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Resumen
El objeto de este artículo es mostrar cómo
el diálogo y el ensayo filosóficos son dos
genera dicendi que comparten la característica
común de ubicar la verdad en el futuro del filosofar.
Como consecuencia de esta primera característica
la opinión y el error adquieren en ambos un valor
cognitivo de primera magnitud, a la vez que la tolerancia
se convierte en regla teórica y práctica
de conducta entre los hombres.
Palabras clave: diálogo, ensayo, genus dicendi,
verdad, opinión, error y tolerancia.
Abstract
The aim of this paper is to show that the philosophical
dialogue and the essay are two genera dicendi which share
the characteristic of placing the truth in the future
of philosophising. As a result both opinion and error
acquire a cognitive value of the first order, and at the
same time tolerance becomes the theoretical and practical
rule of conduit among men.
Keywords: dialogue, essay, genus dicendi, truth,
opinion, error, and tolerance.
1. Introducción.
Aunque la acotación de qué sea la filosofía es algo de
muy difícil aquilatación y donde los criterios han variado
sensiblemente con el transcurso del tiempo, sí parece
que se puede convenir razonablemente en que, sea lo que
sea eso que llamamos filosofía, es, al menos, un intento
del hombre por relacionarse con la verdad. Y ello con
independencia de que la verdad sea entendida como coherencia,
adecuación, descubrimiento, veracidad o confianza. Así
se suele entender al menos desde el momento en que -según
Diógenes Laercio- Pitágoras comparó la vida con una edición
de los Juegos Olímpicos y atribuyó a los filósofos la
función de andar a la caza de la verdad cuando: «comparaba
la vida con los Juegos, a los que algunos van a competir
por el premio y otros van para vender mercancías, pero
los mejores [lo hacen] en calidad de espectadores, de
la misma manera, en la vida, dijo, los esclavos andan
a la caza de la gloria [dóxes] y del lucro, los
filósofos, en cambio, de la verdad [aletheías]»
(Diógenes Laercio, 1980, VIII, 8: 326-329)
Ahora bien, esta «caza de la verdad» se ha vehiculado
históricamente en medios tan diversos como puedan ser
un poema o una autobiografía; lo cual ha llevado a tres
problemas tradicionales: 1, que se haya calificado o descalificado
un pensamiento en función del genus dicendi que
se haya utilizado para vehicularlo; 2, que sólo
muy raramente se haya reflexionado sobre las implicaciones
que tiene el hecho de que un filósofo o un científico
hayan elegido un genus dicendi u otro para expresar
su pensamiento; y, 3, que no se haya intentado una sistematización
de los genera dicendi en filosofía. No obstante,
si la relación del hombre con la verdad parece ser un
denominador común a la hora de definir la obra de cualquier
filósofo, quizás esta relación del hombre con la verdad
pueda hacer alguna luz en la comprensión de los genera
dicendi en filosofía.
2. Genus dicendi y ubicación temporal de la verdad.
Desde el punto de vista temporal el hombre puede situarse
de cara a la verdad en dos ubicaciones: o bien se la considera
como algo ya poseído en el pasado o en el presente, o
bien se la busca porque se cree que puede estar ubicada
en el futuro. Cuando la verdad se considera como algo
ya conocido en el pasado o alcanzado en el presente, la
tarea que incumbe al filósofo es la de comunicar esa verdad
alcanzada. Por su parte, cuando la verdad se considera
ubicada en el futuro (o se sospecha que puede ser encontrada
en el futuro), esto es así porque no ha podido ser alcanzada,
aunque sí se pueda decir que es vislumbrada desde la consecución
de alguna verosimilitud actual. En este caso la tarea
que incumbe al filósofo será la de la búsqueda de la verdad.
Ahora bien, en función de esta relación temporal que el
filósofo crea tener con la verdad, el genus dicendi
que utilizará para comunicar sus pensamientos será uno
u otro. De modo que los diversos genera dicendi
de la filosofía pueden ser clasificados tomando como criterio
esta relación temporal del filósofo con la verdad.
Si hacemos un somero repaso de los diversos genera
en los que se ha expresado la filosofía a lo largo de
su historia, no deja de ser sorprendente para un hombre
actual que el primer texto filosófico de cierta extensión
que nos ha sido conservado sea el Poema, de Parménides,
obra escrita en hexámetros a imitación de las de Homero
y Hesíodo en el ámbito literario, y a imitación de la
de Empédocles en el ámbito filosófico. Pero el poema parmenídeo
no sólo hace referencia formal al pasado, sino que en
él de lo que se trata es de comunicar una verdad situada
también en el pasado y que se presenta como una "revelación
divina". El desarrollo de esta verdad situada en el pasado
será la tarea del filósofo, esto es, la de avanzar por
la vía de una verdad sabida frente a la vía errónea de
la opinión. Cuando el recurso a una "revelación divina"
como la parmenídea ya no es operativo, entonces el poeta
presenta esa verdad situada en el pasado como una intuición
personal a cuya génesis no hace referencia. Quizás los
ejemplos más paradigmáticos de esta segunda postura los
podamos encontrar en los poemas filosóficos incluidos
en Proverbios y cantares, de Antonio Machado. En
muchos de estos poemas se expone toda una tesis filosófica
o se hace una completa crítica de otra tesis filosófica
en unos pocos versos, las más de las veces en un solo
terceto. El análisis de los supuestos desde los que el
poeta hace su crítica o son el fundamento de sus tesis
queda en manos del lector. Esto hace
que este tipo de poemas presente grandes analogías con
el aforismo, cuya presencia como género literario se puede
rastrear a lo largo de toda la historia de la filosofía
(V.g.: Heráclito, F. Bacon o F. Nietzsche) y en el que
la verdad también si sitúa típicamente en el pasado, dejando
al lector la tarea de desarrollar o de interpretar lo
dicho o insinuado en el aforismo. De hecho, los límites
entre los poemas machadianos aludidos y un aforismo son
bastante borrosos, de modo que Proverbios y cantares
puede ser entendido lo mismo pomo un libro de poemas que
como un libro de aforismos filosóficos. Y, si lo clasificamos
habitualmente como una obra literaria y no como una obra
filosófica, es más por su forma externa y por la inercia
de ubicar a Machado entre los poetas y no entre los filósofos
que por el contenido de muchos de los tercetos incluidos
en él.
Otros dos géneros literarios en los que también se sitúa
típicamente la verdad en el pasado son el comentario y
el libro de texto. Ahora bien, comentario y libro de texto
difieren del poema y del aforismo en que, por tratarse
de obras producidas y enmarcadas en el ámbito académico,
su destino básico es el de servir de vehículos para transmitir
el saber comúnmente aceptado por una comunidad académica
a aquéllos que no están iniciados en un determinado paradigma.
Y, dada su función académica, en ambos se debe proceder
muy metódicamente, a la vez que se debe evitar cualquier
punto oscuro o cualquier ambigüedad terminológica.
Como es sabido, el comentario tuvo sus días de gloria
en el pensamiento medieval en todos los ámbitos del saber
por cuanto que era el mecanismo habitual para hacer comprender
a los no iniciados las obras clásicas que debían ser conocidas
y comprendidas en el ámbito universitario y, aunque su
prestigio decayó mucho con el humanismo renacentista,
sigue siendo aún un instrumento pedagógico de primera
magnitud en algunas disciplinas (filosofía, literatura,
historia, etc.). En cierto modo se puede decir que la
Física, de Aristóteles, la Geometría, de
Euclides, el Almagesto, de Ptolomeo o el Libro
de las Sentencias, de Pedro Lombardo, por ejemplo,
funcionaron como nuestros actuales libros de texto y de
modo análogo a como suelen funcionar los libros revelados
de las diversas religiones. En ellos se presenta una verdad
indiscutible y situada en el pasado, verdad que no puede
ser sometida a revisión: se acepta o no se acepta sin
más. Si alguien no la acepta, queda excluido, ipso
facto, de la comunidad de los "creyentes". Por su
parte, si la verdad de partida es aceptada, a la razón
le queda el papel de desarrollarla y aclarar los puntos
oscuros o supuestas "contradicciones" que haya en el libro
revelado. Las divergencias en este desarrollo y aclaración
de los puntos oscuros producen la división entre ortodoxia
y heterodoxia, pero en ningún caso está permitido poner
en duda el fundamento mismo de la revelación. El hecho
de que este tipo de obras fuesen utilizadas de la forma
descrita fue una de las razones que hicieron que el prestigio
del comentario decayese en el Renacimiento. Y, junto a
esta razón de fondo, caben aducir otras dos razones más.
En primer lugar, porque los humanistas llegaron al convencimiento
de que los clásicos eran más claros y escribían mejor
que sus comentaristas, y, en segundo lugar, porque, al
ser el comentario una glosa de una verdad situada en el
pasado, se pensó que su práctica era un obstáculo para
el descubrimiento de nuevas verdades, como mantenía Montaigne
cuando afirmaba que «hay más quehacer en interpretar interpretaciones
que en interpretar las cosas, y más libros sobre los libros
que sobre cualquier otro objeto: no hacemos más que entreglosarnos.
Todo abunda en comentarios; de autores hay gran carestía»
(Essais, III, XIII: 1045-1046).
Por su parte, el libro de texto, o cualquiera de sus
diversas variantes como puedan ser la suma medieval o
el manual moderno, es un tipo
de obra cuyo objetivo es el de presentar un compendio
del estado de cosas en un momento dado y en un ámbito
concreto del saber con objeto de que sirva de iniciación
a quienes están siendo adiestrados en ese ámbito del saber.
Y, desde la perspectiva en que me estoy situando, lo mismo
cabe decir de los diccionarios y de las enciclopedias.
De modo que, en razón de su propio objeto, para los autores
de este tipo de obras la verdad será ya algo poseído en
el pasado y de lo que se tratará, cuando se escriben,
es de hacerla comprensible, siguiendo para ello un método
expositivo adecuado, a quienes aún no la conocen, pero
que necesitan conocerla para entrar a formar parte de
la comunidad de los iniciados en alguna disciplina o actividad.
Quizás quien expuso mejor que nadie y de forma resumida
esta idea sobre los manuales o libros de texto fue Tomás
de Aquino cuando explicó, en el mismo «Prólogo» a su Suma
Teológica, cómo debía ser entendido ese libro en contraposición
con otros géneros típicos del pensamiento medieval: «Como
el doctor de la verdad católica debe no sólo instruir
a los más adelantados, sino también enseñar a los que
empiezan, según aquello del Apóstol: Como a niños en
Cristo os di a beber leche, no comida, nos proponemos
en esta obra exponer las verdades de la religión cristiana
en forma apta para la enseñanza de los principiantes.
Hemos comprobado que los que se inician en estos estudios
tropiezan con graves dificultades en la lectura de lo
escrito por diversos autores, debido, en parte, a la multiplicación
de cuestiones, artículos y argumentos inútiles; en parte,
debido también a que aquello mismo que necesitan saber
no se expone según exige el buen método, sino según lo
va pidiendo la exposición de los libros que se comentan
o según la oportunidad de la controversia, y, por último,
debido a que sus frecuentes repeticiones provocan confusión
y hastío en los oyentes. Atentos, pues, a remediar estos
y otros inconvenientes, intentaremos, puesta la confianza
en el auxilio divino, seguir el hilo de la doctrina sagrada
con la brevedad y precisión en cuanto la materia lo consienta».
Y lo que dice Tomás de Aquino para su Suma Teológica
se puede decir, mutatis mutandis, para el resto
de obras cuyo destino sea el de la transmisión de un saber
ya poseído. En este sentido es en el que hay que entender
aquella descalificación orteguiana de esta clase de obras,
no porque no sean de suma utilidad pedagógica, sino porque
en ellas la verdad siempre tiene que ser necesariamente
algo ya pasado y, por tanto, no algo buscado: «Es preciso
decir que nunca, jamás ha venido nada creador,
importante y nuevo a la Filosofía en un libro o discurso
que tenga el estilo del Manual, 'Handbuch', 'Vademécum'
o de una lección soporífera dada a colegiales [...] estilo
hacia el cual siento sólo cierto robusto desdén» (Ortega,
1983, XII: 275).
Por su parte, cuando la verdad se considera ubicada en
el futuro, la relación del hombre con ella no puede ser,
obviamente, de posesión, sino de búsqueda desde la conciencia
de su no posesión. Y, también en este caso, la forma literaria
que esta relación de búsqueda de la verdad ha adoptado
a lo largo de la historia ha sido muy variada. Así, si
los géneros literarios típicos de la Edad Media en los
que la verdad aparece como algo ya poseído en el pasado
son el comentario y la suma, la cuestión disputada es
el paradigma medieval de esa postura filosófica que ubica
la verdad en el futuro, aunque sin pasar por alto lo que
de verdadero haya (o pueda haber) en el pasado. Del mismo
modo, el género epistolar, cuando es el fruto de un intercambio
de opiniones y no un mero artificio literario, es también
un caso típico de un tipo de género en el que la verdad
se sitúa en el futuro como destino de la reflexión y no
en el pasado como algo ya poseído. Recuérdese en este
sentido cómo la correspondencia de Descartes o Spinoza,
por ejemplo, no sólo ocupa una parte muy sustanciosa en
las ediciones de sus obras completas, sino que, además,
el resultado de esta correspondencia les obligó a reformular
sus propios pensamientos y la correspondencia en sí misma
nos es imprescindible a nosotros para comprender sus filosofías.
Quizás donde este intercambio epistolar de opiniones de
cara a la verdad se pueda ver ejecutado de una forma más
palpable sea en el intercambio epistolar entre Leibniz
(portavoz de sí mismo) y Clarke (portavoz de Newton) y
que es conocido como «la polémica Leibniz-Clarke» (1980).
Pero los dos géneros literarios más cultivados y donde
mejor se refleja esta creencia de que la verdad está en
el futuro y no en el pasado son, en mi opinión, el diálogo
y el ensayo. Ahora bien, diálogo y ensayo no comparten
sólo esa característica consistente en esta ubicación
futura de la verdad, o, mejor dicho, precisamente por
compartir esa característica, comparten también otras
varias, que son las que hacen que el ensayo sea la versión
moderna del diálogo clásico y a las que voy a apuntar
en este trabajo. Me centraré para ello básicamente en
cómo fue entendido el ensayo por su creador moderno: Michel
de Montaigne.
3. Diálogo y ensayo son obras humanas.
Como es sabido, el diálogo filosófico nace en Grecia
justamente cuando la filosofía comienza a despreocuparse
de la naturaleza y a preocuparse por el hombre mismo,
de manera que, si para la filosofía presocrática el objeto
de la reflexión filosófica debía ser la physis
y la esencia de las cosas, ahora el objeto de la reflexión
filosófica será el hombre y la búsqueda de la areté
que lo hace ser hombre y distinguirse de las cosas. Y,
como quiera que la cotidianeidad de un griego clásico
se desarrollaba en el ágora (tertulias, actividad jurídica,
política, comercial, etc.), el diálogo filosófico tomará
como modelo formal el de la actividad cotidiana de los
ciudadanos atenienses. Esto hace que, al igual que acontecía
en los regateos comerciales y en las discusiones políticas
y jurídicas, el diálogo aparezca fundamentalmente como
la contraposición de dos o más posturas enfrentadas entre
sí y que deben ser contrastadas unas con otras con objeto
de que la verdad o la falsedad contenidas en ellas salga
a la luz. Por lo demás, y para un observador exterior
al diálogo, en la puesta en escena de éste parece no haber
ninguna tesis preconcebida, pues las preguntas, las respuestas
y el desarrollo mismo de la conversación parecen ir surgiendo
de forma tan natural que los romanos solían representar
los diálogos platónicos como si de obras teatrales se
tratase (Koyré, 1966: 27).
Igualmente es también sabido que el fundador del diálogo
filosófico, tal y como lo conocemos nosotros ahora, fue
Sócrates, quien se lanzaba a conversar interrogando a
sus conciudadanos desde la conciencia de la propia ignorancia
y desde el deseo de saber, sin que le importase de dónde venía ni de quién
veía la verdad. Hasta tal punto es esto así que los diálogos
suelen tener como escenario situaciones tan normales como
un paseo extramuros de la ciudad (Fedro) o la vuelta
de alguien desde el campo de Corinto a Atenas para morir
en su ciudad (Teeteto). Esto es, la coreografía
de los diálogos es la de la vida misma, a la vez que los
personajes que intervienen en los diálogos son hombres
de carne y hueso, documentados históricamente, lo cual
contribuye a hacer del diálogo algo esencialmente humano
y a que la filosofía aparezca ahora como un esfuerzo típicamente
humano y fruto de la colaboración humana también, y no
como una revelación divina o fruto de un oráculo personal.
Y esto contrasta llamativamente con la coreografía filosófica
anterior, lo mismo la del Poema parmenídeo, que
se presenta como una revelación divina, que la de los
aforismos de Heráclito, quien no recurre al oráculo de
ningún dios o diosa porque él mismo «se siente dios» (Ortega,
1983, IX: 403).
Si el objetivo del diálogo no es, pues, el de enseñar
a otro porque quizás no haya una verdad en el pasado que
enseñar y porque el otro y yo debemos aprender los dos
juntos desde el reconocimiento de nuestra ignorancia y
mediante el ejercicio de la palabra y de la razón, el diálogo tiene que practicarse necesariamente entre iguales. El
fundamento último de esta igualdad radica en el hecho
mismo de saberse los interlocutores como teniendo opiniones
y estando sujetos a error, o sea, limitados de cara a
la verdad. Pero, además, esta igualdad debe consistir
también en el hecho compartir unos conocimientos comunes
que permitan situarse en un mismo contexto y llevar a
cabo las mismas implicaturas convencionales. Cuando no
se pueden hacer las mismas implicaturas porque el contexto
de los conocimientos previos al diálogo no es compartido
por los interlocutores, entonces los hablantes no pueden
ser cooperativos. Obviamente hay casos en los que los
hablantes renuncian adrede a ser cooperativos, pero son
imprescindibles los conocimientos compartidos incluso
para no querer ser cooperativos y negarse a aceptar las
alusiones, figuras del lenguaje e implicaturas convencionales
exigidas por el Principio de Caridad. Cuando no existe
esta relación de igualdad entre los hablantes se requiere
la práctica de otros géneros literarios previos para que
el propio diálogo pueda tener lugar. Así, si hay un hablante
que conoce algo y otro que lo ignora, entonces se requiere
la puesta en funcionamiento de una instrucción previa
a la posibilidad misma del diálogo. En la práctica académica,
las lecciones magistrales, los libros de texto o el conocimiento
de los clásicos serían este requisito previo para que
el diálogo pueda tener lugar. Pero en estos géneros literarios
no se da un fenómeno de intercambio de opiniones de cara
a la búsqueda de la verdad, sino un fenómeno de transmisión
de saberes ya poseídos y que, al menos desde el paradigma
aceptado, se consideran seguros e indubitables. De modo
que las preguntas no tienen aquí como función poner en
duda el paradigma aceptado, sino, todo lo más, pedir aclaraciones
sobre ese paradigma.
Ahora bien, como quiera que «los diálogos pertenecen
a un género literario muy especial, y hace muchísimo tiempo
que ya no sabemos escribirlos, ni tampoco leerlos» (Koyré,
1966: 27), el ensayo moderno va a significar lo que Ortega
llamó «la involución del libro hacia el diálogo» (Ortega,
1993, VIII: 18), ocupando el lugar filosófico que el diálogo
ocupó en su momento. Y esto en varios aspectos: 1, abandonado
el lenguaje técnico y los hábitos de la academia (Gómez-Martínez,
1992: 45-52); 2, buscando el diálogo entre el filósofo
y sus lectores (Gómez-Martínez, 1992: 59-62); y 3, convirtiendo
el yo en elemento de convicción de los demás por cuanto
todos compartimos el buen sentido (Gómez-Martínez, 1992:
53-57; y Llinàs, 2002: 53-58).
La tarea fundamental del ensayo va a consistir en establecer
un diálogo entre el autor y el lector con objeto de que
se haga luz sobre algún tema entre ambos. Y para que esto
sea posible hace falta que el autor abandone cualquier
tono magistral que pudiera significar una barrera entre
ambos. Para ello el autor del ensayo adapta su lenguaje
a lo que Eduardo Nicol (1961: 207) llamó «la generalidad
de los cultos». Normalmente esta adaptación del lenguaje
del ensayista al de sus lectores suele consistir en una
adaptación del vocabulario y de la sintaxis, pero cuando
surgió el ensayo históricamente en el siglo XVI, esta
adaptación afectó también a la propia lengua en que se
escribieron los ensayos. Por ello los ensayos, que fueron
escritos por individuos ajenos a los ámbitos académicos
y eclesiásticos y dirigidos a lectores también ajenos
a estos ámbitos, abandonaron el latín de la academia y
de la iglesia para escribirse en las diversas lenguas
nacionales. La idea seminal del ensayo no es, pues, la
de comunicar una verdad poseída (como hace la academia
y la iglesia) a quien no la posee, esto es, la de establecer
una relación vertical de superior a inferior, sino la
de establecer una relación horizontal entre el autor y
el lector como la que tenían los participantes en los
diálogos platónicos y como la que suelen tener los amigos.
Ahora bien, para que esta convicción amistosa y horizontal
pueda tener lugar, hace falta que la convicción del lector
no venga de la mano de quien dice algo, sino de alguien
de quien me puedo fiar porque es igual que yo.
Y la posibilidad de que esto pueda ser así se funda en
la convicción de que «el buen sentido es la cosa mejor
repartida del mundo» (Discours de la Méthode, AT., VI: 1), cosa que funciona para el ensayista de modo análogo al Principio
de Caridad. Pero, si el buen sentido se caracteriza por
esa distribución tan universal, entonces se puede apelar
a él y con preferencia a cualquier otra fuente de autoridad
cuando de lo que se trate sea de convencer a los demás.
Igualmente las razones de los demás harán mella en mí
no por la autoridad de quien las expone, sino por estar fundadas también en el buen sentido. Del mismo modo,
dada la universalidad del buen sentido en su reparto,
me está permitido pensar razonablemente que los demás
descubrirán en ellos mismos algo parecido a lo que yo
descubro en mí mismo, y, a la inversa, que el relato de
mis experiencias y reflexiones personales puede ser comprendido
por los demás y serles útil. De aquí que el yo y la confesión
de mis propias experiencias se convierta en un tema central
del ensayo, de manera que el ensayista pueda decir de
él mismo que él mismo es «la materia de su libro» (Montaigne,
Au lecteur:
9). De ahí que el ensayo tenga tan frecuentemente ese
carácter autobiográfico en el que la intimidad del autor,
lejos de ser perturbadora como sería en el libro de texto
(ver Chamizo Domínguez, 1988), se convierte en un elemento
central de cara a convencer al lector de la verosimilitud
de las opiniones expuestas por el autor.
4. Niveles de la ignorancia y valor cognoscitivo de
la opinión.
La convicción de que la verdad está ubicada en el futuro
como algo buscado y no en el pasado o en el presente como
algo ya poseído lleva naturalmente a otra convicción consistente
en que el hombre está instalado actualmente en la ignorancia,
entendida ésta no como un desconocimiento absoluto, sino
como una falta de certeza sobre lo que actualmente se
cree sabido. De ahí que, cuando Sócrates se lanza a preguntar
a los demás por lo que creen saber, el método dialógico
socrático no sea un mero artificio para denunciar irónicamente
la ignorancia ajena, sino el fruto de la convicción de
que él mismo se halla instalado también en la ignorancia.
Y, si el diálogo socrático es posible -y no consiste en
un mero interrogatorio en el que los que saben van dando
respuestas convincentes y definitivas a las preguntas
socráticas-, lo es en la medida en que todos los interlocutores
del diálogo van tomando conciencia de que no conocen bien
aquello que creían sabido, esto es, en la medida en que
se reconocen ignorantes. La ignorancia, entendida no como
falta absoluta de conocimientos sino como reconocimiento
de los límites de lo sabido, se convierte así en la piedra
angular del diálogo, por cuanto que es lo que permite
iniciarlo, y en su hilo conductor, por cuanto que es lo
que permite mantenerlo vivo.
Esta idea de una ignorancia descubierta después de haber
reconocido los límites de lo sabido es la que Nicolás
de Cusa bautizará tan afortunadamente como docta ignorantia
en los albores de la modernidad y la que
retomará Montaigne para convertirla en punto de partida
y tema clave de sus Ensayos. Así es como Montaigne,
glosando un texto de Platón (Teeteto, 155 d), habla
de una ignorancia que está en el origen del filosofar
y de otra ignorancia que está en el punto de llegada del
filosofar y que es consciente de sí misma: «Quien quiera
sanar de la ignorancia es necesario que la confiese. Iris
es hija de Thaumas. La admiración es el fundamento de
toda filosofía, la inquisición el progreso, la ignorancia
el fin. Pero verdaderamente, hay una ignorancia fuerte
y generosa que no debe nada en honor y en valor a la ciencia,
ignorancia que, para concebirla, no es necesaria menos
ciencia que para concebir la ciencia.» (Essais,
III, XI: 1007-1008).
De acuerdo con ello se puede decir que la ignorancia,
que está en el origen del filosofar y que es la que mueve
a dialogar con los otros o a preguntar a las cosas de
cara a conseguir alguna certeza, se convierte también
en el punto de llegada de la investigación. La ignorancia
no es algo deseable por sí misma, pues la tarea de la
filosofía es la de "sanar" de ella, pero sí es imprescindible
para ponerse en situación de alcanzar alguna certeza.
Así pues, hay que distinguir dos tipos básicos de ignorancia:
1, la ignorancia de quien no sabe, pero que es consciente
de su propio no saber y por ello inicia el proceso de
búsqueda; y 2, la ignorancia resultante de haber alcanzado
alguna certeza o verosimilitud, pero que, precisamente
por ello, descubre los límites de lo sabido, esto es,
descubre que lo sabido no agota el saber.
Al primer tipo lo llama Montaigne «ignorancia abecedaria»,
por cuanto que posibilita la iniciación en el saber; al
segundo lo llama Montaigne «ignorancia doctoral», por
cuanto pone de manifiesto los límites de lo sabido con
respecto al saber: «Se puede decir, con propiedad, que
hay una ignorancia abecedaria, que va delante de la ciencia;
otra, doctoral, que viene después de la ciencia: ignorancia
que la ciencia hace y engendra, así como ella deshace
y destruye a la primera» (Essais, I, LIV: 299).
De acuerdo con ello, el proceso que va de la ignorancia
abecedaria a la doctoral se puede representar intuitivamente
como un proceso en espiral en el que la insatisfacción
con respecto a lo sabido lleve a la búsqueda de un saber
más amplio y seguro y, a su vez, una vez alcanzado el
segundo nivel, éste se convierta en el inicio de una nueva
búsqueda. Si esto es así, lo verosímil de lo conseguido
en el pasado deberá ser asumido críticamente, aunque el
filósofo no pueda instalarse en la verdad, sino, todo
lo más, en la opinión, de manera que se tenga «la forma
de aprendices a los sesenta años mejor que la de aparentar
doctores a los diez» (Essais, III, XI: 1007).
El resultado de este proceso interminable, que va de
la ignorancia abecedaria a la doctoral y que hace que
la ignorancia doctoral sea un nuevo punto de partida de
cara a un saber más amplio y mejor fundado, es lo que
hace que el diálogo y el ensayo sean obras abiertas,
en el sentido en que no pueden estar clausuradas en sí
mismas porque el saber no ha sido agotado por lo sabido.
De manera que, si Koyré (1966: 30) afirmaba que «la ausencia
de conclusión pertenece a la esencia misma del diálogo»,
lo mismo se puede decir del ensayo (ver Gómez-Martínez,
1992: 41-44). Puesto que no siempre es posible acabar
un diálogo o un ensayo con la consecución de una verdad
comúnmente aceptada o con una opinión comúnmente compartida,
ambos se pueden proseguir indefinidamente en la medida
en que nuevas reflexiones muestren que lo alcanzado anteriormente
es insuficiente. Por ser obras abiertas, el diálogo puede ser
continuado de forma indefinida en el futuro y el ensayo
puede sufrir añadidos y correcciones indefinidamente sin
que se atente gravemente contra sus intuiciones filosóficas,
mientras que, por ejemplo, el libro de texto, por ser
una obra cerrada, no admite tales añadidos y correcciones,
de modo que «los libros de texto, puesto que son vehículos
pedagógicos para la perpetuación de la ciencia normal,
deben ser vueltos a escribir en su totalidad o en parte
siempre que cambien el lenguaje, la estructura de los
paradigmas o las normas de la ciencia normal» (Kuhn, 1975:
137). Por ello el diálogo y el ensayo genuinos siguen
teniendo un valor filosófico actual, mientras que los
libros de texto del pasado no tienen más valor que el
meramente arqueológico.
Mientras que en otros géneros literarios la posesión
de, al menos, una verdad segura es el punto de partida
de la reflexión filosófica y lo que impulsa al filósofo
a hablar o a escribir es el deseo de transmitir esa verdad,
en el diálogo la primacía gnoseológica no le corresponde
a la verdad, sino a la opinión. El diálogo se puede iniciar
y mantener justamente porque los hombres que intervienen
en él se saben teniendo opiniones y no verdades, y por
ello tienen que estar abiertos a aceptar la verdad en
cualquier sitio que crean haberla encontrado, como dirá
Montaigne también de sí mismo: «Yo festejo y acaricio
la verdad en cualquier mano que la encuentro, y me rindo
a ella alegremente, y le someto a ella mis armas vencidas
en cuanto la veo acercarse» (Essais, III, VIII:
902). Si, por el contrario, los hombres se creen teniendo
verdades, el diálogo es imposible. Cuando uno se cree
o se sabe teniendo verdades no queda otro camino que el
de transmitirlas para convencer a los demás, en el mejor
de los casos, o para vencerlos, en el peor de ellos. De
ahí que en el diálogo sobreabunden las preguntas y escaseen
alarmantemente las respuestas. Es más, incluso cuando
se llega a alguna respuesta verosímil, ésta es asumida
como provisional y susceptible de revisión. Se trata justamente
de la postura filosófica contrapuesta a la expresada por
Wittgenstein en el «Prólogo» a su Tractatus, cuando
afirmaba que «la verdad de los pensamientos de
los que se da cuenta aquí es intocable y definitiva» (Tractatus,
2002: 105. El subrayado es del propio Wittgenstein).
Pero, para poder estar abierto a una verdad futura, sin
que importe de dónde o de quién venga, hay que saberse
teniendo opiniones y no instalado en una verdad anterior;
de modo que se sea muy consciente de que estas opiniones
son el fruto de la propia ignorancia y de mis propios
límites con respecto al saber, y no de los límites de
la cosa misma, pues «lo que yo opino es también para declarar
los límites [la mesure] de mi vista, no los límites
de las cosas» (Essais, II, X: 389).
Y, como consecuencia del nuevo valor cognitivo que la
opinión ha adquirido, el error adquiere ahora una dimensión
nueva también en la medida en que reconocerse teniendo
opiniones significa asumir que esas opiniones pueden estar
instaladas o montadas sobre el error. El intento de salir
del posible error de mis opiniones será el que me mueva
a dialogar o a ensayarme de cara a contrastar mis opiniones
con las opiniones de los demás, con la esperanza de que
en este contraste de opiniones sea en el que se vislumbre
la verdad o, al menos, la verosimilitud. El reconocimiento
del error posible no es ahora ya un mero fruto de un mal
uso del lógos, sino el paso necesario para que
el hombre se oriente a la verdad intercambiando opiniones
o puntos de vista con otros hombres. Por ello, cuando
uno es contradicho y rebatido en sus propias opiniones,
esto no debería ser motivo de ofensa, sino, justamente,
motivo de progreso de cara a la verdad: «Cuando se me
contradice, se despierta mi atención, no mi cólera; yo
progreso con aquél que me contradice, quien me instruye.
La causa de la verdad debería ser la causa común al uno
y al otro» (Essais, III, VIII: 902).
Y, si la causa de la verdad debe ser la única causa de
los contrincantes filosóficos, entonces el que la razón
de mis adversarios me acerque a la verdad debe ser preferible
a que yo les imponga un error por mi habilidad dialéctica
o por cualesquiera otras causas que no sean la verdad
misma. Por ello, confesará Montaigne, «yo me siento mucho
más orgulloso de la victoria que consigo sobre mí, cuando,
en el ardor mismo del combate, yo me hago plegar bajo
la fuerza de la razón de mi adversario, que el orgullo
que siento de la victoria que consigo sobre él por su
debilidad» (Essais, III, VIII: 903). La satisfacción
interna que el hombre debe tener en su relación con la
verdad no debe radicar, pues, en la habilidad dialéctica
para imponer las propias opiniones a un adversario, como
sería la satisfacción del sofista, porque ello significaría
alejarlo a él y a alejarme yo mismo de la verdad, sino
en conectar con ella aunque venga de la mano de algún
oponente.
En este intento de relacionarse con la verdad sin prejuicios
es donde hay que encuadrar el sentido que tiene en Montaigne
la vuelta a los antiguos y el continuo recurso a las citas.
Efectivamente, Montaigne vuelve a los antiguos en cada
una de las páginas de los Ensayos, y ello porque
él no pretende filosofar prescindiendo de la tradición
y de lo que otros hayan pensado antes, esto es, no pretende
construir su filosofía sin supuestos. Por ello Montaigne
vuelve una y otra vez a las fuentes de la filosofía en
los griegos y latinos para repensar lo que ellos pensaron
y en contacto con ellos. En esta vuelta a los clásicos
grecolatinos Montaigne es un hijo fiel del Renacimiento,
pero no del renacimiento mimético, que vuelve a los clásicos
con espíritu escolar y que da origen a los neoplatonismos
o neoaristotelismos tan corrientes entre sus contemporáneos,
sino hijo de un Renacimiento crítico que quiere volver
a todos los antiguos sin excepción y que tampoco desprecia
la filosofía medieval, como prueba suficientemente el
hecho de que el más largo de sus ensayos, La apología
de Ramón Sibiuda, esté dedicado a la defensa del pensamiento
de un medieval.
5. La verdad del pasado debe ser revisada.
El hecho de que, para el diálogo y el ensayo, la verdad
se ubique en el futuro como destino del hombre y no en
el pasado como algo ya poseído no significa necesariamente
la negación de la existencia de cualquier verdad en el
pasado. Por tanto, cuando se dialoga o se escribe un ensayo,
no se trata de hacer tabla rasa de lo dicho o sabido en
el pasado, negar cualquier saber pretérito y estar recomenzando
a filosofar en todo momento. De lo que se trata es de
examinar lo que se cree ya sabido en el pasado y cribarlo
de cara a asumir lo que pueda haber de aceptable y rechazar
lo que no pueda ser asumido críticamente. Esto es, cuando
se dialoga o se escribe un ensayo, no se trata, pues,
de rechazar el pasado meramente por ser pasado, sino de
que cualquier presunta verdad existente en el pasado sea
sometida a revisión para acrisolarla y tamizarla o, como
aconsejaba Montaigne, para «que él [el discípulo] lo haga
pasar todo por la criba [de la razón] y no albergue nada
en su cabeza por simple autoridad y a crédito; los principios
de Aristóteles no le sean principios, no más que los de
los estoicos o epicúreos. Que se le proponga esta diversidad
de juicios: él escogerá si puede, si no [puede], permanecerá
en la duda» (Essais, I, XXVI: 150). De ahí que,
frente a la aceptación acrítica de lo sabido en el pasado,
o de una única postura frente a cualesquiera alternativas
filosóficas, aquí de lo que se trata es de que la razón
sea el juez sobre lo asumible o razonable de lo que en
el pasado se ha considerado como verdad. Quizás donde
mejor expresada esté esta tesis sea en un texto en el
que Descartes trata de justificar el hecho de no haber
citado las fuentes en las que bebió algunas de sus propias
ideas. Ante este tipo de recriminaciones, la respuesta
de Descartes fue la siguiente: «Yo no me precio tampoco
de ser el autor de ninguna de ellas [sus opiniones], sino
solamente de no haberlas admitido, ni porque las dijeran
otros, ni porque no las dijeran, sino sólo porque la razón
me convenció de su verdad» (Discours de la Méthode,
AT. VI: 77).
Así pues, lo sabido (o dicho, en su caso) en el pasado
no debe ser asumido o rechazado por el mero hecho de ser
pasado, sino que una cosa u otra sólo debe acontecer en
la medida en que la razón así lo aconseje. Esta postura
se opone igualmente, pues, a cualquier escolástica, que
no acepte más verdad que la de su escuela o maestro, y
a cualquier adamismo, que pretenda recrear lo sabido en
cada momento. Pero la razón que debe cribar lo sabido
para separar lo verdadero de lo falso no es ninguna razón
abstracta y desencarnada, sino una razón encarnada en
mi yo y compartida
con otros yo en la medida en que el buen sentido es comúnmente
compartido por todos. De modo que, si el diálogo (sea
con los contemporáneos y tête-à-tête, o con los
que nos han precedido cuando leemos críticamente sus escritos)
es posible, lo es en la medida en que el buen sentido
está universalmente repartido. Por ello, una vez aceptada
por mi yo una opinión del pasado como verdadera, esta
verdad tamizada por mi razón se hace tan mía como lo era
de quien la enunció por primera vez: «La verdad y la razón
son comunes a todos, y no son más de quien las ha dicho
en primer lugar que de quien las ha dicho después. Éstas
no son más según Platón que según yo, puesto que él y
yo las entendemos y vemos del mismo modo» (Essais,
I, XXVI: 150).
Puesto que lo que sanciona la verdad o falsedad de una
tesis o de una sentencia no es la autoridad de quien las
haya enunciado, sino el que sean revisadas críticamente
por mí y, en su caso, rechazadas o hechas mías, lo relevante
de lo dicho en el pasado no radica en quién lo ha ya dicho,
sino en lo que se ha dicho. Aunque en el diálogo real
esta postura viene condicionada por la propia índole del
intercambio de opiniones, en el ensayo esta postura es
asumida conscientemente y explotada de cara a una noción
de originalidad que no se define en función de la primacía
de quien ha dicho algo por primera vez, sino en función
de lo que uno mismo acepte como verdad y en la medida
en que lo haya asumido críticamente. Quizás, y aunque
el Tractatus no es precisamente un ensayo, donde más claramente expresada he visto esta postura a la que me
estoy refiriendo haya sido en el «Prólogo» a esta obra:
«No quiero juzgar hasta qué punto mis esfuerzos coinciden
con los de otros filósofos. De hecho, lo que he escrito
aquí no tiene aspiración alguna de novedad en sus detalles;
y la razón por la que no indico fuente alguna se debe
a que me resulta indiferente si lo que yo he pensado ya
había sido pensado con anterioridad por algún otro» (Tractatus,
2002: 103-104). Aunque, obviamente, Wittgenstein está
intentando justificar aquí su poca afición a escribir
de acuerdo con los patrones académicos, no es menos cierto
que la opinión expresada en el texto citado va en el sentido
en que la originalidad filosófica no tiene que ver principalmente
con la novedad -y menos si de lo que se trata es de la
novedad por la novedad- sino con la relación del filósofo con la verdad y con el hecho de
repensar lo que otros han pensado, ya que «este libro
[el Tractatus] sólo será entendido quizá por quien
alguna vez haya pensado por sí mismo los pensamientos
que en él se expresan o, al menos, pensamientos parecidos»
(Tractatus, 2002: 103). En el diálogo y en el ensayo
no se trata, pues, de buscar la novedad por la novedad
misma, aunque ésta pueda surgir al hilo del análisis crítico
de las opiniones de nuestros contemporáneos o de quienes
los hayan precedido.
6. La dimensión positiva de la tolerancia.
Si en el diálogo la opinión y el error se convierten
en piedras angulares para la relación del hombre con la
verdad, entonces la tolerancia se convierte en una actitud
positiva. Normalmente la tolerancia se considera negativamente
como aquella actitud que nos lleva a aguantar al otro
en la medida en que no podemos vencerlo o no podemos imponerle
nuestra verdad. De acuerdo con ello, la tolerancia sería el fruto
de quien no tiene más remedio que aguantar al otro en
la medida en que el otro es impermeable a una verdad que
yo no puedo imponerle, porque mis argumentos no consiguen
hacer mella en él, o porque nuestras fuerzas físicas estén
tan igualadas que no pueda eliminarlo sin correr el riesgo
de que él me elimine primero a mí. Ahora bien, cabe una
noción positiva de tolerancia enraizada
en esta intuición seminal del diálogo. Si yo me reconozco
a mí mismo como teniendo opiniones y como estando sometido
al error, a la vez que son estas opiniones y este estar
sujeto al error lo que me permite orientarme hacia la
verdad, entonces las opiniones y errores de los otros
no pueden ser considerados como algo condenable. Por el
contrario, las opiniones y los errores de los otros son
el complemento imprescindible de mis opiniones y errores
de cara a la búsqueda conjunta de la verdad. Si esto es
así, entonces el valor del otro consiste precisamente
en que también tiene opiniones y está tan sujeto al error
como yo, o dicho positivamente, en que esas opiniones
del otro pueden acercarse más a la verdad o ser más verosímiles
que las mías propias. Hasta tal punto una opinión, sea
la mía o la de otro, se convierte en un valor en sí que
Montaigne no tendrá reparos en mantener que «toda opinión
es lo bastante fuerte como para comprometerse con ella
[se faire espouser] al precio de la vida» (Essais,
I, XIV: 52).
Si esto es así, la tolerancia, lejos de ser una actitud
pasiva con respecto al otro, se convierte en un valor
positivo. El diálogo, que sólo pudo nacer en una sociedad
democrática como era la ateniense, se convierte así en
la piedra angular de cualquier sociedad que pretenda ser
democrática; pues, al fin y al cabo, los templos de la
democracia, que son los parlamentos, no deberían ser otra
cosa que aquellos lugares a los que se va a dialogar porque
los parlamentarios se sintieran limitados por la verdad.
Si, por el
contrario, las opiniones del otro coinciden exactamente
con las mías (en cuyo caso no se las vería como tales
opiniones, sino como la misma verdad), entonces el diálogo
se hace innecesario de cara a orientarnos conjuntamente
hacia la verdad. Así pues, la justificación misma del
diálogo no es la sintonía en las opiniones de los interlocutores,
sino justamente la falta de sintonía.
Este fundamento de la tolerancia consistente en que,
puesto que uno tiene opiniones más o menos bien fundadas,
es razonable pensar que las opiniones de los demás estén
tan bien (o, en su caso, tan mal) fundadas como las mías
propias, lo tematizará Montaigne para convertirlo en pieza
central de su idea de tolerancia: «Yo pienso tener las
opiniones buenas y sanas; pero ¿quién no lo cree también
de las suyas?» (Essais, II, XVII: 641).
La noticia de que los otros hombres creen sus opiniones
tan buenas y sanas como yo creo las mías propias es lo
que debe curar al filósofo de la pretensión de identificar
sus propias opiniones con la verdad. Y en el contraste
de mis opiniones con las opiniones ajenas es donde debe
ser alumbrada la verosimilitud, puesto que cualquier opinión
no puede ser inamovible por el mero hecho de ser mía o
de provenir de cualquier autoridad consagrada. Estar abierto
a las opiniones de los otros significa, pues, estar abierto
a la verdad o a la verosimilitud, cuando la razón muestre
que las opiniones ajenas son preferibles a las mías. Y
saberse teniendo opiniones debe ser lo que impulse a dialogar
y a ensayarse, lo mismo para mantener las propias opiniones
hasta que se demuestre que no son sostenibles que para
abandonarlas por otras mejores como consecuencia del intercambio
razonable con los demás, sean contemporáneos o pretéritos.
La única excepción que hay a esta regla es la que mantiene
que ninguna opinión merece que se pague por ella la vida
de ningún hombre, pues, «después de todo, es poner las
conjeturas a muy alto precio [como] para hacer cocer a
un hombre vivo [por ellas]» (Essais, III, XI: 1010).
7. Conclusiones.
El ensayo ocupa en el pensamiento moderno el papel que
el diálogo ocupó en el pensamiento clásico. Diálogo y
ensayo son géneros literarios filosóficos (y también científicos)
que comparten la característica común de situar la verdad
en el futuro de la reflexión. Como consecuencia de compartir
esta característica básica, diálogo y ensayo comparten
también otras características que se puede resumir en
las siguientes:
-
Ambos se presentan como fruto de la faena del hombre
para orientarse a la verdad en colaboración con otros
hombres que comparten el buen sentido.
-
La conciencia de la propia ignorancia es el punto
de partida mismo para poder orientarse hacia la verdad.
-
La opinión y la verosimilitud adquieren un papel
cognitivo de primera magnitud.
-
Diálogo y ensayo son obras abiertas, en el
sentido en que siempre son susceptibles de ser continuadas
mediante nuevas reflexiones que amplíen y profundicen
el ámbito de mis opiniones.
-
Lo sabido en el pasado debe ser susceptible de revisión
en cada momento, aunque ello no signifique que el
pasado deba ser menospreciado por el mero hecho de
ser pasado.
-
El reconocerse a uno mismo como teniendo opiniones
se convierte en el fundamento de la tolerancia para
con las opiniones de los demás por cuanto que las
opiniones ajenas pueden estar tan bien fundadas como
las mías propias.
8. Referencias bibliográficas.
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notas de Luis M. Valdés Villanueva. Madrid: Tecnos [1922].
NOTAS
[1]
Una versión más corta de este trabajo apareció en Contrastes,
VIII (2003), pp. 23-39. ISBN.: 1136-4076.
[2]
La traducción que ofrezco es mía, aunque he tenido en
cuenta también el texto inglés de la edición citada. De
aquí en adelante, cuando no se cite expresamente el nombre
del traductor, las traducciones serán mías. Por lo demás,
la traducción española que he podido consultar (Diógenes
Laercio, 1965, VIII, 8: 404), difiere sensiblemente de
la traducción inglesa y de la que he ofrecido aquí: «comparaba
la vida humana a un concurso festivo de todas gentes;
pues así como unos vienen a él a luchar, otros a comprar
y vender, y otros, que son los mejores, a ver, también
en la vida unos nacen esclavos de la gloria; otros, cazadores
de los haberes, y otros filósofos, amantes de la virtud
(sic)». Por lo demás, obsérvese que la palabra griega
dóxa, que se ha traducido en ambos casos como 'gloria',
es una palabra polisémica que significa también 'opinión'.
[3]
Ortega se quejaba amargamente de esta cuestión: «Tal vez
debía repararse más en que nunca ha habido un genus
dicendi que fuese, de verdad, adecuado como expresión
del filosofar. Aristóteles no supo resolver este problema
que los tontainas desconocen. Gracias a que conservaba
notas íntimas para sus lecciones conservamos su pensamiento.
¡Yo he tenido que aguantar en silencio durante treinta
años que los tontainas me acusen de no hacer más que literatura,
y lo que es peor, que mis discípulos mismos, crean debido
plantear la cuestión de si lo que yo hacía era literatura
o filosofía y ridiculeces provincianas de esa jaez!» (IX,
404).
[4]
Aunque el tema de los genera dicendi ha sido ampliamente
estudiado en otros ámbitos del saber (literatura, estudios
bíblicos, textos históricos, etc.) y la bibliografía al
respecto es muy abundante, lo ha sido muy escasamente
en los ámbitos filosóficos y científicos. Por mi parte
he procurado hacer alguna luz sobre esta cuestión en algunos
trabajos anteriores en dos aspectos: 1, estudiando el
tema de forma general (Chamizo Domínguez, 1988); y 2,
estudiando algunos casos concretos (Chamizo Domínguez,
1982 y 1985; y García Lizana y Chamizo Domínguez, 2002).
[5]
Un cierto intento de sistematización puede encontrarse
en J. Marías (1969), aunque desde una perspectiva diferente
a la que se va a desarrollar aquí.
[6]
Para un análisis de los supuestos que el lector debe hacer
para comprender algunos de estos poemas filosóficos de
Antonio Machado, ver Chamizo Domínguez (1997).
[7]
Esta función de los libros de texto la llevaron a cabo
en el pasado obras clásicas en ciencia, tales como los
Principia, de Newton, la Física, de Aristóteles
o la Geología, de Lyell (ver Kuhn, 1975: 10-12).
De modo que, aunque tales obras no fuesen concebidas por
sus autores como libros de texto, sí fueron utilizadas
como tales y cumplieron con una misión análoga. Y lo que
se dice para la ciencia se puede decir, mutatis mutandis,
para la filosofía. Al fin y al cabo, la separación entre
filosofía y ciencia no va mucho más allá del siglo XIX
y, desde luego, sería difícilmente aceptable para Aristóteles
o para Descartes, por ejemplo.
[8]
Conviene no olvidar que los tres géneros literarios más
relevantes en los que se expresó el pensamiento medieval
(ver Cruz Hernández, 1982), el comentario, la cuestión
y la suma, están íntimamente conectados con la actividad
académica. De modo que el comentario es el fruto escrito
de la exposición oral que los maestros hacían de los clásicos
que debían ser "leídos", la suma es una exposición ordenada
de lo comúnmente aceptado por la escuela en un determinado
ámbito del saber, como se refleja en el texto de Tomás
de Aquino citado anteriormente, y la cuestión es el fruto
de las discusiones sobre los temas aún abiertos a debate
entre los maestros. Yo tengo para mí que buena parte de
los malentendidos existentes sobre el pensamiento medieval
tienen su raíz en no haber comprendido bien el hecho consistente
en que sus géneros literarios principales son el fruto
directo de la actividad académica. Para una revisión reciente
del papel de los géneros literarios en la actividad académica
medieval, ver Martínez Lorca (2003).
[9]
Sorprendentemente Julián Marías (1969: 335), afirma que
el ensayo es un «género literario británico», olvidando
que la primera edición de los Essays,
de Bacon se publica en 1597 (diecisiete años después de
la primera edición de los Essais,
de Montaigne) y que el propio Bacon cita ya a Montaigne
(Bacon, 1963: 379).
[10]
La fuerza dramática de algunos diálogos platónicos llega
a tal punto, como es el caso del Crátilo, que las
tesis del oponente de Sócrates (Hermógenes) sobre el origen
convencional del significado parecen más convincentes
al lector que las del propio Sócrates sobre la relación
natural (onomatopéyica) entre significante y significado.
En cualquier caso, será la tesis de Hermógenes la que
haga fortuna desde Aristóteles, y no la de Sócrates.
[11]
Prescindo en este trabajo de la consideración de que Sócrates
fuese al diálogo con tesis ya preconcebidas, esto es,
con la conciencia de poseer ya un saber cierto en el pasado,
excepción hecha, claro está, del saberse ignorante.
[12]
No se olvide que 'diálogo' significa etimológicamente
el intercambio de ideas y opiniones por medio del lógos,
que es a la vez 'palabra' y 'razón'. Normalmente se suele
pasar por alto esta polisemia del término griego, quizás
debido a la inercia provocada por la traducción que hizo
la Vulgata del principio el Evangelio de San
Juan. Yo siempre he tenido para mí que la historia
intelectual de occidente hubiese sido muy otra si San
Jerónimo hubiera traducido ese inicio como «In principio
erat ratio», en lugar de cómo lo tradujo: «In principio
erat verbum». Por lo demás, obsérvese que las modernas
definiciones de 'diálogo' obvian su aspecto racional,
como, por ejemplo, las que ofrece el DRAE: «diálogo.
m. Plática entre dos o más personas, que alternativamente
manifiestan sus ideas o afectos. || 2. Obra literaria,
en prosa o en verso, en que se finge una plática o controversia
entre dos o más personajes. || 3. Discusión o trato
en busca de avenencia.»
[13]
Repárese en que el Discurso del método, de Descartes,
que es un ensayo (Chamizo Domínguez, 1982), es también
en buena parte una autobiografía, mientras que ése no
es el caso de las Meditaciones metafísicas, aunque
ambas obras defiendan básicamente las mismas tesis filosóficas.
[14]
Contrástese esta postura con la afirmación de Kuhn (1975:
80) de que «los estudiantes de ciencia aceptan las teorías
por la autoridad del profesor y del texto, no a causa
de la prueba».
[15]
Las obras de Nicolás de Cusa participan de la mayor parte
de las intuiciones filosóficas y de las características
metodológicas, estilísticas y temáticas de los ensayos.
De modo que, aunque el Cusano no utilice el término 'ensayo',
sus obras pueden ser consideradas y analizadas como ensayos
avant la lettre.
[16]
De ahí que los diálogos platónicos, especialmente los
llamados "socráticos" (V.g.: Gorgias, Menón
o Crátilo), suelan terminar sin una conclusión
clara -bien porque el interlocutor de Sócrates no quiera
ser cooperativo, como es el caso del Gorgias, o
no pueda serlo dada su incapacidad, como es el caso del
Menón- y con la promesa de volver en mejor ocasión
sobre el tema tratado. Por su parte, Montaigne nunca dejó
de hacer añadidos y correcciones a sus Ensayos.
De ahí que ahora conservemos tres estadios distintos de
su obra: los de las ediciones de 1580 (los dos primeros
libros), de 1588 (el libro tercero y adiciones a los dos
anteriores) y la de 1595 (la edición póstuma a cargo de
la fille d'alliance de Montaigne,
la Señorita De Gournay).
[17]
No se olvide que en el diálogo y en el ensayo, que es
su heredero en la Edad Moderna, es el yo el que debe decidir
en última instancia sobre la verdad o verosimilitud de
una opinión. Y esto en contraste con otros géneros literarios,
donde esta decisión es comunitaria o colegial (Chamizo
Domínguez, 1988).
[18]
La extraña estructura formal del Tractatus acerca
más esta obra al género aforístico que al dialogal o al
ensayístico. No obstante, la otra gran obra de Wittgenstein,
las Investigaciones Filosóficas, sí tiene muchas
de las características del género ensayístico. Por lo
demás, aunque Wittgenstein no use nunca la palabra 'ensayo'
para referirse a sus Investigaciones Filosóficas,
sí usa otras tales como 'anotaciones' (Bemerkungen)
o 'un conjunto de bosquejos de paisajes' (eine
Menge von Landschaftsskizzen), que pueden funcionar
como sinónimos de 'ensayo' y que indican cómo Wittgenstein
no sabía muy bien cómo calificar un libro cuyo objetivo
no era otro que el de «estimular a alguien a tener pensamientos
propios» (Wittgenstein, 1988: 15), tesis que coincide
exactamente con la tesis nuclear del ensayo que estoy
exponiendo en esta sección.
[19]
La idea de originalidad que radique sólo en un decir lo
que nadie ha dicho antes es definitivamente calificada
como "estúpida" por Ortega: «El pujo de 'originalidad',
que consiste en buscar deliberadamente diferenciarnos
de los demás, es una estúpida preocupación.» (Ortega,
1983, VI: 403).
[20]
Éste sería el significado literal de tolerare,
el de 'soportar' o 'aguantar', significado que aún sigue
presente en el DRAE: «tolerar. (Del latín
tolerare) tr. Sufrir, llevar con paciencia. ||
2. Permitir algo que no se tiene por lícito, sin
aprobarlo expresamente. || 3. Resistir, soportar,
especialmente alimentos, medicinas, etc.».
[21]
Curiosamente el propio DRAE da unas acepciones
del sustantivo 'tolerancia' que difieren de las del verbo
'tolerar' y que se acercan más a esta noción que estoy
proponiendo. Pasaré por alto las que afectan a los objetos
físicos y citaré sólo las que afectan a lo que se está
discutiendo aquí: «2. Respeto o consideración hacia
las opiniones o prácticas de los demás, aunque sean diferentes
de las nuestras. || 3. Reconocimiento de inmunidad
política para los que profesan religiones distintas de
la admitida oficialmente».
[22]
Antonio Machado expresó esto magistralmente en los siguientes
versos: «¿Tu verdad? No, la Verdad,/ y ven conmigo a buscarla,/
la tuya, guárdatela».
(*) Pedro José Chamizo Domínguez (pjchd@uma.es)
nació en Málaga, España (1952). Es
licenciado en Filosofía por la Universidad Complutense
de Madrid y doctor en Filosofía por la Universidad
de Málaga. Desde 1987 es Profesor Titular de Universidad
del área de conocimiento de "Lógica
y Filosofía de la Ciencia" en la Universidad
de Málaga. Es miembro del "The Metaphor and
Metonymy Group" (Universities of Nottingham and Leeds),
del consejo de redacción de Contrates. Revista
interdisciplinar de filosofía (Málaga),
del consejo asesor de Humanística (Jerez de la
Frontera) y del consejo de redacción de Studia
Anglica Resoviensia (Rzeszów, Polonia)". Aunque
con anterioridad a 1987 ha explicado otras disciplinas
filosóficas, desde esa fecha explica "Filosofía
del Lenguaje" e "Historia de la Ciencia".
Es miembro del Grupo de Investigación en "Ciencias
Cognitivas" del Plan Andaluz de Investigación
(HUM 0264) y colaborador en la versión española
del Proyecto Metalogos. En la actualidad trabaja en tres
líneas de investigación: 1, Problemas cognitivos
de los significados no literales (metáfora, eufemismo,
ironía, etc.); 2, Teoría de la traducción,
particularmente teorías filosóficas de la
traducción; y 3, Problemas cognitivos del uso de
la polisemia y la ambigüedad.
Este trabajo ha sido publicado en Octubre
de 2002 y actualizado en Noviembre de 2003 en Proyecto
Ensayo Hispánico
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