No creo que sea casual este entusiasmo por la obra de Arístides
Vargas, al contrario, esto responde más a la calidad
y prestancia de su discurso dramático que al simple
capricho de nosotros, un grupo de lectores. Es una sólida
dramaturgia que convence por las características
de su estructura escritural: lo que nos gusta de la escritura
es su disposición a los personajes y cómo
estos se desarrollan en el escenario. En pocas palabras,
cómo se edifican para la acción y para la
construcción de la escena, del espacio escénico.
Es curioso cuando notamos estos elementos en una obra donde
los personajes se (des)construyen, estableciendo una relación
onírica con el actor. Con el actor porque es el actor
quien debe encontrar esa postura en la lectura. La escritura
no está hecha en una forma lineal para y de convencional
identificación, sino que está hecha para que
el lector encuentre todas las posibilidades abiertas en
ella. Empiece por donde le interese al lector comenzar la
lectura. Abierta y circular es esta lectura, lo cual nos
hace recordar a la novela de preliminar a "Rayuela"
de Cortázar de Fernando Arrabal, "Baal Babilonia",
escrita antes de aquélla en la forma de libro y novela
abierta que puede ser leída por capítulos
aleatorios al antojo del lector: «Arrabal –nos
dice Ángel Berenger en el prólogo de la novela–
había ideado ya –desde su primer esbozo valenciano–
una estructura para su novela. Capítulos cortos en
los que se tejen varias 'anécdotas’ y que son
intercambiables, como demuestra su reorganización
en 1958..., admite, pues, varias lecturas....». Como
pueden notar este es un recurso que usa, aun primero que
Cortázar, el novelista Fernando Arrabal (para el
resquemor de los fanáticos de Cortázar y beneplácito
de éste). Lo mismo se aplica, no sabemos si Arístides
Vargas lo hace concientemente, a la pieza "Donde el
viento hace buñuelos". La pieza dramática
permite varias lecturas. Tenemos cuarenta y cinco escenas
para decidir, la coherencia anecdótica la impone
el actor como su principal lector que deviene de la incorporación
de signos no-verbales al texto que es en sí, y todos
lo sabemos, un signo verbal. Pero este signo verbal se vale
de la historia contemporánea de la literatura de
habla hispana para construir su discurso, siempre que esté
pensando en el actor y en una puesta en escena cónsono
a este modo de ficcionar la realidad. Por ello es que "Donde
el viento hace buñuelos" establece relación
conceptual con la otredad y lo onírico en su forma
literaria. Bien le vale al actor reconocer estas modalidades
del discurso literario antes de abordar su lectura y, posteriormente,
su representación actoral, Tiene en juego entonces
una tarea edificadora con la obra: reconstruir, desde su
lectura, el conjunto de escenas que le sean más vinculantes
a su estado emocional y de sensación por la atmósfera,
el ritmo y, finalmente, sólo finalmente, la anécdota.
Siendo así, las cuarenta y cinco escenas dispuestas
en la pieza están a la orden de aquél lector
abierto a nuevos discursos o prestarse a modalidades de
la vanguardia literaria (claro, tenemos que entender que
Fernando Arrabal escribió «Baal Babilonia»
en 1958). A partir de allí estaremos dispuestos a
innovar o mejor dicho, a descubrimos antes que innovar,
puesto que no inventamos nada. Sólo nos descubrimos....
No creo que sea casual este entusiasmo por la obra de Arístides
Vargas, al contrario, esto responde más a la calidad
y prestancia de su discurso dramático que al simple
capricho de nosotros, un grupo de lectores. Es una sólida
dramaturgia que convence por las características
de su estructura escritural: lo que nos gusta de la escritura
es su disposición a los personajes y cómo
estos se desarrollan en el escenario. En pocas palabras,
cómo se edifican para la acción y para la
construcción de la escena, del espacio escénico.
Es curioso cuando notamos estos elementos en una obra donde
los personajes se (des)construyen, estableciendo una relación
onírica con el actor. Con el actor porque es el actor
quien debe encontrar esa postura en la lectura. La escritura
no está hecha en una forma lineal para y de convencional
identificación, sino que está hecha para que
el lector encuentre todas las posibilidades abiertas en
ella. Empiece por donde le interese al lector comenzar la
lectura. Abierta y circular es esta lectura, lo cual nos
hace recordar a la novela de preliminar a "Rayuela"
de Cortázar de Fernando Arrabal, "Baal Babilonia",
escrita antes de aquélla en la forma de libro y novela
abierta que puede ser leída por capítulos
aleatorios al antojo del lector: «Arrabal –nos
dice Ángel Berenger en el prólogo de la novela–
había ideado ya –desde su primer esbozo valenciano–
una estructura para su novela. Capítulos cortos en
los que se tejen varias 'anécdotas’ y que son
intercambiables, como demuestra su reorganización
en 1958..., admite, pues, varias lecturas....». Como
pueden notar este es un recurso que usa, aun primero que
Cortázar, el novelista Fernando Arrabal (para el
resquemor de los fanáticos de Cortázar y beneplácito
de éste). Lo mismo se aplica, no sabemos si Arístides
Vargas lo hace concientemente, a la pieza "Donde el
viento hace buñuelos". La pieza dramática
permite varias lecturas. Tenemos cuarenta y cinco escenas
para decidir, la coherencia anecdótica la impone
el actor como su principal lector que deviene de la incorporación
de signos no-verbales al texto que es en sí, y todos
lo sabemos, un signo verbal. Pero este signo verbal se vale
de la historia contemporánea de la literatura de
habla hispana para construir su discurso, siempre que esté
pensando en el actor y en una puesta en escena cónsono
a este modo de ficcionar la realidad. Por ello es que "Donde
el viento hace buñuelos" establece relación
conceptual con la otredad y lo onírico en su forma
literaria. Bien le vale al actor reconocer estas modalidades
del discurso literario antes de abordar su lectura y, posteriormente,
su representación actoral, Tiene en juego entonces
una tarea edificadora con la obra: reconstruir, desde su
lectura, el conjunto de escenas que le sean más vinculantes
a su estado emocional y de sensación por la atmósfera,
el ritmo y, finalmente, sólo finalmente, la anécdota.
Siendo así, las cuarenta y cinco escenas dispuestas
en la pieza están a la orden de aquél lector
abierto a nuevos discursos o prestarse a modalidades de
la vanguardia literaria (claro, tenemos que entender que
Fernando Arrabal escribió «Baal Babilonia»
en 1958). A partir de allí estaremos dispuestos a
innovar o mejor dicho, a descubrimos antes que innovar,
puesto que no inventamos nada. Sólo nos descubrimos....
(*) Juan Manuel Martins, escritor y dramaturgo venezolano,
es director de la Editorial Ediciones Estival (Maracay-Venezuela).
Ha escrito y dirigido entre otras las siguientes obras:
Terciopelo negro, A la mitad de la iguana, Tres cabezas
muerden mejor que una, Preludio en tres autoestimas o la
vida con Edith Piaf. Entre sus publicaciones se encuentran:
Deseos de casa, Editorial la Liebre libre; Teatro y Literatura,
Editorial La Liebre libre (Recopilación de ensayos
de poetas como Eliot, Pessoa, O. Paz y Oscar Wilde en torno
al teatro); Poética para el actor, editorial The
Latino Press de Nueva York.
Colaborador de la página literaria Contenido del
Periodiquito. Ha publicado diferentes artículos en
la prensa regional, y extranjera. Colaborador en diferentes
programas de mano de actividades culturales de la región.