Tres décadas pueden contener espacio suficiente
para establecer valoraciones significativas en la trayectoria
de un artista; distinguir los referentes esenciales de su
estrategia creativa y más que eso, definir su desarrollo
tras los efectos de una impronta que, no obstante sus originales
influencias, consolidan una obra de trascendencia para el
arte de los últimos años.
Nelson Domínguez como creador de indudable vocación
antropológica, con un ojo avizor, supo precisar con
certeza los caminos por donde hombre, naturaleza y creación
han de andar para conquistar la singularidad. El tiempo
transcurrido interviene como catalizador y mediador de las
búsquedas artísticas, en correspondencia con
los procesos cognitivos que enfrenta su teoía dentro
del devenir sociocultural y del propio arte, impulsando
su juicio estético.
Es curioso, recién ahora en el 2003, escudriñando
una vez más la producción de este creador,
veo la exposición retrospectiva de 1983 en el Museo
Nacional de Bellas Artes, (10 años de trabajo profesional,
pintura, dibujo, grabado y cerámicas) del entonces
joven creador Nelson Domínguez, como resumen de una
etapa e inicio de un momento de renovación que más
entrado en la década marcharía camino a una
aprehensión mucho más íntima que descriptiva
de su posterior producción.
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Despuès de 20 años de este primer encuentro,
guardo gratos recuerdos en mi memoria del lirismo épico
vivencial que las caracterizó. Títulos como
“Al golpe del pilón” y “Preludio
de un rapto guajiro”, entre otras, recrean desde el
neoexpresionismo momentos de su experiencia personal, estableciendo
interrrelaciones poéticas entre los anhelos de su
pasado campesino y el presente esperanzador que avizoraba
la vida cubana de aquellos momentos. Estas obras herederas
de los códigos estéticos instaurados por las
vanguardias seudorepublicanas constituyeron verdaderas alegorías
del ambiente rural, el entorno natural de su infancia, y
la vida que se edificaba en Cuba en los años 70,
acciones testimoniales en las que la representación
humana protagonizada por los guajiros milicianos, aparentemente
extraídos de sus ilusorias fabulaciones campestres,
aun como centro de atención dialoga en perfecta armonía
con otros elementos de la composición.
Los aires renovadores de los 80 marcaron pautas en la obra
de Nelson, quien, “de manera muy individualizada,
compartió dos rasgos característicos de la
plástica cubana que se gestaba en la década:
la exploración en las múltiples alternativas
del lenguaje visual y el tránsito hacia una búsqueda
introspectiva que se desprende de la dialéctica de
las ataduras de lo inmediato”(1).
Por esta égida marcharían las nuevas
realizaciones de los 80, caracterizadas, en su mayoría,
por una mirada hacia los conflictos humanos y una paulatina
simbiosis entre los componentes que asumen la inserción
de un lenguaje, en el que posteriormente prevalecerían
los valores semánticos por encima de la representación;
“ahora no está el hombre, pero parecen
estar sus ojos colocados en un paisaje insospechado
de pequeñas cosas” (2). Puras abstracciones
pudieran parecer estas piezas en las que la vegetación
adquiere una dimensión macro.
Los signos pictóricos del Nelson de los 90 alcanzan
un climax simbólico, sugestivo y proporcionado entre
otros aspectos por algo que ya venían puntualizando
sus constantes búsquedas y las asociaciones gnoseológicas
del contenido, en estrecha relación con las nuevas
soluciones que oponía su cosmovisión.
Por lo que se aprecian cambios sustanciales manifiestos
por el puntual abandono del sujeto concreto dentro de la
obra, y las variaciones de su estilo a figuraciones metafóricas,
en las que prevalecen la simplificación de las formas,
las representaciones expresionistas, las transgresiones
a otras técnicas y la ambigüedad, como elementos
determinantes en busca de un discurso que, entre otros elementos,
aseguran mayor preocupación por las circunstancias
sociológicas y culturales que establecen las conductas
humanas.
Series como “Ofrendas”, entre otras, instauran
figuraciones tipos, llenas de símbolos existenciales
de lo humano que redibuja a través de mitos y leyendas
de una herencia cultural afrocubana que asume desde una
visión más demostrativa que ilustrativa de
este acontecimiento cultural.
Presidido por la indagación sociólogica,
nos ilustra estas prácticas desde la óptica
de un espectador activo, primero porque su enfoque no parece
ser el de un ejecutante de estos cultos, y segundo, porque
de alguna manera estas obras nos impulsan a la ingadación
por este ejercicio popular.
La paleta oscura y abrasiva revestida por polvos negros
y manejos matéricos, sugieren una naturaleza sugestiva
y alucinada que apunta a los que algunos han llamado etapa
negra de su obra; sin duda desde aquí coloca al espectador
en la entrada de un camino que al igual que èl, como
buenos espectadores debemos descubrir y revelar.
(…) La incursion por múltiples técnicas
adquiere en su obra un sentido de orientación expresiva
en el que cada tema expone su versatilidad estilística.
Como los gallos que en Mariano Rodríguez establecen
las claves de renovación hacia otros ciclos creativos,
en Nelson la experimentación e incursión constante
por diferentes disciplinas constituyen fuente de generación
de nacientes tejidos para los posibles acontecimientos que
impondrán sus enclaves técnicos.
A Nelson, entre otros creadores, le debemos la constancia
del grabado dentro de las prácticas artísticas
de estos años. Cuenta con importantes reconocimientos
internacionales que le confieren un lugar significativo
dentro de esta expresión. Por eso, cuando lo vemos
hoy no sólo como creador, también como promotor
y productor de esta técnica, podemos comprender la
ascendencia de su proyección.
Como al principio, sigo pensando que tres décadas
de gestación en la producción de un artista
consolidan su yo artístico, y pueden ser los ingredientes
definitorios de un maestro, por sus revelaciones e influjos
en las futuras generaciones de creadores cubanos.
Biografía
Nelson Domínguez nace en Baire,
Santiago de Cuba, el 23 de septiembre de 1947.
Cursó estudios en la Escuela Nacional de Arte
Cubanacán (1965-1970), en la cual ejerció
como profesor (1970-1985). Ha sido profesor y jefe
del Departamento de Pintura del Instituto Superior
de Arte (ISA) y ha integrado el claustro de profesores
de la especialidad de grabado en esa institución.
Es miembro de la Unión de Escritores
y Artistas de Cuba (UNEAC) y la Asociación
Internacional de Artistas Plásticos (AIAP).
Orden por la Cultura Nacional, Orden Alejo Carpentier.
Diploma y Orden de Honor Museo Fuji, Japón.
Notas
(1) Libro Mágico Ritual de la creación,
Jorge de la Fuente
(2) Libro Mágico de la creación,
Eugenio Valdés
Para contactarse con Nelson Domínguez:
info@promo-arte.com
Sitio web:
www.promo-arte.com