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La globalización, y creo que en esto estamos todos de
acuerdo, constituye el tema de nuestro tiempo. Nos fascina
y a la vez nos asusta. Con frecuencia el término aparece
asociado a los nuevos sistemas de producción y consumo,
pero lo económico es únicamente una de las facetas de
la globalización y quizás no sea la más interesante. La
toma de conciencia de su dimensión cultural me parece
mucho más apremiante. "Estamos creando una nueva sociedad"
-se suele decir--, sin duda influidos por obras como El
"Shock" del futuro, de Alvin Toffler, y con ello hacemos
referencia a la rapidez con que nuestra sociedad parece
renovar sus valores. La aceleración de los procesos transformadores
en nuestra sociedad es una realidad, pero a un nivel mucho
más profundo se encuentra una mudanza radical de perspectiva:
el ser humano está tomando conciencia de su condición
antrópica, de la dimensión dinámica de su ser. Se vuelve
a aceptar la analogía del río de nuestras vidas, pero
ahora nos reconocemos navegando en el río mismo. No buscamos
definirnos ni definir nuestra cultura desde un punto fijo
en la orilla (pensamiento de la modernidad), ni nos instalamos
en sucesivos puntos en la orilla para definir la corriente
(pensamiento de la posmodernidad), sino que ahora somos
conscientes de que somos en el fluir mismo y desde esta
perspectiva comenzamos a juzgarnos a nosotros mismos y
nuestra sociedad. Es decir, en lugar de observar desde
los valores establecidos cómo éstos cambian, empezamos
a insertarnos en su mismo fluir, con lo que poco a poco
su esencia no se encuentra ya en la "permanencia" sino
en la trasformación. Las implicaciones de esta afirmación
son complejas; aquí voy a limitarme a mostrar, aunque
de modo necesariamente esquemático, cómo entiendo este
cambio de paradigma en el acto de comunicación y sus implicaciones
en el proceso hemenéutico.
1.
Hacia un discurso antrópico
La modernidad se ordena a través de un centro incuestionable,
que se erige en paradigma de todo acto de significar y
que se proyecta en imposición logocentrista: la verdad
como algo transferible. Se prescinde, por tanto, al dar
cuenta de la realidad de la inevitable condificación convencional
y dinámica del discurso antrópico, y se puede así hablar
de "proponer la verdad", como señala Feijoo en su Teatro
crítico universal, para añadir luego: "Doy el nombre
de errores a todas las opiniones que contradigo"
(101-102). El error y la verdad en el discurso de la modernidad
es algo tangible e independiente del sujeto conocedor,
o sea, indiferente a su contextualización. Tal es la
posición logocéntrica de Feijoo, por ejemplo, y su ensayo
"El no sé qué", un modelo claro y explícito del funcionar
de dicho discurso. El método cartesiano--el análisis
de "el qué de los objetos simples, y el por
qué de simples y compuestos"--proporciona a Feijoo
la vía inquisitiva en el proceso de apartar una a una
las capas de "ignorancia" que mantienen velada la "verdad",
para luego afirmar categóricamente su presencia autónoma
en el discurso de la modernidad: "Si yo oyese esa misma
voz, te diría a punto fijo en qué está esa gracia que
tú llamas oculta" (384).
La posmodernidad es la duda de la modernidad, es
la perplejidad ante el descubrimiento de lo fatuo y quimérico
de suponer la existencia de un centro unívoco que se proyecte
como referente de toda significación; es decir, como modelo
de significación. Se inicia así, es verdad, una problematización
antrópica del centro, pero en la proyección posmoderna
se da énfasis únicamente a la deconstrucción de los pretendidos
códigos de significación, sin referencia al concepto mismo
de "centro" que los determina; o sea, el blanco
del proceso es la estructura, la narratividad del discurso
de la modernidad, que ahora, sin el apoyo del centro transcendente
que en un principio la hizo posible, se convierte en fácil
blanco de una implacable crítica deconstruccionista proyectada
en una orgía destructiva. En casos extremos, esta "posmodernidad"
se convierte en un juego confuso de nuevos términos para
referirse únicamente a la forma como una generación reacciona
ante el legado de la anterior. Así se expresa Lyotard:
"Una obra sólo llega a ser moderna si es primero
posmoderna. Comprendida de este modo, la posmodernidad
no implica el fin de la modernidad sino su inicio, y esta
relación es constante".
Lo más frecuente, sin embargo, es que se confundan
los términos de modernidad y posmodernidad en la perplejidad
que sentimos ante las transformaciones radicales que en
nuestros días se aceleran a través de los medios electrónicos
de información. Así, cuando nos habla Octavio Paz, empeñado
él mismo en una deconstrucción personal de la modernidad,
de que "el tiempo comenzó a fracturarse más y más", se refiere con ello a la rapidez con que en la actualidad
se construyen y deconstruyen las estructuras de la modernidad
que todavía fundamentan nuestras instituciones sociales.
La acción deconstructiva de la modernidad produce , en
efecto, esa ilusoria impresión de una "fracturacción del
tiempo", sin que se repare en la contradicción que los
mismos términos implican. Por lo demás, el desconcierto
a que hace referencia Octavio Paz es bien real: "Por
primera vez en la historia los hombres viven en una suerte
de intemperie espiritual y no, como antes, a la sombra
de esos sistemas religiosos y políticos que, simultáneamente,
nos oprimían y nos consolaban. Las sociedades son históricas,
pero todas han vivido guiadas e inspiradas por un conjunto
de creencias e ideas metahistóricas" (10). Lo que Paz
califica de creencias "metahistóricas" son las estructuras
de la modernidad que todavía nos gobiernan. La problemática
actual es que el centro que las justifica, antes íntimamente
unido a los lentos y predecibles esquemas generacionales,
es ahora inestable; o sea, parecen surgir incesantemente
centros que originan nuevas estructuras desde las que
se deconstruyen las reglas prevalecientes de los anteriores.
Anclado en la modernidad, Paz duda ahora incluso de su
realidad: "¿Qué es la modernidad? Ante todo, es un término
equívoco: hay tantas modernidades como sociedades [es
decir, tantas estructuras regidas por centros estáticos
diferentes como sociedades]. Cada una tiene la suya.
su significado es incierto y arbitrario" (7). Y afirma
más adelante: "En los últimos años se ha pretendido exorcisarla
y se habla mucho de 'postmodernidad'. ¿Pero qué es la
postmodernidad sino una modernidad aún más moderna?" (7).
Sin embargo, el proceso deconstructivo con que se cuestiona
la modernidad no es caprichoso. El fenómeno actual proviene
de una aceleración del proceso de contextualización que
nos presenta en movimiento lo antes percibido como estático.
Todo intento de comunicación supuso siempre una contextualización
en estructuras convencionales. Hoy se acelera la transformación
de dichas estructuras de tal modo que, anclados todavía
en la comunicación bancaria de la modernidad, "metahistórica"
diría Paz, nos encontramos desconcertados en cuanto a
los códigos que debemos aplicar en nuestra comunicación.
Las estructuras de la modernidad fueron eficaces cuando
todavía se podían asimilar las inevitables transformaciones
y por lo tanto se partía de un consenso general en el
código que determinaba todo proceso de contextualización.
En la actualidad se impone la dimensión antrópica que
antes parecía inconsecuente. La decodificación se desplaza
de un centro inmóvil a uno dinámico: la antropocidad de
todo discurso se traslada a un primer plano.
De un modo sucinto podemos resumir la situación actual
en el acto de la comunicación, señalando que se trata
de un momento de transición hacia un nuevo paradigma:
En la modernidad se privilegió al autor, la posmodernidad
privilegia al texto, en el discurso antrópico se
privilegia al lector. Desarrollemos un poco más esta afirmación
para poder comprender las implicaciones que conlleva el
cambio de paradigma. Y vamos a hacerlo a través de una
reflexión sobre los tres momentos antes mencionados.
La estructura tradicional implícita en todo texto,
y dimensión fundamental en el debate actual, supone un
"emisor" (autor), un "mensaje" (texto)
y un "receptor" (lector). En la estructura de
la modernidad el énfasis recaía en el intento de proyectar
el significado como exterioridad, como un proceso mecánico
cosificado en un "emisor-mensaje-receptor".
O sea, se equiparaba el acto de comunicación con el de
causa-efecto de las producciones humanas. De ahí que se
hablara de un:
A) "emisor"
en el sentido de una máquina que codifica un sistema
de signos (pensemos en cómo funciona el teléfono);
B) de
un "receptor" en el sentido igualmente de
la máquina al otro extremo que recibe la información
y reproduce (decodifica) de nuevo exactamente el mensaje
emitido;
C) de
la idea de un "mensaje", es decir, de una
decodificación unívoca que hace coincidir al "emisor"
en el "receptor".
Sin duda este es el esquema depositario (mecánico)
que podemos observar en la "comunicación" entre
las producciones humanas (el teléfono, la televisión,
las computadoras, son buenos ejemplos de dicha precisión:
recreación exacta del mensaje emitido en el receptor).
Pero esta transmisión de información (o comunicación en
un sentido metafórico), lo es sólo en el plano lineal
de la comunicación depositaria que fija un proceso siempre
repetitivo y reproducible (la pronunciación, por ejemplo,
de la palabra "guiño" según la codificación del idioma
español). Esta terminología mecanicista servía en el discurso
de la modernidad para representar un complejo cultural
basado en la palabra impresa, el poder de la autoridad
(el autor, el mensaje), en el mantenimiento, en fin, de
una estructura de poder de tradición milenaria (la producción
impresa se inicia en el siglo XV, pero sólo en el siglo
XIX se acepta entregar el poder de la lectura a las masas
a través de la educación pública). La educación pública
inicia, a su vez, la salida del "genio de la botella",
y el auge de los medios de comunicación a mediados del
siglo XX, trae consigo el ineludible cuestionamiento de
esas bases de poder: el signo, símbolo y fundamento del
poder, entra en crisis. El paradigma de la modernidad,
centrado en la autoridad del autor y en la univocidad
del mensaje, se empieza a cuestionar. Surge así el discurso
de la posmodernidad (duda en las estructuras de la modernidad).
El nuevo discurso se va a centrar en el "mensaje", que
se erige ahora como arma de combate. Se empiezan a ver
los signos como representaciones simbólicas, como contextos
metafóricos que en última instancia se actualizan independientes
del autor, capaces, en el tiempo, de infinitas posibles
contextualizaciones y, por tanto, incapaces en última
instancia de llegar a significar (en un sentido unívoco
y trascendente).
Esta posición, en definitiva "anarquista", del discurso
de la posmodernidad va a ser confrontada desde un discurso
de la comunicación: un discurso antrópico. De nuevo se
inicia un cambio (una re-visión) de paradigmas. Si el
"mensaje" es inestable, como demuestra el pensamiento
de la posmodernidad, pero al mismo tiempo la comunicación
es posible, como revela nuestra experiencia cuotidiana,
se hace necesario prestar ahora atención a la fase final
de la comunicación: al receptor. Pero antes es necesario
problematizar, cuestionar el esquema "emisor-mensaje-receptor"
desde dos dimensiones fundamentales: 1) la estructura
mecanicista que implica y 2) el centro desde el
cual adquiere sentido la relación. El primer aspecto nos
parece ahora obvio. El referente en cualquier acto de
comunicación no puede ser "el proceso mecánico" sino "el
ser humano" en el acto de comunicarse. Una simple transformación
en los términos antes anotados nos facilitará comprender
la dimensión del cambio. En el discurso de la modernidad
el proceso era unidireccional y unívoco:
emisor
---> mensaje ---> receptor
En el discurso antrópico el referente es el ser humano
y el proceso es multidireccional:
autor <--->
texto <--->
lector
El autor contextualiza el acto de comunicación en
un texto; es decir, en un sistema de signos que corresponde
a un contexto social. Ambos, autor y contexto social,
se encuentran en una relación de mutua influencia e inmersos
en la historicidad de su propio devenir. Y si bien siguen
procesos semejantes, nunca llegan enteramente a coincidir.
El producto de este intento de comunicación es un texto
(sistema de signos inserto, como dijimos, en su propia
historicidad). La comunicación, sin embargo, sólo se efectúa
en el lector (incluso en la lectura que el propio autor
pueda hacer de su obra).
Visto de este modo el proceso, podemos afirmar que
el texto en sí no significa. El significado reside en
el lector y en la apropiación que éste haga del texto.
De ahí el cambio de paradigma; la perspectiva se traslada
ahora al lector. No se trata de un texto con múltiples
significados, sino de un lector (o múltiples lectores)
que se apropian del texto desde múltiples contextos y
con diversos objetivos. En otras palabras, la modernidad
se articulaba a través de un centro fijo que daba lugar
a la estructura
"emisor
---> mensaje ---> receptor"
con un sentido unívoco.
La posmodernidad descubre la naturaleza historicista del
"mensaje" y rechaza la estructura de la modernidad que
permitía (imponía) el sentido unívoco, pero su énfasis
en el "mensaje" desconoce el referente humano y se inhibe
impotente de significar. El discurso antrópico, discurso
de la comunicación (discurso dialógico), regresa al referente
humano. Ahora bien, el lector sólo se concibe desde el
proceso dinámico de su contextualización, y como núcleo
de constante re-codificación de su propia contextualización.
Detengámonos un momento en esta afirmación que es fundamental
para comprender después sus implicaciones hermenéuticas.
Hagámoslo también a través de un concepto concreto y de
la aplicación ulterior de dicho concepto a una situación
también concreta que lo ejemplifique y le otorgue validez.
Veamos la posición de los tres discursos ante el concepto
de la "otredad" y ante el "texto" de la llegada de Colón
a América en 1492:
a) Discurso de la modernidad: mi centro como universal.
La modernidad se ordena a través de un centro incuestionable,
que se erige en paradigma de todo acto de significar y
que se proyecta en imposición logocentrista: la verdad
como algo transferible. El error y la verdad en el discurso
de la modernidad es algo tangible e independiente del
sujeto conocedor, o sea indiferente a su contextualización.
Desde el discurso de la modernidad, la "otredad" era juzgada
desde mi contextualización y en función a mi
contextualización. Para la antigua Grecia, los pueblos
que no hablaban griego eran bárbaros; desde un pensamiento
eurocéntrico se llamarán "salvajes" a aquellos pueblos
cuyo desarrollo cultural difería del seguido por la cultura
europea.
En el ejemplo concreto de nuestro texto se habla de la
llegada de Colón a América como"descubrimiento"; es decir,
el centro europeo como único portador de significado.
El término (y concepto) de "descubrimiento", válido para el europeo, se quiere
que también tanga valor para el americano: descubrimiento
como un concepto con validez universal.
b) Discurso de la posmodernidad: deconstrucción de todo centro como foco unívoco
de significado, con lo que se pospone su definición
La posmodernidad es la duda de la modernidad,
es la perplejidad ante el descubrimiento de lo fatuo y
quimérico de creer en la existencia de un centro unívoco
que se proyecte como referente de toda significación.
Desde el discurso de la posmodernidad se reconoce el derecho
de la "otredad" a su propio discurso, pero ambos discursos
se erigen independientes. La aceptación de cualquier expresión
cultural como legítima lleva consigo la justificación
del statu quo y sirvió en la década de los años
setenta, por ejemplo, para confrontar los reclamos de
justicia social en los países clasificados como tercermundistas.
En el caso de nuestro texto, la llegada de Colón a América
en 1492, entre los muchos discursos posibles en la posmodernidad,
se habla de la conquista de América, de la destrucción
de América, del descubrimiento de América, del
encuentro con América; se llega así a imposibilitar
el diálogo sobre el significado de la llegada de Colón
a América.
c) Discurso antrópico: definición en la transformación.
La antropocidad implica una abstracción del concepto
de "centro" que aporta la modernidad (de todo centro como
punto fijo y unívoco), para colocar en primer plano la
historicidad de la"estructura" misma. El centro antrópico
es un centro dinámico, un centro sujeto a continua transformación,
y que se define como transformación y en dicha transformación.
Es un centro que sólo se concibe en el proceso dinámico
de su contextualización y como núcleo de codificación
de dicha contextualización.
En el discurso antrópico, la "otredad" pasa a ser un punto
más en la contextualización de mi discurso y, como tal,
esencial en el momento de pronunciarme: el discurso antrópico
asume la "otredad" como paso previo al acto de significar,
en el sentido de la expresión de que nadie es libre mientras
exista alguien que no lo sea.
El texto en este caso, la llegada de Colón a América en
1492, se leerá como descubrimiento desde una perspectiva
europea; como conquista desde la perspectiva de
la Colonia; como saqueo y destrucción desde
la perspectiva de los pueblos de ascendencia precolombina.
Es decir, el "hipertexto" de este texto incluiría todas
esas perspectivas como complementarias, pues el concepto
de "descubrimiento", legítimo desde la perspectiva española,
no se comprenderá en su amplio significado si no se considera
que fue también "conquista" y "destrucción".
2. Proceso hemenéutico
La superación de las limitaciones de la modernidad
libera igualmente el "texto" de todo intento de querer
pronunciarlo, en el sentido de afirmar, de fijar su significado
como unívoco y trascendente. El énfasis en el discurso
antrópico se traslada del texto al lector. Detengámonos
por un momento en esta afirmación. El discurso de la modernidad
privilegia al autor (la autoridad implícita en el texto)
y por ello hace coincidir el acto de comunicación con
el acto de atrapar el texto, de "comprenderlo".
Ejemplifiquemos esta posición a través de la hermenéutica
que propone Noe Jitrik, para quien "leer consiste en 'comprender'
un texto, en el sentido de captar las ideas o conceptos
o contenidos o mensajes que las palabras, que también
hay que conocer, vehiculizan o las frases expresan" (29). Los lectores se clasificarán luego según se acerquen
a esa comprensión totalizadora del texto, según se acerquen
a lo que Jitrik denomina una "lectura consciente": "Los
niveles a los que me refiero son el literal, el indicial
y el crítico" (35). La explicación que nos proporciona
Jitrik de esta clasificación enmarca bien lo que yo vengo
denominando discurso de la modernidad:
Llamamos "literal" a la lectura más espontánea e
inmediata que se puede hacer [.], se limita a lo superficial
o, dicho de otro modo, entiende que todo lo que la
lectura puede dar está en la superficie; en tal sentido
la podríamos entender como lectura 'inconsciente'
porque rehusa crearse las condiciones para llevar
al plano consciente la diversidad de procesos en las
que radica tanto el texto como la lectura. (35-36)
La lectura "indicial" propone cierta distancia respecto
del efecto de superficialidad [.]; es la lectura de
señales, de registros, de observaciones, de reacciones
que son como indicios de una organización superior
[.] lo indicial tiene un carácter de "preconsciente".
(36)
La lectura "crítica" sería, en este esquema, culminatoria;
es la que organiza indicios de forma tal que si por
un lado recupera todo lo que la lectura literal ignora
y la indicial promete, por el otro debe ser capaz
de canalizar de manera orgánica el conocimiento producido
en todo proceso de lectura. (36)
En el discurso antrópico el texto es un producto
de innumerables contextualizaciones, tanto en el acto
mismo de su creación como en la historicidad de los códigos
que lo articulan, y está destinado igualmente a innumerables
posibles contextualizaciones en el lector. Según el discurso
de la modernidad (como ejemplificamos con Jitrik), la
única lectura "consciente" es la lectura que capta en
su totalidad el significado del texto. La hermenéutica
antrópica surge precisamente de la doble problematización
de esta aporía: a) la imposibilidad de captar la totalidad
del significado del texto, en cuanto implica una
narrativa histórica; y b) lo irrelevante del concepto
de totalidad en el fluir antrópico (totalidad implica
perfectividad, inmovilidad, conceptos sólo posibles en
la cosmovisión de la modernidad). La comunicación en el
discurso antrópico no puede residir, pues, en el texto,
que es sólo un medio; pero el texto a su vez es un documento
del devenir humano, y por lo tanto lleva implícita la
aproximación a la lectura "crítica" que propone Jitrik.
Al eliminar la necesidad del sentido unívoco y transcendente
que nos imponía el discurso de la modernidad, y aceptar
la independencia del lector, cambiamos también la dirección
de dicha relación. En el discurso de la modernidad el
proceso era claro: autor-->texto-->lector. En un discurso donde se reconozca la antropocidad
de todo proceso de contextualización, queda igualmente
liberada la rigidez de este proceso: autor<-->texto<-->lector. Es decir, no es el texto el que necesariamente
va a reproducirse en el lector, sino que también el lector
se aproxima al texto en el acto de comunicación y puede,
en casos extremos, dar significado al texto independiente
e indiferente de su codificación original. Visto desde
esta perspectiva, hay un elemento de suma importancia
que interviene en el acto de aproximarse del lector al
texto: el objetivo. Y en este concepto, básico en el diálogo
antrópico, encontramos el fundamento para una nueva hermenéutica.
Ello nos permite igualmente independizar, en términos
absolutos, el "texto" del "lector". Esta afirmación acarrea
una doble repercusión: por una parte afecta nuestro entendimiento
de la función del lector, o sea, del proceso hermenéutico;
por otra parte apunta a la necesidad que el autor (todo
creador de un texto) tenga presente que "la lectura" última
de su texto se realiza en el lector y que puede incluso
hacerse independiente e indiferente del proceso de codificación
que el autor dio a su texto. La primera dimensión es de
especial interés para el crítico. La segunda, que también
necesita tener en cuenta el sentido de dicha hermenéutica,
concierne, primordialmente, al creador del texto, pues
también los productores de textos necesitan asumir el
discurso antrópico y en qué sentido el texto debe contar
con el privilegio que ahora se otorga al lector; El objetivo
del autor sigue siendo la comunicación, pero la libertad
de interpretación que ahora impone el lector, necesita
ser tenida en cuenta al buscar nuevas formas de imponer
en el texto el sentido del autor. En este estudio nos
ocupamos de la perspectiva hermenéutica y sólo al final,
a modo de conclusión, apuntamos la posible repercusión
en el campo de la publicidad.
El tipo de apropiación que hagamos ahora de un texto,
dependerá, pues, del objetivo con que nos aproximamos
al mismo. Abrimos así las puertas a una nueva dimensión
de posibles lecturas, a las que el discurso de la modernidad
les negaba validez. Nótese que no nos referimos a reconocer
la validez de cualquier posible lectura (problema que
lleva a la perplejidad de la posmodernidad), sino a deslindar
a través de los posibles objetivos que motivan una lectura,
la validez de la misma. Y sí, de nuevo podemos, como veremos
más adelante, hablar de validez de una lectura en el discurso
antrópico. Aun cuando a continuación se desarrolla la
implicación de los distintos niveles de "lectura" (apropiación
del texto), conviene desde ahora problematizar el concepto
de una "lectura válida". Precisemos las razones que conducen
a la aporía de la posmodernidad, según la plantea, por
ejemplo, Stanley Fish, cuando nos dice a propósito de
los distintos niveles de lectura que "eso significa en
la crítica literaria que ninguna interpretación puede
presentarse como mejor o peor que cualquier otra, y que
en el salón de clase ello implica que no tenemos respuesta
para el estudiante que nos dice que su interpretación
es tan válida como la nuestra." El pensamiento de la posmodernidad establece sus
parámetros desde los principios que deconstruye; es decir,
desde el concepto de "un significado" que transcienda
el texto y desde una interpretación que transcienda al
lector. Ni lo uno ni lo otro es posible ni afecta a la
comunicación que se busca en todo texto. Veamos por qué.
El pensamiento de la posmodernidad, y Stanley Fish
en su estudio, demuestra convincentemente que la historicidad
de todo signo anula la pretensión de la modernidad de
poder atrapar "el significado" de cualquier signo. Pero
una vez establecida esta ruptura necesaria con el pensamiento
de la modernidad, sus representantes parecen detenerse
ante la perplejidad que supone la serie indefinida de
las posibles interpretaciones implícitas en todo signo.
Necesitamos ahora, como hemos ya señalado y desarrollaremos
más adelante, dar un paso más: necesitamos asumir la historicidad
del signo, y a la vez relegarle a la posición neutra que
le corresponde; es decir, reconocer que se trata simplemente
de un medio para la comunicación. En el discurso antrópico
que estamos proponiendo, el lector adquiere el papel de
protagonista, pero en un sentido mucho más complejo del
que se le otorga en el discurso de la posmodernidad y
que se refiere no sólo a los múltiples posibles textos
"fuera" del texto, sino también a la selección de los
procesos de codificación con los que se aproxima al texto.
En cierto modo, toda interpretación lleva implícita
cierta búsqueda especular, donde la apropiación del texto
acarrea, quizás ineludiblemente, el reflejo de la imagen
del lector. Siempre es así en la apropiación íntima del
texto, como desarrollamos más adelante, pero este reflejo
especular se encuentra también presente, en formas más
o menos tenues, en todo análisis textual, en la selección
y prioridad que se otorga a los diferentes procesos de
codificación que posibilitan la "lectura" de un texto.
En cualquier caso, el solo hecho de que la interpretación
se inicie en el lector (no decimos que dependa, sino únicamente
que se inicia), nos lleva a considerar dos grandes grupos
de posibles interpretaciones extremas: a) la que se realiza
en la intimidad del lector, sin propósito ulterior de
comunicarla a otros posibles lectores; y b) aquella interpretación
que pretende pronunciar el texto, o sea, dar un significado
al texto para el consumo de otros posibles lectores. En
el primer caso, la "validez" de la interpretación se ajusta
a unos parámetros internos de la persona que la efectúa.
En esta dimensión íntima podemos decir que cualquier interpretación
es "válida": yo, como lector, asumo un texto en mi devenir,
busco sólo que signifique en mí y para mí (y como se hace
en el fluir de un estar siendo, se trata también
de una contextualización irrepetible: ese es el verdadero
sentido del verbo asumir en un discurso antrópico).
En el segundo caso, se procura superar la intimidad
subjetiva al buscar que el significado en mí pueda ser
también compartido por otros; es decir, los parámetros
que hagan posible la interpretación ya no podrán ser únicamente
los íntimos míos, sino aquéllos, coincidan o no, que correspondan
a los códigos culturales que van a estructurar mi comunicación.
En este segundo tipo de comunicación -interpretación para
el consumo de otros-, mis afirmaciones deberán ir avaladas
por explícitas referencias a los procesos de codificación
que las hacen posibles. Es decir, la interpretación dependerá
de los códigos que se apliquen al texto, y su "validez"
podrá ser juzgada desde dos perspectivas: a) validez en
cuanto al rigor con se aplica un proceso de codificación
y b) validez en cuanto a lo pertinente de dicho código
en la contextualización del texto a interpretar.
Ejemplifiquemos este proceso a través de dos categorías
extremas, que nos van a servir también para luego parcelar
la riqueza de matices de las innumerables posibles lecturas.
La primera, que sólo es necesario enunciar, es aquella
a la que pertenece la lectura que se realiza en el devenir
íntimo de una persona. En este caso, el texto es únicamente
el resorte que induce la "lectura"; su realidad es secundaria,
lo fundamental es su contextualización en el devenir del
lector. No existe ni puede existir hermenéutica que explique
o ayude esta "lectura". Es también una lectura irrepetible.
Usemos un ejemplo que nos permita percibir la magnitud
y profundidad de esta lectura, y por qué la hermenéutica
del texto es en este caso secundaria o inconsecuente.
Consideremos la lectura del poema de Bécquer, "Volverán
las oscuras golondrinas",
que es leído por una persona como un texto que trae a
la memoria un paseo por el parque cuando era todavía adolescente
y se sintió por primera vez enamorada. En este caso la
rima o la clase de estrofa, o los acentos rítmicos, pueden
muy bien pasar desapercibidos. Al lector le trae sin cuidado
cómo clasifica la crítica académica el poema, y no le
importa tampoco su posible contenido filosófico, ni cuándo
ni quién lo escribió. El poema fue nada más (pero también
nada menos), que el resorte que dio lugar a la interiorización
del lector en su propio devenir. Se trata de una lectura
legítima, de una lectura profunda, de una lectura, en
fin, irrepetible, que cae fuera del dominio de la hermenéutica,
aun cuando pudiera muy bien ser comunicada a través de
un texto, con lo que pasaría entonces de nuevo a poder
ser objeto de la hermenéutica.
Esta apropiación del texto en el propio devenir es,
por lo demás, la lectura normal, la más consciente de
la propia antropocidad. La lectura se convierte en un
acto de comunicación íntima, de comunión con el texto.
Este es el modo también como el ser humano se comunica
con su entorno. Por ejemplo, la lectura, mientras viajamos
por la autopista, de un número en una señal de tráfico
con la velocidad máxima autorizada, no genera normalmente
un proceso de "interpretación", sino de apropiación; es
decir, se contextualiza en el devenir de la persona, por
ejemplo la velocidad que lleva, y si ésta es superior
a la máxima, le podrá recordar la última multa por exceso
de velocidad. En cualquier caso, la lectura que tiene
lugar es la que hemos denominado única en el preciso contexto
del fluir del lector. La posibilidad de esta lectura,
que hemos denominado "lectura normal", necesita ahora
ser tenida en cuenta por el autor en el acto de creación
del texto; en algunos campos, como por ejemplo en el de
la publicidad, pasa a convertirse en una consideración
fundamental, pues de lo que se trata es, precisamente,
de controlar, dirigir la interpretación que se haga del
texto.
La hermenéutica se baja así del pedestal de otorgadora
de significado que le concedía el discurso de la modernidad.
Lo cual no implica, sin embargo, que el proceso hermenéutico
no sea necesario. Todo lo contrario, adquiere ahora un
valor pivotal en el diálogo entre las personas y, sobre
todo, en las relaciones sociales. Se trata únicamente
de una nueva hermenéutica que limita su función a hacer
explícitas las codificaciones que gobiernan las estructuras
que determinan nuestras relaciones. Consideremos ahora
la otra categoría extrema en la que agrupamos cierto tipo
de lectores. Nos referimos al lector especialista, al
hermeneuta, al que se propone la explicación de un texto.
Tracemos una línea que nos represente de un modo más gráfico
esta relación:
O C S
Consideremos ahora el punto extremo "S" como el extremo de apropiación subjetiva
del texto. Una situación semejante como las anotadas anteriormente,
en las cuales el texto significa en la contextualización
íntima, y con frecuencia irrepetible, en el lector. En
el extremo "O" se colocaría la exteriorización extrema
objetiva del texto: señalar, por ejemplo, el contexto
que permite que los símbolos "10" y "X" signifiquen lo
mismo en dos estructuras de numeración diferentes. En
el punto "S" domina, pues, el mundo interior, el devenir
individual, donde se contextualiza el texto. En el punto
"O" colocamos la interpretación de texto que expresa de
un modo extremo la proyección de la estructura, independiente
del sujeto que la interpreta. En la práctica, lejos de
las construcciones teóricas que hacen todo posible, las
interpretaciones raramente se localizan en los extremos.
En cualquier caso, en el proceso de nuestro análisis,
que en definitiva se desarrolla en el ámbito de la reflexión
teórica, vamos a considerar un tercer punto, "C", situado
en un lugar intermedio entre el "O" y el "S". Del punto
"C" hacia el "S" empiezan a importar menos los sistemas
de codificación externos que controlan el signo. La lectura
del texto se interioriza cada vez más en el sujeto que
se comunica con el texto, hasta llegar a los casos extremos
antes mencionados. Este es el ámbito de los lectores "normales";
es decir, del lector que lee un texto por iniciativa propia,
sin un fin ulterior de comunicación con otros. La comunicación
que busca este lector es cada vez más íntima según se
aleja del punto "C" y se acerca al punto "S".
La lectura que se emplaza entre el punto "C" y el
extremo "O", es una lectura que se realiza bajo objetivos
que de un modo u otro implican una comunicación externa:
la "interpretación" del texto para el consumo de otros.
Según se aleja del punto "C", más se abstrae de la contextualización
interna en la persona que efectúa la interpretación, más
se convierte en un ejercicio hermenéutico de los distintos
niveles de codificación, tanto en la proyección sincrónica
como en la diacrónica. Visto el proceso hemenéutico de
este modo, consideremos ahora cuatro posibles niveles
de los innumerables implícitos en todo texto.
1) El nivel más elemental es aquel que consiste en
hacer explícitas las normas de codificación elementales
que van a posibilitar la comunicación escrita: la forma
gráfica de las letras que forman las palabras del español
o del árabe, la combinación de las letras según la estructura
del idioma español o portugués, la estructura de la numeración
arábiga o romana, la leyenda que rige la escala y los
signos de un mapa, son todos ejemplos de las estructuras
depositarias que la hermenéutica debe considerar en su
nivel más elemental. En estos casos, la "explicación"
se proyecta completamente objetivada. Es decir, puede
y normalmente se efectúa sin interferencia del mundo interno
de la persona que lleva a cabo la interpretación del texto:
así la afirmación de que un texto está escrito de acuerdo
a la estructura lexicográfica y sintáctica del idioma
español o que las distancias en un mapa específico están
representadas en millas o en kilómetros.
2) Un nivel más complejo, pero próximo al anterior,
corresponde al de las estructuras, también convencionales,
que gobiernan la retórica de nuestras producciones escritas:
la medida de los versos en español, las reglas de la rima
consonante, la clasificación de los distintos tipos de
narrador en la ficción, la retórica del ensayo o del texto
filosófico, son otros tantos ejemplos de estructuras convencionales,
externas al crítico. En estos casos basta con una descripción,
pues se trata de estructuras simples de lo que antes hemos
denominado narrativas lineales.
3) El próximo nivel que nos interesa considerar,
requiere una separación más frágil entre la convención
precisa externa de los anteriores casos, y aquella más
difícil de abstraerse de la contextualización personal.
Usemos de nuevo dos ejemplos: A) cuando el especialista
usa el término de "soneto", puede hacerlo independientemente
de su interpretación del soneto como forma literaria;
es decir, hace referencia a un poema con un número de
versos precisos, agrupados en un número determinado de
estrofas, que sigue también una estructura rigurosa en
su rima (en el caso de variaciones de la regla común,
éstas se explican con precisión). B) Cuando el especialista
hace uso de los diversos matices del término "casta",
entra ya en un terreno más difícil de deslindar. Se refiere
por supuesto a una codificación convencional, pero que
ahora necesita situarla en un espacio y un tiempo precisos,
como pasos previos a cualquier análisis: la codificación
del término en la estructura social de la India o en la
de Europa implica contextos muy distintos; su ubicación
en el siglo XVI español -tensión entre judíos, moros y
cristianos- añade una dimensión muy precisa e incomprensible
en el siglo XXI. Se trata también en este nivel de codificaciones
culturales insertas ellas mismas en su propia historicidad.
En cualquier caso, la hermenéutica puede todavía aquí
independizarse de la contextualización personal del crítico,
aunque no pueda abstraerse de la que proyecta la historicidad
implícita en el término. Es decir, puede hacer explícita
la codificación del término mediante la investigación
de su uso, por ejemplo, en el periodo concreto del texto
donde se encuentra y cuyo significado se quiere interpretar;
pero como, en definitiva, se trata de un concepto que
se actualiza a través de matices difíciles de capturar
en una relación convencional unívoca, queda siempre expuesto
a la subjetividad de los contextos que sirven para su
codificación y de la selección que el crítico haga de
dichos contextos.
4) El próximo nivel que vamos a considerar implica
siempre una contextualización que depende del hermeneuta:
a) de sus objetivos; b) de su intuición crítica; c) de
su percepción de lo que importa. Este es el verdadero
proceso creador hermenéutico: de las innumerables estructuras
codificadas en un texto, destacar en orden jerárquico
aquéllas que comunican un contenido del mismo (explicitar
las narrativas históricas implícitas o explícitas en el
texto). Singularicemos las tres categorías anteriores,
que por lo demás son sólo tres de las muchas posibles.
A) La que más se independiza del contexto del especialista
es la que se determina a través de un objetivo explícito
que va a justificar el análisis: una interpretación filológica
de la novela Huasipungo, del ecuatoriano Jorge
Icaza, por ejemplo, en lugar de una interpretación de
la obra desde la retórica de la novela, o desde su contexto
social. En el primer caso adquiere importancia primordial
el uso peculiar lexicógrafo en el contexto del español
y del quichua. En el segundo, el punto de vista de la
narración, por ejemplo, se elevaría a primer plano, mientras
que en el tercer caso, sería el contexto social del habitante
de ascendencia precolombina en una sociedad que no ha
superado su visión colonial del mundo. Lo que importa
en cada caso es bien distinto. La obra (el texto) se pronuncia
en cada ocasión de un modo diferente. El objetivo determina
las tres lecturas que hemos apuntado: cada una legítima,
cada una profunda, cada una diferente. El grado de independencia
del contexto del hermeneuta lo provee la estructura externa
-el sistema de códigos establecidos- que en cada caso
fundamenta el análisis del texto: aplicación o transgresión
de ciertos códigos filológicos; modos cómo sigue o añade
a la retórica de la novela; cómo contextualiza las teorías
sobre el imperialismo y luchas de clases, son ejemplos
del distanciamiento a que nos referimos.
B) Cuando hablamos de intuición crítica, entramos
ya en un campo donde se personaliza la interpretación,
donde empieza a importar quién interpreta. Cualesquiera
que sean los objetivos, la profundidad con que se exteriorice
la complejidad de las estructuras implícitas en un texto
particular, dependen de algo más que de la simple enumeración
de posibles estructuras más o menos implícitas. Las estructuras
simples, es decir, aquellas fijadas en su convencionalidad
y aceptadas como tales (como en el ejemplo del soneto),
son fáciles de reconocer, pero no aportan en sí significado.
El pensamiento, las sensaciones, los sentimientos, tienen,
es verdad, que exteriorizarse a través de estructuras
existentes (el uso de la estructura del idioma español
para articular una sensación), pero su codificación difícilmente
llega a representar exactamente lo sentido. El hermeneuta
tiene que asumir de nuevo la riqueza que el código sólo
atrapa de modo implícito. Recordemos que incluso en estos
casos, la intuición sirve en el proceso de la investigación;
la interpretación, que recoge los resultados de esa investigación
en el proceso de codificación, necesita basarse necesariamente
en las estructuras, implícitas o explícitas, que la fundamentan.
La intuición, pues, se manifiesta en el momento de "descubrir"
dichas estructuras y en el proceso de asignarlas una posición
de valor al pronunciar la obra. En ningún instante, sin
embargo, puede la intuición, en el ejercicio hermenéutico,
prescindir del proceso de expresar explícitamente las
estructuras (procesos de codificación) que la fundamentan.
Conviene recordar aquí que el crítico, al articular su
discurso, su interpretación, se convierte en "autor" y
que su intuición sólo se nos comunica a través de su capacidad
para articularla; es decir, debemos mantener presente
que en todo momento se trata de un cerrar/iniciar
el círculo hemenéutico.
C) Con la "percepción de lo que importa" damos un
paso más hacia la contextualización del texto en el crítico.
La intuición termina, en definitiva, fundamentándose en
estructuras que quizás en un principio pudieran parecer
que no estaban presentes. La "percepción de lo que importa"
requiere ya una contextualización en los valores (literarios,
sociales, morales, etc.) del hermeneuta. Incluso en este
caso, la interpretación nunca puede ser arbitraria ni
excluyente: únicamente se articula el valor de la obra
a través de las estructuras que se creen centrales. Lo
que queda abierto en estas situaciones es la manipulación
del texto a través del texto mismo. Es decir, se elevan
a primer plano estructuras que para otro lector pudieran
parecer secundarias: se contextualizan las estructuras
entre sí para destacar una codificación implícita que
va a fundamentar ahora la interpretación del texto que
se proyecta como fundamental. Dentro de los innumerables
matices posibles, nos referimos aquí, por ejemplo, a un
análisis freudiano o marxista de Fortunata y Jacinta
de Galdós. Pero incluso en este tipo de hermenéutica,
la interpretación se ajusta a trazar la relevancia de
una estructura establecida en la decodificación del texto
objeto de interpretación.
La "percepción de lo que importa", según se aproxima
al punto "C" (según se va interiorizando en el crítico
que la articula), se aleja también más de estructuras
preestablecidas; es decir, se va distanciando de aquellas
estructuras identificadas ya con un proceso preciso de
codificación, como las teorías freudianas o marxistas
del ejemplo anterior. Me refiero, entre otras muchas posibles,
a las estructuras que basan su discurso en complejos procesos
que se codifican en la historicidad de nuestro devenir.
Si bien hay códigos que muestran una extraordinaria resistencia
a ser modificados (los símbolos de la "X" y del "10" en
la numeración romana y arábiga, por ejemplo), lo común
es que todo sistema, una vez "establecida" su fase de
codificación, entre en un proceso de transformación (la
ortografía del español del siglo XV y del XXI). El mismo
hecho de que me vea forzado a colocar el término "establecida"
entre comillas, sirve para dar énfasis a la dimensión
dinámica de las estructuras según se transforman los discursos
axiológicos del estar que las fundamentan. Esta realidad
puede dar lugar a un doble proceso de interpretación,
el segundo de los cuales asume implícitamente el primero:
a) codificación de una estructura a través de la historicidad
de los sucesos; b) uso de dicha estructura para fundamentar
la interpretación de un texto. Al primero de los casos
correspondería, por ejemplo, la reinterpretación de la
historia iberoamericana a través de los términos de "mestizaje"
y "frontera" como categorías culturales; es decir, el
hecho de ver la cultura iberoamericana en función del
concepto de frontera: primero lugar de confrontación;
después espacio de encuentro de la "civilización" y la
"barbarie"; tierra de "nadie" donde la "civilización"
(dependencia de un centro extraño) lucha contra la "barbarie"
(realidad autóctona que se rechaza); un sentirse, en fin,
marginado (desde la perspectiva política), periférico
(alejados de los centros de cultura) y subdesarrollado
(subordinado a decisiones económicas ajenas). La segunda
parte del proceso sería la aplicación de dicha codificación
cultural (sin señalarlo explícitamente) a la "lectura",
por ejemplo, de la novela Cumandá o un drama entre
salvajes, del ecuatoriano Juan León Mera, y proyectar
como lectura relevante de la novela la falta de conciencia
nacional implícita en su texto. Hemos colocado "sin señalarlo
explícitamente" para apuntar el subjetivismo implícito
en esta aproximación hemenéutica. Cuando el proceso de
codificación de un sistema es explícito (las teorías freudianas
y marxistas, que venimos usando como ejemplo), el código
se objetiva al convertirlo en algo "convencional"; es
decir, como punto de vista reconocible y verificable,
independiente de su origen y de su validez.
4. A forma de conclusión: Un cambio de perspectiva
A lo largo de este estudio hemos regresado varias veces al punto de partida
y hemos anticipado, igualmente, varias veces nuestra conclusión.
Hemos hablado sucesivamente de tres discursos (modernidad,
posmodernidad, antropocidad) integrados en la narrativa
de nuestro desarrollo cultural. Vivimos en un momento
de transición en el que conviven los tres discursos. El
discurso de la modernidad comienza a ser rechazado; el
énfasis en la multiculturalidad es una de las manifestaciones
externas más potentes de esta transformación. Pero todavía
añoramos la seguridad que aportaba la modernidad, todavía
buscamos las "reglas del juego" que nos permitan comprender
lo que sucede; rechazamos la modernidad, pero todavía
buscamos un punto en la orilla que nos permita comprender
el fluir del río; es decir, el discurso de la posmodernidad
todavía parece regir nuestro quehacer. No obstante, el
proceso es irrevocable. El tren de nuestras transformaciones
esta adquiriendo un punto de aceleración que sólo desde
dentro, desde el fluir de las transformaciones mismas,
adquieren éstas sentido.
La creciente hegemonía del discurso antrópico acarrea ya complejas implicaciones
en las distintas facetas del quehacer humano. En otros
lugares he reflexionado sobre su impacto en la educación
o en los estudios académicos, apuntemos ahora de qué modo
puede afectar en el campo de la publicidad, próximo ya
a los interese de este encuentro. Podríamos equiparar
los tres discursos a tres actitudes ante el producto que
se desea vender: En la primera entrarían aquellos anuncios
que simplemente informaban sobre la calidad del producto:
el producto es bueno, cómpralo; en la segunda agruparíamos
a los anuncios que buscan crear una necesidad, que nos
convencen de lo deseable y necesario de un producto: lo
necesitas, cómpralo; la tercera actitud, que apenas he
visto iniciarse en los últimos meses, se limita a señalar
que ya es hora de cambiar: aunque no lo necesites, busca
una excusa para comprarlo.
Pues bien, las tres posturas necesitan ahora contar con el lector (el público);
es decir, reconocer que la interpretación no es necesariamente
la que pretende el autor (este producto es bueno), ni
tampoco la que pueda expresar el texto en contexto precisos
(necesitas el producto), sino la que se pueda forjar el
lector (ya lo has usado, cámbialo por otro). En el primer
tipo de anuncio se trataba de convencer al lector (al
público), sin contar con él. En la segunda clase de anuncios,
a pesar de que se basan en estudios de mercado que aproximan
el producto a un tipo especial de lectores (a contextos
precisos), se asume un lector interesado en descifrar
y asumir el código del anuncio. El carácter del tercer
tipo de anuncio es ya diferente; se toma conciencia de
que es el lector quien se apropia a su modo del anuncio
y se trata ahora de controlar dicha apropiación; se busca,
en otras palabras, atrapar al lector en un mundo creado
en el cual la venta del nuevo producto adquiera sentido.
Quizás ésta sea la orientación de los anuncios que comienzan
a incorporar una mini anécdota como mecanismo para capturar
al lector (público) en el contexto del anuncio.
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NOTAS
Volverán las oscuras golondrinas
de tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala a tus cristales,
jugando llamarán.
Pero aquellas que el vuelo refrenaban,
tu hermosura y mi dicha al contemplar,
aquellas que aprendieron nuestros nombres.
ésas. ¡no volverán!
(*) José Luis Gómez-Martínez (jlgomez@ensayistas.org)
Es director de Proyecto
Ensayop Hispánico. Natural de Soria,
España (1943), cursó estudios de posgrado
en Alemania (Heidelberg y Munich) y en Estados Unidos
(Chicago y Iowa City); es Doctor en Filosofía y
Letras con especialización en Literatura y pensamiento
hispánico. Salió de España en 1963
y desde 1967 reside en los Estados Unidos donde, a partir
de 1974, es Catedrático de Pensamiento Hispánico
en la Universidad de Georgia. Ha sido presidente de SILAT
(Society for Iberian and Latin American Thought). Tiene
el honor de ser un Guggenheim Fellow. En 1988 se le concedió,
en reconocimiento de sus trabajos de investigación,
el prestigioso Albert Crist-Janer Award y en 1989 el Sturgis
Leavitt Prize.
Cuenta con más de cien publicaciones sobre el erasmismo,
Quevedo, Saavedra Fajardo, Pérez Galdós,
el krausismo español e iberoamericano, el pensamiento
de la liberación, el indigenismo, Ortega y Gasset,
Américo Castro, Sarmiento, Samuel Ramos, José
Rodó, Rómulo Gallegos, Guillermo Francovich,
José Gaos, Alfonso Reyes, Marcos Anguinis, Leopoldo
Zea, entre otros temas, en varias de las revistas del
mundo hispánico (Abside, Anthropos, Atenea, Corréo
Cultural, Cuadernos Americanos, Cuadernos Salmantinos
de Filosofía, Diálogos, Diorama de la Cultura,
Discurso Literario, Estudios Interdisciplinarios de América
Latina y el Caribe, Hispania, Hispanic Review, Humanitas,
Los Ensayistas, Nueva Revista de Filología Hispánica,
Opinión Pedagógica, Quinto Centenario, Revista
Iberoamericana, Revista de Ideas Estéticas, Revista
Mexicana de Cultura, Última Hora, Vozes).
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