|
"Toda obra nuestra, de nuestra América robusta,
tendrá, pues, inevitablemente el sello
de la civilización conquistadora; pero la mejorará,
adelantará y asombrará con la energía
y creador empuje de un pueblo en esencia distinto, superior
en nobles ambiciones, y si herido, no muerto. ¡Ya vive!"
José Martí
O.C. Tomo 7
La problemática de la identidad cultural en el arte
de América Latina ha sido muy cuestionada y discutida
en el pasado siglo XX. Latinoamérica, geográficamente,
está comprendida por los territorios de los países
desde México, pasando por todo Centroamérica
y el Caribe, hasta Chile y Argentina en Sur América.
La mayoría de los países de esta región
del continente comparten una serie de elementos comunes,
como las lenguas que emplean -española, portuguesa
y francesa-, de raíz latina, aunque también
se encuentran países en el que su lengua es la anglosajona.
Todos ellos comparten historia y problemas de esta parte
del mundo, y presentan características propias a
cada una de las naciones que la integran, es decir, existe
una unidad, diversidad e individualidad en esta imbricada
geografía.
Latinoamérica, en la actualidad, posee una rica
herencia cultural como resultado del proceso de mestizaje
de las razas que se han entrecruzado a lo largo de su historia,
siendo la conquista española, el comienzo de la interacción
y compenetración de sangre y culturas. Así
como el conquistador se mezcló con el indígena,
la cultura aborigen resultó permeable desde el substrato
profundo del pueblo, de sus artesanías, de su trabajo,
de su psicología, de su conducta, en fin de su modo
de ser, e impregnó toda la cultura latinoamericana.
Los conquistadores impusieron su estructura económica,
política, ideológica: de esta última,
la religión católica como columna vertebral.
Asimismo se generalizó la implantación de
la lengua castellana y portuguesa, válidas como vehículo
cultural por excelencia, forma de relación y, también,
arma del imperio. En lo concerniente al legado de África,
ésta se hizo patente a partir del sincretismo de
sus dioses con el santoral católico tradicional,
en la aparición del negro como protagonista de la
obra de arte y en la mezcla de los ritmos musicales africanos
con los europeos.
En su mayoría, las naciones latinoamericanas alcanzaron
la independencia política a comienzos del siglo XIX,
aunque las más relegadas recién lo lograron
en el siglo XX. Nuestra vida espiritual y pensamiento social
siguieron desarrollándose, predominantemente, bajo
la fuerte influencia de Europa la cual, a su vez, era arena
de lucha constante entre sostenedores de muy diferentes
ideales y aspiraciones sociales.
En la búsqueda de su identidad cultural, nuestros
pueblos no pondrán el acento en la hasta ayer buscada
semejanza con los modelos dominantes europeos, sino en los
que nos identifique. Buscamos una cultura en las que todas
esas presencias sin contraponerse se asimilen y sean el
punto de partida, la experiencia sobre la que ha de erigirse
la permanente recreación de los pueblos latinoamericanos
en la elaboración de modelos cultorológicos
autóctonos generalizadores, basados en los rasgos
tipológicos comunes de varios países. Expresados
en las palabras de nuestro Héroe Nacional José
Martí, al exponer en su artículo “Una
visita a la exposición de Bellas Artes” publicado
en la Revista Universal de México el 7 de
enero de 1876:
...No vuelvan los pintores vigorosos los ojos a
escuelas que fueron grandes porque reflejaron una época
original: puesto que pasó la época...
Copien la luz en el Xinantecatl y el dolor en el rostro
de Cuauhtemotzin... Hay grandeza y originalidad en nuestra
historia: haya vida original y potente en nuestra escuela
de pintura.
Aquí están sintetizadas concepciones medulares
que el pensamiento martiano desarrollaría sobre el
arte, en particular sobre el arte que reflejara una América
genuina, la identidad de los pueblos latinoamericanos.
La cultura latinoamericana debe seguir tomando conciencia
de sí misma, de revelar su esencia, sus parámetros
y sus cualidades sobre el fondo de otras culturas y afianzar,
cada día más, con ello, las bases de su soberanía
cultural.
El lenguaje de la cultura latinoamericana es sincrético,
se nutre de tradiciones de muchas culturas, pero su base
es la herencia europea general, asimilada y transformada.
Cual puño cerrado, la idiosincrasia cultural de los
pueblos latinoamericanos existe realmente.
***
¿Podemos hablar de arte latinoamericano a partir
del siglo XIX con la independencia de las colonias, arte
que contribuyó a construir o precisar nuestra identidad
cultural (1)?
Muy anteriormente a la centuria decimonónica ya
existen las raíces que sentarán las bases
de la identidad del arte latinoamericano, raíces
que serán apreciadas, especialmente, a partir del
momento del choque o encuentro de culturas.
Con este proceso de transculturación los conquistadores
inician una larga y incansable tarea de imposición
de sus modelos y estilos; sin embargo los indígenas
conservan y perpetúan su patrimonio cultural, principalmente,
en las creaciones artísticas, en la preferencia de
los colores puros en la cerámica y arquitectura,
en la utilización de temas de motivos fitomorfos
y zoomorfos propios de nuestro específico ámbito
natural y cultural: mazorcas de maíz, pumas, colibríes,
piñas, entre otros.
En el ámbito musical, mediante el empleo de instrumentos
como antaras -también conocidas como zampoñas
o sikus- y de quenas -flautas longitudinales sin canal de
insuflación pero con bisel- en algunas regiones,
en otras, flautas de pico longitudinales con canal de insuflación
-algunas con llamativos aditamentos que enriquecen su sonoridad-,
idiófonos -principalmente sonajeros de semillas-
y el popular tambor -conocido como mayohuacán.
La identidad del arte latinoamericano alcanza un mayor
nivel de expresión en el siglo XVIII. Algunos críticos
a los cuales nos acogemos, denominan este estilo o corriente
como “Barroco Americano”, por sus características
propias que lo diferencian del modelo europeo.
El barroco americano es propiamente ornamental, manifestándose
fundamentalmente en la arquitectura, en sus fachadas y retablos.
Sus temas decorativos son recurrentes motivos característicos
de Nuestra América, con un desarrollo evolutivo de
columnas hasta llegar a utilizar, en el virreinato de Nueva
España (México), las columnas estípites
o estípites dobles con una función decorativa.
Asimismo, en las construcciones, se ha utilizado una intensa
gama de colores logradas a través de materiales de
brillante cromatismo, como azulejos, yesería policromada
y madera estofada.
En este sentido, es menester destacar a una de las figuras
cimeras de la escultura y la arquitectura barroca americana,
Francisco Lisboa, apodado el Alejandinho,
con su conjunto arquitectónico, escultórico
y paisajístico de la iglesia del Buen Jesús
de Matosinhos en Congonhas, Minas Gerais, Brasil, incluida
en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO.
Uno de los músicos más destacados fue el
mestizo -ya plenamente americano- Manuel de Sumaya
(1684-1756), maestro de capilla de la Catedral de México,
quien logra incorporar violines, bajo y órgano a
sus villancicos. Sus obras adoptan formas semejantes a las
del barroco musical europeo, debido a las largas proporciones
de su estructura: estilo concertante, coros para abrir,
numerosas arias y corales finales, acompañamiento
orquestal con bajo continuo y textura polifónica
predominante.
En el siglo XIX, a pesar de lograrse la independencia de
los territorios latinoamericanos de las metrópolis
europeas, la burguesía naciente sigue con sus miradas
puestas en los modelos del otro lado del Atlántico
e implantan en las Academias, que se fundan a lo largo de
todo el siglo, la corriente neoclásica.
En este contexto surgen una serie de pintores criollos
autodidactas, entre los que se encuentra: José
Gil Castro (Perú), pintor de las figuras revolucionarias
de las campañas de Independencia, que utiliza el
tipo básico de retrato colonial tradicional como
vehículo de visión popular; José
Guadalupe Posada (México) y Joaquín
Pinto (Ecuador) artistas costumbristas que recogen
la vida y el ambiente de Latinoamérica reflejando
las costumbres de sus pueblos, el primero con sus dibujos,
grabados, litografías y xilografías de calaveras
-o calacas- y esqueletos utilizados como caricaturas y sátiras
de la vida social y política mexicana en alusión
a los abusos del gobierno y las intrigas políticas,
y el segundo, especialmente, con sus series de acuarelas
en las que además incluyó el modo de vida
de los indios.
De modo general, en la pintura y el grabado prevalece el
costumbrismo basado en el estudio directo de escenas típicas
y modo de vida nacional y popular. El protagonista de este
arte es el contemporáneo que vive al lado del artista
y es valorado por sus méritos reales. Gracias a los
cuadros costumbristas aparecen en el arte de este siglo
imágenes de los oprimidos. Precisamente el costumbrismo
ha sido una de las fuentes de corriente realista en la pintura
que se formó a fines del siglo XIX.
Este siglo fue, también, testigo de la creación
de instituciones importantes que contribuyeron a la organización
y promoción de la vida musical latinoamericana. La
representación de óperas y zarzuelas, conjuntos
instrumentales y orquestales, la formación de artistas
que propiciaría la vida de concierto y la preferencia
del público por el teatro lírico, caracterizaron
el quehacer artístico en el terreno institucional.
La formación del modernismo y el surgimiento de
las concepciones culturales nacionalistas de nuestra América
demandaron revaluar el pasado, apoyarse en las tradiciones
propias, en las investigaciones del folklore y los éxitos
del arte de épocas pasadas. En el siglo XX se consolida
la identidad del arte latinoamericano, arte sincrético
que refleja sus profundas y heterogéneas raíces
aborigen, europea y africana, la problemática del
contexto latinoamericano y su conciencia de sí misma,
y se proyecta hacia el mundo a través de sus valores
artísticos.
En este sentido, la idiosincrasia que reflejan las obras
de los pintores latinoamericanos que estudiaban y trabajaban
hacia 1920 en Europa fue no sólo espontánea,
sino provocada por la nostalgia, a veces inconsciente, de
la patria lejana y del deseo de su progreso. Más
tarde, ya en territorio latinoamericano, empezaron a crear
obras originales no sólo por su estilo, sino también
porque reproducían realidades y problemas de la existencia
nacional y, con frecuencia, como ocurre a los muralistas
mexicanos, porque se asemejaban por su expresión
figurativa a las formas tradicionales.
Lugar cimero del arte latinoamericano del siglo XX lo ocupa
precisamente el Muralismo Mexicano, primera escuela de pintura
de repercusión universal nacida de la Revolución
Mexicana a partir de un programa de pintura mural patrocinado
por el gobierno y administrado por el Secretario de Educación
José Vasconcelos. Figuras descollantes de esta escuela
fueron Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José
Clemente Orozco, de ideas revolucionarias, que pertenecieron
al Partido Comunista Mexicano y al Sindicato de Pintores,
Escultores y Grabadores Revolucionarios.
Justino Fernández, intelectual mexicano
del siglo XX considera a José Martí: “uno
de los antecedentes americanos de la conciencia crítica
que acabó por producir en nuestro tiempo la pintura
mural mexicana”. Incluso su figura quedó
plasmada en uno de los murales al fresco del pintor Diego
Rivera, “Sueño de una tarde dominical”,
en el Hotel del Prado en la Avenida Juárez, México.Otras
figuras importantes del arte mexicano son Frida Kahlo,
José Guadalupe Posada y el personaje popular,
la calavera Catrina.
El Muralismo Mexicano fue un movimiento artístico
de carácter indigenista que surgió tras la
Revolución Mexicana de 1910 de acuerdo con un programa
destinado a socializar el arte, y que rechazaba la pintura
tradicional de caballete realizada en la Academia, así
como cualquier otra obra procedente de los círculos
intelectuales. Proponía la producción de obras
monumentales para el pueblo en las que se retratara la realidad
mexicana, las luchas sociales y otros aspectos de su historia.
De este modo, los muralistas se convirtieron en cronistas
de la historia mexicana y del sentimiento nacionalista,
desde la antigüedad hasta el momento actual. La figura
humana y el color se convierten en los verdaderos protagonistas
de la pintura al tiempo que reivindicaban el arte indígena
como arte en sí mismo y como modelo social, "el
arte del pueblo de México es la manifestación
espiritual más grande y más sana del mundo
y su tradición indígena es la mejor de todas".
Los muralistas instauraron y defendieron el arte público,
a gran escala y de carácter monumental, de temas
históricos e indígenas, como el medio principal
de la expresión artística nacional. En la
“Declaración Social, Política y Estética”,
manifiesto del movimiento redactado por Siqueiros
plantean:
“... los creadores de belleza deben desplegar
sus mayores esfuerzos a fin de que su producción
sea de valor deológico para el pueblo y de que el
objetivo final del arte, que es actualmente una expresión
de masturbación individual, sea sólo de un
arte para todos, de educación y lucha.”
El muralismo mexicano fue uno de los fenómenos más
decisivos de la plástica contemporánea iberoamericana.
A partir de 1930 el movimiento se internacionalizó
y se extendió a otros países de América.
A finales de la década de 1950, y como consecuencia
del despertar político motivado por la agudización
de los conflictos sociales, surge en la música latinoamericana
el germen de lo que posteriormente se denominó “la
nueva canción latinoamericana”. Aunque en los
diferentes países parta de raíces distintas
y asuma sus propias peculiaridades, la nueva canción
latinoamericana presenta una característica común:
su mensaje llega a amplias masas populares.
Originada a partir de dos líneas musicales -la folklórica
y la música popular urbana- los músicos y
los poetas tenían los mismos ideales de emancipación
socioeconómica y cultural producto de la coyuntura
histórica latinoamericana. Sus integrantes componen
y cantan a la particular realidad del momento utilizando
ritmos propios de la región -samba, son, copla, merengue,
etc.-, y haciéndose acompañar desde únicamente
una guitarra criolla hasta los autóctonos instrumentos
musicales como quena, charango, tambor mayohuacán
y otros; incluyendo los tradicionales caribeños claves,
tumbadoras, bongoes, etc., y aún sumando los electrófonos
como el piano eléctrico, sintetizador y guitarra
eléctrica.
Los nombres relevantes de la nueva canción latinoamericana
son, en Chile: Violeta, Isabel y Ángel
Parra, junto al desaparecido Víctor
Jara; en Brasil: Gilberto Gil, Geraldo
Vaudré, Caetano Veloso y Chico
Buarque; en Argentina: Mercedes Sosa; en Uruguay:
Daniel Viglietti; en Venezuela: Gloria
Marín; en Perú: Tania Libertad,
entre otros.
El rumbo seguido por la creación latinoamericana
se inscribe en las llamadas técnicas de vanguardia:
potserialismo, aleatorismo, estocástica y lo concreto
y electrónico que pasaría a ser lo electroacústico.
América Latina está en vías de afirmar
una poderosa personalidad autónoma. A lo largo del
transcurso del siglo XX ha comenzado a desarrollar una óptica
propia, óptica que corresponde al hombre de un continente
que, formando parte del mundo entero, muestra ciertas particularidades
y rasgos específicos. Dentro de este proceso de autoconciencia,
Cuba toma nota vigorosa y creadora de sus raíces
latino africanas.
En este contexto se alza la vanguardia plástica
cubana, movimiento considerado como renovador, de oposición
y reafirmación nacional, que se nutre de la vanguardia
europea y latinoamericana.
El liderazgo indiscutible de esta revuelta contra el academicismo
pictórico fue Víctor Manuel, acompañado
de un grupo de pintores y escultores que desarrollaron su
obra en la décadas del ‘20 al ‘40, dentro
de los cuales se destacan: Carlos Enríquez, Eduardo
Abela, Amelia Peláez, René Portocarrero,
Rita Longa y Wifredo Lam, considerado
este último como un significativo aporte a la cultura
latinoamericana y universal.
La obra de Wifedo Lam, con su arte de
negritud, es una mezcla de la cultura china, cubana y africana,
generando como resultado una obra de bellísimo colorido,
ajena a todo convencionalismo, una composición agradable,
segura, llena de una penetrante imaginación, un gran
sentido físico y simbólico, que se debe en
gran parte, según la crítica, a la influencia
africana. Al querer analizarla se ha aludido al vudú
haitiano, a la santería africana, a los ñañigos
habaneros. En sus obras encontramos reflejada de manera
liberal elementos propios de la cultura africana, evocados
con unas pocas líneas y trazos, imbricadas con influencias
del cubismo, el surrealismo y la abstracción.
El arte de Lam reivindica una de las vertientes
de la identidad latinoamericana en la búsqueda de
sus raíces étnicas e históricas y,
por otro lado, constituye una denuncia de la opresión,
el colonialismo, el imperialismo y las injusticias sociales.
Representa la rebelión de los sojuzgados y desemboca,
naturalmente, en la protesta y en el arte comprometido con
la realidad social. Esta característica de su obra
se intensifica en los años ‘60 con un hecho
que marca la historia de América Latina, la Revolución
Cubana, y plantea con formidable elocuencia la militancia
revolucionaria haciéndola extensiva a todo el continente.
De la afirmación nacional se pasa a la afirmación
continental y tercermundista. Por otra parte, el arte político
se libera de los estrechos marcos del realismo socialista
y se expresa en todos los estilos.
| |
 |
 |
En esta etapa sobresale la nueva figuración en la
obra de Antonia Eiriz, lo surrealista en las cafeteras
y carromatos de Ángel Acosta León
y el pop art en la obra de Raúl Martínez
que nos brinda una visión del pueblo cubano en el
cuadro “Isla 70”. En la década del ‘70
comienzan a apreciarse los nuevos valores formados en la
Escuela nacional de Arte y en la Academia Nacional de San
Alejandro, los que se manifiestan según líneas
diversas en aspectos tan variados de nuestra realidad, como
los héroes, la vida cotidiana, los campesinos, los
obreros y la gente de pueblo. Entre los artistas destacan
Nelson Domínguez, Ever Fonseca y, en las
décadas siguientes, los nombres se multiplican: Tomás
Sánchez, Manuel Mendive –con su modo particular
de trasmitir nuestra raíz negra-, Zaida del Rio
–con su mirada lírica hacia los campos
de Cuba-, Arturo Montoto, Roberto Fabelo, entre
muchos otros.
Dentro de los temas fundamentales de la gráfica
en los primeros años de la Revolución se destacan
el político-ideológico, cultural e histórico.
La reafirmación política y la ampliación
de la cultura se convierten en objetivos centrales de la
gráfica. Los carteles de la Revolución Cubana
se inspiran en al pop y el pop-art.
El tema del internacionalismo fue ampliamente trabajado,
llevado a cabo por un equipo de diseñadores de la
Organización de Solidaridad con los Pueblos de Asia,
África y América Latina (OSPAAAL), dirigido
por Rottgard, y refleja nuestra solidaridad con
las luchas de liberación y de afirmación nacional
con otros pueblos. La gesta heroica del pueblo vietnamita,
constituyó el tema de varias series de sostenida
calidad, destacándose Alfonso Prieto, Faustino
Pérez, Olivio Martínez y Muñoz
Bachs.
Una de las formas en que se trabajó este tema fue
a través del contrapunto entre un elemento significativo
de la cultura tradicional del pueblo en cuestión
y el elemento contemporáneo que simboliza la lucha
armada. Ejemplo de esto es el diseño de Alfonso
Prieto en el que utiliza la figura precolombina guatemalteca
que sostiene el fusil moderno.
La represión ejercida para intentar aplastar las
fuerzas combativas y rebeldes de los países latinoamericanos
es denunciada reiteradamente a través de la gráfica.
En los diseños de este tema se utilizan, en muchos
casos, como símbolo las banderas, como el de Muñoz
Bachs con la bandera norteamericana insertada violentamente
en la panameña, adoptando la forma de la zona canalera
–“La quinta frontera”.
En lo concerniente a la música, Cuba tuvo su reflejo
de la nueva canción latinoamericana en el llamado
Movimiento de la Nueva Trova en 1972, que agrupó
a jóvenes creadores de toda la isla que compartían
una vocación de renovar la cancionística cubana.
Los máximos exponentes son Silvio Rodríguez
y Pablo Milanés, y, entre sus seguidores
se encuentran Vicente Feliú, Noel Nicola, Augusto
Blanca, Ramiro Gutiérrez, Alejandro “Virulo”
García, entre otros. A lo largo de los años
‘60 y ‘70 la nueva canción latinoamericana
logró consolidarse internacionalmente.
Fueron muchos los creadores que integraron la vanguardia
artística en Cuba protagonizada por Juan Blanco,
Leo Brouwer y Carlos Fariñas,
por sólo citar algunos representantes.
En cuanto a agrupaciones se creó el Grupo de
Experimentación Sonora del Instituto Cubano
de la Industria Cinematográfica (ICAIC), el cual
influyó internacionalmente y trascendió a
otros grupos cubanos como: Mayohuacán, Moncada,
Manguarí y Nuestra América,
los cuales dieron aportes rítmicos y melódicos
a la música cubana y contribuyeron a la divulgación
de un repertorio latinoamericano con la inclusión
de instrumentos, toques y elementos de estilo de otros pueblos
vecinos, sin excluir la recreación de lo folklórico,
hasta incorporarlo a la propia obra.
A partir de las décadas del ‘80 y ‘90
y principios del siglo XXI el arte latinoamericano ha tomado
nuevos bríos a nivel internacional, se ha re-posicionado
en el escenario mundial a través de diversas exposiciones
de artistas latinoamericanos en los principales museos y
galerías de Europa y EUA y se ha extendido al resto
del planeta, llegando a remotos sitios y culturas -como
Malasia para la obra en exposición permanente de
Nelson Domínguez-, y han cotizado a grandes
sumas obras de los principales artistas latinoamericanos
de todos los tiempos como Diego Rivera, Joaquín
Torres García, Frida Kahlo, Wifredo Lam, Fernando
Botero, entre otros, obras que reflejan para siempre
las características y el colorido del ámbito
en América Latina.
En la música los ritmos latinoamericanos han tenido
una gran aceptación a nivel mundial, países
con una gran y antiquísima tradición cultural
como Japón, China y algunos europeos han sido permeables
a la cultura latinoamericana creando orquestas salseras
y se han contagiado con el ritmo pegajoso del son el mambo,
el cha-cha-chá, entre otros, muy escuchados en cabaret,
discotecas y diversos lugares recreativos. Difundidos a
partir de la creación de Festivales Internacionales,
concursos y del propio interés de los principales
sellos discográficos a nivel mundial para la difusión
de la música del territorio latinoamericano, conllevando
a su aceptación y universalización, con características
propias que la distingue de los demás ritmos.
***
Desde las culturas precolombinas, pasando por el proceso
de transculturación hasta las últimas tendencias
de vanguardia, el arte en América Latina ha configurado
su identidad desde la dinámica de los imbricados
procesos de mestizaje cultural. La heterogénea variedad
de los componentes, en el devenir histórico, ha dado
como resultado un arte inigualable, tanto por su incomparable
riqueza estética como por el sentimiento de un continente
que abraza desde sus entrañas a todos los pueblos.
En los momentos actuales el arte latinoamericano ha sido
descubierto y proyectado hacia todas las regiones del mundo,
lo que ha provocado su resurgir contribuyendo a la consolidación
de la identidad cultural latinoamericana.
NOTAS
(1) Identidad cultural: sistema
de respuestas y valores de un grupo social determinado que
como heredero, actor y autor de su cultura, se encuentra
en capacidad de producir en un momento dado como consecuencia
de un proceso socio psicológico de diferenciación
– identificación en relación con otros
sujetos culturalmente definidos.
(*)Ruddy Toledo Micó: Licenciado
en Educación Plástica, Profesor del Departamento
de Arte de la Universidad Pedagógica José
de la Luz y Caballero en Holguín, Cuba, donde imparte
las asignaturas de Arte Latinoamericano y Apreciación
e Historia del Cine.
Mercedes Silva Pupo: Licenciada en Educación
Infantil y Educación Musical, Profesora del Departamento
de Arte de la Universidad Pedagógica José
de la Luz y Caballero donde dicta la asignatura de Música
Latinoamericana, Cubana y sus bailes.
Beatriz Bertolí Velázquez:
Licenciada en Educación Plástica, Profesora
del Departamento de Arte de la Universidad Pedagógica
José de la Luz y Caballero en la cual imparte la
asignatura de Arte Cubano.
|