La cara de la viuda Kurako Horikawa tenía un semblante
algo melancólico. Desde luego que su cara no era
la de algunas japonesas en cuyo perfil, algo frío,
se adivina la carne tierna y forman una belleza tan distinguida
que es difícil acercarse a ellas; ni era ese rostro
cuyos atractivos están hechos para romper la armonía,
ya sea por el ojo, la nariz o la boca. No era más
que una cara bonita, normal por decirlo así, que
pertenecía a la belleza común; pero en ella
había algo torcido que pudo ser arrebatado a la fuerza
por una expansión de la vida, y esto le daba una
belleza llena de energía extraordinaria. La expresión
dolorosa y melancólica de su cara destilaba por su
frente blanca y amplia, por los labios poco carnosos que
reaccionaban a los cambios del mundo exterior.
Toshio Kitayama se daba cuenta de que, en la medida en que
más veía la cara de ella, esas expresiones
iban penetrando poco a poco en lo profundo de su corazón.
Hacía casi un año que había regresado
del frente en el sureste de Asia, y trabajaba en la oficina
de un amigo que se encontró en el quinto piso de
un edificio cercano a la estación de Tokio; además,
él se la encontraba con frecuencia, a veces en el
pasillo del edificio, en el elevador o en la puerta del
baño. Cada vez que la veía, le hallaba en
su cara esa expresión inexplicable de dolor. Él
se dio cuenta de que aquella cara le recordaba su dolor,
el que había en el interior de su corazón,
con cierta dulzura espiritual que al mismo tiempo es dolorosa.
Él no podía saber qué edad tenía
ella; más bien, él no ponía interés
en su edad, porque esta mujer la ocultaba con su belleza.
Desde luego que eso podía deberse a que él
pasaba años sin ver a las mujeres japonesas, pero
también podía ser porque él tenía
una experiencia amarga en el pasado, y esto lo obligaba
a vivir siempre con la idea de estar lejos de la mujer.
Él no se daba cuenta de que ella había estado
casada una vez. La suponía más joven de lo
que realmente era. Por eso le parecía extraño
que siendo joven, ella tuviera una cara que mantenía
y expresaba tan claramente su personalidad, lo cual era
raro en las mujeres japonesas, y no entendía cómo
podía haber una cara como la de ella siendo tan joven.
Ella trabajaba en la nueva industria de Yachiyo, cuyas oficinas
estaban frente al trabajo de él. El pasillo largo
con oficinas a los lados era oscuro, de tal modo que cuando
él se la encontraba aquí, además de
lo breve, no podía observar detalladamente su cara.
De todos modos ella destacaba en la oscuridad del pasillo
o entre la gente amontonada del elevador. Y cuando él
la miraba sentía que la energía de su belleza
venía hacia él, como el último destello
del día disipado por la noche con una última
fuerza al filo de las montañas o del horizonte, en
el momento en que ese destello desaparece entre una atmósfera
llena de tranquilidad.
Al principio sólo el rostro llamaba su atención,
pero después comenzó a notar que el dolor
reflejado en esa expresión destilaba también
por todo el cuerpo algo pequeño, cubierto con un
ropaje oscuro que parecía apagarse ante esa cara
llamativa. Sentía que aquella figura humedecida por
el dolor le recordaba y le hacía revivir su propio
pasado doloroso. Ciertamente la cara de Kurako era de una
belleza que encajaba bien en el dolor interior de Toshio,
pero no podía entender por qué se parecían
tan perfectamente la cara de ella y el sentimiento de él.
De cualquier modo, aquel rostro tocaba al dolor de su corazón.
Cuando Toshio bajaba la escalera sentía algo que
le oprimía el corazón. Al principio no sabía
qué se lo ocasionaba, después no hubo duda
de que se debía a la expresión del doloroso
semblante de Kurako que se había hundido en el fondo
de su corazón. Sentía que en el centro de
lo que le apretaba el corazón estaba aquella cara.
Él fijaba la mirada en el rostro que estaba en su
corazón, entonces sentía el dolor que lo envolvía
en una inquietud inexplicable, se quedaba en la sensación
de que sus pies se negaban a aceptar la voluntad que los
movía por abajo del cuerpo.
De repente, por el corazón de Toshio pasaba un relámpago
de sentimiento misterioso e incomprensible. Entonces, algo
de lo más profundo de su memoria subía y le
mostraba un poder extraño de gran fuerza que lo hacía
rendirse. "¡Ay, no!", se paró un
instante. "¡Qué horror!", sacudió
la cabeza. Pero él estaba agitado por una confusión
que no sabía cómo tratar. Se daba cuenta de
que desde su interior subía, empuñándolo,
la negación de la vida y de los seres humanos, algo
que él mismo no podía afirmar. Era un momento
insoportable en el que le parecía estar iluminado
en todo el interior de su cuerpo hasta la punta de los dedos,
y esa luz pasaba por todo su cuerpo.
"No es cierto. Yo no estoy pensando así... Yo
nunca niego a los seres humanos... Soy un hombre dócil.
Soy sencillo y todavía tengo mucha confianza en los
seres humanos". Así él trataba de convencerse
a sí mismo. Sin embargo, en él renacía
la impresión de ser totalmente diferente al hombre
ordinario que había sido en el campo de batalla,
y se sentía atacado por un animal que existía
adentro de sí mismo enseñando los colmillos.
Sentía en su piel las huellas de los colmillos que
habían dejado cruelmente sus compañeros en
el campo de batalla. Pero al mismo tiempo, pensaba que él
también debía haber dejado huellas parecidas
a ésas, y al pensar así se estremecía
ante el egoísmo que mostraban los hombres amenazados
en la guerra.
La figura de Kurako Horikawa hizo que Toshio Kitayama reviviera
los recuerdos de la guerra y que levantara la voz rechazando
a los seres humanos porque, entre los recuerdos del campo
de batalla, había una figura de mujer de semblante
doloroso como el de Kurako. Cuando la veía, se le
venía claramente a su pensamiento la figura del soldado
miserable que caminaba por el campo de batalla con la imagen
de una mujer en el corazón.
Hace mucho tiempo, Toshio Kitayama tuvo una novia a quien
no podía amar de todo corazón, por mucho que
lo intentaba. Ella era, por decirlo así, sustituta
de una novia perdida. La mujer a quien él amaba,
ya hacia años que lo había abandonado. Su
siguiente novia no tenía ninguna cualidad especial
que mencionar, y él se consideraba con mala suerte
por haber conocido a una mujer como ésta en su adolescencia
tan apasionada.
De acuerdo con la tradición que siguen normalmente
los jóvenes enamorados, él también
idealizó a su anterior novia, atribuyéndole
virtudes que en realidad no existían. Pero no podía
resistir la oposición de la familia que no quería
que se casara con ella; y ella, a su vez, le pidió
la separación por inquietarle la incapacidad de él
para ganarse la vida. Y aunque la odió, no podía
dejar de tenerla en el corazón. En ese momento se
apareció la siguiente novia, quien trabajaba en la
fábrica de municiones donde él también
trabajaba. Ella lo amó mucho.
A diferencia de su novia anterior la siguiente pronto le
dio todo. Esta tenía el rostro afilado, el cuello
largo y las caderas angostas. Se veía enfermiza,
pero era inteligente, por lo cual era una mujer adecuada
a la mentalidad de él y de su formación cultural.
Él tenía suficientes fuerzas para soportar
el dolor del fracaso del amor anterior, pero no podía
aguantar la soledad para siempre, tampoco tenía la
fuerza de voluntad para dejar de satisfacer su vanidad teniendo
cerca a una mujer que lo amara; por lo tanto, no podía
rechazar el amor de la segunda mujer.
La segunda mujer le dio toda la confianza y todo lo que
tenía. Pero él sintió que era algo
que había obtenido tan fácilmente, que no
podía imaginar que tuviera tal valor que en su vida
posterior no pudiera obtener algo igual de nuevo. Él
la trató como sustituta de la novia anterior y la
amó de esa manera. Sin duda, la miraba con crueldad.
Le acariciaba la piel del pecho pensando que le faltaba
un poco de suavidad y sentía que su corazón
iba enfriándose. Sus ojos comparaban el pecho de
ésta con el de la novia anterior que rebosaba carne
opulenta y suave. Le parecía que le faltaba algo,
que no le llenaba de satis facción, su corazón
se constreñía.
La segunda mujer tenía la frente azulada y angosta;
y los pómulos algo salientes. Tenía un rostro
más bien moderno; sin embargo, él no le encontraba
nada sensual que le atrajera, y esto lo ponía impaciente.
Cuando acercaban sus rostros, al ver la manera torpe en
que ella se había pintado los labios; él se
sentía insultado. Desde luego que no siempre tenía
esos fríos sentimientos hacia ella. En la medida
en que tenían más experiencias juntos, él
empezaba a sentir el peso del amor de ella que se había
entregado sin dudarlo. Sentía que ella estaba rodeada
por una energía de amor ardiente que iba hacia él;
y esto le fastidiaba.
Él se fue a la guerra y un día, cuando todavía
estaba en Japón, recibió la noticia de la
muerte de su novia. No reconoció el pecado de su
amor falso hasta que ella murió; porque, en la vida
llena de sufrimientos del recluta, le hicieron entender
el gran valor del amor. "No reconocen lo que vale la
madre hasta que ingresan al ejército". Estas
palabras las decían los soldados y él las
entendió en el catre del cuartel; extrañaba
a la madre y pensaba en el amor. Consideró la dignidad
del amor de un ser humano por otro ser humano. Esto era,
de cierto modo, un sentimiento dulce y cómico. Un
hombre treintañero, después de pasar la vida
dura de soldado que estaba unida firmemente con el entrenamiento
y la vejación, llegó a concluir que en la
vida no había nada importante y que sólo el
amor tenía valor. Esto pensaba en la cama mordiendo
un pan dulce, y con los ojos llenos de lágrimas.
Sobando con su mano fría la mejilla hinchada y morada
por la patada que le dieron con la bota, se acordó
de la mano tierna de su madre y de la palma suave de la
novia muerta. Este recuerdo fue mayor cuando entró
en batalla, pues mientras estuvo en el campo de entrenamiento
en el Japón, entre los reclutas que recibían
el mismo sufrimiento, sólo palpitaban la piedad y
la compasión por la situación mutua. Cerca
del baño oscuro, los reclutas se hablaban con palabras
cortas y llenas de aflicción de su situación.
Sin embargo, en la primera línea de la guerra, a
todas horas atacados por los enemigos y sin alimentos, desaparecían
las comunicaciones piadosas de corazón a corazón;
naturalmente, no sólo hacia sus superiores o hacia
los soldados con más años de experiencia,
sino también entre los reclutas.
En la violenta batalla él entendió que el
hombre debía proteger su vida sólo con su
fuerza; consolarse a sí mismo por su dolor y su pena;
y cerrar sus ojos al morir. Como el agua en la cantimplora,
cada soldado tiene que guardar su vida en su propio odre
corporal. El soldado nunca le da a otro soldado el agua
de su cantimplora, ni utiliza su vida para otros. Aunque
sea poco, si su fuerza física es inferior a la de
sus compañeros, él sucumbirá pronto
en la batalla atacado por la muerte. Si en toda la tropa
hay hambre y uno le da su comida a otro; significaba la
muerte propia. Por causa de un bocado, los compañeros
de batalla se miran fijamente.
De repente, al reflexionar en el pasado, durante la batalla
cuerpo a cuerpo que exigía la extrema tensión
de los nervios, Toshio Kitayama sintió que los que
lo amaban de verdad no eran sus amigos íntimos, ni
sus compañeros de trabajo ni otros con quienes él
había tratado, sino su madre y su novia muerta. Cuando
los enemigos dejaron de disparar sin ninguna razón
especial y la línea de batalla empezó a cubrirse
de silencio sofocante, mirando por el telescopio del cañón
4-1 con el que buscaba un árbol como nuevo blanco
en el extenso campo, sintió que desde el pasado de
su vida se le acercaban revoloteando sólo aquellas
dos figuras que de verdad lo amaban.
Por el telescopio de su cañón, Toshio vio
que su novia muerta se acercaba caminando en una forma extraña,
tirando hacia afuera su pierna izquierda larga, que nunca
pudo corregir a pesar de intentarlo. Sintió que aquella
figura se le lanzaba al corazón dolorido. Al acordarse
de aquella manera poco elegante de caminar agotado por el
calor y el cansancio, sintió sacudido su corazón
porque, cuando ella vivía y caminaban juntos, él
la despreciaba y pensaba en insultarla por su modo de andar.
En plena lucha con el enemigo, él, en su corazón
repetía: "perdóname, perdóname".
Y guardando en el corazón la figura de aquella novia
que nunca se arrepintió de haberle entregado todo,
él aguantaba el sufrimiento de la batalla.
Lo mandaron al frente de la guerra con China y al sureste
asiático. Para él, un recluta, esa no era
la batalla contra los enemigos sino contra los soldados
japoneses. Con aquel calor, los caballos sufrían
de llagas por la silla de montar, y la piel de la espalda
se les fue desprendiendo dolorosamente hasta que no se podían
montar aunque les pusieran un cojín debajo de la
silla. Los reclutas tuvieron que sustituir a los caballos
jalando los cañones. El calor era tan intenso que
las tropas no podían avanzar de día sino de
noche. A la una de la mañana se despertaban. A la
una y media partían. A las once de la mañana
acampaban; y entonces, los reclutas tenían que cuidar
a los caballos, revisar municiones, reparar cañones
y cocinar, por lo cual el tiempo de dormir para ellos era
sólo de dos horas al día. Bajo esa situación,
el batallón avanzaba con la lentitud de los cañones
jalados por los reclutas agotados, y los oficiales que tenían
cuatro o cinco años de militares maltrataban a los
reclutas sustitutos de caballos. Los reclutas apenas se
protegían de los ataques de los oficiales. Los enemigos
de los reclutas no eran los soldados del bando contrario
que tenían en frente, sino los oficiales con cuatro
o cinco años de servicio que estaban a su lado.
Maltratado por los militares de su propio bando, Toshio
Kitayama llevaba la imagen de su novia en el corazón
mientras que con una soga iba jalando un cañón
por la selva, y las aves tropicales cantaban.
"¿En qué estás pensando? ¿No
estarás pensando en tu pasada novia?" Le preguntó
tristemente la novia muerta, después de que hicieron
el amor, y se quedó inmóvil, sin palabras;
sabía que Toshio no estaba contento con ella, por
eso supuso que él podía estar pensando en
su novia anterior. "No pienso en nada". Dijo él
rotundamente. Sin embargo, su tono de contestar no era definitivo,
más bien mostraba que aceptaba la sospecha de ella.
"Pienses lo que pienses de mí, no tengo más
remedio que amarte". Con frecuencia se lo escribía
en las cartas. Y dijo: "Llegará un día
en que puedas entenderme. Quizá para ese día
yo ya estaré muerta..." El sentimiento de ella
se encontraba entre las líneas de esas frases comunes;
y cuando él pensaba en ella, ese sentimiento se le
clavaba en el pecho, y esto le hacía pensar que merecía
recibir toda clase de sufrimientos.
"Sufre más". Se decía a sí
mismo, y caminaba jalando el cañón bajo los
azotes de los oficiales. El cañaveral quemado por
los soldados filipinos se extendía hasta la lejana
oscuridad. La gran luna roja del trópico iba subiendo
más allá del horizonte sobre la playa que
estaba medio borrada por la polvareda que habían
levantado los soldados. Las caras de los soldados, amarillentas
por la enfermedad tropical, y los uniformes contra el calor
estaban manchados de sudor y coloreados de rojo por la luz
de la luna. La tropa se alargaba y se rompía la formación.
Poco a poco se iban acercando al sendero de una montaña
que se agrandaba más y más.
"¡Relevo, el segundo y el tercero!" Se oía
desde atrás la voz ronca del jefe del pelotón.
Subían en fila, sin palabras y jadeando, los reclutas,
cada una con una bolsa que contenía la mascarilla
antigases. Sus ropas estaban pegadas a sus cuerpos por la
mezcla del polvo negro y el sudor que les brotaba incesantemente,
como si tuvieran musgo entre la ropa y la piel.
Toshio Kitayama entregó la soga del cañón
a su relevo y se separó de la fila junto con otro
soldado, llamado Nakagawa, quien era pescador. Pero él
ni se había dado cuenta de cuándo le entregó
la soga a su relevo ni cómo se separó de la
fila. Sentía el calor en la nuca, su vista se nubló
y el corazón que le bailaba en el pecho comenzó
a golpearle el tórax. Él y Nakagawa se quedaron
allí sin moverse hasta que pesadamente llegó
la cola de la fila. Empezaron a caminar y tomaron la brida
del caballo que sus relevos llevaban; este animal estaba
tan demacrado que, grotescamente, se le salía un
hueso de la cadera. Sin embargo, ya no tenían fuerzas
para avanzar con el caballo. Sus piernas estaban insensibles
dentro de las polainas apretadas, pues llevaban unos diez
días sin quitárselas. Les parecía que
tenían que perder una gran cantidad de sangre para
poder dar un paso en la subida.
"¡Qué hacen!" El sargento que sustituía
al jefe del pelotón vino hasta la cola de la fila
y los azotó en las manos que agarraban la brida.
"¡Cómo es posible que se cuelguen del
caballo! ¡No entienden que el caballo está
fatigado! Hay sustituto de ustedes; pero no hay del caballo.
¡No me hagan regañarlos cada rato con este
calor del diablo!".
Levantaron los ojos hacia el sargento sin hablar y soltaron
la brida. Empezaron a caminar separados del caballo. Pero
sus pies no se movían de su lugar. Por mucho que
respiraban, sentían que el aire sucio se les quedaba
en los pulmones, y se asfixiaban. Llegaron a creer que el
cordón de la bolsa con la mascarilla antigases les
apretaba el hombro derecho y les impedía respirar.
La montaña transpiraba un calor intenso irradiado
por el sol, en el día, pero mantenido a lo largo
de la noche, arro pando a los soldados dormidos con sus
poros tapados por el sudor y el polvo. La única razón
por la cual seguían caminando era porque la imagen
de la tropa a la vanguardia arrastraba sus cuerpos.
"Yo ya no puedo caminar más", decía
el pescador Nakagawa al otro lado del caballo que iba jalando
Toshio Kitayama. Varias veces repitió Nakagawa esas
palabras. Su voz penetró fácilmente el corazón
fatigado de Toshio, éste se consumió, y perdió
la energía necesaria para llevar su cuerpo huesudo.
"Esta vez de verdad, ya no puedo. Digan lo que digan,
ya no puedo caminar más". A pesar de todo, Nakagawa
siguió caminando una media hora más arrastrado
por el caballo.
La tropa se acercaba al monte Samat y tenía que apresurarse;
si no, era inevitable recibir los golpes mortales de los
enemigos que estaban del lado derecho, provistos con bastante
munición. Por lo tanto, la tropa siguió avanzando
sin recibir órdenes de descansar.
"Ya voy a dejar... Ya voy a dejar..." Estas palabras
del soldado Nakagawa le hacían entender a Toshio
Kitayama que a su compañero se le había acabado
toda la fuerza física. Las últimas sílabas
de aquella frase se iban debilitando más y más
hasta que el pescador perdió el tono con el que le
pensaba hablar a Toshio. Aquella frase sonaba con la tristeza
con que alguien se habla a sí mismo; o parecía
la reflexión del último momento de existir,
cuando se mira pasar toda la vida. Las palabras de aquella
frase llegaron al fondo del corazón de Toshio Kitayama.
Sin embargo, Toshio no tenía fuerzas para ayudar
a su compañero, ni para darle palmadas en el hombro
y animarlo; al contrario, pensó que de hacer aquello
él sería quien ahora perdería la fuerza
para sostenerse y moriría. Por consiguiente, Toshio
evitó conmoverse ante la voz del soldado Nakagawa
y siguió caminando callado.
"¡Dejare!". El soldado Nakagawa soltó
la brida del caballo y dobló las piernas hasta quedarse
inmóvil. En este camino quedó enterrada su
vida, él quedó cubierto de polvo. Su cabeza
tuvo un último rictus sobre la arena, y ahí
quedó él como mostrando que al fin se había
liberado su cuerpo que había sido arrastrado con
la soga que se usa para los esclavos. En la subida al Monte
Samat terminó la vida del soldado Nakagawa, a quien
frecuentemente golpeaban por su torpeza y mala memoria.
Toshio Kitayama dejó morir a su compañero
de batalla sólo por salvar su vida. Cuando Toshio
regresó de la guerra su madre ya no estaba en este
mundo.
En uno de los primeros días de la primavera, Toshio
Kitayama salió de la oficina con la compañera
Yoshio Yugami. En la entrada del elevador se amontonaba
la gente que salía del trabajo; pero había
más gente cerca del departamento de ventas especiales
de una empresa que estaba al lado de la tabaquería,
donde se encontraba un montón de artículos
de uso diario en una mesa sin mantel. Toshio y Yoshiko avanzaron
abriéndose paso entre esa multitud, y cuando estaban
cerca de la salida, Yoshiko, sin preocuparse de la presencia
de los demás, gritó: "¡Señora
Horikawa!" En ese momento volteó el rostro de
una mujer entre la multitud que se encontraba al lado izquierdo
del quiosco de periódicos. Aquel rostro era el de
Kurako Horikawa, una cara que encerraba penas. Aquella cara,
teniendo atrás el brillo del aire exterior al edificio,
sonrió débilmente entre la multitud.
"¿Ya se va? Vamos a regresar juntas". Yoshiko
Yugami le dijo a Kurako Horikawa que venía acercándose,
y le presentó a Toshio Kitayama.
Los tres caminaron juntos hacia la estación de Tokio,
entre la gente que tenía prisa por regresar a su
casa. Aunque Yoshiko Yugami, que caminaba en medio de los
otros dos, había perdido a su esposo en la guerra
y se había quedado con un niño que mantener,
era la que se veía más alegre y parecía
llevar una vida con pasos tan firmes como los que ahora
daba al caminar. El cabello que colgaba medio enredado sobre
su saco azul ma rino, adornaba su espalda ancha.
Toshio Kitayama, que estaba a la izquierda, tenía
unos treinta y cinco años, pero se veía más
viejo de lo que era. En sus ademanes se notaba la indiferencia
y las huellas del cansancio que tienen los vagabundos; y
que ahora empezaban a mostrar los que estuvieron en la guerra.
A pesar de esto, Toshio tenía una fuerza interior
que le había permitido superar las penas de la vida
militar y las batallas. Y ahora caminaba arrastrando sus
largas piernas como un soldado.
Kurako Horikawa, que caminaba al lado derecho, llevaba un
traje primaveral de tono algo alegre, con rayas celestes,
y en la plaza de la estación, donde todavía
quedaba la luz del atardecer, ese traje encajaba suavemente
en su contorno. Kurako estaba algo encerrada en sí
misma, aunque a su lado estuviera el corazón abierto
de Yoshiko Yugami; además, no se detenía en
pormenores y hablaba poco, caminando cabizbaja, con pasos
cortos.
Cuando llegaron a la fila en la ventanilla de boletos, Yoshiko
Yugami, sin la intención exacta de mostrarlo, desenvolvió
un paquete que había venido cargando en su mano derecha.
"¿Qué es?" Le preguntaron. "Es
algo que voy a vender. Es una piel. Piel de oso". Yoshiko
Yugami sacó una garra de oso con uñas negras
y la mostró a Toshio y a Kurako. Movió esa
pequeña garra dos o tres veces. Ella parecía
una niña traviesa, y empezó a reír.
Contagiada, Kurako Horikawa también se rió.
"¿Es piel?" Toshio Kitayama se sintió
lleno de compasión por el hecho de que esa piel chistosa
mantendría la vida de Yoshio Yugami, y ésta
dijo: "Sí. Dicen que vale unos cuatro mil yens.
Como es un poco chica, baja bastante su valor. Me han insistido
tanto en que la venda que por fin me decidí a hacerlo.
Ya se me acabó todo lo que podía vender".
Kurako dijo: "Yo también vivo vendiendo mis
cosas", luego volteó y sonrió más
con Toshio. Yoshiko Yugami agregó: "¡Ay,
estamos en las mismas condiciones! ¡Ya no podemos
más!" Y Toshio comentó: "Pero no
están tan mal, puesto que tienen algo que vender"
dicho esto en un tono frío, puesto que se sintió
confundido cuando quedaron al descubierto aquellos detalles
de la vida de estas dos mujeres. Y, más bien, no
había expresado las palabras adecuadas. "Pero
esta situación no puede durar un año, ¿verdad?".
Dijo Yoshiko dirigiéndose a Kurako y como buscando
su aprobación, a lo que ésta, afirmando con
la cabeza, respondió: "Yo también me
siento muy desamparada". Y en su cara, un poco seria,
apareció la sombra de la preocupación por
la vida.
El tren estaba repleto. Los tres quedaron separados y distantes,
de pie y apretujados por la demás gente. Toshio Kitayama,
apretado por los cuerpos que lo rodeaban, iba pensando que
lo mismo que amenazaba la vida de las dos mujeres, era lo
que le hacía sombrío su futuro. La compañía
de su conocido, donde él trabajaba, fabricaba utensilios
metálicos como trastos y hasta triciclos para los
niños, pero la materia prima se estaba agotando y
era difícil mantener la compañía. Por
otro lado, aunque él había trabajado en la
fábrica de municiones, los seis años de vida
militar le habían quitado la habilidad práctica.
Kurako Horikawa bajó del tren en Yotsuya. Ahí
bajó mucha gente y el tren quedó con más
espacio. Toshio Kitayama y Yoshiko Yugami se acercaron a
la puerta central del tren. "Es bonita, ¿verdad?"
dijo Yoshiko. "Sí", respondió Toshio
con una voz pensativa. "¿No lo piensas así?"
inquirió Yoshiko. "Sí, sí. Es
bonita. Es bonita, de veras", dijo él precipitadamente;
pero no podía encontrar las palabras adecuadas para
expresar aquella sensación dolorosa que percibía
de Kurako Horikawa, que no consistía en que fuera
o no bonita sino en algo que le oprimía extrañamente
el corazón, algo que lo sacudía apretándolo.
"La verdad es que me habría gustado conocerla
cuando era joven. Ya no me llama la atención el hombre
guapo, pero sí la mujer bonita". Dijo Yoshiko.
"¿Ah, sí?", repuso Toshio. Yoshiko
prosiguió: "Además, ella es igual a mí".
Toshio, medio sorprendido: "¿Igual?" Responde
Yoshiko: "Sí. Su esposo murió en la guerra".
"¿Ah, sí?" volvió a decir
él como sin darle importancia, pero ya no estaba
siguiendo la conversación, y sintió que se
le aparecía Kurako Horikawa resplandeciendo, y su
cara, con la fuerza de su belleza, iba directa al corazón
de Toshio. En ese momento, por primera vez entendió
claramente el origen de lo doloroso que encontraba en su
cara.
Yoshiko le contó que Kurako se había casado
por amor, y que al tercer año de matrimonio perdió
a su esposo en la guerra. Los dos se habían querido
y llevado una vida sumamente feliz que la guerra destruyó.
Últimamente le aconsejaban que se casara por segunda
vez, pero ella se sentía indecisa.
Toshio se despidió de Yoshiko en Shinjuku, y caminó
por las callejuelas frente a la estación. Se había
quemado el transformador que surtía de electricidad
a la casa de huéspedes donde él estaba, y
no había luz. Al recordar esto, Toshio pensó
que dentro de su cuarto estaría impaciente por la
oscuridad y decidió entrar a un restaurante pequeño,
donde pidió café y croquetas que acompañó
con el arroz que había cocido en el calentador de
la oficina. Pidió otra taza de café y prendió
un cigarrillo.
Toshio pensó en las dos viudas, éstas, con
penas ocasionadas por la guerra, eran las personas más
íntimas para él. Se acordó de la garra
de oso con uñas negras; medio sonrió y le
dolió mucho el corazón. La sonrisa desapareció
sin extenderse en su cara. Pensó en el rostro de
Kurako Horikawa, pensó que su esposo debió
haberla adorado; por su parte, ella también debió
corresponderle con la misma cantidad de amor. Pero, ahora
que había perdido al que amaba, ¿con cuál
apoyo podría vivir? Ahora que había perdido
su objetivo, ¿hacia dónde iría su amor?
Como la última luz del sol poniente, más brillante
que la del pleno día, ¿intentaría desaparecer
quemando el aire del cielo? Ese amor perdido debió
de haberle provocado aquel torcimiento de la cara; además,
aquella belleza que a veces emitía su cara, y que
tenía algo de desajuste, debió de venir del
fuego solitario de aquel amor.
Toshio Kitayama salió del restaurante y volvió
a la aglo meración de gente frente a los puestos
de comida cercanos a la estación. Todo alrededor
estaba compenetrado con el olor del aceite barato para freír.
Las luces pálidas de las lámparas iluminaban
las caras de las personas a quienes se les veía mover
sus bocas. De pronto, Toshio detuvo su mirada frente a un
muchacho que tenía el plato a la altura de la boca,
sentado en la banca del puesto de estofado. Vio la cara
flaca con la boca cerrada de ese muchacho con uniforme militar
de algodón. "Tiene mucha hambre. Debe ser jornalero",
pensó Toshio. Luego le vino a la mente aquel anuncio
para el reclutamiento, pegado en el poste de un pueblo,
donde se prometía salario y alojamiento. ¿Cómo
viviría este muchacho? Quizás se gana el sustento
vendiendo sus cosas personales, pero tal vez ni siquiera
tiene qué vender. Además, con ese cuerpo no
podrá ganar suficiente. Pero yo ¿qué
remedio tengo para esto?". Toshio se fijó en
aquella boca que se movía vorazmente. Era una boca
de labios gruesos que brillaba roja y mojada sobre el plato.
Sorpresivamente, Toshio vio que la boca de aquel hombre
se convertía en el hocico del puerco que mataron
a golpes en una batalla. Luego, desde algún sitio
recóndito de su cuerpo le venía subiendo una
sensación insoportable, acompañada de calor
ardiente. "¡Dios mío, qué desagradable!"
Negando su propio sentimiento, aceleró los pasos.
"¡Es un puerco! ¡Es un puerco!" gritó
la masa de calor que venía brotando desde lo profundo
de su cuerpo. En su mente aquel hocico de puerco seguía
moviéndose pegajosamente... "¡Canalla
Matsuzawa! Aquel oficial que me quitó el agua de
mi cantimplora, en Bahía de Liengan... Con mi apego
al alimento... ¡Ay, Dios mío! En su memoria
aquel hocico mojado del puerco seguía moviéndose
pegajosamente. "La boca de aquel muchacho es la del
puerco; y la mía también es la del puerco...
Se movía pegajosamente... ¡Ay, Dios!".
Toshio se quedó paralizado por un instante. Cerró
los ojos y sacudió la cabeza. Después el hocico
del puerco desapareció de su mente y empezó
a ver, con los ojos cerrados, una llama negra en la oscuridad.
Luego abrió los ojos lentamente y siguió caminando.
Ya había desaparecido, como marea descendiente, aquella
sensación de calor que brotó del interior
de su cuerpo. Caminó viendo alrededor de su corazón,
donde había brotado aquella desagradable e insoportable
sensación; y aunque ésta desapareció,
le quedaron todavía unas manchas sentimentales como
llamas negras o algo parecido.
"Este es un sentimiento que niega a la humanidad, aunque
también es cierto que sólo es momentáneo.
Yo, al igual que en otros tiempos, afirmo al ser humano.
Tomo alimentos, camino, respiro. Se decía Toshio.
Siguió caminando y pensó: "No obstante,
esos hombres que comen y caminan no conocen el amor; si
los pusieran en la guerra, al igual que yo, no tendrían
más remedio que protegerse a sí mismos. Se
mirarían con odio disputándose el alimento.
Dejarían morir a sus compañeros de batalla".
Y pensó en su madre; le dijeron que había
muerto en un bombardeo. Dicen que el amor de madre es ciego.
Pero ¿quién, aparte de una madre, podría
amar a otro ser humano? Si en el campo de batalla hay alguien
que comparte su comida con otro, esa persona no podría
ser más la que la madre con el hijo. Aunque aun de
la madre se puede dudar.
La imagen de su madre fue cambiando por la de la novia que
lo amó... Pensó en la novia muerta. Pensó
que ella no existía. Y para él sólo
el amor de ella era necesario. "Para que yo entendiera
el valor del amor de ella, ¿era necesaria una guerra
como ésta que le arrancó la vida a millones
de personas?. Abriéndose paso entre el gentío
llegó al último de los puestos aglomerados,
luego regresó al camino en que venía. Cuando
se enfrió su cuerpo, tomó el camino hacia
la oscura casa de huéspedes.
De vez en cuando, Toshio Kitayama, Yoshiko Yugami y Kurako
Horikawa, al salir del trabajo se quedaban en algún
lugar para tomar café; y había ocasiones en
que sólo iban él y Kurako. Desde luego que
él no se consideraba enamorado de ella; pero sí
le atraía su belleza, aunque no el corazón.
La figura de Kurako le hacía recordar vívidamente
su pasado y sufría al verla. aunque este sufrimiento
le era necesario. Si alguien le indicaba que en su sentimiento
estaba mezclado el amor, podría ser que lo aceptara,
pero él no la buscaba por eso. Además, él
sabía muy bien que el corazón de ella estaba
absolutamente puesto en su esposo muerto.
''Dicen que usted ha sido muy feliz, ¿verdad?".
Un día le preguntó él. "Sí,
he sido verdaderamente feliz". Le contestó,
y con un tono claro añadió: "Y puedo
asegurar que hice muy feliz a mi esposo. En este sentido,
aunque él murió, no tengo nada que lamentar.
Hice todo lo que podía hacer por él. Por supuesto
que, mientras tanto, yo también fui sumamente feliz".
Y Toshio dijo: "En este mundo todavía existen
personas como usted, ¿verdad?" Ella siguió:
"Era un hombre muy infeliz. Era un hombre que había
sufrido mucho por la familia. Pero, en los tres años
que vivió conmigo, estoy segura de que fue feliz
de verdad".
Toshio preguntó: "¿Fue su esposo a la
guerra?" "Sí". "¿Era oficial?"
"No. Fue soldado raso". "Y, ¿fue al
sureste asiático?" "Así es. Fue
al sur. Murió de enfermedad en la batalla".
"Habrá sido muy dolorosa la separación
para usted". Kurako Horikawa se puso un poco tímida
y luego contestó con un tono decidido: "Sí.
Decía él que emprendía un viaje pagado
por el gobierno, pero yo entendía muy bien su corazón".
"Lo veo". "Después de que murió
mi esposo, hay quienes frecuentemente, me dicen que sienten
compasión por mí, pero yo más bien
siento mucha compasión por mi esposo. Nadie piensa
en la gente muerta de esa manera, pero yo no puedo pensar
más que así. .. En fin, cuando se muere, todo
se acaba, ¿verdad?.. . Se acaba". ". .
.Bueno, sí". "Si mi esposo hubiera escogido
ese camino, estaría satisfecho". "Alrededor
de mí, no hay más que tales personas, ¿
verdad?" "¿Habla de la señora Yugami?"
"Sí". "De veras creo que ella hace
buenos esfuerzos". Luego él le contó
del amor pasado de Yoshiko Yugami, quien le abrió
el corazón y le contó su vida. Kurako dijo:
"Yo me había imaginado que usted también
había pasado desgracias". Los dos salieron de
la cafetería. Luego ella se separó y se fue
sola diciendo que tenía que hacer algunas compras.
Por un rato él se quedó allí parado,
despidiéndola. En la plaza de la estación
la gente iba y venía con prisa, y entre esa gente,
de espaldas, aparecía y desaparecía la figura
de Kurako. "Pero, ¿qué le dará
apoyo para seguir viviendo, si ya no existen las manos que
acariciaban aquella cara ardientemente?" Viendo la
figura de ella, siguió pensando: "¿Por
qué tenía que ser tan bonita esa cara para
su desgracia?". Sin darse cuenta de que su duda era
extraña, se quedó mirando hacia donde ella
caminaba. De repente, no sabía claramente si era
desde lo profundo de su corazón o de la figura de
ella, pero sintió que un humor melancólico
se derramaba y llenaba toda la plaza. Le parecía
que eso penetraba con suavidad en los corazones de la gente
que vivió esta guerra desgraciada; y se unía
con el tono suave del atardecer, que caía desde el
cielo agrandado, para destruir los edificios altos.
Un día recibió la visita de un amigo, Saburo
Kataoka, con quien había regresado de la línea
de batalla en el sureste asiático. Este era un egresado
de la universidad cuando, como recluta, lo enviaron de Japón
para suplir la última vacante de la tropa a que pertenecía.
Cuando llegó estaba bastante gordo, pero en menos
de un mes, es un instante, adelgazó por el calor
intenso; y Toshio Kitayama lo cuidó mucho porque
estaba débil. Él no tenía la conciencia
falsa que suele encontrarse con frecuencia entre los soldados
intelectuales, la de que cuando se enfrentaban con las sanciones
privadas o vejaciones de los superiores, con facilidad perdían
la dignidad y pretendían sobornar con dinero o cosas.
Después de regresar de la guerra, él también,
gracias a la ayuda de un compañero suyo de la universidad,
trabajaba en una compañía chica que estaba
cerca de Hamamatsucho, pero de vez en cuando visitaba a
Toshio Kitayama para contarle las penas que tenía
en el corazón.
Por fin te encontré. No sabes cuántas veces
te he venido a buscar durante días. Llegaba hasta
la esquina de la frutería y al encontrar tu cuarto
sin luz me decepcionaba mucho. Imagina mi triste figura
que regresa arrastrando los pies". Dijo Saburo Kataoka,
como siempre, con la espalda apoyada en la pared. "¡Qué
va! Con tu cuerpo gordo, aunque sea primavera, no hay quien
llore por ti", le dijo Toshio. Y él respondió:
"¿No comprendes mis sentimientos al buscarte
más de mil veces para hablarte de las profundidades
de mi corazón?" Toshio inquirió: "¿No
se trata del sentimiento de no tener dinero, como el de
Daisetsu Suzuki ?". "Así es. Estos días
estoy totalmente sin dinero y sin sentimientos".
Saburo retomó la plática diciendo: "Todas
las noches llegas tarde a casa, por lo que veo, ¿estás
enamorado?" Toshio Kitayama titubeó: "¡Qué
va! ¿Enamorado? ¿Acaso hay alguna mujer en
Japón que pueda enamorarse?" Saburo respondió:
"No importa si existe o no tal mujer. Después
de todo, el hombre ama a la mujer. Aunque perdimos la guerra,
¡el hombre necesita de la mujer, y a su vez la mujer
necesita del hombre!". Toshio comentó mordazmente:
"Entonces vas a enamorarte con tu cuerpo de buen talle,
¿no?" Saburo Kataoka agregó: "Así
es. Además, cuando me enamore, adelgazaré
al fin".
Los dos empezaron a tostar camote para comer. Saburo dijo
de pronto: "Cada vez me cuesta más ganarme la
vida. Por eso me decidí a desempeñar un trabajo
extra". Toshio sorprendido: "¿Ah, sí?"
Saburo le preguntó: "¿No querrías
tú también tener un trabajo extra?" Toshio:
"¿De qué se trata? ¿De traducir?"
Saburo: "Bueno, pues se trata de vender medicamentos,
pero es un trabajo que puede hacerse en los ratos libres.
Tú también estás dando gritos de auxilio,
¿no?" Toshio respondió: "Sí,
es cierto, estoy llegando a un callejón sin salida.
Pero para mí es difícil ser vendedor".
"Probablemente". Se callaron los dos.
Poco después Saburo Kataoka dijo: "El otro día,
al regresar a mi casa encontré a Yamanaka. Y por
lo que veo, a todos los amigos de nuestro grupo les va mal".
Yamanaka era otro de los compañeros de batalla con
quien habían regresado de la guerra. Toshio preguntó:
"¿Cómo está él ?"
Saburo: "¿Qué cómo está?
¡Está vendiendo chocolates! El famoso chocolate
en tablilla. Se surte de chocolates y luego los vende en
la provincia". Toshio: "¿Ah, sí?
¿Eso hace aquel Yamanaka?" Saburo respondió:
"Así es. Pero, aunque vende chocolates, no lo
podemos menospreciar. A ese Yamanaka le va mucho mejor que
a nosotros. Compra un chocolate por siete yens y cincuenta
sens, y lo vende a las tiendas por ocho yens cincuenta sens.
Dice que al mes puede ganar tres mil quinientos yens".
Al rato dijo Saburo: "¿Sabes a dónde
fue Yamanaka el primer día que salió a vender
chocolates? Pues se dirigió a Atami, donde abundaba
el nuevo yen. Pero no le atinó, y no vendió
ni una tablilla. Me contó que, cuando subía
la pendiente frente a la estación llevando su bulto
a la espalda, se acordó del último momento
de Yoshinaka Hiso". "¿Yosinaka?" "Sí.
¿Te acuerdas de la escena en que Yoshinaka es dañado
en los últimos momentos de su vida y se queja a su
vasallo de que le afecta el metal de la armadura, el que
antes no le había afectado? Yamanaka dice que le
parecía como si cada uno de los chocolates que cargaba
en la espalda fuera de acero. Si así fuera, al morderlo
se rompería los dientes. Con razón no vendía
nada". Toshio: "¿Será así?"
Saburo, enfadado: "¿Por qué no te ríes?
¿Mi sentido del humor no funciona?"
Toshio comentó: "A nosotros y a nuestros amigos,
a todos nos ha ido mal. Cuando regresamos de la guerra encontramos
quemadas nuestras casas. No tenemos qué vestirnos.
Además, ahora me están corriendo de la casa
de huéspedes. Las plazas de trabajo están
llenas de gente. Con esto, ¿qué podemos hacer?...
El otro día, en pleno invierno de febrero, racionaron
los mosquiteros; pero, ¿quién tendría
dinero para comprarlos?... Además, quienes los compran
luego los venden en el mercado negro. Los traficantes andan
buscando artículos racionados para damnificados de
guerra y luego los venden.. . Oye, ¿qué piensas
de que ayer racionaron las fundas para almohadas y los zapatos
para niños...? Saburo respondió: "Es
por eso que yo también decidí enamorarme un
poco". Toshio dijo: "Pero es que tú no
puedes enamorarte". "Es probable... Puede ser
que yo siempre sea gordo": Toshio: "¿Qué
comes, eh?" Saburo: "Como croquetas de papas en
los puestos". Toshio: "¿Croquetas? A mí
también me gustan, pero no me engordan". Saburo:
"Pues, ha de ser porque estás enamorado".
Los dos se rieron.
Toshio Kitayama pensó que no estaba enamorado. Pero
le hacía falta Kurako Horikawa. Él no sabía
que un dolor como el suyo bullía en el corazón
de otra persona hasta que estuvo con ella. Viendo la cara
de Kurako, él se dio cuenta de que se le habían
olvidado todos los sufrimientos pasados en el campo de batalla,
y que empezaba a tomar una forma muy ambigua de vivir. Cuando
regresó a Japón, se impresionó ver
las ruinas, pero poco a poco esa impresión empezó
a debilitarse hasta que llegó a no sentir nada extraño
al ver los edificios quemados, los puestos formados largamente
a los dos lados de las calles, y a la gente que hormigueaba
por aquí y por allá. Pero él sentía
que la cara dolorosa de Kurako le quitaba esa nube del corazón.
Los dos iban con frecuencia a Ginza, cuando salían
del trabajo. Ella le comentó que vivía en
la casa de sus padres, pero que allí también
estaban unos parientes, y que eso era incómodo. Cuando
ya pasaban de las ocho, Kurako decía que tenía
que regresar a casa. Él no trató de detenerla.
Deseaba empezar a dar un nuevo paso en la vida. Sin embargo,
no sabía cómo empezar. El dar un paso nuevo
significaba destruir su pasado que pesaba mucho sobre él.
Pero no encontraba el remedio.
Un día él le preguntó a Kurako: "¿Puede
vivir?" Ella respondió que sí. Toshio
formuló otra pregunta: "¿Está
bien? Kurako: "Sí. Estoy bien"; Al rato
él dijo: "Es que después de todo, usted
ha vivido más honestamente que yo". Kurako:
"¿Será?" Toshio continuó:
"Es difícil que un ser humano haga feliz a otro.
Todavía no he conocido a nadie que haya podido hacerlo.
Por supuesto que yo no he podido. Pero usted pudo ha cerlo,
y este hecho la sostiene, tal vez".
Era el atardecer. Sobre las calles estaba abierto el cielo,
primaveral y cristalino, con tono amarillo. Los dos estaban
sentados a la mesa junto a la ventana en el primer piso
de una cafetería, y se entusiasmaban con aquella
conversación. Él le contó que cuando
estudiaba en la universidad cambió de la facultad
de derecho a la de bellas artes, no haciendo caso de los
deseos de su madre, y que a pesar de que la madre se sintió
preocupada por la poca esperanza de encontrar buen empleo
después de terminar esa carrera, le dio permiso con
buena gana. Su madre sacrificó toda la vida por él.
"De verdad, hubiera querido ver a mi madre otra vez",
dijo él. Kurako Horikawa se quedó callada.
Él entendió que sus palabras le recordaron
a su esposo.
Por supuesto, yo no pienso que los seis años de vida
militar arruinaran mi vida y que no pudiera salir de allí...
Pronto encontraré algo, seguramente... En mí
también brotará algo como una fuerza. Estoy
dispuesto a hacer cualquier cosa. Afortunadamente, la vida
militar entrenó mi cuerpo".
Él le contó un poco de las experiencias en
la guerra. Le dijo que lo que le ayudó a soportar
los dolores de la batalla no habían sido sus estudios
académicos sino el dolor que tenía en su corazón.
Ella dijo: "Cuando lo veo, me dan ganas de ayudarlo
de alguna manera. . . a toda costa. Pero sé claramente
que no tengo ningún remedio para esto. De verdad,
no tengo remedio". Habló entrecortadamente como
si contuviera la respiración. El no pudo contestarle.
Durante un largo momento los dos se quedaron viendo uno
al otro sin hablar.
Un día, cuando Toshio Kitayama subía las escaleras
del segundo piso, la encontró agachada en medio de
la escalera.
¿Qué le pasa?" Ella respondió:
"Me tropecé". Al voltear la cara y reconocerlo,
agregó: "Estuve pensando un poco". Él
vio que algo triste pasó velozmente por su cara.
Al salir del trabajo los dos se encontraron y fueron hacia
Gofukubashi sin objeto especial. Él la vio más
deprimida que antes, y sintió que el corazón
de ella no estaba en él sino caído en algún
lugar profundo de su cuerpo. Era una tarde con viento. El
polvo blanco se arremolinaba en la calle y las tablas del
puente rechinaban. Los dos caminaban hacia Nihonbashi a
o largo del río.
"¿Ya se le curó el pie?", preguntó
él después de un rato. "¿El pie?",
ella volteó la cara cubierta por un poco dé
cabello. Él siguió: "Sí, cuando
tropezó en la escalera estuvo cojeando un poco".
Ella dijo: "Sí. Totalmente. Esos días
me sentí muy deprimida. También estuve pensando
en varias cosas y estaba distraída. Nunca me había
pasado eso antes. No sé qué me está
pasando, pero últimamente me siento muy inquieta".
Toshio, sorprendido: "¿Si? ¿Usted?"
Kurako: "Parece raro, ¿verdad?".
Los dos caminaban hacia Ginza evitando a la multitud del
parque. "Siempre me invita usted, por eso hoy quisiera
invitarlo". Toshio interpeló: "Pero si
tan sólo le he invitado café". Ella dijo:
"Pero me da pena. Hoy tengo un poco de dinero".
Cenaron ligeramente, y para tomar buen café fueron
a otro lugar. Los dos sentían que tenían algo
que contarse uno al otro, y que lo deberían hacer,
pero se quedaron callados.
"Señor Kitayama—dijo ella evitando la
mirada de él, que estaba dirigida a su cara, como
siempre el otro día me dijo que pensaba en buscar
algo, ¿ya lo ha encontrado?" "No, no es
tan fácil. Pero empecé a estudiar de nuevo.
Me entraron ganas de estudiar y seguir trabajando. Algún
día un hombre como yo podrá llegar a ser bueno.
Quiero ser un buen hombre y luego morir. Ese es mi deseo
ahora. . . Ya que he sobrevivido a aquella guerra, si no
puedo lograrlo, hubiera sido mejor haber muerto".
Kurako dijo: "Creo que pronto vendrá el buen
tiempo". Toshio: "¿Para quién o
quiénes? ¿Para los japoneses?" Ella repuso:
"No. Más bien... desde hace días pienso
que tengo que encontrarle una buena pareja, señor
Kitayama". Toshio Kitayama se quedó callado
pensando en el significado de aquellas palabras. "Gracias—dijo
él con indiferencia—, ¿pero qué
tal para usted?" "¿Yo?" Kurako Horikawa
movió su cara levemente hacia atrás. "Me
han dicho que va a casarse por segunda vez". Dijo Toshio
Kitayama manteniendo la indiferencia "¿De veras
le han dicho?", dijo Kurako como si estuviera presionada
por las palabras indiferentes de él. "Sí,
me lo han dicho". "Pero—dijo Kurako entre
dientes—, pero no me dan ganas en absoluto. "Señor
Kitayama, ¿Piensa usted que sería mejor que
me casara ?" "Sí, por supuesto que sería
mejor". "¿Ah, sí?".
Los dos, con sus corazones separados, se quedaron sentados
en el fondo de la cafetería sin dirigirse la palabra.
Cuando llegaron a la estación de Yurakucho ya era
bastante tarde. Pasaba de las ocho. En el andén de
la estación se aglomeraban muchas mujeres muy maquilladas,
quienes salían de sus trabajos en el cabaret. Debajo
de la luz oscura de la lámpara, se escuchaban las
risas alegres. Separados de las mujeres, los dos estaban
de pie en un extremo del andén, viendo las calles
oscuras y la noche que se extendía allá abajo.
Pasaron muchos trenes de rutas periféricas, pero
parecía que nunca llegaba el tren de ruta interior
que ellos esperaban.
"¿Hasta dónde puede llegar la vida de
una persona así como ella? Me contó que se
ganaba el sustento vendiendo sus cosas, pero cuando se le
acaben, ¿qué hará?" Esto pensaba
Toshio Kitayama sobre Kurako Horikawa, quien estaba junto
a él sin moverse y fijaba la mirada en las luces
opacas de las calles nocturnas. "¿Pero qué
haré yo? ¿Qué es lo que realmente estoy
buscando? ¿Será que busco el amor de ella?
Seria la unión de una mujer que perdió a su
querido esposo en la guerra con un hombre a quien la guerra
le había hecho reconocer el valioso amor de la novia
muerta... Sería como una novela". Pensó
él.
De repente, Toshio sintió que se movía una
vida pequeña junto a él. Al interior del cuerpo
de Kurako Horikawa, que tenia dos piernas delgadas bajo
la falda corta, sintió la existencia de una vida
lastimosa que llevaba consigo dolores a donde quiera que
fuera. Sintió los dolores que, como fieras, estaban
escondidos sin moverse en el fondo de esa vida. "No,
creo que no la estoy buscando a ella. Y yo no soy lo que
ella busca. Ella dijo que no tenía remedio para mis
dolores, pero yo tampoco puedo hacer nada, por los de ella...
y si veo esta realidad en que no puedo hacer nada por la
vida de esta pobre mujer, que está tan cerca de mí,
no tengo más remedio que pensar que mi vida es sólo
mía... y la de ella es sólo de ella".
Llegó otro tren de ruta periférica. De repente,
Kurako enderezó el tórax y, caminando, dijo:
"Vamos a tomar este tren". Toshio la siguió
preguntando: "¿Por qué?" Y Kurako
respondió: "Subamos. Este nos lleva a donde
vamos". Ella se volvió a mirarlo, y sin ponerle
atención, subió al tren. Él sintió
que en la cara de ella se reflejaba algo como una tentación
jovial, y la siguió. Pero ya en el tren, los dos
hablaron muy poco. Toshio preguntó: "¿Qué
le pasa? ¿Por qué subió a este tren?"
Ella dijo: " No tengo ninguna razón especial.
Ya no podía esperar más". Y se cortó
la conversación. Entre los dos se notaba un ambiente
un tanto agobiante. Toshio Kitayama sintió que la
figura de ella tenía un aura de tentación.
Ella estaba al lado izquierdo de él deteniéndose
del pasamanos Toshio preguntó: "¿Su casa
está lejos de la estación?" Y ella, sin
voltear a verlo, respondió afirmativamente. Él
siguió preguntando: "¿Como a cuántos
minutos?" Kurako respondió: "Llego como
en quince minutos". Toshio comentó: "Entonces
es peligroso, ¿verdad?" Ella afirmó con
un movimiento de cabeza y dijo: "El otro día
asaltaron a una vecina, pero afortunadamente sólo
le robaron una sombrilla". Toshio aprovechó
para preguntarle: "¿La acompaño?"
Ella no respondió, pero él notó en
su cara un suave movimiento que con aire triste parecía
decir que no. Otra vez, separados sus corazones, estaban
de pie uno frente al otro.
Pasaron por Meguro, por Shibuya, y llegaron a Shinjuku.
Toshio estaba indeciso en acompañar a Kurako hasta
su casa. Caminaron por el pasillo del vagón hasta
la puerta central y él le volvió a preguntar:
"¿La acompaño?" Pero ella se quedó
callada como antes.
Había ya poca gente en el tren, pero los dos estaban
frente a frente cerca de la entrada. Él veía
que el viento entraba por la ventana y movía el cabello
de ella, que le colgaba hasta el cuello. Estaba viendo que
un cuerpo pequeño y algo inclinado hacia la izquierda
dejaba frente a él una existencia vaga. Él
presentía que ella no sobreviviría a esta
época de derrota por la guerra. "Dentro de poco
tiempo no podré ni comer... Parece que desde este
mes aumenta un poco el salario, pero de todos modos todo
el sueldo es para el alimento... Tal vez sea lo mismo en
la compañía de ella..." Luego imaginó
que el cuerpo de ella, que tenía enfrente, poco a
poco perdía su volumen y el vigor de la vida, hasta
esparcirse por todos lados como polvo.
Ya no tenía palabras que decirle. Sentía que
cualquier palabra que saliera de su boca no llegaría
al fondo del corazón de ella. "En el interior
de esta persona, ciertamente, hay grandes dolores. Esos
dolores están abrumando y aplastando a esta pequeña
mujer. Sin embargo, yo no puedo tocar sus dolores. No sé
nada de ella. Sólo conozco mis dolores y los trato
con cuidado... Sólo esos..."
Toshio Kitayama vio que Kurako Horikawa levantó la
cabeza para verlo. Cuando el vagón pasó por
una zona oscura, el rostro blanco de ella se veía
flotando frente al de él. Fijó su mirada directamente
en ella. . . y pensó que más allá de
esta cara, ciertamente, existía el dolor que la guerra
le provocó. Él quería penetrar al interior
de esos dolores de ella, costara lo que costara. Si aún
existía algo de verdad o sinceridad en una persona
como él, querría tocar los dolores de ella...
Así, si las dos almas pueden intercambiar sus dolores,
si las dos personas pueden mostrarse sus secretos de existir
en la vida, si un hombre y una mujer pueden exponer sus
verdades..., entonces la vida tendrá un nuevo sentido...
pero a él le parecía que eso era imposible.
El tren se acercaba a Yotsuya, donde ella tenía que
bajar. Pero él seguía viendo fijamente su
cara blanca. De repente, reconoció algo como una
pequeña mancha al borde de su cara blanca. Su corazón
empezó a desconcertarse, sin razón especial,
por aquella mancha. Era una mancha tan pequeña que
era difícil asegurar si existía o no. Podría
ser una mancha de humo o polvo, o un lunar transparentado
detrás de los polvos del maquillaje. De todos modos,
esa manchita le sacudió suavemente el corazón.
Llevado por la tentación de confirmar claramente
si existía esa manchita arriba del ojo izquierdo,
reunió toda su atenci6n allí. Miró
con detenimiento. De pronto se sintió desconcertado,
no por lo que veía sino porque descubrió que
en lo recóndito de su corazón había
algo parecido a esa mancha. Por consiguiente, ahora conocía
el significado de esa mancha. Empezó a ubicar el
sitio de la mancha en su corazón y entonces sintió
que esa mancha crecía repentinamente, que se estaba
inflando. Crecía gradualmente y luego venía
acercándose a sus ojos. Se le acercaba a sus ojos
desde el interior de los ojos. Se le acercaba más
y más "¡Ay, Dios!", gritó
en el corazón. Observó que en la cara blanca
de Kurako esa mancha también empezaba a crecer. Aparecía
una cosa grande, redonda y roja en su cara.
Venía subiendo una luna grande y roja en el sureste
de Asia. Aparecían las caras amarillentas de los
soldados enfermos de malaria. Luego aparecía una
columna de soldados que se perdía a lo lejos.
Se oyó un fuerte ruido del tren y Toshio Kitayama
se sintió sacudido. Luego, del interior de ese ruido
se oyó la voz del pescador Nakagawa metido a soldado,
que decía: "Ya no puedo caminar. Voy a dejar.
Voy a dejar". Esa voz y el ruido del tren venían
juntos desde el fondo del cuerpo de Toshio Kitayama. Desde
el fondo de su cuerpo manaba algo caliente que hervía.
"Voy a dejar. Voy a dejar". Sintió que
el cuerpo del soldado Nakagawa iba alejándose de
él y que avanzaba hacia la muerte. Luego sintió
que era él quien empujaba al soldado Nakagawa hacia
la muerte.
El tren, haciendo más ruido, salió del túnel.
Toshio Kitayama se aguantaba, callado, el sentimiento negro
que brotaba del fondo de su cuerpo. "Ni modo. No había
otro remedio. Dejé morir a Nakagawa para proteger
mi vida. ¡Por mi vida! ¡Por mi vida! Pero no
hay otra manera de vivir para el ser humano más que
ésa". Siguió pensando, apretando su corazón
suavemente. "¡No había más remedio!
Yo sigo siendo el mismo que el de aquel momento. Si me ponen
en aquella misma situación, otra vez igual que antes,
dejaría morir a otros seres humanos. Ciertamente,
aún sigo siendo no más que un hombre que cuida
sólo su propia vida. No puedo hacer nada por las
penas de esta persona". Sintió que ella, desde
su cara blanca, despedía unos efluvios del corazón
que iban hacia él. "No puedo entrar en la vida
de esta persona. Yo no existo más que en mi propia
vida". Sintió que él no podía
encajar perfectamente en algo que había en los efluvios
del corazón de ella. "¡No puedo! ¡No
puedo hacer nada por una vida ajena! Un hombre que sólo
cuida su vida, ¿cómo puede cuidar la vida
ajena?" Así pensó.
El tren llegó a Yotsuya y se detuvo. Se abrió
la puerta. Él vio que la cara de Kurako Horikawa
miraba su cara. Vio que sus pequeños hombros lo incitaban.
"¿La acompañaré hasta su casa
o no?, pensó". ¡No puedo! ¡No puedo!",
siguió pensando.
"¡Adiós", diciendo esto, bajó
la cabeza. "Sí". Por reflexión ella
retiró su rostro. Luego se dibujó una sonrisa
dolorosa en su cara.
Ella bajó y la puerta se cerró. El tren avanza.
Tras la ventanilla, él mira que la cara de ella lo
busca. Después, mira que aquel rostro se aleja. La
ventanilla casi rozó el rostro de ella. Así,
su vida apenas rozaba la de ella. Sintió que entre
sus dos vidas, a gran velocidad, había pasado una
placa de vidrio trans parente.
NOTAS
(1) Texto perteneciente al libro«Antología
de la narrativa japonesa de posguerra», 1989, Premiá
editora de libros, S.A., Tlahuapan, Puebla, México.
(*) La primera generación de escritores que aparece
al terminar la guerra, fue integrada por Yukio Mishima,
Hiroshi Noma y otros; y se le llamó la "Generación
de novatos de la posguerra" Mishima y Noma, que formaron
dos corrientes importantes de la literatura japonesa contemporánea,
fueron diametralmente opuestos: el primero derechista (ultranacionalista);
y el segun-do izquierdista (anti-institucionalista).
Noma nació en la ciudad de Kobe, Hyogo en 1915. Su
padre de familia campesina, estudió en una escuela
tecnológica y tra-bajó en la central eléctrica
de Kobe. Cuando Noma tenía tres o cuatro años
de edad, la familia se trasladó a la ciudad de Yo-kohama,
donde su padre trabajó de tranviario. Poco después
la familia regresó a su ciudad natal, y su padre
trabajó en la Central Eléctrica de Nishinomiya.
Noma vivió su niñez rodeado de mar, pues la
prefectura de Hyogo es una región dotada de costas.
Su padre fue un budista que trató de fundar una nueva
secta basándose en las ideas del Monje Shinran. El
ambiente de su familia parece haberle dejado un carácter
introvertido. Cuando él tenía seis años,
murió su padre.
Al terminar sus estudios de secundaria entró a la
Preparatoria Tres en 1932. En ese tiempo conoció
al poeta simbolista Katsutaro Takeuchi, quien le instruyó
en el simbolismo francés. Junto con otros jóvenes
aficionados de esa región, fundó una revista
literaria en la que publicó su poesía. En
los últimos años de la escuela preparatoria
tuvo contacto con el marxismo interesándose profundamente
en los movimientos ideológicos. En 1935 ingresó
al Departamento de Letras Francesas de la Universidad Imperial
de Kyoto, y se graduó en 1938. Entonces trabajó
en la oficina municipal de Osaka, donde se encargó
de los centros de asistencia para los barrios pobres. En
1940 fue reclutado por el servicio militar para ir a la
guerra en Filipinas Batán y Corregidor. En el frente
de guerra se enfermó de malaria y fue mandado de
regreso al Japón.
Al terminar la guerra, inmediatamente empezó a escribir
Una pintura sombría, considerada su obra maestra,
cuyo primer capítulo aquí presentamos. Dicha
novela fue terminada en seis meses. Con esta obra Noma ocupó
un sitio preponderante en el mundo literario de la posguerra.
La historia de Una pintura sombría se desarrolla
en la región oeste del Japón, en ciudades
como Kobe, Kyoto y Osaka: en la época llamada "El
valle nefasto", cuando surgieron activos movimientos
estudiantiles inspirados por la ideología socialista,
en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. Fue una
época de feroces represiones y de militarismo ultranacionalista,
en la que los estudiantes universitarios luchaban desesperadamente
contra la guerra y en pro de la libertad ideológica,
a sabiendas de que todo era inútil, ante la monstruosa
aparición de la mecánica fascista y totalitaria.
Después de esta novela, Noma escribió otra
que se hizo objeto de gran polémica en esa época:
se trata de La zona vacía (1947) donde reveló
la estructura compleja e ilógica del ejército
japonés, denunciando su sistema inhumano.
Hiroshi Noma, el náufrago sobreviviente de aquel
mar horrendo de la época del militarismo salvaje
y de represiones vandálicas, se yergue en la cumbre
del ámbito literario del Japón actual como
un obelisco imponente, al mismo tiempo que está sentado
como un buda misericordioso, pues es uno de los críticos
más feroces, militantes y tenaces de temas sociales,
como el uso del arma nuclear, la contaminación y
la destrucción ambiental, así como la discriminación
racial y la división de clases, no solamente dentro
del país, sino también en todo el mundo.