En la primavera de 1971, aparece en las vidrieras y mesas
de algunas librerías de la ciudad, un libro con una
tapa en la que su diseñador, Oscar Smöje, realiza
en un estilo propio del Pop Art, un collage con diversos
personajes del mundo de la historieta. Allí, en un
mismo plano, los curiosos y el “…despreocupado
lector…” podían ver, entre otros, a Popeye,
al ratón Mickey, a Dick Tracy, a la pequeña
Lulú, al Llanero solitario, a Langostino, Batman
y Superman. Su título, Mate pastor, 1no aclara significativamente
el asunto del mismo; quienes practican el deporte de la
inteligencia, incluso podrían confundirlo con un
estudio de la clásica combinación del ajedrez.
En sus páginas no existen alusiones ni se menciona
a los mellizos de Éfeso, tampoco a los de Siracusa
ni a ningún otro personaje de Una comedia de errores;
sin embargo se estaba suscitando una: algunos de los que
se consideraban conocedores del género se referían
a él como libro de poemas, incluso no faltó
quien ebrio de audacia provinciana sostuvo: “eso no
es poesía”.
Ese era ya el sexto libro de Horacio Salas (Buenos Aires,
1938), quien anteriormente había dado a conocer en
poesía: El tiempo insuficiente (1962), La soledad
en pedazos (1964), El caudillo (1966), Memoria del tiempo
(1966) y La corrupción (1969).2
Mate pastor es un largo poema narrativo, cuya estructura
se articula con una serie de pausas que seccionan el relato,
creando la ilusión de que las distintas partes, como
si se tratara de una novela, puedan ser leídas como
capítulos, fracciones de un mismo objeto. Salas recurre
a su memoria y experiencia; los elementos autobiográficos
se funden con hechos protagonizados por otros individuos
en distintas latitudes, los acontecimientos locales se mezclan
con los ecos de aquellos que sucedieron y suceden en otros
rincones del planeta, integrándose en su discurso
poético en el que el pasado y el presente viven un
perpetuo cruzamiento.
Este texto extenso, algo poco frecuente en la poesía
argentina de las últimas décadas que se ha
inclinado mayormente por el poema breve, tiene un antecedente
en su bibliografía. Si no respetamos estrictamente
el orden cronológico y realizamos un pequeño
salto en el tiempo, podremos observar que en El caudillo,
publicado cinco años antes, recurre a un procedimiento
similar. En este libro que recoge un conjunto de textos
de índole epopéyica y que también puede
ser considerado un poema unitario, el poeta licúa
su voz en la de su personaje, no sin advertirnos antes desde
la portadilla: “ Como no existe el bronce riguroso/
y la historia –sabemos- es incierta,/ debo inventar
en mi memoria al Chacho”.
En la evocación que realiza de la figura del general
Ángel Vicente Peñaloza y su sufrido via crucis
por los llanos de La Rioja, la voz del presente es aplicada
al pasado; sin embargo, la intención no es revisar
la historia ni colocarse fuera de los márgenes de
su causalidad para recrearla, no existe la voluntad de resucitar
a Cartago; la idea central gira en torno de la recuperación
de una imagen histórica para integrarla metafóricamente
a nuestra tradición poética y tensionar, como
lo hace en otras oportunidades, ciertas proposiciones culturalmente
sancionadas y aceptadas socialmente.
En El caudillo, según León Benarós:
“…Salas transita el ejemplo rector de Borges,
que abrió sendas con aquel poema en que Francisco
de Laprida conjetura su verdadero destino, mezclando su
sangre a la tierra americana, que le da una insospechada
y alta dimensión de su ser. Desde ese ‘Poema
conjetural’, y desde antes del también poema
borgiano en que el general Quiroga va en coche ‘al
muere’, el magisterio de Borges ha encontrado largos
ecos. Pero Salas, sin desconocer el nexo posible, asume
con verdad su propia voz, y entre sus excelencias debe destacarse
lo sostenido del tono, la coherencia, la intensidad de sus
poemas…”. Estas líneas, que en su momento
lo presentaron desde la contratapa, destacan la presencia
de Borges, asfixiante en esos años, y además
reconocen en el por entonces joven autor una voz propia.
Voz que por otra parte parece haber hecho suya una opinión
de Walter Benjamin expresada con cierto énfasis en
Tesis sobre la filosofía de la historia: “Toda
imagen del pasado que no es reconocida por el presente como
una de su propia incumbencia, nos amenaza con su irremediable
desaparición”, palabras que Salas considera
cuidadosamente cuando ingresa en el resbaladizo terreno
de la historia.
Pero a diferencia de Borges que en poemas como “Isidoro
Acevedo”, “Alusión a la muerte del Coronel
Francisco Borges (1833-1874)”, “Página
para recordar al Coronel Suárez en Junín”,
“Acevedo”, “Los Borges” y “Coronel
Suárez”, se impone la tarea de re-escribir
su genealogía, Salas se propone articular el pasado
históricamente, reconocer imágenes pretéritas,
rescatarlas en momentos en que el conformismo reinante las
pone en peligro en el ámbito difuso de nuestra memoria
colectiva.
En los 60 en la Argentina se renovaría una vez más
la maldición de 1930; son años extraños
y crueles en los que conviven una larvada violencia política
y los happenings del Instituto Di Tella. Es éste
un período en el que una melancolía de origen
moral comienza a extenderse como un sarcoma en el espíritu
de los argentinos. A fines de esa década, Salas da
a conocer un volumen cuyo título es sintomático:
La corrupción. Dice en “Los viejos”:
Soy casi un prisionero de la muerte.
Me conformo con releer antiguas revistas,
testigos de los años de adolescencia
que reviven en mí los recuerdos dormidos,
los paisajes que el tiempo ha derrotado.
No tengo más que un archivo de sucesos.
He vivido la historia que los jóvenes bucean en los
textos,
pero el olvido traiciona mis ojeras.
Largas noches de insomnio acumulan los rostros,
las casas derruidas,
los persistentes sueños
que ya no me atrevo a continuar.
Mis hijos han crecido de mis brazos
y luego los hijos de mis hijos,
mientras el tiempo fue deteriorando mis sentidos.
Hace ya muchos años que comprendo
que la muerte está en mí,
que se apodera de mis menores gestos,
que me mancha las manos y la frente,
que me prohibe parte de la vida.
Los jóvenes me soportan
extrañados de este irónico azar que me sustenta.
No sin temor me acuesto cada noche.
La mañana es una alegría insólita,
un sabor que no puedo compartir.
Supe del desaliento, del amor, de los sueños;
he visto a la muerte ensañarse con mis viejos amigos;
me doblegó la impudicia de las enfermedades;
conozco la crueldad del dolor,
la oscuridad, la resignación y el miedo.
Sin embargo –secretamente-,
no quiero convencerme de que mis pocos días
sólo son la certeza de la muerte.
No obstante el clima de la época, ésta es
una etapa de gran actividad para Salas, quien ejerce el
periodismo en distintos medios gráficos y en la televisión
e incursiona, además, en el ensayo. En 1968 publica
La poesía de Buenos Aires,3 una antología
de los poetas de la ciudad que incluye, y ésta no
es una decisión menor, a varios letristas de tango.
Ese mismo año aparecerá Homero Manzi 4, en
el que reafirma su relación con el tango y su poesía,
y, en 1970, se edita Vicente Barbieri y El Salado,5 trabajo
sobre un autor influenciado por el romanticismo que hace
uso de formas poéticas tradicionales y a quien muchos
críticos le otorgan cierta representatividad entre
los integrantes de la promoción del 40.
Al año siguiente dará a conocer el ya citado
Mate pastor, texto que puede ser considerado un punto de
inflexión en su obra, el calibrado definitivo de
sus instrumentos de percepción. A partir de él,
podemos realizar un doble paneo: hacia el pasado y hacia
todo lo que sobrevendría posteriormente. En él
la voz se afirma, desarrolla sus propias particularidades,
tics y desdoblamientos. El poeta ya no actúa como
un flanêur que mira con asombro y registra sus observaciones.
Asume una nueva actitud, merodea por las calles, camina
los barrios, se detiene en los cafés, escucha con
mayor atención, les pone el oído a los sonidos,
el tono y las inflexiones de su lengua en su medio ambiente:
la ciudad.
Mate pastor sale al encuentro del público en un momento
en que los principios activos de la prosodia, aquellos que
constituyen lo que denominamos el tono, están siendo
sometidos a revisión por distintos poetas. Alberto
Girri, quizás uno de los autores más preocupados
por la construcción de una nueva retórica,
para quien las palabras desplegaban un brío atolondrado
y falso para hacérsenos concretas, sostenía
en Diario de un libro (1972): “…Que el tono
se aproxime al del discurso normal […] discurso corriente
transformado en poema”. Alfredo Veiravé a su
vez les recomienda a los jóvenes poetas que expresen:
“…su propia, íntima canción, la
que suena en la cabeza […] la melodía que llevás,
el estilo que te pertenece.” Salas sintetiza ambos
criterios y su resultado es una escritura que nos recuerda
la confesión de Baudelaire en el prólogo de
Pequeños poemas en prosa: “¿Quién
de nosotros no ha soñado, en sus días de ambición,
el milagro de una prosa poética, musical, sin ritmo
y sin rima, bastante flexible y bastante conmovida para
adaptarse a los movimientos líricos del alma, a las
ondulaciones del ensueño, a los sobresaltos de la
conciencia?”
Lo que nos lleva irremediablemente a la forma. Lo que llamamos
verso libre tiene en la actualidad una edad más que
centenaria. En 1886 la revista parisina La Vogue, dirigida
por Gustave Khan, difundió Marina y Movimiento de
Arthur Rimbaud y algunas traducciones de Hojas de hierba
realizadas por Jules Laforgue. Ezra Pound en 1913 ya había
redactado y publicado en la revista Poetry su manifiesto
del Imagismo, en el que en lo que concierne al ritmo especifica:
“se debe componer en la secuencia de la frase musical,
no en la secuencia del metrónomo”.
El verso libre establece los cimientos de una corriente
poética que rechaza los modelos cerrados, y en la
que el contenido es sometido a una revaloración,
asumiendo éste una nueva preeminencia. El poeta cifra
su empeño en el enunciado, en sus sueños y
visiones. Los poemas serán modelados por sus emociones.
En Verso proyectivo (1950) Charles Olson para quien “la
forma no es nunca más que la extensión del
contenido”, lo define como un verso que nace en la
respiración del hombre que escribe y sostiene que
es “la línea la que habla por el corazón”,
a diferencia de la sílaba que lo hace desde la razón.
Éste es el sendero seguido en la segunda mitad del
siglo XX por aquellos que intentan dar cuenta de una nueva
sensibilidad, dotándola de un discurso poético
lo suficientemente abarcativo de una modernidad que en la
ruptura halla su esencia. Esta tendencia que se afirma definitivamente
en el panorama poético luego de finalizada la Segunda
Guerra Mundial, sentirá, en muchos casos, un relativo
desprecio por los términos “poético”
y “poéticamente”. Los integrantes del
Movimiento Beat, particularmente Lawrence Ferlinghetti y
Allen Ginsberg, los consideran malas palabras; para ellos
lo concreto es lo verdaderamente poético: “El
detalle exacto sin bordados adicionales. De esto se trata
precisamente la ética de los beats”.6Desde
ese momento los excesos de la sensibilidad poética
y el sentimentalismo que los representa, pesarán
en la mentalidad contemporánea como un valor negativo.
En esta atmósfera, que en más de una manera
le resulta funcional a su estrategia, Horacio Salas desarrolla
una poética que no dudará en aprovecharse
de los tópicos en cuestión para expandir los
enfoques y el campo visual de su propia tradición.
Su visión personal, en un tiempo en que la poesía
se enfrenta a la brutalidad de lo real, persigue nuevas
perspectivas y ampliar sus registros. El poema ya no se
resignará a las comodidades de lo universal, indagará
meticulosamente en las particularidades del espectro temático
que le brinda el mundo circundante, “... la concepción
abstracta / de la experiencia privada en su punto más
alto de intensidad / universalizándose, eso que llamamos
poesía”; afirmó T.S. Eliot en Nota acerca
de la poesía de guerra. 7
La voz con su timbre singular será su verdadera máscara,
la que comenta la historia, manifestando opiniones y convicciones
propias o ajenas; todo es válido, el objetivo lo
justifica: la inclusión del otro. No habla para entretenernos,
todo lo contrario, aferrada a los pliegues del silencio,
comprende que el universo sólo será inteligible
desde la locución de la palabra. Recurrirá
a diversos procedimientos para erigirse sobre la página,
siendo el más notorio la intertextualización.
De esta manera penetran en el territorio del poema, en un
contrapunto dialógico, los ecos de Quevedo, Borges,
Molina, Girri, Ginsberg y Vallejo, viejas pintadas en muros
descascarados, escenas de películas, fragmentos6
de la marcha peronista, el grito de un hombre sobre la mesa
de tortura y letras de tango.
En Salas, la presencia del tango es recurrente; quizás
sea ésta la forma más directa de declararse
un adepto incondicional, desde el campo poético,
del género musical representativo de la ciudad argentina
más cosmopolita de nuestro territorio, posiblemente
el producto más acabado de la cultura nacional. Esta
postura lo diferencia decididamente de muchos de los poetas
de los 60. En el prólogo de la antología El
’60 poesía blindada, Ramón Plaza, en
una apreciación retrospectiva de la música
de Buenos Aires, deja testimonio de los sentimientos que
ésta despertaba en los poetas jóvenes de la
época: “La mayoría se fascinó
con lo coloquial, con lo conversacional. Se interesaron
profundamente en la poesía que emanaba del tango,
tratando de desentimentalizarla pero no en el tango precisamente,
pues éste para casi todos, era un deshecho (sic)
en degeneración, una materia que debía transformarse
de adentro hacia fuera.” 8
En 1975, Salas publica una serie de entrevistas, Conversaciones
con Raúl González Tuñón, 9que
escarba el terreno de la poesía urbana y cumple la
función de redescubrir para los jóvenes el
trabajo del autor de A la sombra de los barrios amados,
que había fallecido el año anterior. Con un
artículo que aparece en el suplemento del diario
Clarín con motivo de la edición de Quien habla
no está muerto, de Alberto Girri, obtiene el “Premio
de Crítica Literaria” establecido ese año
por la Editorial Sudamericana. En este breve ensayo, Salas
sesgadamente brinda algunas pautas de su búsqueda
y anhelos: “Pero el hilo del laberinto está
en el poema de Wittgenstein: ‘Quizá en lo irrebatible,
en lo que no puede demostrarse / no puede decirse, ser dicho,
/ está la clave’. Una clave que es finalmente
la de toda la poesía, la de la lucha constante entre
las palabras y el silencio, entre lo supuestamente irrefutable
y aquello que se intuye más allá de las fronteras
de la razón, donde se mueven ‘signos sonoros
que por los oídos andan / sin dueños, como
rodando, disponibles y expectantes, / ignorantes de sus
pautas de significados, de donde obtenerlos; / y su persistencia,
insaciable, para adherírsenos, un yo / instalado
en el otro yo, / vigilando por encima de nuestro hombro’.”
10 Palabras que no sólo constatan el amplio abanico
de sus intereses y también ciertas coincidencias
con una experiencia disímil, sino que además
nos develan los alcances impuestos a la práctica
de la apropiación en el paciente armado del corpus
de su discurso poético.
La Argentina de esos años, muerto Perón, se
debatía al borde del abismo; diversas facciones conjugaban
el verbo de la muerte e intentaban imponer sus definiciones
ideológicas con plomo y explosivos, mientras entre
bambalinas los dueños del poder disponían
el futuro institucional del país. El 24 de marzo
de 1976 las Fuerzas Armadas, apoyadas por un amplísimo
sector de la sociedad que reclamaba orden, inaugurarían
el período más oscuro de la historia argentina.
Miles de muertos, una guerra inútil y la deuda externa
que han marcado a fuego el destino de la República,
son los hitos por los cuales se recordará el período
que culminaría en 1983.
Salas, quien había comenzado a recibir amenazas contra
su vida antes del golpe militar, decide, frente a la falta
de garantías, abandonar con su familia el país,
radicándose en Madrid en mayo de 1976. Ese año
se publicaría en Buenos Aires su La generación
poética del 60.11
El exilio no fue una etapa dulce de su existencia; para
subsistir realiza distintas tareas: instalador de carteles
de publicidad en las rutas para una empresa petrolera, traductor,
escritor fantasma y periodista a destajo. El oficio lo llevó
a colaborar con importantes revistas culturales y trabajó
en Cuadernos Hispanoamericanos donde dio a conocer ensayos,
artículos y notas.
En 1978 publica su ensayo La España barroca y meses
más tarde, luego de ocho años de aparente
silencio poético, su nombre integra con Gajes del
oficio el catálogo de la colección “Nos
queda la palabra” de Ediciones Taranto de Madrid,
donde lo acompañan Félix Grande, Gonzalo Rojas
y Ángel González.12 En Gajes del oficio incluirá
textos escritos entre 1970 y 1978, que acompaña con
una nota aclaratoria en la que señala que los poemas
reunidos: “No nacieron pensando en un libro; se dieron
aisladamente, como borrosos reflejos de la realidad. De
ahí que se reiteren obsesiones, imágenes y
temores que me han acompañado en estos años
de un lado y otro del Atlántico”. Estos reflejos
pueden ser traducidos como interpretaciones; Salas nos convence
de que una de las funciones primordiales de la poesía
en tanto actividad autónoma de la imaginación,
debe ser la de expresar al mundo.
Los poemas están atravesados por la desazón
producida por la pérdida del ámbito de la
lengua materna: “...y al preguntar la hora en el teléfono
/ no responde esa vieja pariente 113 / sino una voz impersonal
ajena...”; asimismo están habitados por el
dolor y la muerte que planea como un ave carroñera
sobre América Latina. Podemos considerarlos culturalistas
en el sentido de que aluden reiteradamente a episodios diversos
de la civilización y de la historia del hombre y
su condición. Los textos publicitarios que promocionan
los productos de las grandes empresas transnacionales le
serán instrumentales, por ejemplo en “Salmos,
XXXVII, 28”, para trazar irónicos paralelos
de estas organizaciones y de los espejismos que irradian.
“Mientras era conducido en un viejo Renault por /
las calles de Lyon / atravesado por el dolor que le producía
el ojo que / acababan de vaciarle con el taco de una bota
/ Michel Rosier intuía que sus compañeros
/ acaso los mismos que había oído aullar en
la rue de Clécy / salvarían a Francia castigarían
a esos otros franceses / que aún a regañadientes
cumplían las consignas de Laval / porque de esa forma
decían alimentaban a sus hijos / eran recibidos /
por los vencedores asistían a la Ópera reían
con / viejos chistes / en los cabarets de Marsella / No
es solamente como me siento como manejo / Es también
cómo me siento cuando llego / Fairlane. La gran manera
de llegar”. El poema se arma como un rompecabezas,
pero los sucesos o piezas del objeto se integran en un premeditado
desorden temporal, a la manera de Ezra Pound en su Canto
100, 13 el tiempo secuencial es pulverizado, aniquilado;
argumentando como lo haría Cavafy que las proposiciones
contradictorias están gobernadas por la ley de la
repetición.
Resuelto el destino de la dictadura por la derrota de Malvinas,
Salas se reencuentra con su ciudad, hecho que parece haber
sido anunciado con la edición de Veinte años
no es nada (1982) una selección de su obra poética
y el primer libro publicado en la Argentina luego de su
obligada ausencia.14 En 1983 llega a una Buenos Aires encendida
por la esperanza de la inminente salida democrática.
Retoma su actividad periodística y pone al aire un
programa radial llamado Dar la nota (1985-1989), de neto
contenido cultural y con un formato novedoso que hizo historia
en el medio.
El retorno, simbolizado por el genio de Alfredo Le Pera
en la voz de Carlos Gardel, tiene para los argentinos, y
muy especialmente para los porteños, el sabor de
la victoria. Dulce o amargo, el regreso a “La Reina
del Plata”, sólo es comparable a la vuelta
al pago o a “la casita de los viejos”; es la
acción de ponernos en contacto nuevamente con nuestras
raíces, moldeadas por el habla de un monstruo cosmopolita
que observa desde los márgenes una imagen deformada
del mundo.
La mudanza de Horacio Salas desde una capital europea a
Palermo, uno de los barrios más emblemáticos
de los 47 que componen la capital (recordemos a Carriego
y Borges), es también la recuperación de un
territorio, de un ámbito en el que ajusta una vez
más el ritmo de su respiración y el tono de
su voz, factores determinantes del estilo. Luego de su arribo
termina de corregir los originales de Cuestiones personales,
que será publicado en Buenos Aires en 1984 (Premio
Municipal de Poesía) y reeditado en Madrid al año
siguiente.15 En él “La literatura teje ese
tapiz no personal, sobre la hechura de innúmeras
versiones precedentes donde se ha dicho todo y el texto
se borra y se reescribe, acaso escolio del anterior. En
este eterno retorno que explica la fantasmagoría
del presente, somos sombras enigmáticas, como los
objetos y los destinos trenzados en infinitas causas secretas,
ignorantes móviles de inagotables posibilidades para
el porvenir. Así como los hombres somos una continuación
levemente alterada del pasado en la tierra y convivimos
en el presente con nuestro conjeturable e inconcebible futuro,
las formas literarias reeditan viejas destrezas, las comentan
y las homenajean o refutan y se heredan y se legan de manera
vicaria”.16
En Cuestiones personales confirma la técnica constructiva
del poema en el que continuará amalgamando elementos
diversos y contrapuestos, sirviéndose de un amplio
menú: mitos culturales, fotografías, textos
ajenos, deporte, cine. El ojo del poeta anda por el mundo
y sus culturas apropiándose de todo aquello que le
resulte relevante; no obstante ello, ha de replicar a la
absorción de ese todo con una dicción ya inconfundible.
Esto pone de manifiesto aspectos paradojales de su génesis:
estos textos que fueron escritos en gran parte en Madrid,
ratifican una visión del universo que en los dominios
de una lengua común es apuntalada por la diferencia,
rasgos connotativos que surgen de nuestro propio paisaje
y geografía cultural. Cuestión que James Joyce
pone en la boca de Stephen Dedallus en A Portrait of the
Artist as a Young Man, luego de que éste se entrevistara
con el director del colegio jesuita en Dublín, un
inglés converso: “El lenguaje que hablamos
le pertenece antes a él que a nosotros. Qué
diferentes suenan las palabras, hogar, Cristo, cerveza,
amo, en sus labios y en los míos. Su lengua, tan
familiar y tan extranjera, es siempre para mí una
lengua adquirida. Yo no he fabricado ni aceptado sus palabras.
Mi voz las mantiene a distancia. Mi alma se inquieta en
la sombra de su lenguaje”.17
La cita no es arbitraria ni pretende ser una boutade. El
trabajo de Salas tiene muchos puntos de contacto con escritores
y poetas de diferentes literaturas postcoloniales que a
partir de 1945 se inspiraron en Joyce para acelerar un proceso
de inversión de la mirada en el que se niega la pretensión,
tan extendida en la metrópoli y la periferia, de
considerar a las naciones emergentes y su cultura como efecto
de los deseos de los países centrales. Se trata de
una respuesta a los guardianes celosos de su tradición
que ante cualquier atisbo de insurrección lingüística,
remiten al rebelde a la biblioteca de sus clásicos.
Esta circunstancia que se repite a través de los
tiempos y de la que existen infinidad de ejemplos, halla
uno casi perfecto en una frase de Thomas Macaulay: “un
solo estante de una biblioteca europea tiene más
valor que toda la literatura nativa de la India y de Arabia”.
18
En este contexto, invertir la mirada requiere que la revisión
de la historia y el análisis de la cotidianeidad
se hagan en lo que H. A. Murena denomina una “clave
local”. 19 Se trata de someter nuestra incipiente
tradición literaria -cuya trama está atravesada
por una serie de entrecruzamientos de los que participan
distintas tradiciones poéticas- a una nueva lectura.
Este ejercicio, un claro acto de traducción, está
subordinado a ciertas condiciones. Walter Benjamin 20pensaba
que la falla de la mayoría de las traducciones del
siglo XIX se debía al excesivo respeto del traductor
por las convenciones de la lengua de destino y el temor
de que la lengua de origen perturbara su sintaxis. Por lo
tanto, este recorrido, si tiene aspiraciones de releer el
campo de lo heredado, debe desembarazarse de la actualización
de esos prejuicios: los recortes que impone el periodismo
cultural -reemplazados cíclicamente cuando el supuesto
canon y sus objetos de culto se disuelven en la memoria-
y la aprensión a que los signos aún vitales
del pasado estallen en la voz del presente.
Este mirarse a uno mismo a través de los otros y
de un devenir cultural es una característica que
fija o radicaliza un rumbo definitorio de la poética
de Horacio Salas. La modulación de un decir que en
el nosotros halla las razones de su existencia, emparentado
carnalmente con los compases y las letras del dos por cuatro,
que durante su exilio español se le cruzaban de maneras
hasta entonces insospechadas, y que nos son devueltas en
imágenes plenas de brillo y efecto, como se da en
el recordado “Anclao en Madrid”:
Mientras tomaba mate en el estudio de Velázquez
llegó Quevedo sacudiéndose
los copos de la última nevada
y confirmó lo que pensábamos
los grabados eróticos de Picasso -dijo-
me resultan auténticamente afrodisíacos.
Después muerto de frío
Levantó el volumen de un disco del Polaco
Y nosotros quedamos en silencio
Garúa... tristeza...
Hasta el cielo se ha puesto a llorar.
En 1986 se distribuye la primera edición argentina
de El tango, que lleva un ensayo preliminar de Ernesto Sábato,
y en 1990 aparecerán Poesía argentina del
siglo XX y El otro, a la fecha su último libro de
poemas. 21 En el prólogo nos confía que advierte:
“...que el libro está salpicado de preguntas
y que se encuentran pocas de las metáforas que en
otros tiempos parecían protagónicas. Sólo
espero que nuevos chaparrones me permitan responder con
los años a algunas (me bastaría un puñado)
de las indagaciones que aún no puedo contestar”.
Estas palabras que expresan el anhelo de hallar respuestas,
se niegan a sí mismas, afirman su contrario cuando
leemos: “¿De algo de lo que ocurra / de lo
que está ocurriendo / de lo que ocurrirá /
de lo que ocurre a miles de kilómetros / podremos
algún día descubrir el sentido? ?...? ¿los
poemas son tan solo preguntas? / ¿los poemas son
tan solo preguntas sin respuesta?” Toda respuesta
en realidad sería una nueva pregunta; incluso en
aquellos poemas que prescinden de los signos de interrogación,
éstas laten en su efecto poético. El cometido
no es verificar la taxabilidad de los enunciados a través
de descripciones o imágenes. La demanda de la poesía
como forma del conocimiento, parece decirnos, es la de imaginar
el sentido a través de la reafirmación de
las preguntas, cuyo fin es reproducirse instalándose
como mecanismo primordial del proceso poético. Acto
que se lleva a cabo en un escenario donde la volubilidad
del objeto tiende a confundir a la mirada: “La cercanía
es mezquina / se hipnotiza con las deformaciones de la lupa
/ se obstina en detalles aparentes / pide peras al olmo
/ se equivoca”.
Estas preguntas que no buscan réplica, refutación
o mera conclusión, crean en la falta de correspondencia
de los términos, los intersticios o huecos en los
que la voz puede callar. En su acertada y reciente “¿Podríamos
llamarla vindicación de la poesía?”
Raúl Dorra afirma: “La incorporación
del silencio en el interior del lenguaje es una conquista
de la poesía, una conquista trascendental que hace
de la poesía un género único, el único
para el cual el no decir puede alcanzar un valor incluso
más alto que el decir, el único donde el callar
encuentra el modo de expresarse, un modo que tiene que ver
con el misterio, con la angustia, con la desgarradora aventura
de situarse al otro lado de la palabra”. 22
Este colocarse más acá o más allá
de los límites de la palabra, espacio en el que la
estela de su sonido entabla un duelo con el sentido, revela
el muchas veces esquivo efecto poético, territorio
donde lo no dicho asume su dimensión semántica.
Para ello, el poema deberá guiarnos desde las zonas
más oscuras de la expresión poética
hacia ese vacío casi mágico donde repentinamente
estallarán los fuegos de artificio de la significación.
Salas lo logra plenamente. Para hacerlo, monta en la página
una ajustada organización prosódica. La relación
sonido-sentido se apoya en una estructura rítmica
en la que el tono del habla coloquial, instalada como una
música de fondo, reaparece en un rearmado armónico,
combinándose en un doble contrapunto. La primera
de sus fases se produce en la línea donde las palabras,
como si fueran notas, enfrentan sus sonidos construyendo
el primer movimiento de un compás de duración
variable cuya disposición acentual entra en tensión,
cuando en una segunda instancia, su eco se enfrenta al de
la siguiente línea. Este contrapunto regulado y medido
obsesivamente por las emisiones de la voz escribe su melodía;
es el medio que utiliza “lo expresado” para
estimular las correlaciones emocionales en el lector.
La labor sostenida por Horacio Salas, un autor familiarizado
con tradiciones literarias y abierto a las más diversas
influencias, puede ser considerada la de un genuino multiculturalista.
Un poeta que no cesa de captar mensajes lejanos que luego
serán filtrados por esa voz histórica que
repta murmurante en las calles de su ciudad.
1- Mate pastor, Buenos Aires, Ediciones del Flor, 1971.
2- El tiempo insuficiente, Buenos Aires, Ediciones Cuadernos
del Siroco, 1962); La soledad en pedazos, Buenos Aires,
Ediciones Barrilete, 1964; El caudillo, Buenos Aires, Pleamar,
1966; Memoria del tiempo, Buenos Aires, Losada, 1966 y La
corrupción, Buenos Aires, Americalee, 1969.
3- La poesía de Buenos Aires, Buenos Aires, Pleamar,
1968.
4- Homero Manzi, buenos Aires, Brújula, 1968.
5- Vicente Barbieri y el Salado, La Plata, Cuadernos del
Instituto de la provincia de Buenos Aires, 1971.
6- Lawrence Ferlinghetti, carta a E.M. con motivo de la
traducción de América desierta y otros poemas,
Montevideo, UNESCO-Graffiti, 1996.
7- T.S. Eliot, Collected Poems, 1909-1962, London, Faber
& Faber, 1963.
8-Ramón Plaza, El 60’ Poesía blindada,
antología, prólogo Ramón Plaza, selección
Rubén Chihade, Buenos Aires, ediciones Gente Sur,
1990.
9- Conversaciones con Raúl González Tuñón,
Buenos Aires, La Bastilla, 1975
10- Horacio Salas, Alberto Girri –Homenaje, Buenos
Aires, Fondo Nacional de las Artes/Sudamericana, 1993, pp.109-113.
11-La generación poética del 60, Buenos Aires,
Ediciones Culturales Argentinas, 1976.
12- La España barroca, Madrid, Altalena, 1978 ; Gajes
del oficio, Madrid, Ediciones Taranto, 1983
13-Ezra Pound, The Cantos, London, Faber & Faber, 1986.
14- Veinte años no es nada (Antología), Buenos
Aires, Fundación argentina para la poesía,
1982.
15- Cuestiones personales, Buenos Aires, Torre Aguero Editor,
1985; Madrid, Playor, 1986.
16- Javier Adúriz, Borges como mito, revista Hablar
de poesía, número 5, año III, Buenos
Aires, 2001.
17 James Joyce, A Portrait of the Artist as a Young Man,
Dublin, Hardmondsworth, 1992.
18 Thomas Macaulay, Lord, Prose and Poetry, ed. G.M. Young,
Cambridge, MA, Harvard University Press, 1967, pp. 721-724.
19- H. A. Murena, El pecado original de América,
Buenos Aires, Sur, 1954, p. 23 y ss.
20- Walter Benjamin, Illuminations, New York, Schocken Books,
1979.
21- El tango, Buenos Aires, Planeta, 1986; Poesía
argentina del siglo XX, Ginebra, Fundación Patiño,
1996; El otro, Buenos Aires, Manrique Zago Editor, 1990.
22- Raúl Dorra, “¿Para qué poemas
? », Revista Críitica N° 90, [Universidad
Autónoma de Puebla], 2002, p. 68.
(*) Esteban Moore (estebanmoore@ciudad.com.ar)
Buenos Aires, 1952. Poeta, traductor y periodista. En poesía
ha publicado: La noche en llamas (1982), Providencia terrenal
(1983), Con Bogey en Casablanca (1987), Poemas 1982-1987
(1988), Tiempos que van (1994), Instantáneas de fin
de siglo (1999), Partes mínimas y otros poemas (1999).
Ha dado a conocer traducciones de Charles Bukowsky, Raymond
Carver, Lawrence Ferlinghetti, Allen Ginsberg, Gregory Corso,
Gary Snyder, Bill Berkson, Anne Waldman, Andrei Codrescu
y Seamus Heaney, entre otros. Su último trabajo publicado
es Los poemas de amor de James Laughlin (2001) traducido
en colaboración con Fernando Scelzo y Osvaldo Picardo.
En 1990 fue invitado a la escuela de poesía The Jack
Kerouac School of Disembodied Poetics, fundada por Allen
Ginsberg, donde realizó un proyecto de traducción.
En 1994 expuso sobre poesía y traducción en
la escuela de poesía de Viena, Schüle fur Dichtung
in Wien. Ha participado de diversos festivales en su país
y en los de Montevideo (1993), Medellín (1995) y
en 1998 formó parte del comité de homenaje
a Allen Ginsberg que realizó un encuentro en Nueva
York, del que participó. Su obra ha sido parcialmente
traducida al inglés, italiano, alemán y portugués
e incluida en diversas antologías. Una selección
de sus poemas traducidos por Craig Czury, fueron publicados
en diversas plaquettes por Red Pagoda Press, (Pennsylvannia,
EEUU, 1998-1998)