Muchos años atrás, en 1967, yo estaba por
algunas semanas en Estados Unidos, y asistía a una
conferencia dictada por una mujer que tal vez algunos de
ustedes conocen, Evelyn Keller. En esa conferencia ella
discutía la aplicación de la noción
de género en ciencia. Después que ella habló,
se abrió un debate, y yo pedí la palabra y
dije: «Por favor, quiero decir algo; ustedes me van
a disculpar, pero siento que tengo derecho a hablar en esta
reunión porque fui educado como niñita. De
modo que de alguna manera soy una mujer honoraria, aunque
desgraciadamente no he sido reconocido así públicamente.»
Lo que quería decir, en ese momento,
es que tuve la ventaja de ser educado como niñita.
Mi primera mujer, María Montañez, una vez
hizo la siguiente reflexión: «Hay una diferencia
fundamental en la educación de los niños y
las niñas en nuestra cultura occidental actual. A
los niños se le enseña a restringir su atención
a un tema cada vez; a las niñas se les enseña
a ampliar su atención simultáneamente a muchos
temas cada vez.»
El niño debe concentrar su atención,
haciendo sólo una cosa en cada momento: estudiar,
limpiar su pieza, o regar el jardín. La niña
debe ampliar su atención haciendo varias cosas a
la vez: ayudar a la mamá en la cocina, el cuidado
del hermanito, ordenar la casa y hacer las compras.
Afortunadamente yo fui criado como niñita
y aprendí a hacer de todo; pero aprendí a
hacer de todo no como una carga, sino como parte legítima
del vivir, y con esto de aprender como niño a hacer
de todo, resulta que uno aprende a vivir en un espacio de
sucesos y fenómenos interconectados en un sistema.
Los hombres somos normalmente educados en un vivir lineal;
las mujeres normalmente son educadas en un vivir sistémico.
Esto hace una diferencia seria, los hombres tenemos dificultades
para entender a los sistemas porque no sabemos mirar las
simultaneidades, ni sabemos atender a las interconexiones
de los procesos como resultado de nuestra educación.
Una niñita educada como niñita
en esta cultura (yo no estoy diciendo que la cultura sea
buena o mala, estoy haciendo referencia a un fenómeno
de la educación), tiene que manejar simultáneamente
muchas cosas, y tiene que estar simultáneamente atenta
a muchas cosas que tienen que ser coordinadas, correlacionadas,
conocidas y tocadas o dejadas de lado, de manera oportuna
atendiendo a todas sus interconexiones.
Hace algunos años apareció
un artículo en la revista dominical de El Mercurio,
en el que se mostraban las respuestas de muchos hombres
muy distinguidos, a los que se les preguntaba cómo
se encontraban ellos en su casa cuando sus esposas estaban
de vacaciones. El artículo mostraba una situación
desastrosa. A mí me dio vergüenza ser hombre.
Los entrevistados no sabían hacer nada: no sabían
cocinar, la casa estaba sucia, no sabían atender
a los niños; es decir, un desastre. Lo peor es que
ninguno de ellos veía su situación como un
desastre, sino como algo propio del hombre.
Afortunadamente fui educado como niñita,
y me beneficié de la posibilidad de pensar, mirar
y actuar como niñita, y es a eso a lo quiero hacer
referencia en esta charla.
Quiero referirme a ese mirar, a esa capacidad
que ustedes mujeres y algunos hombres afortunados tienen,
de poder darse cuenta de que existen en un ámbito
sistémico, en un mundo en el cual todos los fenómenos
están legítima y naturalmente interconectados,
de modo que no tienen que hacer un esfuerzo especial para
darse cuenta de ello. Quiero encontrarme con ustedes en
esa multidimensionalidad.
Quiero, además, destacar que soy biólogo.
Que fui y soy uno de esos niños o niñas que
desde pequeños ven a los animalitos. Hay niños
que ven el bichito que se está moviendo, y le dicen
a su mamá que vieron un bichito. No todos los niños
lo ven, no todas las niñitas lo ven, pero hay algunos
que lo ven, y éstos que lo ven, si el espacio familiar
lo permite, y en mi caso fui afortunado pues mi madre acogió
mi ver los bichitos, pueden crecer conectados con los seres
vivos y transformarse en biólogos. El biólogo
o la bióloga es una persona que vive bajo la pasión
de conectarse con los seres vivos, ama a todos los seres
vivos, no importa que sean arañas, elefantes, sapos,
culebras, seres humanos. Y este amarlos, no es otra cosa
que respetarlos, que aceptar su legitimidad, y desde esta
aceptación de legitimidad de los seres vivos, mirar
el vivir y mirar el mundo. Yo soy una de esas personas,
y he vivido toda mi vida mirando bichitos y viviendo la
maravilla de su compañía. Con esto no quiero
decir ninguna cosa especial mía, solamente quiero
mostrarles desde donde les voy a decir lo que les voy a
decir, de modo que ustedes sepan que al hablarles lo hago
no como una persona que sabe todas las cosas que se han
dicho o escrito en biología, sino como una persona
que sabe de los seres vivos por que ha convivido amorosamente
con otros seres vivos como él. Además, es
desde esta perspectiva que les voy a hablar a ustedes como
seres vivos, porque lo que voy a decir tiene que ver con
ustedes y conmigo, como animales que somos.
Hace algunos años estuve en la ciudad
alemana de Nassau invitado por la Facultad de Teología
de la Universidad de dicha ciudad. Passau es una diócesis
católica muy importante, de modo que tiene una larga
tradición católica, y tiene una Escuela de
Teología. Después que hice mi charla, el decano,
teólogo, dijo: «es bueno que le recuerden a
uno de vez en cuando que es un animal».
Quiero ante todo destacar que somos primariamente
animales, y que nuestra vida espiritual se da, no desde
la negación de nuestra condición de animales,
sino como un modo de vivir en nuestra condición de
ser la clase de animales que somos. El ser animal no niega
lo espiritual, lo hace posible como un modo de vivir en
la relación con otros, con el mundo y consigo mismo
cuando se vive en el lenguaje.
En otras palabras, nuestra vida no se da
exclusivamente en nuestro mero ser animal con una identidad
wológica señalada al decir que somos Homo
sapiens sapiens, sino que se da en cómo vivimos
nuestras relaciones como la clase particular de animales
que somos al realizar nuestro vivir como seres humanos y
existir como tales en el lenguaje.
¿En qué momento comienza lo
humano? Yo como biólogo miro y procuro explicar y
entender las características de los seres vivos,
viendo sus semejanzas y diferencias. Todas ustedes, y los
hombres también, en algún momento se han preocupado
de cocinar, y saben que el pollo tiene hígado. y
tal vez se habrán pregón tado alguna vez,
por qué se llama hígado esto que se llama
hígado en el pollo, y que relación tiene con
lo que se llama hígado en la vaca, o en uno mismo.
Más aún, ustedes habrán notado que
el hígado del pollo, y el de la vaca se parecen en
el sabor. ¡lnteresante! Ustedes reconocen el hígado
por el sabor, y pueden preguntar de qué animal son
los trozos de hígado que comen, ya que el hígado
de cordero, de vaca o de pollo tienen esencialmente el mismo
gusto. Y si comiéramos hígado humano, nos
encontraríamos, a lo mejor, con que tiene el mismo
gusto. ¿Por qué los hígados de los
distintos vertebrados tienen el mismo gusto? Porque son
órganos de la misma clase. Los animales nos parecemos
pero también nos diferenciamos. Nosotros no vivimos
como los pollos, aunque muchas veces le dicen a uno que
vive como un pollo. No vivimos como los perros, aunque algunas
veces uno diga «tengo una vida de perro». Pero
el solo hecho de que yo pueda decir «llevo una vida
de perros», muestra que mi vida no es de perro, porque
el perro no puede decir que lleva una vida de perro: el
perro no existe en el lenguaje. Al mirar la diversidad se
ven las semejanzas, y al ver las semejanzas, uno se puede
preguntar por su origen, pregunta que en biología
moderna se contesta con la teoría de la evolución.
Pero ¿qué es una teoría? Una teoría
es una proposición explicativa del presente.
Reflexionemos un momento sobre esto. La Biblia
cuando habla en el Génesis de la Creación,
propone una teoría explicativa de como somos, como
somos en el presente. Hay muchas teorías explicativas
del presente, y de distintos presentes; pero ¿qué
hace una teoría explicativa del presente? Propone
una historia que si hubiese tenido lugar, el resultado habría
sido el presente que la teoría explica. De modo que
el Génesis, en la proposición bíblica,
es una teoría explicativa del presente y la teoría
evolutiva biológica es también una teoría
explicativa del presente. Pero hay algo más, las
diferentes teorías se fundan en distintas nociones
fundamentales desde las cuales se construyen.
Yo quiero decirles un par de cosas sobre
la explicación biológica del presente humano.
Toda teoría biológica que pretende explicar
el presente humano consiste en la proposición de
una construcción histórica que usa como elementos
fundamentales los distintos aspectos de la multidimensionalidad
experiencial del observador en el presente, presentándolos
como fenómenos o procesos que si hubiesen actuado
durante mucho tiempo habrían dado origen, como resultado
de su operar, al presente humano que se explica.
Según la teoría de la evolución
biológica, los seres vivos actuales somos el presente
de una historia que comenzó hace por lo menos tres
mil quinientos millones de años atrás. En
esta historia, los seres vivos se habrían reproducido
y diversificado generación tras generación
en la continua formación de distintos linajes de
modos de vida, que surgen como variaciones de los modos
de vida ya existentes. En tanto la historia de los seres
vivos ha sido así, nosotros, los seres humanos, constituimos
uno de tantos linajes, y estamos conectados históricamente
de manera más o menos cercana por nuestro modo de
origen, con todos los otros seres vivos existentes.
Así que, señoras, señores,
no tienen que decirme su edad, todos ustedes y yo, tenemos
por lo menos tres mil quinientos millones de años
de historia ancestral, y somos, desde este punto de vista,
de la misma edad. Y, además, somos de la misma edad
que nuestros perros, que los gatos, que los pollos que nos
comemos. Pero, naturalmente uno puede preguntar cuándo
surgió en esta historia el modo de vida humano.
Veamos qué pasa. Lo que la biología
nos muestra es que pertenecemos a una historia de diversificación
de modos de vida, y, en cierto modo, nos propone las preguntas:
¿cuándo surge el modo de vida humano?, ¿qué
pasa de manera que surge el modo de vida humano? El modo
de vida humano surge en algún momento alrededor de
tres millones de años atrás, no tres mil quinientos
millones de años atrás como ocurre con el
origen de lo vivo. El fundamento de tal afirmación
está en que en el presente encontremos fósiles
de animales que vivieron en esa época, y que al mismo
tiempo que se parecían al ser humano actual, eran
diferentes de él. Esos seres eran bípedos
(hay huellas de dos millones y medio de años atrás
de pies idénticos a los nuestros), tenían
una mano como la nuestra, se movían como nosotros,
pero tenían una cabeza mucho más pequeña,
con un cerebro que era aproximadamente un tercio del tamaño
del nuestro.
Ahora, si uno examina el modo de vida nuestro
actual, en algunos aspectos al menos, y se pregunta, mirando
los restos fósiles, cómo tienen que haber
vivido estos seres que reconocemos como ancestros nuestros
precisamente por las semejanzas de los huesos, de los dientes,
de la forma del cuerpo, de las manos; descubrimos que estos
seres antecesores nuestros no eran cazadores ni carnívoros,
pues no tenían dentadura de animales cazadores y
carnívoros. Tenían la dentadura igual a la
nuestra, de modo que comían como nosotros granos,
semillas, nueces, insectos, frutas, raíces, y ocasionalmente
carne de animales muertos por otros animales, que quedaban
ahí sin ser totalmente comidos. Nosotros ¿qué
comemos? Granos, nueces, semillas, frutas, hojas, raíces,
insectos, o larvas de insectos cuando comemos el maravilloso
queso francés agusanado, y un poco más atrás
en la historia, como ocurre con los aborígenes australianos
actuales, nuestros antepasados comían deliciosas
larvas de coleópteros gorditas y ricas en alimentos,
que uno encuentra en las raíces de los árboles.
De modo que comemos lo mismo que nuestros antecesores tienen
que haber comido, y estos tienen que haber sido animales
recolectores como nosotros lo somos aún. Yo afirmo
siempre que el éxito de los supermercados revela
que somos animales recolectores; todos lo pasamos estupendo
en el supermercado tomando, dejando, etcétera. Cuando
uno se va de vacaciones lo pasa muy bien recogiendo moras,
cosas silvestres. Recoger algo, mirarlo y dejarlo o llevarlo
es algo espontáneo en nosotros.
Aun en la agricultura somos recolectores,
y de hecho, el ser agricultor es un modo de permanecer recolector.
Lo que pasa es que uno planta lo que recolecta. Los seres
humanos no somos principalmente cazadores, aunque hay momentos
en la historia en que los seres humanos lo hemos sido.
Nuestros antecesores vivían en grupos
pequeños, y sabemos que vivían en grupos pequeños
porque algunos de ellos se han fosilizado juntos. Estos
grupos pequeños tienen que haber sido de seis a ocho
individuos, es decir, familias o grupos coherentes que incluían
adultos, jóvenes, niños y guaguas. Pero, naturalmente,
familias que no podemos comprender analizándolas
con los mismos criterios de parentesco del día de
hoy. No sabemos cómo vivían; el que se reunían
de alguna manera en la convivencia está mostrado
por el hecho de que se ha fosilizado toda una pequeña
comunidad de aproximadamente ocho individuos que incluía
todas las edades, tal vez porque cayó sobre ellos
el techo de una caverna, o fueron atrapados en ella por
alguna inundación repentina.
Estos antecesores nuestros, seguramente,
y esto muestra mi incertidumbre ya que no lo puedo afirmar
de la misma manera como he afirmado otras cosas, compartían
alimentos. Nosotros sí lo hacemos, los niños
pequeños lo hacen. Todas ustedes deben recordar más
de alguna situación en la que un niño se saca
la comida de la boca y se la pasa a la mamá o al
hermano, quién dice: «No, m'hijito, eso no
se hace, es cochino». Pero hace tres millones de años
la mamá no decía eso, no tenía idea
de las bacterias, vivía en un mundo sin bacterias.
Y en muchas culturas donde no hay biberones, la madre pasa
la comida directamente de la boca a la guagua cuando ésta
no mama. Aún hoy, en muchas culturas los viejos son
alimentados directamente de boca a boca cuando ya no tienen
dientes, recibiendo la comida masticada por otra persona.
Gregory Bateson, distinguido antropólogo,
tiene una película en que aparece una mamá
con su guagua en brazos quien, de pronto, se inclina y pasa
desde su boca a la boca del niño lo que ella ha estado
masticando. Es posible que la costumbre de besarse en la
boca venga de allí, venga del compartir alimentos.
Esto tiene que ver con otro aspecto de la clase de animales
que somos. Somos animales sensuales. Cuando ustedes llegan
a su casa, el perro les pide cariño, salta, mete
la cabeza entre las piernas, y ustedes le hacen cariño,
lo tocan, y responden acariciándolo cuando se pone
patas arriba para que le rasquen el vientre. Los mamíferos
nos acariciamos; para verlo, basta ir al zoológico.
La mano humana, sostengo, es un órgano
de caricia que reemplaza a la lengua como tal en otros mamíferos.
La mano ya estaba plenamente desarrollada con estas características
desde hace tres millones de años en nuestros ancestros
directos. Los dedos de la mano del chimpancé no se
estiran como los nuestros. El chimpancé camina apoyado
en los nudillos de sus manos como un cuadrúpedo.
Los restos fósiles muestran que la mano de nuestros
antecesores podía estirarse igual que la nuestra.
Sin duda en la historia evolutiva humana la mano tiene que
ver con la manipulación en la coordinación
visuo-manual en esto de sacar las hojitas que cubren las
semillas de los pastos. Imagínense una espiga de
trigo en la que tienen que sacar las hojas que cubren cada
grano para comerlo. Pero la mano humana es mucho más
que eso. La mano humana tiene esta maravillosa habilidad
de adaptarse a cualquier superficie del cuerpo; con ella
se puede acariciar cualquier superficie del cuerpo del otro
o propio. No hay duda de que la mano es un órgano
manipulativo, pero la historia evolutiva que da origen a
lo humano, en mi opinión, no tiene que ver primariamente
con el uso de herramientas, sino con la sensualidad, la
ternura, la colaboración y la caricia. Y no con la
caricia como una cosa abstracta, sino que con la caricia
como fenómeno de la corporalidad que hace de ella,
además, un acto psíquico con fundamento fisiológico.
¿Qué pasa si un niño se cae y viene
donde la mamá con la rodilla adolorida? La mamá
lo acoge, lo acaricia, y el niño deja de llorar.
¿Se trata de un niño mañoso?, ¡no!
Es por los efectos fisiológicos de la caricia que
el niño se siente inmediatamente mucho mejor. Cuando
uno acaricia en torno a la zona magullada, se produce anestesia
central en el área dolorida como un fenómeno
fisiológico normal. La caricia suprime el dolor,
induce bienestar. Cuando nos acariciamos, cuando entramos
en contacto corporal acariciante, nos apoyamos de alma a
alma, y sin contacto corporal acariciante, nos enfermamos.
Pero hay más. En estos tres millones
de años de historia humana hay una transformación
del cuerpo de la mujer y del hombre que tiene que ver con
la sensualidad, el lenguaje y la reproducción. El
cuerpo de la mujer se transforma siguiendo el curso de la
fetalización progresiva del recién nacido
humano. El recién nacido humano es prácticamente
un feto, un ser completamente incapaz de desplazarse por
sí mismo, que si no se le cuida y acarrea en brazos,
se muere. Esto en la historia humana ha ido acompañado
de la infantilización del adulto. Los seres humanos,
machos y hembras, adultos conservamos rasgos infantiles
tanto en la anatomía como en la conducta. Además
esta historia de fetalización e infantilización
humanas, tiene que haber ocurrido en una convivencia de
progresiva colaboración del macho con las hembras
en la crianza de los niños. Y no sólo eso,
dado los resultados, esta historia tiene que haber sido
una historia de transformación en la estética
de la intimidad sensual, en el lenguaje y la ternura, que
se evidencian en la transformación del resto de la
fisonomía corporal, de la voz y de la piel.
He dicho que la fetalización humana
se entrelaza con una convivencia en la cual los machos participan
en la crianza. ¿Cómo puedo hacer esta afirmación?
Nada pasa en los seres humanos o en los seres vivos en general
que la biología no permita, ni siquiera las experiencias
espirituales más diversas son posibles fuera de la
biología. Nada pasa que la biología no permita.
Sin embargo, la biología no especifica lo que va
a pasar, tiene que vivirse en una historia. Pero si nada
pasa que la biología no permita, ninguna de las características
conductuales actuales serían posibles en hombres
y mujeres si no tuviesen la biología que lo permite.
Hay hombres que se preocupan de los bebés, que son
tiernos, cariñosos, y los manejan y se mueven con
ellos como una mamá; sí, los hombres tenemos
la biología del cuidado del bebé, reaccionamos
frente a él con todas las habilidades psicológicas
y manuales que tiene la mujer, sólo no podemos procrear
ni amamantar.
Yo puedo afirmar que esta historia de estos
tres millones de años a la que estoy haciendo referencia,
y en la cual hay más de ciento sesenta mil generaciones,
es una historia que ha tenido lugar con la participación
de los machos en la crianza de los niños. No habría
podido tener lugar de otra manera dado el modo de vida de
animales recolectores, compartidores de alimentos, y sensuales,
propio de nuestro linaje.
Pero, ¿cuándo surge lo humano?
Hasta ahora, en esta reconstrucción histórica,
somos iguales nosotros y nuestros ancestros de hace tres
millones de años. ¿Cuándo surge lo
humano? Lo humano surge con el lenguaje, pero no solamente
con estar haciendo lo que el lenguaje es. Ustedes me habrán
oído decir que el lenguaje es un modo de convivir
en coordinaciones de coordinaciones conductuales consensuales.
Les voy a dar un ejemplo mínimo: Supongamos que salen
a una calle de doble tránsito y quieren tomar un
taxi, en la dirección correspondiente a su lado,
es decir, hacia la derecha. Supongamos, además, que
en esa dirección todos los taxis vienen ocupados,
pero al otro lado de la calle, hacia la izquierda, van libres.
¿Qué hacen? , ¿qué hacemos?
Si uno ve un taxi libre hace un gesto, y si uno se encuentra
con la mirada del taxista, de la persona que maneja ese
automóvil, hace otro gesto, un gesto adicional que
uno ve como indicación del movimiento que tiene que
hacer el taxista, y, presumiblemente, si uno se contactó
con la mirada del taxista éste hace precisamente
eso, da la vuelta y se para al lado de uno. Sí, ahí
tienen ustedes una coordinación de coordinación
conductual. El primer gesto nos coordina con el taxista.
Si nos parece que el taxista no nos ve, no hacemos el segundo.
El segundo gesto aparece sólo en relación
con el primero, en el contexto de la coordinación
establecida por éste, de modo que el segundo gesto
coordina la coordinación inicial. Eso es una coordinación
de coordinaciones conductual entre el presunto cliente y
el taxista, y como tal es una operación mínima
de lenguaje. Más aún, eso es lo que aprende
el niño al aprender el lenguaje: aprende a vivir
en coordinaciones de coordinaciones conductuales que surgen
en la convivencia con la mamá, sea esta masculina
o femenina. y digo mamá masculina o femenina porque
pienso que la maternidad es una relación de cuidado,
no una propiedad de lo femenino. El dar a luz como fisiología
de la reproducción tiene que ver con lo femenino;
pero la maternidad en los seres humanos es una relación
de cuidado para la cual estamos capacitados tanto hombres
como mujeres. ¿Es esto extraño? No, ocurre
en muchas clases de animales, de modo que en esto tampoco
los humanos somos especiales.
Cuando en la historia a que pertenecemos
se origina el vivir en el lenguaje como modo de vivir que
se conserva generación tras generación, surge
lo humano, pero, ¿cuándo pasa esto? Yo estimo
que esto pasa alrededor de tres millones de años
atrás, hace más de ciento sesenta mil generaciones.
y pienso que tiene que haber ocurrido hace tanto tiempo
por todas las transformaciones que se produjeron desde entonces
hasta ahora en el rostro, la laringe, la fisonomía
en general. El modo de vida propio de nuestra cultura actual,
en cambio, tiene su origen alrededor de siete mil años
atrás al surgir en Europa la cultura patriarcal occidental.
Quitémosle a tres millones de años, siete
mil años ¿cuántos años nos quedan?
Dos millones novecientos noventa y tres mil. De modo que
por dos millones novecientos noventa y tres mil años,
se ha vivido una relación de convivencia distinta
de la relación de convivencia actual patriarcal,
relación de convivencia a la que la noción
de género que aplicamos ahora para hombre y mujer,
no se aplicaba, pues la distinción de género
que vivimos ahora es cultural. ¿Qué quiero
decir con esto? , quiero decir, que la noción de
género pertenece a un modo particular de vivir en
el lenguaje.
Las diferentes culturas son distintas redes
cerradas de conversaciones, y como tales, son distintas
configuraciones cerradas de modos de estar en el lenguajear
y el «emocionar». Reflexionemos un instante
sobre aquello que connotamos cuando decimos que alguien
tiene pena, enojo, vergüenza u otra emoción.
Si hacemos esto, nos daremos cuenta de que connotamos una
clase particular de conducta para cada emoción, no
una conducta particular. Así decimos de alguien que
tiene miedo en una cierta situación, que pensamos
que esa persona se va a conducir de cierta manera, que va
a tener cierta clase de conducta, aunque no podamos decir
en particular qué va a hacer. Lo que diferenciamos
cuando distinguimos emociones, son dominios conductuales,
dominios de acciones; las distintas emociones corresponden
a distintos dominios de acciones. Las distintas culturas
como distintas redes cerradas de conversaciones son distintos
modos de convivir en las coordinaciones del hacer y el emocionar.
Por esto, dos conductas que parecen la misma desde el punto
de vista de los movimientos o relaciones externas en que
ocurren, son distintas acciones desde el punto de vista
de las emociones que las sustentan. Yo sostengo que es la
emoción lo que define a la acción, no el hacer
que involucra.
La historia evolutiva que ha configurado
lo humano actual es una historia de tres millones de años
o más, no de dos, cinco o diez mil años. Es
una historia evolutiva que ha tenido lugar con una transformación
corporal que pasa por la transformación del cerebro.
Nuestros ancestros tenían un cerebro de un volumen
del orden de los cuatrocientos cincuenta centímetros
cúbicos, un tercio del tamaño del cerebro
humano actual que es del orden de los mil cuatrocientos
cincuenta centímetros cúbicos. Ese incremento
de tamaño se relaciona con el modo de vida humano
cultural que se establece en el origen de nuestro linaje,
con el origen del lenguaje y el vivir en el conversar. El
cerebro de cualquiera de nosotros es tres veces más
grande que el cerebro de cualquiera de nuestros antecesores
de hace tres millones de años. La transformación
que ha tenido lugar desde entonces no ha sido trivial. Ha
pasado en la historia del vivir humano constituido en el
vivir en el lenguaje. Pero para que esta historia de vivir
en el lenguaje como un moverse recurrente en coordinaciones
de coordinaciones conductuales consensuales pueda haber
ocurrido, tiene que haberse vivido en cercanía corporal
y en el compartir. Más aún, para vivir en
la cercanía corporal y el compartir no basta estar
especialmente cerca, no basta estar encerrados en el mismo
espacio. El compartir se da en la emoción que define
la cercanía en el convivir y abre espacio al cuidado
recíproco. Aquí, por ejemplo, estamos juntos,
y ustedes me escuchan y yo atiendo a sus miradas y gestos,
porque queremos hacerlo, queremos la compañía
y la coparticipación en lo que aquí ocurre.
Si no fuese así, nos iríamos cada uno a lo
suyo, y si alguien está aquí por obligación
está en un emocionar distinto del emocionar de los
otros que resulta en un distinto escuchar y hacer. Es la
emoción la que define cualquier hacer como una acción:
si queremos saber a qué acción corresponde
un cierto hacer, colaboración u obediencia, respeto
o tolerancia, apoyo o agresión, debemos mirar la
emoción en que se realiza, miedo, amistad, vergüenza,
agresión, ternura; debemos mirar a la acción
que constituye ese hacer como una acción.
La historia humana ha seguido y sigue el
curso de las emociones, La historia evolutiva humana tiene
que haber transcurrido y ha transcurrido bajo una emoción
fundamental que ha hecho posible la convivencia humana,
y esa emoción fundamental es el amor. Sí,
amor con minúsculas, no mayúsculas. Lo que
digo no tiene que ver con ninguna religión, tiene
que ver con la biología, y desde la biología
el amor es el dominio de las acciones que constituyen al
otro como a un legítimo otro en convivencia con uno.
Amor es la emoción que constituye la relación
que se tiene con una araña peluda si al verla, en
el cerro, uno dice: «una araña» y se
corre para no pisarla y seguir de largo. Tanto es así,
que si alguien nos ve actuando de ese modo, dice a su vez:
«Usted parece que ama a los animales». Si no
ocurriese así, si ustedes después de ver a
la araña la pisasen para matarla, el otro diría:
«Usted no ama a las arañas». En el momento
en que ustedes tratan a otro como un legítimo otro
en convivencia con ustedes, el comentario que un observador
hace es sobre la presencia de amor.
En la historia evolutiva que nos constituye
como seres humanos, nosotros surgimos como hijos del amor.
Esto no tiene que ver con lo bueno o con lo malo, tiene
que ver con la emoción que constituyó la posibilidad
de la convivencia en la cual surgió el lenguaje e
hizo posible las transformaciones evolutivas que tuvieron
lugar de modo que ahora somos como somos. El amor no es
algo peculiar de los seres humanos, es propio de todos los
animales que viven en cercanía e intimidad. Lo que
pasa es que el amor tiene un carácter especial para
los seres humanos, porque ha hecho posible la convivencia
en la que surgió el lenguaje que, como modo de convivencia,
configuró nuestro ser humano. En otras palabras,
los seres humanos pertenecemos a una historia evolutiva
en la que la emoción fundamental es el amor y no
la agresión o la indiferencia. Tanto es así
que, cuando se interfiere con el amor, con la relación
de convivencia en la que surgimos como seres legítimos
en el mutuo respeto, nos enfermamos. Todos sabemos esto,
y sabemos también que el único remedio es
el amor.
La historia evolutiva humana en tanto historia
en el lenguaje es cultural, y nuestro ser como seres humanos
es cultural. Pero quiero por el momento volver a esto, ¿qué
es una cultura? Ya lo dije, una cultura es un modo de convivir
en el entrelazamiento del lenguajear y el «emocionar»
en una red de coordinaciones de acciones y emociones que
designo con la palabra conversar, que significa dar vuelta
juntos en la conducta y la emoción. Distintas culturas
son distintas redes de conversaciones. La distinción
de género como masculino y femenino según
la cual se les asigna distintas tareas al hombre ya la mujer,
reclamando superioridad para lo masculino, es cultural,
no biológica. Biológicamente hombres y mujeres
somos distintos, pero todas las asignaciones valorativas
asociadas al género son culturales. En la historia
evolutiva humana hombre y mujer son copartícipes
colaboradores en una convivencia que ha seguido el camino
de la sensualidad y la ternura hasta el surgimiento de las
justificaciones culturales que separan y oponen los sexos
desde alguna teoría filosófica o religiosa
que valida el control o dominio de uno sobre otro. En tanto
lo humano es cultural, los niños que crecen en una
cultura particular viven la red de conversaciones que constituye
la cultura como algo natural hasta que se encuentran en
contradicción con su biología.
¿Cómo se vive una cultura?,
¿cómo se aprende una cultura? Viviendo en
ella. La mamá no le enseña a uno la cultura,
pero uno vive la cultura con la mamá y aprende el
hacer y el emocionar de la mamá. Las distintas culturas
admiten ciertas preguntas y niegan otras, la mayor parte
del tiempo no hay que hacer explícito qué
preguntas son legítimas y qué preguntas no
lo son. Los niños crecen aprendiendo a preguntar
ciertas cosas ya no preguntar otras meramente viviendo en
la comunidad a que pertenece porque la cultura se adquiere
en el vivir en ella. Algunos aspectos particulares como
declaraciones morales se adquieren por afirmaciones explícitas
cuando hay conflicto en la convivencia, porque tales nociones
surgen en una cultura como ampliaciones de la red de conversaciones
que la constituyen en el intento de sus miembros de conservarla.
Por esto las afirmaciones morales constituyen exigencias
conductuales que implican la conservación o la negación
de un cierto emocionar.
Lo que hacemos al educar a nuestros niños
en el convivir o al mandarlos al colegio, es acotar sus
espacios conductuales y especificar los espacios de preguntas
legítimas e ilegítimas que ellos vivirán.
Ejemplo: Hija: «mamá, Pedrito tiene una cosita
con la que hace pipí, y yo no tengo». Mamá:
«m' hijita, de esas cosas no se habla». No se
puede hablar de sexo en nuestra cultura, el sexo es obsceno,
es decir, en nuestra cultura vivimos una contradicción
fundamental con nuestra biología, porque la anatomía
sexual y las sensaciones corporales sexuales son parte de
nuestro vivir, Nuestra cultura patriarcal occidental valora
la procreación, pero denigra al sexo; no debemos
hablar de sexo porque es obsceno. El resultado es que hablamos
de sexo todo el tiempo, en la TV, en el cine, en la calle,
sin respeto por nuestra propia sexualidad ni la sexualidad
del otro, y al negar nuestra biología negamos nuestra
espiritualidad: el sexo se vuelve cosa.
Las diferencias valorativas de los géneros
masculino y femenino son culturales y si son culturales
pueden cambiar. Ciertamente, hay diferencias fisiológicas
entre lo masculino y lo femenino. Desnudémonos, un
hombre y una mujer, y comparémonos. Somos distintos,
pero no somos ninguno mejor que el otro, y nuestro problema
surge cuando negamos nuestra biología y tratamos
a uno como superior al otro en función de diferencias
fisiológicas y anatómicas. Hombres y mujeres
somos distintos, pero pertenecemos a una historia de colaboración
en la convivencia de lo masculino y lo femenino.
La oposición de la masculino y lo
femenino surge con nuestra cultura patriarcal occidental
siete mil años atrás. ¿Cómo
puedo afirmar esto? Lo puedo hacer porque hay evidencias
arqueológicas. Hay un presente arqueológico
que se explica desde una reconstrucción histórica
que apunta al momento en que se encuentran dos culturas
opuestas: una cultura que yo llamo matrística, existente
en la Europa central, y una patriarcal pastora que viene
de Asia central. Se trata de nuestros ancestros, Kurga o
Indoeuropeos que desbordan en distintos momentos hacia China,
India y Europa. En algún instante estas dos culturas
se encuentran en Europa, pero se encuentran como dos modos
de vida, que son completamente opuestos. Donde una cultura
dice a, la otra dice b,
donde una dice c, la otra dice e.
Por ejemplo: hasta cinco mil años antes de Cristo
había en Europa Balcánica comunidades recolectoras/agricultoras
que no vivían centradas en las jerarquías,
ni en la apropiación, ni en la guerra, a juzgar por
los signos arqueológicos: no había fortificaciones
defensivas ni muestras de destrucciones bélicas,
no había signos de división de la tierra,
no había diferencias en las tumbas de hombres y mujeres,
ni armas como decorados u ofrendas. Se trata de comunidades
que llamo matrísticas porque en los lugares de culto
se encontraban figuras femeninas simples o híbridas
masculino-femeninas.
Seguramente ustedes saben de una estatuilla
llamada Venus de Willendard. Esta estatuilla que debe haber
sido tallada hace más de veinticuatro mil años
atrás tiene la forma de una mujer de vientre abultado,
caderas anchas y grandes pechos. Al mismo tiempo, carece
de rostro y las manos son apenas un esbozo sobre los pechos.
Si se la mira como escultura, es una cosa preciosa, si la
miran como forma femenina tal vez no guste porque sus pechos
son exagerados, las nalgas demasiado grandes lo mismo que
las caderas y el abdomen abultado; no satisface de ninguna
manera la estética femenina de nuestro tiempo, y
me atrevo a decir, tampoco la estética femenina de
esa época. Cuando se la descubrió se la llamó
la Venus de Willendard porque fue descubierta allí,
en el pequeño poblado austríaco, y se la trató
como expresión de arte. Pero nosotros tenemos una
noción del arte, que saca a lo estético de
lo cotidiano y lo pone en el museo. Esta estatuilla empero,
no pertenecía a un museo, pertenecía a la
vida cotidiana. Como ya dije, esta figura no tiene rostro,
y si ustedes miran el detalle del cuerpo: genitales, rodillas,
nalgas, ven que es perfecto. Tampoco tiene manos, pues sobre
los pechos tiene sólo un esbozo, apenas una insinuación
de ellas. Pero la persona que hizo esta escultura muestra
tal habilidad que no cabe la menor duda de que podría
haber hecho más, no cabe la menor duda de que podría
haber hecho rostro y manos perfectos, de modo que la ausencia
de manos y de rostro revela algo de su vivir. Se dice que
figuras como ésta representan a la Diosa Madre, la
Diosa de la Fertilidad.
Hay otras figuras femeninas que tienen un
carácter completamente distinto, se trata de mujeres
de formas delicadas, esbeltas, sin exageración en
las caderas ni en las piernas ni en el movimiento. Son estatuillas
en postura erguida, con los brazos abiertos y levantados
que tampoco tienen rostro ni detalle en las manos. El estilo
corporal, las proporciones del cuerpo se parecen a las formas
de mujeres modernas que consideramos hermosas en nuestra
cultura actual. Si se comparan estas clases de figuras,
se ve que son completamente diferentes; una está
con los brazos abiertos, como en oración; la otra
está con las manos sobre los pechos como una figura
en concentración sobre sí misma, en su propia
armonía. Yo pienso que la figura esbelta de mujer
con los brazos abiertos representa a la mujer, es la figura
de la mujer de la época; la otra, la figura de la
Venus de Willendard, es evocadora de la abundancia y coherencia
del mundo natural y no representa a la mujer.
Pienso que la ausencia de manos y rostro
no es accidental y revela que esa gente no vivía
en la manipulación ni en la aserción del yo,
y pienso, también, que tampoco vivían en la
reafirmación de lo individual como una exaltación
del ego. Cuando la reafirmación individual en oposición
a lo colectivo es fundamental, el rostro tiene presencia,
porque es en el rostro donde nos distinguimos del otro en
el yo. El dicho «en la noche todos los gatos son negros»,
en el fondo afirma que en nosotros, la individualidad, como
distinción del otro, tiene una presencia fundamental
como parte de nuestra mente cotidiana a través del
rostro. Destacar el rostro es destacar el ego, no destacar
el rostro es no destacar el ego.
Cuando aparece el patriarcado en Europa,
aparecen las jerarquías, aparece la guerra, aparecen
las diferencias en las tumbas de hombres y mujeres, aparecen
las armas como adorno, y empiezan a aparecer figuras en
las cuales las manos, los ojos y los rostros tienen presencia.
La cultura patriarcal se origina fuera de
Europa. Pienso, como aparecerá en un ensayo titulado
«Conversaciones matrísticas y patriarcales»,
incluido en un libro que publicaré en colaboración
con la Ora. Verden Zoller con el título de Amor y
Juego, fundamentos olvidados de lo humano, que el patriarcado,
con el cual nosotros, occidentales europeos modernos, estamos
históricamente conectados, se origina en Asia con
el pastoreo, y que el pastoreo se origina en la persecución
sistemática del lobo que le impide el acceso a su
alimento natural. En este acto sistemático que niega
al lobo el acceso a su comida natural y normal surge la
apropiación, aparece la propiedad privada como un
acto que le impide a alguien el acceso a algo que le pertenece
de manera natural. Si ustedes van por el campo y encuentran
un letrero que dice: «propiedad privada», ustedes
saben que se les está negando el acceso a algo que
de alguna manera debería serles accesible de modo
natural.
La apropiación constituye a la propiedad
privada como un acto de exclusión del otro con respecto
a algo que normalmente es también suyo.
El hecho es que el patriarcado surge a partir
de la apropiación.
No voy a hacer una discusión más
larga de la apropiación, pero quiero agregar que
al surgir la apropiación, cambia el emocionar cotidiano
y surgen la enemistad, la guerra, la desconfianza yel control,
y con éstas, la valoración de la procreación
y la transformación de la mujer en procreadora con
la negación de cualquier conducta de regulación
de la natalidad. Más aún, con la valoración
de la procreación y la negación de cualquier
conducta de regulación de la natalidad, surge la
explosión demográfica tanto animal como humana.
Y con la explosión demográfica surgen el daño
ecológico, la pobreza y la migración en un
desplazamiento que lleva a la guerra de usurpación,
la piratería, el sometimiento, el abuso y la esclavitud.
El encuentro de la cultura patriarcal y la matrística
como dos culturas directamente opuestas, pertenece a esta
dinámica: hay oposición total entre la cultura
patriarcal centrada en la apropiación, las jerarquías,
la falta de confianza en la armonía del mundo natural,
el control del otro, la valoración de la procreación,
el control de la sexualidad de la mujer en oposición
a las prácticas de regulación de la natalidad,
la guerra y la dominación, y la cultura matrística
centrada en la colaboración, la coparticipación,
el respeto mutuo, la confianza en la armonía del
mundo natural, la sexualidad como parte del bienestar y
la belleza del vivir, y la ausencia del control de la sexualidad
de la mujer en la aceptación de prácticas
de regulación de la natalidad. En algunas ocasiones
la cultura matrística es completamente eliminada,
en otras se entremezcla de alguna manera con la patriarcal,
en otras, es desplazada, y aun en otras, queda englobada
por la cultura patriarcal, y permanece hasta ahora contenida
en la relación materno-infantil por una envoltura
de vida adulta patriarcal. Pienso que este último
caso es el que da origen a nuestra cultura patriarcal occidental.
Las mujeres matrísticas europeas no se someten del
todo y retienen la cultura de la cooperación, el
mutuo respeto, la sensualidad y la ternura, en el ámbito
de la relación materno-infantil y de las relaciones
de las mujeres entre ellas. La cultura patriarcal englobante
presiona continuamente por penetrar en ese espacio introduciendo
dimensiones de control, jerarquía, obediencia y competencia,
con éxito variable. La oposición o conflicto
entre los géneros masculino y femenino surge en estas
circunstancias como resultado de la oposición de
lo matrístico y lo patriarcal que tiene que vivir
el niño o la niña al crecer inmerso en una
infancia matrística en la relación materno-infantil,
y deber luego pasar a una cultura patriarcal al acceder
a la vida adulta. En este proceso el niño o niña
presencia la continua oposición entre su madre matrística
y su padre patriarcal como si se tratase de una oposición
natural biológica entre el hombre y la mujer, y como
si la dominación cultural de la mujer por el hombre
fuese expresión de la superioridad intrínseca
de los masculino sobre lo femenino: los hombres son valientes,
las mujeres son débiles; los hombres son racionales,
las mujeres son emocionales; los hombres son confiables,
las mujeres son volubles; los hombres son veraces, las mujeres
son engañadoras. El niño o niña aprende
a vivir la encarnación del bien y el mal en el hombre
y la mujer: el hombre es el bien, la mujer es el mal. Los
adultos que surgen de estos niños no ven que la oposición
de lo masculino y lo femenino pertenece a la cultura patriarcal
europea que surge del encuentro de esas dos culturas; más
aún esos adultos tampoco ven que lo patriarcal no
pertenece a lo masculino. Lo masculino y lo femenino son,
en su constitución biológica y en la espontaneidad
de un vivir sin la presión cultural patriarcal, identidades
sexuales diferentes pero equivalentes.
Supriman ustedes las exigencias culturales
patriarcales y surge inmediatamente la equivalencia, la
colaboración, el placer de la compañía.
Admitan ustedes las exigencias culturales patriarcales,
y aparecen inmediatamente la oposición, la exigencia
y el dolor en la convivencia que hace desaparecer la compañía
y da origen al sufrimiento. Al crecer, el niño o
niña vive una continua presión para que abandone
la cultura matrística de la infancia y se entregue
al ser y hacer patriarcal de la vida adulta. Cuando eso
pasa, surge un adulto que sufre, pero añora la armonía,
belleza y sensualidad del mutuo respeto y confianza de la
infancia matrística como algo utópico. La
democracia surge como intento de recuperación de
la vida matrística de la infancia gracias a esa añoranza.
Con la Ora. Verden-Zoller hablamos en nuestro libro Amor
y Juego, fundamentos olvidados de lo humano, de la democracia
como una convivencia neomatrística que surge como
una ruptura en el patriarcado europeo.
La democracia no es un modo de convivencia
en el cual se accede al poder a través de un acto
electoral; la democracia no es un oportunidad para una lucha
electoral por el poder; la democracia surge como un modo
de convivencia en el cual todos los ciudadanos, cualquiera
que sea el criterio de elección para ser ciudadano,
tienen libre acceso a todos los temas de la comunidad, tanto
para su observación y discusión, como para
participar en las decisiones de acciones sobre ellos. En
la democracia, las elecciones de autoridades son sólo
actos de delegación transitoria de responsabilidades,
y configuran una operacionalidad destinada a evitar que
nadie se apropie de los asuntos de la comunidad de modo
que éstos puedan mantenerse públicos. Cuando
se habla de la vía electoral como un modo democrático
de acceso al poder, se niega lo democrático, pues
en la democracia no hay poder, hay colaboración y
coparticipación en el decidir y en el hacer.
Cuando se quiere defender la democracia con
medidas de autoridad se niega la democracia, y se abre paso
a la tiranía precisamente porque la democracia consiste
en la legitimidad de todos los ciudadanos en la generación
de acuerdos de convivencia. La democracia no se defiende,
se vive. Con frecuencia se dice que “la democracia
es ineficiente, pero es lo mejor que tenemos”. Tal
afirmación es falaz, porque juzga a la democracia
con los criterios de eficiencia propios de los sistemas
autoritarios. La democracia vivida como tal, y no meramente
mencionada, hace lo que promete: genera una convivencia
en el respeto mutuo, en la colaboración, y en la
visión y corrección de los errores que se
producen en ella.
La historia de la democracia, desde que surge
en Grecia, es una historia de conflictos que tienen que
ver con dos aspectos fundamentales. El primero tiene que
ver con la pregunta: ¿quienes son ciudadanos? En
el origen de la democracia son ciudadanos solamente los
dueños de tierras. No son ciudadanos ni las mujeres
ni los comerciantes ni los artesanos, y parte de la historia
de las prácticas democráticas pertenece al
intento de expandir el ámbito ciudadano a todos los
seres humanos, mujeres, artesanos, campesinos. El segundo
aspecto de los conflictos en la historia de la democracia
tiene que ver con el vivir patriarcal en que ella surge,
que presiona continuamente para negarle su carácter
matrístico y restituir las jerarquías y las
relaciones de dominación y control. Así, por
ejemplo, se habla de autoridad y de poder. Las nociones
de autoridad y poder son constitutivamente negadoras del
otro, y, por lo tanto, antidemocráticas. El poder
se constituye en la obediencia cuando uno hace lo que otro
le pide, en circunstancias que uno no lo quiere hacer, sometiéndose
para conservar salvar o proteger algo, que puede ser la
propia vida. El poder surge y se constituye en la obediencia,
y la obediencia es un acto de autonegación en la
concesión de poder. Si uno entra en una relación
jerárquica aceptada por otro, niega al otro, y se
niega a sí mismo, porque acepta como legítima
la obediencia. La obediencia pertenece al sistema jerárquico
del patriarcado. En la democracia no hay obediencia, hay
colaboración y acuerdos como dominios de coherencias
en el hacer que surgen en el respeto mutuo.
Estos dos tipos de conflictos que se presentan
en la historia de la democracia, surgen del hecho de que
la democracia aparece en el seno de una cultura patriarcal
como un modo de convivencia que rompe con ella, así
como del hecho de que los que la realizan son seres humanos
surgidos en el patriarcado europeo occidental. Pero el que
esto sea así es también lo que nos posibilita
para concebir una vida democrática, ya que la cultura
patriarcal occidental tiene un corazón matrístico.
Otras naciones patriarcales no tienen un
corazón matrístico y las nociones democráticas
resultan difíciles de comprender para sus miembros
porque no han tenido como niños el espacio experiencial
que hace posible tal comprensión. En nuestra cultura
patriarcal occidental, el niño vive en su infancia
matrística un espacio de aceptación y de respeto
en la resolución de los conflictos, y de colaboración
y coparticipación en el hacer, no vive en la lucha
ni en la competencia. En la vida adulta es distinto; en
la vida adulta se vive en la competencia, en la lucha, en
las jerarquías, y se dice: «¡Ah, eso
de vivir en la colaboración es utópico! Eso
está bueno para el jardín infantil».
Notable que se muestre así, con tanta claridad, la
oposición de la infancia matrística y la vida
adulta patriarcal. El conflicto de la adolescencia no es
un conflicto biológico del desarrollo. La adolescencia
no es un fenómeno psicológico de la transformación
biológica en el crecimiento, es un fenómeno
cultural, es un vivir conflictivo que surge de pasar de
una cultura a otra que la niega totalmente. Uno viene del
compartir y tiene que entrar a la competencia; uno viene
de la participación y tiene que entrar en la apropiación;
uno viene del respeto a su propio cuerpo y tiene que entrar
a tratar su cuerpo como obsceno; uno viene de la colaboración
que surge del respeto mutuo y tiene que entrar en la autonegación
de la obediencia; uno viene de la veracidad de ser, y tiene
que entrar a la mentira de la apariencia y de la imagen.
Ese es el conflicto del adolescente. Pero el hecho de que
exista ese conflicto quiere decir que existen los fundamentos
matrísticos que constituyen la posibilidad de un
vivir democrático si se quiere.
Pienso, personalmente, que ésta es
una tarea de todos, pero pienso también que es una
tarea que nos involucra de manera levemente distinta al
hombre ya la mujer. Desde luego nos involucra de una misma
manera en la necesidad de eliminar las nociones genéricas
valorativas, pero nos involucra de una manera distinta porque
tenemos que mirar a la recuperación del espacio de
colaboración de distinta manera. Los hombres tenemos
que abandonar las pretensiones de superioridad y las mujeres
tienen que abandonar la aceptación de la inferioridad,
y esto tiene que pasar no sólo en la convivencia
de los adultos, sino que también en la convivencia
con los niños. Además tenemos que comprender
que dejar de pretender que se es superior no es lo mismo
que dejar de aceptar que se es inferior, porque las tentaciones
son distintas. La tentación del que está dejando
de ser superior es la de sumergirse en la humildad extrema
y en la autodesvalorización, y la tentación
del que está dejando de sentirse inferior es la de
entrar en la dominación y la sobreautovalorización.
Mujeres y hombres tenemos que encontrar el
espacio de equivalencia y mutuo respeto que hace posible
la colaboración, pero tenemos que reconocer las diferencias:
los hombres no podemos tener hijos como lo hacen las mujeres,
pero estamos como ellas igualmente dotados para ser madres
si aceptamos la maternidad como una relación de cuidado;
los hombres y las mujeres tenemos fisiologías distintas,
pero ninguno es superior o inferior al otro; las mujeres
y los hombres necesitamos igualmente de la ternura y la
sensualidad como un aspecto fundamental del ser humano,
pero nuestros ritmos biológicos son diferentes; en
fin, los hombres y las mujeres estamos igualmente dotados
para la consensualidad, pero vivimos el mundo desde perspectivas
biológicas diferentes porque nuestros cuerpos son
distintos. Es decir, en tanto somos iguales, ninguno es
superior al otro, pero en tanto somos distintos, la convivencia
sólo puede darse sin dolor ni sufrimiento, desde
la participación en un proyecto común en el
mutuo respeto de la colaboración entre iguales respetando
las diferencias. Esto a veces se señala hablando
de complementariedad.
Voy a terminar diciendo que en mi laboratorio,
tengo una carta de la Declaración de los Derechos
Humanos de Naciones Unidas clavada en la pared. Hay treinta
derechos consignados en ella. Yo he agregado dos derechos
a esa lista. Mis alumnos han agregado uno más. Noten
ustedes que la carta de los derechos humanos es un acto
declarativo cultural en un intento neomatrístico
que pretende recuperar un modo de vivir en el mutuo respeto
entre iguales. Los derechos humanos no son naturales, son
una obra conspirativa para una convivencia en un proyecto
común neomatrístico que se quiere vivir.
Es por esto que ha resultado tan difícil
vivir de acuerdo a ellos. Para que los derechos humanos
tengan presencia uno tiene que quererlos, si uno no los
quiere, no tienen ninguna presencia. Pero si uno quiere
la coinspiración que ellos representan, uno puede
agregar otros que uno considera que requieren ser reconocidos
en el espacio de convivencia neomatrística que les
da origen. Como dije, yo he agregado dos y mis alumnos han
agregado un tercero.
1. El derecho a equivocarse, el derecho
a cometer errores. Pienso que el derecho a equivocarse
es fundamental, porque si uno no tiene derecho a equivocarse
no tiene cómo corregir los errores porque no tiene
cómo verlos. Los sistemas autoritarios jamás
se equivocan, porque para equivocarse uno tiene que aceptar
que no es autoridad. Tiene que aceptar que no es dueño
de la verdad. Por esto el derecho a equivocarse es un derecho
fundamental.
2. El otro derecho que yo
agregué, es el derecho a cambiar de opinión.
Vivimos un mundo que nos exige ser iguales siempre. Ejemplo:
a veces a uno lo acusan: «usted hace 20 años
dijo tal cosa, ahora está diciendo algo distinto».
Ciertamente dije cosas distintas hace 20 años, algunas
de las cuales me alegra haberlas dicho, y otras no. La verdad
es que hay ciertas cosas que yo quisiera no haber dicho
jamás en mi vida, pero el haberme dado cuenta de
que fueron indeseables me permite cambiar de opinión.
Pero si el otro no me deja cambiar de opinión, ¿cómo
suelto la verdad y acepto mi error? y tengo que soltar una
verdad para tener otra. En fin, para moverme en un espacio
de respeto al otro necesito no ser dueño de la verdad,
y para no ser dueño de la verdad necesito poder cambiar
de perspectiva, es decir, necesito poder cambiar de opinión.
3. El tercer derecho, agregado
por mis alumnos, es el derecho a irse.
Claro, la convivencia no debe ser una cárcel.
Para terminar quiero volver al principio,
quiero volver a la mirada que permite verse parte de un
sistema de seres que se respetan mutuamente. Pero para respetarse
mutuamente, hay que haber vivido en el respeto mutuo. Ese
es el comienzo de nuestra historia: una convivencia en el
mutuo respeto que añoramos tanto que en algún
momento hemos querido recuperar en un acto conspirativo
internacional, la declaración de los derechos humanos,
veamos si podemos vivir de acuerdo a nuestros deseos.
(1)Texto perteneciente al libro Transformación
en la convivencia, Ediciones Dolmen, 1999.
(*) Biografía escrita por el científico al
momento de recibir el Premio Nacional de Ciencias en 1995:
Comencé mi vida científica como estudiante
de medicina (1948) en la Escuela de Medicina de la Universidad
de Chile bajo la guía del Profesor Gabriel Gasiç.
Más tarde la continué en Inglaterra (1954)
del profesor J. Z. Young. Durante éste período
y en relación con éstos profesores, aprendí
a considerar a los seres vivos no como conglomerados de
propiedades o componentes con importancia funcional, sino
como entes dinámicos autónomos en continua
transformación en coherencia con sus circunstancias
de vida.
En 1956 fui aceptado en la Universidad de Harvard como candidato
al Ph. D. en biología. Yo estaba interesado principalmente
en la neuroanatomía y la fisiología de la
visión, pero mi interés biológico general
era la comprensión del modo de operar sistémico
del sistema nervioso y la organización sistémica
de los seres vivos. Obtuve mi doctorado (ph.D.) en 1958
con una tesis que fue un estudio de la ultra estructura
del nervio óptico de la rana (Rana pipiens). Mi interés
en el tema de la percepción me llevó a relacionarme
con el Dr. Jerome del Instituto Tecnológico de Massachusetts,
y a aceptar eventualmente una posición postdoctoral
en su laboratorio. De allí adelante colaboramos por
varios años. Los frutos de esta colaboración
fueron publicados en varios artículos sobre anatomía
y fisiología de la visión de la rana, artículos
considerados ya como clásicos. Yo pienso que esos
trabajos han tenido una gran influencia en la historia de
la fisiología de la percepción porque rompieron
con la visión tradicional existente que trataba al
sistema nervioso como un analizador pasivo de las dimensiones
físicas del estímulo. En esos trabajos mostramos
que en la visión de la rana, y ya a nivel de la retina
misma, el sistema nervios especifica con su estructura lo
que el animal ve. En ese entonces nosotros decíamos
que la retina abstraía de manera selectiva distintas
configuraciones del estímulo visual. Sólo
más tarde me di cuenta de que lo visto era de hecho
especificado por el operar de la retina, y que no era simplemente
una abstracción de las coherencias del mundo visible.
Más aún, mostramos que es el vivir del animal
lo que determina como y que ve éste.
Regresé a Chile en 1960 como Ayudante Segundo en
la Cátedra de Biología de la Escuela de Medicina
de la Universidad de Chile. Siguiendo mi interés
en los fenómenos perceptuales y en la organización
de los seres vivos, inicié dos caminos de investigación,
uno en una serie de estudios anatómico y fisiológicos
del sistema visual de las aves, y otro en el intento de
caracterizar la organización de los seres vivos como
sistemas autónomos.
En el ámbito de la percepción visual estudié
la visión de colores de la paloma, tratando de identificar
a nivel retinal y talámico los procesos neurofisiológicos
que dan origen en estos animales a sus distinciones cromáticas.
A través de este estudio llegué a lo que considero
las ideas centrales de mi entendimiento del sistema nervioso:
a)Que el sistema nervioso no opera captando características
del mundo externo, y que por lo tanto no opera haciendo
una representación de dicho mundo externo
b)Que los estímulos que un observador ve como externos
gatillan pero no especifican los cambios que ocurren en
el sistema nervioso como resultado del fluir de las interacciones
del organismo con el medio
c)Que el sistema nervioso como red neuronal cerrada sobre
si misma, opera como una red cerrada de cambios de relaciones
de actividad neuronal
d)Que en tanto algunos de los componentes neuronales del
sistema nervioso se intersectan con las superficies sensoras
y efectoras del organismo, éste en su operar como
red cerrada de cambios de relaciones de actividad en sus
elementos neuronales, da origen a correlaciones senso efectoras
en el organismo
e)Que la conducta del organismo surge en sus encuentros
con el medio según el fluir de las correlaciones
senso efectoras que el operar del sistema nervioso genera
en él
f)Que la congruencia operacional de un organismo con su
circunstancia, es el resultado de los cambios estructurales
coherentes entre organismo y medio que han surgido de la
historia evolutiva a que éste pertenece, y que surgen
en su devenir ontogénico.
Fue entre los años 1968 y 1970 que publiqué
por primera vez estos trabajos e ideas en tres artículos
llamados, "A relativistic Theory of Color Coding in
the Primate Retina", "Neurophysiology of Cognition",
and "Biology of Cognition". Desde entonces he
continuado trabajando sistemáticamente con las consecuencias
de ésta ideas en los ámbitos de la neurobiología,
el conocimiento, el lenguaje, y la evolución biológica.
La noción de que el sistema nervioso opera como una
red cerrada de cambios de relaciones de actividad neuronal
ha resultado poderosa para la comprensión de los
fenómenos cognoscitivos. En 1970 entrelacé
la visión del operar del sistema nervioso como sistema
cerrado de cambios de relaciones de actividad, con la visión
del ser vivo como sistema cerrado de producciones moleculares,
en el desarrollo del entendimiento de los seres vivos en
su organización como redes cerradas de producciones
moleculares abiertas al flujo material y energético.
Así invente la palabra "autopoiesis" para
capturar el hecho de que los seres vivos son sistemas autónomos
como redes discretas de producciones moleculares en las
que las moléculas producidas con sus interacciones
constituyen la misma red que las produjo y especifican su
extensión en un ámbito de continuo flujo molecular.
En un libro que escribí con mi antiguo alumno Francisco
Varela, y que llamamos "de Máquinas y Seres
Vivos" mostramos que todos los fenómenos biológicos
resultan directa o indirectamente del operar de los seres
vivos como sistemas autopoiéticos moleculares. La
teoría de la autopoiésis junto con el entendimiento
de que el sistema nervioso no opera con representaciones
del medio, ha tenido muchas consecuencias en el ámbito
de la biología, teoría del conocimiento, y
ciencias sociales.
Lo que ha ocurrido en el ámbito de la neurobiología
en estos últimos veinte años muestran en mi
opinión, aunque de manera circunstancial, que mi
visión del operar del sistema nervioso es adecuada.
En efecto, cada vez más se hace evidente que la idea
de que el sistema nervioso opera con representaciones del
medio de existencia del organismo es inadecuada para entender
fenómenos como el lenguaje, la consciencia, la imaginación,
o el sentido espiritual de la vida humana. Es por esto que
el tema de la neurobiología de la visión como
un camino de investigación de la generación
de los espacios de existencia de los seres vivos sigue vigente,
y se mantiene como un tema central en mi laboratorio.
Desde 1970 he trabajado en el desarrollo de lo que he llamado
"biología del conocimiento" así
como en las implicaciones de la teoría de la autopoiesis
en distintos ámbitos de la fenomenología biológica,
en particular en el antropológico social, en el origen
de lo humano, y la evolución biológica. Estos
distintos temas están entrelazados tanto desde lo
que se refiere a la organización del ser vivo y su
operar como sistemas determinados en su estructura, como
desde lo que se refiere al entendimiento del operar del
sistema nervioso como una red neuronal cerrada. Lo central
en el desarrollo de mi pensar ha sido el hacerme cargo de
que los seres vivos existimos en dos dominios operacionales,
uno el de la dinámica estructural interna, que es
donde se realiza la autopoiésis, y el otro es el
de la dinámica relacional que es donde existimos
propiamente como seres vivos en la realización de
nuestro vivir como las distintas clases de seres vivos que
somos.
La distinción de estos dos dominios de existencia
de los seres vivos es central para no confundirlos en la
explicación. Así, por ejemplo, no es posible
entender el fenómeno del lenguaje si uno no se hace
cargo de que éste existe o tiene lugar como una dinámica
relacional y no como una dinámica neurofisiológica
aunque resulte de una dinámica neurofisiológica.
Lo mismo pasa con los fenómenos de autoconsciencia.
Otro aspecto del desarrollo de mi pensar y explicar, tiene
que ver con el hacerse cargo de que los seres vivos somos
sistemas determinados en nuestra estructura, y que por lo
tanto, es central entender y explicar los fenómenos
humanos en todas sus dimensiones sin violar conceptualmente
tal condición. En este sentido me he dado cuenta
de que para de hecho comprender y explicar los fenómenos
biológicos en su carácter histórico,
es fundamental hacerse cargo de la condición de congruencia
estructural del ser vivo con su circunstancia su como condición
primaria de existencia. El reconocimiento conceptual y operacional
de ésta condición, que yo llamo "acoplamiento
estructural", permite comprender el curso del cambio
estructural philogénico y ontogénico bajo
condiciones en las que se conservan el vivir y la adaptación.
Más aún, tal comprensión permite explicar
las distintas dimensiones del vivir humano en espacios de
existencia que surgen en la convivencia en el lenguaje como
si fuesen de carácter abstracto pero que ocurren
en la concretitud del vivir cotidiano. Mi trabajo en éste
campo me ha llevado a varias publicaciones, de las cuales
la más reciente es un pequeño libro que se
llama, "Objetividad: un argumento para obligar"
(Dolmen Editores, 1997).
En el presente me encuentro trabajando en entender el acoplamiento
de la dinámica cerrada del sistema nervioso con el
operar del organismo que hace a ese operar cerrado un operar
recursivo generador de los distintos espacios de relaciones
en que un organismo vive. Esto es particularmente necesario
para comprender la existencia humana en los distintos dominios
de realidad en que tiene lugar, y como vivimos en realidades
virtuales que dejan de serlo para ser el fundamento de nuestro
devenir. Por último, es desde esta dirección
que me interesa el origen de lo humano, el lenguaje y las
emociones.
El último desarrollo conceptual que he hecho, tiene
que ver con lo que llamo "biología del amor"
, cosa que aún se trata como tema tabú en
el ámbito de las ciencias biológicas, pero
que yo quiero sacar de allí. Las emociones ocurren
en el espacio relacional del organismo como clases de conductas
relacionales. Desde el punto de vista orgánico las
emociones corresponden a dinámicas internas neurofisiológicas
que especifican en cada instante como se mueve el organismo
en el espacio relacional. Las emociones, por lo tanto especifican
el curso de las relaciones del organismo en el medio, y
de hecho constituyen un factor guía en el devenir
ontogénico y filogénico a la base de la historia
evolutiva de los seres vivos.