En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad
neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas
de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su
llamada desde el mediodía hasta las dos y media de
la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista
femenina leyó un artículo titulado «El
sexo es divertido o infernal». Lavó su peine
y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su
traje beige. Corrió un poco el botón de la
blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan
de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la
llamó, estaba sentada en el alféizar de la
ventana y casi había terminado de pintarse las uñas
de la mano izquierda.
No era una chica a la que una llamada telefónica
le produjera gran efecto. Se comportaba como si el teléfono
hubiera estado sonando constantemente desde que alcanzó
la pubertad.
Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del
esmalte se repasó una uña del dedo meñique,
acentuando el borde de la lúnula. Tapó el
frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el
aire su mano pintada, la izquierda. Con la mano seca, tomó
del alféizar un cenicero repleto y lo llevó
hasta la mesita de noche, donde estaba el teléfono.
Se sentó en una de las dos camas gemelas ya hecha
y —ya era la cuarta o quinta llamada— levantó
el auricular del teléfono.
—Diga—dijo, manteniendo extendidos los dedos
de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que
era lo único que llevaba puesto, junto con las chinelas:
los anillos estaban en el cuarto de baño.
—Su llamada a Nueva York, señora Glass—dijo
la operadora.
—Gracias—contestó la chica, e hizo
sitio en la mesita de noche para el cenicero.
A través del auricular llegó una voz de
mujer:
—¿Muriel? ¿Eres tú?
La chica alejó un poco el auricular del oído.
—Sí, mamá. ¿Cómo estás?—dijo.
—He estado preocupadísima por ti. ¿Por
qué no has llamado? ¿Estás bien?
—Traté de telefonear anoche y anteanoche.
Los teléfonos aquí han...
—¿Estás bien, Muriel?
La chica separó un poco más el auricular
de su oreja.
—Estoy perfectamente. Hace mucho calor. Este es
el día más caluroso que ha habido en Florida
desde...
—¿Por qué no has llamado antes? He
estado tan preocupada...
—Mamá, querida, no me grites. Te oigo perfectamente
—dijo la chica—. Anoche te llamé dos
veces. Una vez justo después...
—Le dije a tu padre que seguramente llamarías
anoche. Pero no, él tenía que... ¿estás
bien, Muriel? Dime la verdad.
—Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes
siempre lo mismo.
—¿Cuándo llegasteis?
—No sé... el miércoles, de madrugada.
—¿Quién condujo?
—Él—dijo la chica—. Y no te asustes.
Condujo bien. Yo misma estaba asombrada.
—¿Condujo él? Muriel, me diste tu
palabra de que...
—Mamá—interrumpió la chica—,
acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos
de ochenta en todo el trayecto, ésa es la verdad.
—¿No trató de hacer el tonto otra
vez con los árboles?
—Vuelvo a repetirte que condujo muy bien, mamá.
Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca
de la línea blanca del centro, y todo lo demás,
y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba
por no mirar los árboles... se notaba. Por cierto,
¿papá ha hecho arreglar el coche?
—Todavía no. Es que piden cuatrocientos dólares,
sólo para...
—Mamá, Seymour le dijo a papá que
pagaría él. Así que no hay motivo para...
—Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó?
Digo, en el coche y demás..
—Muy bien—dijo la chica.
—¿Sigue llamándote con ese horroroso...?
—No. Ahora tiene uno nuevo.
—¿Cuál?
—Mamá... ¿qué importancia tiene
—Muriel, insisto en saberlo. Tu padre...
—Está bien, está bien. Me llama Miss
Buscona Espiritual 1948—dijo la chica, con una risita.
—No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso.
Es horrible. Realmente, es triste. Cuando pienso cómo...
—Mamá—interrumpió la chica—,
escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro que
me mandó de Alemania? Unos poemas en alemán.
¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo
la cabeza...
—Lo tienes tú.
—¿Estás segura?—dijo la chica.
—Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está
en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y no había
sitio en la... ¿Por qué? ¿Te lo ha
pedido él?
—No. Simplemente me preguntó por él,
cuando veníamos en el coche. Me preguntó si
lo había leído.
—¡Pero está en alemán!
—Sí, mamita. Ese detalle no tiene importancia—dijo
la chica, cruzando las piernas—. Dijo que casualmente
los poemas habían sido escritos por el único
gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber
comprado una traducción o algo así. O aprendido
el idioma... nada menos...
—Espantoso. Espantoso. Es realmente triste... Ya
decía tu padre anoche...
—Un segundo, mamá—dijo la chica. Se
acercó hasta el alféizar en busca de cigarrillos,
encendió uno y volvió a sentarse en la cama—.
¿Mamá?—dijo, echando una bocanada de
humo.
—Muriel, mira, escúchame.
—Te estoy escuchando.
—Tu padre habló con el doctor Sivetski.
—¿Sí?—dijo la chica.
—Le contó todo. Por lo menos, eso me dijo,
ya sabes cómo es tu padre. Los árboles. Ese
asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a
la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que
hizo con esas fotos tan bonitas de las Bermudas... ¡Todo!
—¿Y...?—dijo la chica.
—En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen
que el ejército lo hubiera dado de alta del hospital.
Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay una posibilidad,
una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda
por completo la razón. Te lo juro.
—Aquí, en el hotel, hay un psiquiatra —dijo
la chica.
—¿Quién? ¿Cómo se llama?
—No sé. Rieser o algo así. Dicen que
es un psiquiatra muy bueno.
—Nunca lo he oído nombrar.
—De todos modos, dicen que es muy bueno.
—Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos
muy preocupados por ti. Lo cierto es que... anoche tu padre
estuvo a punto de enviarte un telegrama para que volvieras
inmediatamente a casa...
—Por ahora no pienso volver, mamá. Así
que tómalo con calma.
—Muriel, te doy mi palabra. El doctor Sivetski ha
dicho que Seymour podía perder por completo la...
—Mamá, acabo de llegar. Hace años
que no me tomo vacaciones, y no pienso meter todo en la
maleta y volver a casa porque sí—dijo la chica—.
Por otra parte, ahora no podría viajar. Estoy tan
quemada por el sol que ni me puedo mover.
—¿Te has quemado mucho? ¿No has usado
ese bronceador que te puse en la maleta? Está...
—Lo usé. Pero me quemé lo mismo.
—¡Qué horror! ¿Dónde
te has quemado?
—Me he quemado toda, mamá, toda.
—¡Qué horror!
—No me voy a morir.
—Dime, ¿has hablado con ese psiquiatra?
—Bueno... sí... más o menos...—dijo
la chica.
—¿Qué dijo? ¿Dónde estaba
Seymour cuando le hablaste?
—En la Sala Océano, tocando el piano. Ha
tocado el piano las dos noches que hemos pasado aquí.
—Bueno, ¿qué dijo?
—¡Oh, no mucho! Él fue el primero en
hablar. Yo estaba sentada anoche a su lado, jugando al bingo,
y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra
sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó
si Seymour había estado enfermo o algo por el estilo.
Entonces yo le dije...
—¿Por que te hizo esa pregunta?
—No sé, mamá. Tal vez porque lo vio
tan pálido, y yo qué sé—dijo
la chica—. La cuestión es que, después
de jugar al bingo, él y su mujer me invitaron a tomar
una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te
acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos
en el escaparate de Bonwit? Aquel vestido que tú
dijiste que para llevarlo había que tener un pequeño,
pequeñísimo...
—¿El verde?
—Lo llevaba puesto. ¡Con unas cadenas...!
Se pasó el rato preguntándome si Seymour era
pariente de esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la
avenida Madison... la mercería...
—Pero ¿qué dijo él? El médico.
—Ah, sí... Bueno... en realidad, no dijo
mucho. Sabes, estábamos en el bar. Había mucho
barullo.
—Sí, pero... ¿le... le dijiste lo
que trató de hacer con el sillón de la abuela?
—No, mamá. No entré en detalles—dijo
la chica—. Seguramente podré hablar con él
de nuevo. Se pasa todo el día en el bar.
—¿No dijo si había alguna posibilidad
de que pudiera ponerse... ya sabes, raro, o algo así...?
¿De que pudiera hacerte algo...?
—En realidad, no—dijo la chica—. Necesita
conocer más detalles, mamá. Tienen que saber
todo sobre la infancia de uno... todas esas cosas. Ya te
digo, había tanto ruido que apenas podíamos
hablar.
—En fin. ¿Y tu abrigo azul?
—Bien. Le subí un poco las hombreras.
—¿Cómo es la ropa este año?
—Terrible. Pero preciosa. Con lentejuelas por todos
lados.
—¿Y tu habitación?
—Está bien. Pero nada más que eso.
No pudimos conseguir la habitación que nos daban
antes de la guerra—dijo la chica—. Este año
la gente es espantosa. Tendrías que ver a los que
se sientan al lado nuestro en el comedor. Parece que hubieran
venido en un camión.
—Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido
de baile?
—Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo.
—Muriel, te lo voy a preguntar una vez más...
¿En serio, va todo bien?
—Sí, mamá—dijo la chica—.
Por enésima vez.
—¿Y no quieres volver a casa?
—No, mamá.
—Tu padre dijo anoche que estaría encantado
de pagarte el viaje si quisieras irte sola a algún
lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso crucero.
Los dos pensamos...
—No, gracias—dijo la chica, y descruzó
las piernas.
—Mamá, esta llamada va a costar una for...
—Cuando pienso cómo estuviste esperando a
ese muchacho durante toda la guerra... quiero decir, cuando
una piensa en esas esposas alocadas que...
—Mamá—dijo la chica—. Colguemos.
Seymour puede llegar en cualquier momento.
—¿Dónde está?
—En la playa.
—¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta
bien en la playa?
—Mamá—dijo la chica—. Hablas
de él como si fuera un loco furioso.
—No he dicho nada de eso, Muriel.
—Bueno, ésa es la impresión que das.
Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni
siquiera se quita el albornoz.
—¿Que no se quita el albornoz? ¿Por
qué no?
—No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan
blanca.
—Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por
qué no lo obligas?
—Lo conoces muy bien—dijo la chica, y volvió
a cruzar las piernas—. Dice que no quiere tener un
montón de imbéciles alrededor mirándole
el tatuaje.
—¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O
acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra?
—No, mamá. No, querida—dijo la chica,
y se puso de pie—. Escúchame, a lo mejor te
llamo otra vez mañana.
—Muriel, hazme caso.
—Sí, mamá—dijo la chica, cargando
su peso sobre la pierna derecha.
—Llámame en cuanto haga, o diga, algo raro...,
ya me entiendes. ¿Me oyes?
—Mamá, no le tengo miedo a Seymour.
—Muriel, quiero que me lo prometas.
—Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá—dijo
la chica—. Besos a papá—y colgó.
***
—Ver más vidrio (1)—dijo Sybil Carpenter,
que estaba alojada en el hotel con su madre—. ¿Has
visto más vidrio?
—Cariño, por favor, no sigas repitiendo eso.
Vas a volver loca a mamaíta. Estáte quieta,
por favor.
La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil
con bronceador, repartiéndolo sobre sus omóplatos,
delicados como alas. Sybil estaba precariamente sentada
sobre una enorme y tensa pelota de playa, mirando el océano.
Llevaba un traje de baño de color amarillo canario,
de dos piezas, una de las cuales en realidad no necesitaría
hasta dentro de nueve o diez años.
—No era más que un simple pañuelo
de seda... una podía darse cuenta cuando se acercaba
a mirarlo—dijo la mujer sentada en la hamaca contigua
a la de la señora Carpenter—. Ojalá
supiera cómo lo anudó. Era una preciosidad.
—Por lo que dice, debía de ser precioso—asintió
la señora Carpenter.
—Estáte quieta, Sybil, cariño...
—¿Viste más vidrio?—dijo Sybil.
La señora Carpenter suspiró.
—Muy bien—dijo. Tapó el frasco de bronceador—.
Ahora vete a jugar, cariño. Mamaíta va a ir
al hotel a tomar un martini con la señora Hubbel.
Te traeré la aceituna.
Cuando estuvo libre, Sybil echó a correr inmediatamente
por el borde firme de la playa hacia el Pabellón
de los Pescadores. Se detuvo únicamente para hundir
un pie en un castillo de arena inundado y derruido, y en
seguida dejó atrás la zona reservada a los
clientes del hotel.
Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto
echó a correr oblicuamente, alejándose del
agua hacia la arena blanda. Se detuvo al llegar junto a
un hombre joven que estaba echado de espaldas.
—¿Vas a ir al agua, ver más vidrio?—dijo.
El joven se sobresaltó, llevándose instintivamente
la mano derecha a las solapas del albornoz. Se volvió
boca abajo, dejando caer una toalla enrollada como una salchicha
que tenía sobre los ojos, y miró de reojo
a Sybil.
—¡Ah!, hola, Sybil.
—¿Vas a ir al agua?
—Te esperaba—dijo el joven—. ¿Qué
hay de nuevo?
—¿Qué?—dijo Sybil.
—¿Qué hay de nuevo? ¿Qué
programa tenemos?
—Mi papá llega mañana en un avión—dijo
Sybil, tirándole arena con el pie.
—No me tires arena a la cara, niña—dijo
el joven, cogiendo con una mano el tobillo de Sybil—.
Bueno, ya era hora de que tu papi llegara. Lo he estado
esperando horas. Horas.
—¿Dónde está la señora?—dijo
Sybil.
—¿La señora?—el joven hizo un
movimiento, sacudiéndose la arena del pelo ralo—.
Es difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de
lugares. En la peluquería. Tiñéndose
el pelo de color visón. O en su habitación,
haciendo muñecos para los niños pobres.
Se puso boca abajo, cerró los dos puños,
apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón
sobre el de arriba.
—Pregúntame algo más, Sybil—dijo—.
Llevas un bañador muy bonito. Si hay algo que me
gusta, es un bañador azul.
Sybil lo miró asombrada y después contempló
su prominente barriga.
—Es amarillo—dijo—. Es amarillo.
—¿En serio? Acércate un poco más.
Sybil dio un paso adelante.
—Tienes toda la razón del mundo. Qué
tonto soy.
—¿Vas a ir al agua?—dijo Sybil.
—Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy
pensando muy en serio.
Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que
el joven usaba a veces como almohadón.
—Necesita aire—dijo.
—Es verdad. Necesita más aire del que estoy
dispuesto a admitir—retiró los puños
y dejó que el mentón descansara en la arena—.
Sybil—dijo—, estás muy guapa. Da gusto
verte. Cuéntame algo de ti—estiró los
brazos hacia delante y tomó en sus manos los dos
tobillos de Sybil—. Yo soy capricornio. ¿Cuál
es tu signo?
—Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a
tu lado en el taburete del piano—dijo Sybil.
—¿Sharon Lipschutz dijo eso?
Sybil asintió enérgicamente. Le soltó
los tobillos, encogió los brazos y apoyó la
mejilla en el antebrazo derecho.
—Bueno —dijo—. Tú sabes cómo
son estas cosas, Sybil. Yo estaba sentado ahí, tocando.
Y tú te habías perdido de vista totalmente
y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. No
podía echarla de un empujón, ¿no es
cierto?
—Sí que podías.
—Ah, no. No era posible. Pero ¿sabes lo que
hice?
—¿Qué?
—Me imaginé que eras tú.
Sybil se agachó y empezó a cavar en la arena.
—Vayamos al agua—dijo.
—Bueno—replicó el joven—. Creo
que puedo hacerlo.
—La próxima vez, échala de un empujón
—dijo Sybil.
—¿Que eche a quién?
—A Sharon Lipschutz.
—Ah, Sharon Lipschutz —dijo él—.
¡Siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos.—De
repente se puso de pie y miró el mar—. Sybil—dijo—,
ya sé lo que podemos hacer. Intentaremos pescar un
pez plátano.
—¿Un qué?
—Un pez plátano—dijo, y desanudó
el cinturón de su albornoz.
Se lo quitó. Tenía los hombros blancos y
estrechos. El traje de baño era azul eléctrico.
Plegó el albornoz, primero a lo largo y después
en tres dobleces. Desenrolló la toalla que se había
puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena y
puso encima el albornoz plegado. Se agachó, recogió
el flotador y se lo puso bajo el brazo derecho. Luego, con
la mano izquierda, tomó la de Sybil.
Los dos echaron a andar hacia el mar.
—Me imagino que ya habrás visto unos cuantos
peces plátano—dijo el joven.
Sybil negó con la cabeza.
—¿En serio que no? Pero, ¿dónde
vives, entonces?
—No sé—dijo Sybil.
—Claro que lo sabes. Tienes que saberlo. Sharon
Lipschutz sabe dónde vive, y sólo tiene tres
años y medio.
Sybil se detuvo y de un tirón soltó su mano
de la de él. Recogió una concha y la observó
con estudiado interés. Luego la tiró.
—Whirly Wood, Connecticut—dijo, y echó
nuevamente a andar, sacando la barriga.
—Whirly Wood, Connecticut—dijo el joven—.
¿Eso, por casualidad, no está cerca de Whirly
Wood, Connecticut?
Sybil lo miró:
—Ahí es donde vivo—dijo con impaciencia—.
Vivo en Whirly Wood, Connecticut.
Se adelantó unos pasos, se cogió el pie
izquierdo con la mano izquierda y dio dos o tres saltos.
—No puedes imaginarte cómo lo aclara todo
eso —dijo él.
Sybil soltó el pie:
—¿Has leído El negrito Sambo?—dijo.
—Es gracioso que me preguntes eso—dijo él—.
Da la casualidad que acabé de leerlo anoche.—Se
inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil—.
¿Qué te pareció?
—¿Te acuerdas de los tigres que corrían
todos alrededor de ese árbol?
—Creí que nunca iban a parar. Jamás
vi tantos tigres.
—No eran más que seis—dijo Sybil.
—¡Nada más que seis! —dijo el
joven—. ¿Y dices «nada más»?
—¿Te gusta la cera?—preguntó
Sybil.
—¿Si me gusta qué?
—La cera.
—Mucho. ¿A ti no?
Sybil asintió con la cabeza:
—¿Te gustan las aceitunas?—preguntó.
—¿Las aceitunas?... Sí. Las aceitunas
y la cera. Nunca voy a ningún lado sin ellas.
—¿Te gusta Sharon Lipschutz?—preguntó
Sybil.
—Sí. Sí me gusta. Lo que más
me gusta de ella es que nunca hace cosas feas a los perritos
en la sala del hotel. Por ejemplo, a ese bulldog enano de
la señora canadiense. Te resultará difícil
creerlo, pero hay algunas niñas que se divierten
mucho pinchándolo con los palitos de los globos.
Pero Sharon, jamás. Nunca es mala ni grosera. Por
eso la quiero tanto.
Sybil no dijo nada.
—Me gusta masticar velas—dijo ella por último.
—Ah, ¿y a quién no?—dijo el
joven mojándose los pies—. ¡Diablos,
qué fría está!—Dejó caer
el flotador en el agua—. No, espera un segundo, Sybil.
Espera a que estemos un poquito más adentro.
Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura
de Sybil. Entonces el joven la levantó y la puso
boca abajo en el flotador.
—¿Nunca usas gorro de baño ni nada
de eso?—preguntó él.
—No me sueltes—dijo Sybil—. Sujétame,
¿quieres?
—Señorita Carpenter, por favor. Yo sé
lo que estoy haciendo—dijo el joven—. Ocúpate
sólo de ver si aparece un pez plátano. Hoy
es un día perfecto para los peces plátano.
—No veo ninguno—dijo Sybil.
—Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas.
Muy curiosas.
Siguió empujando el flotador. El agua le llegaba
al pecho.
—Llevan una vida triste—dijo—. ¿Sabes
lo que hacen, Sybil?
Ella negó con la cabeza.
—Bueno, te lo explicaré. Entran en un pozo
que está lleno de plátanos. Cuando entran,
parecen peces como todos los demás. Pero, una vez
dentro, se portan como cerdos, ¿sabes? He oído
hablar de peces plátano que han entrado nadando en
pozos de plátanos y llegaron a comer setenta y ocho
plátanos—empujó al flotador y a su pasajera
treinta centímetros más hacia el horizonte—.
Claro, después de eso engordan tanto que ya no pueden
salir. No pasan por la puerta.
—No vayamos tan lejos—dijo Sybil—. ¿Y
qué pasa despues con ellos?
—¿Qué pasa con quiénes?
—Con los peces plátano.
—Bueno, ¿te refieres a después de
comer tantos plátanos que no pueden salir del pozo?
—Sí—dijo Sybil.
—Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.
—¿Por qué?—preguntó Sybil.
—Contraen fiebre platanífera. Una enfermedad
terrible.
—Ahí viene una ola—dijo Sybil nerviosa.
—No le haremos caso. La mataremos con la indiferencia—dijo
el joven—, como dos engreídos.
Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó
hacia delante. El flotador levantó la proa por encima
de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de
Sybil, pero sus gritos eran de puro placer.
Cuando el flotador estuvo nuevamente inmóvil, se
apartó de los ojos un mechón de pelo pegado,
húmedo, y comentó:
—Acabo de ver uno.
—¿Un qué, amor mío?
—Un pez plátano.
—¡No, por Dios!—dijo el joven—.
¿Tenía algún plátano en la boca?
—Sí—dijo Sybil—. Seis.
De pronto, el joven tomó uno de los mojados pies
de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó
la planta.
—¡Eh!—dijo la propietaria del pie, volviéndose.
—¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya
te has divertido bastante?
—¡No!
—Lo siento—dijo, y empujó el flotador
hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto
del camino lo llevó bajo el brazo.
—Adiós —dijo Sybil, y salió
corriendo hacia el hotel.
El joven se puso el albornoz, cruzó bien las solapas
y metió la toalla en el bolsillo. Recogió
el flotador mojado y resbaladizo y se lo acomodó
bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la
arena caliente, blanda, hasta el hotel.
En el primer nivel de la planta baja del hotel—que
los bañistas debían usar según instrucciones
de la gerencia— entró con él en el ascensor
una mujer con la nariz cubierta de pomada.
—Veo que me está mirando los pies—dijo
él, cuando el ascensor se puso en marcha.
—¿Cómo dice?—dijo la mujer.
—Dije que veo que me está mirando los pies.
—Perdone, pero casualmente estaba mirando el suelo
—dijo la muier, y se volvió hacia las puertas
del ascensor.
—Si quiere mirarme los pies, dígalo—dijo
el joven—. Pero, maldita sea, no trate de hacerlo
con tanto disimulo.
—Déjeme salir, por favor—dijo rápidamente
la mujer a la ascensorista.
Cuando se abrieron las puertas, la mujer salió
sin mirar hacia atrás.
—Tengo los pies completamente normales y no veo
por qué demonios tienen que mirármelos—dijo
el joven—. Quinto piso, por favor.
Sacó la llave de la habitación del bolsillo
de su albornoz.
Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo
y abrió la puerta del 507. La habitación olía
a maletas nuevas de piel de ternera y a quitaesmalte de
uñas.
Echó una ojeada a la chica que dormía en
una de las camas gemelas. Después fue hasta una de
las maletas, la abrió y extrajo una automática
de debajo de un montón de calzoncillos y camisetas,
una Ortgies calibre 7,65. Sacó el cargador, lo examinó
y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Después
se sentó en la cama desocupada, miró a la
chica, apuntó con la pistola y se disparó
un tiro en la sien derecha.
(*) Jerome David Salinger nació en Nueva cork en
1919. Se graduó en una academia militar y después
asistió brevemente a dos universidades. Su obra más
importante, El guardián entre el centeno (1951),
le consagró como escritor de culto y Holden Caulfield,
el héroe de la novela, se convirtió en prototipo
del adolescente rebelde y confuso que busca la verdad y
la inocencia lejos del mundo "falso" de los adultos.
Otras obras de Salinger, que tras su temprano éxito
literario se convirtió en un ermitaño, son
su libro de relatos Nueve cuentos (1953), Franny y Zooey
(1961), Levantad, carpinteros, la viga maestra y Seymour:
Una introducción (ambas en 1963). Todas ellas tratan
de los problemas de los niños de la familia Glass,
brillantes y extremadamente sensibles.