Grito de perro. Selección de poesías
de Saúl Ibargoyen(*)

 


PERRO CON PALABRAS

Estas palabras así tan otras
empiezan con un perro.
Nuevas y ya contaminadas
palabras que traen entre hilos
y fibras de silencio
el pedazo envejecido
de este solo perro.
Porque todo animal
toda pulsación de mugre o de energía
todo pétalo todo océano
toda mínima mancha de materia
en su momento de arder o de morir
o de estallar súbitamente también envejece.
Y la edad de cada muerte es medida
por las velocidades de la sombra
al traspasar sustancias huecas
y carnes sin dolor.
Un perro pues con su mitad
de cráneo despellejado:
hormigas ansiosas
agudísimas larvas
gruesos escarabajos
lenguas de más perros
trabajaron ahí.
Hay un orden de sucios viajes
y caminos
en este mapa de huesos adelgazados
con sus líneas que separan
las regiones donde estuvieron
las maneras de ladrar
la dirección del gruñido
los mandatos del hambre
las figuras soñadas de perros oscuros
el temblor de los flancos
en calcinación.
Cada colmillo tiene todavía
negrores de grasa triturada
y el hueco del ojo absorbe
astillas de polvo incesante.
Los hijos de esta bestia familiar
tal vez huelan sus ácidas ausencias
en las arenas de las playas del Sur.
Allí otras voces empiezan a decirse
todos los trozos de un perro
que estas palabras
no pudieron nombrar.


MUERTES

Morirán tres pollos mañana
tres hijos de una gallina
tal vez inmortal.
Sus alas de dedos disueltos
estarán en tu plato
y las salsas que ensabrosen
sus muslos no serán
los sémenes del emplumado amor.
Sus pechugas partidas
no darán raíz
a un brevísimo corazón
y sus tripas despreciadas
entrarán en los ciclos
de quién sabe qué vísceras
de quién sabe qué especies.
Tres pollos morirán:
pocos desperdicios
habrán de quedar
de los huesos de su sombra
en tu plato de mañana.


ANIMALES

Colgadas de cualquier frágil almanaque
las arañas se descalzan
y empiezan a tejer
las pálidas camisas
que sudaré mañana.
Y en el piso
de una apartadísima caverna
las cucarachas mezclan sombras
con el estiércol de dientudos pájaros:
ellas me preguntarán mañana
por qué estamos aquí.
Y las hormigas jadean
bajo la luz
de estos días inmóviles:
sus lomos crujen
como cueros quemados
como escamas en ardor:
ellas recogen pedazos de mi almuerzo
y preguntarán después
por qué el sol está ahí.
Y una polvorienta polilla escarba
su camastro nupcial
debajo del calor de fatigosas sábanas:
la hambruna de sus hijas comerá
de mi piel
y nadie habrá de medir
las hilachas destruidas:
ellas no tendrán que preguntar por mí.
Y caminan los escarabajos
entre las montañas desoladas:
su planeta de excreciones
se diluye en la chirriante tempestad:
ellos dirán la pregunta
que alguien tendrá que oír
en el otro tiempo de mañana.
Y buscan las moscas
sordas sustancias ardiendo
entre platos y cuchillos y gases cotidianos:
sus cachorros blancos nacerán
de las nuevas espumas
que mis salivas propias
ayudan a engendrar:
ellos no preguntarán
por el nombre completo
de los primeros ángeles
que habrán de sufrir.
Y las fieras ladillas
construyen su picoso hogar
en las bragas perfectas
de las reinas del mundo:
cuando inicien sus irritantes cacerías
ellas tal vez quieran preguntarme
por qué mis labios
no fueron a beber allí.
Y las mariposas se rascan
las alas de ceniza:
en su hocico se acumulan
iluminados coágulos
y moléculas de hiel
y se acoplan sin hipos ni suspiros
y dejan sus huevos en sitios alquilados
y no olfatean ninguna flor:
ellas querrán preguntarme
por qué rechazo diezmos y alcabalas
y por qué cada noche sueño
que no puedo biendormir.
Y aquel mosquito que vino
desde el agrietado Sur
con uñas lastimadas
por amarga arena
con plumas desteñidas
y antenas desquiciándose
con su colmillo único
revisando mi garganta:
¿habrá de preguntarme por qué
él también debe abrazarse a estas palabras
y luego
entre nadies y desnadies
desasido y despeinado
y animalmente tan solo
nada más morir?


HOMBRE ESPERANDO

El hombre se acuesta
con sus mudas frases
trepándole por la boca.
Hay miedo en esas palabras
miedo en esa lengua
miedo en la espalda enterrándose
entre las vaciedades de la sábana
miedo en el cuerpo que no encuentra
ahora una suave sombra carnal
que lo sustente
miedo en los relojes
que se gastan
miedo en el grito que solamente
las orejas del hombre
pueden escuchar.
El hombre espera
con sus huesos imperfectos
con partículas fallecidas soltándose
y un silencio oscurísimo
fluye sin prisa
por todos los teléfonos.


RESPIRACIONES

La piel de esta bestia posible
acumula deshojadas láminas
y un hálito herrumbrado
se apega a sus raíces.
Esta piel que cruje así
entre ínfimas tormentas de sal
viene quizá
desde las primeras respiraciones
de una larva enroscándose
en sutiles gelatinas.
Un animal de las aguas
gira otra vez sobre el eje
de un cuerpo incompleto:
así prepara la disolución de su cola
el tamaño negro de sus hígados
el advenimiento de patas y pulmones.
Una atmósfera estremecida
le cierra las narices:
son burbujas y espumas sin olor
sólo son una cifra de sustancias
un ronquido un ahogo
que los aires de afuera
tendrán que beber.
Y aquella piel repite
la ausencia del oxígeno
la falta del silbido
del estertor de la queja:
aquella piel como una lengua
mezclándose ya
con un silencio de ceniza
y de canciones vacías.


CIERTAS LÁGRIMAS

Una muchacha arroja sus lágrimas
a través de los nervios negros
del teléfono.
¿Dónde ha nacido
el origen de esas aguas
desesperadas que manchan
la acidez de la sal?
Una muchacha simplemente
expulsa respiraciones floraciones
dulces mocos
y oxígenos oxidados.
Hay palabras sin alcohol
en la oreja derecha
de su nuevo corazón:
esas palabras
son casi las mismas
que usa cualquier distancia de aire
para sentarse junto al dolor
ahora cerrado de sus ojos.
Esos sonidos tienen
una silenciación que el vacío mastica
un idioma que sólo dos lenguas comprenden.
Esos sonidos soplan
sobre piel y pelos
y requemados párpados.
Una muchacha recoge sus lágrimas
como simples objetos de sales y agua
y las ordena en un rincón
de su recámara:
allí donde cruje el mundo
allí donde los ángeles
se peinan las plumas
después de orinar.


RESPIRACIÓN

El hombre respira
con su pecho de alambre:
arterias de cobre como fuego joven
venas de fierro adelgazadas
por el oxígeno negro de la asfixia
tubos obturados por mantecas de sangre
espinas huecas con su mensaje de ácidos gases
pelos de acero oscurecidos por las flemas
filamentos rígidos como coágulos de esperma
hilachas pegosteadas entre espumas y glándulas
estambres revolcados encima de sórdidos gargajos
redes de seda como calcinantes roncares.
Así se respira el hombre
enteramente
y no lo sabe
y vuelve a escribir
de espaldas a este sueño.
Y escribe y escupe y respira.


COMPOSICIÓN: “LA PRIMAVERA”

(para Víctor Hugo Quintanilla C.)

La silla blanca con sus huesos
descansa en el jardín.
Los pinares se encienden
cerca de otras playas.
Ningún árbol camina
hasta las raíces de aquí.
Una mujer y un hombre
con cada pie traspasan
el asfalto las piedras
y tocan un terregal
de costras coaguladas.
La tenue violencia
de aquel colibrí
alimentándose
de la breve flor que lo sostiene.
Otros pájaros se apartan
de la propia sombra
y debajo de una mosca destripada
la implacable primavera
empieza a burbujear.


UNA MARIPOSA MONARCA PARA ITZEL

1.

Las primeras mariposas pasan
por la sombra intocada
que derrama el aire.
Un pilar de piedras
de negror abandonado
sostiene un cauce de aguas
que el sol de las montañas devoró.
Ramas de tierra transparente
se revuelven y estallan
en trozos mínimos cansados
como un lejano fuego.
Sobre el móvil camino
los viajeros tocan
sus cambiados rostros
con dedos de piel que se quiebra.


2.

¿En qué punto central
de todas las tormentas
en qué víscera vacía
de las nubes del Norte
hubo un gesto
de vientres alargados ayuntándose?
(¿Qué restos de madres antiguas
qué residuos de padres resecos
quedaron ahí?)
¿En qué envés de una hoja
de envenenadas jugosidades
se asentó la oruga
de dientes sin término?
¿En qué huidizas fibras
de plástico o seda o cristal
dejó la crisálida
una casa hueca
para el quehacer del viento?
¿En qué átomo congelado
del tiempo
se apoyaron las seis patas oscuras
de aquella mariposa
enceguecida por las nuevas
tentaciones de la luz?
¿En qué momento de un cielo
sin ninguna palabra
aquel frágil animal
empezó el exilio circular
que así ahora alrededor
del polvoriento viajero continúa?


3.

Solamente el silencio
está aquí
posándose como un vibrante océano
en medio de los altos
bosques de este invierno.
Solamente las alas
viven y penetran
el mismo sitio de oxígeno
donde otras alas y otros nervios
desataron todos los incendios.
Solamente los abetos
fugándose hacia el rojo
las prímulas sutiles
las sabrosas azucenas
los helechos de raíz ensombrecida:
sólo sus húmedos olores
donde cada mariposa despliega
los labios agudísimos
que no cesan de beber.
Solamente una muchacha
parece estar aquí
sola en estas regiones
de antenas trituradas
y de impalpables cuerpos
que el polvo de los cerros maceró.
Solamente esta niña
que ahora camina dentro del regreso
viajera desde siempre
por los rumbos que terminan
y respiran en el mar.

EN EL JARDÍN

(para Alberto Chimal)

Voces llaman voces.
Un pueblo de nombres
se levanta.
Cada rosa consume
sus pétalos terrestres.
Un gato polvoriento
retira espinas de su piel.
El agua se disuelve
entre baldosas rojas.
Una araña prepara
su cocina traslúcida.
Hojas como cuchillos rotos
son segadas por el sol.
Un cielo sin sombras
navega en cualquier parte.
El aire desata pequeñas banderas
que son vencidas
dentro de la luz.
Un hombre escucha
que otras voces llaman
a otras voces.
Y busca entre ellas su nombre
mientras toda la boca
se deshace de sed.

LLUVIA EN COYOACÁN

(para Carlos López)

Detrás de los vidrios lastimados
por sudores de insectos
y la cagazón de suspiros y derrotas
y el previsible olvido
está la lluvia.
La lluvia disuelve carreteras de polvos volanderos
mete aquí sus uñas fabricadas por el frío
escupe sus lenguas de dragón moribundo
arrastra sus sandalias de papel en trituración
balbucea por los caños burbujas babeantes
expulsa orines y alimentos masacrados
perturba el idioma de los teléfonos
interrumpe colores luces nieblas siluetas
mezcla y entreteje sus gotas sus goterones
sus chorros sus escurrimientos
sus filtraciones sus violencias.
Y en sí misma se llueve
se salpica bebiéndose
y así se reconstruye.
Y el hombre sale de nuevo hacia la lluvia:
el paraguas es una sombra de metales negros
y envueltos y revolvidos en las ropas del día
dos montones de huesos quieren descansar.

PARA UNA MUCHACHA EN LA LLUVIA


Usted tú vos señora señoría
señorita vuesa merced doncella
sacerdotisa actriz astronauta
viuda virgen profesionista amadora
amante sirvienta sibila emperatriz
mendiga moza del partido campesina
cocinera poeta suripanta:
cada día de cada noche
he visto
cómo las lluvias
de esta desplomada ciudad
ensucian también
todo su llanto
suyo de usted
todo tu sollozar
tuyo de ti
todas vuestras
nuestras gotas
y chorros y humedades
y lágrimas.


LAPSIT EXILLA

(para Julio Ricci, in memoriam)

Sobre estas piedras
tomadas de cualquier calle
habrán de abrirse
los pasos extranjeros.
En cada suela de estos
esos aquellos pies
se acumulan sedimentos
de toses perdidas
y babas de gorriones enfermos
y lágrimas de caracoles condenados
y las migajas de un rostro
que no podremos contemplar
bajo ninguna lluvia.
Sobre cada pedazo de polvo
asentándose en estas piedras
daremos fundamento
a las letras y signos
y fechas y números que serán
la resta y la suma
de un silencio de dientes marchitos
de una sola y faltante figura
oliendo su sombra
entre las viejas playas.
Breve es cada ceniza
que forma los íntimos tejidos
de la hembra de la piedra.
El zapato extranjero
empieza a quebrarse
mientras abandona sus pasos
en los olores
de las mismas calles sin memoria.


PAX

El día es nuestro Señor:
han llegado
el reposo de la espada
la quietud de la flecha
la inocencia del misil
el frío de los fusiles
el crujido de la ceniza
el cansancio
de todas las banderas.
Señor
es nuestro el día:
en la sangre mezclada
de mujeres y gallinas
de infantas y muñecas
de hombres y caballos
caen monedas extranjeras
y trabajan los hijos
de la mosca azul.


TERCER MUNDO

(para Pilar Cabrera)

Aquel hombre sostenido
por su rostro de ciego completo
sufridamente iluminándose
en la carnal oscuridad:
¿le adjudicamos estos versos
un cuenco de arroz
unas monedas pálidas?
Aquella sirvienta
o costurera de a sesenta centavos
o hembra leprosa pariendo
o negra nada más
o puta de a una piastra
picándose las várices:
¿le ofrecemos otros versos
agua fresca en las manos
preservativos píldoras proyectos?
Aquel humano viejo
de sí mismo
mendigándose durmiéndose
en su esqueleto de piel
sin cobijas y sin sábanas:
¿le donamos más de nuestros versos
una hamaca receptiva
una almohada de pan?
Aquella niña aquel niño
destetados descomidos
despiojados desbebidos
despalabrados descosidos
vomitadores de ácidos espesos
lloradores de lágrimas lodosas
cagadores de sangroso vacío:
¿les entregamos un verso como así
unos simples lápices
una vacuna enfebrecida
un balón de colores cansadosos
una muñeca de calzones azules
un documento con la cifra
de sus cuerpos faltantes?
Aquel oscurantándose
aquella deshembrándose
aquel esqueleteándose
aquéllos éstos muy adentro
del semen de aquí
medulares selváticos impuros
costeros desérticos rurales
enciudadados desniñándose:
¿les damos a todos
estos versos todos?
¿qué carnes nuestras
les damos
qué actos qué palabras
para que venga a nos
el aire
de un cántico otro
de un distinto silencio?


AL SUR DE SEPTIEMBRE

¿Tendrá la nueva primavera
una exacta memoria
de su fecha de nacer?
¿Todo este septiembre
de los aires del Sur
se alzará con el color
de la hierba que vuelve?
¿Será el mismo gorrión
que tropieza
con las usadas plumas
colgantes de un perdido cielo?
¿Habrá una breve mariposa
encendiendo su sombra
bajo los sabores de la luz?
¿La estirada carne
de aquella lombriz
será alimento
de los dientes sombríos
que abandonó el invierno?
¿La raíz que estalla
en uñas y cuchillos
quebrará por fin
su vaso de barro?
¿Podrá orinar
la anciana tarántula roja
en su jardín
de redes desoladas?
¿Alcanzará la hora
de su almuerzo verde
el caracol que huye
con su vientre a cuestas?
¿Habrá otro musgo
otro polvo masticado
sobre los huesos del padre
solos como la altura
de un árbol?
¿Habrá pétalos
en la lengua de aquel perro
que lame sin ladridos
su claro costado?
¿En la última línea
del río de hierro
crecerán otra vez
las velas negras?
¿Habrá una muchacha
de extraña extranjería
que beba del agua de septiembre
antes de cantar?


PAISAJE DE BÚZIOS

Hormigas descansan al pie de las raíces
de las hojas amarillas.
Bocas se estiran como túneles devorantes
de una terca tierra y de una sal endurecida.
Pájaros agudizan los crujidos del aire
la gritería encharcada de salivas de mar.
Zapatos de uñas blancas modifican
las sustancias naturales de la arena.
Tenues lagartijas buscan su vivaz alimento
en medio de la luz que una llovizna sin origen traspasa.
Y ahí medusas delicadas que un cielo espeso
de astros y campanas aplasta sobre el sendero
de piedras marchitas.
Y allá rastros de rosas rasgadas como basura
fulgurante de cualquier primavera.
Y aquí figuraciones humanas encontrándose
conociendo de sí sus médulas vulgares
sus grasas desplegadas
sus fibras sombrías.


BALDOSAS

Debajo de las quietas baldosas
crecen otras montañas
y estallan las aguas sagradas
que lombrices y pájaros
alcanzan a beber.
Nada hay de silencio
en los aires que traspasan
el jardín: cada rosal
se hiere con espina propia
cada raíz desterrada
se cierra hacia sí misma
cada hoja se absorbe
con su pulmón de fuego verde.
El polvo de ahora
se trepa a otro oscurecido polvo
que proyecta sus penetraciones:
pieles telas láminas
de intocado grosor.
Todo se mueve así:
mínimas sombras destruyéndose
en la verticalidad de la luz
cifras sin imagen
de patas que susurran
tensas antenas aplicadas
al hervor que sale de la tierra.
Las quietas baldosas se afirman
en la perfección de sus fronteras.
Y la escoba de pronto
desplaza pequeños basurales
corrupciones amarillas
jugos gastados ínfimos cadáveres
que entregan su chillido final.


LIBÉLULAS

El viento salta
desde los más lejanos
verdores de la ceiba:
rompe las confusiones
de la luz:
destruye el perfecto temblor
de un vuelo transparente.
De espaldas en la alberca
la libélula
no puede gritar
los colores de su muerte:
sus quietos dientes
aún se ocupan
de un hígado de mariposa
de una leve víscera de cínife
de los muslos de un gusano
macerados por el sol.
Gotas de ceniza rodean
las alas aplacadas
los metálicos ojos
el largo vientre
de ese bicho del Diablo
capturado
por labios fangosos
y lenguas inmóviles.
En el fondo de piedras azules
se disuelven
pequeños cadáveres
como cáscaras de carne.
En los cielos
de más arriba
-bambú eucalipto palma realnadie
ve las sedosas sombras
el fulgor de las mandíbulas
las olientes cacerías
y el viejo viento
que comienza a declinar.


LADRIDOS

¿Quién es ese otro perro
que ladra
en un dialecto que nadie conoce?
¿Por qué debe echar
en los aires chirriantes
de cualquier ciudad
grito a grito los coágulos
de la última voz
de la última tribu?
¿Para qué están de pronto
detenidos los que escuchan?
¿Hacia dónde viajan o huyen
los que dicen que pueden comprender?
¿Para qué hay hombres
que levantan látigos y cuchillos
y abren oscuras campanas?
¿Para qué quiere este animal
vaciarse así
de su canción desperrada?
¿Cuál es la fuerza
que alienta en sus babas sonoras
en sus tripas besadas por la sed?
¿Qué otros perros perdidos
se extinguen
en el silencio que gime
debajo de su piel?

 

*Saúl Ibargoyen (ibarsua@infosel.net.mx) nació en Montevideo, Uruguay, en 1930. Reside desde hace muchos años en México. Es poeta, narrador, periodista y traductor. Ha publicado más de 50 libros, incluyendo antologías de la poesía latinoamericana, en colaboración con el escritor argentino Jorge Boccanera. En su obra destacan Palabra por palabra (Antología poética); Cuento a cuento (relatos completos); Soñar la muerte; La sangre interminable y Noche de espadas (Novelas); Habana 3000; Poeta poeta; Exilios; Fantoche; Basura y más poemas; Amor de todos; El llamado; Poeta en México City; Versos de poco amor, entre otros. Ha traducido a numerosos escritores portugueses, brasileros y franceses. Es editor de la Revista Mexicana de Literatura Contemporánea. Se ha desempeñado también como coordinador de talleres literarios.

 


 


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