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- Leer Breve
diálogo con Pablo Reyero -
Quizás fue el martes 17 de junio de 1997, en el ámbito
del Goethe Institut de Buenos Aires, el día en que,
con la primera exhibición pública del documental
Dársena Sur, de Pablo Reyero, comenzó,
si es que efectivamente existe, ese fenómeno, todavía
a precisar, que se nombra como “Nuevo Cine Argentino”.
Los asistentes fueron tan numerosos y la recepción
tan entusiasta que las exhibiciones se prolongaron durante
un mes. Comercialmente la película se estrenaría
al año siguiente, el 23 de abril, pero ese primer
contacto con el público, con entrada gratuita y en
un espacio no convencional, ya anticipó la necesidad,
hoy todavía urgente, de encontrar salidas, diferentes
y rentables, para los trabajos cinematográficos hechos
al margen o fuera de la industria. Como la que en los últimos
años viene proponiendo el MALBA, Museo de Arte Latinoamericano
de Buenos Aires, donde encuentran refugio películas
no convencionales que no consiguen espacio en las salas
de estreno – las muy valiosas El paisaje invisible,
de Gustavo Fontán y Todo juntos, de Federico
León, son sólo dos ejemplos-.
Pese a sus muchos méritos: el menor de ellos no es
el pararse en un espacio donde se entremezclan “ficción”
y “documental”, a la infrecuente novedad que
en el cine argentino de ese entonces implicó Dársena...
– primeros premios en los festivales internacionales
de Montevideo y Trieste y premio especial del jurado en
el de La Habana- seis años más tarde Reyero
-29 de marzo de 1966, Buenos Aires- continúa siendo
un cineasta casi secreto, mucho menos conocido que una gran
parte de sus pares generacionales. Habrá que esperar
que se difunda La cruz del sur, su primer largometraje de
“ficción” que probablemente se estrene
en Argentina y en salas cinematográficas y canales
de televisión de Europa el año próximo,
seleccionado para una de las dos secciones competitivas
del Festival de Cannes –“Une certain regard”-
donde fue premiado (Cf. “Breve
diálogo con Pablo Reyero”), para
que sea evidente el singular lugar que la poética
de este cineasta, fiel a sí misma de filme a filme,
ocupa dentro del cine argentino.
Las líneas que siguen pretenden reflexionar sobre
algunos aspectos de La cruz del sur, relato cinematográfico
de una intensidad poco frecuente –en nuestro cine
y en el de cualquier origen- y de un esplendor fílmico
inhabitual.
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En principio la línea argumental parece situarnos
en un filme de género: un policial. Hay un robo,
una venta de lo habido en el atraco, una huída y
una persecución que se despliegan en apenas cuarenta
y ocho horas. Como en la variante noir, no hay
personajes centrales que sean policías. Más
aún, no aparecen “representantes de la ley”
en todo el metraje y sino están es porque cualquier
vestigio de Ley ha desaparecido, sin dejar rastros, en el
universo ficcional que propone La cruz del sur.
Los que roban un cargamento de droga, tras cometer una traición,
son dos hermanos jóvenes: Javier y Wendy/Carlos,
travesti. Los acompaña Nora, la “noviecita”,
asi la llama Wendy, del primero. Casi literalmente de la
nada, irrumpe la pareja al comenzar el relato, mientras
se suceden los títulos iniciales. Por las calles
de una ciudad turística, único espacio urbano
que nos será brevemente concedido, van a bordo de
una ambulancia, presumiblemente robada, lanzada a toda velocidad.
Ella insulta a un taxista que les dificulta el paso, se
los ve eufóricos. Nada sabemos de ellos, muy poco,
únicamente lo imprescindible nos será dicho,
más adelante, de su vida anterior: son criaturas
que se revelan a través de sus acciones, de sus deseos,
algunos confesados a través de las palabras que dicen,
otros estallando en sus miradas, en algunos gestos que parecen
escapados a su control. Lo mismo ocurre con el resto de
los personajes, todos, de una manera u otra, inmersos en
una espiral vertiginosa en la que parece no haber lugar
para el reposo salvo en la muerte. Somos nosotros, los espectadores,
quienes, ineludiblemente, debemos completarlos: a ellos,
sus historias y su circunstancia imprecisamente fechada:
los hechos ocurren años después de la finalización
de la última dictadura militar, hasta ahora. A diferencia
del género que parece enarbolar, La cruz del
sur no cierra las incógnitas que establece,
salvo las más superficiales, de la misma manera que
se niega a trazar una línea que separe a inocentes
de culpables. Todas sus criaturas son víctimas y
victimarios, al mismo tiempo, que, sin aliento, marchan
hacia un final ya inscripto en el principio.
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La inmersión de algunos motivos propios del policial
en un marco natural que progresivamente va adquiriendo un
papel protagónico, como lo evidencian tanto la mirada
del padre sobre el océano en el momento de dejar
atrás su playa o el ejemplar plano final donde el
agua va cubriendo el campo como queriendo borrar la figura
de Nora que se adelgaza con la distancia, abre lugar a una
suerte de horror metafísico, porque proviene de algo
mucho menos concreto que aquello que se nos permite ver.
Los estremecimientos que provoca nacen un lugar que, sin
duda, tiene que ver con la naturaleza humana, sobre todo
con sus imposibilidades y sus delirios, pero también
en esos espacios que el hombre adivina y no puede hollar,
como ocurría en aquellas grandes películas
–pienso en Fata Morgana, en Aguirre,
la ira de Dios-, que supo construir Werner Herzog cuando
era joven. Espacios tan inalcanzables para el espectador
como aquellos que, a manera de espejo invertido, propone
la diégesis para sus habitantes: el Paraguay adonde
Javier espera convertirse en rey de la “merca”;
la tumba a la vera del camino, donde su padre fue enterrado
vivo, que quiere identificar Nora; el lugar donde esté
la persona capaz de amarla que busca Wendy/Carlos; la playa
reconstruida, unida a la ruta por un puente, con la que
sueña Rodolfo, el padre de los hermanos. Pero si
el inexorable avance en la locura tras la caza obsesiva
de lo que es imposible para los otros, encuentra ecos en
el cineasta alemán, el tratamiento de la superficie
del mar, en sus rugientes formas, evoca, sin verse menoscabado
en la comparación, al Michelangelo Antonioni de La
aventura. En la película de Reyero, cuya compañía
productora significativamente se llama Océano, el
mar es una presencia viva, a diferencia de lo que sucede
en El fondo del mar, película recientemente
estrenada de otro cineasta argentino joven: Damián
Szifrón, donde sólo es una idea.
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Entre la venta de la droga robada y la continuación
de la huída, aparece un espacio donde la acción
física se vuelve más pausada. Es El Marquesado,
un balneario construido por los militares tras dinamitar
unos acantilados, desolado hasta en verano como lo afirma
una línea de diálogo, donde sobreviven, como
pueden, Rodolfo y la madre de los hermanos: Mecha. Durante
unas pocas horas, volverá a reunirse allí
el grupo familiar, observado por Nora, intrusa pero también
voyeur, que sólo piensa en escapar de esta
prisión. Salvo el afecto que fluye entre los hermanos
–presente en todo el relato y condensado en la inolvidable
mirada de despedida, en el final, de Wendy a Javier- nada
ata a los integrantes de esta familia entre sí sino
la circunstancia límite que atraviesan. La lucidez,
sarcástica y temible, transmitida por las palabras
y las acciones de Mecha, que ya no espera nada –por
eso quizá conservará su vida -, se opone a
los planes y los planos delirantes de Rodolfo y a las fantasías
de poder de Javier. Wendy, por su parte, que ha sido incorporada
al atraco por su hermano, como aquella niña homónima
del relato de Sir James Barrie sabe que deberá regresar:
sola, a su búsqueda del afecto. Es en las secuencias
que transcurren en el balneario donde el discurso se espesa,
descubriendo indicios que, como los relámpagos en
una noche cerrada en el campo, iluminan, por uno segundos,
lo que no se ve. Estos hombres y mujeres que hablan y se
mueven sobre un terreno que disimula esqueletos, en el que
pueden perder pie en cualquier momento, son mucho más
que los caracteres necesarios para que una trama policial
funcione, representan a una sociedad cuyo único destino,
a la manera de una tragedia, es hundirse porque no tiene
tierra firme, un pasado, sobre el que afirmarse: “no
deberíamos haberle hecho favores a los militares”,
dice Mecha. También repite “este lugar está
maldito”.
Mientras una banda sonora trabajadísima, que desecha
cualquier música over y recoge los sonidos
de la naturaleza integrándolos a la manera de una
partitura, envuelve a los personajes, Reyero desestima cualquier
elección estética que lo aproxime al filme
de género. Una cámara, la mayor parte de la
película en mano, que se instala en el centro de
los conflictos, en el corazón de las tormentas, para
desde allí acosar a los actores, como se suele interrogar
a los entrevistados en aquellos filmes nombrados como documentales;
la elección sistemática, en la resolución
de muchas situaciones, del plano secuencia –nunca
como ejercicio virtuoso- para transmitirnos la intensidad
del transcurrir del tiempo, veloz aunque asimismo agónico,
y un montaje crispado que siempre corta los planos antes
de su fin natural, son decisiones que provocan un fuerte
impacto sensorial, que hacen que concluida la visión
de La cruz del sur uno pueda percibir que a su
piel se ha adherido algo, que, conjeturo, a lo mejor ya
no pueda limpiarse.
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Los filmes que se atreven a internarse en temas importantes,
lo que no es ninguna garantía de buen resultado cinematográfico,
suelen estar lastrados por diálogos pomposos y solemnes
y, sobre todo, por esa nueva plaga que se ha abatido sobre
el cine que es “lo políticamente correcto”.
Reyero evita ambas tentaciones, sus diálogos son
concisos y funcionales; sus personajes y las situaciones
que atraviesan no responden a ninguna moral al uso ni ilustran
ningún deber ser teórico. Por el contrario,
su condición de marginales, drogadictos –en
pocas películas los personajes centrales consumen
tanta droga como en ésta-, y delincuentes capaz de
cualquier traición, está observada desde la
cotidianeidad sin pretender establecer ningún juicio
sobre ellos. Acaso, acá en el Sur, ¿no somos
todos marginales, drogadictos y delincuentes, algunos literalmente
– no sólo en los ámbitos de la pobreza-
y otros no tanto? ¿Para qué se consume droga
sino para encontrar en ella un escape a una realidad que
asfixia?
La cruz del sur, sin duda, soporta otras posibles
lecturas ya desde la polisemia del título.¿Alude
éste a la estrella sólo visible en el hemisferio
sur; a la primera cruz que, en su búsqueda, Nora
encuentra a un costado del camino, sobre la que está
dispuesto el nombre del filme; al destino sudamericano?
Por supuesto que sí, pero también refiere
a la cruz que implica filmar un cine personal en el Sur,
empresa tan desesperada como la huída de Javier,
Nora, Wendy, Rodolfo y Mecha, después de todo una
familia argentina.
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“Hay viento y hay cenizas en el viento,/se dispersan
el día y la batalla/ deforme, y la victoria es de
los otros.”
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La cruz del sur
Argentina/Francia, 2003.
Castellano, color, sonido Dolby SRD, 87min.
Dirección: Pablo Reyero.
Intérpretes: Letizia Lestido (Nora), Luciano
Suardi (Javier), Humberto Tortonese (Wendy/Carlos),
Mario Paolucci (Rodolfo), Silvia Bayle (Mecha), Oscar
Alegre (Negro).
Guión: Pablo Reyero.
Asesores de guión: Gustavo Fontán, Mauricio
Kartun, Jorge Goldenberg.
Fotografía: Marcelo Iaccarino, Mariano Cúneo.
Cámara: Marcelo Iaccarino, Mariano Cúneo.
SonidoAbel Tortorelli.
Montaje: Fabio Pallero.
Dirección de Arte y Vestuario: María
Ibáñez, Marcela Albacete.
Maquillaje: Margarita Nilo.
Efectos especiales: Tom Condom.
Producción ejecutiva: Javier del Pino.
Productores: Pablo Reyero, Margarita Seguy.
Compañías productoras: Océano
Films (Argentina), F for film (Francia), con aportes
de INCAA, ARTE France, Fondation GAN pour le Cinéma,
Fonds Sud Cinéma, Programa Ibermedia, Fondo
Nacional de las Artes.
Dedicada a Pablo Pérez Alonso y Roberto
“Tato” Miller.
- Leer Breve diálogo
con Pablo Reyero -
Emilio Toibero (volcanoscuro6@hotmail.com)
es Profesor en Letras de la U.C.S.F., donde ejerció
la docencia universitaria. De 1968 a 1976 escribió
crítica de cine en el diario “El Litoral”,
de la ciudad de Santa Fe, Argentina. Desde 1996 hasta diciembre
de 2002 curó y coordinó los ciclos de cine
del Centro Cultural Parque de España (Rosario). Desde
1997, y sigue, cumple igual función en el Centro
Cultural Cine Lumiére (Rosario). Realiza vídeos
de creación, entre ellos Días de 1999
(Una lectura de Constantino Kavafis), 1999, junto a
Mauricio Alonso y Una mirada sobre el cine argentino
sonoro, 2003, junto a Florencia Castagnani. Es miembro
del staff de Otrocampo. Estudios sobre cine (www.otrocampo.com)
y colaborador de Enfocarte (www.enfocarte.com)
y Tijeretazos (Postriziny). Una revista de literatura
y cine (www.tijeretazos.org),
todas publicaciones virtuales.
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