Hegemonía o diversidad cultural

 

Rwanda: Exhumación de algunos de los cientos de miles de niños y adultos civiles que murieron como resultado del genocidio producido por la guerra.  © 1995 Corinne Dufka



Han pasado casi 28 años desde que Michel Foucault dictara su ciclo de conferencias en el College de France sobre la Genealogía del racismo. En esta serie de discursos el tópico fundamental está centrado en la configuración –o reconfiguración- del poder en la civilización de Europa occidental. Para realizar su teoría Foucault toma el concepto nietzscheano de genealogía concebida como el registro histórico en la relación de disputas entre distintos saberes. Cuando estas disputas se instituyen en circunstancias desiguales se originan luchas asimétricas entre un discurso dominante y otros conocimientos que resultan sometidos al poder oficial.

La noción de poder según Foucault se fundamenta en una relación de fuerzas contrapuestas, de fuerzas que siempre interactúan con otras fuerzas. El poder es el ejercicio fáctico que obliga al cambio en las acciones de los sujetos y sus modos de vida; tiene la facultad de modificar las prácticas sociales, las conductas y los hábitos. Cuando un grupo determinado detenta el poder e instituye como verdad un discurso dominante y logra imponer sus intereses en las clases subalternas de manera que sean reconocidos como propios, estamos en presencia de un gobierno totalitario que establece un proceso de dominación cultural.

Cuando esta dominación en la realidad social establece procesos sistematizados hegemónicos pueden producirse fundamentalismos culturales como consecuencia de la exclusión y sometimiento de otras culturas. El despotismo y el absolutismo monocultural devienen en fanatismo e intolerancia. Trasladando la noción de luchas y enfrentamientos entre poderes del pensamiento foucaultiano a las disputas entre una cultura hegemónica que detenta el poder político y bélico frente a otras culturas sometidas, encontramos por parte del Estado dominante una monopolización de la política, la economía, la guerra, la información, la religión, la forma de vida y la identidad cultural. Esta dominación que atraviesa a la sociedad por completo conlleva un alto riesgo de homogeneización que actualmente está condicionando la diversidad cultural y reduce la identidad diferenciadora de cada pueblo.

La identidad que rehúsa la condición de ser del otro es una identidad retrógrada que se basa en el temor a la diversidad que tiende a fundamentalismos y a guetos. Es una identidad que se sustenta en civilizaciones desintegradoras y excluyentes, que produce poderes totalitarios: una identidad cultural que se justifica única y exclusivamente en la aniquilación del otro. Esta negación de la alteridad expresa supresión de los derechos individuales de quienes son distintos y de la libertad de elección de su cultura, de su identidad y su forma de vida. Si se niega la posibilidad de la diversidad cultural con políticas hegemónicas, se están suprimiendo los derechos a la igualdad y a la diferencia: se niega el reconocimiento al otro, a sus prácticas sociales y modos de vida. El poder hegemónico es creador de un proceso que arrasa con la diversidad y con los derechos a la identidad cultural y a la individualidad de los ciudadanos.

Como consecuencia de estas pugnas por la dominación se producen movimientos de reafirmación de nacionalismos identitarios como reacción a la homogeneidad que ofrece la mundialización -entendida como una uniformización del mundo impuesta por un único Estado que detenta la potestad de doblegar la facultad de decidir y ordenar los hábitos y costumbres de las distintas culturas-. No obstante, el verdadero problema de la desaparición de la diversidad cultural se plantea desde la resistencia al otro. El origen de estos movimientos anti-globalización no se producen desde una afirmación de la identidad cultural, sino que nacen desde el temor al conflicto de civilizaciones y al rechazo de la gran fuerza homogeneizadora. Desde ambos lados de las fuerzas de choque existen el rechazo al otro y una afirmación identitaria que se opone a la alteridad. La lucha se plantea desde el miedo y la censura a aquello que se considera distinto. Estas acciones influyen profundamente en la diversidad cultural. La identidad ha quedado subyugada a la intensidad de las transformaciones de la realidad social marcada por el poder homogeneizador y monopolizador que dicta la uniformidad de modos y estilos de vida por medio de transformaciones económica, sociales y culturales, imponiendo modelos netamente foráneos a la cultura sometida. Son modelos de exclusión, de negación de lo nuevo o distinto, modelos de sometimiento del otro frente al poderoso; son modelos de deterioro y destrucción de las individualidades propias de cada ser. De esta manera la sociedad se construye desde la destrucción de la alteridad y el desprecio por lo opuesto, por lo extraño y por lo exótico.

Hace unas semanas el filósofo alemán Jürgen Habermas, Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2003, habló en defensa del carácter "individual" de los derechos culturales de las minorías en las sociedades liberales, defendiendo la diversidad cultural en el seno de los Estados occidentales pero debiendo ser ejercidos "desde la individualidad de los ciudadanos". Continuando con estos conceptos Habermas en su libro La inclusión del otro. Estudios de teoría política explica que toda nación “se compone de personas que a consecuencia de sus procesos de socialización encarnan al mismo tiempo las formas de vida en las que se ha formado su identidad (...) Por lo que hace a su carácter las personas son, por así decirlo, nudos de una red adscriptiva de culturas y tradiciones”. Cada individuo, en tanto parte inmanente de la sociedad, debe reconocer y defender los derechos a la identidad cultural y al pluralismo basados en el respeto a la diversidad, puesto que de esa manera estará protegiendo sus hábitos, modos de vida y sus propios derechos individuales y culturales.

Pero cabe preguntarse si la no exclusión del otro significa escuetamente inclusión o integración. Las desigualdades instaladas por el poder hegemónico son construcciones históricas cimentadas por un discurso dominante de grupos que tienen como fin último el exterminio de la diversidad cultural y la supresión de los derechos individuales del otro. El indudable cuestionamiento que debemos tener en nuestra sociedad es si deseamos construir nuestras nuevas identidades en este milenio desde la inclusión o la exclusión.

Es preciso promover políticas para impulsar la alteridad y la diversidad cultural, favorecer el pluralismo, sin embargo las políticas culturales no tienen que convertirse en apología de la discriminación o la exclusión. Debemos reconfigurar nuestro papel en la sociedad como nuevos sujetos desde la tolerancia y la inclusión del otro. Entender la inclusión como efectiva igualdad, conseguir que las minorías tengan un reconocimiento íntegro y cabal en la comunidad. Pero esa igualdad no debe confundirse con homogeneidad cultural o uniformidad en las costumbres o modos de vida. Lograr la integración del otro, desmoronar las desigualdades y exclusiones culturales, y perseverar la diversidad de las identidades culturales es la manera de resguardar y desarrollar los derechos inmanentes a la cultura e identidad de cada sujeto social.

Los derechos identitarios deben ser concebidos como aquellos derechos de los individuos que afirman la pertenencia a un campo de producción cultural -inmerso en una realidad social- en el cual se desarrollan las prácticas sociales y modos de vida imprescindibles para la reconfiguración de la identidad y la existencia de una pluralidad de matrices culturales. La verdadera riqueza de la cultura está en la diversidad y la pluralidad; la libertad de los ciudadanos y la esencia de cada ser sólo se puede expresar en aquellos rasgos elementales diferenciadores de cada cultura. He aquí el efectivo concepto de multiculturalismo.

Si tomamos la noción de multiculturalismo, en términos de convivencia de diversas culturas o como diversidad cultural en una sociedad determinada, corresponde tener en cuenta que aquella sociedad donde se gesta y crece el multiculturalismo debe ser una sociedad pluralista, multiétnica en su más amplia acepción. Pero una sociedad pluralista siempre estará gobernada por grupos hegemónicos que detentan el poder e imponen discursos como verdades dominantes. Demiurgos de un único consenso que generalmente establece de facto las diferencias culturales, pero que a su vez imponen relaciones de poder que incluyen y excluyen: incluyen procedimientos y tácticas de prohibición y censura; excluyen la diversidad cultural y la individualidad propia del ser humano. Estas verdades impuestas desde el poder dominante, legitimado de facto como portador del poder simbólico, engendran una auténtica inducción a modelos de conducta y formas de vida, estableciendo tipologías determinadas de subjetividades en los comportamientos de los ciudadanos por medio del monopolio del campo de producción cultural. De esta manera, las minorías étnicas pierden todo derecho a mantener sus costumbres, creencias y conductas.

La cultura se encuentra establecida en el foco de una dialéctica entre mecanismos de dominación y resistencia. La identidad, por el contrario, queda en el centro de una lucha de fuerzas internas entre las concepciones de mismidad y alteridad, de inclusión y exclusión. La problemática actual de la identidad cultural reside en la resistencia a la dominación ideológica desde una perspectiva gramsciana de hegemonía y la revaloración de los derechos identitarios de cada individuo, en tanto parte integral de un grupo social, perteneciente a un entramado de subjetividades que se debate entre fuerzas de homogeneización y fragmentación simbólicas, culturales y políticas.

Analizar esta dialéctica de saberes que engendran verdades, de fuerzas contrapuestas que nos conducen a espacios de mestizaje e hibridación cultural, se torna imprescindible para comprender los actuales órdenes políticos y sociales del mundo globalizado. Al establecerse esa relación de fuerzas es imposible pensar una sociedad sin poder, pero la existencia de ese enfrentamiento no implica que no puedan modificarse las circunstancias en las cuales se presentan dichas disputas, por el contrario siempre existen ámbitos de mediación donde pueden reconfigurarse determinadas condiciones que respeten los derechos culturales y la diversidad de identidades en la oposición entre el poder dominante y los espacios de resistencia.


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