Como iba solo en su cochecito, no tenía más
aliciente que la velocidad; volaba —en dirección
a Suez—sobre una cinta de asfalto ceñida por
arenas. En el paisaje nada mitigaba el pálpito de
soledad, ni había novedad alguna que le hiciese más
llevadera su semanal ida y vuelta. Divisó a lo lejos
un colosal vehículo de transporte. Le dio alcance
y redujo la marcha de su Ramsés para continuar cerca
y al ritmo del coloso. Era un camión cisterna del
tamaño de una locomotora. Un ciclista iba agarrado
a su borde trasero, y daba, de vez en cuando, una patada
en la rueda, tan tranquilo. Cantaba. ¿De dónde
vendría? ¿A dónde iría? ¿Habría
podido hacer tanto camino de no hallar un vehículo
que tirase de él? Sonrió admirado y le vio
con simpatía. Dejaron atrás, a la derecha,
unas lomas, y enseguida entraron en una zona verde, sembrada
de maíz y rodeada de pastizales, donde pacían
cabras. Redujo aún más la velocidad para gozar
de aquel verde jugoso, y entonces un grito desgarró
el silencio.
Con sobresalto volvió la cara hacia delante, a
tiempo de ver cómo la rueda del camión, imperturbable,
enganchaba a bicicleta y ciclista. Soltó un grito
de horror y chilló para advertir al camionero. Detuvo
luego su coche, a dos metros de la bicicleta, y se bajó
sin pensar y sin que sus gritos hubiesen alcanzado al camión.
Se acercó espantado al lugar del accidente y vio
el cuerpo tendido sobre el costado izquierdo, con el brazo
moreno apuntando hacia él; una mano pequeña,
que asomaba por la camisa—polvorienta, lo mismo que
la piel—, estaba cubierta de rasguños y heridas.
De la cara no se le veía más que la mejilla
derecha. Las piernas ceñían aún la
bicicleta. El pantalón, gris, estaba desgarrado y
salpicado de sangre. Las ruedas se habían roto, los
radios estaban retorcidos y una guía del manillar
desquiciada. Una respiración, fatigosa, forzada,
inquieta, ocupaba el pecho de la víctima, que aparentaba
unos veinte años o muy poco más. Se le contrajo
la cara y los ojos se le fijaron en una expresión
de pena y compasión, pero no supo qué hacer.
En aquel descampado se sentía impotente. Descartó
la idea que primero le vino a las mientes de llevarle a
su coche. Y finalmente se libró de su confusión
decidiendo tomar su automóvil y salir en pos del
vehículo culpable. Quizá en el camino encontrase
un puesto de vigilancia o de control y pudiese informar
del accidente. Marchó hacia su coche y se disponía
a subir cuando oyó unos gritos que decían:
—Quieto... no te muevas...
Se volvió y pudo ser a un grupo de labradores corriendo
hacia él. Venían de los sembrados. Algunos
llevaban garrotes, otros piedras. Contuvo el impulso de
montarse no fuera que la emprendieran a pedradas y les esperó
asustado por su crítica situación. Los rostros
torvos, agresivos, le disiparon cualquier esperanza de entendimiento.
Tendió la mano veloz a la guantera y sacó
su pistola, apuntándoles y gritando con voz estremecida:
—¡Quietos!
Se dio cuenta, con fulgurante y agitada percepción,
que aquella actitud había cerrado todavía
más cualquier esperanza de comprensión futura,
pero tampoco había tenido tiempo de obrar con reflexión.
Cedieron en su carrera y, finalmente, se pararon del todo
a unos diez metros, en los ojos una mirada torva y resentida.
Ardía en sus fulgores la inesperada desventaja de
encontrarse ante un arma. Los rostros tenían un aspecto
oscuro, hosco, subrayado por los rayos del sol. Las manos
crispadas en torno a los garrotes y las piedras, y los pies
enormes, descalzos, clavados en el asfalto Uno dijo:
—¿Piensas matarnos como a él?
—Yo no lo he matado. Ni le he tocado siquiera, quien
lo atropelló fue el camión cisterna.
—Fue tu coche... tú...
—No lo habéis visto...
—Todo. . .
—Me estáis impidiendo que alcance al culpable...
—Tú lo que quieres es huir...
Había aumentado la rabia. Había aumentado
el miedo. La idea de poder verse obligado a disparar le
producía angustias de muerte. Matar, que el homicidio
le llevase a una pendiente. ¿Cómo borrar la
pesadilla si no estaba durmiendo?
—De verdad que no he sido yo quien le ha atropellado.
He visto perfectamente cómo el camión le aplastaba...
—Aquí no hay más culpable que tú...
—Habría que llegarse al Hospital más
cercano...
—Intenta.
—Al puesto de Policía...
—Intenta.
—¿Es que vamos a esperar sentados hasta que
la verdad resplandezca?
—Si no te escapas ya lo creo que resplandecerá.
—Válgame Dios, ¿por qué tanta
tozudez?
—¿Por qué le has matado?
¡Qué tremendo problema; qué tremenda
falsedad! Cuándo acabaría aquel infernal compás
de espera. El sufrimiento sin paliativo, el miedo, las ideas
frenéticas. ¿Por qué se detuvo? ¿Cómo
demostrar la verdad? El mismo conductor del camión
no se enteró de nada. Ni la menor esperanza que todo
aquel maldito lío fuese una pesadilla.
Del caído llegó una queja, seguida de un
ay gangoso y un largo gruñido. Después, otra
vez silencio. Uno chilló:
—¡Dios tiene que castigarte!...
—Dios castigará al culpable...
—Tú has sido...
—¿Me habría parado de ser culpable?
—Creíste que no había nadie...
—Creí que podía ayudarle...
—Buena ayuda...
—Es inútil hablar con vosotros.
—Bien inútil.
Si les daba la espalda un solo instante, las piedras le
aplastarían. No había más remedio que
aguantar en el trance. Imposible perseguir al camionazo.
Él, sólo él quedaba en prenda. Y si
no mantuviese un resquicio de esperanza, aquello sería
el horror de los horrores. ¿Cómo se van a
establecer las responsabilidades? ¿O a determinar
el castigo? ¿Podrá salvarse el pobre accidentado?
Su mirada manifestaba espanto, las de ellos un rencor obstinado.
Dos vehículos aparecieron allá en el horizonte.
A1 verlos acercarse respiró aliviado. Una ambulancia
y un coche patrulla se pararon en el lugar del accidente.
Los camilleros marcharon hacia la bicicleta sin demora.
Los del grupo les rodearon. Zafaron las piernas de la víctima
delicadamente y le trasladaron al coche con sumo cuidado.
Y sin esperar más se fueron por donde habían
venido. La policía alejó a los del grupo y
el inspector procedió a examinar el lugar sin decir
palabra. Tras un lapso se volvió al hombre y preguntó:
—¿Fue usted?
Los labradores se encargaron de contestarle a gritos,
pero el inspector ordenó silencio con un gesto de
la mano, mientras le examinaba. Repuso:
—No. Yo iba detrás de un camión cisterna
al que el ciclista se agarraba. Un grito me alarmó
y cuando miré, le vi bajo la rueda.
Gritaron casi todos.
—Él le atropelló...
—No lo atropellé. Vi cómo pasaba...
Nuevo griterío. El inspector atronó:
—¡Orden!
Y le preguntó:
—¿Vio cómo se producía el accidente?...
—No. Cuando me volví al grito ya estaba la
bicicleta debajo de la rueda.
—¿Cómo había ido a parar allí?
—No sé.
—¿Y luego qué hizo?
—Paré para ver cómo estaba y qué
se podía hacer. Se me ocurrió salir detrás
del camión pero entonces aparecieron éstos
corriendo hacia mí, con garrotes y piedras, y no
tuve más remedio que tenerles a raya con el arma.
—¿Tiene licencia?
—Sí, soy pagador en Suez y viajo mucho.
El inspector se volvió hacia los labradores y les
preguntó:
—¿Por qué sospecháis de él?
Gritaron, quitándose la palabra de la boca:
—Porque vimos perfectamente lo que hizo y no le
dejamos escapar. . .
El hombre dijo angustiado:
—Es mentira, no vieron nada.
El inspector ordenó a un agente quedarse vigilando
y a otro avisar al fiscal mientras se trasladaba con todos
a Jefatura, para escribir el atestado. Tanto Alí
Musa como los labradores mantuvieron sus declaraciones.
Alí empezaba a dudar de que la investigación
fuese a poner en claro la verdad. De la víctima salió
a luz el nombre: Ayyad al-Yaáfari, y que era vendedor
ambulante, en tratos con casi todos aquellos labradores.
Alí Musa preguntaba:
—¿Me habría parado si fuera culpable?
El inspector contestó fríamente:
—Atropellar a alguien y huir no son cosas que se
sigan necesariamente.
Más espera. Los labradores en cuclillas. Alí
Musa ocupó una silla con permiso del inspector. El
tiempo transcurría lento, doloroso, espeso. Acabado
el atestado, el inspector se desentendió de ellos.
Nada de aquel asunto parecía ir con él y se
puso a matar el rato leyendo la prensa. ¿Por qué
tendrían los labradores aquel empeño en culparle?
Lo peor es que mantenían su testimonio con la misma
limpieza que si fueran sinceros. ¿Sería todo
un espejismo? ¿Sería que, como suele suceder,
uno habría lanzado aquella versión del accidente
y los demás le seguían como ciegos?... Ay...
la única esperanza es que no muera Ayyad al-Yaáfari.
¿Qué otro puede sacarle de aquella pesadilla
con una simple palabra? Se dirigió al inspector,
cortés y anhelante:
—¿Podríamos averiguar si hay esperanzas
con el accidentado? El inspector le miró hosco, pero
se puso en comunicación con el Hospital por teléfono.
Después de colgar, manifestó:
—Está en el quirófano, ha perdido
mucha sangre... imposible hacer pronósticos...
Tras dudarlo unos momentos preguntó:
—¿Cuándo llegará el fiscal?
—Ya se enterará cuando llegue.
Dijo, como hablando para sí:
—¿Cómo puede uno verse envuelto en
tales situaciones?
El inspector contestó, mientras retornaba al periódico:
—Usted sabrá.
Volvió a quedar horriblemente solo, y a examinar
el lugar con enojo. Aquellos labradores estaban empeñados
en condenarle, pero quizá lograra que la sentencia
se volviera contra ellos. Y el inspector le considera, por
rutina, culpable. Una ciega fuerza anónima quería
destruirle inconscientemente. Tenía a sus espaldas
muchas culpas, pero resultaba absurdo, a todas luces, ser
atrapado en un embrollo. Suspiró quedamente:
—Ay, Señor.
Y casi todos le hicieron eco, por motivos diversos:
—Ay, Señor.
Fuera de sí, les chilló:
—No tenéis conciencia.
Y ellos chillaron también:
—Dios es testigo, canalla...
El inspector sacó la cara de entre las hojas del
periódico y dijo malhumorado:
—Vale... vale... no tolero esto...
Alí dijo excitado:
—De no ser por esta infame mentira, a estas horas
estaría en mi casa tranquilo...
Uno replicó:
—Si no fuese por tu descuido, el pobre Ayyad podría
estar a estas horas tranquilamente en su casa...
El inspector les miró de un modo que les dejó
sin habla. Reinó la calma, el dolor de la espera
empeoró. El tiempo pasaba como si anduviese para
atrás. Alí no pudo soportar más la
tensión y se vio impulsado a recurrir otra vez al
inspector, preguntándole en el colmo de la cortesía:
—Señor, no puede hacerse idea lo que siento
causarle esta molestia, pero, ¿puedo saber cuándo
vendrá el fiscal?
Le contestó sin dejar el periódico y de
mal talante:
—¿Cree que su caso se da todos los días?
No recordaba un sufrimiento igual. Nunca había
sentido tan negros barruntos de desastre. Aquella inexplicable
malquerencia entre él y los labradores no tiene precedentes.
¿El vasto cielo, bajo el que el accidente se había
producido, era también algo sin precedentes? Con
el paso del tiempo, el horror y el agobio le habían
dominado completamente. Sin reparar en consecuencias, exclamó:
—Señor inspector...
Le cortó como si le hubiese estado esperando:
—¿Se calla?
—Pero es que esta tortura...
—Molestias que han soportado todos cuantos han pasado
por esta jefatura desde que se inauguró...
—¿No puede preguntar, al menos, por el herido?
—Me comunicarán cualquier novedad sin que
lo pregunte...
Mi vida depende de la tuya, Ayyad. Las apariencias van
a burlar la perspicacia del fiscal. ¿Me encarcelarán
sin haber hecho nada? ¿Ha ocurrido algo igual jamás?
¡Qué bueno sería poder echarte la culpa
encima!, y que te sonrieras con desdén y torpeza.
Las lágrimas casi le brotaban y te echas a reír
de una forma que a poco te enajena. Por Dios, recuerda tus
culpas y consuélate de este trance, aunque no haya
relación alguna. ¿Quién dijo que el
caos con el caos se combate?
Veo a esos labradores, a través de un prisma negro
que muchas generaciones han tupido, pero, ¡yo no he
colaborado en eso! ¿O lo he hecho sin saberlo? Es
curioso, estoy pensando por primera vez en mi vida. Y pensaré
más todavía cuando me metan entre cuatro paredes.
Hoy he trabado conocimiento con cosas que me eran directamente
desconocidas: la casualidad, el destino, la suerte, la intención
y su resultado, el labrador, el inspector, el effendi, los
monzones, el petróleo, los vehículos de transporte,
la lectura de la prensa en jefatura, lo que recuerdo y lo
que no recuerdo. Sobre todo esto, tengo que meditar más,
en singular y en bloque. Hay que empezar a familiarizarse
con entender todo, y dominarlo todo, hasta que no quede
ninguna cosa sin registrar. Una convulsión no es
en sí culpable, lo es la ignorancia. Tú lo
único que tienes que hacer desde hoy, es someterte
a los dictados del sistema solar y no al oscuro lenguaje
de las estrellas. ¿Por qué temes al inspector
que lee la página de esquelas y nadie le da el pésame?
Y al llegar a este punto gritó desaforado:
—Todo tiene un límite.
El rostro del inspector asomó tras el periódico
con expresión desaprobatoria. Entonces le dijo muy
serio:
—Usted lee el periódico y no hace nada.
—¿Cómo se atreve?
—Ya ve...
—¡Es que no tiene miedo de...!
—No tengo miedo de nada...
—Le traicionan los nervios, pero tengo remedio para
todo.
—¡Yo también tengo remedio para todo!
El inspector se puso de pie y dijo furioso:
—¿¡Usted!?
—Retrasa la presencia del fiscal, no respeta las
leyes.
—Le llevo al calabozo.
—¿Es peor que este caos?
—¿Es que quiere recurrir al expediente de
locura?
Alí se levantó desafiante, la mirada extraviada.
El inspector llamó a los agentes. Entonces sonó
el timbre del teléfono. El inspector descolgó
y estuvo atento unos momentos. Colgó y miró
a Alí con malicia y rencor, disimulando a la par
una sonrisa; y le dijo:
—Ha muerto a consecuencia de las heridas. Alí
Musa se demudó ligeramente. La mirada maliciosa chocó
con otra de cólera ciega. Gritó con voz estremecida:
—La ley aún no ha dicho nada, esperaré...
(*) Nacido en 1911, Mahfuz es el gran escritor de la literatura
árabe contemporánea, disfrutando del afecto
y reverencia tanto de críticos como de un extenso
número de lectores. Publicó su primera novela
en 1939 y desde esa fecha ha escrito más de treinta
y tres colecciones de cuentos. En su vejez él ha
mantenido su rendimiento prolífico, al producir una
novela cada año. El género novela, que puede
remontarse a los siglos XVII y XVIII en Europa, no tiene
ningún prototipo en la literatura árabe clásica.
Aunque ésta abunda en toda clase de narrativa, ninguna
podría describirse con lo que hoy entendemos por
el término "novela". Los eruditos árabes
comúnmente atribuyen el primer intento serio de escribir
una novela en árabe al autor Egipcio Muhammad Hussein
Haykal. La novela, llamada "Zaynab" según
del nombre de su heroína, y publicada en 1913, cuenta
en términos altamente romáticos la historia
de una muchacha campesina, víctima de las convenciones
sociales. Poco después, escritores como Taha Hussein,
Abbas Al-Aqqad, Ibrahim Al-Mazini y Tawfiq Al-Hakim se aventuraron
en el desconocido ámbito de la ficción. Sin
embargo, la novela árabe tuvo que esperar otra generación
para el advenimiento del hombre que iba a convertirla en
su única misión. Naguib Mahfuz, nacido en
el seno de una familia de la clase media en uno de los barrios
más viejos de El Cairo, iba a dar expresión
en metáforas poderosas, en un período de medio
siglo, las esperanzas y frustraciones de su nación.
Los lectores se han identificado tan frecuentemente con
su obra, gran parte de la cual ha sido adaptada para el
cine, teatro y televisión, que muchos de sus personajes
han llegado a ser nombres familiares en Egipto y en otras
sitios del mundo Arabe. Por otra parte, su obra, aunque
profundamente volcada en la realidad local, apela a aquello
que es universal y permanente en la naturaleza humana, como
se puede apreciar por la recepción relativamente
buena que su producción literaria ha encontrado en
otras culturas. Graduado en filosofía por la Universidad
de El Cairo, ha ejercido como funcionario en diversos organismos
de la administración de su país. Considerado
el «padre» de la prosa árabe contemporánea,
en 1972 recibió el prestigioso Premio Nacional de
las Letras Egipcias y se le otorgó el Collar de la
República, el más alto honor de su nación.
En 1988 se le concede el Premio Nobel de Literatura. En
1994 la salud del escritor egipcio comenzó a deteriorarse,
cuando un integrista islámico le clavó un
cuchillo en el cuello, lo que le provocó graves daños
en la visión y la audición, así como
la parálisis del brazo derecho.