Han pasado casi 28 años desde que Michel Foucault
dictara su ciclo de conferencias en el College de France
sobre la Genealogía del racismo.
En esta serie de discursos el tópico fundamental
está centrado en la configuración –o
reconfiguración- del poder en la civilización
de Europa occidental. Para realizar su teoría Foucault
toma el concepto nietzscheano de genealogía concebida
como el registro histórico en la relación
de disputas entre distintos saberes. Cuando estas disputas
se instituyen en circunstancias desiguales se originan luchas
asimétricas entre un discurso dominante y otros conocimientos
que resultan sometidos al poder oficial.
La noción de poder según Foucault se fundamenta
en una relación de fuerzas contrapuestas, de fuerzas
que siempre interactúan con otras fuerzas. El poder
es el ejercicio fáctico que obliga al cambio en las
acciones de los sujetos y sus modos de vida; tiene la facultad
de modificar las prácticas sociales, las conductas
y los hábitos. Cuando un grupo determinado detenta
el poder e instituye como verdad un discurso dominante y
logra imponer sus intereses en las clases subalternas de
manera que sean reconocidos como propios, estamos en presencia
de un gobierno totalitario que establece un proceso de dominación
cultural.
Cuando esta dominación en la realidad social establece
procesos sistematizados hegemónicos pueden producirse
fundamentalismos culturales como consecuencia de la exclusión
y sometimiento de otras culturas. El despotismo y el absolutismo
monocultural devienen en fanatismo e intolerancia. Trasladando
la noción de luchas y enfrentamientos entre poderes
del pensamiento foucaultiano a las disputas entre una cultura
hegemónica que detenta el poder político y
bélico frente a otras culturas sometidas, encontramos
por parte del Estado dominante una monopolización
de la política, la economía, la guerra, la
información, la religión, la forma de vida
y la identidad cultural. Esta dominación que atraviesa
a la sociedad por completo conlleva un alto riesgo de homogeneización
que actualmente está condicionando la diversidad
cultural y reduce la identidad diferenciadora de cada pueblo.
La identidad que rehúsa la condición de
ser del otro es una identidad retrógrada que se basa
en el temor a la diversidad que tiende a fundamentalismos
y a guetos. Es una identidad que se sustenta en civilizaciones
desintegradoras y excluyentes, que produce poderes totalitarios:
una identidad cultural que se justifica única y exclusivamente
en la aniquilación del otro. Esta negación
de la alteridad expresa supresión de los derechos
individuales de quienes son distintos y de la libertad de
elección de su cultura, de su identidad y su forma
de vida. Si se niega la posibilidad de la diversidad cultural
con políticas hegemónicas, se están
suprimiendo los derechos a la igualdad y a la diferencia:
se niega el reconocimiento al otro, a sus prácticas
sociales y modos de vida. El poder hegemónico es
creador de un proceso que arrasa con la diversidad y con
los derechos a la identidad cultural y a la individualidad
de los ciudadanos.
Como consecuencia de estas pugnas por la dominación
se producen movimientos de reafirmación de nacionalismos
identitarios como reacción a la homogeneidad que
ofrece la mundialización -entendida como una uniformización
del mundo impuesta por un único Estado que detenta
la potestad de doblegar la facultad de decidir y ordenar
los hábitos y costumbres de las distintas culturas-.
No obstante, el verdadero problema de la desaparición
de la diversidad cultural se plantea desde la resistencia
al otro. El origen de estos movimientos anti-globalización
no se producen desde una afirmación de la identidad
cultural, sino que nacen desde el temor al conflicto de
civilizaciones y al rechazo de la gran fuerza homogeneizadora.
Desde ambos lados de las fuerzas de choque existen el rechazo
al otro y una afirmación identitaria que se opone
a la alteridad. La lucha se plantea desde el miedo y la
censura a aquello que se considera distinto. Estas acciones
influyen profundamente en la diversidad cultural. La identidad
ha quedado subyugada a la intensidad de las transformaciones
de la realidad social marcada por el poder homogeneizador
y monopolizador que dicta la uniformidad de modos y estilos
de vida por medio de transformaciones económica,
sociales y culturales, imponiendo modelos netamente foráneos
a la cultura sometida. Son modelos de exclusión,
de negación de lo nuevo o distinto, modelos de sometimiento
del otro frente al poderoso; son modelos de deterioro y
destrucción de las individualidades propias de cada
ser. De esta manera la sociedad se construye desde la destrucción
de la alteridad y el desprecio por lo opuesto, por lo extraño
y por lo exótico.
Hace unas semanas el filósofo alemán Jürgen
Habermas, Premio Príncipe de Asturias de Ciencias
Sociales 2003, habló en defensa del carácter
"individual" de los derechos culturales de las
minorías en las sociedades liberales, defendiendo
la diversidad cultural en el seno de los Estados occidentales
pero debiendo ser ejercidos "desde la individualidad
de los ciudadanos". Continuando con estos conceptos
Habermas en su libro La inclusión del otro. Estudios
de teoría política explica que toda nación
“se compone de personas que a consecuencia de
sus procesos de socialización encarnan al mismo tiempo
las formas de vida en las que se ha formado su identidad
(...) Por lo que hace a su carácter las personas
son, por así decirlo, nudos de una red adscriptiva
de culturas y tradiciones”. Cada individuo, en
tanto parte inmanente de la sociedad, debe reconocer y defender
los derechos a la identidad cultural y al pluralismo basados
en el respeto a la diversidad, puesto que de esa manera
estará protegiendo sus hábitos, modos de vida
y sus propios derechos individuales y culturales.
Pero cabe preguntarse si la no exclusión del otro
significa escuetamente inclusión o integración.
Las desigualdades instaladas por el poder hegemónico
son construcciones históricas cimentadas por un discurso
dominante de grupos que tienen como fin último el
exterminio de la diversidad cultural y la supresión
de los derechos individuales del otro. El indudable cuestionamiento
que debemos tener en nuestra sociedad es si deseamos construir
nuestras nuevas identidades en este milenio desde la inclusión
o la exclusión.
Es preciso promover políticas para impulsar la
alteridad y la diversidad cultural, favorecer el pluralismo,
sin embargo las políticas culturales no tienen que
convertirse en apología de la discriminación
o la exclusión. Debemos reconfigurar nuestro papel
en la sociedad como nuevos sujetos desde la tolerancia y
la inclusión del otro. Entender la inclusión
como efectiva igualdad, conseguir que las minorías
tengan un reconocimiento íntegro y cabal en la comunidad.
Pero esa igualdad no debe confundirse con homogeneidad cultural
o uniformidad en las costumbres o modos de vida. Lograr
la integración del otro, desmoronar las desigualdades
y exclusiones culturales, y perseverar la diversidad de
las identidades culturales es la manera de resguardar y
desarrollar los derechos inmanentes a la cultura e identidad
de cada sujeto social.
Los derechos identitarios deben ser concebidos como aquellos
derechos de los individuos que afirman la pertenencia a
un campo de producción cultural -inmerso en una realidad
social- en el cual se desarrollan las prácticas sociales
y modos de vida imprescindibles para la reconfiguración
de la identidad y la existencia de una pluralidad de matrices
culturales. La verdadera riqueza de la cultura está
en la diversidad y la pluralidad; la libertad de los ciudadanos
y la esencia de cada ser sólo se puede expresar en
aquellos rasgos elementales diferenciadores de cada cultura.
He aquí el efectivo concepto de multiculturalismo.
Si tomamos la noción de multiculturalismo, en términos
de convivencia de diversas culturas o como diversidad cultural
en una sociedad determinada, corresponde tener en cuenta
que aquella sociedad donde se gesta y crece el multiculturalismo
debe ser una sociedad pluralista, multiétnica en
su más amplia acepción. Pero una sociedad
pluralista siempre estará gobernada por grupos hegemónicos
que detentan el poder e imponen discursos como verdades
dominantes. Demiurgos de un único consenso que generalmente
establece de facto las diferencias culturales, pero que
a su vez imponen relaciones de poder que incluyen y excluyen:
incluyen procedimientos y tácticas de prohibición
y censura; excluyen la diversidad cultural y la individualidad
propia del ser humano. Estas verdades impuestas desde el
poder dominante, legitimado de facto como portador del poder
simbólico, engendran una auténtica inducción
a modelos de conducta y formas de vida, estableciendo tipologías
determinadas de subjetividades en los comportamientos de
los ciudadanos por medio del monopolio del campo de producción
cultural. De esta manera, las minorías étnicas
pierden todo derecho a mantener sus costumbres, creencias
y conductas.
La cultura se encuentra establecida en el foco de una
dialéctica entre mecanismos de dominación
y resistencia. La identidad, por el contrario, queda en
el centro de una lucha de fuerzas internas entre las concepciones
de mismidad y alteridad, de inclusión y exclusión.
La problemática actual de la identidad cultural reside
en la resistencia a la dominación ideológica
desde una perspectiva gramsciana de hegemonía y la
revaloración de los derechos identitarios de cada
individuo, en tanto parte integral de un grupo social, perteneciente
a un entramado de subjetividades que se debate entre fuerzas
de homogeneización y fragmentación simbólicas,
culturales y políticas.
Analizar esta dialéctica de saberes que engendran
verdades, de fuerzas contrapuestas que nos conducen a espacios
de mestizaje e hibridación cultural, se torna imprescindible
para comprender los actuales órdenes políticos
y sociales del mundo globalizado. Al establecerse esa relación
de fuerzas es imposible pensar una sociedad sin poder, pero
la existencia de ese enfrentamiento no implica que no puedan
modificarse las circunstancias en las cuales se presentan
dichas disputas, por el contrario siempre existen ámbitos
de mediación donde pueden reconfigurarse determinadas
condiciones que respeten los derechos culturales y la diversidad
de identidades en la oposición entre el poder dominante
y los espacios de resistencia.
/fvp