Jean Dubuffet nació en 1901 en El Havre, Francia.
A los quince años se inscribe en la Escuela de Bellas
Artes de su ciudad, y en 1918 se instala en París
para estudiar pintura en la Academia Julian, aunque sólo
asiste seis meses y, en cambio, toma clases de filosofía,
etnología, lengua, literatura y música. Pese
a su temprana vocación artística y lo fecundamente
innovador de su obra, Dubuffet no se consagra por completo
a la pintura sino tras muchas dudas y después de
haber superado los cuarenta años. Oscilando entre
la tradición familiar de producción y comercio
de vinos y su ímpetu creador, en 1933 alquila un
taller en París y realiza máscaras, marionetas
y pinturas que expone en Bélgica y Holanda. Sin embargo
recién en 1942, luego de desligarse de sus compromisos
comerciales y traspasar su negocio, decide dedicarse íntegramente
a su vocación, comenzando su prolífica trayectoria
artística.
Es uno de los precursores del art brut, tendencia
que toma como referencia la expresión plástica
popular, el arte de los niños y de los enfermos mentales,
y que aspira a una forma de creación en la que la
espontaneidad y el instinto prevalezcan sobre la razón
y la formación técnica. Del mismo modo su
incesante búsqueda a través de la experimentación
con nuevas técnicas y materiales como arena, yeso
o detritus orgánico configura su crítica tanto
a los parámetros y medios estéticos convencionales
como a la cultura establecida, y lo erige en uno de los
artistas más innovadores del panorama mundial. En
este sentido, durante la década del ‘50 la
obra de Dubuffet estará dominada por el diálogo
entre la superficie pictórica y la materia creando
series como Suelos y Terrenos, Pastas batidas,
Celebración del suelo, Texturologías,
Ensamblajes o el gran ciclo de las Materiologías.
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En 1962, en un nuevo cambio que demuestra la vitalidad
del artista ya sexagenario, Dubuffet se dedica principalmente
a la realización de esculturas y de montajes, iniciando
su serie más larga e importante, L'Hourloupe,
obra que en el transcurso de los años se proyecta
en instalaciones como Cabine Logologique y performances
como Coucou Bazar, junto a los monumentos y esculturas
característicos de este período. Durante más
de una década sus obras se pueblan de formas nacidas
del entrecruzamiento aleatorio de trazos y de unos pocos
colores elementales, células de un microcosmos caótico
que con el tiempo se materializan, primero sobre el soporte
ligero y manipulable del poliestireno expandido, más
tarde en forma de grandes esculturas, para terminar configurando
un paisaje propio en el conjunto del Jardin d'hiver
-inaugurado en el parque del Museo Kroller-Müller de
Otterlo en 1974.
Además de sus esculturas y monumentos diseminados
en diversas ciudades europeas ha producido la heterogénea
colección de art brut, collages, dibujos
en formato pequeño y una cuantiosa serie de ensayos
que contienen sus reflexiones y críticas. Sus últimas
series, Miras y No-Lugares, suponen la
vuelta a la abstracción de un artista que en su exploración
pendular ha recorrido los senderos más disímiles
de la creación artística.