Más allá de Oriente y Occidente

 

La muerte no acallará nuestra voz: Madrid - 14 de marzo de 2004  © REUTERS

 

El nacionalismo es la enfermedad y sinrazón
más destructiva de la cultura...

Friederich Nietzsche, Más allá del bien y del mal


Uno de los mayores mitos de la historia es que en la guerra hay vencedores y vencidos. Podemos decir que hay conquistadores y conquistados; invasores e invadidos; victimarios y víctimas. Pero no existen vencedores en una guerra: todos somos parte de la derrota. Todos somos víctimas del dolor, del odio. Cuando mueren inocentes, cuando se destruyen culturas, cuando se cercenan los derechos humanos no deberían existir bandos.

La guerra –resultado de la exaltación de los nacionalismos y el fanatismo- perturba a todos y cada uno como sociedad y como individuos. Voltaire escribía en su Tratado de la Tolerancia «es triste que para ser buen patriota se tenga que ser enemigo del resto de los hombres… tal es pues la condición humana: desear la grandeza del país de uno es desearles el mal a los vecinos. »

Varios pensadores como el jurista Carl Schmitt creen que la paz solamente puede mantenerse sobre la base de Estados nacionales homogéneos, con un sentimiento arraigado de patriotismo ligado por una identidad étnica y cultural que se afirma en la opresión y el desplazamiento de la población heterogénea. La única manera de lograr los preceptos de Schmitt es por medio de la exclusión del otro, negando las diferencias individuales e ideando identidades colectivas para individuos que en verdad son disímiles. Esas identidades colectivas -tan arraigadas como macro conceptos unificadores de nuestras sociedades- rehúsan la diversidad propia de las civilizaciones e individuos.

Al utilizar términos totalizantes como Occidente e Islam se reprimen las distintas identidades culturales. Se niega la coexistencia de las diversas culturas y subculturas, la existencia de los ámbitos de mediación y articulación conformados por éstas. Son nociones vagas y falaces que permiten la aniquilación del pensamiento crítico. Negación de la alteridad por medio del desconocimiento de los verdaderos movimientos intrínsecos de las culturas subalternas.

Si se pretende explicar la realidad desde la perspectiva simplificadora de una guerra entre el Islam y Occidente o un choque de civilizaciones estamos dejando de lado la dimensión histórica de las distintas culturas. Estamos relegando las infinitas variantes de hibridación cultural que se han sucedido a través de los siglos en los distintos continentes produciendo mixturas identitarias cada vez más complejas.

Pero por sobre todas las cosas estamos olvidando la historia del horror de nuestra humanidad producida por la xenofobia y el fundamentalismo –ya sea religioso, étnico, nacionalista- que ha dejado muertos inocentes en todas las culturas. Basta con nombrar algunos conflictos bélicos del siglo pasado como Rwanda y Kosovo; o incluso casos paradigmáticos de terrorismo de Estado en el franquismo español o en las dictaduras latinoamericanas.

En un artículo que lleva como título De vuelta a la razón publicado el 18 de marzo de 2004 en el periódico El País, el escritor Juan Goytisolo dice: «Todos sabemos por triste experiencia las diferencias existentes entre ser vasco, nacionalista y asesino etarra. Pero se confunde a menudo, en los medios informativos y en la calle, los términos de musulmán, de islamista y de terrorista de la nebulosa giratoria de Al Qaeda. Esta amalgama es mortífera... » Excluir al otro por medio de definiciones simplistas es dogmatizar la absolutización de las identidades grupales como bastión del proceso hegemónico de una ideología frente a la pluralidad de matrices culturales.

Desconocer que las culturas son entidades abiertas y permeables conformadas por distintos actores sociales, subjetividades con sus propias características y singularidades, en constante cambio por la propia dinámica de las sociedades y la historia, es rechazar los derechos culturales e inmanentes de cada individuo.

Asimismo cuando uno o varios grupos de fundamentalistas se muestran como los dignatarios de una identidad cultural y el resto del mundo, a falta de pensamiento crítico, cree que son los indiscutibles representantes genuinos de una cultura que le es ajena no puede surgir más que nacionalismos, odio y xenofobia.


/fvp




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