Antología poética (1979 – 2000)
De Guillermo Pilía (*)

 

 

arsénico

I

Aguzamos el oído para escuchar tras las ventanas
los pasos que se acercan y que muy pocas veces
se detienen en la cancela. Generalmente siguen,
se diluyen lentamente, dejándonos esa tristeza
que flota en las estaciones los domingos por la tarde.
Cuanto más se alejan —digámoslo sin dramatismo—
más nos vamos llenando de palabras.

VI

La ciudad te seguirá.
Caváfis

Todas las mañanas me reclino ante el torrente
para tomar un par de piedras redondeadas y cumplir con el rito
de arrojarlas al cauce, como si fuesen recuerdos.
Pero cuando la tarde cae en estas islas del trópico,
una ciudad con cuarteles, un ayer imborrable
vienen a perseguirme. Y me siento extranjero.

VII

He vuelto cansado de mi peregrinaje. Aquí
aún se mata en nombre de la tierra
o de un orden abstracto. Comprendo:
he consagrado mi vida en anatema
a un dios terrible. Ahora envidio
la paz de los cipreses y las rocas, la eterna
duermevela de las larvas.


Enésimo Triunfo (1980)


eros y thánatos

Por amor nos laceramos las manos,
construimos el mundo,
traemos la redención a nuestro prójimo.

Por placer,
nos entregamos a la muerte.


escarabajo de jade

El corazón es mi potestad; el tórax, mi cárcel.
Inmersas en este antiguo bálsamo,
más que el silbido de las cobras y el rumor de los oficios,
mis antenas escuchan los lamentos de estos huesos
de faraón, para los cuales
la eternidad es el precio del orgullo. Y la nada,
un consuelo inefable.


mercurio enigmático

Forma etrusca, dios foráneo, mensajero:
muchos intentaron descifrar la mueca de tu boca.

¿A qué rey troyano vas a anunciar la desgracia?
¿A qué virgen invitas para la boda de los inmortales?
¿A qué viejo magnánimo bendices con tu tirso?

¿Es que te burlas de la torpe materia humana?
¿O es que al peso de tus alas de bronce
sientes como condena?


sobre ciertos ángeles niños

Je vis assis, tel qu'un ange aux mains d'un barbier...
Rimbaud

Ángeles de mármol, ¿era acaso el cielo
un lugar sin esperanza? En medio de la fuente
de aguas verdosas, peces y camalotes,
ofrecieron sus formas al almagre,
prefirieron la sombra de la palma,
el descanso del viajero.

Tal vez esta inmovilidad en la que los vemos sumidos,
ángeles de mármol, sea una loca carrera
comparada con la desesperante inmovilidad de lo eterno.

Río Nuestro (1988)


isla en el pensamiento

Noche junto al río. Serena emerge
esta isla en el pensamiento,
en el recuerdo de los días infinitos:
grandes vigas de madera que se elevan
desde el agua, gigantescas agujas
de relojes lunares, o tal vez plegarias
por los muertos insepultos. Maderas
de pie como cimientos
de antiguos palafitos,
despojadas de vida, olorosas a peces,
negras por el alquitrán
de los buques petroleros.

Retorno del canto: amarran en las vigas
los barcos de huesos que arriban
desde el fondo del río;
y grandes hortensias
llevan a sus tumbas subfluviales.


allí también la vida estuvo en otro tiempo

Río de invierno: ya más escaso
se hace el bajar de las lanchas a las islas
a pleno sol, ya más escaso
se hace el contingente de viajeros
que retornaba a la otra orilla,
en las noches pesadas de calor y acetileno.

Allí también la vida estuvo en otro tiempo
primitivo, allí también los huesos
se desgastan y se suavizan
como las valvas de los caracoles muertos.


Cazadores Nocturnos (1990)


otra vez atardece junto al viejo molino

Otra vez atardece junto al viejo molino,
sobre la llanura con caballos y el río principal.
Por el camino del monte descienden jornaleros:
alguien silba una canción; alguien arrastra
la mirada por los últimos extremos
del paisaje; alguien subleva la antigua campana
con un golpe de rastrillo.

También el cazador los ve desde el recodo
hundido hasta la barba en el alto pastizal.
Carga su honda bíblica con piedras redondeadas.
Alguien silba, alguien mira, alguien subleva
la campana; alguien siente sobre la frente herida
la mosca cenagosa de la muerte.


para que se cumpla la ley que me obsesiona

He colgado a mis víctimas de un árbol,
las he desollado.

Las he partido en cuartos,
del tronco he extraído las vísceras azules.

He preparado el festín sobre la hierba,
salvajemente he comido carne humana.

He sacado los tendones más robustos
para cuerda de arco, para punta de flecha
los huesos más potentes he afilado.

Para que se cumpla la ley que me obsesiona
y cada hombre tenga parte
en la muerte del prójimo.


Huesos de la Memoria (1996)


último cielo

Llega el pase hasta el límite
de la ciudad rumorosa. Más allá,
descampados y paños tendidos,
tal vez sábanas, tal vez
vendajes o sudarios.

No avancemos ya más. Vertiginoso
es el atardecer en la llanura.
Sopla la muerte nocturna su reclamo
y en un murmullo de oración
responde el alma.


doble deriva

En medio del día se levanta
una brisa insolente, sacude
el cipresal y el campanario,
los pájaros y hojas, las sábanas,
los papeles sin brújula arrastrados
por las calles desiertas.

En medio de este día el corazón
también sacude su doble deriva
de bronces y maderas.


niebla

Hay sobre la madrugada un vidrio opaco:
caminamos a tientas, en lo ambiguo
entre la tierra y el cielo: así creemos
que caminan también nuestros difuntos.

Quizás se esparcirá también la niebla
sobre campos y canales, contra el muro
verdinoso de la infancia,
entre los juguetes y el incienso de Rimbaud.

Es este humo de Dios como una llaga
que se percibe apenas con dolor: la pupila turbia
del milagro evangélico, quizás
un ojo lisiado de la mañana y de la vida.


últimas banderas

Vuelve la tormenta: un gato negro
se aletarga bajo un naranjo
todavía verde. Un aire denso
se posa sobre las lomas mutiladas
como un presagio de lluvias.

Nada perdura: el agua moja
el frente encalado de las casas,
los últimos sobrevivientes embozados. Los últimos
campos que aguardan sin quemar,
las últimas banderas.


sobrevivientes

Surge en lo alto de la calle el campanario
y el rosetón de la iglesia.
Retorna silenciosa
la nueva estación y sus fogatas. Y los cipreses
que van creciendo de las ruinas
como torres mutiladas.

Una lluvia de bellotas cae desde el follaje.
Una lluvia de hojas cubre pudorosa
el rostro de los muertos. Y en los canales
que fluyen hacia el río, una ceniza
de otoño cubre pudorosa
los muertos disgregados.

Tristes cruces se elevan en las quintas
y en los senderos del parque.
Cada tierra es un páramo; cada árbol se nutre
de un cuerpo cribado. Al atardecer,
los sobrevivientes encalamos las moradas
como en un antiguo presagio de peste.

Visitación a las Islas (2000)


la corona inmortal

La carrera de un extremo hasta el otro
de la avenida, no tenía más finalidad
que la victoria. Aun más gratuita
que la carrera del atleta en el estadio
que no aguardaba otro premio que el ramo
de olivo o la corona de laurel,
que pronto se marchitan.

Lejos estábamos aún
de anhelar el ramo o la corona
de los atletas; lejos
con más razón de buscar la corona
de la inmortalidad victoriosa,
con la que imaginábamos ceñida la frente
de nuestros muertos queridos.


día de piedra blanca

Día
hecho para mí.
Rodolfo Alonso

Día mayor, día
hecho para mí, para nosotros,
alto en el gozo, redondo
con la noche que lo cierra
como en aquellas vísperas
de fiestas de la infancia.

Día de navegación, de luz,
de sábanas y peces,
de pájaros y hojas en deriva
hacia las islas, a atolones
en que es dulce perder
la patria y los recuerdos.

Alguien marcará para mí, para nosotros,
con piedra blanca tu paso
efímero, la grieta
en la procesión de los años:
alto en el gozo, en la luz
y en los recuerdos en deriva.


luna de alexis

Ha cambiado la calle: en otro tiempo
la noche era aquí más selvática: oscilaba
en la esquina un farol con el viento
del verano, grillos y ranas presagiaban tormenta
y venía del fondo de lo oscuro
un perfume profundo de quintas y de albahaca.

Pero allá sobre las casas, en la linde del cielo,
los mismos árboles refrescaban la atmósfera:
los tilos olorosos de noviembre, los pinos y cipreses,
los eucaliptos balsámicos: de aquellas
maderas inmortales brotaba a veces esta luna
que mi hijo contempla con mis ojos de asombro.


amor más misterioso que los muertos

...odore dell’infanzia
che grama gioia accolse...
Salvatore Quasimodo

Creíamos olvidado el olor
de la vieja casa, cuando de pronto,
al abrir una puerta de madera,
volvieron las noches de verano y el acoso
de los mosquitos,
las fiestas, sus vísperas y el misterioso
resucitar de nuestros muertos.

Solían nuestros años añejar
también estos recuerdos, solían traer
otras noches de verano superpuestas,
otras fiestas, otras vísperas, otro amor
más misterioso que los muertos.
Hasta que en un instante retornaba
el olor de la infancia y su enfermiza alegría.


Caballo de Guernica (2000)


VIII

Lluvia de la mañana, insuficiente
para empapar el pan: tan sólo lluvia
al corazón, al que yace en la hierba.

No es tanto mi dolor: apenas tiene
los años enfermizos de una infancia.

Tristeza de peste leve
que no horada la carne: llaga indigna
de compasión, de limosna o milagro.


IX

Ya sanos de tumores,
los ojos son mi piedra de tropiezo.

Es leve mi mal. —Tengo
en la boca un gusto a antiguo remedio
bebido en madrugadas infinitas—.

Soy igual a un insecto del crepúsculo
que atravesado de luz no distingue
qué mata o vivifica.


XIV

Ha cesado la lluvia:
en el olor de la tierra se yerguen
las almas de mis muertos,
suben por una pértiga de luz.

Quizá un ángel geómetra
haga perpendicular esta mañana.


XV

Bajo andamios de luz
se edifica en silencio la mañana:

ya es el tiempo de ventilar las sábanas,
de que destiendan de las azoteas
vendajes y sudarios;

de que todas
las cosas estén blancas y soleadas
como la piel de los tísicos.


XXIV

Siembro sólo una sílaba:
la estación la devuelve
transformada en madera.

Otro año que declina. Y se alargan
las uñas en los dedos de los muertos.

Tan dentro está Dios que apenas se siente,
como no se siente el pie ni la mano
que no horada una llaga.

Tengo esta voz menor
que apenas crece un palmo,
como hierba en la sombra.


XXV

Hoy escribo sin apretar la mano,
sin levantar la voz: líneas ligeras,
visibles sólo al tacto de los ciegos:

alegría de luz
y plegarias nocturnas;
alegría de un manojo de menta
olvidado en un patio de cuartel.


XXXI

Como espeso jarabe, vivo inmerso
en un frasco de vidrio esmerilado:
ajeno al mal que alivio.

Mis días han corrido
como una lanzadera,
sin estiércol ni máculas.

A veces soy el hijo
que enterraron de noche en la cal viva
—o el padre de mis muertos—.

Como un insecto dentro de un fanal
en estos pozos blancos me edifico
mis presidios de luz.


L

Bate en el corazón una palabra
algunas veces, como un redoblante.

Más bajo que un rasguido
de ruinosas guitarras
apenas si se escucha desde afuera.

Tengo la voz hundida
y la lengua con moho,
igual que un campanario sumergido.


LI

En esta tarde limpia nadie quiere
morir de desamparo: ya se fueron
los años de epidemia.

Las llagas devoraron las falanges,
algunos ojos; quien más o quien menos
conserva carcomido el corazón.

Ahora son ausencias,
agujeros o pozos que desnudan
la lámpara interior;

cicatrices que deja la navaja
en el cuerpo del pan.


LII

Cae la tarde, el perdón, una niebla
suburbana. Tu pena es solidaria
con el dolor de todo lo que nace.

Es sencillo tu mal:
crece como la barba y el cabello,
como malezas de un bosque difunto.

La boca abierta a las estrellas,
lloras como el caballo de Guernica.

LIII

En medio del bullicio de la tarde
puedo escuchar mi voz,
pura herrumbre de puerto abandonado.

Y es como si buscara en tierra firme
la soledad de las aguas abiertas
donde nacen las islas.

Ansias de clara palabra, de sílaba
de acento luminoso,
como moneda en la taza de un ciego.


(*) Guillermo Pilía (lapuertadelprincipe@hotmail.com) nació en La Plata, Argentina, en 1958. Es egresado en Letras. Ha publicado seis libros de poesía: Arsénico (1979), Enésimo Triunfo (1980), Río Nuestro (1988), Río Nuestro / Cazadores Nocturnos (1990), Huesos de la Me-moria (1996) y Caballo de Guernica (2001). Actualmente pre-para dos nuevos libros. Ha obtenido numerosos premios nacio-nales e internacionales: Faja de Honor de la Sociedad de Escri-tores de la Provincia, segundo premio de los certámenes inter-nacionales “Miguel Hernández” y “Macedonio Fernández”, los premios nacionales “Ciudad de Bahía Blanca” y “Carmen Gándara”, el Premio “Carlos Auyero” de la Cámara de Di-putados de la Provincia, segundo premio del certamen “Ciudad de Almendralejo” de Badajoz (España) y el Primer Premio de la Association International “La Porte des Poètes” de París, entre otros. Sus poemas han sido incluidos en antologías y en páginas de internet en Argentina, España y el Reino Unido. Sus cuentos y ensayos también le han reportado importantes distinciones en el país, en España, Estados Unidos y Ecuador. Correspondencia: Calle 17 nº 1331, 2º piso C, 1900 La Plata, República Argentina.

 



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