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Los rostros de los niños representan las más significativas
imágenes de un "alma" que perdura en el misterio de su propia
ensoñación. De un alma que a la vez es ligera y que está
renovada. Lewis Carroll habría presumido ir al encuentro
de su propia infancia en las historias que cuenta a la pequeña
Alicia Liddell, pero esta presunción parece que nunca estuvo
anunciada, hubo una especie de deseo interior, secreto,
por la confluencia de imágenes, tanto de la niña Alicia
Liddell como del propio Carroll, y por supuesto también
hubo allí una transformación y una transferencia. El paso
de un lado al otro, el trámite, la acción, la osadía, la
perturbación, la inclinación, las sensaciones, la virtud,
el ocio, el sacrificio, el desinterés, la alimentación,
el descanso; son algunos de los signos que se desplazan
en la obra literaria y fotográfica de Carroll. Del otro
lado, en la contratapa, ocultamente, de incógnito, sólo
por la referencia, por aquella imposibilidad de no dejar
de ser; aparece el reverendo.
El reverendo Dodgson que en cambio está representado por
el silencio, por lo pedagógico, por lo invisible,
por el fantasma, en el reverendo no hay pase, no hay transferencia,
no hay alma de ensoñación. El reverendo sólo representa
la unidad de un alma desaparecida. EL adulto que ya no puede
estar en el otro lado del espejo. El reverendo es en todo
cado la conciencia de Carroll, la moral y la ética.
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De manera que hay en Carroll dos rostros, dos espejos,
dos unidades. Esta ambivalencia del espíritu, visto desde
la fenomenología de Bachelard, augura un lugar para el cuento
y el retrato. En el cuento el escritor pone de manifiesto
el doblez que tiene el rostro, las múltiples imágenes de
infancia que se esconden. El rostro de Alicia es pues en
este sentido un maquillaje, a la que también pone un vestuario
y en algunas ocasiones una máscara. El alma fundida muestra
un rostro fundido, un rostro esperado para después. Alicia
Liddell, y Alicia en el país de las maravillas están así,
revestidas, retocadas. En realidad Carroll revestía a todas
las niñas y con ello anunciaba los posibles rostros, con
ello anunciaba otras ensoñaciones.
Niña
de pura y apacible frente
Y de asombrados ojos soñadores,
Aunque el tiempo es veloz y una del otro
Estemos separados la mitad de una vida
Tu adorable sonrisa acogerá, gozosa,
El presente adorable de mi cuento...
Observemos desde esta mirada los adjetivos añadidos a las
cualidades del rostro de la niña que vemos, apacible
frente, asombrados ojos soñadores, una del otro,
adorable sonrisa, que además también es gozosa.
Ya los últimos son, penetran en el alma del personaje y
también del niño. Todos aluden a desplazamientos indirectos
de la experiencia del poeta que no ve la descripción del
rostro, sino su propia interioridad. Aquello que el espejo
del alma le dice. Más adelante Carroll añade:
Ya
(no) veo tu rostro deslumbrante
Ya (no) oigo tu risa plateada
(No) habrá lugar para un recuerdo mío
En años juveniles que se te avecinan
La presencia del rostro brillante y plateado describe una
cierta candidez del alma, pero también es el alma del poeta
elevado. Y allí al mismo tiempo se anuncia una desaparición
del rostro, por supuesto la melancolía profunda por el deslizamiento
de la imagen, por la pérdida del recuerdo. La contraposición
textual entre no veo y rostro deslumbrante, la
siguiente entre no oigo y risa plateada y
la última entre no, lugar, y recuerdo mío. La
pérdida del rostro simboliza en Carroll, la pérdida de la
infancia, la pérdida de la naturalidad y por supuesto la
caída del poeta. En la imagen antes presentada, la sonrisa
se ha esfumado y la mirada se arguye una especia de profundidad
misteriosa, desconocida, el poeta se consume en la desaparición
del rostro porque también lo conduce a la anulación del
yo. Precisamente pareciera que el poeta ha perdido el ensueño,
ya no puede atravesar el espejo, porque no puede reconocer
su propio reflejo. El poeta ha perdido el rostro de sí mismo
y el rostro que se refleja. El rostro de la infancia refleja
el alma del poeta, mi alma es mi rostro. Cuando Carroll
ha perdido el rostro ya no quedan lugares en Alicia para
un recuerdo de él. En años juveniles que se te avecinan,
dice Carroll, la juventud de Alicia ya no permite al poeta
vagar por el ensueño con libertad. En nuestra infancia el
ensueño nos daba la libertad. Y llama la atención que el
dominio más favorable para recibir la conciencia de la libertad
sea precisamente el ensueño.
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En la juventud Alicia, perderá la libertad que el sueño
le ofrece. Porque las imágenes ya no son lo que insinúan,
lo que el ensueño dejó en la niñez.
El rostro dibuja una expresión de pérdida de la libertad.
Los ojos de Alicia Liddell ya no reflejan la posibilidad
que antes el propio Carroll le dejó a través del espejo,
la mirada marcadamente profunda, honda, la boca pequeña
y firme, sin la sonrisa. La nariz perfilada hacia un costado.
La fuerza interior del alma es ya la fuerza terrenal. Ahora
lo femenino se trasluce con niveles semánticos distintos.
La posición de sus manos al tomar la bata, la mano en la
cintura, la expresión del rostro duro, la piel como de papel
arrugado pero fuerte. Es evidente que el sueño se ha esfumado,
que quien está en la foto no es la Alicia del País de las
Maravillas, que la que allí está ya no puede atravesar el
espejo. Alicia nos impide, recordar, al menos esta Alicia
que vemos aquí, nos impide recordar aquella que en el sueño
pudo atravesar a su propia conciencia.
"Y mientras continuaba así sentada con los
ojos cerrados, casi creyó encontrarse realmente en ese
país maravilloso, aunque sabía que con sólo abrirlos
todo recobaría su insulsa realidad: la hierba, agitada
tan sólo por el viento, y las ondas del estanque, azotadas
por los juncos de la orilla; el tintitnar de la porcelana
se tornaría en los cencerros de las ovejas un rebaño
vecino, y los gritos agudos de la Reina en la voces
de un pastorcillo, y los estornudos del niño porcino,
el graznido del Grifo y todos esos otros sonidos tan
notables, se convertiría (lo sabía) en el confuso clamor
del activo corral de una granja vecina, mientras que
a lo lejos, el mugido de unos bueyes tomaría el lugar
de los sollozos acongojados de la Tortuga Artificial
Por último, pensó en cómo sería en el futuro esta
pequeña hermana suya, cuando se convirtiera ya en una
mujer, y en cómo se convservaría a lo largo de sus años
maduros el corazón sencillo y amante de su niñez: reuniría
en torno suyo a otros pequeñuelos futuros y les alumbraría
los ojos con las maravillas de otros muchos y curiosos
cuentos, quizás incluso con esas misma aventura de un
ensueño ya lejano; sentiría todas sus pequeñas tristezas
y se alegraría con sus pequeños goces, recordando su
propia infancia y los alegres días del estío de antaño."(Carroll,
p.193-194)
También hay una recurrencia directa desde la fotografía,
la fotografía oculta en el fondo la esperanza de poder retratar
el sueño de Alicia. Quedan en Alicia la permanencia de los
recuerdos de la infancia, también la idea del sueño y la
virtud de tener un "rostro. Pero los rostros de la infancia
de Alicia son un espejo del Alma de Carroll, y una incesante
recuperación del camino perdido, un reflejo propio de la
soledad, hacia donde vamos. También en el espejo del alma
podemos regresar a las ensoñaciones de la infancia. El espejo
y el alma tienen un poder. En el espejo del alma como en
la foto "guardamos en nosotros una infancia potencial(Bacherlard,
p.153) Por ello más que el reverendo Dodgson o el matemático
o el experto ajedrecista, la verdadera alma que habita en
Dodgson es la de Carroll. Lewis Carroll tiene el alma del
poeta. Porque el sueño y el espejo, sueñan hasta la última
posibilidad. En "Alicia en el país de las maravillas nos
conmueve la posibilidad de este sueño, pues el lector también
atraviesa el espejo, también está reflejado en el propio
sueño, que es al mismo tiempo la imagen.
Es lo que Bachelar anuncia como el cogito del soñador.
El cogito del soñador, es tener la certeza de que algún
día podremos regresar, salir nuevamente del propio espejo,
pero también hay al mismo tiempo un cierto poder de atracción
que nos lega, que nos suspende, que nos atomiza a la idea
de permanecer permanentemente en el sueño. El espejo nos
invita a no mirarnos en él sino, ya a ser una parte profunda
de él mismo, el espejo nos invita a ser una de las cuantiosas
imágenes que no podemos ver cuando estamos de este lado.
Tanto en la foto como en sueño esta posibilidad está abierta
a la infancia. Carroll toma la foto para retratar la infancia,
para dejar la infancia plasmada como en el sueño para obtener
el cogito del soñador, que como dijimos sólo es posible
en el cogito alma del niño, de la niñez de la infancia.
Para Carroll la infancia no está representada por la inocencia,
la pureza, la puridad. Mas bién en el sentido nietzscheano
para Carroll la infancia no es una moralina, no se puede
contener en ella misma. La infancia en Carroll está proscrita
a una mirada sugestiva de valor o de ética. En la infancia
de Carroll, en su visión de la infancia, la imagen, el daguerrotipo
percibe la cuantiosa luminosidad de la conciencia del alma
del niño. Carroll supone al infante, el propio lugar de
un soñador que puede traspasar al "País de las maravillas"
al mundo del otro lado, al mundo que es el doble, que está
debajo de la solapa, al mundo del propio espejo. La infancia
para Carroll es un rostro. Los ojos es el espejo del alma,
el alma refleja la vida. Así hay una comunicación entre
un poeta de la infancia y su lector mediante la infancia
que dura en nosotros. Esta infancia permanece como una simpatía
de apertura a la vida, permitiéndonos comprender y amar
a los niños como si fuésemos sus iguales en primera vida"
(Bachelard, p.153)
"-Ahora veamos, gatito: pensemos bien quién
fue el que ha soñado todo esto. Te estoy preguntando
algo muy serio, querido mío, así que no debieras de
seguir ahí lamiéndote una patita de esa manera... ¡Como
si DINA no te hubiera dado ya un buen lavado esta mañana!
¿Comprendes, gatito? Tuve que ser yo o tuvo que ser
el Rey rojo a la fuerza. ¡Pues claro que él fue parte
de mi sueño!..., pero también es verdad que yo fui parte
del suyo. ¿Fue de veras el Rey rojo, gatito? Tú eras
su esposa, querido, de forma que tú debieras de saberlo...
¡Ay gatito! ¡Ayúdame a decidirlo! Estoy segura de que
tu patita puede esperar a más tarde. Pero, el exasperante
minino se hizo el sordo y empezó a lamerse la otra.
¿Quién creéis vosotros qué fue?"(Carroll,
p.183)
La imagen de la infancia está perturbada por cierta candidez,
por cierta inocencia, por cierta despreocupación. Pero en
el rostro, en el retrato del rostro Carroll "presupone captar
la imagen propia del soñador y del infante y de una mirada
que ya no es inocente, que ya no es cándida. "Para alcanzar
los recuerdos de nuestras soledades, idealizamos los mundos
en los que fuimos niños solitarios. Darse cuenta de la idealización
real de los recuerdos de infancia, del interés personal
que tomamos en ellos, es, pues, un problema de psicología
positiva"(Bacherlard, p.153) Esta imagen de una supuesta
candidez de la niñez se regocija en las imágenes de una
animus blanco, de una ánima que no se contempla a sí misma.
La ruina de la memoria
A veces es mejor perder la memoria que recuperarla, o a
veces la memoria se pierde para no re-encontrarse nunca,
ni siquiera con ella misma. No es una conciencia la que
decide sobre este particular, al menos no es una conciencia
en el sentido como la racionalidad occidental presume que
se muestra la conciencia. Es decir: ordenada perfecta, instrumental.
Lo que no está de manifiesto precisamente en la obra de
Carroll, y ni en el mismo Carroll es esta conciencia que
pudiera hacer frente a la memoria perdida. Carroll no acude
en búsqueda de un propio yo, o de una conciencia de sí.
Es probable que Alicia pueda representar en el fondo un
hallazgo de los propios sentidos de la conciencia pero en
todo caso Alicia nunca desea realmente salir del sueño,
sino que al igual que en el cuento de Hadas, Alicia va disfrutando
cada uno de los momentos por los que pasa y por los que
vive "La memoria es un campo de ruinas psicológicas, un
revoltijo de recuerdos. Este tema de Bachelard, es un tema
de intensas remembranzas en el espíritu de una filosofía
Nietzscheana, tanto la ruina, como la deriva persisten en
la idea de una pérdida, de una caída que no encuentra un
aliento posible. En realidad Alicia Liddell, como Alicia
la del país de las maravillas, también cae como se cae en
el propio sueño. Cuando vamos hacia el sueño de repente
descubrimos que vamos en caída. Pero la pérdida tampoco
es para Carroll, al menos desde la literatura un lugar para
el encuentro de la diferencia, no simplemente porque así
sea, ni tampoco porque Bachelard, Dodgson o Carroll estuvieran
un tanto cerca de alguna fórmula sobre la psicología de
su alterno y hondo interlocutor, sino porque esta visión
de profunda ruina supone también un resto, un vestigio que
marca la idea de cierta continuidad, de cierto esplendor,
o luz que avizora (ilusoriamente) una estabilidad de ser,
un acercamiento especial a este momento.
Se puede observar esta persistencia de las imágenes sobre
una ruina de la memoria, en una carta que el reverendo Charles
Dodgson envía a la señora Hargreaves, una carta que "impulsa
al reverendo y tal vez a su propio doble Carroll, a hablar
sobre Alicia Liddell. La carta está fechada hacia
el 1 de Marzo de 1885 (aproximadamente) podemos detectar
allí esta idea de ruina de la memoria poco estruendosa
pero afirmativa, de la tesis sobre el retorno a una infancia
como un retorno a una memoria de la unidad, de lo que es
constitutivo propiamente dicho. Bien, entonces en esta carta
de la duplicidad Lewis Carroll o Dodgson anuncia allí:
"... Querida Sra. Hargreaves: me imagino
que esta carta le llegará casi como una voz de ultratumba,
después de un silencio tan largo. Sin embargo, no se
ha producido ningún cambio de que yo pueda darme cuenta
en <<mi>> facultad de recuerdo de los tiempos
en que manteníamos correspondencia... "
(Carroll, p.46)
Es singular que la foto sugerida para esta carta sea la
niña sentada de costado, no importa si la escogencia estuvo
ya prelimitada por Carroll o por el Editor en todo caso,
como esta foto de Alicia Liddell representa al menos en
lo profundo de la memoria su propia ruina. Vástago que espera
restablecerse, que espera con ansia reconfigurarse. Hay
también en la carta un anuncio de la primera memoria, la
memoria de la infancia. Puesto que esta memoria es la que
se mantiene como unidad. El hombre tiene ya sus propias
ruinas porque es el propio desvanecimiento de la unidad
psicológica, moral, humana. El alma se desvanece a través
del espejo, también a través del sueño. El soñador consciente
teme a no poder regresar del otro lado. El soñador de la
infancia aspira a sólo estar del lado del sueño, es decir
del otro lado del espejo, fuera de la conciencia, y del
yo, en el propio lugar de la infancia.
La unidad no es propia sino de la misma infancia, es posible
que Carroll haya ida hacia un rescate de la unidad de ser
a través de la inmaculada Alicia Liddell, pero en el momento
de mayor fragilidad de la memoria el recuerdo persistente
de todo tiempo pasado fue mejor asume una nueva percepción
del ser. Y ojo sólo este paso es posible cuando ya la ruina
es vista por él yo mismo, por la consciencia y entonces
el sueño es la posibilidad de una nueva construcción. ¿Acaso
no es esto lo que pasa con Lewis Carroll y Alicia Liddell?
Tanto en "Alicia en el país de las maravillas"
como "Alicia a través del espejo la reconstitución
de un ser a través de lo onírico esperan aprehender de la
unidad del niño, unidad no por homogeneidad sino por la
divergencia propia de una persona en constitución. El niño
puede soñar y elevarse en su sueño sin temor al espejo,
en cambio el adulto ya configurado con una consciencia desciende
a la profundidad de un sueño. Además en esta carta persisten
algunos signos de la ruina de la memoria"(BACHELARD) cierta
conformación del texto predice esta idea, en el fragmento
escogido de la carta de Dodgson, Carroll allí está solapado,
podemos destacar todavía algunas ideas o imágenes que construyen
esta idea de la memoria en ruina. Por ejemplo dos imágenes
que se confrontan allí en ese espacio son:
Voz de ultratumba
Silencio tan largo
Ambas pertenecen a esta desaparición de la memoria como
recuerdo de la unidad, la idea voz de ultratumba
en esta fenomenología de la infancia pertenece al espacio
de una realidad no conocida, oscura, de un mundo, un cosmos
poco liberado, subyugado a la idea del sueño para dormir
y de lo onírico como un lugar sin escapatoria como un laberinto
de escondites infinitos, por cierto propio de la cualidad
del espejo. Voz de ultratumba y añádale ahora
silencio tan largo. Ambas imágenes pues son
identidades de precisión del mundo oscuro, del mundo hondo,
de una profundidad que se escapa de la consciencia, de la
memoria, de la realidad. En este juego, lo que se solapa,
lo que no se dice, parece que al igual que el espejo y el
sueño se develan y dialécticamente se oculta. Así como en
el espejo siempre hay algo que se devela pero al mismo tiempo
hay algo que no puedo ver que no puedo descifrar. Un espíritu
críptico, un palimpsesto persistente en el tiempo. Un propio
enigma. Así que voz de ultratumba y silencio
tan largo persisten en la idea fija de un olvido,
de una ruina psicológica, como la ya predecida por Nietzsche
en "genealogía de la moral". De este lado de la carta la
foto de la niña construye la imagen de un no querer dejarse
ver por el otro. La mirada hacia abajo, como perdida aunque
no la vemos, la mano en la silla, y un fondo grumoso, poco
definido no conceden al hombre adulto que quiere que desea
la unidad al ver la foto, no concede al hombre adulto sino
la persistencia de una oscuridad de una desintegración.
Más adelante Carroll, que no Dodgson, dice entonces sin
embargo y la oposición dialéctica o de paradoja supone
una contradicción en la memoria de la conciencia que produce
una imagen de choque y de cambio "... Sin embargo, no se
ha producido ningún cambio del que yo pueda
darme cuenta en <<en mi>> facultad
de recuerdo...(Carroll, p.46) Nuevamente el doblez, la doble
página se hace presente se constituye como paradoja y al
mismo tiempo como necesidad de un restablecimiento cordial
con el mundo de la memoria y de la verdad. Imagino que hubo
un tiempo de agobio para Carroll, de tormento, de falta,
de pérdida. La imagen reflejada en el espejo anuncia la
rotura con el mundo, con la realidad y por supuesto con
la verdad de una memoria que me refleja como totalidad y
no como fragmento. En síntesis es idea de ... <<en
mi>> facultad de recuerdo... anuncia separación y
comunión, unidad y digresión, paradoja y dialéctica de una
imagen que no se puede resolver ni el mundo de lo onírico.
Hay un espacio de lo poético que pertenece esencialmente
al mundo onírico, hay otro que pertenece al mundo del sueño
no por ello menos poético, pero si más leve, más suave.
El onírico no intenta la recuperación de la unidad de la
imagen, no intenta restablecerse, el sueño en cambio aspira
a elevarse, aspira a salir pronto de sueño, por temor a
caer en la profundidad, por temor a caer en el abismo. El
soñante empieza a soñar en una caída, entonces hay un placer
de ir hacia una profundidad, el que se adormece, el que
dormita padece de una terrible inestabilidad áurea. Pero
Alicia Liddell y Alicia en el país de las maravillas
no suspenden el valor de soñar, su sueño es profundo y hondo,
constante y múltiple y a pesar de los caminos a recorrer
y de las incertidumbres infinitas del sueño, Alicia se compensa
con el reflejo de su imagen propia. Cierta memoria de la
infancia no está suspendida por la vida, memoria e infancia
son dialécticas en sí mismas. En Carroll esta memoria perdura
a través de Alicia, y el término de la infancia puede llegar
a surtir un efecto trágico en la personalidad del escritor
Nueve de cada diez de mis amistades infantiles naufragan
en el momento en que se unen los caudales de los dos ríos
y esta amigas-niñas tan afectuosas se convierten en amistades
sin interés que yo no quiero volver a ver...(Carroll Lewis,
s/f) En le mundo nostálgico no el adulto prefiere hacer
caso omiso de los recuerdos de ensoñación, pierde el soñador
su virtud de pasar al otro lado del espejo. Constante es
el olvido de Alicia en la medida en la historia transcurre,
constante al confundirse con los elementos de la historia.
En "Alicia en el país de las maravillas" el concepto de
unidad se rompe, se destituye. Alicia crece apasionadamente,
y el final de la obra pareciera significar no sólo el final
del sueño, sino quizá una imposibilidad de apropiarse de
las imágenes del espejo. Es que la confusión de Alicia de
algunas acciones, revelan que la memoria olvida, que la
memoria abandona, deja se extravía por no ocuparse de otras
formas que pudieran atormentar al hombre. La infancia representa
en Alicia otro mundo distinto del que ya hemos conocido.
El alma de Alicia ahora en el país de las maravillas está
revolucionada. Realmente Alicia ha cambiado en el sueño
y se permite cosas que no son tan infantiles. Hay pues una
oniria digámoslo así y un sueño, hay distancia tomadas entre
unos y otros, pero también uno puede ser regreso y del otro
y uno paso para el otro y el otro paso para un descollar
de imágenes, de sin espacios. Un lugar entre la oniria y
el sueño.
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