La próxima edición en DVD de Elephant
es una buena excusa para reivindicar Gerry, el
anterior y menos conocido filme de su director Gus Van Sant.
Si uno se preguntaba de dónde salía
Elephant, ese gran monstruo del cine que dio el
2003, la respuesta es Gerry. Rodada un año
antes que Elephant, Gerry se abre con
dos jóvenes en un coche y una carretera que la cámara
sigue, flotante, al ritmo trágico de la música
de Arvo Part. Con esta sola imagen el trayecto queda definido:
Gerry es un camino cuyo retorno, si existe, no
puede desvincularse de la tragedia.
Gerry posee muchos de los elementos
que Gus Van Sant luego desplegaría en Elephant:
desde un trabajo sobre el tiempo a través del espacio
–el vasto desierto en una, los largos y amplios pasillos
del instituto en la otra- hasta un retrato de la pérdida
en la juventud de la era contemporánea. Aunque sobre
todo tienen en común una abstracción, que
en el caso de Gerry, donde el guión como
tal desaparece, es llevada el límite. Los dos protagonistas
del filme, sus dos Gerrys (así es como se
llaman entre sí los personajes interpretados por
Matt Damon y Casey Affleck), llegan al desierto sin que
sepamos muy bien porqué. Van al encuentro de algo,
pero ese “algo” que desconocemos pronto pierde
su interés. Los protagonistas dan media vuelta y
el “algo” se convierte en una mera excusa, en
un macguffin hitchcockiano llevado al extremo del desnudo,
que nos deja cara a cara con lo que va a ser el relato del
filme: dos jóvenes perdidos en el desierto.
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Apenas hay diálogos, apenas hay
acción. Sólo el vagabundeo desesperado de
sus dos personajes y de una cámara que nos llama
la atención como si del mismo ojo del diablo se tratara.
La secuencia más nutrida de diálogos es la
primera noche que los dos amigos pasan en la intemperie,
en la que el Gerry interpretado por Affleck cuenta
sus últimos pasos en lo que, supongo, es un juego
de ordenador. La falta de diálogos en el resto del
filme otorga a esta secuencia la fuerza de la palabra. Gerry
bien podría ser una aventura gráfica en la
que salir del desierto fuera el objetivo.
Hay quien pueda preguntarse si la firma
del guión por Matt Damon y Casey Affleck es una broma
de mal gusto. La respuesta la podemos encontrar, en parte,
en sus interpretaciones, que se sitúan en la pura
espontaneidad: en el escaso diálogo, pero también
en la gestualidad, en el mero echo de andar. La relación
entre ambos es algo mágico por su intimidad y frescura.
No en vano, los dos actores son amigos desde la infancia,
una amistad que es trasladada a la pantalla hasta el punto
de llevar a la ficción su forma de hablar cotidiana.
El proyecto nació de los dos actores y amigos. Damon
ya había firmado junto al hermano de Casey, Ben Affleck,
el guión de otro filme de Gus Van Sant, que de abstracto
tiene más bien poco: Good Will Hunting.
Una experiencia que no les fue nada mal, ya que ambos volvieron
a casa con un Oscar al mejor guión original en la
mano.
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Despojado de toda narratividad, Gerry
queda en manos de una cámara que se desliza con firmeza
bajo la dirección de fotografía de Harris
Savides -que luego haría lo propio en Elephant.
La acción cobra otra forma, desvinculada del causa-efecto.
Es el caso de la secuencia en la que Casey Affleck se ha
situado a lo alto de una roca sin poder bajar. Matt Damon
va juntando algo de arena para que su compañero proceda
a un salto imposible. Van Sant filma la secuencia en un
plano fijo que sólo se ve brevemente cortado por
un plano corto de la reacción de Affleck. Lo extraño
de la situación, la irrisible y escasa arena que
acumula Damon (una vez más, como si se tratara de
un videojuego) y una cámara imperturbable, describen
a la perfección la desnudez en la que se mueve Gerry.
Los travellings aplastantes a cargo de la steadycam manejada
por Matias Mesa cobran toda su significación. Una
cámara que apunta hacia la referencia de Béla
Tarr, otro amante de los travellings hipnóticos y
los espacios desérticos. Admirador declarado del
director húngaro, Van Sant aplica con igual éxito
el uso del travelling circular entorno al busto de uno de
sus personajes: una imagen tan descriptiva como incisiva
en la mirada perdida de su personaje. Eso sí, será
en Elephant donde Gus Van Sant rinda su mayor homenaje
al director de Satantango, trasladando su juego de puntos
de vista de la puszta húngara a los pasillos de un
instituto norteamericano.
El ojo de Gus Van Sant aleja a sus personajes,
los empequeñece, los vuelve a juntar en el plano.
De pronto la cámara sigue a sus personajes de cerca,
unidos, andando al mismo ritmo. En otra secuencia uno se
aleja a lo largo del cuadro hasta que perdemos al otro de
vista, la cámara pronto se dirige en busca del compañero
rezagado hasta volverlos a juntar en el plano: con sólo
esta imagen se dibuja la sencilla idea de la reconciliación.
Gerry se convierte así en el retrato de
una amistad, de las dos caras de una misma moneda que devienen
el sujeto abstracto de lo humano aplastado por lo natural:
el desierto y, por encima, los cielos apocalípticos
que tanto gustan a Gus Van Sant. Así se llega al
momento culminante en el que el Gerry interpretado por Matt
Damon acaba con la vida de su otro Gerry, el interpretado
por Casey Affleck. Como si de una encarnación contemporánea
de Caín y Abel se tratara, Gerry se erige, y no sólo
por edad, como el hermano mayor del Elephant.