|
- Ir a Sobre
lo espiritual en el arte. Parte I -
- Ir a Sobre
lo espiritual en el arte. Parte II -
- Ir a Sobre
lo espiritual en el arte. Parte III -
Capítulo V. El idioma de las formas y los colores (continuación)
La necesidad interior es gestada y determinada
por tres necesidades místicas:
1. El artista, en tanto creador, expresará
lo que le es específico (elemento de la personalidad).
2. El artista, en tanto hijo de su época, expresará
lo que es específico de ella (elementos del estilo, como valor
interno, constituido por el lenguaje de la época, más el lenguaje
del país, en tanto que éste sea idiosincrático).
3. El artista, en tanto amanuense del arte,
expresará lo que es específico del arte en general (elemento
de lo genuina y sempiternamente artístico, que sobrevive en
todos los hombres, tiempos y tierras, se pone de manifiesto
en las obras de arte de cada artista de cualquier nación y
cualquier época y, como esencia del arte, se sustrae al tiempo
y al espacio). Solamente con penetrar con los ojos del espíritu
a los dos primeros elementos, el tercero se evidencia. Es
allí cuando comprendemos que una columna rudimentariamente
labrada de un templo indio fue originada por un espíritu idéntico
al de cualquier obra moderna.
Se ha disertado, y el debate aún continúa, sobre
el factor de la personalidad en el arte, y cada vez más se
discute sobre el estilo del futuro. Observadas desde una perspectiva
secular o milenaria estos asuntos, aunque sean hoy importantes,
pierden urgencia y relevancia.
Solamente el tercer elemento, lo genuina y sempiternamente
artístico, tiene vida infinita. No merma sino que crece su
fuerza con el correr del tiempo. Una escultura egipcia seguramente
nos emociona más a nosotros que a sus contemporáneos: los
atributos vivos de la personalidad y del período, a un tiempo
disminuían su fuerza y tejían relaciones estrechas con los
espectadores de entonces. Por otro lado, cuanto mayor sea
la participación de los dos primeros elementos en la obra
de arte actual, más fácilmente penetrará el alma de sus coetáneos;
y cuanto mayor sea la intervención del tercer elemento, más
se debilitarán los otros dos, y difícilmente se llegará a
ella. Es por esta razón que incluso son necesarios siglos
para que el valor del tercer elemento sea apreciado.
La preponderancia del tercer elemento en una obra de arte
es una señal de su grandeza y de la de su creador.
Los tres elementos místicos indicados, imprescindibles
para toda obra de arte, se entretejen, expresando la unidad
de la obra, en cualquier época. No obstante, los dos primeros
elementos, por estar sujetos a condiciones temporales y espaciales
cuando el elemento genuina y sempiternamente artístico está
exento del tiempo y del espacio, van construyendo una coraza
indestructible. La evolución del arte consiste precisamente
en un proceso de diferenciación de lo genuina sempiternamente
artístico de elementos que no solamente constituyen cuestiones
secundarios sino también de atadura.
En cada época, el estilo personal y temporal
produce formas materiales que, a pesar de sus artificiosas
diferencias, están conectadas orgánicamente de tal modo que
pueden ser consideradas como una forma única: el sonido interior
es igual en todas ellas.
Los elementos personales y temporales son subjetivos.
Todos los tiempos han querido expresar y representar su existencia
en forma artística. El artista también quiere expresarse y
utiliza para ello formas que le sean análogas espiritualmente.
Paulatinamente se va construyendo el estilo
de una época, esto es, una cierta forma subjetiva y exterior.
En cambio, lo genuina y sempiternamente artístico es el elemento
objetivo oculto que se expresa gracias al elemento subjetivo.
El deseo fatal de expresión de lo objetivo es
la fuerza que denominamos necesidad interior, que hoy pide
una forma general y mañana pedirá una forma diferente. Este
deseo expresivo es el motor obstinado e inagotable que propulsa
hacia delante todo el tiempo. El espíritu progresa, y las
premisas internas de la armonía que hoy rigen, serán mañana
algo externo que sobrevive sólo por la necesidad que se ha
externalizado. Así vemos claramente que la energía
espiritual interior del arte utiliza la forma actual únicamente
como un paso para alcanzar otra etapa.
En síntesis: el fruto de la necesidad interior,
y la consecuentemente evolución artística, son una expresión
gradual delo eterno-objetivo en lo temporal-subjetivo.
Las formas admitidas hoy son ejemplo de una
conquista de la necesidad interior de ayer que se ha instalado
en una etapa de liberación. La libertad actual fue producto
de una lucha, y al igual que otras veces, hay quienes la consideran
"la última palabra". Uno de los principios de esta libertad
restringida es que le artista puede utilizar cualquier medio
expresivo, siempre que se mantenga en el orden de las formas
tomadas de la naturaleza. Pero este principio, al igual que
todos los precedentes, es sólo temporal: es la expresión exterior
presente y la necesidad externa actual. Pero, desde lo concerniente
a la necesidad interior, no pueden existir límites, por lo
cual el artista debe ubicarse en la base interior vigente,
carente de límites externos; en otras palabras, el artista
puede echar mano de cualquier forma para expresarse.
Vemos de esta manera -y esto es primordial para
todos los tiempos, particularmente para el nuestro- que lo
personal, el estilo (e incluso lo nacional) no se adquiere
voluntariamente y, por lo tanto, no tiene la importancia que
hoy se le imprime. Se hace evidente que el parentesco general
de las obras, que se afianza y no se empobrece con el tiempo,
no se encuentra en la forma, en lo externo, sino en el origen
de los orígenes, en el contenido místico del arte.
La subordinación a una escuela, el propósito
de una línea general, el deber de una obra a principios
y a medios expresivos, específicos de una época, orientan
hacia caminos equivocados y, naturalmente, dan por resultado
confusión, oscuridad y mudez. El artista debe estar ciego
ante las formas aceptadas o rechazadas, sordo
ante las lecciones y fines de su tiempo.
Atentamente sus ojos deben volcarse hacia la
vida interior y sus oídos estar prestos a la necesidad interior.
De esta manera, sencillamente utilizará tanto los medios autorizados
como los prohibidos.
Ésta es la única fórmula para expresar la necesidad
mística. Todos los medios son sacros, si son necesarios interiormente,
y todos son profanos, si no surgen de la fuente de la necesidad
interior.
Por otro lado, a pesar de que se realicen análisis
infinitos sobre esta cuestión, aún la teoría es prematura.
En el arte la teoría no avanza trayendo detrás de sí a la
praxis, sino que acontece lo inverso. En el arte se trata
fundamentalmente de intuir, sobre todo en los comienzos. Aunque
la teoría pura pueda participar en la construcción general,
lo que conforma la esencia auténtica de la creación no se
produce ni se halla por intermedio de la teoría; es la intuición
la que gesta la creación. El arte influye en la sensibilidad
y, por ende, sólo puede producirse gracias a ella. Nunca se
conseguirán resultados artísticos, con el cálculo matemático
y la especulación deductiva, aunque se funden en medidas indiscutibles
y pesos exactos. No es posible proponer matemáticamente ni
hallar las medidas y los pesos del arte [1] .
La medida y el equilibrio no deben buscarse
fuera sino dentro del artista, forman lo que puede denominarse
su percepción de límites, su tacto artístico -atributos innatos
del artista que se alimenta hasta llegar a una revelación
extraordinaria gracias a su entusiasmo. En esta línea podemos
entender el posible bajo continuo en la pintura, anunciado
por Goethe. Por ahora, sólo presentimos una gramática pictórica
de esta índole; cuando se ejecute estará fundada principalmente,
no en leyes físicas (como se intentó y se sigue intentando
con el cubismo), sino en la ley de necesidad interior, que
puede ser calificada como anímica.
Vemos como en el trasfondo de cada problema
menos, y en el del problema mayor de la pintura, se encuentra
una y otra vez el factor interior. La senda que transitamos
actualmente, y que es la mayor dicha de nuestro tiempo, es
la de renuncia a lo externo [2]
para asumir su opuesto: la necesidad interior.
El espíritu, al igual que el cuerpo, se desarrolla y robustece
con el ejercicio. El cuerpo abandonado se debilita y se hace
impotente; lo mismo ocurre con el espíritu. La intuición innata
del artista es un talento evangélico que no debe enterrar.
El artista que no aprovecha sus atributos es como un esclavo
haragán.
Es, por ende, preciso y nunca perjudicial que
el artista conozca el punto de partida de estos ejercicios,
que consiste en la exaltación del valor interior de su material
con una balanza objetiva; esto es, en nuestro caso, el análisis
del color, que deberá influir sobre diversas personas.
No se necesita, para ello, sumergirse en hondos
y complejos matices del color, sino simplemente alcanzar una
definición lógica de los colores simples.
Tomemos primero los colores aislados y permitámosles
influir sobre nosotros según un esquema simple y planteando
la cuestión de la manera más sencilla posible.
Los aspectos fundamentales que atraen nuestra
atención son dos:
- El calor o el frío del color.
- La luminosidad u oscuridad del color.
De esta manera, cada color tiene cuatro tonos
clave: caliente claro, caliente oscuro, frío claro y frío
oscuro.
El calor o el frío de un color está predeterminado,
generalmente, por su inclinación hacia el amarillo o el azul.
La diferenciación se realiza en un mismo plano; el color
posee un tono básico, pero con un mayor o menor acento inmaterial
o material. Estamos frente a un movimiento horizontal que
se aproxima al espectador cuando el color es cálido y se distancia
del él cuando el color es frío.
Los colores que ocasionan el movimiento horizontal
de otro color, están determinados también por ese movimiento,
y poseen otro simultáneo que los individualiza por su efecto
interior. Se establece de esta manera la primera gran antinomia,
de acuerdo con el valor interior. La orientación de un color
hacia el frío o el calor, tiene una importancia interior primordial.
La otra antinomia importante se funda en la
oposición entre el blanco y el negro, los colores que instauran
la otra dupla de tonos clave: la tendencia hacia la luminosidad
o a la oscuridad. Aquí también acontece un fenómeno de proximidad
o distancia respecto del espectador, pero ya no dinámica sino
estáticamente (ver gráfico I).
Gráfico
I
Primera dupla de antinomias I
De la característica interior como efecto en el
ánimo
 |
El segundo movimiento del amarillo y el azul,
dentro de la primera antinomia, es centrífugo o centrípeto [3] .
Si trazamos círculos idénticos y coloreamos uno con amarillo
y otro con azul, percibiremos que el amarillo irradia energía,
toma un movimiento desde el centro que lo aproxima ostensiblemente
al espectador. El azul, en cambio, produce un movimiento centrípeto
(como un caracol que se introduce en su caparazón) que lo
distancia del espectador. El primer círculo impacta sobre
la vista, el segundo la atrae.
 |
El efecto
señalado se intensifica al introducir la diferencia entre
claro y oscuro: el efecto del amarillo se incrementa al iluminarse(esto
es, agregándole blanco) y el efecto del azul recrudece al
oscurecerlo (mezclándolo con negro). Esto es más evidente
si tenemos en cuenta que el amarillo se inclina tanto a la
luminosidad (al blanco)que casi no existe un amarillo oscuro.
Hay, entonces, un hondo parentesco físico entre el amarillo
y el blanco, de la misma manera que entre el azul y el negro,
tanto que un azul marino puede ser tan profundo que no se
distinga con el negro. Además del parentesco físico, existe
un parentesco moral, que delimita estrictamente a las dos
duplas de colores (amarillo y blanco, por un lado; azul y
negro por el otro) mientras que liga estrechamente a los miembros
de la dupla ( más adelante haremos referencia a la relación
entre el blanco y el negro).
Si queremos
enfriar el amarillo (cálido por excelencia), aparece
un tono verdoso y el color pierde dinamismo, tanto el movimiento
horizontal como el centrífugo al tiempo que toma calidad
de enfermizo y ensimismado, como una persona llena de entusiasmo
y fuerza que se viera reprimida por circunstancias externas.
El azul detiene al amarillo con su movimiento opuesto. Si
agregamos más azul, los movimientos antinómicos se contrarrestan,
dando como resultado la calma, y la inmovilidad del verde.
Esto
mismo ocurre con el blanco mixturado con negro: el color pierde
su consistencia y aparece el gris, que se parece al verde
respecto de su valor moral.
En el
verde, en cambio, acechan el amarillo y el azul como potencias
latentes que pueden renacer. El verde posee una vitalidad
que esta absolutamente ausente en el gris, porque el gris
se compone de colores que no tienen fuerza activa (movimiento),
sino que poseen una resistencia estática o, mejor, un estatismo
carente de toda resistencia (cual un muro tan alto que se
pierde en el infinito, o como un pozo sin forma).
Los
colores que componen al verde son activos y móviles, por lo
que se puede establecer teóricamente, según el tipo de movimiento,
qué efectos espirituales causa. Experimentalmente, permitiendo
al color actual sobre nuestros sentidos, tendremos el mismo
resultado. De esta manera, el primer movimiento del amarillo,
un empuje hacia es espectador, que puede incrementarse hasta
la agresividad, y el segundo, que se extralimita y emana energía
a su alrededor, pueden compararse con los atributos de una
fuerza física que se vuelca inconscientemente sobre un objeto
y se vierte hacia todos los costados. Observado directamente,
en cualquier forma geométrica, el amarillo intranquiliza al
espectador, lo estorba y lo estimula, muestra un matiz de
violencia en su expresión, que influye obstinada y vergonzosamente
sobre su sensibilidad [4] .
 |
La particularidad del amarillo, de inclinarse siempre hacia
los tonos más claros, pueden incrementarse hasta llegar a
un grado de fuerza y estridencia intolerables para el ojo
y el espíritu. Un amarillo intensificado de tal forma suena
como una trompeta ejecutada con toda la energía, o como un
tono de clarín [5] . El
amarillo es un color típicamente terrenal, sin gran profundidad.
Enfriado con azul, adquiere, como dijimos, un tono enfermizo.
Comparando con el estado anímico de un hombre, podría corresponder
a la expresión cromática de la locura; no de la nostalgia
o de la hipocondría sino de la locura furiosa, la ira ciega,
el delirio. El loco ataca a los otros, destruye todo y descarga
sus fuerzas físicas por todos lados, gastándolas sin objeto
y sin límites, hasta acabar con ellas. Sería comparable también
al desgaste salvaje de las últimas fuerzas del estío en la
hojarasca otoñal, que carece del tranquilizador azul perdido
del cielo. Surgen colores de una fuerza irrefrenable, carentes
de la capacidad profundizadora que hallamos en el azul, teóricamente
en el movimiento físico (que lo distancia del espectador y
lo concentra en sí mismo), y también en su influencia directa
sobre el alma (bajo cualquier figura geométrica). La inclinación
del azul a la profundidad ocasiona que justamente en los tonos
oscuros adquiera su extrema intensidad y fuerza interior.
Cuanto más profundo es el azul, mayor es su capacidad de atracción
sobre el hombre; es un llamado infinito que gesta en el hombre
el deseo de espiritualidad y pureza. El azul es el color del
cielo, azul lo imaginamos al oír esa palabra.
Azul
es el color tradicionalmente celeste [6] , que
al profundizarse produce un elemento del calma
[7] , y que al mezclarse con el negro adquiere
un tono de tristeza inhumana [8] , se sumerge en una gravedad que no
tiene término ni podrá tenerlo. Al inclinarse hacia la luminosidad,
poco propicia para él, se torna indiferente como el cielo
claro y lejano. Cuanto más claro es, se torna más sordo, hasta
quedar convertido en una quietud insonora y blanca. Representado
musicalmente, el azul claro se corresponde con un flauta,
el oscuro con un violoncello y el más oscuro, con los tonos
fantásticos del contrabajo; el sonido del azul se corresponde
con el de un órgano profunda y solemnemente.
El amarillo
se torna tan agudo con facilidad y es incapaz de descender
a una gran profundidad. El azul difícilmente se hará agudo
y será incapaz de ascender a una gran altura.
El equilibrio
perfecto, al unir tan significativamente opuestos, se encuentra
en el verde. Los movimientos horizontales se contrarrestan
recíprocamente, y lo propio ocurre con los movimientos centrífugo
y centrípeto. Emerge la calma. Es el resultado lógico que
se deduce naturalmente. La influencia directa sobre la vista,
y por ella sobre el espíritu, es idéntica, suceso estudiado
no sólo por médicos sino especialmente por oftalmólogos. El
verde absoluto es el color más calmo que existe: no tiene
dinamismos, ni matices de alegría, dolor o pasión; nada exige,
no exhorta a nadie. La falta permanente de movimiento es un
atributo beneficioso para los hombres y los espíritus fatigados,
pero luego de un tiempo puede tornarse aburrida. Los cuadros
pintados sólo en tonalidades verdes confirman esto.
De la
misma manera en que un cuadro pintado en armonía amarilla
segrega calor espiritual, y otro en tonos azules parece emitir
frío (esto es, producen efectos activos, ya que el hombre,
como porción del universo, está creado para el movimiento
permanente y quizá perpetuo), el verde resuma aburrimiento
(su efecto es pasivo). La pasividad es, por lo tanto, el atributo
más característico del verde absoluto, junto con una suerte
de hastío y autosatisfacción. El verde absoluto es en la escala
de colores lo que en la sociedad la burguesía: un elemento
estático, conforme y limitado en todas las cuestiones. El
verde es como una vaca sana, pingüe y quieta, que rumiando
observa con ojos soñolientos y atontados el universo [9] . El verde es el color del estío, cuando
la naturaleza ha vencido la rebelión adolescente de la primavera
y se hunde en la tranquilidad satisfecha (ver gráfico II).
Gráfico
II
Primera dupla de antinomias II
De la característica interior como efecto en el
ánimo
 |
Si el verde absoluto se desequilibra, elevándose hacia el
amarillo, se revitaliza, adquiere juventud y alegría; al mezclar
amarillo comienza a actuar una fuerza activa. Si desciende
en profundidad hacia el azul, tomo otro matiz. Se torna grave
y reconcentrado. También aquí comienza a actuar una fuerza
diferente, de un carácter totalmente distinto. Entre la luminosidad
y la oscuridad, el verde conserva su esencia original indiferente
y calma, poniendo de relieve el primer atributo en la luminosidad
y en la oscuridad, el segundo.
En la
música podríamos asociar al verde absoluto con los tonos calmos,
alargados y semiprofundos del violín.
 |
Ya definimos al blanco y al negro en líneas generales. En
una definición más detallada, el blanco, considerado a veces
un no color (principalmente por la acción de los impresionistas,
que no encuentran el blanco en la naturaleza [10] ), es el emblema de un mundo en el
que se ha extinguido el color como atributo sustancial. Ese
mundo está tan distante de nosotros que no nos llega ninguno
de sus sonidos, sólo recibimos de él un gran silencio, que
representado materialmente sería como un muro frío e infranqueable,
infinito e indeleble. Es por esto que el blanco influye sobre
el espíritu como un silencio inmenso. Suena interiormente
como un no sonido, comparable a las pausas musicales
que sólo interrumpen temporalmente el desarrollo de una frase
o un contenido, sin concluir el proceso definitivamente. No
es un silencio inerte sino, en cambio, cargado de potencialidades,
suena como un silencio que súbitamente puede llegar a ser
comprendido.
Es la nada primitiva, la nada previa al inicio,
al alumbramiento. Tal vez sea el sonido de la tierra en los
tiempos blancos de la era glacial.
El sonido interno del negro es, en oposición,
la nada sin oportunidades, la nada inerte luego de apagarse
el sol, un silencio eterno sin porvenir y sin expectativas.
En música, sería una pausa definitiva, luego de la cual comienza
otro universo, ya que el que se cierra está culminado y ejecutado
siempre: el círculo está cerrado. El negro está muerto como
una hoguera quemada; es algo inerte como un cadáver, indolente
y frío. Es como el cenit de la vida, el silencio del cuerpo
después de la muerte. Exteriormente es el color más insonoro;
a su lado cualquier otro color suena con energía y certeza,
incluso los de menor resonancia. Contrario a lo que sucede
con el blanco, junto al cual todos los colores pierden fuerza
hasta casi desaparecer, quedando un tono frágil, mitigado [11] .
Por alguna razón, el blanco es el color de
la alegría auténtica y de la pureza inmaculada, mientras que
el negro representa la tristeza más honda y es emblema de
muerte. El equilibrio entre los dos, al mezclarlos, da origen
al gris. Un color así compuesto no tiene, por lo tanto, sonido
externo ni movimiento. El gris es insonoro e inmóvil. Su falta
de movimiento es diferente de la del verde, que se halla entre
dos colores activos y es su resultado. Por esta razón, es
la quietud sin consuelo, cuanto más oscuro es más incide en
él del desánimo y crece la asfixia. Al darle luminosidad,
el color respira obteniendo cierta esperanza oculta. Un gris
de tal carácter deviene de unir ópticamente el verde y el
rojo: mezcla de inmovilidad satisfecha y una fuerza activa
eficaz [12]
.
El rojo, color que se presenta cálido y sin
límite, causa el efecto interior de un color vivo y movedizo,
pero no posee la rapidez abrumadora del amarillo, sino energía
y perseverancia. Es un ardor vibrante, centrado en sí mismo
y poco atrevido, es un símbolo de madurez viril (ver gráfico
III).
Gráfico
III
Segunda dupla de antinomias III
De la característica física como colores
complementarios
 |
En la práctica, este rojo perfecto sufre enormes modificaciones,
derivaciones y diferencias: su forma material es rica y variada...
¡Pensemos en su gran gama: rojo saturno, rojo bermellón, rojo
inglés, barniz de granza, en tonalidades claras y oscuras!
Puede parecer cálido o frío sin perder nunca su tono básico [13] .
 |
El rojo cálido y claro (rojo saturno) se asemeja
al amarillo medio; de hecho, contiene un pigmento amarillento,
y transmite fuerza, energía, empuje, coraje, felicidad, victoria
y otras sensaciones afines. Musicalmente es comparable al
sonido de trompetas acompañadas de tubas; es un sonido poderoso,
constante y perturbador. Su tono medio (el bermellón) añade
tenacidad a sus sensaciones fuertes: es como una pasión obstinada
e inextinguible, una fuerza imbatible y concentrada en sí
misma, que, sin embargo, puede mitigarse con el azul, cual
un hierro incandescente en el agua. Este rojo no admite al
frío, que le arranca su sonido y su significación. O dicho
de otra manera: su enfriamiento repentino y trágico gesta
un tono que los pintores evitan por 'sucio', especialmente
en la actualidad. Lo que implica un error, ya que la 'suciedad',
como toda representación material y ente tangible, posee también
un sonido interno. Por lo tanto, es tan arbitrario y unilateral
el deseo de evitar la suciedad en la pintura contemporánea
como ayer fue el temor al color puro. Debemos tener presente
que todos los medios que provengan de la necesidad interior
son puros. En este caso, la suciedad exterior sería internamente
pura, como la pureza externa suele ser interiormente sucia.
El rojo saturno y el rojo bermellón tienen un carácter similar
al del amarillo, pero su potencia hacia el espectador es menor:
el rojo arde en sí mismo, no posee el rasgo demencial del
amarillo. Tal vez por esto se lo prefiera en lugar de ese
color. La ornamentación rudimentaria y popular lo usa con
frecuencia; también es corriente encontrarlo en los trajes
populares, en los que sobresale como complementario del verde,
principalmente al aire libre. Solos, estos rojos tienen una
condición activa y material, algo inadecuada a las profundidades,
como el amarillo. En un ámbito superior únicamente se posesiona
de un sonido más profundo. Es peligroso oscurecerlo con negro,
porque un negro inerte extingue su fuego y lo minimiza. De
esta forma surge el marrón, color plano y duro, incapaz de
mucho movimiento, y donde la resonancia del rojo es un bullir
apenas distinguible. Pero el marrón emite un inmenso sonido
interno a pesar de su escaso sonido externo. Un uso propicio
puede gestar una belleza incomparable: la demora. Si el rojo
bermellón se asemeja al sonido de una tuba, el marrón se acerca
al sonido de un tambor.
Como todos los colores esencialmente fríos,
como por ejemplo el barniz de granza, un rojo puede enriquecerse
en profundidad (especialmente con barniz). Su condición cambia
entonces considerablemente: la sensación de fuego puede crecer
mientras va desvaneciéndose el elemento activo. Pero este
elemento no llega extinguirse completamente, como ocurre en
el verde oscuro, sino que aguarda oculto, como quien se marcha
pero continúa acechando y puede dar un salto violento. Aquí
se funda precisamente el gran contraste entre el rojo y el
azul profundo: el rojo mantiene algo corporal aun en este
tono, como los apasionados tonos medios y bajos del violoncello.
El rojo frío claro posee un carácter corpóreo mayor, como
la estridencia de la alegría juvenil, como una mujer joven,
pura y fresca. Musicalmente esta sensación puede expresarse
con los tonos altos, claros y vibrantes del violín [14]
. Las muchachas jóvenes tienen una gran inclinación
por este color, que únicamente se intensifica si se mezcla
con blanco.
 |
El rojo cálido, reforzado con un amarillo acorde,
da por resultado el naranja. Gracias a esta unión, el movimiento
interior del rojo se transforma en un movimiento de emanación
que lo difunde a su alrededor. El rojo, que conserva una fuerza
relevante en el naranja, retiene en él un matiz de gravedad.
Como una persona tan conveniencia de sus fuerzas que parece
saludable. Su sonido es comparable a la campana de una iglesia
llamando al Angelus, o al de un poderoso barítono, o al de
una viola tocando un largo.
De la misma manera que el naranja surge cuando
el rojo se aproxima al espectador, el violeta nace al distanciarse
el rojo por acción del azul. El violeta tiende a tomar distancia
del espectador. El rojo que está debajo debe ser frío, sino
no habría manera de unirlo con el frío azul; lo mismo ocurre
en el terreno espiritual.
El violeta es, entonces, un rojo enfriado, tanto
física como psíquicamente, por eso parece enfermizo, apagado
(como la escoria) y melancólico. Es razonable que sea considerado
propicio para vestidos de ancianas. Los chinos lo usan como
color de luto. Musicalmente recuerda al sonido de la corneta
inglesa o de la gaita, y cuando es hondo, a los tonos bajos
de los instrumentos de madera (el fagot, por ejemplo) [15] .
Los dos últimos colores analizados, productos
de la unión del rojo con amarillo o con azul, tienen un equilibrio
inestable. Cuando los mezclamos observamos su tendencia a
perder el equilibrio. Recuerda al equilibrista que debe tomar
precauciones a cada paso, balanceándose a cada lado. ¿Dónde
comienza el naranja y dónde acaban el amarillo y el rojo?
¿Dónde está la frontera del violeta? ¿Cuál es el punto que
lo distingue exactamente del rojo y del azul? [16] El
violeta y el naranja componen la cuarta y última antinomia
en el ámbito de los colores simples y primigenios; desde un
punto de vista físico, son complementarios como los de la
tercera antinomia -rojo y verde- (ver gráfico IV).
Gráfico
IV
Segunda dupla de antinomias IV
De la característica física como colores
complementarios
 |
Los seis colores que en duplas componen las
tres grandes antinomias conforman un círculo inmenso, como
una serpiente que se muerde la cola (emblema del infinito
y la eternidad). A su izquierda y a su derecha se gestan dos
grandes posibilidades de silencio: la muerte y el alumbramiento
(ver gráfico V)
Gráfico
V
Las antinomias como un anillo entre dos extremos
= la vida de los colores simples entre el alumbramiento
y la muerte

(Los números romanos indican las duplas de antinomias) |
Evidentemente, las caracterizaciones que realizamos sobre
los colores simples son aproximadas y provisorias, al igual
que las sensaciones que utilizamos para expresarlas (felicidad,
melancolía y otros). Estas sensaciones son solamente ciertos
estados anímicos. Pero los tonos de los colores, como los
musicales, están fuertemente matizados, engendran vibraciones
anímicas mucho más sutiles que las que se pueden manifestar
con palabras. Todos los tonos consiguen ser expresados en
palabras, pero queda siempre un resto inexpresable, que no
es algo superfluo sino precisamente lo esencial. Por esto
las palabras nunca dejarán de ser simples indicadores, rótulos
externos de los colores. La potencialidad del arte monumental
reside en la imposibilidad actual de reemplazar la esencia
del color por una palabra u otro medio expresivo. En él se
concentra una de las múltiples y variadas combinaciones asequibles,
fundadas en lo que hemos estado analizando. En el arte monumental,
un mismo sonido interno puede expresarse por diversas arte
en el mimo momento; cada una de ellas, además de participar
en el efecto general, ofrecerá un efecto propio, enriqueciendo
y robusteciendo el sonido interior general. O puede estar
en primer plano la contradicción entre artes diferentes, sobre
un fondo de otros contrastes. Muchas veces se ha dicho que
la posibilidad de reemplazar un arte por otro (por la palabra,
la literatura, por ejemplo) desmiente la necesidad de diversas
artes. Pero no es cierto, ya que, como se ha dicho, no se
puede repetir un mismo sonido por medio de artes diferentes.
Ya aun cuando fuera posible, esa repetición presentaría otro
color, por lo menos exteriormente. Y aunque esto tampoco sucediera,
es decir, que la repetición de un mismo sonido por medio de
artes diferentes diera por resultado realmente el mismo efecto
(interior y exteriormente) con extremada precisión, esa repetición
contendría en sí misma un valor. La reiteración de sonidos
iguales y su acumulación intensifican la atmósfera espiritual
necesaria para la gestación de determinados sentimientos (aun
los más sutiles), igual que ciertos frutos necesitan para
su maduración, la atmósfera densa del invernadero.
El ser humano ofrece un ejemplo similar: la
reiteración de determinados actos, pensamientos o sensaciones
termina impresionándolo con más profundidad, aun cuando no
pueda interpretar concienzudamente el significado de muchas
acciones, de la misma manera que las primeras gotas de lluvia
no atraviesan una tela gruesa.
 |
Pero la atmósfera espiritual no está formada únicamente por
lo que muestra este ejemplo gráfico. Espiritualmente es como
el aire: puede estar limpio o cargado de elementos variados.
No sólo son elementos de esta atmósfera espiritual las acciones
observables y los pensamientos expresados, sino también las
acciones ocultas que los otros desconocen, los pensamientos
desorganizados y los sentimientos sin expresar (esto es, toda
la vida interior de un ser humano). Suicidios, asesinatos,
violencia, ideas impropias e indignas, odio, enemistad, egoísmo,
envidia, patriotismo, partidismo, son algunos elementos
espirituales, entidades del espíritu que conforman esa atmósfera [17] . Por otro lado, la
voluntad de sacrificio y solidaridad, los pensamientos puros
y sublimes, el amor, la caridad, la generosidad, la justicia,
el sentimiento humanitario, son también entidades espirituales
que iluminan a aquellos sentimientos como el sol extermina
a los microbios, dejando limpia la atmósfera [18] .
Otra
repetición (más compleja) sería aquella en que intervienen
diversos elementos en diferente medida. En nuestro caso, serían
las diversas artes en el arte monumental, donde su sumarían
y realizarían. Este tipo de reiteración es más eficaz todavía,
ya que las diversas personalidades humanas responden de formas
diferentes a cada medio del arte: sobre unas influye la música
(que influye en todos, casi sin excepción), sobre otras, la
pintura y sobre las demás la literatura. Debemos añadir que
las energías latentes en cada una de las artes son diferentes
en realidad, de manera tal que recrudecen su efecto en la
misma persona, a pesar de que actúan separada e independientemente.
Partiendo de la actividad indescriptible de cada color aislado,
confluyen en armonía diversos valores. Cuadros y mueble completos
son dotados de un tono específico, seleccionado por imperativos
del arte. La penetración de un tono cromático o la aleación
de dos colores por la cercanía que los funde, erige muchas
veces la base sobre la que se construye la armonía cromática.
Cabe concluir, a partir de todo lo analizado sobre el efecto
de los colores y sobre nuestro tiempo lleno de interrogantes,
intuiciones e hipótesis y, por ende, de contradicciones (tengamos
presente los capítulos sobre el triángulo), que precisamente
nuestra época tiene dificultades para admitir una armonización
basada en los diversos colores. Escuchamos la música de Mozart
con envidia y devoción, acompañadas de melancolía. Para el
caos de nuestra vida interior, proveen una pausa agradable,
un sosiego y una esperanza, pero las escuchamos como sonidos
de otro tiempo, pretérito y, en verdad, extraño. Nuestra armonía
se compone por una puja de sonidos, desequilibrios, premisas
que son desatendidas, redobles sorpresivos de tambor, grandes
interrogantes, impulsos sin sentido aparente, entusiasmo exacerbado
y nostalgia, cadenas e hilos rotos que se entrelazan, contradicciones
y contrastes. La composición fundad sobre esta armonía ofrece
una yuxtaposición de formas cromáticas y gráficas independientes,
que se encuentran fuera de la necesidad interior, constituyendo
una totalidad denominada comúnmente cuadro.
Las secciones aisladas importan solamente: todo
lo otro (aun la preservación del elemento figurativo) es secundario,
constituye un sonido complementario.
Naturalmente, esta premisa también interviene
en la combinación de colores. Siguiendo esta premisa antilógica
se combinan colores considerados inarmónicos por mucho tiempo.
El rojo y el azul, por ejemplo. Colores que en nada pueden
compararse físicamente, pero que por su honda oposición espiritual,
conforman las armonías más aptas y poderosas. Esta armonía
se funda principalmente en el principio de contraste, axioma
redentor del arte en todos los tiempos. No obstante, nuestro
contraste es interior y desestima otras contribuciones, que
son estorbos innecesario provenientes de otros principios
armónicos.
Es sorprendente que precisamente la combinación
del rojo y azul fuera una de las más utilizadas por los artistas
primitivos (alemanes, italianos y otros) y que sobreviva en
las formas artísticas heredadas de aquellas épocas (el arte
sacro popular, por ejemplo) [19] . En las obras artísticas pictóricas
y plásticas de ese tiempo encontramos muchas veces a la Virgen
representada con un vestido rojo y un manto azul. Cual si
el artista desease simbolizar la gracia divina que cubre al
ser humano, cubriendo su imagen con un manto de divinidad.
A partir de nuestro análisis de la armonía, se infiere que,
hoy más que en ningún otro tiempo, la necesidad interior
reclama un poderoso arsenal de medios expresivos.
 |
Las
combinaciones aceptadas y las prohibidas, la colisión cromática,
la hegemonía de un color sobre otros y de éstos sobre aquél,
el realce de un color por medio de otro, la definición de
una mancha cromática o su disolución uniforme y multiforme,
la inmovilidad de la mancha, que se logra por el establecimiento
de los límites gráficos, el movimiento de la mancha que desborda
esos límites, la fusión, la delimitación exacta y otras posibilidades,
forman parte de la serie infinita de las potencialidades pictóricas
(esto es, cromáticas). El abandono completo de lo figurativo
-una de las primeras etapas hacia el reino de lo abstracto-
sería equivalente al abandono de la tercera dimensión, en
el sentido gráfico-pictórico: esto es, concebir un cuadro
como una pintura sobre una superficie. Se excluiría la modelación,
aproximando el objeto real al abstracto, lo que constituiría
un progreso. Pero simétricamente, las potencialidades pictóricas
quedarían restringidas a la superficie física del lienzo:
la pintura adquiriría materialidad, a un tiempo que esa restricción
traería consigo una reducción de sus posibilidades.
El deseo
de liberarse de ese materialismo y restricción, junto con
la tendencia hacia la composición, indujeron naturalmente
a deshacerse de la superficie. Los artistas trataron de ubicar
el cuadro sobre una superficie ideal que debían imprimir sobre
la superficie material del lienzo. La composición triangular
prefijó más tarde la composición con triángulos plásticos
tridimensionales, esto es, con pirámides (lo que se denomina
cubismo). No obstante, pronto se vieron los efectos
de una inercia centrada en esta fórmula precisamente, conduciéndola
a una reducción de sus posibilidades, consecuencia lógica
de la utilización externa de una premisa nacida de la necesidad
interior. Respecto a este caso concreto, debemos tener presente
que existen otros medios para conservar la superficie material
e inventar otra superficie ideal, imprimiéndola no sólo como
superficie plana, sino también usándola como espacio tridimensional.
La extensión gráfica del espacio se evidencia en el menor
o mayor grosor de una línea, en la ubicación de la forma sobre
al superficie y en el cruce de formas. El color también permite
posibilidades semejantes; utilizando en forma propicia adelanta
o retrocede, transformando al cuadro en una entidad fluctuante,
lo que es una extensión pictórica del espacio.
Uno
de los más ricos y eficaces elementos de la composición gráfica-pictórica
es la fusión de ambas extensiones, por armonía o contraste.
NOTAS
[1] El polifacético y monumental maestro
Leonardo da Vinci creó un sistema, o escala de cucharitas
para medir los distintos colores. Quería lograr con ello
una armonización mecánica. Uno de sus discípulos probó el
uso de este ardid y, angustiado por no conseguir éxito,
consultó a un compañero de qué manera usaba las cucharitas
el maestro. "El maestro nunca las utiliza", fue la contestación.
(Mereschkowski: Leonardo da Vinci, traducción alemana
de A. Eliasberg, Ediciones R. Pipet & Co., Munich).
[2] No debe confundirse el concepto de
'lo externo' con el de 'materia'. Entiendo el primero como
'necesidades exteriores', que no exceden nunca los límites
de la belleza aceptada y, por ende, tradicional.
La necesidad interior desestima estos límites proponiendo
algunas creaciones concebidas tradicionalmente como 'feas'.
Feo es un concepto que procede de una costumbre viva todavía
por el resultado externo de una necesidad interior, válida
en su época pero ya realizada. En ese pasado se calificó
como feo todo aquello que no tuviera lazos con la necesidad
interior, y, en cambio, era bello, lo que sí se conectara
con ella. Y fue sensato, ya que todo lo que origina la necesidad
interior es bello y, antes o después, es reconocido como
tal.
[3] Estas aseveraciones son producto de
mi sentimiento empírico-anímico; no están fundadas en ninguna
ciencia positiva.
[4] Éste es el efecto que produce, por
ejemplo, un buzón de correos bávaro, que es amarillo -cuando
todavía no ha perdido su color primitivo. Es sorprendente
que el limón sea amarillo (acidez máxima) como el canario
(que canta en forma aguda). Ambos comparten una intensidad
específica del tono cromático.
[5] Lógicamente, la correspondencia entre
los tonos cromáticos y musicales es relativa. De la misma
forma que un violín puede producir tonos diversos, correspondientes
a diferentes colores, también un color, el amarillo por
ejemplo, puede manifestar sus matices como diferentes instrumentos.
En estas correspondencias, pensamos fundamentalmente en
un tono cromático puro de tipo medio, y en el tono medio
de la música, sin variación por vibraciones, sordina, u
otros.
[7] No se asemeja al verde, que como mostraremos
más adelante, representa una calma terrenal y satisfecha,
sino que ofrece una profundidad solemne, supraterrenal,
y esto último, en sentido estricto: en la senda de la supraterrenalidad.
Para alcanzarla se deben atravesar todos los penares, los
interrogantes e incoherencias terrenales: nadie pudo evitarlos.
Aquí también subyace la necesidad interior bajo una cobertura
externa. Conocer esta necesidad es el principio de la calma.
Pero como ésta es huidiza para nosotros, también en el campo
del color se torna difícil aproximarnos interiormente al
azul profundo.
[8] Tampoco se asemeja al violeta, al que
estudiaremos más adelante.
[9] Ésta es la misma imperfección del laudado
equilibrio ideal. Cristo lo expresó muy bien cuando dijo:
"No eres ni frío ni caliente".
[10] Van Gogh se pregunta en una de sus
cartas si es posible pintar una pared blanca directamente
en blanco. Este problema, que no sería irresoluble para
un naturalista, ya que él toma los colores como sonidos
interiores, es para el pintor impresionista naturalista
un delito contra la naturaleza. Para Van Gogh esta cuestión
es tan revolucionaria como fue en su época el reemplazo
de sombras marrones por azules (el caso tan utilizado de
cielos verdes y pastos azules). De la misma manera que este
último ejemplo constituye una expresión del avance del Academicismo
y Realismo al Impresionismo y Naturalismo, la pregunta de
Van Gogh conlleva en sí la cuestión de la "traducción de
la naturaleza", esto es, no su representación como figura
externa sino como impresión interior.
[11] Por ejemplo, el rojo bermellón suena
frágil y sucio sobre el blanco, y sobre el negro se revitaliza
asombrosamente. El amarillo tenue pierde energía y desaparece
junto al blanco, en tanto que junto al negro, su efecto
es tan potente que parece desprenderse del fondo y flotar
en el aire, lastimando la vista.
[12] Gris, quietud y calma. Tal como lo
presintió Delacroix cuando quiso representar la calma con
una mixtura de rojo y verde (Signac, op. Cit.)
[13] todos los colores pueden ser cálidos
o fríos, pero en ninguno ocurre ese contraste como en el
rojo. ¡Cuántas posibilidades internas!
[14] En ruso, los sonidos limpios, alegres
y acompañados de campanillas (o cascabeles) se llaman campanilleo
de color frambuesa. El rojo frío que hemos caracterizado
se parece al color del jugo de frambuesa.
[15] En el ámbito artístico se responde
a la pregunta por el estado general con el sintagma "completamente
violeta", lo que no implica nada bueno.
[16] El violeta también tiende a convertirse
en lila. ¿Dónde comienza uno y acaba el otro?
[17] Hay épocas de suicidios en masa, de
hostilidad, etc. La guerra y la revolución (esta última
un tanto menos que en la guerra) nacen de esta atmósfera
y colaboran para enrarecerla más todavía. ¡Con la vara con
que mides, serás medido!
[18] Hubo en la Historia períodos así.
¿Acaso era otra la del Cristianismo, que condujo a los más
débiles a la lucha espiritual? Incluso en la guerra y la
revolución hay agentes que limpian el aire enrarecido.
[19] Frank Bragwing fue uno de los precursores
de esta combinación en sus primeros cuadros, dando innumerables
explicaciones sobre el color.
Sobre lo espiritual en el arte: título original “Uber
das Geistige in der Kunsl”, Editorial Need, Buenos Aires,
1999
|