Gozo y dolor en Vincent Van Gogh
Por Enrique G de la G (*)


 

«El verdadero valor consiste en saber sufrir».
Voltaire

«Elegido entre millones, te tocó a ti ser, ¡ser para el Dolor!: la vida. Aún no; desde mañana seré contigo
un artista en Dolor. ¡Elegido entre millones para un destino de martirio! Elegido. ¡Oh, tu Dolor ha de
asaltar al mundo! Cuando te concebí ya estabas elegido por mi ansia de atormentar».
Néstor Buendía, glosa a un párrafo de Macedonio Fernández



Sobre Van Gogh, lo primero que debe aclararse es la pronunciación del apellido. En holandés, la “v” suena como la “fau” alemana; la combinación “gh”, como la “jota” castellana. O sea, el apellido suena, al lector hispanohablante, a “fan gój”.

Van Gogh, el holandés por excelencia. Ni Erasmo de Rotterdam, ni Van Eyck, ni Van Dyck, ni Spinoza, ni siquiera Gullit o Van Basten o las vitrinas o los bares con mariguana han superado la popularidad del pintor. Ni los tulipanes, los canales de Amsterdam, los suecos o los molinos son más famosos que el genial pintor del XIX. No sólo por el colorido jovial, lo ecléctico de sus brochazos, el fulgor de sus lienzos que no requieren iluminación artificial, ni tampoco por la celebración de la vida campesina a lo Millet. La clave es la paradoja de la vida humana. Pero no, no debe comprenderse a Van Gogh en términos de claves. Van Gogh es el espejo del Dolor (moderno), ese Dolor que Nietzsche acusara poco después, el Dolor tras la muerte de Dios, el Sufrimiento de las prostitutas, de los comedores de patatas, los mineros, los campesinos; es la Naturaleza quejosa por el negro de los cuervos, negrura tan intensa que oscurece al mismo sol y estropea el dorado de los trigales. Es el Dolor del adolescente, en el vaivén dialéctico Dolor-Gozo-Dolor-Gozo, hasta el suicidio. Van Gogh se suicida, lo sabemos todos. De haber podido, le habría pedido a un cuervo que lo devorara vivo. Es espejo de la insatisfacción atea, nietzscheana, holandesa, en una palabra, esa Holanda de hoy de la cual fue un precursor. De allí su éxito y su popularidad.

Vincent Van Gogh nació primero en 1852 y murió. Volvió a nacer al año siguiente con un mandato: renovar la pintura, renovar la vida. Vincent tuvo un peso sobre sus hombros todo el tiempo: sabía que la vida de su hermano mayor (Vincent I) había sido sacrificada por la suya. La naturaleza lo dispuso, acaso porque esta otra vida fuera más valiosa. Así lo entendió siempre Vincent II. Hoy tendría –tiene– 150 años, más la inmortalidad del artista.

¿Cuál es el éxito de la pintura de Van Gogh, que atraviesa generaciones, fronteras, ríos y montañas, razas, mentalidades y los océanos más vastos? ¿Qué tiene de fascinante la pintura de este holandés, un poco loco, un poco atormentado y que, infeliz, se explotó el pecho con un escopetazo? ¿En qué radica la fuerza de los girasoles, la silla, la habitación, la pipa?

Encuentro que el vigor de Van Gogh radica en su exposición de la paradoja humana. Un pintor no puede argumentar, debatir, rebatir, o postular. Sólo plasma, y en el lienzo concentra su mensaje, que debe o puede ser interpretado por el espectador (claro, hasta antes del arte del siglo XX). En este sentido, la fuerza de Van Gogh está en que sus obras reflejan la doble condición del hombre.

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Mira con atención Los comedores de patatas. Esta versión que ves aquí es la tercera que trabajó el pintor. Es la famosa, que se conserva en Amsterdam. Además de las dos versiones anteriores, se conservan otros esbozos y ensayos de algunos rostros. Por ejemplo, la campesina que está tomando las papas con un tenedor se llamaba Gordina de Groot. Hay muchos retratos de ella. Van Gogh pintó este cuadro en el campo, en Neunen, un pueblito al sur de Francia. Tenía que pedirle dinero a su hermano Theo para vivir y comer, e incluso para pagar a Gordina y los otros modelos que posaban para él. Porque posar implicaba dejar de trabajar, pero no dejar de ganar dinero.

Van Gogh estuvo siempre orgulloso de este cuadro, y de ningún otro lo estuvo tanto como de éste. La pintura se puede “leer” desde distintos planos. Primero el técnico, claro. Los tonos son oscuros; la lámpara que cuelga del techo es la única fuente de iluminación. Las ventanas del fondo están cerradas, parece que hasta herméticamente. Ni un rayo de luz se cuela por allí o por algún trozo roto de la madera, como sucede en cualquier cabaña rústica. Pero no es la lámpara la que divide el cuadro en dos, sino la niña del primer plano que nos da la espalda. Seguramente es la hija del matrimonio que está a la izquierda, y nieta de los ancianos de la derecha. No se sabe si el hombre con la taza en la mano es hijo de la anciana o su esposo menos envejecido. Sólo están iluminadas las cofias blancas de las mujeres, las tazas y las patatas, la mesa entera. Los rostros y las manos tampoco carecen de luz. Hay que observar cada una de las figuras. El hombre de la izquierda tiene las manos gastadas, como el puño de su arado, podemos imaginar. Seguramente ha trabajado todo el día. Su expresión no es de sufrimiento, pero sin duda las debe pasar mal, pero tampoco es de fiesta, a pesar de que se le ve tranquilo y, hasta cierto punto, contento. Su mirada está un poco perdida; acaso ve a su madre, acaso esté vacía de contenido, un poco como las miradas que pintaba Monet. No se ha quitado el gorro de trabajo; tampoco el otro hombre que está frente a él. A nadie se le olvida quitarse el gorro para comer. El mensaje es que esta gente no deja de trabajar en ningún momento. Para ellos, la vida es tan ardua como arar la tierra. Y tan gratificante… Con dos pinceladas blancas en la mano y tres en el rostro, Van Gogh vuelve su aspecto anguloso. Son las marcas del trabajo agrícola y la vida de los labriegos.

Gordina de Groot es la joven esposa que mira a su esposo, ofreciéndole una papa. Son tan pobres que no tienen platos individuales: todos comen de la misma fuente al centro. Quizá sí tengan platos pero quieren ahorrar tiempo y prefieren no tenerlos que lavar. La mirada de Gordina no se encuentra con la de su esposo. En realidad, ninguna mirada se encuentra con la de ningún otro personaje. La razón es casi obvia: Van Gogh los pintó a cada uno por separado y los juntó en este cuadro. El punto fue criticado por Rappard, el amigo de Van Gogh, y se ha comentado muchas otras ocasiones después. El rostro de Gordina es muy expresivo y sin duda es el más familiar. Tiene bastante naturalidad. Está un poco echada hacia delante en la silla, como toda ama de casa, que sirve a su esposo antes de comer ella misma.

La escena tiene cierto misterio por culpa de (o gracias a) la niña de espaldas. ¿Será tan fea que no osa voltear y sonreír? Quien recuerde el cuadro de Frédéric Bazille Reunión de familia (1867, Museé d´Orsay) sabrá que siempre existe la posibilidad de hacer que los personajes giren hacia el espectador, como cuando en una reunión el tío simpático y maniático grita: “foto, foto”. Y todos voltean… Pero aquí no. Seguro que no hay nada que festejar. La comida es de lo más cotidiano y sencillo que uno se pueda imaginar. Parece que esta niña no tiene cofia alguna; tampoco parece que la haya tenido en las otras versiones anteriores a este cuadro. Pero qué raro, está sentada casi en la esquina de la mesa. En realidad, todos ocupan un puesto muy curioso alrededor de la mesa. El hombre joven está literalmente en otra de las esquinas, y Gordina en una tercera; la mujer vieja también está sentada en la esquina. Sólo el hombre de la taza está a un lado. Qué curioso. Nadie se sienta así. La razón es técnica: Van Gogh quería que la familia formara un círculo y debía crear cierto espacio. Por eso dispone la mesa y a los comensales de esta manera, aunque deba sacrificar “el realismo” que, en realidad, nada le importaba, como sabemos. El círculo tiene más fuerza expresiva, porque implica igualdad, unión, familia, es el símbolo de quienes han estrechado sus lazos y se toman de la mano en la ceremonia religiosa o la fiesta. Aquí nadie se toma de las manos, pero todas están cercanas. Mira qué curioso esto de las manos: la niña las tiene recogidas sobre su pecho; los demás tienen una mano estirada hacia la comida o la bebida, y la otra mano también recogida sobre ellos mismos. Es curioso. ¿Qué nos quiere transmitir con esto Van Gogh? Los críticos sugieren que son gestos de equilibrio y, cómo decirlo, de mesura. No hay ningún gesto de violencia ni de excesiva amabilidad. La escena es de lo más cotidiano y, podríamos decir, hasta vanal. El espectador puede sentir compasión por la vida de estas personas, pero ellas no piensan, de ninguna manera, en que su vida sea desdichada. Al contrario, tienen una serenidad envidiable y hasta cierto punto denotan gratitud. Esto de la gratitud también viene sugerido por el manejo de la luz, que marca la comida, las manos y la mitad de cada una de las caras.

En la habitación no hay decoración. Todo es madera, lo que le da al cuadro un aire de familia y de calidez. Porque la madera es ciertamente cálida. En un rincón pueden verse un reloj y un cuadrito; en otro, algunos cubiertos dentro de una bolsa de cuero; y abajo una segunda tetera, sin duda vacía. El reloj marca las 11:35, aunque la manecilla de la hora está ligeramente recorrida hacia delante, y llegó ya a las 12. Es una broma, como aquella otra que nos sugiere Degas en El café (El ajenjo) (1876, Museé d´Orsay): las mesas no tienen patas (¿lo habías notado?). El cuadro es una Crucifixión con la Virgen y san Juan. Esto merece nuestra atención. No es casual que Van Gogh haya elegido este tema para como ornato para este cuadro. ¿Qué expresa una Crucifixión en este contexto? Es el momento en que el hombre abandonó a su Dios. No fue sólo un abandono, fue algo más cruel, fue la traición, la tortura y el asesinato. Su Madre y sus amigos no lo pudieron impedir, y el dolor les oprime el corazón. Pero es un dolor que, como las grandes Pietás han conseguido expresar, se rinde a la Voluntad de Dios y es, por lo tanto, sereno, santamente resignado. Ésta es la idea del cuadro Los comedores de patatas: Dios no nos ha abandonado, está con nosotros, es fiel a su promesa, nos da el sustento diario, que no falta, y las incomodidades y las lágrimas de esta vida son un reflejo pálido e impreciso de su Pasión. El hombre sufre y es feliz, porque sin sufrimiento nadie es feliz o, dicho en dirección contraria, ni el hombre más feliz está exento de sufrimiento. ¿Es acaso fácil o placentera la vida de Gordina? En absoluto. Pero no deja de ser feliz. Sus preocupaciones son sencillas: la cosecha, el clima, el sustento, su familia. Sus pequeñas preocupaciones son las grandes preocupaciones del mundo. ¿Es acaso fácil o placentera la vida de Van Gogh? Tampoco. La vida del artista es como la vida del labriego o del minero.

Lo escribió de otro modo san Pablo en una frase que compendia la vida del artista holandés, y que grabó con dolor y fuego en su propia alma: “Triste, pero alegre en todos los tiempos”. La vida del hombre es un camino que el viandante recorre triste pero alegre en todos los tiempos. ¿No será falaz desplazar esta esfera por otras aparentemente más importantes, como ha hecho el mundo contemporáneo? Hoy, el trabajo sencillo y la familia están supeditados al dinero y el reconocimiento público. Van Gogh, que entrevió este problema, protesta contra nosotros y nuestra sociedad; es como un Nietzsche, que profiere sus críticas con años y años de antelación. Claro que Van Gogh es heredero de Millet. En su primer sermón en las minas de Isleworth dijo el entonces pastor Van Gogh: “Y cuando cada uno de nosotros vuelva a la vida diaria y a las obligaciones cotidianas, no nos dejes olvidar que las cosas no son lo que parecen, que Dios nos enseña algo más elevado a través de las cosas cotidianas, que nuestra vida es un peregrinaje y no somos más que extranjeros en la tierra, pero que tenemos un Dios y un padre que protege y defiende a los extranjeros”.

En Van Gogh, pues, todo es paradójico. Un espíritu moderno desequilibrado por los clásicos y las intrigas de su época. Mira su autorretrato que está en el Museé d´Orsay. Mira sus ojos, un poco asimétricos para no sugerir estrabismo alguno. ¿Qué ven sus ojos? La miseria de los pobres y los desvalidos. Esa tristeza de los hombres lo movió, muy joven, a irse a un miserable pueblo de mineros y predicarles la palabra de Dios. Allí conoció el Dolor humano, allí perdió la inocencia. El hombre ha generado sistemas injustos, la explotación y la pobreza. No es casual que Van Gogh se haya enamorado y casado con una fea y tuberculosa prostituta, ajada por la viruela, ni que haya aceptado en su casa también a su hija, en contra del establishment y contra la fama de su familia, tan devota. Refunfuños no aceptó, ni la dureza de su padre, que murió por una apoplejía ocasionada por la terquedad de su hijo, tan vagabundo, tan fuera del mundo, tan en sus nubes e ideas. Van Gogh parecía el más miserable de los hombres porque amaba a los más miserables de los hombres, a todos aquellos que la societé ve por encima del hombro y arruga la nariz porque apestan a tierra y humo y sudor. La vida con Sien, la prostituta, no duró mucho.

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Fíjate en su oreja. Es la izquierda, la que se cortó. Se mutiló la parte inferior, pero la historia está bastante manoseada. Se sabe que en la Navidad de 1888, en la casa amarilla de Arles, Van Gogh y Gaugin discutieron acaloradamente sobre algunas técnicas de pintura. Las discusiones se habían multiplicado los últimos meses, desde que Gaugin llegó a Arles, invitado por su buen amigo; tenían entre manos el proyecto grande de establecer la mejor academia de pintura del mundo. No duraron más de dos meses. Esa noche, Van Gogh tomó un cuchillo (o una navaja de afeitar) y siguió a Gaugin unos cien o doscientos metros. Cuando el francés se volvió porque reconocía los pasos de quien le pisaba los talones, Van Gogh dio media vuelta y se fue a su casa. En su diario escribe que estaba intranquilo y que alcanzó a ver algo blanco en la mano de su amigo. Lo siguiente que se sabe es que Van Gogh llegó con el lóbulo de su oreja envuelto en un pañuelo (según otros, en un pedazo de periódico) a un prostíbulo y lo entregó a su amiga Rachel. Las prostitutas se asustaron mucho y llamaron a la policía. Temprano, en su casa, inconsciente, encontraron a Van Gogh en un sillón. Ya no se recuperaría de su locura más que por periodos breves.

Mira otra vez el retrato. Priman los colores fríos, y la mirada también lo es, aunque no tanto como el fondo, que insinúa moverse. Imagínate que cada una de esas líneas se está moviendo. No es difícil hacerlo, prácticamente se mueve el fondo del retrato. También el cuerpo del hombre tiene ese efecto. Lo única calidez está en la barba y el pelo, un poquito también en las cejas. Quizá las cejas consigan el efecto de atenuar la frialdad de la mirada. La boca está contraída, sin duda, en un gesto duro, que repite el ceño apretado sobre la nariz y los ojos. ¿A quién desaprueba? ¿Al “sistema”? Mira qué curioso el efecto de la camisa blanca. Normalmente se usan corbatas para iluminar el rostro; aquí Van Gogh lo hace al revés: resalta la cara con la blancura de la camisa. Una corbata se perdería entre tanto color. El rostro tiene más verde que nada. ¿A quién, antes de Van Gogh, se le había ocurrido pintar una cara color verde? Pero no queda mal, consigue sus propósitos. La frente es amplia y el pelo largo. Decía Victor Hugo que “mucha frente en un rostro es mucho cielo en el horizonte”. Los pómulos están muy salidos. Está enojado, podemos concluir. Los ojos también se ven muy hundidos. ¿No será que Van Gogh está ya mareado por los remolinos de la pared y su vestimenta? Su alma está desfigurada, como desfigurado está todo elemento dentro del cuadro. ¿Sientes que te transmite la fuerza de la vida, que no importa si está enojado o furioso, sino que está vivo? Eso es lo importante: allí está toda la pasión de la vida puesta con gruesos brochazos verdes y azules. El verde recuerda las plantas y el azul el cielo, los colores típicos de la vida y la primavera, por ejemplo. Y aunque todo se mueva, el rostro está fijo, como clavado sobre el óleo. No se mueve, ni balbucea ni parpadea ni gesticula. Fijo, congelado. Como la barba pelirroja, que está un poco endurecida. La vida aparece así, paradójica, rica, compleja. Se lanza en una dirección y retrocede, apuesta por aquí, se equivoca, cambia, gira, voltea, regresa, es escurridiza y persistente, demente, corretona y saltarina, se nos va de las manos, la conducimos y nos conduce simultáneamente. Paradójicamente.

Éste es uno de los 39 autorretratos que se hizo, sin contar otros que tan sólo dibujó; lo pintó en septiembre de 1939 en Saint-Rémy. Y es, a mi juicio, la mejor representación de la vida que Van Gogh consiguió.

En la vida y la obra de Van Gogh todo es paradoja. Porque así es la Vida. Ama a Sien, la prostituta, y luego se harta de ella. Depende de las mujeres pero no les puede dar una vida desahogada. Es un genio manipulado por los caprichos de la demencia y la locura. Depende tanto del trabajo como del alcohol. Pinta como nunca nadie antes lo había hecho y tiene errores técnicos. Se lanza a pintar el mundo con la Bibla en la mano. Lee todo el tiempo, trabaja sin descansar, ama la vida, a pesar de que se suicide. “Todo lo vivo es sagrado”, escribió William Blake. En Van Gogh el gozo está representado por el trigo, el sol y la pipa. El dolor, por lo negro y los cuervos. Los cuervos se comen el trigo y eclipsan el sol. No es raro que en los estados ambivalentes del alma los sabores agridulces, los sentimientos encontrados, el estado de “triste, pero alegre en todos los tiempos” sean los que mejor definan al hombre. Van Gogh ha vivido con la máxima fuerza esta paradoja de ser una persona, de querer y no poder, de luchar y ser vencido, de querer y no terminarse por decidir. Al final, apuesta todo por la pintura. En su vida vendió un solo cuadro, otra paradoja, y vivió casi siempre de la pintura o, mejor dicho, gracias a la pintura, aunque en ocasiones, también a su pesar. “Yo no tengo la culpa de que mis cuadros no se vendan”, escribió alguna vez. “Llegará el día en que la gente se dará cuenta de que tienen más valor de lo que cuestan las pinturas”.

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Vamos a ver un último cuadro de Van Gogh. Es interesante y muy expresivo. Se llama Sembrador a la puesta del sol; seguramente lo has visto ya en alguna revista o en el Museo de Otterlo. No es muy grande, tiene un tamaño mediano: 64 x 80.5. El cuadro está dividido en dos partes por la línea del horizonte. No hay océano pero nos lo recuerda el azul alborotado de las plantas del primer plano. Pero mira qué curioso está el horizonte, no sabemos dónde empieza: ¿será dónde termina el azul o dónde comienza el amarillo de las espigas? Van Gogh deja que tú lo interpretes como quieras. Abajo, en el campo, los trazos son aleatorios, no se guarda orden alguno; en el campo espigado, los trazos van hacia arriba. Los brochazos son fuertes, cargados de pintura. Casi podemos tocar las plastas que se salen de la impresión del papel. Y luego el sol, espléndido, luminoso, gordo y generoso. Es el personaje del cuadro, en realidad, que bien pudo llamarse Retrato del sol o algo parecido. Distribuye sus rayos circularmente a todos lados. El sol que ves tú por la ventana de tu cuarto es el mismo que estaba esa mañana, muy tempranito, calando bajo el sombrero de este sembrador francés. ¿No te maravillas? Estás en otro continente, en otro siglo, y el sol es idéntico, no ha cambiado en nada. Qué fuerza tiene el sol en este cuadro. Es el personaje, la luz de la vida, la fuente de la vida. Seguro que Van Gogh estaba muy contento ese día de junio de 1888 en Arles, porque el amarillo es el tema. Las casitas blancas y el bosquecito no interrumpen el frescor del amarillo: lo reafirman y subrayan. El sembrador está al servicio del sol, porque también reafirma la vida: está vivo, alegre, se le oye ir silbando una cancioncita, quizá la Marsellesa, como los franceses hacen, va aventando las semillas que mañana comerán él y los suyos. El cuerpo está bien balanceado, a pesar de que lleve una mano en el corazón, el órgano de la vida. Aquí todo es vida, hasta que el canalito seco o estéril que raja a la mitad el campo azul, en el primer plano. Esa mancha de esterilidad apunta hacia el sol, ciertamente, pero anuncia ya una intrusión en la alegría completa, imposible en la vida: los cuervos. Los cuervos negros contrastan diametralmente con el sol. Son necios y maliciosos; te juegan por la espalda. Llega uno y no tardan en venir los demás volando. Aquí ya se posó uno y vienen dos más. Se van a comer lo que el sembrador acaba de echar. Así es la vida, ¿no? Uno siembra con esfuerzo y vienen otros a arrebatártelo. Pirañas miserables... el ave carroñera, por despreciable que sea, no es tan cruel como estos otros animales. Piensa en la psicología de Van Gogh, ponte en sus zapatos, métete en la cabeza de un genio incomprendido del siglo XIX, y podrás disfrutar cada centímetro cuadrado del lienzo.

¿No es un canto a la paradoja humana cada detalle en la obra de Van Gogh? ¿Acaso no se repite, incesante, el mismo tema: el Hombre, que puede entenderse en distintas dimensiones: la Paradoja, el Dolor, el Gozo?


(*) Enrique G de la G (San Pedro Garza García, México, 1979). Lector y escritor, estudió filosofía. Su tesis versa sobre el objeto de la metafísica aristotélica. Colabora en distintas revistas con ensayos, reseñas y entrevistas. Agradecido lector de Borges, Victor Hugo y Alfonso Reyes. Actualmente realiza estudios de doctorado en Filosofía en la Humboldt-Universität en Berlín, y fatiga las bibliotecas y su mente con ánimo de esclarecer los atributos divinos que Aristóteles sugiriera.



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