Mil y una noches (Parte II)
Estudio literario y crítico de Rafael Cansinos Assens


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Las mil y una noches árabes

Por el lado del mito, Las mil y una noches se pierden en la de los tiempos; pero por su fondo árabe se sitúan en la zona de la Cronologia y la Historia. Todo es vago e impreciso en torno al libro si lo consideramos en Su prehistoria, es decir, antes de ser escrito; no como un libro, sino como una tradición. Por ese lado se nos escapan las Noches.

Por donde únicamente se presentan a ser aprehendidas y reducidas a una fórmula es por el lado de lo árabe, de lo islámico, en relación con el Corán y la historia religiosa y política de ese pueblo. Ahí es donde presentan un frente relativamente compacto y único, orientado hacia la alquibla sagrada de Meca, a la que apuntan todas las avanzadas y vértices de su barroca arquitectura. Sobre ese fondo islámico es sobre el que se asienta y afirma este castillo en el aire. El Islam es lo único sólido en el libro, y todo lo demás que forma su atmósfera es idolatría y fábula.

En su forma actual, Las mil y una noches redactadas por escritores árabes son un libro árabe y, precisando más, una epopeya, nacional o racial, de esas gentes morenas y apasionadas.

Aun admitiendo la existencia de ese hipotético Hasar Afsanah, del que en todo caso solo queda el título, fueron los árabes los que escribieron el libro que, por ese hecho decisivo, pasó a ser plenamente suyo.

Sobre el pie forzado del argumento inicial, los rapsodas árabes compusieron una obra de mucho más alcance, que rebasaba los límites estrechos del marco primitivo y llenaba del amplio soplo del desierto, de su respiración de infinito, esas veladas literarias de una corte persa.

Suele darse como plan primitivo del libro el de contar la historia de las desgracias conyugales del rey Schahriar y su hermano, y la misoginia en que estos, por efecto de ellas, vienen a caer; pero ese argumento tratado como está en la actual forma del libro, con un sentido del humor filosófico que hace pensar en los cuentos de Boccaccio o las novelitas de Voltaire, toma luego un rumbo muy distinto y mucho más serio bajo la pluma de los continuadores árabes, y se convierte en una revista, en un día del Juicio de todo el género humano: en algo así como una Biblia o un Corán.

No se trata ya simplemente de demostrar la falsedad de las mujeres, ni de trazar reglas de moral práctica, sino de encaminar a los hombres por la senda de Alá, mostrándoles ejemplos y señales que los espanten y escarmienten. Se trata, en suma, de salvar las almas, cosa nueva, idea que no aparece en ninguno de esos grandes libros de la literatura sánscrita, con los cuales pudiera relacionársele, y que es típicamente árabe y hebrea, semítica, y tiene su primer foco irradiante en la Biblia.

En el Panchatantra solo se exponen los fundamentos de una buena política, que no es propiamente la buena, sino la conveniente: la política vulpina, sistematizada después y extremada hasta lo inhumano por Maquiavelo; en Las mil y una noches se prescinde de la conveniencia, del éxito en la vida del mundo, y solo se atiende al gran éxito, al gran triunfo, de ganar la otra vida, que es la perdurable.

La arabización de Las mil y una noches aparece así, desde luego, como su islamjzación, según tenía que ser tratándose de un pueblo que ha empezado a vivir realmente a partir del Islam. Y esa islamización es tan perfecta que abarca todos los detalles del libro. Pese a sus desviaciones accidentales, este se ajusta, en su estructura, al mismo plan arquitectónico de la Biblia o de su epítome coránico. Es como una mezquita distribuida en series de columnatas, cuyos arcos todos convergen al mihrab, y en la que, por cualquier parte que se mire, se ve el nombre de Alá.

Todas las historias del libro nos llevan siempre, a pesar de su aparente diversión, a lo mismo: a su punto de convergencia, que son las postrimerías del hombre.

El nombre de Alá campea en todas las partes de ese edificio literario; en los arrocabes de las historias y en su zócalo; en sus cimientos y en sus remates. Esas historias son ejemplos de admoniciones llamadas a mover a reflexión a los capaces de reflexionar, propias a escribirse con un punzón en el ángulo del ojo, para tenerlas siempre a la vista, como los preceptos de Jehová, que Salomón nos aconseja grabar en el pecho -casos ejemplares, representativos, ofrecidos a la meditación de los capaces de meditar- y esa expresión miliunanochesca corresponde a la coránica, que Mahoma repite a cada paso, después de exponer pruebas palpables de la existencia y omnipotencia de Dios: «Ciertamente en ello hay materia de reflexión (ibra) para un pueblo que piensa.»

Las mil y una noches están consteladas de pensamientos y locuciones coránicos, entretejidos con aleluyas del libro, que le sirven de registro y resorte; sus historias son todas reversibles al fondo épico del Corán (tomado en buena parte de la Biblia y el Talmud) y hasta su técnica literaria íntima es la misma del libro sagrado; igual que en este, falta en Las mil y una noches ese libre y vario vuelo del genio occidental, esa rica inventiva de nuestras literaturas, esa línea osada que se pierde de vista; en Las mil y una noches el genio literario se mueve en un espacio reducido, de mezquita, no de pagoda india ni de catedral gótica; tres o cuatro argumentos fundamentales, tres o cuatro situaciones patéticas se repiten con leves variantes a la variedad y todo vuelve siempre al punto de partida, que es Dios; la técnica, en suma, del arabesco o almocárabe que, en la caligrafía musulmana, reproduce en miles formas el mismo hombre como el balbuceo de un maníaco.

La literatura oriental es una literatura censurada, no por ninguna autoridad teológica, sino por sus propios autores; de ahí que no pueda salirse de ciertos limites y que, como nuestra literatura medieval, trate de desquitarse de la coacción dogmática en el terreno libre de las costumbres y la salacidad, y que en ella los rasgos más sublimes aparezcan al lado de otros inconcebiblemente groseros; es el mismo fenómeno de los trascoros de las catedrales, que se da también en toda la literatura medieval de Occidente y en buena parte de la de los llamados siglos de oro, y que sorprende en nuestra corrompida época moderna.

De igual modo el pensamiento árabe, cohibido en la dogmático, se desquita en esa otra zona neutral de la opinable, y se entrega a la especulación metafísica que le permiten las cuatro sectas ortodoxas del Islam, y encara con variedad de actitudes esos grandes problemas de la predestinación y el libre albedrío y el valor de los actos humanos y el poder de la voluntad en la lucha con el Destino; pero sin salirse nunca, en esos pirueteos de la Razón, de los linderos de la Fe.

En el terreno puramente literario, Las mil y una noches guardan también íntima relación con el Corán y puede decirse que viven en su mismo aliento, del palpitar de su mismo corazón. De él le vienen sus directrices y su sentido, la vida íntima de sus figuras. Los rapsodas islámicos han desarrollado en ese libro de libros los gérmenes narrativos, épicos, contenidos en el Corán, y hallado la forma naturalísima de intercalar en esos cuentos las espantables leyendas de ciudades muertas, de pueblos aniquilados por sus culpas -esas tradiciones de Irán, la de las Columnas, por ejemplo- que ya el Profeta esboza en su libro, así como las referentes a Salomón y la reina de Saba, etcétera, que Mahoma recogió, tomándolas, desde luego, eso sí, del Talmud.

Los árabes continúan en Las mil y una noches la labor misionera de Mahoma por medio de la pluma -sin dejar por eso la espada-, y la finalidad principal del libro, en medio de la aparente dispersión de intenciones, es la de formar buenos musulmanes, corroborar en su fe a los creyentes y convertir o espantar a los idólatras.

Las mil y una noches están al servicio del monoteísmo islámico, son un libro de catequesis y, como todos los de esta índole, sus autores no reparan en falsear y desfigurar la historia y trastrocar la cronología y apelar a la fábula cuando es menester.

Empiezan por suponer que el Islam existió siempre, que es la religión natural de los hombres -idea que Mahoma sienta en su libro-, y así hacen musulmanes a todos los personajes de sus historias, aun a aquellos que vivieron muchos siglos antes del Profeta, y nos presentan el mapa de la antigüedad preislámica como un campo de idólatras, salpicado de minorías creyentes, hombres que han conservado la fe, que formadas por hunafa, es decir, por sus padres, recibieron de Alá, según la primera revelación hecha al padre de todos los hombres.

De igual modo violentan la historia para intercalar en el libro, cuyo punto de partida es el reinado de un monarca sasani, cuentos y anécdotas que representan otros tantos anacronismos, y transferirle a ese oscuro sultán poco menos que la crónica íntegra de su gran rey Harunu-r-Raschid, que tenía que ser muy posterior a sus sultanes persas.

Es admirable el desparpajo con que los rapsodas árabes introducen en el libro toda la época de los jalifas abbasies, sobre todo la de Harún, su Carlomagno, mitificándolo, como al emperador franco los rapsodas del ciclo de Artus, y tomando pretexto de ciertas historias para exponer la teología islámica en todas sus tendencias de batinies, sufies, motaziles y kadries, en ese periodo; sus inquietudes espirituales y sus materiales esplendores; el estado de sus conocimientos científicos en materia profana, en astronomía, astrología; medicina, en sus ramas diversas, profiláctica, dietética, terapéutica, con los consiguientes diagnósticos y pronósticos; jurisprudencia, teología, etcétera, así como también de sus artes, en todas sus manifestaciones, poética, musical, coreográfica, deportiva, sin olvidar los juegos de ingenio, las adivinanzas y rompecabezas, y pasatiempos folklóricos, y el juego del ajedrez, entretenimiento inmemorial de los orientales, etcétera, etcétera, de suerte que en esas historias del tipo de la de Tauaddud (Noches 269 a 280) queda estampado el cuadro completo de la civilización árabe en su siglo de oro abbasi, de ese siglo en que se tradujeron al arábigo todas las obras importantes de los griegos, incluso los poemas homéricos, según nos dice Abu-I-Farach, y se incorporaron a su fondo propio todos esos elementos de cultura exótica, que entraron a formar parte de su fisonomía espiritual, completándola y enriqueciéndola hasta un grado que ya en Oriente no rebasó nunca y que solo en la España árabe, en el jalifato de Córdoba, tuvo su rival.

Las mil y una noches están impregnadas del entusiasmo imperialista de los triunfos sorprendentes del Islam en ese período histórico en que la media luna eclipsaba con su fulgor a todos los soles y aun a todas las lunas de Oriente, y en que Harunu-r-Raschid actuaba como emperador y pontífice en los cuatro puntos cardinales, y Bagdad veía llegar diariamente embajadores de todos los reyes y era como una Meca profana, visitada por todas las caravanas del mundo.

Las mil y una noches respiran la embriaguez jubilosa de ese su siglo triunfal, son un monumento alzado en honor de los gloriosos jalifatos abbasies, bajo cuyo dominio político y religioso culmina el poder del Islam; la luna que ilumina esas noches es la luna creciente del místico imperio del Profeta, y el sol que interrumpe esas encantadoras celadas es el sol del siglo de oro de Harunu-r-Raschid, ese contemporáneo de Carlomagno, de barba no menos florida que la suya y que, como él, se nos aparece en la historia en medio de un circulo de poetas, sabios y hechiceros, pero sentado, a fuer de oriental, en muelles almohadones, perfumado de almizcle y teniendo a sus espaldas el velo de un harén, en el que se oyen risas y cantos de mujeres. Harunu-r-Raschid, quinto de los abbasies, es en realidad el héroe de esta fiesta literaria, en la que actúa también de personaje, en unión de su visir Châfar-ben-Yahya y su guardia personal, el eunuco Mesrur, y alguna vez, también, su amante esposa y prima, la celosa Sobeida.

En este centón de cuentos han incluido los rapsodas árabes gran parte de lo que pudiéramos llamar ciclo poético de Harunu-r-Raschid -«le règne jéérique de Harun», como dice un escritor francés- y que por sí solo forma un argumento completo, y un argumento trágico, que tiene por remate la caida y muerte del visir Chafar y de todos los miembros de su estirpe Barmequi, hecho tan enorme y memorable como el exterminio de los umeyas, ordenado por su ascendiente Abdu-l-Lah As-Saffah, el fundador de la dinastía, y que hizo llorar a miles de ojos, incluyendo los suyos. Harunu-r-Raschid es el foco lumínico que atrae las pupilas de los rapsodas árabes y les infunde un tropismo, por efecto del cual lo siguen viendo a él hasta cuando dejan de mirarlo. Siempre que describen alguna corte fastuosa o algún gran monarca están pensando en su jalifa Harún y en su espléndida corte de Bagdad.

Harunu-r-Raschid ha dado lugar a un ciclo histórico-legendario tan considerable como el de su contemporáneo Carlomagno. Los dos se reparten en su tiempo el imperio del mundo real y de la fábula, y si el Occidente es carlovingio, el Oriente por entero pertenece a Raschid.

Raschid es todavía más grande que el gran Carlo, pues este es solo emperador y comparte su cetro con el papa, en tanto Harunu-r-Raschid es papa al mismo tiempo que sultán y ejerce íntegramente el meromixto imperio.

Harún absuelve y condena, ata y desata en lo político y lo religioso, manda en lo humano y lo divino, a fuer de vicario de Alá en la tierra y consanguíneo de su profeta Mahoma.

Harunu-r-Raschid, en virtud de su doble poder, manda en los hombres y los genios, ensuelve hechizos, opera cu- raciones y pronuncia fallos inapelables.

Harunu-r-Raschid es el Rey Sol de su tiempo, como Salomón lo fue en el suyo y solo con él se le puede compenetrar, y aun en cierto sentido, en el del poder político, le aventaja, pues no tiene que luchar, como el monarca hebreo, con una teocracia insúmica, ya que el autócrata de Bagdad ejerce también el poder teocrático.

Si Salomón fue un poeta y un sabio, poeta y sabio es también Harún, y si es verdad que no ha compuesto sino versos de circunstancias ni escrito en suma nada comparable a El Cantar de los Cantares ni al Eclesiastés, eso no mengua su gloria en ese sentido, pues aparte de que tampoco consta que esos libros inmortales (de los que el primero nos llega mutilado) los compusiese el propio Salomón (Renan en esto tiene la palabra), Harún es algo más que un poeta y un sabio; es el numen que auspicia la poesía y la ciencia de su tiempo, el jefe que preside la academia islámica, el guerrero victorioso cuyo alfanje defiende y preserva la paz de sus sesiones, el padre que sustenta a esos hijos descuidados y bohemios, el buen genio, la providencia que echa de comer a esos pajarillos saltarines que, cantando, se olvidan de buscar el grano, y, en una palabra, el príncipe afortunado y poderoso que hace posibles la ciencia y la poesía en su feliz imperio.

La corte de Harún en Bagdad es la meta a que se dirigen desde todos los lugares del mundo conocidos poetas, narradores de cuentos e historias, filósofos y eruditos, hombres de saber y de ingenio; siempre hay uno o más poetas a la puerta de su diván, esperando a que el jalifa despache sus asuntos de Estado y pida un poeta como quien pide una rosa o una copa de vino para despejar su mente cansada.

Ser llamado y oído por Harún, el omnipotente, y tener la fortuna de agradarle, equivale sencillamente a la fortuna. Harún es fabulosamente pródigo y emplea las riquezas que le envían sus gobernadores, no como Salomón los tesoros de Ofir, en labrar casa a Alá, que nunca gustó de templos tan suntuosos como los de Yahvé, sino en recompensar dignamente a los artistas, poetas, cantores, músicos que le alivian el tedio o resuelven sus dudas en cuestiones jurídicas, teológicas o gramaticales.

Harunu-r-Raschid, hombre de nervios delicados, sensual y por ello melancólico como Salomón, sin la fuerte salud bárbara de Carlomagno, adolece con frecuencia de esplín y, sobre todo, de insomnios; las noches que no duerme -y son muchas en esa Bagdad calurosa, enervante y llena, es de suponer, de mosquitos, y el jalifa tiene su alcázar sobre el Dichle- son noches afortunadas para los ingenios que aguardan a la puerta; son noches en que, si el jalifa los llama, pueden salir de allí convertidos en millonarios.

Harún da sus dinares por sacos en tal cantidad que el agraciado no puede cargar con ellos y el propio jalifa ordena a sus esclavos que se los lleven a su casa.

Pero no hay que estar a la puerta para optar a esa lotería; el mismo jalifa se acuerda a veces del elegido y, si no está allí, lo manda a buscar y traer, aunque esté ya acostado y tenga que sacarlo de la cama.

A ese fin envía a Mesrur, el hombre fatídico de nombre alegre, como las Euménides, siempre con el alfanje en ristre, y ese alfanje es una varita mágica cuando el guardia de corps y verdugo -¿por qué no decirlo claro?- del jalifa pronuncia estas simples palabras : «De parte del emir de los creyentes.»

La presencia de Mesrur en la puerta, de una casa produce siempre pánico; muchos sacados de ella por el terrible eunuco no volvieron jamás.

Pero para artistas y escritores no hay motivo de susto; Mesrur es para ellos un enviado alegre, no el nuncio que precede al ángel de la muerte, al fatal Azrael.

Hay noches en que Harún prefiere pasear y se disfraza de mercader, lo mismo que Chafar, su visir, y Mesrur, su verdugo, y los tres se echan a vagar por "las calles y plazas de Bagdad, muertas, al parecer, bajo la luna, pero estremecidas de cantos y sones de laúd en el interior de sus herméticas mansiones; y Harún manda a Chafar que llame a la puerta y golpee con el gran aro metálico, seme}ante a argolla de cautivo, y los tres pasan dentro a sumarse a la fiesta.

En esas visitas inopinadas descubre el falso mercader cosas que al día siguiente dan materia de actuación al jalifa y argumento literario a sus rapsodas.

Otras veces los tres supuestos peregrinos dirigen sus pasos al Dichle, y allí el jalifa curioso y afable conversa con los pescadores trasnochados, que prueban su suerte a la luz de la luna y en ocasiones sacan peces y en ocasiones cadáveres truculentos, que muestran las huellas de un crimen impune.

Entonces se acaba la farsa y el jalifa vuelve a ser en el acto el emir de los creyentes, el supremo administrador de justicia.

Todas esas nocturnas correrías del soberano están llenas de encuentros notables, sorprendentes, que dan materia a las historias; el jalifa es tan temerario que no repara en donde se mete, y a veces se ve tan apurado que lo pasa- ría mal de no estar allí, a su lado, siempre atento y vigilante y siempre empalmando el alfanje, el fiel Mesrur.

En esos casos hay que rasgar el velo del incógnito, y Chafar, el visir, pronuncia la palabra mágica que hace que todo el mundo se prosterne en el polvo y bese la orilla del manto del jalifa: «He aquí al emir de los creyentes, al vicario de Alá, en esta tierra que es la suya (de Alá).»

 

El ciclo de Harunu-r-Raschid

Harunu-r-Raschid, con su cara ancha, abotagada, de luna de Ramadán, llena, como su cuerpo ligeramente obeso de árabe sedentario, ocupa el centro de un zodiaco de anécdotas, más o menos verídicas-más bien menos que más-, varias de las cuales han pasado a integrar el tesoro de historias de Las mil y una noches.

Harunu-r-Raschid, y no el sultán Schahriar, es el personaje central del libro, y muchas de las noches atribuidas al fabuloso monarca sasani pertenecen al calendario nocturno del autócrata de Bagdad.

Y esos cuentos inspirados en la aventurera vida nocturna del quinto de los abbasies forman precisamente el fondo, relativamente histórico, de estas imaginarias historias.

Las mil y una noches flotan en el limo de la leyenda, de lo vago e impreciso, de lo que no tiene fecha y apenas tiene nombre, hasta que las mide y regla la luna de Bagdad.

La primera comparecencia del jalifa en la Historia del alhamel y las macitas (Noches 9 a 11), señala ya el primer contacto con la cronología y la realidad, controlable, de genios, afarit y monarcas tan fabulosos como ellos.

Harunu-r-Raschid es el primer sultán auténtico, con cédula en el padrón histórico y constancia en los anales que se nos ofrece a la vista, y con él, pues un astro así nunca va solo, esos otros personajes de carne y hueso -entonces, ¡ay!-, su esposa Sobeida, su visir Chafar, Mesrur su macero, ya su zaga poetas y literatos, y artistas notorios, de una biografía perfectamente comprobada, y cuya existencia atestiguan sus obras, y sobre todo su muerte, como el gran satírico Abu-Nuás, el Quevedo de Oriente; el docto filósofo AI-Azmái, el sabio jurista Abu-Yúsuf, el famoso músico Ibrahim-ben-Isak, el de Mozul, y, en fin, todos esos preclaros ingenios que tachonan de luces la policromada cúpula de su trono.

Con Harunu-r-Raschid entra la historia en las historias de Las mil y una noches como un gran río que se adentra en el mar de la fábula y lo tiñe del color de sus aguas, de suerte que pueda seguirse con la vista su curso.

El ciclo de Harunu-r-Raschid mézclase ya desde la Noche 10 con el caudal legendario que viene de la India madre y, le da su color y su sabor de realidad, y esa confluencia del Tigris y el Ganges es la obra de los ingenios literarios del Islam.

A partir de ese instante tuércese el rumbo inicial del libro, que empieza como tratado de moral en imágenes, al modo indo del Calila y Dimna y el Hitopadesa, para convertirse en la crónica apologética y fantaseada del quinto monarca abbasi y su glorioso reinado, en el que ocurren hartas cosas maravillosas para poder parecer legendarias, y si aún subsisten elementos del plan primitivo, el rapsoda los aprovecha para trenzar con ellos los del nuevo plan, al modo como el arquitecto utiliza piedras bellas y venerables en la construcción de su nuevo edificio.

Las mil y una noches son un palimpsesto, en el que dos escrituras se entrecruzan y alternativamente se ce- den el espacio; mejor dicho, un borrador, en el que un escriba árabe ha tachado la original caligrafía zenda o pehlevi para interpolar en ella sus ondulantes, serpentinos caracteres.

Harunu-r-Raschid es el punto inicial de esa labor de arabización de Las mil y una noches. La salomónica figura del jalifa de Alá preside desde entonces la composición de la obra, y sus anónimos autores hallan modo de relacionar con él hasta los relatos marcadamente fabulosos, retrayéndolos a su época, para que sea él quien desate el nudo que ataron fatalidades antiquísimas y rompa los sellos, de remotos destinos.

Los rapsodas árabes se conducen con Harún como los talmudistas hebreos con Salomón, haciéndole intervenir, aunque solo sea por radiación, en todas las tradiciones de los, pueblos que llevan así el sello de su doble triángulo.

Pero como Harunu-r-Raschid está más cerca en el tiempo y en el espacio que Salomón, y vive en una época perfectamente histórica, resulta de ahí la paradoja de que todo lo que en este libro imaginario se autoriza con su nombre adquiere categoría de historia, y puede distinguirse, por ese solo hecho, de todo lo demás, que es fabuloso.

El nombre del jalifa abbasi permite operar la diálisis literaria del confuso texto; separar lo real de lo ficticio, pues de esa época los rapsodas contaban con materiales comprobados como la Historia de los abbasies, por Ibn-Kutaiba (siglos II y III de la hechra), y de ahí puede inferirse que todos los cuentos puestos bajo su rúbrica o la de sus sucesores inmediatos tienen un fondo real, aunque abultado por la macropsis de los narradores, y pudieran vincularse al período de dominio de la dinastía abbasi, que abarca unos cinco siglos (II a VIl de la hechra). Es muy admisible la hipótesis de que antes del siglo X corrieran ya muchas de esas historias en boca de juglares errabundos, y aun cortesanos, y hasta manuscritas, aunque siempre hay que suponer una distancia de siglos, que es la que presta nimbo de leyenda a las figuras y trae esa niebla de olvido, que obliga a recordar .

Escribir es recordar y todo manuscrito es una fijación de huellas que empiezan a borrarse en la memoria, una precaución contra la amnesia.

Historias y biografías son en realidad velatorios.

Las mil y una noches, a ratos tan alegres y locas, se escribieron en parte sobre rotas lápidas de sepulcros, y son ellas mismas el gran mausoleo de la raza árabe.

En el siglo VIII de la hechra, en que aún no existían como libro, eran ya sombras, evocadas por nigromantes, esos poderosos, muníficos y crueles jalifas abbasies, y su corte de Bagdad, fastuoso escenario de sus espléndidas locuras, asolada por mogoles y turcos, presentaba ya el desolado aspecto de esas ciudades legendarias -Nínive, Ilión, Palmira, Jerusalén- sobre cuyas ruinas se asientan a meditar los filósofos ya llorar los poetas. Hay un dejo perceptible de llanto en la aparente alegría triunfal con que esos rapsodas miliunanochescos evocan en las cortes de los sultanes persas emancipados -como la de Mahmund de Gasna- las tradiciones de los siglos de esplendor de su raza en decadencia, levantando de sus tumbas a una humanidad de bellos fantasmas. El siglo nono es fatídico para ese inmenso imperio levantado por los abbasies y que mogoles, turcos y persas emancipados se reparten como antaño los bárbaros la túnica del César; Bagdad deja de ser el foco principal de atracción de sabios y poetas, que se desparraman por las cortes de sultanes extraños, por la alta Persia y el Egipto, llevando cada uno un jirón de pasado espléndido con que cubrir su actual indigencia.

Alrededor de esa época fijan los eruditos el comienzo de vida escrita del libro, compuesto así rapsódicamente entre todos y que por ello no es de extrañar presente tantas desigualdades. Sea como fuere, vino a su hora, pues si esos ingenios literarios no hubieran levantado entre todos con sus cálamos ese monumento nada quedaría hoy de ese mundo encantado. Solo ese libro resta de tanto desvanecido esplendor. La Bagdad actual no conserva siquiera esas ruinas imponentes que permiten formarse una idea de la antigua grandeza de la Roma cesárea. «Entre un espeso polvo -decía el viajero francés Flandin, que la visitó en el siglo pasado- yace sepultada la base de aquellos edificios, donde apenas se halla rastro de Harunu-r-Raschid y de Sobeida. Nada ha conservado esta ciudad que recuerde las glorias de los jalifas abbasies.

En análogos términos se expresa el gran novelista portugués Ferreira de Castro en su caleidoscópica Volla ao Mundo.

De Bagdad puede decirse lo que nuestro Villaespesa dijo de Granada en su nihilista elegía.

Los tártaros primero y los turcos después acabaron con su antiguo esplendor y la redujeron a algo todavía peor que una ruina: una ciudad sin color ni relieve, un lugar en el mapa.

Pero la antigua Bagdad sigue viviendo en estas Noches su vida de antaño, inquieta, apasionada y triunfal, y el gran Harunu-r-Raschid, su rey poeta y aventurero, vaga siempre en la noche por sus calles y plazas, en busca de encuentros prodigiosos.

La gloria de Harunu-r-Raschid no se extinguirá nunca, porque ha pasado a la leyenda, que es la eternidad de la Historia.


Envío

Rey Sol en el zodiaco del Islam, tu figura, cual las de Soleimán y de Luis de Francia, exhala el fuerte hechizo y la rara fragancia de los grandes monarcas, cuyo nombre perdura. Con Chafar, que del reino el peso te asegura, y Mesrur, el macero, que la sangre te escancia, en Bagdad, tu alma inquieta y llena de elegancia, cosecha cada noche una nueva aventura... Fuiste tierno y cruel; amabas las mujeres y los bellos poemas, la gracia y el talento: coleccionar cabezas fue uno de tus placeres, pues querias de ese modo eternizar ayeres.
Y un día la de Chafar, de la amistad portento, tiñó de rojo uno de tus amaneceres.

 

Las mil y una noches, epopeya nacional de los árabes

En la forma en que han llegado hasta nosotros, Las mil y una noches, pertenecen en cuerpo y alma a la literatura árabe.

Los árabes, al apoderarse de ese fantasma indostánico, le dieron su vida, su sangre de fuego y los rasgos fisionómicos y psicológicos de su raza ardiente; hicieron más que adoptar al expósito: volvieron a recrearlo en sus entrañas.

Las mil y una noches es un libro árabe; mejor dicho, el libro árabe por antonomasia y la epopeya en prosa de un pueblo que no tuvo un Firdusi que la pusiese en verso.

El Corán y Las mil y una noches son las dos grandes creaciones del genio árabe, los dos retratos simbólicos que de si mismo nos ha legado ese pueblo, enemigo, por temor idolátrico, de las imágenes plásticas; el Corán, en lo religioso y eterno, y Las mil y una noches, en lo temporal y profano, completan la visión de esa raza sin pintores y casi sin espejos.

Uno y otro libro, el sagrado y el seglar, se asemejan entre si no solo porque Alá los une y está en ambos presente, sino también por su génesis y su naturaleza íntima; ambos son de inspiración exótica, están hechos de retazos con una técnica de mosaico y ensamble, ambos son enciclopedias y centones, broches y sellos que cierran épocas y ciclos de labor colectiva.

Así como Mahoma recogió en su Corán todas las tradiciones religiosas de su tiempo y las alistó bajo su verde bandera, poniéndolas al servicio de Alá, sin reparar en su procedencia hebrea, cristiana o gnóstica, y para enriquecer su libro no tuvo escrúpulo en saquear la Biblia y el Talmud, así también los compiladores del libro profano tomaron sus elementos de todas partes, encerraron en él todo el folklore universal de su tiempo y lo lanzaron a los siglos futuros, marcado con el sello imperial de su jalifa máximo.

Y así como Mahoma cierra el ciclo de la profecía y la revelación y es el último de los enviados, así también Las mil y una noches clausuran el ciclo de las tradiciones profanas y es el último gran libro que produce la imaginación poética de los hombres.

Si el Corán anula a todos los demás libros en el concepto religioso de los árabes, Las mil y una noches eclipsan con su esplendor sideral a todas las demás obras de fantasía.

No es el sol dotado de luz propia el símbolo de la raza semítica, sino la luna que brilla con fulgor reflejo; pero la luna de esa raza oriental es tan potente que fulge como un sol, de una belleza más amable, que se puede mirar, y atrae de tal modo los ojos que hipnotiza y detiene las horas y hace pensar que el sol no existe.

Los árabes han magnificado la noche; en el Corán se habla más de la noche que del día; de noche recomienda Mahoma que se lea su libro, y los grandes prodigios, prometidos a los creyentes, se consuman en la noche maravillosa del kadr en que se deciden los destinos del año, y esta es otra relación más entre el libro sagrado y el libro profano de la raza.

En Las mil y una noches, en ese nocturno rosario de cuentos, van incluidas las noches sagradas del Corán, y las lunas portentosas del Ramadán místico y transfigurado de ayuno alternan en él con las profanas y alegres lunas de los meses hilarios.

La correspondencia intima entre el Corán y Las mil y una noches es constante; el libro profano se nutre de la vena vital del libro religioso, al modo como la vida temporal se alimenta de la eterna.

Si en el Corán creó Mahoma el templo del Dios único, en Las mil y una noches el mismo genio de su pueblo labró el alcázar de su único vicario en la tierra.

No hay demasiada hipérbole en decir que Las mil y una noches son la epopeya racial de los árabes, ya que en ese magno libro alojaron sus anales y fastos, sus leyendas y sus historias, su memoria de raza tradicionalmente errabunda y rica, por tanto, en reminiscencias de toda clase, ya todo ello pusieron como sello el destino de Alá, de igual modo que en la Ilíada griega todo lo preside y dispone el hado.

Las mil y una noches, en las que los árabes han vertido todo su fondo histórico-legendario desde la época preislámica hasta las postrimerías de la gloriosa dinastía abbasi, componen un argumento innegable de epopeya, sin que le falte enteramente el requisito poético, ya que está toda ella salpicada de rimas, y además, en ocasiones, el estilo se eleva hasta la altura épica y la prosa se hace verso, de pronto, como un mar cuyo ritmo se aviva bajo el soplo emocionado de la tempestad.

Hay historias en el libro, como las del rey Omaru-n-Nomán (Noches 60 a 102) y de Garib y Achib (Noches 550 a 572), que son verdaderos epos nacionales, o tribales, con un argumento cerrado, de dignidad absolutamente épica, en el que actúan reyes y príncipes y amazonas y se riñen batallas y se realizan hazañas y gestas caballerescas, de grandeza igual a las que Firdusi canta en su Schah-Námeh que, más que la Ilíada y que la Eneida, ha servido de modelo, aunque mediato, a nuestros grandes épicos del siglo XVI: Ariosto y Tasso.

Todos los elementos del Orlando y La Jerusalén se encuentran ya en esa historia del rey Omaru-n-Nomán y de sus hijos que, precisamente, es también como el último de ambos epos, un eco fantaseado de las Cruzadas. Pero también el genio jovial y burlón del Ariosto y sus risas jocundas riman con el rumor de cascabeles del poema oriental.

No es del caso dilucidar aquí la relación precisa en que se hallen respecto unos de otros esos poetas de razas, épocas y climas distintos, ni tampoco seguir el rastro de esa corriente subterránea que en todo tiempo ha mantenido el contacto entre el Oriente y el Occidente, y que, en el momento solemne de las Cruzadas, se pusieron en contacto directo y cambiaron estocadas e ideas.

Toda guerra es, en el fondo, una forma violenta de comunicación, un principio agresivo de conocimiento y amistad y también un modo brutal de comercio. En las guerras de Alejandro conocieron los griegos a muchos pueblos y adquirieron no pocas ideas.

Los árabes, pueblo mercader al mismo tiempo que guerrero, han conocido muchos pueblos y muchas ideas y también han dado a conocer unos pueblos a otros y los han hecho amigos al hospedarlos en su jaima.

Por su medio conoció o reconoció la Europa del siglo XIII a los griegos olvidados, y volvió a aprender en textos árabes ciencias que, al nacer, hablaban griego; Bagdad primero y más tarde Córdoba suplantan a Bizancio y hacen de centros distribuidores de cultura.

Por los árabes conoce Europa en el siglo XIII (fecha aproximada) el famoso libro sánscrito del Calila y Dimna, en la versión de Abdu-l-Lah-benu-L Mokaffâ (siglo VIII), y, antes que Europa, en otra versión la conoce España, pues ya figuran apólogos del referido centón en la Grande e General Estoria de Alfonso, el Sabio, compuesta a principios del referido siglo (Solalinde, prólogo al Calila y Dimna). No en balde tuvimos aquí los árabes desde el siglo VIII.

Pero volvamos a nuestro tema de la epopeya racial que vemos en Las mil y una noches y afirmemos una vez más que lo es, si se toma la palabra en un sentido amplio, en el de libro que resume la historia y el carácter de un pueblo, en el sentido en que lo es con respecto a nosotros el Quijote y no ninguno de los explicadamente titulados poemas épicos.

Las mil y una noches son la epopeya de los árabes, porque son su libro más representativo, el que el día del Juicio podrían presentar ante Dios, como nosotros, según Dostoyevski, podríamos presentar el Quijote, en opción de premio o de castigo y justificación del empleo que diéramos a nuestra parte de la eternidad.

Lo mismo que en el Quijote se ve España en alma y cuerpo, con sus campos y sus ciudades, sus gentes indígenas y exóticas, sus instituciones y sus leyes, su religión y su política, sin que falte tampoco el panorama retrospectivo de su pasado en ese retrato fiel de su presente, y por los claros del fondo hispánico asoma la Cristiandad, así también en Las mil y una noches se ve todo el Islam, incluso sus aledaños y sus lejanías, geográficas e históricas.

La cristiandad del Quijote deja también ver el Islam, que es su anticuerpo, y el Islam de Las mil y una noches deja ver la cristiandad por el arco de sus ajimeces orientales; uno y otro libro lo abarcan todo, y por eso tienen los dos algo de Biblia, porque en ellos puede verse y sentirse a los hombres y a los pueblos caminar a su mortal destino, bajo la mirada de Dios.

Lo mismo que el Quijote encierra historia y leyenda de España, contienen Las mil y una noches leyenda e historia del Islam, y si un libro absorbe enjundia de cronistas notorios, también el otro embebe esencias de historiadores y geógrafos profesionales, por decirlo así, como Ibn-Kutaiba, el analista de los abbasies, Ibn-Jaldún, Al-Makkari y muchos más.

Pero lo que más interesa hacer constar a nuestro presenta propósito es el hecho de que en Las mil y una noches vive y alienta y bulle la muichedumbre islámica, con esa vida real que solo presta la irrealidad del poeta, y que son por ello el mejor documento histórico y psicológico para poder juzgar a esa sociedad abigarrada, con sus costumbres tan distintas a las nuestras y con su parte de bien y de mal, correspondiente a la condición humana, con su empaque caballeresco y su picaresco desgarre, y totdo ello tan a lo vivo y con tal sensación de presencia, que parece existir ahora mismo, y que es un espejo mágico el que nos permite sorprenderla en su actividad, que nunca cesó.

Esas ciudades extinguidas, esas criaturas muertas hace siglos siguen viviendo en el cosmorama de estas noches cuyas lunas encantadas no menguan ni se mueven y son lunas de espejos.

El Oriente islámico viven encantado en el sortilegio del libro, y basta abrir sus páginas para olvidarse del tiempo y el espacio actuales y sentirse transportado de pronto al Oriente inmutable y eterno, donde el almuédano anuncia el paso de la hora efímera, loando a Alá el perdurable; los mercaderes conversan o dormitan, desgranando las cuentas de sus rosarios de ámbar, en sus tiendecillas llenas de tesoros; las tapadas desfilan, seguidas de sus dueñas, lanzando por debajo del velo miradas tales, y Harunu-r-Raschid puede ser, en la noche, el transeúnte de andar vacilante que se cruza con nosotros.

Si a un libro así se le discute el nombre de epopeya nacional no sabemos a cuál otro podría adjudicársele con mayor razón ni mejores títulos.

Pero sea como fuere, sí se puede afirmar que Las mil y una noches, con el Corán y los siete moal-lakats o poemas dorados de los siete grandes cantores anteriores a Mahoma –el más grande de todos-, son los tres libros que deben leer quienes deseen penetrar en el secreto de esa compleja alma del árabe; alma del nardo, como dijo el poeta, y también de acero.

Pero Las mil y una noches son la quintaesencia de toda esa literatura de raza, pues abarcan la época preislámica, recogen ecos de idolatría y, al mismo tiempo, todoel fervor de la fe que luego caracteriza a esos siervos de Alá; coránico es su fondo ideológico y el eje en torno al cual se mueven todos sus argumentos o, más bien el resorte a que todos los mueve es la creencia en esa entidad misteriosa del sino, tan arraigada entre los árabes y que de ellos se ha extendido a todos los pueblos que con ellos trataron y que entre nosotros aún palpita en el fondo de la copla andaluza, expresión del eterno conflicto entre el ansia tantálica individualista del hombre y su limitación dentro del complejo solidario del cosmos.

Los árabes, finalmente, han puesto en ese libro su humanismo semítico, derivado de su concepción política y religiosa, que no admite castas al modo de las que establece el espíritu aristocrático de la civilización brahmánica; esa igualitaria democracia semítica, que se expresa en el hecho de elevar a la categoría de héroes de epos y novela a mercaderes y artesanos, atribuyéndoles sentimientos de príncipes, y admitiéndolos a participación en las gracias de ese simbólico reino de Dios que crean los escritores; ese humanismo semítico, que tiene su expresión monumental en la literatura picaresca que los árabes han inventado o elevado por lo menos a la categoría trascendental que hoy se reconoce, de vindicación de los humildes, de fraternización con los parias sociales.

Hay una simpatía innegable, de raíz semítica, a los desheredados, en esa literatura picaresca, cuyos autores, generalmente aristocráticos, aunque solo fuere por cultura, bajan a los suburbios y se mezclan con la plebe más baja y se interesan por sus vidas aperreadas y oscuras; es algo tierna ver a Hurtado de Mendoza, por ejemplo, contarnos las desdichas del niño Lázaro.

La picaresca es el punto de partida del folletín moderno, de esencia declaradamente social en Hugo y Sue, que en sus grandes panoramas de Los miserables y Los misterios de París trazan el cuadrado de las injusticias sociales, de los humildes maltratados por los poderosos, y parafrasean la Biblia, creada para el pueblo que no la lee esa otra Biblia por entregas en que figuran redentores, como el príncipe Rodolfo de Los misterios, que se lanzan al mundo del dolor de las plebes para verter en él los bálsamos de su afecto y sus riquezas y reparar las injusticias, levantar caído y resucitar muertos morales, estableciendo el reino de Dios sobre la tierra del demonio.

Toda esa literatura de amor a los humildes y defensa de las bajas claese sociales, de los parias, de los ex hombres, que caracteriza a la novela rusa, de fines del XIX, desde Gogol a Gorki, es una derivación de la picaresca sublimada por Hugo y Sue, en folletín social y teológico, y arranca en su comienzo inmediato de esos Miserables de Dostoyevski y sus colegas han leído en su juventud y nunca, ni el propio Gorki, se desprende por completo de su raíz evangélica, sentimental, romántica. Es preciso llegar a Zola para ver ese amor a las mases expresado en formas de objetividad casi científica y como reivindicación proletaria.

Hasta entonces el folletín mantiene su tendencia providencialista y su aspiración mesiánica, que puede advertirse todavía en las ulteriores evoluciones del género, pues Rocambole, el presidiario, es un avatar del príncipe Rodolfo.

Y si es verdad que todo eso se encuentra también en la aristocrática literatura caballeresca, no es menos cierto que, como se ha dicho, la picaresca es la caballería de los plebeyos.

 

Proceso de arabización

Pero hasta en la forma de presentarse el libro se refleja el carácter particular de esos árabes, hombres de psicología poética, descuidados y desdeñosos de la menudo y circunstancial, faltos de ese espíritu de crítica que desde un principio distingue a los hombres de Occidente, a los griegos; el árabe gusta del misterio, de lo impreciso, y ama por instinto las sombras, los velos y las celosías, que son un sedante para su espíritu, lo mismo que para sus ojos deslumbrados.

Todo lo que el árabe trata adquiere un aire de leyenda, hasta la propia historia; la verdad en sus labios o sus plumas tiene un encanto de mentira, y hasta cuando pretende justificarla con datos concretos, reales, la hacen todavía más sospechosa de ficción; sus genealogías, sus “autoridades” -en el sentido erudito-, son todo lo contrario de eso, y sus refrendos son tan discutibles como sus relatos.

Por lo demás, parece importarles poco que los crean o no; ellos se lo creen y basta; proceden como su profeta Mahoma, ese enemigo de los poetas, que fue el poeta más grande de su raza; Mahoma cuenta sus visiones y delirios de epiléptico con absoluta buena fe; a título de revelaciones, se las cuenta el arcángel Gabriel y se envuelve en su albornoz y se echa a dormir.

El Corán es un caso onírico, y en eso se asemeja a Las mil y una noches, que no tienen unidad ni coherencia, y cuyas historias están puestas en labios de esa tercera persona llamada Schahrasad.

Todos los enigmas que Las mil y una noches plantean se derivan de ahí; pero el Coran, por lo menos, se autoriza con el nombre de Mahoma y ha tenido sus revisores y ordenadores en la persona de Otsmán, el segundo jalifa, asistido de un cuerpo de exegetas y de memoriones (hafisun), que han sido para el libro lo que el alejandrino Aristarco fue para la Ilíada de Hornero, mientras que Las mil y una noches no han tenido su Otsmán ni su Aristarco y se presentan a la critica en la misma forma informe, caótica, en que el ingenio árabe las fue elaborando al través de los siglos.

De ese detalle fundamental se desprenden todas las fantasías eruditas a que ha dado lugar el famoso libro y, sobre todo, la leyenda de su antigüedad fabulosa, porque todo lo anónimo y sin fecha, todo lo que carece de historia, gravita por natural instinto a la prehistoria y es un error ingenuo y explicable el que lleva a atribuir al narrador la longevidad de las cosas que cuenta.

Las mil y una noches narran historias muy antiguas que confinan con la prehistoria de la Humanidad; pero ellas mismas, como ya hemos visto, son jóvenes, siglos más jóvenes que el Mahabharata y la Ilíada y el Hitopadesa y están formándose todavía, por el genio de un pueblo joven, cuando ya las literaturas clásicas de Occidente se están descomponiendo, cual las lenguas en que fueron escritas. Schahrasad es una niña que cuenta historias de abuela. Pero por ser una niña puede contar esas historias antiguas, que ha leído en libros viejos u oído de labios de viejas nodrizas, y que ella refiere con dejos de abuela.

Schahrasad no improvisa ni inventa; es solo una recontadora, y sus noches son una colección de analectas incoherentes; ningún plan definido las une ni tampoco ningún orden las encadena, salvo el broche nocturno. Solo se trata en ellas de ir ganando noches a la muerte, de pasar el tiempo.

Hay una despreocupación típicamente arábiga en ese indolente desorden, en esa falta de plan, que no se nota en obras más antiguas de otros pueblos, como el hindú y el griego. La Ilíada, la Odisea tienen un plan, un argumento y un personaje central. En el Hitopadesa sabemos desde el principio de qué se trata: de la educacíón de los hijos del racha Dudarschana por una junta de sabios pedagogos que preside el venerable y docto pandit Vischnuscharman.

En Las mil y una noches no hay plan preciso, concreto, con principio y desenlace lógico.

El libro puede terminar donde se quiera. Por ejemplo, al descubrir los dos reyes misóginos, por el episodio con el efrit y la joven rapsoda, que la infidelidad de las mujeres es universal y no son ellos los únicos cornudos del mundo. La obra podría tener entonces un final filosófico-humorístico, con el consuelo de ambos hermanos y su conformidad panglossiana. Y ese seria el final que un griego le habría dado.Pero también podría tener por final la reacción erótico-homicida de ambos hermanos, más en consonancia con la psicología oriental.

De ambos modos, el libro está ya todo él en esos cuentos primeros que, al1rascender a la literatura occidental, formaron un solo argumento en las adaptaciones de los italianos.

Pero los rapsodas árabes no se avienen a abreviar así el número de sus noches y continúan la historia, con el segundo argumento de la curación psíquica del rey Schahriar por el tratamiento literario de la joven Schahrasad, y en ello se advierte una inferencia del libro bíblico de Esther y aun de Judith: la intervención redentora de la mujer. Schahrasad salvaría a las mujeres vindicándolas en el concepto del rey con el ejemplo de su discreción, su honestidad y sus virtudes.

Ese podría ser otro argumento; pero entonces no debería Schahrasad incluir en el número de las historias que cuenta al rey esas anécdotas de carácter libertino y hasta pornográfico en que se pone de resalte la lascivia, falsedad y, en una palabra, toda las marrullerías de las mujeres. Historias como las que se cuentan en las que comienzan con la del Rey Uarduján (Noches 494 a 506), por ejemplo, representan una in- congruencia dentro de ese segundo plan de la obra.

Esta no tiene unidad, ni siquiera en lo de dar remate a la misión redentora de la heroína, pues es lo más probable que el perdón que el rey concede a Schahrasad sea un aditamento, un pegote muy posterior, y que, como en la versión de Trébutien, el rey Schahriar, aburrido de oír historias, mandase cortar el cuello a la marisabidilla narradora.

Toda esa incoherencia es perfectamente árabe y está de acuerdo con la psicología de ese pueblo, nómada por naturaleza, que va de un lado a otro, plantando y levantando sus tiendas de campaña, y de igual modo arma y desarma el tinglado de sus historias; historias de una noche, que borra la claridad del día.

Nada más contraroo a su genio que la estabilidad y la permanencia. Y esa psicologia de esquizofrénico se refleja en su literatura.

El árabe nómada y mercader es siempre un transeúnte, que da y recibe, y sigue adelante, en busca de nuevas aventuras y logros. Y lo mismo recoge en los puntos por donde pasa mercancías que historias y poemas, y todo lo junta y mezcla en sus bagajes. Por eso en los libros que compone hay de todo revuelto: leyenda, historia y poesía. Poesía sobre todo.

Así se explica la estructura heteróclita de este libro, hecho con retazos de todas clases y procedencias, que no ha encontrado un ordenador, un Aristarco, que le diese una apariencia coherente, al gusto occidental, como pide Burton, porque tal coordinación lógica, tan de nuestro gusto, seria contraría al gusto oriental

Por ese procedimiento sincrético y anacrónico se han formado siempre los libros del genio semita, y entre ellos el Corán; obra de creación sucesiva, ocasional, también de noches, entrecortadas e intermitentes, pues era de noche cuando el Profeta solía recibir sus inspiraciones y Gabriel le contaba también cuentos, leyendas como las de Schahrasad, entreveradas con revelaciones divinas.

Es, pues, inútil buscarle un plan ni un argumento cerrado a este libro sin guardas, en que los temas se repiten y contradicen y hay, en suma, para todos los gustos, pues eso es lo que a los árabes les gusta, aunque nos disguste a nosotros.

Y digamos que el haber seleccionado y ordenado esos cuentos en las dos partes de su versión es lo que formó el éxito de Galland, no anulado por las versiones integrales.

Podemos imaginarnos el proceso biogen ético de Las mil y una noches enteramente análogo al del Corán; lo mismo que Mahoma al escribir su libro, encontrándose los rapsodas miliunanochescos con un material ya existente que utilizaron para sus fines, y lo mismo que el Profeta, renunciaron a crear y se limitaron a recordar. Ya sabemos que el Corán es un recordatorio (tazki-ret).

Y lo mismo que el Corán, Las mil y una noches se fueron formando poco a poco, en aportaciones sucesivas, intermitentes, Ya sabemos que es aventurado fantasear; pero la fantasía, tratándose de un libro fantástico, está permitida. Y en fin de cuentas, preferible es volar, aunque sea con las alas de una mosca, a pisar tierra firme con las patas pesadas y torpes de los elefantes.

En nuestra visión personal de ese proceso gen ético, la tesis de Gaeje ocupa el primer plano: el libro bíblico de Esther, que es un cuento de noches, es el punto de partida y la motivación de este centón nocturno.

En el principio de todo hay un autor, persa o judío, que se inspira en el libro de Esther, lo recarga de pathos, agrava en adulterio el pecado de soberbia de la reina Vasti y correlativamente agrava el castigo que el rey le impone, elevando el repudio hasta la pena capital y haciendo que el monarca conciba esa misoginia homicida que a Schahriar acomete. Este no se limita, en su reacción vindicativa, a elegir otra esposa, en lugar de la repudiada, de entre las vírgenes de su reino, sino que las va gozando y matando por turno, una cada noche.

Ahí apunta ya el leit-motiv de las noches, que se cuentan por vírgenes y luego se contarán por historias. Ese mismo autor árabe o judío -¿por qué no, desde luego, judío?- combina después con el libro de Esther el otro libro bíblico de Judith e idea la introducción de Schahrasad como domadora del sanguinario rey y redentora de las mujeres amenazadas de total exterminio.

No sabemos a punto fijo con cuál de ambas figuras podemos comparar a Schahrasad, pues tiene rasgos de las dos; por su decisión y arrojo es una Judith y por su belleza y dulzura femenina una Esther. Y ya se ha insinuado la duda de si, al subir al alcázar del rey Schahriar, no llevaría la intención de matar al rey si este no se rendía al encanto de su palabra.

Todo el argumento es hasta aquí el de una haggadah talmúdica, es decir, netamente judía, y que no parece se le pudiera ocurrir a ningún árabe; corresponde a la época de elaboración talmúdica de las tradiciones de la Biblia. Y pudiera ser que Las mil y una noches cayesen dentro de ese ciclo talmúdico y se hubiesen escrito en Babilonia, alrededor del siglo V de nuestra era, es decir, un siglo antes de la aparición de Mahoma, que en su Corán recoge gran parte de esa creación de los rabies exiliados.

Elaborado ya el argumento, elegidos los personajes y localizado el drama en la Persia, solo faltaba llenar con historias esas noches, que no es forzoso suponer fueron entonces mil y una. Ese número se les impondría luego, por imitación quizá de otros libros, por el Hasar Afsanah o vaya usted a saber; acaso por el afán aumentativo propio de los autores. Puede que fuera simplemente el libro de las Noches de las noches, como El Cantar de los Cantares. Es muy posible también que en su texto original todo se desarrollase en una sola noche y una sola historia, y que la idea de prolongar unas y otras fuera obra de persas o de árabes.

Ahora bien: al conquistar los árabes islamizados la Persia, se encontrarían con ese libro o referencias de ese libro, que bien pudo desaparecer en los «lavatorios» purificadores impuestos por Omar a todos los libros antiguos de los persas, y algún escritor árabe hallase interesante el argumento y pensase en ampliarlo a impulsos del genio rapsódico de la raza, y aprovechase el marco de las noches para intercalar en él toda suerte de historias y versos.

Esta segunda labor de relleno resultaba muy fácil, por la abundancia de elementos, narrativos principalmente, legendarios en la literatura pehlevi, en la que ya existía la nebulosa poética de donde luego se desprendieron esos astros del Schah-Némeh y el Iskandar-Námeh; todos esos minutos y tradiciones poéticas que irradiaban de la India y se concentraban en esa Persia de la Caldea y Asiria antiguas, en esa Babilonia, lugar de encuentro y despedida de todos los pueblos, apenas diferenciados de entonces, que al separarse después lleváronse consigo jirones de ese patrimonio común de ancestrales recuerdos y poetizaciones de las maravillosas experiencias y emociones del hombre prehistórico.

Encontrándose, pues, los rapsodas árabes con esas historias antiquísimas, de hadas y genios, de hombres y mujeres-peces y hombres y mujeres-pájaros y de monstruos imponentes, entre bestiales y divinos, con todo ese mundo fantástico, que constituye la historia de los tiempos sin historia y refleja la interpretación mística que el hombre primitivo da a los fenómenos naturales, origen de toda emoción religiosa y poética, que en un principio han sido la misma cosa. En el principio fue la Poesía.

De esos recuerdos de las distintas épocas por que pasó el hombre prehistórico, de esas eras geológicas que hoy estudia la ciencia, de sus espantos y esperanzas ante los varios fenómenos de la Naturaleza que se presentaban en bloque imponente, de esos recuerdos difusos en aura de emoción, han surgido luego los primeros libros de carácter religioso y los grandes poemas, todos ellos ene el fondo cosmogonías, teogonías y genealogías, y entre los cuales no hay más diferencia que la que impone el Legislador –profeta, Zoroastro, Moisés- declarando a los unos sagrados y a los otros profanos. Es el caudillo de cada pueblo el que con su espada opera ese corte en esa masa homogénea de poesía.

Los primeros libros sagrados –Rig Veda-Zendavesta-Biblia- son compilaciones de leyendas, sometidas aun criterio dogmático, coordinadas y unificadas; pero al margen de ellos los grandes poemas primitivos siguen nutriéndose de esa gran galaxia difusa de que ambos se derivan.

En unos y otros libros encontramos las mismas cosas: cosmogonías y teogonías rudimentarias, recuerdos de acontecimientos memorables como las luchas del hombre con los colosales saurios y diplodocos, y su genealogía, a partir de la misma pareja. Es decir, el Génesis.

Los legisladores-profetas, como hemos dicho, son los que establecen la distinción entre amabas versiones de una misma historia, y a partir del Zendavesta, por ejemplo, toda la verdad está en ese libro y lo demás son fantasías de poetas.

Lo mismo que Zaratustra hace luego Mahoma; su Corán, que está lleno de fantasías, es la sola verdad; lo demás son delirios y sueños –achdats ahlam.

Pues bien: los rapsodas de Las mil y una noches recogen esos achdats ahlam para llenar los huecos de sus noches y toman de la tradición ariopersa esas leyendas milenarias, que son en el fondo hermanas de las que Mahoma admite en su libro. Ecos del Diluvio, de cataclismos geológicos, interpretados como castigos divinos (destrucción de Pentápolis y de Babilonia), intervenciones angélicas y demoníacas al servicio de la teología, y una escatología en que juega su principal papel el vulcanismo, así como una mitificación grandes monarcas como Alejandro Magno y Salomón; todo ello fruto común del genio ario y del genio semita, particularmente activo otra vez en esa Babilonia persa.

Todo eso constituye el fondo de donde los rapsodas miliunanochescos extraen las grandes historias del libro, las principales y las más antiguas, y que en ninguna edición faltan; solo que las mezclan con elementos de su realidad histórica y las autorizan con nombres de sus monarcas famosos, siguiendo una vez más en alto el procedimiento de Mahoma, que en su Corán confunde caprichosamente historia y leyenda. Esta es la verdadera aportación de los árabes al libro, la parte que no puede atribuirse a persas ni judíos.

Pero aún hay otro elementos que les pertenece en absoluto: todas esas silvas de anécdotas históricas o semihistóricas de la obra, que sin duda sacaron de crónicas y anales referentes a los jalifas, y ala vida de los árabes anteriores al Islam, como la Historia de las abbasies por Ibn-Kutaiba y las obras de polígrafos como Ibn-Jalikán, Al-Masûdi, etcétera.

En toda esa labor se les fueron esos tres siglos largos que los eruditos asignan a la labor de gestación del libro –del VIII al XI de la hechra-, aunque su punto de partida inicial haya que situarlo mucho más atrás, probablemente en el siglo I de la hechra, cuando las academias judías que elaboraron el Talmud estaban en plena actividad creadora.

Dígase lo que quiera, el Talmud tiene en Las mil y una noches tanta parte o más que la tradición ariopersa. Y en general, el libro árabe acusa, ya lo hemos dicho, un preceso de elaboración talmúdica.

Toda su línea inicial es semítica, no aria. Sírvenle de base los libros de Esther y Judith; empieza con un hecho pasional que nunca se les habría ocurrido a un hindú ni a un iranio y acusa un feminismo típicamente hebraico, pues son los hebreos el único pueblo oriental que siempre honró y dignificó a la mujer y el primero en abolir la degradante poligamia. Las mil y una noches siguen esa misma tendencia apologética de la mujer, por más que en él se inserten historias antifeministas, que sirven para efectos de contraste, pues también en la Biblia hay ejemplos de ello, y al lado de Débora y Judith hallamos la Dalilas enervadoras de los héroes, como las Circes griegas.

Hay que tener en cuenta también que esas historias, marcadamente antifeministas, como la de la joven raptada por el efrit y la silva concerniente a las malicias y engaños de las mujeres, son inserciones posteriores en el libro, tomadas de fuente aria la primera y la segunda de fuente persa, el famoso Libro de Sendebar.

No tienen Las mil y una noches en su origen la paladina intención didáctica de moral racional o empírica que el Calila y Dimna, con que se le ha comparado; es un libro desde el primer momento pasional, emotivo, al modo hebraico; una haggadah talmúdica, no un tratado de moral razonable, a estilo indio o griego; se encara desde luego con el fondo pasional del hombre y en ese terreno plantea el conflicto.

Hay que admitir, pues, que el primer autor es un judío o un persa o, en todo caso, un individuo ajeno al Islam, y que es el último colaborador o compilador el que le ha puesto la cabeza y el pie coránicos y lo ha islamizado retrospectivamente, hasta convertirlo en una versión profana de su libro sagrado.

Y con esa máscara islámica ha llegado hasta nosotros, pero fácil es ver que bajo ella se transparente la cara no islámica del libro y que este es, en suma, un palimpsesto de doble escritura.

Hay que atenerse a la forma actual en se nos presentan Las mil y una noches y aceptarlas como un libro árabe, escrito en árabe, y estudiar en ese respecto su lengua y estilo.


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