De mi madre siempre supe poco. Alguien la mató en
la casa de Barcelona, dos días después de
que yo naciera.
El crimen fue todo un misterio que creí dar por
resuelto el día en que cumplí veinte años,
y mi padre, desde su lecho de muerte, reclamó mi
presencia y me dijo que, por desconfianza a los adjetivos,
estaba aproximándose al momento en que enmudecería
radicalmente, pero que antes deseaba contarme algo que juzgaba
importante que yo supiera.
-Incluso las palabras nos abandonan -recuerdo que dijo-,
y con eso está dicho todo, pero antes debes saber
que tu madre murió porque yo así lo dispuse.
Pensé de inmediato en un asesino a sueldo y, pasados
los primeros instantes de perplejidad, comencé a
dar por cierto lo que mi padre estaba confesando. Cada vez
que pensaba en el hacha ensangrentada sentía que
el mundo se hundía a mis pies y que atrás
quedaban, patéticamente dibujadas para siempre, las
escenas de alegría y plenitud que me había
hecho idealizar la figura paterna y forjar la imagen mítica
de un hombre siempre levantado antes de la aurora, en pijama,
con los hombros cubiertos por un chal, el cigarrillo entre
los dedos, los ojos fijos en la veleta de una chimenea,
mirando nacer el día, entregándose con implacable
regularidad y con monstruosa perseverancia al rito solitario
de crear su propio lenguaje a través de la escritura
de un libro de memorias o inventario de nostalgias que siempre
pensé que, a su muerte, pasaría a formar parte
de mi tierna aunque pavorosa herencia.
Pero aquel día de aniversario, en Port de la Selva,
se fugó de esa herencia todo instinto de ternura
y tan sólo conocí el pavor, el terror infinito
de pensar que, junto al inventario, mi padre me legaba el
sorprendente relato de un crimen cuyo origen más
remoto, dijo él, debía situarse en los primeros
días de abril de 1945, un año antes de que
yo naciera, cuando sintiéndose él todavía
joven y con ánimos de emprender, tras dos rotundos
fracasos, una tercera aventura matrimonial, escribió
una carta a una joven ampurdanesa que había conocido
casualmente en Figueras y que le había parecido que
reunía todas las condiciones para hacerle feliz,
pues no sólo era pobre y huérfana, lo que
a él le facilitaba las cosas, ya que podía
protegerla y ofrecerle una notable fortuna económica,
sino que, además, era hermosa, muy dulce, tenía
el labio inferior más sensual del universo y, sobre
todo, era extraordinariamente ingenua y servil, es decir,
que poseía un gran sentido de la subordinación
al hombre, algo que él, a causa de sus dos anteriores
infiernos conyugales, valoraba muy especialmente.
Había que tener en cuenta que su primera esposa,
por ejemplo, le había mutilado, en un insólito
ataque de furia, una oreja. Mi padre había sido tan
desdichado en sus anteriores matrimonios que a nadie debe
sorprenderle que, a la hora de buscar una tercera mujer,
quisiera que ésta fuera dulce y servil.
Mi madre reunía esas condiciones, y él sabía
que una simple carta, cuidadosamente redactada, podría
parla. Y así fue. La carta era tan apasionada y estaba
tan hábilmente escrita que mi madre no tardó
en sentarse en Barcelona. En el centro de un laberinto de
callejuelas del Barrio Gótico llamó a la puerta
del, y ennegrecido palacio de mi padre, quien al parecer
no pudo ni quiso disimular su gran emoción al verla
allí en el portal, sosteniendo bajo la lluvia un
maletín azul que dejó caer sobre la alfombra
al tiempo que, con humilde y temblorosa voz de huérfana,
preguntaba si podía pasar.
-Que aquel día llovía en Barcelona -me dijo
padre desde su lecho de muerte-, es algo que nunca pude
olvidar, porque cuando la vi cruzar el umbral me pareció
que la lluvia era salvaje en sus caderas y me sentí
dominado por el impulso erótico más intenso
de mi vida.
Ese impulso parecía no tener ya límites
cuando ella le dijo que era una experta en el arte de bailar
la tirana, una danza medieval española en desuso.
Seducido por ese ligero anacronismo, mi padre ordenó
que de inmediato se ejecutara aquel arte, lo que mi madre,
ansiosa de complacerle en todo y con creces, realizó
encantada y hasta la extenuación, acabando rendida
en los brazos de quien, sin el menor asomo de cualquier
duda, le ordenó cariñosamente que se casara
cuanto antes con él.
Y aquella misma noche durmieron juntos, y mi padre, dominado
por esa suprema cursilería que acompaña a
ciertos enamoramientos, tuvo la impresión de que,
tal como había imaginado, acostarse con ella era
como hacerlo con un pájaro, pues gorjeaba y cantaba
en la almohada, y le pareció que ninguna voz cantaba
como la de ella y que incluso sus huesos, como su labio
inferior y sus cantos, eran frágiles como los de
un pájaro.
-Y esa misma noche, bajo el rumor de la lluvia barcelonesa,
te engendramos -me dijo de repente mi padre con los ojos
muy desorbitados.
Un lento suspiro, siempre tan inquietante en un moribundo,
precedió a la exigencia de un vaso de vodka. Me negué
a dárselo, pero al amenazar con no proseguir su relato,
por pura precaución ante el posible cumplimiento
de la amenaza, fui casi corriendo a la cocina y, procurando
que tía Consuelo no lo viera, llené de vodka
dos vasos. Hoy sé que todas mi precauciones eran
absurdas porque en aquellos momentos tía Consuelo
sólo vivía para alimentar su intriga ante
un cuadro oscuro del salón que representaba la coquetería
celestial de unos ángeles al hacer uso de una escalera;
sólo vivía para ese cuadro, y muy probablemente
esa obsesión le distraía de otra: la constante
angustia de saber que su hermano, acosado por aquella suave
pero implacable enfermedad, se estaba muriendo. En cuanto
a él, en aquellos momentos sólo vivía
para alimentar la ilusión de su relato.
Cuando hubo saciado su sed, mi padre pasó a contar
que el viaje de miel tuvo dos escenarios, Estambul y El
Cairo, y que fue en la ciudad turca donde advirtió
la primera anomalía en la conducta de su dulce y
servil esposa. Yo, por mi parte, advertí la primera
anomalía en el relato de mi padre, ya que estaba
confundiendo esas dos ciudades con París y Londres,
pero preferí no interrumpirle cuando oí que
me decía que la anomalía de mi madre no era
exactamente un defecto, sino algo así como una peculiar
manía. A ella le gustaba coleccionar panes.
En Estambul, ya desde el primer momento, entrar en las
panaderías se convirtió en un extraño
deporte. Compraban panes que eran perfectamente inútiles,
pues no estaban destinados a ser devorados sino más
bien a elevar el peso de la gran bolsa en la que reposaba
la colección de mi madre. Muy pronto, él protestó
y preguntó con notable crispación a qué
obedecía aquella rara adoración al pan.
-Algo tiene que comer la tropa -respondió escuetamente
mi madre, sonriéndole como quien le sigue la corriente
a un loco.
-Pero Diana, ¿qué clase de broma es ésta?
–balbuceó desconcertado mi padre.
-Me parece que eres tú quien está bromeando
esas preguntas tan absurdas -contestó ella con cierto
aire de ausencia y esbozando la suave y soñadora
mirada de los miopes.
Siete días, según mi padre, estuvieron en
Estambul, y eran unos cuarenta los panes que mi madre llevaba
en su gran bolsa cuando llegaron a El Cairo. Como era hora
avanzada de la noche, él marchaba feliz sabiéndose
a salvo de las panaderías cairotas, e incluso se
ofreció a llevar la bolsa. No sabía que aquéllas
iban a ser sus últimas horas de felicidad conyugal.
Cenaron en un barco anclado en el Nilo y acabaron bailando,
entre copas de champán rosado ya la luz de la luna,
en la terraza de la habitación del hotel. Pero horas
después mi padre despertó en mitad de la noche
cairota y descubrió con gran sorpresa que mi madre
era sonámbula y estaba bailando frenéticas
tiranas sobre el sofá. Trató de no perder
la calma y aguardó pacientemente a que ella, totalmente
extenuada, regresara al lecho y se sumergiera en el sueño
más profundo. Pero cuando esto ocurrió, nuevos
motivos de alarma se añadieron a los anteriores.
De repente mi madre, hablando dormida, se giró hacia
él y le dijo algo que, a todas luces, sonó
como una tajante e implacable orden:
-A formar.
Mi padre aún no había salido de su asombro
cuando oyó:
-Media vuelta. Rompan filas.
No pudo dormir en toda la noche y llegó a sospechar
que su mujer, en sueños, le engañaba con un
regimiento entero. A la mañana siguiente, afrontar
la realidad significaba, por parte de mi padre, aceptar
que en el transcurso de las últimas horas ella había
bailado tiranas y se había comportado como un general
perturbado al que sólo parecía interesarle
dar órdenes y repartir panes entre la tropa. Quedaba
el consuelo de que, durante el día, su esposa seguía
siendo tan dulce y servil como de costumbre. Pero ése
no era un gran consuelo, pues si bien en las noches cairotas
que siguieron no reapareció el tiránico sonambulismo,
lo cierto es que fueron en aumento y, de forma cada vez
más enérgica, las órdenes.
-Y el toque de Diana -me dijo mi padre- comenzó
a convertirse en un auténtico calvario, pues cada
día, minutos antes de despertarse, los resoplidos
que seguían a los ronquidos de tu madre parecían
imitar el sonido inconfundible de una trompeta al amanecer.
¿Deliraba ya mi padre? Todo lo contrario. Era muy
consciente de lo que estaba narrando y, además, resultaba
impresionante ver cómo, a las puertas de la muerte,
mantenía íntegro su habitual sentido del humor.
¿Inventaba? Tal vez y, por ello, probé a mirarle
con ojos incrédulos, pero no pareció nada
afectado y siguió, serio e inmutable, con su relato.
Contó que cuando ella despertaba volvía
a ser la esposa dulce y servil, aunque de vez en cuando,
cerca de una panadería o simplemente paseando por
la calle, se le escapaban extrañas miradas melancólicas
dirigidas a los militares que, en aquel El Cairo en pie
de guerra, hacían guardia tras las barricadas levantadas
junto al Nilo. Una mañana incluso ensayó algunos
pasos de tirana frente a los soldados.
Más de una vez mi padre se sintió tentado
de encarar directamente el problema hablando con ella y
diciéndole por ejemplo:
-Tienes como mínimo una doble personalidad. Eres
sonámbula y, además de bailar tiranas sobre
los sofás, conviertes el lecho conyugal en un campo
de instrucción militar.
No le dijo nada porque temió que si hablaba con
ella de todo eso tal vez fuera perjudicial y lo único
que lograra sería ponerla en la pista de un rasgo
oculto de su carácter: ciertas dotes de mando. Pero,
un día, paseando en camello junto a las pirámides,
mi padre cometió el error de sugerirle el argumento
de un relato breve que había proyectado escribir:
-Mira, Diana. Es la historia de un matrimonio muy bien avenido,
me atrevería a decir que ejemplar. Como todas las
historias felices, no tendría demasiado interés
de no ser porque ella, todas las noches, se transforma,
en sueños, en un militar.
Aún no había acabado la frase cuando mi
madre pidió que la bajaran del camello y, tras lanzarle
una mirada de desafío, le ordenó que llevara
la bolsa de los panes turcos y egipcios. Mi padre quedó
aterrado porque comprendió que, a partir de aquel
momento, no sólo estaba condenado a cargar con la
pesadilla del trigo extranjero, sino que además recibiría
orden tras orden.
En el viaje de regreso a Barcelona mi madre mandaba ya
con tal autoridad que él acabó confundiéndola
con un general de la Legión Extranjera, y lo más
curioso fue que ella pareció, desde el primer momento,
identificarse plenamente con ese papel, pues se quedó
como ausente y dijo que se sentía perdida en un universo
adornado con pesados tapetes argelinos, con filtros para
templar el pastís y el ajenjo y narguilés
para el kif, escudriñando el horizonte del desierto
desde la noche luminosa de la aldea enclavada en el oasis.
Ya su llegada a Barcelona, ya instalados en el viejo palacio
del Barrio Gótico, los amigos que fueron a visitarles
se llevaron una gran sorpresa al verla a ella fumando como
un hombre, con el cigarrillo humeante y pendiente de la
comisura de los labios, y verle a él con las facciones
embotadas y tersas como los guijarros pulidos por la marejada,
medio ciego por el sol del desierto y convertido en un viejo
legionario que repasaba trasnochados diarios coloniales.
-Tu madre era un general -concluyó mi padre-, y
no tuve más remedio que ganar la batalla contratando
a alguien para que la matara. Pero eso sí, aguardé
a que nacieras, porque deseaba tener un descendiente. Siempre
confié en que, el día en que te confesara
el crimen, tú sabrías comprenderme.
Lo único que yo, a esas alturas del relato, comprendía
perfectamente era que mi padre, en una actitud admirable
en quien está al borde de la muerte, estaba inventando
sin cesar, fiel a su constante necesidad de fabular. Ni
la proximidad de la muerte le retraía de su gusto
por inventar historias. y tuve la impresión de que
deseaba legarme la casa de la ficción y la gracia
de habitar en ella para siempre. Por eso, subiéndome
en marcha a su carruaje de palabras, le dije de repente:
-Sin duda me confunde usted con otro. Yo no soy su hijo.
Y en cuanto a tía Consuelo no es más que un
personaje inventado por mí.
Me miró con cierta desazón hasta que por
fin reaccionó. Vivamente emocionado, me apretó
la mano y me dedicó una sonrisa feliz, la de quien
está convencido de que su mensaje ha llegado a buen
puerto. Junto al inventario de nostalgias, acababa de legarme
la casa de las sombras eternas.
Mi padre, que en otros tiempos había creído
en tantas y tantas cosas para acabar desconfiando de todas
ellas, me dejaba una única y definitiva fe: la de
creer en una ficción que se sabe como ficción,
saber que no existe nada más y que la exquisita verdad
consiste en ser consciente de que se trata de una ficción
y, sabiéndolo, creer en ella.
(*) Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) es autor de una
amplia obra narrativa, que le ha consagrado como uno de
los más importantes y personales autores de su generación.
Algunos de sus títulos son: Impostura, Historia
abreviada de la literatura portátil, Una
casa para siempre, Suicidios ejemplares, Hijos
sin hijos, Recuerdos inventados, Lejos
de Veracruz, Extraña forma de vida,
El viaje vertical (Premio Rómulo Gallegos)
y Bartleby y compañía (Premio Ciudad
de Barcelona), además de los ensayos de El viajero
más lento, y el El mal de Montano (Premio
Herralde y el Medicis a mejor novela extranjera).
Puedes encontrar su obra en www.anagrama.es