La imagen de segunda generación en los proyectos de Alexander Sutulov (*)

 

Ver también:
- Vida y obra: aspectos de una realidad imaginativa -
- Chile: una visión de Ultramar. Marco conceptual y fundamentos del proyecto -


Un proyecto artístico es más que el conjunto de escritos, dibujos y cálculos hechos para dar una idea de lo que será y costará una obra, tal como sucede en ingeniería o arquitectura, que es la definición, según el diccionario, de la palabra proyecto. Los proyectos de arte, que es lo que nos presenta aquí Alexander Sutulov, son una particular forma de reflexión, los que requieren de una comunidad para alcanzar su verdadero significado, valor y existencia. Proposición del artista que supera largamente cualquier afán didáctico y que establece una opción estética por algo que está por existir y que necesita del acercamiento de cada persona para que exista a la vez la oportunidad de hacerla suya. Esto, porque una idea, en el arte, no llama solamente a los saberes que la puedan hacer posible, convoca a la generosidad: a la alegría de darse más allá de los límites que se esperarían de las profesiones y los intereses particulares. Más que públicos o clientes, un proyecto de arte necesita actores.


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El proyecto artístico

En estos años de tanto poder, al proyecto artístico, que es una potencia –por eso Sutulov trabaja, junto a los viejos oficios clásicos, con tecnologías digitales que son la frontera del desarrollo hoy día–, le cuesta vivir, posiblemente por la atomización de los lenguajes y saberes; cada uno quiere reducir el plan a su propio y cerrado coto de cacería sin que exista la plasticidad para ir más allá de las propias fronteras y articularse con otros: los fragmentos impiden el total, que es nuestra crisis contemporánea. Buena parte de estos problemas viene de confundir, con demasiada facilidad, a la capacidad humana de proyectarse con el imperio todopoderoso del futuro, que se ha convertido en una exigencia despótica y ya no en una posibilidad que ilumina el presente. De ahí viene gran parte de su riqueza y renovada inmortalidad para cada y diferente periodo humano que puede ver algo en ella: el arte, por más desoladora que sea con la realidad que trate, es un reposo.

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En los pasos que Alexander Sutulov desarrolla sus proyectos destaca la plasticidad y diversidad de formas de expresión que puede alcanzar la obra y de donde viene buena parte de la riqueza para potenciarla, dependiendo de la técnica de impresión o medio que la hará visible. Esto es así porque el trabajo no termina en la imagen: simultáneamente existió una labor prolija y paciente investigando las posibles estructuras y superficies, y que se relaciona directamente con otros saberes: ingenieros, impresores, arquitectos, diseñadores tridimensionales, etc.

Los proyectos de Alexander Sutulov aquí expuestos son, tozudamente, el insistir en una posibilidad para la asociación y diálogo, dando bases para establecer un lenguaje que, sin hacer perder a los diferentes afluentes sus propias especificidades e integridades, sí pueda levantar una lengua común para conversar, para reflexionar. Por otro lado, como significado, estos proyectos interpelan a todo aquel que tiene algún poder sobre las decisiones que determinan que algo pueda existir: autoridades, financistas y técnicos. Interpelación para que se sumen como articuladores y no como dioses lejanos.

En los proyectos de Sutulov vemos recorridos humanos potenciados por un plan. El caminar de una persona ya no será el mismo si tiene la oportunidad de encontrarse con una obra de arte en su rutina. Eso buscan mostrarnos las realidades virtuales, los proyectos en tres dimensiones y planos: cómo sería un andar, un deambular, una espera, si ahí, cerca, existiera una obra de arte levantada por una comunidad. Mayor razón para que el arte nos salga al encuentro: llame nuestra atención y quizás un espacio, ese caminar, ese estar acompañado, o solo sea diferente: signifique algo.

Para el arte, para los significados, estos pueden ser tiempos de crisis, tiempos de disolución, pero el optar por un trabajo gráfico es para Sutulov una afirmación rotunda: los significados son posibles si hay comunidad, si la hacemos, si articulamos comunidad. Eso es cultura. Y los proyectos están aquí para hacer posible esa oportunidad.


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El trabajo en la creación artística

En todo proyecto los pasos son importantes, de ellos depende la fluidez y el que no se traicione una idea, además de la constante evaluación para mejorar y asegurar que el resultado final cumpla todos los criterios de excelencia. En un proyecto de arte esas mismas etapas se convierten, a la vez, en un proceso de modulación que es parte constituyente y simbólica de la obra como arte. Esto es particularmente característico de la disciplina gráfica que comenzó –hace varios años ya– a rescatar e interrogarse por los elementos que la conforman como expresión: su origen en la obra multiejemplar, la separación de colores, los procedimientos de impresión, la serie, la imagen repetida, los bocetos y planos, la fotografía y las pruebas de impresión; confluyendo, además, en este oficio en particular, todas las formas en que la imagen es elaborada, captada o procesada. Hoy son los procesos digitales, la electrografía, los programas de edición de imágenes y las redes por donde la “información” viaja, los mapas de bits y las gráficas vectorizadas. Así las cosas, ¿cuál es el soporte hoy para una obra digital? ¿El disco óptico, la impresión Iris, la pantalla del computador, la litografía, la obra virtual? Todas son posibles. Y la constante es la información. Información que es una obra de arte.

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La obra de Sutulov comienza con la búsqueda de las imágenes, algo que puede ser una investigación deliberada o un encuentro fortuito. Desde ahí cada imagen es valorada en una cantidad de relaciones que la definen: la foto que nos habla de una época, los trazos que hablan de una edad, el arte que expresa un ideal. Una vez seleccionadas o creadas, estas imágenes son digitalizadas: archivadas. Con esta meditación los medios electrónicos comienzan a ser forzados: ya no se tratará de lo que los programas puedan hacer, será lo que el artista les exige.

Desde ahí se inicia una etapa de composición, de bocetos, los que también serán digitales, para descomponerlos en los cuatro cauces de información cromática: el amarillo, el cyan, el magenta y el negro. Cada cauce, o imagen, será intervenido y compuesto con los otros al superponerlos produciendo una imagen final. Todo potenciado con la intervención del artista sobre cada uno de ellos o el total gracias a una verdadera cartografía: mapas para “entender” los cauces de las aguadas, los límites de las imágenes y sus encuentros, los recorridos de las líneas y las alturas de las luces y sombras de colores: paisajes para ser explorados, recorridos. Allí también suceden encuentros tanto planeados como fortuitos que potencian el trabajo, que lo vuelven a descubrir. Conformada la obra volverá a ser guardada, en estado latente, como un archivo digital, donde nuevamente será replanteada, reprocesada, redescubierta.

A cualquiera podría llamarle la atención que esta necesidad de diálogo que Sutulov le imprime a sus proyectos amenazara con hacer perder la integridad de una obra de arte. No hay que temer. La obra, ese archivo digital, es la integridad a la que se vuelve una y otra vez si hay dudas: se regresa a una obra y no a un boceto, es más poderosa que una simple referencia y allí descansa la entereza estética de los proyectos. Eso les permitirá moldearse de múltiples formas e, incluso, viajar por el espacio virtual: el formato digital.


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La obra frente al taller del artista

El largo trayecto de Alexander Sutulov se inicia en Concepción, para luego dar curso a un recorrido que comprendió Norteamérica, Europa y Medio Oriente. A través de este pudo establecer, durante los últimos años una serie de coordenadas y puntos cardinales relacionados con su lugar de trabajo y con la creación de su obra. Como si cada ciudad, desde lo puramente geográfico, –desde las extensas áreas boscosas de Concepción al explanado desierto en el Oeste americano–, hubiesen impulsado un proceso de documentación de imágenes y experiencias que transitoriamente han ido depositando aspectos en la obra del artista. Y esta experiencia es la que ha ido modelando el proceso de trabajo de Alexander Sutulov convirtiendo la gestación artística en un procedimiento móvil

 

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La idea del taller flotante es la de un espacio transitorio y distante: el proceso creador ya no está sujeto a la convencionalidad ni a la privación que significa el tradicional concepto de taller, donde el artista desarrolla la totalidad de su obra en un mismo espacio de trabajo. Así, ese dilatado continuo creador, es el marco en el que se han configurado los distintos factores que confluyen en las instancias y apertura del espacio, transitorio y distante. Cada etapa creativa es de carácter específico y requiere de múltiples fuentes a las que debe acudir y sintetizar para lograr su objetivo. el proceso se articula en la labor de numerosas personas de disciplinas, convergiendo desde diversas técnicas que imprimen su impronta, con experiencia y conocimiento, a lo que será la obra final. Todos ellos en diferentes lugares geográficos, lo que hace del proceso creativo una conjunción dinámica de lenguajes paralelos y transversales.

En términos generales, establece –desde la fragilidad de su concepto– un hilo conductor continuo, donde es posible determinar con exactitud el estado de avance del proyecto y obra. La rigurosidad de esta disciplina es un factor que se advierte a lo largo de la trayectoria artística de Alexander Sutulov: El dibujo, desde un principio estableció mi alfabeto, pero con el tiempo tuve la necesidad de ampliar mi gesto... el movimiento de mi brazo tenía un perímetro.

Esta idea confirma, al observarse su trabajo, la relevancia que le otorga al dibujo y al hecho de haber optado por el camino del arte digital, en particular, al conocerse las etapas que ejecuta para la creación de sus murales. Inicialmente, desarrolla su tarea a base de observaciones que se traducen en “ideas matrices” o imágenes llave, las que a nivel visual se retratan por medio del registro fotográfico. La elección de este medio, para dar cuenta de estas motivaciones visuales, se debe en gran medida, al modelo planteado por Roland Barthes, en su libro La Chambre Claire. Notes sur la photographie, donde señala: “Lo que la fotografía reproduce al infinito, únicamente ha tenido lugar una sola vez: la fotografía repite mecánicamente lo que nunca más podrá repetirse existencialmente”. Y pareciera ser ahí, donde el artista asume la seguidilla de desplazamientos mecánicos y conceptuales para configurar el archivo digital de cada obra.

Concluido el registro fotográfico, selecciona las imágenes que conformarán su imagen llave, o lo que él llama key black, acepción creada a partir del concepto “key block” –utilizado en el léxico técnico de impresión–. A partir de ellas, realizará dibujos, aguadas, texturas, entre otros, sobre películas transparentes. Todas, composiciones monocromáticas que configuran diferentes capas que actuarán como separación cromática –amarillo, cyan, magenta y negro–, y que podrán ser manipuladas al momento de introducirse en el archivo digital. Ellas serán superpuestas –al modo de una cuatricromía– para interactuar como un key black o imagen llave final. Esta dará origen a la fase que se denomina “etapa cero”, debido a la reducción cromática, compositiva y visual que se plantea al mínimo, en una total condición de austeridad productiva y que también será intervenida digitalmente.

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La importancia de alterar la obra en esta fase, está en la posibilidad de realizar diferentes estados de un mismo trabajo, pudiendo enfatizar cualquiera de los rasgos gráficos que han intervenido en el key black final. Pero ahora, como otra obra autónoma y diferente de la que le dio la información digital.

Una vez realizada la manipulación en esta etapa, se procede al registro de la imagen final, lo que da lugar a la “etapa uno” o anteproyecto. El archivo digital es información acumulada que aún no ha cobrado materialidad, no se ha traducido a una realidad tangible, para emplazamientos públicos o trabajos elaborados como ediciones multiejemplares, litografías, serigrafías, etc. Sin embargo, gracias a la realidad virtual que es posible generar a través del computador, este anteproyecto puede ser trasladado a un lugar potencial de instalación, para proyectar y evaluar el impacto que podría ofrecer allí. Esto permite analizar la viabilidad de un eventual emplazamiento público considerando factores que de otro modo no podrían ser analizados.

Es así como la computación y la técnica digital se ha transformado en la herramienta base del arte de Alexander Sutulov, que le permite confeccionar obras con infinitas posibilidades. Más aún, a través de este método se pueden lograr efectos que las técnicas gráficas tradicionales no pueden, porque sus distintos elementos no operan de manera tan eficaz en áreas como la interacción tonal y cromática en su relación aditiva y substractiva: la gráfica se define como un pensamiento en reversa: pensar primero en lo que se va a hacer último.

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La obra frente al espacio expositivo e instalatorio

Si se analiza bien, el concepto key black utilizado por Alexander Sutulov –como marca emblemática para su proyecto de obra mural–, encierra la idea de “llave maestra” como la de un mecanismo de trabajo que da la apertura a una puerta o ventana. Se entiende, en estricto lenguaje plástico, como la indagación al interior del cuadro a través de la extensión de este marco, lo que le permite acceder a un emplazamiento gráfico. Sin embargo, en el lenguaje técnico de la computación, la palabra “ventana” constituye un código de trabajo y específicamente, un programa ampliamente utilizado en nuestros días, por las más diversas disciplinas. Lo interesante de esto, es que enfrentado el usuario al computador, puede dar curso a una sumatoria de aberturas de ventanas –en este caso, archivos digitales– que le permiten navegar a través de la información de modo múltiple e infinito. Es decir, tanto en el uso del computador por parte del usuario como del artista, existe una clara actitud de enfrentar la información archivada, por medio de estas “llaves maestras”, que impiden caer en una deriva frente al vértigo de la información digital. Y en esto, Alexander Sutulov, es un claro ejemplo de ello, como un navegante entre dos aguas: la de artista y usuario, condición que lo ha llevado a reflexionar: si bien los medios electrónicos de comunicación que utilizamos hoy en día giran en torno a la difusión de la información, podemos observar que la implementación de estos mismos medios, en un plano o lenguaje plástico, adquiere valores muy distintos y a veces sorprendentes, ya que de su utilización escapan aspectos estrictamente funcionales, que puede tener un aparato electrónico determinado. Es así, como este proyecto de obra plantea la demostración de que los programas o computadores diseñados, pueden tener resultados inesperados, al darle una aplicación a un lenguaje puramente visual

Una de las mejores maneras de abordar la práctica del dibujo, en relación a la gráfica digital, es a través de la utilización del modelo key black, para explicar el uso de las imágenes que cierran la obra –desde lo cromático compositivo– y desde las cuales, se pueden sentar variaciones de la edición multiejemplar. En esos términos, key black, no sólo cierra sino también abre un cúmulo de posibilidades creativas, desde el carácter multiejemplar que funda en la imagen, la transitoriedad y fragmentación de su concepto. La raíz constructiva de esa idea se encuentra en la condición equidistante y central que establece los puentes de unión entre el archivo digital y las distintas formas y técnicas de impresión. Así, la obra digital de Alexander Sutulov lleva la conducción desde lo creativo y constitutivo a la vitalidad y versatilidad de este modelo de trabajo.

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De lo anterior se desprende el deseo de establecer modalidades de interacción, trabajo y exhibición con otras disciplinas profesionales, pero también la de hacer extensiones expositivas con otras latitudes. En este sentido, Oriente se configura como la piedra angular del concepto key black, además de proponer una obra equidistante en las más diversas áreas del conocimiento humano.

En este marco de dialécticas constructivas para el proyecto de obra mural, la reflexión elaborada en 1919 por Oskar Schlemmer viene a introducir algunas consideraciones sobre el trabajo plástico en su dimensión de emplazamiento: “Mis cuadros son más bien tablas que escapan del marco, para integrarse en el muro y llegar a formar parte de una superficie mayor, de un espacio mayor que ellos mismos; esta parte de una arquitectura pensada, deseable, se halla condensada en ellos, comprimida en algo de menores proporciones, que sería la forma y la ley de su entorno. En ese sentido, son las tablas de la ley”.

La ley que establece Alexander Sutulov, para el emplazamiento de sus obras murales, en nada dista de la observación de Schlemmer. Es más, asumiendo las condiciones de trabajo de este artista alemán, Alexander Sutulov trabaja con los elementos de su tiempo, siendo la gráfica digital el paradigma de acción y reflexión frente a una realidad fragmentaria, múltiple y particularmente interconectada. El hace de la obra mural un mecanismo de trabajo altamente eficiente desde el orden material, agregando a esto el concepto que hay tras cada emplazamiento, que indica su permanencia y también su exhibición transitoria. No desde el friso consagratorio del museo, sino más bien, desde el espacio público, donde la obra más que acercarse al espectador, asumiendo una de las premisas del arte moderno, se hace partícipe de la realidad arquitectónica como emplazamiento, equipamiento, etc.

Ciertamente, las investigaciones de Alexander Sutulov encaminadas por la vía de la gráfica digital y vertidas en la obra mural, recién están tomando el curso trazado. Pero no menos cierto es cómo, paulatinamente, el quiebre de los sistemas de exhibición y consumo artístico han ido dando paso a esta modalidad, donde la obra artística se ve arraigada en un entorno específico.


(*) Extraído de los catálogos de las exhibiciones Proyecto Mural Historia de la Minería Chilena (Santiago, Chile, abril de 1998) por Luis Catalán Torres y Proyecto KEY BLACK: Gráfica del Sur (Santiago, Chile, junio 1996), diálogos entre Alexander Sutulov y Carlos Navarrete.


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