estás
haciendo sufrir de un modo horrible?
Y al sentirme temblar mudo sobre el altar de sus rodillas,
bruscamente me levantó la cara entre las manos:
—¡Pero déjame, te digo! ¡Déjame!
¿No ves que también te quiero con toda el
alma y que estamos cometiendo un crimen?
Cuatro meses justos, ciento veinte días transcurridos
apenas desde la muerte del hombre que ella amó, del
amigo que me había interpuesto como un velo protector
entre su mujer y un nuevo amor...
Abrevio. Tan hondo y compenetrado fue el nuestro, que aun
hoy me pregunto con asombro qué finalidad absurda
pudieron haber tenido nuestras vidas de no habernos encontrado
por bajo de los brazos de Wyoming.
Una noche—estábamos en Nueva York—me
enteré que se pasaba por fin El páramo, una
de las dos cintas de que he hablado, y cuyo estreno se esperaba
con ansiedad. Yo también tenía el más
vivo interés de verla, y se lo propuse a Enid. ¿Por
qué no?
Un largo rato nos miramos; una eternidad de silencio, durante
el cual el recuerdo galopó hacia atrás entre
derrumbamiento de nieve y caras agónicas. Pero la
mirada de Enid era la vida misma, y presto entre el terciopelo
húmedo de sus ojos y los míos no medió
sino la dicha convulsiva de adorarnos. ¡Y nada más!
Fuimos al Metropole, y desde la penumbra rojiza del palco
vimos aparecer, enorme y con el rostro más blanco
que la hora de morir, a Duncan Wyoming. Sentí temblar
bajo mi mano el brazo de Enid.
¡Duncan!
Sus mismos gestos eran aquéllos. Su misma sonrisa
confiada era la de sus labios. Era su misma enérgica
figura la que se deslizaba adherida a la pantalla. Y a veinte
metros de él, era su misma mujer la que estaba bajo
los dedos del amigo íntimo...
Mientras la sala estuvo a obscuras, ni Enid ni yo pronunciamos
una palabra ni dejamos un instante de mirar. Largas lágrimas
rodaban por sus mejillas, y me sonreía. Me sonreía
sin tratar de ocultarme sus lágrimas.
—Sí, comprendo, amor mío...—murmuré,
con los labios sobre el extremo de sus pieles, que, siendo
un obscuro detalle de su traje, era asimismo toda su persona
idolatrada—Comprendo, pero no nos rindamos... ¿Sí?...
Así olvidaremos...
Por toda respuesta, Enid, sonriéndome siempre, se
recogió muda a mi cuello.
A la noche siguiente volvimos. ¿Qué debíamos
olvidar? La presencia del otro, vibrante en el haz de luz
que lo transportaba a la pantalla palpitante de la vida;
su inconsciencia de la situación; su confianza en
la mujer y el amigo; esto era precisamente a lo que debíamos
acostumbrarnos.
Una y otra noche, siempre atentos a los personajes, asistimos
al éxito creciente de El páramo.
La actuación de Wyoming era sobresaliente y se desarrollaba
en un drama de brutal energía: una pequeña
parte de los bosques del Canadá y el resto en la
misma Nueva York. La situación central constituíala
una escena en que Wyoming, herido en la lucha con un hombre,
tiene bruscamente la revelación del amor de su mujer
por ese hombre, a quien él acaba de matar por motivos
aparte de este amor. Wyoming acababa de atarse un pañuelo
a la frente. Y tendido en el diván, jadeando aún
de fatiga, asistía a la desesperación de su
mujer sobre el cadáver del amante.
Pocas veces la revelación del derrumbe, la desolación
y el odio han subido al rostro humano con más violenta
claridad que en esa circunstancia a los ojos de Wyoming.
La dirección del film había exprimido hasta
la tortura aquel prodigio de expresión, y la escena
se sostenía un infinito número de segundos,
cuando uno solo bastaba para mostrar al rojo blanco la crisis
de un corazón en aquel estado.
Enid y yo, juntos e inmóviles en la obscuridad, admirábamos
como nadie al muerto amigo, cuyas pestañas nos tocaban
casi cuando Wyoming venía desde el fondo a llenar
él solo la pantalla. Y al alejarse de nuevo a la
escena del conjunto, la sala entera parecía estirarse
en perspectiva. Y Enid y yo, con un ligero vértigo
por este juego, sentíamos aún el roce de los
cabellos de Duncan que habían llegado a rozarnos.
¿Por qué continuábamos yendo al Metropole?
¿Qué desviación de nuestras conciencias
nos llevaba allá noche a noche a empapar en sangre
nuestro amor inmaculado? ¿Qué presagio nos
arrastraba como a sonámbulos ante una acusación
alucinante que no se dirigía a nosotros, puesto que
los ojos de Wyoming estaban vueltos al otro lado?
¿A dónde miraban? No sé a dónde,
a un palco cualquiera de nuestra izquierda. Pero una noche
noté, lo sentí en la raíz de los cabellos,
que los ojos se estaban volviendo hacia nosotros. Enid debió
de notarlo también, porque sentí bajo mi mano
la honda sacudida de sus hombros.
Hay leyes naturales, principios físicos que nos enseñan
cuán fría magia es ésa de los espectros
fotográficos danzando en la pantalla, remedando hasta
en los más íntimos detalles una vida que se
perdió. Esa alucinación en blanco y negro
es sólo la persistencia helada de un instante, el
relieve inmutable de un segundo vital. Más fácil
nos sería ver a nuestro lado a un muerto que deja
la tumba para acompañarnos, que percibir el más
leve cambio en el rostro lívido de un film.
Perfectamente. Pero a despecho de las leyes y los principios,
Wyoming nos estaba viendo. Si para la sala, El páramo
era una ficción novelesca, y Wyoming vivía
sólo por una ironía de la luz; si no era más
que un frente eléctrico de lámina sin costados
ni fondo, para nosotros—Wyoming, Enid y yo—la
escena filmada vivía flagrante, pero no en la pantalla,
sino en un palco, donde nuestro amor sin culpa se transformaba
en monstruosa infidelidad ante el marido vivo....
¿Farsa del actor? ¿Odio fingido por Duncan
ante aquel cuadro de El páramo?
¡No! Allí estaba la brutal revelación;
la tierna esposa y el amigo íntimo en la sala de
espectáculos, riéndose, con las cabezas juntas,
de la confianza depositada en ellos...
Pero no nos reíamos, porque noche a noche, palco
tras palco, la mirada se iba volviendo cada vez más
a nosotros.
—¡Falta un poco aún!...—me decía
yo.
—Mañana será...—pensaba Enid.
Mientras el Metropole ardía de luz, el mundo real
de las leyes físicas se apoderaba de nosotros y respirábamos
profundamente.
Pero en la brusca cesación de luz, que como un golpe
sentíamos dolorosamente en los nervios, el drama
espectral nos cogía otra vez.
A mil leguas de Nueva York, encajonado bajo tierra, estaba
tendido sin ojos Duncan Wyoming. Mas su sorpresa ante el
frenético olvido de Enid, su ira y su venganza estaban
vivas allí, encendiendo el rastro químico
de Wyoming, moviéndose en sus ojos vivos, que acababan,
por fin, de fijarse en los nuestros.
Enid ahogó un grito y se abrazó desesperadamente
a mí.
—¡Guillermo!
—Cállate, por favor...
—¡Es que ahora acaba de bajar una pierna del
diván!
Sentí que la piel de la espalda se me erizaba, y
miré:
Con lentitud de fiera y los ojos clavados sobre nosotros,
Wyoming se incorporaba del diván. Enid y yo lo vimos
levantarse, avanzar hacia nosotros desde el fondo de la
escena, llegar al monstruoso primer plano... Un fulgor deslumbrante
nos cegó, a tiempo que Enid lanzaba un grito.
La cinta acababa de quemarse.
Mas, en la sala iluminada las cabezas todas estaban vueltas
hacia nosotros. Algunos se incorporaron en el asiento a
ver lo que pasaba.
—La señora está enferma; parece una
muerta—dijo alguno en la platea.
—Más muerto parece él—agregó
otro.
¿Qué más? Nada, sino que en todo el
día siguiente Enid y yo no nos vimos. Únicamente
al mirarnos por primera vez de noche para dirigirnos al
Metropole, Enid tenía ya en sus pupilas profundas
la tiniebla del más allá, y yo tenía
un revólver en el bolsillo.
No sé si alguno en la sala reconoció en nosotros
a los enfermos de la noche anterior. La luz se apagó,
se encendió y tornó a apagarse, sin que lograra
reposarse una sola idea normal en el cerebro de Guillermo
Grant, y sin que los dedos crispados de este hombre abandonaran
un instante el gatillo.
Yo fui toda la vida dueño de mí. Lo fui hasta
la noche anterior, cuando contra toda justicia un frío
espectro que desempeñaba su función fotográfica
de todos los días crió dedos estranguladores
para dirigirse a un palco a terminar el film.
Como en la noche anterior, nadie notaba en la pantalla algo
anormal, y es evidente que Wyoming continuaba jadeante adherido
al diván. Pero Enid —¡Enid entre mis
brazos!—tenía la cara vuelta a la luz, pronta
para gritar... ¡Cuando Wyoming se incorporó
por fin!
Yo lo vi adelantarse, crecer, llegar al borde mismo de la
pantalla, sin apartar la mirada de la mía. Lo vi
desprenderse, venir hacia nosotros en el haz de luz; venir
en el aire por sobre las cabezas de la platea, alzándose,
llegar hasta nosotros con la cabeza vendada. Lo vi extender
las zarpas de sus dedos... a tiempo que Enid lanzaba un
horrible alarido, de esos en que con una cuerda vocal se
ha rasgado la razón entera, e hice fuego.
No puedo decir qué pasó en el primer instante.
Pero en pos de los primeros momentos de confusión
y de humo, me vi con el cuerpo colgado fuera del antepecho,
muerto.
Desde el instante en que Wyoming se había incorporado
en el diván, dirigí el cañón
del revólver a su cabeza. Lo recuerdo con toda nitidez.
Y era yo quien había recibido la bala en la sien.
Estoy completamente seguro de que quise dirigir el arma
contra Duncan. Solamente que, creyendo apuntar al asesino,
en realidad apuntaba contra mí mismo. Fue un error,
una simple equivocación, nada más; pero que
me costó la vida.
Tres días después Enid quedaba a su vez desalojada
de este mundo. Y aquí concluye nuestro idilio.
Pero no ha concluido aún. No son suficientes un tiro
y un espectro para desvanecer un amor como el nuestro. Más
allá de la muerte, de la vida y de sus rencores,
Enid y yo nos hemos encontrado. Invisibles dentro del mundo
vivo, Enid y yo estamos siempre juntos, esperando el anuncio
de otro estreno cinematográfico .
Hemos recorrido el mundo. Todo es posible esperar menos
que el más leve incidente de un film pase inadvertido
a nuestros ojos. No hemos vuelto a ver más El páramo.
La actuación de Wyoming en él no puede ya
depararnos sorpresas, fuera de las que tan dolorosamente
pagamos.
Ahora nuestra esperanza está puesta en Más
allá de lo que se ve. Desde hace siete años
la empresa filmadora anuncia su estreno y hace siete años
que Enid y yo esperamos. Duncan es su protagonista; pero
no estaremos más en el palco, por lo menos en las
condiciones en que fuimos vencidos. En las presentes circunstancias,
Duncan puede cometer un error que nos permita entrar de
nuevo en el mundo visible, del mismo modo que nuestras personas
vivas, hace siete años, le permitieron animar la
helada lámina de su film.
Enid y yo ocupamos ahora, en la niebla invisible de lo incorpóreo,
el sitio privilegiado de acecho que fue toda la fuerza de
Wyoming en el drama anterior. Si sus celos persisten todavía,
si se equivoca al vernos y hace en la tumba el menor movimiento
hacia afuera, nosotros nos aprovecharemos. La cortina que
separa la vida de la muerte no se ha descorrido únicamente
en su favor, y el camino está entreabierto. Entre
la Nada que ha disuelto lo que fue Wyoming, y su eléctrica
resurrección, queda un espacio vacío. Al más
leve movimiento que efectúe el actor, apenas se desprenda
de la pantalla, Enid y yo nos deslizaremos como por una
fisura en el tenebroso corredor. Pero no seguiremos el camino
hacia el sepulcro de Wyoming; iremos hacia la Vida, entraremos
en ella de nuevo. Y es el mundo cálido del que estamos
expulsados, el amor tangible y vibrante de cada sentido
humano, lo que nos espera entonces a Enid y a mí.
Dentro de un mes o de un año, ella llegará.
Sólo nos inquieta la posibilidad de que Más
allá de lo que se ve se estrene bajo otro nombre,
como es costumbre en esta ciudad. Para evitarlo, no perdemos
un estreno. Noche a noche entramos a las diez en punto en
el Gran Splendid, donde nos instalamos en un palco vacío
o ya ocupado, indiferentemente.
El almohadón de pluma
Su luna de miel fue un largo escalofrío.
Rubia, angelical y tímida, el carácter duro
de su marido heló sus soñadas niñerías
de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, aunque
a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de
noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la
alta estatura de Jordán, mudo desde hacía
una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente,
sin darlo a conocer.
Durante tres meses—se habían casado en abril—,
vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado
menos severidad en ese rígido cielo de amor; más
expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante
de su marido la contenía siempre.
La casa en que vivían influía no poco en sus
estremecimientos. La blancura del patio silencioso —frisos,
columnas y estatuas de mármol—producía
una otoñal impresión de palacio encantado.
Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más
leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella
sensación de desapacible frío. Al cruzar de
una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa,
como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo
el otoño. Había concluído, no obstante,
por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún
vivía dormida en la casa hostil sin querer pensar
en nada hasta que llegaba su marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza
que se arrastró insidiosamente días y días;
Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo
salir al jardín apoyada en el brazo de su marido.
Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán,
con honda ternura, le pasó muy lento la mano por
la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos,
echándole los brazos al cuello. Lloró largamente,
todo su espanto callado, redoblando el llanto a la más
leve caricia de Jordán. Luego los sollozos fueron
retardándose, y aún quedó largo rato
escondida en su cuello, sin moverse ni pronunciar una palabra.
Fue ése el último día que Alicia estuvo
levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida.
El médico de Jordán la examinó con
suma atención, ordenándole calma y descanso
absolutos.
—No sé—le dijo a Jordán en la
puerta de calle—. Tiene una gran debilidad que no
me explico. Y sin vómitos, nada... Si mañana
se despierta como hoy, llámeme en seguida.
Al día siguiente Alicia amanecía peor. Hubo
consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima,
completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos,
pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día
el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno
silencio. Pasábanse horas sin que se oyera el menor
ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi
en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase
sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación.
La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio
y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la
cama, deteniéndose un instante en cada extremo a
mirar a su mujer.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas
y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras
del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos,
no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado
del respaldo de la cama. Una noche quedó de repente
con los ojos fijos. Al rato abrió la boca para gritar,
y sus narices y labios se perlaron de sudor.
—¡Jordán! ¡Jordán!—clamó,
rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer
Alicia lanzó un alarido de horror.
—¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravío, miró la
alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo
rato de estupefacta confrontación, volvió
en sí. Sonrió y tomó entre las suyas
la mano de su marido, acariciándola por media hora
temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide
apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía
fijos en ella los ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. Había
allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose
día a día, hora a hora, sin saber absolutamente
cómo. En la última consulta Alicia yacía
en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose
de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo
rato en silencio, y siguieron al comedor.
— Pst... — se encogió de hombros desalentado
el médico de cabecera—. Es un caso inexplicable...
Poco hay que hacer...
—¡Sólo eso me faltaba!—resopló
Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la
mesa.
Alicia fue extinguiéndose en subdelirio de anemia,
agravado de tarde, pero que remitía siempre en las
primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad,
pero cada mañana amanecía lívida, en
síncope casi. Parecía que únicamente
de noche se le fuera la vida en nuevas oleadas de sangre.
Tenía siempre al despertar la sensación de
estar desplomada en la cama con un millón de kilos
encima. Desde el tercer día este hundimiento no la
abandonó más. Apenas podía mover la
cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aun que le arreglaran
el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaban
ahora en forma de monstruos que se arrastraban hasta la
cama, y trepaban dificultosamente por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días
finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban
fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala.
En el silencio agónico de la casa, no se oía
más que el delirio monótono que salía
de la cama, y el sordo retumbo de los eternos pasos de Jordán.
Alicia murió, por fin. La sirvienta, cuando entró
después a deshacer la cama, sola ya, miró
un rato extrañada el almohadón.
—¡Señor! —llamó a Jordán
en voz baja—. En el almohadón hay manchas que
parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente y se dobló
sobre aquél. Efectivamente, sobre la funda, a ambos
lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia,
se veían manchitas oscuras.
—Parecen picaduras —murmuró la sirvienta
después de un rato de inmóvil observación.
—Levántelo a la luz —le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó; pero en seguida lo dejó
caer, y se quedó mirando a aquél, lívida
y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió
que los cabellos se le erizaban.
—¿Qué hay?—murmuró con
la voz ronca.
—Pesa mucho—articuló la sirvienta, sin
dejar detemblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente.
Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán
cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores
volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda
la boca abierta, llevándose las manos crispadas a
los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo
lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso,
una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas
se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído
en cama, había aplicado sigilosamente su boca —
su trompa, mejor dicho—a las sienes de aquélla,
chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible.
La remoción diaria del almohadón sin duda
había impedido al principio su desarrollo; pero desde
que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa.
En cinco días, en cinco noches, había el monstruo
vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio
habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones
enormes. La sangre humana parece serles particularmente
favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de
pluma.