El nacionalismo es la enfermedad y sinrazón
más destructiva de la cultura...
Friederich Nietzsche, Más allá
del bien y del mal
Uno de los mayores mitos de la historia es que en la guerra
hay vencedores y vencidos. Podemos decir que hay conquistadores
y conquistados; invasores e invadidos; victimarios y víctimas.
Pero no existen vencedores en una guerra: todos somos parte
de la derrota. Todos somos víctimas del dolor, del
odio. Cuando mueren inocentes, cuando se destruyen culturas,
cuando se cercenan los derechos humanos no deberían
existir bandos.
La guerra –resultado de la exaltación de los
nacionalismos y el fanatismo- perturba a todos y cada uno
como sociedad y como individuos. Voltaire escribía
en su Tratado de la Tolerancia «es triste
que para ser buen patriota se tenga que ser enemigo del
resto de los hombres… tal es pues la condición
humana: desear la grandeza del país de uno es desearles
el mal a los vecinos. »
Varios pensadores como el jurista Carl Schmitt creen que
la paz solamente puede mantenerse sobre la base de Estados
nacionales homogéneos, con un sentimiento arraigado
de patriotismo ligado por una identidad étnica y
cultural que se afirma en la opresión y el desplazamiento
de la población heterogénea. La única
manera de lograr los preceptos de Schmitt es por medio de
la exclusión del otro, negando las diferencias individuales
e ideando identidades colectivas para individuos que en
verdad son disímiles. Esas identidades colectivas
-tan arraigadas como macro conceptos unificadores de nuestras
sociedades- rehúsan la diversidad propia de las civilizaciones
e individuos.
Al utilizar términos totalizantes como Occidente
e Islam se reprimen las distintas identidades culturales.
Se niega la coexistencia de las diversas culturas y subculturas,
la existencia de los ámbitos de mediación
y articulación conformados por éstas. Son
nociones vagas y falaces que permiten la aniquilación
del pensamiento crítico. Negación de la alteridad
por medio del desconocimiento de los verdaderos movimientos
intrínsecos de las culturas subalternas.
Si se pretende explicar la realidad desde la perspectiva
simplificadora de una guerra entre el Islam y Occidente
o un choque de civilizaciones estamos dejando de lado la
dimensión histórica de las distintas culturas.
Estamos relegando las infinitas variantes de hibridación
cultural que se han sucedido a través de los siglos
en los distintos continentes produciendo mixturas identitarias
cada vez más complejas.
Pero por sobre todas las cosas estamos olvidando la historia
del horror de nuestra humanidad producida por la xenofobia
y el fundamentalismo –ya sea religioso, étnico,
nacionalista- que ha dejado muertos inocentes en todas las
culturas. Basta con nombrar algunos conflictos bélicos
del siglo pasado como Rwanda y Kosovo; o incluso casos paradigmáticos
de terrorismo de Estado en el franquismo español
o en las dictaduras latinoamericanas.
En un artículo que lleva como título De
vuelta a la razón publicado el 18 de marzo de
2004 en el periódico El País, el
escritor Juan Goytisolo dice: «Todos sabemos por
triste experiencia las diferencias existentes entre ser
vasco, nacionalista y asesino etarra. Pero se confunde a
menudo, en los medios informativos y en la calle, los términos
de musulmán, de islamista y de terrorista de la nebulosa
giratoria de Al Qaeda. Esta amalgama es mortífera...
» Excluir al otro por medio de definiciones simplistas
es dogmatizar la absolutización de las identidades
grupales como bastión del proceso hegemónico
de una ideología frente a la pluralidad de matrices
culturales.
Desconocer que las culturas son entidades abiertas y permeables
conformadas por distintos actores sociales, subjetividades
con sus propias características y singularidades,
en constante cambio por la propia dinámica de las
sociedades y la historia, es rechazar los derechos culturales
e inmanentes de cada individuo.
Asimismo cuando uno o varios grupos de fundamentalistas
se muestran como los dignatarios de una identidad cultural
y el resto del mundo, a falta de pensamiento crítico,
cree que son los indiscutibles representantes genuinos de
una cultura que le es ajena no puede surgir más que
nacionalismos, odio y xenofobia.
/fvp