Diez poemas
de Jorge Valdés Díaz-Vélez (*)




NOCHEVIEJA

Miras arder lo que ha quedado
en pie del último sendero:
la luna llena de otro enero
sobre la piel de tu pasado,

un mar que olvidas y ha olvidado
en su esplendor tu verdadero
rostro, la luz que fue primero
verbo y temblor en tu costado

y que hoy dejas partir a solas,
detrás del fuego. Hacia el poniente
moja tu máscara un sol frío.

Ya en ti la noche alza sus olas
mansas. La oyes indiferente
abrir el fuego y tu vacío.

de La puerta giratoria



POLAROID

para Eugenio Montejo

Son siete contra el muro, de pie, y uno sentado.
Apenas si conservan los rasgos desleídos
por los años. Las caras resisten su desgaste,
aunque ya no posean los nítidos colores
que ayer las distinguieron. Entre libros y copas,
las miradas sonrientes, las manos enlazadas
celebrando la vida de plata y gelatina
se borran en el sepia de su joven promesa.
Por detrás de la foto están escritos la fecha,
los nombres y el lugar de aquel encuentro. Fuimos
a presentar el libro de uno de los amigos
que aparece en la polaroid viendo hacia el vacío.
Después se hizo la fiesta y más tarde el accidente
nos llevó al cementerio. Dijimos en voz alta
sus poemas. Los siete contra el muro, de pie,
uno leía. Todos aún lo recordamos
y casi por costumbre le voy a visitar
con girasoles. Todos hemos envejecido
menos él, ahí en la vista fija. Nos mira
desde sus 20 años, que son los de su ausencia,
con ojos infinitos de frente hacia la cámara,
llevándose un verano tras otro, aunque comience
a degradar su tono naranja sobre el duro
cartón de la fotografía.

de Jardines sumergidos



FORMAS MIGRATORIAS

para Katja

Aprendimos a amar a cuentagotas
esas pequeñas pausas que el chubasco
viste para inundar puertas afuera
la soledad, la rama entre violeta
y ocre de las tardes, el murmullo
semántico del cielo. En este orden
hemos desdibujado la distancia,
la longitud sin proporción, las líneas
que relacionan a las cosas. Breves
lagunas de aire, esos segundos quiebran
el ambiguo concepto de equilibrio
que en el agua subyace y se sostiene
al igual que otra voz dentro del fuego.
Cuando escampa y la tarde se armoniza
en su limpia explosión de veladuras,
aprendemos los mínimos rumores
donde irrumpen cenizas desmemorias.
Con ellos construimos este cuarto
que está lleno de música y de vítreos
aromas de jazmín o extranjería.
Nociones y raigambres que se agolpan
y edifican un óvalo sonoro,
un punto de llegada, otro pretexto
condenado a palpar nuestra garganta
para oírnos decir: amo esta lluvia
cuando cesa y podemos escucharla
recoger un país bajo la tierra.

de Jardines sumergidos



NOX

Algo como un rumor que se despide
tiembla sobre el jardín, lleva las hojas
por la sombra del valle, nubes rojas
y pájaros arriba. Nada impide

su vuelo hacia el crepúsculo. Y el viento
trae junto a las súbitas estrellas
un polen de bondad, desiertas huellas
del mar en rotación, el crecimiento

de la tarde. Anochece. Parte el día
sin dolor aparente ni alegría.
Cuántas veces he oído este paisaje

mudar a voluntad frente al oleaje
del alba o del ocaso. Ya está oscuro
el mundo. Están la noche y el futuro.

de Jardines sumergidos



ISHMAR

para Martha

La manera de peinarte desnuda
ante el espejo húmedo del baño,
de apresar en la palma tu cabello
para escurrir el agua y agacharte
en medio de palabras que no entiendo;
el acto de secar tu piel, la forma
de sentir con las yemas una arruga
que ayer no estaba, o de pasar la toalla
por la pátina oscura de tu pubis;
el modo de mirarte a ti contigo
tan cerca y tan lejana, concentrada
en una intimidad que a mí me excluye,
son gestos cotidianos de sorpresa,
ritos que desconozco al observar
las mismas ceremonias que renuevas
al calor de tu cuerpo y que dividen
un segundo en partículas: espacios
donde la vida expresa su sentido
posible y que se afirman al peinarte
desnuda en las mañanas, como un fruto
que yo contemplo por primera vez.

de Jardines sumergidos



VIERNES 5 DE ABRIL, 1:45

La muchacha del cuadro
mira a la visitante
del museo. Son jóvenes
las dos de frente, y bellas
mirándose a los ojos
a través de los siglos
que urdieron el encuentro.
La muchacha de afuera
sonríe al contemplarla
como a una antigua amiga,
a un tiempo eterna y breve;
da unos pasos atrás,
murmura algo en latín
y busca en el bolsillo
el bulto que advirtió
inquieto un policía
al verla entrar. De prisa,
el guardia la intercepta,
discuten, la registra
y rueda sobre el suelo
brillante una manzana.
La muchacha del cuadro
mira cómo se aleja
la muchacha que afuera
empuña oculta, firme,
una cuarenta y cinco.

de La puerta giratoria



LOS SONÁMBULOS

Se despertó al oír un ruido
a sus espaldas, un murmullo
de frondas embozado. Abrió
los ojos y rozó en silencio
sus brazos recogidos entre
la nervadura de la sábana.
Qué sucede, por qué no duermes
--le preguntó mientras el alba
ya era otra forma en los espejos.
Me soñaba contigo --dijo
sin mirarle. Y se dio la vuelta,
cerró los párpados del sueño
para buscar la piel que huía
desde sus yemas, luz adentro.

de Jardines sumergidos



LAS FLORES DEL MALL

Las jóvenes diosas, nocturnas
apariciones (ropa oscura,
plata quemando sus ombligos)
en la cadencia de la pista,
comenzarán a despintarse
con la premura de los años,
los problemas, quizá los hijos
que no tienen aún. Ahora
miran tus ojos con un claro
desprecio (ya tienes cuarenta)
y piensas en ciertas palabras
de Baudelaire que les darías
como si fueran frutas tuyas
(si al menos se acercaran), si
supieran quién es el poeta.
Pero ellas danzan, te rodean
sin importarles lo que callas.
Envejeciendo solas, brincan
sobre tus textos (tan perpetuas
y frágiles), deidades nuevas,
ellas, que bailan retiradas
de tu florero de Lladró.

de Jardines sumergidos



MATERIA DEL RELÁMPAGO

Calculaste al detalle cada paso,
sutil, desde hace siglos. Finalmente
tu esposo está de viaje y tus pequeñas
se fueron a dormir con sus abuelos.
Así que ahora estás sola y con euforia
te has vuelto a maquillar y te has vestido
de negro riguroso y perfumado
tu mínima porción de lencería.
Estás temblando, te dices, pero nada
te hará volver atrás. Miras tu imagen
alzada en los tacones, desafiante.
Tú y la noche son jóvenes y hermosas
como una tempestad que se aproxima.

de Jardines sumergidos



HOTEL CALIFORNIA

they stab it with their steely knives
but they just can´t kill the beast
Eagles

Ya no existe la casa de tu infancia,
la casona paterna tras los robles
que aún persisten de pie, aunque oxidados
a punta de cuchillo. En sus escombros
alzaron un hotel para dementes
que se dicen turistas de aventura,
inquilinos borrosos, pasajeros
apátridas del hielo. Era otro mundo
entonces, otros días tu vivir
las últimas batallas en zaguanes
vencidos por el mármol sin herraje.
Aquí besaste a la primera chica
y en su nombre cazaste cien dragones
y leyeron tus ojos las estrellas
más allá del estanque donde ahora
se disputan partidos de pelota.
Aquí cayó tu emblema. Fue tu reino
la infancia entre las ruinas de un verano
que han tomado los bárbaros del norte
para hacerte rehén de tu espejismo,
director de inversión inmobiliaria
y miembro de la junta de accionistas.

inédito



(*) Jorge Valdés Díaz-Vélez jorgevaldesdiazvelez@hotmail.com (Torreón, México, 1955). De su obra destacan los libros Voz temporal (1985), Aguas territoriales (1989), Cuerpo Cierto (1995), La puerta giratoria (Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, 1998) y Jardines sumergidos (2003).
Poemas suyos integran, entre otras, las siguientes antologías: Poemas eróticos hispanoamericanos (Ed. Surcos, Argentina), Ruido de sueños / Noise of Dreams, Panorama de la nueva poesía mexicana: La generación 1940 / 1960 (Ed. El tucán de Virginia, México), El trigo y la plata (Ed. Cuéllar, México), La poesía y el mar (Ed. Visor, España), Poesía en segundos (Ed. Cal y Arena, México) y Cien años de sonetos en español (Ed. Hiperión, España).



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