Capítulo 1
LAS MENINAS
I
El pintor está ligeramente alejado del cuadro. Lanza
una mirada sobre el modelo; quizá se trata de añadir
un último toque, pero también puede ser que
no se haya dado aún la primera pincelada. El brazo
que sostiene el pincel está replegado sobre la izquierda,
en dirección de la paleta; está, por un momento,
inmóvil entre la tela y los colores. Esta mano hábil
depende de la vista; y la vista, a su vez, descansa sobre
el gesto suspendido. Entre la fina punta del pincel y el
acero de la mirada, el espectáculo va a desplegar
su volumen.
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Pero no sin un sutil sistema de esquivos. Tomando un poco
de distancia, el pintor está colocado al lado de
la obra en la que trabaja. Es decir que, para el espectador
que lo contempla ahora, está a la derecha de su cuadro
que, a su vez, ocupa el extremo izquierdo. Con respecto
a este mismo espectador, el cuadro está vuelto de
espaldas; sólo puede percibirse el reverso con el
inmenso bastidor que lo sostiene. En cambio, el pintor es
perfectamente visible en toda su estatura; en todo caso
no queda oculto por la alta tela que, quizá, va a
absorberlo dentro de un momento, cuando, dando un paso hacia
ella, vuelva a su trabajo; sin duda, en este instante aparece
a los ojos del espectador, surgiendo de esta especie de
enorme caja virtual que proyecta hacia atrás la superficie
que está por pintar. Puede vérsele ahora,
en un momento de detención, en el centro neutro de
esta oscilación. Su talle oscuro, su rostro claro
son medieros entre lo visible y l0 invisible: surgiendo
de esta tela que se nos escapa, emerge ante nuestros ojos;
pero cuando dé un paso hacia la derecha, ocultándose
a nuestra mirada, se encontrará colocado justo frente
a la tela que está pintando; entrará en esta
región en la que su cuadro, descuidado por un instante,
va a hacerse visible para él sin sombras ni reticencias.
Como si el pintor no pudiera ser visto a la vez sobre el
cuadro en el que se le representa y ver aquel en el que
se ocupa de representar algo. Reina en el umbral de estas
dos visibilidades incompatibles.
El pintor contempla, el rostro ligeramente vuelto y la
cabeza inclinada hacia el hombro. Fija un punto invisible,
pero que nosotros, los espectadores, nos podemos asignar
fácilmente ya que este punto somos nosotros mismos:
nuestro cuerpo, nuestro rostro, nuestros ojos. Así,
pues, el espectáculo que él contempla es dos
veces invisible; porque no está representado en el
espacio del cuadro y porque se sitúa justo en este
punto ciego, en este recuadro esencial en el que nuestra
mirada se sustrae a nosotros mismos en el momento en que
la vemos. y sin embargo, ¿cómo podríamos
evitar ver esta invisibilidad que está bajo nuestros
ojos, ya que tiene en el cuadro mismo su equivalente sensible,
su figura sellada? En efecto, podría adivinarse lo
que el pintor ve, si fuera posible lanzar una mirada sobre
la tela en la que trabaja; pero de ésta sólo
se percibe la trama, los montantes en la línea horizontal
y, en la vertical, el sostén oblicuo del caballete.
El alto rectángulo monótono que ocupa toda
la parte izquierda del cuadro real y que figura el revés
de la tela representada, restituye, bajo las especies de
una superficie, la invisibilidad en profundidad de lo que
el artista contempla: este espacio en el que estamos, que
somos. Desde los ojos del pintor hasta lo que ve, está
trazada una línea imperiosa que no sabríamos
evitar, nosotros, los que contemplamos: atraviesa el cuadro
real y se reúne, delante de su superficie, en ese
lugar desde el que vemos al pintor que nos observa; este
punteado nos alcanza irremisiblemente y nos liga a la representación
del cuadro.
En apariencia, este lugar es simple; es de pura reciprocidad:
vemos un cuadro desde el cual, a su vez, nos contempla un
pintor. No es sino un cara a cara, ojos que se sorprenden,
miradas directas que, al cruzarse, se superponen. Y, sin
embargo, esta sutil línea de visibilidad implica
a su vez toda una compleja red de incertidumbres, de cambios
y de esquivos. El pintor sólo dirige la mirada hacia
nosotros en la medida en que nos encontramos en el lugar
de su objeto. Nosotros, los espectadores, somos una añadidura.
Acogidos bajo esta mirada, somos perseguidos por ella, remplazados
por aquello que siempre ha estado ahí delante de
nosotros: el modelo mismo. Pero, a la inversa, la mirada
del pintor, dirigida más allá del cuadro al
espacio que tiene enfrente, acepta tantos modelos cuantos
espectadores surgen; en este lugar preciso, aunque indiferente,
el contemplador y el contemplado se intercambian sin cesar.
Ninguna mirada es estable o, mejor dicho, en el surco neutro
de la mirada que traspasa perpendicularmente la tela, el
sujeto y el objeto, el espectador y el modelo cambian su
papel hasta el infinito. La gran tela vuelta de la extrema
izquierda del cuadro cumple aquí su segunda función:
obstinadamente invisible, impide que la relación
de las miradas llegue nunca a localizarse ni a establecerse
definitivamente. La fijeza opaca que hace reinar en un extremo
convierte en algo siempre inestable el juego de metamorfosis
que se establece en el centro entre el espectador y el modelo.
Por el hecho de que no vemos más que este revés,
no sabemos quiénes somos ni lo que hacemos. ¿Vemos
o nos ven? En realidad el pintor fija un lugar que no cesa
de cambiar de un momento a otro: cambia de contenido, de
forma, de rostro, de identidad. Pero la inmovilidad atenta
de sus ojos nos hace volver a otra dirección que
ya han seguido con frecuencia y que, muy pronto, sin duda
alguna, seguir&a