Sobre la pintura de Lino Lago
Por Antón Castro

 


En Urgent Painting, exposición celebrada en el Musée d´Art Moderne de la Ville de Paris (1), los comisarios se planteaban las posibilidades de renovación de la pintura frente a los continuos anuncios de su muerte, asumiendo todas las variables posibles, desde las opciones élargies, es decir, su campo amplio como pintura-instalación, hasta la revisión de precedentes modelos figurativos o realistas. Pero todo tuvo cabida en la tentativa de perseguir lenguajes que siempre debemos considerar, al igual que sucedió en Cher peintre, Lieber Maler, Dear Painter (2), la muestra parisina que retomaba el anhelo de las pinturas revisitadas, desde un canon emocional, contraponiendo su historia a su presente, en un viaje en el que era posible ver a Picabia y a Neo Rauch, a Polke y a nuevos figurativos, como John Currin o Elisabeth Peyton, entre muchos más.

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Me parece pertinente citar lo anterior por los equívocos frecuentes en torno al papel de la pintura realista en un momento como el actual, cuya solidez, como muestra el trabajo de Lino Lago, no deja lugar a dudas, especialmente cuando somete la interpretación de la realidad al ojo del observador que escruta los conceptos ocultos más allá del lenguaje que el artista domina, a fin de mostrar la cara antinómica de la representación. Cierto que en Lago domina la pasión por una realidad -en sus últimos trabajos básicamente urbana, a través de grandes perspectivas de calles y edificios- que puede evocar en la distancia aquel parsimonioso y lento ciclo de la Gran Vía de Antonio López, pero, a mi entender, esa mirada es sólo la apariencia de una exquisita magicidad que desdobla el fotorrealismo. Él lo contrapone a su condición effacé, abstracta, a su propia contradicción, hipótesis que diluye en el gestualismo atmosférico que empaña el paisaje de verdad- según sus palabras-o el desnudo en un proceso de ocultación o de afirmación/negación, como cuando la advertencia es un chocante rectángulo negro y amarillo, en medio de la vía pública. Este antinómico y solapado posicionamiento que vehicula la realidad como el punto de partida de su pintura, se aleja –decía- del mero fenómeno representacional para ubicarse en otra visión más táctil: la realidad como realidad, ese debate que mantuvieron hace años López y Tàpies a la hora de cuantificar quién era más realista, si uno que representaba sobre un lienzo aquélla o el otro que la introducía directamente en forma de tierra, madera, polvo, cemento...



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En determinados momentos, Lino Lago ha optado por establecer una síntesis entre ambas situaciones al evitar la representación del objeto por su propia e inquietante presencia como cuerpo real, tal como sucede en Parque de esculturas, donde el hierro rompe la idea de un tromp d´oeil imaginado para sustituir la verdad aparente por la verdad-verdad y dotar al espacio de una dimensión arrancada a la vida, situando la secuencia conceptual del fenómeno en una disparidad creativa que termina por fundir la sintaxis del buen pintor clásico y la de aquél que diluye los géneros. Pues, en efecto, y tal como sucede en otros modelos, cual es el caso de Líneas –aquí las varillas de hierro se intuyen como una particular atalaya de primer plano para percibir la plaza, visión fotográfica con los límites del voyeur deseoso del Etant donées duchampiano- y, de una manera más radical, con La última cena –donde una mesa real, colocada sobre el cuadro frontalmente, no sólo cubre la perspectiva de los edificios de un amplio paisaje urbano, sino que termina por sobreponerse como proceso deconstructivo y effacé, al modo del Rainer que construía y destruía o borraba la realidad- la fragmentación permite una lectura de la pintura-instalación como género totalizador y poética que da cabida al campo amplio de su nuevo rol en los últimos años.

Desde su aparente rictus clásico, Lago no sólo desestructura los cánones propios de la realidad, sino que reconstruye su textualidad en la deconstrucción de sus añicos, cuando opone el espejo de su alteridad –tal vez la secreción de un yo de variadas identidades- a la refracción de una imagen devuelta como concepto que se rebela contra el destino de la tradición pictórica desde las raíces de la tradición. En este sentido, no podemos obviar el valor y la sutileza de un proyecto tan serio como conceptualmente complejo, eso sí, un proyecto que trata de rescatar la pintura de su hastío habitual, pero que cuenta con ella, que intenta modificar sus cauces excesivamente vistos y, sin embargo, lo hace desde el corazón del museo. Por ello Lino Lago no hace más que legitimar la credibilidad de un trabajo, paciente y radical, clásico y novedoso, alejado, en todo caso, de la facilidad escenográfica del objeto con que hoy nos ilustran una buena parte de los artistas que proceden de las Facultades de Bellas Artes. Y lo hace, además, exaltando la dimensión poética y misteriosa, la soledad perdida en el silencio de los enigmas del Chirico que creyó que también detrás de una anodina mirada a las grandes o a las pequeñas plazas se podía construir un cálido poema para hablar del mundo.


(1) Enero a marzo de 2002. Se exhibieron obras de 32 artistas elegidos por 18 comisarios.
(2) Centro Georges Pompidou. Paris. Verano de 2002. La muestra se pudo ver posteriormente en la Kunsthalle de Viena (septimbre de 2002 a enero de 2003).



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