Partiendo de nuestra definición de la armonía
actual, se desprende que nuestro tiempo es el más
arduo para proporcionar una teoría total y perfecta
[1],
para edificar un bajo continuo pictórico.
Los intentos resultarían en la práctica lo
mismo que las citada cucharitas de Leonardo da Vinci. De
todas maneras, sería apresurado asegurar que jamás
habrá reglas estrictas en la pintura, ni principios
como el contrapunto, ni que ellos sólo conducirían
al academicismo. La música también tiene una
gramática que, como la de todo ente vivo, se va modificando
con el tiempo, mientras se la sigue usando de apoyo como
una suerte de diccionario.
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La pintura actual se encuentra en un estadio diferente:
su liberación de la naturaleza recién está
comenzando. La utilización del color y la forma como
agentes internos ha sido casi inconsciente hasta hoy. La
composición supeditada a una gorma geométrica
ya existía en el arte antiguo (en los persas, por
ejemplo). La creación sobre una base espiritual exclusivamente
demanda un trabajo prolongado, que se inicia casi al tanteo.
Es preciso que el pintor cultive su alma y no sólo
su sentido visual, para que ella misma pueda clasificar
el color y no sea un mero receptáculo de impresiones
externas (a veces también internas) sino una fuerza
activa en la gestación de las obras.
Si hoy cortáramos completamente nuestros lazos
con la naturaleza, y por la fuerza, tomáramos el
rumbo de la libertad, bastándonos únicamente
la combinación de color puro y forma independiente,
nuestras obras serían como una corbata o una alfombra.
Para el arte la estética del color y de la forma
no es un objetivo suficiente (a pesar de lo que digan los
estetas y los naturalistas, que buscan ante todo la belleza).
Debido al desarrollo elemental de nuestra pintura, tenemos
poca capacidad aún para sentir una vivencia interior
con una composición cromática y formalmente
emancipada. Se produce, es cierto, una vibración
nerviosa (como ante otra artesanal), pero queda restringida
al ámbito nervioso porque solamente enciende débiles
vibraciones emocionales y anímicas. A pesar de todo,
si tenemos presente que el nuevo movimiento espiritual adquirió
un ritmo auténticamente vertiginoso y que incluso
la ciencia positiva, la base más sólida de
la vida espiritual humana, ha sido conducida hasta el umbral
de la disolución de la materia, podemos aseverar
que restan pocas horas para la composición pura.
Sin duda, todo ornamento es una entidad viva; posee vida
interior, pero no la entendemos (la ornamentación
antigua), o conforma un conglomerado sin lógica,
un espacio donde adultos y larvas son tratados con igualdad,
donde seres mutilados se ubican en un mismo plano con dedos,
narices y ombligos independientes. Es la confusión
del caleidoscopio [2]
, perpetrada por el azar, no por el espíritu. A pesar
de la incomprensión o de su incapacidad expresiva,
el ornamento influye sobre nosotros, aunque de un modo azaroso
y sin objeto [3]
: interiormente, un ornamento oriental es diferente de un
ornamento sueco, africano o griego.
No está exenta de causa la caracterización
del dibujo de una tela estampada como alegre, triste, serio,
vivaz, etc.; los mismos atributos son utilizados generalmente
por los músicos para interpretar una pieza (allegro,
serios, grave, vivace, etc.). Quizás el ornamento
sugiera su tiempo a la naturaleza (los artesanos modernos
toman sus motivos de los campos y los bosques). Pero incluso
cuando se admita que en los mejores ornamentos no hubo otra
fuente que la naturaleza, las formas y colores naturales
no fueron utilizados sólo externamente, antes bien
como símbolos que hoy resultan casi jeroglíficos,
tornados tan incomprensibles que no conocemos cómo
dilucidar su valor interno. Por ejemplo, un dragón
chino, que en su figura ornamental guarda gran parte de
su cuerpo original, nos causa impresión tan escasa,
que solemos tolerarlo tranquilamente en comedores y dormitorios,
como a un mantel bordado de margaritas.
Tal vez, en la cumbre de los albores de nuestro tiempo,
emerja una nueva ornamentación, que seguramente no
tendrá por base las formas geométricas. No
obstante, en el estadio que hemos alcanzado, intentar crear
forzadamente esta ornamentación sería como
intentar abrir el capullo aún prematuro de una flor.
Aún tenemos fuertes lazos con la naturaleza externa
y todavía extraemos de ella nuestras formas. El problema
reside en cómo realizarlo, es decir, hasta dónde
es lícito que llegue nuestra libertad en la modificación
de estas formas y con qué colores pueden hacerse
combinaciones.
La libertad puede avanzar hasta donde alcance la intuición
del artista. En esta línea, es comprensible la importancia
de la preservación y el desarrollo de esa intuición.
Algunos ejemplos serán suficientes para responder
a la segunda cuestión del problema.
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El color rojo, excitante y cálido cuando se toma
en forma independiente, cambia radicalmente su valor interno
cuando deja de ser un sonido abstracto y se presenta como
atributo de una entidad, es decir, combinado con una forma
material. La combinación del rojo con ciertas formas
materiales produce diversos efectos internos, que os parecen
conocidos en virtud del efecto constante y generalmente
aislado del rojo. Combinémoslo con un cielo, una
flor, un vestido, un árbol, un rostro, un caballo.
El cielo rojo es asociado con la hora crepuscular, con el
fuego, y con otras cosas afines. El efecto es natural
(solemne, intimidante, en este caso). Pero está determinado
en buena medida por el tratamiento de los otros objetos
combinados con el cielo rojo. Si están colocados
en un contexto causal, vale decir, dotados de colores verosímiles,
el efecto natural del cielo será mayor.
Si, en cambio, estos objetos se separan de su representación
normal, debilitarán la impresión natural del
cielo, e incluso la eliminarán. Cuando se utiliza
el rojo en un rostro sucede lo mismo: el color puede representar
la emoción de la figura diseñada o ser una
iluminación particular. Estos efectos sólo
pueden ser eliminados por una fuerte abstracción
de los demás elementos del cuadro.
El rojo en un vestido es un caso diferente, ya que un
vestido puede ser de cualquier color. Aquí el rojo
estaría dando respuesta a una necesidad pictórica,
pues podría ser utilizado en forma independiente
de otros fines materiales. Existe, por supuesto, un intercambio
de efectos entre el rojo del vestido y la figura que lo
luce. Si la pintura representa, por ejemplo, una melancolía,
que se concentra en la figura vestida de rojo (por su ubicación
dentro de la composición, por su movimiento específico,
pro la semblanza del rostro, la postura de la cabeza, los
colores faciales, etc.), el rojo del vestido oficiará
como una disonancia emocional que enfatiza la melancolía
del cuadro y, particularmente, la dela figura central. Otro
color de carácter más triste arruinaría
el efecto al reducir el dramatismo [4]
. Volvemos a tropezar con el ya mencionado principio de
contraste. En este caso, el elemento dramático emergía
de la integración del rojo con el conjunto triste
de la composición, ya que el rojo aislado (es decir,
cuando se refleja en la superficie calma del espíritu)
no produce melancolía en condiciones normales [5]
. Si utilizamos el rojo en un árbol, tendremos otro
efecto. El tono básico del rojo subsistirá,
como en todos los casos anteriores, pero se le sumará
el valor emocional del otoño (ya que la palabra “otoño”
es una unidad en sí misma, como lo es todo concepto
real, abstracto, espiritual y corpóreo); el color
se fusionará totalmente con su objeto, aislando el
subtono dramático que observáramos en el uso
del rojo del vestido.
Un caballo rojo sería otro caso bien diferente.
El sonido de esta frase nominal ya nos transporta a una
atmósfera diferente. La irrealidad de un caballo
rojo exige un contexto también artificial donde situarlo.
Si éste no existiese, su efecto será el de
algo sorprendente (un efecto superficial y no artístico)
o el de una historia mal narrada [6]
(un efecto de algo sorprendente, con soportes, pero tampoco
artístico). Este caballo combinado con un paisaje
corriente, naturalista, con figuras moldeadas y trazadas
anatómicamente, produciría una disonancia
tal que ningún sentimiento podría abarcarla
y sería imposible su aleación en una unidad.
Cuando definimos la armonía actual, mostramos cómo
es y cómo puede leerse esta unidad. Podemos fragmentar
un cuadro, hundirlo en la contradicción, someterlo
a cualquier plano externo, crearlo sobre cualquier clase
de forma externa, sin modificar con ello su sentido interno.
Los elementos constitutivos de la obra no residen en lo
externo sino en la necesidad interior.
El espectador está demasiado habituado a buscar
la lógica exterior de los diversos elementos del
cuadro. La etapa materialista ha modelado en la vida y,
por ende, también en el arte, un espectador incapacitado
para enfrentarse simplemente con la obra (en especial, los
denominados críticos de arte), donde todo lo busca
(copia de la naturaleza, reconocimiento de ésta a
través del temperamento del artista, esto es, de
su temperamento, pintura, espacialización
anatomía perspectiva, ambiente externo y otros) excepto
la vida interior del cuadro y la repercusión sobre
su sensibilidad. Obnubilados por los elementos externos,
la visión espiritual del espectador no indaga el
contenido que se expresa a través de ellos. Cuando
conversamos con alguien interesados, tratamos de sumergirnos
en su alma, buscamos percibir su rostro interior, alcanzar
sus sentimientos y pensamientos profundos, sin tener presente
que el otro está utilizando palabras formadas por
letras, que éstas son sólo sonidos que necesitan
la aspiración de aire a través de los pulmones
(parte anatómica), que ocasiona una vibración
específica al expulsar el aire que contienen por
cierta posición de la lengua y los labios (parte
física) y que, por último llegan hasta el
tímpano y de allí a nuestra conciencia (parte
psicológica) produciendo cierto efecto nervioso (parte
fisiológica). Sabemos que todas estas cuestiones
son totalmente secundarias y accesorias en nuestra charla
y que lo fundamental del diálogo es la comunicación
de ideas y sensaciones. La misma actitud deberíamos
adoptar frente a la obra de arte, logrando de esta manera
el efecto profundo y abstracto de ella. Con el paso del
tiempo, llegaremos a comunicarnos a través de medios
artísticos solamente, sin necesidad de utilizar formas
prestadas del mundo exterior para la comunicación
ínterin; formas que hoy nos permiten debilitar o
enfatizar el valor interno del color y la forma utilizados.
La oposición (como la del vestido rojo en la composición
triste) puede ser muy fuerte pero debe situarse en un mismo
plano moral.
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Pero ni la existencia de este plano resuelve completamente
el problema cromático de nuestro ejemplo. Es sencillo
lograr que los objetos no naturales y sus respectivos
colores tengan el tono literario que transforma la composición
en un cuento. Como resultado, el espectador se encuentra
en una atmósfera que acepta sin trabas por ser fantástica,
y donde principia por buscar la anécdota y, más
tarde, se insensibiliza ante el efecto cromático
puro. En este caso, lo interno impera sobre lo interno,
se diluye el efecto interior directo y puro del color.
En general, el ser humano no se ve atraído por
las grandes profundidades y prefiere permanecer en la superficie
porque implica un esfuerzo menor. Es verdad que no existe
nada más profundo que la superficialidad, pero
esta profundidad es la del pantano. Por otro lado, ¿hay
otro arte que sea considerado tan trivialmente como el arte
plástico? En todos los casos, cuando el espectador
cree estar en el reino del cuento, permanece inmune a las
vibraciones más intensas del alma. Y así la
obra se distancia de su objetivo. Por lo tanto, es preciso
encontrar una forma que excluya a esa sensación del
cuento [7]
y que no sea un estorbo para el efecto puro del color. Para
lograrlo, la forma, la dinámica, el color, los objetos
de la naturaleza (real o irreal), no deben causar el efecto
de un relato lógico externamente. Por caso, cuanta
menor causalidad externa tenga la dinámica, más
puro, hondo e interior será el efecto que ocasione.
Un simple movimiento cuyo fin se ignore puede tener un
importante efecto, enigmático y solemne, que dure
mientras no se conozca su fin externo y concreto, funcionando
como un sonido puro. Un simple trabajo colectivo (la preparación
para levantar un peso), cuyo fin desconocemos, se llena
de un significado enigmático, emocionante y dramático;
nos paraliza automáticamente como la visión
o el conocimiento de la vida en otro mundo hasta que súbitamente
la ilusión se rompe al manifestarse la explicación
práctica de esa faena. En los movimientos simples,
sin motivación externa, hay un tesoro de posibilidades
infinitas. Estos casos suelen ocurrir cuando deambulamos
inmersos en ideas abstractas que nos sustraen de la vida
cotidiana y práctica. En esos momentos vemos aquellos
simples movimientos aislados de la rutina. Pero cuando recordamos
que nada misterioso puede acontecer en nuestras calles,
el interés que habíamos depositado en tal
movimiento se desvanece automáticamente: su sentido
práctico borra el sentido abstracto. En esta premisa
debería fundarse –y en efecto lo hace- la creación
de la nueva danza, que es el único medio
capaz de expresar todo el sentido y la significación
interna del movimiento en el tiempo y en el espacio. Parece
ser que el origen de la danza fue exclusivamente sexual.
Aún hoy sobrevive este elemento primigenio en las
danzas populares. La necesidad posterior de utilizar la
danza en los oficios religiosos (medio para la inspiración)
no excede el nivel de utilización práctica
del movimiento. Poco a poco, el uso práctico fue
tomando un matiz artístico, que evolucionó
a través de los siglos y dio por resultado el lenguaje
del ballet, que progresivamente pierde claridad, siendo
hoy comprensible para muy pocos. Por otro lado, el lenguaje
del ballet es demasiado inocente para los tiempos que acechan:
sólo es capaz de expresar sentimientos materiales
(amor, temor y otros); debe ser reemplazado por otro que
suscite vibraciones emocionales más sutiles. Por
esta razón los reformadores actuales de la danza
posan su vista en formas anteriores para buscar auxilio
en ellas. De esta manera surgió el lazo que ha tejido
Isadora Duncan entre la danzar griega y la danza futura.
Sus motivaciones son idénticas a las que han llevado
a los pintores a ir en busca del arte primitivo. Naturalmente,
esta etapa es de transición, tanto en la danza como
en la pintura. Impera la necesidad de crear la danzar nueva,
la danza futura; y la misma ley del uso incondicional del
sentido interno del movimiento, como elemento clave de la
danza, regirá aquí también llevándonos
a la meta. En este caso también deberá desecharse
la belleza tradicional del movimiento y considerar innecesaria
y molesta la anécdota natural (la narración,
esto es, el elemento literario). De la misma manera que
no existe en la música el sonido feo, ni
en la pintura la disonancia externa y en ambas todo sonido
o combinación de sonidos es bella (apta) cuando emerge
de la necesidad interior, pronto se estimará en la
danza el valor interno de cada movimiento y la belleza interior
reemplazará a la exterior; los movimientos feos,
que súbitamente parecen bellos, emitirán inmediatamente
una inesperada fuerza vital. Allí comienza a ver
la luz la danza del futuro.
La danza futura, ubicada en el nivel de la música
y la pintura contemporáneas, podrá realizar
automáticamente, como tercer elemento, la composición
escénica, que constituirá la primera obra
de arte monumentarl.
La composición escénica poseerá, entonces,
tres elementos:
1. El movimiento musical.
2. El movimiento pictórico.
3. La danza.
De lo expuesto acerca de la composición pictórica
se desprende lo que quiero significar con el triple efecto
del movimiento interno (esto es, la composición escénica).
Al igual que los dos elementos fundamentales de la pintura
(las formas gráfica y pictórica) viven independientemente
y se expresan con medios propios y privativos, y al igual
que la composición pictórica se produce por
la combinación de estos elementos con todas sus aptitudes
y potencialidades, así también surgirá
la composición escénica por la contribución
de los tres elementos mencionados.
Lógicamnete, el citado ejemplo de Skriabin (estimular
el efecto de un tono musical a través del efecto
del tono cromático correspondiente) es un proyecto
menor que sólo aprovecha una de las potencialidades.
A la combinación de dos elementos en la composición
escénica y a los tres elementos mencionados, podemos
agregar el uso del contraste entre elementos y la independencia
(externa) de cada uno de ellos. Arnold Schöenberg ha
utilizado en sus cuartetos este último recurso. Allí
observamos con claridad la fuerza y el sentido que adquieren
por la consonancia interior cuando se utiliza la exterior
con este fin. Soñemos con un mundo nuevo con estos
tres elementos poderosos puestos a merced de un imperativo
del arte. Debo abandonar obligadamente un desarrollo ulteior
de este asunto tan importante. El lector podrá emplear
aquí las leyes enunciadas par la pintura, y en su
espíritu surgirá nuevo reino, que penetran
en selvas oscuras, bordeando abismos insondables, hacia
altura heladas, el aventurero estará conducido firmemente
por el mismo guía: la ley de necesidad interior.
Los casos anteriormente analizados acerca del uso de un
color, de la necesidad y el significado como sonido de la
utilización de las formas naturales combinadas con
el color, señalan, en primer término, dónde
buscar el rumbo que lleva hacia la pintura; y en segundo
término, cómo y de acuerdo con qué
ley general se debe partir. El rumbo conduce a dos campos
(que hoy conllevan sendos riesgos): a la derecha encontramos
el uso abstracto y emancipado del color en una forma geométrica
(ornamentación); a la izquierda el uso más
real del color, casi inmovilizado por las formas externas,
en una forma corpórea (fantasía).
También existe (tal vez únicamente en nuestra
época) la posibilidad de ir hacia ambos límites
y llegar a franquearlos. Detrás de ellos a la derecha
encontramos (y aquí renuncio a mi sistema de esquematización)
la abstracción pura (esto es, la abstracción
superior a la forma geométrica); y a la izquierda,
el realismo puro (esto es, la fantasía máxima,
la fantasía en materia dura). Entre los dos extremos:
libertad irrefrenable, profundidad, amplitud, riqueza de
posibilidades y, más adelante, los campos de la abstracción
pura y el realismo puro. Hoy todo se encuentra a disposición
del artista por condiciones especiales. Vivimos una libertad
que sólo es concebible en los albores de una gran
época [8]
. Pero esta libertad puede ser al mismo tiempo una de las
más inmensas no libertades, puesto que todas
las potencialidades se gestan dentro y detrás de
los límites de una única raíz: del
llamado auténtico de la necesidad interior.
El arte está en un nivel superior al de la naturaleza,
esto no es una premisa nueva [9]
. Los principios nuevos nunca salen de la nada, sino que
se encuentran en una relación causal con el pasado
y el futuro.
Lo que hoy importa más es saber dónde encontrar
esos principios y hasta dónde llegar con su auxilio
en el futuro. Cabe señalar que estos principios no
deben practicarse violentamente. Cuando el artista logre
afinar su alma con este diapasón, automáticamente
sus obras adquirirán un tono concreto. La progresiva
liberación de nuestros días se desarrolla
sobre el reino de la necesidad interior que, como hemos
dicho, es en el arte la fuerza espiritual de lo objetivo.
Lo objetivo del arte hoy trata de expresarse con una tensión
bastante fuerte. Las formas temporales se dejan para que
pueda manifestarse con mayor claridad. Las formas naturales
erigen límites que con frecuencia constituyen un
estorbo para su manifestación. Hoy éstos son
desechados y se utiliza su espacio para la objetividad de
la forma-construcción de la composición. Así
se explica la inclinación, evidente en nuestros días,
hacia el hallazgo de las formas constructivas de la época.
El cubismo, una de las formas de transición, demuestra
cómo muchas veces las formas naturales se ven supeditadas
forzosamente a los fines constructivos, y cómo con
frecuencia crean escollos innecesarios.
Hoy se utiliza, en general, una construcción desnuda,
que constituye aparentemente la única posibilidad
expresiva de lo objetivo en la forma. Pero si tenemos presente
cómo hemos definido en este libro la armonía
actual, reconocemos también que el espíritu
de nuestro tiempo se halla en el campo de la construcción:
no de una construcción (geométrica) evidente,
que salta a la vista, y que es la más valiosa en
cuanto a posibilidades de expresión, sino en una
construcción velada que emana casi imperceptiblemente
del cuadro y se dirige al alma más que a los ojos.
Esta construcción velada puede estar compuesta por
formas azarosamente diseñadas sobre el lienzo, sin
lógica aparentemente; en tal caso, la falta externa
de coherencia da prueba de su existencia interna aquí
la indeterminación externa es unión interna.
Y esto respecto de la forma gráfica y de la pictórica.
Aquí se funda precisamente el futuro de la armonía
pictórica. Las formas concertadas inmotivadamente
sobre el fondo se relacionan hondamente entre sí;
relación tan específica que puede formularse
en términos matemáticos, aunque en este caso
se utilizarían más números irregulares
que regulares.
En todas las artes, la última expresión
abstracta es el número. Lógicamente, este
elemento objetivo reclama el auxilio y la colaboración
de la razón y la conciencia (conocimientos objetivos:
bajo continuo pictórico). El elemento objetivo
dará lugar a que la obra de hoy diga en el futuro
“yo soy” en vez de “yo fui”.
Capítulo VII. La obra de arte y el artista
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El artista construye misteriosamente la auténtica
obra de arte a través de una vía mística.
Aislada de él, ella toma vida propia y se constituye
en algo individual, una entidad independiente que respira
en forma autónoma y posee una existencia material
real. No es casual ni un fenómeno sin importancia
el que se mantenga inerte en el mundo espiritual, ya que
es una entidad dotada de fuerzas activas y creativas. La
obra de arte vive y actúa, influye en la constitución
de la atmósfera espiritual. Sólo puede considerarse
si es buena o mala, desde esta perspectiva interior. Si
su forma parece mala o demasiado frágil, se trata
de que es mala o frágil para ocasionar vibraciones
emocionales puras [10]
. Por otro lado, una pintura no es buena por
la precisión de sus valores (los valeurs
inexcusablemente franceses), o porque provea una división
científica entre frío y calor, sino porque
tiene una vida interior completa. Un buen dibujo es aquel
en que nada puede ser modificado en lo más mínimo
sin desarticular su vida interior, independientemente de
que se encuentre en discrepancia con la anatomía,
la botánica o cualquier otra ciencia. No es cuestión
de que el artista entre en contradicción con cierta
forma externa (casual, por lo tanto) sino de que necesite
o prescinda de esa forma tal y como existe naturalmente.
Así deben utilizarse los colores, no porque se encuentren
o no en la naturaleza con determinado matiz, sino porque
el tono elegido sea propicio o no para el cuadro. En síntesis,
el artista no solamente puede sino que debe usar las formas
del modo que le sea preciso para sus objetivos. No necesita
la anatomía ni otras ciencias, ni debe rechazar a
éstas de raíz, sólo necesita una libertad
sin barreras para elegir sus medios [11]
. Esta necesidad se funda en el derecho a la
libertad absoluta, que sería ilegal si no se fundara
a su vez en la necesidad. En el arte, el derecho a esa libertad
corresponde al mencionado plano interior moral. Este es,
en todos los ámbitos de la vida (y también
en el artístico, por lo tanto), un objetivo puro.
Subordinarse sin fin alguno a los hechos científicos
nunca es tan perjudicial como rechazarlos sin fundamentos.
El primero de los casos hace surgir la imitación
(material), útil para ciertos objetivos [12]
. El segundo produce una mentira artística
que tiene varias y desagradables consecuencias, como todo
pecado. El primer caso vacía la atmósfera
moral, la petrifica. El segundo la extermina.
La pintura es un arte, y el arte en su conjunto no implica
una creación innecesaria, de entes que se diluyen
en la nada, sino una fuerza que contribuye al desarrollo
y la sensibilización del alma humana, la cual funda
el movimiento del analizado triángulo espiritual.
El arte es el código que se comunica con el alma
de las cosas, que es para ella un pan cotidiano, imposible
de obtener de otra manera.
Si el arte no cumpliera esta obligación, dejaría
un hueco, pues no existe ningún poder que pueda tomar
su lugar [13]
. Cuando el alma humana alcance una vida más
intensa, el arte renacerá, pues el alma y el arte
se encuentran en relación mutua de efecto y perfección.
En los períodos de ideas materialista, y como consecuencia
de ellas, de ateísmo y fines exclusivamente prácticos,
que entumecen a un alma abandonada, emerge la postura acerca
de que el arte en sí no fue dad a la humanidad con
ningún objetivo preciso, sino que es gratuito;
que el arte existe sólo por el arte (L´art
pour l´art) [14]
. El lazo existente entre el arte y el alma
sobrevive como anestesiado. No obstante, pronto hay una
revancha para esta situación: el artista y es espectador
(que dialogaban espiritualmente) ya no se comprenden; este
último le da la espalda al primero o lo considera
como a un hipnotizador de destreza e imaginación
admirable.
En primer término, el artista debe tratar de modificar
la situación, asumiendo su obligación frente
al arte y frente así, abandonar la postura hegemónica
de la situación y subordinarse a designios más
altos, teniendo importantes, precisos y sagrados deberes.
Él debe educarse y sumergirse en su propio espíritu,
cuidándolo y alimentándolo de modo tal que
su talento externo tenga qué vestir y no sea como
el guante extraviado de una mano desconocida, una impostación
de mano, vacía y sin significado.
El artista debe tener qué decir, pues su deber no
es dominar la forma sino amoldarla a un contenido [15]
. El artista no es un ser con prerrogativas
en la vida, no puede existir sin deberes, está sujeto
a una labor ardua que a veces le pesa como una cruz. No
debe desconocer que todos sus actos, sufrimientos o ideas,
construyen la débil, pero también impertérrita
y poderosa materia de sus obras, y que por esa razón
no es tan libre en la vida como en el arte.
El artista, confrontado con el que no lo es, tiene tres
deberes: 1) debe retribuir el talento que le fue dado, 2)
sus actos, sentimientos e ideas, como los de los otros hombre,
deben constituir la atmósfera espiritual, purificarla
o enrarecerla, y 3) sus actos, sentimientos e ideas deben
constituir la materia de sus obras, interviniendo en esa
atmósfera espiritual. No es, como lo llamó
San Peladan, un rey con un poder inmenso, ya que su responsabilidad
también es inmensa.
Si el artista es el sacerdote de la belleza, debe perseguirla
de acuerdo con el analizado principio de su valor interior.
Sólo puede medirse la belleza con la vara de la grandeza
y la necesidad interior, que tan útil ha sido hasta
ahora.
Bello es lo que emerge de la necesidad emocional interior.
Bello será lo que sea interiormente bello [16]
.
Maeterlinck, un pionero en la composición anímica
del arte moderno que se producirá en el futuro, dice:
“No hay nada sobre la tierra que se incline con tanta
fuerza a la belleza y se embellezca con tanta sencillez
como el alma... Por ello, escasas son las almas que resisten
en la tierra a otra alma entregada a la belleza” [17]
.
Esta característica del alma es el aceite que potencia
el movimiento ascendente y progresivo del triángulo
espiritual; movimiento lento, casi imperceptible, en ocasiones
detenido aparentemente, pero constante y sin interrupciones.
NOTAS
[1] Se han hecho muchos intentos en los
que ha participado, principalmente, el paralelismo entre
la pintura y la música: Tendences Nouvelles,
Nº 35, Henri Rovel: “Les lois d´harmonie
de la peinture et de la musique sont les mémes”.
[2] Este universo caótico posee
lógicamente una vida determinada, pero en otra
esfera.
[3] El mundo representado posee un sonido
interior propio, que en realidad es necesario y ofrece
posibilidades.
[4] Es preciso no olvidar que los ejemplos
y casos analizados tienen un valor esquemático.
Todo lo que se afirma es una convención y puede
modificarse por el efecto total de la composición
o por una línea solamente. Las posibilidades
son infinitas.
[5] Repetimos que los calificativos tales
como “melancólico”, “alegre”
y otros son rudimentarios y sólo ofician de conductores
para vibraciones emocionales más sutiles y etéreas.
[6] Cuando la historia no está “traducida”
completamente, resulta como las imágenes cinematográficas
de un cuento.
[7] Tratar de evitar el ambiente de cuento
se parece a la lucha contra la naturaleza. Cuán
fácilmente la naturaleza se entromete en la obra
del que pinta en colores, aún muchas veces contra
su voluntad. ¡Más sencillo es pintarla
que luchar contra ella!
[8] Sobre esta cuestión, véase
mi artículo “Ueber die Formfrage”
en Der blaue Reiter (Verlang R. Piper & Co., 1912).
Tomando como punto de partida la obre de Henri Rousseau,
muestro cómo en nuestra época el realismo
futuro es no sólo equivalente sino también
idéntico a la abstracción.
[9] La literatura ha expresado hace tiempo
esta premisa, a través de Goethe, por ejemplo,
quien dijo: “El artista, con su espíritu
libre, está por encima de la naturaleza y puede
utilizarla en función de sus objetivos superiores...
es al mismo tiempo su dueño y su esclavo. Su
esclavo porque debe trabajar con medios terrenales para
ser comprendido; su dueño, porque subordina estos
medios a sus objetivos superiores, poniéndoles
a su servicio. El artista se dirige al mundo a través
de una totalidad que no encuentra en la naturaleza,
es el fruto de su propio espíritu, o mejor, la
inspiración de un aliento divino”. (Karl
Heinemann, Goethe, 1899). Ya en nuestros días,
Oscar Wilde escribió; “El arte comienza
donde termina la naturaleza” (De profundis). En
la pintura también encontramos estas ideas. Delacroix
decía que la naturaleza es para el artista un
diccionario y que “el realismo tendría
que definirse como antítesis del arte”
(Mein Tagebuch, Bruno Cassirer Verlang, Berlín,
1903).
[10] Las obras consideradas inmorales o
bien son totalmente incapaces de estimular cualquier
vibración emocional (y son entonces, según
nuestro análisis, antiartísticas), o bien
ocasionan una vibración emocional porque contienen
una forma justa en alguna medida. Y entonces son obras
buenas. No obstante, cuando estimulan otras vibraciones
puramente físicas (“bajas”, como
se las denomina hoy) además de la vibración
emocional, no deberíamos despreciar a la obra
sino a quien reaccione con tales sensaciones “bajas”
ante ella.
[11] Esta libertad absoluta debe fundarse
en la necesitad interior (que es honradez). Esta ley
rige no sólo para el arte sino para la vida misma,
y es la mejor defensa del verdadero superhombre contra
los mediocres.
[12] La copia de la naturaleza realizada
por un artista con vida interior nunca será una
reproducción inerte. El alma puede expresarse
también y hacerse oír de esta forma. Los
paisajes de Canaletto, por ejemplo, confrontados con
los tristemente célebres retratos de Denner (Alte
Pinakothek, Munich).
[13] Este hueco también podría
llenarse fácilmente con veneno o con la peste.
[14] Este concepto del arte es una de las
pocas filosofías idealistas que se mantienen
en períodos similares, y se erige como una rebelión
subconsciente contra el materialismo, que busca siempre
un objetivo práctico. Muestra, por otro lado,
el poder irreductible del arte y su espíritu
vivo y eterno que, aunque pueda ser envenenado, nunca
se eliminará.
[15] Debe quedar claro que me refiero a
educación espiritual y no a la necesidad de proveer
forzadamente a la obra de un contenido consciente o
de cubrir artísticamente ese contenido razonado.
Tendríamos en tal caso un producto intelectual
desprovisto de vida. Ya lo hemos dicho antes: la auténtica
obra de arte nace misteriosamente. Cuando el alma del
artista está viva no precisa una base teórica
ni intelectual. Puede manifestar algo por sí
misma, que incluso para el artista estuviera confuso
en ese momento. La voz interior del alma le señala
entonces la forma que necesita y de qué lugar
debe extraerla (de la naturaleza exterior o interior).
El artista que crea conducido por su intuición
experimenta cómo la forma elegida se torna súbitamente
inadecuada y cómo instantáneamente surge
otra más apta que reemplaza a la forma dimitida.
Böecklin dijo que las etapas previas para lograr
un objetivo con frecuencia inesperado para el propio
artista debían ser la reflexión, la construcción
y la composición. De esta manera debemos comprender
el contrapunto futuro.
[16] Esta concepción de belleza
no está relacionada, naturalmente, con la moral
externa, o aun interna, admitida generalmente, sino
con aquello que enriquece y afina el alma, incluso inmaterialmente.
Por esto en la pintura todos los colores son bellos,
ya que cualquiera ocasiona una vibración emocional,
y toda vibración enriquece el alma. Así,
todo lo que sea exteriormente feo puede ser interiormente
bello, en el arte y en la vida. Nada puede ser feo de
acuerdo con su efecto interior, esto es, en la consecuencia
del alma de los otros.
[17] De la belleza interior (K. Robert
Langewiesche Verlag, Düsseldorf y Leipzig)
Sobre lo espiritual en el arte: título original
“Uber das Geistige in der Kunsl”, Editorial
Need, Buenos Aires, 1999