Las mil y una noches árabes
Por el lado del mito, Las mil y una
noches se pierden en la de los tiempos; pero por su
fondo árabe se sitúan en la zona de la Cronologia
y la Historia. Todo es vago e impreciso en torno al libro
si lo consideramos en Su prehistoria, es decir, antes de
ser escrito; no como un libro, sino como una tradición.
Por ese lado se nos escapan las Noches.
Por donde únicamente se presentan
a ser aprehendidas y reducidas a una fórmula es por
el lado de lo árabe, de lo islámico, en relación
con el Corán y la historia religiosa y política
de ese pueblo. Ahí es donde presentan un frente relativamente
compacto y único, orientado hacia la alquibla sagrada
de Meca, a la que apuntan todas las avanzadas y vértices
de su barroca arquitectura. Sobre ese fondo islámico
es sobre el que se asienta y afirma este castillo en el
aire. El Islam es lo único sólido en el libro,
y todo lo demás que forma su atmósfera es
idolatría y fábula.
En su forma actual, Las mil y una noches
redactadas por escritores árabes son un libro árabe
y, precisando más, una epopeya, nacional o racial,
de esas gentes morenas y apasionadas.
Aun admitiendo la existencia de ese hipotético
Hasar Afsanah, del que en todo caso solo queda
el título, fueron los árabes los que escribieron
el libro que, por ese hecho decisivo, pasó a ser
plenamente suyo.
Sobre el pie forzado del argumento inicial,
los rapsodas árabes compusieron una obra de mucho
más alcance, que rebasaba los límites estrechos
del marco primitivo y llenaba del amplio soplo del desierto,
de su respiración de infinito, esas veladas literarias
de una corte persa.
Suele darse como plan primitivo del libro
el de contar la historia de las desgracias conyugales del
rey Schahriar y su hermano, y la misoginia en que estos,
por efecto de ellas, vienen a caer; pero ese argumento tratado
como está en la actual forma del libro, con un sentido
del humor filosófico que hace pensar en los cuentos
de Boccaccio o las novelitas de Voltaire, toma luego un
rumbo muy distinto y mucho más serio bajo la pluma
de los continuadores árabes, y se convierte en una
revista, en un día del Juicio de todo el género
humano: en algo así como una Biblia o un
Corán.
No se trata ya simplemente de demostrar
la falsedad de las mujeres, ni de trazar reglas de moral
práctica, sino de encaminar a los hombres por la
senda de Alá, mostrándoles ejemplos y señales
que los espanten y escarmienten. Se trata, en suma, de salvar
las almas, cosa nueva, idea que no aparece en ninguno de
esos grandes libros de la literatura sánscrita, con
los cuales pudiera relacionársele, y que es típicamente
árabe y hebrea, semítica, y tiene su primer
foco irradiante en la Biblia.
En el Panchatantra solo se exponen
los fundamentos de una buena política, que no es
propiamente la buena, sino la conveniente: la política
vulpina, sistematizada después y extremada hasta
lo inhumano por Maquiavelo; en Las mil y una noches se prescinde
de la conveniencia, del éxito en la vida del mundo,
y solo se atiende al gran éxito, al gran triunfo,
de ganar la otra vida, que es la perdurable.
La arabización de Las mil y una
noches aparece así, desde luego, como su islamjzación,
según tenía que ser tratándose de un
pueblo que ha empezado a vivir realmente a partir del Islam.
Y esa islamización es tan perfecta que abarca todos
los detalles del libro. Pese a sus desviaciones accidentales,
este se ajusta, en su estructura, al mismo plan arquitectónico
de la Biblia o de su epítome coránico.
Es como una mezquita distribuida en series de columnatas,
cuyos arcos todos convergen al mihrab, y en la
que, por cualquier parte que se mire, se ve el nombre de
Alá.
Todas las historias del libro nos llevan
siempre, a pesar de su aparente diversión, a lo mismo:
a su punto de convergencia, que son las postrimerías
del hombre.
El nombre de Alá campea en todas
las partes de ese edificio literario; en los arrocabes de
las historias y en su zócalo; en sus cimientos y
en sus remates. Esas historias son ejemplos de admoniciones
llamadas a mover a reflexión a los capaces de reflexionar,
propias a escribirse con un punzón en el ángulo
del ojo, para tenerlas siempre a la vista, como los preceptos
de Jehová, que Salomón nos aconseja grabar
en el pecho -casos ejemplares, representativos, ofrecidos
a la meditación de los capaces de meditar- y esa
expresión miliunanochesca corresponde a la coránica,
que Mahoma repite a cada paso, después de exponer
pruebas palpables de la existencia y omnipotencia de Dios:
«Ciertamente en ello hay materia de reflexión
(ibra) para un pueblo que piensa.»
Las mil y una noches están
consteladas de pensamientos y locuciones coránicos,
entretejidos con aleluyas del libro, que le sirven de registro
y resorte; sus historias son todas reversibles al fondo
épico del Corán (tomado en buena
parte de la Biblia y el Talmud) y hasta
su técnica literaria íntima es la misma del
libro sagrado; igual que en este, falta en Las mil y
una noches ese libre y vario vuelo del genio occidental,
esa rica inventiva de nuestras literaturas, esa línea
osada que se pierde de vista; en Las mil y una noches
el genio literario se mueve en un espacio reducido, de mezquita,
no de pagoda india ni de catedral gótica; tres o
cuatro argumentos fundamentales, tres o cuatro situaciones
patéticas se repiten con leves variantes a la variedad
y todo vuelve siempre al punto de partida, que es Dios;
la técnica, en suma, del arabesco o almocárabe
que, en la caligrafía musulmana, reproduce en miles
formas el mismo hombre como el balbuceo de un maníaco.
La literatura oriental es una literatura censurada, no por
ninguna autoridad teológica, sino por sus propios
autores; de ahí que no pueda salirse de ciertos limites
y que, como nuestra literatura medieval, trate de desquitarse
de la coacción dogmática en el terreno libre
de las costumbres y la salacidad, y que en ella los rasgos
más sublimes aparezcan al lado de otros inconcebiblemente
groseros; es el mismo fenómeno de los trascoros de
las catedrales, que se da también en toda la literatura
medieval de Occidente y en buena parte de la de los llamados
siglos de oro, y que sorprende en nuestra corrompida época
moderna.
De igual modo el pensamiento árabe,
cohibido en la dogmático, se desquita en esa otra
zona neutral de la opinable, y se entrega a la especulación
metafísica que le permiten las cuatro sectas ortodoxas
del Islam, y encara con variedad de actitudes esos grandes
problemas de la predestinación y el libre albedrío
y el valor de los actos humanos y el poder de la voluntad
en la lucha con el Destino; pero sin salirse nunca, en esos
pirueteos de la Razón, de los linderos de la Fe.
En el terreno puramente literario, Las
mil y una noches guardan también íntima
relación con el Corán y puede decirse
que viven en su mismo aliento, del palpitar de su mismo
corazón. De él le vienen sus directrices y
su sentido, la vida íntima de sus figuras. Los rapsodas
islámicos han desarrollado en ese libro de libros
los gérmenes narrativos, épicos, contenidos
en el Corán, y hallado la forma naturalísima
de intercalar en esos cuentos las espantables leyendas de
ciudades muertas, de pueblos aniquilados por sus culpas
-esas tradiciones de Irán, la de las Columnas, por
ejemplo- que ya el Profeta esboza en su libro, así
como las referentes a Salomón y la reina de Saba,
etcétera, que Mahoma recogió, tomándolas,
desde luego, eso sí, del Talmud.
Los árabes continúan en Las
mil y una noches la labor misionera de Mahoma por medio
de la pluma -sin dejar por eso la espada-, y la finalidad
principal del libro, en medio de la aparente dispersión
de intenciones, es la de formar buenos musulmanes, corroborar
en su fe a los creyentes y convertir o espantar a los idólatras.
Las mil y una noches están
al servicio del monoteísmo islámico, son un
libro de catequesis y, como todos los de esta índole,
sus autores no reparan en falsear y desfigurar la historia
y trastrocar la cronología y apelar a la fábula
cuando es menester.
Empiezan por suponer que el Islam existió
siempre, que es la religión natural de los hombres
-idea que Mahoma sienta en su libro-, y así hacen
musulmanes a todos los personajes de sus historias, aun
a aquellos que vivieron muchos siglos antes del Profeta,
y nos presentan el mapa de la antigüedad preislámica
como un campo de idólatras, salpicado de minorías
creyentes, hombres que han conservado la fe, que formadas
por hunafa, es decir, por sus padres, recibieron
de Alá, según la primera revelación
hecha al padre de todos los hombres.
De igual modo violentan la historia para
intercalar en el libro, cuyo punto de partida es el reinado
de un monarca sasani, cuentos y anécdotas que representan
otros tantos anacronismos, y transferirle a ese oscuro sultán
poco menos que la crónica íntegra de su gran
rey Harunu-r-Raschid, que tenía que ser muy posterior
a sus sultanes persas.
Es admirable el desparpajo con que los
rapsodas árabes introducen en el libro toda la época
de los jalifas abbasies, sobre todo la de Harún,
su Carlomagno, mitificándolo, como al emperador franco
los rapsodas del ciclo de Artus, y tomando pretexto de ciertas
historias para exponer la teología islámica
en todas sus tendencias de batinies, sufies, motaziles y
kadries, en ese periodo; sus inquietudes espirituales y
sus materiales esplendores; el estado de sus conocimientos
científicos en materia profana, en astronomía,
astrología; medicina, en sus ramas diversas, profiláctica,
dietética, terapéutica, con los consiguientes
diagnósticos y pronósticos; jurisprudencia,
teología, etcétera, así como también
de sus artes, en todas sus manifestaciones, poética,
musical, coreográfica, deportiva, sin olvidar los
juegos de ingenio, las adivinanzas y rompecabezas, y pasatiempos
folklóricos, y el juego del ajedrez, entretenimiento
inmemorial de los orientales, etcétera, etcétera,
de suerte que en esas historias del tipo de la de Tauaddud
(Noches 269 a 280) queda estampado el cuadro completo de
la civilización árabe en su siglo de oro abbasi,
de ese siglo en que se tradujeron al arábigo todas
las obras importantes de los griegos, incluso los poemas
homéricos, según nos dice Abu-I-Farach, y
se incorporaron a su fondo propio todos esos elementos de
cultura exótica, que entraron a formar parte de su
fisonomía espiritual, completándola y enriqueciéndola
hasta un grado que ya en Oriente no rebasó nunca
y que solo en la España árabe, en el jalifato
de Córdoba, tuvo su rival.
Las mil y una noches están
impregnadas del entusiasmo imperialista de los triunfos
sorprendentes del Islam en ese período histórico
en que la media luna eclipsaba con su fulgor a todos los
soles y aun a todas las lunas de Oriente, y en que Harunu-r-Raschid
actuaba como emperador y pontífice en los cuatro
puntos cardinales, y Bagdad veía llegar diariamente
embajadores de todos los reyes y era como una Meca profana,
visitada por todas las caravanas del mundo.
Las mil y una noches respiran
la embriaguez jubilosa de ese su siglo triunfal, son un
monumento alzado en honor de los gloriosos jalifatos abbasies,
bajo cuyo dominio político y religioso culmina el
poder del Islam; la luna que ilumina esas noches es la luna
creciente del místico imperio del Profeta, y el sol
que interrumpe esas encantadoras celadas es el sol del siglo
de oro de Harunu-r-Raschid, ese contemporáneo de
Carlomagno, de barba no menos florida que la suya y que,
como él, se nos aparece en la historia en medio de
un circulo de poetas, sabios y hechiceros, pero sentado,
a fuer de oriental, en muelles almohadones, perfumado de
almizcle y teniendo a sus espaldas el velo de un harén,
en el que se oyen risas y cantos de mujeres. Harunu-r-Raschid,
quinto de los abbasies, es en realidad el héroe de
esta fiesta literaria, en la que actúa también
de personaje, en unión de su visir Châfar-ben-Yahya
y su guardia personal, el eunuco Mesrur, y alguna vez, también,
su amante esposa y prima, la celosa Sobeida.
En este centón de cuentos han incluido
los rapsodas árabes gran parte de lo que pudiéramos
llamar ciclo poético de Harunu-r-Raschid -«le
règne jéérique de Harun»,
como dice un escritor francés- y que por sí
solo forma un argumento completo, y un argumento trágico,
que tiene por remate la caida y muerte del visir Chafar
y de todos los miembros de su estirpe Barmequi, hecho tan
enorme y memorable como el exterminio de los umeyas, ordenado
por su ascendiente Abdu-l-Lah As-Saffah, el fundador de
la dinastía, y que hizo llorar a miles de ojos, incluyendo
los suyos. Harunu-r-Raschid es el foco lumínico que
atrae las pupilas de los rapsodas árabes y les infunde
un tropismo, por efecto del cual lo siguen viendo a él
hasta cuando dejan de mirarlo. Siempre que describen alguna
corte fastuosa o algún gran monarca están
pensando en su jalifa Harún y en su espléndida
corte de Bagdad.
Harunu-r-Raschid ha dado lugar a un ciclo
histórico-legendario tan considerable como el de
su contemporáneo Carlomagno. Los dos se reparten
en su tiempo el imperio del mundo real y de la fábula,
y si el Occidente es carlovingio, el Oriente por entero
pertenece a Raschid.
Raschid es todavía más grande que el gran
Carlo, pues este es solo emperador y comparte su cetro con
el papa, en tanto Harunu-r-Raschid es papa al mismo tiempo
que sultán y ejerce íntegramente el meromixto
imperio.
Harún absuelve y condena, ata y
desata en lo político y lo religioso, manda en lo
humano y lo divino, a fuer de vicario de Alá en la
tierra y consanguíneo de su profeta Mahoma.
Harunu-r-Raschid, en virtud de su doble poder, manda en
los hombres y los genios, ensuelve hechizos, opera cu- raciones
y pronuncia fallos inapelables.
Harunu-r-Raschid es el Rey Sol de su tiempo,
como Salomón lo fue en el suyo y solo con él
se le puede compenetrar, y aun en cierto sentido, en el
del poder político, le aventaja, pues no tiene que
luchar, como el monarca hebreo, con una teocracia insúmica,
ya que el autócrata de Bagdad ejerce también
el poder teocrático.
Si Salomón fue un poeta y un sabio,
poeta y sabio es también Harún, y si es verdad
que no ha compuesto sino versos de circunstancias ni escrito
en suma nada comparable a El Cantar de los Cantares
ni al Eclesiastés, eso no mengua su gloria
en ese sentido, pues aparte de que tampoco consta que esos
libros inmortales (de los que el primero nos llega mutilado)
los compusiese el propio Salomón (Renan en esto tiene
la palabra), Harún es algo más que un poeta
y un sabio; es el numen que auspicia la poesía y
la ciencia de su tiempo, el jefe que preside la academia
islámica, el guerrero victorioso cuyo alfanje defiende
y preserva la paz de sus sesiones, el padre que sustenta
a esos hijos descuidados y bohemios, el buen genio, la providencia
que echa de comer a esos pajarillos saltarines que, cantando,
se olvidan de buscar el grano, y, en una palabra, el príncipe
afortunado y poderoso que hace posibles la ciencia y la
poesía en su feliz imperio.
La corte de Harún en Bagdad es la
meta a que se dirigen desde todos los lugares del mundo
conocidos poetas, narradores de cuentos e historias, filósofos
y eruditos, hombres de saber y de ingenio; siempre hay uno
o más poetas a la puerta de su diván, esperando
a que el jalifa despache sus asuntos de Estado y pida un
poeta como quien pide una rosa o una copa de vino para despejar
su mente cansada.
Ser llamado y oído por Harún,
el omnipotente, y tener la fortuna de agradarle, equivale
sencillamente a la fortuna. Harún es fabulosamente
pródigo y emplea las riquezas que le envían
sus gobernadores, no como Salomón los tesoros de
Ofir, en labrar casa a Alá, que nunca gustó
de templos tan suntuosos como los de Yahvé, sino
en recompensar dignamente a los artistas, poetas, cantores,
músicos que le alivian el tedio o resuelven sus dudas
en cuestiones jurídicas, teológicas o gramaticales.
Harunu-r-Raschid, hombre de nervios delicados,
sensual y por ello melancólico como Salomón,
sin la fuerte salud bárbara de Carlomagno, adolece
con frecuencia de esplín y, sobre todo, de insomnios;
las noches que no duerme -y son muchas en esa Bagdad calurosa,
enervante y llena, es de suponer, de mosquitos, y el jalifa
tiene su alcázar sobre el Dichle- son noches afortunadas
para los ingenios que aguardan a la puerta; son noches en
que, si el jalifa los llama, pueden salir de allí
convertidos en millonarios.
Harún da sus dinares por sacos en
tal cantidad que el agraciado no puede cargar con ellos
y el propio jalifa ordena a sus esclavos que se los lleven
a su casa.
Pero no hay que estar a la puerta para
optar a esa lotería; el mismo jalifa se acuerda a
veces del elegido y, si no está allí, lo manda
a buscar y traer, aunque esté ya acostado y tenga
que sacarlo de la cama.
A ese fin envía a Mesrur, el hombre
fatídico de nombre alegre, como las Euménides,
siempre con el alfanje en ristre, y ese alfanje es una varita
mágica cuando el guardia de corps y verdugo -¿por
qué no decirlo claro?- del jalifa pronuncia estas
simples palabras : «De parte del emir de los creyentes.»
La presencia de Mesrur en la puerta, de
una casa produce siempre pánico; muchos sacados de
ella por el terrible eunuco no volvieron jamás.
Pero para artistas y escritores no hay
motivo de susto; Mesrur es para ellos un enviado alegre,
no el nuncio que precede al ángel de la muerte, al
fatal Azrael.
Hay noches en que Harún prefiere pasear y se disfraza
de mercader, lo mismo que Chafar, su visir, y Mesrur, su
verdugo, y los tres se echan a vagar por "las calles
y plazas de Bagdad, muertas, al parecer, bajo la luna, pero
estremecidas de cantos y sones de laúd en el interior
de sus herméticas mansiones; y Harún manda
a Chafar que llame a la puerta y golpee con el gran aro
metálico, seme}ante a argolla de cautivo, y los tres
pasan dentro a sumarse a la fiesta.
En esas visitas inopinadas descubre el
falso mercader cosas que al día siguiente dan materia
de actuación al jalifa y argumento literario a sus
rapsodas.
Otras veces los tres supuestos peregrinos
dirigen sus pasos al Dichle, y allí el jalifa curioso
y afable conversa con los pescadores trasnochados, que prueban
su suerte a la luz de la luna y en ocasiones sacan peces
y en ocasiones cadáveres truculentos, que muestran
las huellas de un crimen impune.
Entonces se acaba la farsa y el jalifa
vuelve a ser en el acto el emir de los creyentes, el supremo
administrador de justicia.
Todas esas nocturnas correrías del
soberano están llenas de encuentros notables, sorprendentes,
que dan materia a las historias; el jalifa es tan temerario
que no repara en donde se mete, y a veces se ve tan apurado
que lo pasa- ría mal de no estar allí, a su
lado, siempre atento y vigilante y siempre empalmando el
alfanje, el fiel Mesrur.
En esos casos hay que rasgar el velo del
incógnito, y Chafar, el visir, pronuncia la palabra
mágica que hace que todo el mundo se prosterne en
el polvo y bese la orilla del manto del jalifa: «He
aquí al emir de los creyentes, al vicario de Alá,
en esta tierra que es la suya (de Alá).»
El ciclo de Harunu-r-Raschid
Harunu-r-Raschid, con su cara ancha, abotagada,
de luna de Ramadán, llena, como su cuerpo ligeramente
obeso de árabe sedentario, ocupa el centro de un
zodiaco de anécdotas, más o menos verídicas-más
bien menos que más-, varias de las cuales han pasado
a integrar el tesoro de historias de Las mil y una noches.
Harunu-r-Raschid, y no el sultán
Schahriar, es el personaje central del libro, y muchas de
las noches atribuidas al fabuloso monarca sasani pertenecen
al calendario nocturno del autócrata de Bagdad.
Y esos cuentos inspirados en la aventurera
vida nocturna del quinto de los abbasies forman precisamente
el fondo, relativamente histórico, de estas imaginarias
historias.
Las mil y una noches flotan en el limo
de la leyenda, de lo vago e impreciso, de lo que no tiene
fecha y apenas tiene nombre, hasta que las mide y regla
la luna de Bagdad.
La primera comparecencia del jalifa en
la Historia del alhamel y las macitas (Noches 9 a 11), señala
ya el primer contacto con la cronología y la realidad,
controlable, de genios, afarit y monarcas tan fabulosos
como ellos.
Harunu-r-Raschid es el primer sultán
auténtico, con cédula en el padrón
histórico y constancia en los anales que se nos ofrece
a la vista, y con él, pues un astro así nunca
va solo, esos otros personajes de carne y hueso -entonces,
¡ay!-, su esposa Sobeida, su visir Chafar, Mesrur
su macero, ya su zaga poetas y literatos, y artistas notorios,
de una biografía perfectamente comprobada, y cuya
existencia atestiguan sus obras, y sobre todo su muerte,
como el gran satírico Abu-Nuás, el Quevedo
de Oriente; el docto filósofo AI-Azmái, el
sabio jurista Abu-Yúsuf, el famoso músico
Ibrahim-ben-Isak, el de Mozul, y, en fin, todos esos preclaros
ingenios que tachonan de luces la policromada cúpula
de su trono.
Con Harunu-r-Raschid entra la historia
en las historias de Las mil y una noches como un
gran río que se adentra en el mar de la fábula
y lo tiñe del color de sus aguas, de suerte que pueda
seguirse con la vista su curso.
El ciclo de Harunu-r-Raschid mézclase
ya desde la Noche 10 con el caudal legendario que viene
de la India madre y, le da su color y su sabor de realidad,
y esa confluencia del Tigris y el Ganges es la obra de los
ingenios literarios del Islam.
A partir de ese instante tuércese
el rumbo inicial del libro, que empieza como tratado de
moral en imágenes, al modo indo del Calila y
Dimna y el Hitopadesa, para convertirse
en la crónica apologética y fantaseada del
quinto monarca abbasi y su glorioso reinado, en el que ocurren
hartas cosas maravillosas para poder parecer legendarias,
y si aún subsisten elementos del plan primitivo,
el rapsoda los aprovecha para trenzar con ellos los del
nuevo plan, al modo como el arquitecto utiliza piedras bellas
y venerables en la construcción de su nuevo edificio.
Las mil y una noches son un palimpsesto,
en el que dos escrituras se entrecruzan y alternativamente
se ce- den el espacio; mejor dicho, un borrador, en el que
un escriba árabe ha tachado la original caligrafía
zenda o pehlevi para interpolar en ella sus ondulantes,
serpentinos caracteres.
Harunu-r-Raschid es el punto inicial de
esa labor de arabización de Las mil y una noches.
La salomónica figura del jalifa de Alá preside
desde entonces la composición de la obra, y sus anónimos
autores hallan modo de relacionar con él hasta los
relatos marcadamente fabulosos, retrayéndolos a su
época, para que sea él quien desate el nudo
que ataron fatalidades antiquísimas y rompa los sellos,
de remotos destinos.
Los rapsodas árabes se conducen
con Harún como los talmudistas hebreos con Salomón,
haciéndole intervenir, aunque solo sea por radiación,
en todas las tradiciones de los, pueblos que llevan así
el sello de su doble triángulo.
Pero como Harunu-r-Raschid está
más cerca en el tiempo y en el espacio que Salomón,
y vive en una época perfectamente histórica,
resulta de ahí la paradoja de que todo lo que en
este libro imaginario se autoriza con su nombre adquiere
categoría de historia, y puede distinguirse, por
ese solo hecho, de todo lo demás, que es fabuloso.
El nombre del jalifa abbasi permite operar
la diálisis literaria del confuso texto; separar
lo real de lo ficticio, pues de esa época los rapsodas
contaban con materiales comprobados como la Historia
de los abbasies, por Ibn-Kutaiba (siglos II y III de
la hechra), y de ahí puede inferirse que
todos los cuentos puestos bajo su rúbrica o la de
sus sucesores inmediatos tienen un fondo real, aunque abultado
por la macropsis de los narradores, y pudieran vincularse
al período de dominio de la dinastía abbasi,
que abarca unos cinco siglos (II a VIl de la hechra).
Es muy admisible la hipótesis de que antes del siglo
X corrieran ya muchas de esas historias en boca de juglares
errabundos, y aun cortesanos, y hasta manuscritas, aunque
siempre hay que suponer una distancia de siglos, que es
la que presta nimbo de leyenda a las figuras y trae esa
niebla de olvido, que obliga a recordar .
Escribir es recordar y todo manuscrito
es una fijación de huellas que empiezan a borrarse
en la memoria, una precaución contra la amnesia.
Historias y biografías son en realidad
velatorios.
Las mil y una noches, a ratos
tan alegres y locas, se escribieron en parte sobre rotas
lápidas de sepulcros, y son ellas mismas el gran
mausoleo de la raza árabe.
En el siglo VIII de la hechra,
en que aún no existían como libro, eran ya
sombras, evocadas por nigromantes, esos poderosos, muníficos
y crueles jalifas abbasies, y su corte de Bagdad, fastuoso
escenario de sus espléndidas locuras, asolada por
mogoles y turcos, presentaba ya el desolado aspecto de esas
ciudades legendarias -Nínive, Ilión, Palmira,
Jerusalén- sobre cuyas ruinas se asientan a meditar
los filósofos ya llorar los poetas. Hay un dejo perceptible
de llanto en la aparente alegría triunfal con que
esos rapsodas miliunanochescos evocan en las cortes de los
sultanes persas emancipados -como la de Mahmund de Gasna-
las tradiciones de los siglos de esplendor de su raza en
decadencia, levantando de sus tumbas a una humanidad de
bellos fantasmas. El siglo nono es fatídico para
ese inmenso imperio levantado por los abbasies y que mogoles,
turcos y persas emancipados se reparten como antaño
los bárbaros la túnica del César; Bagdad
deja de ser el foco principal de atracción de sabios
y poetas, que se desparraman por las cortes de sultanes
extraños, por la alta Persia y el Egipto, llevando
cada uno un jirón de pasado espléndido con
que cubrir su actual indigencia.
Alrededor de esa época fijan los
eruditos el comienzo de vida escrita del libro, compuesto
así rapsódicamente entre todos y que por ello
no es de extrañar presente tantas desigualdades.
Sea como fuere, vino a su hora, pues si esos ingenios literarios
no hubieran levantado entre todos con sus cálamos
ese monumento nada quedaría hoy de ese mundo encantado.
Solo ese libro resta de tanto desvanecido esplendor. La
Bagdad actual no conserva siquiera esas ruinas imponentes
que permiten formarse una idea de la antigua grandeza de
la Roma cesárea. «Entre un espeso polvo -decía
el viajero francés Flandin, que la visitó
en el siglo pasado- yace sepultada la base de aquellos edificios,
donde apenas se halla rastro de Harunu-r-Raschid y de Sobeida.
Nada ha conservado esta ciudad que recuerde las glorias
de los jalifas abbasies.
En análogos términos se expresa
el gran novelista portugués Ferreira de Castro en
su caleidoscópica Volla ao Mundo.
De Bagdad puede decirse lo que nuestro
Villaespesa dijo de Granada en su nihilista elegía.
Los tártaros primero y los turcos
después acabaron con su antiguo esplendor y la redujeron
a algo todavía peor que una ruina: una ciudad sin
color ni relieve, un lugar en el mapa.
Pero la antigua Bagdad sigue viviendo en
estas Noches su vida de antaño, inquieta,
apasionada y triunfal, y el gran Harunu-r-Raschid, su rey
poeta y aventurero, vaga siempre en la noche por sus calles
y plazas, en busca de encuentros prodigiosos.
La gloria de Harunu-r-Raschid no se extinguirá
nunca, porque ha pasado a la leyenda, que es la eternidad
de la Historia.
Envío
Rey Sol en el zodiaco del Islam, tu figura, cual las
de Soleimán y de Luis de Francia, exhala el fuerte
hechizo y la rara fragancia de los grandes monarcas,
cuyo nombre perdura. Con Chafar, que del reino el peso
te asegura, y Mesrur, el macero, que la sangre te escancia,
en Bagdad, tu alma inquieta y llena de elegancia, cosecha
cada noche una nueva aventura... Fuiste tierno y cruel;
amabas las mujeres y los bellos poemas, la gracia y
el talento: coleccionar cabezas fue uno de tus placeres,
pues querias de ese modo eternizar ayeres.
Y un día la de Chafar, de la amistad portento,
tiñó de rojo uno de tus amaneceres.
Las mil y una noches,
epopeya nacional de los árabes
En la forma en que han llegado hasta nosotros,
Las mil y una noches, pertenecen en cuerpo y alma
a la literatura árabe.
Los árabes, al apoderarse de ese
fantasma indostánico, le dieron su vida, su sangre
de fuego y los rasgos fisionómicos y psicológicos
de su raza ardiente; hicieron más que adoptar al
expósito: volvieron a recrearlo en sus entrañas.
Las mil y una noches es un libro
árabe; mejor dicho, el libro árabe por antonomasia
y la epopeya en prosa de un pueblo que no tuvo un Firdusi
que la pusiese en verso.
El Corán y Las mil
y una noches son las dos grandes creaciones del genio
árabe, los dos retratos simbólicos que de
si mismo nos ha legado ese pueblo, enemigo, por temor idolátrico,
de las imágenes plásticas; el Corán,
en lo religioso y eterno, y Las mil y una noches,
en lo temporal y profano, completan la visión de
esa raza sin pintores y casi sin espejos.
Uno y otro libro, el sagrado y el seglar,
se asemejan entre si no solo porque Alá los une y
está en ambos presente, sino también por su
génesis y su naturaleza íntima; ambos son
de inspiración exótica, están hechos
de retazos con una técnica de mosaico y ensamble,
ambos son enciclopedias y centones, broches y sellos que
cierran épocas y ciclos de labor colectiva.
Así como Mahoma recogió en
su Corán todas las tradiciones religiosas
de su tiempo y las alistó bajo su verde bandera,
poniéndolas al servicio de Alá, sin reparar
en su procedencia hebrea, cristiana o gnóstica, y
para enriquecer su libro no tuvo escrúpulo en saquear
la Biblia y el Talmud, así también
los compiladores del libro profano tomaron sus elementos
de todas partes, encerraron en él todo el folklore
universal de su tiempo y lo lanzaron a los siglos futuros,
marcado con el sello imperial de su jalifa máximo.
Y así como Mahoma cierra el ciclo
de la profecía y la revelación y es el último
de los enviados, así también Las mil y
una noches clausuran el ciclo de las tradiciones profanas
y es el último gran libro que produce la imaginación
poética de los hombres.
Si el Corán anula a todos
los demás libros en el concepto religioso de los
árabes, Las mil y una noches eclipsan con
su esplendor sideral a todas las demás obras de fantasía.
No es el sol dotado de luz propia el símbolo
de la raza semítica, sino la luna que brilla con
fulgor reflejo; pero la luna de esa raza oriental es tan
potente que fulge como un sol, de una belleza más
amable, que se puede mirar, y atrae de tal modo los ojos
que hipnotiza y detiene las horas y hace pensar que el sol
no existe.
Los árabes han magnificado la noche;
en el Corán se habla más de la noche
que del día; de noche recomienda Mahoma que se lea
su libro, y los grandes prodigios, prometidos a los creyentes,
se consuman en la noche maravillosa del kadr en
que se deciden los destinos del año, y esta es otra
relación más entre el libro sagrado y el libro
profano de la raza.
En Las mil y una noches, en ese
nocturno rosario de cuentos, van incluidas las noches sagradas
del Corán, y las lunas portentosas del Ramadán
místico y transfigurado de ayuno alternan en él
con las profanas y alegres lunas de los meses hilarios.
La correspondencia intima entre el Corán
y Las mil y una noches es constante; el libro profano
se nutre de la vena vital del libro religioso, al modo como
la vida temporal se alimenta de la eterna.
Si en el Corán creó
Mahoma el templo del Dios único, en Las mil y
una noches el mismo genio de su pueblo labró
el alcázar de su único vicario en la tierra.
No hay demasiada hipérbole en decir
que Las mil y una noches son la epopeya racial
de los árabes, ya que en ese magno libro alojaron
sus anales y fastos, sus leyendas y sus historias, su memoria
de raza tradicionalmente errabunda y rica, por tanto, en
reminiscencias de toda clase, ya todo ello pusieron como
sello el destino de Alá, de igual modo que en la
Ilíada griega todo lo preside y dispone
el hado.
Las mil y una noches, en las que
los árabes han vertido todo su fondo histórico-legendario
desde la época preislámica hasta las postrimerías
de la gloriosa dinastía abbasi, componen un argumento
innegable de epopeya, sin que le falte enteramente el requisito
poético, ya que está toda ella salpicada de
rimas, y además, en ocasiones, el estilo se eleva
hasta la altura épica y la prosa se hace verso, de
pronto, como un mar cuyo ritmo se aviva bajo el soplo emocionado
de la tempestad.
Hay historias en el libro, como las del
rey Omaru-n-Nomán (Noches 60 a 102) y de Garib y
Achib (Noches 550 a 572), que son verdaderos epos nacionales,
o tribales, con un argumento cerrado, de dignidad absolutamente
épica, en el que actúan reyes y príncipes
y amazonas y se riñen batallas y se realizan hazañas
y gestas caballerescas, de grandeza igual a las que Firdusi
canta en su Schah-Námeh que, más
que la Ilíada y que la Eneida,
ha servido de modelo, aunque mediato, a nuestros grandes
épicos del siglo XVI: Ariosto y Tasso.
Todos los elementos del Orlando y La Jerusalén
se encuentran ya en esa historia del rey Omaru-n-Nomán
y de sus hijos que, precisamente, es también como
el último de ambos epos, un eco fantaseado
de las Cruzadas. Pero también el genio jovial y burlón
del Ariosto y sus risas jocundas riman con el rumor de cascabeles
del poema oriental.
No es del caso dilucidar aquí la
relación precisa en que se hallen respecto unos de
otros esos poetas de razas, épocas y climas distintos,
ni tampoco seguir el rastro de esa corriente subterránea
que en todo tiempo ha mantenido el contacto entre el Oriente
y el Occidente, y que, en el momento solemne de las Cruzadas,
se pusieron en contacto directo y cambiaron estocadas e
ideas.
Toda guerra es, en el fondo, una forma
violenta de comunicación, un principio agresivo de
conocimiento y amistad y también un modo brutal de
comercio. En las guerras de Alejandro conocieron los griegos
a muchos pueblos y adquirieron no pocas ideas.
Los árabes, pueblo mercader al mismo
tiempo que guerrero, han conocido muchos pueblos y muchas
ideas y también han dado a conocer unos pueblos a
otros y los han hecho amigos al hospedarlos en su jaima.
Por su medio conoció o reconoció
la Europa del siglo XIII a los griegos olvidados, y volvió
a aprender en textos árabes ciencias que, al nacer,
hablaban griego; Bagdad primero y más tarde Córdoba
suplantan a Bizancio y hacen de centros distribuidores de
cultura.
Por los árabes conoce Europa en
el siglo XIII (fecha aproximada) el famoso libro sánscrito
del Calila y Dimna, en la versión de Abdu-l-Lah-benu-L
Mokaffâ (siglo VIII), y, antes que Europa, en otra
versión la conoce España, pues ya figuran
apólogos del referido centón en la Grande
e General Estoria de Alfonso, el Sabio, compuesta
a principios del referido siglo (Solalinde, prólogo
al Calila y Dimna). No en balde tuvimos aquí
los árabes desde el siglo VIII.
Pero volvamos a nuestro tema de la epopeya
racial que vemos en Las mil y una noches y afirmemos
una vez más que lo es, si se toma la palabra en un
sentido amplio, en el de libro que resume la historia y
el carácter de un pueblo, en el sentido en que lo
es con respecto a nosotros el Quijote y no ninguno
de los explicadamente titulados poemas épicos.
Las mil y una noches son la epopeya
de los árabes, porque son su libro más representativo,
el que el día del Juicio podrían presentar
ante Dios, como nosotros, según Dostoyevski, podríamos
presentar el Quijote, en opción de premio
o de castigo y justificación del empleo que diéramos
a nuestra parte de la eternidad.
Lo mismo que en el Quijote se
ve España en alma y cuerpo, con sus campos y sus
ciudades, sus gentes indígenas y exóticas,
sus instituciones y sus leyes, su religión y su política,
sin que falte tampoco el panorama retrospectivo de su pasado
en ese retrato fiel de su presente, y por los claros del
fondo hispánico asoma la Cristiandad, así
también en Las mil y una noches se ve todo
el Islam, incluso sus aledaños y sus lejanías,
geográficas e históricas.
La cristiandad del Quijote deja
también ver el Islam, que es su anticuerpo,
y el Islam de Las mil y una noches deja
ver la cristiandad por el arco de sus ajimeces orientales;
uno y otro libro lo abarcan todo, y por eso tienen los dos
algo de Biblia, porque en ellos puede verse y sentirse
a los hombres y a los pueblos caminar a su mortal destino,
bajo la mirada de Dios.
Lo mismo que el Quijote encierra
historia y leyenda de España, contienen Las mil
y una noches leyenda e historia del Islam,
y si un libro absorbe enjundia de cronistas notorios, también
el otro embebe esencias de historiadores y geógrafos
profesionales, por decirlo así, como Ibn-Kutaiba,
el analista de los abbasies, Ibn-Jaldún, Al-Makkari
y muchos más.
Pero lo que más interesa hacer constar
a nuestro presenta propósito es el hecho de que en
Las mil y una noches vive y alienta y bulle la
muichedumbre islámica, con esa vida real que solo
presta la irrealidad del poeta, y que son por ello el mejor
documento histórico y psicológico para poder
juzgar a esa sociedad abigarrada, con sus costumbres tan
distintas a las nuestras y con su parte de bien y de mal,
correspondiente a la condición humana, con su empaque
caballeresco y su picaresco desgarre, y totdo ello tan a
lo vivo y con tal sensación de presencia, que parece
existir ahora mismo, y que es un espejo mágico el
que nos permite sorprenderla en su actividad, que nunca
cesó.
Esas ciudades extinguidas, esas criaturas
muertas hace siglos siguen viviendo en el cosmorama de estas
noches cuyas lunas encantadas no menguan ni se mueven y
son lunas de espejos.
El Oriente islámico viven encantado
en el sortilegio del libro, y basta abrir sus páginas
para olvidarse del tiempo y el espacio actuales y sentirse
transportado de pronto al Oriente inmutable y eterno, donde
el almuédano anuncia el paso de la hora efímera,
loando a Alá el perdurable; los mercaderes conversan
o dormitan, desgranando las cuentas de sus rosarios de ámbar,
en sus tiendecillas llenas de tesoros; las tapadas desfilan,
seguidas de sus dueñas, lanzando por debajo del velo
miradas tales, y Harunu-r-Raschid puede ser, en la noche,
el transeúnte de andar vacilante que se cruza con
nosotros.
Si a un libro así se le discute
el nombre de epopeya nacional no sabemos a cuál otro
podría adjudicársele con mayor razón
ni mejores títulos.
Pero sea como fuere, sí se puede
afirmar que Las mil y una noches, con el Corán
y los siete moal-lakats o poemas dorados de los
siete grandes cantores anteriores a Mahoma –el más
grande de todos-, son los tres libros que deben leer quienes
deseen penetrar en el secreto de esa compleja alma del árabe;
alma del nardo, como dijo el poeta, y también de
acero.
Pero Las mil y una noches son
la quintaesencia de toda esa literatura de raza, pues abarcan
la época preislámica, recogen ecos de idolatría
y, al mismo tiempo, todoel fervor de la fe que luego caracteriza
a esos siervos de Alá; coránico es su fondo
ideológico y el eje en torno al cual se mueven todos
sus argumentos o, más bien el resorte a que todos
los mueve es la creencia en esa entidad misteriosa del sino,
tan arraigada entre los árabes y que de ellos se
ha extendido a todos los pueblos que con ellos trataron
y que entre nosotros aún palpita en el fondo de la
copla andaluza, expresión del eterno conflicto entre
el ansia tantálica individualista del hombre y su
limitación dentro del complejo solidario del cosmos.
Los árabes, finalmente, han puesto
en ese libro su humanismo semítico, derivado de su
concepción política y religiosa, que no admite
castas al modo de las que establece el espíritu aristocrático
de la civilización brahmánica; esa igualitaria
democracia semítica, que se expresa en el hecho de
elevar a la categoría de héroes de epos y
novela a mercaderes y artesanos, atribuyéndoles sentimientos
de príncipes, y admitiéndolos a participación
en las gracias de ese simbólico reino de Dios que
crean los escritores; ese humanismo semítico, que
tiene su expresión monumental en la literatura picaresca
que los árabes han inventado o elevado por lo menos
a la categoría trascendental que hoy se reconoce,
de vindicación de los humildes, de fraternización
con los parias sociales.
Hay una simpatía innegable, de raíz
semítica, a los desheredados, en esa literatura picaresca,
cuyos autores, generalmente aristocráticos, aunque
solo fuere por cultura, bajan a los suburbios y se mezclan
con la plebe más baja y se interesan por sus vidas
aperreadas y oscuras; es algo tierna ver a Hurtado de
Mendoza, por ejemplo, contarnos las desdichas del niño
Lázaro.
La picaresca es el punto de partida del
folletín moderno, de esencia declaradamente social
en Hugo y Sue, que en sus grandes panoramas de Los miserables
y Los misterios de París trazan el cuadrado
de las injusticias sociales, de los humildes maltratados
por los poderosos, y parafrasean la Biblia, creada
para el pueblo que no la lee esa otra Biblia por
entregas en que figuran redentores, como el príncipe
Rodolfo de Los misterios, que se lanzan al mundo
del dolor de las plebes para verter en él los bálsamos
de su afecto y sus riquezas y reparar las injusticias, levantar
caído y resucitar muertos morales, estableciendo
el reino de Dios sobre la tierra del demonio.
Toda esa literatura de amor a los humildes
y defensa de las bajas claese sociales, de los parias, de
los ex hombres, que caracteriza a la novela rusa, de fines
del XIX, desde Gogol a Gorki, es una derivación de
la picaresca sublimada por Hugo y Sue, en folletín
social y teológico, y arranca en su comienzo inmediato
de esos Miserables de Dostoyevski y sus colegas
han leído en su juventud y nunca, ni el propio Gorki,
se desprende por completo de su raíz evangélica,
sentimental, romántica. Es preciso llegar a Zola
para ver ese amor a las mases expresado en formas de objetividad
casi científica y como reivindicación proletaria.
Hasta entonces el folletín mantiene
su tendencia providencialista y su aspiración mesiánica,
que puede advertirse todavía en las ulteriores evoluciones
del género, pues Rocambole, el presidiario, es un
avatar del príncipe Rodolfo.
Y si es verdad que todo eso se encuentra
también en la aristocrática literatura caballeresca,
no es menos cierto que, como se ha dicho, la picaresca es
la caballería de los plebeyos.
Proceso de arabización
Pero hasta en la forma de presentarse el
libro se refleja el carácter particular de esos árabes,
hombres de psicología poética, descuidados
y desdeñosos de la menudo y circunstancial, faltos
de ese espíritu de crítica que desde un principio
distingue a los hombres de Occidente, a los griegos; el
árabe gusta del misterio, de lo impreciso, y ama
por instinto las sombras, los velos y las celosías,
que son un sedante para su espíritu, lo mismo que
para sus ojos deslumbrados.
Todo lo que el árabe trata adquiere
un aire de leyenda, hasta la propia historia; la verdad
en sus labios o sus plumas tiene un encanto de mentira,
y hasta cuando pretende justificarla con datos concretos,
reales, la hacen todavía más sospechosa de
ficción; sus genealogías, sus “autoridades”
-en el sentido erudito-, son todo lo contrario de eso, y
sus refrendos son tan discutibles como sus relatos.
Por lo demás, parece importarles
poco que los crean o no; ellos se lo creen y basta; proceden
como su profeta Mahoma, ese enemigo de los poetas, que fue
el poeta más grande de su raza; Mahoma cuenta sus
visiones y delirios de epiléptico con absoluta buena
fe; a título de revelaciones, se las cuenta el arcángel
Gabriel y se envuelve en su albornoz y se echa a dormir.
El Corán es un caso onírico,
y en eso se asemeja a Las mil y una noches, que
no tienen unidad ni coherencia, y cuyas historias están
puestas en labios de esa tercera persona llamada Schahrasad.
Todos los enigmas que Las mil y una
noches plantean se derivan de ahí; pero el Coran,
por lo menos, se autoriza con el nombre de Mahoma y ha tenido
sus revisores y ordenadores en la persona de Otsmán,
el segundo jalifa, asistido de un cuerpo de exegetas y de
memoriones (hafisun), que han sido para el libro
lo que el alejandrino Aristarco fue para la Ilíada
de Hornero, mientras que Las mil y una noches no
han tenido su Otsmán ni su Aristarco y se presentan
a la critica en la misma forma informe, caótica,
en que el ingenio árabe las fue elaborando al través
de los siglos.
De ese detalle fundamental se desprenden
todas las fantasías eruditas a que ha dado lugar
el famoso libro y, sobre todo, la leyenda de su antigüedad
fabulosa, porque todo lo anónimo y sin fecha, todo
lo que carece de historia, gravita por natural instinto
a la prehistoria y es un error ingenuo y explicable el que
lleva a atribuir al narrador la longevidad de las cosas
que cuenta.
Las mil y una noches narran historias
muy antiguas que confinan con la prehistoria de la Humanidad;
pero ellas mismas, como ya hemos visto, son jóvenes,
siglos más jóvenes que el Mahabharata
y la Ilíada y el Hitopadesa y están
formándose todavía, por el genio de un pueblo
joven, cuando ya las literaturas clásicas de Occidente
se están descomponiendo, cual las lenguas en que
fueron escritas. Schahrasad es una niña que cuenta
historias de abuela. Pero por ser una niña puede
contar esas historias antiguas, que ha leído en libros
viejos u oído de labios de viejas nodrizas, y que
ella refiere con dejos de abuela.
Schahrasad no improvisa ni inventa; es
solo una recontadora, y sus noches son una colección
de analectas incoherentes; ningún plan definido las
une ni tampoco ningún orden las encadena, salvo el
broche nocturno. Solo se trata en ellas de ir ganando noches
a la muerte, de pasar el tiempo.
Hay una despreocupación típicamente
arábiga en ese indolente desorden, en esa falta de
plan, que no se nota en obras más antiguas de otros
pueblos, como el hindú y el griego. La Ilíada,
la Odisea tienen un plan, un argumento y un personaje
central. En el Hitopadesa sabemos desde el principio
de qué se trata: de la educacíón de
los hijos del racha Dudarschana por una junta de sabios
pedagogos que preside el venerable y docto pandit Vischnuscharman.
En Las mil y una noches no hay
plan preciso, concreto, con principio y desenlace lógico.
El libro puede terminar donde se quiera.
Por ejemplo, al descubrir los dos reyes misóginos,
por el episodio con el efrit y la joven rapsoda,
que la infidelidad de las mujeres es universal y no son
ellos los únicos cornudos del mundo. La obra podría
tener entonces un final filosófico-humorístico,
con el consuelo de ambos hermanos y su conformidad panglossiana.
Y ese seria el final que un griego le habría dado.Pero
también podría tener por final la reacción
erótico-homicida de ambos hermanos, más en
consonancia con la psicología oriental.
De ambos modos, el libro está ya todo él en
esos cuentos primeros que, al1rascender a la literatura
occidental, formaron un solo argumento en las adaptaciones
de los italianos.
Pero los rapsodas árabes no se avienen
a abreviar así el número de sus noches y continúan
la historia, con el segundo argumento de la curación
psíquica del rey Schahriar por el tratamiento literario
de la joven Schahrasad, y en ello se advierte una inferencia
del libro bíblico de Esther y aun de Judith: la intervención
redentora de la mujer. Schahrasad salvaría a las
mujeres vindicándolas en el concepto del rey con
el ejemplo de su discreción, su honestidad y sus
virtudes.
Ese podría ser otro argumento; pero
entonces no debería Schahrasad incluir en el número
de las historias que cuenta al rey esas anécdotas
de carácter libertino y hasta pornográfico
en que se pone de resalte la lascivia, falsedad y, en una
palabra, toda las marrullerías de las mujeres. Historias
como las que se cuentan en las que comienzan con la del
Rey Uarduján (Noches 494 a 506), por ejemplo,
representan una in- congruencia dentro de ese segundo plan
de la obra.
Esta no tiene unidad, ni siquiera en lo
de dar remate a la misión redentora de la heroína,
pues es lo más probable que el perdón que
el rey concede a Schahrasad sea un aditamento, un pegote
muy posterior, y que, como en la versión de Trébutien,
el rey Schahriar, aburrido de oír historias, mandase
cortar el cuello a la marisabidilla narradora.
Toda esa incoherencia es perfectamente
árabe y está de acuerdo con la psicología
de ese pueblo, nómada por naturaleza, que va de un
lado a otro, plantando y levantando sus tiendas de campaña,
y de igual modo arma y desarma el tinglado de sus historias;
historias de una noche, que borra la claridad del día.
Nada más contraroo a su genio que
la estabilidad y la permanencia. Y esa psicologia de esquizofrénico
se refleja en su literatura.
El árabe nómada y mercader
es siempre un transeúnte, que da y recibe, y sigue
adelante, en busca de nuevas aventuras y logros. Y lo mismo
recoge en los puntos por donde pasa mercancías que
historias y poemas, y todo lo junta y mezcla en sus bagajes.
Por eso en los libros que compone hay de todo revuelto:
leyenda, historia y poesía. Poesía sobre todo.
Así se explica la estructura heteróclita
de este libro, hecho con retazos de todas clases y procedencias,
que no ha encontrado un ordenador, un Aristarco, que le
diese una apariencia coherente, al gusto occidental, como
pide Burton, porque tal coordinación lógica,
tan de nuestro gusto, seria contraría al gusto oriental
Por ese procedimiento sincrético
y anacrónico se han formado siempre los libros del
genio semita, y entre ellos el Corán; obra
de creación sucesiva, ocasional, también de
noches, entrecortadas e intermitentes, pues era de noche
cuando el Profeta solía recibir sus inspiraciones
y Gabriel le contaba también cuentos, leyendas como
las de Schahrasad, entreveradas con revelaciones divinas.
Es, pues, inútil buscarle un plan ni un argumento
cerrado a este libro sin guardas, en que los temas se repiten
y contradicen y hay, en suma, para todos los gustos, pues
eso es lo que a los árabes les gusta, aunque nos
disguste a nosotros.
Y digamos que el haber seleccionado y ordenado
esos cuentos en las dos partes de su versión es lo
que formó el éxito de Galland, no anulado
por las versiones integrales.
Podemos imaginarnos el proceso biogen ético
de Las mil y una noches enteramente análogo
al del Corán; lo mismo que Mahoma al escribir su
libro, encontrándose los rapsodas miliunanochescos
con un material ya existente que utilizaron para sus fines,
y lo mismo que el Profeta, renunciaron a crear y se limitaron
a recordar. Ya sabemos que el Corán es un recordatorio
(tazki-ret).
Y lo mismo que el Corán,
Las mil y una noches se fueron formando poco a
poco, en aportaciones sucesivas, intermitentes, Ya sabemos
que es aventurado fantasear; pero la fantasía, tratándose
de un libro fantástico, está permitida. Y
en fin de cuentas, preferible es volar, aunque sea con las
alas de una mosca, a pisar tierra firme con las patas pesadas
y torpes de los elefantes.
En nuestra visión personal de ese
proceso gen ético, la tesis de Gaeje ocupa el primer
plano: el libro bíblico de Esther, que es un cuento
de noches, es el punto de partida y la motivación
de este centón nocturno.
En el principio de todo hay un autor, persa
o judío, que se inspira en el libro de Esther, lo
recarga de pathos, agrava en adulterio el pecado de soberbia
de la reina Vasti y correlativamente agrava el castigo que
el rey le impone, elevando el repudio hasta la pena capital
y haciendo que el monarca conciba esa misoginia homicida
que a Schahriar acomete. Este no se limita, en su reacción
vindicativa, a elegir otra esposa, en lugar de la repudiada,
de entre las vírgenes de su reino, sino que las va
gozando y matando por turno, una cada noche.
Ahí apunta ya el leit-motiv
de las noches, que se cuentan por vírgenes y luego
se contarán por historias. Ese mismo autor árabe
o judío -¿por qué no, desde luego,
judío?- combina después con el libro de Esther
el otro libro bíblico de Judith e idea la introducción
de Schahrasad como domadora del sanguinario rey y redentora
de las mujeres amenazadas de total exterminio.
No sabemos a punto fijo con cuál
de ambas figuras podemos comparar a Schahrasad, pues tiene
rasgos de las dos; por su decisión y arrojo es una
Judith y por su belleza y dulzura femenina una Esther. Y
ya se ha insinuado la duda de si, al subir al alcázar
del rey Schahriar, no llevaría la intención
de matar al rey si este no se rendía al encanto de
su palabra.
Todo el argumento es hasta aquí
el de una haggadah talmúdica, es decir,
netamente judía, y que no parece se le pudiera ocurrir
a ningún árabe; corresponde a la época
de elaboración talmúdica de las tradiciones
de la Biblia. Y pudiera ser que Las mil y una
noches cayesen dentro de ese ciclo talmúdico
y se hubiesen escrito en Babilonia, alrededor del siglo
V de nuestra era, es decir, un siglo antes de la aparición
de Mahoma, que en su Corán recoge gran parte
de esa creación de los rabies exiliados.
Elaborado ya el argumento, elegidos los
personajes y localizado el drama en la Persia, solo faltaba
llenar con historias esas noches, que no es forzoso suponer
fueron entonces mil y una. Ese número se les impondría
luego, por imitación quizá de otros libros,
por el Hasar Afsanah o vaya usted a saber;
acaso por el afán aumentativo propio de los autores.
Puede que fuera simplemente el libro de las Noches de las
noches, como El Cantar de los Cantares. Es muy
posible también que en su texto original todo se
desarrollase en una sola noche y una sola historia, y que
la idea de prolongar unas y otras fuera obra de persas o
de árabes.
Ahora bien: al conquistar los árabes
islamizados la Persia, se encontrarían con ese libro
o referencias de ese libro, que bien pudo desaparecer en
los «lavatorios» purificadores impuestos por
Omar a todos los libros antiguos de los persas, y algún
escritor árabe hallase interesante el argumento y
pensase en ampliarlo a impulsos del genio rapsódico
de la raza, y aprovechase el marco de las noches para intercalar
en él toda suerte de historias y versos.
Esta segunda labor de relleno resultaba
muy fácil, por la abundancia de elementos, narrativos
principalmente, legendarios en la literatura pehlevi, en
la que ya existía la nebulosa poética de donde
luego se desprendieron esos astros del Schah-Némeh
y el Iskandar-Námeh; todos esos minutos
y tradiciones poéticas que irradiaban de la India
y se concentraban en esa Persia de la Caldea y Asiria antiguas,
en esa Babilonia, lugar de encuentro y despedida de todos
los pueblos, apenas diferenciados de entonces, que al separarse
después lleváronse consigo jirones de ese
patrimonio común de ancestrales recuerdos y poetizaciones
de las maravillosas experiencias y emociones del hombre
prehistórico.
Encontrándose, pues, los rapsodas
árabes con esas historias antiquísimas, de
hadas y genios, de hombres y mujeres-peces y hombres y mujeres-pájaros
y de monstruos imponentes, entre bestiales y divinos, con
todo ese mundo fantástico, que constituye la historia
de los tiempos sin historia y refleja la interpretación
mística que el hombre primitivo da a los fenómenos
naturales, origen de toda emoción religiosa y poética,
que en un principio han sido la misma cosa. En el principio
fue la Poesía.
De esos recuerdos de las distintas épocas
por que pasó el hombre prehistórico, de esas
eras geológicas que hoy estudia la ciencia, de sus
espantos y esperanzas ante los varios fenómenos de
la Naturaleza que se presentaban en bloque imponente, de
esos recuerdos difusos en aura de emoción, han surgido
luego los primeros libros de carácter religioso y
los grandes poemas, todos ellos ene el fondo cosmogonías,
teogonías y genealogías, y entre los cuales
no hay más diferencia que la que impone el Legislador
–profeta, Zoroastro, Moisés- declarando a los
unos sagrados y a los otros profanos. Es el caudillo de
cada pueblo el que con su espada opera ese corte en esa
masa homogénea de poesía.
Los primeros libros sagrados –Rig
Veda-Zendavesta-Biblia- son compilaciones de leyendas,
sometidas aun criterio dogmático, coordinadas y unificadas;
pero al margen de ellos los grandes poemas primitivos siguen
nutriéndose de esa gran galaxia difusa de que ambos
se derivan.
En unos y otros libros encontramos las
mismas cosas: cosmogonías y teogonías rudimentarias,
recuerdos de acontecimientos memorables como las luchas
del hombre con los colosales saurios y diplodocos, y su
genealogía, a partir de la misma pareja. Es decir,
el Génesis.
Los legisladores-profetas, como hemos dicho,
son los que establecen la distinción entre amabas
versiones de una misma historia, y a partir del Zendavesta,
por ejemplo, toda la verdad está en ese libro y lo
demás son fantasías de poetas.
Lo mismo que Zaratustra hace luego Mahoma;
su Corán, que está lleno de fantasías,
es la sola verdad; lo demás son delirios y sueños
–achdats ahlam.
Pues bien: los rapsodas de Las mil
y una noches recogen esos achdats ahlam para
llenar los huecos de sus noches y toman de la tradición
ariopersa esas leyendas milenarias, que son en el fondo
hermanas de las que Mahoma admite en su libro. Ecos del
Diluvio, de cataclismos geológicos, interpretados
como castigos divinos (destrucción de Pentápolis
y de Babilonia), intervenciones angélicas y demoníacas
al servicio de la teología, y una escatología
en que juega su principal papel el vulcanismo, así
como una mitificación grandes monarcas como Alejandro
Magno y Salomón; todo ello fruto común del
genio ario y del genio semita, particularmente activo otra
vez en esa Babilonia persa.
Todo eso constituye el fondo de donde los
rapsodas miliunanochescos extraen las grandes historias
del libro, las principales y las más antiguas, y
que en ninguna edición faltan; solo que las mezclan
con elementos de su realidad histórica y las autorizan
con nombres de sus monarcas famosos, siguiendo una vez más
en alto el procedimiento de Mahoma, que en su Corán
confunde caprichosamente historia y leyenda. Esta es la
verdadera aportación de los árabes al libro,
la parte que no puede atribuirse a persas ni judíos.
Pero aún hay otro elementos que
les pertenece en absoluto: todas esas silvas de anécdotas
históricas o semihistóricas de la obra, que
sin duda sacaron de crónicas y anales referentes
a los jalifas, y ala vida de los árabes anteriores
al Islam, como la Historia de las abbasies por
Ibn-Kutaiba y las obras de polígrafos como Ibn-Jalikán,
Al-Masûdi, etcétera.
En toda esa labor se les fueron esos tres
siglos largos que los eruditos asignan a la labor de gestación
del libro –del VIII al XI de la hechra-, aunque su
punto de partida inicial haya que situarlo mucho más
atrás, probablemente en el siglo I de la hechra,
cuando las academias judías que elaboraron el Talmud
estaban en plena actividad creadora.
Dígase lo que quiera, el Talmud
tiene en Las mil y una noches tanta parte o más
que la tradición ariopersa. Y en general, el libro
árabe acusa, ya lo hemos dicho, un preceso de elaboración
talmúdica.
Toda su línea inicial es semítica,
no aria. Sírvenle de base los libros de Esther y
Judith; empieza con un hecho pasional que nunca se les habría
ocurrido a un hindú ni a un iranio y acusa un feminismo
típicamente hebraico, pues son los hebreos el único
pueblo oriental que siempre honró y dignificó
a la mujer y el primero en abolir la degradante poligamia.
Las mil y una noches siguen esa misma tendencia
apologética de la mujer, por más que en él
se inserten historias antifeministas, que sirven para efectos
de contraste, pues también en la Biblia
hay ejemplos de ello, y al lado de Débora y Judith
hallamos la Dalilas enervadoras de los héroes, como
las Circes griegas.
Hay que tener en cuenta también
que esas historias, marcadamente antifeministas, como la
de la joven raptada por el efrit y la silva concerniente
a las malicias y engaños de las mujeres, son inserciones
posteriores en el libro, tomadas de fuente aria la primera
y la segunda de fuente persa, el famoso Libro de Sendebar.
No tienen Las mil y una noches
en su origen la paladina intención didáctica
de moral racional o empírica que el Calila y
Dimna, con que se le ha comparado; es un libro desde
el primer momento pasional, emotivo, al modo hebraico; una
haggadah talmúdica, no un tratado de moral
razonable, a estilo indio o griego; se encara desde luego
con el fondo pasional del hombre y en ese terreno plantea
el conflicto.
Hay que admitir, pues, que el primer autor
es un judío o un persa o, en todo caso, un individuo
ajeno al Islam, y que es el último colaborador
o compilador el que le ha puesto la cabeza y el pie coránicos
y lo ha islamizado retrospectivamente, hasta convertirlo
en una versión profana de su libro sagrado.
Y con esa máscara islámica
ha llegado hasta nosotros, pero fácil es ver que
bajo ella se transparente la cara no islámica del
libro y que este es, en suma, un palimpsesto de doble escritura.
Hay que atenerse a la forma actual en se
nos presentan Las mil y una noches y aceptarlas
como un libro árabe, escrito en árabe, y estudiar
en ese respecto su lengua y estilo.
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