Todo el mundo quiere ser Rimbaud
Por Karen Cardoza(*)

 

"Existe en la estupidez una gravedad que, mejor orientada,
podría multiplicar el número de obras maestras".
Émile Cioran

Apostillas

El ser humano sufre de una inclinación al gregarismo tan intensa, que raya con frecuencia en la enfermedad o en el vicio. Hija de los paradigmas, la conciencia colectiva busca con afán huir de la anarquía y ordenarse internamente para que cada individuo, según su ideal del mundo, pueda ubicarse y ubicar a los demás en un cajón del gavetero, le guste o no, para bien o para mal, pero sobre todo con el fin de que el caos parezca tener sentido. Dentro de esta sistemática, por supuesto, hay jerarquías. No es lo mismo, en una secundaria, estar en el grupo de los "cool" que en el de los "freaks", para usar términos de moda, un tanto juveniles y "posmodernos" como se dice hoy en día. Y aquí nos adentramos en otra rama de la sistemática colectiva: todo lo que hacemos, decimos e incluso pensamos está condicionado por los estereotipos del tiempo en que vivimos. El que se sale del cajón está mal para el resto, porque rompe con el precario orden que hemos construido para explicarnos la vida.

Claro que el mundo es distinto para cada grupo social, para cada rebaño y para cada iglesia. La palabra "trabajo" no es para un empresario lo que significa para un obrero, y dios tiene tantas caras que su ubicuidad se hace posible gracias a miles de religiones. El "intelectual" rechaza todo aquello que no huela a inteligencia. No acude a un estadio para disfrutar de un partido de fútbol sino para realizar un "análisis antropológico de las masas alienadas", y hay personas, incluso de mediana cultura, que cuando escuchan algo que no entienden disfrazan su ignorancia burlándose, callando a su interlocutor o pidiéndole que "baje de su nube". El equivocado siempre es el otro, atacamos lo que no conocemos o lo que es distinto, desde siempre, hasta siempre, mientras seamos lo que somos.

El artista -hablo del real, del honesto- ha sido siempre un incomprendido. Con frecuencia las mejores mentes se adelantan a su tiempo para que las generaciones siguientes las entierren en el fango del mito, para que las entiendan superficialmente y hagan de esa "lectura" un nuevo paradigma. Sucede con Nietzche y con Freud, con Sade y con Marx. El artista -hablo del verdadero, del intenso- es un revolucionario de su tiempo. Está más allá de los paradigmas que adocenan incautos y los llevan al redil del marasmo y la autocomplacencia. Sin embargo, no parte de la nada, recurre siempre a una tradición para renovarla, para darle continuidad y sentido.

Lo que sucede en el artista es una apropiación personal de lenguajes y visiones, de formas de expresar la realidad y la condición humana. De las múltiples lecturas del mundo, de los mundos reales e inventados, surge una mirada personal, irrepetible, única, que necesita de un lenguaje para ser transmitida. Es obvio que ese lenguaje debe ser el mejor posible, el más eficaz para comunicar intuiciones y emocionar en medio del laberinto. Porque en una visión no están las respuestas, sino las preguntas.

Todo artista pule su lenguaje, siente la necesidad de hacerlo. Se obsesiona con las imágenes, con los sonidos, con las formas, con las palabras. Hace y rehace, avanza y retrocede. No puede darse el lujo de la facilidad ni de la prisa. Ya lo decía Flaubert: "Me odio y me acuso de esta demencia de orgullo que me hace jadear en pos de la quimera". A esa obsesión de artesano, a ese conocimiento profundo de las herramientas de la propia expresión, a esa lucha tortuosa contra el lienzo, la partitura y la página en blanco, contra la piedra de la cual saldrán las formas de una nueva armonía, a esa enfermedad, se le llama oficio. Ningún artista -hablo de los auténticos, de los que importan- puede realizar su trabajo prescindiendo del oficio. Sin oficio no hay artista. El artista surge de su propio oficio.


Entre borregos te veas

Sucede que por estas fechas hay una fuerte "tendencia" a encajonar el arte que hacen los jóvenes con adjetivos fáciles e inocuos: "urbano", "posmoderno", "transgresor". Producto del análisis superficial de académicos mediocres y de pastores verborreicos de la cultura, esta sistemática pretende condicionar la creación artística de las voces nuevas del país. Pobre de aquel que no hable del "desencanto de la posguerra", de los "laberintos de la noche urbana" o que no dirija putazos a la madre del vecino o no se desnude o cague de rabia, porque se dirá de él o ella que carece de intensidad, que su propuesta es pobre y convencional, o que ha caído en las garras del anacronismo. El arte ha muerto, nos dicen algunos "antiacadémicos" que propugnan una nueva academia, esta vez la de la irresponsabilidad y la prisa, y parece que están empeñados en que su falacia se concrete.

La culpa no es sólo de ellos. Recae también en muchos artistas jóvenes que han visto en esa "tendencia" una manera de acceder al reconocimiento fácil y a espacios de presencia y de poder en el ámbito de una cultura tipo jet set, sin trabajar demasiado, disfrazando de marginalidad su pereza mental y su desconocimiento de las estructuras y lenguajes del arte. Ocurre, entonces, que en varias "voces emergentes" de la poesía guatemalteca, casi treintañeras, no se ha producido un desarrollo cualitativo de su trabajo poético a lo largo de sus tres o cuatro o cinco libros publicados. Dichos libros, para decirlo de otra manera, parecen discos malos y repetitivos, en los cuales una o dos canciones apenas rozan la posibilidad de revelarnos el misterio del mundo.

Mientras tanto, estos personajes parecen dedicar la mayor parte de su tiempo a la realización de montajes, algunos tan gastados e intrascendentes como desnudarse en público, escribir o pintar en los lugares más insólitos, casarse con animales o pasearlos como mascotas por la calle e, incluso, disfrazar de rebeldía actos políticamente correctos. Es más fácil pinchar un disco que hacer música; mucho más cómodo montar una silla gigantesca -que me recuerda mucho un monumento europeo dedicado a las víctimas de las minas terrestres- en una plaza que pintar un cuadro renovador y trascendente; es más sencillo vestirse como un poeta, actuar como se supone debe hacerlo un poeta, que luchar contra el lenguaje con la precisión de un exorcista en las largas noches del insomnio y la obsesión.

Se supone que, en un plano ideal pero irrealizable, las nuevas generaciones deben aprender de los errores de las que les precedieron. Las "voces emergentes" del arte guatemalteco y salvadoreño heredaron la improvisación y el provincianismo de sus antecesoras, aunque se disfracen de modernidad a través de fiestas "rave" y cortes de pelo de vanguardia. Pero, sobre todo, heredaron el sistema de influencias e hipocresía que eleva la mediocridad y la astucia a la categoría de vacas sagradas para el usufructo de oportunidades y espacios exiguos. Para que todo este marasmo subsista, ha sido creado un aparato oculto de alabanzas mutuas y acaparamiento de protagonismo. El que no tenga la suerte de pertenecer a un corrillo más o menos reconocido está fuera de toda consideración. Se descalifica al que no está en la "onda" de lo que se llama vanguardia en estos días. Se empiezan a erigir los ídolos, las banderas de una generación sin asideros.


Al mal viaje darle prisa

La idea de que al arte está muerto surge de artistas como Marcel Duchamp, quien buscó renovar la tradición plástica presentando como esculturas piezas industriales fuera de su contexto. El ready made de Duchamp, equivocado o no, pretendía encontrar nuevos caminos expresivos; es decir, quería renovar una tradición que al mismo tiempo renueva a la obra de arte. Por ello llamaba esculturas a sus trabajos. No podía abstraerse, ningún artista puede aunque diga lo contrario, del largo camino recorrido por generaciones de pintores y escultores. Todo movimiento reconstruye al anterior. Es imposible partir de la nada, porque todo es acumulación y desafío.

Pero algo sucede a partir de la segunda mitad del siglo XX: la repetición de una idea. El arte pop de Warhol, por ejemplo, es una redundancia del concepto que dio origen a la obra de Duchamp. Y los cuadros que encarga Kostaby para firmar como propios son una derivación de las ideas de Warhol, etcétera, etcétera, etcétera. De esta manera, el mundo ha presenciado hasta la saciedad un estancamiento en las formas de expresar la realidad. Los tentáculos de la abulia se han extendido más allá de las artes visuales, han alcanzado la poesía, la música, el teatro, y han producido esos engendros que llamamos "performances" o "happenings" que son, a su vez, la reiteración de un concepto que no merece la calificación de vanguardia desde hace mucho tiempo.

El auge del "performance" responde también a generaciones cada vez más superficiales y alienadas por la cultura de masas. Hijos de la televisión, de las imágenes hechas, de la vida rápida, muchos consumidores de "performances" prefieren esa forma enlatada y sucinta de comunicación a las horas de pasión que requiere la lectura de un libro, a los años de obsesión que necesita la formación de una cultura intensa. Luego de quince minutos se van a sus casas con la sensación de haber pensado, de haber estado en contacto con un mundo que no entienden.

Existen también los lectores de ocasión. Conforman un grupo tan numeroso que las editoriales han puesto sus ojos ávidos en ellos para aturdirlos con miles de títulos de literatura "light". Ansiosos de historias melodramáticas y optimistas, son los responsables de la fama y las cuentas bancarias de autores infaustos que dicen mentiras muy grandes acerca de la condición humana. Hacen del mundo un jardín de rosas, de la guerra un nido de héroes, del amor una cuna de mártires y de la vida una fragancia con olor rosa. Hay, además, autores que explotan el morbo de la gente, utilizan el sexo y la violencia para condimentar historias imbéciles e insulsas, aprovechando que lo escatológico también vende. Hasta la poesía nos la ofrecen enlatada: feminista, iconoclasta, amorosa, ecológica, exótica, urbana o posmoderna. Para todos los gustos y para todas las modas, que el mercado es grande.

Esta situación, que reduce la cultura a un objeto de consumo y ha ocupado décadas del pasado reciente en el mundo occidental, es relativamente nueva en Guatemala. No podía tener lugar en medio del terror y la muerte. La violencia interna del país, que pudo dar paso a una conciencia crítica de la historia y el ser guatemaltecos, derivó en la evasión y la superficialidad propia de las sociedades alienadas por el consumo. Esta generación, mi generación, me avergüenza. Aquí hasta la estupidez nos llega tarde.


El discreto encanto de las hamburguesas

Sucede que ser artista -hablo del farsante, del improvisado- está de moda entre un segmento específico de la juventud guatemalteca. Muchos jóvenes de la clase media acomodada parecen sentir un furor frente a las luces de neón del "arte urbano posmoderno". Aburridos del libre mercado, ex fresas y ex patinetos, hablando en términos de su propia sistemática, se han lanzado a la aventura de escribir en los cafés, hacer videos, montar instalaciones y "performances" o pinchar discos, todo bajo una consigna que me parece insólita: "lograr con ello un movimiento cultural sólido y permanente".

Con tal fin, organizan presentaciones y festivales donde realizan sus más disparatadas ideas. Creen, como las masas adocenadas alrededor del mundo, que el arte transmite conceptos, y empeñan una gran cantidad de materia gris para llevar a cabo representaciones que tienen que ver más con el lenguaje de la publicidad que con el del arte. Si siguiéramos sus ideas, podríamos decir que un manifestante que lleva las manos atadas en una protesta está realizando un "performance", porque quiere expresar algo, y ha realizado un montaje para comunicárnoslo. Habría, también, que buscar a los fundadores del arte vanguardista en el Libro de récords de Guiness y replantear la historia. Según estos parámetros, casi cualquier cosa puede ser considerada como una obra de arte. A cualquiera se le puede ocurrir una idea y montarla para acceder a la categoría de artista. No se requiere de oficio para hacerlo, tal vez manejar bien un par de falacias para justificar el disparate.

A mí se me ocurren ideas fabulosas: colocar en un marco los calzononcitos que usaba cuando perdí la virginidad y explicar que el espectador, al presenciar mi "obra de arte", debe buscar en su experiencia personal aquella mezcla de miedo y descubrimiento que le produjo su propia pérdida de la virginidad. O bien, vestir a mi perro con un esmoquin, invitarlo a un restaurante francés y hacer que devore, como un perro, claro, el manjar más caro del local. Se me ocurren cinco conceptos para ese montaje, y eso que no he pensado mucho. Podría salir en la prensa y conceder entrevistas para hablar sobre la audacia de mis representaciones con pose de rebelde malcriada, decir que esta sociedad es timorata e hipócrita, que lo es, pero no lo sería yo menos.

Ocurre que esto es lo que están haciendo nuestros "artistas renovadores". No escriben, no pintan, no hacen música, y cuando lo hacen escupen los resultados de su falta de disciplina y formación. Por el contrario, confunden ser artista con la pachanga y la droga, como si éstas fueran condiciones imprescindibles para formar genios precoces. Abundan los cafés y los bares a donde acuden niñitos bien a hablar de la obra de fulano, muy sólida porque se casó con una vaca, o la de zutana, artista impresionante porque siempre anda "bien peda". Así las cosas, el "arte del siglo XXI centroamericano" se respira en los antros más disímiles y variados. Ahí el snobismo campea a sus anchas entre tragos exóticos y caros, o cervezas nacionales igualmente caras. Ahí llegan hijas de papi para conquistar un "artista" y luego contarle a sus amigas que hicieron el amor con alguien intenso, no con los yupies con los que ellas se acuestan. De las afueras de la ciudad, de las zonas residenciales, llegan en sus carros para mezclarse con la plebe pensante, y luego regresan hasta la madre para investigar por internet quién es ese fulano del cual estuvieron hablando. Bukowski es dios sobre la podredumbre, aunque nadie lo lea.

El "nuevo artista" y sus séquitos discriminan a los otros, piensan que la generalidad es estúpida, que vive en una superficialidad de la que ellos se han salvado. Dicen estar más allá de las apariencias, pero les preocupa demasiado con quién se juntan. En el mundo que han construido importa, como en otros ámbitos, cómo te llamás, qué hacés y qué contactos tenés. Preguntan por tu nueva obra, por tu próximo libro como otros preguntan por tu nuevo carro o por tu nueva casa. En suma, son como los "fresas" pero con características un poco, sólo un poco, distintas. Están los "populares" y los "pobres tontos" que les envidian y quieren acceder a su mundo. En lugar de discotecas tienen fiestas rave. Se visten y peinan según las reglas de una moda alternativa y hablan distinto y acuden a sus ídolos y sus altares.

No estoy en contra de la vida intensa, que quede bien claro, pero ésta no es suficiente para el nacimiento del artista. No estoy en contra de que haya cafés y bares que ofrezcan una oferta de diversión diferente, pero son eso y no centros culturales. Que la gente se divierta y baile y haga lo que quiera, ésa es una bendición en medio del desierto, pero que no confunda el sebo con la manteca, que no se engañe ni engañe a los demás. Mientras tanto, un nuevo parque de diversiones iza sus banderas en una pequeña calle de la zona cuatro, por dignidad espero que le quiten la máscara de distrito cultural. No aporta nada al arte de este país, pero es un negocio interesante. Dicen que cada cual merece el cielo o el infierno que ha soñado.


Epílogo

La rabia y la rebeldía son puntas de lanza para toda generación joven. Han producido obras maestras que dignifican el tortuoso oficio de estar con vida. Sin embargo, son espontáneas, no admiten la impostura ni la superficialidad. Un artista escandaliza a la sociedad de manera natural, no porque lo busque racionalmente para encontrar adeptos o para ganar reconocimiento. El artista busca expresar el mundo, su mundo, con toda su grandeza y toda su inmundicia. Siente la necesidad de hacerlo. Es su vocación. No se es artista para escalar socialmente ni para ser famoso como pretende un triste número de "voces emergentes" en este país. Lo que pudo ser un momento de apertura y creatividad fecunda ha sido empantanado por el oportunismo y la mediocridad de una generación con prisa.

No obstante, la necesidad de reconocimiento es válida en un artista. Pero surge de otros motivos y necesidades. Nace de la urgencia por sobrevivir, del privilegio de poder comer gracias al oficio que se ha elegido como opción de vida. Parte de la dignidad y del destino. De eso a buscar el éxito fácil porque sí, porque se quiere ser importante, hay abismos, barrancos, hoyos negros. Es la distancia entre el artista y el farsante.

Toda obra de arte es un lenguaje y una estructura. Hay que saber cómo ejecutarla más allá de la inspiración. Todo el mundo tiene una historia o una vida que contar. Pero no cualquiera puede escribir un cuento o una novela memorable, aunque la historia sea buena. El poema no puede quedarse en la catarsis. Ahora mismo estoy pensando en imágenes hermosas, pero no puedo pintarlas, ni siquiera puedo montar las que son más reales y fotografiarlas porque no sé manejar una cámara ni lograr la composición, el ángulo y los efectos de luz y sombra de la estructura mental que he construido. Se requiere de oficio para el arte, a la rabia se le añade el compromiso de una vocación continua y permanente.

Esta generación, mi generación, ha presentado hasta el momento más carencias que aciertos. Su juventud aún le presenta dos caminos: la complacencia o la honestidad. El tiempo ha demostrado ya que ningún Rimbaud salió de ella. No queda sino el camino de Flaubert: trabajo y desvelos por los años de los años. Así es la noche, y el umbral, y el resto.

 


 


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