Tras la pólvora, Manuela
(Fragmento)
Duermes dorada y desguarnecida, sitio
de mi próxima batalla. Igual duerme
el continente: el amor en reposo, lomo
animal en la espuma.
(Si esa noche -melosa
hamaca la noche de Jamaica- la cuchillada a ciegas
me hubiera hallado de perfil el corazón, no
te habría
encontrado, y solo habría sido decepcionante
cadáver incompleto, mitad de asesinado).
Pero esta noche, tú bocabajo -yegua al galope
arrancándole al sometimiento los frenos en
pedazos-
me abandonas tu dura rosa hendida, no hay
peligro, y mi destino en ti tiene lugar.
Tú bocarriba -nave que arremete
su proa contra el viento injusto-
me confías tu tajamar de pelo, y no hago la
paz:
yo sé que ambos, continente y muchacha, no
están
en retirada: acumulan revueltas bajo el sueño,
sedes sin prisa por saciarse, sangres maniatadas,
y estallarán pidiendo más combate al
desayuno.
***
Afuera sigue la ciudad y yo renuncio
a su fulgor debajo de tu lengua. Parezco
triunfador y rehén tu campamento: allí
se me adhiere tu venda de muslo fiel
y urgente, y me muerde tu llama:
ocupación de un adiós en vacaciones.
La historia se quedó en el traje, tirada
por la noche en una silla, pero desnudos
sólo quiero ese nombre que te oigo con la boca,
sólo la intermitente estatua a dos ombligos
y ese mapa de venas donde no me extravío.
Contemos en la mañana las condecoraciones
que nos dejó la noche con sus mordeduras,
cúbrelas con el despojo usual de mi camisa,
vísteme de solitario, de viudo, de soltero,
y devuélveme a los demás (anoche me
olvidé
de su abstinencia al entrar en tus anillos),
y niéguenme tus abras, écheme
tu forma, rehágase con una sola espalda.
Y que pueda yo salir -lunes de cada día- a
completar
la libertad entre los dos, cópula apenas comenzada.
El amor desenterrado
La Dra. Karen E. Stothert, profesora en la Universidad
de Fordham, en Bronx, Nueva York, acompañada
de Paula Rogasner, de la Universidad de Guayaquil,
y de Eugenia Rodríguez, Marcelo Villalba e
Iván Cruz, de la Universidad Católica
de Quito, con los auspicios del Museo Arqueológico
del Banco Central del Ecuador, descubrió en
la Península de Santa Elena, provincia del
Guayas, un cementerio paleoindio –el más
antiguo del Ecuador y uno de los primeros de América
(8.000 a. de C.) con varias clases de entierros y
de ofrendas. Un excepcional hallazgo fue el de los
llamados “amantes de Sumpa”: dos esqueletos
ligados en actitud amorosa sobre los cuales se han
colocado algunas piedras, al parecer después
de su muerte.
(De los periódicos)
Cuál de los dos murió primero
callando ante la verdad de los cuerpos que dialogan
en esta antigua tragedia anterior a la tragedia antigua,
porque cómo se hace –avisen, habría
que decírselo a todos-
para morir juntos sin desclavarse,
interminable hazaña nupcial no repetida
porque desde entonces ya no supimos cómo.Cuál
pudo ver en el otro, espiándole por partes, la
agonía,
en qué momento se truncó el arco que describe
el deseo
antes de terminar con el vencedor besando agradecido
la ingle en despedida
y quedarse así con la pierna detenida para siempre
en el viaje a la entrepierna
(lentitud de quienes adueñándose del gozo
se adueñaron del tiempo)
por donde pasa el tiempo áspero de las península
con sus toallas de arena
cada mañana después de cada noche de ese
ensayo general de los actos del acto.(¿O fue
un acto inacabado,
palabra que la muerte detuvo en la primera sílaba,
tantas veces repetida por nosotros hasta ahora y tartamuda,
creyendo cada vez que es una muerte pequeñita,
contentos como quienes bailan esas danzas
cuyo origen ritual han olvidado?)Amaos por favor, seguid
amándoos
vorazmente insatisfechos por los siglos de los siglos
de los siglos,
no desatéis la inicial inmemorial amarra
porque qué nos restaría de esta amorosa
e insolente estatua,
ni cómo iríamos a comprobar que álguienes
se amaron
si de pronto estos huesos polvo fueran,
deshaciéndose en la tardía sacudida del
espasmo
cien siglos después de haber comenzado apenas
a tocarse con los dedos los labios
y nos quedáramos así sin pruebas
de que existió la eternidad un día.